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viernes, 28 de febrero de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Enero III

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Terror Sin Habla (Pete Walker, 1974) - Detrás de su atmósfera malsana o su violencia explícita, próxima al gore, subyace un poco sutil, pero interesante, estudio sobre la toxicidad de ciertas relaciones emocionales o de consanguinidad. Pletórica una aterradora Sheila Keith.


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El Hombre Que Mató a Don Quijote (Terry Gilliam, 2018) - Necesitada de la locura de Brazil o Time Bandits es acometida por un Terry Gilliam  contenido que no logra estar a la altura de la leyenda tras el proyecto. A pesar de ello regala pasajes brillantes y un gran dúo actoral.


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Los Dos Papas (Fernando Meirelles, 2019) - La ágil e inquieta cámara de Fernando Meirelles consigue que Los Dos Papas sea algo más que dos enormes actores dando lecciones de interpretación. Una feel-good movie que ofrece un retrato amable de sus protagonistas, pero abordando también temas espinosos para el catolicismo.


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The Nightingale (Jennifer Kent, 2018) - Aun siendo innegables sus virtudes cinematográficas el grueso retrato de los sádicos británicos y unos protagonistas pisoteados hasta lo abusivo hacen del segundo film de la directora de Babadook un gratuito desfile de forzados efectismos.


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Vidas Ajenas (D.J. Caruso, 2004) - Los títulos de crédito fusilados de Seven (David Fincher, 1995) auguraban lo peor. Triste plagio de Instinto Básico (Paul Verhoeven, 1992) transmutado en tramposo  thriller policial con actores nada creíbles como detectives o asesinos seriales.


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1917 (Sam Mendes, 2019) - Más allá del indescriptible apartado técnico, que marca un hito en su género, 1917 se erige como una obra maestra sobre el inabarcable y caprichoso poder destructivo del sinsentido bélico. No hay suficientes Oscars en el mundo para hacer justicia a semejante proeza.


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La Gran Apuesta (Adam McKay, 2015) - Obviando el desfile de aterradoras pelucas degradando al magnífico reparto, se trata de un voluntarioso y didáctico trabajo que no despega del todo por querer emular a El Lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) con dudoso resultado.


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La Habitación (Lenny Abrahamson, 2015) - Después de la impecable primera hora, centrada en el confinamiento de los protagonistas, es la segunda, narrando su difícil reintegración social, la que hiere, desgarra y deja marca. Epatantes Brie Larson y Jacob Tremblay.


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Welcome to New York (Abel Ferrara, 2014) - Abel Ferrara ofrece una muy superficial visión del caso Strauss-Kahn centrándose sólo en los pasajes morbosos de la vida del ex presidente del FMI. El tour de force entre Gérard Depardieu y Jacqueline Bisset salva el producto del hastío.


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Outlander T1 (Ronald D. Moore, 2014) - Adaptación de la saga literatura escrita por Diana Gabaldon que en su primera temporada encuentra el necesario equilibrio entre romance, crudeza, folclore y rigor histórico. Dentro del acertado reparto despunta una imponente Caitriona Balfe.


miércoles, 30 de julio de 2014

The Zero Theorem, el sentido de la vida



Título Original The Zero Theorem (2013)
Director Terry Gilliam
Guión Pat Rushin
Actores Christoph Waltz, Matt Damon, Tilda Swinton, Mélanie Thierry, David Thewlis, Ben Whishaw, Peter Stormare, Sanjeev Bhaskar




Una de las características del cineasta, americano de nacimiento y británico de corazón, que responde al nombre de Terry Gilliam es que en muchas ocasiones su poderío visual, su ambiciosa puesta en escena, su visión hiperbólica de la utilización del encuadre o la angulación de la cámara servía para disimular que los guiones de sus proyectos cinematográficos no siempre eran todo lo sólidos que debieran, aunque en otras ocasiones la convergencia entre fondo y forma fuera tan armónica como para parir obras maestras como Brazil (1985) El Rey Pescador (1991) o 12 Monos (1995). Pero algo sucedió durante el accidentado rodaje de El Secreto de los Hermanos Grimm como para que a estas alturas podamos hablar de un Terry Gillim post y pre década de los 2000.




Durante el rodaje del film protagonizado por Matt Damon y el tristemente fallecido Heath Ledger, Gilliam tuvo problemas con los productores y estos decidieron parar la filmación a la mitad. Durante el tiempo en el que el proyecto se encontraba en standby el realizador de La Bestia del Reino llevó a cabo un trabajo más personal e íntimista. La adaptación de una novela de Mitch Chullin titulada Tideland, que se convirtió en el último gran largometraje de su autor aunque, como comentamos, se trataba de una obra mucho mas humilde y por ello más hija del cineasta. Aquellos dos largometrajes, aunque antagónicos en estética y desarrollo, hablaban de utilizar (para bien o para mal) mundos de fantasía para eludir una terrible o poco beneficiosa realidad, constante esta en la que se aposenta prácticamente todo el discurso de Terry Gilliam como director.




Pero ambos largometrajes hicieron vislumbrar algo que en la meritoria pero descontrolada El Imaginario del Doctor Parnassus se confirmó casi al 100%. Los guiones de los proyectos del componente más discreto de los Monty Python cada vez eran más endebles y caóticos y si los films a los que supuestamente debían dar forma eran meritorios o se salvaban de la quema era por su ya mencionada personalidad como narrador visual. Algo de esto, pero con un resultado más decepcionante, sucede con su última obra cinematográfica, The zero Theorem, un trabajo bienintencionado con algunas ideas muy inteligentes que no son debidamente desarrolladas y que en esencia es totalmente hijo de su padre, pero en esta ocasión ni la vigorosa y vivaz puesta en escena del director pueda salvar la velada, porque esta se encuentra considerablemente sepultada por la inevitable naturaleza de modesta historia mínima del largometraje.




The Zero Theorem es en palabras del mismo Terry Gilliam el cierre de su "tríptico orwelliano" formado por Brazil, 12 Monos y la cinta que nos ocupa. La historia narra la vida diaria de Qohen Leth (Cristoph Waltz) el empleado de una gran empresa informática llamada Mancom y dirigida en la sombra por la "dirección" (Matt Damon). La principal obsesión de Qohen es poder ejercer su trabajo desde su propia casa (una iglesia abandonada) para poder esperar allí una desconocida y misteriosa llamada que cambiará su vida y lo liberara del yugo de su existencia devorada por el trabajo y la soledad. Todo cambiará cuando su supervisor le asigne descifrar el famoso Teorema Cero. Este interesante punto de partida, 100% Gilliam, es el que vertebra el largometraje que nos ocupa. El problema es que ni el director, ni el guionista Pat Rushin, consiguen que tan feliz idea rasque más allá de la superficie y para colmo lastre el desarrollo de acontecimientos del relato que avanzan pesadamente y de manera insatisfactoria.




La última película de Terry Gilliam es una especie de revisión de Brazil, pero cambiando la estética kafkina de aquella (aunque la historia como concepto era deudora principalmente de George Orwell, los ecos al autor de El Proceso eran más que notorios, sobre todo en esas oficinas abarrotadas en las que se movía Sam Lowry y que daban una visión caótica y aterradora de la burocracia) por una que parece parodiar los relatos literarios de corte cyberpunk nacidos de la pluma del novelista norteamericano William Gibson (Neuromante, New Rose Hotel) que hablaban de asépticas corporaciones y un ciberespacio conspiranóico e inhumano. Como obra cinematográfica plantea ideas inteligentes sobre el aislamiento al que nos aboca la brutal automatización del siglo XXI que nos convierte en seres asociales incapaces de experimentar verdaderas sensaciones como humanos, pero todo ello deficientemente y transmitiendo redundancia y desinterés a la platea.




Dentro de esta distopía tenemos a un protagonista con miedo a la muerte cuya única ilusión por vivir es una inexsistente llamada telefónica, una iglesia en la que una cámara que ocupa la cabeza de un Cristo crucificado sirve de alegoría de la omnipresencia de un Gran Hermano de ribetes teológicos que todo lo ve, unos anuncios publicitarios invasivos con el rostro y la voz de Brienne de Tarth, unos individuos que cuando van a una fiesta escuchan su propia música con los auriculares conectados a sus tablets/iphones sin conversar con el resto de personas, una "dirección" que es más unas abstracción sobre el capitalismo desproporcionado que desangra a sus empleados que una entidad corporea. Incluso tenemos a una adolescencia representada por un genio de la informática (el parecido físico de Lucas Hedges con Jesse Eisenberg, que dio vida a Mark Zuckerberg en La Red Social de David Fincher, parece una irónica casualidad) con conocimientos desperdiciados que lo convierten en un superdotado con una carencia de compromiso o moral que está al orden del día en nuestra realidad.




Por desgracia toda esta acertada simbología sobre el vacío existencial del hombre del siglo XXI y la superficialidad derivada de productos electrónicos de última generación, que nos confirma que vivimos en una sociedad hipertecnificada que aunque nos proporciona una conectividad total paradójicamente nos aisla del mundo se queda en la carcasa, no ahonda más en un tema tan interesante como actual y sólo se entrega a una retórica que únicamente nos permite asistir a cómo Qohen vaya perdiendo poco a poco la cordura dentro de las cuatro paredes de la capilla que le sirve de hogar. Únicamente la visita de personajes como la sensual y pizpireta Bansley de Mélanie Thierry, el divertido supervisor Joby de David Thewlis o el descreído informático adolescente Bob de un muy acertado Lucas Hedges ofrecen algo de variedad a las aventuras y desventuras del personaje principal.




Por otro lado en esta ocasión, como hemos mencionado previamente, ni el torrente de barroquismo visual de Gilliam como realizador puede inyectar fuerza al producto, porque al narrar el director de Los Héroes del Tiempo una historia minima en una sola localización esta no le proporciona al cineasta un verdadero campo de juego para deleitarnos con su inacabable imaginación, ese delirio marca de la casa que podemos encontrar en obras previas salidas de su mano como Miedo y Asco en Las Vegas. No sabemos si esto es debido al modesto presupuesto del largometraje, pero por desgracia sólo en los momentos en los que el protagonista decide mezclarse con sus conciudadanos, tanto en las recargadas calles como en su no menos atestado trabajo, podemos percibir el sello inconfundible de Terry Gilliam en el que imperan las localizaciones de proporciones mastodónticas y su mirada hiperbólica de la realidad con personajes histriónicos y brutalmente cuerdos dentro de su supuesta (o improbable ) demencia.




Finalmente a lo largo del trayecto en esta especie de versión tragicómica de Pi Fe en el Caos de Darren Aronofsky podemos encontrar sólo algunos destellos de genialidad propios de su autor, como esa revisión médica dirigida por Peter Stormare, Ben Whishaw y Sanjeev Bhaskar, la psiquiatra a la que da vida una impagable Tilda Swinton que parece una mezcla entre Margaret Tatcher y Camila Parker Bowles, esos pasajes en la playa que parecen parodiar a films como De Aquí a la Eternidad de Fred Zinnemann o El Lago Azul de Randal Kleiser el clímax final con el momento en el que Qohen agarra el sol (literalmente) con sus manos o a labor de un enorme Christoph Waltz (también co productor del film) que se echa a las espaldas un juguete roto en el que él es la única pieza que funciona  a pleno rendimiento para alegría y beneficio de un Terry Gilliam, en ocasiones, casi irreconocible detrás de la cámara.





Esta The Zero Theorem que nos ocupa es, por desgracia, algo peor que un Terry Gilliam menor, es un Terry Gilliam fallido y muy a medio gas, autocontenido (en el peor sentido de la palabra) lánguido y desangelado en todos los sentidos. Sí, con la esencia del discurso autoral del hombre que la ha gestado anidando dentro, pero careciendo casi por completo de su ironía, su ingenio, su fiereza, su locura y en ese sentido, ni los espectadores en general, ni los fans del cineasta en particular, podemos darnos por satisfechos. Sobre todo cuando sabemos que este inimitable y desmadrado cuentacuentos en ocasiones pretéritas ha sido capaz de trasladarnos a un mundo tan rico e inabarcable que una cámara cinematográfica no podía captar en toda su vasta y maravillosa extensión. Esperemos que en la próxima ocasión volvamos a ver a aquel director que nos demostró que el más modesto de los Monty Python era el que más talento atesoraba en su interior.



lunes, 21 de mayo de 2012

Miedo y Asco en Las Vegas, the man who killed the american dream



Título Original Fear and Loathing in Las Vegas (1998)
Director Terry Gilliam 
Guión Tony Grisoni, Tod Davies, Alex Cox y Terry Gilliam basado en la novela de Hunter S. Thompson
Actores Johnny Depp, Benicio del Toro, Tobey Maguire, Michael Lee Gogin, Larry Cedar, Brian Le Baron, Katherine Helmond, Cameron Diaz, Ellen Burkin, Gary Busey, Christina Ricci, Lyle Lovett, Mchael Jeter, Mark Harmon, Tane McClure, Jennifer Elise Cox



Adaptación a lisérgicas imágenes de la novela Miedo y Asco en Las vegas del escritor y periodista norteamericano Hunter S. Thompson, creador de lo que en su momento se llamó "periodismo gonzo" estilo de narrar noticias en la que el reportero se imbuía de manera brutal en esta llegando en bastantes ocasiones a formar parte de ella.El trabajo salió a la venta en 1971 y fue editado por primera vez en dos partes en la revista Rolling Stone. Tuvieron que pasar 27 años para que un suicida artístico como Terry Gilliam decidiera llevarlo al celuloide en una obra que podría considerarse hoy de culto.




El periodista Raoul Duke (Johnny Depp) y su abogado Doctor Gonzo (Benicio del Toro) viajan a Las Vegas para cubrir una importante carrera de motocross en el desierto de Nevada. Pero todo se complica debido a que los dos personajes deciden abusar de todo tipo de estupefacientes que tienen guardados en una maleta. Su consumo de las drogas es tan desproporcionado que la pareja de individuos sembrarán el caos allá por donde pasen sin ser conscientes del daño material, físico y psicológico que pueden llegar a inflingir.




Excesivo, sobrecargado y flipante viaje psicotrópico a la América consumista y decadente de los primeros años 70 representada por ese infierno en forma de paraíso con luces de neón que responde al nombre de Las Vegas. En la novela de Hunter S. Thompson, Gilliam encuentra una enorme excusa narrativa (que como comentaré más tarde no se sostiene por sí sola) para dar rienda suelta como nunca a su imaginario fantástico de una manera voraz y desatada que de la misma manera que devora la historia que narra no escatima en hallazgos, como momentos brillantes, pasajes de un humor hilarante o reflexiones generacionales de considerable calado.




Terry Gilliam está en su salsa en esta Las Vegas reflectada en los ojos de un protagonista en continuo viaje de estupefacientes, usando todo tipo de trucajes, movimientos de cámara, lentes deformantes, filtros de colores, con la intención de hacer al espectador partícipe de semejante abuso de todo tipo de drogas. Entre tiros de mescalina, LSD o eter, Duke (pseudónimo de S. Thompson) y Gonzo (alias de su abogado en la vida real Óscar Zeta Acosta) permiten al director de Brazil desencadenar todas sus constantes autorales como evasión de la realidad, confusión metaficcional de personalidades, críticas a las fuerzas establecidas y una extraña comunión con los perturbados mentales en este caso enajenados mediante productos químicos.




Ese exceso se transmite a un reparto completamente entregado a la sobreactuación. Es el caso de unos irreconocibles Johnny Depp (maravillosa, espídica y omnipresente voz en off la suya) y Benicio del Toro que hacen del desvarío, el aspaviento y lo impulsivo un medio para llegar a un humor cafre y desenfrenado que ofrece momentos divertidísimos, como cuando los personajes intentan entrar a una atracción y no son capaces ni de andar, la llegada al hotel con la visión de los lagartos o cuando los dos se encuentran el tiovivo y Gonzo no sabe como bajar por culpa de las condiciones deplorables en las que se encuentra. Por el camino también podremos encontrarnos con incontables cameos como los de Tobey Maguire, Christina Ricci, Gary Busey, Ellen Burkin o el mismo Hunter S. Thompson.




El mayor problema es que como sucede en otras obras de Gilliam (El Imaginario del Doctor Parnassus, El Secreto de los hermanos Grimm) la forma devora al fondo, el guión queda practicamente inutilizado ante los excesos visuales y narrativos del ex Monty Python. Por suerte la cinta tiene los suficientes alicientes como para no considerarse una obra fallida, todo lo contrario. Bajo su superficie llena de ácido y anedrocromo subyace una mirada crítica y cínica sobre el sueño americano y un análisis desencantado de aquel precioso espejismo que fue la filosofía del hippismo que marcó a generaciones enteras durante la segunda mitad de los 60 y la primera de los 70.




También puede considerarse a la obra que nos ocupa como lo más parecido a experimentar en primera o segunda persona las reacciones psicológicas y físicas a el consumo de una amplia gama de alucinógenos. Escenas estas en las que el cineasta muestra su mundo lleno de seres inhumanos, demonios, reptiles, enanos y que pueden ser testimonio audiovisual de un brutal viaje con cualquier sustancia psicotrópica. En el proceso Gilliam hace mofa de la lucha contra la droga (esa reunión de policías) pero también muestra lo terrible que hay detrás de su uso y sobre todo abuso. Todo con una incorreción política marca de la casa.




Fear and Loathing in Las Vegas es una memorable rara avis y junto a El Almuerzo Desnudo y Crash de David Cronenberg o American Psycho de Mary Harron la adaptación de una novela casi inadaptable. En ella podemos encontrar  todas las constantes del cine de Terry Gilliam dando su versión del escrito de Hunter S. Thompson, (periodista que debe obsesionar a Johnny Depp, que estrenó hace poco como protagonista y productor Los Diaríos del Ron, otra adaptación de uno de sus libros) y haciendo lo que más le gusta, ser Terry Gilliam y con eso a mí ya me tiene enamorado desde el primer chute.



domingo, 16 de mayo de 2010

El Imaginario del Doctor Parnassus, la potencia sin control no sirve de nada


Título Original:
The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009)
Director: Terry Gilliam
Guión: Charles McKewon y Terry Gilliam
Actores: Christopher Plummer, Heath Ledger, Tom Waits, Lily Cole, Andrew Garfield, Verne Troyer, Mark Benton, Johnny Depp, Jude Law, Colin Farrell


Trailer


El título de la entrada es un poco alarmista, la cierto es que no es para tanto, ya que hasta hoy no puedo decir que exista una sola película de Terry Gilliam que me disguste, no sólo porque como he comentado aquí en otras ocasiones es uno de mis autores cinematográficos favoritos de todos los tiempos, sino también porque su cine repleto de fantasía y fuerza nunca me ha decepcionado del todo. Pero cuando no cumple expectativas como es debido no me corto y lo digo con sinceridad. El Imaginario del Doctor Parnassus es por desgracia uno de esos casos.




El Imaginario del Doctor Parnassus es una obra puramente Gilliam. Choque frontal del mundo real y el onírico, huida mental hacia un mundo de fantasía para escapar de la crudeza intrínseca de realidad, cierta simpatía hacia los desheredados y personas sin techo, y una inquebrantable oda hacia los dementes y perturbados mentales. Todo lo que hace a Gilliam especial como creador está ahí, condensado, atesorado, resplandeciente, enamorando a sus acólitos y enervando a los que no aguantan su discurso autoral.




El Rey Pescador, Brazil, Los Héroes del Tiempo, todas están aquí, porque El Imaginario del Doctor Parnassus es una de las más claras muestras de Terry Gilliam desatado, haciendo un cine personal, siempre transitando caminos que sus fans conocemos bien. Mostrando su ya conocida obsesión por los contrapicados y grandes angulares, el humor absurdo y granguiñolesco, puramente inglés, heredado de su etapa en los Monty Python, de la fantasía descontrolada, el triunfo de lo onírico sobre lo terrenal, retratando un mundo de imaginación intransferible fascinante, siempre entre lo satírico y lo naïf.




Pero toda esta maravillosa imaginería visual, con su infinita capacidad de asombro para con el espectador se cobra un alto precio, el del argumento. El guión que Gilliam escribe junto a su amigo Charles McKewon es un fino hilo que apenas se sostiene por su propio peso. La trama se estanca, no hay un desarrollo ni de los personajes, ni de la historia en sí, todo es un continuo bucle que transmite una insatisfactoria sensación de déjà vu.




Una vez más, el director de 12 Monos quiere mostrarnos su mundo visualmente inabarcable y la construcción narrativa de la historia se ve sepultada por su afán de obserionarse perdidamente por lo que tiene delante de la cámara, sin percatarse de algo tan o más importante que eso, que los cimientos de lo que está contando tengan una solidez acorde con su puesta en escena. Por otro lado su reparto de actores no destaca en ningún aspecto.




Nadie está memorable en su rol, ni el veterano Christopher Plummer, ni un Tom Waitts bien elegido pero poco convincente, ni siquiera ese Heath Ledger en el último papel de su corta carrera, que estaba mucho mejor en El Caballero Oscuro. Del trío Johnny Depp, Jude Law, Colin Farrell poco puedo decir, ya que se nota que la intervención de los mismos era de pasada y más por un compromiso ético y moral que profesional con Ledger.




Pero volvemos a lo de siempre, es Gilliam y a mí su mundo bestialmente anárquico me atrae profundamente. Esta revisión teatral y exagerada de El Séptimo Sello de Ingmar Bergman me parece una obra menor de su autor, sí, pero también un soplo de aire fresco dentro del cine actual. La visión alucinógena de un soñador de la vieja escuela, el discurso de un genio descerebrado que se mueve con placentera agilidad entre lo entrañable (enanos, travestis, mendigos, esquizofrénicos) y lo ácido (esos dardos envenenados a la policía, el periodismo sensacionalista o la pena de muerte y su uso como espectáculo circense para las masas).




Los seguidores de Gilliam no deben perdérse por nada del mundo esta El Imaginario del Doctor Parnassus. Si la maravillosa, reivindicable y superior Tideland, era Gilliam al 100% aquí lo es al 200%. Sus detractores que la eviten en todo lo posible, en cambio a los neófitos desprejuiciadios les digo que si quieren probar algo diferente, atípico, mágico, extraño pero poco complaciente y muy personal, ni lo duden, esta es su película.



sábado, 20 de marzo de 2010

El Secreto de los Hermanos Grimm


Título Original: The Brothers Grimm (2005)
Director: Terry Gilliam
Guión: Ehren Kruger
Actores: Matt Damon, Heath Ledger, Lena Heady, Peter Stormare, Jonathan Pryce

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El Secreto de los Hermanos Girmm supuso la recuperación del Terry Gilliam más taquillero. Pero al igual que en todas las producciones de gran presupuesto en las que se ha involucrado el creador de Brazil el rodaje fue problemático, caótico e incluso tuvo que verse interrumpido a la mitad (tiempo que Gilliam aprovechó para realizar la menor, pero más personal y lograda, Tideland) y retomado tiempo más tarde.




La misión de Brother's Grimm es desmitificar la imagen que se tiene de estos hermanos alemanes que molderaon y dieron forma a los cuentos populares infantiles más celebres de la historia. Gilliam y el guionista Ehren Kruger muestran a Jacob y Will como dos canallas, timadores (el estilo de la literatura picaresca española se deja notar) que viven ejerciendo de falsos cazadores de fantasmas, brujas y demonios, cobrando cifras elevadas por ello.




El mayor fallo de El Secreto de los Hermanos Grimm, lo que impide que se erija como una de las mejores cintas de Gilliam y una obra maestra (que pudo serlo, lo tenía todo a su favor) es la poca consistencia estructural del guión de Ehren Kruger, un mediocre escritor cinematográfico que de vez en cuando sorprende con algún trabajo de calidad bastante considerable, como Arlington Road.




Debido a la endeblez ya comentada en la escritura, por mucho que la imaginería visual de Terry Glliam se despliegue con más virtuosismo que nunca, con un apabullante delirio de escenas que dejan verdadermante sorprendido al espectador, el esqueleto argumental del film no se sostiene con entereza. Toda la historia, la unión de las tramas, el homenaje a los cuentos de hadas está bien planteado, pero a la hora de desarrollarse el producto pincha y no explota todo su potencial que es enorme.




Con todo, la cinta me ha parecido mucho mejor que cuando la vi en su momento en pantalla grande, se muestra como un producto Gilliam 100%, con sus personajes granguiñolescos, su sátira y mirada ácida (con una considerable mala hostia hacia los franceses) muy Pythonesca y una dirección que explota al máximo la dirección artística y la puesta en escena de la obra, ya que el director de 12 Monos utiliza los decorados como un añadido a sus films (que son profundamente visuales), no como el Tim Burton de los últimos años, que permite que el diseño de produccción devore su trabajo detrás de las cámaras.




Pudo ser una obra maestra, pero se quedó en diamante en bruto. No es una de las mejores cintas de Gilliam, pero sí supone uno de sus más logrados trabajos como director. La confirmación de que su imaginación es tan grande que a veces el mismo medio cinematográfico se le queda pequeño a la hora de mostrar su mundo de ensoñación, unas veces maravilloso, otras terrible, pero siempre interesante y enriquecedor.



martes, 15 de septiembre de 2009

El Rey Pescador, gigantescos molinos de viento en medio de Central Park




Director:
Terry Gilliam (1991)
Guión: Richard LaGravenense
Actores: Jeff Bridges, Robin Williams, Amanda Plummer, Mercedes Ruehl, Michael Jeter, Harry Shearer




Si hay un director al que admiro profundamente por tener una mirada única, fuera de lo común y por ser un outsider que realmente hace el cine que le da la gana, ese es el americano Terry Gilliam, ex componente de los míticos Monty Python, realizador de obras maestras como Brazil o 12 Monos y de grandes genialidades como Tideland o esta El Rey Pescador que he vuelto a ver esta mañana después de varios años desde su último visionado.




Tras el batacazo en taquilla que supuso la magnífica y reivindicable Las Aventuras del Barón Munchausen, Gilliam necesitaba meterse en un proyecto dentro de las majors con el que ganarse la confianza del público. El realizador se embarcó en la empresa de llevar a imágenes un excelente guión escrito por Richard LaGravenense (Los Puentes de Madison, El Hombre que Susurraba los Caballos) y con ello por primera vez se metía de cabeza en un proyecto que no había nacido de su mente.




Al igual que le sucedió a David Cronenberg con La Mosca, Gilliam se encontró con un guión ajeno hecho a su medida, lo hizo suyo. El Rey Pescador puede ser su cinta más convencional y comercial (junto a la fallida, pero interesante El Secreto de los Hermanos Grimm) pero en ella se dan la mano todas las constantes de la carrera del antiguo humorista como autor. Personajes que prefieren vivir en un mundo ficticio antes que en la cruda realidad, una entrañable y extraña empatía hacia los desfavorecidos y los sin techo, así como una mirada tierna hacia los perturbados mentales, que se muestran muchas veces más lúcidos que las supuestas personas cuerdas.




Una vez más Terry Gilliam (con la ayuda de Richard LaGravenese a la escritura del guión) deja clara su pasión por el protagonista de la novela universal de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. La sombra de Alonso Quijano sobrevuela todo el metraje del film, con sus referencias a doncellas en apuros, caballeros andantes, el santo grial, la omnipresente locura representada por Parry, inmenso Robin Williams, y la austera razón de la realidad, que tiene la cara del apoteósico Jeff Bridges, en uno de los mejores papeles de su carrera como el locutor de radio Jack Lucas.




En manos de otro director menos excesivo El Rey Pescador no sería un producto tan peculiar y original dentro de Hollywood. El americano explota sus complicadas angulaciones de cámara, su pasión por distorsionar visualmente la realidad con continuos usos de contrapicados, grandes angulares y tomas imposibles. Pero todo está justificado, perfectamente ensamblado y no chirría en ningún momento, ya que las escenas dramáticas y la profundidad narrativa del film permanecen intactas y funcionan al 100%





Sin duda una de las grandes de Terry Gilliam. No es perfecta (las subtramas amorosas renquean en el guión), pero sí uno de los mejores films de la pasada década, con escenas y diálogos memorables, un reparto de actores tocados por el don de la naturalidad y uno de los mejores trabajos de su director, un hombre con una imaginación tan portentosa que dentro de poco y si sigue por la senda que ha tomado con Tideland,el cine será un medio que se le quedará pequeño para transmitir de manera fiel sus infinitas ganas de vivir y soñar.