miércoles, 30 de julio de 2014

The Zero Theorem, el sentido de la vida



Título Original The Zero Theorem (2013)
Director Terry Gilliam
Guión Pat Rushin
Actores Christoph Waltz, Matt Damon, Tilda Swinton, Mélanie Thierry, David Thewlis, Ben Whishaw, Peter Stormare, Sanjeev Bhaskar




Una de las características del cineasta, americano de nacimiento y británico de corazón, que responde al nombre de Terry Gilliam es que en muchas ocasiones su poderío visual, su ambiciosa puesta en escena, su visión hiperbólica de la utilización del encuadre o la angulación de la cámara servía para disimular que los guiones de sus proyectos cinematográficos no siempre eran todo lo sólidos que debieran, aunque en otras ocasiones la convergencia entre fondo y forma fuera tan armónica como para parir obras maestras como Brazil (1985) El Rey Pescador (1991) o 12 Monos (1995). Pero algo sucedió durante el accidentado rodaje de El Secreto de los Hermanos Grimm como para que a estas alturas podamos hablar de un Terry Gillim post y pre década de los 2000.




Durante el rodaje del film protagonizado por Matt Damon y el tristemente fallecido Heath Ledger, Gilliam tuvo problemas con los productores y estos decidieron parar la filmación a la mitad. Durante el tiempo en el que el proyecto se encontraba en standby el realizador de La Bestia del Reino llevó a cabo un trabajo más personal e íntimista. La adaptación de una novela de Mitch Chullin titulada Tideland, que se convirtió en el último gran largometraje de su autor aunque, como comentamos, se trataba de una obra mucho mas humilde y por ello más hija del cineasta. Aquellos dos largometrajes, aunque antagónicos en estética y desarrollo, hablaban de utilizar (para bien o para mal) mundos de fantasía para eludir una terrible o poco beneficiosa realidad, constante esta en la que se aposenta prácticamente todo el discurso de Terry Gilliam como director.




Pero ambos largometrajes hicieron vislumbrar algo que en la meritoria pero descontrolada El Imaginario del Doctor Parnassus se confirmó casi al 100%. Los guiones de los proyectos del componente más discreto de los Monty Python cada vez eran más endebles y caóticos y si los films a los que supuestamente debían dar forma eran meritorios o se salvaban de la quema era por su ya mencionada personalidad como narrador visual. Algo de esto, pero con un resultado más decepcionante, sucede con su última obra cinematográfica, The zero Theorem, un trabajo bienintencionado con algunas ideas muy inteligentes que no son debidamente desarrolladas y que en esencia es totalmente hijo de su padre, pero en esta ocasión ni la vigorosa y vivaz puesta en escena del director pueda salvar la velada, porque esta se encuentra considerablemente sepultada por la inevitable naturaleza de modesta historia mínima del largometraje.




The Zero Theorem es en palabras del mismo Terry Gilliam el cierre de su "tríptico orwelliano" formado por Brazil, 12 Monos y la cinta que nos ocupa. La historia narra la vida diaria de Qohen Leth (Cristoph Waltz) el empleado de una gran empresa informática llamada Mancom y dirigida en la sombra por la "dirección" (Matt Damon). La principal obsesión de Qohen es poder ejercer su trabajo desde su propia casa (una iglesia abandonada) para poder esperar allí una desconocida y misteriosa llamada que cambiará su vida y lo liberara del yugo de su existencia devorada por el trabajo y la soledad. Todo cambiará cuando su supervisor le asigne descifrar el famoso Teorema Cero. Este interesante punto de partida, 100% Gilliam, es el que vertebra el largometraje que nos ocupa. El problema es que ni el director, ni el guionista Pat Rushin, consiguen que tan feliz idea rasque más allá de la superficie y para colmo lastre el desarrollo de acontecimientos del relato que avanzan pesadamente y de manera insatisfactoria.




La última película de Terry Gilliam es una especie de revisión de Brazil, pero cambiando la estética kafkina de aquella (aunque la historia como concepto era deudora principalmente de George Orwell, los ecos al autor de El Proceso eran más que notorios, sobre todo en esas oficinas abarrotadas en las que se movía Sam Lowry y que daban una visión caótica y aterradora de la burocracia) por una que parece parodiar los relatos literarios de corte cyberpunk nacidos de la pluma del novelista norteamericano William Gibson (Neuromante, New Rose Hotel) que hablaban de asépticas corporaciones y un ciberespacio conspiranóico e inhumano. Como obra cinematográfica plantea ideas inteligentes sobre el aislamiento al que nos aboca la brutal automatización del siglo XXI que nos convierte en seres asociales incapaces de experimentar verdaderas sensaciones como humanos, pero todo ello deficientemente y transmitiendo redundancia y desinterés a la platea.




Dentro de esta distopía tenemos a un protagonista con miedo a la muerte cuya única ilusión por vivir es una inexsistente llamada telefónica, una iglesia en la que una cámara que ocupa la cabeza de un Cristo crucificado sirve de alegoría de la omnipresencia de un Gran Hermano de ribetes teológicos que todo lo ve, unos anuncios publicitarios invasivos con el rostro y la voz de Brienne de Tarth, unos individuos que cuando van a una fiesta escuchan su propia música con los auriculares conectados a sus tablets/iphones sin conversar con el resto de personas, una "dirección" que es más unas abstracción sobre el capitalismo desproporcionado que desangra a sus empleados que una entidad corporea. Incluso tenemos a una adolescencia representada por un genio de la informática (el parecido físico de Lucas Hedges con Jesse Eisenberg, que dio vida a Mark Zuckerberg en La Red Social de David Fincher, parece una irónica casualidad) con conocimientos desperdiciados que lo convierten en un superdotado con una carencia de compromiso o moral que está al orden del día en nuestra realidad.




Por desgracia toda esta acertada simbología sobre el vacío existencial del hombre del siglo XXI y la superficialidad derivada de productos electrónicos de última generación, que nos confirma que vivimos en una sociedad hipertecnificada que aunque nos proporciona una conectividad total paradójicamente nos aisla del mundo se queda en la carcasa, no ahonda más en un tema tan interesante como actual y sólo se entrega a una retórica que únicamente nos permite asistir a cómo Qohen vaya perdiendo poco a poco la cordura dentro de las cuatro paredes de la capilla que le sirve de hogar. Únicamente la visita de personajes como la sensual y pizpireta Bansley de Mélanie Thierry, el divertido supervisor Joby de David Thewlis o el descreído informático adolescente Bob de un muy acertado Lucas Hedges ofrecen algo de variedad a las aventuras y desventuras del personaje principal.




Por otro lado en esta ocasión, como hemos mencionado previamente, ni el torrente de barroquismo visual de Gilliam como realizador puede inyectar fuerza al producto, porque al narrar el director de Los Héroes del Tiempo una historia minima en una sola localización esta no le proporciona al cineasta un verdadero campo de juego para deleitarnos con su inacabable imaginación, ese delirio marca de la casa que podemos encontrar en obras previas salidas de su mano como Miedo y Asco en Las Vegas. No sabemos si esto es debido al modesto presupuesto del largometraje, pero por desgracia sólo en los momentos en los que el protagonista decide mezclarse con sus conciudadanos, tanto en las recargadas calles como en su no menos atestado trabajo, podemos percibir el sello inconfundible de Terry Gilliam en el que imperan las localizaciones de proporciones mastodónticas y su mirada hiperbólica de la realidad con personajes histriónicos y brutalmente cuerdos dentro de su supuesta (o improbable ) demencia.




Finalmente a lo largo del trayecto en esta especie de versión tragicómica de Pi Fe en el Caos de Darren Aronofsky podemos encontrar sólo algunos destellos de genialidad propios de su autor, como esa revisión médica dirigida por Peter Stormare, Ben Whishaw y Sanjeev Bhaskar, la psiquiatra a la que da vida una impagable Tilda Swinton que parece una mezcla entre Margaret Tatcher y Camila Parker Bowles, esos pasajes en la playa que parecen parodiar a films como De Aquí a la Eternidad de Fred Zinnemann o El Lago Azul de Randal Kleiser el clímax final con el momento en el que Qohen agarra el sol (literalmente) con sus manos o a labor de un enorme Christoph Waltz (también co productor del film) que se echa a las espaldas un juguete roto en el que él es la única pieza que funciona  a pleno rendimiento para alegría y beneficio de un Terry Gilliam, en ocasiones, casi irreconocible detrás de la cámara.





Esta The Zero Theorem que nos ocupa es, por desgracia, algo peor que un Terry Gilliam menor, es un Terry Gilliam fallido y muy a medio gas, autocontenido (en el peor sentido de la palabra) lánguido y desangelado en todos los sentidos. Sí, con la esencia del discurso autoral del hombre que la ha gestado anidando dentro, pero careciendo casi por completo de su ironía, su ingenio, su fiereza, su locura y en ese sentido, ni los espectadores en general, ni los fans del cineasta en particular, podemos darnos por satisfechos. Sobre todo cuando sabemos que este inimitable y desmadrado cuentacuentos en ocasiones pretéritas ha sido capaz de trasladarnos a un mundo tan rico e inabarcable que una cámara cinematográfica no podía captar en toda su vasta y maravillosa extensión. Esperemos que en la próxima ocasión volvamos a ver a aquel director que nos demostró que el más modesto de los Monty Python era el que más talento atesoraba en su interior.



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