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lunes, 12 de agosto de 2019

The Boys: Temporada 1, ¿qué tiene de divertido la verdad, la justicia y el estilo de vida americano?



"Los súper matan a cientos de personas al año como daños colaterales. Ahí es donde entramos en juego los Chicos y yo"




Cuando a finales del año 2017 saltó la noticia de que la plataforma de streaming Amazon Prime Video iba a contratar los servicios de Seth Rogen y Evan Goldberg para adaptar el cómic The Boys, escrito por Garth Ennis y dibujado por Darick Robertson para Wildstorm Studios y Dynamite Entertainment, debo admitir que no fue precisamente alegría lo que experimenté. Por aquel entonces ya había visto dos temporadas de la serie Preacher, otra traslación de un cómic del guionista irlandés impulsada por la misma pareja, y ya quedaba patente la escasa fidelidad hacia el material de partida y la ineficacia a la hora de explotar adecuadamente la icónica historia de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy publicada en el sello Vertigo de DC Comics. Un servidor pensaba que al igual que con el producto protagonizado por Dominic Cooper, Ruth Negga y Joe Gilgun iban a escamotear la violencia, el sexo y los diálogos irreverentes en favor de crear un producto más accesible para el público. Poco a poco se fueron confirmando nuevos nombres vinculados a esta The Boys audiovisual. Eric Kripke (Supernatural) se sumaba como tercer showrunner al proyecto, Karl Urban daría vida a Billy Butcher y Simon Pegg interpretaría al padre de Hughie como guiño a los cómics, ya que en las viñetas dicho personaje tenía los rasgos físicos del actor británico. Mi primer voto de confianza hacia la serie llegó con el teaser, que revelaba poco, pero parecía captar el mensaje de la obra en papel. Los siguientes trailers ya mostraban de manera explícita pasajes gore, diálogos muy ácidos propios de las correrías de The Boys y una acertada caracterización de los protagonistas. Finalmente el pasado día 26 Amazon Prime Video subió los ocho episodios de los que consta la primera temporada a su catálogo y lo cierto es que el resultado no es perfecto, pero sí muy satisfactorio a distintos niveles y sorprendente en no pocos aspectos.




The Boys se estructura siguiendo, en cierta manera, los patrones de los tres primeros arcos argumentales del cómic. De hecho los capítulos comparten títulos de los distintos números de la colección. El doble punto de arranque es el mismo que en la obra de Ennis y Robertson y con ellos se ahonda en la vida tanto de los Boys como de los superhéroes. Por un lado seguimos los pasos de Hughie (Jack Quaid), que al ver morir de manera accidental a su novia a manos del superhéroe A-Train es reclutado por un supuesto agente del FBI llamado Billy Butcher (Karl Urban) para formar parte de un grupo que se dedica a detener a los empijamados y que también contará en sus filas con Frenchie (Tomer Capon), Mother’s Milk (Laz Alonso) y the Female (Karen Fukuhara). Por otro acompañamos a Starlight (Erin Moriarity), nueva incorporación a The Seven, el grupo de supers más importante de la historia y propiedad de la compañía Vought Corporation dirigida por Madelyn Stillwell (Elisabeth Shue). The Seven están formados por Queen Maeve (Dominique McElligott), Black Noir (Nathan Mitchell), The Deep (Chace Crawford), A-Train (Jessie T. Usher), Translucent (Alex Hassell) y Homelander (Antony Starr), el miembro más destacado del grupo y superhéroe más poderoso del planeta.




Los responsables de la serie de The Boys han sabido extrapolar fielmente el microcosmos expuesto por Garth Ennis y Darick Robertson en los cómics retratando un mundo en el que los superheróes campan a sus anchas dando muestras de soberbia, enfermizas parafilias sexuales y adicción al Compuesto V, el mismo que les proporciona sus poderes sobrenaturales y que, a diferencia de las viñetas, aquí no es consumido por los Boys, aunque sí fue inoculado a the Female. En este contexto la serie se hace fuerte a la hora de utilizar a los superheróes como una necesaria fuerza incontrolable en la que se antepone la defensa o seguridad nacional las libertades más básicas del ciudadano estadounidense. Un servidor creía que Kripke, Rogen y Goldberg no iban a atreverse a incluir lo de la reformulación del 11S del cómic y aunque no se localiza la acción en tan trágica fecha sí acontece en la temporada, convirtiéndose en uno de los pasajes más potentes e intensos de la serie, definiendo de manera impoluta la personalidad del que se ha revelado como el mejor rol del show al que volveremos un poco más tarde.




Otro punto a favor de la serie es el acierto a la hora de diseñar, a partir de la escritura y con la complicidad del reparto, las relaciones interpersonales de los Boys siendo, una vez más, dignas del material publicado por Wildstorm Studios y Dynamite Entertainment. Aunque el génesis del grupo es diferente al original, aquí Female es la última incorporación al quinteto, y se añaden elementos narrativos de cosecha propia el resultado deja satisfecho tanto al espectador casual como al fan de los cómics. Butcher ejerciendo como líder con un oculto lado oscuro, Mother’s Milk tomando el rol de brújula moral o Hughie como pobre hombre superado por la situación en la que se ve inmerso y con el handicap añadido de estar enamorado de una superheróina con la que le emparentan muchos paralelismos personales y profesionales. Pero es la química entre Frenchie y Female, ya mi favorita en el tebeo, la más satisfactoria en este sentido. Aunque se ha reducido el nivel de demencia de ambos personajes, bastante más psicópatas en sus contrapartidas nacidas y desarrolladas en las viñetas.




La factura técnica es sorprendentemente buena y se aleja bastante de la ejecución, más bien ramplona, del resto de series centradas en personajes de cómic. Contando con una realización de proporciones casi cinematográficas cuya responsabilidad recae en directores con alguna obra reciente destacable como Dan Trachtenberg (Calle Cloverfild 10) o veteranos en realización televisiva como Daniel Attias (The Wire, Six Feet Under, True Detective) a lo largo y ancho de la temporada desfilan tiroteos, peleas, persecuciones, secuencias en las que los superhéroes vuelan o hacen un uso desproporcionado de sus especiales dotes y todo regado con hemoglobina y vísceras. Sin llegar a los límites delirantes de la obra en papel, pero dejando poco en el tintero en cuanto a explicitud o barbarie y sólo mostrándose algo menos gráficos con la sexualidad. Ese apartado técnico sólo ha dado leves muestras de hasta donde puede llegar ya que si en la segunda temporada los Boys comienzan a consumir también el Compuesto V la acción puede tomar un cariz desproporcionado más acorde con la impronta de Garth Ennis y Darick Robertson.




En lo referido al reparto encontramos no pocos hallazgos y algunas decisiones de casting dignas de alabanza. A Karl Urban el papel de Butcher le sienta como un guante, ya que tiene la presencia, el carisma y la mirada demente que acompaña al personaje. Jake Quaid, hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid, cumple transmitiendo la inseguridad y bisoñez de Hughie y el resto de componentes de los Boys (Tomer Capon, Laz Alonso y Karen Fukuhara) representan adecuadamente a unas criaturas con las que todavía se están familiarizando. Muy buena labor también de Erin Moriarty como Annie Jannuary/Starlight con la que los showrunners han creado unos vínculos muy interesantes con el actual Hollywood y el impacto de movimientos como el #MeToo. Pero si hay un actor que destaca en el elenco principal ese es Antoy Starr dando vida a Homelander. El supuesto superhéroe más íntegro del planeta, esa mezcla entre lo mejor de Superman y el Capitán América, es una bomba de relojería voladora. Un ser sobrehumano amenazante que puede intimidar al prójimo sin necesidad de hacer uso de sus poderes, sólo con una mirada o un diálogo a media voz corporeizando a un demente capaz de manipular, extorsionar y masacrar a decenas de personas sin titubear. Portentosa labor la del actor de Banshee que se ve enriquecida por su tour de force con la Madelyn Stillwell de una no menos brillante Elisabeth Shue felizmente recupera para el medio audiovisual.




Al igual que sucedió en su momento en el mundo del cómic se agradece que un medio audiovisual tan saturado de obras de ficción dedicadas a ensalzar las figuras de nuestros superhéroes más conocidos también facture proyectos como The Boys en los que se pone en entredicho su legado e iconicidad aunque sea por medio de sosias de distinto pelaje. Seth Rogen y Evan Goldberg han aprendido de sus errores, seguramente la presencia de un veterano como Eric Kripke también haya influido, y a la hora de adaptar el cómic de Garth Ennis y Darick Robertson no han mirado por encima del hombro ni al material original ni al discurso de dichos autores como sí aconteció con Preacher. Por todo ello y varias virtudes más que hemos ido enumerando podemos considerar The Boys como una de las sorpresas del año en lo referido a adaptaciones de cómics a cine o series. Un Producto que no sólo funciona magníficamente en su primera temporada, sino que asienta las bases de una segunda en la que sus máximos responsables podrán explotar todo el potencial de una propuesta tan inusual como necesaria y a ser posible trayéndonos a secundarios como Terror, Legend, Tek Knight o Love Sausage.



viernes, 16 de septiembre de 2016

Juego de Armas, señoritos de la guerra



Título Original War Dogs (2016)
Director Todd Phillips
Guión Jason Smilovic, Stephen Chin y Todd Phillips basado en el libro de Guy Lawson
Reparto Miles Teller, Jonah Hill, Ana de Armas, Bradley Cooper, Jeff Pierre, Shaun Toub, Barry Livingston, Brenda Koo, JB Blanc, Trevor Keveloh, Roman Mitichyan, Mehdi Merali, Ashley Spillers, Aaron Lustig, Said Faraj, Ashli Haynes




En el año 2005 dos jóvenes emprendedores, David Packouz y Efraim Diveroli, se hicieron socios para sacar adelante AEY Inc., una empresa dedicada a la venta internacional de armamento y munición teniendo entre sus clientes al ejército de Estados Unidos. Tres años después fueron acusados de conspiración por vender munición fabricada en china al Ejército Afgano. Diveroli fue condenado a cuatro años de prisión y Packouz a siete meses de arresto domiciliario. Esta odisea fue narrada por el periodista Guy Lawson en un artículo de la revista Rolling Stone titulado The Stoner Arms Dealers: How Two American Kids Became Big-Time Weapons Traders y posteriormente en el libro Arms and the Dudes que se convirtió en un best seller el año 2015. Esta es la base sobre la que el cineasta y guionista Todd Phillips (conocido principalmente por la trilogía Hangover, conocida como Resacón en nuestro país) y sus colaboradores de escritura Jason Smilovic (El Caso Slevin) y Stephen Chin (Al Final del Edén) se han inspirado para dar forma a War Dogs, la cinta que nos ocupa en esta entrada. El largometraje iba a estar protagonizado en un principio por Jesse Eisenberg (Batman v. Superman: El Amanecer de la Justicia) y Shia LaBeouf (la saga Transformers), pero al final han sido Miles Teller (Whiplash, Cuatro Fantásticos) y Jonah Hill (El Lobo de Wall Street, Moneyball) los encargados de dar vida a las contrapartidas cinematográficas de David Packouz y Efraim Diveroli en la pantalla grande. Por desgracia Juego de Armas (como se ha rebautizado a la película en España) es un producto que no pasa de lo correcto y cumplidor ya que sus guionistas no han sabido (o querido) aprovechar al máximo el material incendiario que tenían en las manos para dar forma a una sátira que podía haber dado mucho que hablar, pero que se queda a medio gas en casi todos sus apartados sin explotar las múltiples posibilidades a las que aspiraba su interesante propuesta.




Después de su prometedor arranque en el que la narración por parte del personaje de Miles Teller parece que va a vomitar más bilis de la que en el resto del metraje regurgita en pequeñas bocanadas, Todd Phillips y sus guionistas asientan el tono del producto, este muestra las armas (nunca mejor dicho) que utilizará en su puesta en escena y desde el mismo arranque vamos notando todas las carencias de la producción. War Dogs quiere ser la El Lobo de Wall Street del cine sobre traficantes de armas (la conexión Jonah Hill en ambos repartos evitan que la idea sea un disparate inviable) pero ni el film tiene el veneno, el descaro, los excesos formales y conceptuales (cámara espídica, violencia, sexo, drogas de todo tipo en cantidades industriales) del largometraje protagonizado por Leonardo DiCaprio, ni Todd Phillips es Martin Scorsese. El mayor fallo de Juego de Armas, y es un pecado capital que ninguna sátira debería cometer, es que no es graciosa, poco de comedia tiene el argumento ideado a seis manos y el que aquí susrcribe admite no haberse reído ni una sola vez con lo acontecido en pantalla durante los 114 minutos que dura la película. Paradójicamente esto tampoco tendría que matar en vida la obra, no son pocas las parodias cinematográficas de verdadera calidad que no son especialmente desopilantes, pero sí es cierto que en ese sentido War Dogs fracasa irremisiblemente y una vez más debemos lamentarlo si tenemos en cuenta que el film y su contenido daban pie al humor más negro y desprejuiciado, el mismo que no hace acto de presencia en (casi) ningún momento en pantalla.




Por suerte la historia es lo suficientemente interesante como para que el espectador esté siempre atento al desarrollo de la misma y a qué deparará el futuro a estos mercachifles de tres al cuarto que acaban llegando a lo más alto gracias a sus negocios armamentísticos en el mercado negro. El problema está en que cuando la historia se estabiliza y vemos a David Packouz y Efraim Diveroli trabajar juntos para convertir AEY Inc en un negocio redondo Todd Phillips y sus colaboradores en la escritura no cargan adecuadamente las tintas.War Dogs facilita al espectador interesantes datos sobre los millones de dólares que proporciona la guerra a los vendedores de armas y cómo estos se amparan en la mayor de las hipocresías (los dos protagonistas están supuestamente en contra de la invasión norteamericana a Iraq, sobre todo el rol de Teller que iba a manifestaciones contra aquel conflicto bélico acompañado de su esposa) para hacerse ricos a costa de vender maquinaria pesada para arrebatar vidas tanto civiles como militares, proporcionando material incluso a los terroristas que atentan contra su propio país. Pero es ahí donde la película se queda corta, el film no duda en hacer un retrato duro e inmisericorde de los traficantes de armas, pero cuando tiene vía libre para lanzar dardos contra el gobierno de Estados Unidos (alguno hay pero, pero muy inofensivo) o el ejército del mismo se achanta, baja el hocico, y deja pasar por alto una oportunidad de oro. No quiera esto decir que el que suscribe esperara la mala baba de otras sátiras antibélicas como Trampa 22, de Mike Nichols, Starship Troopers, de Paul Verhoeven o Buffalo Soldiers, de Gregor Jordan (posiblemente la película más antimilitarista del Hollywood reciente) pero sí algo más de inquina a la hora de hablar de todos aquellos que se benefician de las guerras, que no son sólo los que venden el armamento.




A que ese interés, que previamente mencionábamos, se mantenga a lo largo de toda la película ayuda un dúo de protagonistas que hace competentemente bien su trabajo. El David PacKouz de Miles Teller comienza siendo un masajista de gente adinerada para después entrar en negocios sucios con Efraim Diveroli, que se aprovecha de la vieja amistad que ambos compartieron de adolescentes para atraerlo a su terreno. El rol del actor de Whiplash es un buen chico que se ve arrastrado por la avaricia, el lujo y el lado oscuro del manido “Sueño Americano” (algo que vuelve a emparentar War Dogs ya no sólo con El Lobo de Wall Street, sino con aquella obra maestra, también de Martin Scorsese, llamada Goodfellas) y aunque entra en el juego de su socio y amigo se mantiene durante todo el film como la “brújula moral” de la historia (una vez más los guionistas quedándose cortos en cuanto a malicia se refiere) todo abordado por un Teller contenido y dando nuevas muestras de ser uno de los mejores actores de su generación. En cambio el Efraim Diveroli de un Jonah Hill cada vez más orondo es el personaje embaucador, el negociante desalmado que vendería a su madre por colocar un par de fusiles más al comprador de turno. Con una labia descontrolada, un especial talento para engañar o extorsionar y una risita insoportable el actor de Lío Embarazoso (Knocked Up) realiza un buen trabajo, eso sí, realizando un émulo descafeinado de su Donnie Azoff para la ya mencionada cinta sobre la excesiva vida del broker Jordan Belfort.




Juego de Armas no es ni de lejos el producto que podía haber sido si la historia que narra hubiera sido abordada como mucha más ironía y humor negro. Por desgracia las carencias de un director impersonal y de escasa inventiva como Todd Phillips se hacen notar en pantalla ofreciendo una realización plana, academicista y que no ofrece a la platea ninguna secuencia memorable o que se que de grabada mínimamente en la retina. Podemos quedarnos con los interesantes, y demenciales, datos que aporta la trama sobre el negocio que supone la guerra y los chupópteros que se aprovechan de ella sin importarles las vidas que se puedan perder en el proceso, la banda sonora con temazos de Pink Floyd, Creedence Clearwater Revival, Iggy Pop, The Who o un dúo de actores muy competentes (que no brillantes) arropados por secundarios como la cubana, y española de adopción, Ana de Armas (a la que veremos también en esa Blade Runner 2 que rueda Dennis Villeneuve) o al habitual de la casa Bradley Cooper entre otros. Por desgracia a poco más nos podemos aferrar con War Dogs, un largometraje que deja patente lo difícil que es tratar de crear una obra incómoda y políticamente incorrecta en el seno de Hollywood sobre todo si no hay un autor con verdadera personalidad detrás del proyecto. Lo más grave es que durante todo el metraje del film de Todd Phillips me venía a la cabeza El Señor de la Guerra, aquella cinta escrita y dirigida por Andrew Niccol y protagonziada por Nicolas Cage que hablando del mismo tema no dejaba títere con cabeza abordando el mundo de la venta ilegal de armas sin miramientos, ni concesiones. Con afirmar que lo que War Dogs trata de contar en casi dos horas lo condensa Niccol sólo en los títulos de crédito de su cinta de 2005 se hacen más patentes las carencias de este biopic sobre David Packouz y Efraim Diveroli que no da ni la mitad de lo que prometía su punto de partida.

domingo, 27 de marzo de 2016

¡Ave César!



Título Original Hail, Caesar! (2016)
Director Joel y Ethan Coen
Guión Ethan y Joel Coen
Actores Josh Brolin, George Clooney, Ralph Fiennes, Tilda Swinton, Channing Tatum, Scarlett Johansson, Alden Ehrenreich, Frances McDormand, Jonah Hill, Christopher Lambert, Clancy Brown, Wayne Knight, Dolph Lundgren, Patrick Fischler, Robert Picardo, David Krumholtz, Fisher Stevens, Emily Beecham, Fred Melamed





Alguna vez tenía que pasar, pero un servidor guardaba la esperanza de que el fatídico día no llegara nunca. Por primera vez en mi vida como cinéfilo y fan de los hermanos Coen una de sus películas me decepciona casi en su totalidad. Por desgracia ¡Ave César! se revela para el que suscribe como el trabajo más deficiente de los autores de obras maestras como El Gran Lebowski, Fargo, Muerte Entre las Flores (Miller’s Crossing) o No Es País Para Viejos, algo impensable viniendo de dos de mis autores favoritos dentro de los últimos treinta años del cine estadounidense y que previamente jamás me habían decepcionado tanto con uno de sus proyectos. Una producción que tratando de seguir la estela de otras comedias menores de los guionistas y cineastas de origen judío como Crueldad Intolerable, el remake de Ladykillers de Alexander MacKendrick o Quemar Después de Leer (dejaremos a un lado la atípica Un Tipo Serio, que estaba hecha de otra pasta) se queda a mitad de camino en el proceso fallando en algunos de sus más importantes apartados y exponiendo en pantalla un conjunto cinematográfico indigno del talento de los titanes del séptimo arte que lo han perpetrado. Poco importa que el reparto cuente con nombres capitales del actual Hollywood como Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Jonah Hill, Ralph Fiennes, Channing Tatum o Tilda Swinton, es la labor de los autores detrás de la propuesta la que se mueve entre lo fallido y lo inesperadamente deficiente. A continuación trataré de incidir en cuáles son los motivos por los que ¡Hail, Caesar! es la película más endeble de toda la copiosa filmografía de la pareja de hermanos ganadores de cuatro premios de la academia.





La última obra de Ethan y Joel Coen sigue los pasos de un personaje que existió realmente, Eddie Mannix (Josh Brolin) el mediador de una gran productora de Hollywood llamada Capitol (en la vida real lo era de la Metro Goldwyn Mayer) que durante los años 50 trabaja para llevar a buen puerto el rodaje de un peplum de temática religiosa titulado ¡Ave César! que protagoniza la estrella Baird Whitlock (George Clooney). Cuando el actor principal es misteriosamente secuestrado los captores piden por el rescate cien mil dólares que Mannix deberá reunir lo antes posible para que la superproducción por la que está velando no acabe en un desastre. Esta trama central es la que vertebra (o eso intenta al menos) el núcleo narrativo de Hail Caesar! y si al mismo le echamos un vistazo rápido podría parecernos un mix entre la visión del Hollywood dorado de la pletórica Barton Fink, la historia sobre secuestros de El Gran Lebowski y el relato conspiranóico y con reparto de relumbrón de la ligera Quemar Después de Leer. El problema es que esta producción de 2016 no llega ni a vislumbrar la magistralidad con la que la cinta de 1991 protagonizada por John Turturro diseccionaba la meca del cine y sus entresijos, carece casi en su totalidad del soberbio humor socarrón del film encabezado por Jeff Bridges y ni siquiera sabe driblar con simpatía con su naturaleza de comedia ligera para el lucimiento de su casting como el largometraje comandado por Frances McDormand, George Clooney, Brad Pitt o John Malkovich entre otros.




Es desconcertante que dos de los mejores guionistas del cine americano actual como los Coen den forma a un libreto tan deficiente en ¡Ave César!. Una trama central que no ancla con solidez el núcleo de la narración, personajes que tienen breves y poco definidas intervenciones (los de Scarlett Johansson y Channing Tatum), gags con un humor impropio de lo autores de comedias brillantes como O Brother! o Arizona Baby siendo alargados hasta lo extenuante (el de Hobie Doyle intentando hacer bien la escena para el director Laurence Lorenz en principio tiene su gracia, pero se extiende tanto en el tiempo que acaba agotando al espectador, al igual que número musical de los marineros protagonizado por un esforzado Burt Gurney que se eterniza hasta lo alarmante) subtramas que no parecen ir a ninguna parte y que aparentan no haber sido pulidas debidamente, el poco aprovechamiento que se hace de secundarios típicamente coenianos (esos comunistas que aunque tienen sus momentos de gloria en pantalla podrían haber dado mucho más de sí) y un desfile de tópicos que convierten la trama de secuestros y rescates en un continuo déjà vu dan al traste con las buenas intenciones del último film de la factoría Coen. En este sentido si la escritura que sirve como base al relato no está bien solidificada la película se entrega a los engorrosos brazos del subrayado, lo plomizo y la impostura. Poco importa que los personajes que hacen acto de presencia sean identificables con la impronta de sus creadores, que los roles protagónicos estén bien perfilados y que la sátira, el grand guiñol y el humor negro marca de la casa haga acto de presencia durante esos 106 minutos de metraje que parecen 180, el barco comienza a hundirse poco después del primer tercio, justo cuando empiezan a notarse las costuras de un guión que más que por sus autores parece escrito por un becario venido a menos que Ethan y Joel han contratado para la ocasión y que malentiende el tono y la conceptualidad narrativa que hizo famosos a estos como cineastas.




Por descontado que no todo son fallos en ¡Ave César!, pero ni siquiera sus virtudes pueden salvar los muebles a los Coen. El reparto está a la altura, destacando sobre el resto un rocoso Josh Brolin com Eddie Mannix y un histriónico George Clooney como Baird Whitlock. A ellos les cubren las espaldas una divertida Scarlett Johansson (que tiene sólo dos míseras escenas en su regreso al mundo de los Coen después de su intervención en la muy superior El Hombre Que Nunca Estuvo Allí) una estirada Tilda Swinton con doble papel, un Channing Tatum bailarín y con tramposa sorpresa final, Ralph Fiennes memorable como director de cine británico, Alden Ehrenreich revelándose como un competente cómico inexpresivo al más puro estilo de Bill Murray y en roles muy episódicos podemos identificar a rostros como los de Jonah Hill o unos Christopher Lambert y Dolph Lundgren que nunca hubiéramos imaginado en una película de los Coen. El problema es que aunque todos los actores hacen una magnífica labor dando vida a sosias de personalidades reconocidas del celuloide americano de aquella época (Esther Williams, Ronald Reagan, Victor Mature, Lawrence Olivier, Carmen Miranda…) sus personajes deambulan perdidos por las inconsistentes tramas que pueblan y que no hacen justicia a la potencialidad humorística que la mayoría de ellos contienen y casi nunca consiguen explotar adecuadamente por culpa de la ya mencionada escritura deficiente del guión. Aunque si una virtud debemos destacar en una pieza como Hail Caesar! esa es indudablemente el acertado e interesante retrato que hace del Hollywood de los años 50. Los autores del remake de Valor de Ley o Un Tipo Serio dan una visión tan desmitificadora (esos representantes religiosos que sólo ponen trabas al retrato de Jesucristo que hace el peplum ficticio que da nombre a la película) como entrañable de la edad de oro del cine ofreciendo su particular mirada hacia representantes, directivos, montadores (grande una también breve Frances McDormand), actores, periodistas, nunca de manera brillante como lo hicieron en la kafkiana y mucho más profunda Barton Fink que también mencioné a inicio de la reseña, pero con el suficiente acierto como para convertirse en uno de los pocos bálsamos que proporciona la cinta.




Después de más de treinta años de carrera por primera vez debo admitir que una obra de los hermanos Coen no merece para mí ni el aprobado, aunque quedándose el borde del mismo. Es una pena que una historia que aunque desde su misma concepción ya apuntaba a ser un producto tan menor como alimenticio para Ethan y Joel haya resultado ser una producción tan decepcionante, autoindulgente y descompensanda a pesar de estar estelarizada por un puñado de actores que revientan taquillas en el Hollywood actual. El problema más grave de ¡Ave César! no es la endeblez de sus distintas tramas, la falta de consistencia a la hora de interconectar las mismas o el desaprovechamiento de lugares, personajes y temas que podrían haber ofrecido pasajes de comedia de alto voltaje, sino que su escueto metraje se hace pesado y considerablemente reiterativo debido a su falta de ritmo y paupérrimo desarrollo. Esta última obra de los Coen no sólo palidece ante otras producciones cómicas de porte liviano dentro de sus filmografía como Crueldad Intolerable, Ladykillers o aquella Quemar Después de Leer que aún con sus carencias conseguía hacer a todo tipo de espectadores con sus personajes exagerados y su rocambolesca trama de espionaje y servicios secretos, también se presenta como la obra menos conseguida de las diecisiete a las que han dado forma dentro del mundo del largometraje. Con todo una sola mancha no puede ensuciar el soberbio historial de unos cineastas que con las dos piezas inmediatamente anteriores a esta mostraron estar en plena forma después de muchos años de rodaje como cineastas personales e intransferibles en Hollywood, título que esperemos sigan manteniendo gracias a sus próximos proyectos que con toda seguridad volverán a recuperarnos a los genios que nos ofrecieron tratados sobre el miedo a la página en blanco, el honor entre mafiosos, la avaricia del ser humano y de cómo los parias heredarán la tierra entre partidas de bolos y copas de ruso blanco.



sábado, 31 de octubre de 2015

Mi Gran Noche



Título Original Mi Gran Noche (2015)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia
Actores Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Luis Callejo, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Santiago Segura, Enrique Villén, Hugo Silva, Carolina Bang, Terele Pávez, Carmen Ruiz, Marta Guerras, Marta Castellote, Tomás Pozzi, Ana Polvorosa, Toni Acosta, Luis Fernández, Alberto Chaves




Parece ser que al cineasta bilbaino Álex de la Iglesia no le bastó que mi paisano, el mítico y veterano cantante Raphael, inspirara con uno de sus mejores temas el título de su infravalorada y brutal Balada Triste de Trompeta, ni siquiera el hecho de que realizara un cameo en el largometraje interpretándose a sí mismo en la pantalla de un cine donde se proyectaba la película Sin Un Adiós, dirigida por Vicente Escrivá, y en la que el “Niño de Linares” interpretaba tan mítica canción ataviado con maquillaje de payaso aparentó saciar su apetito goloso. Por todo ello, y tras haber trabado amistad con él, el director de Acción Mutante o la más reciente Las Brujas de Zugarramurdi ha decidido regalarle su primer papel importante en una producción patria, rol este que no ejercía desde hace, nada más y nada menos, que casi 45 años cuando dijo adiós al celuloide con aquella ya lejana Volver a Nacer, de Javier Aguirre, suponiendo esta su séptima cinta como protagonista absoluto allá por 1971. Tras una agradable, que no efusiva, acogida en la pasada edición del Festival Internacional de San Sebastián, Mi Gran Noche, llegó a las carteleras españolas el pasado viernes recaudando unos nada desdeñables 800.000€ en su primer fin de semana, augurándole dicha cifra una estimable carrera comercial. La duodécima película de Álex de la Iglesia es, decididamente, una obra menor dentro de su filmografía que se encuentra relativamente lejos de la calidad de producciones mayúsculas nacidas de su impronta como El Día de la Bestia o La Comunidad, pero se revela de cara al público como una enorme broma llena de inquina y mala baba que recupera el lado más maquiavélico del realizador, ofreciendo un producto sencillo y directo repleto de actores en estado de gracia, un sentido muy perverso de lo que es el mundo del espectáculo en España y de las criaturas que lo pueblan, así como un humor políticamente incorrecto que funciona a su máxima potencia durante la mayor parte del metraje.




Mi Gran Noche es una parodia por partida doble. Por un lado es una incisiva crítica al subgénero de cine español que, sobre todo en su época dorada durante el régimen franquista, estaba protagonizado por estrellas de la canción, ya fueran folclóricas (Lola Flores, Imperio Argentina) cantaores de copla (Manolo Escobar, Juanito Valderrama) niños prodigio (Marisol, Joselito) o como en el caso de Raphael, intérpretes de baladas románticas o pop latino. Por otro, y más arriesgado, es una visión desmitificadora y hasta malintencionada de la imagen del cantante linarense como personaje y ahí entra en escena la implicación total de la veterana estrella de los escenarios que se ofrece sin medias tintas ni coartadas a dar vida a un reflejo retorcido y maligno de sí mismo, porque por mucho que en la cinta su personaje se llame Alphonso el hecho de que interprete temas como Escándalo o Mi Gran Noche no deja lugar a dudas de que De la Iglesia está hablándonos, no de un personaje totalmente adscrito a la ficción, sino de un “hermano perverso” del único poseedor español de un Disco De Uranio en la historia de la música de nuestro país. Pero el director de Perdita Durango o Los Crímenes de Oxford no se queda ahí y decide localizar su historia en la grabación de una de esas horteras y casposas galas de Nochevieja post campanadas de fin de año (precisamente como las que protagoniza el mismo Raphael desde hace años) cuya realización tiene, como muchos saben, lugar meses antes de la fecha de su emisión con una gran cantidad de figurantes contratados para dicho evento y convertir de este modo ese plató en un microcosmos en el que situar a todo tipo de personajes estrambóticos y descerebrados que, aunque apelando a la hipérbole y exageración, no dejan de ser el reflejo de los distintos tipos de ciudadanos que habitan nuestro país.




Lo último de Álex de la Iglesia vuelve a los terrenos de la reivindicable Muertos de Risa, a los de la televisión decadente y zombificadora, creando un grotesco vodevil, entregado al esperpento y el granguiñol, que pareciera mostrarse como una amalgama entre El Ángel Exterminador, de Luis Buñuel (esos personajes obligados a no abandonar una localización que los vampiriza y convierte en seres primarios) y Showgirls, de Paul Verhoeven (los números musicales cutres, luchas de egos que llegan a las manos y falsos oropeles que finalmente se muestran diseñados con hojalata) con un humor puramente De la Iglesia, aquel que había perdido en favor de cierta enfatización de crítica política, mediática y social (la de Balada Triste de Trompeta y La Chispa de la Vida) y que ha ido recuperando en sus últimos trabajos gracias al regreso de su colaborador en la escritura Jorge Guerricaechevarría (Celda 211, El Niño) como se pudo vislumbrar en Las Brujas de Zugarramurdi y confirmar en esta Mi Gran Noche que nos ocupa. El retorno de su antiguo co guionista también le ha servido al bilbaino para controlar ese caos que solía imperar en los terceros actos de sus últimos films, consiguiendo en este trabajo del que hablamos que ese desorden general lleno de ruido y furia no se desencadene nunca y se retroalimente a sí mismo para aportar coherencia y narración fluida a un producto que en principio podría dar pie a la más histérica de las anarquías. Gracias a un guión sabiamente estructurado (gran idea ir revelando poco a poco las intenciones y secretos de todos y cada uno de los personajes) una dirección muy potente en lo visual como viene siendo habitual en De la Iglesia y una magnífico montaje por parte de Cristina Laguna el largometraje se salda con nota en todos sus apartados y pocas carencias podemos achacarle en cuanto a su concepción y ejecución.




En Mi Gran Noche encontramos todas las dosis de veneno que le faltaban a la bienintencionada pero descafeinada La Chispa de la Vida, que ya hemos mencionado un par de veces en esta reseña. De la Iglesia no sólo se despacha a gusto con la televisión, sus directivos y profesionales, retratándolos a todos como despotas, explotadores o sociópatas en potencia, también lanza sus dardos contra una juventud asentada en la estupidez, la incultura y falta de valores, unas estrellas en decadencia que se resisten a aceptar su decrepitud física y psicológica o ídolos emergentes con pocas entendederas y demasiadas feromonas. Pero donde más acierta el director de 800 Balas o Mirindas Asesinas es a la hora de localizar su historia en la España de aquí y ahora con un acertadísimo contraste de en lo que se está convirtiendo nuestra sociedad cuando asistimos a que dentro del plató donde se graba la gala de marras los figurantes implicados parecen tener sorbido el cerebro por las cámaras y los focos, econtrándose ajenos a unos exteriores de los estudios en los que la gente de a pie se enfrenta a las fuerzas de la ley intentando reivindicar algo que les debería pertenecer y que no poseen. Una muestra de pan y circo en pleno siglo XXI en el que los reality shows, programas del corazón y demás tipos de telebasura adormecen a unas masas que no reaccionan ante una realidad en la que se están cercenando de manera brutal sus derechos como ciudadanos. Pero por suerte De la Iglesia no trata de adoctrinar o entragarse a la solemnidad, y mientras situa esa lectura social como trasfondo en ningún momento deja de recurrir a un humor incisivo, unas veces inteligente y otras zafio, que recae en personajes como un esquizofrénico que habla por medio de letras de canciones de Alphonso, una atractiva y desenfadada chica con fama de gafe, una pareja de presentadores que se odian a muerte, un hijo y asistente personal con problemas de ansiedad que somatizan en afecciones cutáneas o un representante argentino con muy malas pulgas capaz de lo que sea por su cliente.




A que estos personajes funcionen en pantalla ayuda un casting extensísimo que convierte Mi Gran Noche en una obra totalmente coral con un desfile de estrellas jóvenes y veteranas que deja en evidencia los repartos de cualquier entrega de las correrías de nuestro José Luis Torrente. Aunque hacen acto de presencia delante de las cámaras habituales de la casa como los indispensables Santiago Segura, Terele Pávez o Enrique Villén, nuevos intérpretes fetiche para De la Iglesia como Hugo Silva, Carolina Bang, Jaime Ordóñez, Pepón Nieto o Carlos Areces y debutantes en el mundo de ficción del bilbaino como Ana Polvorosa, Carmen Machi, Tomás Pozzi o Carmen Ruíz sería injusto intentar destacar a alguno de estos secundarios por encima del resto cuando todos hacen una labor más que notable a la hora de robarse planos los unos a los otros con sus desfases y salidas de tono. Pero si algo hay que destacar del apartado artístico de la obra es el sentido del humor y la autoparodia que destilan todos y cada uno de los implicados, haciendo especial hincapié en los dos personajes principales. Mario Casas borda esa amalgama de cantantes latinos (Chayanne, Carlos Baute, David Bisbal) que desembocan en Adanne, una máquina de hacer éxitos pegadizos y estúpidos que aparenta tener sus pocas neuronas localizadas en la entrepierna. El gallego una vez más demuestra que es capaz de reírse del fenómeno fan que le acompaña desde que dio sus primeros pasos como actor adolescente ofreciendo un papel al que le entrega todo lo que lleva dentro, algo que se le agradece. Por otro lado tenemos al Alphonso de Raphael, ese cantante de vuelta de todo obsesionado con su imagen, déspota con subordinados y competidores (qué gran acierto diseñar su camerino y vestuario como si fuera Darth Vader) y campeón olímpico de la mentira. Aunque con el meritorio papel (ciertamente casi podriamos decir que no está interpretando) del linarense nace el mayor fallo de Mi Gran Noche que no ha sido mencionado en la promoción de la película y es que el rol del veterano cantante, aunque el más importante del relato, es más bien secundario teniendo en pantalla no demasiados minutos de metraje, eso sí, sabiendo aprovecharlos al máximo en todo momento, véase cómo saltan chispas cuando comparte plano con Carlos Areces o Terele Pávez. Detalle importante este que se ha obviado equívocamente por parte de los autores y promotores del film y que puede despertar la ira, sobre todo, de los fans de la estrella de la canción




Como hemos mencionado al inicio de esta reseña Mi Gran Noche no será recordada como una de las grandes películas de Álex de la Iglesia, pero tiene los suficientes alicientes como para ser considerada una interesante y divertida opción para elegir en la actual cartelera nacional y con ello pasar 100 minutos de fruición en los que el productor de Musarañas o Los Héroes del Mal recupera gran parte de ese gamberrismo que se convirtió desde sus inicios con Acción Mutante en una de sus más destacadas y reconocidas señas de identidad. Rodeado por unos equipos técnico y artístico de nivel, ofreciendo un proyecto punzante, satírico y sanamente ofensivo que no deja títere con cabeza, el vasco, paradójicamente, rinde tributo a un artista, una música y una época a la que reverencia y recuerda con nostalgia por mucho que quiera envolverla en comedia física, humor negro y su impronta esperpéntica, brutalizada y de naturaleza salvaje. Si este es el último papel en cine (realmente nunca dio vida a grandes personajes porque no protagonizó buenas películas, sólo vehículos para el lucimiento de sus cuerdas bocales) Raphael puede quedarse tranquilo, porque Álex de la Iglesia le ha regalado su Jackie Brown (allí Quentin Tarantino homenajeaba a Pam Grier, aquí el bilbaino lo hace con el cantante andaluz) una cinta con la que decir adiós al mundo del séptimo arte con la cabeza alta y a lo grande. Además, sólo por ver en los multicines la cara de los fans del intérprete de Yo Soy Aquel o Qué Sabe Nadie adentrados en la tercera edad poner cara de estupefacción al asimilar que lo que han visto no era lo que esperaban (y doy fe que en mi sala ha sido así) cuando se encienden las luces y salen los títulos de crédito finales ya merece la pena ver este tratado sobre lo decadente, falsario y grotesco que puede ser el mundo del espectáculo en España.


jueves, 19 de marzo de 2015

Kingsman: Servicio Secreto



Título Original Kingsman: The Secret Service (2015)
Director Matthew Vaughn
Guión Jane Goldman y Matthew Vaughn basado en el cómic de Mark Millar, Dave Gibbons y Matthew Vaughn
Actores Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Mark Hamill, Mark Strong, Michael Caine, Sofia Boutella, Jack Davenport, Sophie Cookson, Tom Prior, Neve Gachev, Alisha Heng





Después de ejercer como productor en Lock & Stock, Snatch: Cerdos y Diamantes o Rockanrolla, largometrajes de su amigo y compatriota Guy Ritchie, Matthew Vaughn decidió debutar como realizador con aquella elogiada cinta sobre gangsters llamada Layer Cake protagonizada por Daniel Craig entre otros. Después de la misma el nuevo cineasta decidió vincularse con las adaptaciones cinematográficas de cómics y de ellas no ha salido todavía, ya que demostró que se le daba rematadamente bien el subgénero. Stardust, de Neil Gaiman y Charles Vess, Kick- Ass de Mark Millar y John Romita Jr o la versión muy libre de X-Men: Primera Generación de Jeff Parker y Roger Cruz fueron sus siguientes proyectos, varios de ellos por medio de su productora MARV y todos con la ayuda de su colaboradora y habitual co guionista Jane Goldman.




La experiencia de adaptar como director la primera entrega de Kick-Ass y la segunda como productor parece que gustó a Vaughn, porque de ahí nació una amistad con el guionista escocés Mark Millar que dura hasta hoy y que se ha confirmado con la decisión del cineasta de adaptar otra obra del autor de Authority o El Viejo Logan. Kingsman: The Secret Service nació, como la mayoría de los últimos trabajos del de Glasgow, con la principal intención de ser carnaza cinematográfica. Con la ayuda del mítico dibujante Dave Gibbons (Watchmen, Historias de Guerra, la saga Martha Washington) y la del mismo Matthew Vaughn como co argumentista (algo parecido a la colaboración que realizó Millar con nuestro Nacho Vigalondo en la colección Supercrooks, que a saber cuando llevará a imágenes el cántabro) dio forma a esta parodia del cine de espionaje en general y el de James Bond en particular. Un producto gracioso y agradable de leer, pero puramente alimenticio cuyo fin, como hemos mencionado, era ser extrapolado con éxito al celuloide.




El problemático y descarriado Eggsy descubre que su padre fue un agente que pertenecía a una agencia secreta llamada Kingsman, en la que supuestos sastres ejercen como espías en la sombra que desfacen todo tipo de entuertos. Tras uno de sus numerosos actos delictivos Eggsy es visitado por Harry Hart, un antiguo amigo de su progenitor fallecido que lo tomará en su tutela porque, aunque se haya entregado a una vida disoluta, cree que el muchacho tiene madera para ser un buen Kignsman como lo fue su padre. Este punto de partida, parecido al del cómic, pero que se toma considerables licencias con el de la colección en viñetas le sirve a Matthew Vaughn para rodar una divertida adaptación que juega sus mejores bazas cuando decide entregarse al desenfreno, algo que por desgracia no sucede durante todo el metraje.




Al igual que su inspiración tebeística Kingsman: Servicio Secreto es una sátira del cine de James Bond, al que tan pronto rinde elogioso tributo como parodia. Alternando la elegancia y glamour del universo de espionaje adherido al personaje nacido de la pluma de Ian Fleming con el tono más urbano y tosco de la Inglaterra de las clases bajas propio de las producciones de su colega Guy Ritchie, Vaughn y su socia Jane Goldman se lo pasan en grande alternando sofisticación con el horterismo de los adolescentes londinenses, como si de un grupo de secundarios salidos de una película de Ken Loach se trataran. Director y guionista tratan de que haya un equilibrio bien medido entre estos dos mundos, para diferenciarlos adecuadamente, y ahí es donde en cierta manera falla un producto como el que nos ocupa.




Porque, aunque la película avanza adecuadamente y nunca se hace anodina ya que sabe dosificar el tono de thriller, la comedia y el dinamismo en las secuencias de acción, ese prometedor arranque en Oriente Medio, con Money For Nothing de Dire Strairs sonando de fondo mientras el caos se adueña del encuadre, engaña a un espectador que espera, y demanda, un descontrol de la marca Mark Millar, algo que no sucede del todo y debería haber sido constante a lo largo de todo el film. Por otro lado cuando en la recta final el largometraje decide entregarse a la locura, a lo grueso y explícito es cuando Kignsman: Servicio Secreto dispara todas las balas que tiene en el cargador y Matthew Vaughn comienza a lucir su talento para las escenas de acabado técnico intachable y punzante.




 La cumbre del largometraje, y una de las mejores escenas cinematográficas de lo que llevamos de 2015, es la matanza de rednecks (paletos de pueblo sureño americano) en la iglesia extremista. El uso de la cámara, las lentes, el tempo, la violencia brutalísima, las maneras de matar cada vez más bestias y originales a lo que habría que sumar un Colin Firth desopilante y el uso medidísimo de Free Bird de Lynyrd Skynyrd con connotaciones sociales (como también hizo Rob Zombie en el clímax de Los Renegados del Diablo) hacen que el espectador lamente que el último trabajo de Matthew Vaughn no hubiera tenido este tono durante todo su desarrollo, una orgía del exceso que seguro hizo las delicias (hasta sexuales) del mismo Mark Millar cuando la vio por primera vez, seguramente en pleno rodaje.




Colin Firth es el rey de la velada, la película es suya y su elegancia de punta en blanco alternada por sus técnicas de lucha cuerpo a cuerpo y uso de las armas de fuego son lo mejor de Kingsman: Servicio Secreto, ofreciendo el protagonista de El Discurso del Rey y Un Hombre Soltero un papel que seguramente le gustó tanto interpretar como a nosotros contemplar. Le da la réplica un esforzado Taron Egerton que no se achanta ante su partenaire y entre los secundarios tenemos al siempre espléndido Mark Strong, la veteranía de Michael Caine, la intimidante presencia de Sofia Boutella y a Samuel L. Jackson dando vida a Valentine, el ridículo villano de la cinta que odia la violencia aunque aspira a ser un ecoterrorista asesino de masas. También apuntar el detalle del cameo de Mark Hammill como el Profesor Arnold, magnífica broma de Vaughn si tenemos en cuenta que el actor de Star Wars salía como personaje en el cómic original.




Kingsman: Servicio Secreto es un divertimento ligero competente en todos sus apartados, que no busca otra cosa que entretener a la platea con acción, mucho humor negro, algo de drama y una sana incorrección política que dispara dardos envenenados contra políticos, millonarios, delincuentes de poca monta, ecologistas o unos servicios secretos que no eluden en ningún momento del metraje la autoparodia. La trama es sencilla y en ocasiones muy previsible por el simple hecho de pertenecer a un géner como el de espías, quemado hasta la saciedad en la actualidad y le falta más fiereza asi como apelar al desprejuicio inmisericorde y la brocha gorda más de lo que lo hace, pero aún así ofrecerá casi dos horas de fruición cinematográfica a todo aquel que decida enfrentarse a ella sabiendo la fantasmada (al más puro estilo James Bond) que va a encontrarse.



lunes, 24 de febrero de 2014

Robocop: Prime Directives, the technology is our friend



Título Original Robocop: Prime Directives (2000)
Director Julian Grant
Guión Joseph O'Brien y Brad Abraham basado en personajes de Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Page Fletcher, Maurice Dean Wint, Maria del Mar, Anthony Lemke, Kevin Jubinville, David Fraser, Geraint Wyn Davies, Leslie Hope






Después del enorme fracaso que supuso Robocop 3 la Orion Pictures daba sus últimos coletazos. Para sacar algo de beneficio monetario en tiempos aciagos decidió vender los derechos del personaje a una productora canadiense llamada Skyvision Entertainment. Una vez en su poder esta puso en marcha en 1994 una serie de televisión en la que no se escatimaron medios (cuenta la leyenda que cada episodio tenía un presupuesto de un millón de dólares) pero el tono demasiado para todos los públicos alejado de la esencia del personaje dio pie a que el programa no durara más de una temporada siendo cancelado prematuramente a los 22 episodios. Un servidor la vio completa en su momento y sólo la recuerda lejánamente, pero si puedo remediarlo la revisionaré y comentaré antes de que acabe este mes que le estoy dedicando a Robocop.




En el año 1999 Jay Firestone (dueño de la productora Fireworks Entertainment) conservaba los derechos de Robocop que en su momento adquirió Skyvision Entertainment y decidió hacer "algo" con el personaje antes de que los mismos expiraran. Firestone contrató al director Julian Grant y a los guionistas Jospeh O'Brien y Brad Abraham para que dieran forma a una miniserie de cuatro episodios de 90 minutos de duración cada uno para relatar una nueva historia protagonizada por el policía más famoso de la Detroit del futuro. Robocop: Prime Directives se estrenó en el año 2001 con un moderado éxito de audiencia. El producto a pesar de sus escasísimos medios es un trabajo muy entretenido que consigue algo que ningún otro proyecto audiovisual relacionado con el personaje ha conseguido. Captar adecuadamente el tono de sátira política corrosiva y punzante que destilaba la cinta primigenia dirigida por Paul Verhoeven.




Robocop: Prime Directives está formada por cuatro episodios en continuidad titulados Dark Justice, Meltdown, Ressurrection y Crash and Burn. La historia tiene lugar 10 años después de que Robocop entre en servicio, Delta City es una realidad y es considerada la ciudad más segura del mundo gracias a los servicios del mencionado agente Álex Murphy. La OCP controla toda Delta City y entre los componentes de la organización se encuentra James Murphy, el ya maduro hijo del protagonista y candidato con futuro dentro de la compañía. La historia comienza cuando un antiguo compañero de Álex, el agente John Cable, empieza a investigar los trapos sucios de la OCP y descubre algunos secretos bien guardados por los que tendrá que unir sus fuerzas con su antiguo colega y pagar un caro precio por sus descubrimientos.




Vayamos al grano y sin muchos rodeos. Robocop: Prime Directives es un producto formalmente mediocre que no se aleja estilísticamente mucho de un episodio de la primera serie de Nikita protagonizada por la australiana Peta Wilson y realizado con el único fin de que los, por aquel entonces, dueños de los derechos del personaje pudieran exprimir los mismos hasta el último momento, de modo que no podemos esperar una obra muy destacable. En pantalla eso se deja notar ya que la miniserie en casi todo momento deja claro al espectador que los escasos 8 millones de dólares que se invirtieron para crearla no fueron suficientes para que los efectos digitales de baratillo, las cámaras lentas cutres y los rayos de electricidad ridículos den forma a las esforzadas pero en general humildes secuencias de acción que por otro lado son indudablemente entretenidas y con un tono a Serie B que no le queda nada mal al conjunto del proyecto.




Pero ante la escasez presupuestaria lo mejor es tener imaginación y ganas de ofrecer algo interesante, no sólo al espectador ocasional, sino también al fan del verdadero Robocop, el de la película de Paul Verhoeven. Como ya he comentado brévemente de manera previa Julian Grant, Jospeh O'Brien y Brad Abraham consiguen con Robocop: Prime Directives algo que no han logrado ni secuelas, ni remakes, ni series de televisión en imagen real o animadas que es nada más y nada menos que captar totalmente el tono sardónico, de humor negro, mala baba e incorrección política de la cinta de 1987. Pero no como la malentendieron Frank Miller, Walon Green o Fred Dekker sino en toda su extensión llegando a ejecutar momentos de puro genio que se convierten sin lugar a dudas en lo mejor de la miniserie y su más interesante virtud.




El telediario Media Net encabezado por dos asépticas presentadoras de sonrisa falsa ofrecen noticias como que un atentado en Texas reivindicado por un grupo extremista enfadado por la derrota del ejército mexicano más de 200 años atrás hace volar por los aires el monumento a El Álamo declarando sus miembros que: "Más vale tarde que nunca". En la publicidad podemos ver la promoción de un dvd que contiene "los grandes momentos de Robocop" deteniendo y eliminando a los delincuentes (hay un plano genial en el que Robo se ve incluso lanzando por los aires un carricoche de bebé) para poco después cuando el protagonista es tildado de "peligroso terrorista rebelde" por la OCP  promocionarse el mismo dvd pero como muestra de lo peligroso que puede ser el policía cyborg cambiando el tono friunfal del spot anterior por una brutalmente alarmista.




Científicos de la OCP desautorizando las voces que critican que Robocop incrementa la violencia a la hora de imponer la ley por medio de la brutalidad policial, una caja de ahorros llamada Chelsea Clinton, una plaza "cívica" con el nombre de Jerry Springer y como cumbre un programa de investigación en el que, tras convertirse Robocop en un renegado, sus reporteros deciden ir a visitar de manera furtiva la sala donde se realizaba hasta ese momento su mantenimiento preguntándose que hay dentro del disco duro de la memoria del personaje (¿peliculas de Barbra Streisand, la existencia de vida extraterrestre, pornografía?) o el momento en el que se menciona el culo del protagonista para seguidamente salir una aplicación interactiva en pantalla en la que si pinchamos nos permite a los espectadores saber más cosas sobre el culo de agente cibernético.




Esa es la tónica general a la hora de retratar lo manipulados que están los medios de comunicación en la miniserie, son tantos los chistes, tantas las bromas ocultas que mientras tenemos a una presentadora hablando de la OCP puede pensar por los ciudadanos y quitarles así esa engorrosa tarea por la parte baja y superior de la pantalla destilan mensajes como que sólo un mal americano que no mira por la seguridad de su familia no aceptaría el libre comercio de armas para defender sus derechos. Hasta tenemos unos anuncios publicitarios protagonizados por una especie de Michael Moore de baratillo criticando esos mismos medios y acusando a los televidentes de ser los conejillos de indias de una corporación que por medio de un programa informático llamado SAINT quiere controlar desde las oficinas centrales de la OCP toda la energia de Delta City. En resumidas cuentas, por fin alguien capta la esencia del verdadero Robocop, el que vive en un futuro privatizado, fascistoide, globalizado y por desgracia no muy diferente a los tiempos que estamos viviendo en la actualidad.




Lo demás es acción por un tubo, personajes pintorescos, simpáticos villanos de opereta, violencia más o menos cruda, dos pares de tetas furtivas, muchas armas eléctricas, científicos pirados, yuppies engreidos (con una tal actriz llamada Maria del Mar de origen madrileño de muy buen ver) cierta inciedencia en la piscología del protagonista y un nuevo Robocop para enfrentarse con el clásico en varios combates cuerpo a cuerpo y tiroteos que no están mal pero que finalmente se llegan a hacer cansinos por redundantes. Los actores se esfuerzan y aunque podemos ver rostros más o menos conocidos del cine canadiense como Page Fletcher (Carretera al Infierno) Maurice Dean Wint (Cube) Leslie Hope (Hablando con la Muerte, 24) o Geraint Wyn Davies, protagonista de aquella mediaocridad catódica titulada El Señor de las Tinieblas (Forever Knight en su nombre original) que llenó mi infancia de vampiros modernos a lo Anne Rice pero en cutre y que casi con toda seguridad inspiró a Joss Whedon y David Greenwalt para crear la serie Ángel, el reparto está formado por intérpretes que parecen salidos de cintas eróticas de medio pelo.




Si tenemos en cuenta su origen y los motivos por los que fue gestada este miniserie Robocop: Prime Directives es, no sólo un producto entretenido y bastante aceptable, también la obra en imagen real que, como ya he mencionado, es más fiel a la esencia del personaje que toma como protagonista y una grata sorpresa que hace pasar al espectador seis horas harto entretenidas entre acción, sátira, reminiscencias al género western (el terrible tema principal parece un corte compuesto por Alan Silvestri creyéndose Ennio Morricone bajo los efectos de la mescalina) no sólo un Robocop sino dos y muy buenas intenciones que eclipsan los pocos medios con los que el proyecto fue gestado y que fueron suficientes para crear la pieza audiovisual más simpática e irónica relacionada con Robocop desde la película que lo vio nacer como icono de la cultura pop.



viernes, 7 de febrero de 2014

Robocop 2, raising Cain



Título Original Robocop 2 (1990)
Director Irvin Kershner
Guión Frank Miller y Walon Green
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Daniel O'Herlihy, Belinda Bauer, Daniel O'Herlihy, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard Pugh, Patricia Charnonneau, Felton Perry




Tras el enorme éxito de Robocop la Metro Goldwyn Mayer y Orion Pictures se pusieron manos a la obra con la secuela que se estrenaría tres años después de la puesta de largo internacional de la anterior entrega. De manera bastante inteligente tanto el director Paul Verhoeven como los guionistas Ed Neumeier y Michael Miner se desvincularon del proyecto dejando los mandos de la realización al veterano Irvin Kershner (Star Wars: El Imperio Contraataca) y la escritura a Frank Miller, por aquel entonces ya un nombre capital dentro del mundo del noveno arte gracias a obras como Batman: El Regreso del Caballero Oscuro y Batman: Año Uno para DC o Daredevil: Born Again para Marvel, y Wallon Green que reescribió el libreto del mismo Miller para supuesto enfado de este. Robocop 2 vio la luz en 1990 y enfrentarse con ella a día de hoy es tan desalentador como innecesario.




Una nueva ola de criminalidad asola la ciudad de Detroit cuando empieza a moverse por las calles una letal droga sintética llamada Nuke. El culpable de que esta sustancia se haya puesto de moda es un mesiánico delincuente llamado Cain que dirige una banda de narcotraficantes y asesinos a los que nadie parece poner freno. Para detener al grupo de Cain la policía enviará a Robocop (el agente Alex Murphy reconvertido en máquina) y su compañera Ann Lewis y con ello poner fin a los negocios ilegales del peligroso criminal. Pero la intervención de la corrupta OCP y su nuevo proyecto para hacerse con el control total de Detroit llamado Robocop 2 darán al traste con los planes las fuerzas de la ley para detener a los culpables del infierno en el que se ha convertido la ciudad.




Robocop 2 es un producto totalmente fallido, primero como secuela de la primera Robocop y después como obra cinematográfica. No sé cuánto del argumento original de Frank Miller quedó en el guión que se utilizó para dar forma al largometraje (no debió enfadarse demasiado por el asunto con los productores cuando él mismo intervino en un par de cameos en la película haciendo de científico fabricante de Nuke) pero el mismo muestra claros síntomas de que el autor de Sin City (o el mismo Wallon Grenn que lo reescribió) no entendió para nada el tono de sátira de la película de Paul Verhoeven, asimilándolo mal y reinterpretándola peor para esta segunda parte.




El tono ácido sólo se ve apuntado puntualmente (los anuncios de televisión y los informativos que pecan de exagerados) pero casi siempre de manera paupérrima y el contexto de un futuro regido por corporaciones formadas por empresarios agresivos cuyo fin es enriquecerse monetariamente está puerilmente expuesto (lo de la clausula del contrato que permite a la OCP arrebatar la ciudad al alcalde es una estupidez supina) dando una visión innecesariamente grandguiñolesca de lo que los autores de Robocop analizaron con mucha más inteligencia y humor tres años antes. El resultado es un guión que falla tanto en su estructura como en apuntes argumentales sonrojantes como cuando la OCP adultera las Directrices de Robocop para convertirle en un imbécil integral, degradando al personaje de la misma manera que Superman 3 y 4 lo hicieron con el personaje de DC al que daba vida el tristemente fallecido Christopher Reeve.




Por desgracia la realización de Irvin Kershner tampoco ayuda engrandecer el producto. El director de Nunca Digas Nunca Jamás está como de pasada, su puesta en escena es plana, su cámara taciturna e insípida y si las secuencias de acción se salvan en algunos de los momentos del metraje es más por el diseño de producción y la labor de los especialistas de escenas de riesgo que por su trabajo detrás de las cámaras. Aunque tenemos persecuciones explosiones, tiroteos, bastante violencia (aunque no tanta como en la primera parte y mucho peor rodada) y unos efectos de maquillaje, stop motion, animatrónicos y alguna pincelada de primitivos CGI (el rostro de Cain que sale en la pantalla que porta en la cabeza el robot que contiene su cerebro) que lucen bien en pantalla el tufo a telefilm inflando no desaparece durante toda la película que para colmo padece de un montaje mediocre que acentúa su acabado más bien pobre y caótico.




Curiosamente hay planteamientos y conceptos acertados en Robocop 2, que en ocasiones son puramente frankmillerianos, pero por desgracia son contados con los dedos y no salvan del naufragio el proyecto. El hecho de que un niño sea un importante capo de la mafia (muy políticamente incorrecta es la visión que se da de los críos en el futuro que refleja la película, no hay más que ver al curioso equipo de beisbol que asalta la tienda de electrónica) es toda una osadía para la época que no está mal desarrollada y el hecho de que un robot llegue a tener dependencia de estupefacientes incluso llegando a sufrir el síndrome de abstinencia es uno de los mayores aciertos de la cinta que acentúa la vulnerabilidad quebrada del personaje de Cain una vez ha sido reconvertido en máquina. Pero por desgracia a estos apuntes curiosos se contraponen desaciertos que hieren de muerte la película, como la subtrama sensiblera con la mujer de Murphy para incidir en la humanidad del protagonista.




Robocop 2 es un despropósito, una obra que a diferencia de su predecesora sí es una cinta de acción pura y dura a la que se le añaden por compromiso hereditario apuntes críticos sobre política y capitalismo pobremente abordados que palidecen ante el dechado de mala baba y sorna que daba forma al guión que Ed Nemumeir y Michalel Miner escribieron para la película de Paul Verhoeven. La cinta de Irvin Kerhsner es una hija de su tiempo, envejecida, hipertrófica e incompetente que no puede ofrecer nada de interés al espectador más allá de acción violenta y ruidosa. Su éxito en la taquilla fue moderado, pero arrasó en ventas en el mercado doméstico, de modo que la tercera entrega que comentaré en breve no se hizo esperar demasiado y aunque un servidor no la ha visto nunca según se comenta es un producto del todo vergonzoso.




Ya como apunte curioso para los fans de los cómics afirmar que Frank Miller no se desvincularía aquí del todo del personaje de Robocop a pesar de lo frustrante que supuso para él colaborar en el guión de la secuela ya que la tercera parte también partiría de un argumento de su propiedad que sería adulterado hasta lo bochornoso. Por último cabría destacar que años después, en 2003 concretamente, el sello americano Avatar Press editaría una serie de nueve números en los que Steve Grant al guión y el español Juan José Ryp a los dibujos adaptarían esta historia de Miller al mundo del cómic aunando en la misma todo lo que el autor de Holy Terror había ideado para Robocop 2 y 3 y que los productores desecharon para su enfado. A su debido tiempo esa obra será comentada en este blog.