sábado, 4 de mayo de 2013

La Caza, hijos de los hombres



Título Original Jagten (2012)
Director Thomas Vinterberg
Guión Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg
Actores Mads Mikkelsen, Alexandra Rapaport, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Anne Louise Hassing, Lars Ranthe, Lasse Fogelstrøm, Susse Wold, Ole Dupont, Sebastian Bull Sarning





Thomas Vinterberg, cineasta danés que dio forma al tan interesante como caprichoso tratado Dogma 95 con su compatriota y amigo Lars Von Trier, director de la primigenia Celebración (Festen), autor que se entregaría a la denuncia más chabacana y demagógica con Dear Wendy o se ganara mi perdón al dirigir el videoclip de The Day That Never Comes para la banda norteamericana Metallica, señor que estrenó en el festival de Cannes de 2012 la que es hasta ahora su última obra, La Caza, Jagten en su título original, sin lugar a dudas la mejor que se ha estrenado en España durante este 2013 y son tantos sus aciertos y hallazgos formales que decir que bordea la excelencia como producto cinematográfico no le hace justicia del todo.




Lukas, (Mads Mikkelsen) profesor danés que tras un complicado divorcio encuentra un nuevo trabajo como cuidador en una guardería. Cuando su vida empieza a encauzarse, sintiéndose feliz en un trabajo en el que es querido por los niños, empezando una nueva relación sentimental con Nadja (Alexandra Rapaport) y recuperando el contacto con su hijo adolescente Marcus (Lasse Fogelstrøm) una serie de circunstancias fortuitas en apariencia inofensivas desembocan en el inocente comentrario de Klara (Annika Wedderkopp) alumna del jardín de infancia e hija del mejor amigo de Lukas, Theo (Thomas Bo Larsen). A partir de ese momento la vida de un hombre honrado, y sobre todo inocente, se convertirá en un infierno para él y sus personas más cercanas. A continuación varios spoilers.




Ideas, tantas que podían haber salido terriblemente mal en Jagten. Tantos lugares comunes, caminos mil veces transitados, tópicos, clichés, estereotipos, maniqueismos. Era tan fácil caer en la sensiblería, lo tendencioso, los golpes bajos, el sensacionalismo. Thomas Vinterberg no sólo sabe esquivar absolutamente todas estas minas antipersona, también consigue algo muy complicado y que para un servidor es un logro al alcance de unos pocos cineastas a lo largo de la historia del séptimo arte, emocionar desde la sutilidad, desde la elegancia, sin forzar situaciones o actos por parte de sus personajes que busquen de manera tramposa y pueril tocar la fibra del espectador para transmitirle sensaciones vívidas y palpables.




Búsqueda, no la hay en La Caza de grandes momentos emocionales, no vemos a personajes romper a llorar a gritos o abrazarse a familiares o amigos para desahogar el mar de dudas, rencores y miedos por el que atraviesan todos ellos, porque como obra cinematográfica no lo necesita, no lo quiere, de hecho lo rechaza de plano. Pero mostrando siempre los sentimientos de sus criaturas a flor de piel Vinterberg consigue crear una obra que atraviesa la epidermis del que se enfrenta a ella, porque su última pieza expone un enorme abanico de preguntas, planteamientos, ideas interesantes y dilemas morales de variedad casi inabarcable y profundo calado.




Contención, la que destila por completo el largometraje, la que exhalan todos y cada uno de sus fotogramas, la que dosifica y muestra con cuentagotas un Mads Mikkelsen apabullante como Lukas, el protagonista del film. Enorme la cantidad de matices que transmite su rostro cuando la directora de la guardería le comunica el trágico hecho en el que supuestamente se ha visto involucrado. Intentar hacer justicia con palabras a la labor del protagonista de Un Asunto Real en la obra que nos ocupa es un ejercicio de futilidad, hay que verlo para creerlo, cómo un actor que normalmente ha puesto cara al mal demuestra una humanidad desbordante confirmándonos aquella sabia teoría de que menos es más y que no se necesitan excesos o sobreinterpretaciones para retratar con certeza la realidad.




Miedo, el que siente un hombre inocente que es acusado del más terrible de los delitos, el que experimenta una pequeña y dulce niña al darse cuenta a duras penas (por dios, tiene menos de un lustro de vida) de que una simple palabra dicha por despecho en el peor momento y lugar ha desatado un infierno, el de un hijo que ve como destrozan la vida de su padre cuando no ha cometido delito alguno y en un terrible efecto domino él también sale perjudicado, el de un cabeza de familia que piensa que su mejor amigo, al que conoce desde la adolescencia, ha podido cometer el más inenarrable de los actos con su hija pequeña, el de unos amigos del protagonista que se dividen entre los que dudan de su inocencia y los que le dan su apoyo sin pensarlo un segundo porque saben que jamás cometería semejante abominación.




Prejuicios, los de un sociedad quebrada, temerosa, sobreprotectora, acomodada, que condena antes de sacar conclusiones, que señala antes de que el acusado pueda defenderse, que da por sentada y extiende como la pólvora una historia que no se sostiene por sí sola. Pero llegamos en parte a comprender a estas gentes, porque compartimos el miedo y el recelo, porque nosotros formamos parte de esta turba enfadada, porque hablamos de lo inadmisible, lo impío, la corrupción de lo más sagrado y no aceptamos medias tintas, preferimos prevenir antes que curar sin importarnos las cabezas que rueden por culpa de nuestros actos o si la culpabilidad de nuestro "criminal" no está demostrada.




Impotencia, la que invade al espectador, la que nos hace retorcernos en la butaca, la que nos incita a atravesar la pantalla e intentar coger por la solapa a esa caterva de prejuiciosos (nosotros mismos, todos nosotros, fuera hipocresías) que no son capaces de pararse un sólo instante para abordar fríamente los hechos, de analizar con objetividad un juicio cuya sentencia ha sido dictada antes de tiempo porque buscamos una cabeza de turco, un chivo expiatorio en el que volcar todas nuestras frustraciones diarias, tanto las personales como las profesionales, aquellas que nos asfixian y no nos permiten llevar una existencia próspera en tiempos como los que nos han tocado vivir.




Honor, el de un hombre íntegro, entero, como cualquier otro, el de un profesor, padre, amante y ex marido que no siente la necesidad de defenderse por algo que no ha hecho, que no quiere tener que justificarse por un acto que ni se le pasaría por la cabeza llevar a cabo. Porque no hay mejor modo de demostrar tu propia inocencia que seguir con tu vida, ir a comprar a tu supermercado de siempre, asistir a una concurrida misa de Nochebuena en la que está todo el pueblo en un templo en el que te puedes permitir mirar directamente a los ojos de tu mejor amigo, el padre de la niña núcleo de toda la desgracia, porque no has hecho nada ilegal, porque están destruyendo tu vida y la de los tuyos por una acusación flagrante, falsa, injusta.




Cine, en mayúsculas, en toda su pureza, sin aspavientos, trucos o maniobras burdas. Una puesta en escena áspera, que aún guarda algún coletazo del naturalismo del Dogma 95. Una fotografía adecuada que transmite el frío nórdico y la melancolía de esos días de Navidad que poco tienen de festivos o celebración, unos actores que se adecúan a sus roles con veracidad comandados por un protagonista superlativo que guía con su portentosa creación un guión lleno de aciertos (que no todos los amigos le den la espalda al protagonista y que lleguen a bromear con él sobre el delito que saben que no ha cometido, que su hijo no dude de su palabra, que su novia lo haga y él por indignación la expulse de su casa) y dos o tres clímax apoteósicos que están entre lo mejor del cine de este 2013, como la ya mencionada escena del centro comercial, en la que Vinterberg podía haberla fastidiado por culpa del exceso con la paliza, pero que luego encumbra con su regreso al local para llevarse "su compra"; la de la iglesia con ese Theo que por fin ve la verdad en los ojos de su amigo o ese tentempié a altas horas de la madrugada que huele a perdón, redención, arrepentimiento y amistad recuperada.




Jagten, la película, la pieza de arte que se lo ha puesto muy difícil a los siguientes estrenos que vengan a este país en lo que queda de año para superarla, porque es un ejercicio de cinematografía ejemplar, una obra maestra en la que nada falla, nada sobra, todo está justificado, medido y calibrado. Y ese final con la dulce Erika, (el epílogo está bien, es muy simbólico pero no es necesaria su explicitud, en esa última reunión varias furtivas miradas acusadoras nos confirman que para algunos ya nada volverá  a ser igual y que "la caza" nunca terminará para Lukas) en el que el miedo colisiona con la pureza con la resultante victoria de esta última. Una broma, la sonrisa de una niña, un abrazo y unas pequeñas manos que rodean el cuello de un hombre, que nunca volverá a ser el mismo, que estará "roto" hasta el último día de su vida y ese adiós de una inocente criatura justifican que yo tenga el salón y el dormitorio llenos de películas en distintos formatos, de libros sobres géneros y directores, revistas de todo tipo sobre el séptimo arte, que me tenga que tragar sesiones vespertinas en multisalas en las que normalmente estoy solo y que me pase horas delante de la pantalla del ordenador hablando de este medio, el cine, un invento que fue creado para regalarnos trozos de vida en imágenes y sonidos como La Caza, de Thomas Vinterberg.



3 comentarios:

  1. Llevo tiempo retrasando su visionado por unas razones u otras, pero parece que voy a verme obligado a verla YA, señor Armin. Esta crítica ha masturbado mi cerebro a muchos niveles.

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  2. Espero que esté a la altura cuando la veas, porque hacía mucho que una película no me llegaba tanto y es que llevaba una racha...

    Cuando lo hagas veo yo Amor de Haneke (que se estrenó en Cannes el mismo día que esta Jagten) y ya nos hacemos unas pajillas, pero sin mariconadas.

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    1. Pues ojito, que o la veo mañana por la noche en el cine o la semana que viene en casita. Prepara kleenex y lubricante.

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