viernes, 22 de diciembre de 2017

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi



Título Original Star Wars: The Last Jedi (2017)
Director Rian Johnson
Guión Rian Johnson, basado en personajes de George Lucas
Reparto Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie, Kelly Marie Tran, Lupita Nyong'o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis





Después de siete años de silencio dentro del universo cinematográfico de Star Wars saltaba la noticia en 2012. Una Disney que comenzaba su lenta, pero inexorable, campaña de absorción de toda franquicia que pudiera serle rentable, por aquel entonces Pixar y Marvel ya habían caído en sus manos, compraba por una cantidad multimillonaria Lucasfilm, la productora ideada por el cineasta George Lucas y sobre la que había construido su mítica saga Star Wars u otras como Indiana Jones. Tres años después y tras muchas especulaciones y bailes tanto en el equipo técnico como el artístico llegaba a pantallas de todo el mundo Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, el primer paso de lo que sería una nueva trilogía de la franquicia escrita y dirigida por J.J. Abrams y ya bajo el total amparo de la productora creada por Walt Disney a principios del siglo XX. El resultado fue un éxito brutal y la propuesta una pieza cinematográfica tan efectiva como comprensiblemente conservadora.




Desde que los derechos de Lucasfilm cayeron en manos de Disney la idea de explotar al máximo la saga se tomó incluso antes de que comenzara la producción del ya citado largometraje rodado por el autor de Super 8 o Star Trek: En la Oscuridad. De modo que Katheleen Kennedy, actual presidenta de la antigua productora de George Lucas, puso en funcionamiento la maquinaria para que un proyecto titulado "Star Wars Anthology" también tomara forma y en el se pudieran narrar todo tipo de spin offs relacionados con el universo galáctico más famoso del mundo del séptimo arte, pudiendo desvincularse de la trilogía principal a la que acababan de dar pistoletazo de salida. Gracias a esta decisión en 2016 llegó la excelente Rogue One: Una Historia de Star Wars, una cinta cuya trama tenía lugar poco antes de Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza y que superó en varios aspectos al largometraje ideado pr J.J. Abrams un año antes.




Año 2017, todo está preparado para la llegada de la segunda parte de la nueva trilogía que se titulará Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi. El reparto artístico repite casi al completo con Daisy Ridley, Oscar Isaac, John Boyega, Adam Driver, Mark Hammill, la tristemente fallecida Carrie Fisher  y nuevas incorporaciones como Kelly Marie Tran, Benicio del Toro o Laura Dern entre otros. Del guión y la dirección se ocupa Rian Johnson, cineasta que se dio a conocer con la independiente y noir Brick y que se ganó el favor del público y la crítica dirigiendo esa excelente muestra de ciencia ficción que responde al nombre de Looper. Tras el estreno el largometraje recibe los parabienes de la mayor parte de la crítica especializada y su recaudación en la taquilla se antoja descomunal. Pero lo que pocos sabían es que con él íbamos a encontrarnos la entrega de Star Wars que más ha dividido moralmente a esa peculiar fauna de personajes llamada "fandom" y el terremoto mediático se ha dejado notar, principalmente, en todo la red.




Después de las numerosos espectadores que alzaron la voz contra Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza por parecer un remake de la cinta primigenia de la saga rodada por George Lucas en 1977 Disney y Lucasfilm parecieron tomar nota de las quejas y con Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi han encargado a Rian Johnson, que se ha convertido en los últimos días en la cabeza de turco de los fans más furibundos, realizar una película de La Guerra de las Galaxias que fuera lo menos acomodaticia y condescendiente posible y a fe mía que lo ha conseguido. El problema reside en que la rama más dura de los fans de la creación del director de American Graffiti afirman que la segunda parte de esta nueva trilogía ha traspasado no pocas líneas prohibidas e intocables del canon de la franquicia. En la siguiente reseña un servidor va a intentar no sólo defender el film como una excelente pieza cinematográfica, sino también justificar algunas de esas polémicas decisiones que se han tomado con respecto a ella añadiendo en el proceso algunos spoilers de cierta importancia.




Durante sus primeros pasos Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi puede llegar a desconcertar al espectador en varios aspectos. Por un lado la inclusión del humor en un arranque de tanta tensión como la espectacular batalla espacial que copa la primera parte del film parece fuera de lugar hasta que se ensambla bien el con la historia y el tono de la misma. Por otro la construcción narrativa y el montaje que alterna las distintas subtramas que pueblan la obra tardan en tomar solidez y mostrarse como un todo compacto de cara a la platea, pero una vez presentados todos los personajes la nave es enderezada adecuadamente. Por último es lógico que el notable cambio de perspectiva que imprime Rian Johnson a su proyecto con respecto al de J.J Abrams coja al espectador desprevenido, pero por suerte el director de Breaking Bad o Terriers mantiene gran parte del tono del creador de Alias o Fringe, aunque llevándolo a un nivel superior de implicación y riesgo desde un punto de vista argumental.




Una de las mayores virtudes de esta última película de Star Wars es que después de la autocomplacencia del Episodio VII aquí por fin la nueva trilogía comienza a avanzar y tomar su propia senda. Pero Rian Johnson no es un estúpido o un iluso y lo hace de manera gradual y orgánica, o lo que es lo mismo, mira al futuro sin abandonar del todo un pasado que siempre sobrevolará las producciones venideras dentro de la franquicia. Por ello encontramos una trama en la que los veteranos, Luke o Leia, sirven de brújulas morales y figuras paternas de las nuevas generaciones, Rey o Poe, preparando a sus pupilos para una guerra que no ha hecho más que empezar y en la que tendrán que desenvolverse solos cuando ellos ya no formen parte de la ecuación. En ese sentido el guionista y director sabe aprovechar tanto a los personajes que tiene a su disposición como a los actores que les dan vida.




Pero donde Rian Johnson marca las distancias con respecto a cualquiera de las entregas anteriores de Star Wars es en su intención como guionista y director de profundizar en conceptos icónicos del canon de la saga como la Fuerza y el Lado Oscuro, por medio de Rey o Luke, y llegar a materializarlos audiovisualmente con éxito en pantalla. De este modo por primera vez podemos ver cómo funciona el equilibrio de la Fuerza y cómo el balance entre luz y oscuridad puede predisponer a que un jedi, dependiendo en gran parte de su personalidad y entereza, se incline por uno u otro lado. Por medio de esta visión rompedora de la Fuerza y toda la parafernalia que la complementa y enriquece conseguimos incidir en la personalidad de Rey como guerrera e intentar dilucidar si su enorme poder acabará haciéndola optar por el mal debido al peso moral que todavía carga a sus espaldas con respecto a la desaparición de sus progenitores.




Curiosamente esta dicotomía a la que se enfrenta Rey es el perfecto caldo de cultivo para que Rian Johnson construya la que es la mejor relación entre personajes de Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi y que ya dio sus primeros pasos en el Episodio VII. Rey y Kylo Ren, o en esta ocasión deberíamos decir Ben Solo, son la distinta cara de una misma moneda, la luchadora de la luz que poco a poco va siendo tentada por una oscuridad, que en sus propias palabras, siempre ha estado en su interior y el miembro de la Primera Orden que quedó destruido espiritualmente cuando mató a su padre con sus propias manos. La conexión que la Fuerza establece entre ellos, la batalla por parte de cada uno para llevar al otro a su propio territorio, la determinación del Kylo Ren de un Adam Driver que está ejecutando uno de los personajes más interesantes de la saga y la secuencia de ambos guerreros peleando codo con codo contra la guardia de Snoke dan forma a los mejores momentos de esta última entrega.




Como es lógico también debemos hacer una parada en la incorporación, esta vez total, del mítico protagonista de la saga original ideada por George Lucas. Luke Skywalker está de vuelta y en esta ocasión con un papel capital en la última entrega de la franquicia que él ayudó a construir. Mark Hammil está exultante en su rol de maestro jedi que ha perdido la fe tras la traumática experiencia que vivió con el que fue su último padawan. Su descreimiento, negativa a hacer uso de la Fuerza e intención de acabar con la estirpe a la que él pertenece nace de la desesperanza, la decepción y la tristeza. Hay quien afirma que este Luke que aquí vemos no es el que todos conocemos y un servidor niega a la mayor, esta encarnación del personaje es la evolución lógica del mismo después de tantos años de soledad, remordimientos y retiro autoimpuesto. La labor del actor de la trilogía original a la hora de darle vida es tan profesional como cabría esperar por su parte y su paso por esta etapa de la saga es uno de los momentos álgidos de la misma.




Si miramos su obra previa realizar secuencias memorables no es algo ajeno a la impronta de Rian Johnson y a lo largo de Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi tenemos un buen puñado de ellas salidas de su mano. Desde la ya citada primera batalla con el ataque rebelde al acorazado (con una pátina de redención que recupera el espíritu de Rogue One: A Star War Story) pasando por todo el pasaje en el planeta Cantónica o ese sacrificio a velocidad luz que deja la pantalla y la sala de proyección en silencio, todo el clímax final con su peculiar uso del cromatismo (la utilización del color rojo de la  sal en la batalla definitva es sencillamente brillante y ofrece una plasticidad a la imagen que engrandece la ya de por sí remarcable puesta en escena del director) y llegando al cierre de la trama principal que guarda un buen puñado de diálogos para el recuerdo y una preciosa despedida para Carrie Fisher a la altura de lo esperado, honrando así el legado de la inolvidable Leia Organa.




Es de recibo apuntar también que a pesar de que Rian Johnson se ha salido bastante del canon establecido en esta nueva trilogía lo ha hecho más en lo referido al fondo que a la forma, porque con respecto a esta última se ha mantenido bastante fiel a la estética que J.J. Abrams utilizó en Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza. De este modo en el largometraje del director de Los Hermanos Bloom encontramos unos efectos digitales magníficos que se mimetizan sabiamente con el recurrente uso de figuras animatrónicas o elaborado maquillaje que ofrecen una personalidad mucho más epidérmica y palpable al conjunto del diseño de producción y personajes extraterrestres o por otro lado también recurriendo a la nostalgia dando uso a mucha de la maquinaria militar y bélica que nació en la trilogía original y había sido abandonada, pero dosificándola con mucha más inteligencia que el director de Misión Imposible 3 en su entrega en la que dio rienda suelta al fanservice sin hacer prisionero alguno.




Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi otea el horizonte de un nuevo futuro con valentía y cierta temeridad, arrastrando fallos (la escena espacial de Leia es el momento más cuestionable de toda la obra) y virtudes (tono, reparto, diseño de producción, efectos especiales, realización) que la convierten en una pieza cinematográfica remarcable. Rian Johnson se atreve a profanar algunas reliquias sagradas, pero siempre con lógica y amplitud de miras, honra a los caídos dentro y fuera de la pantalla y hace evolucionar a los recién llegados. En el proceso ofrece un producto con acción, humor, amor y ciencia ficción, pero dejando el camino abierto para que en un futuro cercano el cierre de la trilogía, que recaerá de nuevo en J.J Abrams, nos confirme si este nuevo tríptico ha merecido la pena como conjunto de la misma manera que sus hasta ahora dos entregas sí lo han hecho a modo individual. Hasta 2019 no sabremos a ciencia cierta el resultado, pero antes de ello tendremos que hacer parada en la juventud de Han Solo el próximo año y en Transgresión Continua también daremos constancia de ello.



jueves, 21 de diciembre de 2017

Yoga Hosers, millennial clerks



Título Original Yoga Hosers (2016)
Director Kevin Smith
Guión Kevin Smith
Reparto Harley Quinn Smith, Lily-Rose Melody Depp, Tyler Posey, Genesis Rodriguez, Johnny Depp, Natasha Lyonne, Haley Joel Osment, Justin Long, Austin Butler, Jason Mewes, Michael Parks, Tony Hale, Harley Morenstein, Ralph Garman, Adam Brody, Ashley Greene, Jack Depp, Jennifer Schwalbach Smith, Vanessa Paradis, Sasheer Zamata, Kevin Conroy, Kevin Smith, Stan Lee






Desde que en el año 2011 estrenara la brutal Red State la carrera cinematográfica de Kevin Smith se convirtió en una incógnita con la que nunca sabemos qué nos deparará su próximo trabajo detrás de las cámaras. En 2014 la retorcidísima Tusk volvió a sorprender a propios y extraños con su atípica mezcla de terror, drama y comedia negrísima mostrando a un Smith que parecía cada vez más alejado del cine de sus orígenes protagonizado por adolescentes amantes de los cómics, el sexo y el humor escatológico. Sólo dos años después llegaría su treceavo largometraje como cineasta, otro giro de tuerca, esta vez nacido a modo de spin off del ya citado film interpretado por Justin Long y Michael Parks, en el que coparían todo el protagonismo dos personajes episódicos que aparecieron en aquella producción a modo de cameo y a los que dieron vida dos actrices casi debutantes que tienen en el proyecto que nos ocupa sus primeros papeles importantes dentro del séptimo arte.




Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp son las hijas de Kevin Smith y Johnny Depp respectivamente y en Tusk hicieron una breve aparición interpretando a dos dependientas de una tienda tipo "7-Eleven" que estaban más peocupadas por escribir en sus teléfonos móviles que por atender a los insatisfechos clientes del emplazamiento en el que trabajaban. Tomando como protagonistas a estas dos actrices adolescentes, incluyendo a casi todo el reparto de la citada Tusk y construyendo una trama que sólo puede haber sido ideada bajo los efectos de una ingente cantidad de opiáceos Yoga Hosers se estrenó en pantallas de todo el globo en 2016 y desde ese mismo momento la podemos considerar una de las más endebles películas salidas de la filmografía del director de Jersey Girl o Mallrats. Un producto que falla a prácticamente todos los niveles en gran parte por culpa de su indefinición cinematográfica, algo en lo que nos detendremos más adelante.




Colleen McKenzie (Harley Quinn Smith) y Colleen Collette (Lily-Rose Melody Depp) son dos  amigas y compañeras de trabajo, residentes en Canadá, adictas a textear con sus teléfonos móviles,  tocar en una banda de rock y a las clases de yoga que imparte el gurú Yogi Bayer (Justin Ling). Una noche mientras trabajan en la tienda de comestibles "Eh-2-Zed." reciben la visita de Hunter (Austin Butler), uno de los chicos más populares del instituto e interés amoroso de Colleen McKenzie, y Gordon (Tyler Posey), amigo del ya citado muchacho. A la llegada de ambos se desata el caos en el local cuando unas salchichas vivientes nazis llamadas "bratzis" aparecen de repente e intentan matar a los cuatro adolescentes. Las dos Colleen deberán vencer a tan esperpénticos enemigos y para ello colaborarán con los más variopintos aliados, entre ellos el peculiar detective Guy Lapointe (Johnny Depp) que acompañará a las chicas en su cruzada.




Es difícil saber qué pasaba por la cabeza de Kevin Smith cuando decidió rodar un producto como Yoga Hosers. No sólo por lo alucinógeno de gran parte de su planteamiento, sino también porque como obra cinematográfica no sabemos a qué tipo de espectador está dirigido. Por un lado aunque temáticamente vuelve a las raíces de su filmografía, dando el protagonismo de la cinta a dos dependientas de una tienda de comestibles, la calificación por edades de la cinta (la famosa PG-13, que admite espectadores menores de edad en las proyecciones) impide que el guionista y director despliegue esos diálogos repletos de referencias sexuales y lenguaje malsonante propio de su impronta. De hecho hay momentos en los que los personajes maldicen utilizando la terminología propia de este tipo de films para (casi) todos los públicos y el resultado queda tan ridículo como insatisfactorio.




Como afirmamos estas carencias por culpa de la calificación moral del largometraje dejará insatisfechos a los fans de Kevin Smith habituados a su sorna e incorrección política. Pero si nuestra intención es abordar Yoga Hosers como una película de terror, género al que supuestamente también se adscribe, su éxito no es mucho mayor, porque prácticamente no hay una sola escena de sobresalto a lo largo del metraje, y si las hay con el que esto suscribe no han funcionado en ningún momento. Pero el fracaso máximo con respecto a buscar un target claro y determinado para que este pueda disfrutar de la propuesta cinematográfica lo tenemos con el de "película para niños", porque aquí Yoga Hosers es un rotundo desastre. A lo mejor es un servidor el que se equivoca y los críos de hoy en día se lo pasan de vicio viendo a unas salchichas nazis intentando matar a seres humanos en plena pubertad, pero ruego se me permita dudarlo.




Planteado todo esto la pregunta del millón es: ¿A qué tipo de público está dirigida Yoga Hosers?. Mi respuesta a dicha cuestión es que sus creadores son los que más disfrutaron de la película mientras la estaban ideando y eso es algo que se deja notar en pantalla durante no pocas ocasiones. Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp no son dos grandes actrices y a la hora de hablar de su trabajo aquí tampoco podemos hacerlo de una química mutua que atraviese la pantalla, pero sí es cierto que hay complicidad entre ambas y que lo transmiten a lo largo del metraje, dejando entrever las imágenes que son amigas más allá de la ficción y que se entienden totalmente la una a la otra. En cuanto al equipo de secundarios, empezando por Johnny Depp de nuevo en la piel del insulso Guy Lapointe, pasando por un tatuado Adam Brody y llegando a los cameos de Kevin Conroy o Stan Lee también podemos vislumbrar que el rodaje fue una fiesta para todos los implicados.




El problema reside en que la mayor parte del público generalista no está invitado a la fiesta que Kevin Smith ha montado con sus amigos, de modo que sólo él, su equipo de rodaje y los fans más extremistas de su cine se divertirán con el film. Si al humor de dudoso gusto y escasa efectividad sumamos una trama tan esperpéntica que no se sostiene por ningún lado, la cuestionable táctica de llevar hasta el extremo del disparate el uso de la parafernalia nazi a modo de chiste recurrente a lo largo del metraje hasta eclosionar en ese clímax final que vuelve a poner en mente de un servidor la idea de que Kevin Smith no se encontraba sobrio a la hora de escribir el guión de la obra y una serie de personajes incidentales que deambulan a lo largo del metraje sin orden ni concierto, y a los que se recurre casi exclusivamente para mostrar sus perfiles a modo de homenaje a videoconsola de 8 Bits, podemos afirmar que nos encontramos ante un fracaso cinematográfico prácticamente total.




A pesar de ser un desastre sin paliativos y una penosa segunda entrega de esa "True North Trilogy" que su autor lleva ideando desde hace unos cuantos años, Yoga Hosers tiene dos virtudes que me hacen mirarla con no demasiado desdén y hasta cierto cariño. La primera es que después de todo lo comentado en esta entrada debo admitir que los 88 minutos que dura el largometraje no sólo se pasan en un suspiro, sino que no aburren en ningún momento, en gran parte gracias a las dos actrices principales y su vacuo pasotismo propio del siglo XXI. La segunda es que el que esto firma la ve como la confirmación de que Kevin Smith está decidido a hundir su carrera cinematográfica por medio de productos de dudosa naturaleza y gusto, pero que demuestran que hace lo que le apetece sin estar pendiente de fans, productores o resultados de taquilla y eso le honra como artista y ser humano. Sólo el tiempo nos dirá hacia donde se dirige este Kevin Smith cineasta en modo kamikaze.




lunes, 18 de diciembre de 2017

Tusk, rime of the ancient mariner



Título Original Tusk (2014)
Director Kevin Smith
Guión Kevin Smith
Reparto Justin Long, Haley Joel Osment, Génesis Rodriguez, Michael Parks, Johnny Depp, Ralph Garman, Harley Morenstein, Bill Bennett, Jennifer Schwalbach Smith, Rob Koebel, Harley Quinn Smith, Lily-Rose Melody Depp, Ashley Greene, Doug Banks, Matthew Shively






En el año 2011 el guionista y cineasta Kevin Smith dio un cambio radical a su estilo cuando decidió alejarse de las comedias juveniles repletas de freaks, nerds, sexo, escatología, cómics y referencias a la cultura pop con Red State, una abrasiva mezcla de terror y thriller en la que cargaba las tintas contra los extremistas religiosos (en concreto contra la Iglesia Bautista de Westoboro, fundada por el fallecido Fred Phelps y regida por su familia) ejecutando un trabajo que hundía sus raíces en el cine exploit y de Serie B de los años 70 con deudas claras con los primerizos Wes Craven y Tobe Hooper de La Última Casa a La Izquierda o La Matanza de Texas. Aunque el recibimiento se antojó dispar no fueron pocos los que alabaron la valentía del autor de Clerks o ¿Hacemos Una Porno? (Zack & Miri Make a Porno) para dar un giro tan brutal a su cine, marcando un antes y un después en su filmografía.




Cuando parecía que Red State sólo había sido un experimento y que tras el mismo Smith iba a volver al celuloide que le dio la fama su siguiente proyecto de nuevo supuso un giro inesperado de los acontecimientos. Tusk, que es el nombre de la penúltima cinta del director de Jay y Bob el Silencioso Contraatacan tiene su origen en SModcast, el podcast que Smith comparte con el canadiense Scott Mosier, amigo íntimo y habitual productor de sus largometrajes. En una de las entregas de dicho programa llamada "The Walrus and the Carpenter" ambos locutores hablaron largo y tendido sobre el extraño caso de un hombre que después de permanecer durante medio año perdido en el mar, con la única compañía de una morsa, al ser rescatado y enviado a su casa puso un anuncio en el que alquilaba su casa a una persona cuya única condición para asentarse en la lujosa mansión era que se pusiera durante dos horas al día el disfraz de un león marino.




De este modo la trama sigue los pasos de Wallace Bryton (Justin Long) y Teddy Craft (Haley Joel Osment) dos locutores al frente de un podcast llamado "The Not-See Party" (que juega con la pronunciación fonética de "Not-See" que es muy parecida a la de "nazi" en inglés) en el que comentan vídeos virales con un humor negro de más que dudoso gusto. Con la intención de visitar al protagonista de una de estas grabaciones Wallace viajará a la vecina Canadá, pero allí sus planes se verán radicalmente alterados cuando lea un peculiar anuncio en el que un lugareño de Manitoba ofrece alojamiento y cientos de relatos sobre sus años como marinero a aquel que decida aceptar su propuesta. Una vez allí Wallace conocerá al misterioso Howard Howe (Michal Parks) un anciano paralítico que, como prometía en un principio, ofrecerá al joven podcaster techo e historias sobre su vida en la mar, destacando por encima de todas ellas la del peculiar Mr Tusk, que le cambió la vida.




Tusk es una película que conviene ser vista conociendo poco o nada de su argumento, de hecho yo he facilitado algo más de la información pertinente para su disfrute total como producción cinematográfica y voy a seguir haciéndolo a lo largo de esta reseña para poder hablar adecuadamente de ella. Lo interesante es que el termino "disfrutar" puede que no sea el que mejor se adhiera a una pieza como la onceava película de Kevin Smith si tenemos en cuenta que el referente con el que más ha sido comparada, de manera bastante lógica, es The Human Centipede (2009), de Tom Six, aquella primera parte de una trilogía en la que dicho cineasta holandés narraba el experimento llevado a cabo por un "mad doctor" que decidía unir a tres personas adheriendo el ano de cada uno de ellos a la boca del siguiente para convertirlos en una especie de ciempiés humano con toda la visceralidad, escatología y morbidez que dicha propuesta cinematográfica conllevaba.




Kevin Smith hace algo muy parecido partiendo del hecho real narrado en su podcast compartido con Scott Mosier, pero cambiando la exigencia por parte del marinero retirado de que su inquilino se disfrazara durante dos horas diarias de morsa en una idea más retorcida y demencial como es que dicho personaje narcotice a su invitado (en este caso el protagonista de la película, interpretado por Justin Long) para posteriormente someterlo a una brutal cirugía plástica para deformar su cuerpo hasta límites malsanos con el único fin de que su físico se asemeje lo más posible al de dicho animal. La propuesta de Smith con Tusk es demencial, una pieza bizarra y suicida en no pocos aspectos, y lo más curioso es que durante su primera mitad funciona magníficamente bien en todos los sentidos posibles, pero es en la segunda cuando el proyecto se viene abajo casi hasta hundirse por un cambio de tono tan innecesario como inverosímil.




Desde su mismo arranque hasta la mitad del metraje Tusk se revela como uno de los mejores trabajos de escritura y dirección de Kevin Smith. En el proceso, y con la ayuda de algunos flashbacks adecuadamente insertados, el guionista y realizador irá perfilando la personalidad de su personaje principal interpretado por un tan repelente y pusilánime como creíble y cercano Justin Long, contextualizará el entorno en el que este se moverá (una Canadá oscura, llena de supuestos paletos y con un tratamiento que aparenta alejarse considerablemente de la realidad) y comenzará a desplegar todo el misterio y la amenaza que late detrás del rol de Howard Howe (enorme Michael Parks, como siempre, en uno de sus últimos trabajos) dándole una consistente profundidad desde el guión que tomará forma cuando empiece a contar a su invitado anécdotas sobre su vida y que eclosionará brutalmente en la secuencia durante la operación quirúrgica en la que conoceremos los hechos traumáticos de su pasado, sin que Smith utilice estos para justificar sus demenciales actos, sólo ofreciéndoles una génesis.




La interacción entre los dos personajes protagonistas, los ya citados flashbacks en los que iremos conociendo un poco más la vida personal de Wallace y que nos harán debatirnos entre el rechazo y la empatía, el pulso narrativo con el que Smith controla algunos de los pasajes más tensos (el personaje de Justin Long cayendo poco a poco bajo el efecto de los narcóticos que Howard le ha echado en el te, mientras este le sigue contando situaciones cada vez más esperpénticas de su pasado) esa violencia verbal recrudeciéndose al tiempo que torna en física cuando el antiguo marinero comienza con las distintas fases de la cirugía, todo ello funciona adecuadamente para que el espectador cada vez se encuentre más inquieto, incómodo y confundido con respecto a qué será capaz de hacer el demente Mr Howe con el imberbe podcaster que se ha metido en la boca del lobo por culpa de su afán por el sensacionalismo más chabacano y pueril propio del siglo XXI.




Pero todo lo que previamente había construido Kevin Smith con aplomo y un timing encomiable con la ayuda de unos protagonistas en estado de gracia que ejecutan un brillante tour de force se viene abajo cuando se consuma la transformación de Wallace en Mr Tusk. Tras el lógico impacto que supone ver al personaje de Justin Long convertido en morsa (excelente trabajo de Kurtz/Nicotero/Berger con el maquillaje, aunque algunos movimientos del actor delatan la naturaleza artificial del atuendo) el autor de la obra imprime un imprevisto cambio de tono hacia la comedia bufa que no concuerda para nada con el matiz de intriga y opresión que iba construyendo lentamente, pero con seguridad, a lo largo de la primera mitad de la obra, firmando su sentencia de muerte desde el mismo momento en el que abandonamos la casa de Manitoba y los personajes de Haley Joel Osment y Génesis Rodríguez (que da vida a Ally, la novia de Wallace) comienzan la búsqueda del protagonista.




A partir de ese momento comienzan a sucederse las situaciones inverosímiles, lo acontecido en la casa de Howard Howe cada vez se vuelve más histriónico e hiperbólico, rompiendo esa meritoria veracidad que Smith transmitía al espectador, con más mérito si cabe teniendo en cuenta el disparatado e inverosímil punto de partida de la película. Gran parte de la prematura decadencia sufrida por la obra durante esta parte del metraje se debe a la aparición del insulso e irreal personaje de Johnny Depp que aún guardándose un par de secuencias memorables como en la que describe las atrocidades que ejecuta el personaje de Michael Parks a modo de asesino en serie (Smith elegantemente narró en off toda la atroz intervención quirúrgica a la que rol del actor de Abierto Hasta el Amanecer sometió al protagonista, causando de esta manera más impacto sus actos en boca de Lapoint al apelar a la imaginación del espectador) lastra el ritmo del proyecto y alude a una pátina humorística que no funciona en casi ningún momento.




Pasajes como el flashback en el que se narra la visita de Guy Lapointe a la cabaña en la que vivía Howard Howe con anterioridad y el comportamiento de este fingiendo algún tipo de deficiencia mental parecen sacados de una película que no tiene nada que ver con Tusk y otros como el de la interminable conversación entre el ya citado detective interpretado por Johnny Depp y los personajes de Teddy y Ally en la hamburguesería hieren de muerte a la película mientras esta se va desangrando poco a poco en la recta final del metraje. Por suerte y una vez entregada la película al humor chabacano y la anarquía narrativa mal entendida Smith nos depara algún momento remarcable como la más atípica, peculiar y bizarra pelea cuerpo a cuerpo que se ha visto en una pantalla en muchos años. Por desgracia esta entrega a la locura no sirve para que olvidemos que el autor de Persiguiendo a Amy ha perdido la oportunidad de ejecutar una de sus mejores obras alejada del liviano tipo de celuloide con el que se dio a conocer.




Presentada como la primera entrega de una saga titulada "True North Trilogy" en la que Kevin Smith parece destilar una pueril inquina hacia Canadá (suponemos que formando parte de alguna broma interna con su colega y colaborador Scott Mosier) Tusk supone una película entretenida, para todo aquel espectador con el estómago más o menos endurecido, que pudo ser mucho más que eso si la segunda parte de su metraje no hubiera sido abordada tan inadecuadamente por su guionista y director. Retorcido, negrísimo, arriesgado y en varios aspectos autobiográfico el penúltimo trabajo del cineasta nacido en New Jersey marca el inicio de una nueva etapa en su carrera que tuvo continuación con Yoga Hosers, un spin off derivado del proyecto que nos ocupa con un punto de partida no menos descabellado que el de este pero con unos resultados considerablemente peores a la hora de intentar amalgamar géneros y tonos que en ningún momento funcionan con la solidez necesaria y de la que hablaremos en breve dentro de Transgresión Continua.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Outrage 2, el camino del samurai



Título Original Outrage Beyond/Autoreiji Biyondo (2012)
Director Takeshi Kitano
Guión Takeshi Kitano
Reparto Beat Takeshi, Toshiyuki Nishida, Tomokazu Miura, Ryo Kase, Hideo Nakano, Yutaka Matsushige, Fumiyo Kohinata, Katsunori Takahashi, Kenta Kiritani, Hirofumi Arai, Sansei Shiomi,  Akira Nakao, Shigeru Koyama





Después de lo que se conoció como la "Trilogía Surrealista" formada por Takeshis', Glory to the Filmamaker y Aquiles y la Tortuga en la que reflexionaba sobre su estatus como cineasta de culto, persona pública o pintor frustrado el nipón Takeshi Kitano volvió inesperadamente al género que le dio la fama y al que había criticado con mucha sorna en los films previamente citados, el yakuza eiga. Outrage regresaba a los terrenos de Violent Cop o Brother, pero eludía casi cualquier tipo de trascendencia formal o narrativa, esa que vimos en otras de sus producciones centradas en la mafia japonesa, pero en las que experimentaba con la mixtura de otros géneros como la comedia (Sonatine) o el drama (Hana-Bi: Flores de Fuego). De modo que el resultado fue una excelente propuesta 100% Takisha Kitano, pero con una clara inclinación por la comercialidad y la autocomplacencia alejada de todo tipo de riesgo o experimentación.




Posteriormente a su buena acogida en el festival de Cannes donde tuvo su puesta de largo internacional, el considerable éxito de taquilla y las buenas palabras de la prensa especializada en líneas generales Takeshi Kitano aprovechó para centrar su siguiente proyecto en rodar una secuela de esta Outrage de 2010. Evidentemente esta elección mostraba una, hasta ese momento, desconocida faceta comercial por parte del director de Dolls, aunque poco se le podía echar en cara después del triple salto mortal y suicidio artístico que habían supuesto los films que dieron forma a su ya citada trilogía de la pasada década. De este modo Kitano volvió a rodearse del reparto, superviviente, de la primera entrega y su equipo habitual formado por el director de fotografía Katsumi Yanagijma, el compositor Keiichi Suzukiy o el respaldo de Bandai Visual Company y su propia productora Office Kitano.




Lo interesante en este aspecto es que al hablar de un talento indomable como el de Takeshi Kitano no podemos dar nada por sentado y dentro de la autocomplacencia con la que abordó esta Outrage Beyond en cierta manera se desmarcó de la estructuración de la primera entrega para acercarse un poco más a algunos de los films que hemos mencionado previamente y en los que mezclaba otros géneros con el yakuza eiga. De este modo el autor de El Verano de Kikujiro daba continuación a un proyecto de naturaleza más liviana, pero acercándolo poco a poco a su discurso habitual en el que la mixtura de conceptos e identidades juegan un papel vital dentro de su personalidad como creador y esto es algo que se deja notar considerablemente en una secuela que en cierta manera quiete tomar una entidad propia que a su vez es coherente con el discurso de su ideólogo.




La trama tiene lugar cinco años después de lo acontecido en la primera Outrage con Otomo (Takeshi Kitano) habiendo sobrevivido a su intento de asesinato justo cuando entró en prisión a manos de Kimura (Hideo Nakano) quien, una vez los dos abandonen su encarcelamiento, se convertirá posteriormente en su aliado para devolver a las familias a las que ambos pertenecían la posición relevante que merecen dentro del submundo del hampa nipón. Pero la situación privilegiada de Kato (Tomokazu Miura) como padrino, con la ayuda de segundo al mando  Ishihara (Ryo Kase), las manipulaciones del corrupto detective Kataoka (Fumiyo Kohinata) y la guerra entre las familias Sanno-kai y Hanabishi convertirán el regreso de los dos ex yakuas en un juego de muerte, traiciones y pólvora en el que nadie está a salvo.




Sin contar algún disparo de arma de fuego aislado una hora de metraje tarda Outrage 2 en poner en escena su primera escena violenta, algo que la diferencia de la primera entrega, si tenemos en cuenta que aquella a los cinco minutos de arrancar ya estaba escupiendo balas y hemoglobina. Pero como es lógico a lo largo de esos sesenta minutos de metraje no paran de acontecer situaciones en la trama escrita por un Takeshi Kitano que va colocando inteligentemente las piezas en el tablero con manipulaciones, traiciones, mentiras y juegos de poder. De ninguna manera el cineasta nipón se entrega al tono contemplativo y lírico de Hana-Bi: Flores de Fuego, pero sí se toma tiempo para construir su historia centrándose en la interacción de unos personajes con otros para en el resto del metraje volar por los aires la olla a presión en la que se estaba convirtiendo el relato.




De este modo Takeshi Kitano se mantiene fiel tanto a la esencia del yakuza eiga en el que se especializó desde los inicios de su carrera como autor, deudor de maestros como Seijun Suzuki (Tokyo Driffter) o Kinji Fukasaku (Street Mobster), y a la saga Outrage que él había construido en la anterior entrega de 2010, pero añadiendo apuntes conceptuales y narrativos que se acercan en cierta manera a una vertiente más intima de su propia idiosincrasia como creador. En el proceso, y al igual que con la primera parte, se deja influenciar de nuevo por autores adscritos al celuloide mafioso occidental como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese a la hora de retratar el modus operandi del crimen organizado desde sus mismas entrañas pero siempre recurriendo a sus propias señas de identidad con un tono lacónico y contenido, golpes de un humor y arrebatos de violencia que resquebrajan los pasajes de más calma.




Como suele pasar en este tipo de producciones Kitano tira de habituales en cuanto al apartado artístico y mientras recupera a varios de los actores de la primera entrega ficha a algunos nuevos que se mimetizan perfectamente con los roles a los que tiene que dar vida. Su personaje de Otomo ha evolucionado más bien poco en cuanto a personalidad con respecto a la primera entrega y no se diferencia en casi nada de los yakuzas callados y letales a los que ha dado vida desde hace décadas en sus producciones adscritas a este subgénero. Dentro de los secundarios cobra especial relevancia Hideo Nakano como Kimura, que tuvo un rol muy episódico en la primera película que aquí es explotado con sabiduría por el actor compartiendo momentos memorables con el de Kitano creando entre ambos personajes una dinámica muy interesante sobre honor, lealtad y redención que da un trasfondo impecable a la obra.




A la espera del estreno español de Outrage Coda, la última entrega que cerrará, aparentemente, la trilogía y de la que Media3 Estudio ha comprado los derechos de distribución, sólo nos queda afirmar que esta Outrage Beyond es tan buena y efectiva como su predecesora de 2010, ofreciendo un material muy parecido al de aquella, pero presentado de manera diferente para que su autor inyecte cada vez más su discurso autoral dentro de una saga que poco a poco va abandonando la autcomplacencia y el acomodo innecesario. Es de recibo mencionar también que antes rodar esa próxima tercera parte Kitano se embarcó en otro proyecto adscrito al yakua eiga llamado Ryuzo and his Seven Henchmen, pero desde el punto de vista del "humor geriátrico" y cuya reseña tendrá cabida también en Transgresión Continua.



miércoles, 6 de diciembre de 2017

Liga de la Justicia



Título Original Justice League (2017)
Director Zack Snyder
Guión Chris Terrio y Joss Whedon, basado en los cómics de DC
Reparto Ben Affleck, Gal Gadot, Ezra Miller, Jason Momoa, Ray Fisher, Henry Cavill, Amber Heard, Amy Adams, Ciarán Hinds, J.K. Simmons, Jeremy Irons, Connie Nielsen, Robin Wright, Diane Lane,  Kiersey Clemons, Billy Crudup, Daniel Stisen, Jesse Eisenberg, Samantha Jo, David Thewlis, Joe Morton





Después de una producción muy accidentada el pasado día 17 de noviembre llegaba a nuestras carteleras Justice League, lo que podríamos considerar la cumbre del nuevo "Universo Extendido de DC" que abarca los largometrajes El Hombre de Acero (2013), Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia (2016), Escuadrón Suicida (2016), Wonder Woman (2017) y la película que en esta ocasión nos ocupa. Con el abandono de Zack Snyder del desarrollo del film por culpa de una tragedia familiar Joss Whedon tomó su relevo para rodar el material que faltaba y así terminar el proyecto y Warner Bros, alentada por el éxito de una propuesta más luminosa como la película en solitario de Diana Prince, ordenó al director de Los Vengadores que incluyera en su incursión dentro de Liga de la Justicia pasajes más ligeros, luminosos y con cierta pátina de humor que alejara un poco la propuesta del tono más oscuro de algunos de las producciones previamente mencionadas.




Una vez estrenada la película las críticas negativas no se hicieron esperar, con una respuesta, en líneas generales, furibunda por parte de la prensa especializada que una vez más despertó el debate sobre si los medios especializados son más rígidos a la hora de evaluar los productos de DC Entertainment en comparación con los de Marvel Studios. Al que esto firma lo cierto es que le llaman la atención los excesivos halagos a una obra muy irregular como Thor: Ragnarok y la recepción exageradamente dura al largometraje de Zack Snyder que en no pocos aspectos me parece mejor que el film de Taika Waititi, pero ese debate lo dejaremos para otra ocasión. Liga de la Justicia es un proyecto con no más fallos y aciertos que cualquier pieza genérica dentro de las traslaciones cinematográficas de personajes de cómics al celuloide y por eso un servidor se encuentra entre los que la han disfrutado enormemente.




Justice League sigue los preceptos básicos dentro del género y asume con acierto las constantes habituales de los largometrajes protagonizados por grupos de superhéroes. Después de un arranque con cotextualiza espaciotemporalmente la trama el film se dedica a presentar a los personajes, dedicando más tiempo a los que al no tener películas en solitario no poseen el bagaje de Superman, Batman o Wonder Woman. Por eso el guión de Chris Terrio y Joss Whedon hace especial hincapié en definir con unas pocas pinceladas a Flash, Aquaman y Cyborg y sus identidades civiles tomando como base las mínimas imágenes que habíamos visto de ellos en los films previos del Universo Extendido de DC. Como es lógico la escritura también hace su parada en los protagonistas de El Hombre de Acero, Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y Wonder Woman, pero con menos ahínco debido a que estos ya poseen el necesario recorrido que los hace reconocibles para el público.




Una vez presentados los personajes la trama se centra en que los mismos interactúen entre ellos para ir modelando la Liga de la Justicia y en ese sentido la química no se hace esperar con pasajes en los que se irán definiendo las personalidades, tan unidimensionales como efectivas, de los protagonistas para que cada uno ejerza un rol definido dentro del grupo. Aquí se deja notar mucho la mano de Joss Whedon que, como sabemos, rodó bastante material de la obra aunque no haya sido acreditado como co director. No es difícil ver la mano del autor de Buffy Cazavampiros, Firefly o Los Vengadores en las secuencias compartidas por la plana mayor de DC Cómics, pero esta vez apelando a un tono más ligero y dinámico que se aleja en cierta manera de la oscuridad construida por Zack Snyder en sus dos films previos dentro de DC Enterteinment y que en obras posteriores como Escuadrón Suicida o Wonder Woman intentaron atenuar cuando los productores descubrieron que no era del agrado de gran parte del público y de una importante representación del fandom.




Aunque actualmente es causa de agria, e insulsa, polémica entre defensores y detractores para el que esto firma el cambio de tono de los films de DC no sólo era necesario, sino también algo que debía ponerse en marcha de manera inmediata si tenemos en cuenta que una película como Liga de la Justicia lo demandaba por su tono coral y más adscrito al sense of wonder. Centrándonos en ese aspecto la mezcla del estilo visual apabullante de Zack Snyder y la visión más cálida de Joss Whedon no sólo no desentona más allá de bigotes digitales y postizos capilares que delatan los reshoots, sino que da una personalidad bicéfala a la propuesta que recoge lo mejor de cada uno de los autores para entregarse al único fin establecido por una película de esta naturaleza, entretener a la platea juntando en el mismo relato a algunos de los mejores superhéroes de cómic de todos los tiempos para que hagan lo que mejor saben, ejercer como tales para gozo del respetable.




Por supuesto hay carencias en Liga de la Justicia y la mayor de ellas es ese mal endémico extendido por prácticamente todo el cine superheróico actual que consiste en construir unos villanos que están muy lejos de ser tan sólidos y eficaces como sus contrapartidas en viñetas. Es ineludible que el Steppenwolf que se enfrenta a los protagonistas no resulta amenazante más allá del plano físico, que no tiene un perfil definido ni unas motivaciones que le den un mínimo de dimensionalidad como el enemigo que debería ser y que los efectos digitales de Weta Workshop, que han estado mucho mejor en ocasiones previas, no ayudan a la hora de dar una fisicidad más orgánica al personaje que para colmo muchos no sabrán de dónde ha salido si no vieron la versión extendida de Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia, montaje en el que se incluía una breve aparición protagonizada por él y que lo relacionaba con Lex Luthor.




En cuanto al reparto destaca una magnífica Gal Gadot ya completamente mimetizada con Diana Prince, Ben Affleck dando vida a un potente Batman/Bruce Wayne menos depresivo y nihilista y un Jason Momoa que devora la pantalla con el carisma que imprime a su Aquaman, dejando notar en todo momento que ha disfrutado enormemente poniéndose en su piel. En el otro lado de la balanza tenemos a Ray Fisher esforzándose en dar un poso dramático a su Cyborg, no consiguiéndolo en todo momento, pero afrontándolo con profesionalidad y a Ezra Miller tomando el rol cómico con su Flash, funcionando unas veces con más acierto que otras, pero despertando, hasta cierto punto de manera lógica, la ira de muchos fans del personaje en los cómics que no han visto con buenos ojos esta versión demasiado humorística de Barry Allen que casi con toda seguridad ha sido ideada por el director de Serenity, ya que muchos de los gags que protagoniza tienen su sello.




Pero en cuanto a trabajo actoral y adecuada traslación de personaje a la pantalla en Liga de la Justicia debemos mencionar indudablemente al Superman de Henry Cavill. La primera escena en la que aparece en pantalla y que termina cuando se dibuja en su boca una sonrisa al preguntarle un periodista qué es lo que más le gusta la humanidad capta la esencia del último hijo de Krypton mejor que El Hombre de Acero y Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia en sus respectivas totalidades. Por suerte la tónica sigue el mismo trazo a lo largo del metraje y en los pasajes en los que Superman hace acto de presencia por fin vemos al héroe luminoso al que todos estábamos esperando desde hace casi cinco años, esa representación del lado más noble del hombre de a pie extrapolado a la figura de un ser sobrenatural que se siente tan humano como cualquiera de nosotros, ese que apela a la esperanza y la concordia y que no desentona en absoluto en una escena como la de la carrera con Flash.




Soy consciente de sus fallos y carencias, por no mencionar que está lejos de ser una de las mejores muestras del género, pero está repleta de escenas espectaculares y memorables en las que vemos a iconos de nuestra infancia y adolescencia salvar vidas, derrotar a villanos y sobrevolar los cielos para asombro de los ciudadanos de Gotham, Metropolis o Central City. Aunque disfruto tanto de los films los de DC como de Marvel, siento predilección por los de la productora de Kevin Feige, pero para ser sincero debo admitir que esta vez la indiferencia y cierta decepción con la que acogí el estreno de Spider-Man: Homecoming y Thor: Ragnarok me incitan a inclinarme por esta Liga de la Justicia. Sólo lo hago porque me ha dejado más satisfecho que las últimas producciones cinematográficas adscritas a la Casa de las Ideas que no me han ofrecido el escapismo y entretenimiento que sí he encontrado en la obra que nos ocupa en esta entrada y de la que espero con ganas su segunda parte, si algún día llega a realizarse.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Asesinato en el Orient Express (2017)



Título Original Murder on the Orient Express (2017)
Director Kenneth Branagh
Guión Michael Green, basado en la novela de Agatha Christie
Reparto Kenneth Branagh, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Daisy Ridley, Josh Gad, Derek Jacobi, Leslie Odom Jr., Lucy Boynton, Sergei Polunin, Tom Bateman, Olivia Colman, Miranda Raison, Chico Kenzari, Manuel García-Rulfo





Unas ochenta novelas respaldan la tayectoria literaria de la escritora británica Agatha Christie (1890 – 1976), una de las más prolíficas de su época y especializada en el género detectivesco o policíaco. A ella debemos la creación de varios personajes icónicos dentro de este tipo de relatos como Hércules Poirot, Miss Marple o el matrimonio formado por Tommy y Tuppence Beresford que protagonizaron no pocos de sus libros. Debido al éxito de la obra de Christie fueron incontables las adaptaciones cinematográficas y catódicas que se hicieron de su prosa, tanto de trabajos más conocidos como Diez Negritos, Muerte en el Nilo, La Ratonera, El Asesinato de Roger Ackroyd, como de otros no tan célebres para el gran público que fueron trasladados, principalmente, a la pequeña pantalla con tv movies o series protagonizadas por David Suchet dando vida al detective belga del peculiar bigote, Joan Hickson o Geraldine McEwan en la piel de la anciana investigadora o James Warwick y Francesca Annis ofreciendo físico y voz al famoso “matrimonio de sabuesos”. Posiblemente la novela más conocida de la autora de Cianuro Espumoso o Tragedia en Tres Actos sea la célebre Asesinato en el Orient Express, publicada en 1934 y que como es lógico ha contado con varias traslaciones al medio audiovisual. Dos de ellas se diseñaron para la televisión, una de 2001 con Alfred Molina y otra en 2010 con el habitual David Suchet, pero la más celebrada es la que Sidney Lumet rodó para la pantalla grande con un enorme reparto encabezado por un pletórico Albert Finney encarnando a Hércules Poirot, un pequeño clásico que se encuentra entra las mejores adaptaciones de una novela de la autora que nos ocupa y una de las piezas más recordadas dentro de la carrera del director de La Noche Cae Sobre Manhattan o El Príncipe de la Ciudad.




Este año 2017 20th Century Fox y Scott Free Films (productora perteneciente al director Ridley Scott) han unido fuerzas para dar forma a una nueva versión de Asesinato al Orient Express para trasladar a la narrativa cinematográfica del siglo XXI la más famosa de las novelas de Agatha Christie. Para encangarse del proyecto se han solicitado los servicios del cineasta Kenneth Branagh, que como viene siendo habitual en gran parte de su carrera detrás de las cámaras (Hamlet, Frankenstein, Mucho Ruído y Pocas Nueces) también ejerce de protagonista reservándose del papel de Hércules Poirot. Respaldando su labor como jefe de ceremonias tenemos al guionista Michael Green (Blade Runner 2049, Logan, Green Lantern) y a un reparto a la altura de las circunstancias en el que podemos ver rostros tan relevantes como los de Johnny Depp, Penélope Cruz, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Judi Dench o Daisy Ridley entre otros, para dar vida a la ecléctica y variopinta fauna que puebla el famoso tren de larga distancia en la fatídica, y ya célebre, noche en la que Samuel Edward Ratchett fue misteriosamente asesinado. Recibida con poco entusiasmo por la prensa especializada, pero con un buen resultado de taquilla, el pasado día 24 de noviembre esta renovada Murder on the Orient Express llegó a España y su resultado ya puede evaluarse.




La versión de 2017 de Asesinato en el Oriente Express es acometida como una mezcolanza conceptual y formal por su cineasta Kenneth Branagh. Por un lado el director de Los Amigos de Peter mantiene el clasicismo narrativo propio de la novela de Agatha Christie apoyándose en el guión de Michael Green que se mantiene escrupulósamente fiel a la obra literaria. De este modo escritura y dirección de actores se aunan para ejecutar una pieza que se desarrolla adecuadamente sin estridencias de ningún tipo y siempre con una estructura muy ortodoxa a la hora de plantearse narrativamente como propuesta cinematográfica. Por otro evidentemente nos encontramos con una producción del Hollywood de 2017 y por mucho que se trate de la más reciente traslación a imagen real de una novela con más de ochenta años de vida encontramos en el largometraje algunos añadidos innecesarios para darle más “espectacularidad” como puntuales aparatosas escenas de acción (con alguna secuencia de lucha tan inverosímil como fuera de lugar) y un especial énfasis para convertir la escena del puntual descarrilamiento del Orient Express en un pasaje que parece haber sido sacado de una cinta de catástrofes e introducido grandilocuentemente en la obra que nos ocupa.




Si hay algo de Kenneth Branagh que llamó la atención desde sus inicios como cineasta es su puesta en escena, que casi siempre se ha alejado del conocido “academicismo inglés” haciendo un uso notablemente vivaz de la realización técnica en sus largometrajes más deudor de la impronta hollywoodiense que de la tradición fílmica británica. Esta seña de identidad estilística de Branagh que se fue estilizando con el paso de los años, como dejan ver su remake de La Huella (Sleuth), Thor o Cenicienta, y Asesinato en el Orient Express también da buena muestra de ello. El autor británico muestra un impresionante poderío visual con una cámara de suma inteligencia que sabe cuando tiene que permanecer en una contemplativa quietud a la hora de que los personajes intercatúen entre ellos por medio de los diálogos y transformarse en una demiurgo viviente cuando las secuencias más dinámicas exigen un ritmo más agradecido. Sirvan como ejemplo dos de los pasajes más brillantes del largometraje, el enorme plano secuencia que sigue a Hércules Poirot cuando entra por primera vez en el Orient Express y que sirve a Branagh para mostrar al espectador la localización espacial en la que va a acontecer el resto del metraje y la toma cenital con la que se descubre el asesinato de Ratchett dejando el cadáver del mismo fuera de plano.




Michael Green, que ha demostrado una sobrada versatilidad a lo largo de su carrera con distintos géneros, acomete la adaptación de Asesinato en el Orient Express con una profesionalidad casi intachable. El autor de American Gods o Alien: Covenant traslada con fidelidad la letra de Agatha Christie al celuloide manteniendo la esencia del mismo y aunque atenúa un poco la pátina xenófoba y clasista propia de la novelista británica nunca traiciona su discurso. De este modo el libreto se muestra sólido y eficaz a la hora de contextualiar espaciotemporalmente el relato, acierta a la hora de presentar con elegancia a los personajes que pulularán por el Orient Express a lo largo del metraje y dedica el tiempo necesario para que todos ellos tengan su pequeño momento de gloria que los actores del reparto saben aprovechar adecuadamente para su propio lucimiento. Más allá de alguna floritura para adaptar a la vacua inmediatez de la narrativa cinematográfica del siglo XXI la historia de Christie poco más podemos achacar a un trabajo por parte de Michael Green que no está exento de solidez, coherencia y un conocimiento notable tanto de la novela que se adapta en la película como de la idiosincrasia propia de la obra literaria de Agatha Christie.




Como es evidente un reparto como el de Asesinato en el Orient Express lleno de veteranos y jóvenes talentos de varias nacionalidades iba a revelarse como uno de los alicientes más interesantes de la propuesta de Kenneth Branagh y como es lógico el resultado al ver el largometraje respalda dicha teoría. Todos los actores no sólo exprimen al máximo sus minutos en pantalla y dan lo mejor de sí mismos cuando la trama se detiene de manera individual en cada uno de ellos, también demuestran una considerable humildad a la hora de dar vida a personajes que en en el pasado fueron interpretados por pesados pesados de la edad dorada del séptimo arte como Richard Widmark, Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Jacquelline Bisett, Vanessa Redgrave, Sean Connery, John Gielgud o Anthony Perkins con los que van a ser inevitablemente comparados y desde una perspectiva no precisamente positiva. Pero si tenemos que destacar una labor por encima de las del resto del cast es precisamente la de un memorable Kenneth Branagh dando vida a un Hércules Poirot que si bien no llega al nivel de los interpretados por otros titanes como Albert Finney, Peter Ustinov o David Suchet demuestra un perfecto equilibrio entre carisma y determinación desde la primera escena del film en la que hace acto de presencia.




Como ya hemos mencionado Asesinato en el Orient Express no ha sido muy bien recibida por la crítica, pero su rendimiento en taquilla ha sido excelente a nivel internacional gracias a que la propuesta de Kenneth Branagh ha atraído a espectadores de todas las edades para disfrutar de la nueva traslación de la célebre novela de Agatha Christie. De hecho los números han sido tan buenos que hace poco se ha confirmado que nos encontramos ante el inicio de una nueva franquicia, ya que una secuela trasladando al celuloide Muerte en el Nilo, casi con toda seguridad contando de nuevo con el intérprete de Dunkerque en el papel de Hércules Poirot, ha comenzado a idearse en las oficinas de 20th Century Fox y Scott Free. Nuestra opinión a cerca de esta versión de 2017 del caso más famoso del meticuloso y recto detective belga es que nos encontramos con una pieza cinematográfica estimulante, entretenida y con un exquisito acabado en todos sus apartados. Como es lógico queda lejos de ser la mejor adaptación de la novela de Agatha Christie, pero gracias a sus aciertos y hallazgos se erige como una pieza estimable, interesante y atractiva dentro de nuestra cartelera. La autora de Un Cadáver en la Biblioteca sigue muy viva en pleno siglo XXI y la cinta que nos ocupa puede suponer, para bien o para mal, una nueva edad dorada de las adaptaciones de sus libros a la pantalla grande. Sólo el tiempo lo dirá.