Dune (Denis Villeneuve, 2021) - Denis Villeneuve acomete la títanica tarea de destilar la prosa de Frank Herbert para hacerla accesible al gran público. El resultado es una space opera epatante en lo audiovisual y de un insobornable clasicismo narrativo.
Reminiscencia (Lisa Joy, 2021) - Indigesta, arrítmica, previsible y redundante mezcolanza en la que tienen cabida Philip K. Dick, Christopher Nolan, Alex Proyas o Kathryn Bigelow. Un neo-noir distópico de diálogos pomposos y sobreexposición de vergüenza ajena.
Snake Eyes (Robert Schwentke, 2021) - Aunque destaca por sus espectaculares secuencias de acción, un guion tan plano como desapasionado y la nula personalidad del conjunto alumbran una película de artes marciales genérica con poco que ver con la franquicia a la que pertenece.
No Respires 2 (Rodo Sayagues, 2021) - Perdido el factor sorpresa de la primera entrega lo que queda es una rudimentaria secuela entregada a la violencia explícita y el golpe de efecto. A destacar el maniqueo y sonrojante blanqueamiento del protagonista, un magnífico Stephen Lang.
The Voyeurs (Michael Mohan, 2021) - La Ventana Indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) en clave de juguetón thriller erótico que homenajea muestras noventeras del subgénero como Proposición Indecente o Sliver (Acosada). A destacar Sydney Sweeney o Justice Smith y para olvidar el disparatado desenlace.
Pasajero Oculto (Roseanne Liang, 2020) - Claustrofóbico y adrenalítico homenaje a The Twilight Zone de impresionante factura técnica, a pesar de su humildad formal. Enorme labor física e interpretativa de Chloë Grace Moretz.
The Dark and the Wicked (Bryan Bertino, 2020) - A pesar del buen trabajo actoral y su estimable apartado técnico, esta muestra de terror rural no configura secuencias lo suficientemente efectivas para captar la total atención del espectador.
Possessor (Brandon Cronenberg, 2020) - En un punto en el que convergen Scanners y eXistenZ, Brandon Cronenberg recoge el testigo de su padre para construir una propuesta estimable por su radical rupturismo, pero incapaz de encontrar su propio equilibrio conceptual y narrativo.
Maixabel (Icíar Bollaín, 2021) - Icíar Bollaín se reafirma como una de nuestras mejores cineastas con Maixabel, emocionante historia de perdón y conciliación, basada en hechos reales, en la que brillan los diálogos y un enorme reparto encabezado por Blanca Portillo y Luis Tosar.
Misa de Medianoche (Mike Flanagan, 2021) - El terror como reflexión sobre el fanatismo religioso, la culpa y la fe. Mike Flanagan sublima su discurso autoral con una puesta en escena brillante y una impecable galería de personajes que parecieran escritos por el mejor Stephen King.
M.O.D.O.K (Eric Towner, Alex Kramer, 2021) - El villano de Marvel Comics y todo su microcosmos en clave de sitcom familiar para adultos rodada en stop motion. Aunque divertida y con personajes entrañables, podía haber dado mucho más de sí. No apta para puristas del personaje.
La Casa De Papel: Parte 5 Volumen 1 (Álex Pina, 2021) - El primer volumen de La Casa de Papel Parte 5 es un trallazo de adrenalina de ritmo endiablado que no permite al espectador reparar en sus perdonables errores. Apoteósico clímax final con homenaje a Luc Besson.
Antidisturbios (Rodrigo Sorogoyen, Isabel Peña, 2020) - Sorogoyen y Peña siguen tomándole el pulso a la actualidad con una de las mejores ficciones del 2020. Inmersión, a pequeña y gran escala, en las cloacas del estado con nervio de thriller y un cuadro actoral espectacular.
Veneno (Javier Calvo, JavierAmbrossi, 2020) - La obra de madurez de Los Javis es un hito en el medio audiovisual patrio, no sólo por hacer justicia a una figura inabarcable como la de Cristina Ortiz, sino por las puertas que abre para visibilizar a las actrices transexuales.
Alguien Tiene Que Morir (Manolo Caro, 2020) - Miniserie a manos del creador de La Casa de las Flores sobre la represión y la intolerancia, dentro incluso de las clases adineradas, durante el apogeo del régimen franquista con un casting sobresaliente y una historia bien trazada.
El Fin de la Comedia: Temporada 1 (Ignatius Farray, Miguel Esteban, Raúl Navarro, 2014) - Compilación y síntesis del humor y la vida del cómico Ignatius Farray. Un biopic desprejuiciado, sincero y nada autocomplaciente sobre el patetismo y la inanidad.
El Fin de la Comedia: Temporada 2 (Ignatius Farray, Miguel Esteban, Raúl Navarro, 2017) - Más incisiva y aguda, con una puesta en escena elaborada y adentrándose en la metaficción, pule las aristas de la primera temporada y cuenta con gran un plantel de actores secundarios.
El Extraño (Na Hong-jin, 2016) - Del policíaco con apuntes de humor absurdo al terror puro de corte sobrenatural Na Hong-jin atrapa al espectador con una descarnada, excesiva y delirante fábula sobre el pecado, la consanguinidad y el mal que hacen los hombres.
Polytechnique (Denis Villeneuve, 2009) - En un crudo blanco y negro de tono documentalista Denis Villenueve retrata con meticuloso distanciamiento y sumo respeto la masacre misógina de la Universidad Politécnica de Montreal en 1989. 73 minutos de cine seco, cortante, necesario.
Incendies (Denis Villeneuve, 2010) - La película que situó a Denis Villeneuve en el panorama internacional es una durísima, pero nada sensacionalista, reflexión sobre la guerra, el fanatismo, la memoria o el perdón con una contención intachable y un desgarrador clímax final.
Slender Man (Sylvain White, 2018) - Excesivamente vapuleada en su estreno, no deja de ser una historia rudimentaria envuelta en una acertada atmósfera lo suficientemente competente como para aprovechar toda la iconografía detrás del famoso creepypasta.
La Mansión Ensangrentada (Jeffrey Obrow, Stephen Carpenter, 1982) - Mediocrísimo slasher de ritmo moroso y reparto desnortado del que sólo destacan algunas muertes y la banda sonora de un primerizo Christopher Young, que es un divertido plagio de las de El Resplandor y Viernes 13.
The Crucifixion (Xavier Gens, 2017) - Sustos de barraca de feria, exorcismos rodados con estética de videoclip y una Rumanía en la que todo el mundo habla un perfecto inglés. Poco más ofrece un producto tan rudimentario, plano y tópico como The Crucifixion.
El Asesino de la Isla (J.S. Cardone, 1981) - Austero slasher medianamente bien resuelto gracias a un correcto trabajo de escritura y puesta en escena. Su giro final, una sonrojante broma sin gracia, resta puntos al conjunto, pero el proyecto se deja ver con agrado.
Título OriginalBlade Runner 2049 (2017) DirectorDenis Villeneuve GuiónHampton Fancher y Michael Green, basado en personajed de Philip K. Dick RepartoRyan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David Dastmalchian, Hiam Abbass, Edward James Olmos
Tres décadas y media tuvieron que pasar para que Warner Bros y Ridley Scott pudieran sacar adelante una secuela de Blade Runner, la mítica cinta de 1982 inspirada en la novela ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? de Philip K. Dick que pasó sin pena ni gloria por las carteleras de todo el mundo para, con el paso de los años, convertirse en un clásico de la ciencia ficción y la prematura cumbre de la carrera del director de Alien: El Octavo Pasajero o Gladiator. Blade Runner es una pieza vital para entender la posterior evolución del género al que se adscribió y lo consiguió gracias a la alquímica conjunción de un grupo de profesionales que consiguieron crear algo genuino y rompedor, una mezcla de cine negro y distopía adscrita al cyberpunk que detrás de su mezcolanza de géneros planteaba dilemas morales y metafísicos sobre la identidad, la muerte, la libertad o qué nos hace humanos, casi imposibles de descifrar al primer visionado de la obra, pero que se iban detectando con las revisiones y los análisis de la misma.
Hace un par de años saltaba la noticia. Ridley Scott, continuando esa fiebre revival con la que quiere explotar grandes éxitos de su filmografía previa sin saber o querer admitir que son piezas que nunca le han pertenecido en exclusividad, definitivamente se lanzaba con su productora Scott Free y el respaldo de Warner Bros a realizar la secuela de su tercer largometraje. Suponemos que en un momento de lucidez, y después de ver el pobre recibimiento que tuvo Prometheus como precuela de Alien, Scott decidió ceder la silla del director y ofrecérsela al quebequés Denis Villeneuve, uno de los cineastas más talentosos del panorama cinematográfico internacional que ha demostrado sobradamente su valía con piezas tan remarcables como Incendies, Prisioneros, Enemy, Sicario o La Llegada, destilando soltura tanto al abordar piezas más íntimas y personales como producciones más adscritas a la idiosincrasia hollywoodiense, siempre tratando de imprimir su huella en unos y otros trabajos independientemente sus presupuestos o aspiraciones artísticas.
También fue, en principio, una acertada elección que se recuperara a Hampton Fancher (guionista del film original junto a David Webb Peoples) que colaborando con Michael Green (Logan, Alien Covenant, Green Lantern) se ocuparía de dar forma al libreto de esta secuela. Por último no sólo se recuperó a Harrison Ford para volver a dar vida a Rick Deckard, también se le dio el papel protagonista a un Ryan Gosling que saboreaba las mieles del éxito y al que escoltaron un excelente grupo de secundarios formado por Ana de Armas (Juego de Armas), Robin Wright (Forrest Gump), Jared Leto (Escuadrón Suicida), Sylvia Hoeks (La Mejor Oferta), Mackenzie Davis (Marte) o Dave Batista (Guardianes de la Galaxia) entre otros. Si todo esto lo rematamos con la dirección de fotografía de una maestro de maestros como Roger Deakins, que ha trabajado con los más grandes, Blade Runner 2049 lo tenía todo para ser, como mínimo, una digna secuela de la cinta original. Por desgracia no ha sido así y el resultado se antoja escandalosamente decepcionante.
En 2049, treinta años después de los hechos acontecidos en la cinta original, el agente K (Ryan Gosling), un replicante Nexus 8 que ejerce como blade runner dedicándose a cazar a otros replicantes, descubre durante una de sus misiones algunos datos relacionados con hechos del pasado que pueden suponer una revolución dentro de la bioingeniería. Con la ayuda de Joi (Ana de Armas) su amante holográfica y siendo asediado por miembros de la organización Wallace Corporation, heredera de la Tyrell Corporation de la cinta de 1982, comandada por el diseñador y fabricante de replicantes Niander Wallace (Jared Leto) K se verá en la obligación de dar con el paradero de la única persona que puede resolver sus dudas, Ricke Deckard, el blade runner retirado que conoce las respuestas que dan sentido a toda una trama conspirativa relacionada con los replicantes y el lugar que ocupan en el planeta Tierra.
Vaya por delante que un servidor es un espectador y cinéfilo con la mente abierta a todo tipo de experiencias cinematográficas independiemente de su origen, naturaleza o género. Durante meses he esperado con una considerable ilusión el estreno de Blade Runner 2049, de la que demendaba al menos una secuela que honrara el legado de la película primigenia, y a la que me he enfrentado haciendo oídos sordos a las voces que la tildaban de obra maestra superior a la cinta de 1982 o las que proclamaban que era una mala película cuya simple exsistencia era un insulto, a lo que habría que sumar la poca importancia que he dado a su poco remarcable recaudación en taquilla. Pero aún habiéndome adentrado en la sala totalmente libre de prejuicios y con la esperanza de que un proyecto innecesario acabara convirtiéndose en un largometraje que mereciera la pena la cruda realidad me ha demostrado cuan equivocado estaba.
Sería una necedad afirmar que en Blade Runner 2049 no hay buenas intenciones por mucho que no deje de ser un proyecto perpetrado por simple interés monetario y que en ciertos aspectos los responsables detrás de ella han puesto todos los medios y no han escatimado en gastos para que esta secuela mantuviera la atmósfera y la fidelidad necesarias para ser una digna heredera de su hermana mayor, pero el resultado sólo se cumple a medias en este sentido. Dejaremos de lado el hecho ineludible de que los efectos especiales artesanales de Douglas Trumbull lucen a día de hoy mucho más espectaculares y trabajados que las ingentes cantidades de CGI utilizadas para dar vida por medio del pixel en 2017 lo que en 1982 quedaba mucho mejor con superposiciones de imágenes y maquetas y trataremos de no hacer sangre con la competente banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch que palidece ante la de Vangelis, pero aún así encontraremos deficiencias que hacen que el film de Villenueve quede lejos del espíritu del rodado hace 35 años por Ridley Scott.
Denis Villeneuve trata en Blade Runner 2049 de repetir, sin éxito, la fórmula que le funcionó magistralmente en La Llegada, conseguir una perfecta comunión entre imagen y sonido que conviertan su puesta en escena en una experiencia sensorial que epate al espectador por medio de la pantalla y los equipos de altavoces de los multicines El problema es que en la cinta que nos ocupa se excede brutalmente en su cometido e inyecta a este nuevo experimento de armonía cinematográfica una forzada grandilocuencia arquitectónica en lo visual y uno desorbitados y sobredimensionados efectos de sonido en la banda sonora, repleta de sintetizadores, que llegan a saturar a la platea hasta resultar alarmantemente molesta. Por lo demás poco más negativo se le puede poner a la labor del canadiense detrás de las cámaras, ya que gracias a su talento y entereza como realizador es el que mejor parado sale del largometraje mientras intenta sacar oro de un guión que no contiene en su interior más que hojalata.
Porque si hay algo que hiere de muerte a Blade Runner 2049 es un paupérrimo guión indigno de 35 años de espera. Hampter Fancher y Michael Green plantean por medio de la escritura temas que ya estaban en la película de Ridley Scott como la esclavitud, la posibilidad de la existencia del alma o el hecho de que seres artificiales puedan experimentar sentimientos humanos, pero están planteados de manera tan plumbea, se abordan tan superficialmente y cuando los tratan de exponer en pantalla el resultado se antoja tan innecesariamente sobreexplicado en boca de los protagonistas (el de Jared Leto es un tutorial con patas) que cualquier parecido con el enorme trabajo previo del mismo Fancher y David Web Peoples sea pura coincidencia. Sirva como síntesis de esto que afirmamos el hecho de que cinco minutos de soliloquio farragoso y retórico por parte del Niander Wallace de Jared Leto no contiene ni un 25% de las reflexiones filosóficas y existenciales que atesoraban dos líneas de diálogo salidas de la boca del Roy Batty de Rutger Hauer.
Más allá de que el guión de Blade Runner 2049 no sepa captar casi nada del inabarcable subtexto y trasfondo humanista de la anterior entrega también nos encontramos en el mismo subtramas que no aportan nada a núcleo narrativo de la obra. El personaje de una esforzada y encantadora Ana de Armasm, que no deja de ser un fallido rol femenino cuya única intención es potenciar emocionalmente al masculino, no aporta absolutamente nada al personaje de K, de hecho si su historia de amor (cuyo planteamiento lo abordó con mucho más acierto Spike Jonze en la muy recuperable Her) se viera extirpada de la trama central el film no cambiaría un ápice, ya que la evolución, más bien pobre, que experimenta el personaje de Ryan Gosling no tiene nada que ver con su relación con su amante holográfica y sí mucho con el "viaje del héroe" que protagoniza hasta llegar a Rick Deckard. Estas carencias argumentales dan claros síntomas de que el guión necesitaba unas cuantas vueltas más para ser todo lo consistente que debiera y tiempo sus autores han tenido de sobra.
Algo parecido, pero de manera menos grave, sucede con el Rick Deckard de Harrison Ford y esta vez más por la poca implicación del actor de la saga Indiana Jones con el proyecto que por la escritura . No sé si el intérprete estadounidense se llevó al set de rodaje el poco apego que siempre ha tenido por su personaje en la cinta original, por mucho que desde hace años lo niegue, pero el rol al que da vida en Blade Runner 2049 poco o nada tiene que ver con el Rick Deckard que todos conocemos, y no vale la excusa de que han pasado tres décadas, el ex blade runner ha pasado considerables penurias o que ahora es un anciano, porque si no contamos la pelea en el bar con K y algunos momentos de su conversación con el personaje de un esforzado Jared Leto, que hace lo que puede con el material que han puesto en sus manos, podríamos afirmar que el marido de Calista Flockhart participó en el film para llevarse su correspondiente cheque bien abultado y de paso darle alguna que otra hostia real al protagonista de La La Land.
Por último debemos reparar en Ryan Gosling y su personaje protagonista. Era lógico que el canadiense, al interpretar a un replicante, recurriera a una cierta inexpresividad y contención para dar vida, artifical, a su rol, pero lo de que nos cuele la enésima repetición de su papel en Drive, de Nicolas Winding Refn, es agotador. Parece como si el actor de The Believer sólo estuviera un poco más implicado en la causa que Harrison Ford, y no vamos a negar que hay un notable esfuerzo físico por su parte para estar a la altura de una superproducción como la que nos ocupa, pero el escaso desarrollo de su personaje, los vanos intentos por parte del guión por darle algo de profundidad a su personalidad poniendo en duda sus orígenes como producto fabricado en un laboratorio y su paupérrima relación de amor, que sólo ofrece de interés una atípica y destacable secuencia de sexo, confirman que Gosling no era la mejor elección de casting para dar vida a K, convirtiéndose en otro de los muchos fallos que comete Blade Runner 2049 como obra cinematográfica.
Con un protagonista que no conecta totalmente con la trama, unos secundarios que deben luchar por ser convincentes dando vida a personajes planos y esterotipados (las frases lapidarias de Sylvia Hoeks como Loev son penosas y la escena de la manicura es de un trazo grueso imperdonable) un excesivo metraje que mantiene el tipo gracias a la muy convincente labor conjunta de Denis Villeneuve y Roger Deakins detrás de las cámaras y algunos pasajes que faltan el respeto y manchan el buen nombre de la obra de 1982 (vergonzoso utilizar en la escena de las escaleras el tema de Vangelis que sonaba durante la muerte de Roy Batty) Blade Runner 2049 confirma lo que no queríamos admitir, que si teniéndolo todo para ser una pieza digna, gracias a la implicación de un grupo de profesionales intachables, este es el resultado, lo mejor hubiese sido que nos ahorraran esta innecesaria secuela que, a diferencia de su predecesora, sí se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Título OriginalSicario(2015) DirectorDenis Villeneuve GuiónTaylor Sheridan RepartoEmily Blunt, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Victor Garber, Jon Bernthal, Jeffrey Donovan, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández, Dylan Kenin, Frank Powers, Bernardo P. Saracino, Edgar Arreola, Marty Lindsey, Julio Cedillo
Un año antes de su primera, pero no última, incursión en la ciencia ficción con la superlativa La Llegada (Arrival) el canadiense Denis Villenueve volvía al género thriller de su anterior Prisioneros, pero está vez contextualizando la trama de su propuesta dentro del policíaco fronterizo. Sicario tuvo su puesta de largo en el festival de Cannes de 2015 y fue bastante bien recibida por crítica y público adelantando una carrera comercial bastante notable recibida con elogios y no pocas candidaturas o galardones internacionales, entre ellos tres nominaciones a los Oscar de ese año a fotografía, banda sonora y efectos de sonido. Protagonizada por un trío de estrellas formado por Emily Blunt, Benicio del Toro y Joshn Brolin, con guión del actor Taylor Sheridan (el sheriff David Hale de Hijos de la Anarquía y escritor de Comanchería) Sicario confirmaba el enorme talento de Villeneuve como uno de los artesanos más a tener en cuenta dentro del Hollywood actual siempre abordando propuestas que, como mínimo, despiertan harto interés en el espectador.
Kate Macer (Emily Blunt) es una agente de FBI que es reclutada por el agente de la CIA Matt Garver (Joshn Brolin) para formar parte de un grupo de élite del gobierno estadounidense con la misión de cruzar la frontera con México para llevar a cabo una misión de la que poca información se conoce, pero que está relacionada con el mundo del narcotráfico. Acompañando al equipo se encuentra Alejandro Gillick (Benicio del Toro) un misterioso personaje que colabora con Garver a modo de asesor y que oculta no pocos pasajes oscuros en su pasado. Cuando Macer y su compañero Reggie Wayne (Daniel Kaluuya) descubran cuál es el motivo por el que han sido enrolados en dicho dispositivo revelarán hechos relacionados con la "guerra contra la droga" que pondrán en entredicho sus sistemas de valores personales y profesionales viéndose implicados en una red de mentiras, violencia, venganza y muerte que se extiende de un país a otro cruzando la frontera entre Estados Unidos y México.
Sicario es la prueba palpable de que el director de Incendies no se amilana ante ningún tipo de género saliendo airoso de todos los proyectos en los que se implica independientemente de la naturaleza cinematográfica a la que pertenezcan los mismos. El penúltimo largometraje del canadiense se adscribe al subgénero formado por thrillers fronterizos como Traffic de Steven Soderbergh y cuyas raíces las podemos encontrar en el policíaco americano de los años 70 con films como The French Connection de William Friedkin o Los Tres Días del Cóndor de Sidney Pollack, pero con las constantes visuales y narrativas del siglo XXI que le acercan a piezas tan remarcables como La Noche Más Oscura (Zero Dark Thirty) de Kathryn Bigelow, potente propuesta de la directora de Días Extraños que guarda más de un punto en común con la cinta que nos ocupa desde distintos puntos de vista como el ideológico, el estructural o el estilístico.
Villeneuve adapta su férrea e intachable puesta de escena a la propuesta de Sicario y gracias a ello da muestras de profesionalidad que nos hacen poner en duda que esta sea la primera vez que el canadiense se adentra en este tipo de thriller policíaco, y el hecho de que previamente hubiera rodado Prisioneros tampoco debería justificar sus más que aptas capacidades para el control del timing, el uso del posicionamiento de cámara (enorme el trabajo de Roger Deakins) la poderosa resolución visual a la hora de realizar panorámicas impresionantes de Ciudad Juárez y el nada despreciable logro de conseguir un tono semidocumental de "cine de guerrilla" sin tener que caer en el abuso de la cámara al hombro o la fotografía arenosa repleta de tonos ocres consiguiendo en el proceso los mismos o mejores resultados que si recurriera a todas estas ya manidas señas de identidad estéticas adscritas a dicho tipo de celuloide de género.
Villeneuve se aferra al guión de Taylor Sheridan para realizar una análisis minimalista y detallado de la lucha contra el narcotráfico por parte de las fuerzas de la ley estadounidenses, sus reprobables acciones y nada fiables colaboradores. El director de Enemy hace que su visión mute a lo largo del metraje para convertirse cada vez más en un ejercicio opresivo y claustrofóbico con el que impactar a un espectador que asistirá a cómo la violencia, explícita e implícita, se propaga como un virus a lo largo del metraje mostrando una localización infernal en la que la vida no vale nada y la muerte y el asesinato a sangre fría está a la orden del día. El cineasta realiza una intachable amalgama entre clasicismo y vanguardia alternando pasajes de una tensión acerada y palpable (el cruce de la frontera) heredados de Alfred Hitchcock con otros que se alimentan directamente del mundo del videojuego (la incursión en la mina con las cámaras de visión nocturna) que nos retrotraen a varios shooters y a sagas como la de Metal Gear Solid diseñada por el nipón Hideo Kojima.
El ya mencionado guión de Taylor Sheridan tiene sus luces y sombras, pero en general funciona de manera sólida. En el lado negativo tenemos cierta desestructuración a la hora de mantener a la protagonista, Kate Macer, como eje central de la narración, ya que tanto el guionista como el director son conscientes de que personajes como Matt Garver o Alejandro Gillick son más interesantes y sus tendencias a la ambigüedad dan más juego desde un punto de vista narrativo. También es una tara la escasa originalidad de la historia que plantean sus ideólogos, ya que relatos sobre el narcotráfico y sus efectos colaterales los hemos podido ver en obras previas muy superiores tanto en televisión como en pantalla grande ya sea en esa obra maestra catódica llamada The Wire diseñada por David Simon y Ed Burns para la cadena HBO o el díptico carioca Tropa de Élite nacido de la mente del cineasta Jose Padilha que volvió a abordar dicha temática en la serie Narcos producida al amparo de la plataforma de streaming Netflix.
En cambio los aciertos solapan los fallos de la propuesta en cuanto a su escritura y la ambigüedad de su propuesta probablemente sea el mayor de todos ellos. Denis Villeneuve aborda Sicario desde una perspectiva totalmente aséptica, y en eso se asemeja, como previamente habíamos apuntado, a Zero Dark Thirty, sin incilnarse por ningún punto de vista expuesto en pantalla y siempre mostrando los hechos con el mayor distanciamiento posible. El cineasta no condena ni glorifica los métodos de la CIA, ya que las mentiras, torturas (pletórico ese plano detalle del desagüe durante el interrogatorio) y extorsiones a las que recurren son mostradas con total crudeza por la cámara así como los resultados que ofrecen, pero en ningún momento las respalda o justifica. Algo parecido sucede con los personajes más censurables del film que nunca son retratados con heroicidad o gallardía, sino como individuos sin escrúpulos capaces de los actos más bajos a los que pueda entregarse el ser humano desde un punto de vista ético y moral, actos que por resolutivos funcionan al 100%,
A que esa ambivalencia se haga notable en pantalla ayuda el magnífico trío de actores principales que comanda el reparto de la obra. Una excelente Emily Blunt es el rol idealista, la agente del FBI que cree en seguir las normas y que poco a poco irá viendo que se ha introducido de manera voluntaria en un mundo cuya violencia la supera, llegando a entender que ha luchado codo con codo con criminales tan o más execrables que a los que da caza, pero a los que finalmente dejará salir con la suya por "un bien mayor". Josh Brolin vuelve a dar muestras de poderío como Matt Garver destilando carisma, altanería y reservándole el guión algunos de los mejores diálogos de la obra. Pero es el portorriqueño Benicio del Toro el que realiza la más reseñable labor con el mejor personaje y trabajo actoral del largometraje, ese Alejandro que parece una mezcla del Lado de Salvajes y el Javier Rodríguez de Traffic protagonizando las posiblemente mejores escenas del film como la del interrogatorio, la interrupción de la cena familiar con expeditiva resolución o su encuentro final con Kate Macer.
Decir que Sicario es una obra menor dentro de la filmografía de Denis Villeneuve mostrándose como una magnífica pieza perfectamente ejecutada en el plano técnico y abordada con pericia desde el artístico por un grupo de actores en estado de gracia da buena muestra de cuán talentoso es este cineasta quebequés que en poco menos de tres años y con no más de cinco películas en su haber se ha convertido en un autor indispensable dentro del Hollywood más propenso a anteponer calidad a cantidad, ese que por desgracia no abunda en demasía. Aunque el 6 de Octubre volverá a ser noticia cuando estrene su hasta ahora obra más ambiciosa dentro de las grandes superproducciones, Blade Runner 2046, en este blog seguiremos dando cabida a su filmografía ya que algunos largometrajes surgidos de su impronta, como los primeros que rodó, todavía no han sido reseñados en Transgresión Continua, algo que intentaremos solucionar a la mayor brevedad posible ya que en esta ocasión el autor lo merece.
Título OriginalEnemy(2013) DirectorDennis Villeneuve GuiónJavier Gullón, basado en la novela de José Saramago RepartoJake Gyllenhaal, Mélanie Laurent, Sarah Gadon, Isabella Rossellini, Joshua Peace, Tim Post, Kedar Brown, Darryl Dinn, Misha Highstead, Megan Mane, Alexis Uiga
2013 fue un año clave para el despegue definitivo del cineasta canadiense Denis Villeneuve como uno de los artesanos más talentosos del cine occidental actual. En la edición del Festival Internacional de San Sebastián presentó sus dos últimos trabajos hasta el momento, Prisioneros y Enemy. El primer largometraje, rodado dentro de la maquinaria estadounidense y con un magnífico reparto encabezado por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, era una atípica muestra de thriller sobre secuestros que se hacía fuerte gracias a la medida puesta en escena de su comandante en jefe y a la enorme labor de su casting. El segundo era un trabajo de naturaleza mucho más modesta, una co producción entre Canadá y España que adaptaba El Hombre Duplicado, una novela editada en 2002, escrita por el mítico literato portugués José Saramago y que, una vez más, tenía al protagonista de Nightcrawler como actor principal.
Cuenta la leyenda que cuando el productor canadiense Niv Fichman adaptó la novela Ensayo Sobre la Ceguera con el brillante largometraje A Ciegas (Blindness) cuya dirección recayó en el cineasta carioca Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El Jardinero Fiel) y se la mostró a José Saramago este se emocionó tanto con el trabajo realizado que le dio el visto bueno para adaptar otro de sus trabajos literarios. Fichman eligió El Hombre Duplicado y tras un arduo proceso de preproducción eligió al español Javier Gullón (Invasor, Hierro) para escribir el guión, a su compatriota Denis Villeneuve que por aquel entonces sólo era conocido por haber llamado la atención con su segundo film, Incendies, para dirigir la película, al actor norteamericano Jake Gyllenhaal para abordar el papel protagonista, a las actrices Sarah Gadon (Un Método Peligroso) y Melanie Laurent (Malditos Bastardos), canadiense y francesa respectivamente, para interpretar a los dos personajes femeninos de la historia y a las que habría que sumar una Isabella Rosellini (Terciopelo Azul) con breve pero destacada aparición.
El que esto firma no ha leído la novela del autor de Ensayo Sobre la Lucidez o El Viaje del Elefante, de modo que a la hora de abordar Enemy lo haré, como en muchas otras ocasiones en las que he hablado aquí de adaptaciones al celuloide de novelas que no conozco, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. Mientras en aquella edición del festival donostiarra Prisioneros recibió una aceptación considerablemente positiva Enemy fue acogida con una notable disparidad de opiniones, una polarización que vasculaba entre los que consideraban el film de Denis Villeneuve una obra maestra desafiante e inteligente y los que se sentían profundamente engañados por lo que consideraban un inexcrutable juego de trileros que a no pocos espectadores dejó con el gesto torcido sobre todo con ese famoso y polémico final acogido entre estupefacción y alguna risa nerviosa por los que acabaron formando parte de detractores de la obra.
Enemy narra la obsesión por parte de Adam (Jake Gyllenhaal) un apocado profesor de historia hacia la figura de Anthony (también Jake Gyllenhaal) un actor venido a menos al que descubre en una película de medio pelo como extra y que mantiene con él un inexplicable parecido físico. Ambos individuos, casado el segundo y con una situación sentimental un tanto peculiar el primero, llegarán a conocerse y comenzarán a mantener una extraña y aparentemente enfermiza relación. Esta idea narrativa, nacida en la novela de José Saramago, es la catalizadora del devenir de acontecimientos que tienen lugar en el film y los mismos que utilizan el guionista Javier Gullón y el cineasta Denis Villeneuve para tejer una intrincada tela de araña que da forma al tercer largometraje del director de La Llegada (Arrival) y con la que consigue atrapar a todo aquel espectador receptivo y con amplitud de miras que decida entrar en el nada complaciente juego de dichos autores.
Enemy fue abordada por Denis Villeneuve como una atípica y compleja amalgama formal y conceptual entre el David Lynch de la críptica y psicogénica Carretera Perdida (muchos han mencionado Mulholland Drive como principal referencia, pero el que esto firma ve más claras las reminiscencias al film protagonizado por Bill Pullman y Patricia Arquette) en cuanto a la estructura narrativa o argumental de la obra y el David Cronenberg de sus primeros films y la visión aséptica, gélida y mastodóntica de la arquitectura modernista que ofrecía en ellos desde un punto puramente estilístico. Esta peculiar mezcolanza cinematográfica que localiza una historia sobre múltiples identidades, desdoblamientos de personalidades y visiones deudoras del movimiento surrealista acontecidas en una enorme urbe canadiense sin determinar cuyas dimensiones se antojan intimidantes inyecta una personalidad muy marcada al largometraje que puede fascinar a un tipo de espectador y repeler a otro con la misma intensidad.
Denis Villeneuve imprime una puesta en escena distante, fría, tomando el rol de un Demiurgo imparcial a la hora de abordar las emociones de sus criaturas, como si de un entomólogo se tratase (la presencia de la enorme araña que pasea por el skyline canadiense podría reafirmar esta teoría) aunque no llegando a las cotas de crueldad de un Gaspar Noé, un Lars Von Trier o un Alejandro González Iñárritu, autores con tanto talento como predisposición por hacer sufrir lo indecible a sus personajes. El realizador de Sicario marca las distancias con los roles que pueblan su relato, pero no es ajeno a las situaciones en las que se ven envueltos y sabe llegar al corazón de la historia expuesta perfilando, con la ayuda de Javier Gullón al guión y el magnífico reparto, personalidades que se antojan realistas y cercanas a pesar de habitar en una especia de pesadilla de resonancias kafkianas.
El canadiense se crece a la hora de deconstruir conceptos como la personalidad, la identidad, la enfermedad mental y los complejos resortes que hacen funcionar el cerebro humano. Enemy es una “road movie introspectiva”, una viaje a la mente del/los protagonista/s en el que nunca llegamos a saber qué es real y qué pertenece al terreno de lo onírico. El prodigioso juego de espejos con el que el autor de Polytechnique extrapola los efectos de una conciencia perturbada tras sufrir un hecho traumático por medio del uso de las personalidades disociadas y la interacción entre una pareja de personajes que son el mismo y dos a la vez nos recuerdan a la soberbia Spider de, una vez más, David Cronenberg y su magnífico retrato de la esquizofrenia sin las florituras visuales y sentimentales de producciones hollywoodienses que han abordado el tema, como su coetánea Una Mente Maravillosa, dirigida por Ron Howard en 2001.
Para dar vida a Adam y Anthony, dos personalidades totalmente opuestas que funcionan indivudualmente pero que se mimetizan al 100% con el relato que protagonizan una vez se conocen “personalmente”, Villeneuve y sus colaboradores contrataron los servicios de un brillante Jake Gyllenhaal que por aquel entonces ya había dado sobradas muestras de su buen hacer en obras maestras como Donnie Darko o Brokeback Mountain. La labor del estadounidense es doblemente meritoria, nunca mejor dicho, si tenemos en cuenta que debe dar características diferenciadas a dos versiones de un mismo hombre, imprimiendo a uno timidez, introspección o vulnerabilidad y a otro sensualidad, carisma o vivacidad. Por medio de un meticuloso uso del lenguaje corporal, mínimos matices en la modulación de la voz y algunos pasajes que nos retrotraen a otra inolvidable “doble interpretación” como la de Jeremy Irons en Inseparables (Dead Ringers) de, como no podía ser menos, David Cronenberg, el actor de Código Fuente (Source Code) entrega todo un recital con su labor en Enemy.
Al desdoblado trabajo de Jake Gyllenhall se suman tres personajes femeninos indispensables para entender el desestructurado trayecto vital del personaje principal a los que dan vida tres excelentes actrices. Sarah Gadon como la sufrida esposa de Anthony, en avanzado de gestación con la sombra de la (reincidente) infidelidad de su marido siempre sobrevolando su cabeza parece más una contrapartida femenina de Adam que la cónyuge del díscolo actor. Por otro lado la conspicua amante de Adam, a la que da vida la francesa Melanie Laurent, interactúa mejor en pantalla con Anthony dado que las personalidades de ambos son similares, pero el contraste entre “polos opuestos” al que juegan Villenueve y Gullón da mucho juego con respecto a esparcir sobre la mesa las piezas del puzzle que forman Enemy. Por último, mención de honor a la breve aparición de Isabella Rosellini como la madre de Adam cuya intervención añade información de capital importancia para entender, en la medida de lo posible, la personalidad del personaje principal y sus actos.
Enemy supuso la confirmación del quebequés Denis Villenuve como una de las mentes más lúcidas del actual panorama cinematográfico internacional. Un artesano capaz de saltar de producciones adscritas a los grandes estudios (pero siempre con cierta pátina de personalidad e inquietudes creativas) a proyectos más independientes y personales como la adaptación cinematográfica de la novela de José Saramago que nos ocupa. Sólo el tiempo nos dirá si el canadiense podrá mantener este envidiable y privilegiado método de trabajo entre superproducciones y “cine de autor” después de embarcarse en tres grandes proyectos dentro de la ciencia ficción como son La Llegada (Arrival), Blade Runner 2049 y la futura adaptación de Dune con los que esperemos Hollywood no llegue a vampirizar su talento como lo ha hecho con cientos de otros cineastas curtidos en un tipo de celuloide más alternativo ajeno a los restrictivos preceptos de las majors estadounidenses.