jueves, 1 de septiembre de 2016

Stranger Things: Primera Temporada, the monster squad



¿"Y si todo este tiempo que he buscado a Will he estado detrás de algo más?"




Después de éxitos como la versión americana de House of Cards, Orange is the New Black, Narcos o las series adscritas al universo Marvel como Daredevil o Jessica Jones la plataforma de streaming Netflix ha vuelto a dar de lleno en la diana con otra de sus producciones propias, pero esta vez la repercusión ha sido mayor que nunca por distintos factores. Stranger Things se ha convertido el la serie del 2016, un fenómeno a nivel mundial que ha despertado el interés y las alabanzas de público y crítica por su combinación de talento, accesibilidad, nostalgia y pericia narrativa. Un proyecto que aprovechando la excusa del enorme tirón del revival que desde hace unos años estamos viviendo con respecto al cine comercial e infantil realizado en Estados Unidos durante los años 80 ha ofrecido a millones de usuarios un relato en ocho entregas que ha conseguido enamorar a una ya enorme horda de fans que han quedado prendados con la aventura en la que se embarcan un puñado de entrañables e interesantes personajes 




Algo extraño sucede  el 6 de Noviembre de 1983 en la ciudad de Hawkins, Indiana. Después de jugar su habitual partida de Dragones y Mazmorras con sus amigos Mike Wheeler (Flinn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo) y Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) Will Byers (Noah Schnapp) desparece misteriosamente en las inmediaciones de su casa. Mientras su madre Joyce (Winona Ryder) y su hermano mayor Jonathan (Charlie Heaton) unen fuerzas con el sheriff de la localidad Jim Hopper (David Harbour) para dar con su paradero el resto de la pandilla de Will se encontrará con una extraña niña perdida a la que apodarán Eleven (Millie Bobby Brown) por un número que lleva tatuado en su brazo y que finalmente se revelará no sólo como la víctima inocente de una serie de experimentos secretos llevados a cabo por una organización secreta comandada por el Doctor Martin Brenner  (Matthew Modine) sino también como el único medio para que el desaparecido Will pueda volver a su hogar junto a sus familiares y allegados.




La primera temporada de Stranger Things consta de ocho episodios y la misma ha sido ideada por los semidesconocidos hermanos Matt y Ross Duffer, a los que sólo recordamos por su debut en la dirección cinematográfica Hidden (subtitulada Terror en Kingsville en España) un film de género protagonizado por Alexander Skarsgård y Andrea Riseborough o por escribir algunos episodios de Wayward Pines, la serie sobre desapariciones en un pueblo rural ideada por Chad Hodge y apadrinada por M. Night Shyamalan que facilmente ha podido ser el germen de la producción televisiva que nos ocupa. Este nuevo trabajo ideado en el seno de Netflix es un homenaje tanto a aquellos films de culto para todos los públicos de los ochenta como Los Goonies, Una Pandilla Alucinante (The Monster Squad), o Exploradores como a algunas obras literarias (con sus respectivas adaptaciones a imagen real) nacidas de la pluma del escritor Stephen King como It (Eso) en todo lo relacionado con la infancia y el grupo de amigos que se enfrentan a seres sobrenaturales u Ojos de Fuego (Firestarter) si nos centramos en el personaje de Eleven, sus poderes y la corporación secreta que sigue sus pasos.




Lo mejor de un producto como Stranger Things es que a pesar de que casi todo el mundo a incidido en su utilización de la nostalgia por medio de la multireferencialidad hacia el celuloide rompetaquillas americano de los 80 con homenajes a obras de Steven Spielberg, Joe Dante, John Carpenter o Fred Dekker con él nos encontramos con un proyecto magníficamente ejecutado en fondo y forma. Por mucho que la trama se desarrolle en un contexto temporal muy concreto y que el relato narrado este repleto de deudas con obras de ficción pretéritas los hermanos Duffer y sus colaboradores (entre ellos Shawn Levy, director de la trilogía Noche en el Museo) se han ocupado de asentar las bases de una historia de una solidez intachable, escrita con un total control del tempo narrativo, realizada con una puesta en escena y una mesura sin estridencias a la altura de las circunstancias y sobre todo interpretada por un reparto tocado por el don del carisma y la ternura casi en su totalidad. En resumidas cuentas, aunque esos años 80 son importantes en la localización del discurrir del argumento la aventura que nos cuenta Stranger Things es tan efectiva que podría funcionar en los 60, 70, 90 o la actualidad.




Pero sería de necios eludir que si hay un apartado de Stranger Things que se ha ganado los parabienes de prácticamente todo aquel que la ha degustado ese ha sido su reparto. Los cuatro críos protagonistas son un acierto de casting mayúsculo y aunque alguno de ellos se muestre durante el primer ecuador de la serie de manera algo estereotipada (hablo de Lucas y su recelo hacia la nueva chica del grupo, aunque esté justificado) devoran la pantalla con su credibilidad y simpatía, Aunque Flinn Wolfhard ofrezca madera de líder con mucho convencimiento y el ya mencionado rol de Caleb McLaughlin transmita vivacidad y valentía son la Eleven de Millie Bobby Brown y el Duncan de Gaten Matarazzo los que dejan verdadera huella en el espectador. Ella por abordar con una profesionalidad impropia de una niña de su edad un papel nada fácil y lleno de matices siempre desde la contención y él porque con su sonrisa desdentada, voz ceceante e inocencia rodeada de una pátina de picardía se revela como el mejor actor y personaje catódico de lo que llevamos de 2016. Al pobre Noah Schnapp no le han dejado mucho terreno para lucirse, pero todo apunta a que en la segunda temporada su Will Byers dará mucho que hablar.




Dentro del plantel de actores adultos y adolescentes tenemos a una Winona Ryder que de tanto esforzarse en su rol de madre sufridora se pasa de frenada y llega a introducirse en una algo irritante sobreactuación, la encantadora Natalia Dyer dando vida a Nancy Wheeler (todo un descubrimiento esta chica) al lacónico Jonathan Byers de Charlie Heaton (una mezcla entre Dane DeeHan y un joven Edward Furlong) y dos personajes que se muestran durante los primeros episodios como clichés andantes para luego evolucionar adecuadamente eludiendo lugares comunes como el Steve al que da voz y cuerpo Joe Keery que pasa de ser el típico novio celoso y matón de colegio a algo más interesante y el sheriff Jim Hopper de David Harbour que en principio parece el típico agente de la ley local paleto e incompetente para exponerse de cara al espectador poco a poco como el personaje más interesante de la serie junto al sutil, embaucador, aterrador y gélido Dr. Martin Brenner que nos devuelve al mejor Matthew Modine en años y al que podemos considerar, sin lugar a ninguna duda, como el verdadero monstruo de la serie.




Mi único problema con Stranger Things han sido las altísimas expectativas que tenía depositadas en ella por culpa del rápido y machacón culto que se ha creado a su alrededor en un tiempo récord. No sé si por culpa del hype o de que la misma serie se encuentre todavía en el ojo del huracán mediático y afirmando tajantemente que disfrutado considerablemente de ella no encuentro en sus ocho episodios esa genialidad u obra maestra catódica que muchos han promulgado de manera tan apresudarada. Dicho esto no cabe duda que el proyecto de los hermanos Duffer tiene el crédito que merece por atesorar la suficiente calidad y calidez como para ser disfrutada con fruición por todo tipo de espectadores y recibir con los brazos abiertos el próximo año esa segunda temporada que la misma Netflix confirmó ayer con nueve nuevos episodios con los que volveremos a viajar a la pequeña localidad de de Hawkins, Indiana, para asistir a las "cosas extrañas" que allí tienen lugar en esta y otras dimensiones.


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