lunes, 17 de diciembre de 2012

Manolete, si no sabes torear ¿pa' qué te metes?



Título Original Manolete (2008)
Director Menno Meyjes
Guión Menno Meyjes
Actores Adrien Brody, Penélope Cruz, Santiago Segura, Juan Echanove, Ann Mitchell, Nacho Aldeguer, Omar Muñoz




"Este tío tiene toda la cara de Manolete". En la vida olvidaré este comentario de mi cuñado después de ver a Adrien Brody en esa obra maestra llamada El Pianista dirigida por Roman Polanski. Por paradojas del destino cuatro años después el oscarizado actor dio vida en una película que trajo mucha cola (o rabo de morlaco en este caso) al célebre matador cordobés que sufrió una grave cogida el 28 de Agosto de 1947 en la plaza de toros de mi ciudad muriendo al día siguiente, Linares, localizada en la provincia andaluza de Jaén. La película fue polémica desde su gestación (no pudo rodarse en la localidad por "desacuerdos con el ayuntamiento") pero fue tras su producción cuando empezó a crecer la "leyenda" tras ella.




Manolete se rodó en 2006 y estaba lista para ser estrenada en 2007, pero según la productora el material del film fue embargado impidiendo su puesta de largo por culpa de una deuda con la empresa que llevaba la dirección artística del largometraje. Esa es la versión oficial, la que vendían las malas lenguas es que la película era tan mala que hasta el mismo director y guionista exigió (sin éxito) que retiraran su nombre de los títulos de crédito por el estropicio que los productores hicieron con el film, de modo que había miedo de estrenarla. El efecto Alan Smithee no llegó a efectuarse de todas maneras, ya que el nombre del guionista y director holandés permaneció en los carteles.




Desconozco qué versión es la real, sólo sé que el largometraje no vio la luz en España hasta este 2012, ya que permaneció bajo llave (es un decir, tuvo pases previos para la prensa especializada en algunos países europeos como Francia o Italia, fue allí donde empezaron a lloverle hostias a diestro y siniestro) seis años. Mi opinión tras verla es que las dudas sobre sacar a la luz el film eran fundadas y lógicas, porque nos encontramos ante un despropósito cinematográfico tal, que enumerar todos los fallos que la convierten en una muy mala película es una misión hercúlea.




Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, más conocido como Manolete (Adrien Brody), fue un famoso torero de la primera mitad del siglo XX que perdió la vida el 29 de Agosto de 1947, un día después de sufrir una cogida al enfrentarse al morlaco Islero en la plaza de toros de Linares (Jaén). Durante la víspera del trágico acontecimiento seremos testigos de los últimos días de vida del diestro, mientras recuerda los mejores y peores momentos con el amor de su vida, la actriz española Lupe Sino (Penélope Cruz) que le acompañó de manera intermitente hasta sus últimas horas a pesar de la oposición de los familiares y allegados del diestro.




Manolete es una terrible película que no hay por donde cogerla. Es una de esas tv movies de sobremesa con las que nos maltrata la cadena española Tele 5, protagonizadas por personajes de la farándula y el famoseo, pero con más presupuesto y dos actores de renombre internacional. Se trata de un producto desangelado de ritmo plomizo y soporífero, mal escrito, interpretado, montado y rematado con una falta de profesionaldad tal que no nos permite poner en duda que su gestación debió ser un caos enorme en el que todo el mundo metió mano y en el que nadie parecía saber qué tenía que hacer.




Nada funciona en la cinta de Menno Meyjes. El guión es un folletín de tres al cuarto lleno de clichés, insustancialidades, tópicos rancios y diálogos impostados que incitan a la vergüenza ajena. El retrato de Manolete es paupérrimo y no se parece en nada al hombre introvertido y callado que parecía en la realidad. Cuando el film acaba poco o nada sabemos de su vida o personalidad más allá del campo profesional, porque el sentimental está reducido a su relación eroticofestiva con Lupe, romance falsario, chirriante, poco  realista y tan manido que el espectador no se lo cree en ningún momento.




Tampoco ayuda la desgana de la pareja protagonista, que en un ejercicio de pasotismo global ofrecen lo justo para que los roles salgan adelante de mala manera. Adrien Brody y Penélope Cruz tienen tablas y se nota en pantalla, pero la apatía con la que abordan sus criaturas hacen que el artificio y la redundancia se haga con la historia. Un poco mejor están los secundarios, un Santiago Segura con sobredosis de maquillaje y un Juan Echanove algo más entregado que el resto de sus compañeros. Pero ni ellos hacen que la cinta levante minimamente el vuelo, porque la misma no se sostiene por su propio peso.




Nefasto es también el montaje, que alterna flashbacks y pasajes del presente de manera arbitraria, caótica, impidiendo que el espectador haga pie espaciotemporal (pasando de un año a otro o localizando la acción en ciudades distintas sin venir a cuento) para intentar seguir con lógica la historia. Esto anula un desarrollo adecuado de la relación de los enamorados o la supuesta decadencia de Manolete como torero y sólo consigue que el espectador se pierda entre pasajes sin sentido en los que un Adrien Brody con cara de mapache depresivo suspira por patios cordobeses o calles lacónicas. Aunque nada de esto debería sorprendernos cuando se rumorea por la red que hay hasta 8 montajes distintos de la película. En ese caso podían haber estrenado el bueno (si existe) por consideración con la audiencia.




Puede salvarse un poco la fotografía y la dirección artística. El look visual de la película es pobre, pero las escenas de las corridas taurinas tienen más empaque (aquí casi no se nota que Brody no torea realmente, posiblemente el único acierto del ya mencionado montaje) que las que nos ofreció el polifacético cineasta Javier Elorrieta en Sangre y Arena, aquel esperpento con cuernos que sólo se salvaba por la belleza de un Sharon Stone imponente. Pero en ese sentido también chirrían las imágenes supuestamente líricas (la de las palomas parece un vídeo de campaña del PP rodado por John Woo) metidas con calzador o esa ruptura tonal abrupta que se produce con el flashback de la operación del protagonista, con lentes deformantes y montaje espídico que convierte el film por unos segundos en un sucedáneo de El Milagro de P. Tinto, de Javier Fesser.




Manolete es mala para la salud física y mental, su estreno finalmente fue un error, pero si nos ponemos puristas su misma gestación también lo era. Que conste que he dejado de lado mi repulsa por la mal llamada fiesta nacional o la recreación que han hecho de mi ciudad, que parece haber sido llevada a cabo por un adicto a distinta clase de psicotrópicos. Sólo me he centrado en las miserias de corte cinematográfico que esta, desde ya, cinta de culto de la caspa española, esta película de Vicente Aranda sin tetas, esta mala novela de Corín Tellado en imágenes con capote de grana y oro nos ofrece a lo largo de esos interminables 92 minutos de metraje en los que nos hacemos una sola pregunta: "¿Dónde estás, Matador?".


domingo, 16 de diciembre de 2012

El Hobbit: Un Viaje Inesperado



Título Original The Hobbit: An Unexpected Journey (2012)
Director Peter Jackson
Guión Guillermo del Toro, Philipa Boyens, Fran Walsh y Peter Jackson
Actores Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, James Nesbitt, Aidan Turner, Graham McTavish, Jed Brophy, Stephen Hunter, Ken Stott, John Callen, Adam Brown, Dean O'Gorman, William Kircher, Peter Hambleton, Mark Hadlow, Hugo Weaving, Andy Serkis, Sylvester McCoy, Cate Blanchett, Christopher Lee, Elijah Wood, Ian Holm, Barry Humphries, Jeffrey Thomas, Lee Pace, Conan Stevens, Bret McKenzie





Retorno cinematográfico a la Tierra Media de mano de Peter Jackson, el director y guionista que llevó a magníficas imágenes la trilogía literaria de El Señor de los Anillos creada por el escritor inglés de origen sudafricano, J.R.R. Tolkien en tres largometrajes durante la década pasada, consiguiendo un éxito descomunal de crítica y público y 17 premios de la academia. En esta ocasión se adapta el primer libro que el afamado novelista editó sobre estos célebres personajes, El Hobbit, viendo la luz en 1937 y sin el éxito  que posteriormente tendrían sus continuaciones literarias.




Poco tiempo después del estreno de El Retorno del Rey empezaron a escucharse noticias sobre la adaptación cinematográfica de El Hobbit. Por aquel entonces el proyecto iba a estar impulsado, escrito y producido por el mismo Peter Jackson (lo que era un seguro de vida tras ver su excelente trabajo previo con la obra de Tolkien) y dirigida por el mexicano Guillermo del Toro, director de Hellboy 1 y 2, El Laberinto del Fauno y de la próxima Pacific Rim. Finalmente por problemas de fechas Jackson se hizo de nuevo con la dirección del proyecto y Del Toro pasó a a ser co guionista del mismo.




Hace unos meses se supo que la novela, que en un principio iba a ser adaptada en dos largometrajes, finalmente pasaría a ser llevada a la pantalla grande en tres. Una idea que tenía poco de lógica y sí mucho de interés económico para alargar innecesariamente un texto de no más de 360 páginas con la intención de convertir una modesta obra literaria en otra ambiciosa trilogía cinematográfica sin existir motivos de peso para que el proyecto se abordara de esta manera. El resultado del primer largometraje es en líneas generales muy bueno, pero se le notan algunas carencias conceptuales y estilísticas, sobre todo por lo esperable, el excesivo relleno introducido en el film y el considerable alargamiento de bastantes de los pasajes de la película.




Bilbo Bolsón (Martin Freeman) es un apacible y tranquilo hobbit que vive en paz en la comarca. Un día el mago Gandalf (Ian McKellen) lo visita con un grupo de 13 enanos comandados por Thorin, Escudo de Roble (Richard Armitage) el Rey Bajo la Montaña. Este variopinto club le propondrá iniciar un aventura cuyo fin es recuperar el oro del reino de su pueblo que robó el terrible dragón Smaug. Aunque reacio en principio a la propuesta, Bilbo acabará aceptando la misma. En el trayecto el hobbit, Gandalf y los enanos se enfrentarán a trolls y orcos, visitarán Rivendel, la tierra de los elfos y sufrirán incontables infortunios para llegar a cumplir su complicada misión.




Hay muchas cosas buenas y alguna mala en El Hobbit: Un Viaje Inesperado. La que más llama la atención es que si se ha leído la novela en la que se basa el largometraje uno es consciente (sin enfadarse, pero sí con cierta ironía y sorna) que Peter Jackson se la está dando con queso, que la película está repleta de relleno y subtramas innecesariamente alargadas que en el libro o son mencionadas de pasada o ni siquiera existen como tales en sus páginas. Pasajes que en la novela se despachan en pocas líneas (en un capítulo como mucho) en la cinta pueden durar más de 40 minutos (la cena en casa de Bilbo que sirve como reunión para todo el grupo), pero claro, Jackson sabe lo que hace, inyecta un ritmo espídico, llena todo de referencias e intertextualidad tanto cinematográfica como literaria y da al espectador, y sobre todo al fan de la trilogía anterior o del mismo Tolkien, lo que demanda, pan y circo.




La cinta hereda gran parte de la épica de las anteriores entregas, el guión interconecta personajes y situaciones y Jackson una vez más demuestra que sabe cómo llevar a imágenes el imaginario tolkiano en todo su esplendor, llenando la Tierra Media de hobbits, elfos, trasgos, orcos y demás criaturas fantásticas. Los personajes son fieles a los retratados en el libro (la mayoría de los enanos no están muy definidos, al igual que pasaba en el material escrito) pero el tono de la novela y el rol que ejerce Bilbo en la misma se ven en pantalla algo tergiversados.




La adaptación cinematográfica de El Hobbit sesga de una tacada casi todo el tono de ligereza narrativa y literatura infantil (Tolkien escribió en un principio el libro para sus propios hijos) que contiene la novela y que lo diferencia del que poseían el resto de textos de la saga. Cierto es que hay momentos en que el espíritu desenfadado del escrito se ve en pantalla (sobre todo en el pasaje en el hogar de Bilbo) pero más tarde Jackson se entrega a una trascendencia que en cierta manera chirría un poco, por mucho que esta sea acorde en espíritu con la que transmitían los tres anteriores films.




Por otro lado como ya he mencionado hay bastantes momentos en los que Bilbo queda en un considerable segundo plano algo molesto, depositando la trama el protagonismo en Gandalf, Thorin o el grupo de enanos. La idea en principio no es mala, pero en la novela Tolkien conseguía darle peso a los personajes secundarios sin dejarnos de transmitir que el hobbit (que no por nada da el nombre al libro) era el núcleo central de la historia que nos estaba relatando, que la misma gira alrededor suyo y que sin él esta no podría desarrollarse adecuadamente. Por suerte estos momentos son pocos y los que tienen al tío de Frodo Bolsón como protagonista brillan considerablemente.




No se podría hablar de un gran trabajo actoral, demasiado maquillaje (James Nesbitt irreconocible como Bofur) y un considerable número de personajes impiden hacer una adecuada evaluación valoratiba del trabajo del reparto. Pero por descontado que Martin Freeman está harto creíble como Bilbo Bolsón, que Ian McKellen sigue magistral como Gandalf, que Richard Armitage transmite carisma, grandeza y fuerza como Thorin (magistral el flashback de la batalla de Azanulbizar, posiblemente el mejor pasaje del largometraje) aunque su personaje es bastante más arisco que en el libro. Pero mi corazoncito se va una vez más (puede que por eso Las Dos Torres sea mi película favorita de la trilogía original porque ahí "lo vi por primera vez") con un inmenso Gollum más Gollum que nunca (Andy Serkis merece un monumento) con momentos brillantes en su corta intervención y con apuntes de humor sencillamente inolvidables.




Los fallos que pueda tener el guión o el montaje Peter Jackson los suple con una épica desatada (cómo pone la piel de gallina el momento en que Thorin va a atacar a Azog aunque la secuencia desemboca en un decepcionante coitus interruptus) fan service para satisfacer a los seguidores (Frodo, Galadriel y Saruman metidos con calzador, las primeras notas musicales de los temas más conocidos de la banda sonora compuesta por Howard Shore para las películas anteriores sonando de fondo en momentos puntuales) un ritmo endiablado y mucha aventura. Además, el polémico formato 48fps es todo un acierto, la nitidez y definición de la imagen son soberbias y las escenas de acción ganan en grandilocuencia y acabado artístico. Por el lado malo los efectos digitales pierden algo de solidez, aunque cuando están muy bien trabajados (como en los casos de Azog y Gollum) no se nota.




A Peter Jackson le ha salido bien la primera jugada. Sigue en forma a la hora de transformar en imágenes la letra de Tolkien y entiende perfectamente ese mundo fantástico. Por el camino se cometen fallos, se alargan y añaden tramas innecesariamente (en ese sentido seguro que los que no hayan leído el libro no notarán tanto esos errores) para exprimir al máximo la gallina de huevos de oro, pero en el proceso somos testigos de un cine de aventuras de calidad, con reminiscencias al celuloide comercial americano de los 80 (inevitable en ocasiones pensar en Dentro del Laberinto o Cristal Oscuro) que finalmente se revela como uno de los productos cinematográficos más agradecidos de la temporada.



viernes, 14 de diciembre de 2012

Invasor



Título Original Invasor (2012)
Director Daniel Calparsoro
Guión Javier Gullón y Jorge Arenillas basado en la novela de Fernando Marías
Actores Alberto Ammann, Inma Cuesta, Antonio de la Torre, Karra Elejalde, Luis Zahera, Bernabé Fernández





Tras un exitoso paso por la televisión, medio en el que vivió una nueva vida fílmica tras rodar tres exitosas tv movies basadas en hechos reales (El Castigo, La Ira e Inocentes, sólo he visto las dos primeras que eran buena la primera y aceptable la segunda) Daniel Calparsoro, uno de los autores estandarte de lo que a principios de los 90 se llamó el "nuevo cine vasco" junto a otros directores como Juanma Bajo Ulloa, Enrique Urbizu o Julio Medem, ha visto su nombre revalorizado como cineasta, lo suficiente como para que una productora se moleste en hacerle de nuevo responsable de un largometraje importante dentro de nuestro cine.




La película no ha recibido buenas críticas y a pesar de haber sido seleccionada para representar a España en la próxima gala de los Oscars no ha recibido muchos elogios por parte de la prensa especializada. Invasor es una magnífico thriller que aúna con pericia distintos géneros (retratando unos con más acierto que otros) que contiene un interesante mensaje de denuncia y que funciona a todos los niveles como producto cinematográfico comercial y de calidad. Era justo lo que un servdiro esperaba por mucho que no se haya hablado demasiado bien de ella.




Pablo (Alberto Ammann) y Diego (Antonio de la Torre) son dos médicos del ejército español destinado en Iraq en misión humanitaria durante la invasión norteamericana del país. Un día en una incursión en la localidad de Diwaniya son asaltados por un grupo de insurgentes y Pablo pierde el conocimiento. Días después despierta en hospital de vuelta en España y al poco tiempo vuelve a su casa con su mujer (Inma Cuesta) y su hija. Allí intentará unir mentalmente las piezas de lo que sucedió durante el periodo de tiempo que su memoria ha olvidado y descubrirá un hecho trágico que le pondrá en peligro a él y a los suyos.




Con Invasor Daniel Calparsoro vuelve en cierta manera a los terrenos de la revalorizable Guerreros pero ofreciendo un producto que se adentra en el thriller de intriga militar al estilo En el Valle de Elah o Algunos Hombres Buenos, es más, la cinta que nos ocupa tiene un parecido más que considerable con Route Irish, esa interesante pieza de Ken Loach que comenté no hace mucho. El film es interesante en fondo y forma, tiene un reparto magnífico que a mí me tiene ganado desde el principio por contar en sus filas con algunos de mis actores españoles (o de habla hispana en el caso del argentino Alberto Ammann) favoritos como Inma Cuesta el ya mencionado protagonista de Celda 211 y sobre todo a Antonio de la Torre, Karra Elejalde y Luis Zahera así como un sólido guión basado en la novela de Fernando Marías que siempre suele ser el punto flaco de los trabajos del realizador vasco.





La cinta plantea una interesante reflexión sobre la guerra, los estragos físicos y psicológicos que deja en los que participan en ella, el honor y la integridad en contraposición a un estado que quiere hacer lo posible por callar bocas que puedan ensuciar su imagen y con ello por fin alguien decide realizar un ejercicio de autocrítica con nuestro gobierno. Porque es bastante común encontrar films que a la hora de abordar la guerra de Iraq consiguen dejar en evidencia los tejemanejes que la administración Bush del gobierno americano llevó a cabo por aquel entonces. Pero esta es la primera vez en la que se señala a nuestros propios políticos, aquellos que en 2003 apoyaron un guerra injusta y llevada a cabo por puro interés económico, dejando a un país, que ya de por sí vivía bajo una dictadura inhumana, en unas condiciones todavía peores.




En ese mensaje de denuncia que nos cuenta algo que ya sabíamos, que fuimos el perro faldero de Estados Unidos y Gran Bretaña porque el gobierno de la época no quiso escuchar a un pueblo que tomó las calles para decir que estaba en contra de aquella invasión impulsada por medio de información falsa y que costó la vida a incontables personas de uno y otro bando a los que se sumaron un enorme número de civiles que no tenían nada que ver con aquel conflicto bélico, reside lo mejor de Invasor, en su valentía a la hora de hablar a las claras de hechos vergonzosos pero con equidad e inteligencia (Calparsoro es licenciado en ciencias políticas y tanto aquí como en Guerreros lo dejó bien claro).




Pero también hay momentos de gran cine que poco o nada tiene que envidiar al norteamericano en las secuencias de acción, adscritas con todas las de la ley al género bélico. Porque Invasor nos confirma lo que ya vimos de manera cristalina en Guerreros, el acabado rotundamente soberbio en el plano técnico de la realización de Calparsoro encuentra su mejor baza en el celuloide de guerra. Las escenas de Iraq que podemos ver en la última película del director de Salto al Vació están realizadas de una manera intachable, mostrando una violencia física y psicológica cruenta e hiperrealista en pantalla, siempre con la complicidad de unos actores (desde los principales a unos secundarios dando vida a los iraquíes que se dejan la piel para ser creíbles) en estado de gracia.




Con respecto al reparto los intérpretes le dan casi todo el trabajo hecho al director y consiguen algo de mucho mérito, sacar adelante con muchísima profesionalidad el tono dramático del largometraje, que sin fallar en su cometido sí palidece un poco con respecto al tono bélico o el de denuncia. Alberto Ammann está magnífico como protagonista y sabe exponer en pantalla las emociones contenidas de Pablo, las secuelas mentales que aquellos hechos dejaron en él y su integridad como persona. Le da la réplica una muy creíble Inma Cuesta magnífica como su mujer y sobre todo un Antonio de la Torre tan brillante como siempre, mostrando el lado complaciente del binomio protagónico que finalmente tomará conciencia de la realidad y su entorno hostil.




Pero el mejor para un servidor es Karra Elejalde, el protagonista de Los Sin Nombre o La Madre Muerta consigue lo imposible, que un personaje deleznable, que representa el lado más pútrido de un gobierno capaz de lo más rastrero con tal de no ensuciar su ya de por sí maltrecho nombre, consiga caernos hasta bien por su carisma, naturalidad y sorna (los comentarios con su acompañante en ocasiones son descacharrantes). También hace un buen trabajo Bernabé Ferrnández como el soldado que necesita sentir la guerra y la violencia como algo propio, porque no vale para nada más que para eso, aunque su destino sea convertirse en un asesino a sangre fría. Por el lado malo el gran Luis Zahera reducido a un matón con tres palabras de guión sin espacio para lucirse y con pocos minutos de metraje, una pena, porque es un actor que por su físico y dotes interpretativas podría haber bordado un papel de peso en el filme.




A Calparsoro casi siempre le han fallado los guiones, por eso es bueno que alguien le acompañe en la escritura de los mismos. Esta vez el trabajo ha corrido a cargo de Javier Gullón y Jorge Arenillas que adaptan la novela (que un servidor desconoce) de Fernando Marías. El resultado es consistente y está planteado de manera inteligente, alternando los sucesos de la actualidad con los recuerdos que Pablo va uniendo a modo de puzzle cuando van volviendo a su memoria poco a poco. Aunque en ese sentido más lograda hubiera estado la construcción del libreto si esas imágenes mentales hubieran sido expuestas de manera no cronológica (al estilo de los films que Alejandor González Iñárritu compartía con el guionista Guillermo Arriaga), modo en el que muchas veces la mente humana percibe los recuerdos, así el montaje del film hubiera sido más interesante, pero también habría exigido más implicación a la platea y puede que algunos espectadores no estuvieran por la labor.




Invasor me ha parecido uno de los films patrios más interesantes del año, un producto de una solidez encomiable y unas reflexiones interesantes hasta cierto punto necesarias. En la recta final se entrega un poco a lo sentimental y el tremendismo (la resolución de lo del personaje de Antonio de la Torre es un poco demasiado y chirría en cierta manera) pero tras eso ha dejado momentos de celuloide a reivindicar, como esa transfusión sanguínea llena de lecturas en la que el moribundo oriente devuelve con su propia sangre la vida a occidente. Espero lo mejor para la última película de Daniel Calparsoro, pero mete tanto el dedo en la llaga (en la americana y la española) que no creo que llegue ni a la ceremonia de lo Oscars. Eso después de todo no es una mala señal en los tiempos que corren.


lunes, 10 de diciembre de 2012

Sin Tregua



Título Original End of Watch (2012)
Director David Ayer
Guión David Ayer
Actores Jake Gyllenhaal, Michael Peña, Anna Kendrick, Frank Grillo, America Ferrera, Natalie Martinez, Cody Horn, David Harbour





La carrera del guionista y director David Ayer va en franca decadencia por culpa de su imposibilidad para hablarnos de otra cosa que no sean historias sobre agentes de la ley. Escritor experto en cine policíaco, se hizo un nombre por su guión para el magnífico thriller Training Day que le valió su segundo (y merecido) Oscar al actor Denzel Washington. Tras el éxito debutó tras las cámaras con Vidas al Límite (Harsh Times), otro largometraje sobre policías que se encontraban en el límite de la legalidad protagonizado por unos magníficos Christian Bale y Freddy Rodríguez, pero que se quedaba lejos de la calidad de la cinta de Antoine Fuqua.




Tres años después rodó Dueños de la Calle (Street Kings) con un argumento muy parecido y que a pesar de tener al mismísimo escritor de novela negra James Elroy en el guión y un grupo de actores bastante interesante lo único que conseguía era dejarnos ver que el conjunto se quedaba a medio gas en todos sus apartados y sobre todo recordarnos lo buena que es The Shield, la soberbia serie creada por Shawn Ryan que le daba sopas con hondas en todos los aspectos artísticos y técnicos compartiendo temática con ella.




Hasta hace cosa de una semana un servidor no sabía de la existencia de Sin Tregua (End of Watch), la última cinta de David Ayer. Según leí era un thriller espídico, de (una vez más) corte policiaco y adherido al subgénero de lo que ahora se llama de manera muy esnob "Found Footage" o "Metraje Encontrado", vamos, el falso documental de toda la vida. El resultado es considerablemente decepcionante porque el magnífico punto de partida se traiciona a sí mismo tanto en conceptualidad como en fondo y se entrega a una ingente cantidad de fallos que dan el traste con un largometraje que no llega ni al nivel de aceptable.




Brian Taylor (Jake Gyllenhaal) y Mike Zavala (Michael Peña) son una pareja de policías que patrullan las calles de Los Ángeles mientras graban sus hazañas con cámaras personales. Son considerados unos héroes y se han forjado una sólida fama como agentes de la ley frente a sus compañeros y en las mismas calles. Un día tras una exitosa redada se convierten en objetivos de un cártel conocido por su salvajismo y métodos brutales. En el trayecto seguiremos su escalada dentro del cuerpo policial, sus relaciones personales y su lucha contra los narcotraficantes que han puesto precio a sus cabezas.




Desde el principio End of Watch mete la pata en más de un sentido como producto cinematografico. Pasemos por alto el monólogo inicial del personaje de Gyllenhaal que ya nos indica por donde van a ir los tiros del largometraje en cuanto a retratar a su íntegros e intachables protagonistas y centrémonos en como Ayer subvierte de mala manera la estética que ha decidido tomar para narrar su film. Porque el guionista de Dark Blue hace un uso en general bastante malo del mokumentary al no ceñirse con fidelidad a esa temática que en ocasiones puede dar unos resultados muy destacables.




Para empezar el fallo más grande en lo que a conceptualidad se refiere es que Ayer no realiza su film integramente por medio de cámaras caseras, de vigilancia o las que llevan incorporadas los coches patrulla, también utiliza el método de rodaje tradicional, es decir, este no es un caso como Redacted de Brian de Palma en el que todo el metraje está expuesto por objetivos controlados por los propios personajes, lo que nos hace pensar en que si el autor no va a ser fiel a este estilo cuál es el motivo que le ha hecho decidirse a narrar así su historia. Dicha elección nos hace pensar en que el cineasta ha utilizado esta puesta en escena para contar de una manera estéticamente diferente la historia de siempre con una alarmante arbitrariedad bastante gratuita.




Por otro lado hay constantes dentro de este tipo de proyectos que no hay que traicionar, como un metraje inferior a los 90 minutos (si se queda en no más de 75 mucho mejor) y narrar la historia en tiempo real, es decir una sola noche en el caso que nos ocupa. Porque el metraje que supera la hora y media y las elipsis narrativas repetitivas y cansinas en las que vemos bodas, partos o condecoraciones roban de una tacada el ritmo endiablado que debería tener el film y que dejaría al espectador supuestamente clavado en la butaca, hecho que no sucede en ningún momento de la película porque los personajes no nos interesan demasiado.




Tampoco ayuda el retrato de los dos roles principales, plano y simplista, que no nos deja lugar a dudas de que los dos protagonistas (sólido Jake Gyllenhaal y creíble Michael Peña) son dos jóvenes muy humanos (se nos machaca continuamente con escenas familiares que ambos comparten para enfatizar de manera cansina su "hermandad") íntegros y justos como agentes de la ley que nunca cruzan la línea de la legalidad. Esto no sería un porblema, hay muchos films en los que los policías son intachables y no dejan de poseer una calidad fuera de toda duda, como La Noches es Nuestra de James Gray, pero si a esto sumamos que por otro lado también los narcotraficantes de Sin Tregua son en todo momento malvados negros o hispanos que siempre tienen cara de mala hostia, hablan soltando palabras malsonantes sin decir nada y recorren las calles con la mandíbula apretada pues el maniqueismo se hace palpable.




Una oportunidad desperdiciada, un film sin interés que podía haber sido el thriller del año y que se queda en un proyecto muy fallido que fracasa en su intento por mezclar el realismo sensacionalista del programa televisivo americano Cops, el desencanto de la memorable Los Nuevos Centuriones de Richard Fleischer y el tono de cámara en mano y epidérmico naturalismo de, una vez más, The Shield, esa serie que David Ayer parece querer copiar en cada uno de sus nuevos proyectos y esa Ten salida de su mano que está por llegar protagonizada con Arnold Schwazenegger, Sam Worthington, Terrence Howard y medio reparto de Lost por desgracia parece seguir la misma y equivocada senda que sus predecesoras.



viernes, 7 de diciembre de 2012

Harold y Maude, ecos de vida



Título Original Harold and Maude (1971)
Director Hal Ashby
Guión Colin Higgins
Actores Ruth Gordon, Bud Cort, Vivian Pickles, Cyril Cusack, Charles Tyner, Ellen Geer, Tom Skerritt





Quiero que esta sea una crítica especial en el blog. Es más, aunque quisiera que no lo fuera no podría evitarlo. Harold y Maude, película del alabado pero no muy prolífico director Hal Ashby rodada en 1971 y muy venerada por la crítica. Es una cinta que he visto y no sería nada destacable el comentarla si no fuera porque cuando lo hice tenía 5 años y no pude olvidarla nunca No porque me causara impacto, aunque sí era consciente de que "no era normal", por mi temprana edad, pero sí porque posiblemente era la primera película adulta que veía íntegra. Lo más gracioso es que no he vuelto a ver ni una sola escena del film, pero puedo contarlo desde el principio hasta su inesperado final.




Harold es el hijo de una familia acomodada y su única afición es buscar todo tipo de maneras de fingir su propio suicido para terror de sus pobres progenitores. Un día, en un funeral, Harold conoce a Maude, una anciana que se adentra en los 80 años de edad con la que inicia una atípica y muy fraternal relación al darse cuenta ambos que han encontrado a su otra mitad. Él, un chico aburguesado que descubrirá en ella, antigua militante de izquierdas, ecologista y antigubermental; el amor y un motivo por el que luchar y cumplir el último sueño de su partenaire, morir el día que cumpla 80 años.




El próximo 14 de Diciembre cumpliré 30 años, de modo que hace 25 que vi Harold y Maude y es curioso que su recuerdo permanezca en mi memoria con más fuerza que otras películas que he visto hace uno o o dos. Como es lógico no puedo hacer una crítica muy ortodoxa, ya que los recuerdos que tengo de la cinta son muy anteriores a mi humilde formación como cinéfilo que no daría sus primeros pasos hasta que viera en 1994 la película Philadelphia de Jonathan Demme, el film que cambiaría mi manera de ver cine y que me haría interesarme por la creación del mismo. Como es lógico voy a llenar la entrada de spoilers sobre Harold y Maude, de modo que estáis avisados.




Los primeros momentos que me llamaron la atención fueron los de las dos performances de intento de suicido por parte de Harold, tanto la del ahorcamiento, recuerdo al chico hablar más tarde con voz ronca durante una comida familiar por culpa de la presión de la cuerda, como la de la bañera con la sangre. Lo más curioso es que las escenas no me parecieron fuertes y cuando al instante se descubría que eran falsos intentos por quitarse la vida ante el estupor de su madre hasta le vi la gracia a esas situaciones, señal inequívoca de mi futura demencia mental y pasión por la truculencia en todas sus vertientes, siempre dentro de la ficción.




La llegada de Maude se hacía notar (por eso posteriormente siempre que veía a Ruth Gordon en La Semilla del Diablo notaba una extraña sensación de familiaridad con la actriz, la recordaba lejánamente por la cinta que nos ocupa) me gustaba ver a una anciana tan vital, simpática y alocada en contraposición a la austeridad ferrea de Harold, que a pesar de llevar a cabo actos dignos de un perturbado no dejaba de ser un personaje seco y comedido. Recuerdo que entre las extravagancias de Maude estaba su pasión por el ecologismo y su obsesión por trasplantar un árbol de la ciudad al que le tenía especial aprecio en una zona de las afueras.




Me viene a la memoria que la idea de Maude de morir en el día que cumpliera 80 años me transmitía tristeza, no quería que esa viejecita, que le había enseñado a ese niño burgués querer exprimir la vida al máximo, despareciera en la historia del film porque ella era indudablemente el núcleo y razón de ser del mismo. No olvidaré nunca la imagen en la que transportaban el árbol camino del prado en el que iban a plantarlo para que fuera libre, según palabras de Maude. Pero si hay algo que no olvidaré nunca de Harold y Maude y que me pilló completamente por sorpresa fue su peculiar, y famoso, final. 




Maude fallece, Harold coge su coche y empieza a conducirlo a toda velocidad. Hasta con mi inocente lustro de edad me di cuenta de que el protagonista tenía intención de suicidarse. Efectivamente el muchacho se arroja por un precipicio con el auto que al impactar en el suelo explota, si mal no recuerdo. Era el clímax más esperable pero no el mejor, ni mucho menos. Pero no, Ashby nos tiene guardado un último as en la manga. Eso no es lo que ha ocurrido realmente, porque después de ese final ¿soñado? vemos a Harold en lo alto del acantilado con su banjo que empieza tocar dejando sonar una alegre melodía mientras se da la vuelta y marcha dando simpáticos saltos. Lo curioso es que ese cierre tan poco usual no sólo me pareció adecuado con el espíritu del film, también me dejó una sonrisa en la boca porque pensé que "es lo que querría Maude".




Al igual que con Patrickaunque el caso no es completamente idéntico, tardé años en dar con Harold y Maude. Durante mucho tiempo permaneció en mi mente como la película del chico suicida que se enamoraba de la anciana con alma de adolescente. No fue hasta tener internet que dí con el cartel de la película y supe por fin su título. Investigué un poco por la red, leí críticas, vi imágenes y sólo eso. Porque no pienso volver a ver nunca Harold y Maude, ni siquiera le he echado un vistazo al trailer que adjunto más arriba, me niego a que pierda ese aroma a experimentación vital en mi infancia, ese tono de extrañeza que me hizo descubrir que había otro tipo de cine distinto al de acción con el que me asediaba mi padre.




He oído bastantes opiniones favorables hacia ella y algunas que la tildan de ser un producto presuntuoso y pedante que no merece la fama que tiene. Muchos hablan de que atesora en su interior la ideología hippy, de la que el mismo Ashby era defensor, que es un canto a la inconformidad social y política y una obra que aboga por cierto tipo de revolución ideológica. Nunca lo sabré, porque ahora que tengo una personalidad formada como adulto me niego a ver Harold y Maude y catalagorla o clasificarla tanto en el plano cinematográfico como el moral. No quiero saber si ha envejecido mal, si su mensaje a día de hoy es ridículo o naif o si por el contrario permanece intacto o si está sobrevalorada en manera alguna. Prefiero que sea un lejano y agradable recuerdo de lo que en su momento fue y no la película revisionada que en pleno y descreído 2012 puede llegar a ser. Es un mundo extraño, mantengámoslo así.