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viernes, 6 de julio de 2018

Luke Cage: Temporada 2, hell up in Harlem



"Harlem no necesita un héroe, necesita una reina"




El pasado 24 de junio la plataforma de streaming Netflix subió a su catálogo la segunda temporada de Luke Cage, la serie producida junto a la división televisiva de Marvel Comics con la que están dando su visión de Power Man, el personaje creado por Roy Thomas, Archie Goodwin y John Romita Sr en el primer número de la colección Luke Cage: Hero For Hire allá por el lejano 1972. Lo hacen inspirándose en gran parte de su vida editorial, con Cheo Hodari Coker (Notorius) como showrunner y un reparto encabezado por Mike Colter (The Good Wife) dando vida al protagonista y secundarios como Simone Missick (Wayward Pines), Theo Rossi (Hijos de la Anarquía) o Alfre Woodard (12 Años de Esclavitud) en la piel de secundarios célebres de las viñetas como Misty Knight, Shades o Black Mariah respectivamente. El resultado fue un producto que intentó captar la iconicidad afroamericana de su contrapartida en papel y los ecos del subgénero blaxploitation que impulsaron su creación, pero de manera limpia, sin ningún afán autenticamente reivindicativo y con una impersonalidad más que notable inherente en este tipo de producciones. Durante su primera mitad le temporada funcionaba bastante bien, con un acertado perfil tanto de los héroes como de los villanos y un ritmo más o menos adecuado, pero en el momento en el que el soberbio Cornell “Cottonmouth” Stokes de Mahershala Ali desaparecía de la ecuación las decisiones erróneas de guión y las situaciones inverosímiles viniendo de la nada desmontaban la mayoría de aciertos planteados por los primeros siete episodios que, sin ser un dechado de virtudes, se veían con cierto agrado.




Esta nueva entrega de Luke Cage es desconcertante si la comparamos con la inmediatamente anterior. Es cierto que no cae en el fallo de la primera temporada, perder el rumbo una vez pasado su ecuador acumulando un disparate tras otro, y en ese sentido se revela como un producto más compacto, cohesionado, no tan dado a la irregularidad. El problema es que no consigue transmitir las buenas vibraciones de aquellos capítulos iniciales de la serie cuyo desarrollo era más dinámico y no tan repetitivo. Vaya por delante que estas deficiencias nacen porque esta tanda de episodios vuelve a caer en el mayor error de todas las series de Marvel Television y Netflix, su excesiva duración. Trece entregas de sesenta minutos de duración cada una se antojan un plato de difícil digestión, decisión equívoca que en otras producciones de este universo ficcional como Jessica Jones, Iron Fist o en la misma Luke Cage ya ofrecieron resultados poco remarcables y en la que han vuelto a caer los responsables de la división televisiva de la Casa de las Ideas para desconcierto de muchos. De esta manera el espectador, que consume este material en sesiones maratonianas al poder acceder a todo el material al mismo tiempo, acaba en muchas ocasiones agotado por una redundancia que se apodera de gran parte del metraje.




La segunda temporada de Luke Cage es continuista con respecto la primera y más allá de un par de menciones, o esas apariciones estelares en dos de sus episodios, casi no tiene referencias a The Defenders cuyos hechos serían los inmediatamente anteriores a los que aquí asistimos. De modo que tenemos de nuevo a Luke Cage, ahora convertido en el mediático héroe de Harlem, protagonizando vídeos virales sobre sus hazañas, y a Mariah Stokes, ahora Mariah Dillard, construyendo su imperio del crimen con la ayuda de Hernan “Shades” Alverez, actualmente su pareja. Mientras el protagonista reflexiona sobre su situación como justiciero local al que veneran las masas y su relación sentimental con Claire (Rosario Dawson) la aparición de Tilda Johnson (Gabrielle Dennis), hija de Mariah, y la irrupción John “Bushmaster” McIver (Mustafa Shakir), un criminal de origen jamaicano cuya misión es vencer a Luke, trastocarán el actual statu quo del famoso barrio neoyorquino. Con este argumento en el que se alternan varias subtramas que convergerán en una sola el equipo de guionistas comandado por Cheo Hodari Coker intenta mezclar distintas tonalidades y vertientes genéricas para enriquecer el microcosmos creado alrededor del protagonista añadiendo nuevos personajes y situaciones complicadas para que este deba afrontarlas desde una perspectiva en la que la psicología prevalezca sobre la fisicidad.




La trama principal se centra en la imagen y personalidad de Luke Cage como vigilante de Harlem, la dificultad de llevar esa responsabilidad sobre sus hombros y la predisposición a la corrupción a la que conlleva el poder. Mientras tanto Mariah Dillard lucha por mantener su imperio del crimen, con la ayuda de un Shades que tiene su propia agenda, y atraer a su hija Tilda para que forme parte del “negocio familiar”. Pero esta última está directamente vinculada con Bushmaster, recién llegado a Harlem para buscar venganza contra Mariah y derrocar a Luke como figura justiciera del famoso barrio. Todo esta material ofrece los suficientes alicientes para diseñar una temporada interesante y rica en matices, pero la ya citada excesiva duración, una inclinación por el subrayado y la inadecuada estructuración de la escritura a nivel global restan muchos puntos de interés al producto. Cheo Hodari Coker y su equipo de guionistas inciden demasiado en los temas que quieren tratar a lo largo del arco argumental en el que los encuadran, volviendo una y otra vez a unas situaciones repetitivas y miméticas que no transmiten una verdadera sensación de evolución o desarrollo en el devenir de acontecimientos. Todo esto da como resultado en varias ocasiones al hastío y el aburrimiento de cara a un espectador que asiste atónito a una inclinación por dar vueltas sobre unas mismas ideas que ya habían quedado claras previamente.




Con respecto al reparto tenemos luces y sombras. Algo que ya quedó claro en la primera temporada de Luke Cage es que Mike Colter está lejos de ser la mejor elección para dar vida a Power Man. El actor parece acometer su trabajo por puro compromiso, con una desgana que atraviesa la pantalla llegando a un espectador que suma esta poca profesionalidad al escaso carisma y la inexistente expresividad de la que hace gala un protagonista que, más allá de su aspecto físico, sigue sin estar a la altura de las circunstancias. Alfre Woodard es una actriz de sobrado talento y ya demostró en la anterior temporada que el papel de Black Mariah está hecho a su medida, pero en esta segunda transmite cierto desconcierto por abordar su criatura alternando una contención con la que ofrece algunos de sus mejores momentos con ciertos ramalazos de caricatura que perjudican su labor interpretativa. Su relación sentimental con Shades es una de las ideas menos creíbles y peor planteadas por los guionistas y aunque tiene su importancia en la evolución de los dos criminales el “romance tóxico” no resulta realista. Por otro lado Theo Rossi se esfuerza por dar vida a su rol, pero queda claro que lo del motero fuera de la ley en Sons Of Anarchy se le daba mucho mejor que componer a un gangster elegante de Harlem aquí. Simone Missick como una Misty Knight con cada vez más protagonismo, Gabrielle Dennis en la piel de esa Tilda Johnson a la que su madre quiere corromper y Rosario Dawson retomando a Claire para protagonizar algunos de los mejores pasajes emocionales completan el excelente reparto femenino de la serie.




Pero si en esta temporada debemos destacar un personaje ese es el Bushmaster de Mustafa Shakir. La contrapartida audiovisual de la creación de Chris Claremont y John Byrne confirma la idea ya asentada de que los villanos de las series de Marvel Television y Netflix son mejores que la mayoría de los que podemos encontrar en los largometrajes de Marvel Studios. John McIver es un hombre lleno de claroscuros, en ocasiones acercándose más a un perfil de antihéroe que al típico enemigo del encapuchado de turno. Busca venganza, pero tiene un inquebrantable código de honor, no es un criminal al uso, cuida de los suyos y se antoja todo un acierto ofrecerle un episodio a modo de flashback para conocer el origen de sus poderes y motivaciones buscando una empatía con la platea que cristaliza fácilmente. Mustafa Shakir, actor al que hemos podido ver en el remake de Shaft o la más reciente Brawl in the Cell Block 99, hace suyo a Bushmaster inyectándole carisma, personalidad y fuerza. Su físico rotundo, un acento indescifrable o la fiereza de su determinación hacen sus escenas de acción excelentes, su presencia capaz de eclipsar la de Luke Cage y yendo un poco más allá llegando a plantar la semilla de la duda con respecto a si no hubiera sido mucha mejor elección la suya para dar vida a Power Man que la de un Mike Colter barrido del mapa cada vez que comparte encuadre con él.




Después de una de las mejores muestras de lo que son capaces de hacer con Punisher y la notable mejoría de Jessica Jones los responsables de Marvel Television y Netflix nos ofrecen una poco destacable nueva entrega de Luke Cage. Como ya hemos mencionado supera algunas de las carencias de la primera temporada, ofrece tramas bien planteadas y cuenta con un reparto que, con sus más y sus menos, hace competentemente su trabajo, pero a pesar de todo ello sigue significando un paso en falso en este universo ficcional. En el proceso queda un villano bien construido, algunas secuencias de acción rescatables, personajes con cierta profundidad, buenas ideas dispersas con respecto a la fina línea que separa el bien del mal o una excelente banda sonora alternándose con un ritmo muchas veces mortecino, una notable cantidad de relleno, redundancia agotadora y una impersonalidad en la puesta en escena que podemos considerar un mal endémico en la mayoría de estas series que llevan a imagen real los personajes de corte más urbano de la Casa de las Ideas. Lo más inmediato será la segunda temporada de Iron Fist con la continuación de las correrías de Danny Rand protagonizadas por Finn Jones y más tarde la de Punisher con Jon Bernthal en la piel de Frank Castle. Mientras la primera no me transmite buenas vibraciones con respecto a salir del bache en el que ha caído Luke Cage tengo muchas más esperanzas depositadas en la segunda, pudiendo depararnos una pieza de mayor calidad



miércoles, 27 de septiembre de 2017

Luke Cage: Temporada 1, straight outta Harlem



"Tú eres a prueba de balas... pero Harlem no"




Cuarta entrega y tercera serie nacida del tándem Marvel/Netflix esta vez protagonizada por el personaje Luke Cage alias "Power Man" creado en el seno de la Casa de las Ideas a manos de los autores Archie Goodwin y John Romita Sr en 1972 y apareciendo por primera vez en su propia colección Luke Cage: Hero for Hire, algo poco usual en el mundo del cómic en el que la tónica habitual es que un superhéroe o villano antes de volar por libre, editorialmente hablando, suele pasar como secundario en otras series y si allí si su aceptación es buena pasa a ser protagonista de su propio material. Luke Cage fue la respuesta de Marvel a la fiebre blaxploitation que a principios de los 70 invadió el cine estadounidense con productos como Shaft, Foxy Brown, Coffy, El Padrino de Harlem e incluso variantes dentro del cine de terror como Blacula y aunque nació como un héroe afroamericano considerablemente coyuntural e hijo de su tiempo se hizo un hueco dentro de los gustos de los lectores llegando hasta nuestros días.




A diferencia de su contrapartida en viñetas el Luke Cage de Netflix sí tuvo su primera aparición en la temporada de una serie en la que él intervenía como personaje secundario, Jessica Jones. Allí se convertía en uno de los roles más relevantes de las correrías de la detective con superpoderes, primero como colaborador o amante y después como rival al descubrir que Jessica mató a su esposa cuando estaba bajo el influjo mental del villano Kilgrave. De este modo la primera temporada centrada en el alter ego de Power Man abandona el tono noir y detectivesco amalgamado con el matiz sobrenatural de Jessica Jones y se adentra en un microcosmos más acorde con la naturaleza y el origen del protagonista de este nuevo proyecto televisivo ofreciendo un resultado muy irregular que se divide en dos mitades. La más estimable tiene lugar durante la primera mitad de la temporada y la desastrosa se gesta durante la segunda, justo cuando acontece un hecho de vital importancia que más tarde mencionaremos en esta entrada que no estará libre de spoilers




Luke Cage fue planteada como serie de manera muy acertada con un punto de partida mucho más personal que el de sus predecesoras. Desde sus excelentes títulos de crédito el producto muestra sus cartas con un tono urbano y a pie de calle deudor del blaxpolitation pero arrancando de una tacada la incorrección política y la "mugre" que cimentó la fama de aquel subgénero, limando las aristas que pudieran incomodar a cierto sector de los espectadores. Luke Cage es abordado como un personaje de barrio, una representación quintaesencial del espíritu luchador de Harlem que deberá enfrentarse a las dos caras más peligrosas de la ciudad, el submundo del hampa  y la corrupción política, representados por el mafioso Cornell "Cottonmouth'" Stokes y su prima, la candidata a la alcaldía de Harlem Mariah Dillard respectivamente. Todo acariciado por música R&B, soul y hip hop, géneros a los que se rinde tributo a lo largo y ancho de la temporada, empezando por los mismos títulos de los episodios que están sacados de canciones del grupo Gang Starr,




Durante los seis primeros episodios, sin llegar a los niveles de excelencia de Daredevil, pero sí mostrándose más interesante como producto que Jessica Jones, Luke Cage funciona al 100%. Se crea un contexto espacial en el que el protagonista puede moverse a placer, tenemos dos villanos carismáticos, elegantes y bien perfilados, que en ocasiones consiguen eclipsar al héroe, hay química en la relación de este con Misty Knight, contamos con la barbería de Henry "Pop" Hunter como la localización en la que Luke tiene sus raíces, asitimos a flashbacks sobre el origen de los poderes del personaje con referencias directas a los cómics (esos brazaletes y la corona) que funcionan muy bien y el discurrir de los acontecimientos fluye con naturalidad. En resumidas cuentas, hasta ese momento Luke Cage "tiene flow". Pero en el episodio número siete algún guionista adicto al crack pasa todos los controles de calidad del showrunner Cheo Hodari Coker y decide tomar una decisión estúpida que no sólo entronca con lo que hasta ahora había sido la temporada, sino que tras hacerlo firma la sentencia de muerte de la misma.




En un estúpido arrebato de locura originado por un trauma de la adolescencia penósamente incluído y desarrollado Mariah Dillard mata a "Cottonmuth" y desde ese mismo momento excesivo y descontrolado las decisiones desacertadas, pueriles e insostenibles se apoderan de los guiones de la segunda mitad de la temporada y esta empieza a hundirse gradualmente. El personaje de Dillard se convierte en una caricatura exagerada e hiperbólica, la sutilidad con la que se abordaba la corrupción política por medio de su rol se vuelve obvia y simplista y la llegada de Willis "Diamondback" Stryker como nuevo villano y sus peregrinas intenciones para matar a Luke Cage nos hacen echar más de menos que nunca al mafioso interpretado por el oscarizado Mahershala Ali. Sirva como síntesis de lo ineficaz que son estos seis últimos episodios de la serie el hecho de que a lo largo de ellos es cuando Luke corre más peligro (las balas Judas de origen chitauri que usa Diamondback contra él están a punto de matarlo porque pueden atravesar su casi indestructible piel) pero el espectador recibe estos pasajes con una más que notable indiferencia




Por suerte hasta en sus horas más bajas el reparto de la serie salva los platos con su buen hacer. Mike Coulter tiene la imagen, la presencia y la voz, pero carece del carisma para dar vida a un Luke Cage que se quede grabado realmente en la retina del espectador, veremos si con el paso del tiempo mejora a la hora de abordar su labor. Alfre Woodard acomete su trabajo con la profesionalidad que se espera de ella, pero como previamente hemos comentado después de su "crimen pasional" pierde el control del personaje por lo mal abordado que está ya desde la escritura. La Misty Knight de Simone Missick es cercana, dura y sexy e interactúa de manera excelente con el Luke de Coulter y a ella se suman otro grupo de secundarios como el veterano Frankie Faison ofreciendo voz y cuerpo al entañable "Pop", Theo Rossi, muy alejado de su "Juice" de Sons of Anarchy, dando vida con seguridad al manipulador Hernan "Shades" Alvarez, Frank Whaley en el papel del detective corrupto Rafael Scarfe que le queda como un guante o la omnipresente Rosario Dawson que aquí también hace acto de presencia, posiblemente con más peso que en ninguna de sus otras intervenciones en las series Marvel/Netflix, en la piel de Claire Temple.




Pero evidentemente debemos hacemos mención especial al enorme Cornell "Cottonmouth'" Stokes que borda ese Mahershala Ali al que dentro de poco veremos en True Detective. El mafioso interpretado por el actor de Moonlight parace, salvando las lógicas distancias, salido de The Wire, la mítica serie de la HBO creada por David Simon y Ed Burns, por ser un dechado de elegancia y contención que desprende carisma hasta para reírse de sus rivales. Todo un acierto que su despacho esté presidido por la famosa foto del rapero The Notorius B.I.G tocado con una corona y a su vez los paralelismos que hay entre los dos personajes, el real y el de ficción, ya que "Cottonmouth" consiguió la fama siendo el mejor en su ramo y conoció una muerte prematura a manos de los daños colaterales derivados de su propio estilo de vida. Al otro lado de la balanza encontramos al Willis "Diamondback" Stryker de Erik LaRay Harvey, un villano caricaturesco y de pomposas frases lapidarias que se muestra de cara al espectador como la síntesis todo lo que no funciona en la segunda mitad de la serie protagonizada por el personaje creado por Archie Goodwin y John Romita Sr.




Luke Cage y su notoria irregularidad confirman que lo que había empezado como un oasis televisivo en el que los personajes menos famosos de Marvel Cómics pudieran formar parte de un microcosmos cohesionado y atractivo para que los amantes de los héroes más urbanos y menos pijameros de la Casa de las Ideas tuvieran su ración regular de producto de calidad no está siendo todo lo notable que quisiéramos. Habiendo visto ya los primeros cuatro episodios de Iron Fist (en breve habrá reseña de la primera temporada de la serie de Danny Rand en el blog) y a falta de ponerme con The Defenders puede decir que las dos únicas temporadas que me parecen brillantes de todo este conglomerado son las dos dedicadas a Daredevil, ya que todas las demás han demostrado debilidades que les quitaban solidez como los destacables productos de ficción que podían haber sido y por desgracia no son. Luke Cage sufre de ese mal y espero que en la segunda temporada sus autores exploten al 100% la excepcionalidad que el proyecto todavía atesora en su interior, siempre teniendo en cuenta la naturaleza comercial que le da forma, por supuesto.


lunes, 4 de marzo de 2013

Jackie Brown, el color del dinero



Título Original Jackie Brown (1997)
Director Quentin Tarantino
Guión Quentin Tarantino, basado en la novela de Elmore Leonard
Actores Pam Grier, Samuel L. Jackson, Robert De Niro, Robert Forster, Bridget Fonda, Michael Keaton, Michael Bowen, Chris Tucker, Lisa Gay Hamilton, Tommy 'Tiny' Lister, Sid Haig, Aimee Graham






Tras el rotundo éxito de crítica y público de Pulp Fiction en 1994, Quentin Tarantino estaba saboreando las mieles del éxito. Era el cineasta de moda, el adalid de la posmodernidad cinematográfica, el resucitador de actores olvidados, el profeta de la violencia explícita y el diálogo ingenioso, pero aunque participó como guionista y actor en films como Abierto Hasta el Amanecer de su amigo Robert Rodríguez y hasta en la dirección de un episodio de la serie Urgencias (E.R) tardó tres años en ponerse de nuevo detrás de las cámaras para llevar a cabo su tercer largometraje como director. La elección fue una adaptación de la novela Rum Punch, escrita por el norteamericano Elmore Leonard y el resultado se llamó Jackie Brown, que se estrenó en 1997.




Jackie Brown (Pam Grier) es una azafata de mediana edad que pasa dinero por la aduana para un mafioso llamado Ordell Robbie (Samuel L. Jackson). Un día en uno de sus viajes es interceptada por dos agentes de policía (Michael Keaton y Michael Bowen) que encuentran en su bolsa de viaje una considerable cantidad de dinero y cocaina. Los inspectores le proponen negociar con ellos para coger al verdadero pez gordo, su jefe. La decisión por parte de Jackie con respecto a traicionar o no a su superior, la aparición de un viejo colaborador de Ordell, Louis (Robert De Niro) que está siendo manipulado por Melanie (Bridet Fonda) una de las novias que mantiene el ya mencionado mafioso, la intervención de Max Cherry (Robert Forster), un fiador que se enamora de Jackie y la aparición de 500.000 dólares servirán como fichas de juego en un tablero en el que todos juegan con todos y nadie dice la verdad.




Cuando se estrenó Jackie Brown fue recibida con disparidad de opiniones por distintos sectores del público. Unos se encontraban decepcionados por no encontrar en ella una continuación de Pulp Fiction, un thriller mafioso frenético, violento y directo a la mandíbula. Otros se enamoraron de la película justo por ser mucho más contenida que los dos anteriores trabajos de Tarantino, por centrarse más en los personajes y el desarrollo argumental de la trama. La tercera vía (a la que se adscribe un servidor) pensaba que aunque era  diferente de lo rodado previamente por el cineasta de Knoxville no dejaba de ser un producto 100% nacido de su impronta, una criatura de su propiedad aunque, como bien comentaré más adelante, tomando como base una novela ajena y en parte el estilo del autor que la escribió.




Con su tercera película Quentin Tarantino saldaba una deuda con uno de los subgéneros cinematográficos con los que se crió, el blaxploitation. Esta ola de films norteamericanos tuvo su apogeo en los años 70 y se trataba de un tipo de cine hecho por y para negros (aunque uno de sus directores más célebres, Jack Hill, curiosamente era caucásico) en el que los mismos reivindicaban sus derechos como raza a golpe de pólvora y puñetazo. Films como Shaft, Coffy, del ya mencionado Hill, Mama Negra, Mama Blanca de Eddie Romero o la primigenia Sweet Sweetback's Baadasssss Song de Melvin Van Peebles fueron el estandarte de este movimiento que tuvo sus coqueteos con otros géneros alejados del noir y la acción, no hay más que ver divertidos subproductos como Blacula, de William Crain y su secuela.




Desde el estreno de su última película, Django Unchained, está naciendo entre la prensa especializada una idea sobre Tarantino que un servidor no comparte. Se ha llegado a mencionar que el director de Reservoir Dogs en ocasiones se ríe de los referentes cinematográficos a los que rinde tributo y hace mofa de ellos. Desde el punto de vista del que suscribe esto es incierto, que Tarantino quiera hacer la mejor película dentro de cada uno de los géneros en los que se embarca (el blaxploitation, el terror, las artes marciales, el western) no significa, ni mucho menos, que esté mirando por encima del hombro a esas producciones, sino que su ego como autor le incita a crear la mejor muestra de ese tipo de cine, pero más por amor a esas constantes cinematográficos que tanto idolatra que por ser condescendiente con ellas.




Por eso, sí, podemos decir que Jackie Brown es no sólo el mejor homenaje que se ha realizado en la historia del cine al blaxploitation, también la mejor obra nacida dentro de eso género, pero con varios matices. Más que nada porque aunque la tercera cinta de Tarantino se refleja en aquel movimiento cinematográfico también toma como base una novela noir de corte clásico ideada por Elmore Leonard. De modo que lo que tenemos es un mix que une constantes argumentales y estilísticas del cine exploit ideado por negros y referencias a obras de esos Franciso Ford Coppola o Martin Scorsese que tendieron en los 70 un puente entre el clasicismo y el nuevo cine americano, pero siempre sin olvidarnos de la ya mencionada Rum Punch en la que se basa el film.




Pam Grier, estandarte del cine blaxploitation de los 70 con obras como Foxy Brown (título al que se homenajea explícitamente con el de la obra que nos ocupa) o Coffy, es la protagonista de Jackie Brown y el film está ideado alrededor de su peso como actriz e icono generacional. Desde los soberbios títulos de crédito Tarantino ya está metiendo referencias a ese tipo de cine, presentando a su "musa" al estilo de los largometrajes que protagonizó en aquella época y envuelta en la canción Across the 110th Street, tema perteneciente a la película homónima. En el reparto se dejan ver secundarios que forjaron sus carreras en esos trabajos de serie B como Sid Haig (compañero de Grier en muchos de sus éxitos y actual actor fetiche de Rob Zombie) y en la banda sonora suenan impresionantes temas soul propios de la época y que acompañaban a aquellos largometrajes.




Pero Tarantino no se deja llevar por el exceso rocambolesco y la crudeza urbana de aquel género y prefiere medir milimétricamente su guión, utilizar un reparto de primera fila y rodar con un pulso y una contención impropia en su carrera como cineasta hasta ese momento. Porque al igual que la novela de Elmore Leonard en la que se basa, Jackie Brown es una obra de personajes, los mismo definen, desarrollan y finiquitan la historia que se nos está narrando, son expuestos en pantalla con un realismo palpable propio del Tarantino de aquella época y en los diálogos, interacciones personales de los protagonistas y sus rencillas o traiciones está lo mejor del tercer largometraje del guionista de Amor a Quemarropa (True Romance), en el que no importa tanto el final como el trayecto recorrido por las criaturas que pueblan la película.




La elección del reparto es, como siempre en Tarantino, ejemplar. Pam Grier es retratada por el director con reverencialidad y mucho respeto, se nota que es una de sus ídolos de adolescendia, consigue sacar lo mejor de ella y mostrarla como una mujer madura elegante (mucho se juega con la estética del personaje a lo largo del film adecuándose al estado de ánimo y las intenciones del rol) y con la suficiente personalidad como para enfrentarse (y manipular) a todo tipo de hombres que tratan de hacerle la existencia imposible. Algo parecido sucede con Robert Forster, actor forjado en la serie B (sobre todo de terror) durante los 60 y 70 y que aquí llena de sincera humanidad al Max Cherry al que da vida y que se enamora perdidamente de Jackie, formando ambos una historia de amor con ecos de segundas oportunidades y vivencias desperdiciadas que son lo mejor de la velada.




Robert De Niro interpreta a Louis Gara, un ex convicto que ha pasado 4 años en prisión y que a sus 50 pasados debe intentar volver al mundo real y servir como funcional gangster en una California en la que se siento desubicado. Este fue uno de los últimos grandes papeles del protagonista de Casino antes de caer en decadencia y como siempre en sus trabajos de calidad el italoamericano engrandece el personaje escrito en papel por medio de detalles, gestos, miradas perdidas o actos que le da mucha más entidad a su criatura que la que tiene inicialmente en el guión y que se va acentuando y recrudeciendo a lo largo del metraje. Aunque sus mejores momentos en pantalla los tiene con Melanie, el rol de una inspiradísima y sexy Bridget Fonda, una fumada (enorme su mirada colocada con los ojos abiertos como platos cuando habla con Louis de timar Ordell Robbie) chica surfer que vive de los hombres y que le incita continuamente a engañar a su jefe, interpretado por Samuel L. Jackson.




Finalmente con el rol de Samuel L. Jackson hablamos del, con diferencia, mejor personaje de Jackie Brown. El Ordell Robbie al que da vida el actor de Fiebre Salvaje (Jungle Fever) podría ser visto como una evolución del Jules Winfield de Pulp Fiction, como si aquel matón de encargo hubiera subido escalafones dentro del submundo del hampa para convertirse en un chulo traficante de armas que sabe controlar a todos sus subordinados y que no duda en atajar de raíz los problemas (en forma de colaboradores o competencia) que les puedan causar otras personas. La naturalidad, la altanería, la elegancia y la amenazante cercanía con la que el actor de Django Unchained teje su personaje confirma lo que todos sabemos, que es uno de los mejores intérpretes de su generación (llega a comerse con patatas en un par de ocasiones al mismo De Niro) y que nadie recita con más convicción y profesionalidad los diálogos de Tarantino.




Entre los secundarios tenemos a un acertado Michael Keaton como Ray Nicolette, agente de la ATF (personaje que el mismo protagonista de Bitelchus repetiría en la muy rescatable Out of Shigt de Steven Soderbergh, cinta también basada en un libro de Elmore Leonard), que entraría poco después en una época de barbecho profesional de la que parece que saldrá con todas las letras haciendo de villano en el remake de Robocop que prepara el carioca Jose Padilha, y un convincente Michael Bowen como Mark Dargus, compañero de Nicollette, actor que repetiría posteriormente con Tarantino en Kill Bill, como el enfermero que abusaba del personaje de Una Thurman cuando estaba en coma. También aparecen en intervenciones breves un Chris Tucker menos abofeteable de lo normal (aunque su estridente voz sigue quemando tímpanos) el ya mencionado Sid Haig como el juez que firma la sentencia de Jackie Brown y Tommy "Tiny" Lister (El Caballero Oscuro) como Winston, el ayudante de Max Cherry.




Jackie Brown posiblemente contenga el guión más sólido de la carrera de su creador, en él se aúnan las dotes de narrador virtuoso del director, la sólida maestría como novelista de Leonard y en un momento dado ambos autores se fusionan cuando los hechos del intercambio del dinero se nos muestran desde tres puntos de vista distintos, ya que en dicho pasaje se ve el clásico estilo del control de las set pieces y el tempo narrativo deconstruido de Tarantino, pero paradójicamente el mismo viene de la novela original del autor de Touch o 3:10 to Yuma, de modo que este acierto argumental pertenece al 50% a cada uno de ellos. El director de Death Proof se toma su tiempo para contar su historia, ya que al igual que el David Simon de la serie The Wire no le importa demasiado el espectador medio a la hora de dar forma a su largometraje y gracias a ello perfila personajes inolvidables y momentos que se encuentran entre los de más hondura dentro de la filmografía de su autor.




Tarantino realiza un trabajo magistral en la dirección, se nota que en 1997 y tras el éxito de Pulp Fiction estaba mucho más seguro de su conocimiento del lenguaje cinematográfico. Dentro del apartado técnico en Jackie Brown pueden encontrarse situaciones que están entre lo mejor de su carrera. La conversación sobre armas de fuego de Ordell y Louis mientras ven el vídeo de Chicks Who Love Guns, cuando Nicolette y Dargus interceptan e interrogan a Jackie, todo el pasaje de Beaumont con plano secuencia en grúa incluido que homenajea tanto al Orson Welles de Sed de Mal (Touch of Evil) como al Sergio Leone de Hasta que Llegó su Hora (Once Upon a Time in the West), el uso del split screen depalmiano en la secuencia en la que Ordell vista a Jackie en su casa y sobre todo la última conversación de los personajes de De Niro y Jackson en la furgoneta, que es una escena para estudiar en las escuelas de cine por su contención, in crescendo de la tensión, trabajo actoral, montaje y colocación de cámara. El momento en el que Ordell cierra los ojos para pensar cual va a ser su próximo movimiento mientras Tarantino acerca la cámara a su rostro es uno de esos momentos de oro en celuloide que justifican que el cineasta esté encantado de conocerse.




Aunque en su momento dejó descolocado a más de un espectador y sobre todo a varios de los fans de Tarantino, Jackie Brown está ganando con el tiempo el lugar que merece en la filmografía de su autor. La de un film que es 100% tarantiniano, conteniendo en su interior todas las resoluciones formales y narrativas de su creador, pero que por primera vez adaptaba con mucho acierto material ajeno, e esta ocasión de corte literario. Supuso su primer homenaje al movimiento blaxploitation (el segundo fue Django Desencadenado) y uno de los trabajos más sólidos de una década de los 90 llena de films de género espídicos, duros y desatados a los que, como obra superior a ellos, podía mira por encima del hombro sin despeinarse un sólo pelo de su melena afro. 




La tercera cinta de Tarantino supuso un punto de inflexión en su carrera, ya que su discurso se hiperbolizaría y exageraría (o evolucionaría, según quien lo diga) con su siguiente trabajo, el sobresaliente díptico Kill Bill. A partir del film protagonizado por Uma Thurman otro director aparecería ante nosotros, más dado al esteticismo, a la violencia desatada y a los personajes, sí, carismáticos, inolvidables, pero menos cercanos y realistas (un Ordell Robbie podría exisitir en la realidad, una O-Ren Ishii más dificilmente). No me quejo del Tarantino de Inglorious Basterds o Dajngo Unchained, es más, lo adoro, pero me quedo con el de sus tres primeros films. Aquel que me descubrió el séptimo arte y que me incitó a comprarme Jackie Brown en VHS allá por 1998 y verla cientos de veces mientras el resto del mundo hacía lo propio con Titanic de James Cameron. No cambiaría aquella época y esas experiencias por nada del mundo, bueno, sólo por medio millón de dólares en una bolsa de supermercado.