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miércoles, 31 de marzo de 2021

Happy! Temporada 2, pascua de insurrección

 



- ¡Sax, deja de matar gente!
- Venga, Mer, que son nazis




Como era de esperar y aunque por ahora no tiene muchos vínculos directos con él era inevitable que habláramos en este mes dedicado a Grant Morrison del medio audiovisual, principalmente de series, en el que empieza a abrirse camino con adaptaciones de sus obras que por ahora no son muchas, pero poco a poco van aumentando en número gracias a los avispados productores, guionistas y directores que deciden llevarlas a imagen real. La primera de esas dos entradas, de las que se encargará un servidor, estará dedicada a la segunda temporada de Happy! la serie de la plataforma Syfy, con derechos de emisión por parte de Netflix, creada por el guionista y cineasta Brian Taylor (Crank, Gamer, Ghost Rider: Espíritu de Venganza) en colaboración con Grant Morrison, que ejerce también como showrunner. Como recordamos en su momento, y para ello tenéis dos reseñas que hablan sobre ella, Happy! fue una miniserie de cuatro números publicada por Image Comics en 2012 con Grant Morrison a los guiones y Darick Robetson (The Boys, Transmetropolitan) a los lápices. En ella el ex policía reconvertido en asesino a sueldo, Nick Sax, comienza a ver a un pequeño unicornio alado de color azul después de sufrir un infarto. Dicha criatura nació como el amigo imaginario de Haley, una niña secuestrada por un brutal homicida disfrazado de Santa Claus al que Sax se verá obligado a eliminar si quiere salvar la vida de la pequeña cría.





La primera tanda de ocho episodios de Happy! adaptaba, de manera más o menos fiel, el cómic que le servía de inspiración, pero añadía mucho material de cosecha propia por parte de Brian Taylor y Grant Morrison, lo que daba como resultado una primera mitad de temporada muy potente y otra en la que estos añadidos no hacían más que apelar al subrayado y la redundancia, dispersando en demasía la narración. Con todo y siempre afirmando que un reparto en el que actores ejerciendo una labor meritoria como Lili Mirojnick, Ritchie Coster, Patrick Fischler o Bryce Lorenzo quedaban ensombrecidos por el mejor hallazgo de la serie, un Christopher Meloni superlativo inyectando una carismática vis cómicas a Nick Sax que brillaba por su ausencia en las viñetas, La Happy! de Syfy se revelaba como un producto cafre, alocado y muy macarra que funcionaba notablemente bien. El problema es que la segunda temporada sufrió lo que un servidor llama “el mal de Juego de Tronos“, afección que explicaremos a continuación.




Hace un momento mencionábamos que las subtramas ideadas por Taylor y Morrison para la primera temporada eran las menos consistentes y más dispersas, en definitiva las que hacían restar puntos al conjunto de la obra. Pues en esta segunda entrega de diez capítulos esta carencia devora gran parte de lo planteado por la historia debido a que ya no hay cómic que adaptar y todo lo que vemos en pantalla nace de la mente del particular dúo de showrunners. De esta manera en la segunda temporada de Happy! impera mayoritariamente un caos narrativo incapaz de construir un esqueleto argumental coherente, ya que el equipo de guionistas encargado de desarrollar el devenir de acontecimientos no está a la altura intentando domar el caballo desbocado que suponen los diez episodios que cierran la serie. Alguien podría pensar que entre la tendencia a la demencia visual propia del cine de Brian Taylor y la lisergia conceptual de algunas obras de Grant Morrison que la anarquía imperara en esta nueva aventura de Nick Sax sería lo lógico, pero eso es algo que sí funcionaba en la temporada 1, aquí la escritura desemboca en un proyecto irregular bordeante en lo fallido.




Pero es ineludible que también podemos encontrar en esta segunda temporada momentos de puro genio en los que Morrison y Taylor aprovechan esa predisposición a lo cafre y desprejuiciado para escribir y ejecutar visualmente pasajes memorables. El primer episodio se pone a sí mismo el listón demasiado alto con una pletórica secuencia en la que vemos a un grupo de monjas en modo kamikaze volar por los aires en las calles de New York mientras suena de fondo el tema Dominique, de Sor Sonrisa, a todo volumen. Un prólogo que sintetiza el tono de humor negro y salvajismo que destilarán el resto de episodios dentro de una serie que puede callar más de una boca a aquellos que se quejan de la actual “corrección política” como principal impedimento para que se facturen productos semejantes al que nos ocupa. La matanza en el asilo de ancianos con Nick Sax y Meredith McCarty reventando cabezas de nazis de mierda, la pelea del personaje de Christopher Meloni con los presos fugados de la cárcel con esos desopilantes congelados de imagen, Ann Margret como Bebe Debarge, la orgía en el hospital o ese Jeff Goldblum poniendo voz a Dio caen del lado de aciertos del programa.




El problema, como ya apuntábamos anteriormente, es que todo lo relacionado con el programa especial de pascua de Sonny Shine y el chantaje que precede a este con el tema de la cinta de vídeo que haría las delicias culinarias de Armie Hammer, la posesión de Francisco “Blue” Scaramucci por parte de Orcus dentro en la cárcel, la relación de Happy con el resto de amigos imaginarios desembocando en su relación emocional/sexual con Little Bo Peep o la aparición del mismo Christopher Meloni interpretando a su madre menoscaban un producto que debería centrarse más en la relación del protagonista con el personaje que da título a la serie. Por otro lado la inclusión total de la temática sobrenatural en la historia no funciona en un producto que nació como un relato noir hasta arriba de metanfetaminas con puntuales pinceladas de fantasía, principalmente relacionadas con la presencia de Happy, pero al que la inclusión de monstruosidades deformes y deidades centenarias capaces de tomar a personas como huéspedes no le hacen ningún bien. Por desgracia todo este desaguisado de arbitrariedades argumentales entroncan con los ya citados momentos remarcables del proyecto y dan como resultado una temporada que en su mayor parte peca de sobrecargada, farragosa y en ocasiones hasta aburrida, algo imperdonable a un divertimento como el expuesto por Taylor y Morrison.





Por suerte hasta las situaciones más inverosímiles y de menos calidad de la temporada son acometidas por un reparto que sabe entregarse al desenfreno exigido por un producto de esta naturaleza. Un gran Ritchie Coster como Blue/Orcus, un insoportable Christopher Fitzgerald poniendo voz y peculiar físico a Sonny Shine, una prometedora Bryce Lorenzo en la piel de Haley Hensen, Medina Senghore (de)construyendo una alucinada Amanda Hansen o el carisma destilado por la Meredith McCarthy Lili Mirojnick dan empaque a un apartado artístico al que poco reproche podemos hacer. Pero una vez más el el Nick Sax de un desatadísimo Cristopher Meloni el que se roba la velada basa de violencia explícita, diálogos espetados contra el espectador y unos excesos impropios de los personajes a los que interpretó en años ulteriores. Con respecto al actor de Ley y Orden es necesario mencionar la brutal química que comparte con el Happy con voz de un entrañable Patton Oswald y sobre todo con el Smoothie de un magnífico y grimoso Patrick Fkischer, ya que ver a protagonista y villano alegrarse tanto de verse el uno al otro para torturarse mutuamente hasta lo inhumano pareciera una visión paródica de la relación de los personajes principales de aquella obra maestra suercoreana titulada Encontré al Diablo (Kim Jee-woon, 2010).




“La segunda temporada ya está confirmada y ahora veremos que hacen Brian Taylor y Grant Morrison sin material para inspirarse con una idea que no aparenta poder dar mucho más de sí.” Con estas palabras cerraba un servidor hace poco más de tres años la reseña de la primera temporada de Happy! y desgraciadamente la profecía se ha cumplido de principio a fin. No sólo porque se confirma que al no tener como base el cómic para construir la segunda temporada el resultado ha sido mucho menos satisfactorio, sino porque los productores de Syfy después de ver el resultado decidieron no renovar la serie y dejar a Brian Taylor y Grant Morrison si ese juguete con el que, no lo dudemos, se lo estaban pasando muy bien, a veces incluso más que los espectadores. Por suerte en este breve trayecto nos queda una primera temporada muy digna y una segunda inferior y renqueante, pero con algunos momentos para el recuerdo. Afortunadamente aquí no se quedan los coqueteos de Grant Morrison con la ficción televisiva, ya que Doom Patrol adapta su etapa con los personajes de creados por Arnold Drake, Bob Haney o Bruno Premiani, también se ha embarcado en una adaptación de Un Mundo Feliz (Brave New World, Aldous Huxley, 1932), de nuevo con Brian Taylor, que ya cuenta con una temporada y tenemos hasta tres películas animadas inspiradas en sus trabajo en DC Cómics.



Doom Patrol Temporada 2, when you wish upon a star, your dreams come true.



"Las causas perdidas no lo son del todo si alguien lucha por ellas"




Aunque pasó bastante desapercibida, incluso dentro del tipo de ficción al que se adscribe, la primera temporada de Doom Patrol se convirtió en una de las mejores series del año 2019, no ya dentro de las producciones audiovisuales dedicadas a adaptar los personajes de cómics a imagen real, sino dentro de cualquier género que pudiera cultivarse dentro del medio televisivo o las plataformas digitales de pago por visión. Nacida como spin off derivado de la serie Titans, Doom Patrol llegó a DC Universe, para más tarde pasar a HBO, como una adaptación bastante fiel de la gloriosa y renovadora etapa de los personajes escrita por Grant Morrison y dibujada por Richard Case a finales de los 80. Como recordamos, por aquel entonces los personajes creados por los guionistas Bob Haney y Arnold Drake, acompañados del dibujante Bruno Preamini, en junio de 1963 dentro de las páginas de My Greatest Adventure #80 vivían las horas de popularidad más bajas de su vida editorial. Pero Morrison y Chase insuflaron nueva vida a base de imaginación desbordada, surrealismo y metalenguaje.




Esta época de la Patrulla Condenada que a día de hoy sigue siendo una de las mejores de la historia de DC Comics, y posteriormente el sello Vertigo, fue la elegida por Jeremy Carver, creador y showrunner de la serie, con el respaldo de los productores Greg Berlanti y Geoff Johns o Sarah Schechter. En el apartado artístico encontrábamos a Timothy Dalton (Niles Culder/el Jefe), Diane Guerrero (Crazy Jane y sus otras 64 personalidades) April Bowlby (Elasti-Girl/Rita Farr) Joivan Wade (Cyborg/Victor Stone) y dos casos curiosos como los de Brendan Fraser (Cliff Steele y voz de Robotman) y Matt Bomer (Larry Trainor y voz de Negative Man) que junto a Riley Shanahan y Matthew Suk, los actores que realmente los interpretan cuando llevan puestos sus atuendos, daban forma a dichos personajes. A ellos se sumaba Alan Tudyk (Mr. Nobody/Eric Morden), dando vida, no sólo al villano principal de la temporada, sino también al demiúrgico narrador de la historia planteada.




El resultado no sólo fue, como ya hemos apuntado previamente, una adaptación notablemente respetuosa con los cómics diseñados por Grant Morrison y Richard Case, sino una de las series más originales, atípicas, divertidas, alocadas y emotivas de la ficción reciente y la, con mucha diferencia, mejor producción adscrita a DC Entertainment, independientemente de si su origen es cinematográfico, televisivo o de pago por visión. El acabado visual de todos y cada uno de los episodios, la mezcla entre carisma, ternura, tragedia y humor negro de un reparto en estado de gracia interpretando a personajes tridimensionales con los que era imposible no empatizar; el divertidísimo uso del metalenguaje y la intertextualidad por parte del villano interpretado por Alan Tudyk o la aparición de míticos secundarios de las viñetas como Flex Mentallo, Danny, la Calle o el Cazador de Barbas convirtieron la primera temporada de Doom Patrol en un logro mayúsculo que mereció un mayor reconocimiento debido a su trascendente amalgama entre entretenimiento bizarro y emotividad perfectamente conjugada.




Por suerte esos primeros quince episodios funcionaron lo suficientemente bien como para que Warner Bros diera continuidad al show con una segunda temporada que debutaría paralelamente en DC Universe y una por aquel entonces recién nacida HBO Max. El 25 de julio de 2020 llegaba esta nueva entrega de Doom Patrol y lo hacía con una importante incorporación en su reparto, la de Abigail Shapiro como Dorothy Spinner, rol que sólo apareció, sin mostrar su rostro, en el último episodio de la primera temporada. Este personaje se convierte en el epicentro de la los diez episodios que configuran este nuevo gran arco de la serie creada por Jeremy Carver, ya que gran parte de la trama gira en torno a sus enormes poderes y las desastrosas consecuencias a las que puede dar lugar cada vez que “pide un deseo” y permite a sus amigos imaginarios tomar forma corpórea en nuestra realidad. Dicha situación es alumbrada por primera vez en el flashback de 1927 centrado en la pequeña niña con facciones simiescas en el que es adoptada por Niles Culder después de dar rienda suelta de manera involuntaria a una masacre en la carpa del circo en el que era brutalmente expuesta y maltratada por su dueño.




Pero afortunadamente el interesante perfil psicológico de los personajes en el que más que superhéroes son retratados como marginados con notables problemas psicológicos derivados de pasajes traumáticos pertenecientes su pasado, algo que ya estaba en la visión que de ellos dio Grant Morrison en su ya citada etapa, siguen imperando en las distintas tramas de esta temporada. Crazy Jane y la crisis relacionada con sus distintas personalidades, Robotman y Negative Man persiguiendo su pasado familiar, Elasti-Girl intentando controlar sus poderes y recuperar su vida como estrella cinematográfica, Cyborg comenzando una relación sentimental con su compañera de terapia y el Jefe intentando contener el peligroso don de su hija muestran un abanico de diferentes dilemas morales y afectivos con el que Doom Patrol se sigue confirmando como una de las series actuales con una mejor galería de protagonistas que a pesar de su naturaleza extraña y poco común consiguen empatizar con un espectador que lo tiene muy fácil para conectar con los problemas, muy humanos, de estos siete personajes a los que se suma Dorothy como nueva incorporación.




Precisamente es la incorporación al cast de Abigail Shapiro como Dorothy el mayor acierto de esta segunda temporada. La hermana de Milly Shapiro (Hereditary) captura de manera brillante la mezcla entre ternura, tragedia y terror que transmitía el personaje en los cómics de Doom Patrol en general y en la etapa de Morrison y Case en particular. Su lenguaje corporal, voz cándida y el buen hacer de los sencillos efectos de maquillaje conjuran un personaje del que es imposible no enamorarse y que la pequeña actriz acomete con una convicción y profesionalidad impropia de una niña de su edad con pocos trabajos interpretativos a sus espaldas. A Shapiro le acompaña un equipo artístico que ya en la primera temporada demostraron haber sido elegidos por la divina providencia para dar vida a sus papeles y que en esta nueva entrega consiguen desarrollar y llenar de matices haciéndolos sobresalir con respecto a cualquier otro personaje de DC Comics extrapolado al medio audiovisual. Lo único que se echa de menos es al Mr. Nobody de un inconmensurable Alan Tudyk que, esperemos, pueda volver como villano en alguna de las próximas, esperemos que muchas, temporadas de la serie, ya que la aparición puntual de villanos como Red Jack son agradables, pero saben a poco.




Aunque se pierde el factor sorpresa y el uso delirante y genuino del metalenguaje aportado por el villano interpretado por el Hoban “Wash” Washburne de Firefly y Serenity con respecto a la primera temporada, la segunda parte de Doom Patrol sigue siendo un producto que, como ya apuntamos al inicio de esta entrada, trasciende las adaptaciones de personajes de cómics a imagen real para consolidarse como una de las mejores series actuales, algo que sintetiza de manera impecable el maravilloso episodio Sex Patrol, una genuina oda a la diversidad y la inclusividad. Afortunadamente su paso a HBO Max resultó un gran éxito, convirtiéndose en una de las producciones propias más vistas de la plataforma de pago por visión, de manera que en el DC FanDome de septiembre de 2020 se confirmó su renovación por una tercera temporada que llegará a nuestras pantallas en algún momento, todavía sin especificar, del presente año. Aunque no tiene una vinculación directa con la serie es muy de agradecer que un proyecto tan remarcable como Doom Patrol haya sido construido por sus máximos responsables en base a los geniales e inteligentes planteamientos argumentales que Grant Morrison desplegó a lo largo de los tres años que permaneció en la colección con el respaldo de Richard Case a los lápices. Por suerte nos queda Grant Morrison para rato en la ficción audiovisual.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Doom Patrol Temporada 1, we're a happy family



"¿Listo para un cuento de superhéroes? Más superhéroes en la tele, lo que el mundo necesita. En serio ¿No os habéis ahorcado todavía?. Pero, ¿y si os dijera que esta es, en realidad, una historia sobre superdonnadies?. Inútiles cagarrutas metahumanas tan patéticas que duele. ¿Entonces qué? ¿Listos para sentiros mejor por vuestras miserables vidas durante casi una hora?. Pues seguidme...".
"



A finales de los 80 la Doom Patrol, Patrulla Condenada en España, era un grupo de personajes con casi treinta años de vida a sus espaldas que languidecía por culpa del olvido y las bajas ventas. La alineación original del grupo la habían creado los guionistas Bob Haney y Arnold Drake, acompañados del dibujante Bruno Preamini, en junio de 1963 dentro de las páginas de My Greatest Adventure #80 y, como ya hemos apuntado, en las postrimerías de la década en la que los cardados y las hombreras campaban a sus anchas vivían, posiblemente, su peor época. Como suelen hacer las grandes editoriales con personajes caídos en desgracia antes de tirar la toalla en DC Comics decidieron ofrecer la colección a un nuevo talento que comenzaba a despuntar. El escocés Grant Morrison venía de facturar dos enormes éxitos como fueron Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth y su etapa en la colección Animal Man a la que también había insuflado nueva vida mediante imaginación desbordada y metalenguaje. Suponemos que sus memorables números al mando de la colección protagonizada por Buddy Baker sirvieron como credenciales para que la cúpula de DC le ofreciera la serie de la Patrulla Condenada y, como todos sabemos, la elección no pudo ser más acertada. El autor de Glasgow formó tándem con el ilustrador estadounidense Richard Case y ambos crearon, no sólo la mejor etapa de dichos personajes, sino uno de los mejores trabajos de la historia reciente de DC Comics mediante una poderosa deconstrucción narrativa, un diseño de personajes impecable y lisergia en cantidades industriales de cara a un lector no dando crédito a lo que estaba leyendo.




Adaptar para la pantalla grande o pequeña las aventuras de la Doom Patrol se llevaba rumoreando dese hacía años. Pero después de la controversia despertada por el DCEU, y su imposibilidad de construir un microcosmos ficcional consistente, la simple idea de trasladar a imagen real unos personajes tan ajenos al público generalista se antojaba prácticamente imposible. Por suerte la llegada de la plataforma de streaming DC Universe permitió a Warner Bros y DC Entertainment diseñar series con las que abordar la vida editorial de muchos de sus superhéroes que no encontraban lugar en las multisalas. Titans fue el buque insignia de DC Universe y aunque fue recibida con disparidad de opiniones casi todo el mundo estuvo de acuerdo en que uno de sus mejores episodios era el cuarto, precisamente el titulado Doom Patrol y en el que eran presentados dichos personajes. Suponemos que la aparición de los mismos debió convencer en grado sumo a los productores, porque poco tardó en confirmarse que protagonizarían su propia serie a modo de spin off.




Doom Patrol llegó a DC Universe el pasado mes de febrero y en nuestro país la podemos ver en la plataforma HBO España desde junio. Dentro de su producción están implicados los omnipresentes Greg Berlanti y Geoff Johns o Sarah Schechter y Jeremy Carver, este último ejerciendo de showrunner y principal responsable del programa. En el reparto tenemos a Timothy Dalton (Niles Culder/el Jefe), Diane Guerrero (Jane y sus otras 64 personalidades) April Bowlby (Elasti-Girl/Rita Farr) Joivan Wade (Cyborg/Victor Stone) y dos casos curiosos como los de Brendan Fraser (Cliff Steele y voz de Robotman) y Matt Bomer (Larry Trainor y voz de Negative Man) que junto a Riley Shanahan y Matthew Suk, los actores que realmente los interpretan cuando llevan puestos sus atuendos, dan forma a dichos personajes. A ellos se suma Alan Tudyk (Mr. Nobody/Eric Morden), dando vida, no sólo al villano principal de la temporada, sino también a su demiúrgico narrador, al que volveremos un poco más tarde para hablar de algunas de las mejores virtudes de esta Doom Patrol, para el que suscribe la, posiblemente, mejor serie de lo que llevamos de año 2019.




Esta primera temporada de Doom Patrol está inspirada, de manera más o menos directa, en gran parte de la ya referenciada etapa escrita por Grant Morrison e ilustrada por Richard Case, aunque también toma muchas referencias del lore anterior de la colección en viñetas. Evidentemente la serie no alcanza las cotas de surrealismo y rupturismo narrativo del cómic, pero Jeremy Carver, junto a su equipo de guionistas y directores, hace todo lo posible por intentarlo y con ello alumbrar una de las series más libres, alocadas, sinceras e irreverentes de la ficción audiovisual actual. Desde el minuto uno con la voz del narrador, descubierto al cierre del episodio piloto como Mr. Nobody, contextualizando espaciotemporalmente la serie de cara al espectador la ironía, el humor negro, la irreverencia, el metalenguaje y la intertextualidad forman un todo en el que, aparentemente, parece reinar el caos. Cuando es un férreo y poderoso control narrativo por parte de sus máximos responsables lo que la convierte en una pieza única y genuina dentro de las adaptaciones en imagen real de personajes inspirados en el mundo del arte secuencial.




Jeremy Carver y sus colaboradores parecen haber recibido carta blanca por parte de DC Entertainment y Warner Bros para oficiar una ceremonia orgiástica en la que el delirio visual y narrativo se apodera del encuadre desde el minuto uno del episodio piloto, extendiéndose por toda la temporada y alcanzando cotas de pura genialidad en algunos episodios tan potentes y emotivos que no parecen los de una serie dando sus primeros pasos. La puesta en escena es brillante y en ocasiones llega a regalarnos planos de una carga pictórica arrebatadora gracias a la realización y la dirección de fotografía. Lástima que el apartado técnico, muy por encima de la media en lo referido a series basadas en personajes de cómic, se vea ensombrecido por unos CGI, en líneas generales, deficientes que en ocasiones rompen la homogeneidad del producto. Seguramente esto se deba a que la mayor parte del dinero asignado para los efectos digitales se invirtiera en los últimos episodios, estos sí, con un uso de los pixels tan demencial como cohesionado.




Como ya hemos mencionado el metalenguaje y la intertextualidad juegan muy a favor del proyecto y los mismos recaen casi en exclusividad en la versión de Mr. Nobody interpretada por un Alan Tudyk confirmándose como uno de los mejores actores de su generación. Alusiones directas a los fans de Grant Morrison, consciencia total de estar en la serie de una plataforma de streaming basada en un cómic de culto de la editorial DC, asunción plena de ser un villano a la espera de protagonizar una batalla prototípica contra los héroes del show a los que considera mal perfilados como personajes. Todo este discurso con el que Mr. Nobody atraviesa, rompe, micciona y defeca sobre la cuarta pared tiene su culmen en el pasaje en el que lo llegamos a ver ataviado con merchadising de la misma serie, y de DC Comics, para finalmente quemar el póster promocional de la primera temporada justo después de haber “puesto en pausa el episodio” que está viendo en una tablet. Doom Patrol, la serie, absorbe la naturaleza “meta” de Doom Patrol, el cómic, lo aplica al medio audiovisual y a un servidor no le queda más remedio que aplaudir, literalmente, en más de una ocasión viendo la serie de de DC Universe e imaginando qué opinarán Morrison y Case de lo respetuosos que han sido con la esencia de su obra.




Porque sí, amigos, es un hecho. Doom Patrol no sólo no elude mencionar su origen secuencial, sino que se enorgullece de él y trata de rendirle continuado tributo. Podríamos hablar del maravilloso detalle de haber respetado los uniformes de la mayoría de los personajes principales, de incluir a secundarios tan míticos de la etapa Morrison/Case como Danny, la Calle o el Cazador de Barbas (en una versión “muy cambiada” con respecto a las viñetas) o entregarse al sano disparate con el protagonismo ofrecido al burro, cuya boca ejerce de puerta interdimensional, durante los primeros episodios, marcando así el tono posterior de la producción. Pero si hay un episodio en el que Jeremy Carver y sus commpañeros demuestran verdadero cariño por el mundo del cómic es en ese Flex Patrol en el que hace aparición una versión deliciosamente fiel de Flex Mentallo, el forzudo capaz de alterar la realidad con sus músculos que Morrison y Case presentaron durante su run con la Doom Patrol y al que el guionista escocés dedicó una memorable miniserie ilustrada por un inconmensurable Frank Quitely dentro del sello Vertigo. Una verdadera declaración de amor por el medio al que debemos esta nueva ola de ficción audiovisual, protagonizada por superhéroes y al que dentro de la misma se le da poco, o ningún, reconocimiento.




Pero si tenemos que hablar de amor el de Doom Patrol se concentra casi exclusivamente en el que sus máximos responsables depositan sin miramientos o prejuicios en sus protagonistas. Estas criaturas imperfectas, fracturadas, repletas de complejos o traumas formando una familia del desestructurada son retratadas y perfiladas con auténtica devoción por los productores, guionistas y realizadores. Todos y cada uno de ellos, hasta el más secundario, es capturado en pantalla con tridimensionalidad, verismo y cariño para que el espectador pueda compartir con ellos un ejercicio empático instantáneo. Pero hay un par que destacan sobre el resto y son esos dos a los que, como previamente hemos mencionado, interpretan cuatro actores. Todo un acierto elegir a Matt Bomer para meterse en la piel de un hombre en continua lucha por aceptar su homosexualidad como Larry Trainor y a Brendan Fraser para dar vida a Cliff Steele, una estrella a la que la vida le ofrece una segunda oportunidad, aunque no de la manera que a él le gustaría. Son varios episodios los dedicados a dichos personajes, recurriendo a flashbacks o ensoñaciones en la mayoría de ellos, pero el titulado Frances Patrol es desde ya una de las mejores ficciones del 2019, con un final magistral acariciado por la descomunal banda sonora de Clint Mansell y Kevin Kiner.




Es una verdadera pena que mientras otras series centradas en extrapolar las aventuras de personajes de cómics como Titans o The Boys han recibido la atención de casi todos los medios de comunicación Doom Patrol, esta A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) con superhéroes, haya pasado tan desapercibida cuando, desde mi personal e intransferible punto de vista, debería tomarse como ejemplo a la hora de llevar a nuestros iconos de las viñetas al imagen real. Por suerte esta primera temporada ha funcionado lo suficientemente bien como para que ya haya sido confirmada una segunda en la que, estoy totalmente seguro, Jeremy Carver y los suyos van a ahondar más todavía en ese riquísimo y fértil terreno que Grant Morrison y Richard Case reformularon hace treinta años y al que en la presente serie de la plataforma DC Universe han hecho total e impecable justicia. Sólo me queda animar a todos aquellos que todavía no se hayan decidido a ver esta Doom Patrol. Dudo que se sientan decepcionados por este oleaje de imágenes, sonidos, situaciones, personajes y actores (estos últimos, todos impecables) conjurando una impagable oda a todo aquello que nos hace diferentes, genuinos, únicos y humanos.


viernes, 9 de febrero de 2018

Happy!: Temporada 1, a christmas carol



"Chico, si te recuerdo a tu mamá, tienes problemas más grandes que un agujero en tu cabeza"




En parte puede comprenderse la indignación de aquellos que esperaban que la primera traslación al medio audiovisual de una obra del célebre guionista escocés Grant Morrison fuera alguno de sus trabajos más destacados adscritos a sus colaboraciones con las colecciones superheróicas como Arkham Asylum, su etapa con la JLA, Nuevos X-Men o All Star Superman (aunque esta conoce una versión animada) o piezas más personales ideadas bajo el amparo del sello Vertigo ya sean Flex Mentallo, Los Invisibles, El Asco o We3, por poner sólo unos ejemplos, pero nada más alejado de la realidad. Happy! la intrascendente miniserie realizada al alimón junto a Darik Robertson (The Boys, Transmetropolitan) para Image Comics ha sido la elegida para tan honroso debut. Después de que el rapero, reconvertido en actor y director, RZA (El Hombre de los Pueños de Hierro 1 y 2) intentara llevar el cómic a la pantalla grande sin éxito finalmente fueron el director Bryan Taylor (Ghost Rider: Espíritu de Venganza) el actor Christopher Meloni (Ley & Orden: Unidad de Víctimas Especiales) y el mismo Grant Morrison los artífices de la adaptación a imagen real, por mediación de la cadena de de pago estadounidense SyFy, de las correrías de Nick Sax y el unicornio alado Happy.




Un servidor siempre pensó que si había en un equivalente en cine al guionista, también escocés, Mark Millar ese era el tándem de directores estadounidenses formado por Mark Neveldine y Bryan Taylor. Autores de productos profundamente pasados de rosca como Crank 1 y 2, Gamer o Ghost Rider: Espíritu de Venganza esta pareja solía facturar films demenciales, políticamente incorrectos y de muy mal gusto que paradójicamente no sólo eran harto divertidos, sino que estaban facturados magníficamente desde un punto de vista técnico, ejecutando unas secuencias de acción brutalmente efectivas. La pareja se disolvió y mientras Mark Neveldine se volcó en producciones de terror como la inenarrable Exorcismo en el vaticano (The Vaticano Tapes) Bryan Taylor decidió seguir con el tipo de cine que había diseñado hasta ese momento con esa desquiciada Mom & Dad, protagonizada por Nicolas Cage y Selma Blair, que está por llegar a las carteleras y esta adaptación de Happy! que no es un cómic de Mark Millar, pero en él sí trató Grant Morrison emular el estilo más gamberro de su compatriota o el de Garth Ennis, como afirmé en la entrada que dediqué la semana pasada a la obra en viñetas. A Bryan Taylor se sumaron un Grant Morrison como autor del cómic original, showrunner y guionista de hasta tres de los ocho episodios que consta la temporada, así como un Christopher Meloni que se implicó en el proyecto no sólo como actor, sino también como producto ejecutivo.




Vaya por delante que hay dos tipos de espectadores que deberían huir de Happy! como alma que lleva el diablo, porque la experiencia de visionarla se les antojará agónica. Los primeros son los que odiaron el cómic de Grant Morrison y Darik Robertson porque, con algunas diferencias que apuntaremos más adelante, todo lo que acontecía en las viñetas está aquí. Los segundos son los que no soportaban las películas en las que Bryan Taylor estaba implicado como realizador, porque sí amigos, esta primera temporada es Crank 3: Veo Unicornios Azules. Como acabamos de mencionar dicha tanda de ocho episodios adapta con considerable fidelidad del argumento de la obra en la que se inspira, haciéndose fuerte con los pasajes que están directamente extraídos de las páginas y renqueando un poco más en varias de las subtramas que los ideólogos del programa han creado expresamente para él con la intención de cubrir ocho horas de metraje que sólo con el contenido de la miniserie original no hubiese tenido suficiente. De esta manera añadidos como la incidencia en la familia del mafioso Blue (Ritchie Coster), la aparición de su hermana Isabella (Debi Mazar) y el reality show que co protagoniza, la reclusión de los niños por parte Smoothie (Patrick Fischler) o pasajes hilarantes como el ingreso de Happy en esa club de “Amigos Imaginarios Anónimos” añaden no pocos momentos divertidos, pero pasado el ecuador de la temporada varios de ellos se exceden innecesariamente y ralentizan la historia principal de Nick Sax.




Porque es indudable que la trama del ex detective reconvertido en asesino a sueldo que en plena navidad se embarca en la búsqueda de su hija secuestrada con la ayuda del imaginario unicornio volador de color azul y la de su compañera y ex amante, la Detective Meredith McCarty (Lily Mirojnik) es la más sólida y la que mejores momentos depara esta primera temporada. El Nick Sax al que da vida un espídico, carismático, socarrón y entrañable Christopher Meloni es el mejor hallazgo de Happy! gracias en gran parte a la decisión de los guionistas de añadir mucho humor a su personalidad, el mismo del que carecía su contrapartida en viñetas que no era muy dado a la comicidad. De esta manera el actor de El Hombre de Acero se apodera de la serie sustentando en sus hombros el peso de la misma, entregándose a una carrera contrarreloj en la que no deja de suministrar y encajar disparos, palizas y puñaladas rodadas con la habitual pericia de un Bryan Taylor que inyecta una puesta en escena lisérgica y bestial que poco a poco se va atenuando con el devenir de los episodios. Su relación con Happy es deliciosa tanto por lo bien que interactúa en pantalla con una criatura digital que en ningún momento está delante de él como por el excelente trabajo que hace Patton Oswald dando voz y personalidad al personaje que es aquí mucho más memorable de lo que fue nunca en el cómic.




Es curioso que la personalidad enfermiza de Bryan Taylor y la no menos irracional de Grant Morrison adscrita al discurso que destiló en el cómic de Happy! congenien tan bien en pantalla llegando incluso a retroalimentarse. Parece como si el autor de Animal Man se sintiera cómodo con la sesión continua de locuras que el director añade a esta temporada como la visita onírica de Nick al programa de Jerry Springer, todo lo relacionado con el reality show de Isabella, que no deja de ser una brutal crítica a este tipo de productos, o el retrato granguiñolesco que realiza de la mafia italoamericana expuesta con un trazo grueso y totalmente carente de sutilidad. Esta relación no es unidireccional y Taylor parece pasárselo en grande con las señas de identidad del guionista de Glasgow y dentro de las subtramas que ambos idean para la serie comienza a incluir referencias a trabajos de Morrison ajenos a Happy! como esa orgía de bichos que podía haber salido de El Asco, la “conversión” de los niños en muñecos con sus cajas que no hubiera desentonado mucho en algunos pasajes de Los Invisibles o el capítulo de la reunión de los amigos imaginarios que nos retrotrae al mundo de fantasía al que huía el protagonista de Joe el Bárbaro.




Menos sórdida que el cómic no sólo en la estética sino en algunas decisiones narrativas (ni rastro de redes de pornografía infantil y sacerdotes implicados en las mismas) con un protagonista que merece todos los elogios, un reparto de secundarios en los que podemos encontrar algunos muy buenos trabajos como los de un amenazador Ritiche Coster, una aguerrida Lily Mirojnik y un grimoso Patrick Fischler la primera temporada de Happy! es excesiva, demente, brutal, incorrecta, escatológica y sádica, tal y como el cómic en el que está inspirada. Adolece de algunos problemas de ritmo debido a la innecesaria inclusión de subtramas o la idea, no siempre acertada, de dar más peso a personajes que en el papel no pasaban de anécdóticos, pero lo cierto es que al igual que Ash vs. Evil Dead es un soplo de putrefacto aire fresco como serie ligera y escapista para pasar un rato divertido viendo a un actor como Christpher Meloni, habitualmente asociado a dar vida a roles rectos e íntegros, infligir dolor ajeno a todo tipo de criminales y mafiosos a ritmo de inofensivas canciones navideñas acompañado por el mejor amigo imaginario que un sicario, drogadicto, borracho, mal marido y peor padre pueda tener. La segunda temporada ya está confirmada y ahora veremos que hacen Bryan Taylor y Grant Morrison sin material para inspirarse con una idea que no aparenta poder dar mucho más de sí.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Future Shock! The Story of 2000AD



Título Original Future Shock! The Story of 2000AD (2015)
Director Paul Goodwin
Guión Paul Goodwin




El 26 de febrero de 1977 supuso uno de los días más importantes de la historia del mundo del cómic reciente. Nacida a modo de revista mensual a manos de los guionistas y editores Pat Mills, John Wagner y Kevin Gosnell como cajón de sastre en el que los jóvenes autores británicos del arte secuencial pudieran dar rienda suelta a sus creaciones, casi siempre en un contexto de fantasía o ciencia ficción, 2000AD se convirtió pronto en la cuna de algunos de los nombres más importantes relacionados con el noveno arte de todos los tiempos como Alan Moore, Neil Gaiman, Grant Morrison o Mark Millar entre los guionistas y Brian Bolland, Carlos Ezquerra, Kevin O’Neill o Dave Gibbons dentro de los dibujantes. La publicación no tardó en convertirse en un reflejo dentro de la ficción de los cambios sociales y políticos que estaba experimentando Gran Bretaña por aquel entonces con historias y personajes asentados en la incorreción política, la contracultura y el espíritu contestatario contra un sistema corrupto e injusto.




Future Shock! The Story of 2000AD es el documental producido y dirigido por Paul Goodwin que narra todo el trayecto editorial de la mítica revista británica por boca de sus máximos responsables. Tomando a uno de sus creadores, Pat Mills, como eje central de la narración este trabajo abarca desde los inicios de la publicación hasta sus últimos años y para hablar de ella no sólo tenemos a los principales implicados en su creación como John Wagner, Carlos Ezquerra, Kevin O’Neill, Alan Grant o a los que ayudaron a impulsarla ya sean Andy Diggle, Peter Milligan, Neil Gaiman o Grant Morrison, sino también a artistas de otros medios como el cine en los casos de los directores Alex Garland y Nacho Vigalondo o el actor Karl Urban o la música representados por Scott Ian o Geoff Barrow, componentes de las bandas Anthrax y Portishead respectivamente. Con esta pequeña muestra del enorme desfile de artistas que dan su opinión, una banda sonora necesariamente punk a manos de Justin Greaves y unas animaciones brillantes diseñadas por Zebra Post y 3PS la labor de Paul Goodwin se antoja sencillamente ejemplar a la hora de abordar la estructura y desarrollo de Future Shock! The Story of 2000AD.




Tras algunas imágenes de archivo a modo de prólogo relacionadas con revueltas ciudadanas y nuevos movimientos culturales de la época la narración nos lleva directamente a unos años antes de la fundación de 2000AD con un Pat Mills que por aquel entonces colaboraba activamente en la revista Action, posiblemente el germen de la publicación que él mismo ayudaría a crear en 1977. En los primeros años de 2000AD sus autores hacen especial hincapié en que todo comenzó como un proyecto ideado por un grupo de amigos cansados de los lugares comunes por los que transitaba el cómic británico de los años 60 y 70 que se reunían en una habitación con un par de escritorios en los que comenzaron a dar vida a su criatura que crecería exponencialmente con el paso del tiempo. Desde bien pronto los impulsores de la revista encontraron la oposición de la censura debido al contenido abrasivo e iconoclasta de las historietas que se incluían en 2000AD, en este sentido curiosa es la anécdota en la que se menciona que uno de los censores que atacaba el contenido era un empleado de la industria del cine pornográfico británico.




Con la edad dorada de 2000AD llegaron los nombres de peso como Alan Moore, Neil Gaiman o Grant Morrison que dieron forma en la revista a obras como La Balada de Halo Jones, Future Shocks o Zenith marcando una etapa en la que la publicación británica alcanzó sus mayores cotas de calidad siempre manteniendo una línea editorial sustentada en un tono anarquista y visceral que, como se llega a comentar a lo largo del documental, influenció en muchos otros medios ajenos al arte secuencial como el movimiento punk que indudablemente se veía reflejado en las páginas de varias de las creaciones a manos de John Wagner, Pat Mills o Kevin O’Neill. Pero con la llegada de las grandes estrellas de 2000AD también comenzaron los problemas sobre todo cuando los autores comenzaron a solicitar sus derechos de autor con las reimpresiones del material en el que habían colaborado vivamente, de esta manera la marcha de algunos nombres clave (uno de los primeros en abandonar el barco fue Neil Gaiman) y la fuga de cerebros que tuvo lugar después de estos hechos no tardaron en crear problemas en el seno de la revista.




Porque dentro de la plana mayor de DC se encontraba una avispada editora llamada Karen Berger que era consciente del nivel de calidad y el potencial que los autores de 2000AD poseían por aquel entonces. Las declaraciones de la norteamericana acerca de guionistas como Alan Moore, Grant Morrison (curiosa la anécdota en la que narra que el mismo autor de Watchmen recomendó a Berger que contratara los servicios del escocés por considerarlo un tipo con mucho talento) o Neil Gaiman están llenas de elogios, siempre afirmando que durante los años 80 quería extrapolar relatos como los que se publicaban en 2000AD a Estados Unidos para que los lectores de su país pudieran disfrutar de ellos poniendo las primeras piedras de lo que en un futuro sería el sello Vertigo que la misma Berger afirma estar totalmente influenciado por la revista creada por Pat Mills y en el que tuvieron cabida muchos de los autores de la misma. Con los años 90 llega la decadencia coincidiendo con la etapa como editor de David Bishop y nuevas creaciones que en palabras de las viejas glorias de la publicación abordaban la sátira social y política de una manera más burda y menos subtextual dentro de géneros como la distopía y las aventuras medievales, desembocando todo en la compra de 2000AD por parte de Rebellion Developments y su etapa más reciente.




Pero el documental no sólo aborda todo el recorrido editorial de 2000AD, también hace paradas en algunas de sus publicaciones más conocidas y en sus personajes icónicos. Como es lógico Juez Dredd copa gran parte del metraje con declaraciones de sus dos creadores, John Wagner y Carlos Ezquerra, hablando de su génesis y evolución o de cómo es percibido de distinta manera por unos u otros lectores que ven en él tanto a un héroe como a un villano y haciendo una parada en las dos adaptaciones cinematográficas que hasta el momento se han rodado con Joe Dredd de protagonista, la de Sylvester Stallone con la que hay consenso con respecto a que fue un fracaso sin paliativos y la ideada por Alex Garland y Pete Travis con Karl Urban de protagonista que captaba con mucho más acierto la fiereza, que no el tono, de las historias en viñetas del personaje. En cambio más breves son los apartados dedicados a Némesis the Warlock, nacido de las mentes de Pat Mills y Kevin O’Neill, aunque con él se hacen reflexiones muy interesantes sobre religión y xenofobia, o Strontium Dog, la otra creación del tándem Wagner/Ezquerra que por desgracia sólo es mencionado de pasada.




Otra parte interesante es en la que se analiza la relación de la revista con el mundo del cine. Con respecto a Robocop se deja bien claro que es la adaptación no oficial más fiel hasta el momento de Juez Dredd, afirmando algún entrevistado que el holandés debería haber sido el director de la primera adaptación al cine del personaje, idea que un servidor secunda totalmente. También se menciona cómo un film de 1990 llamado Hardware era prácticamente un plagio de una creación de Kevin O’Neill para la revista y nuestro Nacho Vigalondo afirma que Chronocops, de Alan Moore y Dave Gibbons, fue una influencia directa a la hora de rodar su excelente ópera prima Los Cronocrímenes. Pero dentro de este apartado lo más interesante es escuchar a un tipo como Pat Mills, que no tiene pelos en la lengua, hablar de las ofertas que en su momento recibió para llevar a la pantalla grande varios de los personajes de 2000AD pero suavizando el tono sarcástico y anárquico que destilaban las viñetas, algo a lo que el guionista de Marshall Law se negó en redondo para que nadie adulterara la naturaleza virulenta y nihilista de su propia creación y así adaptarla a todo tipo de espectadores, como sucedió con la ya mencionada versión cinematográfica de Juez Dredd protagonizada por el actor de Rocky.




Aunque podía haber incidido más en temas que sólo analiza de manera superficial (interesantísimo ese intento por dar respuesta a la escasa presencia femenina en la revista a lo largo de los años con declaraciones de autoras como Leah Moore, Emma Beeby o Lauren Bekes) todo lo que podemos decir sobre Future Shock! The Story of 2000AD son alabanzas y parabienes por la valentía de Paul Goodwin a la hora de realizar un documental tan excelentemente ejecutado relacionado con una publicación mítica que necesitaba una pieza audiovisual que diseccionara su vida y milagros de manera tan concienzuda como en esta y que puede sumarse ya a otros documentales memorables de reciente factura como The Mindscape of Alan Moore, Grant Morrison: Talking With Gods, Warren Ellis: Captured Ghosts o The Image Revolution entre otros. Indispensable para los seguidores de 2000AD en particular, para los fans del mundo del cómic en general y todo aquel espectador neófito en lides del arte secuencial interesado en cómo se puede conseguir sacar adelante un producto subversivo e incómodo para las “mentes bienpensantes” dejando una profunda marca en la cultura popular de finales del siglo XX y un puñado de artistas que nos han regalado algunas de las mejores horas de ocio de nuestra vida como consumidores de tebeos.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Grant Morrison, Talking With Gods, confesiones de una mente peligrosa




Título Original Grant Morrison, Talking With Gods (2010)
Director Patrick Meaney




Documental de 2010 de corte biográfico y retrospectivo dirigido por el realizador Patrick Meaney sobre el guionista escocés Grant Morrison, una de las personalidades más destacadas, geniales y arriesgadas del mundo del noveno arte. Tras años escribiendo en Inglaterra, Morrison formó parte de esa nueva ola de talentos británicos formada por autores como Alan Moore, Neil Gaiman, Garth Ennis, Warren Ellis o Mark Millar que llegaron al mundo del tebeo estadounidense en la segunda mitad de los años 80 y la primera de los 90 para revolucionarlo en fondo y forma durante años con obras como Watchmen, Sandman, Predicador, The Authority, Transmetropolitan o Hellblazer.




Talking With Gods narra por medio de entrevistas con el propio Grant Morrison, amigos y allegados de este o colaboradores entre los que se encuentran lo más granado del mundo del cómic occidental, su vida personal y profesional desde su niñez hasta su consagración como uno de los guionistas más revolucionarios del mundo de la viñeta. Todo desde un punto de vista en el que predomina el análisis artístico, no sólo de su obra como guionista, sino de sus vivencias (incluso extrasensoriales), sus influencias como autor o sus experiencias más allá de la creación de obras dentro del universo del cómic.




El documental se inicia, como es lógico, con la infancia de Morrison en su Glasgow natal en el seno de una familia humilde. Su padre era un veterano de la Segunda Guerra Mundial obsesionado con un posible ataque nuclear que llevaba a un joven Grant a manifestarse en bases militares para denunciar la proliferación de este tipo de armamento. Su madre en cambio era una mujer encantadora pero un tanto inestable mentalmente que era capaz de decirle a su hijo de 8 años que ellos provenían de las estrellas sin el añadido de una explicación coherente (si la había) para el tierno niño. Con esta adolescencia digna de la del inolvidable Philip J. Fry de la soberbia serie Futurama es lógico que el bueno de Grant haya cultivado esa mente enfermiza a la hora de narrar historias.




Los primeros minutos de metraje abarcan desde sus inicios como guionista (e ilustrador bastante resuelto, que no todo el mundo lo sabe) en su Escocia natal hasta su paso a la mítica revista británica 2000 A.D. Durante ese periodo tuvo su primer cruce y rencilla con el maestro Alan Moore, cuando a Morrison le encargaron continuar con las aventuras de Marvelman que había escrito el barbudo inglés. Mítica es la anécdota de la carta de Moore recomendándole a Grant que no escribiera ese cómic. Por aquel entonces nació una sana rivalidad entre el dúo de autores que tienen dos miradas casi antagónicas, sobre todo a la hora de abordar el mundo de los superhéroes. El mago loco de New Hampshire prefiere la deconstrucción y la mirada nihilista o crítica, en cambio el de Glasgow apela por la luminosidad y el sense of wonder de corte más clásico, como se ha podido ver en All Star Superman o su Batman post Batman R.I.P




A finales de los 80 dio el salto al mundo de la viñeta norteamaricana cuando DC le encargó el relanzamiento de un personaje poco conocido o más bien olvidado llamado Animal Man. En dicha colección le dieron libertad total para hacer y deshacer a su antojo impulsando la misma a cotas de genialidad con considerable talento jugando de manera inteligente con el personaje, llevándolo a extremos nunca transitados y haciendo un uso ejemplar del metalenguaje apareciendo él mismo como un rol más en el cómic. ¿Primera muestra de su egocentrismo? puede, pero ya fueran todos los arrebatos megalómanos tan inteligentes como este. Más tarde tomó las riendas de otra serie con personajes clásicos, Doom Patrol, a la que daría la vuelta también de manera considerable y llenaría de pasajes lisérgicos y surrealistas, de nuevo con bastante manga ancha por parte de la editorial a la hora de abordar a este grupo de superhéroes decididamente outsiders.




En 1989 llegamos a un punto de inflexión no sólo en el documental sino también en la carrera de Morrison. Se edita la novela gráfica Arkham Asylum: A Serious House on Serious Place una obra que supuso una atípica y radical visión del mundo del personaje de Batman, que en la trama era introducido en el famoso sanatorio mental para delincuentes de la ciudad de Gotham con la presencia allí de sus enemigos el Joker, Dos Caras, El Sombrerero Loco o Killer Croc, entre otros. Mientras a modo de flashback se nos narraba la trágica vida de Amadeus Arkham, el fundador de la institución. A pesar de un prodigioso guión y un magistral dibujo de Dave McKean el trabajo era tan atípico en su construcción y conceptualidad que corría el riesgo de ser un fracaso comercial. Nada más alejado de la realidad.




De la noche a la mañana Grant Morrison pasó de ser un guionista de cómics que se abría camino en el mundillo empezando a despuntar por su talento a un autor millonario que vendió 120.000 copias de su última obra en tan sólo el primer día, recibiendo un dolar por cada una de ellas como bien comenta en el documental. El negocio estaba hecho, Batman le dio su gran éxito a Morrison. En ese momento de su vida, principios de los 90, es cuando Grant decidió viajar, conocer mundo, dejar de ser un joven introvertido que incluso tenía miedo de estar cerca de mujeres y también como no, empezar con sus célebres coqueteos con las drogas. Este es otro punto interesante en el documental, ya que se ve que la fama de drogadicto que tiene desde hace años no le hace mucha gracia, aunque haciendo honor a la verdad gran parte de culpa es suya por promulgar sus escarceos con los estupefacientes de manera tan alegre.




El mismo Morrison confiesa que durante los 90 su uso y abuso de todo tipo de drogas fue desmesurado (según comenta durante el periodo de escritura de su etapa con la JLA de DC siempre estaba colocado). Pero que con el inicio de la siguiente década se dio cuenta de que ya había tenido suficiente, que todo el camino que tenía intención de recorrer en ese mundo había terminado y que no ha vuelto a ese tipo de vida posteriormente. Curiosamente muchas de esas experiencias con las sustancias ilegales se ven reflejadas en sus trabajos, sobre todo en la que se considera, no sabría decir si su opus magna, pero sí su obra más personal y quintaesencial. Los Invisibles.




Este es otro detalle que llama mucho la atención. Morrison confiesa que en sus historias (muchas de ellas adscritas a la fantasía distópica o burroghsiana y que poco tienen de realistas) hay bastantes apuntes autobiográficos. La influencia de la imagen de su padre en Flex Mentallo, la suya propia en el inolvidable King Mob de Los Invisibles (genial lo de que el personaje cayera enfermó cuando el mismo Morrison lo estuvo en la realidad) o cuando su gato estaba mal de salud y dicha situación le sirvió de punto de partida para la soberbia El Asco (The Filth). Curiosamente estos apuntes siempre tienen lugar en las obras más personales de Morrison o lo que es lo mismo, en las que escribe normalmente para la línea Vertigo de DC.




Otro de los alicientes más interesantes del documental son las declaraciones, no sólo de amigos y conocidos de Morrison o de expertos en su obra, sino también de colegas dentro del mundo del cómic como los guionistas Warren Ellis, Geoff Johns, Mark Waid, Matt Fraction, Jason Aaron, la editora Karen Berger, la actriz Amber Benson (Buffy: La Cazavampiros) o dibujantes que han colaborado con él como Cameron Stewart, Jill Thompson, Phil Jiménez, Frazer Irving, Chris Weston y sobre todo su compatriota y casi vecino, el inmenso Frank Quitely. Con este último Grant demuestra tener un especial afecto ya que junto a él ha dado forma algunas de sus mejores obras como All Star Superman, Nuevos X-Men, Flex Mentallo o We3. Quitely es el colaborador con el que más trabaja codo con codo y en el que posiblemente más confíe a la hora de transformar sus palabras en imágenes.




Esta obra audiovisual es rica en todo tipo de material relacionado con su protagonista. Podemos encontrar cientos de imágenes y fotografias que van desde su infancia, pasando por a su época capilar (que abandonó voluntariamente cuando decidió raparse al cero a principios de los 90) sus años como músico de rock en una banda o su época hortera en el plano estético. También hay material audiovisual sobre su mítica conferencia de 45 minutos (en la que afirmó ir hasta el culo de alchohol y drogas) en el festival Desinfo del año 2000 y como es lógico imágenes de todas y cada una de sus obras como guionista, ahondando más en unas que en otras.




En ese sentido se echa de menos algo más de información sobre sus trabajos adscritos al cómic más comerical y el de superhéroes. Se pasan bastante por alto o se incide poco en colecciones como All Star Superman, Arkham Asylum, Nuevos X-Men, JLA o su última y polémica etapa con Batman e incluso se obvia la existencia de Gothic, otra historia bastante recuperable del Hombre Murciélago que el escocés escribió para la colección Legends of the Dark Knight a principios de los 90 y que gana bastante con las relecturas. Aunque también es cierto que obrás más personales y bastante existosas suyas como El Asco o We3 se pasan casi por alto y sólo se mencionan de pasada. Pero indudablemente esta pequeña mancha no ensombrece en ningún sentido el documental y sus logros.




Grant Morrison: Talking With Gods es un magnífico documental. Está bien construido y narrado, ofrece copiosa información sobre su protagonista en boca del mismo o por mediación de los que le conocen y hace un exhaustivo análisis de su obra o sus influencias culturales e históricas que van desde la contracultura a la literatura beat, pasando por la Magia del Caos o la obra del escritor esotérico Aliester Crowley. También podemos conocer su casa, la zona donde vive, a su extravagante (como no podía ser menos) mujer Kristan y la habitación de su casa de Glasgow donde suele escribir sus guiones rodeado de sus gatos.




Estamos ante un trabajo genial que es indispensable, no sólo para los que seguimos la obra de este prolífico, genial y polémico autor, también para todo aquel amante del mundo del cómic, que quiera descubrir algunos puntos interesantes sobre qué se esconde detrás de este negocio, los problemas que hay para salir adelante en los primeros años si se es guionista o ilustrador y con ello así enfrentarse a un proyecto fílmico imprescindible para todo aquel que vea algo inabarcable en el acto de crear arte. Ahora sólo queda esperar que Patrick Meaney estrene ese otro documental llamado Captured Ghosts que analiza otra de las personalidades mayúsculas del universo de la viñeta occidental actual. La de el gran Warren Ellis.