miércoles, 1 de junio de 2016

Toro



Título Original Toro (2016)
Director Kike Maillo
Guión Rafael Cobos y Fernando Navarro
Actores Mario Casas, Luis Tosar, José Sacristán, Ingrid García Jonsson, Claudia Canal, José Manuel Poga, Luichi Macías, Alberto López, Nya de la Rubia, Manuel Salas, Ignacio Herráez, Hovik Keuchkerian





Segunda incursión en el campo del largometraje por parte del alabado cineasta catalán Kike Maillo tras aquella muestra de ciencia ficción intimista y entregada al minimalismo de 2011 llamada Eva protagonizada por Daniel Brühl, Marta Etura, Alberto Ammann, Claudia Vega, Anna Canovas y Lluis Homar, que ganó varios premios y reconocimientos en festivales como los de Venecia, Sitges o los Goya de aquel año, embolsándose los de efectos especiales, actor secundario para Homar o director novel para el mismo Maillo dentro de los doce a los que estaba nominado el film. Esta Toro que ha visto ahora la luz en nuestras carteleras se aleja diametralmente del tono de aquella producción sobre un ingeniero experto en crear niños robots y se adentra en el submundo del hampa localizado en Andalucía, más concretamente Málaga, al sur de España. Con un magnífico reparto en el que encontramos a Mario Casas, Luis Tosar, Ingrid García Jonsson, José Manuel Poga, Claudia Canal o el veterano José Sacristán en el papel del capo mafioso, una resolución visual que en ocasiones bordea la brillantez (aunque muy influenciado por el de otro autor que mencionaremos más tarde) y un guión que se mueve entre el interesante simbolismo y ciertas carencias que no le permiten explotar todas sus posibilidades narrativas Toro se revela como un interesante producto patrio con varios aciertos y algunos fallos como los que hemos mencionado y que intentaremos diseccionar humildemente en la siguiente entrada.




Toro como obra cinematográfica toma su título del apodo del personaje protagonista interpretado por Mario Casas, un joven que junto a sus dos hermanos López (Luis Tosar) y Antonio (Hovik Keuchkerian) trabaja para un importante mafioso local llamado Romano (José Sacritán). Un día durante un trabajo rutinario un suceso trágico acaba con Toro encarcelado y condenado a cumplir cinco años de condena. Cuando el muchacho sale de prisión trata de reinsertarse socialmente trabajando como taxista y rehaciendo su vida con un joven profesora de primaria llamada Estrella (Ingrid García Jonsson) pero las deudas de uno de sus hermanos con Romano romperán su estable presente y prometedor futuro arrastrándolo de nuevo al mundo de la extorsión, la corrupción y el crimen. El barcelonés Kike Maillo y sus guionistas Rafael Cobos (La Isla Mínima, Grupo 7, 7 Vírgenes) y Fernando Navarro (Anacleto: Agente Secreto) no inventan nada, este tipo de historias sobre idealistas que tratan de huir de un mundo corrupto en el que habitan pero del que tratan de huír por distintas motivaciones existe desde los tiempos de William Shakespeare (de hecho El Rey Lear es fuente de inspiración sobre incontables obras de ficción como la tercera entrega de El Padrino, de Francis Ford Coppola o más recientemente la última etapa de la serie Hijos de la Anarquía, de Kurt Sutter) de modo que donde el catalán quiere despuntar en su segundo largometraje como cineasta es en un apartado visual sencillamente brillante.




El realizador de Eva juega a placer con su puesta en escena, hace un uso excelso de la dirección de fotografía que le proporciona un Arnau Valls Colomer en estado de gracia y consigue ofrecer al espectador una experiencia que sabe tocar con acierto y seguridad algunas teclas que apelan a una sensorialidad bien entendida que hace de Toro una película de una plasticidad y cromatismo muy a tener en cuenta. El problema es que ni en este sentido el film es novedoso ya que este notable acabado estético tiene una enorme deuda con los últimos trabajos del danés Nicolas Winding Refn tomando de Sólo Dios Perdona su hermética paleta cromática poblada de colores intensos, la influencia de cierto celuloide oriental y por otro lado de Drive el esteticismo de los 80 (con banda sonora incluida) y el código de honor del que hacía gala el protagonista interpretado por Ryan Gosling en aquella remarcable obra de 2011, pero reflejado en el rol del protagonista de aquel clásico moderno del cine de terror llamado 3 Metros Sobre el Cielo. Aunque no sólo en el apartado técnico podemos encontrar la influencia del autor de Bronson o la pendiente de estreno (y ya vapuleada en el último festival de Cannes) Neon Demon, también en el guión podemos percibir de manera más que notable ecos de la trilogía Pusher, la que le dio fama a nivel internacional narrando la vida diaria de un grupo de mafiosos que llevan a cabo sus reprobabables negocios en los barrios bajos de Conpenhague con influencias de Abel Ferrara, Quentin Tarantino o el Danny Boyle de Trainspotting. De este modo podemos confirmar que la originalidad no es uno de los puntos fuertes de Toro, pero por suerte su guión expone con pericia y un buen control del timing temas interesantes a la hora de abordar el mundo de la mafia en España.




Al igual que otros largometrajes que recientemente han tratado de retratar por medio del thriller policíaco o el celuloide mafioso la situación política de Andalucía en particular y España en general como la magnífica Grupo 7 y la epatante La Isla Mínima, ambas del sevillano Alberto Rodríguez o con un tono más ligero pero no carente de interés la entrañablemente gamberra Carne de Neón de Paco Cabezas, Toro incide en su guión en la dualidad de una tierra (la del que suscribe y por ello la conozco bien) que muestra una cara mucho más afable que la que realmente posee. Este desdoblamiento de personalidad queda patente en el personaje de Romano, un miembro respetado por sus paisanos y vecinos, hermano mayor de cofradia, escultor de imágenes de semana santa y “benefactor local” por un lado y sanguinario capo de la mafia malagueña por otro, un tipo sin escrúpulos que no duda en matar, torturar, extorsionar o amenazar al prójimo con tal de conseguir saciar sus ínfulas económicas y sociales para luego “expiar sus pecados” frente a una capilla repleta de parafernalia cristiana y católica. Esta corporeización de la hipocresía típicamente española esta representada en el veterano actor madrileño José Sacristán. El protagonista de El Viaje a Ninguna Parte o La Vaquilla que desde hace unos años vive una nueva edad dorada destacando en notables producciones patrias como Magic Girl, El Muerto y Ser Feliz o la serie de televisión Velvet ofrece todo un recital como Romano, la disfuncional figura paterna que dio todo a Toro para después arrebatárselo por culpa de su predilección por la superstición, la superchería y la falsa devoción tan propia del sur de España. Su personaje evidentemente es el mejor del largometraje de Kike Maillo y envolver sus atroces actos de toda esa imaginería semanasantera es un acierto tan arriesgado como eficiente aunque el guión podía haber incidido más en este sentido para rematar una subtextualidad que podía haber sido explotada de manera más intensa.




Aunque ninguno llega a los niveles de José Sacristán, hablamos de uno de los mejores actores de nuestro cine con más de cincuenta años de carrera a sus espaldas, todos los actores de Toro realizan una labor más que meritoria, desde los principales hasta los secundarios con papeles más breves, pero no irrelevantes. Mario Casas vuelve a demostrar como en las ya mencionadas Grupo 7 y Carne de Neón o La Mula que está tratando por todos los medios de quitarse de encima el sambenito de fenómeno de cine juvenil pueril e intrascendente. El gallego cada vez se esfuerza más por estar a la altura de los proyectos en los que se implica, dando la réplica a actores que normalmente son muy superiores a él en cuanto a aptitudes interpretativas pero siempre ofreciendo todo lo que tiene para curtirse como profesional. Como su hermano López está el “seguro de vida” del cine español, el genio del arte dramático que puede elevar cualquier proyecto por muy sumergido que este se encuentre en la mediocridad, Luis Tosar se mimetiza con un papel que fácilmente podía haberse enfundado el inolvidable y tristemente desaparecido John Cazale (El Padrino, Tarde de Perros, El Cazador) un ejemplo fidedigno de esa raza de español cobarde, rastrero y capaz de sacrificar a los suyos con tal de sacar beneficio para sí mismo. Claudia Canal como la niña Diana, Hovik Keuchkerian como Antonio, José Manuel Poga como el violento Ginés, Luichi Macías como La Tita o el normalmente cómico y aquí dramático Alberto López completan un plantel de secundarios que no le van a la zaga a los actores protagonistas.




Es cierto que en un plano argumental pudo haber ofrecido más posibilidades que las finalmente expuestas en pantalla y que su historia la hemos visto en no pocas ocasiones anteriores Toro se revela como un producto meritorio con un apartado visual que consagra a Kike Maillo como un artesano con sobrado oficio para tener sólo dos largometrajes en su haber. siendo también capaz de dar las indicaciones adecuadas a un reparto que por otro lado no es neófito en hacer su trabajo con un aplomo intachable y que en esta ocasión vuelven a conseguir estar a un nivel más que notable. La segunda cinta del cineasta catalán vuelve a confirmar la buena salud del thriller patrio, que tomando influencias de las distintas muestras que ofrece el género continentes como el americano, el asiático o el europeo no deja nunca de mirar las raíces autóctonas de un país en el que la corrupción, el trapicheo y el crimen están no sólo a la orden del día sino en no pocas ocasiones respaldados por el estado. En un plano más puramente cinematográfico podemos quedarnos con el ya mencionado equipo artístico, el trabajo técnico de la obra o con pasajes ejemplarmente ejecutados como el de la visita de Romano a la casa de La Tita, esas manchas de sangre en las sábanas que revelan un acto de violencia atroz o esos ojos humanos colocados en una figura inerte que consolidan al rol de José Sacristán como la muestra fehaciente de que en Andalucía el peligro no nace en los barrios marginales sino en los rascacielos a pie de playa en los que las “gentes de buena fe” llevan a cabo sus negocios a espaldas del mundo real.

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