Mostrando entradas con la etiqueta policiaco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta policiaco. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de mayo de 2020

Tyler Rake, salario para matar



Título Original Extraction (2020)
Director Sam Hargrave
Guión Joe Russo, basado en el cómic de Anthony Russo, Joe Russo, Ande Parks, Fernando León González
Reparto Chris Hemsworth, David Harbour, Golshifteh Farahani, Chris Jai Alex, Patrick Newall, Rayna Campbell, Derek Luke, Randeep Hooda, Marc Donato, Pankaj Tripathy, Geetanjali, Hays Wellford




Si hay algo que el estreno de la saga John Wick puso de moda en Hollywood, además de a un felizmente recuperado Keanu Reeves en plena forma a sus más de cincuenta años, es contratar los servicios de directores de segunda unidad o especialistas en escenas de riesgo para rodar películas de acción. Chad Stahelski y David Leitch fueron pioneros a este respecto, no sólo ya con la potente franquicia dedicada a “Baba Yaga”, sino también con otros largometrajes como Atomic Blonde o Deadpool 2 en los que se notaba la presencia de profesionales curtidos de primera mano a la hora de facturar secuencias espectaculares en las que tiroteos, persecuciones o peleas cuerpo a cuerpo copaban gran protagonismo. A estos dos cineastas se suma ahora Sam Hargrave que después de haberse visto implicado en las modalidades previamente apuntadas dentro de numerosas muestras dentro el cine de superhéroes tanto de Marvel como de DC e incluso en producciones ajenas al mundo de las viñetas como Warrior, la saga de Los Juegos del Hambre o El Contable debuta ahora detrás de las cámaras con un producto nacido en el seno de la plataforma de streaming Netflix, pero impulsado por los hermanos Anthony y Joe Russo con los que Hargrave ha colaborado en todos sus proyectos dentro del Marvel Studios. Lo más curioso con un caso como el de Tyler Rake, Extraction en su idioma original, es que con él no nos alejamos del mundo del cómic ya que contra todo pronóstico estamos hablando de la adaptación de una historia que en su origen nació en las viñetas, algo no sabido por muchos.




Tyler Rake está basada, muy libremente, en el cómic Ciudad publicado en 2014 por la editorial Oni Press con guión de Anthony Russo, Joe Russo y Ande Parks y dibujo del argentino Fernando León González. Los mismos hermanos Russo se ocupan de la producción de la película, como ya hicieron en el pasado 2019 con Manhattan Sin Salida (21, Bridges), que cuenta con guión de Joe y en su reparto con Chris Hemsworth como cabeza más reconocible, junto a David Harbour (Stranger Things, Hellboy) en un breve papel, dentro de un casting mayoritariamente hindú, algo lógico si tenemos en cuenta que la trama se desarrolla en Dhaka, Bangladés. Tyler Rake es un mercenario australiano que se vende al mejor postor en el mercado negro viéndose envuelto en el rescate del hijo adolescente de un importante capo de la mafia india que se encuentra en prisión. Este es el convencional punto de partida de la obra que nos recuerda a otras de un corte parecido como El Fuego de la Venganza (Man on Fire, 2004), una de las últimas obras del tristemente desaparecido Tony Scott con Denzel Washington como protagonista, un remake de la película francesa homónima rodada por Elie Chouraqui en 1987 con Scott Glenn en el papel principal y a su vez traslación a imágenes de una novela escrita por A.J. Quinnel.




La ópera prima en la dirección de Sam Hargrave está a la altura de las expectativas depositadas en ella si lo que esperábamos de su propuesta era una película con acción visceral, cruenta y seca protagonizando la mayor parte de su generoso metraje. En ese aspecto el director estadounidense cumple sobradamente a la hora de aprovechar hasta lo paroxista los holgados medios que Netflix ha puesto a su disposición para cumplir su cometido. De manera que al igual que sucediera con los ya citados David Leitch y Chad Stahelski al director de Tyler Rake se le notan los años de profesionalidad componiendo impresionantes pasajes en los que la violencia explota salpicando a la pantalla con metralla y hemoglobina. Sirva como ejemplo la escena más alabada y comentada del film, ese plano secuencia trucado centrado en la huida de los personajes de Chris Hemsworth y Rudhraksh Jaiswal en el que la cámara corre, vuela, se arrastra o ejecuta movimientos imposibles entrando y saliendo del coche de los protagonistas mediante varios cortes camuflados y notorios retoques digitales que ayudan, por un lado, a inyectar cuantiosas dosis de adrenalina al pasaje en concreto y por otro delatar la naturaleza algo artificiosa de lo que no deja de ser un alarde técnico tan innecesario como técnicamente epatante.




Esta es la tónica habitual en Tyler Rake, balas, explosiones y litros de sangre arrojados contra el espectador para mantener un ritmo endiablado impidiendo que en casi todo momento seamos conscientes de la endeblez del guión de Joe Russo, apenas un esbozo en el que no acontece nada que no sea una eterna huida por parte de los dos personajes principales y algunos de los secundarios. No vamos a afirmar que un largometraje como el de Sam Hargrave requiera un guión más elaborado, porque no lo necesita, pero es el mismo Joe Russo el que con su labor a la escritura ha demostrado no estar muy seguro de ello. Hay en Extraction una innecesaria inclinación por dar cierta profundidad tanto al personaje principal como a la relación paternofilial que surge entre él y su protegido. Todos estos pasajes en los que la obra trata de adentrarse en los traumas de Tyler y en cómo su conexión emocional con Ovi encuentra paralelismos con una persona de su pasado no sólo está acometida de manera bastante plana a lo largo del metraje, también aporta poco a una trama que en esos momentos calmados con prescindibles diálogos cercanos a la sensiblería está pidiendo a gritos más secuencias de acción demencialmente realizadas.




Es un hecho prácticamente contrastando que Chris Hemsworth es un actor con notables limitaciones interpretativas, pero su recorrido de casi diez años como el Dios del Trueno en el Universo Cinematográfico Marvel ha ido aportándole carisma, presencia y un sentido del humor que para algunos tornó en excesivo en piezas tan bien valoradas como Thor: Ragnarok. De manera paralela ha ido incursionando en otras producciones de acción como 12 Valientes (Nicolai Fuglsig, 2018), Blackhat (Michael Mann, 2016) o el remake de Amanecer Rojo (Dan Bradley, 2012) que le han servido para acometer su papel en Extraction, el más físico de toda su carrera. Como era de esperar el australiano aprovecha su corpulencia y excelente fisionomía para entregarse sin miramientos a la bacanal de golpes, disparos, mutilaciones y huesos rotos que le propone Sam Hargrave siendo él el epicentro de prácticamente todas las secuencias de acción del metraje recurriendo sólo en contadas ocasiones a especialistas en escenas de riesgo. El único miembro del reparto que le hace algo de sombra es el actor hindú Randeep Hooda, interpretando el rol de Saju, que acapara algunas de las que no están centradas en el actor de Thor: El Mundo Oscuro o Vengadores: Infinity War.




Tyler Rake no sólo se revela como uno de las producciones de acción más efectivas y entretenidas del actual catálogo de Netflix, también confirma la reciente tendencia de dejar en manos de verdaderos profesionales un tipo de cine necesitado de aquellos que empezaron delante de las cámaras jugándose la vida para facturarlo con altos niveles de calidad. No vamos a elogiar más de lo excesivo un proyecto en el que Anthony y Joe Russo han ideado un guión, basado en su propio cómic, repleto de lugares comunes, héroes duros y villanos de opereta, pero en lo referido a la factura técnica, en la que ya hemos incidido numerosas veces a lo largo de la entrada, todos los elogios que reciba la cinta de Sam Hargrave serán bien merecidos. Una nueva entrega de John Wick, la confirmación de la secuela de Atomic Blonde o la posibilidad de que David Leitch se encargue también de la futura Deadpool 3 no dejan de ser buenas noticias con respecto a que Hollywood siga esta buena racha a la que se suma Extraction y que seguramente Netflix seguirá explotando en un futuro próximo. Esperemos que cuando toda esta crisis sanitaria a nivel mundial pase puedan retomarse los rodajes de este tipo de producciones tan ligeras como disfrutables en las que, por otro lado, Corea del Sur o Indonesia van cientos de pasos por delante de un cine estadounidense que no deja de reflerjarse en dichos países para ejecutar thrillers como el que nos ocupa en esta entrada.




jueves, 2 de enero de 2020

Adiós



Título Original Adiós (2019)
Director Paco Cabezas
Guión Carmen Jiménez, José Rodríguez, Paco Cabezas
Reparto Mario Casas, Natalia de Molina, Ruth Díaz, Carlos Bardem, Vicente Romero, Mona Martínez, Pepa Aniorte, Sebastián Haro, Paulina Fenoy, Mauricio Morales, Pablo Gómez-Pando, Salva Reina





Seguramente el cineasta sevillano Paco Cabezas no sabía que su segundo largometraje, Carne de Neón, iba a suponer el prematuro punto de inflexión en su carrera. Aquella ruda y entrañable cinta protagonizada por Mario Casas, Ángela Molina, Macarena Gómez, Antonio de la Torre, Vicente Romero o Blanca Suárez, inspirada en el cortometraje homónimo rodado por el mismo director años antes, llamó la atención en el panorama internacional lo suficiente como para que el gran Nicolas Cage pusiera sus ojos en el máximo responsable del film para encargarse de la realización de uno de los muchos proyectos que el actor protagoniza al año. Tokarev destacaba entre el pozo de mediocridad y decadencia que suponían las últimas producciones del ganador del Oscar por Leaving Las Vegas gracias a la destacable labor de Cabezas detrás de las cámaras.




Dicho largometraje abrió a Cabezas las puertas de Hollywood y después de su segundo trabajo para la pantalla grande, Mr. Right, peculiar comedia romántica protagonizada por Sam Rockwell y Anna Kendrick, fueron la ficción televisiva y las plataformas digitales las que lo acogieron en su seno. Desde 2016 podemos encontrar al sevillano acreditado en labores de dirección en productos tan destacados como American Gods, Penny Dreadful, El Alienista, Deadly Class, Fear the Walking Dead o Dirk Gently, entre otros. Contra todo pronóstico moverse entre series de primera línea en la meca del cine mientras se ponen a su servicio actores de renombre como Ian McShane, Eva Green, Daniel Bruhl o Elijah Wood no es algo que a Cabezas se le haya subido a la cabeza, mostrándose siempre con los pies en la tierra y tan humilde o cercano como en sus inicios.




Es muy posible que sea esa sencillez la que incitó a Cabezas a abandonar momentaneamente su exitoso trayecto en Estados Unidos y aunar fuerzas con Enrique López Lavigne, artífice detrás de la productora Apache Films, para rodar su cuarto largo en España. Con Adiós Cabezas no sólo vuelve a su país de origen, sino también a su Sevilla natal localizando la trama en el famoso barrio de las 3000 Viviendas contando la historia de un matrimonio, interpretado por Mario Casas y Natalia de Molina, que el día de la comunión de su hija pequeña se ven implicados en un trágico hecho que supondrá el inicio de una serie de catastróficas desdichas en las que la violencia, el narcotráfico, la venganza y las fuerzas de la ley se verán implicadas convirtiendo la zona en un polvorín apunto de estallar.




Adiós es el proyecto más personal de Paco Cabezas. Un western con reminiscencias lorquianas en el que conviven Enrique Urbizu y Carlos Saura con Sergio Leone o Sam Packinpah. El sevillano apela a su puesta en escena habitual llena de vigor y crudeza mientras insufla al relato, escrito por él mismo junto a Carmen Jiménez y José Rodríguez, un lirismo basculante entre el dolor y la fatalidad al compás de un flamenco arrancado de las entrañas. Los lazos sanguíneos y fraternales, la inevitabilidad de la tragedia y el desarraigo como señas de identidad de unos personajes llevados al extremo permiten a Paco Cabezas desplegar todas las posibilidades dramáticas ofrecidas por lo que en manos de un cineasta menos talentoso y entregado a la causa hubiera desembocado en la enésima cinta sobre un ex delincuente viéndose arrastrado de nuevo a los viejos hábitos por una vendetta personal.




Se nota que Cabezas conoce de primera mano el terreno en el que se mueve. Esas 3000 Viviendas en las que los ciudadanos tienen que convivir día a día con la violencia y el crimen es capturada por el objetivo de su cámara con un cortante y seco realismo a pie de calle, mostrando la cara oculta de esa Sevilla que poco tiene que ver con el folclore propio de la capital andaluza adherido a pasos de semana santa, casetas de feria o señoritos adinerados. En Adiós sólo quedan el orgullo y los estrictos códigos de honor de clanes manteniendo una exigua tregua apunto de saltar por los aires, creando una atmósfera de continua amenaza que a un servidor no le es ajena por haber crecido, y seguir viviendo, en una ciudad en la que hechos como los mostrados en el film se suceden en algunas de las zonas más desfavorecidas donde el desamparo y la carestía sitúan la ilegalidad como uno de los pocos medios de supervivencia.




Si en Carne de Neón Cabezas demostró sobrada soltura para amalgamar secuencias de acción poderosas con un tono de comedia tierno y con corazón en Adiós hace lo propio, pero mejorando notablemente el resultado y en esta ocasión mezclando el tono de thriller policíaco y urbano con el drama. Mientras hace acto de presencia el enorme talento del sevillano para facturar pasajes en los que impera la violencia explícita no menos acertado es su medido y nada obvio retrato sobre el dolor y la pérdida dentro de un núcleo familiar. El in crescendo de intensidad dramática en el que se adentra Adiós en su último acto culmina con dos secuencias que están entre lo mejor visto en celuloide patrio este 2019 y son esa madre haciendo lo indecible por sus hijos, el clímax final en el edificio abandonado y el precioso epílogo que cierra la obra.




Hablar de Adiós es hacerlo de uno de los mejores y más compactos repartos que ha ofrecido el cine español en mucho tiempo. Hablar del reparto de Adiós es hacerlo del actor que lo encabeza y ese es Mario Casas. Todavía resuenan en este blog mis palabras de rechazo por esa aberración titulada 3 Metros Sobre el Cielo, película por la que siento un especial y genuino odio. Pero también dejé constancia en las reseñas de Grupo 7, Las Brujas de Zugarramurdi, Mi Gran Noche, El Bar o la citada Carne de Neón que el gallego es capaz de ofrecer trabajos meritorios alejados de los que le dieron popularidad. Casas ejecuta en Adiós el mejor papel de su carrera, una composición repleta de matices, fuerza y saber estar que eclosiona en el ya referenciado clímax final con algunos instantes que a un servidor le reconcilian definitivamente con el protagonista de La Mula o El Fotógrafo de Mauthausen.




A Mario Casas le da la réplica una de las mejores actrices jóvenes del momento, Natalia de Molina. Mi paisana de origen linarense acomete con las tablas de una veterana de la interpretación un papel difícil, sobre el que recaen las escenas de calado dramático más destacadas de Adiós con la doble ganadora del Goya brillando en todo momento. A los dos actores principales se suman secundarios como Vicente Romero o Mauricio Morales dentro de la familia Santos y Carlos Bardem, Sebastián Haro o Ruth Diaz como los policías que investigan el caso que da inicio a la trama, ofreciendo todos ellos una labor sobresaliente. Pero si hay un personaje que devora el encuadre cada vez que la cámara de Paco Cabezas repara en su presencia es Mona Martínez como María Santos, interpretando un papel desgarrador y fiero como arrancado de las páginas de Bodas de Sangre o La Casa de Bernarda Alba. Una hazaña lo de la actriz malagueña que corona un casting de lujo.




Adiós es la obra de madurez de un director que después de hacerse un nombre en el mundo del cortometraje, debutó en el largo con un producto humilde como Aparecidos que en cierta manera ya aventuraba un futuro internacional en el que se movería entre su país y esos Estados Unidos que le recibieron con los brazos abiertos después de que Ricky decidiera regalarle un prostíbulo a Pura, su madre ex convicta. Aunque dentro de poco volveremos a verlo en Hollywood en el nuevo spin off de Penny Dreadful, así como escribiendo y dirigiendo su nueva película, A Cat in a Box, un servidor sólo puede tener palabras de agradecimiento para Paco Cabezas por haber vuelto a su tierra, que es también la mía, para demostrar que el éxito y el haberse convertido en un artesano dentro del epicentro del cine a nivel mundial no le ha hecho olvidar de donde viene y las que serán siempre sus raíces.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

El Irlandés



Título Original The Irishman (2019)
Director Martin Scorsese
Guión Steven Zaillian, basado en el libro de Charles Brandt
Reparto Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Anna Paquin, Jack Huston, Ray Romano, Kathrine Narducci, Jesse Plemons, Domenick Lombardozzi, Stephen Graham, Jeremy Luke, Gary Basaraba, Welker White, Action Bronson, Chelsea Sheets, Kate Arrington, Sebastian Maniscalco, Stephanie Kurtzuba, Aleksa Palladino




Fue allá por 2004 cuando Robert de Niro se quedó enamorado con la lectura del libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt centrado en la vida del mafioso Frank Sheeran apodado “El Irlandés”. El protagonista de Novecento o La Misión contactó con su amigo Martin Scorsese y ambos hablaron de llevar la obra a la gran pantalla. Después de la confirmación de De Niro, Joe Pesci y Al Pacino en el reparto y varias versiones del guión a manos del mismo Charles Brandt o Steven Zailiian (La Lista de Schindler, Gangs of New York, American Gangster) el proyecto se postergó indefinidamente por culpa de la enorme inversión necesaria para sacarlo adelante y que ninguna de las productoras importantes de Hollywood quería asumir. Finalmente fue la plataforma de streaming Netflix la que se hizo con los derechos del largometraje y proporcionó a Scorsese un presupuesto de 158 millones de dólares, uno de los más altos de su filmografía, para llevarla a cabo. 




Con viejos conocidos del director de Taxi Driver o Malas Calles como Irvin Winkler, Nicholas Pileggi o el mismo Robert de Niro en la producción los nombres importantes dentro del reparto comenzaron a sucederse. Stephen Graham, Bobby Cannavale, Jesse Plemons, Anna Paquin, Ray Romano, Jack Huston o el veterano, y asiduo en los inicios de filmografía del italoamericano, Harvey Keitel se sumaron a la ambiciosa propuesta cinematográfica de The Irishman. La puesta de largo del film tuvo lugar el pasado 27 de septiembre en el Festival de Cine de New York donde comenzó a recibir los primeros elogios de una prensa especializada que se ha rendido a los pies de lo último de Martin Scorsese. Antes de su estreno en Netflix el próximo día 27 en Transgresión Continua ya hemos podido disfrutar El Irlandés en pantalla grande y V.O.S, de manera que a continuación vamos a ofrecer nuestra opinión sobre la que ya ha sido calificada como una de las mejores piezas de la carrera de su autor.




Aciertan todos aquellos que afirman no encontrarnos con El Irlandés ante una película mafiosa más dentro de la filmografía de Martin Scorsese. La última obra de director de Kundun o Silencio es una elegía, una declaración de amor a su cine, a todos los profesionales que le han acompañado a lo largo de su carrera y a los espectadores criados con sus producciones. El biopic de Frank Sheeran es una excusa conceptual, argumental y narrativa para que Scorsese aborde muchos temas, adscritos varios de ellos también a un plano más existencial que cinematográfico. Un trayecto de medio siglo a modo de distintos flashbacks sobrevuela los socorridos 210 minutos de metraje de The Irishman, iniciando con los primeros pasos como sicario de su protagonista en los años 50 y finalizando en su vejez. Este recorrido es abordado con hasta tres líneas temporales, con una principal acometida in media res denotando no sólo la excelsa labor de Steven Zaillian con el guión basado en la novela de Charles Brandt, sino también la profesionalidad de la habitual y veterana montadora Thelma Schoonmaker que debió ejecutar un descomunal ejercicio de funambulismo a la hora de ensamblar todo el material audiovisual proporcionado por el director.




Tres horas y media de metraje no sólo son indispensables para abordar una epopeya de enormes proporciones como la de Frank Sheeran y su relación con personajes como Russell Bufalino o Jimmy Hoffa. También lo es para que Scorsese cree paralelismos entre sus criaturas, la misma obra cinematográfica y su propia visión del mundo del hampa o el grueso de su filmografía. Este epílogo a obras maestras como Malas Calles, Goodfellas o Casino no sólo sintetiza en una sola pieza todas las perspectivas ofrecidas por Scorsese a la hora de reflexionar sobre la mafia. También trasciende lo meramente argumental para construir sinergias con ese Nuevo Hollywood del que él mismo fue uno de los estandartes junto a coetáneos y amigos como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Brian de Palma o George Lucas y al que parece dar carpetazo con la presente película. El autor de La Edad de la Inocencia o El Lobo de Wall Street acomete el desafío como el canto de cisne de una manera de hacer y entender el cine que desparecerá cuando él y sus compañeros ya no se encuentren entre nosotros.




De manera paralela a sus personajes principales El Irlandés, como obra cinematográfica, evoluciona, cambia y dice sus últimas palabras siendo una entidad totalmente diferente a la que balbucea sus primeras palabras tres horas antes. Frank Sheeran, Russell Bufalino o Jimmy Hoffa envejecen a lo largo del metraje, se hacen más sabios o contemplativos y la misma película lo hace con ellos. Por eso durante sus compases iniciales la puesta en escena de Martin Scorsese para The Irishman emana la vivacidad y el dinamismo propios de Goodfellas, Casino o The Departed con una cámara inquieta, vigorosa y siempre poderosa, aunque destilando la contención propia de un veterano que ha depurado su discurso hasta límites insospechados. Cuando las dos primeras horas del film son finiquitadas la tercera se centra en todo lo referido a la desaparición de Jimmy Hoffa y es entonces cuando Scorsese ejecuta el primer quiebro en la narración anulando casi por completo la música, estabilizando la cámara y dejando que los diálogos entre los personajes y la interacción mutua desarrollada por los mismos se apoderen del núcleo argumental central. La recta final del film, el epílogo del epílogo, destila la sapiencia de quien se sabe en sus últimos días de vida asumiendo como suyos todos los pecados del pasado sin poder, o querer, desprenderse de ellos.




En ocasiones pareciera como si The Irishman utilizara a Frank Sheeran en particular y al cine sobre mafiosos en general para hablar sobre el paso del tiempo, la vejez y el ocaso de la vida de su máximo responsable, el mismo Scorsese. En este sentido es inevitable hablar del uso de los efectos digitales para rejuvenecer a los actores del film, principalmente a Robert de Niro y Joe Pesci, los dos encargados de llevar casi todo el peso de la construcción argumental. Después de la primera escena en la que vemos a Frank Sheeran en su juventud con el CGI a pleno rendimiento, el primer impacto visual es notable y no pasa desapercibido, la enorme labor de los actores y la mano de Scorsese con ellos consiguen que olvidemos por completo dicha decisión quedando completamente relegada a un segundo plano y sólo experimentando algún repunte cuando asistimos a como un joven Sheeran luce un físico y unos movimientos que delatan la verdadera edad del protagonista de El Cabo del Miedo o El Rey de la Comedia por mucho que su rostro nos trate de convencer de lo contrario. Más allá de eso el famoso “lifting digital” queda en una nadería que no menoscaba en ningún aspecto la monumental labor depositada en el largometraje.




A lo largo de los 210 minutos de The Irishman, y como ya hemos evidenciado, Martin Scorsese no sólo vuelve sobre sus pasos para incluir referencias a su propia filmografía, también hace paradas en casi todo el cine mafioso americano de la segunda mitad del siglo XX, gran parte de él facturado por varios de los cineastas de ese Nuevo Hollywood que hemos referenciado con anterioridad y perteneciente a su séquito de amigos. De esta manera a los guiños dedicados a los films del mismo Scorsese se suman, por ejemplo, la épica de todas las entregas de la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, la melancolía y el revisionismo de Atrapado Por Su pasado (Carlito’s Way) o Los Intocables de Eliott Ness, ambas de Brian de Palma, amalgamándose en el trayecto vital de Frank Sheeran y sus socios. Pero, contra todo pronóstico, el clásico del subgénero al que más se asemeja El Irlandés viene de un director, como no podía ser menos, italiano que abordó la temática en su prematuro testamento detrás de las cámaras. Imposible no realizar conexiones entre Érase Una Vez en América, de Sergio Leone, y lo último de Scorsese apelando así a profesionales de su país de origen al que tanto ama y rendido tributo a lo largo de su carrera. Noodles y Frank Sheeran no dejan de ser distintas caras de una misma moneda, y lo afirmamos más allá del hecho de estar ambos interpretados por Robert de Niro.




Repleta de juegos de espejos y fugas metaficcionales El Irlandés también es un desfile interminable de cartas de agradecimiento por parte de Martin Scorsese a sus colaboradores, sobre todo en lo referido a sus actores, tanto los que forjaron su pasado como los que están ayudando a construir su presente. Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel, desgraciadamente abordando este último un rol breve en exceso dando vida a Angelo Bruno, son tres de los pilares más importantes de la carrera del italoamericano y además de reunirlos y hacerlos compartir encuadre les dedica una precioso tributo con esos anillos que sólo sus personajes portan. Tampoco se olvida el cineasta del “chico nuevo”, un Al Pacino al que Martin también ofrece innumerables referencias, unas más ocultas que otras, a varias de sus interpretaciones más icónicas como las ejecutadas en films como El Padrino II, Esencia de Mujer, Justicia Para Todos o El Precio del Poder (Scarface) antojándose inaceptable que esta haya sido su primera colaboración con el autor de Toro Salvaje. Por último el paso del tiempo vuelve a abrirse camino en El Irlandés y por ello su maestro de ceremonias consolida el “relevo generacional” de sus icónicos actores dando vida a mafiosos pasando el testigo a Stephen Graham, Bobby Cannavale o Jesse Plemons, a los que habría que sumar a un ausente Leonardo DiCaprio que abanderaría al grupo como último interprete fetiche del realizador.




Desde que se comenzó a rumorear que Martin Scorsese iba a reunir en El Irlandés a sus actores clásicos sumando la agradecida presencia de Al Pacino por primer vez dentro de su filmografía fuimos muchos los que esperábamos con dicho proyecto la salida del ostracismo por parte de los protagonistas que compartieron crédito en El Padrino II o Heat. Ha tenido que volver Scorsese para que Robert de Niro componga desde la contención y la sobriedad el mejor papel de su carrera desde, curiosamente, su última colaboración con el director en Casino. Al Pacino ejecuta un Jimmy Hoffa espectacular que, de manera ingeligente, va de más a menos en intensidad interpretativa aclimatándose a la austeridad del Frank Sheeran de De Niro con el que mantiene un tour de force incontestable mientras porta algunos de los mejores diálogos cómicos de la película. Pero en cuanto a los actores principales para el que suscribe hay un claro ganador y es que lo de Joe Pesci no es de este mundo. Más de cincuenta veces tuvo que llamarlo Scorsese para que aceptara el rol de Russell Bufalino abandonando así su retiro. El resultado es una labor en las antípodas de los mafiosos a los que dio vida en años pretéritos para el cineasta con una composición exquisita, meticulosa e intachable transmitiendo más con la mirada que con cualquier línea de diálogo.




Dentro de los secundarios encontramos tanto a veteranos en la filmografía de Martin Scorsese como a intérpretes que han colaborado con él en los últimos años, principalmente en televisión. Primero es de recibo mencionar a Harvey Keitel, uno de los mejores actores estadounidenses de los últimos cuarenta años y asiduo en la primera etapa del cineasta interviniendo en films como ¿Quién Llama a Mi Puerta?, Malas Calles, Alicia Ya No Vive Aquí, Taxi Driver o La Última Tentación de Cristo. Su papel es breve, de naturaleza más simbólica que argumental, pero está impecable y en el pasaje compartido con De Niro y Pesci la química entre los tres es desbordante. Stephen Graham es la revelación de The Irishman, algo que deberíamos haber aventurado ya con su enorme Al Capone en Boardwalk Empire. Cada vez que la cámara repara en el actor de This is England, sobre todo cuando comparte encuadre con Al Pacino, el resultado es de matrícula de honor. Bobby Cannavale, Ray Romano, Jesse Plemons o Domenick Lombardozzi también ejercen roles pequeños, pero saben aprovecharlos al máximo. La nota discordante la tenemos con un pobre retrato de personajes femeninos en el que sólo destaca el de una soberbia Anna Paquin que a pesar de su peso en la trama sólo posee una línea de diálogo, eso sí, una que sintetiza de manera magistral la relación con el personaje de su padre y el alma misma de un proyecto como The Irishman.




El Irlandés supone un punto y aparte en la carrera de Martin Scorsese. La mafia, el cine, su visión del sindicato del crimen y sus vinculos directos con todas las estructuras del poder en Estados Unidos crean paralelismos con el ocaso de iconos de Hollywood como el mismo director o esos Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel que dieron sus primeros paso junto a él y a los que, desgraciadamente, no quedan muchos años más dentro del mundo del cine. Ya hemos apuntado que Martin Scorsese es un autor inquieto y muy activo en lo profesional, pero si El Irlandés fuera su última película sería imposible imaginar mejor broche de oro para la carrera de uno de los más destacados directores de la historia del medio. Independientemente de si se degusta en pantalla grande o en casa cuando el próximo día 27 Netflix la incluya en su catálogo todo amante de la obra de Scorsese y del celuloide en mayúsculas debería ver un film como The Irishman. Tres horas y media de una odisea crepuscular en la que la amistad, la lealtad, la traición y la redención construyen un relato descarnado y melancólico que en la próxima edición de los Oscars debería estar muy presente e incluso llevarse para casa algunos de los galardones más importantes de un año en el que pocos trabajos pueden hacer sombra a esta última demostración de talento por parte de uno de los maestros más grandes del séptimo arte.


miércoles, 3 de abril de 2019

Capitana Marvel



Título Original Captain Marvel (2019)
Director Anna Boden, Ryan Fleck
Guión Nicole Perlman, Meg LeFauve, Anna Boden, Ryan Fleck, Geneva Robertson-Dworet, basado en el personaje de Roy Thomas y Gene Colan
Reparto Brie Larson, Samuel L. Jackson, Jude Law, Ben Mendelsohn, Gemma Chan, Annette Bening, Lee Pace, Mckenna Grace, Clark Gregg, Djimon Hounsou, Kenneth Mitchell, Lashana Lynch, Rune Temte, Damon O'Daniel, Colin Ford, Algenis Perez Soto, Robert Kazinsky, Chuku Modu, Matthew Maher, Stephen A. Chang, Pete Ploszek, Mark Daugherty, Vik Sahay, London Fuller, Diana Toshiko, Matthew Bellows, Richard Zeringue, Barry Curtis, Nelson Franklin, Patrick Brennan, Patrick Gallagher, Connor Ryan, Duane Henry, Ana Ayora, Stanley Wong, Don Cheadle, Scarlett Johansson, Mark Ruffalo, Chris Evans, Stan Lee





Más allá de la incomprensible polémica y el "boicot", de efectividad cuestionable si tenemos en cuenta  las cifras de recaudación a nivel mundial, a manos de un grupo de personas incapaces de diferenciar ficción y realidad o comprender cuán necesarias son la diversidad, la visibilidad o la inclusión en todo lo concerniente a largometrajes con una gran parte de público infantil como receptor a un servidor no le llamaba demasiado la atención una película como Capitana Marvel. Si obviamos la potentísima Vengadores: Infinity War, ante la que caí rendido irremisiblemente, mi relación con las últimas producciones de Marvel Studios se ha movido entre la indiferencia y cierta decepción como ya dejé patente en la reseñas de Thor: Ragnarok, Spider-Man: Homecoming o Black Panther. Sin saber a ciencia cierta si fueron mis bajas expectativas las responsables hace unos días salí muy satisfecho de la proyección de esta primera incursión cinematográfica de Carol Danvers.




Capitana Marvel supone la primera película de Marvel Studios protagonizada por una mujer aunque todos sabemos que el UCM está repleto de roles femeninos secundarios, muchos de ellos notablemente importantes para su construcción y desarrollo. De la dirección se encargan, Anna Boden y Ryan Fleck, marcando la presencia de la primera la, también, primera incursión de una realizadora en la productora comandada por Kevin Feige.  El guión ha sido asignado a los mismos directores con la ayuda de las autoras Nicole Perlman (Guardianes de la Galaxia), Geneva Robertson-Dworet (Tomb Raider) y Meg LeFauve (El Viaje de Arlo). En el reparto encontramos a Brie Larson como Carol Danvers y le acompañan Samuel L. Jackson, Jude Law, Annete Benning, Lee Pace, Mckenna Grace, Clark Gregg o Djimon Hounsou entre otros. 




Como era de esperar y lógico Captain Marvel es una "película de orígenes" y como tal sigue de manera minuciosa la fórmula establecida por la división cinematográfica de Marvel Cómics. Lo interesante es que dentro de una conceptualidad bastante rígida y conservadora la cinta de Anna Boden y Ryan Fleck se adscribe a distintos subgéneros. Por un lado apela a las señas de identidad propias del celuloide superheróico clásico, pero también hay una clara influencia de la space opera, tanto de la indivisible al universo cósmico en viñetas en el que se inspira como de la cinematográfica ya establecida en la franquicia por las dos entregas de Guardianes de la Galaxia o Vengadores Infinty War. A todo esto se suma una divertida vertiente de thriller policíaco de los 90 reflejada no sólo en la ambientación, sino en la puesta en escena de varios de los pasajes relacionados con la acción del film.




Evidentemente la película realiza una traslación del génesis en viñetas del personaje auspiciado por sus creadores, el guionista Roy Thomas y el dibujante Gene Colan, a finales de los 60. Pero el guión escrito a diez manos toma también notables referencias de sagas como La Guerra Kree-Skull o la más reciente Invasión Secreta, aunque asumiendo no pocas licencias, tan coherentes con la construcción argumental del relato planteado, como controvertidas en lo referido a su origen en viñetas. De esta manera la historia, con puntos en común tanto con la franquicia de Jason Bourne como con Memoria Letal (The Long Kiss GoodNight), de Shane Black y Renny Harlin, centra su atención en el intento por parte de la protagonista de recuperar los recuerdos que le permitan saber quién es y de dónde procede mientras forma parte de Fuerza Estelar del imperio Kree, enfrentado este con sus rivales, los Skrull, localizando la acción en el año 1995 terrestre.




Resulta curioso que en los primeros compases del metraje se utilice un recurso tan poco acomodaticio e inusual en este tipo de celuloide como el del aluvión de flashbacks desordenados expuestos en la secuencia de la captura de Carol y luego desplegados a lo largo y ancho del film para ir encajando gradualmente como si de un puzzle se tratase. Esa idea narrativa que pudiera hacernos parecer que Capitana Marvel va a transitar terrenos algo más exigentes de cara al espectador finalmente desaparece y deja paso a una trama mucho más funcional y lineal, aunque no carente de interés. En este sentido el libreto se apega a la "Fórmula Marvel Studios" con una hábil mezcla de acción, drama y humor dosificada de manera inteligente y añadiendo un tono que transita con facilidad entre la épica, un intimismo tan ligero como efectivo y una comicidad casi nunca fuera de lugar y encontrando a sus mejores valedores en la protagonista, los personajes de Samuel L. Jackson y Ben Mendelsohn o Goose.





El trabajo detrás de las cámaras de Anna Boden y Ryan Fleck es el habitual en casi todas las producciones de Marvel Studios. Una labor tan impersonal como cumplidora es la desplegada por los autores Una Historia Casi Divertida, centrándose principalmente en los pasajes focalizados en las relaciones interpersonales de los protagonistas y dejando las secuencias de acción con más envergadura a una segunda unidad ducha en el uso del CGI y un diseño de producción de proporciones cósmicas, nunca mejor dicho. Aunque se ha comentado en este sentido que Capitana Marvel no está a la altura un servidor más allá de algún momento puntual en lo referido a los efectos digitales y el, notablemente mejorable, maquillaje de los Skrull no ha visto nada fuera de lugar. Lógicamente producciones como las del díptico Guardianes de la Galaxia o la trilogía de los Vengadores son más ricas en cuanto a contenido y continente, pero en la cinta que nos ocupa no encuentro nada grave.




Después de la polémica detrás, no sólo de los temas sobre la militancia de la actriz o sus peticiones de cara a las entrevistas, del todo lúcidas para el que suscribe, sino también de los referentes a si en las imágenes promocionales nunca salía sonriendo, a esos límites de insulsez hemos llegado, Brie Larson me ha convencido dando vida a Carol Danvers. Evidentemente no destila las ingentes dosis de carisma del personaje en, por poner un ejemplo destacable y más o menos reciente, los cómics escritos por Kelly Sue DeConnick, guionista con fugaz cameo en la película. Pero la actriz de The Room sabe insuflarle las adecuadas dosis de carisma, fuerza, simpatía y dramatismo para mostrarse convincente en esta producción y asentar las bases para desarrollar su rol de cara a futuras incursiones del mismo en el UCM. Como la que se nos viene encima en poco menos de un mes con la cuarta entrega de Los Vengadores.




Por suerte Larson cuenta con un sidekick a la altura de las circunstancias. Esta es la tercera vez que la actriz comparte pantalla con Samuel L. Jackson después de la divertidísima Kong: Isla Calavera y Tienda de Unicornios, su debut como directora, y en todo momento se nota la complicidad de ambos en pantalla. Es divertido encontrar a un Nick Furia todavía ajeno a la naturaleza sobrenatural de los superhéroes con los que irá encontrándose a lo largo de su carrera profesional dentro de SHIELD o asistir a los primeros pasos como agente de campo de un joven, y novato, Phil Coulson interpretado por un convenientemente rejuvenecido Clark Gregg. Ben Mendelsohn por medio de profesionalidad y Annete Bening de veteranía sacan adelante dos interesantes, pero polémicos, personajes mientras Goose se convierte en el secundario robaplanos ganándose el corazón de la platea por su mezcla entre ternura y brutalidad, muy en la línea de Groot. Por último Jude Law acierta a la hora de dar vida a un rol ambiguo y perspicaz capaz de sacar mucho partido a los pasajes compartidos con la protagonista.




Más allá de mi alegría por la bestial recaudación internacional de la película sería injusto considerar Capitana Marvel como una gran película de superhéroes o una de las mejores producciones de Marvel Sutidos, porque desde mi punto de vista, personal e intransferible, está lejos de serlo. Pero como primera cinta del personaje en particular y protagonizada por un personaje femenino de la Casa de las Ideas en general cumple sobradamente su cometido de entretener y transmitir un, sencillo y efectivo, mensaje sobre anteponerse a la adversidad aunque esta siempre intente machacarnos por puro rechazo social o prejuicios de distinto pelaje. El largometraje de Anna Boden y Ryan Fleck no destaca con notoriedad en ningún aspecto, pero funciona de manera competente en todos ellos y sirve como agradable entremés de cara a esa Avengers: Endgame de la que espero con ganas el momento en que Carol se las vea con el Titán Loco y empiecen a repartir hostilidades mutuas.


martes, 19 de marzo de 2019

True Detective: Temporada 3, vida, muerte y luna de cosecha



"Siempre es muy tarde, hagamos lo que hagamos"




En el año 2014 el canal de televisión por cable HBO estrenaba la primera temporada de True Detective, una de sus propuestas más potentes para aquella temporada. La ficción creada y escrita por Nic Pizzolatto (The Killing), dirigida por Cary Joji Fukunaga (Maniac) y protagonizada por Matthew McCounaughey (La Torre Oscura) y Woody Harrelson (Han Solo: Una Historia de Star Wars) supuso una inesperada sorpresa. Aquel relato neo-noir localizado en el sur de Estados Unidos mezclando el thriller policíaco con una pátina sobrenatural deudora del imaginario de H.P Lovecraft enamoró a propios y extraños gracias a la solidez de su escritura, la potencia de su realización y el enorme trabajo de su dúo protagonista. El éxito fue tan rotundo e instantáneo que HBO presionó a Nic Pizzolatto para tener escrita la segunda temporada lo antes posible y con ello repetir el espaldarazo conseguido con las investigaciones de los agentes Rust Cohle y Marty Hart. Esa segunda tanda de episodios llegó un año después, en 2015, y haciendo honor a su naturaleza de antología abandonaba Louisiana y los personajes de la primera para dirigir su mirada hacia Los Ángeles con una historia coral protagonizada por Colin Farrell, Rachel McAdams, Vince Vaughn, Taylor Kitsch y Kelly Reilly. Aunque la historia mantenía los parámetros del thriller policíaco el cambio de tono, una trama más apegada a la realidad y la pérdida de un único director para rodar todos los episodios (aunque se contara con la labor de respetables artesanos como Justin Lin, Daniel Attias o Miguel Sapochnik) conformaron un producto notable, pero muy inferior a su predecesor y carente de su magia. Tras el mal recibimiento de esta True Detective 2 la serie de Nic Pizzolatto parecía muerta y enterrada o esa fue nuestra impresión durante casi tres años.




Pero el pasado 2018 saltaba la inesperada noticia que se viralizaba por toda la red. HBO renovaba la serie y daba una nueva oportunidad a Nic Pizzolatto para reverdecer los laureles de la primera temporada. Esta vez el creador, guionista y showrunner había contado con mucho más tiempo para diseñar su nueva propuesta y la cadena de pago le ofreció su apoyo contratando como protagonista al doblemente oscarizado, aunque por aquel entonces sólo había conseguido el que le proporcionó su papel en Moonlight, Mahershala Ali. Al actor de Green Book le acompañarían Stephen Dorff, Carmen Ejogo, Scoot McNairy, Ray Fisher o Sarah Gadon entre otros intérpretes. En lo referido a los directores que se encargarían de rodar los episodios en HBO también se contrataron los servicios de Jeremy Saulnier, responsable de la interesante y exitosa película Green Room y designado como realizador de las tres primeras entregas, así como productor ejecutivo de esta nueva temporada. Pero fue en abril del pasado año cuando Saulnier oficalizaba su abandono del proyecto por “problemas de agenda” dejando vía libre para no pocas especulaciones sobre su mala relación con un Pizzolatto que ya se las había visto previamente con su anterior cineasta, Cary Joji Fukunaga. A los dos episodios rodados por Saulnier se unen otros dos en los que el mismo Pizzolatto debuta detrás de las cámaras y cuatro más a manos de Daniel Sackheim, veterano curtido en producciones como Expediente X o The Walking Dead y también acreditado en la producción ejecutiva del show.




Estrenada el 14 de enero y finiquitada su emisión el pasado 24 de febrero la tercera temporada de True Detective cumple con lo prometido en los distintos trailers. La nueva entrega de la serie de Nic Pizzolatto es una vuelta a las raíces, aquellas abandonadas en la segunda temporada para alejarse notablemente de las de la primera con la idea de no convertirse en un producto fácil o redundante. No sabemos si por propia voluntad o presiones de la misma HBO, pero el autor de Nueva Orleans vuelve a la América Profunda, a los entornos rurales, a las localidades donde la carestía económica y el oscurantismo campan a sus anchas. También encontramos nuevamente a una pareja de detectives antagónicos, los agentes Wayne Hays y Roland West, investigando un misterioso caso de secuestro y asesinato infantil en Ozark (Arkansas) que Nic Pizzolatto y sus puntuales colaboradores al guión narran por medio de tres líneas temporales localizadas en 1980, 1990 y la actualidad. De esta manera el apartado referido a la escritura de True Detective 3 es casi impecable, una demostración más de que el autor de Galveston es un excelente narrador capaz de interconectar de manera brillante, por medio de juegos de espejos y paralelismos, varias tramas con diferentes cronologías, aunque en esta ocasión lo haya ejecutado con la ayuda de David Milch (Deadwood) y Graham Gordy (One Dollar).




Pizzolatto despliega una retorcida maraña de pistas, sospechosos y situaciones inquietantes con la intención de tejer una poliédrica trama detectivesca en la que se sumergen sus dos investigadores protagonistas y algún otro personaje secundario como el de Carmen Ejogo. No han sido pocos los espectadores descontentos con la manera en la que el guionista ha abordado este apartado, por otro lado de vital importancia para al adecuado discurrir de la temporada. Pero un servidor piensa que, más allá de un final cuestionable y expositivo en exceso, los planteamientos policíacos usados no sólo son casi siempre coherentes dentro de la ficción y su contexto, sino que también infieren en una de las mayores virtudes de esta tercera etapa de True Detective como son la repercusión y las secuelas a nivel psicológico que el caso de los niños desaparecidos dejan en los personajes principales y sobre todo en el de Mahershala Ali, encargado, en casi todo momento, de llevar el peso del relato central. De esta manera podemos acusar a Pizzolatto de no haber estado a la altura de lo esperado a la hora de rematar las distintas subtramas en las que se disgrega su historia, entregándose en algunos momentos a las excusas narrativas pobres y las resoluciones inverosímiles, pero el trayecto hasta llegar a ese cierre es, para un servidor al menos, muy satisfactorio.




En cuanto a la realización de los episodios por parte de los tres directores se repite la tónica habitual de la temporada. Jeremy Saulnier, Nic Pizzolatto y Daniel Sackheim se dedican a emular la puesta en escena de Cary Joji Fukunaga para la primera True Detective de 2014 llevando a cabo una labor notable todos ellos, pero sin imprimir señas de identidad propias perceptibles en manera alguna por mucho que en el caso del primero estemos hablando de un cineasta comenzando a despuntar como autor de largometrajes con la ya citada Green Room, la previa Blue Ruin o aquella Noche de Lobos (Hold the Dark) hecha al amparo de Netfilx. Pizzolatto toma el relevo de Saulnier antes de terminar este los tres episodios asignados a su persona, sólo sale acreditado en los dos primeros, y el guionista cumple sobradamente detrás de las cámaras mimetizando su impronta con el ya establecido look visual del programa y alardeando de técnica en algún momento como en el asalto a la casa de Brett Woodard, el pasaje técnicamente destacable de esta tercera temporada de la misma manera que el plano secuencia de la redada al club motero lo era de la primera y el ataque frustrado al laboratorio de metanfetamina de la segunda. Sackheim hace lo propio con Pizzolato y encarrila adecuadamente la segunda mitad de los episodios con la profesionalidad esperada.




Acierto mayúsculo por parte de HBO y Warner Bros dar el papel protagonista a Mahershala Ali. El actor de Alita: Ángel de Combate ofrece todo su talento para dar forma a un personaje acometido por medio de una deconstrucción psicológica dividida en tres partes diferenciadas, una para cada línea temporal. El brillante y obcecado detective de 1980 se alterna con el hombre curtido en mil batallas con problemas profesionales y personales de 1990 y el anciano entrevistado de la actualidad asediado por todos los demonios de su pasado y una más que probable demencia senil. El intérprete de Luke Cage o Figuras Ocultas se aferra a matices, medido lenguaje corporal y gestual o modulación de su voz para ofrecer un recital brillante. No le va a la zaga un Stephen Dorff impresionante confirmando ser uno de los actores más infravalorados de su generación, nunca habiendo recibido ese “gran papel” (aunque hubo un amago en Somewhere, de Sofia Coppola) que le consagre y teniendo que luchar aquí con los responsables de maquillaje y peluquería que tan inspirados estuvieron con su compañero de reparto y tan poco con él. Carmen Ejogo sacando oro de su personaje, un Scoot McNairy tan destacable como siempre, Ray Fisher en la contenida piel del hijo del protagonista o Sarah Gadon como la incisiva entrevistadora completan el destacable reparto.




Por desgracia cuando la temporada termina y, a nivel personal, poca queja se le puede poner a su conjunto, e incluso antojándose justo mencionar la mejoría con respecto a la anterior, la sensación final es que aquella True Detective de 2014 fue un verdadero golpe de suerte que aquí no vuelve a acontecer. Nic Pizzolatto ha hecho todo lo posible por rememorar lo acaecido en aquella tanda de capítulos inicial, pero el resultado queda muy lejos de la misma y seguramente es difícil dilucidar adecuadamente el motivo. Había algo especial en el caso convertido en odisea vital para los agentes Rust Cohle y Marty Hart que no ha vuelto a repetirse en ninguna de las dos temporadas posteriores. No sabría decir si era aquel subtexto onírico apuntando hacia una naturaleza extraterrena latiendo bajo el relato, la labor superlativa de un Matthew McConaughey inolvidable respaldado por un Woody Harrelson a la altura de las circunstancias o la labor de Cari Joji Fukunaga mimetizando sus aptitudes de narrador con la impecable letra de Pizzolatto funcionando hasta límites dificilmente repetibles, pero queda claro de manera cristalina que lo de True Detective 1 fue una bellísima anomalía irrepetible, inalcanzable y única dentro de una serie que nunca ha vuelto, ni volverá, a alcanzar dichas cotas de calidad. Por lo tanto nos queda una tercera temporada hasta notable en varios aspectos, pero a años luz de la primigenia que dio inicio a todo.




En resumidas cuentas la tercera temporada de True Detective es un producto de notoria calidad ejecutado por un grupo de profesionales capaces y cuyos aciertos están a la altura de la cadena responsable de su producción y emisión. Pero a pesar de sus virtudes, aciertos y mejorías con respecto a la entrega inmediatamente anterior volvemos a afirmar que el resultado queda a años luz de aquella icónica primera temporada. Al igual que sucedía con True Detective 2 esta tercera parte posiblemente sería mejor valorada si no estuviera vinculada a la marca a la que pertenece, pero irremediablemente es la continuación de una serie excelente que únicamente en su génesis consiguió revelarse como una obra maestra de la ficción flmada. Por ahora no se sabe si tendremos una cuarta temporada de True Detective, los ratings de audiencia parecen no haber sido muy destacables a lo largo de estos nuevos ocho episodios, de manera que sólo el paso del tiempo nos dirá si volveremos a seguir la pista de estos detectives dispuestos a dejarse la piel a la hora de desentrañar los casos más siniestros de la “Crónica Negra” estadounidense. Seguramente no tendremos una respuesta a corto plazo ya que ahora mismo HBO está dedicada en cuerpo y alma a engalanarse ante la inminente llegada de la última temporada de su serie más exitosa. Esa Juego de Tronos cuya recta final de seis entregas acaparará todas las miradas dejando a la creación de Nic Pizzolatto en el limbo y con su futuro pendiendo de un hilo.


domingo, 17 de febrero de 2019

Punisher: Temporada 2, la conjura de los necios



"No es como la mayoría. No quiere encariñarse, porque teme sufrir. Y prefiere estar furioso con el mundo a arriesgarse a formar parte de él"




Después de su excelente debut en la segunda temporada de Daredevil el Punisher de Jon Bernthal protagonizó la primera tanda de episodios de su propia serie a finales de 2017. El resultado fue uno de los mejores exponentes dentro de las producciones inspiradas en personajes de Marvel Cómics auspiciadas por la plataforma de streaming Netflix. Con Steve Lightfoot (Hannibal) como showrunner y un grupo de secundarios formado por Ben Barnes, Ebon Moss-Bachrach, Amber Rose Revah, Jason R. Moore o la habitual de la casa Deborah Ann Woll escoltando al actor que dio vida al Shane de The Walking Dead la temporada inicial de Punisher supuso una excelente aproximación al atihéroe creado por Gerry Conway, John Romita Sr y Ross Andru en 1974. Tomando influencias de etapas como las de Garth Ennis o Jason Aaron en el sello MAX, entre otras, facturaron un producto violento, ambiguo y con unos niveles de calidad notablemente altos. Como era de esperar después de este bautismo de fuego las expectativas con respecto a la segunda temporada se dispararon hasta la estratosfera y el pasado 18 de enero Netflix incluyó en su catálogo los trece episodios para que sus suscriptores pudieran degustarla al completo. Por desgracia, y contra todo pronóstico, nuestras primeras impresiones sobre esta nueva, y aparentemente última, temporada de Punisher difícilmente pueden ser más negativas. Llegando a parecernos una de las muestras más flojas de los productos de la Casa de las Ideas impulsados por la compañía fundada por Reed Hastings y Marc Randolph en 1997.




Un servidor debe admitir que la presencia del personaje de Amy Bendix, interpretado por la actriz americana Giorgia Whigham, en una de las promos de esta segunda temporada le transmitió malas vibraciones, pero no quería dictar sentencia hasta ver la serie. Desgraciadamente no sólo andaba acertado, sino que me quedé corto con mis elucubraciones cuando pude confirmar lo inusualmente duro de visualizar íntegros los trece episodios. No me equivocaba cuando consideré la presencia de Amy como uno de los problemas más grandes de esta segunda temporada, ya que su enorme peso en la trama central y su continua interacción con Frank Castle dinamitan todo el conjunto argumental de esta etapa de la serie y la personalidad de un protagonista cuyo perfil queda brutalmente desdibujado en comparación con lo visto previamente un año antes. Pero como ahora trataremos de desarrollar no sólo es la inclusión de dicho rol el único problema, aunque sí el mayor, ya que la ineficacia y la mediocridad se extienden por el resto de subtramas pobladoras de un producto con una inesperada mediocridad en casi todos sus aspectos, abocando al sonoro fracaso la despedida de Frank Castle de su paso por Netflix después de haber protagonizado dos incursiones previas de muy alta calidad.




Es innegable que los tres primeros episodios apuntan buenas maneras. Steve Lightfoot y sus colaboradores al guión y la realización se ocupan de contextualizar, espacial y temporalmente, la situación de Frank Castle después de los hechos acaecidos en la primera temporada. Ese trío de capítulos condensan con eficiencia el espíritu del personaje y su idiosincrasia, además de ser fiel al tono y la intencionalidad de las trece entregas previas. El protagonista en ningún momento ejerce oficialmente como Punisher, pero sus arrebatos violentos y guerra continua contra unos criminales a los que elimina sin pestañear siguen vigentes y a pleno rendimiento. A esto habría que sumar el interesante y agradecido homenaje que se hace en el tercer episodio, Trouble the Water, a Asalto a la Comisaría del Distrito 13, y por efecto dominó a Río Bravo, la mítica segunda película de John Carpenter, con un vigor y fuerza en la puesta en escena dignos de elogio. Mientras tanto dos líneas argumentales discurren paralelas a la centrada en Frank. Una de ellas está focalizada en Billy Russo (Ben Barnes), todavía custodiado por la agente Dinah Madani (Amber Rose Revah) en el hospital y siendo tratado por una psiquiatra, la doctora Krista Dumont (Floriana Lima), cuyos lazos afectivos compartidos con él se irán estrechando cada vez más. La otra sigue la pista a John Pilgrim (Josh Stewart) un asesino extremista religioso que se verá las caras con el Castigador en la recta final.




Hasta el tercer episodio la narración discurre sin estridencias, lejos de mostrar las virtudes de la temporada anterior, pero dando buenas muestras de realización, escritura e interpretación. Lamentablemente a partir del cuarto todo empieza a torcerse de manera tan gradual que no llega a enderezarse en ningún momento hasta la finalización de la serie. La buena intención de los guionistas a la hora de dar profundidad psicológica a Jigsaw, si se le puede llamar así con sólo tres o cuatro cicatrices mal puestas a lo largo de su rostro, por medio de su relación con la Doctora Dumont se alarga hasta lo agónico cuando convierten a esta en un personaje recurrente cuya única misión es dar la réplica al villano. Experimentando con él una relación de atracción física sustentada en la toxicidad, dando vueltas sobre el mismo concepto, estirando hasta lo indecente una subtrama fácilmente finiquitable en no más de cinco episodios, abarcando aquí los trece interminables de la temporada. Se antoja imposible enumerar la cantidad de redundantes sesiones en las que terapeuta y paciente comienzan una conversación derivando esta en un arrebato violento o ataque de pánico por parte del personaje de Ben Barnes, sin llegar a ninguna parte desde un punto de vista argumental y sólo dando muestras de innecesaria redundancia por parte de los guionistas.




No mucho mejor es la subtrama dedicada al John Pilgrim al que da vida con notable acierto Josh Stewart (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace). Este fanático religioso reconvertido en brutal asesino, y que parece sacado de las páginas de un cómic escrito por el autor de Scalped, tiene un potencial y una peculiar presencia física capaces de convertirlo en la revelación de la temporada. Pero siguiendo la tónica errónea, previamente apuntada, la escritura dedica mucho más tiempo a la insulsa historia protagonizada por Billy Russo que a la suya. De este modo las apariciones de Pilgrim son interesantes, muestran la dualidad autodestructiva, pusilánime e hipócrita de su psique, pero están tan espaciadas en el tiempo, mal ensambladas en el conjunto de la serie, y desvinculadas del núcleo central que bascula la narración como para llegar a perder el interés del espectador. Pasado el ecuador de la temporada llega un momento en el que los guionistas casi se olvidan por completo de su línea argumental y cuando la recuperan la sensación de desubicación y añadido puramente alimenticio se hace notable en pantalla. Todo el tiempo que Steve Lightfoot y sus colaboradores dedican a los fatigosos encuentros entre Russo y Dumont los podían haber aprovechado para construir detrás de Pilgrim un imaginario más rico e interactivo con respecto a, sobre todo, la historia planteada con Frank Castle como epicentro.




Toda esta ineficacia aplicada a las subtramas sería, hasta cierto punto, perdonable si no fuera porque la principal, la que da sentido y supuesta solidez al conjunto de la temporada, es tan o más deficiente. La inclusión del personaje de Amy Bendix es una burda excusa narrativa para crear una relación paternofilial con Frank cuyos ecos nos retrotraigan a la compartida con sus hijos, Frank Jr y Lisa. Esta idea, mal planteada desde su concepción, queda en nada por la forzada pátina humorística adherida a la adolescente bala perdida a la que da vida una esforzada Giorgia Whigham y en la que se ve involucrado el protagonista. La sesión continua de secuencias, supuestamente cómicas, sustentada en el choque de personalidades entre protector y protegida, como si de una versión marca blanca de El Profesional (León) se tratase, depara momentos de vergüenza ajena y sonrojo propios de una mala sitcom. El culmen de esta desfachatez conceptual toca techo con el montaje de escenas, acompañadas de música pop, en el que Amy se prueba la ropa de Madani delante del espejo como si estuviera protagonizando un pasaje de Solo en Casa. Este tratamiento del nuevo personaje repercute en una temporada en la que la verborrea y los diálogos redundantes solapan las, más bien pocas, escenas de acción. Brillantes cuando hacen acto de presencia, pero tan escasas que se antojan totalmente insatisfactorias.




Lo peor de todo este desaguisado es que la enorme labor de Jon Bernthal con el personaje queda reducida al mínimo exponente. Se antoja demencial tener a un actor entregado por la causa, bestial a la hora de implicarse en las secuencias de acción y que entiende al 100% la idiosincrasia de su criatura deambulando de aquí para allá sin una finalidad concreta desde una perspectiva narrativa y compartiendo interminables diálogos con secundarios que más que aportar riqueza a su personalidad se la arrebatan. Duele ver cómo algunas de las secuencias de acción de los tres primeros episodios, la del gimnasio de la mafia rusa o la del parking muestran leves fogonazos de la segunda temporada de Punisher que pudo ser y no fue. Todo por culpa de unos guionistas cuya intención parece la de boicotear una adaptación a imagen real que en su presentación en la serie del Hombre Sin Miedo o su primera incursión en solitario había dado muestras de poderosa impronta, conocimiento de la esencia de Frank Castle como personaje y preponderancia de unas escenas dinámicas y de violencia sólo un peldaño por debajo de las de la serie protagonizada por Charlie Cox. De esta manera el Punisher de Netflix queda totalmente despersonalizado, blanqueado y llevado hasta el ridículo. Llegando incluso a perdonar la vida a, si no me fallan las cuentas, tres criminales. Algo impensable para un asesino que en las viñetas ha sido capaz de matar a la mujer de un mafioso justo después de haber alumbrado a su hijo.




No hay más que mirar mi imagen de perfil para dilucidar que Punisher es uno de mis personajes de cómic favoritos. Lo es porque defiende un ideario que en la realidad me resulta execrable, pero en la ficción fruicioso, catártico y con predisposición al divertimento cafre y reaccionario. Por eso me resulta doblemente doloroso hacer esta reseña sobre una serie brillante en su primera temporada y muy fallida en la segunda. Aunque pudiera parecer lo contrario comencé a ver esta segunda tanda de episodios a pocos días de su inclusión en el catálogo de Netfilx. Pero pasado el ecuador mi decepción inicial evolucionó en enfado e indignación, obligándome a dar un descanso temporal al visionado de un producto convertido en una de las mayores decepciones que recuerdo como espectador y fan del personaje creado en las páginas de aquel lejano The Amazing Spider-Man #129. Aunque, por el momento, no se ha confirmado nada oficialmente todo apunta a que esta ha sido la despedida de Frank Castle de Netflix y desgraciadamente no ha podido ser más deficiente. Me queda la esperanza de que Hulu o Disney en su próxima plataforma de streaming recuperen al personaje y a Jon Bernthal para darle continuidad o un final a la altura, porque lo acontecido en estos trece episodios clama al cielo. Para colmo ese plano final, con romcabolesco in memorian a Stan Lee, deja claro que los guionistas podían haber mostrado en todo momento al vedadero Punisher, pero no les ha salido de salva sea la parte hacerlo, demostrando poco respeto o consideración hacia él o los fans del mismo.