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miércoles, 27 de noviembre de 2019

El Irlandés



Título Original The Irishman (2019)
Director Martin Scorsese
Guión Steven Zaillian, basado en el libro de Charles Brandt
Reparto Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Anna Paquin, Jack Huston, Ray Romano, Kathrine Narducci, Jesse Plemons, Domenick Lombardozzi, Stephen Graham, Jeremy Luke, Gary Basaraba, Welker White, Action Bronson, Chelsea Sheets, Kate Arrington, Sebastian Maniscalco, Stephanie Kurtzuba, Aleksa Palladino




Fue allá por 2004 cuando Robert de Niro se quedó enamorado con la lectura del libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt centrado en la vida del mafioso Frank Sheeran apodado “El Irlandés”. El protagonista de Novecento o La Misión contactó con su amigo Martin Scorsese y ambos hablaron de llevar la obra a la gran pantalla. Después de la confirmación de De Niro, Joe Pesci y Al Pacino en el reparto y varias versiones del guión a manos del mismo Charles Brandt o Steven Zailiian (La Lista de Schindler, Gangs of New York, American Gangster) el proyecto se postergó indefinidamente por culpa de la enorme inversión necesaria para sacarlo adelante y que ninguna de las productoras importantes de Hollywood quería asumir. Finalmente fue la plataforma de streaming Netflix la que se hizo con los derechos del largometraje y proporcionó a Scorsese un presupuesto de 158 millones de dólares, uno de los más altos de su filmografía, para llevarla a cabo. 




Con viejos conocidos del director de Taxi Driver o Malas Calles como Irvin Winkler, Nicholas Pileggi o el mismo Robert de Niro en la producción los nombres importantes dentro del reparto comenzaron a sucederse. Stephen Graham, Bobby Cannavale, Jesse Plemons, Anna Paquin, Ray Romano, Jack Huston o el veterano, y asiduo en los inicios de filmografía del italoamericano, Harvey Keitel se sumaron a la ambiciosa propuesta cinematográfica de The Irishman. La puesta de largo del film tuvo lugar el pasado 27 de septiembre en el Festival de Cine de New York donde comenzó a recibir los primeros elogios de una prensa especializada que se ha rendido a los pies de lo último de Martin Scorsese. Antes de su estreno en Netflix el próximo día 27 en Transgresión Continua ya hemos podido disfrutar El Irlandés en pantalla grande y V.O.S, de manera que a continuación vamos a ofrecer nuestra opinión sobre la que ya ha sido calificada como una de las mejores piezas de la carrera de su autor.




Aciertan todos aquellos que afirman no encontrarnos con El Irlandés ante una película mafiosa más dentro de la filmografía de Martin Scorsese. La última obra de director de Kundun o Silencio es una elegía, una declaración de amor a su cine, a todos los profesionales que le han acompañado a lo largo de su carrera y a los espectadores criados con sus producciones. El biopic de Frank Sheeran es una excusa conceptual, argumental y narrativa para que Scorsese aborde muchos temas, adscritos varios de ellos también a un plano más existencial que cinematográfico. Un trayecto de medio siglo a modo de distintos flashbacks sobrevuela los socorridos 210 minutos de metraje de The Irishman, iniciando con los primeros pasos como sicario de su protagonista en los años 50 y finalizando en su vejez. Este recorrido es abordado con hasta tres líneas temporales, con una principal acometida in media res denotando no sólo la excelsa labor de Steven Zaillian con el guión basado en la novela de Charles Brandt, sino también la profesionalidad de la habitual y veterana montadora Thelma Schoonmaker que debió ejecutar un descomunal ejercicio de funambulismo a la hora de ensamblar todo el material audiovisual proporcionado por el director.




Tres horas y media de metraje no sólo son indispensables para abordar una epopeya de enormes proporciones como la de Frank Sheeran y su relación con personajes como Russell Bufalino o Jimmy Hoffa. También lo es para que Scorsese cree paralelismos entre sus criaturas, la misma obra cinematográfica y su propia visión del mundo del hampa o el grueso de su filmografía. Este epílogo a obras maestras como Malas Calles, Goodfellas o Casino no sólo sintetiza en una sola pieza todas las perspectivas ofrecidas por Scorsese a la hora de reflexionar sobre la mafia. También trasciende lo meramente argumental para construir sinergias con ese Nuevo Hollywood del que él mismo fue uno de los estandartes junto a coetáneos y amigos como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Brian de Palma o George Lucas y al que parece dar carpetazo con la presente película. El autor de La Edad de la Inocencia o El Lobo de Wall Street acomete el desafío como el canto de cisne de una manera de hacer y entender el cine que desparecerá cuando él y sus compañeros ya no se encuentren entre nosotros.




De manera paralela a sus personajes principales El Irlandés, como obra cinematográfica, evoluciona, cambia y dice sus últimas palabras siendo una entidad totalmente diferente a la que balbucea sus primeras palabras tres horas antes. Frank Sheeran, Russell Bufalino o Jimmy Hoffa envejecen a lo largo del metraje, se hacen más sabios o contemplativos y la misma película lo hace con ellos. Por eso durante sus compases iniciales la puesta en escena de Martin Scorsese para The Irishman emana la vivacidad y el dinamismo propios de Goodfellas, Casino o The Departed con una cámara inquieta, vigorosa y siempre poderosa, aunque destilando la contención propia de un veterano que ha depurado su discurso hasta límites insospechados. Cuando las dos primeras horas del film son finiquitadas la tercera se centra en todo lo referido a la desaparición de Jimmy Hoffa y es entonces cuando Scorsese ejecuta el primer quiebro en la narración anulando casi por completo la música, estabilizando la cámara y dejando que los diálogos entre los personajes y la interacción mutua desarrollada por los mismos se apoderen del núcleo argumental central. La recta final del film, el epílogo del epílogo, destila la sapiencia de quien se sabe en sus últimos días de vida asumiendo como suyos todos los pecados del pasado sin poder, o querer, desprenderse de ellos.




En ocasiones pareciera como si The Irishman utilizara a Frank Sheeran en particular y al cine sobre mafiosos en general para hablar sobre el paso del tiempo, la vejez y el ocaso de la vida de su máximo responsable, el mismo Scorsese. En este sentido es inevitable hablar del uso de los efectos digitales para rejuvenecer a los actores del film, principalmente a Robert de Niro y Joe Pesci, los dos encargados de llevar casi todo el peso de la construcción argumental. Después de la primera escena en la que vemos a Frank Sheeran en su juventud con el CGI a pleno rendimiento, el primer impacto visual es notable y no pasa desapercibido, la enorme labor de los actores y la mano de Scorsese con ellos consiguen que olvidemos por completo dicha decisión quedando completamente relegada a un segundo plano y sólo experimentando algún repunte cuando asistimos a como un joven Sheeran luce un físico y unos movimientos que delatan la verdadera edad del protagonista de El Cabo del Miedo o El Rey de la Comedia por mucho que su rostro nos trate de convencer de lo contrario. Más allá de eso el famoso “lifting digital” queda en una nadería que no menoscaba en ningún aspecto la monumental labor depositada en el largometraje.




A lo largo de los 210 minutos de The Irishman, y como ya hemos evidenciado, Martin Scorsese no sólo vuelve sobre sus pasos para incluir referencias a su propia filmografía, también hace paradas en casi todo el cine mafioso americano de la segunda mitad del siglo XX, gran parte de él facturado por varios de los cineastas de ese Nuevo Hollywood que hemos referenciado con anterioridad y perteneciente a su séquito de amigos. De esta manera a los guiños dedicados a los films del mismo Scorsese se suman, por ejemplo, la épica de todas las entregas de la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, la melancolía y el revisionismo de Atrapado Por Su pasado (Carlito’s Way) o Los Intocables de Eliott Ness, ambas de Brian de Palma, amalgamándose en el trayecto vital de Frank Sheeran y sus socios. Pero, contra todo pronóstico, el clásico del subgénero al que más se asemeja El Irlandés viene de un director, como no podía ser menos, italiano que abordó la temática en su prematuro testamento detrás de las cámaras. Imposible no realizar conexiones entre Érase Una Vez en América, de Sergio Leone, y lo último de Scorsese apelando así a profesionales de su país de origen al que tanto ama y rendido tributo a lo largo de su carrera. Noodles y Frank Sheeran no dejan de ser distintas caras de una misma moneda, y lo afirmamos más allá del hecho de estar ambos interpretados por Robert de Niro.




Repleta de juegos de espejos y fugas metaficcionales El Irlandés también es un desfile interminable de cartas de agradecimiento por parte de Martin Scorsese a sus colaboradores, sobre todo en lo referido a sus actores, tanto los que forjaron su pasado como los que están ayudando a construir su presente. Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel, desgraciadamente abordando este último un rol breve en exceso dando vida a Angelo Bruno, son tres de los pilares más importantes de la carrera del italoamericano y además de reunirlos y hacerlos compartir encuadre les dedica una precioso tributo con esos anillos que sólo sus personajes portan. Tampoco se olvida el cineasta del “chico nuevo”, un Al Pacino al que Martin también ofrece innumerables referencias, unas más ocultas que otras, a varias de sus interpretaciones más icónicas como las ejecutadas en films como El Padrino II, Esencia de Mujer, Justicia Para Todos o El Precio del Poder (Scarface) antojándose inaceptable que esta haya sido su primera colaboración con el autor de Toro Salvaje. Por último el paso del tiempo vuelve a abrirse camino en El Irlandés y por ello su maestro de ceremonias consolida el “relevo generacional” de sus icónicos actores dando vida a mafiosos pasando el testigo a Stephen Graham, Bobby Cannavale o Jesse Plemons, a los que habría que sumar a un ausente Leonardo DiCaprio que abanderaría al grupo como último interprete fetiche del realizador.




Desde que se comenzó a rumorear que Martin Scorsese iba a reunir en El Irlandés a sus actores clásicos sumando la agradecida presencia de Al Pacino por primer vez dentro de su filmografía fuimos muchos los que esperábamos con dicho proyecto la salida del ostracismo por parte de los protagonistas que compartieron crédito en El Padrino II o Heat. Ha tenido que volver Scorsese para que Robert de Niro componga desde la contención y la sobriedad el mejor papel de su carrera desde, curiosamente, su última colaboración con el director en Casino. Al Pacino ejecuta un Jimmy Hoffa espectacular que, de manera ingeligente, va de más a menos en intensidad interpretativa aclimatándose a la austeridad del Frank Sheeran de De Niro con el que mantiene un tour de force incontestable mientras porta algunos de los mejores diálogos cómicos de la película. Pero en cuanto a los actores principales para el que suscribe hay un claro ganador y es que lo de Joe Pesci no es de este mundo. Más de cincuenta veces tuvo que llamarlo Scorsese para que aceptara el rol de Russell Bufalino abandonando así su retiro. El resultado es una labor en las antípodas de los mafiosos a los que dio vida en años pretéritos para el cineasta con una composición exquisita, meticulosa e intachable transmitiendo más con la mirada que con cualquier línea de diálogo.




Dentro de los secundarios encontramos tanto a veteranos en la filmografía de Martin Scorsese como a intérpretes que han colaborado con él en los últimos años, principalmente en televisión. Primero es de recibo mencionar a Harvey Keitel, uno de los mejores actores estadounidenses de los últimos cuarenta años y asiduo en la primera etapa del cineasta interviniendo en films como ¿Quién Llama a Mi Puerta?, Malas Calles, Alicia Ya No Vive Aquí, Taxi Driver o La Última Tentación de Cristo. Su papel es breve, de naturaleza más simbólica que argumental, pero está impecable y en el pasaje compartido con De Niro y Pesci la química entre los tres es desbordante. Stephen Graham es la revelación de The Irishman, algo que deberíamos haber aventurado ya con su enorme Al Capone en Boardwalk Empire. Cada vez que la cámara repara en el actor de This is England, sobre todo cuando comparte encuadre con Al Pacino, el resultado es de matrícula de honor. Bobby Cannavale, Ray Romano, Jesse Plemons o Domenick Lombardozzi también ejercen roles pequeños, pero saben aprovecharlos al máximo. La nota discordante la tenemos con un pobre retrato de personajes femeninos en el que sólo destaca el de una soberbia Anna Paquin que a pesar de su peso en la trama sólo posee una línea de diálogo, eso sí, una que sintetiza de manera magistral la relación con el personaje de su padre y el alma misma de un proyecto como The Irishman.




El Irlandés supone un punto y aparte en la carrera de Martin Scorsese. La mafia, el cine, su visión del sindicato del crimen y sus vinculos directos con todas las estructuras del poder en Estados Unidos crean paralelismos con el ocaso de iconos de Hollywood como el mismo director o esos Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel que dieron sus primeros paso junto a él y a los que, desgraciadamente, no quedan muchos años más dentro del mundo del cine. Ya hemos apuntado que Martin Scorsese es un autor inquieto y muy activo en lo profesional, pero si El Irlandés fuera su última película sería imposible imaginar mejor broche de oro para la carrera de uno de los más destacados directores de la historia del medio. Independientemente de si se degusta en pantalla grande o en casa cuando el próximo día 27 Netflix la incluya en su catálogo todo amante de la obra de Scorsese y del celuloide en mayúsculas debería ver un film como The Irishman. Tres horas y media de una odisea crepuscular en la que la amistad, la lealtad, la traición y la redención construyen un relato descarnado y melancólico que en la próxima edición de los Oscars debería estar muy presente e incluso llevarse para casa algunos de los galardones más importantes de un año en el que pocos trabajos pueden hacer sombra a esta última demostración de talento por parte de uno de los maestros más grandes del séptimo arte.


lunes, 23 de enero de 2017

Silencio



Título Original Silence (2016)
Director Martin Scorsese
Guión Jay Cocks y Martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo
Reparto Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa




Tres años después de hacernos partícipes de la excesiva vida personal y profesional del inefable corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort con aquella soberbia El Lobo de Wall Street que nos devolvía su faceta más canallesca y tras unas cuantas colaboraciones en la televisión por cable (Vinyl), el cortometraje (The Audition) y el mundo del documental (50 Años de Rebeldía) el veterano cineasta Martin Scorsese, autor de algunas obras maestras del séptimo arte como Taxi Driver, Toro Salvaje (Raging Bull), Uno de los Nuestros (Goodfellas) o Casino vuelve con su último proyecto cinematográfico para la pantalla grande. Basada en la novela homónima escrita por el novelista nipón Shusaku Endo en 1966, desarrollado como proyecto a lo largo de treinta años por parte del director de La Invención de Hugo o Gangs of New York y con un baile de actores en el reparto en el que se barajaron pesos pesados internacionales como Daniel Day Lewis, Gael Cargía Bernal, Ken Watanabe o Benicio del Toro Silencio se estrenó a principios de año en carteleras de todo el mundo recibiendo el beneplácito de la prensa especializada a nivel internacional y no pocas posibilidades de hacerse con un buen puñado de nominaciones a los Oscar de este año recién llegado. Cerrando con ella su trilogía sobre la fe y la religión que inició con la polémica y muy recuperable La Última Tentación de Cristo en 1988 y continuó con aquella rara avis en su filmografía llamada Kundun en 1996 Martin Scorsese vuelve a mostrarse como un todoterreno de la narración cinematográfica implicándose en una obra en la que aborda alguna de las inquietudes y señas de identidad más reconocibles de su carrera como director a pesar de que el contexto en el que esta tiene lugar no es el habitual dentro de su ya longeva trayectoria detrás de las cámaras. Pero contra todo pronóstico al que esto suscribe el film no le ha convencido por diversos motivos que pasaré a enumerar a continuación y que son de considerable gravedad.




La historia narrada en Silencio y que tiene su origen en la novela del mismo título escrita por Shusaku Endo relata la historia de los jesuitas portugueses Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) que en 1640 viajaron al Japón feudal para conocer el paradero del mentor de ambos Cristóvão Ferreira (Liam Neeson) que viajó al país nipón para difundir el cristianismo. Lo que ambos jóvenes encontrarán en el País del Sol Naciente es un brutal rechazo hacia los preceptos cristianos y la tortura a la que son sometidos todos aquellos que deciden abrazar dicha religión. A nadie le debe extrañar que Martin Scorsese se involucre en un film sobre los inescrutables caminos de la fe, no sólo porque en su juventud tuvo la tentativa de ordenarse sacerdote, sino también porque la religión es uno de los temas recurrentes de su filmografía, no sólo en los films que abordan directamente el tema, sino también en otros de distinto pelaje como Al Límite (Bringing Out the Dead) o Malas Calles que se alimentaban tangencialmente de las creencias de su autor. El problema es que en su última obra lo que en principio se muestra de manera totalmente acertada y con la solidez narrativa propia de un cineasta de su bagaje y talento se convierte poco después es una obra discursiva, plomiza y con algunos pasajes que bordean el sonrojo inintencionadamente.




La primera hora de Silencio es una palpable muestra de coherencia cinematográfica, cohesión narrativa y contención textual. Scorsese y su colaborador al guión Jay Cocks se ocupan de contextualizar la historia, presentar a los personajes, plantear los dilemas morales a los que estos se enfrentarán una vez se hayan embarcado en su aventura y asentar bien las bases de sus personalidades como jesuitas en busca de su mentor en un territorio del todo hostil. Con un planteamiento argumental que recuerda al de Apocalipsis Now, y una voz en off de trascendencia malickiana la claridad expositiva se hace notable, la ambientación se muestra adecuada, la dirección de fotografía perfecta, la escritura medida y sin estridencias y los actores lo dan todo con sus físicos maltrechos y enfermizos (ambos protagonistas perdieron bastante peso para dar vida a sus roles, sobre todo el protagonista de Paterson) para ofrecer composiciones a la altura de las exigencias. El director de El Aviador o Infiltrados (The Departed) consigue que nos impliquemos con sus criaturas, que temamos por su integridad física y psicológica por medio de una empatía que va tomando forma de manera gradual y permitiéndonos llegar a entender la determinación de los dos jóvenes jesuitas incluso para una persona como el que esto firma al que ideas como la fe o el cristianismo le son ajenas.




Por desgracia casi todo se quiebra más o menos a la hora de metraje, justo con la escena del reflejo en el agua que se antoja la primera de varias que incitan a cierta comicidad no buscada y que da inicio a otro tipo de película, una que trabaja con el mismo material que la anterior pero que en tono, solidez narrativa e intencionalidad pierde completamente los papeles. En cuanto al núcleo central de la historia, los límites de la fe y el compromiso con la palabra de Cristo representados por la lucha física y existencial de Sebastião Rodrigues y las reminiscencias mesiánicas que le emparentan con con el hijo del altísimo, Scorsese mantiene el foco sobre dicha representación planteando todos los dilemas metafísicos que sustentan la historia, el problema estriba en que todo lo que antes era elegancia, sutilidad, contención y sentimientos a flor de piel se convierten en trazo grueso, maniqueismo, adoctrinamiento y gravedad mal entendida. Desde ese mismo momento la voz en off se antoja redudante y pesada, las reflexiones del protagonista una letanía que no hace más que dar vueltas sobre sí misma, la inclusión de algunos secundarios cuya génesis se antojaba de un dramatismo poderoso derivan en cierto humor, una vez más, inintencionado (cada aparición de Kichijiro pidiendo clemencia y confesión despertaba más carcajadas en la sala donde acometí el visionado de la película) perjudicial para el subtexto de la obra y por otro lado el retrato que se hace de los japoneses opuestos al cristianismo se adentra en los terrenos de lo sectario e impostado.




Desde ese momento la obra se ve ensombrecida por el tratamiento en blanco y negro de los personajes y el retoricismo agotador con el que se vuelve una y otra vez a la reflexión sobre debatirse entre mantener públicamente su fe en el cristianismo o apostatar por el bien de todos aquellos creyentes japoneses que dan sus vidas con tal de defender sus creencias a la que se ve sometido el personaje de Andrew Garfield. Aunque muestre dudas y debilidades todas las palabras salidas de la boca de Sebastião Rodrigues se muestran sabias, humildes y coherentes, en cambio cada frase espetada por sus captores destilan prepotencia, altivez y crueldad. Con esto no quiero afirmar que tales hechos no sucedieran así o que dichos personajes no obraran de esa manera en la realidad, pero es el tratamiento que el director de New York, New York o El Rey de la Comedia ofrece para distinguir de manera superficial a “buenos y malos”, “bárbaros y misericordiosos” el que hiere de muerte a una cinta que se va volviendo cada vez más paternalista, sesgada y sermoneadora a cada minuto que pasa dentro de su holgado metraje. Toda la atención que Scorsese había captado por mi parte se diluye gradualmente con cada nueva secuencia de crueldad, crisis de fe y presuntuosidad moral anclada en una condescendiente humildad por parte de su personaje principal, el mismo que me hizo echar de menos la mucho más trémula humanidad del Jesús soberbiamente interpretado por Willem Dafoe en la ya mencionada adaptación que el cineasta norteamericano, con la ayuda de Paul Schrader al guión, realizó de la novela homónima de Nikos Kazantzakis.




Ya en la recta final y más allá de las carencias casi autoimpuestas que hemos mencionado Scorsese toma un par de elecciones que parecen más concesiones de cara a la galería que resoluciones propias de un autor de su talento y profesionalidad. Dos de las ideas más inteligentes que aborda una obra como Silencio son por un lado la pregunta de todo creyente sobre si la divinidad escucha las plegarias que en ella se depositan y por otro lado si se pueda mantener la fe en el cristianismo habiendo renunciado de palabra y obra a las enseñanzas de Cristo por un bien mayor en la tierra, ya que hablamos de un sentimiento que cada persona puede ejercer en la más estricta intimidad. Estas dos preguntas que en ningún momento deberían haber sido contestadas encuentran respuesta en el clímax final y el prólogo que cierran el último largometraje del director de El Último Vals o No Direction Home. De este modo el responsable máximo de la obra cinematográfica culmina los últimos pasos de su trabajo ofreciendo más masticado si cabe el mensaje que planteó magníficamente en el primer acto del proyecto para deslabazarlo y pervertirlo en fondo y forma en los dos siguientes, transmitiendo una sensación de innecesaria sobreexposición y reprobable predilección por el subrayado que no hacen más que perjudicar a las intenciones religiosas y teológicas del conjunto de la producción, haciéndolo fracasar casi en su totalidad.




Posiblemente haya pocas experiencias más satisfactorias en el mundo del cine ver a un veterano que ya no tiene que demostrar nada a nadie, no sólo dar pruebas de que no se acobarda con ningún género (sus tres últimos films se mueven entre el celuloide infantil, la comedia excesiva y el trasfondo religioso), sino que también hace las películas que quiere y cuando quiere sin rendir cuentas a nadie más que a sí mismo o al altísimo, como en la ocasión que nos ocupa. Esta vez, aunque tiene a gran parte del público y la crítica de su lado, a mí me ha decepcionado en gran medida, sobre todo si tenemos en cuenta que, como he apuntado previamente, nos encontramos con una atractiva primera hora que da paso a otras (casi) dos en las que todo se descontrola y el buen hacer deja paso a los defectos en fondo y forma que ensombrecen los logros de un film que puede presumir de una puesta en escena competente (aunque Scorsese es capaz de mucho más) un diseño de producción remarcable y un trabajo actoral excelente (no sólo el de sus protagonistas, todos los actores japoneses están soberbios ejerciendo de robaescenas natos) pero que no consigue llegar con verdadera fuerza a un espectador que en no pocas ocasiones se siente perdido entre sermones, autoindulgencia y lugares comunes que sepultan lo que pudo ser una de las mejores obras salidas de la mano se autor. Esperemos que con esa prometedora y eternamente pospuesta The Irishman Marty vuelva a hacer diana como sólo él sabe



jueves, 23 de enero de 2014

El Lobo de Wall Street



Título Original The Wolf of Wall Street (2013)
Director Martin Scorsese
Guión Terence Winter basado en el libro de Jordan Belfort
Actores Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey, Jean Dujardin, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Bernthal, Jon Favreau, Ethan Suplee, Margot Robbie, Cristin Milioti, Katarina Cas, Joanna Lumley, Spike Jonze, Chris Kerson, Shea Whigham






A lo largo de los años 80 y 90 el agente de bolsa Jordan Belfort engañó a un interminable número de inversores en bonos basura por medio del fraude y el engaño. El mismo Belfort retrató su estratosférica carrera hacia el el éxito en una autobiografía titulada The Wolf of Wall Street que llamó durante un tiempo la atención del cineasta Martin Scorsese. Finalmente el director de La Invención de Hugo junto a su actual actor fetiche, Leonardo DiCaprio, y Terence Winter (creador de Boardwalk Empire, magnífica serie de la que Scorsese es productor y en su momento realizador del episodio piloto) al guión sacaron adelante la adaptación a imágenes de las memorias de Jordan. El resultado es una cinta 100% Scorsese, excesiva, divertida, llena de humor negro, drogas, sexo y estafas millonarias que se revela como una de sus grandes últimas obras, pero no una que pueda codearse con sus clásicos.




El Lobo de Wall Street es un mestizaje entre Uno de los Nuestros (Goodfellas)  y Casino con Wall Street de Oliver Stone. La historia de un embaucador lleno de carisma, de un Flautista de Hamelin experto en desplumar a inversores despistados que depositan su fe en las malas artes de este avaricioso hijo de puta hecho a sí mismo pero por medio del dinero de los demás, personas a las que deja en la ruina sin que le tiemble el pulso creándoles necesidades que no tienen gracias a su verborrea incontrolable. Jordan Belfort es la representación física de Estados Unidos, un país ambicioso que no duda en arrasar con lo que se le ponga por delante con tal de saciar su apetito goloso impulsándose por un carácter competitivo sustentado en un capitalismo agresivo que todo lo devora sin dejar nada a su paso.




Para poner en escena este relato excesivo, espídico, gamberro y psicológicamente violento Scorsese se sirve de su habitual pericia como narrador aunando el conocido uso potente de la cámara al que nos tiene acostumbrados con su habitual talento de storyteller de altos vuelos que hace que una cinta de 180 minutos de metraje no pese en ningún momento. Todo gracias a un ritmo endiablado que cuando asienta sus bases mostrándonos los primeros pasos de su protagonista como corredor de bolsa gracias a las enseñanzas de su mentor Mark Hannah (un Matthew McConaughy brillante con sus pocos minutos en pantalla, menuda resurrección artística la de este actor) se entrega a una bacanal de orgías, consumo de todo tipo de estupefacientes, desperdicio de dinero a manos llenas y negocios fraudulentos.




En The Wolf of Wall Street se auna la autoría de ese Martin Scorsese que sabe retratar a ladrones, estafadores y criminales entre el carisma, la complicidad y la envidia o el rechazo, el odio y el patetismo con el especial talento (aquel que llevamos viendo durante varias temporadas de Boardwalk Empire) de Terence Winter para retratar las bajezas más execrables del hombre occidental (y una visión de la mujer como objeto para uso y disfrute exclusivo del hombre que es puro cliché en ocasiones hasta ofensivo, pero si nos metemos en ese terreno podríamos dedicarle otra entrada entera al tema y no es el momento) retratando un paisaje del mundo de la bolsa en la que no hay una sola buena persona y las que lo son no tienen rostro porque son las pobres víctimas que caen bajo el influjo de Jordan Belfort y sus huestes.




Como es lógico el relato nos es narrado por el mismo Belfort al que da vida un enorme Leonardo DiCaprio que sigue creciendo como actor y que ofrece aquí su mejor trabajo para Scorsese entregándose hasta lo intimidante a su director siendo protagonista, instigador y víctima de escenas sencillamente brillantes que se quedan grabadas en la retina. Unas veces carismático y embaucador (sus discursos motivacionales apelan a los instintos más primarios y la avaricia de sus empleados y por eso triunfa con ellos) y otras patético y sumiso (cuando su mujer, interpretada por la arrebatadora Margot Robbie lo somete en la escena del dormitorio del bebé o con el último coito que practican juntos) Jordan es un asqueroso parásito al que el protagonista de El Aviador le entrega todo su talento y dignidad. Porque no sé si ganará el Oscar en la gala de este año, pero sólo por la escena en la que le da el subidón tardío de los Lemmon 714 y que abarca los pasajes de la cabina de teléfono, la subida y conducción del Lamborghini y la pelea con Jonah Hill en la cocina ya merece todos los premios de interpretación existentes.




Scorsese se rodea de actores que clavan con oficio sus personajes para que le ofrezcan pasajes inolvidables. Como el momento del subdión de Lude de un Jonah Hill pletórico que tiene una química interminable con DiCaprio, todos los tejemanejes en Suiza con Jean Dujardin (enorme cuando él y Belfort "dialogan" mentalmente) los arranques de ira del padre de Jordan al que da vida el director Rob Reiner, los consejos sobre onanismo compulsivo y drogadicción de Mathew McConaughey, el momento flirteo con la tía Emma, el intento de soborno a los federales (muy buena labor de un Kyle Chandler que merecía más minutos en pantalla), la cagada del personaje de Hill cuando discute con el de Jon Bernthal (El Shane de The Walking Dead que hace del clásico mafioso hortera scorsesiano) y todas las fiestas, orgías (la del mayordomo gay da pie a momentos descacharrantes) y desfases que el retrato de la vida de un hombre tan excesivo como el que aquí es expuesto exige y demanda.




Al igual que cuando ha diseccionado a todo tipo de criminales Scorsese no se posiciona ni a favor ni en contra de su criatura en El Lobo de Wall Street, deja que la misma se autodefina en pantalla. Pero sería de necios no afirmar que el director de Gangs of New York no siente fascinación por las malas artes de Jordan Belfort para el mundo de las finanzas y la estafa. El director rueda sus correrías con una devoción puesta hasta el culo de condescendiente socarronería que no elude admiración o pura envidia hacia él y su forma de vida. Pero cuando el largometraje va a cercándose a su recta final y el protagonista empieza a caer en un abismo de adicciones, excesos y problemas con la ley que lo abocan inevitablemente al fracaso Scorsese no juzga ni señala acusatoriamente, pero sí analiza y deconstruye sin compasión ni miramientos a un hombre talentoso, inteligente y carismático pero deleznable, ególatra y miserable.




Martin Scorsese demuestra con su última película que está en plena forma, que su impronta tiene un aire de renovada juventud, que su cine sigue de moda y que nunca dejará de ser un gran cronista de su tiempo. Este retrato oscuro del Sueño Americano es un triunfo con todas las letras, la demostración de que si bien será difícil que vuelva a tocar el cielo como lo hizo con Toro Salvaje, Taxi Driver, Malas Calles o Casino (eta última la que sigue siendo mi película favorita de su filmografía) todavía tiene mucho que contarnos y que está viviendo una segunda edad dorada en la que no se amilana con ningún tipo de proyecto. El Lobo de Wall Street con sus más y sus menos, aciertos y fallos, excesos y omisiones es una gran película que retrata a un atajo de desalmados que tuvieron el mundo a sus pies y que lo perdieron por culpa de la avaricia y el engaño comandados todos ellos por un tipo que tiene el descaro, no sólo decir que no va a ganar un sólo dólar con esta película, sino de protagonizar un cameo en ella en la que presenta a su alter ego en la ficción (a sí mismo en la película) como al "peor de todos los hijos de puta que ha conocido jamás" para dos segundos después afirmar que es "el mejor formador de agentes comerciales del mundo".



miércoles, 14 de marzo de 2012

La Invención de Hugo




Título Original Hugo (2011)
Director Martin Scorsese
Guión John Logan basado en el libro de Brian Selznik
Actores Asa Butterfield, Chloe Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Jude Law, Emily Mortimer, Michael Stuhlbarg, Ray Winstone, Christopher Lee, Richard Griffiths, Helen McCrory, Frances de la Tour




Primera incursión del maestro Martin Scorsese en el cine dirgido para toda la familia adaptando junto al guionista John Logan (Un Domingo Cualquiera, Gladiator o Rango) el libro escrito e ilustrado por el novelista norteamericano de literatura infantil Brian Selznik. El resultado es La Invención de Hugo (Hugo en su título original) una deliciosa obra para todos los públicos que gustará especialmente a todo amante del cine como medio, ya que la historia ahonda en los orígenes del mismo.




Hugo es un niño sin padres que vive escondido en una estación de tren del París de los años 30 con su tío desaparecido que hace tiempo que no da señales de vida. Allí se dedica a mantener los relojes del lugar y a arreglar un autómata que su padre, fallecido inventor, estaba intentando reparar. Conocer a un vendedor de juguetes que tiene una tienda en la estación y a su sobrina Isabelle cambiará la vida a Hugo y lo llevará a emprender una aventura que le permitirá conocer el nacimiento del mundo del cine por mediación de la obra del director francés George Méliès.




La Invención de Hugo es una maquinaria de relojería magníficamente engrasada que nos muestra varias facetas desconocidas hasta ahora por parte de un director más que consagrado con una carrera de casi 50 años a sus espaldas como Martin Scorsese. Primero que tiene una sensibilidad magistral a la hora de realizar cine infantil demostrando que conoce todos los resortes narrativos de ese tipo de películas y segundo que puede conseguir una armónica convivencia entre cine tradicional y efectos digitales de última generación.




Scorsese construye un cuento atemporal que hunde sus raíces en la literatura de autores como Charles Dickens para realmente rendir un sentido tributo al mundo del cine y concrétamente a sus primeros pasos cuando el siglo XX no había hecho más que empezar. Con la excusa de la búsqueda física y vital que realiza Hugo en pos del mensaje oculto que su padre le dejó dentro del pequeño autómata el director de Toro Salvaje (Raging Bull) realiza uno de los homenajes más sinceros y atípicos (anclado en el cine infantil, ahí es nada) al séptimo arte que se han visto en muchos años.




La Invención de Hugo no sólo nos enseña la maestría con la que Scorsese domina el lenguaje cinematográfico a estas alturas (el travelling inicial con el que presenta al protagonista y que recorre la maquinaría interior de la estación) también es esclarecedora como obra cinematográfica que usa con pericia y raciocinio los efectos digitales con el fin de enriquecer la historia en fondo y forma sin devorarla sistemáticamente. Pero lo mejor es que esta unión de clasicismo (los primeros diez minutos del film parecen casi cine mudo) y vanguardia (ese uso magistral de los posicionamientos de los encuadres y la dosificación de los CGI) está al servicio de rendir tributo al cine más puro, el de George Méliès, autor que en su época también revolucionó el medio con sus propios "efectos especiales".




Tampoco puede evitar (o quizas no quiera hacerlo y eso le honra) Scorsese el tono bastante notable en su film de obras comerciales remarcables producidas en los 80 como El Secreto de la Piramide (Young Sherlock Holmes) e incluso de los, más o menos recientes, dos primeros Harry Potters de Chris Columbus (también guionista del largometraje sobre la versión juvenil del personaje creado por Arthur Conan Doyle que acabo de mencionar) puede que por eso la cinta conecte tan bien con el publico infantil y adolescente, ese que posiblemente no entienda las referencias a Méliès, sus primeras obras a finales del siglo XIX y aquellas que marcaron época como Viaje a la Luna de 1902.




Porque detrás de ese aire desenfadado pero profundo de relato con tono de fantasía se esconde una declaración de amor por parte del cineasta italoamericano hacia el mundo del cine. No es la primera vez que el director de Casino o Taxi Driver demuestra su devoción por ese medio al que él mismo a dignificado. En anteriores ocasiones ha realizado documentales mayúsculos sobre directores (Elia Kazan) tipos de cine (el italiano) o yendo más allá, financiado con su propio dinero la restauración de obras clásicas cuyos masters originales se encontraban en un estado deplorable.




Por eso hay una deliciosa delectación por parte del director a la hora de recrear aquellos films cortos de Méliès (y algunos de los hermanos Lumière también) en los que el cineasta del país vecino y su esposa (actriz en al mayoría de sus obras) puso tanta pasión. Percibiéndose en cada uno de esos pasajes el amor que Scorsese siente por una sala oscura llena de rostros sonrientes que ríen y disfrutan al ver a Harold Lloyd colgar del enorme reloj de un edifico. Todo el conjunto del largometraje expele a sinceridad, pasión y a deuda pendiente con el mundo del séptimo arte.




Muchas cosas funcionan en La Invención de Hugo. Desde su magistral dirección hasta su sólido e inteligente guión, pasando por un bien elegido reparto (enorme Ben Kingsley, adorable Chloe Moretz, entrañable ese Sacha Baron Cohen entregado al humor físico) hasta la inclusión de ese personaje llamado Rene Tabard bordado por Michael Stuhlbarg (protagonista de Un Tipo Serio de los hermanos Coen) que no es ni más ni menos que el mismo Martin Scorsese mirando con ojos de devoto niño inocente el nacimiento de ese medio, el cine, que junto a la música, la religión católica, su santa madre y la música marcarían su existencia de por vida.




No quiero terminar sin dedicarle esta crítica y entrada a dos entrañables señoras de la tercera edad que me tocaron al lado en la sala del multicine y que me pusieron la sonrisa en la boca con su continua verborrea inocente sobre cómo se ponían las gafas en 3D (el mejor uso del mismo que he visto desde Avatar de James Cameron) apuntándole una a la otra todo lo que se veía en pantalla, elucubrando sobre la trama y finalmente emocionándose ambas tanto como yo con ese último travelling final que recorre un cálido hogar para acabar en un rostro que contra todo pronóstico parece por fin estar sonriendo de satisfacción y verdadera felicidad.


domingo, 21 de febrero de 2010

Shutter Island



Director: Martin Scorsese (2010)
Guión: Laeta Kalogridis basado en la novela de Dennis Lehane
Actores: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Emily Mortimer, Michelle Williams, Patricia Clarkson, Max von Sydow, Jackie Earle Haley, Elias Koteas, John Carroll Lynch


Cuando uno ve una película mala es lógico sentir indignación, en cambio cuando uno ve tal cosa pero salida de la mano de un maestro lo que un espectador como yo experimenta es la mayor de las desazones. Shutter Island es un enorme despropósito indigno de la obra de un director capital para la historia del cine como Martin Scorsese.




Scorsese lo tiene todo para triunfar. La novela de un autor con prestigio como Dennis Lehane (Mystic River, Adiós Pequeña, Adiós) un reparto colosal con un Leonardo DiCaprio inspiradísimo, unas localizaciones excelentes, elementos para dar forma a una película remarcable. Pero todo se va al traste con el horrible, terriblemente irregular, plano y hacia su final, vergonzosamente tramposo guión de Laeta Kalogridis.




La impronta de Scorsese está ausente durante todo el film. Sí se puede ver la mano de un director con oficio, que comprende el lenguaje cinematográfico, como se percibe en las logradas aunque pedantemente freudianas escenas oníricas y las bastante acertadas de los flashbacks, pero nada de la personalidad de un genio, autor de obras maestras como Taxi Driver o Casino. Sólo algunos ecos a la muy superior (y no es ni de lejos una de sus mejores cintas), El Cabo del Miedo se dejan ver en esta desconcertante Shutter Island.




Pero como he mencionado anteriormente lo que mata a Shutter Island es un guión infecto. Su cohesión es alarmantemente endeble. Cuando quiere incidir y analizar la mente del personaje de Teddy Daniels estanca terriblemente el desarrollo de la trama. El retrato que hace de los pocos enfermos mentales a los que decide dar voz está lleno de maniqueismo y simplicidad y el giro final es tan vergonzoso, tan tramposo e irracional, me parece un insulto tan grande a la inteligencia del espectador que me importa más bien poco si es el original de la novela de Lehane en la que se basa el film. Para colmo en la recta final cada cosa que se desvela para construir el endeble puzzle de la trama causa más y más vergüenza ajena en el espectador y los diálogos son sonrojantes hasta lo esperpéntico.




Martin Scorsese es uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. He descubierto el gran cine de su mano y muchas de sus películas para mí son indispensables. Pero me jode que cuando un autor tiene ya un nombre dentro del mundo del séptimo arte se le conisienta todo y la prensa especializada le diga que sí a pies juntillas a cualquiera de sus propuestas. Scorsese no ha dado clase de nada con su última película, porque Shutter Island es una muy mala película, posiblemente una de las peores de toda su carrera. Si en los créditos de este film como director en vez de Martin Scorsese apareciera el nombre de Ron Howard, todo dios haría mofa de ella y la consideraría una cinta horrible, lo que ciertamente es, por mucho que esté realizada por uno de los más grandes.