Mostrando entradas con la etiqueta cine de época. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine de época. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de mayo de 2021

Excalibur, O fortuna, Velut luna, Statu variabilis, Semper crescis



Título Originales Excalibur (1981)
Director John Boorman
Guion Rospo Pallenberg, John Boorman
Reparto Nicol Williamson, Nigel Terry, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Liam Neeson, Patrick Stewart, Clive Swift, Niall O’Brien, Corin Redgrave, Keith Buckley, Charley Boorman, Ciarán Hinds




Nada mejor que aprovechar este día que vamos a dedicar a la Leyenda Artúrica para hablar de la película que posiblemente mejor la ha llevado al medio cinematográfico. Curiosamente este año 2021 se cumplen 40 años de su estreno, por lo que dedicarle una reseña se antoja casi ineludible si queremos que esta jornada dedicada a Arturo, Camelot y los Caballeros de la Mesa Redonda abarque todos los medios posibles. A principios de los 80 John Boorman (1933, Surrey, Inglaterra) ya era un cineasta curtido en mil batallas desarrollando la mayor parte de su carrera en Estados Unidos. A Quemarropa (Point Blank, 1967), Infierno en el Pacífico (1968), Defensa (Deliverance, 1972), Zardoz (1974) o El Exorcista II: El Hereje (1977) engrosaban el currículum de un autor capaz de alternar proyectos muy personales con otros de naturaleza más comercial o alimenticia, aunque siempre con una profesionalidad y afán temerario dignos de elogio. Por eso en 1981 volvió a su Reino Unido natal y allí facturó uno de sus proyectos más ambiciosos, memorables y alabados.





Con guión del mismo John Boorman y su habitual colaborador a la escritura, Rospo Ballenberg, Excalibur se basa en la obra La Muerte del Rey Arturo, escrita por Thomas Malroy en 1485, aunque inspirándose también en otros textos, tomando las consabidas licencias con respecto al escrito del que se eluden, por poner un ejemplo, casi todos los elementos relacionados con el cristianismo. La película fue rodada en Irlanda, cerca del Condado de Wicklow, zona donde el director tiene su residencia, durante 26 semanas del año 1980 y utilizando como algunas de las localizaciones el Castillo de Cahir, el parque nacional de Montañas de Wicklow o la cascada de Powerscourt. Producida por Orion Pictures y distribuida por Warner Bros contó con un presupuesto de más de 11 millones de dólares, recaudando en la taquilla internacional 34 y convirtiéndose así en la decimoctava película más taquillera del año 1981. Su reparto está formado por Nicol Williamson, Nigel Terry, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Liam Neeson, Patrick Stewart o Ciarán Hinds entre otros.




El de Excalibur es un caso de casi inexplicable alquimia cinematográfica que pudiera pasar por uno de los conjuros del mismísimo Merlín. Esta afirmación viene dada a que poseyendo poderosas virtudes, que más tarde pasaremos a mencionar y enumerar, tampoco son escasas las carencias o decisiones cuestionables tomadas por John Boorman y sus colaboradores. Los actores sobreactuados declamando más que dialogando sus líneas, que la película fuera doblada en su idioma original tampoco ayuda en este sentido; la exageración teatral de casi todas las situaciones vividas por personajes siempre al límite de la parodia, la condensación de hechos adscritos al mito artúrico resueltos de manera expeditiva o pasajes como el coito entre Uther e Igrayne mientras el primero sigue portando su aparatosa armadura ponen en solfa más de un aspecto del conjunto de la obra. Pero por una extraña alineación planetaria todos los actores exhalan carisma y rotundidad, mientras las intrigas en las que se implican adquieren una naturaleza hipnótica, esa economía en cuanto al desarrollo cronológico fluye de manera orgánica y nunca lastrando el buen discurrir del film y la escena de sexo es una de las más célebres del film.




John Boorman despoja de casi toda lectura romántica o melodramática los escritos de Thomas Malroy e incluso las relaciones pasionales o sentimentales como las de Uther e Igrayne primero y las de Lancelot y Ginebra más tarde destilan una pátina más de perversidad y fatalismo que de amor idealizado. Durante la primera mitad del metraje el tono tenebrista se apodera de la película con un retrato de las Eras Oscuras y el reinado de Uther Pendragon cercano incluso al género de terror gracias a los juegos de luces y sombras por parte de un Alex Thomson epatante con la dirección de fotografía. En la segunda parte, con Arturo portando la corona, la luminosidad, que irradian incluso las armaduras de los Caballeros de la Mesa Redonda, da al largometraje una conceptualidad casi capitular con resminiscencias propias de la literatura. La conjunción plena entre narración y apartado audiovisual desemboca en una propuesta genuina y casi única en su especie dentro del subgénero de la fantasía heróica aplicada al medio cinematográfico.





Posiblemente una obra audiovisual dedicada al Rey Arturo nunca ha alcanzado las cotas de épica que John Boorman imprimió a Excalibur. Pero se trata de una muy particular y nada ortodoxa, la que contextualiza una Edad Media moviéndose entre la ensoñación febril y una realidad áspera, violenta con secuencias de batallas campales salvajes y caóticas representadas por los mismos actores enfundados en las aparatosas armaduras diseñadas por Bob Ringwood. El choque entre el metal refulgente de las corazas con la naturaleza de parajes bucólicos alumbra una amalgama estilística y pictórica de acabado onírico en el que los personajes se mueven como arquetipos adheridos al mito y la leyenda. Todo un compendio de imágenes y sonidos capaces de construir una iconografía que trasciende la pura cinematografía para apelar a la confrontación entre cristianismo y paganismo, monoteismo y politeismo en una batalla de ribetes filosóficos y existencialistas cuya resonancia llega hasta nuestros días.




Ya hemos afirmado que el doblaje y las interpretaciones pretendidamente exageradas parecieran jugar en contra del reparto, pero el resultado, una vez más, no es negativo en manera alguna. Todos y cada uno de los intérpretes parecieran haber nacido para dar vida a sus papeles, desde los más importantes para la trama a los de presencia más testimonial cuya relevancia en el relato es más exigua. Incluso un Nigel Terry aparentemente falto de carisma, fuerza o presencia física como Arturo se gana el favor del espectador con la entrega a un rol cuyo arco dramático gana enteros a pasos agigantados con el paso de los minutos desembocando en el clímax aue supone la recuperación de su salud mediante el Santo Grial. Especial mención para Nicol Williamson ofreciendo una de las versiones más peculiares y tragicómicas de Merlín, una Helen Mirren inolvidable como la maquiavélica Morgana y Nicholas Clay como el íntegro y aguerrido Lancelot. A destacar unos jóvenes Patrick Stewart (Leondegrance), Liam Neeson (Gawain), Gabriel Byrne (Uther Pendragon) e incluso un Ciarán Hinds de 28 años de edad como secundario sin diálogo dando vida a Lot.




Excalibur es una megalómana sinfonía wagneriana de proporciones mastodónticas repleta de ruido y furia, así como un punto de inflexión dentro del subgénero de espada y brujería que la tomaría casi como su epítome más representativo. Tras ella la fantasía heróica conocería una nueva etapa de bonanza con proyectos tan estimulantes y variopintos como Conan el Bárbaro (John Millius, 1982), El Señor de las Bestias (Don Coscarelli, 1982), Lady Halcón (Richard Donner, 1985), Legend (Ridley Scott, 1985), Willow (Ron Howard, 1988) o las incontables variantes y exploits nacidas a rebufo de la versión que el director de Amanecer Rojo (1984) ofreció del cimmerio nacido de la pluma de Robert E. Howard. Aunque su carrera ha sido extensa y llena de altibajos John Boorman nunca volvió a conocer un éxito tan rotundo como el de su octava película detrás de las cámaras. Pero la estela de esta todavía se deja sentir en la actualidad, no sólo en las posteriores adaptaciones de los textos artúricos que languidecen a su lado, sino en otras producciones como la trilogía de El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) muy en deuda con esta inabarcable versión del reino de Camelot.



 

jueves, 20 de septiembre de 2018

La Monja



Título Original The Nun (2018)
Director Corin Hardy
Guión Gary Dauberman y James Wan
Reparto Taissa Farmiga, Demian Bichir, Jonas Bloquet, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu,  Jonny Coyne, Manuela Ciucur, Jared Morgan, Sandra Teles, Boiangiu Alma, Laur Dragan




James Wan lleva camino de convertirse en uno de los creadores de ficción terrorífica más prolífico y exitoso del panorama actual. Después de haber ayudado a construir sagas como Saw e Insidious el microcosmos al que más rendimiento está sacando es al relacionado con las figuras de los parapasicólogos Ed y Lorraine Warren. Mientras en su faceta como director se ocupaba de las dos soberbias entregas de Expediente Warren: The Cojuring su avezado instinto como productor comenzaba a diseñar todo tipo de spin offs derivados de los films protagonizados por Vera Farmiga y Patrick Wilson. El primero en llegar fue el de Annabelle, la muñeca maldita que los “sabuesos de lo sobrenatural” tenían confinada en su famoso museo personal, contando ya con dos entregas, la estrenada en 2014 y su precuela, Annabelle: Creation, de 2017. Más tarde, desde las entrañas de Expediente Warren: El Caso Enfield, nace este nuevo spin off centrado en el personaje de “La Monja”, la encarnación corpórea del demonio Valak que atormentaba a la familia británica protagonista de la mejor entrega de toda la franquicia. Con guión del habitual de la casa Gary Dauberman basado en una historia del mismo James Wan, dirección del británico Corin Hardy y un reparto encabezado por Taissa Farmiga, Demian Bichir, Jonas Bloquet y la indispensable Bonnie Aarons La Monja ha llegado a las carteleras de todo el mundo recibiendo críticas bastantes negativas, pero reventando la taquilla al recaudar 131 millones de dólares a nivel mundial sólo durante su primer fin de semana.





Sirva como aviso para los fans de las correrías fantasmagóricas del matrimonio Warren que si con La Monja esperan encontrar la milimétrica puesta en escena, la sabia asimilación de referentes y el control del tempo narrativo en los pasajes de terror de James Wan grabados a fuego e las dos entregas de The Conjuring la decepción se hará patente bien temprano. El largometraje de Corin Hardy, a pesar de su voluminoso envoltorio, no deja de ser en esencia una Serie B, un producto exploit, una pieza que elude los referentes más obvios como El Exorcista o La Profecía para abrazar la influencia de trabajos italianos de terror como El Engendro del Diablo (La Chiesa, 1989) de Michele Soavi o el remake que Lamberto Bava realizó de La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960) uno de los clásicos más famosos de su padre Mario Bava. De esta manera el segundo spin off de la franquicia Expediente Warren deja clara su naturaleza de pastiche intrascendente y divertido desde su mismo arranque. No es que el director de The Hallow y su guionista, Gary Dauberman, se tomen a broma el material que tienen entre manos, nada más lejos de la realidad, pero sí son conscientes de lo inane de un producto hecho a rebufo de un enorme éxito de crítica y público cuya única misión es extender el microcosmos previamente planteado por los films anteriores u ofrecer pura fruición cinematográfica de género.




Más allá de la ligereza de la historia narrada por sus responsables delante y detrás de las cámaras La Monja hace gala de un diseño de producción encomiable. Warner Bros y la productora de James Wan, Atomic Monster, permitieron a Corin Hardy rodar el largometraje en Rumania con varias localizaciones situadas en una antigua catedral y esto, a parte de ser el caldo de cultivo para añadir anécdotas sobre supuestos “hechos sobrenaturales” en la promoción del film, es algo que se deja notar en pantalla. Desde una perspectiva puramente cinematográfica la dirección artística y de fotografía, los juegos de luces y sombras inducidos por la iluminación y la inteligencia del realizador a la hora de colocar la cámara son las mayores virtudes de The Nun. Los encargados del apartado visual consiguen transmitir una atmósfera herética, tenebrista, transmitiendo en todo momento una constante sensación de peligro. Gracias a angostos pasillos mal iluminados, siniestras capillas sacramentales y cementerios neblinosos el espectador receptivo en todo momento se ve inmerso en esos parajes de pesadilla implicándose con el relato expuesto a la espera de las consabidas escenas de sobresaltos, en su mayoría protagonizadas por el ya icónico personaje al que da vida la inquietante actriz Bonnie Aarons.




El guión de Gary Dauberman, repleto de clichés y lugares comunes, construye una trama notablemente previsible deparando pocas sorpresas desde un punto de vista argumental. Por suerte su escritura es ágil y sabe encadenar de manera competente numerosos pasajes de tensión con los que mantener el interés de un espectador permitiéndose en pocos momentos bajar la guardia. En este sentido entra en escena la labor detrás de las cámaras de Corin Hardy, bastante meritoria si tenemos en cuenta su exigua filmografía y con una sabiduría bien medida a la hora de mantener el control de una maquinaria de notable tamaño como la que James Wan y sus colaboradores ponen a su disposición. En cuanto a los pasajes de terror se aplica una ambivalencia un tanto molesta por parte del realizador alternando secuencias excelentemente medidas en las que la sugestión, el control de los tiempos y la atmósfera transmiten genuina inquietud con otras en las que los trucos de barraca de feria, los golpes de sonido estridentes y una tosquedad formal a la hora de intentar ejecutar los célebres jump scares haciendo que la faceta más de género del film se resiente un tanto. Con todo el proyecto depara algún que otro pasaje destacable por su fuerza y si hacemos caso a los rumores que confirman la autoría de James Wan en varios de ellos no debería sorprendernos la eficiente ejecución de los mismos.




Taissa Farmiga, Demian Bichir, y Jonas Bloquet son el trío de personajes principales del largometraje. La hermana de Vera Farmiga, sin ninguna conexión en la ficción con el rol de Lorraine Warren, consigue transmitir a su novicia todo el candor, la inocencia y las dudas propias de una monja que ni siquiera a tomado todavía sus votos, pero si su papel hubiese sido abordado adentrándose más en los terrenos de la blasfemia y el pecado habría sido mucho más interesante y tridimensional. El actor mexicano de Los Odiosos Ocho ofrece convicción y fuerza a su Padre Burke, pero el guión se ocupa de convertirle en un inútil total incapaz de hacer nada a derechas en toda la trama, evolucionando casi más en un estorbo que una figura heróica. El intérprete francés en cambio da vida al secundario típico sobre el que recaen los golpes de humor, siendo el núcleo central de pasajes bordeantes en la comedia que aligeran un poco el tono tenebrista de la propuesta sin caer nunca en el histrionismo o la excesiva chanza. Por último es de recibo mencionar la excelente labor de Bonnie Aarons, la verdadera protagonista de la velada dando vida a Valak. La mujer que ofeció su físico al, no menos terrorífico, vagabundo de Mulholland Drive vuelve a entregarse al 100% a una criatura que ya ha hecho suya, pero se percibe a lo largo del metraje que James Wan era una pieza clave para que la famosa Monja transmitiera genuino pavor. No hay una sola secuencia de este spin off que llegue a los niveles de eficacia de las apariciones de la religiosa en Expediente Warren: El Caso Enfield en las que el director de la futura Aquaman sacaba lo mejor de ella.




La Monja es cine de evasión puro y duro, un proyecto no muy caro, liviano y de segunda diseñado para seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro más prolífica de James Wan. Su excelente recepción en taquilla, se estrenó como la película más taquillera de toda la franquicia The Conjuring, confirma la próspera vida que espera al microcosmos adherido a las figuras de Ed y Lorraine Warren. Aunque Warner Bros todavía no haya confirmado nada damos por sentado la futura gestación de una secuela de La Monja, pero antes de ella veremos la tercera entrega de Expediente Warren, esta vez sin James Wan detrás de las cámaras, y un nuevo spin off centrado en la otra criatura presentada en El Caso Enfield, aquel Crookeed Man, interpretado por nuestro internacional Javier Botet, al que también regalarán aventuras en solitario en un innecesario afán de explotar hasta lo extenuante el universo Warren. Por ahora nos quedamos con las impresiones de esta divertida, inofensiva, alocada y desechable The Nun, una pieza desprejuiciada que tan pronto abraza el terror marginal por medio de material de derribo como homenajea a films alejados del género en el que se engloba como Los Demonios, de Ken Russell, y Narciso Negro, de Michael Powell y Emeric Pressburge. 96 minutos de disfrute ligero y sin complejos tan digerible como olvidable a las pocas horas de abandonar su proyección.



miércoles, 24 de enero de 2018

El Hombre Lobo (1941), la caza de la bestia



Título Original The Wolf Man (1941)
Director George Waggner
Guión Curt Siodmak
Reparto Lon Chaney Jr., Claude Rains, Warren William, Ralph Bellamy, Patric Knowles, Bela Lugosi,  Maria Ouspenskaya, Evelyn Ankers, J.M. Kerrigan, Fay Helm, Forrester Harvey, Eddie Polo




A principios de la década de los 40 Universal Pictures ya tenía sobradamente asentadas las  bases de la galería de monstruos con la que revolucionaría el género de terror durante la primera mitad del siglo XX. Drácula, Frankenstein, la Momia o el Hombre Invisible ya habían desfilado por las carteleras de medio mundo a manos de cineastas como Tod Browning, James Whale o Karl Freund. Pero sería en 1941 cuando la productora estrenara la última gran producción protagonizada por otro de los “Monstruos de la Universal” con ·El Hombre Lobo (The Wolf Man), revisión del mito de la licantropía a manos del productor y director George Waggner, el guionista Curt Siodmak y el actor Lon Chaney Jr.





Como proyecto cinematográfico The Wolf Man iba a ser diseñado a modo de vehículo para el lucimiento de Boris Karloff (de hecho él eligió el título del largometraje) a principio de los años 30, pero el intérprete de origen británico se encontraba en ese momento implicado en otro rodaje y no pudo ser partícipe del  futuro largometraje. Diez años después y una vez descartado el protagonista de Frankenstein el elegido para dar vida en la pantalla grande a Lawrence Talbot, el alter ego del Hombre Lobo, fue Lon Chaney Jr, hijo del mítico “actor de las mil caras” al que disfrutamos en clásicos como El Fantasma de la Ópera o El Jorobado de Notre Dame y que nunca permitió en vida que su hijo se dedicara al mundo de la interpretación, oficio que este tomaría una vez falleciera su progenitor en 1930.




Pero si hay una personalidad que sobresale sobre el resto de implicados en el largometraje de 1941 ese es el guionista de origen alemán Curt Siodmak que se ocupó de la creación del libreto reinventando el mito de la lincantropía por medio de una mezcolanza de influencias adscritas al folklore de distintas culturas con las que ideó una historia sobre hombres lobo cuyo canon serviría en años venideros para diseñar múltiples relatos relacionados con esta temática en distintos medios (cine, literatura, televisión, cómics) añadiendo o enriqueciendo señas de identidad como la luna llena a modo de catalizador con respecto a las transformaciones lupinas o el uso de la plata como única arma letal para acabar con la vida de los licántropos.




Por este motivo El Hombre Lobo se revela de cara al espectador como una pieza multiforme que además de adscribirse a la versión más ortodoxa del género de terror clásico también se alimenta de la literatura gótica, de la tragedia griega o del romanticismo shakesperiano. De esta manera la producción de la Universal centrada en el licántropo por antonomasia se antoja como un proyecto lleno de matices, detalles e ideas notablemente originales para la época y un subtexto muy interesante sobre legados malditos, lazos de sangre, amores imposibles o la naturaleza salvaje que se encuentra vinculada de manera intrínseca al ser humano desde el principio de los tiempos y que aquí está representada por el alter ego monstruoso de Lawrence Talbot.




George Waggner, en labores de producción y dirección, depura y estiliza la impronta de los largometrajes de terror de la Universal para su propuesta en The Wolf Man, consiguiendo una elaborada atmósfera que se mueve entre la ensoñación (esos bosques nocturnos rodeados de una espesa bruma) la influencia de la escuela alemana (calles que podían haber salido fácilmente de M, el Vampiro de Dusseldorf) y el gusto por la simbología (incontables objetos relacionados con lobos localizados en segundo plano) para diseñar una obra que en ocasiones apela más al drama que al género al que se adscribe como pieza cinematográfica, permitiendo de este modo que gran parte del peso recaiga en los personajes y los actores que les dan vida o la interacción que los mismos mantienen a lo largo del metraje.




Para interpretar a Lawrence Talbot se contrataron los servicios de Lon Chaney Jr y el acierto de casting resultó mayúsculo. El actor de Of Mice and Men ejecutó una composición ejemplar con su trabajo en The Wolf Man, volcando en su personaje la melancolía y el sentido trágico que un rol de esta tipología exigía para que trascendiera el género de dicha propuesta cinematográfica. Gracias a su enorme labor y al talento del mítico Jack Pierce con el maquillaje el Hombre Lobo de la Universal se convertiría en el que se inspirarían muchas de las posteriores encarnaciones del icónico protagonista, cuatro de ellas, las más inmediatas, con el mismo Lon Chaney Jr dándoles vida de nuevo y marcando a fuego su personalísima interpretación del famoso licántropo.




Dentro del reparto de secundarios en el que podemos ver rostros como los de Bela Lugosi, Maria Ouspenskaya, ambos como los gitanos que tendrán roles de capital importancia en la trama, Ralph Bellamy, Warrem William o una encantadora Evelyn Arkins como la “novia del monstruo” Lon Chaney Jr mantiene una especial química con Claude Reins, que da vida a su padre en la ficción y con el que pacta un tour de forcé interpretativo de alto nivel en el que la pareja de actores da lo mejor de sí misma acentuando el tono pesimista y crudo del largometraje que desembocará en un memorable trágico final, que apela a la narración cíclica, en el que el dúo que da vida a los Talbot ejecuta una coreografía de caos y muerte que pone fin a un relato en el que la consanguineidad se muestra como una maldición que pasa de una generación a otra.





El Hombre Lobo y sus secuelas asentaron las bases del subgénero sobre la licantropía de la que beberían producciones de la Hammer Films como La Maldición del Hombre Lobo, las protagonizadas por nuestro Paul Naschy, revisiones modernizadas de dicha mitología como Un Hombre Lobo Americano en Londres o Aullidos, pastiches de distinta índole dirigidos al público adolescente como las sagas Underworld o Crepúsculo o un aparatoso remake como el dirigido por Joe Johnston y protagonizado por Benicio del Toro en 2010 cuyas pretensiones grandilocuentes y textura digital palidecían irremisiblemente ante la propuesta que Curt Siodmak, George Waggner y Lon Chaney Jr idearon bajo el amparo de la productora que nos ofreció algunas de las mejores horas de ocio de nuestra vida y que en pleno siglo XXI intenta resucitar dicho microcosmos sin ser consciente de que el mundo en general y el séptimo arte en particular ya no son los mismos de 1941.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Asesinato en el Orient Express (2017)



Título Original Murder on the Orient Express (2017)
Director Kenneth Branagh
Guión Michael Green, basado en la novela de Agatha Christie
Reparto Kenneth Branagh, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Daisy Ridley, Josh Gad, Derek Jacobi, Leslie Odom Jr., Lucy Boynton, Sergei Polunin, Tom Bateman, Olivia Colman, Miranda Raison, Chico Kenzari, Manuel García-Rulfo





Unas ochenta novelas respaldan la tayectoria literaria de la escritora británica Agatha Christie (1890 – 1976), una de las más prolíficas de su época y especializada en el género detectivesco o policíaco. A ella debemos la creación de varios personajes icónicos dentro de este tipo de relatos como Hércules Poirot, Miss Marple o el matrimonio formado por Tommy y Tuppence Beresford que protagonizaron no pocos de sus libros. Debido al éxito de la obra de Christie fueron incontables las adaptaciones cinematográficas y catódicas que se hicieron de su prosa, tanto de trabajos más conocidos como Diez Negritos, Muerte en el Nilo, La Ratonera, El Asesinato de Roger Ackroyd, como de otros no tan célebres para el gran público que fueron trasladados, principalmente, a la pequeña pantalla con tv movies o series protagonizadas por David Suchet dando vida al detective belga del peculiar bigote, Joan Hickson o Geraldine McEwan en la piel de la anciana investigadora o James Warwick y Francesca Annis ofreciendo físico y voz al famoso “matrimonio de sabuesos”. Posiblemente la novela más conocida de la autora de Cianuro Espumoso o Tragedia en Tres Actos sea la célebre Asesinato en el Orient Express, publicada en 1934 y que como es lógico ha contado con varias traslaciones al medio audiovisual. Dos de ellas se diseñaron para la televisión, una de 2001 con Alfred Molina y otra en 2010 con el habitual David Suchet, pero la más celebrada es la que Sidney Lumet rodó para la pantalla grande con un enorme reparto encabezado por un pletórico Albert Finney encarnando a Hércules Poirot, un pequeño clásico que se encuentra entra las mejores adaptaciones de una novela de la autora que nos ocupa y una de las piezas más recordadas dentro de la carrera del director de La Noche Cae Sobre Manhattan o El Príncipe de la Ciudad.




Este año 2017 20th Century Fox y Scott Free Films (productora perteneciente al director Ridley Scott) han unido fuerzas para dar forma a una nueva versión de Asesinato al Orient Express para trasladar a la narrativa cinematográfica del siglo XXI la más famosa de las novelas de Agatha Christie. Para encangarse del proyecto se han solicitado los servicios del cineasta Kenneth Branagh, que como viene siendo habitual en gran parte de su carrera detrás de las cámaras (Hamlet, Frankenstein, Mucho Ruído y Pocas Nueces) también ejerce de protagonista reservándose del papel de Hércules Poirot. Respaldando su labor como jefe de ceremonias tenemos al guionista Michael Green (Blade Runner 2049, Logan, Green Lantern) y a un reparto a la altura de las circunstancias en el que podemos ver rostros tan relevantes como los de Johnny Depp, Penélope Cruz, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Judi Dench o Daisy Ridley entre otros, para dar vida a la ecléctica y variopinta fauna que puebla el famoso tren de larga distancia en la fatídica, y ya célebre, noche en la que Samuel Edward Ratchett fue misteriosamente asesinado. Recibida con poco entusiasmo por la prensa especializada, pero con un buen resultado de taquilla, el pasado día 24 de noviembre esta renovada Murder on the Orient Express llegó a España y su resultado ya puede evaluarse.




La versión de 2017 de Asesinato en el Oriente Express es acometida como una mezcolanza conceptual y formal por su cineasta Kenneth Branagh. Por un lado el director de Los Amigos de Peter mantiene el clasicismo narrativo propio de la novela de Agatha Christie apoyándose en el guión de Michael Green que se mantiene escrupulósamente fiel a la obra literaria. De este modo escritura y dirección de actores se aunan para ejecutar una pieza que se desarrolla adecuadamente sin estridencias de ningún tipo y siempre con una estructura muy ortodoxa a la hora de plantearse narrativamente como propuesta cinematográfica. Por otro evidentemente nos encontramos con una producción del Hollywood de 2017 y por mucho que se trate de la más reciente traslación a imagen real de una novela con más de ochenta años de vida encontramos en el largometraje algunos añadidos innecesarios para darle más “espectacularidad” como puntuales aparatosas escenas de acción (con alguna secuencia de lucha tan inverosímil como fuera de lugar) y un especial énfasis para convertir la escena del puntual descarrilamiento del Orient Express en un pasaje que parece haber sido sacado de una cinta de catástrofes e introducido grandilocuentemente en la obra que nos ocupa.




Si hay algo de Kenneth Branagh que llamó la atención desde sus inicios como cineasta es su puesta en escena, que casi siempre se ha alejado del conocido “academicismo inglés” haciendo un uso notablemente vivaz de la realización técnica en sus largometrajes más deudor de la impronta hollywoodiense que de la tradición fílmica británica. Esta seña de identidad estilística de Branagh que se fue estilizando con el paso de los años, como dejan ver su remake de La Huella (Sleuth), Thor o Cenicienta, y Asesinato en el Orient Express también da buena muestra de ello. El autor británico muestra un impresionante poderío visual con una cámara de suma inteligencia que sabe cuando tiene que permanecer en una contemplativa quietud a la hora de que los personajes intercatúen entre ellos por medio de los diálogos y transformarse en una demiurgo viviente cuando las secuencias más dinámicas exigen un ritmo más agradecido. Sirvan como ejemplo dos de los pasajes más brillantes del largometraje, el enorme plano secuencia que sigue a Hércules Poirot cuando entra por primera vez en el Orient Express y que sirve a Branagh para mostrar al espectador la localización espacial en la que va a acontecer el resto del metraje y la toma cenital con la que se descubre el asesinato de Ratchett dejando el cadáver del mismo fuera de plano.




Michael Green, que ha demostrado una sobrada versatilidad a lo largo de su carrera con distintos géneros, acomete la adaptación de Asesinato en el Orient Express con una profesionalidad casi intachable. El autor de American Gods o Alien: Covenant traslada con fidelidad la letra de Agatha Christie al celuloide manteniendo la esencia del mismo y aunque atenúa un poco la pátina xenófoba y clasista propia de la novelista británica nunca traiciona su discurso. De este modo el libreto se muestra sólido y eficaz a la hora de contextualiar espaciotemporalmente el relato, acierta a la hora de presentar con elegancia a los personajes que pulularán por el Orient Express a lo largo del metraje y dedica el tiempo necesario para que todos ellos tengan su pequeño momento de gloria que los actores del reparto saben aprovechar adecuadamente para su propio lucimiento. Más allá de alguna floritura para adaptar a la vacua inmediatez de la narrativa cinematográfica del siglo XXI la historia de Christie poco más podemos achacar a un trabajo por parte de Michael Green que no está exento de solidez, coherencia y un conocimiento notable tanto de la novela que se adapta en la película como de la idiosincrasia propia de la obra literaria de Agatha Christie.




Como es evidente un reparto como el de Asesinato en el Orient Express lleno de veteranos y jóvenes talentos de varias nacionalidades iba a revelarse como uno de los alicientes más interesantes de la propuesta de Kenneth Branagh y como es lógico el resultado al ver el largometraje respalda dicha teoría. Todos los actores no sólo exprimen al máximo sus minutos en pantalla y dan lo mejor de sí mismos cuando la trama se detiene de manera individual en cada uno de ellos, también demuestran una considerable humildad a la hora de dar vida a personajes que en en el pasado fueron interpretados por pesados pesados de la edad dorada del séptimo arte como Richard Widmark, Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Jacquelline Bisett, Vanessa Redgrave, Sean Connery, John Gielgud o Anthony Perkins con los que van a ser inevitablemente comparados y desde una perspectiva no precisamente positiva. Pero si tenemos que destacar una labor por encima de las del resto del cast es precisamente la de un memorable Kenneth Branagh dando vida a un Hércules Poirot que si bien no llega al nivel de los interpretados por otros titanes como Albert Finney, Peter Ustinov o David Suchet demuestra un perfecto equilibrio entre carisma y determinación desde la primera escena del film en la que hace acto de presencia.




Como ya hemos mencionado Asesinato en el Orient Express no ha sido muy bien recibida por la crítica, pero su rendimiento en taquilla ha sido excelente a nivel internacional gracias a que la propuesta de Kenneth Branagh ha atraído a espectadores de todas las edades para disfrutar de la nueva traslación de la célebre novela de Agatha Christie. De hecho los números han sido tan buenos que hace poco se ha confirmado que nos encontramos ante el inicio de una nueva franquicia, ya que una secuela trasladando al celuloide Muerte en el Nilo, casi con toda seguridad contando de nuevo con el intérprete de Dunkerque en el papel de Hércules Poirot, ha comenzado a idearse en las oficinas de 20th Century Fox y Scott Free. Nuestra opinión a cerca de esta versión de 2017 del caso más famoso del meticuloso y recto detective belga es que nos encontramos con una pieza cinematográfica estimulante, entretenida y con un exquisito acabado en todos sus apartados. Como es lógico queda lejos de ser la mejor adaptación de la novela de Agatha Christie, pero gracias a sus aciertos y hallazgos se erige como una pieza estimable, interesante y atractiva dentro de nuestra cartelera. La autora de Un Cadáver en la Biblioteca sigue muy viva en pleno siglo XXI y la cinta que nos ocupa puede suponer, para bien o para mal, una nueva edad dorada de las adaptaciones de sus libros a la pantalla grande. Sólo el tiempo lo dirá.



viernes, 10 de noviembre de 2017

1922, el año de la rata



Título Original 1922 (2017)
Director Zak Hilditch
Guión Zak Hilditch, basado en el relato corto de Stephen King
Reparto Thomas Jane, Molly Parker, Neal McDonough, Brian d’Arcy James, Dylan Schmid, Kaitlyn Bernard, Nikolai Witschl, Bruce Blain, Bob Frazer, Graeme Duffy, Patrick Keating, Spencer Brown, Danielle Klaudt




Segunda producción cinematográfica ideada bajo el amparo de la plataforma de streaming Netflix que adapta al celuloide una historia de Stephen King después de la meritoria El Juego de Gerald, dirigida por Mike Flanagan y protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood. 1922, que traslada el relato corto homónimo incluido en la antología Todo Oscuro, Sin Estrellas, de 2010, llega en la recta final de un año que ha estado plagado de versiones para el cine (It, La Torre Oscura) y la televisión (Mr Mercedes, La Niebla) de la obra literaria del escritor de Maine. Lo hace como producción bastante modesta escrita y dirigida por el cineasta australiano Zak Hilditch (Las Últimas Horas) y protagonizada por un reparto encabezado por Thomas Jane (The Expanse), Molly Parker (Deadwood) y Dylan Schmid (Horns) entre otros. El resultado es un competente largometraje que funcionando correctamente en casi todos sus apartados, ya sean artísticos o técnicos, no destaca notablemente en casi ninguno de ellos, quedando en un proyecto interesante con más virtudes que defectos, pero que podía haber sido mucho más aprovechado desde el punto de vista narrativo si tenemos en cuenta el interesante punto de partida que estructura el núcleo argumental de la obra y que, digámoslo ya, no se adscribe a los cánones más ortodoxos del cine de terror por mucho que contenga algunos pasajes que sí pueden considerarse pertenecientes a dicho tipo de films.




1922 narra los recuerdos de un granjero llamado Wilfred James (Thomas Jane) sobre el asesinato de su esposa, Arlette (Molly Parker) que perpetró con la ayuda de su hijo adolescente, Henry (Dylan Schmid) durante el año que da título largometraje cuando los tres vivían en una casa a las afueras de Hemingford, Nebraska. Después del crimen y de depositar el cuerpo sin vida de su esposa en un pozo localizado en su terreno una plaga de ratas asolará la granja familiar y Wilfred comenzará a tener visiones de su mujer que parece haber vuelto de entre los muertos. Algo que ya hemos mencionado y debe quedar muy claro desde el principio es que el largometraje escrito y dirigido por Zak Hilditch no es una pieza de terror, es más bien un drama con apuntes de suspense y pinceladas muy leves de terror. De este modo la historia sobre la familia James tiene mucho más que ver con obras literarias como El Corazón Delator de Edgar Allan Poe que con trabajos previos del autor de Maine o algunos de los que han influido en su impronta adscritos a este tipo de narraciones de ficción que él mismo en cierta manera ha ido abandonando con el paso de los años en favor de otros géneros menos ortodoxos.




De este modo el guionista y cineasta australiano realiza con 1922 un cuento gótico con reminiscencias al género western y unos oscurantistas Estados Unidos a las puertas de la Gran Depresión de 1930 como telón de fondo. Con estas herramientas y ayudado por una ambientación de época para quitarse el sombrero si tenemos en cuenta la naturaleza modesta del proyecto sumada a un reparto en estado de gracia comandado por Thomas Jane, Zak Hilditch lo tiene todo para ejecutar una pieza cuanto menos remarcable, pero se queda a mitad de trayecto porque uno de los dos roles que debe ejercer no está a la altura del otro. Mientras su trabajo con la cámara es de un mérito poco reprobable y con él llega a ofrecer al espectador algún que otro pasaje memorable, como el del asesinato en la cama, que eleva la producción desde el punto de vista técnico es su poco destacable labor con la escritura la que hace de 1922 una más de tantas. El desarrollo de personajes es el adecuado y no hay estridencias en cuanto al devenir de acontecimientos, pero la narración es de una linealidad tan simplista como uniforme y no depara ningún momento destacable argumentalmente que pueda llamar la atención con respecto a la persona que visiona el producto, que lo verá con agrado, pero sin implicarse adecuadamente con él por estas carencias.




En cuanto al reparto podemos hablar de uno de los puntos más fuertes de 1922 y no sólo por la muy alabada interpretación de su actor protagonista. Porque sería una necedad negar que el actor de The Punisher o La Niebla (The Mist) realiza uno de las mejores composiciones de su carrera con un trabajo muy físico e interesantes apuntes psicológicos que él salda con un buena nota, pero su entrega en ocasiones se torna en su peor enemiga, y algo de eso sucede con su elaborado acento del medio oeste estadounidense que al ser tan marcado entronca con el del resto de personajes que no lo han “sobreactuado” tanto. Excelente trabajo de Molly Parker como la mujer del protagonista y madre del niño que ambos comparten, la actriz de House of Cards ejecuta un excelente tour de force con su compañero de reparto y su destacable interpretación hace que su personaje torne en ubicuo una vez desaparece de la historia incluso en los pasajes en los que ni su cuerpo putrefacto hace acto de presencia. Toda una sorpresa el joven Dylan Schmid que no se amilana ante dos veteranos como sus padres en la ficción ofreciendo un secundario muy interesante que ganará enteros en cuanto a profundidad justo después del asesinato de su progenitora en el que se verá implicado por el manipulador cabeza de familia y que avocará a los dos a la tristeza y la locura.




1922 es una cinta cumplidora y decente, pero no destacará entre las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Stephen King, ni si quiera está entre las mejores de este 2017 que, como apuntábamos previamente, ha sido fértil a la hora de extrapolar la palabra escrita del autor de Maine a la pequeña o gran pantalla. Lo que sí confirma el largometraje de Zak Hilditch es que aunque todavía le queda un largo camino por recorrer y un considerable margen de mejora, ya que sus producciones cinematográficas en líneas generales son aceptables o sólo buenas (aunque hay excepciones), Netflix está ofreciendo una variada gama de proyectos de ficción adscrita a su producción propia que no se amilana con ningún género y que sólo se diferencian de la mayoría de estrenos hollywoodienses en que no son estrenados en pantalla grande. El Juego de Gerald o esta 1922 que nos ocupa denotan el interés por parte de la plataforma de streaming por financiar traslaciones de relatos de King que por no ser tan conocidos como novelas con el renombre de Carrie, El Resplandor o Misery solían pasar desapercibidos para las grandes productoras y que ahora han conseguido su pequeña y merecida parcela para que los seguidores de la prosa del autor nacido en Nueva Inglaterra podamos disfrutarlos.


lunes, 30 de octubre de 2017

Annabelle: Creation, la casa de las mil muñecas



Título Original Annabelle: Creation (2017)
Director David F. Sandberg
Guión Gary Dauberman
Reparto Stephanie Sigman, Talitha Bateman, Lulu Wilson, Anthony LaPaglia, Miranda Otto, Grace Fulton, Lou Lou Safran, Samara Lee, Tayler Buck, Mark Bramhall, Javier Botet, Brad Greenquist




El cineasta australiano de origen malayo James Wan es uno de los tipos más inteligentes de Hollywood dentro del género de terror. Después de explotar durante siete entregas la saga Saw que él ayudó a construir (recordemos que dirigió el primer, y mejor, film de la franquicia basándose en un cortometraje previo nacido de su impronta) se implicó en otras dos más, pero esta vez adheridas al cine de casas encantadas y posesiones demoníacas. Mientras Insidious ya va por su cuarto capítulo, que llegará a pantallas de todo el mundo en enero de 2018, The Conjuring (Expediente Warren en España y algunos países de latinoamérica) cuenta con dos excelentes films y un spin off protagonizado por la célebre muñeca maldita Annabelle. Este siniestro juguete se ganó el corazón de los fans del género con su aparición en la primera cinta que narraba las correrías sobrenaturales del matrimonio Warren y debido a la buena recepción el mismo James Wan decidió producir una pieza centrada en dicha muñeca solicitando los servicios como realizador de John R. Leonetti, su director de fotografía en la primera película de esta saga protagonizada por Vera Farmiga y Patrick Wilson. El resultado fue una pieza muy inferior a las dos partes de The Conjuring, pero con los suficientes alicientes conceptuales como para convertirse en un considerable éxito de taquilla, recibiendo una sobresaliente recepción por parte de los espectadores que dejó la puerta abierta a una continuación que ha llegado finalmente a las pantallas españolas en forma de precuela y con un más que considerable retraso con respecto a su estreno estadounidense.




Como ya hemos mencionado, y su propio título indica, Annabelle: Creation es una precuela del largometraje de 2014 en el que pudimos asistir a la primera incursión cinematográfica en solitario de la famosa muñeca. La trama comienza en 1946 cuando el fabricante de muñecas Samuel Mullins (Anthony LaPlagia) construye una a la que pondrá de nombre Annabelle, el mismo que tiene su hija. Durante ese día y volviendo de la iglesia Samuel, su mujer Esther (Miranda Otto) y Annabelle (Samara Lee) se paran para cambiar la rueda pinchada del coche y en un descuido la niña es atropellada de muerte por otro vehículo. Tras el prólogo nos situamos doce años después, en 1958, siguiendo los pasos de una monja, la hermana Charlotte (Stephanie Sigman), y las seis huérfanas con las que se instalará en la casa de los Mullins donde siguen viviendo Samuel y su esposa Esther, que se encuentra recluida en una de las habitaciones del inmueble. Poco después de instalarse en la casa una de las niñas, Janice (Talitha Bateman), que padece poliomelitis se siente impulsada por una fuerza desconocida a entrar en la antigua habitación de Annabelle, cerrada con llave y con el paso prohibido a su interior por parte de Samuel, y allí encontrar a la famosa muñeca. Desde ese mismo momento en la casa de los Mullins comenzarán a sucederse hechos inexplicables con Annabelle como centro de los mismos.




Annabelle: Creation, incluso más que la primera entrega, es completamente fiel a la “fórmula James Wan” o lo que es lo mismo, utilizar todos los tópicos adscritos a este tipo de cine de terror, pero con la suficiente soltura como para que los mismos funcionen a nivel narrativo y estilístico. El director elegido para rodar Annabelle: Creation fue David F. Sanberg, realizador sueco que se hizo famoso gracias a la humilde y exitosa Nunca Apagues la Luz (Lights Out) y que en 2019 se ocupará de traernos la versión en celuloide de Shazam. Aunque evidentemente carece del poderoso timing de James Wan a la hora de crear atmósferas inquietantes o secuencias de terror ejecutadas con una pericia carente de efectismos gratuitos, Sandberg sabe insuflar al producto un tono y unas resoluciones visuales que lo hacen considerablemente superior a su predecesor y muy atractivo gracias a lo bien aprovechadas que están las exiguas localizaciones en las que discurre la trama del largometraje o un elaborado diseño de producción tan modesto como bien resuelto. De esta manera esta precuela de Annabelle consigue cubrir, y en cierta manera rebasar, las exigencias mínimas para que se muestre de cara al público como un buen producto de género dentro de su naturaleza comercial y liviana.




Con una trama muy parecida a la de la irregular La Mujer de Negro: El Ángel de la Muerte, secuela del excelente film de James Watkins que adaptaba la novela de Susan Hill, y por efecto dominó con no pocas reminiscencias a esa obra maestra de Dario Argento llamada Suspiria (el uso del cromatismo por medio de la fotografía en algunos pasajes, el personaje de Esther Mullins recluido en una habitación y sin que podamos verle explícitamente el rostro) el guión de Gary Dauberman recorre uno a uno todos los clichés del subgénero, pero encadenando sabiamente una secuencia de sobresalto tras otra y perfilando adecuadamente unos personajes que, nunca adentrándose en la tridimensionalidad, están lo suficientemente bien elaborados como para que empaticemos con ellos y temamos por su integridad física y psicológica. De este modo Annabelle: Creation se aleja un poco del tono más neutral de su predecesora y al igual que las dos entregas de The Conjuring bebe de piezas clásicas del género, en este caso el de casas encantadas o posesiones diabólicas, como Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings) o El Exorcista inyectando a su propuesta cinematográfica un sabor más añejo que la hace posicionarse unos peldaños por encima de la primera entrega de 2014 gracias la eficacia de su guión, que sin ser una pieza brillante consigue mantener la tensión a lo largo de todo el metraje.




Aunque David F. Sandberg ya ofreció una considerable soltura para infundir terror con mínimos recursos en Lights Out haciendo uso recurrente de algo tan sencillo y mundano como bombillas e interruptores de la luz en Annabelle: Creation demuestra con su profesionalidad que se necesita muy poco para asustar con elegancia y pericia narrativa a diferentes tipos de espectadores. Una sábana sobre una muñeca sentada en una mecedora, unos ojos brillantes al fondo de un pasillo devorado por la oscuridad, una niña cuyo cuerpo muta en una criatura espigada y aterradora a la que nunca le vemos el rostro (nuestro Javier Botet, siempre brillante con su peculiar fisiónomía y lenguaje corporal) o una brutal vuelta de tuerca a la clásica secuencia del protagonista portando una cruz a la hora de enfrentarse con una entidad diabólica son pasajes que nos demuestran que menos es más y que en Annabelle: Creation funcionan mejor los momentos en los que se sugiere la presencia de los seres sobrenaturales que moran en la casa de los Mullins que en los que Sandberg decide, por suerte en muy contadas ocasiones, mostrar en primer plano el rostro de sus monstruos, lección bien aprendida por el sueco de su mecenas, James Wan, que ha hecho de la sugestión y la sutilidad su mejor arma como cineasta dentro de este tipo de celuloide.




Annabelle: Creation no es una gran película, es una competente cinta de terror que supera a la primera entrega centrada en la supuesta muñeca maldita custodiada por el matrimonio Warren, cuenta con un muy competente reparto en el que destaca la veteranía de Anthony LaPlagia y el prometedor futuro de las resueltas Talitha Bateman y Lulu Wilson, un guión de manual que se hace fuerte a la hora de aprovechar la icónica figura de Annabelle y un artesano detrás de las cámaras que cumple su cometido como realizador curtido en este género. La cinta ha funcionado bien en taquilla y ha sido mejor recibida que su predecesora, de modo que todo apunta a que tendremos Annabelle para rato, pero antes de una tercera parte James Wan y su equipo están preparando la tercera parte de The Conjuring y una cinta en solitario protagonizada por “The Nun”, la aterradora monja de Expediente Warren: El Caso Enfield, con cameo en la obra que nos ocupa, y que extenderá un poco más el microcosmos ideado por el director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) y los guionistas Chad y Carey Heys basándose en los múltiples casos de Ed y Lorraine Warren, dos de los parapsicólogos más importantes de Estados Unidos o unos charlatanes que marcaron época con sus juegos de trileros, dependiendo a quién preguntemos por ellos y su peculiar carrera profesional.


jueves, 24 de agosto de 2017

El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur, los señores del acero



Título Original King Arthur: Legend of the Sword (2017)
Director Guy Ritchie
Guión Joby Harold, Lionel Wigram, David Dobkin, Guy Ritchie
Reparto Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsou, Eric Bana, Aidan Gillen, Freddie Fox, Craig McGinlay, Tom Wu, Kingsley Ben-Adir, Neil Maskell, Annabelle Wallis, David Beckham





El famoso mito artúrico ha sido abordado numerosas veces en el mundo del cine desde diferentes perspectivas y con variopintos resultados. Desde las seminales Los Caballeros del Rey Arturo (1953) o Camelot (1967) pasando por la versión Disney con la entañable Merlín el Encantador (1963), la gloriosa Excalibur (1981), la paródica Los Caballeros de la Mesa Cuadrada (1975), la comercialoide El Primer Caballero y llegando a variantes supuestamente más realistas como El Rey Arturo (2004) o incluso interesantes, pero poco exitosas, versiones para televisión como Camelot (2011) muchas han sido las adaptaciones que se han realizado de las aventuras del famoso monarca y sus aliados. De esta manera llegamos al presente 2017 y a El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur, dirigida, producida y co escrita por el cineasta británico Guy Ritchie que hace un par de años nos regaló una de sus mejores piezas con Operación U.N.C.L.E la elegante y efectiva actualización que hizo de la célebre serie The Man From U.N.C.L.E de la televisión estadounidense. La última propuesta del director de Lock & Stock, and Two Smoking Barrels tuvo un penoso estreno en la cartelera internacional y ese es el motivo por el que ha llegado a España con nada menos que cinco meses de retraso. Vista ya la obra podemos afirmar que Warner Bros podía haber lanzado el producto directo al mercado doméstico, porque por desgracia el resultado es poco menos que desastroso.




Seamos claros, los trailers no engañaban a nadie, y lo que los mismos mostraban era que Guy Ritchie no iba a amoldar su estilo al mito artúrico, sino que iba a tomar como base dicha leyenda para contar una de sus películas de pandilleros mafiosos, porque El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur es, más que otra cosa, una adaptación del celuloide sobre el mundo del hampa habitual de su autor en un contexto medieval adscrito al subgénero de espada y brujería y con unos resultados hipertróficos hasta lo doloroso que no llegan a experimentar cohesión alguna. Si en su obra inmediatamente anterior, la ya citada Operación U.N.C.L.E, fue el mismo Ritchie el que dejó de lado sus señas de identidad estilísticas y narrativas para adecuarse a un relato que solicitaba un tipo de realización más clásica y academicista en la cinta que nos ocupa ha dado rienda suelta de mala manera a todos sus vicios visuales y efectistas más desmesuradamente que nunca ofreciendo como resultado una pieza excesiva, ruidosa y repleta de vacuo artificio que por mucho que beba de los primeros trabajos de su autor nada del encanto o la simpática chulería de aquellos llega a destilar por culpa de su afán por aferrarse a una comercialidad pueril y peregrina.




Desde el arranque con su montaje espídico y acelerado mostrando la infancia del protagonista rodeado de ladrones, prostitutas y criminales la cinta remite indudablemente a piezas de Ritchie como Snatch: Cerdos y Diamantes o Rockanrolla, como previamente hemos citado, pero la puesta en escena del director se desdobla en otros subgéneros que amalgamados los unos con los otros desentonan considerablemente. El último trabajo del británico también es un videojuego, una muestra bastarda de la famosa saga Age of Empires, una pieza que agradará a muchos más gamers que a cinéfilos con un abuso de los CGI que llega a saturar a un espectador que en no pocas ocasiones será consciente de no estar viendo absolutamente nada real en pantalla. Esta sobredosis de pixeles desemboca en dos de las secuencias peor ejecutadas técnicamente de lo que llevamos de año. Si bien en el combate final unas pocas tomas correctas se dan la mano con las ineficaces, que son mayoría, el combate de Arturo al pie de la escalera con los soldados del Ejército Oscuro es una aberración visual, no sólo por lo terrible de su estética y el uso de unos efectos digitales infectos, sino también por el mal gusto de los implicados en el film a la hora de dejar dentro del metraje semejante engendro.




La tercera película que habita en El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur es la que peor parada sale en el reparto de esta mezcolanza de tonos y géneros. Por que sí, la mitología artútica, las criaturas de leyenda, la magia, las batallas multitudinarias y la “espada y brujería” anidan en el interior del largometraje de Guy Ritchie, pero cada vez que las mismas intentan asomar la cabeza estas son decapitadas impunemente. La cinta sobre hampones medievelas y la deudora del mundo del videojuego devoran y fagocitan impunemente a la obra épica que en ocasiones intenta ser la producción que nos ocupa, pero hasta en ese sentido el director de Revolver fracasa ya que después de cada “visión” o “aparición” que revelan el porvenir al protagonista este debería evolucionar, trascender como personaje y futuro monarca, pero en ningún momento deja de parecer un ladrón de poca monta que trata de eludir por todos los medios sus responsabilidades como portador de Excalibur y lider de su país. Pareciera ser que para el director y sus guionistas, entre ellos Lionel Wigram co escritor de las dos entregas que Ritchie realizó de Sherlock Holmes basadas en sus cómics, el núcleo argumental que da sentido a la obra y todo el legado que trae consigo fuera lo de menos dentro de esta producción.




El apartado artístico sería el más vistoso de la película con un desfile de caras guapas formado por Charlie Hunnam (Hijos de la Anarquía), Jude Law (El Gran Hotel Budapest), Astrid Bergès-Frisbey (Orígenes), Eric Bana (Hulk), Djimon Hounsou (Gladiator), Annabelle Wallis (Annabelle) o un par de habitantes de los Siete Reinos (Aidan Gillen y Michael McElhatton). El protagonista de Pacific Rim es una buena elección porque su Jax Teller de Sons of Anarchy no se diferencia mucho de este Arturo al que da vida, pero como traslación de la visión clásica que tenemos del personaje evidentemente es deficiente. Del resto del reparto Jude Law se esfuerza pero se nota completamente perdido en pantalla, Djimon Hounsou está como de pasada para cobrar el cheque, al igual que los actores que dan vida a Petyr Baelish “Meñique” y Roose Bolton que se encuentran en esta producción para no perder el tiempo entre temporada y temporada de Juego de Tronos. Sólo podríamos destacar mínimamente a un Eric Bana, dignísimo como el rey Uther, y a una misteriosa Astrid Bergès-Frisbey cuya magnética presencia no funciona del todo mal en pantalla. Por desgracia todo este casting se ve empequeñecido por el aparatoso diseño de producción del film y el pobre desarrollo de caracteres del guión.




La potencial saga cinematográfica a la que iba a dar inicio esta King Arthur: Legend of th Sword se ha visto abortada debido al notable fracaso en taquilla que ha sufrido a nivel internacional y en honor a la verdad la cinta no merecía ser un éxito. Lo cierto es que después de asistir a la sesión continua de incoherencias en fondo y forma a la que ha dado forma Guy Ritchie el que esto firma no puede verse apenado porque dicha empresa no salga adelante, ya que seguramente la secuela hubiera sido mucho más exagerada que esta primera entrega y eso ya sería indigerible. La última película del director de aquel clásico del cine de terror llamado Barridos Por la Marea (Swept Away) es un desastre que comienza de manera decente en su prólogo para ir desinflándose poco a poco en lo narrativo e hinchándose, por medio de anabolizantes, en lo visual hasta convertirse en uno de esos enormes elefantes que pueblan el metraje, seres descomunales en tamaño, pero torpes a la hora de moverse y ser efectivos en su cometido. Finalmente cuando el visionado de la película acaba mi mente se va directamente a Disney y el miedo que tiene que estar sintiendo la productora al ver lo deficiente que es el último trabajo de su director estrella para llevar a imagen real su clásico Aladdin. Esperemos que tengan a mano la lampara maravillosa y el genio dentro, por si necesitan los tres deseos.