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domingo, 31 de octubre de 2021

Maligno



Título Original Malignant (2021)
Director James Wan
Guion Ingrid Bisu, Akela Cooper, James Wan
Reparto Annabelle Wallis, George Young, Maddie Hasson, Jake Abel, Jacqueline McKenzie, Michole Briana White, Paul Mabon, Ingrid Bisu



Sí, sabemos que han pasado casi dos meses desde su estreno, pero en Transgresión Continua estábamos buscando cualquier excusa para hablar de Maligno, la última y controvertida película como director del cineasta James Wan, y la festividad de Halloween es la perfecta para hacerlo. A estas alturas ya sabemos que el largometraje pinchó en taquilla, como casi todos los recientes estrenos simultáneos en cines y HBO Max de Warner Bros, y que tanto la crítica como el público se dividieron visceralmente a la hora de valorarla, pero nosotros queremos aprovechar esta entrada para cantar las alabanzas de una pieza que, no nos cabe la menor duda, ostentará dentro de no mucho tiempo el título de obra de culto dentro su género. No veíamos al director australiano de origen malasio ponerse detrás de las cámaras en una película de terror desde la brillante Expediente Warren: El Caso Enfield, ya que sus responsabilidades los últimos años han consistido en producir material para las distintas franquicias nacidas de su impronta o los spin offs derivados de las mismas y dirigir Aquaman, la primera película en solitario del superhéroe de DC Comics interpretado por Jason Momoa. De manera que esta cinta co escrita por él mismo junto a Ingrid Bisu y Akela Cooper o protagonizada por Annabelle Wallis, George Young, Michole Briana White, Maddie Hasson, Jake Abel o Jacqueline McKenzie entre otros ha supuesto su nuevo y esperado proyecto como realizador dentro del género que le dio fama y dinero.



Cuando en 2019 se confirmó que James Wan cedería la silla de director a Michael Chaves (The Curse of La Llorona) en Expediente Warren: Obligado Por el Demonio después de haber facturado con las otras dos entregas de The Conjuring las mejores películas de su filmografía, un servidor no comprendía dicha decisión del realizador por mucho que el resultado con aquella tercera entrega de las correrías sobrenaturales de Ed y Lorraine Warren se revelara finalmente como una obra más que digna que no desentonaba con sus predecesoras. Pero una vez vista esta Malignant que nos ocupa todo cobró sentido instantáneamente para el que suscribe. Porque la última película del director de Saw (2004) o Insidious (2010) pareciera el resultado de haber recibido carta blanca por parte de Warner Bros como agradecimiento por los más de mil millones de dólares recaudados por Aquaman internacionalmente. Un proyecto humilde, dentro de los estándares hollywoodienses, en el que ha podido hacer lo que ha querido sin restricción alguna.



El prólogo de Malignant es esclarecedor con respecto al tono que mantendrá la propuesta a lo largo de todo su metraje y una declaración de principios por parte de James Wan al poner todas las cartas sobre la mesa con al intención de engañar a nadie. Los tonos rojizos herederos de la escuela de terror italiana, la violencia explícita, el contexto hospitalario, la música de sintetizador con aroma a los 80 y esa monstruosidad que se vislumbra detrás de una cortina asientan las bases de un proyecto que toma como centro neurálgico la locura, la total ausencia de prejuicios y la exigencia de una inapelable suspensión de la credulidad para que el espectador pueda disfrutar del viaje psicotrónico propuesto por el director. Si a Malignant se entra con reservas, con la idea de esperar un relato lógico dentro de ciertos parámetros ficcionales, el resultado será decepcionante en grado sumo. En cambio si nos dejamos llevar por su esquizofrenia formal la experiencia se antojará inolvidable.



El sencillo planteamiento inicial de Malignant entronca directamente con la cantidad de vericuetos en los que se introducirá su guion para mutar la propuesta en algo cada vez más desinhibido e inclasificable. Madison (Annabelle Wallis) es una mujer embarazada que después de sufrir una agresión por parte de su marido Dereck (Jake Abel) comienza a experimentar visiones sobre truculentos asesinatos perpetrados en su ciudad por una desconocida figura vinculada con su propio pasado. Con la ayuda de su hermana menor Sydney (Maddie Hasson) o los detectives Keoka Shaw (George Young) y Regina Moss (Michole Briana White) Madison intentará detener a este criminal cuya naturaleza pareciera tener un origen sobrehumano. A partir de este punto de partida James Wan y sus colaboradoras al guion despliegan una intrincada historia que irá adentrándose gradualmente en los terrenos de lo onírico sin miedo a caer en el ridículo.



Malignant pareciera desde su mismo arranque un slasher con anabolizantes rodado por el Brian de Palma de la no menos alocada En Nombre de Caín (Raising Cain, 1993) utilizando como recursos estilísticos y conceptuales los lugares comunes o la imaginería audiovisual del giallo (cuero, armas blancas, sangre a borbotones, violencia explícita adentrándose en los terrenos del gore, reminiscencias del policíaco más pulp) con la intención de no hacer prisioneros entre el patio de butacas. Esto que afirmamos se concentra durante los dos primeros actos de la película en los que el misterio sobre la identidad del asesino se va desvelando poco a poco por medio de pistas que apuntan con cierta claridad hacia dónde debe dirigir su mirada el espectador para acertar el tiro. Pero todo cambia en el último acto, cuando Malignant ya nos pone a prueba con un giro que incitará a algunos a echarse las manos a la cabeza y a otros a caer rendidos ante el descaro y la osadía de James Wan.



La media hora final de Malignant es una oda salvaje y casi descerebrada a la irracionalidad haciendo que todo aquello que habíamos elucubrado con respecto a la identidad del asesino llegue a extremos de puro delirio. Abandonamos en cierta manera la influencia del slasher y el giallo hipervitaminado para abrazar la serie B más exploit e iconoclasta viniéndonos a la mente productos de culto como Basket Case (1982) o cintas tan malditas como La Mitad Oscura (1993), la malograda adaptación que realizó en George A. Romero de la novela homónima de su amigo Stephen King. A estas alturas ya vale todo y James Wan monta su propia Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (John Carpenter, 1976) con un sólo enemigo para todo el cuerpo de policía que inicia su particular escabechina en una celda y acaba en medio de la comisaria con una secuencia de acción a modo de perversa revisión de la protagonizada por Nicole Kidman en el arranque de Aquaman en la que Wan se permite, por poner solo un ejemplo, que su criatura le arranque un brazo a un agente del orden para golpear con él a otro.




Malignant es ante todo una celebración, un tren de la bruja desbocado y sin frenos en el que conviven armónicamente el efecto especial práctico y el pixel sin que colisionen el uno con el otro de mala manera. Es la declaración de amor del rey del terror mainstream al lado opuesto del género, aquel exploit y rotundamente pulp que se forjó en sesiones golfas proyectadas en salas grindhouse, festivales demenciales y videoclubs decadentes. Poco importa si fue un fracaso económico o si se la trató injustamente por unos y otros, el cine que perdura nació para sembrar la discordia, no para contentar a todo el mundo y James Wan lo consiguió con su obra más valiente, deliberadamente temeraria, pasada de rosca y, por qué no decirlo, ocasionalmente ridícula. Ojalá más cine de terror libre, desinhibido y carente de pretensiones como este que nos haga recuperar la fe en el perfil más desenfadado y divertido del medio.

 



lunes, 21 de junio de 2021

Expediente Warren: Obligado Por el Demonio




Título Original The Conjuring: The Devil Made Me Do It (2021)
Director Michael Chaves
Guion James Wan, David Leslie Johnson-McGoldrick
Reparto Vera Farmiga, Patrick Wilson, Ruairi O’Connor, Sarah Catherine Hook, Julian Hilliard, John Noble, Eugenie Bondurant, Shannon Kook, Ronnie Gene Blevins, Keith Arthur Bolden, Steve Coulter, Vince Pisani, Ingrid Bisu




Personalidades capitales dentro del mundo del ocultismo y lo esotérico para unos, charlatanes vendehumos que se dedicaron a engañar a ciudadanos desaprensivos para otros, el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren se ha convertido en parte de la cultura del terror contemporáneo desde que el director James Wan y los guionistas Chad y Carey Hayes pusieron sus ojos en ellos hace ocho años. Aquel 2013 se estrenó The Conjuring, conocida como Expediente Warren en España, la primera película centrada en las andaduras supuestamente sobrenaturales de tan peculiar pareja, demonólogo él y clarividente ella, nacida a la estela del éxito de Insidious, otra saga de terror auspiciada por James Wan en colaboración con Blumhouse Productions. Vera Farmiga y Patrick Wilson daban vida a los Warren viéndose inmersos en un caso de casa maldita y posesión demoníaca con el que el cineasta australiano de origen malasio desplegaba su brillante puesta en escena alimentándose de todos los tópicos de género de terror para alumbrar una poderosa maquinaria cinematográfica. Dos años después de la primera entrega y uno del primer spin off de la franquicia, centrado en la muñeca Annabelle, llegaba a carteleras de todo el mundo The Conjuring 2 o Expediente Warren: El Caso Enfield, secuela que superaba a su predecesora centrándose en el caso del célebre poltergeist del barrio londinense y presentando al personaje de la Monja que, como sabemos, también protagonizaría su propia película.




Cuando se conoció que la apretada agenda de James Wan le impediría dirigir la tercera entrega de Expediente Warren, recordemos que sigue implicado en el futuro próximo del DCEU con la muy esperada Aquaman And The Lost Kingdom, saltaron todas las alarmas. Más todavía cuando Warner Bros y Atomic Monster confirmaron que el lugar del creador de Saw lo ocuparía Michael Chaves, director de la que podemos considerar película más floja de lo que se conoce como el “Warrenverso”, la mediocre The Curse of la Llorona (2019). Un servidor, precavido a la hora de dictar sentencia con este tipo de cambios antes de consumir el producto, recordó dos factores que podrían jugar a favor de esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El primero es que cuando Leigh Whannell tomó el relevo de James Wan para rodar Insidious: Capítulo 3 el resultado quedaba lejos de las anteriores cintas, pero se antojó bastante satisfactorio. El segundo es que si bien La Llorona era una obra poco rescatable, precisamente la labor de Michael Chaves, mucho mejor que el material puesto en sus manos por los guionistas Mikki Daughtry y Tobias Iaconis, sobresalía en el conjunto de aquel innecesario y desubicado tercer spin off.




El nuevo caso en el que se ven envueltos las contrapartidas cinematográficas de Ed y Lorraine Warren fue uno que en 1981 focalizó las portadas de los medios de comunicación estadounidenses e internacionales de la época y en el que ambos se vieron estrechamente implicados. Se trata del juicio al joven Arne Cheyenne Johnson, que supuso el primer caso de un tribunal de Estados Unidos en el que se alegaba posesión demoníaca como defensa para declarar la inocencia del acusado. Los hechos relacionados con Cheyenne Johnson y sus allegados ya fueron llevados a la pequeña pantalla en 1983 con un tv movie titulada The Demon Murder Case, conocida en nuestro idioma como Asesinato Diabólico o Poseídos, dirigida por William Hale y con un jovencísimo Kevin Bacon dando vida a la versión ficcional del procesado. En esta Expediente Warren: Obligado Por el Demonio del guion se ocupa el mismo James Wan con la ayuda de David Leslie Johnson-McGoldrick que ya colaboró con el director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence, 2007) escribiendo los libretos de Expediente Warren: El Caso Enfield y Aquaman (2018).




Con Expediente Warren: Obligado Por El Demonio pareciera como si Michael Chaves supiera que sustituir a James Wan detrás de las cámaras no fuera a ser una tarea fácil y por ello decide descubrir casi todas sus cartas desde el mismo arranque del largometraje. Aunque es algo que ya se ha comentado hasta la saciedad es ineludible que el prólogo de diez minutos que abre el largometraje es el mejor pasaje de cuantos conforman la obra. Ese homenaje explícito a El Exorcista, con algunos planos idénticos a los de la obra maestra de William Friedkin y William Peter Blatty, en el que se practica un visceral exorcismo con el poseído retorciéndose hasta lo inhumano, de hecho en las secuencias más crudas al pequeño Julian Hilliard (La Maldición de Hill House, WandaVision) le sustituye un contorsionista profesional, no sólo marca el tono de la propuesta cinematográfica, también se muestra continuista con respecto a las dos entregas anteriores de la franquicia. Un fuerte puñetazo en la mesa por parte de un Michael Chaves que intenta en todo momento estar a la altura de una serie de películas que se han convertido en iconos del género de terror contemporáneo.




Contra todo pronóstico los hacedores de esta tercera entrega eluden la autocomplacencia y eligen reinventar de alguna manera la saga experimentando con la mixtura de géneros. Si los dos primeros films se adherían a un terror más ortodoxo con apuntes de drama, terreno en el que también ha demostrado moverse con soltura Mike Flanagan, The Conjuring: The Devil Made Me Do It hibrida dicha característica con el thriller de investigación y misterio casi adentrándose en terrenos del policíaco. Por eso son bastante atinadas aquellas voces que en redes sociales y distintos medios han afirmado que hay en el último trabajo de Michael Chaves una clara influencia de productos catódicos como Kolchak: The Night Stalker (Jeff Rice, 1974-1975), Expediente X (Chirs Carter 1993-2002, 2016-2018) o True Detective (Nic Pizzolatto, 2014-). De esta manera Expediente Warren: Obligado Por El Demonio destila un mestizaje que enriquece en cierto modo el microcosmos ficcional de los Warren cinematográficos transitando nuevas perspectivas de su universo, pero siendo siempre fieles a sus raíces.




El director sabe mantener la compostura en todo momento y su buen hacer no queda reducido al ya mencionado prólogo. Aunque nos encontramos con un producto alejado de la resolutividad de James Wan en las dos entregas previas es ineludible percibir un notable salto cualitativo en las aptitudes como realizador de Michael Chaves de The Curse Of La Llorona a esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El estadounidense está posibilitado para crear atmósferas, dosificar la información en pantalla para que los jump scares no se apoderen de los pasajes de terror y sustentar su puesta en escena en un tenebrismo siempre amenazante y mórbido jugando en todo momento a favor de la propuesta gracias al diseño de producción, la fotografía y la labor actoral. Aunque como ya ha pasado en otros de los proyectos de esta u otras franquicias impulsadas por James Wan en más de un momento no podemos evitar pensar que su influencia no se redujo a co escribir y producir, cabiendo la posibilidad de haberse marcado un “Poltergeist” fagocitando la labor de su pupilo, algo a lo que también apuntaba la muy resuelta Annabelle Vuelve a Casa (Gary Dauberman, 2019).




Más allá de aspectos técnicos es una verdad irrefutable que el Warrenverso se sustenta principalmente en los dos actores que interpretan a Lorraine y Ed Warren. Desde la primera The Conjuring Vera Farmiga y Patrick Wilson han demostrado una química impecable a la hora de dar vida al matrimonio de parapsicólogos ayudando a construir el lore que puso sus primeras piedras en 2013 y les ha acompañado desde entonces. Nuevamente los dos intérpretes, caracterizados para aparentar el lógico paso de los años, acometen con profesionalidad dos roles que conocen perfectamente y se han convertido en indivisibles dentro de sus respectivas filmografías. La dinámica entre ambos, su relación interpersonal y cómo consiguen transmitir al espectador sus sentimientos y determinación a la hora de ejecutar sus labores paranormales siguen muy presentes en Expediente Warren: Obligado Por El Diablo. El problema es, y ya es algo a lo que apuntaba El Caso Enfield, que los guionistas cargan más las tintas con respecto a la sensiblería, la religiosidad y el tratamiento simplista de todo aquel personaje secundario que osa poner en entredicho los especiales dones de la pareja.




Como ya hemos afirmado Expediente Warren: Obligado Por El Demonio queda unos peldaños por debajo de los dos trabajos que le preceden, pero a pesar de la ausencia de James Wan como maestro de ceremonias el resultado es más que satisfactorio, convirtiéndose en el tercer mejor largometraje del Warrenverso y una pieza muy superior a cualquiera de los spin off diseñados para explotar la muy rentable gallina de los huevos de oro amparada por Warner Bros. Michael Chaves consigue llevar por buen camino el universo ficcional de los Warren heredando muchas de las virtudes de su jefe en pasajes memorables como el de la morgue o todo el clímax final, ese que parece homenajear incluso a la miniserie de El Resplandor escrita por Stephen King y dirigida por Mick Garris en 1997. Están por venir más entregas de Annabelle y la Monja, pero ahora nos quedamos con la buena noticia de los números de taquilla de esta The Conjuring: The Devil Mad Me Do It que junto a la también exitosa Un Lugar Tranquilo 2 confirman que el cine de terror no sólo es rentable y apreciado por el gran público, sino también el mejor para ayudar a las multisalas a salir de la crisis en la que se han visto abocadas durante más de un año por culpa de la pandemia.


miércoles, 23 de enero de 2019

Aquaman




Título Original Aquaman (2018)
Director James Wan
Guión David Leslie Johnson-McGoldrick, Will Beall, Geoff Johns, James Wanm basado en los cómics de Mort Weisinger y Paul Norris
Reparto Jason Momoa, Amber Heard, Patrick Wilson, Willem Dafoe, Nicole Kidman, Yahya Abdul-Mateen II, Temuera Morrison, Dolph Lundgren, Michael Beach, Ludi Lin, Graham McTavish,  Patrick Cox, Randall Park, Djimon Hounsou, Leigh Whannell, Sophia Forrest, Natalia Safran,  Tahlia Jade Holt




Después de la decepcionante recaudación de Liga de la Justicia y su más bien negativo recibimiento por parte de la crítica el Universo Extendido de DC Comics pendía de un hilo mientras varios de sus actores más importantes como Ben Affleck, Henry Cavill o Amy Adams, no confirmaban su permanencia en el mismo. DC Entertainment y Warner Bros se lo jugaban todo con su siguiente movimiento, la primera película protagonizada en solitario por Aquaman, el personaje creado en 1941 por el guionista Mort Weisinger y el dibujante Paul Norris, e interpretado en imagen real por el actor estadounidense Jason Momoa. Los productores no las tenían todas consigo ya que la presencia carismática y rotunda del protagonista de Conan: El Bárbaro (2011), sumada a la de sus compañeros de reparto, no sirvió para que la traslación audiovisual de la JLA consiguiera el éxito esperado a pesar de revelarse él como uno de los mayores alicientes del film iniciado por Zack Snyder y acabado por Joss Whedon.




Para acometer la complicada empresa de ponerse a los mandos del primer largometraje protagonizado por el alter ego superheróico y monárquico de Arthur Curry fue elegido James Wan, cineasta australiano, de origen malayo, experto en cine de terror al que debemos sagas como Saw, Insidious o Expediente Warren (The Conjuring) y sus spin offs. Seguramente fueron sus incursiones en las supuestas correrías sobrenaturales del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, producidas y distribuidas por Warner Bros, las que dieron pie a los responsables de Aquaman para elegirlo como sustituto de Zack Snyder. El acierto ha sido total en todos los sentidos. No sólo porque ha conseguido una pieza adherida al subgénero superheróico que funciona a distintos niveles y encarrila el futuro del UEDC, sino también por haber logrado con ello una recaudación internacional que, mientras escribo estas líneas, ha superado unos descomunales mil millones de dólares.




Aquaman es una peculiar amalgama de continuación cronológica del Universo Extendido de DC y  película de orígenes, aunque sin dedicar una gran parte del metraje a poner en escena la génesis del héroe protagonista del que ya conocemos algunos datos de su biografía gracias a films previos. Desde el minuto uno se nota que Warner Bros no ha escatimado gastos a la hora de convertir su última producción inspirada en los cómics de DC, pensando, quiero suponer, que puestos a meter la pata nada mejor que hacerlo por todo lo alto. Esto se percibe no sólo en la mastodóntica inversión en la creación de la obra, sino también en la notable libertad creativa que han dado a un James Wan dispuesto a desplegar toda una galería de personajes, criaturas y escenarios reales o digitales con la sana intención de no dejar nada en el tintero y epatar al espectador con un fuego de artificio tan ligero e intrascendente como potente, cohesionado y paradójicamente alocado o arriesgado.




Nos encontramos con delirio kitsch, una epopeya oceánica protagonizada por un carismático émulo en imagen real que, seamos sinceros, poco tiene que ver con el Aquaman de las viñetas. Ni siquiera con el más cercano y carismático ejecutado por guionistas como Peter David o Geoff Johns, este último colaborando en el guión de la película. Pero como blockbuster abraza de manera tan inmisericorde y suicida un sense of wonder pasado de frenada que ante semejante actitud kamikaze no podemos hacer otra cosa que rendirnos a los pies de James Wan. Mencionábamos que posiblemente la saga The Conjuring fuera importante para que el cineasta australiano fuera designado como realizador de Aquaman, pero sólo desde un punto de vista contractual. Porque sería más lógico que fuera su incursión en la saga Fast And Furious la que despertara el interés en Warner Bros por contratar a un cineasta que se desenvuelve con soltura tanto con presupuestos humildes como con maquinarias casi inabarcables como la adherida a este tipo de producción.




El autor de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) apela a una grandilocuencia que va tomando forma de manera gradual después de una faceta más minimalista a la hora de centrarse en la historia de amor prohibido de los padres de Arthur Curry. Pero en cuanto la primera espectacular secuencia de acción toma forma Aquaman va desplegando todas sus posibilidades, más visuales que narrativas, con la intención de no dar un respiro al espectador. El guión consigue mantener un competente equilibrio entre aventura deudora de Indiana Jones, Gladiator, Star Wars o Avatar y comedia algo simplista, pero agradable y efectiva en líneas generales, centrada en los personajes de Aquaman y Mera, los pilares sobre los que se sustenta un argumento mil veces visto incapaz de ofrecer nada nuevo dentro del subgénero al que se adscribe, aunque sabiendo transitar con eficacia y soltura los lugares comunes más representativos del mismo.




Entregándose sin miramientos al barroquismo hipertrófico James Wan y su equipo técnico se ponen como meta aprovechar hasta lo insultante los notables y copiosos efectos digitales que ponen a su disposición y de esta manera retratan un mundo oceánico de proporciones incomensurables, estética sobrecargada y monstruosidades a cual más enorme, llegando una de ellas a ser de un tamaño tan inmenso que no llega a verse nunca íntegra en pantalla. En el proceso los responsables del apartado visual de la propuesta diseñan una Atlantis rica en detalles, cromatismo, luminosidad y, para qué negarlo, horteradas por doquier. Todo ello compactado de manera encomiable para parecer, lógicamente, un cómic delirante, exagerado, histriónico que va a por todas sin hacer prisioneros y dando buenas muestras de lo que deberían haber sido, desde su inicio. las adaptaciones cinematográficas que conforman este Universo Extendido de DC.




Tampoco han sido en Warner Bros conservadores a la hora de contratar un reparto de primera para dar forma al equipo artístico de Aquaman. Nicole Kidman como Atlanna, Willem Dafoe en la piel escamada de Vulko, un inesperado Dolph Lundgren dando vida al Rey Nereus, Temuera Morrison abordando el papel de Tom Curry o un entregado Patrick Wilson ofreciendo físico y voz al Rey Orm demuestran, además de ser el séquito de excelentes interpretes que cubren las espaldas a los dos protagonistas principales, haberse divertido sobremanera durante la producción de la película. Pero son los Aquaman y Mera de Jason Momoa y Amber Heard los dos roles más destacados con una notable química en pantalla no atisbable adecuadamente en las breves escenas que ambos compartieron en Liga de la Justicia. Funcionando como pareja de héroes con poderes sobrenaturales repartiendo palizas a diestro y siniestro o como pareja sentimental con momentos cómicos propios de una screwball comedy de segunda regional, ellos son lo mejor del cast.




Aquaman ha supuesto un bálsamo para Warner Bros y DC Entertainment, el mejor posible ya que se ha convertido en la producción más rentable de cuantas han diseñado desde que la, ya controvertida, El Hombre de Acero (2013) diera el pistoletazo de salida a este microcosmos ficcional que, después de dar sus primeros pasos de manera trémula y apresurada. ha encontrado su camino gracias a las que debieron haber sido las dos películas siguientes al debut de Henry Cavill como Superman, esta Aquaman y Wonder Woman. Quedando atrás los malos tiempos, los de haber estado más pendientes de construir la casa por el tejado con la intención de ponerse a la altura de una Marvel Studios que construyendo su universo cinematográfico poco a poco y de manera gradual, la "Distinguida Competencia" ha abierto una senda que, esperemos, producciones como las próximas Shazam y Wonder Woman 84 sepan continuar para ofrecer la mejor versión en imagen real de los iconos del arte secuencial vinculados a la vida editorial DC Cómics.



jueves, 20 de septiembre de 2018

La Monja



Título Original The Nun (2018)
Director Corin Hardy
Guión Gary Dauberman y James Wan
Reparto Taissa Farmiga, Demian Bichir, Jonas Bloquet, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu,  Jonny Coyne, Manuela Ciucur, Jared Morgan, Sandra Teles, Boiangiu Alma, Laur Dragan




James Wan lleva camino de convertirse en uno de los creadores de ficción terrorífica más prolífico y exitoso del panorama actual. Después de haber ayudado a construir sagas como Saw e Insidious el microcosmos al que más rendimiento está sacando es al relacionado con las figuras de los parapasicólogos Ed y Lorraine Warren. Mientras en su faceta como director se ocupaba de las dos soberbias entregas de Expediente Warren: The Cojuring su avezado instinto como productor comenzaba a diseñar todo tipo de spin offs derivados de los films protagonizados por Vera Farmiga y Patrick Wilson. El primero en llegar fue el de Annabelle, la muñeca maldita que los “sabuesos de lo sobrenatural” tenían confinada en su famoso museo personal, contando ya con dos entregas, la estrenada en 2014 y su precuela, Annabelle: Creation, de 2017. Más tarde, desde las entrañas de Expediente Warren: El Caso Enfield, nace este nuevo spin off centrado en el personaje de “La Monja”, la encarnación corpórea del demonio Valak que atormentaba a la familia británica protagonista de la mejor entrega de toda la franquicia. Con guión del habitual de la casa Gary Dauberman basado en una historia del mismo James Wan, dirección del británico Corin Hardy y un reparto encabezado por Taissa Farmiga, Demian Bichir, Jonas Bloquet y la indispensable Bonnie Aarons La Monja ha llegado a las carteleras de todo el mundo recibiendo críticas bastantes negativas, pero reventando la taquilla al recaudar 131 millones de dólares a nivel mundial sólo durante su primer fin de semana.





Sirva como aviso para los fans de las correrías fantasmagóricas del matrimonio Warren que si con La Monja esperan encontrar la milimétrica puesta en escena, la sabia asimilación de referentes y el control del tempo narrativo en los pasajes de terror de James Wan grabados a fuego e las dos entregas de The Conjuring la decepción se hará patente bien temprano. El largometraje de Corin Hardy, a pesar de su voluminoso envoltorio, no deja de ser en esencia una Serie B, un producto exploit, una pieza que elude los referentes más obvios como El Exorcista o La Profecía para abrazar la influencia de trabajos italianos de terror como El Engendro del Diablo (La Chiesa, 1989) de Michele Soavi o el remake que Lamberto Bava realizó de La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960) uno de los clásicos más famosos de su padre Mario Bava. De esta manera el segundo spin off de la franquicia Expediente Warren deja clara su naturaleza de pastiche intrascendente y divertido desde su mismo arranque. No es que el director de The Hallow y su guionista, Gary Dauberman, se tomen a broma el material que tienen entre manos, nada más lejos de la realidad, pero sí son conscientes de lo inane de un producto hecho a rebufo de un enorme éxito de crítica y público cuya única misión es extender el microcosmos previamente planteado por los films anteriores u ofrecer pura fruición cinematográfica de género.




Más allá de la ligereza de la historia narrada por sus responsables delante y detrás de las cámaras La Monja hace gala de un diseño de producción encomiable. Warner Bros y la productora de James Wan, Atomic Monster, permitieron a Corin Hardy rodar el largometraje en Rumania con varias localizaciones situadas en una antigua catedral y esto, a parte de ser el caldo de cultivo para añadir anécdotas sobre supuestos “hechos sobrenaturales” en la promoción del film, es algo que se deja notar en pantalla. Desde una perspectiva puramente cinematográfica la dirección artística y de fotografía, los juegos de luces y sombras inducidos por la iluminación y la inteligencia del realizador a la hora de colocar la cámara son las mayores virtudes de The Nun. Los encargados del apartado visual consiguen transmitir una atmósfera herética, tenebrista, transmitiendo en todo momento una constante sensación de peligro. Gracias a angostos pasillos mal iluminados, siniestras capillas sacramentales y cementerios neblinosos el espectador receptivo en todo momento se ve inmerso en esos parajes de pesadilla implicándose con el relato expuesto a la espera de las consabidas escenas de sobresaltos, en su mayoría protagonizadas por el ya icónico personaje al que da vida la inquietante actriz Bonnie Aarons.




El guión de Gary Dauberman, repleto de clichés y lugares comunes, construye una trama notablemente previsible deparando pocas sorpresas desde un punto de vista argumental. Por suerte su escritura es ágil y sabe encadenar de manera competente numerosos pasajes de tensión con los que mantener el interés de un espectador permitiéndose en pocos momentos bajar la guardia. En este sentido entra en escena la labor detrás de las cámaras de Corin Hardy, bastante meritoria si tenemos en cuenta su exigua filmografía y con una sabiduría bien medida a la hora de mantener el control de una maquinaria de notable tamaño como la que James Wan y sus colaboradores ponen a su disposición. En cuanto a los pasajes de terror se aplica una ambivalencia un tanto molesta por parte del realizador alternando secuencias excelentemente medidas en las que la sugestión, el control de los tiempos y la atmósfera transmiten genuina inquietud con otras en las que los trucos de barraca de feria, los golpes de sonido estridentes y una tosquedad formal a la hora de intentar ejecutar los célebres jump scares haciendo que la faceta más de género del film se resiente un tanto. Con todo el proyecto depara algún que otro pasaje destacable por su fuerza y si hacemos caso a los rumores que confirman la autoría de James Wan en varios de ellos no debería sorprendernos la eficiente ejecución de los mismos.




Taissa Farmiga, Demian Bichir, y Jonas Bloquet son el trío de personajes principales del largometraje. La hermana de Vera Farmiga, sin ninguna conexión en la ficción con el rol de Lorraine Warren, consigue transmitir a su novicia todo el candor, la inocencia y las dudas propias de una monja que ni siquiera a tomado todavía sus votos, pero si su papel hubiese sido abordado adentrándose más en los terrenos de la blasfemia y el pecado habría sido mucho más interesante y tridimensional. El actor mexicano de Los Odiosos Ocho ofrece convicción y fuerza a su Padre Burke, pero el guión se ocupa de convertirle en un inútil total incapaz de hacer nada a derechas en toda la trama, evolucionando casi más en un estorbo que una figura heróica. El intérprete francés en cambio da vida al secundario típico sobre el que recaen los golpes de humor, siendo el núcleo central de pasajes bordeantes en la comedia que aligeran un poco el tono tenebrista de la propuesta sin caer nunca en el histrionismo o la excesiva chanza. Por último es de recibo mencionar la excelente labor de Bonnie Aarons, la verdadera protagonista de la velada dando vida a Valak. La mujer que ofeció su físico al, no menos terrorífico, vagabundo de Mulholland Drive vuelve a entregarse al 100% a una criatura que ya ha hecho suya, pero se percibe a lo largo del metraje que James Wan era una pieza clave para que la famosa Monja transmitiera genuino pavor. No hay una sola secuencia de este spin off que llegue a los niveles de eficacia de las apariciones de la religiosa en Expediente Warren: El Caso Enfield en las que el director de la futura Aquaman sacaba lo mejor de ella.




La Monja es cine de evasión puro y duro, un proyecto no muy caro, liviano y de segunda diseñado para seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro más prolífica de James Wan. Su excelente recepción en taquilla, se estrenó como la película más taquillera de toda la franquicia The Conjuring, confirma la próspera vida que espera al microcosmos adherido a las figuras de Ed y Lorraine Warren. Aunque Warner Bros todavía no haya confirmado nada damos por sentado la futura gestación de una secuela de La Monja, pero antes de ella veremos la tercera entrega de Expediente Warren, esta vez sin James Wan detrás de las cámaras, y un nuevo spin off centrado en la otra criatura presentada en El Caso Enfield, aquel Crookeed Man, interpretado por nuestro internacional Javier Botet, al que también regalarán aventuras en solitario en un innecesario afán de explotar hasta lo extenuante el universo Warren. Por ahora nos quedamos con las impresiones de esta divertida, inofensiva, alocada y desechable The Nun, una pieza desprejuiciada que tan pronto abraza el terror marginal por medio de material de derribo como homenajea a films alejados del género en el que se engloba como Los Demonios, de Ken Russell, y Narciso Negro, de Michael Powell y Emeric Pressburge. 96 minutos de disfrute ligero y sin complejos tan digerible como olvidable a las pocas horas de abandonar su proyección.



lunes, 22 de enero de 2018

Insidious: La Última Llave





Título Original Insidious: The Last Key (2018)
Director Adam Robitel
Guión Leigh Whannell
Reparto Lin Shaye, Angus Sampson, Leigh Whannell, Josh Stewart, Caitlin Gerard, Bruce Davison, Kirk Acevedo, Javier Botet, Spencer Locke, Tessa Ferrer, Ava Kolker, Marcus Henderson





Cuarta entrega de la exitosa saga de terror Insidious ideada por el cineasta James Wan junto al guionista y actor Leigh Whannell, ambos originarios de Australia y autores de otra famosa franquicia adscrita a una vertiente diferente de este género como es esa Saw que volvió a las carteleras de todo el mundo el pasado año 2017 con Jigsaw, su octava entrega. En el año 2010 ambos colaboradores idearon una humilde propuesta llamada Insidious que no dejaba de ser una especie de totum revolutum en el que se condensaban influencias de todo tipo de horror movies como El Resplador, El Exorcista, Poltergeist o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) con una más que notable eficacia. Con un presupuesto humilde y un excelente reparto formado por Patrick Wilson, Rose Byrne, Barbara Hersey o Lin Shaye entre otros la cinta supuso una agradable sorpresa que revelaba al director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) como un excelente narrador que sabía reformular los tópicos del género de terror para ofrecer productos tan estimulantes como efectivos. La secuela llegó dos años después y la misma daba inicio justo cuando terminaba la primera parte ofreciendo una pieza no tan redonda como su predecesora, pero lo suficientemente bien ejecutada como para ser merecedora del buen recibimiento que consiguió tras su estreno. En cambio con la tercera película comenzaron los cambios notables dentro de la saga.




James Wan abandonaba la silla de la dirección debido a que por aquel entonces estaba saturado de trabajo viéndose implicado como realizador en la séptima entrega de Fast & Furious y la segunda de Expediente Warren (The Conjuring), su otra exitosa gallina de los huevos de oro dentro del cine de terror que a su vez dio a luz otra a modo de spin off centrada en la diabólica muñeca Annabelle. Ante esta decisión su compañero al guión, Leigh Whannell, tomaba las riendas de la dirección poniéndose por primera vez detrás de las cámaras en labores de jefe de orquesta con Insidious: Capítulo 3, decente continuación que esta vez localizaba sus acontecimientos antes de los acaecidos en película primigenia convirtiendo el film en la primera precuela de la saga. La ópera prima como cineasta de Leigh Whannell seguía los pasos de tres de los personajes secundarios más memorables de las dos primeras Insidious, el grupo de parapsicólogos formado por la medium Elise Reiner (Lin Shaye) y sus colaboradores Specs (Leigh Whannell) y Tucker (Angus Sampson) mientras investigaban el caso de una adolescente aparentemente poseída por una entidad sobrenatural. De nuevo Insidious funcionaba en la taquilla a nivel global y sus ideólogos vieron el filón para poder seguir ofreciendo nuevos capítulos sin tener que dar continuación a lo sucedido en el segundo film.




Esto nos lleva al recién estrenado 2018 y a la llegada de la cuarta entrega Insidious: La Última Llave, esta vez con un nuevo profesional, Adam Robitel (The Taking of Deborah Logan), haciéndose cargo del proyecto como cineasta y el habitual Leigh Whannell en labor de guionista. Nuevamente nos encontramos con una secuela centrada en Elise, Specs y Tucker, pero esta vez localizada solo unos meses antes de la primera Insidious y con los tres investigadores de lo paranormal implicándose en un caso que tiene lugar en la casa donde la ya citada medium pasó su infancia y adolescencia, junto a sus padres y su hermano Christian, bajo el violento yugo de su maltratador progenitor y dando por aquel entonces las primera muestras de sus peculiares poderes percibiendo la presencia de lo que parecían fantasmas que pululaban por el inmueble y a los que sólo ella podía ver. Contra todo pronóstico lo que apuntaba ser un nuevo capítulo de la franquicia sin más añadidos se convierte en un interesante análisis de comportamientos humanos mucho más realistas y asentados en lo mundano de lo que pudiera parecer dando a luz una atípica cinta que manteniendo el legado de sus predecesoras trata de relatarnos algo más profundo que una simple historia de terror.




Hasta este momento los tres capítulos previos de Insidious, aunque con algunas variantes entre unos y otros, eran una amalgama de influencias, homenajes y lugares comunes condensados con eficiencia para ofrecer algo al espectador que aunque cien veces visto funcionaba por la eficacia técnica y la solidez narrativa de sus artífices, sin facturar productos originales pero sí edificantes desde un punto de vista cinematográfico de género. Sería de necios negar que con Insidious: La Última Llave no sucede lo mismo, que Adam Robitel y Leigh Whannell toman como inspiración cintas previas alimentándose de ellas para unificarlas en un mismo todo y crear una pieza que sepa jugar bien con la referencialidad y la coherencia fílmica dentro de un microcosmos ya bien asentado después de tres entregas. Pero lo que llama la atención es que mientras las anteriores Insidious mamaban de Terror en Amytiville, Al Final de la Escalera (The Changeling) o Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings) esta lo hace de Martyrs o Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo utilizando la temática de casas encantadas, secuestros, torturas y posesiones demoníacas para realizar una alegoría sobre todo lo putrefacto que anida bajo la familia media americana confirmándonos que lo que acontece dentro de las cuatro paredes de un hogar pueda ser un secreto indescifrable para el resto de los mortales ajenos a dicha consanguinidad.




De esta manera el tándem formado por Adam Robitel y Leigh Whannel alterna con pericia las dos vertientes genéricas sobre las que se sustenta el entramado de Insidious: La Última Llave dando forma a una obra inesperadamente híbrida. Por un lado el tono de película de terror adscrito a los preceptos previamente asentados dentro de la saga Insidious por James Wan durante los inicios de la misma están ahí por medio de un adecuado uso de la atmósfera, los juegos de luces y sombras, la dirección de fotografía y la sugestión de cara al espectador, aunque el realizador en ocasiones cae en la trampa de ejecutar los famosos “jumpscares” por medio de innecesarios golpes de banda sonora, cuando en esta franquicia las secuencias más efectivas en cuanto a inquietar a la platea siempre eran las más visuales y las que jugaban con el in crescendo de tensión. Por otra parte encontramos un estimable poso dramático relacionado con la violencia en el seno familiar, los malos tratos a manos de uno de los progenitores y el miedo o el silencio del resto de miembros con respecto a estos hechos y aunque los mismos sean abordados desde una perspectiva sobrenatural y una terminología ficcional sus autores plantean temas interesantes con respecto a dicha temática enriqueciendo un poco más el relato al que están dando forma sin que por ello tampoco podamos hablar de un proyecto de profundo calado, ya que seguimos encontrándonos ante una cinta de género que sólo busca entretenimiento puro y duro.




Aunque evidentemente, y como era de esperar, es el terror el que prima en la propuesta que supone Insidious: La Última Llave es en ese subtexto dramático en el que Adam Robitel y Leigh Whannell se hacen fuertes focalizando todo el protagonismo en el personaje de Elise (una Lin Shaye que mejora en cada nueva entrega y en esta se muestra sencillamente espectacular, convirtiéndose en el corazón de la franquicia) no sólo marcando con un tono que alterna el terror con los apuntes de comedia que habitualmente añaden los personajes de Specs y Tucker en el presente, sino abordando la infancia de la medium por medio de flashbacks con un inteligente juego de espejos en el que los autores del largometraje subvierten los preceptos propios del género haciendo que lo que suponemos hechos sobrenaturales posiblemente no lo sean tanto afirmando de manera tácita que el mal más puro y corruptor pertenece a nuestra realidad y no a otros planos extraterrenales apelando así a discursos dentro de este tipo de celuloide cultivados en los años 70 con ese “terror rural y urbano” en el que autores como Tobe Hooper o Wes Craven con piezas clave como La Matanza de Texas o Las Colinas Tienen Ojos respectivamente pusieron nuestros miedos más atávicos en la “casa de al lado” en esa familia a la que considerábamos normal y corriente sin saber que eran el resultado de los peores instintos de nuestra sociedad y una alienación de corte inhumano por culpa de un progreso que les dio las espalda o los pisoteó impunemente.




Más allá de ese interesante subtexto Insidious: La Última Llave contiene prácticamente todas las señas de identidad de la saga con parapsicólogos, entidades extracorporeas, seres diabólicos que buscan poseer a adolescentes inocentes, casas malditas, ese “Más Allá” que se ha convertido en un personaje más, secuencias de terror notablemente bien ejecutadas centradas en la inquietante criatura a la que da vida de manera sublime nuestro Javier Botet aunque, como previamente hemos apuntado, en ocasiones recurran al susto fácil, tres protagonistas a los que hemos ido tomando cierto aprecio a lo largo de los años y un fin de ciclo más o menos claro ya que esta última entrega termina enlazando con la primera Insidious y la última escena dedicada al personaje de Lin Shaye suena a despedida o eso al menos parece. Con esta cuarta entrega indudablemente Leigh Whannell y James Wan siguen explotando su rentable producto sin intención de darle un final a corto plazo, pero lo cierto es que como “serial cinematográfico” funciona bastante bien, trata de ofrecer propuestas interesantes y sobre todo sigue siendo rentable para sus responsables, que en Hollywood es lo importante. Mientras esperamos qué se inventan los dos autores australianos para seguir sacando partido de esta Insidious antes de su continuación nos espera la película spin off de The Nun y la tercera parte de Expediente Warren (The Conjuring) de modo que por lo que parece tenemos terror a manos de la “factoría James Wan” para rato.


lunes, 20 de junio de 2016

Expediente Warren: El Caso Enfield



Título Original The Conjuring 2 (2016)
Director James Wan
Guión Carey Hayes, Chad Hayes, David Leslie Johnson, James Wan
Actores Vera Farmiga, Patrick Wilson, Frances O’Connor, Madison Wolfe, Lauren Esposito, Patrick McAuley, Benjamin Haigh, Maria Doyle Kennedy, Simon Delaney, Franka Potente, Simon McBurney, Javier Botet





Desde que en el año 2004 adaptara al largo un cortometraje de su propiedad con Saw el cineasta australiano de origen malayo James Wan se ha autoimpuesto reinventar distintas ramas del cine de terror. La primera entrega de la saga del sádico Jigsaw y sus retorcidos juegos mortales adscritos al torture porn fue el primer paso, pero el coqueteo con los films protagonizados por “muñecos diabólicos” de Dead Silence (Silencio Desde el Mal) y su punto de vista sobre cine de casas encantadas y posesiones demoníacas con la franquicia Insidious demostraron que su intención era experimentar con una vertiente del género más adscrita a lo sobrenatural. Ya en 2013 estrenó su, hasta el momento, opus magna, aquella The Conjuring (Expediente Warren en España) protagonizada por Vera Farmiga y Patrick Wilson que se metían en la piel del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, una pareja de investigadores de lo paranormal (demonólogo él, clarividente ella) que en esa ocasión investigaban un caso relacionada con una familia numerosa, los Perron, que se habían mudado a una solitaria casa en Rhode Island. Con la ayuda Chad y Carey Hayes al guión y la supervisión de personas relacionadas con los casos supuestamente reales de los Warren James Wan puso todo su talento como narrador, su maestria con la puesta en escena, su inteligencia para transmitir desasosiego al espectador por medio de la atmósfera o el uso de la imagen y el sonido para ofrecer una obra que sin inventar absolutamente nada utilizaba todas las virtudes de las horror movies para potenciarlas exponencialmente y conseguir, no sólo ejecutar una obra cinematográfica brillante en varios aspectos, sino también transmitir en no pocas ocasiones verdadero y puro miedo a la platea, algo poco común en los tiempos que corren. Como era de esperar la cinta fue todo un éxito a nivel internacional, tanto como para dar pie un año después a un competente, pero menor, largometraje a modo de spin off llamado Annabelle protagonizado por la ya icónica muñeca maldita y rodado por John R. Leonetti, director de fotografía de The Cojuring.




Después de su exitoso coqueteo con la saga Fast & Furious de la que rodó su accidentada séptima entrega y de ceder la batuta de director de Insidious: Capítulo 3 a su amigo y colaborador Leigh Whannell (manteniendo este muy bien el tipo como comentamos en la reseña que le dedicamos en su momento al film) James Wan vuelve al género que mejor controla con la segunda entrega de The Conjuring, que en nuestro país se conoce como Expediente Warren: El Caso Enfield. Esta vez el director de Sentencia de Muerte y su grupo de guionistas se han basado en otro de las casos más famosos con los que el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren tuvieron relación. En el año 1977 en una casa del municipio londinense de Einfield, la familia Hodgson requirió los servicios de la pareja de parapsicólogos cuando Peggy, la madre soltera de cuatro vástagos, descubrió que una presencia sobrenatural estaba acosando a su familia y poniendo sus ojos concretamente en Janet, una de sus dos hijas. Curiosamente antes de que Ed y Lorraine decidieran cruzar el Océano Atlántico para investigar tan peliagudo caso los Hodgson y sus problemas con el “más allá” se convirtieron en la comidilla de los programas, periódicos y revistas sensacionalistas británicos de la época. De aquellos hechos se hicieron fotos y grabaron programas, de hecho no es difícil encontrar en la red material relacionado con lo a acontecido en Enfield y los supuestos poltergeist que habitaron en aquel inmueble. Como comentamos esta es la base sobre la que bascula la trama de The Conjuring 2 y con ella James Wan ha vuelto a dar en el centro de la diana con la que es desde ya una de las mejores películas de lo que llevamos de 2016.




Desde el primer plano el cineasta australiano lo deja claro, estamos en su terreno, nada ha cambiado en los tres años que separan la primera The Conjuring y esta segunda parte y para ello inicia su largometraje con un poderoso prólogo centrado en el famoso caso de Amityville anclando de esta manera las dos vertientes que ya son señas de identidad de la saga. Por un lado una remarcable intención por ceñirse si no a la realidad (permitid a este escéptico redactor seguir creyendo en la no existencia de entidades sobrenaturales o fantasmas de distinto pelaje) sí a unos hechos muy bien documentados para ser fieles al material supuestamente verídico que toma como base narrativa y por otro homenajear a otros films o franquicias (en esta caso la de Terror en Amityville que vio la luz en 1979 alargándose con un buen puñado de secuelas y hasta un remake o algunos proyectos de factura más reciente como Babadook) que sirven como inspiración al director para dar forma a su criatura. Pero lo que también llama la atención en esta ocasión es que The Conjuring 2 deja un poco de lado el tono más clásico de su predecesora, no sólo para entregarse a una puesta en escena más dinámica e inquieta formalmente, sino también para tender en más de una ocasión puentes con su saga hermana Insidious, de hecho en no pocas ocasiones esta Expediente Warren: El Caso Enfield parece tener más hallazgos visuales y resoluciones formales en común con la otra gallina de los huevos de oro de James Wan que con su hermana mayor estrenada en 2013.




Independientemente de este pequeño cambio de tono que le acerca más (puede que de manera intencionada) al cine de terror de los ochenta que al de los setenta del que se alimentaba la primera entrega el trabajo de James Wan en esta secuela vuelve a alcanzar niveles altísimos de calidad. El futuro director de Aquaman se encuentra en pleno uso de sus facultades como narrador y eso se nota tanto en el plano técnico como el artístico a lo hora de guiar adecuadamente a un reparto al que exprime al máximo. The Conjuring 2 una vez más se revela como una producción realizada con un minimalismo desarmante por parte de un autor que ya tiene una impronta reconocible y que sabe hacer uso de la misma para ofrecer momentos que dejan al espectador agarrado a la butaca o soltando las ya clásicas risas nerviosas tras uno de los múltiples sustos que pueblan el metraje. Wan nuevamente se muestra como un maestro a la hora de controlar el timing, con una pericia fuera de lo normal a la hora de sustentar su trabajo en la dirección de fotografía y el estilismo visual de su obra para crear una atmósfera opresiva que crispa los nervios de una platea que siente más miedo cuando imagina lo que va a suceder en pantalla que cuando finalmente ve cuál es el hecho sobrenatural que el director y sus guionistas han pensado para ponernos contra las cuerdas. Al igual que en la primera película las secuencias de terror que pueblan la cinta que nos ocupa no recurren al golpe de banda sonora, no buscan el salto impulsivo del espectador de su asiento, sino por medio del “menos es más”, la sugestión visual y auditiva (una vez más los efectos de sonido son brillantes y ayudan mucho a crear la sensación de amenaza que sobrevuela todo el relato) transmitir una sensación de malestar al que visiona que apele a sus miedos intrínsecos, aquellos que forman parte de la cultura popular y las leyendas urbanas y que aquí Wan vuelve a utilizar con un pulso sencillamente apabullante.




Los pasajes en los que James Wan sabe sacar oro de localizaciones exiguas (la casa de Enfield en la que tiene lugar esta secuela es mucho más pequeña que la de los Perron del primer film y aquí también es expuesta casi en su totalidad por medio de un travelling trucado que contextualiza espacialmente el tablero con el que jugaran los responsables del largometraje) o actores que prefieren abordar sus roles por medio de la sutilidad eludiendo todo tipo de exageración o sobreactuación para con ello mostrar verdadero terror cuando se enfrentan a los entes extraterrenos que les amenazan son continuos a lo largo del metraje, aunque en número no son tantos como los de la primera película que he revisado hoy en pantalla grande junto a la secuela y no daba un minuto de respiro al espectador. Como previamente hemos comentado Wan prefiere recurrir al “sugerir más que mostrar” para construir los momentos más brutales de su último trabajo. Desde ya situaciones como la del sueño de Lorraine, la entrevista con Janet delante de las cámaras, la habitación con las cruces invertidas o la del “Hombre Torcido” (al que da vida nuestro Javier Botet) entre otras, se encuentran entre lo mejor jamás rodado por su realizador. Pero es de recibo destacar dos momentos del metraje que son desde este mismo momento muestras impecables del mejor terror contemporáneo como son todo lo acontecido con el cuadro que pinta Ed y sobre todo el interrogatorio de este último a Janet con la imagen de la niña desenfocada a las espaldas del personaje de Patrick Wilson, un tour de force interpretativo, estético y conceptual que confirma a James Wan como uno de los mejores autores de cine de género del panorama fílmico actual, dos momentos ejecutados con una pericia digna de los más grandes que se quedan grabados en la retina del espectador largo tiempo después de que las luces de la sala se enciendan al finalizar la película.




Un dúo de actores totalmente compenetrados como Patrick Wilson y Vera Farmiga, que en todo momento parecen un matrimonio real, apoyados por un grupo de secundarios que cumplen su cometido de permitirnos empatizar con sus desgracias (enorme trabajo de Madison Wolfe como la sufrida Janet) un guión perfectamente escrito que sabe medir los tiempos y ofrecer una galería de situaciones extremas con las que el espectador nunca baje la guardia y un director fuera de serie que es capaz de transmitir miedo con una tienda de campaña al fondo de un pasillo en penumbras o con un plano subjetivo que nos muestra la miopia momentánea de un personaje que de esta manera no puede percibir la presencia que se encuentra junto a él en ese mismo instante son muchos de los hallazgos de esta Expediente Warren: El Caso Enfield que nos hacen pasar por alto ciertos lugares comunes con respecto al cine de terror como retratar a los “escépticos” como personajes estúpidos, engreídos y unidimensionales (aunque Franka Potente lo haga tan bien como siempre con su breve papel) algún pasaje de terror no del todo bien rematado (la mayoría de los relacionados con Bill Wilkins son geniales, pero un par de ellos no están todo lo bien ejecutados que debieran) o contados momentos renqueantes que lastran la narración cuando hacemos la transición de Estados Unidos a Inglaterra, todos ellos errores nimios que no pueden ensuciar el buen hacer de una producción casi intachable. Aunque queda un peldaño por debajo de la primera entrega The Conjuring 2 es una de las mejores obras cinematográficas de la temporada, la muestra clara de que no hace falta inventar nada para sorprender al espectador mientras el jefe de ceremonias tenga el suficiente talento y el necesario conocimiento con respecto al material de partida con el que va a construir su historia, en este caso una de las más terroríficas de los últimos años.