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martes, 19 de marzo de 2019

True Detective: Temporada 3, vida, muerte y luna de cosecha



"Siempre es muy tarde, hagamos lo que hagamos"




En el año 2014 el canal de televisión por cable HBO estrenaba la primera temporada de True Detective, una de sus propuestas más potentes para aquella temporada. La ficción creada y escrita por Nic Pizzolatto (The Killing), dirigida por Cary Joji Fukunaga (Maniac) y protagonizada por Matthew McCounaughey (La Torre Oscura) y Woody Harrelson (Han Solo: Una Historia de Star Wars) supuso una inesperada sorpresa. Aquel relato neo-noir localizado en el sur de Estados Unidos mezclando el thriller policíaco con una pátina sobrenatural deudora del imaginario de H.P Lovecraft enamoró a propios y extraños gracias a la solidez de su escritura, la potencia de su realización y el enorme trabajo de su dúo protagonista. El éxito fue tan rotundo e instantáneo que HBO presionó a Nic Pizzolatto para tener escrita la segunda temporada lo antes posible y con ello repetir el espaldarazo conseguido con las investigaciones de los agentes Rust Cohle y Marty Hart. Esa segunda tanda de episodios llegó un año después, en 2015, y haciendo honor a su naturaleza de antología abandonaba Louisiana y los personajes de la primera para dirigir su mirada hacia Los Ángeles con una historia coral protagonizada por Colin Farrell, Rachel McAdams, Vince Vaughn, Taylor Kitsch y Kelly Reilly. Aunque la historia mantenía los parámetros del thriller policíaco el cambio de tono, una trama más apegada a la realidad y la pérdida de un único director para rodar todos los episodios (aunque se contara con la labor de respetables artesanos como Justin Lin, Daniel Attias o Miguel Sapochnik) conformaron un producto notable, pero muy inferior a su predecesor y carente de su magia. Tras el mal recibimiento de esta True Detective 2 la serie de Nic Pizzolatto parecía muerta y enterrada o esa fue nuestra impresión durante casi tres años.




Pero el pasado 2018 saltaba la inesperada noticia que se viralizaba por toda la red. HBO renovaba la serie y daba una nueva oportunidad a Nic Pizzolatto para reverdecer los laureles de la primera temporada. Esta vez el creador, guionista y showrunner había contado con mucho más tiempo para diseñar su nueva propuesta y la cadena de pago le ofreció su apoyo contratando como protagonista al doblemente oscarizado, aunque por aquel entonces sólo había conseguido el que le proporcionó su papel en Moonlight, Mahershala Ali. Al actor de Green Book le acompañarían Stephen Dorff, Carmen Ejogo, Scoot McNairy, Ray Fisher o Sarah Gadon entre otros intérpretes. En lo referido a los directores que se encargarían de rodar los episodios en HBO también se contrataron los servicios de Jeremy Saulnier, responsable de la interesante y exitosa película Green Room y designado como realizador de las tres primeras entregas, así como productor ejecutivo de esta nueva temporada. Pero fue en abril del pasado año cuando Saulnier oficalizaba su abandono del proyecto por “problemas de agenda” dejando vía libre para no pocas especulaciones sobre su mala relación con un Pizzolatto que ya se las había visto previamente con su anterior cineasta, Cary Joji Fukunaga. A los dos episodios rodados por Saulnier se unen otros dos en los que el mismo Pizzolatto debuta detrás de las cámaras y cuatro más a manos de Daniel Sackheim, veterano curtido en producciones como Expediente X o The Walking Dead y también acreditado en la producción ejecutiva del show.




Estrenada el 14 de enero y finiquitada su emisión el pasado 24 de febrero la tercera temporada de True Detective cumple con lo prometido en los distintos trailers. La nueva entrega de la serie de Nic Pizzolatto es una vuelta a las raíces, aquellas abandonadas en la segunda temporada para alejarse notablemente de las de la primera con la idea de no convertirse en un producto fácil o redundante. No sabemos si por propia voluntad o presiones de la misma HBO, pero el autor de Nueva Orleans vuelve a la América Profunda, a los entornos rurales, a las localidades donde la carestía económica y el oscurantismo campan a sus anchas. También encontramos nuevamente a una pareja de detectives antagónicos, los agentes Wayne Hays y Roland West, investigando un misterioso caso de secuestro y asesinato infantil en Ozark (Arkansas) que Nic Pizzolatto y sus puntuales colaboradores al guión narran por medio de tres líneas temporales localizadas en 1980, 1990 y la actualidad. De esta manera el apartado referido a la escritura de True Detective 3 es casi impecable, una demostración más de que el autor de Galveston es un excelente narrador capaz de interconectar de manera brillante, por medio de juegos de espejos y paralelismos, varias tramas con diferentes cronologías, aunque en esta ocasión lo haya ejecutado con la ayuda de David Milch (Deadwood) y Graham Gordy (One Dollar).




Pizzolatto despliega una retorcida maraña de pistas, sospechosos y situaciones inquietantes con la intención de tejer una poliédrica trama detectivesca en la que se sumergen sus dos investigadores protagonistas y algún otro personaje secundario como el de Carmen Ejogo. No han sido pocos los espectadores descontentos con la manera en la que el guionista ha abordado este apartado, por otro lado de vital importancia para al adecuado discurrir de la temporada. Pero un servidor piensa que, más allá de un final cuestionable y expositivo en exceso, los planteamientos policíacos usados no sólo son casi siempre coherentes dentro de la ficción y su contexto, sino que también infieren en una de las mayores virtudes de esta tercera etapa de True Detective como son la repercusión y las secuelas a nivel psicológico que el caso de los niños desaparecidos dejan en los personajes principales y sobre todo en el de Mahershala Ali, encargado, en casi todo momento, de llevar el peso del relato central. De esta manera podemos acusar a Pizzolatto de no haber estado a la altura de lo esperado a la hora de rematar las distintas subtramas en las que se disgrega su historia, entregándose en algunos momentos a las excusas narrativas pobres y las resoluciones inverosímiles, pero el trayecto hasta llegar a ese cierre es, para un servidor al menos, muy satisfactorio.




En cuanto a la realización de los episodios por parte de los tres directores se repite la tónica habitual de la temporada. Jeremy Saulnier, Nic Pizzolatto y Daniel Sackheim se dedican a emular la puesta en escena de Cary Joji Fukunaga para la primera True Detective de 2014 llevando a cabo una labor notable todos ellos, pero sin imprimir señas de identidad propias perceptibles en manera alguna por mucho que en el caso del primero estemos hablando de un cineasta comenzando a despuntar como autor de largometrajes con la ya citada Green Room, la previa Blue Ruin o aquella Noche de Lobos (Hold the Dark) hecha al amparo de Netfilx. Pizzolatto toma el relevo de Saulnier antes de terminar este los tres episodios asignados a su persona, sólo sale acreditado en los dos primeros, y el guionista cumple sobradamente detrás de las cámaras mimetizando su impronta con el ya establecido look visual del programa y alardeando de técnica en algún momento como en el asalto a la casa de Brett Woodard, el pasaje técnicamente destacable de esta tercera temporada de la misma manera que el plano secuencia de la redada al club motero lo era de la primera y el ataque frustrado al laboratorio de metanfetamina de la segunda. Sackheim hace lo propio con Pizzolato y encarrila adecuadamente la segunda mitad de los episodios con la profesionalidad esperada.




Acierto mayúsculo por parte de HBO y Warner Bros dar el papel protagonista a Mahershala Ali. El actor de Alita: Ángel de Combate ofrece todo su talento para dar forma a un personaje acometido por medio de una deconstrucción psicológica dividida en tres partes diferenciadas, una para cada línea temporal. El brillante y obcecado detective de 1980 se alterna con el hombre curtido en mil batallas con problemas profesionales y personales de 1990 y el anciano entrevistado de la actualidad asediado por todos los demonios de su pasado y una más que probable demencia senil. El intérprete de Luke Cage o Figuras Ocultas se aferra a matices, medido lenguaje corporal y gestual o modulación de su voz para ofrecer un recital brillante. No le va a la zaga un Stephen Dorff impresionante confirmando ser uno de los actores más infravalorados de su generación, nunca habiendo recibido ese “gran papel” (aunque hubo un amago en Somewhere, de Sofia Coppola) que le consagre y teniendo que luchar aquí con los responsables de maquillaje y peluquería que tan inspirados estuvieron con su compañero de reparto y tan poco con él. Carmen Ejogo sacando oro de su personaje, un Scoot McNairy tan destacable como siempre, Ray Fisher en la contenida piel del hijo del protagonista o Sarah Gadon como la incisiva entrevistadora completan el destacable reparto.




Por desgracia cuando la temporada termina y, a nivel personal, poca queja se le puede poner a su conjunto, e incluso antojándose justo mencionar la mejoría con respecto a la anterior, la sensación final es que aquella True Detective de 2014 fue un verdadero golpe de suerte que aquí no vuelve a acontecer. Nic Pizzolatto ha hecho todo lo posible por rememorar lo acaecido en aquella tanda de capítulos inicial, pero el resultado queda muy lejos de la misma y seguramente es difícil dilucidar adecuadamente el motivo. Había algo especial en el caso convertido en odisea vital para los agentes Rust Cohle y Marty Hart que no ha vuelto a repetirse en ninguna de las dos temporadas posteriores. No sabría decir si era aquel subtexto onírico apuntando hacia una naturaleza extraterrena latiendo bajo el relato, la labor superlativa de un Matthew McConaughey inolvidable respaldado por un Woody Harrelson a la altura de las circunstancias o la labor de Cari Joji Fukunaga mimetizando sus aptitudes de narrador con la impecable letra de Pizzolatto funcionando hasta límites dificilmente repetibles, pero queda claro de manera cristalina que lo de True Detective 1 fue una bellísima anomalía irrepetible, inalcanzable y única dentro de una serie que nunca ha vuelto, ni volverá, a alcanzar dichas cotas de calidad. Por lo tanto nos queda una tercera temporada hasta notable en varios aspectos, pero a años luz de la primigenia que dio inicio a todo.




En resumidas cuentas la tercera temporada de True Detective es un producto de notoria calidad ejecutado por un grupo de profesionales capaces y cuyos aciertos están a la altura de la cadena responsable de su producción y emisión. Pero a pesar de sus virtudes, aciertos y mejorías con respecto a la entrega inmediatamente anterior volvemos a afirmar que el resultado queda a años luz de aquella icónica primera temporada. Al igual que sucedía con True Detective 2 esta tercera parte posiblemente sería mejor valorada si no estuviera vinculada a la marca a la que pertenece, pero irremediablemente es la continuación de una serie excelente que únicamente en su génesis consiguió revelarse como una obra maestra de la ficción flmada. Por ahora no se sabe si tendremos una cuarta temporada de True Detective, los ratings de audiencia parecen no haber sido muy destacables a lo largo de estos nuevos ocho episodios, de manera que sólo el paso del tiempo nos dirá si volveremos a seguir la pista de estos detectives dispuestos a dejarse la piel a la hora de desentrañar los casos más siniestros de la “Crónica Negra” estadounidense. Seguramente no tendremos una respuesta a corto plazo ya que ahora mismo HBO está dedicada en cuerpo y alma a engalanarse ante la inminente llegada de la última temporada de su serie más exitosa. Esa Juego de Tronos cuya recta final de seis entregas acaparará todas las miradas dejando a la creación de Nic Pizzolatto en el limbo y con su futuro pendiendo de un hilo.


lunes, 18 de julio de 2016

True Detective: Temporada 2, vivir y morir en Los Ángeles


“Aquellos sucesos se pagaron con sangre, así que honrelos, no se si servirán de algo, pero deberían, porque merecemos un mundo mejor”




El 12 de Enero de 2014 HBO estrenó la que aquel año se convirtió en la serie revelación de la cadena por cable norteamericana. True Detective nacía de la pluma del guionista y novelista Nic Pizzolatto (The Killing) formando este tándem con el director Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) para ofrecer ambos a unos Matthew McConaughey y Woody Harrelson tanto los papeles protagonistas como labores en calidad de productores ejecutivos del proyecto. La primera temporada de este programa, que al igual que otros como American Horror Story de Ryan Murphy y Brad Falchuck recurría al formato antología (cada temporada sería independiente de la siguiente y tendría distintos personajes), estaba protagonizada por dos detectives llamados Rust Cohle y Marty Hart a los que en el año 2012 se les interrogaba por un caso de asesinato ritual y posterior captura del homicida que tuvo lugar en el año 1995 en el estado de Louisiana y en el que ambos estuvieron implicados. Aunque en sus primeros episodios el proyecto no hizo demasiado ruido tras la emisión del cuarto, el del famoso plano secuencia, el trabajo de Pizzolatto y Fukunaga fue ganando poco a poco el seguimiento de una enorme horda de fans que perdían la cabeza por resolver el intrincado caso en el que ambos personajes estaban embarcados. 




Antes de acabar los ocho episodios que daban forma a la temporada True Detective ya era una serie de culto que con su mezcla de relato de literatura/cine negro con ribetes del David Lynch de Twin Peaks, un latente submundo de corte sobrenatural deudor del imaginario del escritor norteamericano Howard Philip Lovecraft y no pocos homenajes a obras dentro mundo del arte secuencial como las salidas del sello Vertigo o las ideadas por el británico Alan Moore (autor al que Pizzolatto no ha dudado en mencionar a la hora de hablar de referentes para True Detective), escritura sólida llena de simbología y cripticismo, dirección de acero que recayó en todos los capítulos en un sólo realizador y reparto sobresaliente en el que sobresalía un Matthew McConaughey nihilista y autodestructivo que confirmaba el nuevo y glorioso encarrilamiento de su carrera como intérprete consiguió enamorar a millones fans de todo el globo que encumbraron a la producción convirtiéndola en un éxito enorme para la cadena donde se hospedan series como Juego de Tronos, Girls o The Leftlovers.




Como era lógico tras el éxito de la primera temporada la producción de una segunda no se hizo esperar y HBO encargó a Nic Pizzolatto la labor de sacarla adelante en calidad de guionista y showrunner lo antes posible, esta vez sin la ayuda de Cary Joji Fukunaga que abandonaba labores de director para ejercer únicamente de productor ejecutivo, según las malas lenguas por problemas con su antaño compañero en la serie. Las noticias sobre la gestación de esta “True Detective II” fueron llegando con cuentagotas mientras las expectativas eran cada vez más altas debido a que la primera tanda de episodios había dejado el nivel de calidad por las nubes. Poco a poco se fue confirmando que Pizzolatto no sería el único escritor de la temporada y que la dirección, ahora sí, se repartiría entre varios realizadores, como suele ser habitual en la ficción televisiva norteamericana. Entre los meses de Octubre y Noviembre de 2014 se fueron confirmando los nombres del reparto que estaría formado por Colin Farrell (Daredevil, Alejandro Magno), Rachel McAdams (El Diario de Noa, To the Wonder) Vince Vaughn (Psicósis, El Mundo Perdido), Taylor Kitsch (Salvajes, X-Men Orígenes: Lobezno) y Kelly Reilly (Eden Lake, Sherlock Holmes) certificando que los dos personajes de la primera temporada pasarían a ser cinco en esta.




El pasado 21 de Junio del presente 2016 se cumplía un año del estreno por parte de HBO del primer episodio de la temporada, con guión del mismo Nic Pizzolatto en solitario y dirección del cineasta de origen taiwanés Justin Lin, conocido por ser artífice de la realización de varias entregas de la exitosa saga Fast & Furious y sustituto de J.J. Abrams en la franquicia Star Trek. El resultado no fue el esperado y la sensación de decepción por parte de los fans de la serie no sólo no se hizo esperar sino que se extendió a lo largo de prácticamente toda la emisión de la temporada por parte de la cadena de pago norteamericana. Gran parte de aquellos espectadores que esperaban una continuación ortodoxa del microcosmos filosófico y misántropo rodeado por una especie de submundo extraterrenal que tenía mucho de ensoñación se encontraron un producto que eludía dichas constantes para centrarse en otras menos simbólicas o alegóricas, más cercano a lo que sería nuestra realidad. Durante la emisión de los capítulos (y después de la misma) las redes sociales y webs de opinión ardieron hablando de la bajada de calidad e interés que había sufrido esta nueva entrega True Detective con respecto a la primera que le dio la fama al producto, después los humos se atenuaron pero quedó claro que esta nueva entrega de la serie de HBO había decepcionado a no pocos espectadores.




Sin intención de afirmar que esta segunda temporada es mejor o tan buena como la anterior (con respecto a eso pocos estaremos en desacuerdo) y con la perspectiva que nos da el paso del tiempo en esta entrada vamos a intentar ir a contracorriente de la mayoría argumentando por qué un trabajo como el que nos ocupa merece mucho la pena por la considerables virtudes que atesora y la valentía con la que ha sido abordado como el producto catódico de un autor que sabiendo que tenía la fórmula del éxito en la palma de su mano y que sólo teniendo que explotarla un poco más hubiera dejado satisfecho a prácticamente todo el mundo eligió el camino más complicado, dar un triple salto mortal sin red, ofreciendo algo que en apariencia puede parecernos diferente a aquellas ocho entregas que degustamos con fruición el pasado, pero que es muy parecido en su esencia a las aventuras y desventuras (más de estas últimas) de Rust Cohle, Marty Hurt y compañía en los lacónicos pantanos de la sureña Louisiana, para confirmar que la odisea crepuscular protagonizada por los agentes Ray Velcoro y Ani Bezzerides o el mafioso Frank Semyon entre otros es un proyecto de una calidad más que contrastada, unos hallazgos del todo encomiables y poseedor de algunos momentos remarcables que no merece, ni de lejos, el desdeñoso trato que recibió desde el mismo estreno de su primer capítulo.



La segunda temporada tiene lugar en Los Ángeles y sigue los pasos de cinco personajes. Por un lado está Ray Velcoro (Colin Farrell) detective del Departamento de Policía de la Ciudad de Vinci, un individuo tan eficiente como autodestructivo con graves problemas personales (un divorcio y la custodia por su único hijo) y vinculado por medio de la corrupción con la mafia local. Ani Bezzerides (Rachel McAdams) es una detective de la Oficina del Sheriff del Condado de Ventura con tendencia a los excesos y un pasado tumultuoso ligado a su padre Eliot Bezzerides (David Morse) el líder de una secta y a su hermana Athena (Leven Rambin) que se dedica a hacer performances eróticas para páginas de internet. Paul Woodrugh (Taylor Kitsch) es un veterano de la guerra de Afganistan que ejerce como policía de tráfico viviendo en el eterno dilema de no aceptar su homosexualidad y con la sombra de una multa por exceso de tráfico que supuetamente no puso a cambio de recibir los servicios sexuales de una actriz que ha ensuciado su nombre de cara a sus compañeros y colaboradores.




Por último tenemos al mafioso Frank Semyon (Vince Vaughn) implicado en no pocos casos de corrupción, entre ellos solicitar los servicios extraoficiales de Velcoro, y que siempre recibe el consejo de su esposa Jordan (Kelly Reilly) con la que lleva tiempo intentando concebir hijos sin éxito. Las vidas de estas cinco personas se cruzarán cuando Woodrugh encuentre, estando fuera de servicio, el cuerpo sin vida del gerente de la ciudad y socio de Semyon en el proyecto de un futuro tren de alta velocidad, Ben Caspere, y por ello el caso se le asigne, por problemas de jurisdicción, al ya mencionado policía de tráfico junto a Velcoro y Bezzerides que recibirán de sus respectivos superiores órdenes para investigarse los unos a los otros y en el caso del personaje de Colin Farrell la misión de hacer lo posible para que el caso no se solucione ya que ello sacaría a la luz los trapos sucios de la ciudad de Vinci y que apuntarían directamente al alcalde Austin Chessani (Ritchie Coster).




La segunda temporada de True Detective abandonaba los húmedos pantanos de Lousiana y se adentraba en el urbanismo crudo y ballardiano de Los Ángeles, dejaba de lado el ambiente rural del sur del país y abrazaba el de las ciudades con rascacielos e industrialmente desarrolladas, omitía ese tono de latente amenaza sobrenatural que parecía habitar el subsuelo ara entregarse a temas más mundanos y actuales, propios de los seres humanos. Aunque la trama seguía siendo un policíaco con protagonistas nihilistas, autodestructivos y cuyas vidas personales se asentaban en la mentira o la hipocresía, el tono mucho más cercano, las distintas subtramas abiertas desde el primer episodio, la visión crítica sobre temas como la corrupción policial o política y los estragos de la crisis económica acercaban esta segunda tanda de episodios más a otros productos catódicos como The Wire de David Simon y Ed Burns o The Shield de Shawn Ryan (no en la puesta en escena, que en la serie protagonizada por Vic Mackey era espídica y con cámara al hombro, pero sí por la conexión entre corrupción policial y política local) que a la primera temporada de la serie ideada por Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga, influencias de calidad a las que poco o nada se les puede reprochar (hablamos de dos de las mejores series americanas de la pasada década) pero que chocan frontalmente con lo que habíamos visto en las correrías de los agentes Rust Cohle y Marty Hart.




Casi un año después de la finalización de la emisión de la temporada y habiéndola revisado en bluray a lo largo de estos últimos días un servidor confirma que fueron las expectativas y el deseo por ver algo muy similar a lo que Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga mostraron en la primera temporada los motivos, y no otros, que dieron pie a que esta segunda temporada de True Detective se convirtiera en una decepción para gran parte de aquellos que se enamoraron de los primeros ocho episodios de la serie. Porque para ser francos poco más se le puede achacar a esta segunda tanda de capítulos, ya que como producto televisivo cumple casi al 100% con su cometido de mostrarse de cara a la audiencia como una muestra de ficción de calidad, perfectamente ejecutada en todos sus apartados y con no pocos aciertos formales y conceptuales. “True Detective II”, es como ya hemos mencionado, un policíaco que hunde sus raíces en el cine o la literatura negra y el western, un relato fatalista en el que el bien se sacrifica en aras de un mundo mejor mientras el mal sigue extendiendo indefinidamente sus tentáculos, es Sidney Lumet, Michael Mann, William Friedkin o Dennis Lehane.




El guión, su construcción y desarrollo, vuelve a ser brillante pero las presiones y prisas de la HBO (que mencionaremos más adelante) obligaron a Nic Pizzolatto, por primera vez en esta serie, a recurrir a co guionistas puntuales como Scott Lasser o Amanda Overton para que le ayudaran con la escritura de algunos de episodios, aunque prácticamente todo el trabajo recayó en el autor de la novela La Profundidad del Mar Amarillo. Cambios más significativos hubo en cuanto a la dirección de episodios ya que si en la primera temporada uno sólo, Cary Joji Fukunaga, se ocupó de rodarlos todos en esta segunda temporada, y como suele ser común en el mundo de la televisión americana, varios de ellos se repartieron la realización de los mismos recurriendo tanto a algunos cineastas asiduos a la pantalla grande como Justin Lin (Fast & Furious, Stark Trek: Más Allá) o John Crowley (Brooklyn, Intermission) como a artesanos consagrados en la pequeña como Jeremy Podeswa (Juego de Tronos, A Dos Metros Bajo Tierra) o Daniel Attias (The Killing, The Wire) entre otros.




La mayoría de estos cambios, unos más sustanciales que otros, no impiden en ningún momento que la segunda temporada de True Detective, al igual que la primera, se muestre como un producto televisivo cohesionado y con la calidad exigida como programa nacido en el seno de la HBO. Por un lado el guión de Nic Pizzolatto consigue desarrollar varias tramas para que las mismas converjan con eficacia, permitiendo la retroalimentación entre ellas, ofreciendo un entramado perfectamente hilado en el que tienen cabida corrupción policial y política, extorsión, trata de blancas, pederastia, asesinatos y los problemas personales de cada uno de los personajes principales. A Pizzolatto se le notan las dotes como novelista y un especial predilección para dar forma a diálogos potentes pero en ocasiones recargados (algo que ya le pasaba en la primera temporada a la hora de abordar al personaje de Rust Cohle, aunque en esa ocasión casaba perfectamente con la filosofía del mismo) permitiendo que la narración fluya poco a poco y vaya tomando forma sin mayores estridencias.




Por otro lado la labor de los directores no tiene mucho que envidiar a la del director de Beats of No Nation o Jane Eyre, ya que después de que Justin Lin asiente las bases visuales (que, por otro lado, son muy parecidas a las de, una vez más, la primera tanda de capítulos) en los dos primeros episodios el resto de realizadores sólo tienen que mantener el mismo tono. Las transiciones con panorámicas de Los Ángeles, el magnífico uso de las localizaciones, dejar respirar los encuadres en las escenas de acción y ofrecer espacio a los actores para que puedan lucirse hacen de la puesta en escena de esta segunda temporada un trabajo intachable. Mencionar también que si en el cuarto episodio de la primera temporada teníamos el soberbio plano secuencia con la redada a los moteros en el de esta tenemos la “Masacre de Vinci” en la que los personajes de Farrell, MacAdams y Kitsch protagonizan el frustrado asalto a un laboratorio de metanfetamina rodado con verdadera maestría por un perro viejo en estas lides como Jeremy Podeswa.




Otro de los puntos fuertes de True Detective y que esta segunda temporada también contiene es la excelente labor de su reparto de actores. Si en la primera temporada el trabajo de Matthew McConaughey fue superlativo y el de Woody Harrelson sobresaliente los actores que protagonizan la segunda no pierden la oportunidad de ofrecer, varios de ellos, los mejores trabajos de sus respectivas carreras. Colin Farrell se enfunda el desaliñado aspecto de Ray Velcoro, un policía corrupto de vuelta de todo, con una situación personal que lo consume poco a poco, y con apariencia de haber salido de una novela de Cormac McCarthy, ofreciendo una composición magnífica. Al irlandés no le va a la zaga la Ani Bezzerides de Rachel McAdams, acostumbrados a ver a la canadiense en cintas románticas o comedias como El Diario de Noa (The Notebook) o Morning Glory aquí de desmarca con un rol de mujer dura y muy entregada en el plano físico con algunos puntos en común con el Rust Cohle del ganador del Oscar por Dallas Buyers Club. Taylor Kistch como Paul Woodrugh aborda con acierto su taciturno personaje, el que posiblemente tenga una psicolgía más quebrada por sus propios demonios y cuya delgadez (en films como John Carter o Salvajes lo hemos visto mucho más corpulento) transmite al espectador una efectiva sensación de debilidad física que no desentona con la que también padece en el plano mental.




Pero si hay alguien que sorprende en el reparto es el normalmente penoso Vince Vaughn, uno de los actores que más basura ha rodado en Hollywood (pocas películas podrían salvarse dentro de su flmografía) se encuentra aquí a la altura como Frank Semyon, un elegante mafioso con un estricto código de honor, un Rey Lear que busca dejar los negocios sucios y formar una familia con su mujer y mayor consejera, Jordan, a la que ofrece su serena belleza la británica Kelly Reilly, un rol más secundario pero de capital importancia en la historia que vertebra la temporada y el final que da cierre a la misma. Todos estos actores dan lo mejor de sí mismos, no sólo por el bagaje que tienen a sus espaldas después de haber rodado decenas de películas, también por el considerable talento que tiene Nic Pizzolatto para ofrecerles en los guiones momentos con los que lucirse y su especial cuidado a la hora de relacionarse con ellos. Este quinteto de intérpretes apelan a una sabia contención y se hacen grandes gracias a la prosa del escritor de la novela Galveston. El monólogo de Vince Vaughan en el inicio del segundo episodio, todas las escenas que Colin Farrell comparte con su hijo, Rachel MacAdams y su incursión como falsa escort en la mansión, Taylor Kitsch y la escena en la estación de metro del penúltimo episodio o la última escena que comparte Kelly Reilly con el Norman Bates del remake de Psicosis de Gus Van Sant son muestras de que Pizzolatto es capaz de ofrecer muy buen material para que su reparto realice un trabajo notable.




¿Entonces qué falla en esta segunda temporada de True Detective?, ¿Por qué decepcionó a tanta gente en el momento de su emisión?, ¿Por qué palidece al lado de su hermana mayor protagonizada por Rust Cohle y Marty Hart?. Intentando dar respuesta a estas preguntas diremos que es indudable que el ritmo es bastante más lento que el de la primera temporada, aunque esta también se tomaba su tiempo para mantener un contacto inicial con el espectador, pero el juego del gato y el ratón al que se prestaba era más agradecido de cara a la audiencia. Por otro lado la narración más convencional también hizo mella en la recepción del producto, ya que como televidentes nos habíamos acostumbrado al caviar con esos primeros ocho episodios narrados con flashbacks hasta en tres líneas temporales, y Nic Pizzolatto aquí nos ofreció algo que, sin ser deficiente, sí era más procedimental, yendo a contracorriente de lo que ya había planteando y molestando a no pocos fans de la serie con su controvertida decisión.



Por mucho que los actores estén excelentes en sus papeles el recuerdo de los roles de Woody Harrelson y sobre todo el inmenso de Matthew McConaughey (muchos vieron en Rust Cohle el perfecto John Constatine que disfrutamos en la colección Hellblazer del sello Vertigo) estaban muy por encima y las comparaciones en ese sentido tampoco se hicieron esperar. Aunque un servidor considera el mayor fallo de esta temporada la ausencia de aquella pátina de atmósfera sobrenatural que sobrevolaba Louisiana, con un malsano hálito lovecraftiano que nunca se mostraba de manera explícita, pero que estaba siempre presente. Esta Los Ángeles de fría piedra y carreteras infinitas más cercana a la realidad de la segunda temporada, poco tiene que ver con ese retorcido misticismo sureño que tenía su hermana mayor y que se convirtió en una de sus señas de identidad más reconocibles, algo que seguramente el mismo Pizzolatto no comparta conmigo, ni con otros muchos seguidores de su obra, viendo como lo eliminó (casi) de raíz en esta nueva etapa.




Pero ahí reside la mayor virtud de esta segunda temporada de True Detective para el que esto suscribe, en el valor y la personalidad de Nic Pizzolatto que, como comentaba al inicio de la entrada, sabía que resortes debía utilizar para asegurarse un autocomplaciente éxito haciendo “más de lo mismo” y decidió tomar el camino contrario, más largo, espinoso y arriesgado. Mucho más efectiva vista en conjunto (como la novela que es gracias a la mano de su autor) y con no pocas virtudes en cualquiera de sus apartados la segunda temporada de True Detective merece ser revalorizada como el excelente producto de ficción que es. Poco importa a un servidor que hasta Michael Lombardo admita que no estuvo a la altura por culpa de la presión a la que sometió al showrunner y guionista o que el futuro de la tercera temporada siga pendiendo de un fino hilo, esta reciente revisión que he hecho a los ocho episodios me confirman que esta “True Detective II” hubiera sido recibida con mucho más énfasis si no hubiera estado vinculada al producto que le precedía y que posiblemente el paso del tiempo la pondrá en el lugar que merece, a sólo unos peldaños debajo de ese inimitable e irrepetible viaje a Caracosa en busca del Rey Amarillo.


viernes, 28 de marzo de 2014

True Detective: Temporada 1, en las montañas de la locura



“Todo era el mismo sueño, un sueño que tenías en una habitación cerrada, un sueño sobre ser una persona y como en muchos sueños hay un monstruo al final de él”
Rust Cohle




En abril de 2012 la cadena americana de televisión por cable HBO acordó con el escritor y guionista Nic Pizzolatto (The Killing) y el director Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) la creación de la primera temporada de ocho episodios de una serie de corte policíaco que al igual que otros programas catódicos como la romcabolesca American Horror Story adoptaría el formato de antología, o lo que viene a ser lo mismo, que cada temporada sería independiente, relataría una historia diferente (aunque todo apunta a que unas estarán conectadas de alguna manera con otras) y contaría con un reparto distinto. Así nació True Detective, la serie sensación de lo que llevamos de este 2014 que nos ocupa.




Esta primera entrega de ocho episodios está protagonizada por el recientemente oscarizado actor tejano Matthew McCounaghey (Dallas Buyers Club, El Lobo de Wall Street) y el no menos talentoso Woody Harrelson (El Escándalo de Larry Flint, Asesinos Natos, No Es País Para Viejos) que estaban tan seguros de la calidad del producto en el que se iban a implicar como actores que incluso llegaron ambos a ejercer como productores ejecutivos junto a Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga. De manera bastante atípica esta primera temporada de True Detective está escrita y dirigida en su totalidad por los creadores de la misma, algo poco habitual en la televisión americana, que normalmente ofrece productos en los que el creador de la obra escribe el episodio piloto (y puede que los dos o tres siguientes) para que un director ducho en el mundo de las series o un cineasta reputado lo ruede para darle el tono y la puesta en escena que después otros realizadores tomarán como punto de partida para el desarrollo estilístico del programa.




True Detective ha sido un rotundo éxito, con sus tres primeros episodios no hizo demasiado ruído, pero el cuarto (y su potente plano secuencia que ha sido visto por toda la red) ya dio muestras esclarecedoras sobre la calidad de la última creación de la HBO. Capítulo a capítulo la odisea de los agentes Marty Hart y Rust Cohle por los recovecos más oscuros del estado Lousiana ha ido ganando adeptos que se han enganchado al tono tenebrista y enfermizo de su alambicada trama llena de referencias fílmicas, literarias (e incluso del mundo del noveno arte como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto) llegando a un memorable último episodio que ha batido récords de audiencia para la cadena que emite el programa en cuestión. En España esta devoción (en ocasiones casi obsesiva, ya sabemos como son los fans que son capaces de diseccionar de manera concienzuda hasta el úlitmo detalle) también se ha dejado notar saltando hace poco la noticia de que incluso en cines de Madrid y Barcelona se realizaron maratones para ver en sesión continua los ocho magníficos episodios que dan forma a esta primera temporada.




Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga han conseguido en una sola temporada de su serie lo que hasta a Vince Gilligan le costó dos o tres con la pletórica Breaking Bad. Convertir su proyecto en un producto de culto, un fenómeno que ya arrastra una más que considerable horda de fans a nivel mundial que bebe los vientos por el programa, sus personajes y el microcosmos que han ido diseñando sus dos creadores a lo largo de sus ocho compactos episodios. True Detective es mucho más que un drama o thriller policíaco, ya que como obra principalmente hunde sus raíces en visiones del mal primigenio que van desde el imaginario lovecraftiano (la referencia directa al autor de Providence con Carcosa) hasta la ofrecida por David Lynch y Mark Frost en la mítica Twin Peaks (esa Logia Negra extendiendo su diabólica influencia a lo largo del pueblo homónimo o de Deer Meadow en la película precuela/secuela para la pantalla grande por medio de la presencia del espíritu errante Bob). Con una estructura narrativa deudora de Sospechosos Habituales de Bryan Singer y Christopher McQuarrie con la que comparte el relato por medio de flashbacks durante un interrogatorio policial para dar con un brutal asesino que tiene no poco de leyenda o mito y aunando la mirada del David Fincher de Seven o Zodiac (asesinatos ritualistas de corte religioso, un criminal sin rostro, obsesivos agentes de la ley investigando el caso que ven menguar hasta su salud por la implicación en el mismo) con el árido nihilismo y existencialismo desencantado del Cormac McCarthy. de No Es País Para Viejos.




Director y guionista (creadores ambos del programa en su totalidad) nos afirman como narradores que hay algo aterrador, algo impío en la América retratada en esta True Detective que nos ocupa, como si anidara en su interior una criatura bífida y reptante, al acecho, siempre a punto de mostrar sus fauces para devorarnos vivos. Esa Louisiana profunda de paisajes lacónicos y apagados hasta cuando la naturaleza se muestra en todo su esplendor apesta a bar de carretera, a pesticida, a cadáver en descomposición, a podredumbre económica y moral, a fundamentalismo religioso e industrialismo anticuado y obsoleto. Una localidad anclada en un pasado (como la que se retrataba en ese clásico llamado La Matanza de Texas del hoy muy olvidado Tobe Hooper, obra a la que nos retrotrae estéticamente esa casa atestada de inmundicia que ocupa gran parte de la trama central del último episodio) que sirve como perfecto caldo de cultivo para el nacimiento de una secta satánica de depravados sexuales cuyo posible origen está en una iglesia con un líder pedófilo o la forja de un criminal tan retorcídamente enfermo que trasciende del plano terrenal antojándosenos su procedencia, por inhumana e irreal, como localizada en una dimensión paralela aposentada en la más pura esencia del mal como concepto.




Pero si de trascendencia tuviéramos que hablar, de encontrarse en un nivel superior (no por ello más cómodo o asentado en una realización personal o existencial y si más bien visto como una tortura física o psicológica) a sus semejantes tendríamos que hablar de Rust Cohle, el detective perfecto que habita en la pura imperfección humana. El pletórico Matthew McCounaughey, que lleva años ofreciéndonos papeles remarcables, aborda esta criatura tortuosa, distante y asocial con una cantidad de recursos interpretativos sencillamente impresionante. Con un tono que se mueve entre lo mesíánico y lo demencial (no sabiendo muchas veces cuando habla donde empieza el uno y acaba el otro) Rust quedó reducido a una entidad primaria cuando su hija pequeña murió, su matrimonio por ello se rompió y decidió entregarse en cuerpo y alma a su única vía de escape, su trabajo, el mismo que le vampiriza y va poco a poco quitándole la vida. Por otro lado estaría Marty Hart, al que pone voz y cuerpo un no menos brillante Woody Harrelson. Marty es la representación del americano medio, un hombre que de cara a la galería se muestra como tradicional, conservador, amigo de sus amigos y sobre todo familiar. Pero la doble moral típicamente estadounidense no tarda en mostrarse para descubrirnos que el agente Hart es un marido infiel, un padre de métodos expeditivos capaz de golpear a los novios de sus hijas, uno individuo de moral reprobable que mira por el encima del hombro la existencia desencantada de su compañero de trabajo creyéndose en una posición superior a la de este por el simple hecho de tener una vida idílica que iremos descubriendo que no lo es tanto.




Con una estructura narrativa compleja y meticulosa (con hechos que tienen lugar en 1995, 2002 y 2012 por medio de flashbacks y quiebros de guión totalmente justificados) un apartado técnico mesurado, profesional y con algún momento brillante (el famoso plano secuencia que cierra el cuarto episodio) cohesionados por la implicación exclusiva de los dos creadores del producto sin que nadie más ajeno al proyecto interceda entre ellos True Detective ha puesto su primera y sólida piedra para ir construyendo un más que prometedor futuro. Nos encontramos ante una obra multireferencial y metaficcional que bebe no sólo del cine o la literatura, también como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto del mundo del cómic, algo nada descabellado si tenemos en cuenta que el tono de la serie y su contexto nos remiten continuamente a varias de las obras que cimentaron el buen nombre del sello Vertigo de DC o a trabajos en viñetas fuertemente influenciados por la pluma del escritor norteamericano H. P. Lovecraft como el díptico The Courtyard/Neonomicon escrito por Alan Moore y dibujado por Jacen Burrows para la editorial Avatar Press o Fatale, la colección de Image ideada por Ed Brubaker y Sean Phillips que amalgama la tradición del relato noir con la temática sobrenatural poblada de milenarias criaturas multiformes veneradas por sociedades secretas de corte satanista propias del creador de La Sombra Sobre Innsmouth o Dagon. Ahora habrá que ver qué tal le van las cosas a Nic Pizzolato y Cary Joji Fukanaga (esperemos que este último no abandone el proyecto, su trabajo en la realización de los ocho episodios ha sido sobresaliente) sin Rust y Marty como protagonistas y narrándonos otras historia distinta. Esperemos que el resultado esté a la altura, empresa nada sencilla, porque el listón lo han dejado por las nubes.