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jueves, 31 de diciembre de 2020

Blueberry: La Experiencia Secreta, la senda de los malditos

 


Título Original Blueberry: L'Expérience Secrète (2004)
Director Jan Kounen
Guión Jan Kounen, basado en el cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud
Reparto Vincent Cassel, Juliette Lewis, Michael Madsen, Eddie Izzard, Colm Meaney, Temuera Morrison, Nichole Hiltz, Hugh O’Conor, Geoffrey Lewis, Ernest Borgnine, Djimon Hounsou, Vahina Giocante





En el año 1963 nacía dentro de la icónica revista francesa, Pilote, una serie enraizada en el género western titulada Blueberry, de cuya autoría se responsalizaban el guionista Jean-Michel Clarlier y el dibujante Jean Giraud. A lo largo de más de cuatro décadas, incluso después de la triste desaparición de uno de sus dos creadores, las aventuras del Teniente de Caballería Mike Steve Donovan, alias “Blueberry”, deleitaron a millones de lectores de distintas generaciones convirtiéndose en un icono de la bande desinée francobelga hasta el punto de dar lugar a otras dos colecciones tituladas La Juventud de Blueberry y Marshall Blueberry. Llegado el año 2004 y sin encontrar el medio cinematográfico europeo un reflejo de aquella nueva era dorada de las adaptaciones de cómics estadounidenses al séptimo arte que daba por aquel entonces sus primeros pasos, el cineasta francés, de origen holandés, Jan Kounen se encargó de llevar el cómic de Charlier y Giraud a la pantalla grande. Además de algunos cortometrajes la única referencia que se tenía por aquel entonces de dicho director era su ópera prima en el largometraje, Dobermann, adaptación de la novela homónima de Joël Houssin protagonizada por Vincent Cassel, Monica Belucci, Tchéky Karyo o Romain Duris transfigurada en un polémico y violento cómic con reminiscencias tarantinianas del que destacaba un efectista acabado visual.




En honor a la verdad no eran pocos los alicientes interesantes relacionados con la génesis de esta traslación del Teniente Blueberry al celuloide. Los productores Thomas Langmann y Ariel Zeitoun no escatimaron gastos a la hora de poner a disposición de Jan Kounen todo lo necesario para diseñar una proyecto de gran envergadura que rivalizara con producciones norteamericanas del mismo estilo. Localizaciones en Francia, México y España, Gerard Brach (Repulsión, El Baile de los Vampiros, Frenético) como co guionista o un excelente reparto internacional encabezado por Vincent Cassel y en el que encontrábamos a Michael Madsen, Colm Meaney, Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Djimon Honsou o Ernest Borgnine daban buena muestra del dinero invertido en la producción. A todo esto había que sumar la implicación directa y activa del mismo Jean Giraud en el proyecto, no sólo dando el visto bueno al mismo, sino siendo él la persona que comunicó a Jan Kounen la disponibilidad de los derechos audiovisuales del cómic que había creado casi cuarenta años antes con su amigo Jean Michel-Carlier. Suena duro decirlo, pero se antoja inevitable considerar al gran Moebius como uno de los principales responsables de la debacle que más tarde supuso Blueberry: La Experiencia Secreta y de ello hablaremos a continuación.




Durante la época del estreno del largometraje, y ya es algo que nos recordó nuestro compañero Diego García Rouco en el podcast que dedicamos en Zona Negativa al icónico ilustrador francés, Jan Kounen afirmó reiteradamente que con Blueberry: La Experiencia Secreta su intención era aunar en una misma producción los dos conocidos perfiles artísticos del autor de El Incal, Jean Giraud por un lado y Moebius por otro, para intentar condensarlos en uno solo. Una vez se vio el resultado dichas declaraciones quedaron en una pueril excusa para que el director hiciera lo que realmente quería, una película sobre las experiencias místicas y el chamanismo cuya conexión con las viñetas de Blueberry era tan tenue como caprichosa. En verdad el cineasta de origen holandés no engañaba a nadie, los títulos de crédito afirmaban que su segunda película detrás de las cámaras estaba “líbremente inspirada” en la obra de Charlier y Giraud, algo que queda patente en pantalla. Teóricamente el proyecto está inspirado en los álbumes La Mina del Alemán Perdido y El Fantasma de las Balas de Oro, pero más allá de la presencia del personaje de Prosit Luckner nada de aquel maravilloso doble arco argumental encontramos en Blueberry: La Experiencia Secreta.




Desde los primeros compases de la película el conocedor de la serie publicada originariamente en la revista Pilote es consciente de que Jan Kounen tiene poca o ninguna intención de llevar esta al medio audiovisual. El tono, el acabado visual, la fotografía, las localizaciones o la estética de los personajes se encuentran a años luz de lo diseñado por Jean Giraud a lo largo de varias décadas en las tres cabeceras protagonizadas por el personaje. Lo que sí queda es un inane intento de rodar un remedo de western con la mirada puesta en Sergio Leone o Sam Peckinpah usando de manera insulsa todos los reconocibles tropos del género para facturar una manoseada historia de venganza cuya endeble construcción argumental desemboca en un viaje psicotrónico y lisérgico, ayahuasca mediante, en el último acto de la obra, esta vez inspirandose en El Topo (Alejandro Jodorwsky, 1970), que por abusar en exceso de unos efectos digitales hoy terriblemente envejecidos fracasa en el que era su principal cometido, intentar transportar al espectador en ese viaje a un mundo onírico inducido por la ingesta de psicotrópicos con el que deberíamos, en palabras del mismo Jan Kounen, “dejarnos llevar” y en el proceso perdonarle no sólo el ultraje contra la obra en papel, sino la terrible inconsistencia del libreto sobre el que sustenta su largometraje.





Fallando irremisiblemente en estos apartados lo poco que queda en Blueberry: La Experiencia Secreta es un sobrecargado ego trip por parte de su co guionista y director para intentar extrapolar audiovisualmente sus propias experiencias con los alucinógenos y el chamanismo, algo que podía haber llevado a cabo sin necesidad de mancillar una obra maestra del arte secuencial, ideando una historia original que le proporcionara la libertad necesaria para inyectarle sus delirios estilísticos. Curiosamente el uso inadecuado, tosco y excesivo del CGI en la película tiene más de un paralelismo con Dante 01 (2008), el debut en solitario del también cineasta francés Marc Caró (Delicatessen, La Ciudad de los Niños Perdidos), que además de parecer una especie de revisión apócrifa y recalcitrantemente cristiana de Alien³ (David Fincher, 1992), estaba igualmente construido sobre un guión deshilachado y casi inexistente culminando con un clímax final que hibridaba el sermón teológico con una barroca psicodelia de colores amarillentos dejando al espectador con cara de circunstancia. Como nota curiosa apuntar que el mismo Marc Caró colaboró en el departamento de arte de Blueberry: La Experiencia Secreta. Todo ello nos confirmaba lo que desde un principio debería haber sido tomado como una verdad absoluta, que un cineasta tan limitado y de paladar tan grueso como Jan Kounen nunca debió encargarse de rodar la adaptación de un cómic necesitado de una especial sensibilidad.




Aunque Jean-Michel Clarlier y Jean Giraud tenían en mente a los actores Jean-Paul Belmondo y Charles Bronson a la hora de diseñar la imagen de Blueberry y la elección de Vincent Cassel para interpretarlo en Blueberry: La Experiencia Secreta parecía descabellada por lo notablemente diferente que era su fisionomia a la de este, el hijo de Jean-Pierre Cassel hizo, como es habitual en él, un notable trabajo. El protagonista de El Odio o Irreversible lleva con mucha dignidad las alforjas de un protagonista que, aunque no tiene nada que ver con el rol de los cómics, él acomete con profesionalidad y carisma. Algo parecido sucede con Michael Madsen que dando vida a Wallace Sebastian Blount pareciera interpretar una variante de Budd, el personaje que le regaló Quentin Tarantino en el díptico Kill Bill. El resto del reparto se mueve entre el ajustado cumplimiento del deber y el no saber ni dónde están por culpa de un guión y un desarrollo de caracteres nulo, que pone las cosas muy difíciles a Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Colm Meaney, Djimon Honsou o Temuera Morrison para parecer creíbles. Uno de los pocos que sí pareció pasárselo bien fue el veterano Ernest Borgnine, cuya presencia es uno de los pocos homenajes reales por parte de Jan Kounen al western si tenemos en cuenta su asidua intervención en el género despuntando en clásicos como Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) o Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969).




Blueberry: L’Expérience Secrète es un desastre sin paliativos. Fallida como adaptación del cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud, fallida como western, fallida como película y sobre todo fallida como ese supuesto intento por unificar los estilos de Jean Giraud y Moebius; ya que si al primero es difícil encontrarlo en el film del segundo no hay ni rastro por mucha ayahuasca que Jan Kounen arroje contra el objetivo de su cámara. Una obra capital de la bande desinée como Blueberry merecía una adaptación digna, ejecutada por profesionales que admiraran el trabajo de sus creadores y no a un realizador alucinado que utilizara el buen nombre y la fama del material original para dar rienda suelta a su megalomanía y peregrinas inquietudes cinematográficas. Pero como previamente hemos apuntado lo peor de todo el caso es la relevancia del mismo Jean Giraud en lo referido a la viabilidad de semejante mediocridad formal y argumental. No sabemos si por la ilusión de ver una versión en imagen real de su obra, si por deferencia hacia Jan Kounen o simplemente por sacar unos cuantos dividendos, algo que nadie podría reprocharle ya que estaba en todo su derecho de hacerlo, pero el resultado no pudo ser más desalentador en todos los aspectos. Siendo conscientes de la nueva ola de adaptaciones de cómics que despliegan actualmente las plataformas de streaming no es difícil hacerse ilusiones con respecto a una buena versión de Blueberry en formato serie, pero tampoco es complicado preocuparse viendo el resultado final de muchas de ellas.


sábado, 13 de octubre de 2018

Venom



Título Original Venom (2018)
Director Ruben Fleischer
Guión Scott Rosenberg, Jeff Pinkner, Kelly Marcel y Will Beall, basado en el cómic de David Michelinie y Todd McFarlane
Reparto Tom Hardy, Riz Ahmed, Michelle Williams, Jenny Slate, Woody Harrelson, Reid Scott, Michelle Lee, Scott Haze, Jared Bankens, Al-Jaleel Knox, Jock McKissic, Mac Brandt, Sope Aluko, Jane McNeill, Wayne Pére, Selena Anduze, Donald K. Overstreet, Christian Convery, Laura Distin, Sam Medina, Gail Gamble.




La primera aparición oficial de Venom en el mundo de la viñeta refiriéndonos siempre a la toma de contacto primigenia entre el simbionte alienígena, encontrado y utilizado previamente por Spider-Man a partir del número 8 de las míticas Secret Wars, y el periodista del Daily Globe, Eddie Brock, tuvo lugar en The Amazing Spider-Man #299 allá por mayo de 1988 bajo la tutela del guionista David Michelinie y el dibujante Todd McFarlane. Con el paso del tiempo Venom, o Veneno, fue convirtiéndose durante la primera mitad de los años 90 en uno de los villanos de Marvel Comics favoritos del fandom. En la editorial tomaron buena nota y encargaron al mismo Michelinie y al ilustrador Mark Bagley la responsabilidad de convertir al archienemigo de Peter Parker en un antihéroe obsesionado con “proteger a los inocentes”. Tras su poco ortodoxo trasvase al bando de los superhéroes Venom comenzó a protagonizar su propia cabecera formada en sus inicios por numerosas miniseries. El pistoletazo de salida lo daría Veneno: Protector Letal, arco argumental de seis números ideado por los dos autores encargados de la conversión al bien de Eddie Brock, sumámdose a ellos un Ron Lim tomando el relevo de Mark Bagley, incapaz de cumplir las fechas de entrega debido encontrarse por aquel entonces en su etapa más prolífica dentro de Marvel Comics abarcando varias series localizadas en el spiderverso. Tras ella llegaron el evento Matanza Máxima y por otro lado más miniseries en solitario como Pira Funeraria, La Locura, El Enemigo Interior, El Macero, Noches de Venganza, Guerra de Simbiontes… y ya adentrándonos en el nuevo milenio etapas de largo recorrido, nuevos huéspedes para el simbionte como Mac Gargan, Flash Thompson o Lee Price o variantes como Ultimate Venom, Venom 2099 o Anti Venom.




Si obviamos sus apariciones en las numerosas series animadas protagonizadas por Spider-Man la primera incursión en imagen real de Venom se produjo en Spider-Man 3. A pesar de la oposición del director, Sam Raimi, Sony se empeñó en incluir en la tercera entrega de la primera trilogía del trepamuros el traje alienígena de origen extrarrestre y su posterior conversión en Venom cuando toma contacto con Eddie Brock, en aquel largometraje interpretado por un muy inadecuado Topher Grace. Ya en lo referido a la película Venom esta toma como origen del personaje el mismo establecido en Spider-Man: The Animated Series, aquel que eludía todo lo acontecido en las Secret Wars y justificaba la llegada del simbionte extrarrestre por medio de una misión espacial en la que estaba implicado John Jameson, hijo del famoso director del Daily Bugle y futuro Man Wolf y Stargod. Tomando estos hechos como arranque y eludiendo cualquier referencia a Spider-Man Venom da sus primeros y titubeantes pasos estableciendo la tónica de lo que será el resto del largometraje. Por desgracia Venom está lejos de ser una buena película y como adaptación del personaje al medio audiovisual es en ocasiones hasta insultante, pero por suerte es un producto altamente entretenido y hasta disfrutable por su naturaleza alocada.




Para que nadie se lleve a engaño y todo el mundo tenga una idea más o menos clara de a lo que se va a enfrentar cuando decida verse las caras con um proyecto como Venom podemos confirmarlo como una amalgama entre Green Lantern (2011) y Ghost Rider: Espíritu de Veganza (2012), no precisamente dos obras maestras dentro del subgénero, más bien todo lo contrario. En cuanto a la estructura y parte de su desarrollo se emparenta con la adaptación cinematográfica de las correrías de Hal Jordan interpretada por Ryan Reynolds y en lo referido a tono y resolución formal es imposible quitarse de la cabeza la alocada secuela del Motorista Fantasma con un oligofrénico Nicolas Cage como protagonista. Este ese el nivel y no hay más, porque Venom es un disparate cinematográfico, una astracanada que no sabe cuando ponerse seria o reírse de sí misma, un proyecto despachado por parte de Sony de mala manera con la única intención de hacer dinero sin pararse a pensar si estaban facturando un producto de calidad y mucho menos mostrando un mínimo de interés por respetar la esencia del personaje, pisoteado impunemente a lo largo de gran parte del metraje para enfatizar una cuestionable, aunque no poco efectiva, comicidad.





Que Venom sea una película mediocre es algo que queda claro desde el mismo momento en el que tratamos de analizar con un mínimo de rigor su guión. Protagonista cobarde viéndose inmerso en una situación extrema cambiándole la vida, pareja sentimental sufrida y con un par de escenas para darle algo de relevancia, villano de opereta simplista y sádico sin un ápice de claroscuros y una trama sencilla carente de florituras narrativas para ser seguida con el mínimo uso neuronal por la platea. En lo referido a la fidelidad con respecto a las viñetas el desastre se antoja mayúsculo a la hora de hablar tanto del personaje del célebre periodista del Daily Globe como del traje alienígena con voluntad propia que se adhiere a su persona. Mientras Eddie Brock parece un quinceañero con pulsiones propias de esa edad y comportamientos insulsos en su vida personal el simbionte extraterrestre se comunica con su huésped con un lenguaje barrionajero que lo emparenta con un macarra del Bronx, pasándose así los guionistas de la obra la idiosincrasia primigenia de la relación establecida entre ambas mitades, convertidas en un sólo ser, por salve sea la parte con el único fin de hilvanar un chascarrillo detrás de otro, algo a lo que volveremos cuando hablemos de la labor de Tom Hardy como protagonista.




Ruben Fleischer aborda este material haciendo uso de los medios puestos a su disposición, grandes en cuanto a presupuesto y mínimos en lo referido a creatividad, aunque con el director de Gangster Squad tampoco estamos hablando de un David Fincher o un Paul Thomas Anderson, precisamente. El director cumple a la hora de llenar la pantalla de frenetismo y ruido, llegando en algún momento a saturar al espectador, pero consiguiendo no aburrir en ningún momento a este último sabiendo ejecutar con oficio su trabajo, más si cabe teniendo entre sus manos una historia bastante paupérrima sustentada en la acción continua, las secuencias de peleas, persecuciones, tiroteos y un uso continuo de unos CGI, en líneas generales, bastante dignos. La acumulación de secuencias dinámicas desfilando por la pantalla, la imponente presencia de los distintos simbiontes y referencias continuadas a los cómics extendiéndose hasta la primera de las dos escenas post créditos son los escasos alicientes a los que los fans de los cómics y los espectadores ocasionales podrán aferrarse para pasar un rato divertido con Venom, siempre que no decidan pararse mucho a pensar en la obra ni a desentrañar su interminable galería de carencias.




Un servidor siente una extraña mezcla de sentimientos a la hora de hablar de la labor de Tom Hardy como protagonista absoluto en Venom. Es ineludible que es uno de los periodistas menos creíbles, y más sexys, de la historia del cine, que su Eddie Brock infantil, a veces hasta estúpido, y exagerado poco o nada tiene que ver con el de los cómics, al menos de los primeros que protagonizó, y que su relación con el simbionte pierde todo su potencial cuando los guionistas deciden convertir a ambos en los compañeros de piso protagonistas de una sitcom. Pero mentiría si dijera que no he disfrutado viendo al protagonista de Bronson o Legend siendo poseído por Nicolas Cage y dando forma al más histriónico papel de su carrera, haciendo el ridículo de manera suicida al decidir entregarse a una sobreactuación insana llena de aspavientos, movimientos propios del slapstick o la comedia física mientras deja claro en todo momento habérselo pasado de vicio dando vida a semejante esperpento de personaje(s). Para que los aficionados a los cómics del archienemigo de Spider-Man creado por David Michelinie y Todd McFarlane me entiendan, lo visto en esta Venom no se aleja demasiado, en cuanto a cantidades industriales de herejía y falta de respeto, a lo que Shane Black hizo con el Mandarín/Trevor Slatery en Iron Man 3. Otro “villano”, todo hay que decirlo, capaz de arrancarme en su momento más de una carcajada por obra y gracia del gran Ben Kingsley.




En resumidas cuentas a esto se reduce una película como Venom y pedirle más en cualquier sentido es una exigencia tan ingenua como temeraria por parte del espectador. Sony no ha querido o sabido hacer una buena adaptación del personaje al medio cinematográfico entregándose a la ley del mínimo esfuerzo. Sus directivos cometieron un error garrafal a la hora de no negociar con Disney y Marvel Studios (como sí hicieron previamente en el caso de Spider-Man: Homecoming) para poder vincular al Eddie Brock cinematográfico con nuestro amistoso vecino adscrito al MCU, pero el resultado tampoco es el desastre mayúsculo aventurado por muchos, aunque sí una producción fallida, hipertrófica y notablemente ajena al espíritu de los cómics en los que se inspira. Mi consejo para disfrutarla mínimamente es verla sin prejuicios, dejando de lado el origen secuencial de su protagonista y asumiendo el hecho de estar viendo una pieza insulsa, intrascendente y algo estúpida. Habrá quien afirme que estos son muchos obstáculos para sortear por un producto como Venom y no seré yo quien les quite la razón, ni la persona que les obligue a tener que hacerlo, porque la recompensa no merece demasiado la pena.



viernes, 6 de julio de 2018

Luke Cage: Temporada 2, hell up in Harlem



"Harlem no necesita un héroe, necesita una reina"




El pasado 24 de junio la plataforma de streaming Netflix subió a su catálogo la segunda temporada de Luke Cage, la serie producida junto a la división televisiva de Marvel Comics con la que están dando su visión de Power Man, el personaje creado por Roy Thomas, Archie Goodwin y John Romita Sr en el primer número de la colección Luke Cage: Hero For Hire allá por el lejano 1972. Lo hacen inspirándose en gran parte de su vida editorial, con Cheo Hodari Coker (Notorius) como showrunner y un reparto encabezado por Mike Colter (The Good Wife) dando vida al protagonista y secundarios como Simone Missick (Wayward Pines), Theo Rossi (Hijos de la Anarquía) o Alfre Woodard (12 Años de Esclavitud) en la piel de secundarios célebres de las viñetas como Misty Knight, Shades o Black Mariah respectivamente. El resultado fue un producto que intentó captar la iconicidad afroamericana de su contrapartida en papel y los ecos del subgénero blaxploitation que impulsaron su creación, pero de manera limpia, sin ningún afán autenticamente reivindicativo y con una impersonalidad más que notable inherente en este tipo de producciones. Durante su primera mitad le temporada funcionaba bastante bien, con un acertado perfil tanto de los héroes como de los villanos y un ritmo más o menos adecuado, pero en el momento en el que el soberbio Cornell “Cottonmouth” Stokes de Mahershala Ali desaparecía de la ecuación las decisiones erróneas de guión y las situaciones inverosímiles viniendo de la nada desmontaban la mayoría de aciertos planteados por los primeros siete episodios que, sin ser un dechado de virtudes, se veían con cierto agrado.




Esta nueva entrega de Luke Cage es desconcertante si la comparamos con la inmediatamente anterior. Es cierto que no cae en el fallo de la primera temporada, perder el rumbo una vez pasado su ecuador acumulando un disparate tras otro, y en ese sentido se revela como un producto más compacto, cohesionado, no tan dado a la irregularidad. El problema es que no consigue transmitir las buenas vibraciones de aquellos capítulos iniciales de la serie cuyo desarrollo era más dinámico y no tan repetitivo. Vaya por delante que estas deficiencias nacen porque esta tanda de episodios vuelve a caer en el mayor error de todas las series de Marvel Television y Netflix, su excesiva duración. Trece entregas de sesenta minutos de duración cada una se antojan un plato de difícil digestión, decisión equívoca que en otras producciones de este universo ficcional como Jessica Jones, Iron Fist o en la misma Luke Cage ya ofrecieron resultados poco remarcables y en la que han vuelto a caer los responsables de la división televisiva de la Casa de las Ideas para desconcierto de muchos. De esta manera el espectador, que consume este material en sesiones maratonianas al poder acceder a todo el material al mismo tiempo, acaba en muchas ocasiones agotado por una redundancia que se apodera de gran parte del metraje.




La segunda temporada de Luke Cage es continuista con respecto la primera y más allá de un par de menciones, o esas apariciones estelares en dos de sus episodios, casi no tiene referencias a The Defenders cuyos hechos serían los inmediatamente anteriores a los que aquí asistimos. De modo que tenemos de nuevo a Luke Cage, ahora convertido en el mediático héroe de Harlem, protagonizando vídeos virales sobre sus hazañas, y a Mariah Stokes, ahora Mariah Dillard, construyendo su imperio del crimen con la ayuda de Hernan “Shades” Alverez, actualmente su pareja. Mientras el protagonista reflexiona sobre su situación como justiciero local al que veneran las masas y su relación sentimental con Claire (Rosario Dawson) la aparición de Tilda Johnson (Gabrielle Dennis), hija de Mariah, y la irrupción John “Bushmaster” McIver (Mustafa Shakir), un criminal de origen jamaicano cuya misión es vencer a Luke, trastocarán el actual statu quo del famoso barrio neoyorquino. Con este argumento en el que se alternan varias subtramas que convergerán en una sola el equipo de guionistas comandado por Cheo Hodari Coker intenta mezclar distintas tonalidades y vertientes genéricas para enriquecer el microcosmos creado alrededor del protagonista añadiendo nuevos personajes y situaciones complicadas para que este deba afrontarlas desde una perspectiva en la que la psicología prevalezca sobre la fisicidad.




La trama principal se centra en la imagen y personalidad de Luke Cage como vigilante de Harlem, la dificultad de llevar esa responsabilidad sobre sus hombros y la predisposición a la corrupción a la que conlleva el poder. Mientras tanto Mariah Dillard lucha por mantener su imperio del crimen, con la ayuda de un Shades que tiene su propia agenda, y atraer a su hija Tilda para que forme parte del “negocio familiar”. Pero esta última está directamente vinculada con Bushmaster, recién llegado a Harlem para buscar venganza contra Mariah y derrocar a Luke como figura justiciera del famoso barrio. Todo esta material ofrece los suficientes alicientes para diseñar una temporada interesante y rica en matices, pero la ya citada excesiva duración, una inclinación por el subrayado y la inadecuada estructuración de la escritura a nivel global restan muchos puntos de interés al producto. Cheo Hodari Coker y su equipo de guionistas inciden demasiado en los temas que quieren tratar a lo largo del arco argumental en el que los encuadran, volviendo una y otra vez a unas situaciones repetitivas y miméticas que no transmiten una verdadera sensación de evolución o desarrollo en el devenir de acontecimientos. Todo esto da como resultado en varias ocasiones al hastío y el aburrimiento de cara a un espectador que asiste atónito a una inclinación por dar vueltas sobre unas mismas ideas que ya habían quedado claras previamente.




Con respecto al reparto tenemos luces y sombras. Algo que ya quedó claro en la primera temporada de Luke Cage es que Mike Colter está lejos de ser la mejor elección para dar vida a Power Man. El actor parece acometer su trabajo por puro compromiso, con una desgana que atraviesa la pantalla llegando a un espectador que suma esta poca profesionalidad al escaso carisma y la inexistente expresividad de la que hace gala un protagonista que, más allá de su aspecto físico, sigue sin estar a la altura de las circunstancias. Alfre Woodard es una actriz de sobrado talento y ya demostró en la anterior temporada que el papel de Black Mariah está hecho a su medida, pero en esta segunda transmite cierto desconcierto por abordar su criatura alternando una contención con la que ofrece algunos de sus mejores momentos con ciertos ramalazos de caricatura que perjudican su labor interpretativa. Su relación sentimental con Shades es una de las ideas menos creíbles y peor planteadas por los guionistas y aunque tiene su importancia en la evolución de los dos criminales el “romance tóxico” no resulta realista. Por otro lado Theo Rossi se esfuerza por dar vida a su rol, pero queda claro que lo del motero fuera de la ley en Sons Of Anarchy se le daba mucho mejor que componer a un gangster elegante de Harlem aquí. Simone Missick como una Misty Knight con cada vez más protagonismo, Gabrielle Dennis en la piel de esa Tilda Johnson a la que su madre quiere corromper y Rosario Dawson retomando a Claire para protagonizar algunos de los mejores pasajes emocionales completan el excelente reparto femenino de la serie.




Pero si en esta temporada debemos destacar un personaje ese es el Bushmaster de Mustafa Shakir. La contrapartida audiovisual de la creación de Chris Claremont y John Byrne confirma la idea ya asentada de que los villanos de las series de Marvel Television y Netflix son mejores que la mayoría de los que podemos encontrar en los largometrajes de Marvel Studios. John McIver es un hombre lleno de claroscuros, en ocasiones acercándose más a un perfil de antihéroe que al típico enemigo del encapuchado de turno. Busca venganza, pero tiene un inquebrantable código de honor, no es un criminal al uso, cuida de los suyos y se antoja todo un acierto ofrecerle un episodio a modo de flashback para conocer el origen de sus poderes y motivaciones buscando una empatía con la platea que cristaliza fácilmente. Mustafa Shakir, actor al que hemos podido ver en el remake de Shaft o la más reciente Brawl in the Cell Block 99, hace suyo a Bushmaster inyectándole carisma, personalidad y fuerza. Su físico rotundo, un acento indescifrable o la fiereza de su determinación hacen sus escenas de acción excelentes, su presencia capaz de eclipsar la de Luke Cage y yendo un poco más allá llegando a plantar la semilla de la duda con respecto a si no hubiera sido mucha mejor elección la suya para dar vida a Power Man que la de un Mike Colter barrido del mapa cada vez que comparte encuadre con él.




Después de una de las mejores muestras de lo que son capaces de hacer con Punisher y la notable mejoría de Jessica Jones los responsables de Marvel Television y Netflix nos ofrecen una poco destacable nueva entrega de Luke Cage. Como ya hemos mencionado supera algunas de las carencias de la primera temporada, ofrece tramas bien planteadas y cuenta con un reparto que, con sus más y sus menos, hace competentemente su trabajo, pero a pesar de todo ello sigue significando un paso en falso en este universo ficcional. En el proceso queda un villano bien construido, algunas secuencias de acción rescatables, personajes con cierta profundidad, buenas ideas dispersas con respecto a la fina línea que separa el bien del mal o una excelente banda sonora alternándose con un ritmo muchas veces mortecino, una notable cantidad de relleno, redundancia agotadora y una impersonalidad en la puesta en escena que podemos considerar un mal endémico en la mayoría de estas series que llevan a imagen real los personajes de corte más urbano de la Casa de las Ideas. Lo más inmediato será la segunda temporada de Iron Fist con la continuación de las correrías de Danny Rand protagonizadas por Finn Jones y más tarde la de Punisher con Jon Bernthal en la piel de Frank Castle. Mientras la primera no me transmite buenas vibraciones con respecto a salir del bache en el que ha caído Luke Cage tengo muchas más esperanzas depositadas en la segunda, pudiendo depararnos una pieza de mayor calidad



viernes, 16 de marzo de 2018

Black Panther



Título Original Black Panther (2018)
Director Ryan Coogler
Guión Joe Robert Cole y Ryan Coogler, basado en los cómics de Stan Lee y Jack Kirby
Reparto Chadwick Boseman, Michael B. Jordan, Lupita Nyong'o, Danai Gurira, Martin Freeman,  Angela Bassett, Forest Whitaker, Andy Serkis, Winston Duke, Daniel Kaluuya, Sterling K. Brown,  Florence Kasumba, Letitia Wright, Phylicia Rashad, Sydelle Noel, John Kani, Stan Lee






Este año Marvel Studios cumple diez años de vida. Si alguien nos hubiera dicho por aquel entonces a los fans, con el estreno de la seminal Iron Man como carta de presentación de la productora, que en el actual 2018 ya habríamos visto en pantalla grande a personajes de la Casa de las Ideas como Doctor Extraño, Ant-Man o Guardianes de la Galaxia nos nos lo hubiésemos creído. Algo parecido podría decirse de esta Black Panther que nos ocupa, responsabilizándose de llevar a imagen real las aventuras del personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby en las páginas del The Fantastic Four 52 en 1966 y que ya había tenido su presentación en imagen real durante Capitán América: Civil War hace dos años. El resultado ha sido el habitual con los largometrajes de la factoría presidida por Kevin Feige, un enorme éxito de crítica y público.




La división cinematográfica de Marvel Comics una vez más no ha escatimado en gastos para la puesta de largo del alter ego superheróico del T’Challa, el Rey de la nación de Wakanda. Al protagonista Chadwick Boseman se suman otros intérpretes como Michael B Jordan (Cuatro Fantásticos), Lupita Nyong’o (12 Años de Esclavitud), Danai Gurira (The Walking Dead), Angela Bassett (Green Lantern), Forest Whitaker (Rogue One: Una Historia de Star Wars) o los ya previamente presentados Martin Freeman (Capitán América: Civil War) y Andy Serkis (Los Vengadores: La Era de Ultrón). De la dirección se ocupa Ryan Coogler, el autor de la estimable Creed y del guión Joe Robert Cole (American Crime Story) y él mismo. A pesar del casi unánime excelente recibimiento que ha tenido el film para un servidor ha supuesto cierta decepción, la tercera consecutiva de Marvel Studios hasta ahora.




Tras los hechos acaecidos en Capitán América: Civil War, en los que el rey T’Chaka (John Kani) moría durante un atentado terrorista instigado por Helmut Zemo (Daniel Brühl), el príncipe T’Challa (Chadwick Boseman) vuelve a su Wakanda natal para ser coronado como nuevo monarca según las tradiciones de la nación africana que ha conseguido su actual estatus como uno de los países más avanzados de la Tierra gracias a la extracción de Vibranium y a su aislamiento con respecto al resto del planeta que desconoce su localización y verdadera fuente de energía. Una vez proclamado T’Challa como nuevo rey hará aparición en Wakanda Erik Killmonger (Michael B. Jordan) un personaje relacionado con el pasado de su padre que pondrá en entredicho el reciente reinado del actual Black Panther.




Lo más llamativo de un producto como Black Panther es que encuentra sus mejores virtudes y hallazgos en lo que venían siendo algunos de los fallos más notorios de las producciones de Marvel Studios en particular y el subgénero cinematográfico superheróico en general. En principio hay un elaborado y agradecido empeño en dar consistencia conceptual y visual a Wakanda tanto en la escritura como en el diseño de producción, que es el apartado en el que los responsables han invertido los efectos digitales más eficaces del largometraje. El entorno, la idiosincrasia, las tradiciones, la arquitectura, la topografía, todo está expuesto en pantalla de manera coherente y sólida, ofreciendo una visión del ficticio país africano considerablemente fiel a varias de las versiones planteadas en las viñetas de Marvel Comics, pero tomando su propia entidad como ya lo hiciera la Asgard planteada en la primera película de Thor.




También hay una clara intencionalidad de dar cierto trasfondo tanto a los personajes principales como a los secundarios y esa sigue siendo una asignatura pendiente para la mayoría de estas superproducciones que en Black Panther han sabido subsanar. Desde T’Challa que afronta su nuevo rol como monarca con los temores propios de un iniciado que debe ocupar el lugar de una figura paterna tan importante como la suya hasta un villano, por fin, con trasfondo y unas motivaciones claras, definidas, y con las que podemos incluso llegar a empatizar debido a la ambigüedad moral que plantean. Con los personajes secundarios sucede algo parecido, perfilando roles femeninos muy bien definidos como los de Nakia, Okoye, Shuri o Ramonda y otros masculinos como los de W’Kabi o Zuri que en esta ocasión quedan un poco relegados a un segundo plano en favor de las mujeres, pero siguen teniendo una importancia capital en el relato.




Aprobada con nota la prueba del contexto espacial en el que se moverán los personajes, y el adecuado tratamiento de los mismos, ahora debemos hablar de las carencias de Black Panther, que por desgracia no son baladís. El ritmo que impregna el guión a la historia es muy irregular y eso se deja notar cuando las secuencias en las que los personajes interactúan los unos con los otros tienen que alternarse con las de acción. La parte de la narración en la que asistimos a intrigas palaciegas, conspiraciones contra la corona, traiciones o juegos de tronos está perfectamente estructurada por unos Ryan Coogler y Joe Robert Cole que han construido con mucha dedicación estos pasajes en los que los personajes ganan entidad y peso a lo largo de la trama. El problema está en que, contra todo pronóstico, las secuencias de acción están ejecutadas de manera muy irregular, con una innecesaria aparatosidad, y a la hora de ensamblarse con las ya citadas relacionadas con las criaturas que pueblan el relato llegan incluso a desentonar con ellas.




Se hace realmente paradójico que un director como Ryan Coogler que demostró una notable destreza a la hora de rodar secuencias de acción, combates de boxeo para ser más concretos, de manera cristalina en Creed haya dado forma a pasajes dinámicos tan pasados de rosca en Black Panther. No estoy del todo de acuerdo con aquello que se ha dicho sobre el film con respecto a que las escenas de acción son muy confusas desde un punto de vista visual y que se antoja difícil distinguir a los personajes que las protagonizan, aunque algo de cierto hay, pero lo que a un servidor sí le ha chirriado sobremanera es que una superproducción como esta cuente en sus momentos más frenéticos con unos efectos digitales tan reprobables como los que Marvel Studios ha utilizado en depende qué situaciones, más si cabe después de haber demostrado con piezas como Thor: Ragnarok o las dos entregas de los Guardianes de la Galaxia que en este apartado suelen hacer muy bien su trabajo.




Las colisiones de los coches durante la persecución por las calles de de Corea del Sur, algunos momentos de la batalla campal en Wakanda con la presencia de los rinocerontes gigantes y sobre todo la pelea final entre T’Challa y Killmonger cuentan con unos CGI que hacen que los de Liga de la Justicia parezcan de alto nivel. Este defecto, que convierte dichas secuencias en un mal videojuego, no sé si están rodadas por el mismo Ryan Coogler o se deben a que este haya delegado responsabilidades en la segunda unidad, pero se revelan como el mayor defecto de una obra como Black Panther, que se había preocupado de construir un mundo creíble y consistente, la tarea más complicada, para más tarde fallar en lo que debería ser más sencillo e identificable para una cinta de este subgénero. Más sangrante todavía se antoja dicha carencia si tenemos en cuenta que las escenas de acción centradas en T’Challa durante Capitán América: Civil War no padecían de este mal que hiere considerablemente el conjunto del film.




En definitiva, para el que esto firma Black Panther queda lejos de ser, no sólo la mejor película de Marvel Studios, sino también de toda la historia del cine. Es una buena adaptación del personaje, construye un universo y unos personajes sólidos que los fans de los cómics podemos reconocer y se agradece su perfil sánamente integrador desde un punto de vista racial y de género, siempre dentro de las limitaciones superficiales y monetarias adscritas a grandes empresas como Disney o Marvel, pero si en lo esencial, en las escenas en las que el superhéroe debe ejercer como tal de manera creíble y sin delatar la orgía de pixeles que les dan forma, todo falla entonces nos encontramos con una obra cinematográfica irregular, que no da todo lo que ofrecía después de haber construido un contexto muy competente, y que confirma mi desencanto con las últimas obras salidas de la mano de esa Marvel Studios que tanto me había hecho disfrutar durante casi diez años. Esperemos que esa casi inminente Avengers: Infinity War me haga cambiar de parecer.



viernes, 2 de febrero de 2018

Abierto Hasta el Amanecer: Temporada 1, Titty Twister reloaded



"¿Sabes cuánto tiempo lleva ella esperando para esto? Ahora camina sobre su propia piel, Reina del Inframundo, que pronto será la reina del nuestro"




En 1996 y después de haber coqueteado con la idea de colaborar juntos haciendo cine en Four Rooms o Desperado los directores, y amigos, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino decidieron crear al alimón una película que el primero realizaría y el segundo escribiría a partir de un argumento ideado por Robert Kurtzman (famoso experto en maquillaje y efectos especiales de Hollywood junto a sus compañeros Greg Nicotero y Howard Berger). El resultado fue Abierto Hasta el Amanecer (From Dusk Till Dawn) una amalgama exploit que no sólo rendía tributo a distintas variantes genéricas mezclando el western de Sam Peckinpah con el terror de John Carpenter en una historia sobre criminales a la fuga y vampiros milenarios, sino que también se puede considerar el germen de lo que en 2005 fue el proyecto Grindhouse que dio a luz los largometrajes Planet Terror y Death Proof, pero de eso hablaremos en otro momento. Estaba protagonizada por George Clooney y el mismo Quentin Tarantino que se veían acompañados por secundarios como Harvey Keitel, Juliette Lewis, John Hawkes, Michael Parks, Danny Trejo o una Salma Hayek que marcaría a fuego su carrera con el icónico baile de Satánico Pandemonium a ritmo del tema After Dark de Tito & Tarántula. Aunque fue recibida con disparidad de opiniones por la crítica Abierto Hasta el Amanecer fue todo un éxito que dio lugar a dos secuelas, Abierto Hasta el Amanecer Hasta el Amanecer 2: Texas Blood Money y Abierto Hasta el Amanecer 3: La Hija del Verdugo, y a un merecido estatus de culto que nos lleva hasta el año 2014.




Con intención de incluir ficción de producción propia en su recién nacido canal de televisión, El Rey Network, creado en colaboración con Univisión y con contenido de género Robert Rodríguez decidió resucitar Abierto Hasta el Amanecer para llevarlo a la pequeña pantalla y así ofrecer a los espectadores un producto del que tuvieran alguna referencia previa y cierto renombre dentro del cine hollywoodiense que homenajea a subgéneros como el pulp. Como era de esperar y lógico los actores originales de la película de 1996 no iban a poder implicarse a la hora de repetir sus roles, de modo que el director de Sin City decidió elegir un variopinto cast de intérpretes poco conocidos para dar vida a los personajes que poblarán el relato. D.J. Cotrona (G.I. Joe: La Venganza) Zane Holtz (Las Ventajas de Ser Un Marginado), Eiza González (Baby Driver), Jesse García(Jarhead 2), Madison Davenport (Shameless), Brandon Soo Hoo (El Juego de Ender), Robert Patrick (Terminator 2: El Juicio Final) o Jake Busey (Starship Troopers) son los nombres de los actores que dan vida a los personajes principales de esta tanda de episodios inicial.




Robert Rodríguez, que ejerce como showrunner principal y asume labores de guionista o director de los primeros episodios, así como sus colaboradores toman el camino más fácil para no andarse con complicaciones con respecto a esta primera temporada y deciden realizar con las diez entregas que la componen un remake casi idéntico de la cinta de 1996 aferrándose a cierta inseguridad a la hora de abordar material nuevo, pero siendo inteligentes a la hora de que su primera toma de contacto con el público se sustente en un producto ya conocido que previamente funcionó con notable eficacia en pantalla grande. De esta manera lo que aquí encontramos es una revisión extendida y mucho más rudimentaria del film protagonizado por George Clooney y Quentin Tarantino al que se añaden más subtramas, nuevos personajes, un contexto espacial más definido y una mitología que ahonda mucho más en el origen de estos vampiros de origen azteca. Aunque su duración es notablemente mayor pocos de los pasajes de la película original son obviados en esta primera tanda de capítulos aunque asumiendo un presupuesto más exiguo, un lenguaje mucho menos malsonante que el que escribió el director de Jackie Brown para aquella obra y contando con un reparto de actores que no pasa de cumplidor.




De esta manera se hace más que notable que son los pasajes originales de la Abierto Hasta el Amanecer primigenia los que mejor lucen en pantalla en esta versión televisiva, aunque Robert Rodríguez imprime una puesta en escena demasiado academicista e impersonal impropia de su potente look visual. Por culpa de esta decisión estética en la que la realización de la serie no destaca en ningún apartado pero se muestra cumplidora en todos ellos y la necesidad de extender un guión que se amoldaba a la perfección a un metraje cinematográfico de 110 minutos a casi diez horas de recorrido se muestran algunas de las mayores flaquezas del producto. En lo referido a esto último no todo son desaciertos ya que la idea de profundizar más en el microcosmos creado alrededor de los “Culebras” (nombre que reciben los vampiros que pueblan la serie) y la inclusión de algunos nuevos secundarios como el ranger Freddie González añaden nuevos matices y subtramas interesantes a la narración, pero esa necesidad de alargar artificialmente una trama que no da más de sí juega en contra del proyecto, porque si bien nunca llega a aburrir al espectador este sí percibe que en ocasiones los guionistas comienzan a dar vueltas sobre situaciones que podían haber sido ejecutadas de manera mucho más expeditiva transmitiendo la sensación de que la temporada no comienza a tomar vuelo hasta pasado el ecuador de la misma, justo cuando los personajes llegan al mítico antro Titty Twister.




En lo referente al reparto tampoco podemos echar precisamente las campanas al vuelo aunque podemos encontrar algún actor que destaca por encima de sus compañeros de rodaje. Error garrafal darle el papel de Seth Gecko a un actor tan inexpresivo y poco carismático como D.J. Cotrona y más si tenemos en cuenta que el otro referente que tenemos a la hora de pensar en el personaje es un George Clooney pletórico a la hora de dar vida uno de sus pocos roles de criminal perdonavidas. El intérprete de Querido John se esfuerza y en un plano físico se entrega, pero su bisoñez y escasa personalidad quedan patentes en cada una de sus intervenciones demostrando que el papel, realmente ningún dechado de complejidad, le viene considerablemente grande. Algo mejor es la elección de Zane Holtz dando vida a Richie Gecko, demostrando más registros a la hora de abordar un personaje que al haber sido expuesto de una manera más tridimensional desde el guión se aleja notablemente de la incorrección política de la versión escrita e interpretada por Quentin Tarantino que pasa de ser un depravado sexual y asesino a sangre fría con el que llegábamos a empatizar a una especie de figura mesiánica que tiene visiones inducidas por Santanico Pandemonium la vampiresa azteca a la que da vida una tan atractiva como hierática Eiza González que en ningún momento nos permite olvidar a Salma Hayek y su mítico baile que hace que el de la actriz de la futura Alita: Ángel de Combate palidezca en comparación.




Dentro del reparto de secundarios encontramos a una serie de actores que ocupan el lugar de los que dieron vida a esos mismos roles en la cinta de 1996, unos con más acierto que otros, destacando principalmente la familia Fuller que es secuestrada por los hermanos Gecko. El que tirando de tablas y veteranía realiza una labor más meritoria es Robert Patrick que teniendo que vérselas con un papel interpretado anteriormente por un animal interpretativo como Harvey Keitel sabe salvar la papeleta adecuadamente. Madison Davenport toma el relevo de Juliette Lewis haciendo que su Kate Fuller, mucho más cándida que la de la protagonista de Asesinos Natos (Natural Born Killers), resulte creíble e interactúe con Richie Gecko dando forma a una interesante relación que se aleja del matiz puramente sexualizado de la cinta de los años 90. Jake Busey se mete en la piel del Sex Machine de Tom Savini sin demasiadas estridencias y Jesse García protagoniza la subtrama más destacada de la serie con su ranger Freddie González, una personaje inventado para esta versión catódica de Abierto Hasta el Amanecer que ejerce de ayudante del sheriff Earl McGraw que aquí tiene la voz y el físico de un notable Don Johnson que a pesar de realizar muy bien su trabajo queda a años luz del soberbio Michael Parks que ofrecía magistrales lecciones de interpretación junto a John Hawkes en el inicio de la película original de Robert Rodríguez, pasaje este rodado con un control de la tensión y el tempo narrativo que su émulo catódico no consigue ni al 25% de efectividad y eso que está ejecutado por el mismo responsable.




Esta primera temporada de Abierto Hasta el Amanecer no deja de ser una producción mediocre que no incita a nada que no sea pasar un rato entretenido viéndola. A años luz de la visceralidad, el tono de Serie B, la malicia y la personalidad de la cinta de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino esta versión para la pequeña pantalla no tiene nada que hacer en una parrilla como la de la televisión americana que cuenta con ficciones de mucha más calidad que este intento por reverdecer laureles que en lo referente a aceptación por parte del público consiguió su cometido si nos atenemos a que ya cuenta con tres temporadas, las mismas que aquí también serán reseñadas próximamente. Por ahora sólo podemos hablar de un show que teniendo todos los ingredientes para ofrecer una propuesta atractiva se queda a medio gas asentando unas bases que puede que en un futuro ofrezcan dinámicas más interesantes, pero por ahora los intentos del autor de The Faculty por integrar flashbacks para que conozcamos el pasado de los hermanos Gecko o su idea de crear un universo para su inmimente explotación ficcional no son suficientes ingredientes para recomendar From Dusk Till Dawn como la excelente serie que podría ser y no es, por tomarse demasiado en serio y haber pecado de conservadora desde sus inicios. No le pedimos a sus artífices los niveles de locura de los ideólogos de Ash vs. Evil Dead, pero sí haber entregado algo más sugerente que lo visto en esta primera temporada y que espero sí encontrar en las otras dos.


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Liga de la Justicia



Título Original Justice League (2017)
Director Zack Snyder
Guión Chris Terrio y Joss Whedon, basado en los cómics de DC
Reparto Ben Affleck, Gal Gadot, Ezra Miller, Jason Momoa, Ray Fisher, Henry Cavill, Amber Heard, Amy Adams, Ciarán Hinds, J.K. Simmons, Jeremy Irons, Connie Nielsen, Robin Wright, Diane Lane,  Kiersey Clemons, Billy Crudup, Daniel Stisen, Jesse Eisenberg, Samantha Jo, David Thewlis, Joe Morton





Después de una producción muy accidentada el pasado día 17 de noviembre llegaba a nuestras carteleras Justice League, lo que podríamos considerar la cumbre del nuevo "Universo Extendido de DC" que abarca los largometrajes El Hombre de Acero (2013), Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia (2016), Escuadrón Suicida (2016), Wonder Woman (2017) y la película que en esta ocasión nos ocupa. Con el abandono de Zack Snyder del desarrollo del film por culpa de una tragedia familiar Joss Whedon tomó su relevo para rodar el material que faltaba y así terminar el proyecto y Warner Bros, alentada por el éxito de una propuesta más luminosa como la película en solitario de Diana Prince, ordenó al director de Los Vengadores que incluyera en su incursión dentro de Liga de la Justicia pasajes más ligeros, luminosos y con cierta pátina de humor que alejara un poco la propuesta del tono más oscuro de algunos de las producciones previamente mencionadas.




Una vez estrenada la película las críticas negativas no se hicieron esperar, con una respuesta, en líneas generales, furibunda por parte de la prensa especializada que una vez más despertó el debate sobre si los medios especializados son más rígidos a la hora de evaluar los productos de DC Entertainment en comparación con los de Marvel Studios. Al que esto firma lo cierto es que le llaman la atención los excesivos halagos a una obra muy irregular como Thor: Ragnarok y la recepción exageradamente dura al largometraje de Zack Snyder que en no pocos aspectos me parece mejor que el film de Taika Waititi, pero ese debate lo dejaremos para otra ocasión. Liga de la Justicia es un proyecto con no más fallos y aciertos que cualquier pieza genérica dentro de las traslaciones cinematográficas de personajes de cómics al celuloide y por eso un servidor se encuentra entre los que la han disfrutado enormemente.




Justice League sigue los preceptos básicos dentro del género y asume con acierto las constantes habituales de los largometrajes protagonizados por grupos de superhéroes. Después de un arranque con cotextualiza espaciotemporalmente la trama el film se dedica a presentar a los personajes, dedicando más tiempo a los que al no tener películas en solitario no poseen el bagaje de Superman, Batman o Wonder Woman. Por eso el guión de Chris Terrio y Joss Whedon hace especial hincapié en definir con unas pocas pinceladas a Flash, Aquaman y Cyborg y sus identidades civiles tomando como base las mínimas imágenes que habíamos visto de ellos en los films previos del Universo Extendido de DC. Como es lógico la escritura también hace su parada en los protagonistas de El Hombre de Acero, Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y Wonder Woman, pero con menos ahínco debido a que estos ya poseen el necesario recorrido que los hace reconocibles para el público.




Una vez presentados los personajes la trama se centra en que los mismos interactúen entre ellos para ir modelando la Liga de la Justicia y en ese sentido la química no se hace esperar con pasajes en los que se irán definiendo las personalidades, tan unidimensionales como efectivas, de los protagonistas para que cada uno ejerza un rol definido dentro del grupo. Aquí se deja notar mucho la mano de Joss Whedon que, como sabemos, rodó bastante material de la obra aunque no haya sido acreditado como co director. No es difícil ver la mano del autor de Buffy Cazavampiros, Firefly o Los Vengadores en las secuencias compartidas por la plana mayor de DC Cómics, pero esta vez apelando a un tono más ligero y dinámico que se aleja en cierta manera de la oscuridad construida por Zack Snyder en sus dos films previos dentro de DC Enterteinment y que en obras posteriores como Escuadrón Suicida o Wonder Woman intentaron atenuar cuando los productores descubrieron que no era del agrado de gran parte del público y de una importante representación del fandom.




Aunque actualmente es causa de agria, e insulsa, polémica entre defensores y detractores para el que esto firma el cambio de tono de los films de DC no sólo era necesario, sino también algo que debía ponerse en marcha de manera inmediata si tenemos en cuenta que una película como Liga de la Justicia lo demandaba por su tono coral y más adscrito al sense of wonder. Centrándonos en ese aspecto la mezcla del estilo visual apabullante de Zack Snyder y la visión más cálida de Joss Whedon no sólo no desentona más allá de bigotes digitales y postizos capilares que delatan los reshoots, sino que da una personalidad bicéfala a la propuesta que recoge lo mejor de cada uno de los autores para entregarse al único fin establecido por una película de esta naturaleza, entretener a la platea juntando en el mismo relato a algunos de los mejores superhéroes de cómic de todos los tiempos para que hagan lo que mejor saben, ejercer como tales para gozo del respetable.




Por supuesto hay carencias en Liga de la Justicia y la mayor de ellas es ese mal endémico extendido por prácticamente todo el cine superheróico actual que consiste en construir unos villanos que están muy lejos de ser tan sólidos y eficaces como sus contrapartidas en viñetas. Es ineludible que el Steppenwolf que se enfrenta a los protagonistas no resulta amenazante más allá del plano físico, que no tiene un perfil definido ni unas motivaciones que le den un mínimo de dimensionalidad como el enemigo que debería ser y que los efectos digitales de Weta Workshop, que han estado mucho mejor en ocasiones previas, no ayudan a la hora de dar una fisicidad más orgánica al personaje que para colmo muchos no sabrán de dónde ha salido si no vieron la versión extendida de Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia, montaje en el que se incluía una breve aparición protagonizada por él y que lo relacionaba con Lex Luthor.




En cuanto al reparto destaca una magnífica Gal Gadot ya completamente mimetizada con Diana Prince, Ben Affleck dando vida a un potente Batman/Bruce Wayne menos depresivo y nihilista y un Jason Momoa que devora la pantalla con el carisma que imprime a su Aquaman, dejando notar en todo momento que ha disfrutado enormemente poniéndose en su piel. En el otro lado de la balanza tenemos a Ray Fisher esforzándose en dar un poso dramático a su Cyborg, no consiguiéndolo en todo momento, pero afrontándolo con profesionalidad y a Ezra Miller tomando el rol cómico con su Flash, funcionando unas veces con más acierto que otras, pero despertando, hasta cierto punto de manera lógica, la ira de muchos fans del personaje en los cómics que no han visto con buenos ojos esta versión demasiado humorística de Barry Allen que casi con toda seguridad ha sido ideada por el director de Serenity, ya que muchos de los gags que protagoniza tienen su sello.




Pero en cuanto a trabajo actoral y adecuada traslación de personaje a la pantalla en Liga de la Justicia debemos mencionar indudablemente al Superman de Henry Cavill. La primera escena en la que aparece en pantalla y que termina cuando se dibuja en su boca una sonrisa al preguntarle un periodista qué es lo que más le gusta la humanidad capta la esencia del último hijo de Krypton mejor que El Hombre de Acero y Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia en sus respectivas totalidades. Por suerte la tónica sigue el mismo trazo a lo largo del metraje y en los pasajes en los que Superman hace acto de presencia por fin vemos al héroe luminoso al que todos estábamos esperando desde hace casi cinco años, esa representación del lado más noble del hombre de a pie extrapolado a la figura de un ser sobrenatural que se siente tan humano como cualquiera de nosotros, ese que apela a la esperanza y la concordia y que no desentona en absoluto en una escena como la de la carrera con Flash.




Soy consciente de sus fallos y carencias, por no mencionar que está lejos de ser una de las mejores muestras del género, pero está repleta de escenas espectaculares y memorables en las que vemos a iconos de nuestra infancia y adolescencia salvar vidas, derrotar a villanos y sobrevolar los cielos para asombro de los ciudadanos de Gotham, Metropolis o Central City. Aunque disfruto tanto de los films los de DC como de Marvel, siento predilección por los de la productora de Kevin Feige, pero para ser sincero debo admitir que esta vez la indiferencia y cierta decepción con la que acogí el estreno de Spider-Man: Homecoming y Thor: Ragnarok me incitan a inclinarme por esta Liga de la Justicia. Sólo lo hago porque me ha dejado más satisfecho que las últimas producciones cinematográficas adscritas a la Casa de las Ideas que no me han ofrecido el escapismo y entretenimiento que sí he encontrado en la obra que nos ocupa en esta entrada y de la que espero con ganas su segunda parte, si algún día llega a realizarse.