Título OriginalBlueberry: L'Expérience Secrète(2004)
DirectorJan Kounen GuiónJan Kounen, basado en el cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud RepartoVincent Cassel, Juliette Lewis, Michael Madsen, Eddie Izzard, Colm Meaney, Temuera Morrison, Nichole Hiltz, Hugh O’Conor, Geoffrey Lewis, Ernest Borgnine, Djimon Hounsou, Vahina Giocante
En el año 1963 nacía dentro de la icónica revista francesa, Pilote, una serie enraizada en el género western titulada Blueberry, de cuya autoría se responsalizaban el guionista Jean-Michel Clarlier y el dibujante Jean Giraud. A lo largo de más de cuatro décadas, incluso después de la triste desaparición de uno de sus dos creadores, las aventuras del Teniente de Caballería Mike Steve Donovan, alias “Blueberry”, deleitaron a millones de lectores de distintas generaciones convirtiéndose en un icono de la bande desinée francobelga hasta el punto de dar lugar a otras dos colecciones tituladas La Juventud de Blueberry y Marshall Blueberry. Llegado el año 2004 y sin encontrar el medio cinematográfico europeo un reflejo de aquella nueva era dorada de las adaptaciones de cómics estadounidenses al séptimo arte que daba por aquel entonces sus primeros pasos, el cineasta francés, de origen holandés, Jan Kounen se encargó de llevar el cómic de Charlier y Giraud a la pantalla grande. Además de algunos cortometrajes la única referencia que se tenía por aquel entonces de dicho director era su ópera prima en el largometraje, Dobermann, adaptación de la novela homónima de Joël Houssin protagonizada por Vincent Cassel, Monica Belucci, Tchéky Karyo o Romain Duris transfigurada en un polémico y violento cómic con reminiscencias tarantinianas del que destacaba un efectista acabado visual.
En honor a la verdad no eran pocos los alicientes interesantes relacionados con la génesis de esta traslación del Teniente Blueberry al celuloide. Los productores Thomas Langmann y Ariel Zeitoun no escatimaron gastos a la hora de poner a disposición de Jan Kounen todo lo necesario para diseñar una proyecto de gran envergadura que rivalizara con producciones norteamericanas del mismo estilo. Localizaciones en Francia, México y España, Gerard Brach (Repulsión, El Baile de los Vampiros, Frenético) como co guionista o un excelente reparto internacional encabezado por Vincent Cassel y en el que encontrábamos a Michael Madsen, Colm Meaney, Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Djimon Honsou o Ernest Borgnine daban buena muestra del dinero invertido en la producción. A todo esto había que sumar la implicación directa y activa del mismo Jean Giraud en el proyecto, no sólo dando el visto bueno al mismo, sino siendo él la persona que comunicó a Jan Kounen la disponibilidad de los derechos audiovisuales del cómic que había creado casi cuarenta años antes con su amigo Jean Michel-Carlier. Suena duro decirlo, pero se antoja inevitable considerar al gran Moebius como uno de los principales responsables de la debacle que más tarde supuso Blueberry: La Experiencia Secreta y de ello hablaremos a continuación.
Durante la época del estreno del largometraje, y ya es algo que nos recordó nuestro compañero Diego García Rouco en el podcast que dedicamos en Zona Negativa al icónico ilustrador francés, Jan Kounen afirmó reiteradamente que con Blueberry: La Experiencia Secreta su intención era aunar en una misma producción los dos conocidos perfiles artísticos del autor de El Incal, Jean Giraud por un lado y Moebius por otro, para intentar condensarlos en uno solo. Una vez se vio el resultado dichas declaraciones quedaron en una pueril excusa para que el director hiciera lo que realmente quería, una película sobre las experiencias místicas y el chamanismo cuya conexión con las viñetas de Blueberry era tan tenue como caprichosa. En verdad el cineasta de origen holandés no engañaba a nadie, los títulos de crédito afirmaban que su segunda película detrás de las cámaras estaba “líbremente inspirada” en la obra de Charlier y Giraud, algo que queda patente en pantalla. Teóricamente el proyecto está inspirado en los álbumes La Mina del Alemán Perdido y El Fantasma de las Balas de Oro, pero más allá de la presencia del personaje de Prosit Luckner nada de aquel maravilloso doble arco argumental encontramos en Blueberry: La Experiencia Secreta.
Desde los primeros compases de la película el conocedor de la serie publicada originariamente en la revista Pilote es consciente de que Jan Kounen tiene poca o ninguna intención de llevar esta al medio audiovisual. El tono, el acabado visual, la fotografía, las localizaciones o la estética de los personajes se encuentran a años luz de lo diseñado por Jean Giraud a lo largo de varias décadas en las tres cabeceras protagonizadas por el personaje. Lo que sí queda es un inane intento de rodar un remedo de western con la mirada puesta en Sergio Leone o Sam Peckinpah usando de manera insulsa todos los reconocibles tropos del género para facturar una manoseada historia de venganza cuya endeble construcción argumental desemboca en un viaje psicotrónico y lisérgico, ayahuasca mediante, en el último acto de la obra, esta vez inspirandose en El Topo (Alejandro Jodorwsky, 1970), que por abusar en exceso de unos efectos digitales hoy terriblemente envejecidos fracasa en el que era su principal cometido, intentar transportar al espectador en ese viaje a un mundo onírico inducido por la ingesta de psicotrópicos con el que deberíamos, en palabras del mismo Jan Kounen, “dejarnos llevar” y en el proceso perdonarle no sólo el ultraje contra la obra en papel, sino la terrible inconsistencia del libreto sobre el que sustenta su largometraje.
Fallando irremisiblemente en estos apartados lo poco que queda en Blueberry: La Experiencia Secreta es un sobrecargado ego trip por parte de su co guionista y director para intentar extrapolar audiovisualmente sus propias experiencias con los alucinógenos y el chamanismo, algo que podía haber llevado a cabo sin necesidad de mancillar una obra maestra del arte secuencial, ideando una historia original que le proporcionara la libertad necesaria para inyectarle sus delirios estilísticos. Curiosamente el uso inadecuado, tosco y excesivo del CGI en la película tiene más de un paralelismo con Dante 01 (2008), el debut en solitario del también cineasta francés Marc Caró (Delicatessen, La Ciudad de los Niños Perdidos), que además de parecer una especie de revisión apócrifa y recalcitrantemente cristiana de Alien³ (David Fincher, 1992), estaba igualmente construido sobre un guión deshilachado y casi inexistente culminando con un clímax final que hibridaba el sermón teológico con una barroca psicodelia de colores amarillentos dejando al espectador con cara de circunstancia. Como nota curiosa apuntar que el mismo Marc Caró colaboró en el departamento de arte de Blueberry: La Experiencia Secreta. Todo ello nos confirmaba lo que desde un principio debería haber sido tomado como una verdad absoluta, que un cineasta tan limitado y de paladar tan grueso como Jan Kounen nunca debió encargarse de rodar la adaptación de un cómic necesitado de una especial sensibilidad.
Aunque Jean-Michel Clarlier y Jean Giraud tenían en mente a los actores Jean-Paul Belmondo y Charles Bronson a la hora de diseñar la imagen de Blueberry y la elección de Vincent Cassel para interpretarlo en Blueberry: La Experiencia Secreta parecía descabellada por lo notablemente diferente que era su fisionomia a la de este, el hijo de Jean-Pierre Cassel hizo, como es habitual en él, un notable trabajo. El protagonista de El Odio o Irreversible lleva con mucha dignidad las alforjas de un protagonista que, aunque no tiene nada que ver con el rol de los cómics, él acomete con profesionalidad y carisma. Algo parecido sucede con Michael Madsen que dando vida a Wallace Sebastian Blount pareciera interpretar una variante de Budd, el personaje que le regaló Quentin Tarantino en el díptico Kill Bill. El resto del reparto se mueve entre el ajustado cumplimiento del deber y el no saber ni dónde están por culpa de un guión y un desarrollo de caracteres nulo, que pone las cosas muy difíciles a Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Colm Meaney, Djimon Honsou o Temuera Morrison para parecer creíbles. Uno de los pocos que sí pareció pasárselo bien fue el veterano Ernest Borgnine, cuya presencia es uno de los pocos homenajes reales por parte de Jan Kounen al western si tenemos en cuenta su asidua intervención en el género despuntando en clásicos como Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) o Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969).
Blueberry: L’Expérience Secrète es un desastre sin paliativos. Fallida como adaptación del cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud, fallida como western, fallida como película y sobre todo fallida como ese supuesto intento por unificar los estilos de Jean Giraud y Moebius; ya que si al primero es difícil encontrarlo en el film del segundo no hay ni rastro por mucha ayahuasca que Jan Kounen arroje contra el objetivo de su cámara. Una obra capital de la bande desinée como Blueberry merecía una adaptación digna, ejecutada por profesionales que admiraran el trabajo de sus creadores y no a un realizador alucinado que utilizara el buen nombre y la fama del material original para dar rienda suelta a su megalomanía y peregrinas inquietudes cinematográficas. Pero como previamente hemos apuntado lo peor de todo el caso es la relevancia del mismo Jean Giraud en lo referido a la viabilidad de semejante mediocridad formal y argumental. No sabemos si por la ilusión de ver una versión en imagen real de su obra, si por deferencia hacia Jan Kounen o simplemente por sacar unos cuantos dividendos, algo que nadie podría reprocharle ya que estaba en todo su derecho de hacerlo, pero el resultado no pudo ser más desalentador en todos los aspectos. Siendo conscientes de la nueva ola de adaptaciones de cómics que despliegan actualmente las plataformas de streaming no es difícil hacerse ilusiones con respecto a una buena versión de Blueberry en formato serie, pero tampoco es complicado preocuparse viendo el resultado final de muchas de ellas.
GuionMark Neveldine, Bryan Taylor, William Farmer, basado en el cómic de John Albano y Tony DeZuniga
Reparto Josh Brolin, John Malkovich, Megan Fox, Michael Fassbender, Will Arnett, Aidan Quinn, Wes Bentley, Tom Wopat, Julia Jones, Jeffrey Dean Morgan, Michael Shannon, John Gallagher Jr.
Jonah Hex hizo su primera aparición como personaje de DC Comics en All-Star Western Nº10 el mes de febrero del año 1972. Creado por el guionista John Albano y el dibujante Tony DeZuniga no tardó en protagonizar su propia cabecera a lo largo de 92 números. Tras una vida editorial intermitente durante los 80 con una serie titulada Hex volvió a la primera línea de fuego en la década de los 90 con una miniserie de tres entregas a manos de Joe R. Lansdale y Tim Truman dentro del sello Vertigo con ambos autores mezclando el origen adscrito al western del antihéroe con una pátina sobrenatural cercana al terror. Ya en los 2000 fue el tándem de guionistas formado por Jimmy Palmiotti y Justin Grey, acompañados por todo tipo de ilustradores, el encargado de insuflar nueva vida a Jonah Hex con un notable éxito y acercándolo a una nueva generación de lectores. Tras el huracán suscitado por los New 52 en 2011 Hex protagonizó la colección All-Star Western Vol. 3 donde pudo seguir sumergiéndose en todo tipo de aventuras todavía a manos de los autores de Power Girl o Las Colinas Tienen Ojos: El Comienzo. Contra todo pronóstico y siendo un personaje desconocido fuera del mundo de las viñetas en el año 2010 Warner Bros, DC Entertainment y Legendary Pictures se asociaron con los productores Akiva Goldsman y Andrew Lazar, que en los 90 ya habían intentado llevar a Jonah Hex a la pequeña pantalla, para sacar adelante un largometraje en imagen real del cowboy con el rostro desfigurado.
Para llevar a buen puerto el proyecto se contrataron los servicios de los directores estadounidenses Mark Neveldine y Bryan Taylor famosos por realizar divertidas y anárquicas cintas de acción como las que componían el díptico Crank o Gamer. Junto a William Farmer ambos cineastas escribieron una historia que ellos mismos convertirían en guión para más tarde encargarse de llevarlo a imagen real detrás de las cámaras. Antes de comenzar la producción del largometraje Neveldine y Taylor abandonaron abruptamente el proyecto por las consabidas diferencias creativas con los productores teniendo estos que buscar otro director, Jimmy Hayward, y ellos un nuevo proyecto relacionado con el mundo de las viñetas que dos años después cristalizó en la demencial, autoparódica y frenética Ghost Rider: Espíritu de Venganza. (2012). Una vez el autor de Horton (2008) ocupó la silla del director el rodaje dio comienzo con Josh Brolin encabezando como Jonah Hex un reparto al que se sumaron rostros conocidos como John Malkovich, Megan Fox, Michael Fassbender, Will Arnett, Wes Bentley, un fugaz Michael Shannon y un no acreditado Jeffrey Dean Morgan. De los modestos 47 millones de dólares que costó el film sólo recuperó poco más de 10 convirtiéndose en un notorio fracaso de taquilla, para colmo también masacrado por la crítica.
A un proyecto como Jonah Hex se le notan desde el minuto uno los numerosos problemas en los que se vio inmerso durante su producción. Más allá de la notable bisoñez de Jimmy Hayward con el cine en imagen real el irregular montaje que denota en no pocas ocasiones bruscos cortes y reshoots que posiblemente obedecieran a un montaje calificado R del que posteriormente Warner Bros se arrepintió menoscaban de raíz la puesta en escena y el tono de una obra que no parece ser consciente de su propia naturaleza como pieza cinematográfica. Los responsables detrás de la propuesta parecen incapaces de trasladar con pericia las aventuras del personaje al celuloide y mucho menos amalgamar con acierto la vertiente más clásica de sus primeras aventuras con la más cercana al terror y el ocultismo de su etapa contemporánea. A esto debemos sumar la incapacidad de Jimmy Hayward a la hora de capturar la esencia western del film, ya que sus referentes quedan suavizados y minimizados dejando el tono de Jonah Hex en una impersonal y algo anodina tierra de nadie a medio camino entre un inocuo spaguetti western y la estética steampunk que impera en la recta final del metraje.
Como otras cintas en las que personajes de cómics debutan por primera vez en el mundo del cine Jonah Hex es una historia de orígenes y los expuestos en esta producción de 2010 mezclan los de la génesis del personaje con sus primeros encontronazos con uno de sus villanos más recurrentes, Quentin Turnbull. El resultado es la típica historia de venganzas cruzadas y Ley del Talión en la que el antihéroe y su némesis se embarcan en una encarnizada búsqueda mutua para eliminarse mutuamente. En este sentido el guión de Mark Neveldine y Bryan Taylor es un inofensivo y nada destacable cúmulo de tópicos adscritos al western con toques sobrenaturales que no terminan de convivir armónicamente con la propuesta realista que bascula el grueso del relato, algo que las versiones en papel del personaje desarrolladas en los 90 y 2000 sí consiguieron. En este sentido no mucho queda a lo que aferrarnos más allá de algunas secuencias de acción competentemente ejecutadas, un par de situaciones relacionadas con el más allá bien resueltas por el director y poco más. La desgana, apatía e impersonalidad siempre en paralelo a un cineasta que ejerce de mero mercenario para acabar la película lo antes posible y desvincularse de ella construyen el endeble esqueleto sobre el que se sostiene una nadería como la que nos ocupa en esta entrada.
La desidia generalizada que transmiten prácticamente todos los apartados de Jonah Hex también es extensible a un reparto que, en líneas generales, deja entrever al espectador lo poco o nada que creían en el material puesto en sus manos para sacar adelante la película. Antes de dar vida a sus icónicas versiones de Thanos y Cable Josh Brolin intentó un par de veces coquetear con las adaptaciones de cómics al séptimo arte, resultando las dos en fracaso, una fue Sin City: Una Dama Por la Que Matar (2014) y la otra la que desgranamos en esta entrada. Sería injusto decir que el actor de No Es País Para Viejos (2007) o American Gangster (2007) no hace un buen trabajo, porque su versión de Jonah Hex exhala la rudeza, carisma y fisicidad necesarias para encarnarlo con acierto. Buenas palabras podemos tener también con un Michael Fassbender que debió disfrutar de lo lindo en la piel tatuada de Burke. Pero el resto de casting parecía querer terminar lo antes posible con sus roles de ahí que Megan Fox, ya una actriz muy limitada, poco pueda hacer Lilah o un John Malkovich que ni tirando de veteranía puede alejar a Quentin Turnbull de un simplista villano de opereta. De otros como Will Arnett, Aidan Quinn o Wes Bentley y sus escasos minutos en pantalla poco podemos decir y en cuanto a Michael Shannon el reto es encontrarlo en la película, ardua tarea si tenemos en cuenta que su, ya de por sí breve, papel queda reducido a un cameo por obra y gracia de la sala de montaje.
Jonah Hex fue alumbrada en una etapa confusa para Warner Bros y DC Entertainment. Con la trilogía del Batman de Christopher Nolan todavía en desarrollo, habiendo conseguido un éxito descomunal con El Caballero Oscuro, quedaban tres años para que el DCEU diera sus primeros y titubeantes pasos con El Hombre de Acero, de manara que proyectos como Watchmen, Green Lantern o Jonah Hex fueron utilizados para tantear el terreno sin conseguir ninguna de ellas el éxito esperado. Para colmo la adaptación del personaje creado por John Albano y Tony DeZuniga tuvo que vadear con múltiples problemas como el despido de sus directores (con ellos hubiéramos visto una película diametralmente diferente y mucho más divertida) y la indecisión de unos productores no sabiendo qué hacer con un proyecto al que hasta el meritorio score compuesto por Marco Beltrami y la banda de metal progresivo Mastodon parecía quedarle tan grande como inadecuado. Sólo Josh Brolin y Michael Fassbender o breves fogonazos del interesante personaje que es Jonah Hex podemos destacar de una pieza que al menos entretiene y se pasa en un suspiro gracias a sus ajustados 80 minutos de metraje. Más allá de eso un producto de consumo rápido para degustar en una tarda aburrida para olvidarlo justo cuando concluyan los títulos de crédito finales.
Título OriginalThe Ballad of Buster Scruggs(2018) DirectorJoel Coen, Ethan Coen GuiónJoel Coen, Ethan Coen RepartoTim Blake Nelson, Zoe Kazan, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Harry Melling, Bill Heck, Brendan Gleeson, Tyne Daly, Jonjo O'Neill, Saul Rubinek, Clancy Brown, Willie Watson, Ralph Ineson, Grainger Hines, David Krumholtz, Stephen Root, Sam Dillon, Jesse Luken, Chelcie Ross
Dos años después de la decepcionante ¡Ave César! los hermanos Joel y Ethan Coen vuelven con un nuevo largometraje. Aunque en esta ocasión lo han hecho sumándose a ese grupo de directores de prestigio que han pasado a formar parte de la nómina de la plataforma de streaming Netflix. Curiosamente este proyecto llamado La Balada de Buster Scruggs iba a ser en su inicio la primera serie de televisión creada por los autores de Valor de Ley (True Grit) o Un Tipo Serio. Pero poco antes de ser presentada en la sección oficial del Festival de Venecia, donde se alzó con el galardón a Mejor Guión, se confirmó como un largometraje por episodios. Dentro del reparto encontramos nombres importantes y caras reconocibles como las de Tim Blake Nelson, James Franco, Tom Waitts, Liam Neeson, Zoe Kazan o Brendan Gleeson entre otros, protagonizando las distintas historias que dan forma a la película.
La Balada de Buster Scruggs es una homenaje a los libros, normalmente de bolsillo, sobre relatos del salvaje oeste en forma de antología construida sobre seis relatos contextualizados en el género western, pero tomando como epicentro conceptual y narrativo diferentes maneras de abordar un tema universal como la muerte. The Ballad of Buster Scruggs, Near Algodones, Meal Ticket,All Gold Canyon, The Gal Who Got Rattled y The Mortal Remains forman la media docena de episodios. El resultado es de nota muy alta aunque, como suele suceder con este tipo de largometrajes, unos relatos destacan sobre otros, a pesar de mantener todos ellos un muy buen nivel conformando un abanico estético y narrativo cuya intencionalidad no queda sólo en un tributo a los ya mencionados productos literarios, adentrándose también en terrenos de cierta intertextualidad en lo referido a la obra previa de los hermanos Coen a modo de autoreflexión por parte de ambos autores.
Joel y Ethan Coen parecen haber abordado las seis historias que componen esta antología cinematográfica con la misión de abarcar las distintas vertientes estilísticas y narrativas identificables a su discurso autoral. El primer capítulo, La Balada de Buster Scruggs, protagonizado por un memorable Tim Blake Nelson, es puro slapstick y cartoon. Una divertida vuelta a sus orígenes más deudores de la comedia física y las animaciones de la Warner cuyo principal representante fue la alocada y seminal Arizona Baby (Rising Arizona) teniendo continuación en otros proyectos como El Gran Salto (The Hudsucker Proxy), Ladykillers u O Brother. A partir de este disparatado arranque con cada nuevo episodio la visión de los hermanos sobre la muerte se va volviendo gradualmente más oscura, melancólica y trascendental. Pero siempre dentro de unos parámetros identificables con la impronta de su cine pretérito.
Near Algodones, con un excelente James Franco, todavía contiene pasajes de humor y hasta su resolución final resulta patéticamente tragicómica con referencias a El Bueno, El Feo y El Malo. Pero a partir de Meal Ticket, la historia de los dos artistas ambulantes con unos inmensos Liam Neeson y Harry Melling, posiblemente la ficción más triste ideada por Ethan y Joel en toda su carrera, la desesperanza y el nihilismo comienzan a apoderarse de la antología de los Coen. Sólo encontrando cierto repunte de optimismo con All Gold Canyon la verdadera joya del largometraje. Casi una pieza silente protagonizada por un superlativo Tom Waitts cuya calidad ya hace que merezca la pena el visionado de la obra en su totalidad. The Gal Who Got Rattled parece un tributo a La Conquista del Oeste (1962) aunque abordando una historia mínima cuyo catalizador, al igual que sucedía en A Propósito de Llewyn Davis, es una mascota. Finalmente la hermética The Mortal Remains, con impecable cuarteto actoral, torna en relato fantasmagórico y alegórico para cerrar la obra.
Cada uno de los episodios del largometraje está elegantemente enlazado con el siguiente por medio de una narración que explicita la naturaleza literaria de la antología, desde el arranque del metraje nos queda claro estar asistiendo a la lectura de un libro junto a una chimenea, y los Coen solidifican por medio de su mutable puesta en escena y narrativa impecable un trabajo cohesionado y estructurado con el habitual talento indivisible a su impronta cinematográfica. La construcción argumental de las historias funciona de manera individual y también formando un compacto todo a pesar del ya citado desnivel de calidad entre unas y otras, sin llegar ninguna de ellas a la deficiencia o la mediocridad. En el trayecto las referencias eclécticas y dispares se hacen continuas con ecos que van desde John Ford, Howard Hawkes, Sam Peckinpah o Segio Leone a Ingmar Bergman e incluso Tex Avery y sus trabajos animados o el Sam Raimi de Rápida y Mortal (The Quick and the Dead).
Desde un punto de vista técnico ambos directores aprovechan al máximo no sólo el formato panorámico o la impecable fotografía del francés Bruno Delbonell, ocupando este el puesto del habitual Roger Deakins, sino también los exteriores puestos a su disposición que llegan a proporcionarles paisajes de belleza casi extraterrena. ayudando estos a contextualizar las distintas historias que conforman La Balada de Buster Scruggs. La delectación en los encuadres, el ritmo unas veces espídico y otras cadencioso, la mezcla de personajes hirsutos y callados compartiendo plano con los más exagerados y propensos a la verborrea incontrolable ofrecen el muestrario de señas de identidad y la galería de criaturas habituales de los films de los Coen, encontrando de este modo la complicidad de un enorme y extenso reparto, del que ya hemos dado breves apuntes anteriormente, dirigido con mano maestra por dos autores capaces de exprimir sabiamente las aptitudes interpretativas de los variopintos y muy diferentes actores protagonistas de sus producciones.
La Balada de Buster Scruggs nos recupera a unos Joel y Ethan Coen brillantes como escritores y directores. Ejecutando una hercúlea labor para conformar una obra que más allá de su intencionalidad referencial y reverencial puede considerarse una condensación de toda su filmografía, una especie de homenaje autoconsciente a sí mismos que, sin llegar a las cotas de genialidad de sus obras maestras, puede adscribirse sin demasiada polémica a la galería de sus films recientes más notables. Realización, escritura, casting, todos apartados a la altura de las circunstancias en la primera incursión de los hermanos en las producciones impulsadas por las plataformas de streaming. Por último nos queda la duda de si debido al génesis a modo de serie televisiva del largometraje pueda existir un montaje más extenso de las seis historias condensadas en el mismo y en caso afirmativo si verá alguna vez la luz. Más allá de eso sólo podemos disfrutar una de las mejores películas de este 2018 y la confirmación de la sustancial mejoría de la producción cinematográfica de Netflix.
Título OriginalJohn Carpenter's Vampires(1998) DirectorJohn Carpenter GuiónDon Jakoby basado en la novela de John Steakley ActoresJames Woods, Daniel Baldwin, Sheryl Lee, Thomas Ian Griffith, Maximilian Schell, Tim Guinee, Mark Boone Junior
La década de los 90 fue una etapa extraña para un cineasta como John Carpenter. Durante aquellos diez años su filmografía basculó entre productos descafeinados como Memorias del Un Hombre Invisible, competentes remakes como el de El Pueblo de los Malditos, secuelas de sus éxitos con naturaleza irónica y autoparódica como 2013: Rescate en L.A u obras maestras incomprendidas y defenestradas comoEn la Boca del Miedo (In the Mouth of Madness) que los años han ido revalorizando. Por suerte en 1998 el director de La Noche de Halloween o Starman despidió el siglo XX con la que para el que esto suscribe es su última gran obra y la que (viendo el discurrir que puede tomar su carrera después de la terrible The Ward) debería haber dado carpetazo a su filmografía como uno de los mejores autores de cine de género de la historia del séptimo arte. Hablo como no podía ser menos de Vampiros.
Basada, muy libremente, en la novela homónima de John Steakley Vampiros presenta a un atípico grupo de cazadores de no muertos comandado por el aguerrido Jack Crow (James Woods) y financiado por el mismísimo Vaticano gracias a la mediación de Cardenal Alba (Maximilam Schell). Mientras descansan después de una misión rutinaria en la que localizan un nido de "alimañas" (como ellos suelen llamarlas) a las que dan caza los miembros del equipo son asaltados en un motel por Valek (Thomas Ian Griffith) un vampiro centenario que busca la famosa "Cruz de Bérziers" que le puede conferir el don de caminar bajo el sol a plena luz del día. Jack Crow, su colaborador Tony Montoya (Daniel Baldwin) una prostituta llamada Katrina (Sheryl Lee), únicos supervivientes de la matanza, y el Padre Adam Guiteau (Tim Guinee) tratarán de detener a Valek para impedirle conseguir su misión que lo convertiría en el no muerto más peligroso sobre la faz de la tierra, pero no serán pocos los problemas que se encontrará para cumplir con su peligroso cometido.
Vampiros es lo más cerca que ha estado John Carpenter de su amado e idolatrado género western. Por muchos es conocida la pasión del director de Christine o Elvis por este tipo de cine, su cariño hacia obras de Howard Hawks adscritas a este celuloide como Río Bravo (de la que Asalto a la Comisaría del Distrito 13 era prácticamente un remake encubierto) y cómo ha influido en la mayoría de sus largometrajes como director, algo que podemos apreciar en 1997: Rescate en New York, La Cosa o ¡Están Vivos!, cintas adscritas al terror o la ciencia ficción, pero con personajes y resoluciones narrativas propias de los films del oeste. Pero en su antepenúltima obra para la gran pantalla el homenaje deja paso a un contexto árido, desértico, duro y adusto que está sacado directamente de la obra de autores como Sam Peckinpah, Samuel Fuller o exponentes del espagueti western como los dos Sergios, Corbucci y Leone, a lo que habría que sumar una banda sonora del mismo Carpenter que nos retrotrae a dicho tipo de celuloide.
Como era de esperar viniendo del director de El Príncipe de las Tinieblas los vampiros de su universo cinematográfico no iban a tener la imagen y el comportamiento clásico que el cine y la literatura ha ofrecido de estos a lo largo de los años, algo a lo que hace referencia directa el mismo Jack Crow con un discurso memorable al Padre Guiteau. Los chupasangre de la película que nos ocupa no reciben el nombre de "alimañas" gratuitamente, ya que son expuestos en pantalla como bestias descerebradas y ávidas de hemoglobina que no se convierten en murciélagos pero sí pueden saltar a alturas sobrehumanas y arrancar de un zarpazo una cabeza humana. Ante unas criaturas de este pelaje como es lógico el equipo de Crow debe hacer uso de un armamento a la altura de las circunstancias con todo tipo de artilugios y gadgets para eliminar a semejantes seres de naturaleza salvaje. Con dicha excusa Carpenter puede apelar en no pocas ocasiones al gore y la violencia explícita como la de la secuencia del motel (brutal ese Mark Boon Jr partido en dos) o el asalto a la ermita de los frailes.
Una vez tiene lugar la disolución forzosa del grupo la historia central se divide en dos tramas diferenciadas pero lógicamente complementarias. Una es la que se centra en Jack Crow y el Padre Guiteau que tratan de buscar, no sólo a Valek antes de que encuentre la Cruz de Bérziers, sino también a la persona que los traicionó para que este pudiera eliminar a la mayor parte del grupo de los cazadores de vampiros. La otra está protagonizada por Tony y Katrina y el dilema moral con el que se encuentra el primero debido a que la segunda fue mordida previamente por Valek y no tardará en convertirse en vampiro también. Situación esta que creará considerables tensiones entre el personaje de Daniel Baldwin y el de James Woods, amigos y colaboradores, sobre todo cuando el primero comience a sentirse atraido emocionalmente por la chica. Finalmente las dos subtramas volverán a converger en una sola para el enfrentamiento final con Valek y sus secuaces, alguno de ellos bastante inesperado.
Durante el trayecto el cineasta nos ofrece un proyecto que tiene su genuino e inconfundible sello en forma de una de sus películas más personales por muy adscrita que esté a cierta comercialidad hollywoodiense. Rudeza, virilidad, machismo, camaradería y todo regado con pólvora, sangre, terror y humor negro, un producto 100% hijo de su hacedor con el que recuperamos al Carpenter más bestia, sardónico y outsider. La estructura es la habitual en el cine del norteamericano con un protagonista rebelde, fuera de la ley y de cualquier norma establecida, que se enfrenta, en solitario o acompañado, a un sistema corrupto sin importar que este se ampare en fuerzas religiosas, políticas o sociales. En el proceso las secuencias de acción, los apuntes de suspense (cada incursión en un nido de vampiros está llevado un pulso narrativo envidiable) y la interacción entre personajes sencillos, pero con personalidades bien definidas van dando forma a una pieza ejemplar con su autor al máximo de sus capacidades profesionales.
El director de La Niebla o Dark Star da buena muestra de su veteranía y no estructura su puesta en escena por medio de una alocada sucesión de escenas espídicas condensadas con un montaje metanfetamínico aprovechando el tono virulento que permite la naturaleza cruda y descarnada de la propuesta. Carpenter encuadra con sabiduría, utiliza los movimientos de cámara sólo cuando el relato los demanda y en una pieza que en otras manos se hubiera adherido sin miramientos al efectismo más rudimentario y sensacionalista es capaz de utilizar un timing inusualmente mesurado (el uso de la edición por medio del encadenado de fundidos de imagen en las secuencias más destacadas del metraje) y unos zooms de tono añejo que dan al largometraje un look visual muy deudor del cine de género americano de los años 70. Todo ejecutado y compactado por la mano de un cineasta que eligió desde sus inicios dedicarse en cuerpo y alma al cine de terror cuando sus aptitudes como narrador de historias le hubieran permitido ser mucho más ambicioso cinematográficamente hablando.
Todo el discurso "carpenteriano" sobrevuela el metraje de principio a fin, pero el mismo cristaliza magistralmente en el Jack Crow al que da vida un superlativo James Woods en uno de los mejores trabajos de su carrera. El protagonista de Videodrome o El Corredor de la Muerte elude la sobreactuación de muchas de sus encarnaciones interpretativas de los 90 (lo recuerdo especialmente insoportable en El Especialista) y por medio de contención, sorna, altanería, macarrismo barriobajero y una verborrea descontrolada da vida a uno de los mejores personajes protagonistas de una película de John Carpenter desde las primeras colaboraciones de este con Kurt Russell. Especialmente memorables son las secuencias que comparte con el Padre Guiteau al que interpreta un Tim Guinee impecable que sabe darle la réplica de manera soberbia al protagonista de Salvador mostrándose en pantalla la interesante y divertida disparidad de caracteres al que dan forma como dúo como una versión perversa y bastarda del subgénero buddy movie.
Del resto del reparto cumplen su cometido sobradamente Daniel Baldwin como Tony Montoya y Sheryl Lee como Katrina. El primero demuestra ser el más talentoso (y desaprovechado por su propia culpa) de sus hermanos con un excelente trabajo que se ve complementado con la relación de amistad y código de honor que comparte con Jack Crow ejecutando un personaje cercano, lleno de debilidades y claroscuros. La actriz que dio vida al cadáver más famoso de la historia de la televisión no se queda atrás y acomete con profesionalidad un personaje que hubiera ganado mucho más con una mejor escritura por parte del guión de Don Jakoby, pero resuelve con soltura dar vida a una atípica vertiente de la clásica "damisela en apuros" que después muta en otra cosa completamente diferente. Finalmente Thomas Ian Griffith se revela como una excelente elección para dar vida al hierático e imponente Valek un villano tan visceral como atractivo que desde la masacre que perpetra contra la banda de Crow demuestra soltura para tomar el rol de pieza clave dentro de la galería de personajes del largometraje.
Aunque en su momento fue recibida con bastantes parabienes por suponer la vuelta del John Carpenter más clásico Vampiros fue tildada de simple entretenimiento cuando es mucho más que eso. El penúltimo largometraje del director de Golpe en la Pequeña China supuso la sublimación estilística y narrativa de una manera de entender y hacer cine que triunfó en los 70, marcó a toda una generación de espectadores y cineastas, pero por desgracia nunca volverá, al menos en su vertiente más pura. Este debió haber sido el Canto de Cisne de su autor, porque aunque un servidor es fan de la camorrista y rashomonica Fantasmas de Marte viendo lo poco prolífica que está siendo la etapa más reciente de su filmografía y los desastrosos resultados que ofreció la que es su última cinta para la pantalla grande las andanzas de Jack Crow y su panda de rednecks cazadores de vampiros hubieran sido el excelente y memorable punto y final a una de las carreras cinematográficas más estilmulantes y personales de la historia del cine de género estadounidense de los últimos cuarenta años.
Título OriginalLogan(2017) DirectorJames Mangold Guión Scott Frank, James Mangold, Michael Green basado en los cómics de Marvel RepartoHugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Doris Morgado, Han Soto, Julia Holt, Elise Neal, Al Coronel
Después de la desastrosaX-Men Orígenes: Lobeznoy la aceptableLobezno Inmortal Hugh Jackman vuelve por tercer y última vez a dar vida al famoso mutante de las garras de adamantium creado por Len Wein, John Romita Sr y Herb Trimpe en 1974 con Logan, su despedida de un personaje al que ha dado vida durante casi dos décadas y que ya es indivisible de su vida profesional. En esta ocasión el director James Mangold (Copland, Identity) repite en la butaca tras la anterior The Wolverine para realizar el Canto de Cisne de James Howlett, un proyecto largamente acariciado por el actor australiano con el que pone punto y final al recorrido de su versión del X-Men más carismático y letal de la historia de la Casa de las Ideas. El resultado por suerte es muy superior al de sus antecesoras y sin ser una genialidad si sabe satisfacer notablemente tanto al espectador neófito como al fan de los cómics que llevaba años esperando una película del personaje que mereciera realmente la pena.
Todo aquel que vaya a ver Logan pensando que se encontrará una adaptación más o menos fiel de la primera miniserie Old Man Logan ideada por el guionista escocés Mark Millar y el dibujante norteamericano Steve McNiven en el año 2008 saldrá considerablemente decepcionado de la experiencia. No sólo ya por los problemas de licencias que trasladar un relato en el que tenemos a personajes como Ojo de Halcón, Craneo Rojo o descendientes de Spiderman o Hulk, pudieran haber producido a 20th Century Fox al no poseer sus derechos (que como todos sabemos están en manos de la misma Marvel y su división cinematográfica), sino también porque más allá de la edad de Lobezno y algún apunte narrativo o estético que pasaremos a mencionar no hay nada que emparente lo acontecido en las viñetas con lo que podemos ver en pantalla grande a la hora de enfrentarnos con la última aventura de Hugh Jackman en la piel del mutante canadiense.
Lo cierto es que ser una mixtura entre road movie y western (las referencias explícitas a Raíces Profundas no son gratuitas en este sentido) es el único parentesco que el último film de James Mangold tiene con Old Man Logan, pero en cierta manera bebe de los mismos referentes estilísticos y argumentales, como el cine de Sam Peckinpah, Sergio Leone o Clint Eastwood. Logan consigue aunar estas influencias en un tono árido y seco, aquel que la calificación PG13 no permitía en el resto de films en los que el personaje intervenía, y que aquí confluye con certera armonía con ese aire melancólico y derrotista de la franquicia X-Men en cuanto a llevar al extremo aquel lema de "temidos y odiados" que dio razón de ser a la naturaleza furtiva y marginada de los Hijos del Átomo. Todo el largometraje exhala hálito a despedida o cierre de ciclo y los implicados en el mismo han dado todo lo que tenían y más para estar a la altura de las expectativas.
La trama de Logan es sencilla y directa, James Mangold y sus guionistas ejecutan una historia de manual, una huída hacia delante escapando de mercenarios que quieren dar con el paradero de los protagonistas a lo largo de unos Estados Unidos montañosos, crepusculares, deshumanizados y fronterizos. El director de Inocencia Interrumpida sabe encontrar el equilibrio entre los pasajes centrados en las relaciones interpersonales y sentimentales de unos personajes cercanos y terrenales a pesar de su naturaleza sobrenatural y arrebatos de violencia explícita resquebrajando momentos de calma propios del celuloide del cineasta y actor japonés Takeshi Kitano. Gracias a ese balance entre intimismo y bestialidad arraiga con fuerza Logan una naturaleza bicéfala que funciona de manera muy potente durante casi todo el metraje y que sólo encuentra ciertos altibajos al inicio del último tercio, justo cuando Logan y Laura dan con los antiguos compañeros de confinamiento de esta última.
Aunque hemos resaltado la sencillez del guión sus autores se guardan en la manga algunas referencias a xenofobia, violación de los derechos humanos y el uso de fronteras para dividir territorios que no sabemos si de manera intencionada o no nos remiten al discurso que el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lleva años promulgando, aunque ciertamente el libreto no ahonda demasiado en dicha lectura apelando a que prime la caracterización de los personajes, la evolución del poso dramático del relato y el desarrollo de las poderosas y brutales escenas de acción que nos muestran por primera vez en pantalla lo que una garras de adamantium harían a un cuerpo humano si fueran utilizadas en combate. El problema es que la estructura de la narración no consigue mantenerse firme durante todo el metraje y en algunos pasajes (como el ya mencionado con los niños) parece como si los escritores no supieran bien hacia donde llevar la obra, que por suerte se encarrila de nuevo por el buen camino dando sus últimos pasos con un clímax honesto y emocionante.
Hugh Jackman puede estar tranquilo, si cumple la promesa de no volver a dar vida a Lobezno puede irse con la cabeza bien alta porque su labor en Logan es la mejor que ha hecho dentro del universo cinematográfico mutante que él ayudó a construir en el año 2000 con aquella ya lejana y seminal X-Men de Bryan Singer, El protagonista de The Fountain se entrega en cuerpo y alma a un personaje que ya es tan suyo como de sus creadores o los fans que llevamos décadas leyendo sus aventuras en papel. Este Logan enfermo, avejentado, cansado y descreído es el último homenaje del australiano a una criatura que le llegó de rebote hace 17 años cuando Dougray Scott rechazó el papel y que le cambió la vida de manera radical abriéndole las puertas de un Hollywood que hoy bebe los vientos por él. Con un trabajo que nos recuerda al mejor Clint Eastwood actor adscrito al western y dando todo en el plano físico Jackman se lo ha puesto muy difícil al próximo actor que acepte portar las garras de adamantium.
No le van a la zaga al protagonista de Prisioneros un Patrick Stewart que también ofrece su mejor personificación de Charles Xavier como un nonagenario senil, quebrado por sus pecados del pasado y cuya mente marchita ya no puede controlar sus enormes poderes psíquicos (la secuencia de Las Vegas y la odisea de Logan para llegar a la habitación del hotel es posiblemente el mejor pasaje del film) y el descubrimiento de la debutante Dafne Keen en la piel de Laura, la famosa X 23 de los cómics (aunque nacida en la serie animada X-Men: Evolution) que es extrapolada al celuloide con una amalgama de ternura y salvajismo perfectamente interpretado por una niña de once años que deja exhausta a la platea con su carisma y fisicidad en pantalla. Mencionar para bien la buena labor de Stephen Marchant como Calivan o Richard E. Grant dando vida al Doctor Rice y para mal a Boyd Holbrook en la piel de Donald Pierce, no por la labor del actor, sino por lo mal que está perfilado su villano en el guión, demostrando que esta tara a la hora de retratar a las némesis de los superhéroes en celuloide no es exclusiva de Marvel Studios o DC Etertainment.
Siendo ampliamente superior a las otras dos películas de Wolverine (tarea no muy ardua, para qué negarlo) pero tampoco "la mejor película de la saga cinematográfica mutante" como se ha llegado a comentar en no pocas webs de la red y páginas de opinión un servidor ha quedado altamente satisfecho con el visionado de esta Logan que pone broche de plata a la interpretación de James Howlett a manos de un Hugh Jackman al que siempre recordaremos cuando pensemos en el personaje de Marvel. Un relato melancólico, nihilista, salvaje y cercano que nos deja con la duda de cómo solucionarán Bryan Singer, Simon Kinberg y compañía la complicada papeleta de buscar un sustituto para el australiano que esté a la altura de su mastodóntica labor a la hora de dar vida al mutante canadiense que se despide de todos nosotros firme en sus ideas, luchando contra sus demonios internos y afianzando su determinación como máquina de matar siendo "el mejor en lo que hace, aunque lo que hace no es muy agradable".
El pasado viernes se estrenó en España Mad Max: Furia en la Carretera el regreso del cineasta australiano George Miller al microcosmos postapocalíptico y desértico que él mismo creó en 1979 con Mad Max, una cinta independiente que se convirtió en una obra de culto dando la vuelta a medio mundo. El film protagonizado por un jovencisimo Mel Gibson fue tan exitoso que dos años después dio pie a una secuela titulada Mad Max: El Guerrero de la Carretera que fue la que creó la leyenda, iconografía y verdadero legado de la franquicia. Ya en 1985 Miller volvió con una tercera entrega rodada a alimón con el director George Ogilvie titulada Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno en la que se hacía patente un cambio de tono que adentraba la saga en unos terrenos inadecuadamente comerciales y hasta cierto punto infantiles que hacían bajar varios enteros las aventuras del mítico personaje de Max Rockatansky. Han tenido que pasar 30 años para que el autor de El Aceite de la Vida o Las Brujas de Eastwick volviera con una nueva entrega de Mad Max con la que lavar la cara de su criatura pero respetando el espíritu en fondo y forma de la misma. Tras su paso por Cannes y la cartelera de medio mundo la película protagonizada por Charlize Theron y Tom Hardy ha puesto de acuerdo a crítica y público con respecto a afirmar que George Miller ha rodado una de las mejores obras cinematográficas del año y la pieza que devuelve la pureza a un cine de acción perdido entre mimetismo comercialoide, puerilidad condescendiente y efectos digitales sobreproducidos. En el siguiente artículo vamos a abordar, en la medida de lo posible, los cuatro trabajos que dan forma a la leyenda de Max Rockatansky, el antihéroe por antonomasia del cine australiano y uno de los iconos pop más recordados de la década de los 80 que ha renacido a la máxima potencia de la mano del que fue su creador hace más de treinta y cinco años.
George Miller, highway to hell
George Miller nace en Brisbane, Queensland, Australia el año 1945 dentro del seno de una familia de inmigrantes griegos. Ejerciendo como médico a principios de los años 70 rodó un cortometraje de un minuto de duración con su hermano menor Chris. En 1971 ingresó en la Universidad de Melbourne para asistir a un taller de cine en el que conoció a una de las personas más importantes de su carrera profesional, Byron Kennedy, que colaboró en todas las producciones de Miller hasta su muerte en un accidente de helicóptero en el año 1983 y con el que creó la productora Kennedy Miller Productions. El primer trabajo de ambos colaboradores fue el debut de George Miller en la dirección de largometrajes después de realizar algunos films experimentales. Mad Max vio la luz en 1979 con un Mel Gibson de veintitrés años que protagonizaba una distopía con aroma a western que puso la primera piedra de lo que pocos años después se convertiría en la franquicia cinematográfica más relevante de la historia del cine australiano. En 1981 Mad Max: El Guerrero de la Carretera confirmaría y afianzaría la estética, puesta en escena y personalidad de la creación de George Miller con una secuela que superaba en casi todos los aspectos a su predecesora marcando a fuego en la mente de millones de espectadores las aventuras de Max Rockatansky. En 1983 colaboraría junto a otros destacados autores de género como Steven Spielberg, Joe Dante o John Landis en la película coral Twilight Zone: The Movie que llevaba a la pantalla grande el mítico serial estadounidense y también intervendría en otros productos del tubo catódico tanto en Australia como en América. Dos años después Miller compartió las labores de dirección con el cineasta George Ogilvie para dar forma a una tercera entrega de la franquicia que nos ocupa titulada Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno. Con un un tono más para todos los públicos y un afán comercial, que se hacía notorio con la presencia de la cantante Tina Turner en el reparto y la banda sonora, el film hirió considerablemente a la saga, pero abrió definitivamente a Miller las puertas de Hollywood.
Su primer proyecto en Hollywood fue la tan simpática como maquiavélica Las Brujas de Eastwick de 1987, una comedia negra con un trío de damas de la interpretación como Susan Sarandon, Michelle Pfeiffer y Cher en la piel de cuatro hechiceras que mantienen una relación sentimental con el mismísimo Diablo encarnado por un Jack Nicholson haciendo casi de sí mismo. Tras ella rodaría la epidérmica y doliente El Aceite de la Vida (Lorenzo’s Oil) intenso drama protagonizado por Nick Nolte y Susan Sarandon inspirado en el caso real de la cruzada que llevó a cabo la familia Odone para salvar la vida de su hijo enfermo Lorenzo que padecía una extraña afección neourológica. Tras este breve paso por la meca del cine George Miller volvería a su Australia natal para producir, escribir y ser la cabeza pensante detrás de aquella entrañable obra maestra llamada Babe: El Cerdito Valiente que en 1995 fue nominada a siete Óscars para más tarde, en 1998, asignarse la dirección de la atípica secuela Babe: Un Cerdito en la Ciudad. Ocho años tardaría Miller en volver a rodar un largometraje y el elegido fue Happy Feet su primera incursión en el cine de animación digital con el que consiguió su único Óscar a la mejor película de animación en el año 2006. Ya en 2011 decidió continuar las aventuras de Mumble, el pingüino bailarín con menos éxito. Actualmente en 2015 el australiano ha vuelto al cine en imagen real rodando una nueva entrega de su mítica saga Mad Max que comentaremos después de hacer un breve repaso por todos los films que dan forma a tan icónica franquicia, aquella que atravesó las barreras de las antípodas para convertirse en un producto cinematográfico de culto a nivel mundial.
Mad Max: Salvajes de la Autopista, baptism of fire
El 12 de Abril de 1979 se estrenó en Asutralia una modesta cinta independiente de acción que partiendo de un presupuesto de unos exiguos 350.000 de dólares consiguió recaudar más de 100 millones a lo largo de todo el globo. El largometraje, que suponía la ópera prima en labores de dirección del médico reconvertido en cineasta George Miller y el primer proyecto bajo el amparo de la productora Kennedy Miller Productions, que el director había fundado con su amigo y colaborador Byron Kennedy, se convirtió al poco tiempo en un inesperado sleeper que cogió al país australiano totalmente desprevenido. La historia se encuentra localizada en un indeterminado futuro en Australia y sigue los pasos de Max Rockatansky, miembro de la Patrulla de Fuerza Central (MFP, Main Force Patrol) una división policial que controla a las bandas de motoristas delincuentes que campan a sus anchas en las carreteras del país. Max, armado con su coche apodado “Interceptor”, tiene la labor de dar caza a este tipo de criminales y es, según comentan en varias ocasiones sus compañeros de trabajo, el mejor en lo que hace. Estando de servicio Max elimina a un motero apodado Jinete Nocturno (Nightrider) y a su compañera después de que estos roben un coche patrulla y se den a la fuga con él no sin matar antes al agente que lo conducía. Cuando llega a oídos de la banda de Jinete Nocturno el prematuro fallecimiento de este a manos de los miembros del Bronze (apodo despectivo con el que se conoce a los miembros de la MFP) Cortadedos (Toecutter) clama venganza por su compañero y decide acabar con todos los miembros de la MFP posibles, enfrentándose él y su equipo a Max y su compañero Jim Goose que tratarán por todos los medios de dar fin a los actos delictivos del grupo de sádicos motoristas.
Mad Max es un western polvoriento, una novela pulp, una distopía nihilista con apuntes de estética punk rodada con pocos medios pero mucha inventiva e imaginación. George Miller debutaba en el mundo del largometraje con una obra con más bien pocos precedentes dentro del cine aussie y que pondría la primera piedra de una franquicia que haría historia en aquel país. El director de Las Brujas de Eastwick se deja imbuir por la mano de Sergio Leone o Sam Peckinpah en el plano estético y el espíritu de John Ford cuando aborda los pasajes de la vida privada de Max o el de Don Siegel cuando se abarca en los de acción y violencia de la obra. Con un Mel Gibson que daba totalmente el tipo en el plano físico como héroe de pocas palabras reconvertido en vengador de la carretera y un George Miller que sacaba oro de las escenas de persecuciones automovilísticas como si de un alumno (muy) aventajado de John Frankenheimer se tratara Mad Max dio nuevos aires al un cine australiano que como el de Peter Weir desarrollado en aquella misma década (Picnic en Hanging Rock, La Última Ola) tomaba vocación internacional, pero en este caso también para atravesar medios y volverse parte de la cultura popular a nivel mundial. La primera aventura de Max Rockatansky asentaba las bases de lo que posteriormente sería la estética de una franquicia que seguramente ni el mismo Miller y sus colaboradores tenían en mente, presumía de un acabado técnico voluntarioso (sólo destilaba algo de cutrez el uso de la cámara acelerada para dar más sensación de velocidad en algunos planos de las persecuciones) y un sano afán por innovar con una amalgama de géneros que daba a luz algo nuevo con aspiraciones a perdurar.
Aunque de la trilogía original Mad Max es el largometraje más cohesionado, autocontenido, el más estrictamente completo en el plano cinematográfico y su éxito más que considerable (vio la luz a nivel internacional un año después de su estreno en Australia) no sería esta primera entrega la que marcaría a fuego las andanzas de el loco Max en la retina de espectadores de todo el mundo, de eso se ocuparía la superior secuela, Mad Max: El Guerrero de la Carretera, que comentaremos a continuación. Pero es esta seminal producción de 1979 la que asienta las bases, la que nos presenta al antihéroe y el contexto en el que se moverá, la que incluye a uno de los pocos villanos con algo de personalidad y verdadero carisma de la franquicia (ese Toecutter que interpreta un magnífico Hugh Keays-Byrne al que volveremos cuando hablemos de Mad Max: Furia en la Carretera por motivos lógicos) y la que nos presenta al protagonista de esta road movie que sólo era la punta del iceberg de una saga que llegó a lo más alto tan pronto como se topó con su propia decadencia a sólo seis años de su creación como producto de ficción. Todos los hallazgos, aciertos, señas de identidad y secuencias de acción de esta primera parte se vieron considerablemente superadas en 1981 cuando George Miller, Byron Kennedy y Mel Gibson decidieron formar de nuevo equipo para llevar a Max Rockatansky al olimpo de los personajes cinematográficos contemporáneos más recordados de los últimos 35 años.
Mad Max: El Guerrero de la Carretera, and the road becomes my bride
Dos años después del éxito de Mad Max: Salvajes de la Autopista llegó Mad Max: El Guerrero de la Carretera, secuela en la que George Miller y sus colaboradores ofrecieron todo para crear una leyenda cinematográfica que había dado sólo sus primeros pasos en el film primigenio de 1979. El director australiano dejó al final de la primera Mad Max a su protagonista convertido en un vengador al que habían arrebatado su familia y que tras asesinar a los autores de tal crimen decidía mimetizarse con una carretera hacia ninguna parte. Con la única compañía de su perro, Max recorrerá infinitos parajes desérticos de una Australia postnuclear pare encontrar una refinería defendida por un grupo de civiles supervivientes acampados que tratan de evitar el ataque de la banda comandada por el salvaje Humungus, un grupo de criminales motorizados en busca del bien más escaso y preciado de la época, la gasolina. Esta nueva historia marca el punto culminante de la saga Mad Max, su consolidación como obra de culto por capítulos y la que sería más recordada con el paso del tiempo gracias a su estética, excesos, barroquismo, crepuscularidad y testosterona desatada en todos sus aspectos. Mad Max: El Guerrero de la Carretera estaba destinada a macar época y Mel Gibson a mimetizarse por fin al 100% con el personaje que le dio la fama a nivel mundial cuando no había llegado todavía a la treintena. George Miller conseguía por fin hacer historia y no sólo ofrecer con su trabajo un producto ejemplar dentro del cine de acción con influencias de distintos géneros, también consiguió, sin proponérselo, marcar época en el plano estético y dar pie a una incontable serie de homenajes, plagios, parodias dentro del cine de serie B que colea hasta nuestros días, pero en ese peculiar apartado pararemos más tarde.
Mad Max: El Guerrero de la Carretera consigue aquella ardua tarea de ser una secuela “más grande”, en todo, que su predecesora sin perder el norte por el camino. Para empezar George Miller y sus guionistas Terry Hayes y Brian Hannant desarrollan aquellas ideas o conceptos que en la primera película sólo eran apuntados brevemente y con sencillas pinceladas. Por un lado un prólogo nos contextualiza por fin este futuro en el que Max Rockatansky se mueve, una Australia escasa de recursos humanos, irradiada por la contaminación nuclear, masacrada por las guerras y por otro lado se confirma la gasolina como el líquido más preciado, el que mueve el dinero o el crimen y por el que los personajes son capaces de morir o matar. Esta segunda parte hiperboliza su acabado estilístico en todos los sentidos tanto el de Max como el de las bandas de moteros que visten una estética punk mucho más marcada mezclando lo medieval con la parafernalia sadomaso, pero también el técnico (aquí las escenas de persecuciones son a mayor escala, están mejor rodadas y en ellas George Miller se reveló como un maestro de la realización cinematográfica) el de diseño de producción (esa sociedad que en la primera película era definida con cuentagotas e muestra aquí en todo su sucio y roido esplendor) e incluso el conceptual con la visión de un futuro desasosegante y crepuscular. En Mad Max: The Road Warrior todo es más ruidoso, descomunal, vibrante, su deuda ya no es sólo con la literatura pulp y el western bastardo, también es con el trazo de ilustradores del mundo del cómic como el francés Jean Giraud “Moebius” o el norteamericano Howard Chaykin y esta amalgama de influencias dan forma a un todo lleno de adrenalina que no da un respiro a la platea.
En esta secuela Max es un personaje que trasciendo lo humano para convertirse en una leyenda que va de boca en boca, un héroe herido, callado, parco, deudor del imaginario de Jean Pierre Melville, más de actos que de palabras, como si George Miller y el mismo Mel Gibson, que se echaba sobre los hombros casi todas las escenas de acción de la saga, ya fueran conscientes del alcance de la criatura a la que habían dado forma. Con todo, aunque como obra supere en casi todos los aspectos a su predecesora, Mad Max: El Guerrero de la Carretera contenía algunas taras que le restaban un poco de solidez, como un montaje en ocasiones caótico, un villano que adolecía del carisma del Toecutter de la primera entrega o la innecesaria inclusión de ese asilvestrado niño que aún siendo soportable se mostraba como una pequeña muestra de lo que nos esperaba casi a la vuelta de la esquina con Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno. Pero esta producción de 1981 es la más destacada de la saga en el plano icónico, dio pie a una incesante fiebre de copias o plagios de serie B (y hasta Z) venidas de países tan dispares como Italia (El Exterminador de la Carretera) Filipinas (Mad Warrior) o los mismos Estados Unidos con aquella Sangre de Héroes (alabada por el mismo George Miller) que supuso el no muy exitoso debut en la dirección del reputado guionista David Web Peoples (Sin Perdón, Blade Runner, 12 Monos) que colea hasta la actualidad con productos como Doomsday, de Neil Marshall, Death Race, de Paul W. S. Anderson o los videojuegos de la saga Fallout de Interplay y Bethesda Softworks. En 1981 Max Rocatansky ya estaba en lo más alto, ya era historia del cine a nivel mundial, por desgracia lo siguiente fue que su tercera entrega se encontrara ante una serie de catastróficas desdichas que obligó a la saga a dormir el sueño de los justos durante la friolera de casi 30 años.
Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno, finding Tomorrow-morrow Land
En el año 1983 el productor Byron Kennedy fallecía en una accidente de helicóptero mientras buscaba localizaciones para lo que sería la tercera entrega de Mad Max. Este hecho en el que el amigo y colaborador de George Miller moría prematuramente fue el que dio pie a que la producción de Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno no fuera como sus equipos técnico y artístico esperaban. El cineasta se encontraba tan afectado por lo acontecido que se vio incapaz de abordar en solitario la realización del largometraje y decidió servirse de la ayuda de su colaborador, el director George Ogilvie, para llevarlo a buen puerto. Como era de esperar Mel Gibson volvería para dar vida a Max Rockatansky y la cantante estadounidense Tina Turner daría vida a Tía Ama, la villana de la función. El largometraje se estrenó en 1985 y fue un considerable éxito, pero como pasaremos a comentar a continuación no sólo es el más flojo de la saga, y una decepción para los fans del loco Max, también supuso el primero en el que George Miller se entregó a los brazos de la comercialidad más hollywoodiense convirtiendo la tercera entrega de western postacpocalíptico en una cinta para toda la familia que poco, casi nada, tenía que ver con las dos entregas anteriores de 1979 y 1981. Con una historia protagonizada por, en su mayoría, insoportables niños salvajes esta segunda secuela de Mad Max funciona como película de aventuras para todos los públicos, tiene un dinamismo meritorio, no aburre en ningún momento y es puro cine comercial de los años 80, pero como secuela es indigna de la franquicia a la que pertenece por distintos motivos que pasaremos a enumerar a continuación.
Con Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno vayamos directos al grano. Si no fuera por Mel Gibson, su personaje llamado Max, la estética de este y la de algunos de los habitantes de Truequelandia, esta producción de 1985 no tendría absolutamente nada que ver con una franquicia como la de Mad Max. No ya sólo por esa infantilización de la historia para que pueda ser accesible a todos los públicos y que remite tanto a Star Wars: El Retorno de Jedi o la mano de Steven Spielberg en productos como la entrañable E.T, sino también porque George Miller, George Ogilve y el guionista Terry Hayes (implicado también en la escritura de la anterior Mad Max: El Guerrero de la Carretera) eliminan algunas de las señas de identidad más características de las dos anteriores cintas. Una película de Mad Max sin una carretera que se pierda en el horizonte no es una película de Mad Max, es más, sólo e los 20 minutos de metraje tenemos persecuciones automovilísticas aunque las mismas merecen mucho la pena, ya que no sólo en ellas George Miller pone toda la carne en el asador, sino que también podrían considerarse las mejor ejecutadas de la saga sino fuera porque existe una cosa llamada Mad Max: Furia en la Carretera que pasaremos a comentar a continuación. La calificación PG 13 también reduce considerablemente la violencia explícita de las dos primeras cintas, otra marca de la casa que aunque no abundaba estaba presente en varios momentos puntuales en los que cumplían su cometido de impactar a la platea, de modo que sólo nos queda como concepto reconocible la estética que ya bordea el steampunk y un feismo en algunos personajes que llegará a su culmen veinte años después con la última película realizada por Miller.
Tenemos una Cúpula del Trueno que cobra en el título un protagonismo que pierde a la media hora de metraje del film, pero que nos regala algunas escenas de acción muy bien ejecutadas y la presencia intimidante del Maestro Golpeador (mucho mejor el Master Blaster de la versión original) una villana carismática como Tina Turner que aún dando la réplica con mucho oficio al Max de Mel Gibson (menos hierático de lo normal, pero aún así muy entregado a la causa) confirma con su presencia como actriz y compositora de algunos temas de la banda sonora la bajada de pantalones de Miller y sus huestes de cara al gran público y una recta final que es la única que respira Mad Max por todos sus fotogramas con acción bien rodada y la consolidación de Max como una figura legendaria. Este ir y venir de aciertos y fallos, de concesiones de cara a la galería y un mínimo afán por salvaguardar la personalidad de una saga cuyo espíritu está ausente en casi todos los 105 minutos del metraje son los que hacen de Mad Max: Más Allá de la Cupula del Trueno una meritoria y entretenida cinta de aventuras que incluso dejaría su huella en futuros proyectos, como en aquella Waterworld, rodada por Kevin Reynolds, que llevaría a la ruina a un Kevin Costner en labores de protagonista y productor, pero que no es digna como segunda secuela de las aventuras de Max Rockatansky, por alejarse demasiado de la esencia que apuntaló el mito de aquellas. Por suerte este 2015 no sólo nos ha deparado la resurrección de una leyenda del celuloide como Mad Max, también lo ha hecho con la que posiblemente sea la mejor pieza de todas las que han tenido al guerrero de la carretera como protagonista.
Mad Max: Furia en la Carretera, long hard road to Valhalla
Exactamente 30 años separan el estreno de la fallida Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno con el de la reciente Mad Max: Furia en la Carretera. En ese periodo de tiempo George Miller ha trabajado en Hollywood con films como Las Brujas de Eastwick o El Aceite de la Vida, ha coqueteado con la fábula literaria en la saga del cerdito Babe, ha ganado un Óscar con su primera incursión en el cine animado con la primera parte de su díptico Happy Feet y ha superado los 70 años de edad sin perder las ganas por seguir haciendo películas. Desde hace quince años el cineasta australiano había barajado la idea de resucitar de entre los muertos su saga Mad Max, aquella que marcó a fuego su impronta en toda una generación de espectadores y jóvenes directores regalándonos aquel héroe solitario, aquel cowboy, aquel ronin que vagaba por las carreteras de una Australia arrasada por la mano del hombre. Por distintos problemas financieros relacionados con querer rodar el largometraje en su país y con toda la libertad artística posible dieron pie a que el proyecto no se comenzara a rodar hasta el año 2012 alargándose en el tiempo hasta el presente 2015, poco antes de la puesta de largo oficial de la obra. A día de hoy Mad Max: Fury Road ha sido aplaudida en el festiva de Cannes donde fue presentada fuera de competición y ha enamorado a espectadores y críticos de todo el mundo, no sin motivo. Ya sin Mel Gibson dando vida a Max Rockatansky que esta vez tiene el rostro, físico y algo de la voz del británico Tom Hardy (Bronson, El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) al que acompaña la actriz sudafricana Charlize Theron (Monster, Prometheus) el también inglés Nicholas Houlth (X-Men: Días del Futuro Pasado, Memorias de Un Zombie Adoescente) y un recuperado Hugh Keays-Byrne (Mad Max: Salvajes de la Autopista) la última entrega de Mad Max viene para quedarse, no sólo para que Miller de lecciones de cómo se rueda cine de acción real al resto de realizadores del panorama cinematográfico actual con ela sino para confirmar el nunca reconocido talento de un director que debe estar entre los más grandes del género y que se encuentra en mejor forma que muchos de sus coetaneos o imitadores.
Mad Max: Fury Road es una opera de Richard Wagner, una película de vikingos, cine medieval, celuloide teológico, una oda al exceso, al “cuanto más mejor”, a la destrucción, a la anarquía, al sacrificio y la redención, una orgía de metal, guitarras eléctricas, explosiones, gasolina, arena, sangre y líquido amniótico en la que George Miller lo ha dado todo sin miedo a pecar de excesivo porque sabe al dedillo cuál es su oficio, qué debe dar a los espectadores y qué debe negarles. La última entrega de Mad Max es cine de acción en su estado más puro, delegando responsabilidades en unos especialistas de escenas de riesgo que sin la necesidad de efectos digitales (el uso de los mismos en el largometraje son mínimos y se concentran en las escenas en las que los personajes se enfrentan a tormentas de arena en el desierto) volviendo a aquellos años ochenta en los que el frío pixel todavía no había hegemonizado el cine de acción comercial. Miller no quiere dejarse nada en el tintero y se entrega a un desfile de excentricidades que parece no tener fin. Toda la estética punk, sadomasiquista, feista, pulp, barroca, crepuscular y mórbida que había sido el caldo de cultivo de las tres primeras cintas explosiona aquí lanzando metralla hacia la pantalla. El director australiano lleva hasta el paroxismo los vehículos gigantescos, los parajes desérticos, el armamento primitivo propio de un mundo devastado por las guerras y ajeno a todo tipo de progreso, una sociedad reflejada en esos personajes deformes, enfermos, pálidos, esqueléticos, repletos de tumores con los que llegan a convivir y que ofrecen la imagen alegórica de un planeta Tierra podrido, corrompido, que necesita sangre nueva para sobrevivir y poder llevar a cabo su cruzada suicida en pos de una mejorada descendencia, una nueva generación de saqueadores y caudillos totalitarios.
En los primeros quince minutos George Miller nos contextualiza su distopía salvaje y descarnada, en la que la gente sometida al brutal régimen de Inmortan Joe muere por la necesidad de agua y gasolina (los dos bienes más preciados de la saga como recordamos de la segunda y tercera entrega) y en la que la esperanza de vida es mínima, casi inexistente. Cuando llegamos a los 30 minutos de metraje el agotamiento del espectador es un hecho, siempre en el buen sentido de la palabra, para entonces Miller ya ha dado buena muestra de la bacanal de muerte y destrucción que su cámara puede capturar en tan poco tiempo, ya hemos visto al nuevo Max de Tom Hardy se perseguido por incontables pandillas de dementes motorizados, a Charlize Theron como Imperator Furiosa traicionar a su jefe para huir con las últimas portadoras de verdadera vida de es ciudad regida con puño de hierro en la que vivían a duras penas y nos han sido presentado esos kamikazes apodados Media-Vida, extremistas radicales que no rinden tributo a deidad alguna solo a la carretera, al octonaje, a la muerte violenta que los envía al Valhalla nórdico, exigiendo al espectador “ser testigo” de su hazaña suicida y que queda perfectamente reflejada en la maniática presencia de ese Nux al que da vida un superlativo Nicholas Hoult que ofreció todo en el, ya de por sí, durísimo rodaje de la película. Todo este bestiario, encadenado de escenas de acción que hacen palidecer cualquier intento por parte de otros directores de inyectar nervio y furia a proyectos ajenos a este, esa desmesura en fondo y forma es la que nos impide pararnos un momento a recapacitar y reflexionar sobre que el guión de la última cinta de George Miller, del que se ocupan Nick Lathouris, Brendan McCarthy y el miso cineasta, es un fino hilo, una mínima excusa de persecución continua sin ningún tipo añadidos argumentales que reducen la historia al mínimo exigido. Esta idea no es para echarse las manos a la cabeza, un film de esta naturaleza tan visual y avasalladora no necesita más argumento, es más, ninguno de los libretos de las tres anteriores entregas eran un dechado de progresión dramática o narrativa, pero el trabajo de su director era el que subía de nivel el acabado final del producto, alzando hasta la excelencia el que comentamos en esta última reseña.
Mucho se ha hablado de la estúpida campaña antifeminista contra Mad Max: Furia en la Carretera impulsada por el artículo “Por qué no deberías ver ‘Mad Max: Feminismo en la carretera” de Aaron Clarey apodado “Capitán Capitalismo” dentro de la web pro-machista Return of Kings y al que suscribe el hecho de que estos individuos aprieten el esfinter con cualquier producto en el que se le dé un considerable peso a una mujer siempre será recibido con fruición. En ese sentido George Miller revoluciona la saga, porque por primera vez da importancia capital a un rol femenino en una de las entregas de su franquicia, con una pletórica Charlize Theron en la piel de Imperator Furiosa, el mejor personaje de toda la película. Sí, el Max Rockatansky de Tom Hardy es muy digno y el actor de Origen o Locke ofrece todo su poderoso físico para estar a la altura de Mel Gbson, pero no neguemos lo evidente, su labor como guardaespaldas de la conductora del Camión de Guerra le deja en un segundo plano ante la determinación, fuerza, entereza y visceralidad de la mujer del brazo mecánico. Ella es el centro de la narración y en ocasiones al espectador le da por pensar que es ella la que debería haber heredado el papel que dio fama como intérprete al director de Braveheart o La Pasión de Cristo, mostrándose en más de una ocasión como el cerebro del plan de huida iniciado por ella y al mismo Max como el músculo para que este pueda llevarse a buen puerto. Siguiendo con el tema de quién es quién dentro de la galería de personajes con respecto al villano de la velada George Miller guarda un regalo para los fans cuando descubrimos que el actor que da vida al deforme y sádico Immortan Joe es Hugh Keays-Byrne, el mismo que encarnó al Toecutter de la primera entrega, impersonando así a los dos mejores rivales a los que se ha enfrentado Max en la franquicia a la que da nombre.
Mad Max Fury Road es un cañonazo, una explosión ensordecedora, un volcán activo que arroja a través de la pantalla gasolina, arena, polvo y sangre, la mejor película de acción en su esencia más pura que ha visto el cine contemporáneo en muchos años. También es el regreso de un autor que merece ser reconocodio no sólo por cómo influyó su ya tetralogía en nuevas generaciones de films y directores sino como un maestro del celoluide cortante, demente, descarnado y suicida. Este cineasta australiano septuagenario ha vuelto para dar un puñetazo en la mesa de Hollywood, uno tan fuerte como para partirla en dos y hacer que las astillas salten en los rostros de los Zack Snyder, Michael Bay, Roland Emmerich o Ridley Scott de turno que no admiten que o no son los genios que nos quieren vender o que su época ya pasó y por ello se han entregado a una autonidulgencia artística que los ha estancado cinematográficamente de manera alarmante. El creador de Mad Max vuelve a casa, conoce perfectamente el terreno y quiere ir a más a llá a base de la retumbante percusión de la banda sonora de Junk XL, de un reparto abierto en canal, de un acabado técnico mastodóntico y de la labor de unos genios de la acrobacia que jugándose la vida en pos del buen cine jamás podrán ser sustituidos por cientos de informáticos detrás de la pantalla de un ordenador. George Miller es un perro viejo, un verdadero visionario que ha vuelto en plena forma con su juguete impoluto, las pilas cargadas al máximo y nuevos complementos. A estas alturas el éxito mundial de esta obra megalómana, impúdica, consicentemente imperfecta y macarra hasta lo insultante ha servido para que su creador confirme que una nueva secuela titulada Mad Max: Wasteland comienza a gestarse en aquella lejana Australia en la que hace 35 años un guerrero sin nombre marcó época grabando sus aventuras a fuego en la memoria de millones de espectadores que hoy reciben con regocijo esté viaje a un averno sepultado en arena y olor a aceite de motor quemado. Porque si el infierno existe debe ser parecido a ese desierto que todo lo devora en Mad Max: Fury Road, una obra destinada a perdurar como sus hermanas mayores y que nadie debería perderse en pantalla grande para con ello conseguir llegar brillante y cromado a las puertas del Valhalla. Sed testigos amigos míos, sed testigos.