miércoles, 27 de noviembre de 2019

El Irlandés



Título Original The Irishman (2019)
Director Martin Scorsese
Guión Steven Zaillian, basado en el libro de Charles Brandt
Reparto Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Anna Paquin, Jack Huston, Ray Romano, Kathrine Narducci, Jesse Plemons, Domenick Lombardozzi, Stephen Graham, Jeremy Luke, Gary Basaraba, Welker White, Action Bronson, Chelsea Sheets, Kate Arrington, Sebastian Maniscalco, Stephanie Kurtzuba, Aleksa Palladino




Fue allá por 2004 cuando Robert de Niro se quedó enamorado con la lectura del libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt centrado en la vida del mafioso Frank Sheeran apodado “El Irlandés”. El protagonista de Novecento o La Misión contactó con su amigo Martin Scorsese y ambos hablaron de llevar la obra a la gran pantalla. Después de la confirmación de De Niro, Joe Pesci y Al Pacino en el reparto y varias versiones del guión a manos del mismo Charles Brandt o Steven Zailiian (La Lista de Schindler, Gangs of New York, American Gangster) el proyecto se postergó indefinidamente por culpa de la enorme inversión necesaria para sacarlo adelante y que ninguna de las productoras importantes de Hollywood quería asumir. Finalmente fue la plataforma de streaming Netflix la que se hizo con los derechos del largometraje y proporcionó a Scorsese un presupuesto de 158 millones de dólares, uno de los más altos de su filmografía, para llevarla a cabo. 




Con viejos conocidos del director de Taxi Driver o Malas Calles como Irvin Winkler, Nicholas Pileggi o el mismo Robert de Niro en la producción los nombres importantes dentro del reparto comenzaron a sucederse. Stephen Graham, Bobby Cannavale, Jesse Plemons, Anna Paquin, Ray Romano, Jack Huston o el veterano, y asiduo en los inicios de filmografía del italoamericano, Harvey Keitel se sumaron a la ambiciosa propuesta cinematográfica de The Irishman. La puesta de largo del film tuvo lugar el pasado 27 de septiembre en el Festival de Cine de New York donde comenzó a recibir los primeros elogios de una prensa especializada que se ha rendido a los pies de lo último de Martin Scorsese. Antes de su estreno en Netflix el próximo día 27 en Transgresión Continua ya hemos podido disfrutar El Irlandés en pantalla grande y V.O.S, de manera que a continuación vamos a ofrecer nuestra opinión sobre la que ya ha sido calificada como una de las mejores piezas de la carrera de su autor.




Aciertan todos aquellos que afirman no encontrarnos con El Irlandés ante una película mafiosa más dentro de la filmografía de Martin Scorsese. La última obra de director de Kundun o Silencio es una elegía, una declaración de amor a su cine, a todos los profesionales que le han acompañado a lo largo de su carrera y a los espectadores criados con sus producciones. El biopic de Frank Sheeran es una excusa conceptual, argumental y narrativa para que Scorsese aborde muchos temas, adscritos varios de ellos también a un plano más existencial que cinematográfico. Un trayecto de medio siglo a modo de distintos flashbacks sobrevuela los socorridos 210 minutos de metraje de The Irishman, iniciando con los primeros pasos como sicario de su protagonista en los años 50 y finalizando en su vejez. Este recorrido es abordado con hasta tres líneas temporales, con una principal acometida in media res denotando no sólo la excelsa labor de Steven Zaillian con el guión basado en la novela de Charles Brandt, sino también la profesionalidad de la habitual y veterana montadora Thelma Schoonmaker que debió ejecutar un descomunal ejercicio de funambulismo a la hora de ensamblar todo el material audiovisual proporcionado por el director.




Tres horas y media de metraje no sólo son indispensables para abordar una epopeya de enormes proporciones como la de Frank Sheeran y su relación con personajes como Russell Bufalino o Jimmy Hoffa. También lo es para que Scorsese cree paralelismos entre sus criaturas, la misma obra cinematográfica y su propia visión del mundo del hampa o el grueso de su filmografía. Este epílogo a obras maestras como Malas Calles, Goodfellas o Casino no sólo sintetiza en una sola pieza todas las perspectivas ofrecidas por Scorsese a la hora de reflexionar sobre la mafia. También trasciende lo meramente argumental para construir sinergias con ese Nuevo Hollywood del que él mismo fue uno de los estandartes junto a coetáneos y amigos como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Brian de Palma o George Lucas y al que parece dar carpetazo con la presente película. El autor de La Edad de la Inocencia o El Lobo de Wall Street acomete el desafío como el canto de cisne de una manera de hacer y entender el cine que desparecerá cuando él y sus compañeros ya no se encuentren entre nosotros.




De manera paralela a sus personajes principales El Irlandés, como obra cinematográfica, evoluciona, cambia y dice sus últimas palabras siendo una entidad totalmente diferente a la que balbucea sus primeras palabras tres horas antes. Frank Sheeran, Russell Bufalino o Jimmy Hoffa envejecen a lo largo del metraje, se hacen más sabios o contemplativos y la misma película lo hace con ellos. Por eso durante sus compases iniciales la puesta en escena de Martin Scorsese para The Irishman emana la vivacidad y el dinamismo propios de Goodfellas, Casino o The Departed con una cámara inquieta, vigorosa y siempre poderosa, aunque destilando la contención propia de un veterano que ha depurado su discurso hasta límites insospechados. Cuando las dos primeras horas del film son finiquitadas la tercera se centra en todo lo referido a la desaparición de Jimmy Hoffa y es entonces cuando Scorsese ejecuta el primer quiebro en la narración anulando casi por completo la música, estabilizando la cámara y dejando que los diálogos entre los personajes y la interacción mutua desarrollada por los mismos se apoderen del núcleo argumental central. La recta final del film, el epílogo del epílogo, destila la sapiencia de quien se sabe en sus últimos días de vida asumiendo como suyos todos los pecados del pasado sin poder, o querer, desprenderse de ellos.




En ocasiones pareciera como si The Irishman utilizara a Frank Sheeran en particular y al cine sobre mafiosos en general para hablar sobre el paso del tiempo, la vejez y el ocaso de la vida de su máximo responsable, el mismo Scorsese. En este sentido es inevitable hablar del uso de los efectos digitales para rejuvenecer a los actores del film, principalmente a Robert de Niro y Joe Pesci, los dos encargados de llevar casi todo el peso de la construcción argumental. Después de la primera escena en la que vemos a Frank Sheeran en su juventud con el CGI a pleno rendimiento, el primer impacto visual es notable y no pasa desapercibido, la enorme labor de los actores y la mano de Scorsese con ellos consiguen que olvidemos por completo dicha decisión quedando completamente relegada a un segundo plano y sólo experimentando algún repunte cuando asistimos a como un joven Sheeran luce un físico y unos movimientos que delatan la verdadera edad del protagonista de El Cabo del Miedo o El Rey de la Comedia por mucho que su rostro nos trate de convencer de lo contrario. Más allá de eso el famoso “lifting digital” queda en una nadería que no menoscaba en ningún aspecto la monumental labor depositada en el largometraje.




A lo largo de los 210 minutos de The Irishman, y como ya hemos evidenciado, Martin Scorsese no sólo vuelve sobre sus pasos para incluir referencias a su propia filmografía, también hace paradas en casi todo el cine mafioso americano de la segunda mitad del siglo XX, gran parte de él facturado por varios de los cineastas de ese Nuevo Hollywood que hemos referenciado con anterioridad y perteneciente a su séquito de amigos. De esta manera a los guiños dedicados a los films del mismo Scorsese se suman, por ejemplo, la épica de todas las entregas de la trilogía de El Padrino, de Francis Ford Coppola, la melancolía y el revisionismo de Atrapado Por Su pasado (Carlito’s Way) o Los Intocables de Eliott Ness, ambas de Brian de Palma, amalgamándose en el trayecto vital de Frank Sheeran y sus socios. Pero, contra todo pronóstico, el clásico del subgénero al que más se asemeja El Irlandés viene de un director, como no podía ser menos, italiano que abordó la temática en su prematuro testamento detrás de las cámaras. Imposible no realizar conexiones entre Érase Una Vez en América, de Sergio Leone, y lo último de Scorsese apelando así a profesionales de su país de origen al que tanto ama y rendido tributo a lo largo de su carrera. Noodles y Frank Sheeran no dejan de ser distintas caras de una misma moneda, y lo afirmamos más allá del hecho de estar ambos interpretados por Robert de Niro.




Repleta de juegos de espejos y fugas metaficcionales El Irlandés también es un desfile interminable de cartas de agradecimiento por parte de Martin Scorsese a sus colaboradores, sobre todo en lo referido a sus actores, tanto los que forjaron su pasado como los que están ayudando a construir su presente. Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel, desgraciadamente abordando este último un rol breve en exceso dando vida a Angelo Bruno, son tres de los pilares más importantes de la carrera del italoamericano y además de reunirlos y hacerlos compartir encuadre les dedica una precioso tributo con esos anillos que sólo sus personajes portan. Tampoco se olvida el cineasta del “chico nuevo”, un Al Pacino al que Martin también ofrece innumerables referencias, unas más ocultas que otras, a varias de sus interpretaciones más icónicas como las ejecutadas en films como El Padrino II, Esencia de Mujer, Justicia Para Todos o El Precio del Poder (Scarface) antojándose inaceptable que esta haya sido su primera colaboración con el autor de Toro Salvaje. Por último el paso del tiempo vuelve a abrirse camino en El Irlandés y por ello su maestro de ceremonias consolida el “relevo generacional” de sus icónicos actores dando vida a mafiosos pasando el testigo a Stephen Graham, Bobby Cannavale o Jesse Plemons, a los que habría que sumar a un ausente Leonardo DiCaprio que abanderaría al grupo como último interprete fetiche del realizador.




Desde que se comenzó a rumorear que Martin Scorsese iba a reunir en El Irlandés a sus actores clásicos sumando la agradecida presencia de Al Pacino por primer vez dentro de su filmografía fuimos muchos los que esperábamos con dicho proyecto la salida del ostracismo por parte de los protagonistas que compartieron crédito en El Padrino II o Heat. Ha tenido que volver Scorsese para que Robert de Niro componga desde la contención y la sobriedad el mejor papel de su carrera desde, curiosamente, su última colaboración con el director en Casino. Al Pacino ejecuta un Jimmy Hoffa espectacular que, de manera ingeligente, va de más a menos en intensidad interpretativa aclimatándose a la austeridad del Frank Sheeran de De Niro con el que mantiene un tour de force incontestable mientras porta algunos de los mejores diálogos cómicos de la película. Pero en cuanto a los actores principales para el que suscribe hay un claro ganador y es que lo de Joe Pesci no es de este mundo. Más de cincuenta veces tuvo que llamarlo Scorsese para que aceptara el rol de Russell Bufalino abandonando así su retiro. El resultado es una labor en las antípodas de los mafiosos a los que dio vida en años pretéritos para el cineasta con una composición exquisita, meticulosa e intachable transmitiendo más con la mirada que con cualquier línea de diálogo.




Dentro de los secundarios encontramos tanto a veteranos en la filmografía de Martin Scorsese como a intérpretes que han colaborado con él en los últimos años, principalmente en televisión. Primero es de recibo mencionar a Harvey Keitel, uno de los mejores actores estadounidenses de los últimos cuarenta años y asiduo en la primera etapa del cineasta interviniendo en films como ¿Quién Llama a Mi Puerta?, Malas Calles, Alicia Ya No Vive Aquí, Taxi Driver o La Última Tentación de Cristo. Su papel es breve, de naturaleza más simbólica que argumental, pero está impecable y en el pasaje compartido con De Niro y Pesci la química entre los tres es desbordante. Stephen Graham es la revelación de The Irishman, algo que deberíamos haber aventurado ya con su enorme Al Capone en Boardwalk Empire. Cada vez que la cámara repara en el actor de This is England, sobre todo cuando comparte encuadre con Al Pacino, el resultado es de matrícula de honor. Bobby Cannavale, Ray Romano, Jesse Plemons o Domenick Lombardozzi también ejercen roles pequeños, pero saben aprovecharlos al máximo. La nota discordante la tenemos con un pobre retrato de personajes femeninos en el que sólo destaca el de una soberbia Anna Paquin que a pesar de su peso en la trama sólo posee una línea de diálogo, eso sí, una que sintetiza de manera magistral la relación con el personaje de su padre y el alma misma de un proyecto como The Irishman.




El Irlandés supone un punto y aparte en la carrera de Martin Scorsese. La mafia, el cine, su visión del sindicato del crimen y sus vinculos directos con todas las estructuras del poder en Estados Unidos crean paralelismos con el ocaso de iconos de Hollywood como el mismo director o esos Robert de Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel que dieron sus primeros paso junto a él y a los que, desgraciadamente, no quedan muchos años más dentro del mundo del cine. Ya hemos apuntado que Martin Scorsese es un autor inquieto y muy activo en lo profesional, pero si El Irlandés fuera su última película sería imposible imaginar mejor broche de oro para la carrera de uno de los más destacados directores de la historia del medio. Independientemente de si se degusta en pantalla grande o en casa cuando el próximo día 27 Netflix la incluya en su catálogo todo amante de la obra de Scorsese y del celuloide en mayúsculas debería ver un film como The Irishman. Tres horas y media de una odisea crepuscular en la que la amistad, la lealtad, la traición y la redención construyen un relato descarnado y melancólico que en la próxima edición de los Oscars debería estar muy presente e incluso llevarse para casa algunos de los galardones más importantes de un año en el que pocos trabajos pueden hacer sombra a esta última demostración de talento por parte de uno de los maestros más grandes del séptimo arte.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Transgresión Continua Express - Octubre II



Cristal Oscuro: La Era de la Resistencia (Jeffrey Addiss, Will Matthews, 2019) - Cristal Oscuro: La Era de la Resistencia es un oasis de marionetas, animatrónica y efectos especiales prácticos en el desierto del panorama ficcional actual. No sólo homenajea a la película original, sino que la supera y enriquece su microcosmos. Bellísima carta de amor a Jim Henson.




Diecisiete (Daniel Sánchez Arévalo, 2019) - Diecisiete recupera al Daniel Sánchez Arévalo de sus inicios mediante una sencilla road movie deudora de los mejores Ken Loach y Fernando León de Aranoa. Enorme dúo protagonista y una primera mitad del metraje tan brillante que la segunda no llega a igualarla. Muy recomendable.




Eli (Ciarán Foy, 2019) - Aunque su disparatado giro final delata su divertida naturaleza exploit y deudora de la serie B Eli no es más que un telefilm de terror con un buen reparto de secundarios y algo más de presupuesto. Mediocre y olvidable.




Wounds (Babak Anvari, 2019) - Wounds hubiera funcionado como cortometraje o episodio de una serie al estilo de The Twilight Zone o The Outer Limits. Como película es redundante, desganada y plana a pesar de un esforzado Armie Hammer y un buen plantel de secundarios.




Poltergeist (Gil Kenan, 2015) - Innecesaria, pero de agradable visionado gracias al acertado perfil del núcleo familiar y su cumplidora realización. Lástima de ese clímax final entregado al exceso en pos del lucimiento del 3D. Bastante aceptable, aunque a años luz de la original.




El Príncipe de las Tinieblas (John Carpenter, 1987) - Homenaje al Dario Argento de Inferno o al Lucio Fulci de El Más Allá, pero 100% hija de su autor. Algo olvidada en la filmografía de John Carpenter, a día de hoy mantiene intacta su atmósfera mórbida, vírica y apocalíptica.




Your Name (Makoto Shinkai, 2016) - Cuando convergen animación superlativa bordeante en lo sobrehumano e historia humanista repleta de poesía y realismo mágico el único resultado posible es una obra maestra. Your Name es cine mayúsculo en su estado más puro.




Los Últimos Juegos Prohibidos (Michael Winner, 1971) - Interesante precuela de Otra Vuelta de Tuerca con la que Michael Winner hace gala de su gusto por la sordidez y lo enfermizo. Lograda atmósfera y notable labor de la pareja formada por Marlon Brando y Stephanie Beacham.




Tenebre (Dario argento, 1982) - En los 80 Dario Argento volvía a la rama más ortodoxa del giallo para brutalizarla e inyectarla de perversas parafilias psicosexuales. No sería raro que el húngaro Joe Eszterhas tomara en su momento buena nota de la trama para escribir su cotizadísimo guión de Instinto Básico.




El Silencio de la Ciudad Blanca (Daniel Calparsoro, 2019) - A pesar del excelente reparto un Daniel Calparsoro inusualmente en piloto automático y un guión tópico, previsible y repleto de diálogos impostados hacen que El Silencio de la Ciudad Blanca se hunda irremisiblemente. Un thriller fallido, a años luz de los mejores de su autor.




Mientras Dure la Guerra (Alejandro Amenábar, 2019) - Contenida y elegante, eludiendo la caricatura, apelando al rigor y a hechos que hablan por sí solos Mientras Dure la Guerra triunfa al utilizar la simbología para condensar en la personalidad de Miguel de Unamuno un país tan contradictorio como España. Colosal Karra Elejalde.




Zombieland: Mata y Remata (Ruben Fleischer, 2019) - Repitiendo todos los aciertos de la primera entrega, pero extendiendo su peculiar microcosmos Zombieland: Mata y Remata es una divertidísima orgía de vísceras, pólvora, humor negro y metalenguaje. Los títulos de crédito, de nuevo a ritmo de Metallica, vuelven a ser memorables.




Batman & Bill (Don Argott, Sheena M. Joyce, 2017) - Documental sobre la lucha del escritor Marc Tyler Nobleman y la familia de Bill Finger para que este fuera reconocido como co creador de Batman. Didáctico, ameno y algo lacrimógeno. Buen homenaje a un autor injustamente tratado.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Transgresión Continua Express - Octubre I



Downton Abbey (Michael Engler, 2019) - Donwton Abbey es un regalo exclusivo para los seguidores de la ficción creada por Julian Fellowes. No deja de ser un episodio doble de más envergadura, pero contiene todas las señas de identidad y personajes que nos enamoraron. Una cita ineludible para los fans de la serie.




En la Hierba Alta (Vincenzo Natali, 2019) - En la Hierba Alta funciona gracias a la potencia visual de Vincenzo Natali y a un Patrick Wilson devorando al resto del reparto. Pero flaquea al alargar hasta los 104 minutos un relato de poco más de 50 páginas que hubiera quedado más compacto como corto o mediometraje.




En Mil Pedazos (Sam Taylor Johnson, 2018) - No hay nada en En Mil Pedazos que no hayamos visto en otros biopics del estilo. Pero la implicación de la directora y co guionista con el material que tiene entre manos y un excelente reparto, encabezado por un Aaron Taylor-Johnson pletórico, la convierten en una obra meritoria.




El Camino: A Breaking Bad Movie (Vince Gilligan, 2019) - El Camino: A Breaking Bad Movie es un buen epílogo de la serie original que respeta su esencia como obra de ficción, pero a nivel cinematógrafo Vince Gilligan no arriesga. Es un episodio doble más con un Aaron Paul pletórico, pero también la confirmación de que Breaking Bad sin Heisenberg no es lo mismo.




Marianne (Samuel Bodin, 2019) - Como si el John Carpenter de In The Mouth of Madness abrazara a Stephen King y el folk horror francófono Marianne triunfa por su poderosísima atmósfera, personajes cercanos y amor sincero por el poder evocador de la literatura de terror. Serie perfecta para ver este Halloween.




Día de Lluvia en New York (Woody Allen, 2019) - Más allá de la soberbia fotografía de Vittorio Storaro y una Elle Fanning encantadora Woody Allen no me convence con Día de Lluvia En  Nueva York a pesar de contener todas sus señas de identidad autorales. Falta su chispa habitual y una mejor estructuración argumental.




Rambo Last Blood (Andrian Grunberg, 2019) -  Rambo: Las tBlood abraza todos los tópicos de los actioner ochenteros. Más allá de su escalada de violencia final o los hermanos interpretados por Óscar Jaenada y Sergio Peris Mencheta poco destaca en ella. Ya de la bestial y nada velada toxicidad de su mensaje hablamos otro día.




Una Proposición Indecente (Adrian Lyne, 1993) - Con estética de anuncio de perfume caro y moralina a paladas es el trío protagonista, muy criticado en su época, el que salva el proyecto. Una pena, sabiendo que Adrian Lyne venía de facturar esa obra maestra llamada Jacob's Ladder.




Orgullo y Prejuicio (Joe Wright, 2005) - Brillante adaptación de la novela de Jane Austen con un Joe Wright dispuesto a dinamitar con su puesta en escena el encorsetamiento adscrito a gran parte del cine de época británico. Soberbio reparto, con una Keira Knightley pletórica.




¿Quién la Ha Visto Morir? (Aldo Lado, 1972) - Giallo rudimentario y previsible, pero efectivo gracias a la entrega por parte de Aldo Lado a la sordidez y morbosidad propia del subgénero. Se abusa de la bella banda sonora de Ennio Morricone hasta lo irritante.




El Celo (Antoni Aloy, 1999) - Adaptación de Otra Vuelta de Tuerca, de Henry James, con producción española y reparto internacional. Elegante y con cierta atmósfera, pero fría y demasiado deudora de la versión de Jack Clayton. Sadie Frost y Lauren Bacall magníficas en sus papeles.




Drácula (John Badham, 1979) - Triste que la potente puesta en escena y el destacado diseño de reproducción estén al servicio de personajes desganados y grises. Frank Langella es un intérprete enorme, pero su elección para interpretar a Drácula es un gran error de casting.




viernes, 11 de octubre de 2019

Joker



Título Original Joker (2019)
Director Todd Phillips
Guión Scott Silver y Todd Phillips, basado en el personaje creado por Bill Finger, Jerry Robinson y Bob Kane
Reparto Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Frances Conroy, Zazie Beetz, Brett Cullen, Bill Camp, Shea Whigham, Dante Pereira-Olson, Douglas Hodge, Jolie Chan, Bryan Callen, Brian Tyree Henry, Mary Kate Malat, Glenn Fleshler, Marc Maron




Desde que se oficializara su producción en plena vorágine de incertidumbre, despidos y caos generalizado dentro de DC Entertainment y Warner Bros tras el descalabro en taquilla de Liga de la Justicia (Zack Snyder/Joss Whedon, 2017) Joker ha sido un proyecto que ha dado mucho que hablar. Las primeras noticias, bastante cuestionables, apuntaban a algo tan goloso como una película en solitario protagonizada por el personaje creado por Bill Finger, Jerry Robinson y Bob Kane en 1940 y dirigida por un Martin Scorsese que iba a ponerse detrás de las cámaras, más tarde pasó a producir y en 2018 se desvinculó del largometraje. El lugar de Scorsese lo ocupó Tod Phillips, realizador curtido en la comedia con producciones como Road Trip, Starsky & Hutch o la trilogía Hangover que en su último trabajo, Juego de Armas (War Dogs), ya coqueteaba con el drama. Phillips también se ocuparía de la escritura con la inestimable ayuda de Scott Silver, guionista ducho en biopics, reales o adscritos a cierta pátina ficcional, como demuestran sus trabajos en The Fighter o 8 Millas. Pero el proyecto no tomó verdadera relevancia hasta que se confirmó el actor que iba a interpretar al famoso enemigo del Guardián de Gotham. Para sorpresa de propios y extraños Joaquin Phoenix, interprete totalmente ajeno al cine basado en personajes de cómics, asumía la complicada tarea de dar vida a un icono al que otros actores de gran relevancia como César Romero, Jack Nicholson, Heath Ledger o Jared Leto habían interpretado, no todos ellos con buenos resultados.




Mientras Todd Phillips y otras personas vinculadas a Joker hacían declaraciones con las que minusvaloraban los cómics o el cine que adapta los superhéroes de las viñetas a la pantalla grande, confirmando que lo que ellos estaban creando era algo más adulto y elevado que dichas producciones, despertando así las iras de gran parte del fandom, el film tenía su puesta de largo internacional en el Festival de Venecia. Allí, con la crítica y el público deshechos en elogios hacia la película y su protagonista, surgieron los primeros comentarios sobre el contenido de la obra y su mensaje. Propaganda incel, glorificación de la violencia y el terrorismo, obra misógina, se promulgaba por parte de sus detractores. Mientras sus defensores la confirmaban como una obra maestra, el paso a la adultez del cine de superhéroes o un clásico instantáneo. Ajena a toda esta insulsa guerra civil, sobre todo en redes sociales, Joker marcaba un hito dentro del subgénero ganando el León de Oro en el festival italiano.




Después de conseguir tan prestigioso galardón el debate sobre la película en redes sociales se recrudeció entre uno y otro bando, o al menos entre las dos facciones más radicales y dogmáticas de los mismos. Todo esto, recordemos, entre personas que no habían visto la película y no podían dictar sentencia, a favor o en contra, de ella. Demostrando así que era el fanatismo tóxico el que se apoderaba de una controversia en la que la mayor perjudicada era una película sin culpa de contar entre sus aliados o enemigos con energúmenos de distinto pelaje obsesionados con enaltecer la productora/editorial en la que militan mientras desacreditan y desprecian la del contrario. Por fin llega el 4 de octubre en el que Joker se estrena en pantallas de todo el mundo y los espectadores ya pueden hablar, con uso de razón, del producto tras visionarlo. En Transgresión Continua hemos seguido este procedimiento, el que vemos más logico, y ya podemos traeros nuestra primera opinión de la cinta de Todd Phillips.




Ciertamente Joker es una rareza dentro del subgénero al que se adscribe. No sólo por alejarse del tono más familiar y comercial de las otras traslaciones de personajes de cómic al celuloide, independientemente de si son de Marvel o DC Comics, sino por la perspectiva asumida por Todd Phillips y sus colaboradores a la hora de abordarla como obra cinematográfica. Los máximos responsables del film reformulan el origen del Joker y aunque el expuesto en el argumento central es ajeno al mundo de las viñetas la influencia de algunos trabajos icónicos adheridos al personaje se explicitan notablemente. Este génesis en el que Arthur Fleck muta en el que se convertirá en el elemento más peligroso de la galería de villanos de Batman nos remite, inevitablemente, a La Broma Asesina. Su origen como cómico fracasado, la relación con un personaje femenino relevante en su vida (allí su mujer, aquí su madre) y una serie de circunstancias trágicas como catalizadoras de su inmersión en la demencia nos retrotraen a la obra maestra de Alan Moore y Brian Bolland.




Tomando este arco dramático en el que se verá implicado el personaje principal como epicentro del relato Scott Silver y Todd Phillips construyen un drama desgarrador sobre la locura, la soledad o la corrupción. Arthur Fleck es un outisder, un Don Nadie, una persona con problemas mentales pisoteada por un entorno que siempre acaba destruyendo sus delirios de grandeza incitándole, no sólo a entregarse al crimen y al asesinato, sino a confundir realidad con ficción, idea conceptual que juega a favor de la construcción narrativa del proyecto. Los autores nos muestran de dónde vienen los traumas, físicos y psicológicos, de su criatura y aunque juegan la carta de aferrarse a la mística detrás de un villano carismático de personalidad magnética sus actos nunca están glorificados y sólo personas de moralidad cuestionable podrían ver heroicidad en la escalada de muerte e insania en la que se ve implicado cuando su sentido común se rompe en mil pedazos y el Joker se apodera de los pocos rescoldos que quedan de un maltrecho Arthur Fleck.




Joker es una película que no hace prisioneros en ningún aspecto. Para el que suscribe el film de Todd Phillips no hay una llamada a las armas para que las clases bajas acaben con las altas, lo que sí hay es el mejor retrato del contexto espacial en el que se mueve tanto el Joker como Batman desde que fueron creados en las viñetas. La ciudad de Gotham retratada por Todd Phillips es un hervidero de crimen y corrupción que no entiende de clases o jerarquías. Mientras Thomas Wayne, y sus pupilos, se revelan como esnobs adinerados sin escrúpulos los ciudadanos de a pie forman una masa enfervorecida y violenta que sólo quiere “ver arder el mundo”. Como es lógico una ciudad demente tomará como líder a un hombre demente y la conversión de Arthur Fleck en ese perverso mesías de cara pintada culmina un in crescendo de horror, hemoglobina y guerrilla urbana en el que localización y personaje principal se mimetizan para evolucionar en una entidad superior y crear, de manera tangencial, al héroe que, en un futuro próximo, intentará salvar a Gotham de caer en el abismo.




La controversia también se despertó cuando en algunas de las primeras reseñas de Venecia se comentó que Joker serviría como acicate para el movimiento Incel, abreviatura de “involuntary celibate”, cuyos postulados defienden que sus miembros no pueden mantener relaciones sexuales, como ellos quisieran, lo que deriva en un ideario sustentado, mayormente, en la misoginia, el odio al sexo femenino e incluso el asesinato. Un servidor al ver la película no ha dado crédito a esta afirmación porque no hay un ápice de estas ideas en su argumento. El personaje de Zazie Beetz es retratado como un dechado de coherencia, una vez se conoce el secreto de su presencia en la historia, y en ningún momento se menciona o deja entrever que su presencia o actos sirvan como una más de las desgracias que arrojan a Arthur al mundo del asesinato premeditado. De esta manera en ningún momento ella se une, al menos de manera voluntaria o directa, al grupo de personajes que son acusados por los guionistas y el director de “crear al Joker” dejando, al menos para el que esto firma, en nada dicha acusación prematura que se arrojó contra el film durante su paso por el festival veneciano.




Era lógico y comprensible que la implicación de Joaquin Phoenix como protagonista de Joker iba a dar al proyecto una dimensión descomunal. No sólo porque con el hermano del malogrado River Phoenix hablamos del, probablemente, mejor intérprete de su generación, sino también porque es un profesional que elige milimétricamente los papeles que decide acometer y una vez lo hace su implicación con ellos o su entrega, desde una perspectiva física y psicologíca, llega a bordear lo enfermizo. Joaquin Phoenix no es un “actor del método”, precisamente porque “el método” le queda pequeño. Con muchos ecos del Freddie Quell al que dio vida en The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) el protagonista de Her o La Noche es Nuestra ejecuta una composición visceral, cruenta, descarnada en la que Arthur Fleck puede transmitir, de manera paralela, sensaciones tan antagónicas como fuerza y debilidad, comicidad y tragedia, terror y aflicción. Phoenix hace suyo al personaje del cómic y le inyecta de tics, miradas, mudolación de voz, esa peculiar y forzada risa o una fisicidad capaz de emparentarlo con un enorme y desgarbado insecto viéndose acentuada por su extrema delgadez.




De esta manera podemos confirmar que nos encontramos, no sé si con el mejor Joker en imagen real, pero sí con el más completo, complejo y con un perfil más elaborado. Evidentemente en esta ocasión el villano es el protagonista y sin un Batman que le robe minutos en pantalla las dos horas de metraje están dedicadas a diseccionar la psique de Arthur Fleck, algo que Joaquin Phoenix consigue con resultados de una calidad dificilmente calibrable, siempre apoyándose en la destacable base que supone el guión de Scott Silver y Todd Philips. Pero además de componer un Joker para el recuerdo el actor de Señales no se olvida de sus predecesores y, tanto en su composición como en su aspecto o manera de obrar delante de la cámara, encontramos un compendio de casi todos los “Jokers” previos y guiños a los mismos mediante diálogos, secuencias, gestos o una minuciosa utilización del lenguaje corporal. Si este año Joaquin Phoenix no gana con Joker ese Oscar que lleva mereciendo, de manera irrebatible, desde su magnánima labor en el falso documental I’m Still Here la academia de Hollywood sumará una injusticia más a su interminable lista de ellas.




Mi recomendación para aquellos que sienten recelo o prejuicios contra la película y su contenido o por sus hacedores y las innecesarias declaraciones que han puesto en sus bocas, es que vayan a verla con la mente abierta. Joker no es una obra maestra, tampoco es un dechado de originalidad, pero es una interesante anomalía dentro de su subgénero que puede convivir de manera armoniosa con las otras perspectivas ofrecidas sobre este dentro del cine comercial estadounidense. Así no sólo podremos debatir de manera razonada sobre la obra, también cada espectador podrá dar su opinión sobre su mensaje (pudiendo ser totalmente opuesta a la mía, que no se sustenta en ninguna verdad irrefutable) o contenido y descubrir que, a pesar de las fanfarronadas de Todd Phillips, hay en su película una ingente cantidad de referencias a los cómics y un par de escenas, como la de la verja, cargadas de una poderosa simbología con la que se rinde tributo a un villano que al igual que su némesis siempre ha tenido distintas personalidades, caras, aristas o matices. La de este Joker es una más de esas visiones y bienvenida sea si nos permite abrir nuevas vías dentro de este tipo de cine que por medio de la diversificación y la variedad podrá llegar a ofrecernos no pocas sorpresas. Ojalá que así sea.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Jessica Jones: Temporada 3, el largo adiós



"Jessica Jones, creíste que podías salvar el mundo. Pero te aterroriza que ya hayas fallado, y lo has hecho, porque no eres y nunca serás una heróina"



Poco antes de comenzar la producción de la tercera temporada de Jessica Jones Netflix anunciaba la cancelación de todas las series que había desarrollado junto a Marvel Television inspiradas en los superhéroes más urbanos de la famosa editorial de cómics. Proyectos como Daredevil, Luke Cage, Iron Fist, The Defenders, Punisher o la misma Jessica Jones desaparecían de un día para otro dejando en vilo el futuro de dichas producciones, sin saber a ciencia cierta si su recorrido ficcional llegaba a su cierre definitivo o si Disney las recuperaría posteriormente para su futura plataforma Disney +. La primera de estas teorías planteadas es la que parece haberse confirmado después de que en los distintos paneles dedicados a las producciones audiovisuales de la Casa de las Ideas en la última San Diego Comic Con o la reciente D23 Expo 2019 del pasado fin de semana no hayamos visto ni rastro de dichos productos o sus personajes principales. No sabemos si la prematura muerte del microcosmos que Marvel Television había diseñado dentro de la famosa plataforma de streaming influyó en el desarrollo de la última temporada de la versión en imagen real del personaje creado por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en las páginas de la colección Alias e interpretado por Krysten Ritter (Breaking Bad) y en el ánimo de sus máximos responsables. Pero todo apunta a que así aconteció, una vez se visiona dicha tanda de episodios y el resultado, más que cuestionable, ofrecido por la misma.





Un servidor nunca ha sido muy fan de esta versión audiovisual de Jessica Jones. La primera temporada me dejó muy indiferente, transmitiéndome la sensación de haber visto un producto simplemente aceptable con el que no empatizaba por su impersonalidad y escasa inventiva. Algo más disfruté la segunda temporada, por sacrificar su narrativa detectivesca en favor de un relato más primario, entregado a la acción y con una mayor acentuación del dramatismo gracias a la incursión de nuevos personajes bastante interesantes, como el de Alisa Jones interpretado por la actriz británica Janet McTeer. Desgraciadamente con esta tercera temporada la serie, no sólo ha desandado todo lo que había progresado en la anterior, sino que también transmite una apatía y desgana en casi todos sus apartados capaces de dejar al espectador totalmente fuera de la propuesta ofrecida, nuevamente, por la showrunner Melissa Rosenberg, dejando morir a la serie de manera pobre y triste.




La tercera temporada de Jessica Jones intenta volver a las raíces neo noir de la primera temporada estrenada en el año 2015, extrapoladas del cómic original de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos, con una trama de investigación policial relacionada con un asesino en serie que apuñala a la protagonista en el primer episodio, enviándola así al hospital. Para dar con dicho asaltante Jessica aunará fuerzas con Erik Gelden, un émpata con el que comenzará una peculiar relación a lo largo de toda la temporada. Mientras tanto, Trish “Patsy” Walker ejerce como presentadora de televisión por el día y vigilante cuando cae la noche mediante sus recién adquiridos poderes, sin darse cuenta de que se extralimita en su cometido de mantener a raya a los criminales. Por otro lado Malcolm, ya completamente reformado, trabaja para la abogada Jeri Hogarth y ambos protagonizan sus propias subtramas relacionadas con el intento de armonizar sus respectivas vidas personales y profesionales, sin mucho éxito.




Todo este material planteado por el equipo de guionistas, si bien repleto de lugares comunes, podía haber ofrecido un producto de calidad con una adecuada estructuración narrativa y perfil de personajes. Pero, contra todo pronóstico, la desidia, el distanciamiento y el paupérrimo trabajo a la hora de escribir a los protagonistas hunden en el pozo de la mediocridad los, una vez más, excesivos trece episodios de los que consta esta nueva temporada de Jessica Jones. Sus responsables apelan en esta ocasión a una trama más algo más oscura y sórdida, con ecos de thrillers como El Silencio de los Corderos o Seven, a la hora de seguir los pasos de Jessica y Erik para dar con el asesino al que persiguen. Pero la puesta en escena, ya de por sí impersonal, de la serie se antoja desangelada y raquítica en esta nueva incursión del programa, sin llegar a ofrecer un sólo pasaje memorable entre una sesión continua de escenas anodinas, insustanciales y acomodaticias en exceso.




El reparto no hace un mal trabajo y se entrega por salvar sus descaracterizados personajes, pero el material que los guionistas han puesto a su disposición les impide cualquier ejercicio empático con un espectador que mira a estas criaturas entre la indiferencia y el rechazo. Los personajes principales se mueven entre la inoperancia dramática, por mucho que la escritura quiera incidir superficialmente en sus emociones, de unos y la más pura e insulsa antipatía de otros. Se antoja una tarea hercúlea identificarse con un puñado de roles deambulando por subtramas inanes e intrascendentes sin fuerza o arrojo que al llegar a su conclusión, previamente establecida, lo hacen de manera rematadamente torpe. Luego podría dedicar una entrada completa para hablar de lo que han hecho en esta tanda de episodios con el personaje de Gata Infernal, porque no tiene nombre como han pisoteado la contrapartida audiovisual de Patsy Walker, tampoco muy brillante en las temporadas anteriores, con una esforzada Rachael Taylor incapaz de salvarla del naufragio.




Michelle Rosenberg, Krysten Ritter y sus colaboradores, delante y detrás de las cámaras, podrían haber optado por entregarse al máximo para ejecutar una última temporada destacable, potente, vibrante, y que así tanto los productores como los espectadores percibieran como un error la cancelación de la serie y lamentaran lo ocurrido. Desgraciadamente nada de eso se ha llevado a cabo y Jessica Jones se ha despedido por la puerta de atrás y con ella todas las series de Marvel Television adheridas a la plataforma de streaming. Más allá de las tres temporadas de Daredevil, la primera de Punisher y la de The Defenders, que a un servidor le agrada bastante, esta colaboración a la hora de adaptar personajes de la Casa de las Ideas dentro de los parametros establecidos por Netflix ha sido un “quiero y no puedo” de manual en el que la intencionalidad de ofrecer ficción protagonizada por superhéroes con un aire diferente al de las versiones de la televisión generalista ha desembocado en un casi total fracaso.