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lunes, 30 de noviembre de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Octubre II

Rifkins Festival (Woody Allen, 2020) - Desde su estética de postal turística hasta su obvio homenaje a los maestros del cine europeo todo transmite una desgana y condescendencia que la convierte en una de las cintas más fallidas de Woody Allen. Del reparto sólo brilla Elena Anaya


Borat. Película Film Secuela (Jason Woliner, 2020) - Aunque se pierde el factor sorpresa de la primera película el humor de Sacha Baron Cohen sigue siendo lo suficientemente corrosivo e incómodo como para ocupar un lugar privilegiado en este año 2020. It's a very nice!



Rebecca (Ben Wheatley, 2020)
- Ni abstrayéndome con respecto al clásico de Hitchcock he disfrutado este impersonal remake puntualmente bordeante en el sonrojo. A Lily James y Armie Hammer les vienen enormes sus respectivos roles y del peculiar estilo de Ben Wheatley nada queda.


El Halloween de Hubie (Steven Brill, 2020) - Adam Sandler aseguró que si no ganaba el Oscar por Uncut Gems rodaría la peor película de su carrera. Esta muestra quintaesencial del humor estúpido, pueril y sin gracia de su máximo responsable confirma que es un hombre de palabra.


El Juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2020) - Segunda incursión en la dirección de Aaron Sorkin, abordando el famoso proceso a los "Siete de Chicago", para facturar una ejemplar cinta judicial tan necesaria hoy como en 1968. Impecables guión y reparto actoral.


Las Buenas Maneras (Juliana Rojas, Marco Dutra, 2017) - Clasismo, homosexualidad, madurez y racismo son los temas que aborda esta melancólica y bellísima fábula sobre amor y maternidad. Una versión brasileña de Déjame Entrar que sustituye vampirismo por licantropía.


Secretary (Steven Shainberg, 2002) -  Atípica película romántica cuyo epicentro es una relación sadomasoquista. Alternando drama con humor negro realiza un interesante retrato psicológico de sus personajes interpretados por unos soberbios James Spader y Maggie Gyllenhaal.



Black Beach (Esteban Crespo, 2020) - Drama sociopolítico con apuntes de thriller en el que nada destaca en demasía, pero todo funciona adecuadamente. Magnífico reparto en el que cumplen sobradamente tanto protagonistas como secundarios.


Explota Explota (Nacho Álvarez, 2020) - Insólito remake naif de Showgirls y derivación cañí de Los Paraguas de Cherburgo. Musical de colores pastel a ritmo de Rafaella Carrá con unas divertidísimas Ingrid García-Jonsson y Verónica Echegui. Qué fantástica, fantástica esta fiesta.


Eso Que Tú Me Das (Jordi Évole, Ramón Lara, 2020) - Más que una carta de despedida del músico Pau Donés, una última reflexión sobre exprimir la vida hasta que no quede una gota de ella. Un trabajo tan humilde en lo formal como inabarcable en la vitalidad de su mensaje.


Por el Poder de Grayskull (Randall Lobb, Robert McCallum, 2017) - Completo, aunque excesivamente condescendiente, documental que abarca toda la historia de los famosos juguetes de Mattel desde los 80 hasta la actualidad. Cita indispensable para fans de los Masters del Universo.


Disclosure (Sam Feder, 2020) - Revelador y crudo documental sobre cómo se ha demonizado, ridiculizado y estigmatizado a las personas trans en Hollywood desde los mismos albores del cine estadounidense. Un proyecto necesario y didáctico a partes iguales.


sábado, 31 de octubre de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Septiembre II


Enola Holmes (Harry Bradbeer, 2020)
- Ligera y fruiciosa adaptación de las novelas de Nancy Springer. Un elaborado diseño de producción, una puesta en escena tan impersonal como chispeante y una Millie Bobby Brown pizpireta y carismática ofrecen diversión para todos los públicos.



The Babysitter: Killer Queen (McG, 2020) - Aunque trata de marcar la diferencia con su predecesora,  manteniendo el espíritu de la misma, se ha perdido el factor sorpresa y sólo juegan a favor del conjunto los pasajes más alocados y propensos al gore. Para ver y olvidar al momento.



Cadaver (Diederik van Rooijen, 2018) - Entretenida variante de la magnífica La Autopsia de Jane Doe (André Øvredal, 2016) que si bien queda muy por debajo de aquella mantiene un buen nivel y factura algún pasaje bastante meritorio.



El Practicante (Carles Torras, 2020) - Thriller psicológico, con ecos de Mientras Duermes (Jaume Balagueró, 2011), cuya mayor virtud es un entregado Mario Casas interpretando un personaje a modo de crítica a la masculinidad tóxica. Tampoco eludamos que es un poco película de tarde



Pos Eso (SAM, 2014) - Delirante híbrido entre la vida de la familia Rivera/Pantoja y clásicos del terror como El Exorcista, La Profecía o Posesión infernal. La ópera prima de SAM es una producción en claymotion con una factura técnica brillante merecedora de ser redescubierta.



Crisis en Seis Escenas (Woody Allen, 2016) - Prácticamente una película más de Woody Allen dividida en seis partes en la que el cineasta juguetea con la comedia de enredo y las ideologías revolucionarias de los 60 mediante diálogos ágiles y un divertido reparto.



La Obra de Mi Vida (Natalia Maldini, 2018) - Más que un biopic sobre la misma Natalia Maldini, una divertida y personal reflexión metaficcional sobre la naturaleza esquiva del éxito, el paso del tiempo o la incesante búsqueda de un lugar en el mundo.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Transgresión Continua Express - Octubre I



Downton Abbey (Michael Engler, 2019) - Donwton Abbey es un regalo exclusivo para los seguidores de la ficción creada por Julian Fellowes. No deja de ser un episodio doble de más envergadura, pero contiene todas las señas de identidad y personajes que nos enamoraron. Una cita ineludible para los fans de la serie.




En la Hierba Alta (Vincenzo Natali, 2019) - En la Hierba Alta funciona gracias a la potencia visual de Vincenzo Natali y a un Patrick Wilson devorando al resto del reparto. Pero flaquea al alargar hasta los 104 minutos un relato de poco más de 50 páginas que hubiera quedado más compacto como corto o mediometraje.




En Mil Pedazos (Sam Taylor Johnson, 2018) - No hay nada en En Mil Pedazos que no hayamos visto en otros biopics del estilo. Pero la implicación de la directora y co guionista con el material que tiene entre manos y un excelente reparto, encabezado por un Aaron Taylor-Johnson pletórico, la convierten en una obra meritoria.




El Camino: A Breaking Bad Movie (Vince Gilligan, 2019) - El Camino: A Breaking Bad Movie es un buen epílogo de la serie original que respeta su esencia como obra de ficción, pero a nivel cinematógrafo Vince Gilligan no arriesga. Es un episodio doble más con un Aaron Paul pletórico, pero también la confirmación de que Breaking Bad sin Heisenberg no es lo mismo.




Marianne (Samuel Bodin, 2019) - Como si el John Carpenter de In The Mouth of Madness abrazara a Stephen King y el folk horror francófono Marianne triunfa por su poderosísima atmósfera, personajes cercanos y amor sincero por el poder evocador de la literatura de terror. Serie perfecta para ver este Halloween.




Día de Lluvia en New York (Woody Allen, 2019) - Más allá de la soberbia fotografía de Vittorio Storaro y una Elle Fanning encantadora Woody Allen no me convence con Día de Lluvia En  Nueva York a pesar de contener todas sus señas de identidad autorales. Falta su chispa habitual y una mejor estructuración argumental.




Rambo Last Blood (Andrian Grunberg, 2019) -  Rambo: Las tBlood abraza todos los tópicos de los actioner ochenteros. Más allá de su escalada de violencia final o los hermanos interpretados por Óscar Jaenada y Sergio Peris Mencheta poco destaca en ella. Ya de la bestial y nada velada toxicidad de su mensaje hablamos otro día.




Una Proposición Indecente (Adrian Lyne, 1993) - Con estética de anuncio de perfume caro y moralina a paladas es el trío protagonista, muy criticado en su época, el que salva el proyecto. Una pena, sabiendo que Adrian Lyne venía de facturar esa obra maestra llamada Jacob's Ladder.




Orgullo y Prejuicio (Joe Wright, 2005) - Brillante adaptación de la novela de Jane Austen con un Joe Wright dispuesto a dinamitar con su puesta en escena el encorsetamiento adscrito a gran parte del cine de época británico. Soberbio reparto, con una Keira Knightley pletórica.




¿Quién la Ha Visto Morir? (Aldo Lado, 1972) - Giallo rudimentario y previsible, pero efectivo gracias a la entrega por parte de Aldo Lado a la sordidez y morbosidad propia del subgénero. Se abusa de la bella banda sonora de Ennio Morricone hasta lo irritante.




El Celo (Antoni Aloy, 1999) - Adaptación de Otra Vuelta de Tuerca, de Henry James, con producción española y reparto internacional. Elegante y con cierta atmósfera, pero fría y demasiado deudora de la versión de Jack Clayton. Sadie Frost y Lauren Bacall magníficas en sus papeles.




Drácula (John Badham, 1979) - Triste que la potente puesta en escena y el destacado diseño de reproducción estén al servicio de personajes desganados y grises. Frank Langella es un intérprete enorme, pero su elección para interpretar a Drácula es un gran error de casting.




lunes, 5 de febrero de 2018

Interiores, gritos y susurros



Título Original Interiors (1978)
Director Woody Allen
Guión Woody Allen
Reparto Diane Keaton, Mary Beth Hurt, Geraldine Page, E.G. Marshall, Sam Waterston, Richard Jordan, Kristin Griffith, Maureen Stapleton, Henderson Forsythe





En pleno resurgir de las acusaciones de abusos sexuales vertidas desde hace años por su hijastra Dylan Farrow que vuelven en pleno ascenso de las, necesarias, plataformas Time's Up o Me Too nacidas en el seno de Hollywood y sin poder dar el que esto suscribe una opinión formada sobre el tema, como tampoco creo pueda darla ninguna persona desvinculada de los hechos, tratando de posicionarme principalmente en favor de la víctima, pero apelando también a la presunción de inocencia de un acusado que en su momento fue absuelto de sus cargos a los fans de Woody Allen sólo nos queda refugiarnos en su faceta profesional, intentando afrontar que cabe la posibilidad de que, como en muchas ocasiones previas a lo largo de la historia del arte y la cultura, estemos admirando la obra de una persona capaz de realizar un acto terrible, pero eso es algo que los seguidores su cine no podemos saber a ciencia cierta y puede que nunca lleguemos a saberlo.




Desde su debut oficial como director con Toma el Dinero y Corre hasta Annie Hall Woody Allen experimentó una notable evolución como autor cinematográfico. El director nacido en New York poco a poco fue abandonando el humor físico heredado de Buster Keaton y Charlie Chaplin y la construcción narrativa por medio de gags propia de su etapa como comediante televisivo, que llegó a su culmen con la hilarante e inolvidable La Última Noche de Boris Grushenko (Love and Death), para dar más solidez estructural a sus propuestas. El estreno en 1977 de la inolvidable historia de desamor entre Alvy Singer y Annie Hall confirmó que Allen dejaba de lado el slapstick y la hilaridad para transmitir su pericia como narrador por medio de los diálogos y el perfil de unos personajes cada vez más cercanos y apegados a la realidad, aunque siempre desde una tonalidad cómica o melodramática. Pero lo que sucedió después del estreno del film que dio el Oscar a Diane Keaton pocos lo esperaban.




Interiores vio la luz entre dos de las obras maestras más grandes de Woody Allen, la ya citada Annie Hall y Manhattan, y no sólo pasó desapercibida entre el éxito y el reconocimiento de ambas, sino que en su época de estreno, allá por 1978, fue un considerable fracaso que no agradó a prácticamente nadie, aunque llegara a conseguir hasta cinco nominaciones a los Oscar. El séptimo largometraje del cineasta estadounidense supuso un impás en su evolución autoral para con él poder ofrecernos su primer drama, una historia centrada en cuatro mujeres pertenecientes a una misma familia que no sólo se revela como una pieza magistral desde cualquier punto de vista, sino también una de las obras mayúsculas dentro de la filmografía del director de Midnight in Paris o Todos Dicen I Love You. Una arriesgada apuesta que debió recibir en su momento mucho más reconocimiento del que consiguió por los motivos que vamos a diseccionar humildemente a continuación.




A nadie se le escapa que Interiores es un homenaje directo y sin concesiones a la obra del director favorito de Woody Allen, el sueco Ingmar Bergman. Aunque previamente ya había rendido tributo a su maestro a modo de pequeñas referencias (esa Parca danzarina en la ya mencionada La Última Noche de Boris Grushenko que parecía salida de El Séptimo Sello) y lo volvería a hacer a lo largo de su filmografía posterior con films tan variopintos como September, Otra Mujer o Desmontando a Harry será con la cinta que nos ocupa con la que Allen se encuentre más cerca del director de La Hora del Lobo o El Manantial de la Doncella. Por suerte no encontramos aquí un bordo émulo, una mímesis arbitraria de las constantes narrativas de Bergman, sino un tributo a su cine a manos de un director que tomando prestadas muchas de esas señas de identidad las pasa por su propio filtro demostrando un control de los resortes de un género como el drama que hasta ese momento de su carrera desconocíamos.




Renata, Joey y Flyn son tres hermanas que deben afrontar la separación de sus padres, Eve y Arthur, un matrimonio adentrado en la sesentena que se toma un descanso indeterminado a petición del cabeza de familia. Ella, mujer que crió a sus hijas desde el desapego y le exigencia propia de una persona de su clase social acomodada, acepta con hostilidad su nuevo estatus social mostrando comportamientos psicológicos propios de una persona enferma mentalmente, siempre con la esperanza de una reconciliación que nunca llegará. Las tres mujeres, que se dedican a la escritura, la interpretación y la fotografía respectivamente deben capear el temporal y mantener las formas afrontando que su padre ha comenzado una nueva vida con una mujer de clase social inferior y su madre no quiere afrontar una realidad que la devoraría como persona destapando toda esta incómoda situación los problemas profesionales y personales de este trío de hermanas.




La puesta en escena de Allen se encuentra en las antípodas de la que había utilizado en su films inmediatamente anteriores, asumiendo un discurso mucho más introspectivo, contemplativo, de una contención notable, recreándose en la soberbia dirección de fotografía de Gordon Willis que juega a placer con las luces y sombras o una gelidez propiamente escandinava que se crece con la fantasmales postales que suponen los paisajes vistos desde esa casa familiar vacía de vida con el oleaje de la playa como fuerza de la naturaleza cuya impulsiva personalidad se contrapone al mortecino ambiente de esas cuatro paredes repletas de recuerdos para las tres hermanas protagonistas. Es inusitado cómo un cineasta que sólo unos años antes había facturado piezas de una notable ligereza como Bananas o El Dormilón pueda mostrar un profundo calado como narrador en el proyecto que nos ocupa en esta entrada.




Desde el punto de vista de la escritura Interiores aborda prácticamente todos los temas que construyeron la filmografía de Wooy Allen como el miedo a la muerte, las relaciones de pareja, el adulterio, el psicoanálisis, dudas sobre la existencia de una entidad superior o la indivisibilidad de la vida personal y la profesional hasta el punto de que una pueda llegar a fagocitar a la otra. Estos dilemas universales, algunos de una contrastada naturaleza existencial, son expuestos en pantalla por mediación de los cuatro personajes femeninos que son los que basculan el discurrir de la historia. Indudablemente los roles masculinos son importantes y la labor de los actores E.G. Marshall, Richard Jordan y Sam Waterston es intachable, pero son las tres hermanas y la matriarca de la familia las que llevan sobre sus hombros todo el peso y Allen demuestra por primera vez en su carrera su talento para diseñar personajes femeninos complejos dentro del drama.




Una de las primeras secuencias del film define con un par de leves pinceladas la personalidad de Eve, cuando se obsesiona con la decoración de la casa de su hija Joey y su yerno Mike sin quedar satisfecha hasta que la misma no queda a su gusto. Esta mujer aposentada en una irrealidad que revela sus inherentes carencias afectivas define por sí misma los miedos y anhelos de sus tres hijas. Flyn es una superficial actriz venida a menos que es sabedora de sus limitaciones interpretativas, Joey es una insatisfecha mujer alienada y hastiada por su carencia de talento cuya inseguridad contagia a su marido y Renata es una escritora de éxito cuyo bloqueo creativo la obliga a recurrir a un psiquiatra y a afrontar una vida matrimonial en la que su marido, también escritor, sufre un terrible complejo de inferioridad con respecto a su esposa. Todas ellas mujeres criadas desde su infancia en un entorno tan acomodado como intrínsecamente represivo desde un punto de vista emocional.




Evidentemente es el reparto de actrices el que eleva el excelente guión de Allen a la majestuosidad, realizando todas ellas una labor de composición interpretativa remarcable. La Eve de una exultante Geraldine Page se asemeja a una entidad fantasmal y etérea, una abstracción irreal que condensa todas las inseguridades y demonios internos de sus descendientes, un ser solapadamente tóxico para todos sus semejantes y allegados que en el clímax final parece ofrecer en herencia todos sus traumas psicológicos a una Joey interpretada desde una sabia constricción por Marybeth Hurt para que esta después de rechazar a Pearl (una inmensa Maureen Stapleton que supone la nota de "color chillón" entre el tempano de hielo que es este núcleo familiar), la nueva pareja de su padre, asista a cómo ella es capaz de ofrecerle sin apenas conocerla el definitivo acto de amor devolviéndole la vida a los pies de la orilla de aquella playa en la que intenta salvar a su madre de un fatídico destino elegido por propia voluntad.




Aunque si hay un personaje que destaca dentro del conjunto de la galería de criaturas que moran por Interiores ese es el de Renata al que da vida una Diane Keaton por aquel entonces en pleno apogeo de su talento interpretativo. La actriz de la trilogía El Padrino no sólo ofrece una labor superlativa en las antípodas de la Annie Hall que tantas alegrías le había proporcionado sólo un años antes, sino que su entrega ciega a la causa de su director (por aquel entonces también su pareja) consigue incluso que sus compañeros en pantalla den lo mejor de sí mismos, como ese Richard Jordan que por efecto dominó, y la enfermiza envidia hacia su mujer, nos lleva al cuarto vértice del largometraje, la algo menos perfilada Flyn de una encantadora Kristin Griffith que tiene su momento de gloria con la secuencia en el garaje con su cuñado, en la que el espectador se compadece de ella ante el deleznable acto que este comete con ella, más por la violencia psicológica que por la física que aplica sobre su persona.




Un clímax final con ribetes de tragedia griega nos lleva a la conclusión de que en no pocas ocasiones una institución supuestamente sagrada como la familia está sustentada en mentiras, miedos, dudas y egoísmo autoimpuesto. En el último plano, el mismo que sirve de bellísimo cartel al film, tres hermanas miran con temor y un pequeño halo de esperanza hacia su futuro representado con un suave oleaje que por fin se ha calmado, guardando luto por una pérdida que posiblemente, y de manera paradójica, les permita liberarse de los lazos emocionales que les impedían encontrar una felicidad que siempre les había sido negada por la alargada sombra de una figura oscura y siniestra (esa aparición final entre penumbras podría haber salido de un relato de terror gótico) con el aspecto de la criatura desvalida que posiblemente nunca fue, transmitiendo un mensaje descorazonador hacia unos lazos de sangre que una vez tensados pueden llegar a ahogarnos hasta arrebatarnos la vida.




En numerosas ocasiones posteriores a la obra que nos ocupa volvió Woody Allen al drama, más o menos ortodoxo, en piezas como las ya citadas September, Otra Mujer o Maridos y Mujeres y Delitos y Faltas e incluso reincidió a la hora de homenajear a su venerado Ingmar Bergman, pero las cotas de calidad aquí alcanzadas rara vez fueron igualadas dentro de su filmografía. Interiores es una de las obras maestras ocultas dentro de la carrera del veterano director y por suerte el paso del tiempo está dándole el lugar que merece dentro de su cinematografía, ofreciéndonos en su momento la primera muestra cristalina de que había otro Woody Allen alejado de la comicidad y lo vitriólico que podía contar historias de profundo calado sobre esas miserias y virtudes del ser humano que a él nunca le fueron ajenas y que hoy, más que nunca, están poniendo en entredicho su trabajo y su imagen pública, no sabemos si por su propia culpa debido a la atrocidad que supuestamente realizó o por la de aquellos que siguen clamando venganza contra él de manera injustificada.



martes, 3 de diciembre de 2013

Blue Jasmine



Título Original Blue Jasmine (2013)
Director Woody Allen
Guión Woody Allen
Actores Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, Peter Sarsgaard, Louis C.K., Michael Stuhlbarg, Andrew Dice Clay, Max Casella, Tammy Blanchard, Alden Ehrenreich






Woody Allen ha empezado esta década por todo lo alto. El cineasta de New York está de racha y aunque de vez en cuando nos cuela alguna entretenida comedia ligera, la inmediatamente anterior A Roma Con Amor, o incluso piezas bastante irregulares, Conocerás al Hombre de tus Sueños, lleva ofreciendo varias obras de altísimo nivel a lo largo del último lustro. Porque si hace dos años se hablaba de las bondades de la soberbia Midnight in Paris ahora la crítica y gran parte del público se derrite por esta Blue Jasmine que llegó hace unas semanas a las carteleras españolas. Tanta alabanza, tanto halago y loa a la última cinta del director de Desmontando a Harry o Cassandra's Dream está completamente justificada, porque nos encontramos ante una de las mejores películas del año 2013 y con una obra mayor dentro de la filmografía reciente de su autor.




Cuando la adinerada Jasmine pierde toda su fortuna al descubrirse que su multimillonario marido era un estafador tiene que tomar la dolorosa decisión de irse a vivir una temporada a San Francisco con su hermana Ginger, que es cajera de un supermercado y vive con sus dos hijos y su novio, Chili. Allí Jasmine intentará volver a empezar su vida pero siempre suspirando por sus años de fiestas, glamour y ropa de diseño mientras intenta salir adelante entre miembros de una clase obrera con la que no quiere relacionarse más de lo estrictamente necesario. Sus problemas depresivos, su inclinación por abusar de la bebida y no encontrar su lugar en una ciudad y un mundo al que no quiere pertenecer por culpa de sus prejuicios llevarán a Jasmine a pasar un calvario existencial del que parecerá que nunca podrá salir.




Blue Jasmine es una tragicomedia con la que Allen nos hace reír con temas que tienen poca gracia, pero también es más que eso, una obra con múltiples lecturas y más trasfondo del que pudiera parecer a simple vista. El director utiliza la historia de Jasmine, una mujer que vivió a todo lujo gracias a las malas artes financieras de su marido (que ella conocía, pero de las que se desentendía moralmente) viéndose posteriormente en bancarrota, para hablarnos de temas como el clasismo, los prejuicios, la egolatría y utilizando sutilmente la actual crisis mundial como semioculto MacGuffin que sobrevuela todo el metraje. Nos encontramos con una versión púramente alleniana de Un Tranvía Llamado Deseo, la obra teatral escrita por Tennesse Williams que llevara a las tablas y el celuloide Elia Kazan, pero aunque ambas comparten ciertas ideas argumentales aquel relato nos hablaba de las pulsiones más primarias del ser humano (pasión, envidia, locura) mientras que con Blue Jasmine Allen apunta en otra dirección y acertando completamente en la diana a la hora de retratar nuestra sociedad actual.




Hay una pericia analítica en el guión de Blue Jasmine por parte de Allen que aflora con esa feliz idea de narrar las "dos vidas" de la protagonista de manera paralela la una a la otra. En una veremos cómo los días de felicidad impostada del personaje de Cate Blanchett van llegando a su fin y en la otra asistiremos a su intento por encarrilar su existencia, pero siempre con la misión en mente de volver a ser una persona integrada en esa jet set en la que se movía como pez en el agua y a la que añora de manera infatigable. Gracias a estas dos tramas veremos los paralelismos entre ambas, descubriendo poco a poco el espectador que los años de bonanza de Jasmine estaban sustentados en una falsedad y un artificio que son los que le han llevado a su paupérrima situación actual.




Cate Blanchett es la película y Jasmine lleva sobre sus hombros el peso de toda la trama. El trabajo de la australiana no sólo me parece el mejor y más completo de su carrera, que no es decir poco, también es posiblemente el más logrado rol femenino salido de la mano de Woody Allen desde la época de sus musas Diane Keaton, Mia Farrow, Dianne Wiest o la por desgracia siempre olvidada Judy Davis. La protagonista de Elizabeth ofrece un colosal trabajo de composición dando vida a esta neurótica prejuiciosa dada a la bebida, colosales las secuencias en las que está ebria, que aún encontrándose en la ruina es capaz de volar en Primera Clase mirando por encima del hombro a su hermana y a las parejas de esta, cuando queda claro que ella misma fue la que dio a parar con un marido ladrón y estafador, y esperando siempre volver a ser "la mujer de" en vez de una persona que pueda valerse por sí misma para sobrevivir desde una perspectiva social.




Todos los secundarios hacen un magnífico trabajo, destacando la britanica Sally Hawkins como Ginger (la cara opuesta de Jasmine, una versión de clase trabajadora de aquella pero curiosamente aposentada en una felicidad y tranquilidad existencial que su hermana jamás podrá alcanzar, por mucha diferencia económica que exista entre ambas) Bobby Canavale como Chili, Alec Baldiwn como Hal, el marido de la protagonista, Peter Sarsgaard, como Dwight, un incómodo Michael Stuhlbarg como el Doctor Flicker o un simpático Andrew Dice Clay como Augie realizan un trabajo más que notable en el casting. Pero todos quedan sepultados por la Jasmine de Blanchett que se apodera del metraje con momentos impagables como en el que descubre, por mediación de una amiga, que las infidelidades de su marido son un secreto a voces, esa embarazosa confesión ante sus pobres sobrinos a modo de expiación de demonios o los impagables momentos en los que habla a solas rememorando los, supuestos, mejores momentos de su vida ante el estupor de los que la rodean.




Finalmente Blue Jasmine nos remite a lo cruel, o más bien vengativo, que puede ser el azar como vimos en obras previas de Allen como Delitos y Faltas, Match Point o Conocerás al Hombre de Tus Sueños cuando esa justicia poética, en forma de ex cuñado, se abalance sobre la protagonista y ponga en duda su futuro inmediato sacando a la luz la verdad. Pero no será hasta la escena con el personaje de Danny en la tienda de música y las palabras que saldrán de su boca que nos demos cuenta de que nuestra protagonista siempre podrá caer más bajo y no aprenderá de sus errores. Poco después con el regreso a la casa de Ginger, confirmando esta ex millonaria la sarta de mentiras que siempre ha sido su vida, y la visita final al parque el director de Manhattan o Annie Hall nos habrá dado una sobresaliente lección, sin paternalismos pero con pocos miramientos, sobre en lo que nos hemos convertido, lo que fuimos y lo que nunca podremos llegar a ser.