lunes, 11 de febrero de 2019

Trilogía El Protegido/Múltiple/Glass, dioses y monstruos



“La vida real no encaja en viñetas dibujadas específicamente para ella”

                                                                                      ELIJAH PRICE


El pasado día 18 de enero el cineasta estadounidense de origen hindú, M. Night Shyamalan cerró una etapa de su vida profesional a la que dio inicio en el año 2000, hace casi veinte años. El autor nacido en Puducherry y arraigado en Philadelphia despidió el siglo XX con su cuarta película, El Protegido (Unbreakable), en la que dio su particular visión del mundo del cómic y los superhéroes. Poco más de quince años después y tras haber pasado de ser una de las promesas cinematográficas más sólidas de Hollywood a un profesional caído en desgracia convirtiéndose casi en veneno para la taquilla llevó a la pantalla grande Múltiple (Split), su segunda colaboración con el productor Jason Blum (Insidious, Paranormal Activity, The Purge) revelándose en su escena final como un producto localizado en el mismo microcosmos que el film protagonizado por Bruce Willis, actor encargado de crear el vínculo entre ambas obras. Tras la sorpresa y el buen recibimiento por parte de crítica y público con respecto al largometraje centrado en las desdobladas personalidades del rol interpretado por James McAvoy Shyamalan confirmó dicha saga como una trilogía cuyo cierre llegaría en 2019.




Con motivo del estreno de Glass hemos decidido dedicar un especial a esta trilogía tan personal por parte del director de After Earth o Airbender: El Último Guerrero. Como es lógico seguiremos el orden cronológico con una reseña de El Protegido (Unbreakable) acompañada de la que en su momento dedicamos a Múltiple (Split), recuperada para la ocasión, y finalizando con la opinión de Glass, degustada hace unos días. De esta manera daremos una visión más global del tríptico, trataremos de profundizar humildemente en su subtexto, intencionalidad, referencialidad cinematográfica y secuencial y su relevancia en la carrera del cineasta originario de la India. Acompañadnos, una vez más, en un ¿último? viaje para ser testigos del enfrentamiento entre tres de iconos del universo superheróico no nacido ninguno de ellos en cómic o viñeta alguna. David Dunn (Bruce Willis), Mr Glass (Samuel L. Jackson) y Kevin/la Horda/la Bestia (James McAvoy) están aquí para protagonizar el asalto definitivo a tres bandas con el que su máximo creador afirma haber cerrado la trilogía y una de las etapas más largas e interesantes de su carrera cinematográfica. Pero para ello debemos volver al pasado y poner nuestra mirada en aquel ya lejano año 2000 en el que todo comenzó, con un trágico viaje en tren.


El Protegido (2000)



Título Original Unbreakable (2000)
Director M. Night Shyamalan
Guión M. Night Shyamalan
Reparto Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Robin Wright, Spencer Treat Clark, Eamonn Walker, Charlayne Woodard, Leslie Stefanson, Johnny Hiram Jamison,M. Night Shyamalan





El año 1999 fue el más importante de la carrera profesional de M. Night Shyamalan. Después de haber rodado dos largometrajes, Praying With Anger y Wide Awake, pasando con más pena que gloria por las carteleras de Estados Unidos, el tercero de ellos, El Sexto Sentido, se convirtió en un descomunal éxito internacional. Su primera incursión en cine de terror se saldó con una pieza magistral sobre fantasmas protagonizada por Bruce Willis, Haley Joel Osment, Toni Collette u Olivia Williams convertida al poco de estrenarse en una película de culto. Las alabanzas generalizadas de la prensa especializada, una enorme recaudación a nivel mundial y una interminable galería de nominaciones y galardones, cuyo punto más alto tuvo lugar con su aspiración hasta a seis estatuillas de la academia de Hollywood, hicieron el resto con una obra transformada en icónica y, posteriormente, copiada u homenajeada hasta la saciedad llegando su influencia hasta la actualidad. Tratar de imaginar el nivel de presión al que se debió ver sometido M. Night Shyamalan por Touchstone Pictures, filial de Disney y productora de El Sexto Sentido, se antoja un ejercicio de futilidad. La intención de repetir un bombazo como el del film en el que Haley Joel Osment afirmaba ver muertos incitó a los precursores del proyecto a meter prisa al autor del mismo y su respuesta materializó sólo un año después, algo totalmente contraproducente si la intención era ofrecer un producto de verdadera calidad. Por suerte Shyamalan se encontraba por aquel entonces en todo su apogeo creativo y el resultado estuvo a la altura de las circunstancias.





El Protegido, Unbreakable en su más coherente título original, se estrenó el 14 de noviembre del año 2000 en Estados Unidos, en España lo haría en enero del año siguiente, y aunque es una de las mejores, posiblemente la mejor, de las obras de M. Night Shyamalan también fue la primera vinculada a la polémica dentro de su extensa y e irregular filmografía. No fueron pocos los decepcionados por el cambio de género que suponía la nueva obra del futuro autor de La Visita, esperando otro relato de terror como El Sexto Sentido con el que El Protegido poco o nada tenía que ver, al menos desde un punto de vista argumental. Unbreakable se compone de dos tramas protagonizadas por una pareja de personajes antagónicos. Por un lado tenemos a David Dunn (Bruce Willis) vigilante de seguridad casado y con un hijo, además de único superviviente en un accidente de tren en el que perdieron la vida mas de un centenar de pasajeros. Por otro seguimos los pasos, literales y figurados, de Elijah Price (Samuel L. Jackson) un coleccionista de cómics afectado por “osteogénisis imperfecta”, conocida como la enfermedad de los “huesos de cristal”, que debido a dicha afección se vio obsesivamente sumergido desde niño en el mundo del arte secuencial por mediación de su madre, único vínculo familiar y emocional del personaje. Cuando los caminos de David Dunn y Elijah Price se cruzan la vida de ambos, y la de sus allegados, cambia radicalmente.




El Protegido es el personal y rendido homenaje al cómic superheróico de M. Night Shyamalan. Desde el texto inicial, un resumen de los números de ventas dentro de este medio a nivel mundial, la misión de guionista y director es diseccionar la iconografía, el trasfondo y las señas de identidad propias e identificables del mundo de la viñeta. La novedad en este sentido es que nos encontramos en las antípodas de una película de acción, adentrándose sin miramientos en terrenos dramáticos con apuntes de fantasía muy autocontenida. La misión de Shyamalan, abordada en incontables ocasiones a lo largo de la historia del cómic, es la de mostrar el impacto que produciría la presencia de personas con poderes sobrenaturales en un contexto totalmente realista. Buscando de esta manera marcar un profundo contraste en el que nuestro sistema de valores y condición social llegaran a tambalearse por la irrupción de lo inexplicable. De manera inteligente el autor expone su relato a pequeña escala con un personaje, el de David Dunn, que llegará a ejercer como “vigilante” o “protector” a nivel local, sin que su existencia como superhombre cambie el porvenir de la humanidad a un nivel nacional o global. Algo que cambiará drásticamente en Glass, cuando la historia planteada en aquella sí se adentre en dichos terrenos.




Al decidir acometer la “aventura del superhéroe” de esta manera tan intimista Shyamalan elude tener que bregar con lugares comunes del género como relaciones con otros encapuchados, formar un grupo de ellos o trabajar para el gobierno, porque al fin y al cabo está contando una historia de orígenes. Tomando esta elección el guionista y director puede focalizar su interés en las emociones del trío de personajes formado por David, su esposa Audrey (Robin Wright) y su hijo Joseph (Spencer Treat Clark) y ahí es donde reside uno de los mayores aciertos de la obra. En ese descubrimiento de sus poderes que irá haciendo mella en una familia desestructurada debido a los problemas sentimentales de un matrimonio a las puertas de la ruptura. El trío de actores ayuda a elevar la palabra escrita de Shymalan ya que a la dureza impertérrita y contenida de un excelente Bruce Willis se anteponen la vulnerabilidad, el desconcierto y el miedo de unos Wright y Treat Clark capaces de dar empaque el apartado artístico de la producción. Algo parecido sucede con el Elijah Price de un inmenso Samuel L. Jackson. Ese Charles Xavier reconvertido finalmene en Erik Lensher, atormentado por encontrar su lugar en el mundo al revelarse como el opuesto al hombre irrompible, aunque en el proceso se cobre la vida de cientos de personas inocentes. Una película de personajes al fin y al cabo, aunque con una factura impecable por parte del productor de Devil.




La puesta en escena de M. Night Shyamalan es la mayor de sus virtudes y hasta en sus largometrajes más endebles, los construidos sobre guiones insostenibles, su impronta siempre nos reservaba alguna que otra escena memorable. Cuando facturó El Protegido se encontraba en la plenitud de sus facultades como narrador y es algo que se deja notar a lo largo de todo el metraje. Pasajes como el nacimiento de Elijah o el previo al accidente de tren, ese plano fijo acercándose a Bruce Willis mientras el doctor le comunica ser el único superviviente del siniestro, el detalle del bastón de cristal durante la caída por las escaleras del personaje de Samuel L. Jackson o el flashback en el que abre su primer cómic, el intento de disparo en la cocina, la sesión de halterofilia o David dando rienda suelta a sus poderes en la estación de tren sólo son solo algunos de los momentos para el recuerdo en un proyecto ejecutado por su autor principal con una contención, elegancia, sutilidad, simbología y profundidad intachable, sólo dando muestras de flaqueza en la única escena de acción de la obra, esa pelea que Shyamalan parece querer quitarse pronto de encima abordada con un plano fijo picado en el que son los dos especialistas los que realizan la labor más importante por medio de la realización física de una coreografía más bien pobre, estática y algo rácana.




Aunque en su estreno no fue recibida con excesivas alabanzas, ya hemos mencionado la decepción que supuso para cierto sector de los espectadores, El Protegido ha ido ganando un gran número de adeptos dispuestos no sólo a revalorizarla como producto cinematográfico o la mejor obra de un cineasta prematuramente caído en desgracia, sino también como una de las películas estandarte centrada en el mundo superheróico sin estar inspirada en cómic alguno. Tras su estreno M. Night Shyamalan fue creando productos cada vez menos compactos y cohesionados, aunque siempre con fogonazos de su talento, perdiendo gradualmente el favor de la taquilla y convirtiéndose en el punching ball de la prensa especializada tanto e su país como fuera del mismo. Cuando la historia de David Dunn y su archienemigo Elijah Price ya sólo era un recuerdo lejano en 2016 su creador unió fuerzas con el productor Jason Blum para rodar Múltiple (Split), la historia de un asesino en serie y secuestrador protagonizada por James McAvoy, Anya Taylor Joy y Betty Buckley, entre otros, que en sus últimos segundos conectaba directamente con la obra que nos ocupa y a su vez tendía un puente con la reciente y memorable Glass, última entrega de esta personalísima trilogía.


Múltiple (2016)



Título Original Split (2016)
Director M. Night Shyamalan
Guión M. Night Shyamalan
Reparto James McAvoy, Anya Taylor Joy, Betty Buckley, Brad William Henke, Haley Lu Richardson, Sterling K. Brown, Kim Director, Sebastian Arcelus, Lyne Renee, Neal Huff, Jessica Sula, Maria Breyman, Steven Dennis, Peter Patrikios, Matthew Nadu





Después de años convertido en “veneno para la taquilla” y siendo vilipendiado por crítica y público con todos y cada uno de sus proyectos entre los que se encuentran El Bosque (The Village), La Joven del Agua, El Incidente, The Last Airbender o After Earth (en la promoción de este último incluso se ocultó en la medida de lo posible su nombre para que no destacase en manera alguna) en 2015 con la, más o menos, independiente y humilde La Visita el cineasta norteamericano de origen hindú M.Night Shyamalan parecía volver a recuperar el norte y dar considerables muestras de seguir siendo aquel director que revolucionó Hollywood en las postrimerías del siglo XX con piezas como El Sexto Sentido o El Protegido (Unbreakable) Dicha cinta en formato found footage protagonizada por dos peculiares ancianos y moviéndose a placer entre el terror y la comedia negra supuso una luz al fondo del oscuro túnel en el que estaba convirtiéndose la carrera de su creador. Múltiple, Split en su título original, su último trabajo detrás de las cámaras producido en colaboración con Blumhouse (hogar de sagas como Insidious o Paranormal Activity) y protagonizado por James McAvoy, las jóvenes actrices Anya Taylor Joy, Haley Lu Richardson, Jessica Sula o la veterana Betty Buckley es la confirmación de que el autor de Señales por fin vuelve al buen camino tras más de una década en la que llegó a convertirse (unas veces de manera justa, otras no) en la risión de la industria,  ofreciendo de nuevo piezas destacables y haciendo honor a su talento como narrador de historias.





El punto de partida de Split es genérico y lo hemos visto millones de veces, en ese sentido la cinta no inventa nada. Tres chicas adolescentes son secuestradas por Kevin, un hombre que sufre un desdoblamiento de nada más y nada menos que 23 personalidades entre las que se encuentran las del enfermizo Dennis, obsesionado con la suciedad, una mujer posesiva llamada Patricia, un diseñador de moda que responde al nombre de Barry o Hedwig, un niño de nueve años. Varias de esas personalidades advierten al resto de personajes la próxima llegada de una nueva, la número 24, conocida como “La Bestia”, cuya naturaleza no parece humana y pondrá en peligro la integridad física del trío de adolescentes secuestradas por Kevin. Esta es la premisa del largometaje, y como acabamos de mencionar tiene poco de original, pero M. Night Shyamalan se guarda unos cuantos ases en la manga (no refiriéndonos sólo al famoso twist que rara vez falta en sus films, aquí también haciendo acto de presencia) permitiendo aumentar exponencialmente la sencilla naturaleza de thriller adscrita a Múltiple para convertirlo en una criatura multiforme adentrándose en distintos tipos de géneros cinematográficos que funcionan en prácticamente todas sus vertientes.




Múltiple, al igual que La Visita, arregla uno de los problemas más graves que arrastraban los últimos trabajos de M.Night Shyamalan, la incosistencia de sus guiones. Ya que en cuanto a puesta en escena el cineasta de origen hindú siempre ha dado muestras de poderosa inventiva y una peculiaridad cinemática fuera de toda duda hasta en sus horas más bajas. La escritura del último largometraje del norteamericano esta sustentada en la sutilidad, la sugestión más que la explicitud, la elegancia y el control del tempo narrativo. Tres tramas avanzan paralelas en Split. La centrada en el confinamiento y asedio al que el personaje protagonista somete a las chicas secuestradas, la amparada en la relación de este con su psiquiatra, la Doctora Fletcher, y la que por medio de flashbacks nos enseña un momento concreto de la infancia del personaje de Casey que define su presente y actos durante su encarcelamiento. Salvo un par de momentos en los que la subtrama de la psiquiatra se entrega a cierta dejadez, bajando el ritmo del metraje, este discurrir de las tres historias muestra una cohesión narrativa magnífica, apelando siempre, como ya hemos apuntado, a una realización tan sólida como vibrante, con algunos planos brillantes recordándonos al mejor M. Night Shyamalan y un reparto muy solvente comandado por un James McAvoy en el que nos detendremos más adelante por motivos obvios.




Múltiple es una producción tan consecuente consigo misma que retratando a un personaje con varias personalidades también se aventura en la feliz idea de ser tres películas en una. La primera, que abarca la mayor parte del metraje es una cinta de intriga creciéndose a la hora de entregarse sin miramientos a la violencia psicológica y a la claustrofobia experimentada por las tres co protagonistas al verse encerradas en una localización desconocida a manos de un hombre totalmente perturbado con el que Shyamalan se adentra en teorías científicas sobre la complejidad de la mente y cómo esta puede llegar a someter al cuerpo humano. La segunda toma lugar en la media hora final convirtiendo el proyecto en una obra de terror puro. Algo perceptible no sólo en los acontecimientos a los que asistimos en pantalla, sino también en la puesta en escena de Shyamalan pasando de la elegancia y planificación meticulosa previa a una visceralidad cruda, peligrosa, aumentando de manera notable la incomodidad del espectador con respecto al devenir de acontecimientos dentro del argumento. La última, que realmente no es tal, tiene lugar en la escena final de la cinta. El famoso giro “made in Shyamalan”, que la redefine completamente, haciéndonos replantearnos todo lo visto. No porque se nos haya escapado algo, sino porque las intenciones y el fin del autor no eran los que esperábamos. Aunque a lo largo de toda la película va dejando pistas, pero la idea era demasiado brillante para que el espectador acabara aceptándola.




Al buen hacer en el guión y la dirección por parte de un M. Night Shyamalan al que hacía años no veíamos tan competente se une su mayor cómplice para que Split salga adelante como atípico experimento cinematográfico dentro de la industria de Hollywood. El escocés James McAvoy deja de lado su perfil heróico y de hombre íntegro (que sólo ha abandonado en puntuales ocasiones, como en Filth) para enfundarse la(s) piel(es) de un rol que abordado inadecuadamente podría haber caído en el mayor de los ridículos por culpa de la sobreactuación, la impostura o el dramatismo mal digerido. Por suerte nuestro Charles Xavier ofrece todo un recital de composición a la hora de dar vida a su poliédrica criatura hasta tal punto, no sólo de parecer distintas personas confinadas en una sola, sino también sumergiéndonos en la fisicidad que confirma el desdoblamiento del protagonista cuando la platea llega a pensar que Dennis, Hedwig, Patricia o Barry son personas diferentes interactuando entre ellas en la misma localización orgánica. La entrega del protagonista de Atonement o Trance llega a cotas de explicitud salvajes en la recta final del metraje, cuando el dominio de su lenguaje corporal y potencia física rigen el núcleo narrativo del clímax dando el golpe de gracia a una labor interpretativa tan mayúscula que llega eclipsar el remarcable trabajo de sus compañeras de pantalla, Destacando una muy convincente Anya Taylor Joy (La Bruja) como Casey y una soberbia Betty Buckley (Carrie) como la Doctora Fletcher.




Múltiple confirma la recuperación de un M. Night Shyamalan que ha vuelto a ganarse el favor del público y gran parte de la crítica demostrando encontrarse más cómodo abordando proyectos medianamente independientes en los que cuenta con menos presupuesto, pero más control artístico. La naturaleza humilde (sólo en apariencia, ese giro final la revela como un proyecto más ambicioso de lo que parece por motivos lógicos) de su último trabajo detrás de las cámaras ha jugado totalmente a su favor y él ha sabido, una vez más después de La Visita, aprovechar la oportunidad para reverdecer unos laureles completamente secos desde hace más de una década. Después de años de varapalos de la prensa especializada, una taquilla que le daba la espalda y unos premios Razzie cebándose con él de manera desmesurada hoy podemos decir que hay futuro en la carrera de uno de los directores que mejor representan cuán caprichoso puede ser el mundo de Hollywood. Capaz de encumbrar en tiempo récord a un cineasta que con sólo dos películas más tras su primer gran éxito se introdujo en un pozo sin fondo de proyectos fallidos o incomprendidos (el que esto suscribe sigue viendo magia en La Joven del Agua y disfruta mucho de The Last Airbender) del que le ha costado mucho salir y en el que esperemos nunca vuelva a caer.


Glass (2019)



Título Original Glass (2019)
Director M. Night Shyamalan
Guión M. Night Shyamalan
Reparto James McAvoy, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Shayna Ryan, Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard, Luke Kirby, Rob Yang, Brian Donahue, Adam David Thompson, Marisa Brown, Kyli Zion




La última, y sorprendente, escena de Múltiple (Split) nos dejaba clara la veracidad de aquel rumor que invadió la red en la época de su estreno internacional convertido casi en un secreto a voces. La aparición en forma de cameo del David Dunn al que dio vida Bruce Willis en El Protegido (Unbreakable) mencionando el nombre de Mr Glass convertía la cinta protagonizada por un desdoblado James McAvoy en una especie de spin off o secuela localizada en el mismo microcosmos ficcional de la cuarta, y posiblemente mejor, película del cineasta M. Night Shyamalan. Tras el buen recibimiento de su último trabajo y una vez desvelado el secreto escondido en el final de su metraje el hindú anunció su intención de convertir dicho díptico en una trilogía sumándole una última entrega en la que recuperaría a los personajes de David Dunn y Mr Glass para verse las caras con Kevin/La Horda/La Bestia y cuyo estreno se situaría a finales de 2018 o inicios de 2019. Para llevar acabo el proyecto volvería a unir fuerzas con Jason Blum, máximo responsable de la productora Blumhouse y encargado de financiar sus últimos largometrajes. El rodaje se llevó a cabo entre octubre de 2017 y febrero de 2018, principalmente en Philadelphia, y en su reparto contó, además de con los inevitables Bruce Willis, Samuel L Jackson y James McAvoy, con secundarios como Sarah Paulson (American Horror Story) o Spencer Treat Clark y Charlayne Woodward, recuperando sus roles de Unbreakable, y Anya Taylor-Joy, haciendo lo propio con el que dio vida en Split.




Unos días antes de su puesta de largo internacional, el 18 de enero, comenzaron a llegar las primeras impresiones de la crítica americana sobre la película y poco después las españolas. Mientras en Estados Unidos y latinoamérica eran mayoritariamente negativas y nada amables con la obra en España los elogios hacia ella y la labor de su autor no se hicieron esperar. Ante el dilema de hacer caso a unos u otros, con un notorio contraste entre furibundos detractores y amantes incondicionales del guionista de Stuart Little, recurrimos a lo más obvio en estos casos. Ver la película por nuestra cuenta y sacar conclusiones sobre ella. Si hacemos caso a las declaraciones de M. Night Shyamalan durante la promoción de Glass esta será la última entrega de una saga que finalmente será oficializada como una trilogía. Si esto es cierto el cierre de lo que ya se conoce como la Eastrail 177 Trilogy no sólo está a la altura de las circunstancias, sino que se revela como la despedida ideal de este microcosmos con el que el director de El Bosque (The Woods) ofrece sincero tributo al mundo de la viñeta superheróica. Una propuesta potente, emocionante e imperfecta repleta de hallazgos, resoluciones visuales memorables y un uso del metalenguaje y la simbología como conductores de muchas de las inquietudes autorales de un talentoso artesano viviendo actualmente una segunda vida profesional sustentada en la autoconsciencia y esa necesaria humildad que ha salvado su carrera.




Contrariamente a lo que se ha insinuado en la promoción y los trailers Glass no comienza en el psiquiátrico en el que se ven confinados Elijah Price, Kevin y David Dunn, ya que estos últimos se encuentran en libertad y sólo el personaje de Samuel L. Jackson permanece allí como nos hizo entender el cartel que ponía cierre a El Protegido (Unbreakable). De manera que la última producción de M. Night Shyamalan dedica sus primeros compases a localizar espaciotemporalmente a las criaturas de Bruce Willis y James McAvoy, hacerlos interactuar por primera vez en pantalla y explicar el motivo por el que son ingresados en el sanatorio mental. Este arranque vigoroso, inteligente, bien construido y sólo empañado ligeramente por unas secuencias de acción físicas poco competentes, la eterna asignatura pendiente del autor de El Incidente, pone en entredicho esa declaración extendida por la red de que la primera hora de Glass es bastante lenta y notablemente aburrida. Nada más alejado de la realidad en este caso. El guionista y director pone las fichas sobre el tablero apelando a una inteligencia fuera de toda duda a la hora de crear expectación y contextualizar el tono de obra bífida aunando sus dos maneras de entender la realización cinematográfica, algo en lo que incidiremos a continuación, y haciendo chocar como una pareja de trenes, nunca mejor dicho, a dos de los personajes más icónicos de su filmografía.




Esta afirmación viene dada debido a que un servidor defiende, y creo no encontrarme sólo con esta teoría por lo leído y visto en la red, que la puesta en escena de M. Night Shyamalan ha cambiado con el paso de los años, notándose especialmente en sus últimos trabajos. Aquella meticulosidad, cadencia, descompresión narrativa o tempo reposado para que cada plano pudiera respirar en pantalla de sus primeros films populares ha ido desapareciendo y mutando en algo más visceral, directo y mucho menos propenso al minimalismo y la simbología. Pero en Glass cristaliza, como no podía ser menos, la feliz idea de mutar estos dos estilos por parte de su creador a la hora de acometer su manera de entender el medio cinematográfico. Por ello en su último trabajo se produce una interacción entre esos dos M. Night Shyamalan. El autor lo ejecuta siguiendo los pasos de David Dunn y su hijo (ejerciendo este como una especie de Alfred Pennyworth u Oráculo de su padre) con una visión mesurada o contenida y paralelamente acentuando la tensión, el peligro constante y la imprevisibilidad al centrarse en la subtrama de Kevin. Cuando héroe y villano se encuentran por primera vez, tiene lugar el “crossover”, y se enfrentan físicamente Glass condensa y amalgama estas perspectivas antagónicas para dar forma a un producto más rico, ecléctico y con múltiples posibilidades argumentales posteriormente desarrolladas y cohesionadas cuando Mr Glass, nuestro metanarrador, entra en escena y da forma al triángulo sobre el que se construirá la segunda mitad de la película.




En el momento en que la trama se localiza en la institución mental Glass se convierte en una película de personajes y ahí es donde encuentra una de sus mayores fortalezas. Cuando el trío de protagonistas se ve confinado en dicho emplazamiento y dan inicio las sesiones impartidas por la doctora Ellie Staple, especializada en delirios de grandeza, la película comienza a desplegar su abanico de posibilidades narrativas especialmente localizadas en Mr Glass, clave para entender el film y todo su trasfondo. Para dar profundidad a sus tres “superhombres” Shyamalan recupera tres secundarios pertenecientes a los dos films previos siendo estos de vital importancia para el desarrollo de acontecimientos durante el segundo y, sobre todo, tercer acto. Por un lado Joseph, el hijo de David Dunn, ejercerá como defensor de la naturaleza sobrenatural de su padre, por otro Mrs Price repetirá su rol de madre abnegada creyente en la buena voluntad de Elijah ya interpretado en El Protegido y Casey Cooke acabará covirtiéndose en él único anclaje con la realidad y la estabilidad psicológica de Kevin. Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard y Anya Taylor-Joy consiguen con su labor potenciar la de sus familiares y allegados en la ficción, enriqueciendo las composiciones ejecutadas por estos con un pletórico James McAvoy devorando cada encuadre, un carismático Samuel L. Jackson abordando un “villano” repleto de giros argumentales y sorpresas o un Bruce Wills contenido, vulnerable, cercano, pero en gran parte eclipsado por sus compañeros. Nota aparte para Sarah Paulson, abordando con notable eficiencia a esa entregada psiquiatra que afirma no creer en los supuestos poderes de sus pacientes.




La recta final de Glass es una declaración de principios por parte de M. Night Shyamalan. Una reafirmación de la idiosincrasia adscrita a sus personajes como seres excepcionales cuya presencia en nuestra sociedad se antoja necesaria por mucho que haya quien quiera eliminarlos, como si “la realidad” intentara ahogar a “la ficción” hasta hacerla exhalar su último hálito de vida. Por medio de un simbolismo nada críptico el guionista y director reflexiona sobre los cómics, esta trilogía, su carrera o el lugar que ocupa como narrador de historias en Hollywood actual. Apelando así a temas recurrentes de su cine como la fe, la redención o ese “gran poder que conlleva grandes responsabilidades” volviendo a remitirnos al mundo de las viñetas. El círculo se cierra en el instante en el que nuestro demiurgo particular es testigo de la reinterpretación real, gracias a sus dos creaciones y el enfrentamiento final compartido por ambos, de la portada de aquel Active Cómics #1 que lo cambió todo para él. Con Glass termina ese trayecto iniciado hace casi veinte años con el descarrilamiento del Eastrail 177 y se despide en esa estación donde somos testigos de la imposibilidad de poner barreras a la imaginación, a nuestra capacidad de viajar a otros universos, a aquello que promulgaba Luis Buñuel sobre crear ficción porque “este en el que vivimos no es el mejor de los mundos”. El viaje del héroe es tanto cíclico como atemporal y no hay dosis de realidad capaz de arrebatarnos algo tan valioso.



jueves, 31 de enero de 2019

Spider-Man: Un Nuevo Universo



Título Original Spider-Man: Into the Spider-Verse (2018)
Director Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman
Guión Phil Lord, Rodney Rothman,






A nadie se le escapa que lo mejor de una cinta tan mediocre como Venom era su segunda escena post créditos. En aquella secuencia escapábamos de la dimensión en la que el Eddie Brock de Tom Hardy y el simbionte alienígena protagonizaban una inesperada, e improbable, comedia gamberra de adolescentes para visitar una New York animada en la que nos encontrábamos con Miles Morales y Peter Parker. Dicho pasaje no dejaba de ser una promo para dar publicidad al próximo proyecto protagonizado por nuestro amistoso vecino Spider-Man. En esta ocasión, y como ya hemos adelantado, se trataba de una película de animación que, en una arriesgada propuesta, no iba a estar protagonizada por el más famoso alter ego del Hombre Araña, sino por su sustituto en la línea Ultimate de Marvel Cómics, el también referenciado Miles Morales. De manera que nos enfrentamos con la adaptación en pantalla grande más atípica del Hombre Araña y no de fácil accesibilidad para el espectador neófito desconocedor de los cómics.




Spider-Man: Un Nuevo Universo, o Spider-Man Into the Spider-verse en su título original, tiene la peculiaridad de ser una cinta impulsada por Sony Pictures Animation en colaboración con Marvel Animation, pero dejando recaer la responsabilidad de su gestación en Chris Miller y Phil Lord, guionistas y directores de culto de obras tan divertidas como La LEGO Película, o los dípticos Lluvia de Albóndigas y 21/22 Jump Street. Sí, esta cinta animada es el proyecto en el que Miller y Lord se embarcaron cuando Disney y Lucasfilm les dieron la patada de Han Solo: Una Historia de Star Wars y viendo la recaudación o aceptación general conseguida por una y otra obra queda claro quienes fueron los beneficiados por aquel despido. Con ambos como productores, Lord co escribiendo el guión junto Rodney Rothman y este último encargándose de la dirección junto a Bob Persichetti y Peter Ramsey el film llegaba a pantallas de todo el mundo el mes de diciembre del pasado año 2018.




Las principales fuentes de inspiración de Spider-Man: Un Nuevo Universo son la colección Ultimate Spider-Man, de Brian Michael Bendis y Sara Pichelli, y el evento Spider-verse, a manos de Dan Slott, Olivier Coipel y Giuseppe Camuncoli. Amalgamando ambos trabajos Phil Lord y Rodney Rothman crean un relato centrado en Miles Morales viéndose, después de un hecho trágico, envuelto en una trama en la que deberá compartir lucha contra el crimen con otras cinco versiones de Spider-Man venidas de distintas dimensiones para desbaratar los planes de Kingpin. Esta es la trama del largometraje y desde la publicación de sus primeras promos sorprendió que Sony Pictures Animation tuviera el valor de poner en escena tantos personajes de las viñetas que nunca habían conocido contrapartidas audiovisuales protagonistas dentro de un largometraje para las multisalas, dirigido este a un público masivo. El resultado final ha superado todas las expectativas depositadas en una película brillante en cualquiera de sus aspectos.




Cuando el 2018 llegaba a su fin y parecía que no íbamos a encontrarnos con ninguna otra película de superhéroes destacable Spider-Man: Into the Spider-verse irrumpió en la cartelera internacional para demostrarnos cuán equivocados estábamos. Festival visual de virtuosismo técnico, amalgama argumental capaz de ensamblar de manera coherente las distintas variantes dimensionales de Spider-Man en las viñetas, homenaje a un icono que no entiende de razas, género o clase social y tributo merecido a los dos padres de la criatura. Stan Lee y Steve Ditko, fallecidos el pasado año. La cinta de Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman es todo eso y mucho más. Desde su mismo arranque no sólo elude ser abordada como una obra independiente, sino que introduce en su continuidad todas las aventuras cinematográficas en imagen real del personaje antes de su salto a Marvel Studios. De esta manera parece que nos encontramos con "un episodio más" en el seno de las traslaciones cinematográficas del trepamuros, pero realmente no esa sí.




Spiderman: Un Nuevo Universo es puro cómic. No sólo por su relato en el que se condensa prácticamente todo el imaginario relacionado con sus protagonistas, sino también por la puesta en escena con la que sus directores han decidido acometer el proyecto. Distinto tipo de animación para cada uno de los personajes o pasajes del largometraje o uso de viñetas y onomatopeyas mezcladas con el uso recurrentes de mensajes de texto de teléfono móvil para localizar un relato de resonancias clásicas en un contexto espaciotemporal contemporáneo, para que todo tipo de espectador pueda identificarse con las criaturas que lo pueblan y las situaciones en las que se ven implicados. Todos los apartados en la obra han sido elaborados con un cariño, una minuciosidad, un virtuosismo y una fidelidad a las distintas fuentes de inspiración secuencial que sólo nos queda quitarnos el sombrero ante una propuesta tan descomunalmente satisfactoria como esta, confirmado el acierto por parte de Sony a la hora de ofrecer este proyecto a Phil Lord, Chris Miller y compañía.




Miles Morales, Peter Parker, Gwen Stacy, Spider-Ham, Peni Parker y Spider-Man: Noir son los protagonistas principales del film, a los que habría que sumar los padres y el tío del primero. Aunque la mayor parte del peso recae sobre Morales y Parker, siendo ellos poseedores de una personalidad más definida, todos y cada uno de los secundarios arácnidos son propensos a crear un vínculo empático con el espectador que lo tiene muy fácil para enamorarse de ellos y las situaciones planteadas por sus acciones a lo largo del metraje. Dentro de los villanos, y sin desvelar la inesperada aparición de varios de ellos, cabe mencionar a un Kingpin amenazador e inquietante cuyo diseño parece arrancado de las páginas de cualquier aproximación a Wilson Fisk ejecutada por el mítico ilustrador Bill Sienkiewicz (Daredevil: Amor y Guerra, Elektra: Asesina) y cuya crueldad es fiel reflejo de la destilada por su contrapartida en las viñetas.




Repleta de referencias a universo de Marvel Cómics que harán las delicias de los fans de la editorial, ejecutada con una animación de factura intachable, con un guión contenedor de hallazgos narrativos cada diez segundos, unos personajes carismáticos o cercanos y sólo pecando de excesiva en su clímax final por la aparatosidad de sus secuencias de acción Spider-Man: Un Nuevo Universo no sólo es la mejor película superheróica en el año en el que hemos disfrutado, en mayor o menor medida, de piezas como Vengadores: Infinity War, Deadpool 2, Aquaman, Black Panther o Venom. También es la más destacada, y fiel, adaptación cinematográfica de Spider-Man, no ya como personaje o héroe, sino como icono de la cultura pop. Sólo queda dar gracias a Sony Pictures Animation y Marvel Animation, a Chris Miller, Phil Lord y al resto de responsables de la cinta. Pero sobre todo a Stan y Steve, aquellos autores capaces de crear un personaje con el que cualquier adolescente, independientemente de la generación a la que pertenezca, puede identificarse gracias a la humanidad indivisible a su personalidad.



sábado, 26 de enero de 2019

Titanes: Temporada 1, ¿quién vigila a los vigilantes?



"A veces, cuando noto la oscuridad, me siento bien"




El streaming está de moda. Netflix, Amazon Prime Video, HBO o Filmin, entre otras, confirman que usuarios de todo el mundo no tienen problema en pagar una mensualidad por abonarse a plataformas capaces de proporcionarles copioso y variado contenido audiovisual, ya sea cinematográfico o "televisivo". Por eso algunas de las majors más importantes de Hollywood han tomado nota y después de colaborar con varias de ellas han decidido crear las suyas propias como sucederá en un futuro próximo con Disney y ya ocurre, al menos en Estados Unidos, con Warner Bros Pictures. Esta última productora ha puesto en marcha una llamada DC Universe, que sirve como contenedor de toda la ficción audiovisual inspirada en la famosa editorial de cómics estadounidense de cuyos derechos es propietaria. Pero la producción propia estrella de dicha plataforma, y su carta de presentación, ha sido una serie que en nuestro país puede verse en la ya citada Netflix.




Titanes, como su propio nombre indica, es una adaptación, la primera en imagen real, de las aventuras en viñetas del grupo Jóvenes Titanes creado por el guionista Bob Haney y el dibujante Bruno Premiani en las páginas de The Brave and the Bold Vol 1 #54 (1964) y encumbrado por el brillante tándem formado por  Marv Wolfman y George Perez durante la década de los 80 y 90. En las antípodas de las versiones animadas de los personajes, Teen Titans y Teen Titans Go!, diseñadas para todos los públicos esta nueva Titans se dirige a un público adulto ofreciendo una versión mucho más oscura, urbana y brutal del equipo liderado por el alter ego supeheróico de Dick Grayson. Los encargados de poner en marcha la serie son el experto en series inspiradas en personajes de DC Comics Greg Berlanti (Supergirl, Arrow, The Flash), el productor Akiva Goldsman (Una Mente Maravillosa) y el guionista Geoff Johns, uno de los pesos pesados de la editorial estadounidense.




Vayan por delante dos afirmaciones con respecto a Titanes que dejaremos claras desde el principio. No, esta no es una adaptación fiel de los personajes de las viñetas, de hecho están en las antípodas del sense of wonder de aquellas que transmitieron durante años Marv Wolfman y George Pérez. De modo que si alguien busca los superhéroes de su infancia o adolescencia en esta serie puede salir, no sólo decepcionado, sino bastante furioso de la experiencia. No, Titanes no es una gran serie, es bastante montonera si la comparamos con la gran cantidad de producción audiovisual con la que nos asedian diariamente, pero dentro de su género destaca sobre varias de ellas gracias a algunos hallazgos y virtudes que un servidor no esperaba descubrir en una pieza de esta naturaleza tan intrascendente y superflua. Me he encontrado con once entregas de un proyecto divertido, interesante, fruicioso y salvable en bastantes aspectos, aunque nunca dejando de ser una medianía como ficción.




Titans es como un cómic en el que el Frank Miller de su última época, el de All Star Batman y Robin o Holy Terror, se ocupara del guión y David Finch del dibujo. Hablamos de una oda al grimm and gritty casi sin miramientos, con un ojo en el Alan Moore de Watchmen y otro en el Zack Snyder que llevó esa, y otras, historias en viñetas al cine, como las basadas en DC Cómics e las que se involucró. Evidentemente la serie no copia descaradamente la puesta en escena del autor de 300 o Amanecer de los Muertos, pero anida en su interior esa predisposición por la oscuridad y el lado más siniestro de los vigilantes enmascarados. En ese sentido he traído a colación la opus magna de Moore y Gibbons porque, salvando los millones de años luz que separan ambos productos, hay en Titans también una sana intención por indagar en el viraje hacia la violencia descontrolada en la que se sumergen los superhéroes una vez entregan su vida a luchar contra el crimen, reflejado en ese Dick Grayson que no puede librarse, en sentido figurado y literal, de la sombra de Batman.




Brad Anderson, director de productos interesantes como El Maquinista o Session 9 reconvertido en eficiente artesano televisivo, se ocupa de dar empaque a la serie encargándose de los dos primeros episodios. Su punto fuerte son las elaboradas coreografías de lucha, bastante eficientes, y el flaco unos CGI mayoritariamente penosos, aunque con algún fogonazo de eficacia. En el proceso insufla una snyderización, dosificando mucho más el slow motion, que tendrá continuidad en la labor de los encargados de dirigir el resto de episodios, entre ellos el mismo Akiva Goldsman. Desde ese punto de vista, y sin ser una producción destacable en manera alguna, sí es mucho más efectiva técnicamente que la mayoría de series diseñadas por el tándem Marvel/Netflix como Luke Cage, Jessica Jones o Iron Fist. Tiene un ritmo endiablado, entretiene en todo momento, pero, una vez más peca de ser una infiel adaptación de los personajes que la protagonizan cuando hay en ella más reminiscencias a las películas de X-Men que a los mismo cómics de Teen Titanes.




El reparto, simplemente cumplidor. Actores desconocidos que tienen la suerte de encontrar en el guión arcos argumentales centrados en sus roles que los hacen interesantes y con ciertos claroscuros, no demasiado elaborados, pero igualmente agradecidos. Robin, Raven, Starfire o Beast Boy son los principales miembros del grupo sobre los que basculan las distintas subtramas uniéndose a ellos Hawk y Dove protagonizando dos interesantes episodios, sobre todo el segundo, con el que dan una acertada profundidad psicológica a ambos. Con un cast tan limitado es lógico que desde una perspectiva artística la serie se quede a medio gas y no porque los actores eludan esforzarse a la hora de acometer su trabajo, sino porque no pueden dar más de sí mismos, Ya veremos si una adecuada evolución a lo largo de próximas temporadas les permite enriquecer su trabajo delante de las cámaras, pero por ahora no pasa del suficiente a un nivel general.




Titanes es un producto estimable, que satisfará a numerosos espectadores con ganas de ver una serie de superhéroes algo más brutal con personajes de DC Comics como protagonistas y a fans de la editorial con la mente abierta (o más tragaderas, según a quién se pregunte) y casi seguro horrorizará a los seguidores más puristas de las aventuras en papel de los Jóvenes Titanes. Acción, humor, sadismo, un retrato bastante crítico y nada amable de Batman o su idiosincrasia como icono así como episodios dedicados a personajes a los que teníamos ganas de ver en imagen real como Wonder Girl, Jason Todd o la Doom Patrol (esta con futuro spin off en proceso de gestación) son los alicientes de la serie diseñada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Akiva Golgsman. Un atípico y arriesgado primer paso adelante para ir construyendo esa plataforma llamada DC Universe en la que también tendrán cabida otros productos como la Swamp Thing de James Wan, Stargirl o la ya citada traslación de las aventuras de la Patrulla Condenada 




miércoles, 23 de enero de 2019

Aquaman




Título Original Aquaman (2018)
Director James Wan
Guión David Leslie Johnson-McGoldrick, Will Beall, Geoff Johns, James Wanm basado en los cómics de Mort Weisinger y Paul Norris
Reparto Jason Momoa, Amber Heard, Patrick Wilson, Willem Dafoe, Nicole Kidman, Yahya Abdul-Mateen II, Temuera Morrison, Dolph Lundgren, Michael Beach, Ludi Lin, Graham McTavish,  Patrick Cox, Randall Park, Djimon Hounsou, Leigh Whannell, Sophia Forrest, Natalia Safran,  Tahlia Jade Holt




Después de la decepcionante recaudación de Liga de la Justicia y su más bien negativo recibimiento por parte de la crítica el Universo Extendido de DC Comics pendía de un hilo mientras varios de sus actores más importantes como Ben Affleck, Henry Cavill o Amy Adams, no confirmaban su permanencia en el mismo. DC Entertainment y Warner Bros se lo jugaban todo con su siguiente movimiento, la primera película protagonizada en solitario por Aquaman, el personaje creado en 1941 por el guionista Mort Weisinger y el dibujante Paul Norris, e interpretado en imagen real por el actor estadounidense Jason Momoa. Los productores no las tenían todas consigo ya que la presencia carismática y rotunda del protagonista de Conan: El Bárbaro (2011), sumada a la de sus compañeros de reparto, no sirvió para que la traslación audiovisual de la JLA consiguiera el éxito esperado a pesar de revelarse él como uno de los mayores alicientes del film iniciado por Zack Snyder y acabado por Joss Whedon.




Para acometer la complicada empresa de ponerse a los mandos del primer largometraje protagonizado por el alter ego superheróico y monárquico de Arthur Curry fue elegido James Wan, cineasta australiano, de origen malayo, experto en cine de terror al que debemos sagas como Saw, Insidious o Expediente Warren (The Conjuring) y sus spin offs. Seguramente fueron sus incursiones en las supuestas correrías sobrenaturales del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, producidas y distribuidas por Warner Bros, las que dieron pie a los responsables de Aquaman para elegirlo como sustituto de Zack Snyder. El acierto ha sido total en todos los sentidos. No sólo porque ha conseguido una pieza adherida al subgénero superheróico que funciona a distintos niveles y encarrila el futuro del UEDC, sino también por haber logrado con ello una recaudación internacional que, mientras escribo estas líneas, ha superado unos descomunales mil millones de dólares.




Aquaman es una peculiar amalgama de continuación cronológica del Universo Extendido de DC y  película de orígenes, aunque sin dedicar una gran parte del metraje a poner en escena la génesis del héroe protagonista del que ya conocemos algunos datos de su biografía gracias a films previos. Desde el minuto uno se nota que Warner Bros no ha escatimado gastos a la hora de convertir su última producción inspirada en los cómics de DC, pensando, quiero suponer, que puestos a meter la pata nada mejor que hacerlo por todo lo alto. Esto se percibe no sólo en la mastodóntica inversión en la creación de la obra, sino también en la notable libertad creativa que han dado a un James Wan dispuesto a desplegar toda una galería de personajes, criaturas y escenarios reales o digitales con la sana intención de no dejar nada en el tintero y epatar al espectador con un fuego de artificio tan ligero e intrascendente como potente, cohesionado y paradójicamente alocado o arriesgado.




Nos encontramos con delirio kitsch, una epopeya oceánica protagonizada por un carismático émulo en imagen real que, seamos sinceros, poco tiene que ver con el Aquaman de las viñetas. Ni siquiera con el más cercano y carismático ejecutado por guionistas como Peter David o Geoff Johns, este último colaborando en el guión de la película. Pero como blockbuster abraza de manera tan inmisericorde y suicida un sense of wonder pasado de frenada que ante semejante actitud kamikaze no podemos hacer otra cosa que rendirnos a los pies de James Wan. Mencionábamos que posiblemente la saga The Conjuring fuera importante para que el cineasta australiano fuera designado como realizador de Aquaman, pero sólo desde un punto de vista contractual. Porque sería más lógico que fuera su incursión en la saga Fast And Furious la que despertara el interés en Warner Bros por contratar a un cineasta que se desenvuelve con soltura tanto con presupuestos humildes como con maquinarias casi inabarcables como la adherida a este tipo de producción.




El autor de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) apela a una grandilocuencia que va tomando forma de manera gradual después de una faceta más minimalista a la hora de centrarse en la historia de amor prohibido de los padres de Arthur Curry. Pero en cuanto la primera espectacular secuencia de acción toma forma Aquaman va desplegando todas sus posibilidades, más visuales que narrativas, con la intención de no dar un respiro al espectador. El guión consigue mantener un competente equilibrio entre aventura deudora de Indiana Jones, Gladiator, Star Wars o Avatar y comedia algo simplista, pero agradable y efectiva en líneas generales, centrada en los personajes de Aquaman y Mera, los pilares sobre los que se sustenta un argumento mil veces visto incapaz de ofrecer nada nuevo dentro del subgénero al que se adscribe, aunque sabiendo transitar con eficacia y soltura los lugares comunes más representativos del mismo.




Entregándose sin miramientos al barroquismo hipertrófico James Wan y su equipo técnico se ponen como meta aprovechar hasta lo insultante los notables y copiosos efectos digitales que ponen a su disposición y de esta manera retratan un mundo oceánico de proporciones incomensurables, estética sobrecargada y monstruosidades a cual más enorme, llegando una de ellas a ser de un tamaño tan inmenso que no llega a verse nunca íntegra en pantalla. En el proceso los responsables del apartado visual de la propuesta diseñan una Atlantis rica en detalles, cromatismo, luminosidad y, para qué negarlo, horteradas por doquier. Todo ello compactado de manera encomiable para parecer, lógicamente, un cómic delirante, exagerado, histriónico que va a por todas sin hacer prisioneros y dando buenas muestras de lo que deberían haber sido, desde su inicio. las adaptaciones cinematográficas que conforman este Universo Extendido de DC.




Tampoco han sido en Warner Bros conservadores a la hora de contratar un reparto de primera para dar forma al equipo artístico de Aquaman. Nicole Kidman como Atlanna, Willem Dafoe en la piel escamada de Vulko, un inesperado Dolph Lundgren dando vida al Rey Nereus, Temuera Morrison abordando el papel de Tom Curry o un entregado Patrick Wilson ofreciendo físico y voz al Rey Orm demuestran, además de ser el séquito de excelentes interpretes que cubren las espaldas a los dos protagonistas principales, haberse divertido sobremanera durante la producción de la película. Pero son los Aquaman y Mera de Jason Momoa y Amber Heard los dos roles más destacados con una notable química en pantalla no atisbable adecuadamente en las breves escenas que ambos compartieron en Liga de la Justicia. Funcionando como pareja de héroes con poderes sobrenaturales repartiendo palizas a diestro y siniestro o como pareja sentimental con momentos cómicos propios de una screwball comedy de segunda regional, ellos son lo mejor del cast.




Aquaman ha supuesto un bálsamo para Warner Bros y DC Entertainment, el mejor posible ya que se ha convertido en la producción más rentable de cuantas han diseñado desde que la, ya controvertida, El Hombre de Acero (2013) diera el pistoletazo de salida a este microcosmos ficcional que, después de dar sus primeros pasos de manera trémula y apresurada. ha encontrado su camino gracias a las que debieron haber sido las dos películas siguientes al debut de Henry Cavill como Superman, esta Aquaman y Wonder Woman. Quedando atrás los malos tiempos, los de haber estado más pendientes de construir la casa por el tejado con la intención de ponerse a la altura de una Marvel Studios que construyendo su universo cinematográfico poco a poco y de manera gradual, la "Distinguida Competencia" ha abierto una senda que, esperemos, producciones como las próximas Shazam y Wonder Woman 84 sepan continuar para ofrecer la mejor versión en imagen real de los iconos del arte secuencial vinculados a la vida editorial DC Cómics.



domingo, 23 de diciembre de 2018

La Casa de Jack, architecture of aggression



Título Original The House That Jack Built (2018)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Reparto Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, Sofie Gråbøl, Siobhan Fallon, Ed Speleers, Osy Ikhile, David Bailie, Yu Ji-tae, Marijana Jankovic, Robert G. Slade





Después de siete años de veto por culpa de aquellas declaraciones en las que mostraba cierta simpatía y comprensión por Adolf Hitler, Lars Von Trier volvía este año al festival de Cannes con su último trabajo, The House That Jack Built, presentado en la sección oficial fuera de competición. Como era de esperar el regreso del cineasta danés a la croisette no pasó desapercibido y su nueva propuesta detrás de las cámaras fue la que levantó más polémica dentro del certamen francés. Según las reseñas de los distintos medios escritos se pudieron contar por decenas las personas que abandonaron la proyección del largometraje por culpa de su excesiva y desagradable violencia explícita. En este sentido no sé si un servidor se está volviendo un desalmado o un insensible, pero sin eludir que es una obra dura y sin concesiones a la hora de retratar las secuencias de asesinatos perpetrados por su protagonista, no veo en The House That Jack Built nada que pudiera escandalizar a quien haya visto previamente Anticristo, del mismo Von Trier. Obra con una violencia muchísimo más gráfica que la del film protagonizado por Matt Dillon.




Más allá de no parecerme, ni de lejos, un proyecto tan violento como se dijo en su momento muchos de los periodistas desplazados a Cannes se quedaron en la superficie de la propuesta de Lars Von Trier al visionarla e hicieron posteriormente unos análisis bastante cuestionables incidiendo siempre en su notoria virulencia y casi solo en ella. Fue después de su paso por el Festival de Sitges, certamen ducho en el cine más extremo y curado de espanto en este sentido, que empezaron a llegar las primeras reseñas del film abordado como obra cinematográfica, mirando más allá del sadismo, la crueldad y la hemoglobina. De esta manera aparecieron voces capaces de discernir que el último trabajo del director de Melancholia no era un slasher, sino una profunda y cínica reflexión sobre el arte y su propia carrera como director. Ahí es donde se encuentran los mayores hallazgos de The House That Jack Built y en ellos vamos a incidir a continuación. Aunque para hacerlo adecuadamente esta vez incluiremos spoilers muy importantes en la reseña.




La Casa de Jack, título dado al largometraje tanto en España como en algunos países de latinoamérica, expone por medio de flashbacks los doce años como asesino en serie de un ingeniero frustrado llamado Jack (Matt Dillon) durante la década de los 70 mientras narra los hechos a otro interlocutor llamado Vergue (Bruno Ganz). Jack dividirá su historia en cinco episodios, considerados por él "incidentes" importantes en su vida, a los que se añadirán finalmente un epílogo. En el proceso  defenderá la naturaleza artística de todos los asesinatos por él perpetrados a lo largo de más de una década comparándolos con la arquitectura, la pintura, la filosofía o la música, encontrando siempre una respuesta negativa por parte de un Vergue que en la recta final del film revelará su verdadera identidad al protagonista y al espectador. Además de a Matt Dillon y Bruno Ganz encontramos en el reparto a Uma Thurman (Nymphomaniac), Riley Keough (Mad Max: Furia en la Carretera), Sofie Gråbøl (Forbrydelsen), Siobhan Fallon (Dogville) o Jeremy Davis (Manderlay).




The House That Jack Built es, desde un punto de vista conceptual y narrativo, una continuación lógica del memorable díptico Nymphomaniac de 2013. Aunque en esta ocasión no seguimos los pasos de una mujer adicta al sexo como la interpretada por Charlotte Gainsbourg, sino los de un asesino en serie con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) al que da vida un pletórico Matt Dillon, volvemos a tener a dos interlocutores reflexionando sobre la vida de uno de ellos por medio de episodios y una realización que alterna la ficción con imágenes reales, estética documental, animaciones y hasta secuencias de otros largometrajes. De esta manera Lars Von Trier sigue fiel a la evolución experimentada por sus últimas producciones, pero esta vez la naturaleza reflexiva y catártica de su propuesta le permite jugar con una realización.mutante en consonancia con su intencionalidad artística, a la que volveremos más tarde para hablar del mensaje y el trasfondo de su más reciente trabajo como guionista y director.




"Creo que todo el buen arte ha sido creado bajo condiciones dictatoriales" comentaba Lars Von Trier en una interesante entrevista subida a YouTube por Lousianna Channel y dicha afirmación podría resumir su carrera cinematográfica. No han sido pocos los actores y técnicos que han tildado de tirano al cineasta danés y ahí tenemos Dogville Confessions, el interesante y completo making of de la película homónima, para demostrarlo. También las duras declaraciones cruzadas que mantuvo con la cantante islandesa Björk relacionadas con la labor compartida por ambos en la magistral Bailar en la Oscuridad. Este modus operandi a la hora de trabajar sobre el que ha construido toda su filmografía es sólo una de las ideas sobre las que reflexiona una pieza como The House That Jack Built. Porque sólo el ojo poco avispado y superficial no dilucidará encontrarse ante algo más ambicioso y trascendente que una película sobre las correrías criminales de un asesino en serie.




Con The House That Jack Built Lars Von Trier plantea una historia que posee muchos puntos en común con la inquietante Funny Games (1997). Con el largometraje del austriaco Michael Haneke comparte una autoconsciencia cinematográfica capaz de permitirle manipular las emociones del espectador, seña de identidad indivisible al discurso de ambos autores. Más allá de su subtexto la última película del autor de Rompiendo las Olas evidencia prematuramente su "irrealidad" porque como slasher no tiene pies ni cabeza. Entre policías desnortados, víctimas crédulas o de cortas entendederas y situaciones peligrosas con sempiterna inclinación por favorecer al protagonista nos queda claro que la elección del subgénero de asesinos en serie por parte del danés es simplemente una excusa narrativa para crear una analogía con su faceta artística. Jack es Lars Von Trier, la carrera criminal del protagonista la suya como director  y los asesinatos sus propias películas.




No es una elección arbitraría o baladí que Von Trier haya elegido un asesino en serie como su contrapartida ficcional en The House That Jack Built. Los que conocemos la obra del director nacido en Copenhage sabemos que violencia, misoginía, megalomanía, crueldad y el ya mencionado TOC no son sólo características de la personalidad de Jack, sino también de la suya. De esta manera la historia planteada se convierte en una confesión directa por parte de su máximo responsable, despojándose de manera impúdica de cualquier prejuicio, admitiendo quién es y cómo obra para expiar, por la vía dura, todos sus demonios y desmitificar el grueso de su obra como cineasta. Aquí reside el alma de La Casa de Jack, en esa valentía por parte de su autor a la hora de exponer de manera explícita todas sus manías, trastornos psicológicos, filias y fobias, para que el espectador pueda dictar sentencia sobre ellas si le place hacerlo y de paso dar la razón a muchas de las teorías de los detractores de su cine.




A lo largo de su tête à tête Jack y Vergue debaten sobre los paralelismos entre el asesinato a sangre fría y distintas disciplinas artísticas. Mientras el primero trata de razonar su punto de vista recibe normalmente del segundo una contrarréplica capaz de desmontar sus argumentaciones sin demasiado esfuerzo. Aquí es cuando Von Trier más se sincera con la platea, cuando el personaje de Vergue demuestra que todas sus teorías comparativas entre el arte y el crimen no se sostienen por su propio peso, como si fuera consciente de la endeblez de su ideario y sistema de valores personal, inevitablemente extrapolado a su faceta profesional. Por eso el personaje de Bruno Ganz no elude cuestionar su odio hacia las mujeres, su propensión a hacer sufrir al prójimo (¿sus actores?) en favor del arte, su inclinación por ejercer como "pequeño dictador" cuando realiza su trabajo o la frustración que le supone no llegar a ser la persona que le gustaría. Quedando reducido a un "ingeniero" eterno aspirante a "arquitecto.




En el proceso la intertextualidad expuesta por en el largometraje alcanza cotas de puro genio. No sólo es una obra que se cuestiona a sí misma como tal o capaz de realizar un análisis crítico de la carrera de su ideólogo. Von Trier decide ir más allá convirtiendo su más reciente film en una síntesis de su filmografía y su personalidad como creador. Ya hemos mencionado que The House That Jack Built evidencia una puesta en escena cambiante y esto es debido a que a lo largo de los 153 minutos de metraje se hace una cronología de la evolución experimentada por el estilo cinematográfico del danés a lo largo de los años. De los apuntes sórdidos de El Elemento del Crimen en los primeros compases del film pasamos a la grandilocuencia de Europa en muchos de los flashbacks sobre la infancia del protagonista, pasando por un realismo primario semejante al de Rompiendo las Olas y llegando a la estilización visual de sus últimos cuatro trabajos cuando el epílogo revela a Vergue como el Virgilio que llevará a  este peculiar Dante al infierno por medio de su casa construida con cadáveres, o lo que es lo mismo, la filmografía de Von Trier compuesta por sus películas. El arte como una puerta con acceso directo al averno.




Una vez nos encontramos en ese primitivo infierno arrancado de las páginas de La Divina Comedia y la obra pictórica de Eugène Delacroix Jack/Von Trier/Dante se enfrenta a su "juicio final personal" y Vergue no sólo se revela como un émulo de Virgilio, también nos representa a nosotros, los espectadores, como jueces inmisericordes que dejamos al "artista" abandonado a su suerte en su última y más complicada misión, resultante en fracaso. Justo cuando el fatídico destino abraza al protagonista los títulos de crédito en blanco y negro acariciados juguetonamente por una versión de Hit the Road Jack de Buster Poindexter traen consigo la ironía, otra de las señas de identidad, no sólo de The House That Jack Built, sino de gran parte de la obra de de Lars Von Trier. Porque más allá de su trasfondo metafísico y metafórico nos encontramos con un proyecto construido sobre el humor. Uno muy negro, políticamente incorrecto y hasta ofensivo para cierto sector del público que puede ver herida su sensibilidad a lo largo de las situaciones planteadas por el guionista y director.




La Casa de Jack es también una gran broma, un ejercicio de cinismo con el que Lars Von Trier se quita importancia a sí mismo de manera nada sutil o autocomplaciente. Asesinatos de mujeres, niños, animales o el disparatado ritualismo para llevarlos a cabo, el uso del tema Fame de David Bowie como uno de los leit motivs musicales de la película, la parodia continua del videoclip del tema Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan, la desaparición gradual del TOC del protagonista a medida que se va sintiendo "más cómodo" matando personas, la peculiar sesión de taxidermia, toda la secuencia del personaje de Riley Keough o que sus referencias narrativas y visuales eludan a los maestros del cine europeo y encuentren inspiración en productos, más o menos, exploits como La Última Casa a la Izquierda (1972), Henry: Retrato de Un Asesino (1990) u Ocurrió Cerca de Su Casa (1992) dejan clara la intención por parte de Von Trier de no tomarse a sí mismo, ni a su obra, demasiado en serio. Llegando incluso a transmitir al espectador la, más que viable y asumible, posibilidad de estar riéndose de él en su propia cara.




Hace años que Lars Von Trier perdió el título de director prestigioso alabado por la crítica y los festivales internacionales. Sus últimos trabajos, brillantes desde mi punto de vista, son más reconocidos por su controversia que por sus no pocas virtudes y con la obra presente sucedió algo parecido durante su puesta de largo internacional. Demasiado violenta para los amantes del cine de autor, excesivamente profunda para los seguidores del slasher, The House That Jack Built está lejos de ser la mejor película de su creador, pero tiene los suficientes hallazgos para ser tenida en cuenta como una de las más interesantes propuestas del 2018 que, curiosamente, no verá la luz en España hasta enero del próximo año. Genio o trilero, veterano en plena madurez o niño cada vez más caprichoso, visionaro o vendehumos. todo eso y muchas cosas más es Lars Von Trier. Un tipo talentoso, repelente y egocéntrico que esperamos siga golpeándonos con su cine por muchos años más.