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domingo, 23 de diciembre de 2018

La Casa de Jack, architecture of aggression



Título Original The House That Jack Built (2018)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Reparto Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, Sofie Gråbøl, Siobhan Fallon, Ed Speleers, Osy Ikhile, David Bailie, Yu Ji-tae, Marijana Jankovic, Robert G. Slade





Después de siete años de veto por culpa de aquellas declaraciones en las que mostraba cierta simpatía y comprensión por Adolf Hitler, Lars Von Trier volvía este año al festival de Cannes con su último trabajo, The House That Jack Built, presentado en la sección oficial fuera de competición. Como era de esperar el regreso del cineasta danés a la croisette no pasó desapercibido y su nueva propuesta detrás de las cámaras fue la que levantó más polémica dentro del certamen francés. Según las reseñas de los distintos medios escritos se pudieron contar por decenas las personas que abandonaron la proyección del largometraje por culpa de su excesiva y desagradable violencia explícita. En este sentido no sé si un servidor se está volviendo un desalmado o un insensible, pero sin eludir que es una obra dura y sin concesiones a la hora de retratar las secuencias de asesinatos perpetrados por su protagonista, no veo en The House That Jack Built nada que pudiera escandalizar a quien haya visto previamente Anticristo, del mismo Von Trier. Obra con una violencia muchísimo más gráfica que la del film protagonizado por Matt Dillon.




Más allá de no parecerme, ni de lejos, un proyecto tan violento como se dijo en su momento muchos de los periodistas desplazados a Cannes se quedaron en la superficie de la propuesta de Lars Von Trier al visionarla e hicieron posteriormente unos análisis bastante cuestionables incidiendo siempre en su notoria virulencia y casi solo en ella. Fue después de su paso por el Festival de Sitges, certamen ducho en el cine más extremo y curado de espanto en este sentido, que empezaron a llegar las primeras reseñas del film abordado como obra cinematográfica, mirando más allá del sadismo, la crueldad y la hemoglobina. De esta manera aparecieron voces capaces de discernir que el último trabajo del director de Melancholia no era un slasher, sino una profunda y cínica reflexión sobre el arte y su propia carrera como director. Ahí es donde se encuentran los mayores hallazgos de The House That Jack Built y en ellos vamos a incidir a continuación. Aunque para hacerlo adecuadamente esta vez incluiremos spoilers muy importantes en la reseña.




La Casa de Jack, título dado al largometraje tanto en España como en algunos países de latinoamérica, expone por medio de flashbacks los doce años como asesino en serie de un ingeniero frustrado llamado Jack (Matt Dillon) durante la década de los 70 mientras narra los hechos a otro interlocutor llamado Vergue (Bruno Ganz). Jack dividirá su historia en cinco episodios, considerados por él "incidentes" importantes en su vida, a los que se añadirán finalmente un epílogo. En el proceso  defenderá la naturaleza artística de todos los asesinatos por él perpetrados a lo largo de más de una década comparándolos con la arquitectura, la pintura, la filosofía o la música, encontrando siempre una respuesta negativa por parte de un Vergue que en la recta final del film revelará su verdadera identidad al protagonista y al espectador. Además de a Matt Dillon y Bruno Ganz encontramos en el reparto a Uma Thurman (Nymphomaniac), Riley Keough (Mad Max: Furia en la Carretera), Sofie Gråbøl (Forbrydelsen), Siobhan Fallon (Dogville) o Jeremy Davis (Manderlay).




The House That Jack Built es, desde un punto de vista conceptual y narrativo, una continuación lógica del memorable díptico Nymphomaniac de 2013. Aunque en esta ocasión no seguimos los pasos de una mujer adicta al sexo como la interpretada por Charlotte Gainsbourg, sino los de un asesino en serie con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) al que da vida un pletórico Matt Dillon, volvemos a tener a dos interlocutores reflexionando sobre la vida de uno de ellos por medio de episodios y una realización que alterna la ficción con imágenes reales, estética documental, animaciones y hasta secuencias de otros largometrajes. De esta manera Lars Von Trier sigue fiel a la evolución experimentada por sus últimas producciones, pero esta vez la naturaleza reflexiva y catártica de su propuesta le permite jugar con una realización.mutante en consonancia con su intencionalidad artística, a la que volveremos más tarde para hablar del mensaje y el trasfondo de su más reciente trabajo como guionista y director.




"Creo que todo el buen arte ha sido creado bajo condiciones dictatoriales" comentaba Lars Von Trier en una interesante entrevista subida a YouTube por Lousianna Channel y dicha afirmación podría resumir su carrera cinematográfica. No han sido pocos los actores y técnicos que han tildado de tirano al cineasta danés y ahí tenemos Dogville Confessions, el interesante y completo making of de la película homónima, para demostrarlo. También las duras declaraciones cruzadas que mantuvo con la cantante islandesa Björk relacionadas con la labor compartida por ambos en la magistral Bailar en la Oscuridad. Este modus operandi a la hora de trabajar sobre el que ha construido toda su filmografía es sólo una de las ideas sobre las que reflexiona una pieza como The House That Jack Built. Porque sólo el ojo poco avispado y superficial no dilucidará encontrarse ante algo más ambicioso y trascendente que una película sobre las correrías criminales de un asesino en serie.




Con The House That Jack Built Lars Von Trier plantea una historia que posee muchos puntos en común con la inquietante Funny Games (1997). Con el largometraje del austriaco Michael Haneke comparte una autoconsciencia cinematográfica capaz de permitirle manipular las emociones del espectador, seña de identidad indivisible al discurso de ambos autores. Más allá de su subtexto la última película del autor de Rompiendo las Olas evidencia prematuramente su "irrealidad" porque como slasher no tiene pies ni cabeza. Entre policías desnortados, víctimas crédulas o de cortas entendederas y situaciones peligrosas con sempiterna inclinación por favorecer al protagonista nos queda claro que la elección del subgénero de asesinos en serie por parte del danés es simplemente una excusa narrativa para crear una analogía con su faceta artística. Jack es Lars Von Trier, la carrera criminal del protagonista la suya como director  y los asesinatos sus propias películas.




No es una elección arbitraría o baladí que Von Trier haya elegido un asesino en serie como su contrapartida ficcional en The House That Jack Built. Los que conocemos la obra del director nacido en Copenhage sabemos que violencia, misoginía, megalomanía, crueldad y el ya mencionado TOC no son sólo características de la personalidad de Jack, sino también de la suya. De esta manera la historia planteada se convierte en una confesión directa por parte de su máximo responsable, despojándose de manera impúdica de cualquier prejuicio, admitiendo quién es y cómo obra para expiar, por la vía dura, todos sus demonios y desmitificar el grueso de su obra como cineasta. Aquí reside el alma de La Casa de Jack, en esa valentía por parte de su autor a la hora de exponer de manera explícita todas sus manías, trastornos psicológicos, filias y fobias, para que el espectador pueda dictar sentencia sobre ellas si le place hacerlo y de paso dar la razón a muchas de las teorías de los detractores de su cine.




A lo largo de su tête à tête Jack y Vergue debaten sobre los paralelismos entre el asesinato a sangre fría y distintas disciplinas artísticas. Mientras el primero trata de razonar su punto de vista recibe normalmente del segundo una contrarréplica capaz de desmontar sus argumentaciones sin demasiado esfuerzo. Aquí es cuando Von Trier más se sincera con la platea, cuando el personaje de Vergue demuestra que todas sus teorías comparativas entre el arte y el crimen no se sostienen por su propio peso, como si fuera consciente de la endeblez de su ideario y sistema de valores personal, inevitablemente extrapolado a su faceta profesional. Por eso el personaje de Bruno Ganz no elude cuestionar su odio hacia las mujeres, su propensión a hacer sufrir al prójimo (¿sus actores?) en favor del arte, su inclinación por ejercer como "pequeño dictador" cuando realiza su trabajo o la frustración que le supone no llegar a ser la persona que le gustaría. Quedando reducido a un "ingeniero" eterno aspirante a "arquitecto.




En el proceso la intertextualidad expuesta por en el largometraje alcanza cotas de puro genio. No sólo es una obra que se cuestiona a sí misma como tal o capaz de realizar un análisis crítico de la carrera de su ideólogo. Von Trier decide ir más allá convirtiendo su más reciente film en una síntesis de su filmografía y su personalidad como creador. Ya hemos mencionado que The House That Jack Built evidencia una puesta en escena cambiante y esto es debido a que a lo largo de los 153 minutos de metraje se hace una cronología de la evolución experimentada por el estilo cinematográfico del danés a lo largo de los años. De los apuntes sórdidos de El Elemento del Crimen en los primeros compases del film pasamos a la grandilocuencia de Europa en muchos de los flashbacks sobre la infancia del protagonista, pasando por un realismo primario semejante al de Rompiendo las Olas y llegando a la estilización visual de sus últimos cuatro trabajos cuando el epílogo revela a Vergue como el Virgilio que llevará a  este peculiar Dante al infierno por medio de su casa construida con cadáveres, o lo que es lo mismo, la filmografía de Von Trier compuesta por sus películas. El arte como una puerta con acceso directo al averno.




Una vez nos encontramos en ese primitivo infierno arrancado de las páginas de La Divina Comedia y la obra pictórica de Eugène Delacroix Jack/Von Trier/Dante se enfrenta a su "juicio final personal" y Vergue no sólo se revela como un émulo de Virgilio, también nos representa a nosotros, los espectadores, como jueces inmisericordes que dejamos al "artista" abandonado a su suerte en su última y más complicada misión, resultante en fracaso. Justo cuando el fatídico destino abraza al protagonista los títulos de crédito en blanco y negro acariciados juguetonamente por una versión de Hit the Road Jack de Buster Poindexter traen consigo la ironía, otra de las señas de identidad, no sólo de The House That Jack Built, sino de gran parte de la obra de de Lars Von Trier. Porque más allá de su trasfondo metafísico y metafórico nos encontramos con un proyecto construido sobre el humor. Uno muy negro, políticamente incorrecto y hasta ofensivo para cierto sector del público que puede ver herida su sensibilidad a lo largo de las situaciones planteadas por el guionista y director.




La Casa de Jack es también una gran broma, un ejercicio de cinismo con el que Lars Von Trier se quita importancia a sí mismo de manera nada sutil o autocomplaciente. Asesinatos de mujeres, niños, animales o el disparatado ritualismo para llevarlos a cabo, el uso del tema Fame de David Bowie como uno de los leit motivs musicales de la película, la parodia continua del videoclip del tema Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan, la desaparición gradual del TOC del protagonista a medida que se va sintiendo "más cómodo" matando personas, la peculiar sesión de taxidermia, toda la secuencia del personaje de Riley Keough o que sus referencias narrativas y visuales eludan a los maestros del cine europeo y encuentren inspiración en productos, más o menos, exploits como La Última Casa a la Izquierda (1972), Henry: Retrato de Un Asesino (1990) u Ocurrió Cerca de Su Casa (1992) dejan clara la intención por parte de Von Trier de no tomarse a sí mismo, ni a su obra, demasiado en serio. Llegando incluso a transmitir al espectador la, más que viable y asumible, posibilidad de estar riéndose de él en su propia cara.




Hace años que Lars Von Trier perdió el título de director prestigioso alabado por la crítica y los festivales internacionales. Sus últimos trabajos, brillantes desde mi punto de vista, son más reconocidos por su controversia que por sus no pocas virtudes y con la obra presente sucedió algo parecido durante su puesta de largo internacional. Demasiado violenta para los amantes del cine de autor, excesivamente profunda para los seguidores del slasher, The House That Jack Built está lejos de ser la mejor película de su creador, pero tiene los suficientes hallazgos para ser tenida en cuenta como una de las más interesantes propuestas del 2018 que, curiosamente, no verá la luz en España hasta enero del próximo año. Genio o trilero, veterano en plena madurez o niño cada vez más caprichoso, visionaro o vendehumos. todo eso y muchas cosas más es Lars Von Trier. Un tipo talentoso, repelente y egocéntrico que esperamos siga golpeándonos con su cine por muchos años más.


domingo, 7 de mayo de 2017

Dogville, make America great again



Título Original Dogville (2003)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Reparto Nicole Kidman, Paul Bettany, Lauren Bacall, Stellan Skarsgård, James Caan, Ben Gazzara, Harriet Andersson, Jean-Marc Barr, Patricia Clarkson, Jeremy Davies, Philip Baker Hall, Udo Kier, Chloë Sevigny, Siobhan Fallon, Blair Brown, Zeljko Ivanek





Tres años después de ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes con la sobrecogedora Bailar en la Oscuridad, obra ideada con la complicidad de la cantante islandesa Björk realizando una labor superlativa en su debut, y último trabajo, como actriz Lars Von Trier volvía a la croisette francesa en 2003 con una propuesta cinematográfica poseedora de ciertos paralelismos con la trágica historia de la invidente y soñadora Selma, pero planteada como una pieza rompedora y original en cuanto a su conceptualidad y ejecución cinematográfica. Dogville supuso la primera entrega de una trilogía (al igual que lo fueron en su momento las de "Europa" y "El Corazón de Oro" dentro de la filmografía del danés) llamada "USA: Tierra de las Oportunidades" que hasta ahora consta de dos entregas si también tenemos en cuenta Manderlay, estrenada en 2005, de la que ya hablé en Transgresión Continua hace unos años y a la que se sumará, en teoría, un último episodio llamado Washington




Dogville es la primera entrega de dicha trilogía y narra la llegada de una joven misteriosa llamada Grace (Nicole Kidman) al pueblo homónimo, una pequeña localidad de no más de quince habitantes localizada en las Montañas Rocosas en Estados Unidos. después de ser rescatada por uno de los lugareños llamado Thomas Edison Jr (Paul Bettany) mientras huye de un grupo de perseguidores anónimos que abrieron fuego contra ella. Poco después Thomas reúne a todos los habitantes de Dogville para convencerlos con respecto a acoger a la extraviada muchacha. Finalmente Dogville acepta la propuesta y Grace en agradecimiento se ofrecerá para realizar todas aquellas tareas que los pueblerinos no necesiten hacer por una pequeña remuneración económica. Todo se torcerá en el momento en el que la policía ofrezca una recompensa por Grace ya que desde ese momento los habitantes de Dogville mostrarán su hostilidad hacia ella haciéndole pasar por un calvario hasta que un inesperado giro de acontecimientos hará cambiar las tornas en favor de nuestra protagonista.




La mayor peculiaridad de Dogville, narrada en nueve capítulos y un prólogo, es que fue abordada por Lars Von Trier de manera que su escenografía poseyera una naturaleza puramente teatral. El largometraje se desarrolla en una sola localización ya que el pequeño pueblo de las rocosas que da nombre a la obra fue recreado en un estudio situado en Trollhattan (Suecia) y los edificios estaban delimitados por trazos de tiza dibujados en el suelo, eludiendo casi al 100% el uso de cualquier tipo de atrezzo y sólo añadiendo el mobiliario necesario para que los personajes pudieran interactuar con él. De este modo el director de Anticristo volvía a desafiar los preceptos más ortodoxos de la narrativa cinematográfica como una década antes lo había hecho con el tratado Dogma 95 que él y su amigo y compatriota el cineasta Thomas Vinterberg (La Caza, Celebración) idearon para volver a la esencia de lo que ambos consideraban el séptimo arte en su estado más puro con la seminal Los Idiotas como carta de presentación.




Con esta peculiar decisión artística el cineasta danés intenta reducir al mínimo exponente la experiencia cinematográfica para que su relato deposite la mayor parte de su peso en las interpretaciones del reparto y la interacción entre los personajes que le dan forma, prescindiendo de fuegos de artificio de todo tipo por medio de una ambigua puesta en escena que amalgama el clasicismo (una localización mínima y escueta, ortodoxia en cuanto a la narrativa) con las últimas tecnologías en lo referido a realización cinematográfica (rodaje en formato digital y con un acertado uso de los CGI para enriquecer el apartado visual del largometraje) dando como resultado un híbrido entre celoluoide y teatro que se reveló como toda una obra maestra que puede considerarse una pieza claves entre los mejores trabajos del director de El Elemento del Crimen o Rompiendo las Olas entregándose con ella, como en muchos otros momentos de su carrera, a la experimentación y la inusualidad más arriesgada y lacerante.




Toda  este escenografía teatral deudora de Samuel Beckett, Henrik Ibsen o Bertol Bretch, pero con no pocos coletazos del descarnado discurso del tratado Dogma 95, que él mismo ayudó a crear, sirve a Lars Von Trier para desnudar su discurso y dedicarse en cuerpo y alma a la dirección de actores que dan forma a un casting en estado de gracia repleto de jóvenes promesas (Paul Bettany, Jeremy Davies, Chlöe Sevigny), curtidos veteranos (Lauren Baccall, Ben Gazzara, James Caan, Philip Baker Hall, John Hurt como la voz del narrador), habituales de la "Casa Von Trier" (Stellan Skarsgard, Jean-Marc Barr, Udo Kier) secundarios de lujo que rara vez han recibido el reconocimiento merecido (Patricia Clarkson, Zeljko Ivanek) o una enorme Nicole Kidman comándandolos a todos como jefa de ceremonias. Hasta el último de ellos implicado al 100% con la suicida apuesta del danés que por otro lado iba a suponer para el reparto una excelente oportunidad para explotar al máximo sus dotes interpretativas a nivel individual sin distracciones banales o de carácter espurio.




Pero debajo del tan atractivo como poco comercial envoltorio de Dogville late una de las historias desgarradoras e incómodas propias de Lars Von Trier y al igual que en la ya mencionada cinta protagonizada por Björk en esta ocasión vuelve a apuntar sus afilados dardos contra Estados Unidos. El séptimo largometraje de ficción del autor de Epidemic es una crítica furibunda a la sociedad americana, a su falsa moral con la que vende un sentimiento de comunidad que se resquebraja en pedazos en cuanto los individuos que forman la misma se encuentran en situaciones de presión o extremas y deciden apelar a su propia supervivencia somo seres primarios que dejan salir a la luz sus intintos más básicos e inmorales. Para el cineasta de Melancholia América es un "lobo con piel de cordero", una voraz criatura que cuando muestra sus fauces devora a cuanto obstáculo se pone en su camino apelando a unos preceptos sociales y políticos aposentados en el egoismo, la individualidad y un afán de superación con respecto al prójimo que se adentra en lo enfermizo y obsesivo.




Por supuesto un artista tan inquieto, y caprichoso, como Von Trier no iba a quedarse sólo con esa lectura, ya que la ambigüedad con la que está abordada la personalidad de Grace es de vital importancia para entender en su totalidad el retrato que realiza sobre la "American Way of Life" y su hiperbolizado "Sueño". El personaje de Nicole Kidman personaliza aquello que promulgaba Luis Buñuel sobre la ineficacia e inutilidad de la caridad, ya que su intento por aplicarla contra personas arraigadas en el egoismo y la desconfianza sólo puede ofrecer un fruto envenenado. Cuando Grace pasa su martirio de tintes bíblicos y el espectador descubre su identidad y la de su padre ella hace uso del poder que este último delega en su persona para mandar "una plaga" que arrasa con Dogville y todos sus habitantes como si de una moderna Sodoma se tratase y cuya desaparición, en palabras de la misma protagonista, nadie lamentará, América se autoinmola a sí misma en una retroalimentación de odio, violencia, pólvora, sangre y venganza, los "cinco elementos" que la fundaron como nación, algo que también defendió Martin Scorsese en su infravalorada y muy recuperable Gangs of New York.




En cuanto a la dirección Lars Von Trier se encontraba en todo su apogeo como narrador sin depresiones que le incitaran a rodar mutilaciones genitales en primer plano, planetas colisionando en una bellísima coreografía de destrucción y muerte o las memorias repletas de sexo explícito de una ninfómana. Ejerciendo de operador de cámara él mismo, invadiendo el espacio vital de sus actores hasta el límite de incomodarlos (especialmente recomendable el extenso y muy original making of del film titulado Dogville Confessions con material muy jugoso de los problemas de los intérpretes con el director, especial mención a los que tuvo con Paul Bettany) alternando el naturalismo de unos primerísimos planos que los intérpretes aguantan gracias a un esoticismo digno de elogio con pasajes visualmente epatantes como cualquiera de las tomas cenitales que muestran la totalidad de la ciudad de Dogville o la secuencia en el remolque de la camioneta de Ben que es una clase magistral de ejecución, uso de los efectos visuales, dirección de actores y posicionamiento de cámara.




El danés enfatiza por medio de su escenografía libre de decorados la desnudez interna de sus personajes. Las pocas secuencias en las que los actores "miran a través de las paredes" de manera sentenciosa a la protagonista o la escena de la primera violación en la que la puesta en escena del director juega con la idea de estar sucediendo el aberrante acto en una habitación cerrada que en realidad cualquier actor del reparto puede ver con claridad y a plena luz del día sirven para que Von Trier juegue con los imperceptibles límites de la narración que él mismo se autoimpuesto como artista, llegando no sólo a incomodar al espectador por medio de una utilización virtuosa de la autoconsciencia cienamatográfica y teatral de su proyecto o la metareferencialidad llegando en ocasiones a bordear la obscenidad por medio un humor negro y una ironía que no todo espectador acepta de buena gana o llega a comprender en la misma medida que el guionista y director  oriundo de Copenhague.




Dogville es una pieza masgitral, que debe ser disfrutada en su metraje íntegro de 177 minutos, y cuyo impacto acrecentado por su enorme reparto, magnífico trabajo de dirección y conceptualidad desafiante, puso las cosas muy difíciles a su secuela Manderlay en 2005 cuando el factor sorpresa desapareció y esta no llegó a cotas de maestría de su hermana mayor aunque, como recalco en la reseña que previamente he adjuntado, virtudes narrativas y visuales no le faltaban. A la espera de que la eternamente pospuesta Washington cierre la trilogía "Estados Unidos: Tierra de Oportunidades", algo poco probable a corto plazo, actualmente esperamos pacientemente que acabe el rodaje de la última película del genio que llamó en público enano a Roman Polanski e incomprendido a Hitler, esa The House of Jack Built protagonizada por Matt Dillon, Uma Thurman, Bruno Ganz, Sofie Gabrol, Riley Keough y Siobhan Fallon Hogan con la que dará su siempre personal visión de los crímenes realizados por un asesino en serie ya en el próximo año 2018 si no se retrasa la producción, algo nada descartable en la obra de este autor tan megalómano como necesario.


viernes, 4 de abril de 2014

Nymphomaniac, mea vulva, maxima vulva



Título Original Nymphomaniac (2013)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Jamie Bell, Jean-Marc Barr, Willem Daofe, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Mia Goth, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech, Saskia Reeves, 







Después de la polvareda que levantó aquella conferencia del festival de Cannes de 2011 en la que supuestamente tenía que presentar su película Melancolía, pero en la que decidió proclamar su simpatía por Hitler y su antipatía hacia el judaismo, Lars Von Trier prefirió no volver a declarar ante los medios para promocionar sus nuevos trabajos detrás de las cámaras ni realizar proyecciones exclusivas para la prensa de los mismos. De modo que en la actualidad el autor de Rompiendo las Olas no habla para los periodistas a la hora de justificar cuales son las motivaciones que le llevan a realizar sus últimos proyectos. Pero lo que en principio podría parecer una decisión perjudicial para el danés ha resultado ser una campaña de marketing perfecta para presentar internacionalmente Nymphomaniac.




Desde hacía años Lars Von Trier llevaba acariciando, más bien manoseando en el que caso que nos ocupa, la idea de realizar una película pornográfica en la que se implicaran actores de primera fila. El autor de Bailar en la Oscuridad es un profundo conocedor del cine para adultos e incluso su productora Zentropa durante un tiempo financió una serie de films de este género, pero con una pátina de intelectualidad que parece ser que cuajó inadecuadamente, no llegando a buen puerto. Ya en la mencionada rueda de prensa de 2011 confesó que tenía pensado cómo sería la película, que contaría con Kristen Dunst como protagonista, algo que no llegó a suceder, que abundaría el sexo explícito y sería considerablemente desagradable para distinto tipo de espectadores.




Después de ver los dos volúmenes (estos no son tales aunque pueda parecerlo, ya que dicho montaje comercial partido en dos mitades ha sido realizado contra la voluntad de su creador, que gestó el film como una sola cinta de cinco horas y media de duración) que forman Nymphomaniac un servidor llega incluso a pensar que su eternamente pospuesto proyecto pornográfico fue utilizado como excusa para promocionar este interesante trabajo que realmente tiene poco o nada que ver, más allá de la inclusión de cierto sexo explícito, con el género que forjaron Rocco Siffredi, John Holmes, Traci Lords o Silvia Saint. La polémica previa, el supuesto escándalo de poner a actores de Hollywood a practicar sexo real delante de la cámara (¿alguien pensaba realmente que gente como Willem Dafoe, Uma Thurman o Stellan Skarsgård con matrimonios afianzados desde hace años y numerosos hijos se dedicarían a copular entre ellos porque se lo pidiera el director?) y unas oportunas y poco creíbles declaraciones de la protagonista del film, Charlotte Gainsbourg, proclamando las indecentes peticiones que el director le hizo durante el "complicado rodaje" hicieron el resto.




En la siguiente entrada voy a hablar de los dos volúmenes de Nymphomaniac como si fueran uno, porque como he comentado previamente no hablamos de una película y su secuela, sino de un largometraje partido en dos por los jefazos de Zentropa, socios del mismo Lars Von Trier que también es una cabeza pensante demtro de dicha productora. De esta manera cuando el primer volumen termina abrúptamente el segundo comienza justo donde termina aquel, no hay secuencias de introducción argumental, ni presentación de personajes, porque sencillamente pasamos de un plano a otro. Incluso habiendo cierto cambio de tono entre una parte y otra esto no es debido a que, una vez más, estemos ante dos obras diferentes, sino a un momento determinado del metraje en el que el personaje principal experimenta algo que la hace cambiar y dar una tonalidad distinta a la historia que se nos está narrando. Pero vayamos por partes, no adelantemos acontecimientos y sobre todo empecemos por el principio, no sin algún spoiler que trataremos que no sea muy explícito.




Nymphomaniac comienza con el encuentro fortuito durante una noche nevada entre una mujer llamada Joe (Charlotte Gainsbourg) yaciendo herida en un oscuro callejón y Seligman (Stellan Skarsgård) el hombre maduro que decide rescatarla y llevarla a su casa, Una vez allí ella le contará la historia de su vida como ninfómana y mujer que ha experimentado con todas las variantes posibles del sexo con distintos hombres, y en ocasiones miembros del género femenino, a lo largo de las etapas de su intensa existencia. Mientras Joe relata los pasajes de su vida por medio de ocho capítulos, Seligman irá realizando comparativas de dichos hechos con temas como la pesca, las matemáticas o la religión, primero para interés de la mujer y después para su desconcierto o indiferencia. Cuando Joe termina su narración parece que los dos personajes han realizado un recorrido que los ha cambiado como personas o puede que no sea del todo así.




Visión nada moralista y mucho más trascendente de lo que pareciera en un principio de la libertad y autoafirmación sexual, Nymphomaniac se revela como un interesante tapiz sobre la vida de una mujer que desde niña tenía muy claro cómo, cuándo, dónde y con quién iba a disfrutar de los placeres de la carne. Con un tono reflexivo y alejado completamente de cualquier provocación vana o superficial para dar que hablar por que sí, Von Trier ofrece una mirada calidoscópica y hasta alegórica del sexo. Realizando inteligentes comparativas entre actos como la seducción, el cortejo o las distintas variantes de la cópula o el onanismo con la pesca con mosca, la sucesión de Fibonacci, la escisión de la iglesia católica en occidental y oriental o la polifonía de Bach, el director de Anticristo deja bastante clara su intención de abordar el tema desde un punto de vista existencial e intelectual, en ocasiones puede que demasiado, pero siempre de manera interesante.




Pero lo más interesante es que cuando el danés ha puesto las cartas sobre la mesa y ha realizado una declaración de principios con la que nos va a ofrecer un tratado sobre el lado más lúcido del libertinaje para evitar convertir las cuatro horas de metraje en un engorro intelectualoide lleno de gravedad o desidia existencial el director de Bailar en la Oscuridad o El Elemento del Crimen decide abordar su relato, al menos durante gran parte de la primera mitad, con un humor acertadísimo, unas veces fino e inteligente y otras más negro o grueso, pero siempre con mucho tino, bastante más que en la sobrevalorada El Jefe de Todo Esto, y afirmando que un tema como el expuesto en la obra puede tener su lado cómico incluso en los pasajes más amargos y duros.




Ahí se encuentra pues uno de los mayores aciertos de esta Nymphomaniac, el que nos muestra a las claras que en ocasiones el mismo Von Trier sabe reírse de sí mismo y quitar hierro a lo que nos está narrando. Apuntes estilísiticos como dibujos, operaciones matemáticas o planos en pantalla a los que se suman numerosas imágenes de archivo de todo tipo para ilustrar conceptos y teorías o pasajes como el de Selligman imaginando su peculiar visión sexualizada de la enseñanza, la "pelea de penes de ébano" a la que asiste la pobre Joe, impagable la cara de Charlotte Gaingsbourg en ese momento, entre los dos hermanos negros o el enorme momento de Uma Thurman que se revela como el más descacharrante de la velada nos confirman que el creador del largometraje quiere dar todas las perspectivas y tonos posibles a su historia.




Por desgracia ese ingrediente de comicidad se va perdiendo gradualmente en la segunda mitad de la obra cuando los hechos empiezan a ponerse más dramáticos, pero este cambio de tonalidad es consecuente y lógico con la narración. En un momento dado Joe se insensibiliza con el sexo, llegando a no sentir nada durante la cópula y por ello decide experimentar con otro tipo de parafiilias como el sadomasoquismo, los tríos interraciales o la homosexialidad para recuperar el placer que antaño le producía el acto sexual. En esta parte del metraje Von Trier expone los momentos más duros del trayecto vital de Joe, cuando descubre que haber sido víctima, siempre voluntaria, de actos de violencia consentida para llegar al orgasmo le pasan factura a su cuerpo marcado por "heridas de guerra" que le servirán como punto de unión y señas de identidad empáticas con el personaje de P.




Como previamente hemos comentado el director y guionista no da una visión negativa de la adicción al sexo. Joe elige ese modo de vida por voluntad propia y lo exprime al máximo. Pero como cualquier trayecto este tiene sus luces y sombras, sus momentos buenos y malos y la protagonista proclama no sentirse avergonzada por ser como es, su monólogo en la reunión de adictos al sexo esclarecedor en ese sentido, aunque en ocasiones sea consciente de que con ello no consigue una autorealización personal que siempre busca y no consigue encontrar. Porque finalmente Nymphomaniac, al igual que otros films como Shame de Steve McQueen, nos habla de la soledad del hombre/mujer contemporáneo, de la vacuidad en la que estamos aposentados como sociedad, la misma, aunque desde otra perspectiva, en la que vive Seligman, la que le permite no juzgar a Joe y empatizar con muchas vertientes de su ideología o moral.




Con respecto a la "pornografía" de Nymphomiac la misma no es nada escandalosa ni mórbida, sólo se muestra algo más cruda en los pasajes de la etapa sadomasoquista, y su explicitud no va más allá de varias felaciones con penes prostéticos, alguna erección y, si mal no recuerdo, una sola escena muy breve de penetración, ninguna eyaculación gráfica (más allá de la gota de esperma que la cae de la boca a Stacy Martin después de la felación en el tren y que ya se veía brevemente en el trailer) y una especie de catalogo de penes reales, a cual más horrendo, incitando a la sana carcajada. Por descontado que la mayoría de las secuencias sexuales no tienen nada de eróticas, pocas podrían excitar a un espectador medio, y no andaba desencaminado el crítico Luis Mártínez cuando dijo que esta de Lars Von Trier sería la peor película pornográfica de la historia porque la intención del danés es dar una visión cotidiana del sexo, desde un punto de vista entre aséptico y algo gélido, sin eludir los placeres físicos y psicológicos que el mismo proporciona, pero tampoco centrándose formalmente en él porque no es esa su intención principal.




Pero una vez más el director de Europa o Manderlay fue sumamente inteligente y vendió por medio del supuesto sexo gráfico su producto. Sirvan como ejemplo aquellos pósters promocionales con todos los actores del reparto experimentando un orgasmo cuando paradójicamente no es que ni la mitad de ellos salgan en el film practicando sexo, es que muchos de ellos (Willem Dafoe, Uma Thurman, Chstian Slater, Connie Nielsen, Udo Kier) no se quitan la ropa o se aventuran, ni por asomo, en realizar actos que tengan que ver minimamente con carnalidad alguna, sea de la índole que sea. Curiosamente son dos actores fetiche del director como Jean-Marc Barr y Jens Albinus, en breves papeles, los que tienen pasajes más comprometidos en ese sentido, pero en ambas ocasiones con prótesis ocupando el lugar de sus miembros o con dobles de cuerpo.




Por otro lado aquella noticia de que las escenas más subidas de tono de Nymphomaniac iban a estar interpretadas por actores duchos en el cine para adultos a los que se les insertarían digitalmente los rostros de los intérpretes principales ha quedado en pura agua de borrajas, porque si esas secuencias existen (sólo hay una en la que Shia LaBeouf ha sufrido tal retoque por medio de CGI,  muy realistas por cierto) deberán estar en la hora y media que se quedó en el suelo de la sala de montaje y que sólo ha sido vista junto al resto del largometraje en el pasado festival de Berlín, porque en este corte de cuatro horas en dos volúmenes brillan totalmente por su ausencia. En resumidas cuentas, si Von Trier posee talento como director en su faceta de vendedor no tiene precio.




Una vez más los actores dan lo mejor de sí mismos para el director y aunque varios de ellos tienen pocos minutos en pantalla (Connie Nielsen o Willem Dafoe están como de pasada, lo de Udo Kier es un cameo y de camarero como en Melancolía) la mayoría tienen momentos bastante notables. Sería inevitable destacar a Charlotte Gainsbourg y Stacy Martin como Joe en su madurez y adolescencia respectivamente, entregadísimas ambas. La primera sumando el peso como narradora y centro de la historia y la segunda enfrentándose a las escenas más atrevidas de la película. Pero si alguien me ha sorprendido gratamente habiéndome parecido casi siempre un mindundi es Shia LaBeouf que demuestra tener talento para abordar papeles complicados y bastante descarnados. También destacan Christian Slater, sobre todo en la recta final de su intervención, una inmensa Uma Thurman, Stellan Skasgård y Jamie Bell, ya que ver a Billy Elliot hacer un papel como el de K es un apunte brillante por parte de Von Trier. Por último convendrá en un futuro seguir la pista de la joven Mia Goth, de una atípica belleza y sensualidad muy contenida que tiene pasajes destacables como P.




Lars Von Trier en su línea en la dirección, abordando su historia con menos dramatismo que sus dos anteriores films, se nota que se le va pasando la depresión, pero sin eludir esa intensidad desgarrada que es su seña de indentidad más clara. Hay pasajes de una belleza desarmante en el film (acompañados de una soberbia y ecléctica banda sonora en la caben desde Rammstein hasta Bach, pasando por Mozart o Steppenwolf)  como todo el apartado en blanco y negro en el hospital, Joe subiendo a la colina para mirar de frente a ese árbol retorcido que sirve de alegoría de su propia situación en ese momento (incluso un servidor creyó ver que el mismo tenía una forma parecida a el látigo Dido que le regala K adjuntado abajo en el cartel del Volumen 2 del film) los paseos vespertinos con su padre cuando era niña o el momento de la lubricación en el lecho de muerte cuya sencilla belleza extraterrenal podría resumir el largometraje en su totalidad. 




Por otro lado tenemos los momentos propios de arrogancia del director o metareferencias a obras previas salidas de su mano. De estas últimas funciona magníficamente la muy directa al maravilloso arranque de Anticristo y que me hizo pensar durante un momento que iba a unir las historias de ambas películas en una sola, más sabiendo que tanto en aquella como en Nymphomaniac aparecen en el reparto Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg). En lo referente a los momentos megalómanos sobran totalmente los innecesarios apuntes demagogos con los que Von trier quiere justificar su antisionismo (que no antisemitismo, según él personaje de Selligman que habla por el cineasta) sin venir a cuento ni pedirlo nadie, porque no es necesario, es parte del pasado y hay que pasar página de una vez, darle más cancha a aquellas declaraciones es una futilidad por su parte.




A Lars Von Trier le ha salido bien la jugada en todos los sentidos con Nymphomaniac. Primero en lo referente a lo promoción, con la que armó él previamente, la que monta Shia LaBeouf cuando va a promocionar la película  o la que nos intenta colar la hija de Jane Birkin cuando la entrevistan para hablar sobre el largometraje dandos sus frutos, ya que la obra no ha ido mal en la taquilla, al menos la europea. Por otro lado el danés ha realizado un excelente trabajo, sin llegar a ser una obra maestra, pero pudiendo codearse con varios de sus films más logrados. Un servidor ha quedado lo suficientemente satisfecho con la experiencia como para interesarse por ver el montaje íntegro de la cinta y así corroborar, o no, si añade algo de interés a la trama o hace que su mensaje y declaración de principios autoral cambie en manera alguna.




Con Nymphomaniac Lars Von Trier ha cerrado su "trilogía de la depresión" por todo lo alto con un proyecto interesante, rico, con un trasfondo poliédrico, unos personajes creíbles y cercanos, aunque en ocasiones algo fríos, dando una visión lúcida y polémica sobre temas tabú (habría que analizar con detenimiento la reflexión de Joe sobre la pedofilia, daría para un considerable debate) y se ha marcado un ambiguo final que para el que suscribe no es ninguna broma como se ha llegado a comentar, sino un medido cierre que puede ser abordado desde dos puntos de vista. El de, por un lado, una declaración feminista rotundísima que eludiría la fama de misógino de su director o por otro la confirmación de que la manipulación del acto de narrar historias puede hacernos creer algo que no es real. Que una "película pornográfica" nos haga reflexionar, aunque sea durante sólo un minuto, sobre estos temas es todo un logro que sólo el autor de la eternamente pospuesta La Bajona No Perdona podría conseguir.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Jefe de Todo Esto, los idiotas



Título Original Direktøren For Det Hele (2006)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Jens Albinus, Peter Gantzler, Louise Mieritz, Iben Hjejle, Mia Lyhne, Henrik Prip, Casper Christensen, Jean-Marc Barr




Antes de entrar en una profunda depresión que le incitaría a exponer en pantalla dos crudos análisis sobre la psicología femenina aderezados con mutilaciones genitales de ambos sexos en Anticristo o con posibles colisiones con planetas que acabarían con la existencia del nuestro en Melancolia el controvertido, talentoso y en ocasiones infantil (para bien o para mal) cineasta danés Lars Von Trier realizaría en 2006 su única comedia pura dentro de su ya extensa filmografía, El Jefe de Todo Esto, Direktøren For Det Hele en su título original. El resultado para el que suscribe es un producto con mucho potencial que no llega a revelarse como una obra acertada por el simple hecho de que su creador no sabe sacar toda la bis cómica latente que contiene la historia, que no es poca precisamente.




Ravn es el dueño de una empresa danesa relacionada con el mundo de la informática que quiere poner en venta. El problema es que cuando la creó se inventó un ficticio presidente, siempre ausente por culpa de sus supuestos negocios en Estados Unidos, para que no recibiera represalias de sus subordinados cuando tomara decisiones impopulares que les perjudicaran. Pero precisamente por querer vender el negocio a unos compradores islandeses deberá contratar los servicios de Kristoffer, un amigo actor que aceptará el trabajo de hacerse pasar por el mandamás de la empresa llevado por su pasión por el teatro (siente especial predilección por el dramaturgo Antonio Quarantotti Gambini). El problema surgirá cuando los peculiares miembros de la empresa pongan por fin cara a "el jefe de todo esto" y paguen con él sus frustraciones personales y profesionales.




Lo cierto es que si bien Lars Von Trier nunca ha sido muy dado a la comedia las veces que la ha tocado aunque sea de manera tangencial (Los Idiotas no me dejó indiferente en su momento como piedra angular del movimiento Dogma 95, pero nunca supe si era una genialidad o una tomadura de pelo de las que hacen época, puede que un poco de las dos cosas, como el mismo tratado al que él y su amigo Thomas Vinterberg dieron forma) no me ha convencido demasiado. El Jefe de Todo Esto es su comedia oficial y lo cierto es que a mí me hace poca gracia aunque le reconozco el mérito como pieza cinematográfica inteligente, crítica y bien construida que se presenta como una obra supuestamente humilde que sólo tratará de hacer reír al espectador para después revelarse como una interesante visión de la estupidez intrínseca en el ser humano (en concreto al europeo del siglo XXI) con una estructura metareferencial óptima y nada simplista.




La cinta se abre con un plano en grúa en el que vemos reflejado al mismo Von Trier en las cristaleras del edificio de oficinas en el que tendrá lugar la historia del film. Su voz en off nos afirma que vamos a ver una comedia inofensiva cuya única intención es arrancar a la platea unas cuantas carcajadas sin necesidad de que se aventure en reflexiones intelectuales innecesarias. Dicho prólogo no sólo es una muestra más de la egolatría autoral (y su posición demiúrgica como narrador cuando decida meter "cambios" a lo largo de la historia en forma de paréntesis para hacerla más "interesante") del danés, también es el primer escupitajo en la cara del espectador, ya que posteriormente veremos cómo el largometraje está creado con la intención de meter el dedo en la llaga de varios temas que pueden incomodar a distinto tipo de audiencia, desacreditándose así esa declaración de principios por parte del cineasta que daba comienzo al film y que para qué vamos a negarlo, no se cree nadie viniendo de un hombre tan dado a la controversia y la mala baba como él.




De modo que el director de Manderlay lo tiene todo. El contexto, la historia, la ironía, el reparto y un objetivo claro, pero la comedia que debe cohesionar todo el relato nunca está a la máxima potencia y sólo en ocasiones contadas incita a la carcajada. Aunque mentiría si negara que no sonrío con varios de los apuntes del film como la pasión de Kristoffer por Gambini (autor teatral ficticio) y su obra, especialmente El Monólogo del Deshollinador (que se contrapone a su odio por Henrik Ibsen y su teatro de la improvisación) la personalidad egoísta y sutilmente manipuladora de Ravn o el empresario islandés que odia con toda su alma a los daneses a los que acusa de sensibleros y estancados en un progresismo arcaico que no evoluciona o ese discurso final por parte del protagonista en el que Von Trier se ríe del sentimentalismo gratuito dentro de la ficción utilizándolo como arma arrojadiza en su propia película.




Pero a la hora de hilvanar gags rara vez consigue un verdadero pleno, sólo en momentos muy concretos en los que se entrega a la confusión de géneros, la comedia física (cuando agreden a Kristoff) o empieza a hacer sangre con las costumbres y tradiciones de su país o a mofarse de manera autocrítica del mismo cine Dogma que él dio pie a crear consigue adentrarse en pasajes meritorios dentro del humor. Aunque a un servidor siempre le queda la sensación de que hay un muy interesante punto de partida, buenas intenciones y un reparto que hace un destacable trabajo en el que sobresalen Jens Albinus, Peter Gantzler y un muy poco aprovechado Jean-Marc Barr (actor fetiche de Von Trier y hasta padrino de uno de sus hijos, hay que tener ganas) dando vida a un ¿americano? llamado Spencer que trabaja en la empresa sin hablar bien el danés mientras sus compañeros no le explican nada de lo que dicen entre ellos, por desgracia no hay nada más allá de eso.




Puede que el director de Europa o El Elemento del Crimen tenga una visión del humor que no conecta conmigo (la comedia que nos ocupa no tiene precisamente mala fama entre la crítica y el público) pero lo cierto es que en líneas generales esta Direktøren For Det Hele me deja frío y fuera de su juego irónico y lúdico con el lenguaje metatextual transmitiéndome más indiferencia que otra sensación. Por eso prefiero al posterior Von Trier, el (post)depresivo, aquel que con obras como Antichrist o Melancholia (y espero que con esa Nymphomaniac que está por llegar en dos partes) consigue transmitir sensaciones, positivas o negativas, de admiración o rechazo, pero vívidas, primarias, incómodas y sí, puede que pretenciosas, pero por eso mismo afines a su visión de la vida, la muerte, el sexo o la religión, esa misma mirada que lo ha convertido en un autor capital dentro del cine contemporáneo.



domingo, 16 de octubre de 2011

Melancholia, this is the way the world ends, not with a bang but a whimper




Título Original Melancholia (2011)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Kristen Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Charlotte Rampling, Alexander Skasgard, Stellan Skasgard, Udo Kier, John Hurt, Brady Corbet




Unas bellísimas imágenes evocadores de un acabado pictórico poderoso y exultante, envueltas por la magnificencia de la ópera Tristán & Isolda del alemán Richard Wagner (exquisita obra musical cuyo preludio por desgracia es explotado hasta el hartazgo a lo largo del film) abren la última obra del excéntrico y genial director danés Lars Von Trier. En ese momento todavía no lo sabemos, pero dichos planos (o la mayoría de ellos) en slow motion están localizados a lo largo del metraje de Melancholia, el duodécimo largometraje de este autor tan sobrado de talento como de estupideces extracinematográficas.




Mientras se lleva a cabo en la suntuosa mansión de una familia de burgueses una boda celebrada por todo lo alto con cientos de invitados, dudas, inconvenientes y medias verdades, un planeta llamado Melancholia parece acercarse a la Tierra dando pie a una posible colisión entre los dos cuerpos celestes. Tras la boda, Justine, su hermana Claire, el marido de esta y el hijo de ambos, esperan la llegada de Melancholia entre fascinados y temerosos por no saber a ciencia cierta si pasará de largo o dará pie al fin de nuestro mundo tal y como lo conocemos.




Por culpa de unas innecesarias declaraciones de su director durante el pasado festival de Cannes, que también fueron estupidamente sobredimensionadas y malentendidas tanto por la prensa especializada como por los mismos organizadores del certamen, Melancholia quedó en un triste segundo plano, cuando se supone que debía ser el centro de atención en lo concerniente a la obra cinematográfica de Lars Von Trier. Una pena, porque el revuelo montado con la supuesta filiación nazi del danés y su improbable admiración hacia Adolf Hitler eclipsaron (nunca mejor dicho) los logros de su última cinta, que son muchos y considerablemente valiosos.




Melancholia está dividida en dos partes (algo habitual en el director de Rompiendo las Olas lo de construir sus films por medio de episodios) las mismas se centran en Justine y Claire, las dos hermanas protagonistas de la obra cinematográfica. En la primera parte podemos ver el lado más Von Trier ceñido al tratado Dogma 95 (las similitudes con Celebration de su compañero y amigo Thomas Vinterberg son notorias) cuando el de Copenhague retrata una celebración marital de un patetismo e incongruencia notable al hacernos testigos de que la novia tiene series dudas sobre su futuro en pareja. El fresco que Von Trier hace de este ritual es sutilmente irónico, acentuando todo lo que, según él, hay de pueril e inane en su interior.




En la segunda parte, tras la boda, el amigo Lars realiza un retrato intimista y decididamente desesperanzado sobre las diferentes vertientes de la compleja psicología del ser humano. Por un lado tenemos a una Justine que tras los hechos acontecidos en su boda parace haber tomado un rol mesiánico, como de deidad cruel e insensible. Claire se muestra temerosa, llena de dudas y miedos por la posible llegada y colisión de Melancholia con la tierra, que acabaría con todo rastro de vida humana. John, el marido de Claire, es un hombre de ciencia que confía en estadísiticas y que mantiene la calma entre fascinado y tranquilizador por estar seguro de que no sucederá tal choque entre los planetas. Por último Leo, el pequeño hijo del matrimonio que representaría una vida tempranamente truncada si este apocalipsis global llegara a tener lugar.



Lars Von Trier suele crear un cine de una pureza dolorosa, cristalina y arrebatadora. Melancholia no es la excepción a esa regla. Su último film, que en sus primeros pasos recuerda tanto a Kubrick como a ese Tarkoviski al que buscó (sin encontrarlo), en la tan desconcertante como fascinante Anticristo, es un maravilloso poema nihilista y misántropo sobre la existencia y huella del ser humano en la tierra. Contrariamente a lo que suelen mostrar otros films sobre catástrofes nada hay aquí de caos, calles infestadas por ciudadanos huyendo hacia ninguna parte o gobiernos sádicos intentando controlar a la marabunta desatada.




El autor de Europa prefiere contar una historia mínima por medio de pocos personajes que representan a una clase social muy determinada y que afrontan su destino entre el horror, la resignación y la indiferencia. Todo ideado con una fuerza visceral localizada en el paraje mas mundano y aislado posible, sin estridencia o sensacionalismo alguno. Esos cuatro roles sirven de termómetro generalizador para analizar como afrontarían distinto tipo de personas un posible fin de los días. Debido en gran parte a ese talento innato que tiene el danés para retratar lo mejor y lo peor que habita en nosotros mismos.




Una vez más los actores lo dan todo por este cineasta que sabe expirimr a sus intérpretes hasta dejarlos exhaustos. Kristen Dunst se entrega en cuerpo y alma (en un papel que en principio iba a intérpetar nuestra Penélope Cruz, pero que finalmente rechazó, para su desgracia) como nunca antes lo ha hecho para dar vida a este personaje de nombre sadiano que pasa de transmitir una falsa felicidad en la primera parte del film a dejarse llevar pos sus instintos (en ocasiones cuasi divinos en su propia alegoría, como ya he comentado) en la segunda. Charlotte Gainsbourg una vez más y al igual que en Anticristo no interpreta un papel, lo hace suyo y lo aborda desde las entrañas. Ella es, en lo referente al reparto, lo mejor del film.




Pero la grata sorpresa también la da un inspirado Kiefer Sutherland que demuestra que es algo más que el actor que dio vida al inolvidable Jack Bauer en la serie 24. El protagonista de Línea Mortal (Flatliners) compone un magnífico personaje, que mediante su determinación y sistema de valores, sirve como catalizador dramático para controlar las obsesiones del rol de Claire, ya que él tiene la misión de tranquilizar a su esposa con respecto a un supuesto choque con Melancholia. Finalmente su verdadera cara saldrá a la luz y un acto extremo por su parte dará pie al inicio del magnífico clímax de la obra cinematográfica.




Entre los secundarios destacar a habituales dentro de la obra de Lars Von Trier como el alemán Udo Kier (con simpático papel), el sueco Stellan Skasgard haciendo de cabrón como sólo él sabe cuando Von Trier lo lleva de la mano o el inglés John Hurt, que tras poner su voz como narrador en Dogville y Manderlay por fin ejerce como intérprete en una de las obras de este director. Pero también debo nombrar a recién llegados al mundo vontrieriano como Alexander Skasgard, un entrañable Brady Corbet o una irónica Charlotte Rampling. Todos ellos con su momento de gloria, pero eclipsados por el trío protagonista y sobre todo por las dos magníficas hermanas ya mencionadas previamente.




Para el que suscribe, Melancholia supone el enésimo triunfo de uno de los autores más interesantes, personales, engreídos e irascibles del cine contamporáneo. Lars Von Trier ha encontrado belleza en el terror, poesía en un fin de ciclo existencial, magnificencia en lo perecedero y ha creado otra de esas obras que dejan al espectador tocado en más de un sentido tras su visionado. Se confirma que este señor sigue sumido en una extraña depresión, eso o que su visión del mundo se vuelve cada vez más descorazonadora, pero también por ello pardójicamente lírica y hasta bella. Veremos hacia donde se encarrila la carrera de este suicida artístico con un talento tan grande como larga su bífida y descontrolada lengua cuando le ponen un micrófono delante.