viernes, 7 de febrero de 2014

Robocop 2, raising Cain



Título Original Robocop 2 (1990)
Director Irvin Kershner
Guión Frank Miller y Walon Green
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Daniel O'Herlihy, Belinda Bauer, Daniel O'Herlihy, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard Pugh, Patricia Charnonneau, Felton Perry




Tras el enorme éxito de Robocop la Metro Goldwyn Mayer y Orion Pictures se pusieron manos a la obra con la secuela que se estrenaría tres años después de la puesta de largo internacional de la anterior entrega. De manera bastante inteligente tanto el director Paul Verhoeven como los guionistas Ed Neumeier y Michael Miner se desvincularon del proyecto dejando los mandos de la realización al veterano Irvin Kershner (Star Wars: El Imperio Contraataca) y la escritura a Frank Miller, por aquel entonces ya un nombre capital dentro del mundo del noveno arte gracias a obras como Batman: El Regreso del Caballero Oscuro y Batman: Año Uno para DC o Daredevil: Born Again para Marvel, y Wallon Green que reescribió el libreto del mismo Miller para supuesto enfado de este. Robocop 2 vio la luz en 1990 y enfrentarse con ella a día de hoy es tan desalentador como innecesario.




Una nueva ola de criminalidad asola la ciudad de Detroit cuando empieza a moverse por las calles una letal droga sintética llamada Nuke. El culpable de que esta sustancia se haya puesto de moda es un mesiánico delincuente llamado Cain que dirige una banda de narcotraficantes y asesinos a los que nadie parece poner freno. Para detener al grupo de Cain la policía enviará a Robocop (el agente Alex Murphy reconvertido en máquina) y su compañera Ann Lewis y con ello poner fin a los negocios ilegales del peligroso criminal. Pero la intervención de la corrupta OCP y su nuevo proyecto para hacerse con el control total de Detroit llamado Robocop 2 darán al traste con los planes las fuerzas de la ley para detener a los culpables del infierno en el que se ha convertido la ciudad.




Robocop 2 es un producto totalmente fallido, primero como secuela de la primera Robocop y después como obra cinematográfica. No sé cuánto del argumento original de Frank Miller quedó en el guión que se utilizó para dar forma al largometraje (no debió enfadarse demasiado por el asunto con los productores cuando él mismo intervino en un par de cameos en la película haciendo de científico fabricante de Nuke) pero el mismo muestra claros síntomas de que el autor de Sin City (o el mismo Wallon Grenn que lo reescribió) no entendió para nada el tono de sátira de la película de Paul Verhoeven, asimilándolo mal y reinterpretándola peor para esta segunda parte.




El tono ácido sólo se ve apuntado puntualmente (los anuncios de televisión y los informativos que pecan de exagerados) pero casi siempre de manera paupérrima y el contexto de un futuro regido por corporaciones formadas por empresarios agresivos cuyo fin es enriquecerse monetariamente está puerilmente expuesto (lo de la clausula del contrato que permite a la OCP arrebatar la ciudad al alcalde es una estupidez supina) dando una visión innecesariamente grandguiñolesca de lo que los autores de Robocop analizaron con mucha más inteligencia y humor tres años antes. El resultado es un guión que falla tanto en su estructura como en apuntes argumentales sonrojantes como cuando la OCP adultera las Directrices de Robocop para convertirle en un imbécil integral, degradando al personaje de la misma manera que Superman 3 y 4 lo hicieron con el personaje de DC al que daba vida el tristemente fallecido Christopher Reeve.




Por desgracia la realización de Irvin Kershner tampoco ayuda engrandecer el producto. El director de Nunca Digas Nunca Jamás está como de pasada, su puesta en escena es plana, su cámara taciturna e insípida y si las secuencias de acción se salvan en algunos de los momentos del metraje es más por el diseño de producción y la labor de los especialistas de escenas de riesgo que por su trabajo detrás de las cámaras. Aunque tenemos persecuciones explosiones, tiroteos, bastante violencia (aunque no tanta como en la primera parte y mucho peor rodada) y unos efectos de maquillaje, stop motion, animatrónicos y alguna pincelada de primitivos CGI (el rostro de Cain que sale en la pantalla que porta en la cabeza el robot que contiene su cerebro) que lucen bien en pantalla el tufo a telefilm inflando no desaparece durante toda la película que para colmo padece de un montaje mediocre que acentúa su acabado más bien pobre y caótico.




Curiosamente hay planteamientos y conceptos acertados en Robocop 2, que en ocasiones son puramente frankmillerianos, pero por desgracia son contados con los dedos y no salvan del naufragio el proyecto. El hecho de que un niño sea un importante capo de la mafia (muy políticamente incorrecta es la visión que se da de los críos en el futuro que refleja la película, no hay más que ver al curioso equipo de beisbol que asalta la tienda de electrónica) es toda una osadía para la época que no está mal desarrollada y el hecho de que un robot llegue a tener dependencia de estupefacientes incluso llegando a sufrir el síndrome de abstinencia es uno de los mayores aciertos de la cinta que acentúa la vulnerabilidad quebrada del personaje de Cain una vez ha sido reconvertido en máquina. Pero por desgracia a estos apuntes curiosos se contraponen desaciertos que hieren de muerte la película, como la subtrama sensiblera con la mujer de Murphy para incidir en la humanidad del protagonista.




Robocop 2 es un despropósito, una obra que a diferencia de su predecesora sí es una cinta de acción pura y dura a la que se le añaden por compromiso hereditario apuntes críticos sobre política y capitalismo pobremente abordados que palidecen ante el dechado de mala baba y sorna que daba forma al guión que Ed Nemumeir y Michalel Miner escribieron para la película de Paul Verhoeven. La cinta de Irvin Kerhsner es una hija de su tiempo, envejecida, hipertrófica e incompetente que no puede ofrecer nada de interés al espectador más allá de acción violenta y ruidosa. Su éxito en la taquilla fue moderado, pero arrasó en ventas en el mercado doméstico, de modo que la tercera entrega que comentaré en breve no se hizo esperar demasiado y aunque un servidor no la ha visto nunca según se comenta es un producto del todo vergonzoso.




Ya como apunte curioso para los fans de los cómics afirmar que Frank Miller no se desvincularía aquí del todo del personaje de Robocop a pesar de lo frustrante que supuso para él colaborar en el guión de la secuela ya que la tercera parte también partiría de un argumento de su propiedad que sería adulterado hasta lo bochornoso. Por último cabría destacar que años después, en 2003 concretamente, el sello americano Avatar Press editaría una serie de nueve números en los que Steve Grant al guión y el español Juan José Ryp a los dibujos adaptarían esta historia de Miller al mundo del cómic aunando en la misma todo lo que el autor de Holy Terror había ideado para Robocop 2 y 3 y que los productores desecharon para su enfado. A su debido tiempo esa obra será comentada en este blog.



miércoles, 5 de febrero de 2014

Robocop, the future has a silver lining



Título Original Robocop (1987)
Director Paul Verhoeven
Guión Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer, Ronny Cox, Dan O'Herlihy, Robert DoQui, Paul McCrane, Ray Wise, Jesse D. Goins, Felton Perry, Del Zamora






Tras su sexta película, la inolvidable El Cuarto Hombre, el cineasta Paul Verhoeven dejó su Holanda natal para debutar en Hollywood y así alejarse de la polémica que sus últimos trabajos habían suscitado en los Países Bajos. Pero antes de poder realizar largometrajes en la meca del cine se embarcó en un proyecto internacional (con capital europeo y norteamericano) titulado Los Señores del Acero (Flesh + Blood) cuya gestación fue un caos para el director. Por suerte esta infructuosa aventura le sirvió para realizar una primera toma de contacto con profesionales del cine estadounidense y gracias a ello llamar la atención de la por aquel entonces pujante Orion Pictures que solicitó sus servicios para ponerse detrás de las cámaras en el que sería su debut cinematográfico al otro lado del charco.





Cuenta la leyenda que cuando Paul Verhoeven leyó sólo 20 páginas del guión que Ed Neumeier y Michael Miner habían hecho para el proyecto de Robocop lo tiró al suelo pensando que era pura basura. Su mujer Martine lo recogió, lo leyó en su totalidad y le aconsejó a su marido que lo reconsiderara ya que detrás de la historia había mucho más que un thriller futurista. Gracias a su señora el director de Spetters se embarcó en la gestación de lo que más tarde se convertiría en una de las películas más icónicas del cine comercial americano de la década de los 80 y el punto de partida de una franquicia que abarcó tres películas, cómics, series de televisión (animadas y de imagen real) y todo tipo de merchandising que llega hasta la actualidad con ese inminente remake de la obra primigenia a manos del carioca Jose Padilha que que el 14 de febrero llegará, para bien o para mal, a las carteleras españolas.




En un futuro próximo la ciudad de Detroit se ve inmersa en unas tasas de criminalidad desorbitadas a las que se suma una profunda crisis financiera . La corporación OCP (Omni Consumer Products) tiene privatizadas a unas fuerzas policiales que se ven desbordadas y a las que se suma Álex J. Murphy, un joven agente que durante su primer día de trabajo en la ciudad será brutalmente asesinado por la banda de criminales comandada por Clarence Boodicker. La OCP utilizará el cadáver de Murphy para poner en práctica el proyecto Robocop que consiste en crear cyborgs policías para que se sumen a las filas de los cuerpos de la ley y así poner fin a la delincuencia en Detroit y llevarla a un futuro en el que será conocida como Delta City. Pero toda la misión se convertirá en fracaso cuando Murphy comience a tener recuerdos, no sólo de su mujer e hijo, también de los asesinos que le quitaron la vida.




Hay dos conceptos que hacen que Robocop no sea la típica cinta de ciencia ficción de los años 80 que el mismo Paul Verhoeven creía que era al leer el guión. Uno es su contexto y el otro su tono. El argumento de Robocop está localizado en un futuro cercano en el que la ciudad de Detroit está sumida en un caos en el que la crisis económica permite que corporaciones corruptas como la OCP privaticen servicios públicos como la policía o la sanidad para por otro lado servirse de los mismos criminales a los que supuestamente debe encarcelar con el único fin de beneficiarse monetariamente a costa de los ciudadanos. La OCP es una empresa que practica el capitalismo agresivo controlando las fuerzas de la ley y proporcionando armamento a las fuerzas militares de Estados Unidos. Sus componentes son yuppies avariciosos y arribistas a los que poco les importa el futuro de sus compatriotas o conceptos tan básicos como los derechos humanos.




Pero para que todo este contexto no sea una farragosa crítica alarmista sobre la globalización y el fascismo institucionalizado del mundo occidental Ed Neumeier y Michael Miner al guión y Paul Verhoeven en la dirección convierten el proyecto de Robocop en una acidísima sátira política y social que se ríe, entre otras muchas cosas, del cine de acción de la era de Ronald Reagan, de la ola de neoconservadorismo al que el gobierno de este último dio inicio, a la ambición puramente estadounidense, su pasión por el libre mercado desproporcionado y hasta del mismo espectador que se ve disfrutando de una película que hace un uso de una violencia explícita tan bestial que acaba arrancándole la carcajada en más de una situación que en la vida real no tendría la más mínima gracia. Algo parecido a lo que más tarde volverían a exponer los mismos Verhoeven y Neumeier en la adaptación que hicieron de Starship Troopers, la novela de Rober A, Heinlein.




A este contexto espaciotemporal en el que los empresarios se pisotean los unos a los otros sirviéndose de asesinos descerebrados y contrabandistas sin escrúpulos a los que la policía no puede hacer frente porque estarían dando caza a sus propios jefes mientras los altos cargos de empresas permiten utilizar el cuerpo de un hombre inocente para convertirle en una máquina a la que consideran "un producto" y a una mirada satírica en la que se retrata una sociedad en la que la televisión anuncia que Estados Unidos se ve implicado en genocidios o "guerras preventivas" cuyos resultados son terribles para la población o promociona juegos de mesa para toda la familia que incitan a devastar países enteros por medio de ataques nucleares se une una dirección técnica brillante que se hace grande cuando tiene que mostrar su faceta de thriller de ciencia ficción frenético, descarnado y lleno de violencia desagradable y angustiosa.




Porque si dejamos de lado el subtexto político y social lo que más destaca de Robocop es la increiblemente bestial violencia que Verhoeven expone en pantalla y que con el tiempo se convertiría en una de sus señas de identidad más reconocibles al menos en su etapa norteamericana en la que no podía incidir demasiado en el sexo explícito de su primeros films, aunque consiguió recuperarlo en parte para largometrajes como Instinto Básico o Showgirls. El asesinato de Álex Murphy por parte de la banda de Clarence Boddicker es una de las escenas cinematográficas que más me impactaron durante mi infancia (y eso que en el montaje del director es mucho más cruda si cabe) pero curiosamente la misma está en gran parte justificada porque sirve para que el espectador pueda calibrar la crueldad y pocos escrúpulos que perfilan a los que vendrían a ser los villanos de la película.




Esta violencia tan gráfica, que a día de hoy ninguna productora de las llamadas grandes se atrevería a incluir en uno de sus productos comerciales, está en perfecta consonancia con la mirada cínica, hiperbólica y sardónica del film. No hay más que ver cómo en la escena de la presentación del ED- 209 (una máquina deshumanizada que representa a una empresa deshumanizada) en la que el robot acribilla a tiros, hasta dejar convertido en una masa sanguinolenta, durante una prueba a uno de los empresarios de la OCP cómo uno de los asistentes a la reunión pide que alguien llame a un paramédico para que asista al agredido del que sólo quedan trozos de carne destrozada (apunte curioso en el que se afirma de manera certera y sutil cómo las clases acomodadas son ajenas a la brutal violencia que asola los barrios bajos de la ciudad) para que finalmente el presidente de la compañía afirme sentirse decepcionado, no porque haya muerto una persona inocente, sino porque el ED - 209 no sea un producto útil del que sacar beneficio.




A pesar de ser un producto comercial y de encargo Paul Verhoven encontró en Robocop varias de las señas de identidad que forjaron su impronta autoral en Holanda. La fragilidad del cuerpo humano que si en sus primeros films era abordada por medio de la desnudez integral de sus personajes aquí es expuesta por medio de una violencia que nos enfatiza cuán vulnerables somos ante el uso de unas armas de fuego que en esta ocasión desgarran, mutilan y explotan todo tipo de cuerpos, un matiz grotesco que se adentra en la escatología (el personaje de derretido por culpa de los productos químicos) un retrato del hombre moderno en el que lo descubrimos como una criatura deshumanizada capaz de los actos más rastreros con el único fin de beneficiarse ya sea en el plano personal o profesional o su obsesión con la figura de Jesucristo, ya que el mismo protagonista es un émulo de este con su pasión, muerte y resurrección muy marcadas y hasta una escena en la que "camina sobre las aguas" en el enfrentamiento final con Clarence.




En la escala de hijos de puta que habitan la jungla de Robocop es interesante abordar la relación entre Dick Jones y Clarence Boddicker que son roles coetáneos aunque cada uno en un estrato social diferente. El primero, al que da vida un enorme Ronny Cox, es la representación viva de todo lo corrupto y rastrero que hay en OCP (el rol de Bob Morton, de un memorable Miguel Ferrer, todavía no llega a serlo, pero el uso que hace de Murphy como un objeto de consumo del que sacar dividendos y así escalar puestos en la empresa le auguran un futuro parecido al de Jones que evidentemente se ve truncado cuando este lo ejecuta por medio de Clarence) un empresario capaz de eliminar a competidores y compañeros con tal de hacerse un hueco en el proyecto Delta City con el que aspira a controlar las calles. El segundo interpretado por un aterrador Kurtwood Smith es el brazo derecho de Jones, el "mal menor" que hace el trabajo sucio, el criminal que puede llevar a cabo tranquilamente sus actos de delincuencia (al menos hasta la aparición de Robocop) porque está protegido por la misma organización que controla a la policía. Al igual que todos los personajes del film Jones y Boddickerd no son un dechado de tridimensionalidad como roles pero están lo suficientemente perfilados para ser creíbles y profundamente odiosos.




En el tratamiento de personajes y su dirección de actores Paul Verhoeven siempre ha marcado diferencia aunque los primeros fueran meros estereotipos y los segundos intérpretes mediocres a los que poco se les puede sacar de valor artísticamente hablando. El autor de Eric: Oficial de la Reina da profundidad a la psique de Alex Murphy, con sólo unas pinceladas lo expone en pantalla como un hombre íntegro cuando es humano y como un alma torturada cuando es una máquina que comienza a rememorar su pasado siendo ya un cyborg. Especialmente elegante y triste la escena en la que se quita el casco delante de su compañera Lewis para ver su rostro reflejado en un espejo (sabiamente deformado, apunte muy acertado) y así enfatizar su frágil humanidad debajo de las capas de acero y kevlar que forman su aséptico cuerpo mecanizado.




Pero como previamente hemos comentado el tono de Robocop es puro pulp, un cómic de Juez Dredd (muchos dicen que esta es la mejor adaptación no oficial que se ha hecho en cine del personaje creado por John Wagner y Carlos Ezquerra para la revista 2000 AD) o de Frank Miller (no es raro que el guionista y dibujante se implicara con la escritura de la secuela) puesto hasta el culo de esteroides con una visión sarcástica del género de action heroes de los 80. Verhoven y sus dos guionistas siguen al pie de la letra las pautas del cine fascistoide de venganzas que en aquella década protagonizaran Sylvester Stallone o Arnold Schwazzenegger para que el espectador poco avispado disfrute con lo que parece una entrega más de testosterona fílmica por un tubo y el más lúcido sea capaz de disfrutar que en verdad no se está enalteciendo ese tipo de cine, sino parodiándolo, no hay más que ver la cara de satisfacción estúpida del personaje al que pone cuerpo Felton Perry cuando Murphy da el golpe de gracia al villano de la película en la última escena.




Aunque para el cine norteamericano comercial de la época 13 millones de dólares no daban forma a un presupuesto muy abultado una película como Robocop tenía un acabado técnico sobresaliente para 1987. Paul Verhoeven se veía por primera vez en una superproducción en la que podía ofrecer una puesta en escena en la que imperaban los planos subjetivos (el momento del nacimiento del personaje como robot es uno de los pasajes más acertados del film) los travellings (el circular en la celda donde será confinado el protagonista cuando no esté de permiso) y una épica, en contraposición a los pasajes truculentos, en la que una vez más se emparenta al personaje principal con al figura de Jesucristo como cuando es tiroteado por los policías en el parking, pasaje que regala momentos de fuerza indescriptible ayudados por la potentísima banda sonora de un Basil Poledouris en su mejor momento y la fotografía de Jost Vacano que gracias a la iluminación en ocasiones bordea la magnificencia estética.




Los efectos especiales también dieron forma y cohesión al entramado del film. Aún quedaban unos años para que los CGI hicieran acto de presencia en el grueso de las producciones de Hollywood de modo que el equipo técnico tiró de látex, maquillaje y un diseño de personajes a cargo de Rob Bottin, Graig Hayes y Phil Tippet que era de nota por aquel entonces. Los movimientos del robot ED - 209 se diseñaron por medio de Stop Motion y el resultado fue sobresaliente inyectando este formato una animalidad intimidante a la máquina que tendría su culmen en el enfrentamiento con Robocop en las oficinas de Dick Jones. Puede que a día de hoy los trucos visuales de Robocop se vean algo anticuados por culpa de que ahora no concebimos una film sin efectos digitales pero todavía hoy a casi 30 años de su estreno son rotundamente efectivos, muy primarios y por supuesto creíbles, epidérmicos y deliciosamente artesanales.




Robocop no sólo es una obra maestra de los 80, la mejor producción de Paul Verhoeven en su etapa americana y uno de los films que más han marcado a un servidor primero como espectador neófito y más tarde como cinéfilo y admirador de la obra del hombre que la dirigió, también fue una pieza premonitoria que nos hablaba de un futuro próximo que ya es presente. Algún despistado afirma que hoy Robocop ha envejecido de mala manera, supongo que lo dirán por los ya mencionados efectos especiales de la época y parte de su acabado técnico, porque un largometraje que nos habla de la privatización de servicios públicos, del corporativismo agresivo, una crisis económica con la que las clases adineradas se benefician de las bajas y de cómo el capitalismo extremo rige el devenir de una sociedad en decadencia está, por desgracia, a la orden del día. De las secuelas hablaré más adelante y del remake de Jose Padilha cuando la vea en cine con las expectativas muy bajas, porque superar (o igualar) esta bomba incendiaria, cruda, incómoda, divertida y visionaria es una tarea del todo imposible.



jueves, 30 de enero de 2014

A Propósito de Llewyn Davis



Título Original Inside Llevyn Davis (2013)
Director Joel e Ethan Coen
Guión Joel e Ethan Coen
Actores Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman, Ethan Phillips, Garrett Hedlund, Justin Timberlake, Max Casella, F. Murray Abraham, Jeanine Serralles, Stark Sands, Jerry Grayson, Robin Bartlett, Adam Driver





Tras el interesante y recuperable remake que realizaron en 2010 de Valor de Ley (True Grit) de Henry Hathaway, basados ambos films en la novela homónima de Charles Portis, lo cineastas norteamericanos Joel e Ethan Coen vuelven a las pantallas con un homenaje a la música folk de los años 60 (con la que ambos hermanos se criaron) o más bien a aquellos cantautores dentro del género que no consiguieron el reconocimiento que merecían a pesar de tener talento y pasión por su trabajo. Lo resultante es A Propósito de Llewyn Davis una memorable cinta 100% Coen que se mueve entre varios géneros y que se encuentra entre las mejores piezas de la última etapa de los creadores de Un Tipo Serio o No es País Para Viejos.




Inside Llewyn Davis está parcialmente inspirada en The Mayor of MacDougal Street las memorias del cantante folk Dave Van Rock y narra la historia del Llewyn Davis del título, un cantautor que durante 1961 vaga por Greenwich Village (New York) buscando locales en los que tocar en directo y casas de amigos y allegados en las que pasar la noche mientras espera infructuosamente que llegue ese éxito que se le resiste. Su antiguo compañero en las voces se ha suicidado, está esperando el hijo no deseado de la novia de uno de sus amigos y tiene que cuidar el gato de un matrimonio conocido hasta que pueda devolvérselo a la pareja. Sin dinero o reconocimiento intentará hacer lo posible para vivir de su música ya que su otra opción es volver a ser marino mercante algo que no le hace ninguna gracia.




Amalgama de la impotencia que en ocasiones se adscribe al talento incomprendido y desperdiciado expuesta en Barton Fink (sin el hermetismo kafkiano de aquella, aunque curiosamente aquí tenemos también unos estrechos pasillos que casi hacen que las puertas de los apartamentos choquen entre ellas y que nos remiten a la impronta literaria del autor de El Proceso), con O Brother!, sobre todo por sus referencias musicales y literarias de origen griego (a Homero concretamente), sumándole apuntes del peculiar humor de Un Tipo Serio y el laconismo desesperanzador de El Hombre que Nunca Estuvo Allí. Inside Llewyn Davis es una triste canción de folk en imágenes llena de melancolía existencial y desencanto protagonizada por un pobre y peculiar hombre con talento pero sin suerte.




Llewyn Davis es una criatura puramente coeniana. Un tipo taciturno, que no exterioriza sus sentimientos (cuando lo hace es en forma de canción y sin lugar a dudas esos son los mejores momentos del largometraje) y cuyo pasotismo vital en ocasiones llega a ser irritante. Un individuo arisco y en ocasiones antipático que contra todo pronóstico al que suscribe cayó en gracia ya que llegué a empatizar con su desgraciada existencia y a compadecerme de los continuos reveses que le asesta el destino. Cada vez que un glorioso Oscar Isaac hace que su personaje se abra en canal por medio de los temas musicales que interpreta desde el dolor o la impotencia la realidad vuelve a golpearle al finalizar los mismos por medio de la indiferencia, la intromisión de algún conocido (el momento con el matrimonio Gorfein es descacharrante) o la reacción inesperada de alguno de sus oyentes (con la respuesta "física" del padre ante su interpretación de Shoals of Herring no sabemos si reír o llorar) poniéndole estos una vez más los pies en la tierra.




Cada tema interpretado por el protagonista expone al espectador su estado de animo o sus sentimientos. La apertura con Hang Me Oh Hang Me manifiesta la intención de Llewyn por no dejarse vencer, su intervención en Please Mr Kennedy (Justin Timberlake demostrando una vez más que tiene madera de buen actor aunque no tenga en esta ocasión muchos minutos en pantalla) manifiesta cómo debe prostituirse haciendo música de otros para ganarse un sustento y esa maravillosa The Death of Queen Jane no sólo habla claramante de su relación con Jean (una Carey Mulligan que a pesar de ser una arisca malhablada, o puede que por ello, consigue enamorarme una vez más con su mirada y ese pelo moreno que le queda genial) y el hijo que espera de ella, ya que también se revela como el punto álgido del film cuando Davis la interpreta delante de Bud Grossman (un muy recuperado F.Murray Abraham) transmitiendo tanto dolor como impotencia con esas últimas estrofas cantadas a capella a modo de súplica desesperada.




Pero la música folk no sólo tiene su lugar en la banda sonora del film, la elegante y apagada dirección de fotografía de Bruno Delbonnel (que consigue la proeza de que no echemos de menos el sello de Roger Deakins, habitual de los Coen) el mismo poster del largometraje que nos recuerda a la portada de The Freewheeling de Bob Dylan o la carátula del, nada exitoso, disco en solitario de Llewyn (el que da título al largometraje en inglés) que es una referencia estética y conceptual clara al de aquel Inside Dave Van Ronk en el que se inspira indirectamente el grueso de la historia del film nos remiten a aquel movimiento musical que tuvo su época de gloria en los 60 y cuya visión por parte de los Coen está expuesta desde la admiración y el cariño, pero también la decepción, la tristeza y el desencanto.




A lo largo del metraje tenemos situaciones y personajes que son inconfundibles hijos de sus creadores. Al Cody podía haber compartido micrófono fácilmente con George Clooney, Tim Blake Nelson y John Turturro en Oh Brother!, Johnny Five parece una versión rejuvenecida del Gaear Grimsrud al que daba vida Peter Stormare en Fargo, la oficina de Mel recuerda vivamente al despacho del rabino de Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) en A Serious Man y luego está John Goodman, que ya de por sí es como un sello inconfundible de la Factoría Coen. Pero hasta situaciones como el viaje en coche a Chicago, la discusión con Lillian Gorfein cuando se "entromete" en la canción de Llewyn, las peleas en las que se ve implicado el protagonista o los dos intentos por embarcarse en la marina mercante recibiendo una hosca respuesta son momentos tan de sus creadores que no desentonan en absoluto con el resto de su filmografía.




A Propósito de Llewyn Davis es el viaje interminable (esa narración circular hacia la recta final perfecta para acentuar el matiz de bucle infinito en el que está sumergido el protagonista) de un hombre desencantado con un mundo que no valora su talento (la aparición de Bob Dylan actuando en el cierre del film es el coupe de grâce definitivo) que se muestra arisco con sus semejantes porque aunque no exterioriza sus sentimientos (si no es encima de un escenario y con su guitarra en las manos) sí los canaliza por medio de una, en ocasiones, antipatía psicológica que da pie a que sus amigos y conocidos le den la espalda o le traten de manera más o menos recíproca (la discusión en el parque con Jean y lo de los condones me arrancó más de una carcajada) en ocasiones mereciéndolo totalmente, para qué negarlo.




Durante su trayecto realmente no lo vemos casi nunca realmente desesperado, porque es un tipo apagado y triste que no parece implicarse con nada. Su acto más humano durante todo el film es velar por Ulises, el gato de sus amigos (la presencia del mismo y su nombre una vez más tienen reminiscencias homéricas) o visitar a su padre en el asilo con resultado más bien penoso. Pero esos momentos en los que Llewyn Davis coge su guitarra y se arranca de las entrañas lo que verdaderamente siente son los que utilizan estos hermanos judíos para rendir tributo la música (y músicos)  folk que los criaron y educaron para por el camino también homenajear a sus propios antihéroes, aquellos que pueblan una de las carreras más interesantes del cine norteamericano de los últimos 30 años.



jueves, 23 de enero de 2014

El Lobo de Wall Street



Título Original The Wolf of Wall Street (2013)
Director Martin Scorsese
Guión Terence Winter basado en el libro de Jordan Belfort
Actores Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey, Jean Dujardin, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Bernthal, Jon Favreau, Ethan Suplee, Margot Robbie, Cristin Milioti, Katarina Cas, Joanna Lumley, Spike Jonze, Chris Kerson, Shea Whigham






A lo largo de los años 80 y 90 el agente de bolsa Jordan Belfort engañó a un interminable número de inversores en bonos basura por medio del fraude y el engaño. El mismo Belfort retrató su estratosférica carrera hacia el el éxito en una autobiografía titulada The Wolf of Wall Street que llamó durante un tiempo la atención del cineasta Martin Scorsese. Finalmente el director de La Invención de Hugo junto a su actual actor fetiche, Leonardo DiCaprio, y Terence Winter (creador de Boardwalk Empire, magnífica serie de la que Scorsese es productor y en su momento realizador del episodio piloto) al guión sacaron adelante la adaptación a imágenes de las memorias de Jordan. El resultado es una cinta 100% Scorsese, excesiva, divertida, llena de humor negro, drogas, sexo y estafas millonarias que se revela como una de sus grandes últimas obras, pero no una que pueda codearse con sus clásicos.




El Lobo de Wall Street es un mestizaje entre Uno de los Nuestros (Goodfellas)  y Casino con Wall Street de Oliver Stone. La historia de un embaucador lleno de carisma, de un Flautista de Hamelin experto en desplumar a inversores despistados que depositan su fe en las malas artes de este avaricioso hijo de puta hecho a sí mismo pero por medio del dinero de los demás, personas a las que deja en la ruina sin que le tiemble el pulso creándoles necesidades que no tienen gracias a su verborrea incontrolable. Jordan Belfort es la representación física de Estados Unidos, un país ambicioso que no duda en arrasar con lo que se le ponga por delante con tal de saciar su apetito goloso impulsándose por un carácter competitivo sustentado en un capitalismo agresivo que todo lo devora sin dejar nada a su paso.




Para poner en escena este relato excesivo, espídico, gamberro y psicológicamente violento Scorsese se sirve de su habitual pericia como narrador aunando el conocido uso potente de la cámara al que nos tiene acostumbrados con su habitual talento de storyteller de altos vuelos que hace que una cinta de 180 minutos de metraje no pese en ningún momento. Todo gracias a un ritmo endiablado que cuando asienta sus bases mostrándonos los primeros pasos de su protagonista como corredor de bolsa gracias a las enseñanzas de su mentor Mark Hannah (un Matthew McConaughy brillante con sus pocos minutos en pantalla, menuda resurrección artística la de este actor) se entrega a una bacanal de orgías, consumo de todo tipo de estupefacientes, desperdicio de dinero a manos llenas y negocios fraudulentos.




En The Wolf of Wall Street se auna la autoría de ese Martin Scorsese que sabe retratar a ladrones, estafadores y criminales entre el carisma, la complicidad y la envidia o el rechazo, el odio y el patetismo con el especial talento (aquel que llevamos viendo durante varias temporadas de Boardwalk Empire) de Terence Winter para retratar las bajezas más execrables del hombre occidental (y una visión de la mujer como objeto para uso y disfrute exclusivo del hombre que es puro cliché en ocasiones hasta ofensivo, pero si nos metemos en ese terreno podríamos dedicarle otra entrada entera al tema y no es el momento) retratando un paisaje del mundo de la bolsa en la que no hay una sola buena persona y las que lo son no tienen rostro porque son las pobres víctimas que caen bajo el influjo de Jordan Belfort y sus huestes.




Como es lógico el relato nos es narrado por el mismo Belfort al que da vida un enorme Leonardo DiCaprio que sigue creciendo como actor y que ofrece aquí su mejor trabajo para Scorsese entregándose hasta lo intimidante a su director siendo protagonista, instigador y víctima de escenas sencillamente brillantes que se quedan grabadas en la retina. Unas veces carismático y embaucador (sus discursos motivacionales apelan a los instintos más primarios y la avaricia de sus empleados y por eso triunfa con ellos) y otras patético y sumiso (cuando su mujer, interpretada por la arrebatadora Margot Robbie lo somete en la escena del dormitorio del bebé o con el último coito que practican juntos) Jordan es un asqueroso parásito al que el protagonista de El Aviador le entrega todo su talento y dignidad. Porque no sé si ganará el Oscar en la gala de este año, pero sólo por la escena en la que le da el subidón tardío de los Lemmon 714 y que abarca los pasajes de la cabina de teléfono, la subida y conducción del Lamborghini y la pelea con Jonah Hill en la cocina ya merece todos los premios de interpretación existentes.




Scorsese se rodea de actores que clavan con oficio sus personajes para que le ofrezcan pasajes inolvidables. Como el momento del subdión de Lude de un Jonah Hill pletórico que tiene una química interminable con DiCaprio, todos los tejemanejes en Suiza con Jean Dujardin (enorme cuando él y Belfort "dialogan" mentalmente) los arranques de ira del padre de Jordan al que da vida el director Rob Reiner, los consejos sobre onanismo compulsivo y drogadicción de Mathew McConaughey, el momento flirteo con la tía Emma, el intento de soborno a los federales (muy buena labor de un Kyle Chandler que merecía más minutos en pantalla), la cagada del personaje de Hill cuando discute con el de Jon Bernthal (El Shane de The Walking Dead que hace del clásico mafioso hortera scorsesiano) y todas las fiestas, orgías (la del mayordomo gay da pie a momentos descacharrantes) y desfases que el retrato de la vida de un hombre tan excesivo como el que aquí es expuesto exige y demanda.




Al igual que cuando ha diseccionado a todo tipo de criminales Scorsese no se posiciona ni a favor ni en contra de su criatura en El Lobo de Wall Street, deja que la misma se autodefina en pantalla. Pero sería de necios no afirmar que el director de Gangs of New York no siente fascinación por las malas artes de Jordan Belfort para el mundo de las finanzas y la estafa. El director rueda sus correrías con una devoción puesta hasta el culo de condescendiente socarronería que no elude admiración o pura envidia hacia él y su forma de vida. Pero cuando el largometraje va a cercándose a su recta final y el protagonista empieza a caer en un abismo de adicciones, excesos y problemas con la ley que lo abocan inevitablemente al fracaso Scorsese no juzga ni señala acusatoriamente, pero sí analiza y deconstruye sin compasión ni miramientos a un hombre talentoso, inteligente y carismático pero deleznable, ególatra y miserable.




Martin Scorsese demuestra con su última película que está en plena forma, que su impronta tiene un aire de renovada juventud, que su cine sigue de moda y que nunca dejará de ser un gran cronista de su tiempo. Este retrato oscuro del Sueño Americano es un triunfo con todas las letras, la demostración de que si bien será difícil que vuelva a tocar el cielo como lo hizo con Toro Salvaje, Taxi Driver, Malas Calles o Casino (eta última la que sigue siendo mi película favorita de su filmografía) todavía tiene mucho que contarnos y que está viviendo una segunda edad dorada en la que no se amilana con ningún tipo de proyecto. El Lobo de Wall Street con sus más y sus menos, aciertos y fallos, excesos y omisiones es una gran película que retrata a un atajo de desalmados que tuvieron el mundo a sus pies y que lo perdieron por culpa de la avaricia y el engaño comandados todos ellos por un tipo que tiene el descaro, no sólo decir que no va a ganar un sólo dólar con esta película, sino de protagonizar un cameo en ella en la que presenta a su alter ego en la ficción (a sí mismo en la película) como al "peor de todos los hijos de puta que ha conocido jamás" para dos segundos después afirmar que es "el mejor formador de agentes comerciales del mundo".



jueves, 16 de enero de 2014

The Trip, dos en la carretera



Tìtulo Original The Trip (2010)
Director Michael Winterbottom
Guión Ben Smithard
Actores Steve Coogan, Rob Brydon, Claire Keelan, Margo Stilley, Rebecca Johnson, Dolya Gavanski, Kerry Shale






Tras la gloriosa 24 Hour Party People y la atípica y divertida Tristam Shandy: A Cock & Bull Story  al cineasta británico Michael Winterbottom (El Demonio Bajo la Piel, Código 46) le quedó bastante claro que los actores Steve Coogan y Rob Brydon no sólo estaban especialmente dotados para la comedia, también destilaban una más que notable química humorística cuando compartían plano en pantalla. De modo que rodar una película centrada en estos dos intérpretes era tan inevitable como inminente. Así nació The Trip, producción del año 2010 de inusual origen y naturaleza híbrida con bastantes puntos de interés pero no para todo tipo de público.




The Trip es una película en formato de falso documental que sirvió como complemento para un programa del mismo nombre con seis entregas emitido por la BBC en el que Steve Coogan y Rob Brydon reocorrían restaurantes del norte de Inglaterra degustando todo tipo de platos. Algo parecido a lo que aquí en España hicieron los actores Imanol Arias y Juan Echanove para La 1 de Televisión Española con Un País Para Comérselo, pero teniendo este un tono mucho más "cañí". El resultado es una simpática producción en la que los dos protagonistas se lucen sacando a relucir su comicidad, pero que por sustentarse casi por completo en eso puede llegar a hacerse algo reiterativa.




Aunque hay un guión con una historia (aquí la excusa del viaje es hacer una crítica gastronómica par el periódico The Observer) detrás lo cierto es que The Trip, la película, es un vehículo para el lucimiento de sus dos protagonistas. Mientras viajan en coche por parajes norteños degustando platos de todo tipo Steve Coogan y Rob Brydon dan vida a unos sosias de sus propias personalidades en la realidad siendo el primero el (en principio) más serio y arisco y el segundo más desenfadado y agradable, roles que ya ejercieron en cierta manera en la ya mencionada adaptación de la famosa novela de Laurence Sterne. Tenemos secundarios como camareros, cocineros, simpáticas recepcionistas de hotel y una considerable gala de personajes, pero son los ya mencionados actores fetiche de Michael Winterbottom los que llevan el peso del proyecto sobre sus hombros.




Coogan y Brydon se pasan el metraje lanzándose puyazos, haciendo chocar sus egos (mucho más inflado el del primero) y reflexionando sobre sus vidas, la edad o sus carreras como actores una vez se han adentrado en la cuarentena. Pero es innegable que lo mejor de The Trip es ver la enconada competitividad entro los dos protagonistas por imitar las voces de actores conocidos. Sean Connery, Christopher Lee (enorme el pique con los diálogos de ambos en El Hombre de la Pistola de Oro de la saga de James Bond, casi muero cuando Brydon le die a Coogan que parece hablar como si es estuviera recuperándose de un infarto en ese pasaje) Anthony Hopkins, Liam Neeson y sobre todo el duelo de los dos Michael Caine que ambos bordan (aunque Coogan lo emula con más fidelidad) son algunos de los que mejor les quedan. Por el contrario a Brydon la voz de Ian McKellen le sale fatal y no mucho mejor la de Al Pacino y por descontado ambos son penosos emulando a Woody Allen.




El problema de la obra reside en que repite la fórmula a lo largo de los excesivos 107 minutos de metraje. El itinerario viaje en coche, llegada al hotel, interactuación con los secundarios, comida o cena con conversación entre los protagonistas y noche con ambos hablando por teléfono con sus familias es continua a lo largo del largometraje y puede que a cierto tipo de público le agote. Por suerte los actores hacen lo suficentemente bien su trabajo como para que el espectador no se aburra en ningún momento y cuando los pasajes en los que ambos disertan sobre sus vidas y milagros se alargan Winterbottom sabiamente introduce alguna excusa narrativa para que los secundarios tomen algo de relevancia como la recepcionista polaca del primero hotel o el excursionista que da la brasa a Coogan hablándole de la erosión y del que este huye disimuladamente.





El director y su guionista también quieren, con toda la buena intención, introducir en la historia cierto tono dramático y un desarrollo de personajes que en este caso concreto para el que suscribe no aporta demasiado a la historia y su discurrir. No necesito que el director de Camino a Guantánamo o Un Corazón Invencible me diga que la humilde y hogareña vida personal de Rob Brydon es más satisfactoria que la urbanita y un tanto vacua o dispersa de Steve Coogan, porque dudo que se acerque mucho a la realidad. Si realmente lo hace no me importa demasiado, vengo a ver cine, no un programa del corazón y si no lo hace esta no aporta demasiado poso a un trabajo que apela al desenfado, a la réplica mordaz y al carisma de dos actores que cuando comparten plano están, nunca mejor dicho, en su propia salsa.




The Trip es una obra (no sé si tiene doblaje español, pero el mismo sería fallido desde su concepción porque se cargaría todo lo de las imitaciones que sí se pueden disfrutar en V.O, con subtitulos si los mismos son necesarios) menor en la carrera de Michael Winterbottom. Un producto modesto que se ve en una tarde tranquila de domingo para disfrutar de su ligereza, buen humor y simpatía. Pero cierto es que desde su humildad nos aporta momentos memorables como las disertaciones que ambos protagonistas hacen sobre literatura, filosofía, cine, de cosas tan intrascendentes como la comida que se queda entre los dientes o tan hilarantes como el supuesto panegírico que Coogan recitaría en el funeral de Brydon o cuando este propone al anterior si sería capaz de aceptar que su hijo tuviera una "enfermedad menor" con tal de ganar un Oscar. Ahora sólo me queda ver la verdadera The Trip, la serie en la que está basada esta agradable propuesta 100% hija de su autor hecha, sobre todo, para sus fans y para aquellos a los que les gusta pasar hambre viendo cine.