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sábado, 8 de febrero de 2014

Robocop 3, Detroit Rock City



Título Original Robocop 3 (1993)
Director Fred Dekker
Guión Frank Miller y Fred Dekker
Actores Robert Burke, Nancy Allen, Rip Torn, Remy Ryan, John Castle, Jill Hennessy, CCH Pounder





A principios de los 90 la franquicia de Robocop en el celuloide estaba herida de muerte. Robocop 2 tuvo un moderado éxito en taquilla pero los alquileres y ventas del film en los antiguos VHS fue descomunal. De modo que Orion Pictures volvió a asociarse con la Metro Goldwyn Mayer para matar definitivamente al cyborg policía del futuro con una tercera e innecesaria entrega. En 1993 Robocop 3 se dio a conocer al mundo y el resultado fue un desastre mayúsculo, tanto en el plano artístico como el económico, hundiendo a la Orion Pictures y mandándola a la bancarrota. Esta segunda secuela del personaje creado por Ed Neumeier, Michael Miner y Paul Verhoeven es un disparate de proporciones catedralicias, un intento por parte de los productores de abrir la saga a un público más amplio que resultó una cagada de campeonato.




La OCP ha sido absorbida por una multinacional japonesa que quiere llevar a buen puerto el proyecto Delta City para convertir Detroit en una ídilica ciudad perfecta. Para ello la empresa utilizará a uno grupo de agentes militarizados que por medio de la fuerza desalojará a las clases bajas de los barrios desfavorecidos. En este contexto el agente Alex Murphy, el primer Robocop, y su compañera Ann Lewis se verán en la obligación de unirse a un grupo de sublevados que lucharán hasta el final por impedir que la OCP les arrebate sus hogares. Robocop con la ayuda de su grupo de amigos, al que se unirá la doctora Marie Lazarus que es la supervisora de su funcionamiento, tendrá que ponerse en contra de sus superiores para mantener el orden en la vieja Detroit.




Robocop 3 es un sálvese quién pueda, un hagamos lo que sea para que esta franquicia muerta en vida salga adelante aunque tomemos decisiones estúpidas y contradictorias. Una vez más un argumento de Frank Miller es violado impunemente para convertir una historia oscura y llena de mala baba en una cinta para toda la familia al más puro estilo de principios de los 90. Una vez más se hace borrón y cuenta nueva en el equipo técnico y se ficha a Fred Dekker, un director de cine de terror para todos los públicos (autor de la simpática The Monster Squad, Una Pandilla Alucinante en España) para que se ponga detrás de las cámaras. Y por último una vez más el fracaso es desolador a todos los niveles. Robocop 3 es al punto más bajo de la franquicia cinematográfica, pero tampoco es mucho más mala que la segunda parte.




Por un lado los productores quieren recuperar personajes, ideas y conceptos de la primera entrega que se perdieron en la segunda parte dirigida por Irvin Keshner. Volvemos a tener al ED-209 que en Robocop 2 sólo tenía un breve cameo, de nuevo el proyecto Delta City cobra importancia y la OCP se revela una vez más como una corporación capitalista que se beneficia de los ciudadanos desfavorecidos de Detroit. Pero algún avispado tuvo la idea de rebajar la calificación moral de esta tercera parte a la menos permisiva PG-13 para convertir el producto en un largometraje (casi) para todos los públicos. De modo que la violencia explícita, la sátira política (que sólo se ve apuntada en un par de ocasiones con el anuncio de dibujos animados y los telediarios acusando falsamente a Robocop de matar clérigos y monjas) y la crítica lacerante desparecen para dejar paso a niños repelentes, rebeldes que trabajan en equipo para conseguir vencer a los malvados empresarios y diabólicos punkarras que se unen a estos últimos para acabar con Robocop y sus amigos.




Como los autores del film ya han aceptado que van a hacer una cinta que en tono no tiene nada que ver con las dos anteriores entregas deciden ofrecerse a la publicidad flagrante, el humor infantil, las tramas pueriles y el disparate comercialoide. Aquí no veremos a Robocop haciendo atravesar a delincuentes cristaleras mientras les lee sus derechos, tampoco asistitemos a como cose a disparos a un alto cargo de la OCP para regocijo del Johnson, el personaje de Felton Perry que una vez más repite su rol en esta entrega. Pero sí lo veremos suplantar su mano izquierda por una ametralladora que sólo agujerea metal y rara vez impacta en seres humanos, volar con un cutre jet pack y hacer aflorar sus sentimientos con el personaje de la escupible Nicco, una niña hacker sabelotodo que despierta el instinto paternal de nuestro Murphy.




Mi adorado ED-209 será inutilizado por la niña desagradable antes de que pueda convertir a algún desaprensivo en una masa sanguinolenta a base de kilos de munición y Robocop se enfrentará a unos robots ninja con katanas entrenados para no derramar una sola gota de sangre en ninguna de sus ridículas peleas con nuestro protagonista, no se nos vaya a asustar algún espectador infantil. Los tiroteos serán más inofensivos que los de un capítulo de El Equipo A y las persecuciones automovilísticas perderán fuerza y consistencia, no sólo porque el tal Fred Dekker poco puede hacer para evitar que el film (al igual que la segunda entrega pero de manera incluso más acentuada) se libre de su inevitable olor a telefilme de tres al cuarto, sino porque veremos hasta a nuestro agente de policía mecanizado favorito conducir el coche rosa de un proxeneta.




A pesar de que hay un grupo de secundarios bastante reconocibles implicados en el film (Rip Torn, Jill Hennesy, CCH Pounder, Mako, Nancy Allen repitiendo como Lewis) el trabajo actoral es decididamente de pena. El que mejor lo hizo fue Peter Weller, porque se dio cuenta al leer el guión (¿llegó a hacerlo?) de la mierda a la que estaban dando forma los productores y decidió desvincularse del proyecto para realizar uno de sus mejores trabajos colaborando con David Croneberg en la magnífica El Almuerzo Desnudo, la adaptación que el autor de La Mosca hizo de la novela homónima de William S. Burroughs. El marrón se lo pasó el actor de Texas al poco conocido Robert Burke que hizo lo que pudo para que, como mínimo, su presencia física fuera la adecuada para dar vida al protagonista, pero lo consiguió a duras penas.




Robcop 3 es la humillación total de un personaje que nunca debió haber formado parte de una trilogía, ya que sólo el primer largometraje dirigido por el cineasta de Desafío Total merece el interés del espectador. La cinta de Fred Dekker es basura de baja estofa, una especie de versión de Robocop para todos los públicos que sólo puede ser disfrutada en compañía de amigos con ganas de reírse con un trabajo que únicamente puede abordarse por la vía paródica, porque de lo contrario puede inducir a un cabreo mastodóntico. Tras ella llegaría una serie de televisión que duró solo una temporada y cuyos primeros episodios fueron vendidos falsamente como Robocop 4 y 5 y una miniserie poco conocida, pero de la que no hablan mal, titulada Robocop: Prime Directives que comentaré aquí pero ya en un futuro próximo.




Ahora sólo queda esperar a que el día 14 de febrero se estrene el remake con Jose Padilha (Tropa de Élite 1 y 2) de director y un sobresaliente reparto formado por Joel Kinnaman, Gary Oldman, Samuel L. Jackson, Michael Keaton, Jackie Earle Haley, Michael K. Williams o Jay Baruchel delante de las cámaras y ver si sigue el camino de degradación de Robocop 2 y 3 o si es una digna revisión de la película de Paul Verhoeven que no sólo es un clásico dentro de su género, también la única obra cinematográfica con el personaje de protagonista que por ahora merece merece verdaderamente la pena. Las primeras críticas en Estados Unidos no incitan precisamente a la esperanza (los periodistas que la han visto no están alabándola precisamente) pero un servidor hasta dentro de seis días no podrá dictar sentencia, aunque cuando lo haga dejaré constancia aquí de tal hecho.



viernes, 7 de febrero de 2014

Robocop 2, raising Cain



Título Original Robocop 2 (1990)
Director Irvin Kershner
Guión Frank Miller y Walon Green
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Daniel O'Herlihy, Belinda Bauer, Daniel O'Herlihy, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard Pugh, Patricia Charnonneau, Felton Perry




Tras el enorme éxito de Robocop la Metro Goldwyn Mayer y Orion Pictures se pusieron manos a la obra con la secuela que se estrenaría tres años después de la puesta de largo internacional de la anterior entrega. De manera bastante inteligente tanto el director Paul Verhoeven como los guionistas Ed Neumeier y Michael Miner se desvincularon del proyecto dejando los mandos de la realización al veterano Irvin Kershner (Star Wars: El Imperio Contraataca) y la escritura a Frank Miller, por aquel entonces ya un nombre capital dentro del mundo del noveno arte gracias a obras como Batman: El Regreso del Caballero Oscuro y Batman: Año Uno para DC o Daredevil: Born Again para Marvel, y Wallon Green que reescribió el libreto del mismo Miller para supuesto enfado de este. Robocop 2 vio la luz en 1990 y enfrentarse con ella a día de hoy es tan desalentador como innecesario.




Una nueva ola de criminalidad asola la ciudad de Detroit cuando empieza a moverse por las calles una letal droga sintética llamada Nuke. El culpable de que esta sustancia se haya puesto de moda es un mesiánico delincuente llamado Cain que dirige una banda de narcotraficantes y asesinos a los que nadie parece poner freno. Para detener al grupo de Cain la policía enviará a Robocop (el agente Alex Murphy reconvertido en máquina) y su compañera Ann Lewis y con ello poner fin a los negocios ilegales del peligroso criminal. Pero la intervención de la corrupta OCP y su nuevo proyecto para hacerse con el control total de Detroit llamado Robocop 2 darán al traste con los planes las fuerzas de la ley para detener a los culpables del infierno en el que se ha convertido la ciudad.




Robocop 2 es un producto totalmente fallido, primero como secuela de la primera Robocop y después como obra cinematográfica. No sé cuánto del argumento original de Frank Miller quedó en el guión que se utilizó para dar forma al largometraje (no debió enfadarse demasiado por el asunto con los productores cuando él mismo intervino en un par de cameos en la película haciendo de científico fabricante de Nuke) pero el mismo muestra claros síntomas de que el autor de Sin City (o el mismo Wallon Grenn que lo reescribió) no entendió para nada el tono de sátira de la película de Paul Verhoeven, asimilándolo mal y reinterpretándola peor para esta segunda parte.




El tono ácido sólo se ve apuntado puntualmente (los anuncios de televisión y los informativos que pecan de exagerados) pero casi siempre de manera paupérrima y el contexto de un futuro regido por corporaciones formadas por empresarios agresivos cuyo fin es enriquecerse monetariamente está puerilmente expuesto (lo de la clausula del contrato que permite a la OCP arrebatar la ciudad al alcalde es una estupidez supina) dando una visión innecesariamente grandguiñolesca de lo que los autores de Robocop analizaron con mucha más inteligencia y humor tres años antes. El resultado es un guión que falla tanto en su estructura como en apuntes argumentales sonrojantes como cuando la OCP adultera las Directrices de Robocop para convertirle en un imbécil integral, degradando al personaje de la misma manera que Superman 3 y 4 lo hicieron con el personaje de DC al que daba vida el tristemente fallecido Christopher Reeve.




Por desgracia la realización de Irvin Kershner tampoco ayuda engrandecer el producto. El director de Nunca Digas Nunca Jamás está como de pasada, su puesta en escena es plana, su cámara taciturna e insípida y si las secuencias de acción se salvan en algunos de los momentos del metraje es más por el diseño de producción y la labor de los especialistas de escenas de riesgo que por su trabajo detrás de las cámaras. Aunque tenemos persecuciones explosiones, tiroteos, bastante violencia (aunque no tanta como en la primera parte y mucho peor rodada) y unos efectos de maquillaje, stop motion, animatrónicos y alguna pincelada de primitivos CGI (el rostro de Cain que sale en la pantalla que porta en la cabeza el robot que contiene su cerebro) que lucen bien en pantalla el tufo a telefilm inflando no desaparece durante toda la película que para colmo padece de un montaje mediocre que acentúa su acabado más bien pobre y caótico.




Curiosamente hay planteamientos y conceptos acertados en Robocop 2, que en ocasiones son puramente frankmillerianos, pero por desgracia son contados con los dedos y no salvan del naufragio el proyecto. El hecho de que un niño sea un importante capo de la mafia (muy políticamente incorrecta es la visión que se da de los críos en el futuro que refleja la película, no hay más que ver al curioso equipo de beisbol que asalta la tienda de electrónica) es toda una osadía para la época que no está mal desarrollada y el hecho de que un robot llegue a tener dependencia de estupefacientes incluso llegando a sufrir el síndrome de abstinencia es uno de los mayores aciertos de la cinta que acentúa la vulnerabilidad quebrada del personaje de Cain una vez ha sido reconvertido en máquina. Pero por desgracia a estos apuntes curiosos se contraponen desaciertos que hieren de muerte la película, como la subtrama sensiblera con la mujer de Murphy para incidir en la humanidad del protagonista.




Robocop 2 es un despropósito, una obra que a diferencia de su predecesora sí es una cinta de acción pura y dura a la que se le añaden por compromiso hereditario apuntes críticos sobre política y capitalismo pobremente abordados que palidecen ante el dechado de mala baba y sorna que daba forma al guión que Ed Nemumeir y Michalel Miner escribieron para la película de Paul Verhoeven. La cinta de Irvin Kerhsner es una hija de su tiempo, envejecida, hipertrófica e incompetente que no puede ofrecer nada de interés al espectador más allá de acción violenta y ruidosa. Su éxito en la taquilla fue moderado, pero arrasó en ventas en el mercado doméstico, de modo que la tercera entrega que comentaré en breve no se hizo esperar demasiado y aunque un servidor no la ha visto nunca según se comenta es un producto del todo vergonzoso.




Ya como apunte curioso para los fans de los cómics afirmar que Frank Miller no se desvincularía aquí del todo del personaje de Robocop a pesar de lo frustrante que supuso para él colaborar en el guión de la secuela ya que la tercera parte también partiría de un argumento de su propiedad que sería adulterado hasta lo bochornoso. Por último cabría destacar que años después, en 2003 concretamente, el sello americano Avatar Press editaría una serie de nueve números en los que Steve Grant al guión y el español Juan José Ryp a los dibujos adaptarían esta historia de Miller al mundo del cómic aunando en la misma todo lo que el autor de Holy Terror había ideado para Robocop 2 y 3 y que los productores desecharon para su enfado. A su debido tiempo esa obra será comentada en este blog.



miércoles, 5 de febrero de 2014

Robocop, the future has a silver lining



Título Original Robocop (1987)
Director Paul Verhoeven
Guión Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer, Ronny Cox, Dan O'Herlihy, Robert DoQui, Paul McCrane, Ray Wise, Jesse D. Goins, Felton Perry, Del Zamora






Tras su sexta película, la inolvidable El Cuarto Hombre, el cineasta Paul Verhoeven dejó su Holanda natal para debutar en Hollywood y así alejarse de la polémica que sus últimos trabajos habían suscitado en los Países Bajos. Pero antes de poder realizar largometrajes en la meca del cine se embarcó en un proyecto internacional (con capital europeo y norteamericano) titulado Los Señores del Acero (Flesh + Blood) cuya gestación fue un caos para el director. Por suerte esta infructuosa aventura le sirvió para realizar una primera toma de contacto con profesionales del cine estadounidense y gracias a ello llamar la atención de la por aquel entonces pujante Orion Pictures que solicitó sus servicios para ponerse detrás de las cámaras en el que sería su debut cinematográfico al otro lado del charco.





Cuenta la leyenda que cuando Paul Verhoeven leyó sólo 20 páginas del guión que Ed Neumeier y Michael Miner habían hecho para el proyecto de Robocop lo tiró al suelo pensando que era pura basura. Su mujer Martine lo recogió, lo leyó en su totalidad y le aconsejó a su marido que lo reconsiderara ya que detrás de la historia había mucho más que un thriller futurista. Gracias a su señora el director de Spetters se embarcó en la gestación de lo que más tarde se convertiría en una de las películas más icónicas del cine comercial americano de la década de los 80 y el punto de partida de una franquicia que abarcó tres películas, cómics, series de televisión (animadas y de imagen real) y todo tipo de merchandising que llega hasta la actualidad con ese inminente remake de la obra primigenia a manos del carioca Jose Padilha que que el 14 de febrero llegará, para bien o para mal, a las carteleras españolas.




En un futuro próximo la ciudad de Detroit se ve inmersa en unas tasas de criminalidad desorbitadas a las que se suma una profunda crisis financiera . La corporación OCP (Omni Consumer Products) tiene privatizadas a unas fuerzas policiales que se ven desbordadas y a las que se suma Álex J. Murphy, un joven agente que durante su primer día de trabajo en la ciudad será brutalmente asesinado por la banda de criminales comandada por Clarence Boodicker. La OCP utilizará el cadáver de Murphy para poner en práctica el proyecto Robocop que consiste en crear cyborgs policías para que se sumen a las filas de los cuerpos de la ley y así poner fin a la delincuencia en Detroit y llevarla a un futuro en el que será conocida como Delta City. Pero toda la misión se convertirá en fracaso cuando Murphy comience a tener recuerdos, no sólo de su mujer e hijo, también de los asesinos que le quitaron la vida.




Hay dos conceptos que hacen que Robocop no sea la típica cinta de ciencia ficción de los años 80 que el mismo Paul Verhoeven creía que era al leer el guión. Uno es su contexto y el otro su tono. El argumento de Robocop está localizado en un futuro cercano en el que la ciudad de Detroit está sumida en un caos en el que la crisis económica permite que corporaciones corruptas como la OCP privaticen servicios públicos como la policía o la sanidad para por otro lado servirse de los mismos criminales a los que supuestamente debe encarcelar con el único fin de beneficiarse monetariamente a costa de los ciudadanos. La OCP es una empresa que practica el capitalismo agresivo controlando las fuerzas de la ley y proporcionando armamento a las fuerzas militares de Estados Unidos. Sus componentes son yuppies avariciosos y arribistas a los que poco les importa el futuro de sus compatriotas o conceptos tan básicos como los derechos humanos.




Pero para que todo este contexto no sea una farragosa crítica alarmista sobre la globalización y el fascismo institucionalizado del mundo occidental Ed Neumeier y Michael Miner al guión y Paul Verhoeven en la dirección convierten el proyecto de Robocop en una acidísima sátira política y social que se ríe, entre otras muchas cosas, del cine de acción de la era de Ronald Reagan, de la ola de neoconservadorismo al que el gobierno de este último dio inicio, a la ambición puramente estadounidense, su pasión por el libre mercado desproporcionado y hasta del mismo espectador que se ve disfrutando de una película que hace un uso de una violencia explícita tan bestial que acaba arrancándole la carcajada en más de una situación que en la vida real no tendría la más mínima gracia. Algo parecido a lo que más tarde volverían a exponer los mismos Verhoeven y Neumeier en la adaptación que hicieron de Starship Troopers, la novela de Rober A, Heinlein.




A este contexto espaciotemporal en el que los empresarios se pisotean los unos a los otros sirviéndose de asesinos descerebrados y contrabandistas sin escrúpulos a los que la policía no puede hacer frente porque estarían dando caza a sus propios jefes mientras los altos cargos de empresas permiten utilizar el cuerpo de un hombre inocente para convertirle en una máquina a la que consideran "un producto" y a una mirada satírica en la que se retrata una sociedad en la que la televisión anuncia que Estados Unidos se ve implicado en genocidios o "guerras preventivas" cuyos resultados son terribles para la población o promociona juegos de mesa para toda la familia que incitan a devastar países enteros por medio de ataques nucleares se une una dirección técnica brillante que se hace grande cuando tiene que mostrar su faceta de thriller de ciencia ficción frenético, descarnado y lleno de violencia desagradable y angustiosa.




Porque si dejamos de lado el subtexto político y social lo que más destaca de Robocop es la increiblemente bestial violencia que Verhoeven expone en pantalla y que con el tiempo se convertiría en una de sus señas de identidad más reconocibles al menos en su etapa norteamericana en la que no podía incidir demasiado en el sexo explícito de su primeros films, aunque consiguió recuperarlo en parte para largometrajes como Instinto Básico o Showgirls. El asesinato de Álex Murphy por parte de la banda de Clarence Boddicker es una de las escenas cinematográficas que más me impactaron durante mi infancia (y eso que en el montaje del director es mucho más cruda si cabe) pero curiosamente la misma está en gran parte justificada porque sirve para que el espectador pueda calibrar la crueldad y pocos escrúpulos que perfilan a los que vendrían a ser los villanos de la película.




Esta violencia tan gráfica, que a día de hoy ninguna productora de las llamadas grandes se atrevería a incluir en uno de sus productos comerciales, está en perfecta consonancia con la mirada cínica, hiperbólica y sardónica del film. No hay más que ver cómo en la escena de la presentación del ED- 209 (una máquina deshumanizada que representa a una empresa deshumanizada) en la que el robot acribilla a tiros, hasta dejar convertido en una masa sanguinolenta, durante una prueba a uno de los empresarios de la OCP cómo uno de los asistentes a la reunión pide que alguien llame a un paramédico para que asista al agredido del que sólo quedan trozos de carne destrozada (apunte curioso en el que se afirma de manera certera y sutil cómo las clases acomodadas son ajenas a la brutal violencia que asola los barrios bajos de la ciudad) para que finalmente el presidente de la compañía afirme sentirse decepcionado, no porque haya muerto una persona inocente, sino porque el ED - 209 no sea un producto útil del que sacar beneficio.




A pesar de ser un producto comercial y de encargo Paul Verhoven encontró en Robocop varias de las señas de identidad que forjaron su impronta autoral en Holanda. La fragilidad del cuerpo humano que si en sus primeros films era abordada por medio de la desnudez integral de sus personajes aquí es expuesta por medio de una violencia que nos enfatiza cuán vulnerables somos ante el uso de unas armas de fuego que en esta ocasión desgarran, mutilan y explotan todo tipo de cuerpos, un matiz grotesco que se adentra en la escatología (el personaje de derretido por culpa de los productos químicos) un retrato del hombre moderno en el que lo descubrimos como una criatura deshumanizada capaz de los actos más rastreros con el único fin de beneficiarse ya sea en el plano personal o profesional o su obsesión con la figura de Jesucristo, ya que el mismo protagonista es un émulo de este con su pasión, muerte y resurrección muy marcadas y hasta una escena en la que "camina sobre las aguas" en el enfrentamiento final con Clarence.




En la escala de hijos de puta que habitan la jungla de Robocop es interesante abordar la relación entre Dick Jones y Clarence Boddicker que son roles coetáneos aunque cada uno en un estrato social diferente. El primero, al que da vida un enorme Ronny Cox, es la representación viva de todo lo corrupto y rastrero que hay en OCP (el rol de Bob Morton, de un memorable Miguel Ferrer, todavía no llega a serlo, pero el uso que hace de Murphy como un objeto de consumo del que sacar dividendos y así escalar puestos en la empresa le auguran un futuro parecido al de Jones que evidentemente se ve truncado cuando este lo ejecuta por medio de Clarence) un empresario capaz de eliminar a competidores y compañeros con tal de hacerse un hueco en el proyecto Delta City con el que aspira a controlar las calles. El segundo interpretado por un aterrador Kurtwood Smith es el brazo derecho de Jones, el "mal menor" que hace el trabajo sucio, el criminal que puede llevar a cabo tranquilamente sus actos de delincuencia (al menos hasta la aparición de Robocop) porque está protegido por la misma organización que controla a la policía. Al igual que todos los personajes del film Jones y Boddickerd no son un dechado de tridimensionalidad como roles pero están lo suficientemente perfilados para ser creíbles y profundamente odiosos.




En el tratamiento de personajes y su dirección de actores Paul Verhoeven siempre ha marcado diferencia aunque los primeros fueran meros estereotipos y los segundos intérpretes mediocres a los que poco se les puede sacar de valor artísticamente hablando. El autor de Eric: Oficial de la Reina da profundidad a la psique de Alex Murphy, con sólo unas pinceladas lo expone en pantalla como un hombre íntegro cuando es humano y como un alma torturada cuando es una máquina que comienza a rememorar su pasado siendo ya un cyborg. Especialmente elegante y triste la escena en la que se quita el casco delante de su compañera Lewis para ver su rostro reflejado en un espejo (sabiamente deformado, apunte muy acertado) y así enfatizar su frágil humanidad debajo de las capas de acero y kevlar que forman su aséptico cuerpo mecanizado.




Pero como previamente hemos comentado el tono de Robocop es puro pulp, un cómic de Juez Dredd (muchos dicen que esta es la mejor adaptación no oficial que se ha hecho en cine del personaje creado por John Wagner y Carlos Ezquerra para la revista 2000 AD) o de Frank Miller (no es raro que el guionista y dibujante se implicara con la escritura de la secuela) puesto hasta el culo de esteroides con una visión sarcástica del género de action heroes de los 80. Verhoven y sus dos guionistas siguen al pie de la letra las pautas del cine fascistoide de venganzas que en aquella década protagonizaran Sylvester Stallone o Arnold Schwazzenegger para que el espectador poco avispado disfrute con lo que parece una entrega más de testosterona fílmica por un tubo y el más lúcido sea capaz de disfrutar que en verdad no se está enalteciendo ese tipo de cine, sino parodiándolo, no hay más que ver la cara de satisfacción estúpida del personaje al que pone cuerpo Felton Perry cuando Murphy da el golpe de gracia al villano de la película en la última escena.




Aunque para el cine norteamericano comercial de la época 13 millones de dólares no daban forma a un presupuesto muy abultado una película como Robocop tenía un acabado técnico sobresaliente para 1987. Paul Verhoeven se veía por primera vez en una superproducción en la que podía ofrecer una puesta en escena en la que imperaban los planos subjetivos (el momento del nacimiento del personaje como robot es uno de los pasajes más acertados del film) los travellings (el circular en la celda donde será confinado el protagonista cuando no esté de permiso) y una épica, en contraposición a los pasajes truculentos, en la que una vez más se emparenta al personaje principal con al figura de Jesucristo como cuando es tiroteado por los policías en el parking, pasaje que regala momentos de fuerza indescriptible ayudados por la potentísima banda sonora de un Basil Poledouris en su mejor momento y la fotografía de Jost Vacano que gracias a la iluminación en ocasiones bordea la magnificencia estética.




Los efectos especiales también dieron forma y cohesión al entramado del film. Aún quedaban unos años para que los CGI hicieran acto de presencia en el grueso de las producciones de Hollywood de modo que el equipo técnico tiró de látex, maquillaje y un diseño de personajes a cargo de Rob Bottin, Graig Hayes y Phil Tippet que era de nota por aquel entonces. Los movimientos del robot ED - 209 se diseñaron por medio de Stop Motion y el resultado fue sobresaliente inyectando este formato una animalidad intimidante a la máquina que tendría su culmen en el enfrentamiento con Robocop en las oficinas de Dick Jones. Puede que a día de hoy los trucos visuales de Robocop se vean algo anticuados por culpa de que ahora no concebimos una film sin efectos digitales pero todavía hoy a casi 30 años de su estreno son rotundamente efectivos, muy primarios y por supuesto creíbles, epidérmicos y deliciosamente artesanales.




Robocop no sólo es una obra maestra de los 80, la mejor producción de Paul Verhoeven en su etapa americana y uno de los films que más han marcado a un servidor primero como espectador neófito y más tarde como cinéfilo y admirador de la obra del hombre que la dirigió, también fue una pieza premonitoria que nos hablaba de un futuro próximo que ya es presente. Algún despistado afirma que hoy Robocop ha envejecido de mala manera, supongo que lo dirán por los ya mencionados efectos especiales de la época y parte de su acabado técnico, porque un largometraje que nos habla de la privatización de servicios públicos, del corporativismo agresivo, una crisis económica con la que las clases adineradas se benefician de las bajas y de cómo el capitalismo extremo rige el devenir de una sociedad en decadencia está, por desgracia, a la orden del día. De las secuelas hablaré más adelante y del remake de Jose Padilha cuando la vea en cine con las expectativas muy bajas, porque superar (o igualar) esta bomba incendiaria, cruda, incómoda, divertida y visionaria es una tarea del todo imposible.