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miércoles, 25 de octubre de 2017

La Llamada



Título Original La Llamada (2017)
Director Javier Ambrossi y Javier Calvo
Guión Javier Ambrossi y Javier Calvo, basado en su obra de teatro
Reparto Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore, María Isabel Díaz, Secun De La Rosa, Víctor Elías, Esti Quesada




El génesis de un proyecto como La Llamada es bastante particular. Los actores Javier Ambrossi (Cuéntame Cómo Pasó) y Javier Calvo (Física o Química) trabajaban como camareros en un bar del barrio madrileño de Chueca llamado Válgame Dios y allí mientras servían copas y se lamentaban por no encontrar trabajo como intérpretes decidieron, con la complicidad de las actrices Belén Cuesta y Macarena García (esta última hermana de Ambrossi), escribir una obra de teatro musical sobre fe, amor y amistad que tenía lugar en un campamento llamado “La Brújula” regido por un convento de variopintas monjas. Lo que nació en 2013 como una pequeña obra de teatro de humildes aspiraciones se convirtió al poco tiempo en un éxito que incluso rebasó las barreras españolas atrayendo a todo tipo de espectadores que se quedaron enamorados con la peculiar historia narrada entre canciones Whitney Houston y loas al altísimo a ritmo de reggaeton. El triunfo fue tal que Enrique López Lavigne, máximo responsable detrás de la productora Apache Films, propuso a Ambrossi y Calvo realizar una versión cinematográfica de La Llamada con el mismo reparto de la pieza teatral y el resultado es una de las mejores películas patrias del 2017 que extiende al mundo del séptimo arte la originalidad de la propuesta nacida en las tablas por parte de la pareja de jóvenes guionistas y directores.



De este modo la versión cinematográfica de La Llamada está protagonizada por María (Macarena Gómez) y Susana (Anna Castillo) dos amigas aficionadas a la fiesta y el desfase que están pasando el verano en el campamento segoviano La Brújula bajo la supervisión de un grupo de monjas comandado por la hermana Bernarda (Gracia Olayo) y la hermana Milagros (Belén Cuesta) mano derecha de la primera y consentidora de los excesos de los dos personajes principales. Después de escaparse de madrugada para asistir a un concierto de “electrolatino” y despertarse tarde al día siguiente María y Susana son castigadas por la hermana Bernarda a quedarse solas en el campamento con ella y con Milagros mientras el resto de sus compañeras se van de excursión. Lo que apuntaba a ser un fin de semana aburrido comienza a tornar en un par de jornadas surrealistas cuando a María comience a aparecérsele por las noches un señor vestido con un traje de lentejuelas que le canta canciones de Whitney Houston. Todo apunta a que este individuo es el mismo Dios que ha elegido a María para que cumpla una misión divina que ella no consigue descifrar, pero que trastocará para siempre la apacible y rutinaria vida del campamento La Brújula y sus moradores.




Hacía años que un servidor no encontraba una propuesta tan original, divertida y vitalista dentro del cine español reciente. Todo parte, evidentemente, del guión de Javier Calvo y Javier Ambrossi que nació en las tablas y ha sido adaptado al medio cinematográfico de manera ejemplar. Ambos autores consiguen algo inusual en los tiempos que corren, transmitir un mensaje en favor de la fe y la religiosidad con el que las nuevas generaciones puedan indentificarse eludiendo todo lo de adoctrinador y dogmático que pueda haber en el cristianismo. Los escritores y realizadores afirman que la método más efectivo para que los creyentes puedan llegar a Dios no es por medio del rezo, el recogimiento o el celibato, sino dando rienda suelta al amor, la amistad, el talento y sobre todo la música, sin importar que esta este representada por temas de una diva como Whitney Huston o un corte reaggetonero de Henry Méndez. Sirva como declaración de intenciones la imagen que los guionistas y cineastas dan de Dios con ese Richard Collins Moore (El Segundo Nombre) de potente voz que parece una mezcla de cantante de góspel y decadente showman de Las Vegas que encandila a la platea desde su primera aparición en pantalla.




Pero más allá de que el guión esté perfectamente estructurado, respete la esencia de la obra teatral y ejecute en sesión continua diálogos chispeantes, son las cuatro actrices protagonistas, y el resto de secundarios, las que dan alma y corazón a La Llamada. Desde una Mácarena García de mirada brutalmente sincera a una Anna Castillo alejadísima del papel que le dio la fama (El Olivo) pasando por una deliciosamente llorosa Belén Cuesta y llegando a una pletórica Gracia Olayo en el papel de su vida, todo el peso recae sobre este cuarteto en estado de gracia que después de cuatro años dando vida a sus papeles en las tablas los conocen al milímetro y saben exprimirlos hasta lo indecente com un dechado de naturalidad, carisma, entrañabilidad y magia que les permite cantar, bailar, llorar, reír y que todo se transmita con apabullante facilidad a una patio de butacas que desde el minuto uno de metraje cae rendido ante los encantos de estas mujeres que demuestran que Javier Ambrossi y Javier Calvo poco tienen que envidiar a Pedro Almodóvar (fan declarado de la película, por cierto) como director de actrices a las que explotan al máximo para que ofrezcan su mejor cara a la hora de hacer su labor delante de las cámaras.




Con unos directores debutantes que demuestran una inusual soltura como jefes de orquesta y una labor como guionistas muy remarcable trabajando para crear la sólida estructura en la que sus enormes actrices protagonistas puedan sustentar su excelente trabajo interpretativo La Llamada es una de las propuestas patrias más interesantes y atípicas del 2017. Una pieza recomendable para espectadores de cualquier edad, condición sexual, creencia (e incluso ateos, como el que esto firma) que se revela finalmente como una oda a las ganas de vivir, al carpe diem, a la fe en todas sus formas (no sólo la religiosa) transmitiendo una luminosidad que atraviesa la pantalla gracias a su naturaleza sincera, humilde y cercana como producto de ficción que sin pretensiones ni aspiraciones que fueran más allá de entretener al público desde el teatro o las salas de proyección ha conseguido convertirse en un pequeño fenómeno tan efectivo que ha superado el trasvase de un medio a otro, no sólo manteniéndose fiel a sí mismo, sino también alcanzando nuevas cotas de calidad y magia en su triunfal salto a la pantalla grande con un lema, “lo hacemos y luego ya vemos”, que sintetiza magistralmente el mensaje de una pieza que confirma la buena salud de las nuevas generaciones de cineastas españoles que regularmente se dejan caer por nuestras carteleras.



jueves, 30 de enero de 2014

A Propósito de Llewyn Davis



Título Original Inside Llevyn Davis (2013)
Director Joel e Ethan Coen
Guión Joel e Ethan Coen
Actores Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman, Ethan Phillips, Garrett Hedlund, Justin Timberlake, Max Casella, F. Murray Abraham, Jeanine Serralles, Stark Sands, Jerry Grayson, Robin Bartlett, Adam Driver





Tras el interesante y recuperable remake que realizaron en 2010 de Valor de Ley (True Grit) de Henry Hathaway, basados ambos films en la novela homónima de Charles Portis, lo cineastas norteamericanos Joel e Ethan Coen vuelven a las pantallas con un homenaje a la música folk de los años 60 (con la que ambos hermanos se criaron) o más bien a aquellos cantautores dentro del género que no consiguieron el reconocimiento que merecían a pesar de tener talento y pasión por su trabajo. Lo resultante es A Propósito de Llewyn Davis una memorable cinta 100% Coen que se mueve entre varios géneros y que se encuentra entre las mejores piezas de la última etapa de los creadores de Un Tipo Serio o No es País Para Viejos.




Inside Llewyn Davis está parcialmente inspirada en The Mayor of MacDougal Street las memorias del cantante folk Dave Van Rock y narra la historia del Llewyn Davis del título, un cantautor que durante 1961 vaga por Greenwich Village (New York) buscando locales en los que tocar en directo y casas de amigos y allegados en las que pasar la noche mientras espera infructuosamente que llegue ese éxito que se le resiste. Su antiguo compañero en las voces se ha suicidado, está esperando el hijo no deseado de la novia de uno de sus amigos y tiene que cuidar el gato de un matrimonio conocido hasta que pueda devolvérselo a la pareja. Sin dinero o reconocimiento intentará hacer lo posible para vivir de su música ya que su otra opción es volver a ser marino mercante algo que no le hace ninguna gracia.




Amalgama de la impotencia que en ocasiones se adscribe al talento incomprendido y desperdiciado expuesta en Barton Fink (sin el hermetismo kafkiano de aquella, aunque curiosamente aquí tenemos también unos estrechos pasillos que casi hacen que las puertas de los apartamentos choquen entre ellas y que nos remiten a la impronta literaria del autor de El Proceso), con O Brother!, sobre todo por sus referencias musicales y literarias de origen griego (a Homero concretamente), sumándole apuntes del peculiar humor de Un Tipo Serio y el laconismo desesperanzador de El Hombre que Nunca Estuvo Allí. Inside Llewyn Davis es una triste canción de folk en imágenes llena de melancolía existencial y desencanto protagonizada por un pobre y peculiar hombre con talento pero sin suerte.




Llewyn Davis es una criatura puramente coeniana. Un tipo taciturno, que no exterioriza sus sentimientos (cuando lo hace es en forma de canción y sin lugar a dudas esos son los mejores momentos del largometraje) y cuyo pasotismo vital en ocasiones llega a ser irritante. Un individuo arisco y en ocasiones antipático que contra todo pronóstico al que suscribe cayó en gracia ya que llegué a empatizar con su desgraciada existencia y a compadecerme de los continuos reveses que le asesta el destino. Cada vez que un glorioso Oscar Isaac hace que su personaje se abra en canal por medio de los temas musicales que interpreta desde el dolor o la impotencia la realidad vuelve a golpearle al finalizar los mismos por medio de la indiferencia, la intromisión de algún conocido (el momento con el matrimonio Gorfein es descacharrante) o la reacción inesperada de alguno de sus oyentes (con la respuesta "física" del padre ante su interpretación de Shoals of Herring no sabemos si reír o llorar) poniéndole estos una vez más los pies en la tierra.




Cada tema interpretado por el protagonista expone al espectador su estado de animo o sus sentimientos. La apertura con Hang Me Oh Hang Me manifiesta la intención de Llewyn por no dejarse vencer, su intervención en Please Mr Kennedy (Justin Timberlake demostrando una vez más que tiene madera de buen actor aunque no tenga en esta ocasión muchos minutos en pantalla) manifiesta cómo debe prostituirse haciendo música de otros para ganarse un sustento y esa maravillosa The Death of Queen Jane no sólo habla claramante de su relación con Jean (una Carey Mulligan que a pesar de ser una arisca malhablada, o puede que por ello, consigue enamorarme una vez más con su mirada y ese pelo moreno que le queda genial) y el hijo que espera de ella, ya que también se revela como el punto álgido del film cuando Davis la interpreta delante de Bud Grossman (un muy recuperado F.Murray Abraham) transmitiendo tanto dolor como impotencia con esas últimas estrofas cantadas a capella a modo de súplica desesperada.




Pero la música folk no sólo tiene su lugar en la banda sonora del film, la elegante y apagada dirección de fotografía de Bruno Delbonnel (que consigue la proeza de que no echemos de menos el sello de Roger Deakins, habitual de los Coen) el mismo poster del largometraje que nos recuerda a la portada de The Freewheeling de Bob Dylan o la carátula del, nada exitoso, disco en solitario de Llewyn (el que da título al largometraje en inglés) que es una referencia estética y conceptual clara al de aquel Inside Dave Van Ronk en el que se inspira indirectamente el grueso de la historia del film nos remiten a aquel movimiento musical que tuvo su época de gloria en los 60 y cuya visión por parte de los Coen está expuesta desde la admiración y el cariño, pero también la decepción, la tristeza y el desencanto.




A lo largo del metraje tenemos situaciones y personajes que son inconfundibles hijos de sus creadores. Al Cody podía haber compartido micrófono fácilmente con George Clooney, Tim Blake Nelson y John Turturro en Oh Brother!, Johnny Five parece una versión rejuvenecida del Gaear Grimsrud al que daba vida Peter Stormare en Fargo, la oficina de Mel recuerda vivamente al despacho del rabino de Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) en A Serious Man y luego está John Goodman, que ya de por sí es como un sello inconfundible de la Factoría Coen. Pero hasta situaciones como el viaje en coche a Chicago, la discusión con Lillian Gorfein cuando se "entromete" en la canción de Llewyn, las peleas en las que se ve implicado el protagonista o los dos intentos por embarcarse en la marina mercante recibiendo una hosca respuesta son momentos tan de sus creadores que no desentonan en absoluto con el resto de su filmografía.




A Propósito de Llewyn Davis es el viaje interminable (esa narración circular hacia la recta final perfecta para acentuar el matiz de bucle infinito en el que está sumergido el protagonista) de un hombre desencantado con un mundo que no valora su talento (la aparición de Bob Dylan actuando en el cierre del film es el coupe de grâce definitivo) que se muestra arisco con sus semejantes porque aunque no exterioriza sus sentimientos (si no es encima de un escenario y con su guitarra en las manos) sí los canaliza por medio de una, en ocasiones, antipatía psicológica que da pie a que sus amigos y conocidos le den la espalda o le traten de manera más o menos recíproca (la discusión en el parque con Jean y lo de los condones me arrancó más de una carcajada) en ocasiones mereciéndolo totalmente, para qué negarlo.




Durante su trayecto realmente no lo vemos casi nunca realmente desesperado, porque es un tipo apagado y triste que no parece implicarse con nada. Su acto más humano durante todo el film es velar por Ulises, el gato de sus amigos (la presencia del mismo y su nombre una vez más tienen reminiscencias homéricas) o visitar a su padre en el asilo con resultado más bien penoso. Pero esos momentos en los que Llewyn Davis coge su guitarra y se arranca de las entrañas lo que verdaderamente siente son los que utilizan estos hermanos judíos para rendir tributo la música (y músicos)  folk que los criaron y educaron para por el camino también homenajear a sus propios antihéroes, aquellos que pueblan una de las carreras más interesantes del cine norteamericano de los últimos 30 años.



lunes, 14 de octubre de 2013

Metallica: Through the Never



Título Original Metallica: Through the Never (2013)
Director Nimród Antal
Guión Nimród Antal, James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett, Robert Trujillo
Actores Dane DeHaan, James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett, Robert Trujillo





"Sólo para fans" son las tres palabras que pueden resumir este curioso y atípico, aunque no original y no del todo logrado, experimento en el que se han embarcado los cuatro componentes de la banda californiana Metallica, bandera estandarte de lo que fue el género thrash metal estadounidense durante los años 80 y (junto a los ingleses Iron Maiden) el mejor grupo de la historia del género. Desde los años 90, cuando el bajista Jason Newsted aún formaba parte del conjunto, James Hetfield y Lars Ulrich, fundadores y cabezas pensantes detrás de Metallica, llevaban tanteando la idea de debutar dentro del mundo del séptimo arte, pero por unos motivos u otros el plan nunca tomó forma hasta que el pasado 2012 saltó la noticia de la gestación del producto que estamos comentando en esta ocasión.




Vaya por delante que Metallica: Through the Never no es una película y está lejos de serlo, de modo que aquellos que vayan a las salas buscando el debut de los miembros de Metallica en el mundo de los largometrajes se llevarán un chasco de proporciones considerables. Realmente nos encontramos ante un enorme concierto (conciertos, cuatro que tuvieron lugar en Vancouver, Canadá, durante Mayo de 2011) alternado con una mínima trama de ficción (casi podría decirse que un videoclip extenso) protagonizada por un roadie de la banda interpretado por el joven y prometedor actor Dane Deehan, el villano de Chronicle y futuro Harry Osborn en The Amazing Spiderman 2, al que se le asigna durante una de las descargas en directo del grupo buscar un camión que alberga en su interior una bolsa cuyo contenido es completamente desconocido. En el proceso el pipa, como los llamamos aquí en España, se enfrentará a una batalla campal entre policías y ciudadanos manifestantes.




Para rodar el concierto y la trama de ficción la banda ha contratado los servicios del realizador norteamericano de origen húngaro Nimród Antal, cineasta detrás de films como Kontrol, Vacancy o Predators o lo que viene a ser lo mismo: un director impersonal y de encargo para dar empaque visual al conjunto de la obra, labor en la que el buen hombre cumple sobradamente y más si tenemos en cuenta que seguramente Hetfield y Ulrich no le han dado demasiada libertad creativa para dar forma al proyecto. El resultado es un apetecible pero previsible menú fanservice que saciará el apetito de los fans del conjunto, no llamará la atención de aquellos que no sean seguidores del mismo y el estílo musical que representan y dejará un poco con una mueca en el rostro a aquellos que esperen ver una verdadera película.




Porque aunque los componentes del grupo han cuidado mucho la creación del proyecto, con un diseño de producción enorme, aunando los formatos IMAX y 3D y ofreciendo lo que realmente se esperaba (ciertamente quien buscara cine puro y duro era un pobre iluso) que es ver a Metallica en pantalla grande realizando un memorable concierto lleno de referencias a toda su carrera como músicos y guiños cómplices para aquellos que nos hemos criado escuchando sus discos. El principal referente de Metallica: Through the Never es aquel experimento de los británicos Led Zeppelin llamado The Song Remains the Same que estaba formado por los tres conciertos que dieron en el Madison Square Garden de New York durante los días 27, 28 y 29 de julio en el año 1973 alternados con imágenes de ficción de naturaleza desconcertantemente psicotrópica muy de moda en los primeros años setenta.




Al igual que en aquel trabajo audiovisual protagonizado por Robert Plant, Jimmy Page, John Paul Jones y John Bonham los insertos de ficción intercalados en Metallica: Through the Never no aportan demasiado al proyecto más allá de la resolución visual del conjunto. Porque aunque en el arranque de la pieza parece que la interacción entre actuación musical y trama ficticia van a ir de la mano la una con la otra (cuando el personaje del roadie llega al backstage se va encontrando uno a uno con todos los componentes del grupo, prometiendo el proyecto algo muy jugoso que después no tiene lugar) ambas se bifurcan para que el concierto sea el núcleo central y el pasaje supuestamente cinematográfico sólo un añadido estético para el mismo.




Porque aunque en entrevistas tanto el director como los miembros del grupo han querido dar relevancia a la subtrama protagonizada por un solvente Dane Deehan que no pronuncia un sólo diálogo en todo el metraje (la voz en off del trailer nunca se llega a escuchar) comentando incluso que la presencia de manifestaciones entre civiles y uniformados tiene su origen en el movimiento Ocuppy Wall Street, la misma no deja de ser una especie de versión contemporánea de films post apocalípticos al estilo Mad Max y poco más. Por suerte el look visual es muy potente y nos regala algunos momentos estéticamente memorables (el plano del interior de la furgoneta durante el choque autmovilístico que se puede ver en el trailer, por poner un ejemplo) y al argumento le han añadido los suficientes apuntes curiosos (la guitarra ensangrentada que Kirk Hammet lleva al principio del metraje, la pastilla que toma el roadie, el muñeco viviente, el contenido de la bolsa de viaje) como para poder elucubrar sobre la posible naturaleza alucinatoria de todo lo que vive el personaje principal. Pero como ya he comentado esto está más cerca de uno de los extensos videoclips (Thriller, Ghosts) que protagonizaba el difunto Michael Jackson que de una pieza estrictamente cinematográfica.




Lo mejor de Metallica: Through the Never son los apuntes estilísticos que se añaden para dar empaque a la presentación de los temas icónicos de la banda que en muchos casos son guiños a los fans de toda la vida. Los lásers que emulan disparos en la intro de One mientras se ven a soldados desfilar en las pantallas, la silla eléctrica gigantesca que aparece en el escenario durante Ride the Lightning, la construcción y posterior derribo de la estatua Doris de la portada de ... And Justice For All en la interpretación del tema homónimo o las cruces que salen del suelo cuando tocan Master of Puppets que eran las mismas que poblaban la carátula de aquel LP de 1985. Hay lugar incluso a referencias a otros conciertos de la banda como ese teatrillo en el que supuestamente un par de componentes de mantenimiento salen heridos durante la descarga de Enter Sandman y que nos remite al célebre Cunning Stunts de 1997.




También es destacable cómo se extrapolan los temas músicales a la subtrama de ficción consiguiéndose así algunos momentos de una ejecución considerablemente potente. Las primeras notas de One escuchándose mientras el ejecutivo negro con la cara ensangrentada huye del protagonista, Battery sonando en el momento en el que uno de los personajes se quema a lo bonzo (aunque el tema Fight Fire With Fire hubiera quedado mucho mejor) Enter Sandman golpeando los altavoces cuando aparece el sádico jinete enmascarado (¿Dave Mustaine, Bob Rock?) o mi momento favorito, la intro de Wherever I My Roam envolviendo la pantalla durante el arranque de la descarga policial con los antidisturbios golpeando con las porras sus escudos al ritmo de la percusión de la canción, una pena que no la tocaran entera siendo una de las que más me gusta del repertorio de los californianos.




Ya dentro del set list podemos destacar fallos y aciertos. Bien abrir con Creeping Death (excelente el plano con grúa que va desde la banda en el escenario hasta la cara del personaje de Deehan mientras corea el tema) mal incluir de Death Magnetic sólo Cyanide (con lo bien que hubiera quedado The Day That Never Comes), el peor corte de ese trabajo y terrible olvidarse de Fade to Black, el que es para el que suscribe el mejor tema de la historia de Metallica. Luego se pueden mencionar elecciones bienintencionadas pero no del todo acertadas, como incluir la extensa ... And Justice For All que quita tiempo para incluir otras canciones más importantes y representativas del conjunto que no ven la luz a lo largo del metraje como Seek And Destroy, Sad But True, Blackend o esa Through the Never que da nombre a la producción y que es un error no haber añadido.




Metallica: Through the Never es una cita indispensable para los seguidores de la banda de San Francisco y para todos aquellos para los que estos cuatro músicos entrados en años han sido parte importante de sus vidas, como es mi caso, pero sólo para ellos. Un concierto mastodóntico musicalmente casi intachable (en post producción se han camuflado los posibles fallos que hubieran tenido lugar durante las actuaciones en directo que las cámaras de Antal recogieron) estéticamente a la altura y con una subtrama de ficción con sus más y sus menos, pero que decididamente si se hubiera eliminado del metraje final no hubiera perjudicado para nada al conjunto de la obra que realmente no la necesita para mucho más que quedar contundente visualmente.




Aunque aquellos que afirman que ver esta obra en pantalla grande es como asistir a una verdadera actuación del conjunto o no los han visto nunca en vivo o no saben realmente lo que dicen. En resumidas cuentas, no esperéis cine, si la banda tenía la intención de hacerlo con el proyecto que nos ocupa no lo han conseguido, pero si queréis música aquí tenéis la mejor, como esa interpretación en soledad que los cuatro músicos hacen de la gloriosa Orion durante los créditos finales y que deja un buen sabor de boca, un guiño al fallecido e inolvidable bajista Cliff Burton y la sensación de que el viaje (en todos los sentidos) ha merecido la pena. Por Metallica siempre la merece.


martes, 5 de febrero de 2013

Grandes Discos: The Number of the Beast, de Iron Maiden




Título The Number of the Beast
Año 1982
Intérprete Iron Maiden
Productor Martin Birch

No podía dejar pasar la entrada 666 sin recuperar la sección musical de discos clásicos y con ello comentar el reconocido como mejor trabajo de la banda de heavy metal más grande de la historia (junto a los norteamericanos Metallica) Iron Maiden, aunque un servidor no comparta del todo esta afirmación ya que prefiero otros álbumes del conjunto. Pero es imposible hablar de la banda fundada por el bajista Steve Harris sin admitir la importancia capital de este redondo de 1982 que cambió el porvenir del grupo más representativo de la NWOBH (New of British Heavy Metal) Nueva Ola de Heavy Metal Birtánico.





Steve Harris fundó la banda Iron Maiden en 1975 y tras años de entradas y salidas de componentes la alineación de Paul Di'Anno como vocalista, Dave Murray y Dennis Stratton a las guitarras, Clive Burr en la batería y el mismo Harris al bajo, grabó el debut homónimo del conjunto que se puso a la venta durante el año 1980. El disco Iron Maiden se alejaba del punk imperante a finales de los 70 en Reino Unido para seguir la senda de las bandas pioneras dentro del heavy metal. De Judas Priest tomó los solos cruzados, los riffs afilados, la velocidad o la melodía y de Black Sabbath la oscuridad y el tenebrismo (en fondo y forma) construyendo un debut que ofrecía la evolución de un estilo que necesitaba renovarse. Temas rápidos y directos como Prowler o Charlotte the Harlot se alternaban con baladas o instrumentales memorables como Remember Tomorrow o Transylvania.





Un año después se editaría el segundo redondo de la banda, con los mismos componentes musicales, pero Dennis Stratton dejando paso en la guitarra a Adrian Smith, que pasaría desde ese momento a ser parte indispensable del conjunto durante distintas épocas de la carrera del mismo. Killers vio la luz en 1981 y supuso una coherente extensión de Iron Maiden. Un album más elaborado, con una producción considerablemente mejor (una vez más a manos de Martin Birch) con un Di'Anno desgarrador a la voz y unos temas en los que los músicos se escuchaban mucho más  cohesionados, destacando cortes como Wratchild, Murders in th Rue Morgue (inspirada en el relato homónimo de Edgar Allan Poe) el tema que daba nombre al trabajo o el soberbio tema instrumental The Ides of March.





Pero durante la gira de Killers surgieron los problemas con los excesos y el carácter del vocalista de la banda. Cantante venido del punk, de imponente presencia física y característicos agudos, Paul Di'Anno sería expulsado de Iron Maiden por Steve Harris tomando tras ello una irregular carrera como frontman en la que con sus altos y sus bajos, su más y sus menos (un servidor pudo verlo hace unos años en Granada y evidentemente no es ni una sombra de lo que fue, pero nos regaló a los allí presentes una noche memorable) siempre viviría a la sombra de Iron Maiden y los dos álbumes (a los que habría que sumar el mítico E.P, The Soundhouse Tapes editado antes del debut discográfico de la banda) que grabó con ellos a principios de la década de los 80.





Con sólo seis años desde su fundación como banda y dos únicos trabajos discográficos debajo del brazo Iron Maiden tuvo que pasar por la prueba de fuego que muchos conjuntos han tenido que padecer y no siempre con éxito, la pérdida de su voz. Steve Harris no tardó en buscar a un sustituto para Di'Anno con la intención de meterse en el estudio para dar forma al tercer trabajo de su criatura. El elegido fue el ex cantante de la banda Samson, Bruce Dickinson. Como sucede en estos casos los fans antes incluso de ver al vocalista trabajar con el grupo mostraron su rechazo ante la decisión tomada por Harris, ofreciendo un apoyo incondicional a Di'Anno y mirando por encima del hombro a la nueva incorporación. Finalmente el resultado fue el menos esperado, ya que Bruce Dickinson no sólo demostró estar a la altura de una banda como Iron Maiden, también se reveló como mejor cantante que su antecesor en prácticamente todos los aspectos.




El 22 de Marzo de 1982 The Number of the Beast, de nuevo con producción de Martin Birch, llegó a las tiendas y aunque como trabajo se podían ver en su impronta ecos de los anteriores trabajos de Iron Maiden, sobre todo de Killers, este disco era bastante diferente a todo lo realizado por la banda con anterioridad. Invaders abre el redondo y con ello ya somos testigos de las capacidades vocales de Bruce Dickinson. Mientras Paul Di'Anno era todo crudeza, agudos cortantes, al fin y al cabo potencia sin control, en el ex Samson es profesionalidad, adaptabilidad a los instrumentos y una doma de los tonos altos impropia de un joven de su edad (24 años cuando grabó el trabajo). Con el nuevo frontman Iron Maiden había perdido fiereza pero había ganado cohesión como todo musical y riqueza compositiva.




El segundo corte Children of the Damned, basado en la célebre película de Wolf Rilla, El Pueblo de los Malditos y su secuela Hijos de los Malditos, recuperaría el tono baladista de Strange World o Remeber Tomorrow pero con un aire más exquisito y melancólico en el apartado vocal, aunque sería de hipócritas negar la melodía de los tonos de Di'Anno en aquellas canciones, a pesar de ser un cantante curtido en el punk sabía rematar con mucha pericia temas lentos. The Prisioner aparece en tercer lugar, tema inspirado en la mítica serie de televisión británica homónima protagonizada por Patrick McGoohan y que retoma los riffs rápidos y las voces luminosas e incluso de tono alegre que recuerdan a Running Free. 22 Acacia Avenue, tema compuesto por Adrian Smith con su anterior banda, Unrich, sobre una prostituta sirve para el lucimiento de Dickinson con la voz.




The Number od the Beast, el tema que da nombre al disco es uno de los tres clásicos indispensables en cualquier descarga en directo de la banda. El tono oscuro, la intro a cargo de Barry Clayton tomada de El Libro de las Revelaciones y la letra inspirada en el poema Tam a Shanter de Robert Burns, con el que se obsesionó Harris hasta el punto de tener pesadillas con él, dan forma a un tema al  que se acusó de satanista y que contiene uno de los mejores riffs de la historia de Iron Maiden (cuando entra la segunda guitarra siempre me recorre un escalofrío por la espalda) cobrando especial protagonismo (más si cabe) las cuatro cuerdas de del bajista londinense que está sencillamente brillante en su cometido.




Run to the Hills habla en tono de denuncia sobre la conquista de los indígenas americanos por parte de los británicos. Hablamos de uno de los clásicos de la banda que tras su inconfundible intro con la percusión (enorme Clive Burr en todo el álbum Nicko McBrain es un gran baterista y tomaría el relevo con una profesionalidad enorme, pero nunca llegó a ser tan bueno como él) y los riffs cortantes de Murray y Smith dejan paso a un Dickinson enorme con los agudos, los mismos a los que Blaze Bailey (posterior cantante de Iron Maiden de 1994 a 1999) no llegaba en su etapa en la banda por mucho esfuerzo que pusiera en los directos.




Gangland es por su velocidad, duración y batería un tema casi de género punk, para el que suscribe el más flojo del disco y puede que su única mácula, un buen corte que realmente no tiene nada que hacer rodeado de canciones impresionantes que la superan considerablemente. En la reedición del disco de 1998 se añadió un tema de la Cara B, Total Eclipse que, sin tener nada malo, al igual que Gangland desentona un poco con tanto clásico en el redondo. Por último The Number of the Beast se cierra con la que es para la mayoría de los fans de Iron Maiden la mejor canción de la banda, aunque personalmente no es mi favorita. Hablamos como no podía ser menos de Hallowed Be Thy Name.




El monólogo de un reo a punto de ser ejecutado en la horca a modo de oración es sin lugar a dudas uno de los mejores himnos de la historia del heavy metal, junto a otros clásicos como One de Metallica, Breaking the Law de Judas Priest, Paranoid de Black Sabbath o Holy Wars de Megadeth. Un medio tempo en el que Bruce Dickinson muestra todos sus registros como cantante, donde el bajo de Steve Harris guía a las melancólicas guitarras de Dave Murray y Adrian Smith mientras la batería de Clive Burr cobra una entidad casi eclesiástica para desembocar todo en una portentosa segunda mitad instrumentalmente perfecta rematado con unos agudos impresionantes del vocalista.




Así acaba el posiblemente mejor disco de heavy jamás compuesto, compartiendo este estantería con obras como Master of Puppets de Metallica, British Steel de Judas Priest o Paranoid de Black Sabbath. Tras The Number of the Beast la única banda de la NWOBHM que ha sobrevivido hasta la actualidad con su fama y reconocimiento intactos prosiguió su supremacía durante los años 80 con trabajos enormes como Piece of Mind o Powerslave, directos míticos como Live After Death, infravalorados álbumes de transición como Somewhere in Time, la que es mi obra favorita de los británicos titulada Seventh Son of a Seventh Son que es puro metal progresivo con temática conceptual o LPS que por mucho que quisieran volver a las raíces del conjunto (No Prayer For The Dying y Fear of The Dark) no ocultaban que Iron Maiden no pasaba por un buen momento.




Tras esto vendría la salida de Bruce Dickinson de la banda en 1993 (Adrian Smith lo hizo tres años antes) la llegada de Blaze Bailey (buen cantante, pero mala elección para el puesto por parte de Steve Harris que puso a un vocalista que no tenía nada que ver con el estilo Iron Maiden) la edición de discos como The X Factor o Virtual XI, lejos de la brillantez pero en cierta manera recuperables, y el regreso de de Dickinson y Smith en 1999 que dio pie a una nueva vida a la banda en la que editaron trabajos como el inmenso Brave New World (inspirado en el libro de Aldus Huxley) el magnífico Dance of the Death o los un poco acomodaticios y demasiado progresivos A Matter of Life and Death y The Final Frontier. Pero esa es otra historia.




Esta entrada 666 tenía que estar dedicada a la banda que me descubrió el género musical que marcó mi adolescencia y que sigo escuchando actualmente aunque todo esté inventado y los grupos grandes estén ya cerca de la jubilación. En 1999 pude verlos en mi primer concierto en Madrid y en 2008 me reencontré con ellos en la gira Somewhere Back in Time en la que sólo tocaron sus clásicos de los años 80 (aunque nos regalaron ese Fear of the Dark que es sin lugar a dudas el mejor tema que compusieron durante los 90). Los Maiden son especiales para mí, forman parte de mi vida y son como de la familia, con un poco de suerte (y economía desahogada) iré a verlos al Sonisphere de este 2013 si no se tuerce la cosa. Y recordad que el que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis.



viernes, 31 de agosto de 2012

Entrada 600



Ahí me tenéis, homenajeando al bueno del Capitán América. Entrada 600, más de tres años con Transgresión Continua, muchas películas comentadas, varios cómics, conciertos, algún disco y videoclip por ahí suelto, pero sobre todo cine, bastante cine. Como en todas las entradas conmemorativas adelanto contenidos, doy falsas promesas sobre temas que luego ni toco y sobre todo doy las gracias a todos aquellos que desperdiciáis un mínimo de vuestro valioso tiempo leyendo e incluso comentando las entradas de este blog, que como digo siempre, es también el vuestro, al menos para escribir a vuestras anchas en los comentarios.




Con seguirdad comentaré lo próximo de David Cronenberg, la (según parece) poco convincente Cosmopolis, Dredd 3D de Pete Travis y Alex Garland que, según dicen los que la han visto ya, es un proyecto que sí honra al cómic creado por el británico John Wagner y nuestro Carlos Ezquerra, no como el aborto aquel protagonizado por Sylvester Stallone,  L'Ordre et la Morale, que supone el regreso del cineasta, guionista y actor galo Mathieu Kassovitz al cine social de sus inicios o los polémicos remakes de Robocop, Posesión Infernal y Desafío Total. También le tengo ganas a Man of Steel, la visión que David S, Goyer, Christopher Nolan y Zack Snyder van a dar de Superman, film con el que la Warner se la juega tras terminar de exprimir la trilogía del Caballero Oscuro. Por supuesto seguiré desgranando la filmografía de Paul Verhoeven o Stanley Kubrick y empezaré con la de otros como Robert Rodriguez o Steven Spielberg entre otros.




En los cómics voy más comedido, porque me gusta comentar obras completas, pero puede que me anime a  dar mis impresiones sobre gran parte del recorrido profesional del inglés Warren Ellis (deseando estoy de poder ver el documental dedicado a su vida y carrera como guionista de cómics, Captured Ghosts) o diseccionar algunas de las obras capitales del gran Alan Moore. De lo que sí es seguro que hablaré (al menos cuando haga el Top 2012 de cómics a finales de año principios del siguiente) es de varias colecciones del reboot de DC que me están gustando mucho (Animal Man, Wonder Woman, Batman) y ya para 2013 no dudéis que daré mi opinión de las polémicas miniseries de Before Watchmen.




La vida sigue y Transgresión Continua no va a ser menos. Me centraré bastante en el cine como viene siendo habitual pero en mi mente se están gestando nuevos tipos de entrada a modo de adelantos de lo que lo que voy a comentar, escenas destacadas de películas o reivindicación de placeres culpables cinematográficos que siempre dan mucho juego en los comentarios. Y sí, amigas y amigos, también daré mi opinión sobre obras maestras contemporáneas como Crepúsculo: Amanecer II y Tengo Ganas de Ti, la secuela de aquella obra maestra del cine romántico a mano abierta que responde al nombre de 3 Metros Sobre el Cielo. Vamos, cine de verdad, no como el que hacían otros.


viernes, 15 de junio de 2012

24 Hour Party People, flight of Icarus



Título Original 24 Hour Party People (2002)
Director Michael Winterbottom
Guión Frank Cottrel Boyce
Actores Steve Coogan, Shirley Henderson, Paddy Considine, Andy Serkis, Chris Coqhill, Lennie James, Danny Cunningham, Paul Popplewell, Sean Harris, Rob Brydon, Enzo Cilenti, Simon Pegg, Kieran O'Brien, Kate Magowan, Martin Hancock, Tim Horrocks, Keith Allen, Darren Tighe, Ralf Little



En el año 2002 el prolífico y ecléctico (no se le resiste ningún género) director británico Michael Winterbottom llamó la atención en varios festivales internacionales con 24 Hour Party People, su octavo largometraje detrás de las cámaras. Se estrenó en el festival de Cannes de aquel año y gustó allí donde fue proyectado. Su éxito fue notable y muchos la tildaron (y lo siguen haciendo) como la mejor obra salida de la mano del creador de The Killer Inside Me o Código 46 y a fe mía que posiblemente y casi con toda seguridad están en lo cierto.




En el año 1976 los Sex Pistols dieron un concierto en Manchester y a él sólo asistieron poco más de cuarenta personas. El acontecimiento a pesar de todo fue histórico ya que entre los espectadores se encontraban los que posteriormente serían miembros y fundadores de bandas estandarte del post punk como Joy Division, New Order o Happy Mondays. El presentador de televisión Tony Wilson (Steve Coogan) también esutvo allí y él será nuestro guía y narrador, hablándonos de cómo fue aquella época de cambio musical y social en Manchester y de la aventura en la que se embarcó y que le llevó a co crear junto a otros socios el mítico sello musical Factory Records.




24 Hour Party People es sin lugar a dudas una genialidad en fondo y forma. Una obra riquísima y poderosamente original que paradójicamente bebe de incontables fuentes referenciales cinematográficas y musicales pero formando un compacto y lúcido todo en el que el conjunto funciona a la máxima potencia de sus posibilidades. Michael Winterbottom consigue la pieza fílmica más completa de su carrera por medio de un caos controlado digno de un cineasta de los grandes en el que hay de todo y nada es deficiente o mínimamente mediocre.




El británico mezcla comedia, falso documental, crónica social, drama, biopic e incluso videoclip para parir una pequeña joya que retrata verazmente una época muy determinada.La que fue testigo de cómo el punk bajó de todo lo alto para dejar paso al rave en un Manchester que durante aquella época se convirtió en una de las capitales musicales del mundo. Todo con un montaje ágil, imágenes de archivo, actuaciones reales y otras interpretadas por los actores que dan vida a las bandas a las que se tributa en el film y poblando el metraje al máximo de sorna, ironía, buen humor y cariño para con los ídolos a los que retrata.




Pero que nadie se lleva a engaño, aunque Winterbottom siente una profunda admiración por todas y cada una de las personas a las que retrata (sobre todo a los músicos) no duda en hacer mofa y befa con ellos a lo largo de todo el film incluso mirándolos con ironía y hasta humor negro (impagable la sequedad y hasta mala baba con la que retrata el suicidio de Ian Curtis). De ahí que la cinta se aleje de otros biopics que solo rezuman baba hacia la persona/s que retrata/n. Winterbottom es de todo menos acomodaticio o un vendido y aquí da muestra palpable de tal hecho.




Uno de los puntos más fuertes de la cinta es su humor. El tono de comedia es omnipresente y ya desde ese prólogo con Tony Wilson y el ala delta en el que incluso utiliza un tono despectivo con los espectadores de la película incitando a estos a leer más si no conocen el mito griego de Ícaro pasando por las peleas entre los socios de Factory Records como las de Rob Gretton (enorme Paddy Considine, descacharrante su reacción cuando Tony le cuenta lo del precio de la mesa de la oficina de la discográfica) o el productor Martin Hannet (enormísimo, hasta literalmente, Andy Serkis) llegando a la intervención de mafiosos de medio pelo en la discoteca La Haçienda todo es una cascada continua humorísitcamente hablando.




Pero cierto es que toda esa coña, todo ese humor, toda esa mala baba está dirigida, catalizada y filtrada por un Steve Coogan carismático, canalla, vividor y siempre intentando mantener la calma en situaciones delicadas en las que hasta su integridad física corre peligro. El protagonista de The Trip ofrece momentos inolvidables, sobre todo en los que ejerce como presentador de su programa So it Goes, sirvan de ejemplo las entrevistas  al anciano o al enano del circo que lava los elefantes o el especialmente memorable e ínfimo pasaje en el que incidimos en su vida privada y a la que no volveremos porque en palabras del mismo Tony " esta película no es sobre mí, sino sobre la música".




Mencionar esa parte del film me permite hilar fino y hablar finalmente de lo que más me ha sorprendido y agradado de 24 Hour Party People, su metareferencialidad y autoconsciencia como obra cinematográfica. Desde que la película comienza el personaje de Tony Wilson sabe y exhorta que estamos en una película y debido a esto rompe la cuarta pared continuamente para hablar con el espectador de manera directa, como si de un documental o reality show se tratase. Pero rizando el rizo y llegando más allá Winterbottom se permite apuntes metatextuales sencillamente brillantes e inolvidables.




Dos ejemplos son la escena de sexo entre la novia de Tony (entrañable como siempre Shirley Henderson) y el músico Howard Devoto. Cuando el protagonista sale de los baños públicos en los que el furtivo coito se está llevando a cabo a espaldas del protagnista en la puerta tenemos al Howard Devoto real interpretando a un limpiador y asegurando que eso que acabamos de ver no ocurrió en la realidad. Pero yendo más allá incluso hay un momento del film que me puso en pie y aplaudí, Se trata del pasaje superlativo en el que Tony empieza a enumerar cuales de los actores que salen en la película a modo de cameo son músicos o personalidades auténticas de aquella época que se está retratando en el largometraje. 




En ese mismo momento al mencionarlos y ponerles cara Tony suelta esta perla de frase cuando vemos la imagen del cantante de los Durutti Collum "Y Vinnie Railly, aunque esta escena no llegó al montaje final, seguro que sale en el dvd". Es decir, la cinta ha llegado a unas cotas de metareferencialidad que se permite hablarnos de una escena eliminada que no se vio en el montaje final de 24 Hour Party People y que saldrá en la edición para el mercado doméstico, cuando lo que estamos viendo es nada más y nada menos que el montaje final de 24 Hour Party People. Sencillamente para quitarse el sombrero y rendir pleitesia al tandem Winterbottom/Cottrel Boyce y al ingenio de ambos.




24 Hour Party People ha supuesto una gratísima sorpresa de la que llevaba años oyendo hablar bien pero con la que no me animaba. La mejor obra de un director valiente que se adapta a cualquier estilo, que hace el cine que quiere y que no se vende por nada y por nadie. Desde la escena con Tony Wilson surcando los aires pensando en que va a morir hasta ese final con aparición del altísimo, marihuana mediante, la octava cinta de Michael Winterbottom se revela como una obra ejemplar que realiza una amalgama de texturas y géneros sobresaliente sin olvidar dos puntos clave. Entretener al espectador y homenajear al medio musical y a una ciudad en la que el mundo puso sus ojos durante una época inolvidable. Welcome to Madchester!