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martes, 5 de febrero de 2013

Grandes Discos: The Number of the Beast, de Iron Maiden




Título The Number of the Beast
Año 1982
Intérprete Iron Maiden
Productor Martin Birch

No podía dejar pasar la entrada 666 sin recuperar la sección musical de discos clásicos y con ello comentar el reconocido como mejor trabajo de la banda de heavy metal más grande de la historia (junto a los norteamericanos Metallica) Iron Maiden, aunque un servidor no comparta del todo esta afirmación ya que prefiero otros álbumes del conjunto. Pero es imposible hablar de la banda fundada por el bajista Steve Harris sin admitir la importancia capital de este redondo de 1982 que cambió el porvenir del grupo más representativo de la NWOBH (New of British Heavy Metal) Nueva Ola de Heavy Metal Birtánico.





Steve Harris fundó la banda Iron Maiden en 1975 y tras años de entradas y salidas de componentes la alineación de Paul Di'Anno como vocalista, Dave Murray y Dennis Stratton a las guitarras, Clive Burr en la batería y el mismo Harris al bajo, grabó el debut homónimo del conjunto que se puso a la venta durante el año 1980. El disco Iron Maiden se alejaba del punk imperante a finales de los 70 en Reino Unido para seguir la senda de las bandas pioneras dentro del heavy metal. De Judas Priest tomó los solos cruzados, los riffs afilados, la velocidad o la melodía y de Black Sabbath la oscuridad y el tenebrismo (en fondo y forma) construyendo un debut que ofrecía la evolución de un estilo que necesitaba renovarse. Temas rápidos y directos como Prowler o Charlotte the Harlot se alternaban con baladas o instrumentales memorables como Remember Tomorrow o Transylvania.





Un año después se editaría el segundo redondo de la banda, con los mismos componentes musicales, pero Dennis Stratton dejando paso en la guitarra a Adrian Smith, que pasaría desde ese momento a ser parte indispensable del conjunto durante distintas épocas de la carrera del mismo. Killers vio la luz en 1981 y supuso una coherente extensión de Iron Maiden. Un album más elaborado, con una producción considerablemente mejor (una vez más a manos de Martin Birch) con un Di'Anno desgarrador a la voz y unos temas en los que los músicos se escuchaban mucho más  cohesionados, destacando cortes como Wratchild, Murders in th Rue Morgue (inspirada en el relato homónimo de Edgar Allan Poe) el tema que daba nombre al trabajo o el soberbio tema instrumental The Ides of March.





Pero durante la gira de Killers surgieron los problemas con los excesos y el carácter del vocalista de la banda. Cantante venido del punk, de imponente presencia física y característicos agudos, Paul Di'Anno sería expulsado de Iron Maiden por Steve Harris tomando tras ello una irregular carrera como frontman en la que con sus altos y sus bajos, su más y sus menos (un servidor pudo verlo hace unos años en Granada y evidentemente no es ni una sombra de lo que fue, pero nos regaló a los allí presentes una noche memorable) siempre viviría a la sombra de Iron Maiden y los dos álbumes (a los que habría que sumar el mítico E.P, The Soundhouse Tapes editado antes del debut discográfico de la banda) que grabó con ellos a principios de la década de los 80.





Con sólo seis años desde su fundación como banda y dos únicos trabajos discográficos debajo del brazo Iron Maiden tuvo que pasar por la prueba de fuego que muchos conjuntos han tenido que padecer y no siempre con éxito, la pérdida de su voz. Steve Harris no tardó en buscar a un sustituto para Di'Anno con la intención de meterse en el estudio para dar forma al tercer trabajo de su criatura. El elegido fue el ex cantante de la banda Samson, Bruce Dickinson. Como sucede en estos casos los fans antes incluso de ver al vocalista trabajar con el grupo mostraron su rechazo ante la decisión tomada por Harris, ofreciendo un apoyo incondicional a Di'Anno y mirando por encima del hombro a la nueva incorporación. Finalmente el resultado fue el menos esperado, ya que Bruce Dickinson no sólo demostró estar a la altura de una banda como Iron Maiden, también se reveló como mejor cantante que su antecesor en prácticamente todos los aspectos.




El 22 de Marzo de 1982 The Number of the Beast, de nuevo con producción de Martin Birch, llegó a las tiendas y aunque como trabajo se podían ver en su impronta ecos de los anteriores trabajos de Iron Maiden, sobre todo de Killers, este disco era bastante diferente a todo lo realizado por la banda con anterioridad. Invaders abre el redondo y con ello ya somos testigos de las capacidades vocales de Bruce Dickinson. Mientras Paul Di'Anno era todo crudeza, agudos cortantes, al fin y al cabo potencia sin control, en el ex Samson es profesionalidad, adaptabilidad a los instrumentos y una doma de los tonos altos impropia de un joven de su edad (24 años cuando grabó el trabajo). Con el nuevo frontman Iron Maiden había perdido fiereza pero había ganado cohesión como todo musical y riqueza compositiva.




El segundo corte Children of the Damned, basado en la célebre película de Wolf Rilla, El Pueblo de los Malditos y su secuela Hijos de los Malditos, recuperaría el tono baladista de Strange World o Remeber Tomorrow pero con un aire más exquisito y melancólico en el apartado vocal, aunque sería de hipócritas negar la melodía de los tonos de Di'Anno en aquellas canciones, a pesar de ser un cantante curtido en el punk sabía rematar con mucha pericia temas lentos. The Prisioner aparece en tercer lugar, tema inspirado en la mítica serie de televisión británica homónima protagonizada por Patrick McGoohan y que retoma los riffs rápidos y las voces luminosas e incluso de tono alegre que recuerdan a Running Free. 22 Acacia Avenue, tema compuesto por Adrian Smith con su anterior banda, Unrich, sobre una prostituta sirve para el lucimiento de Dickinson con la voz.




The Number od the Beast, el tema que da nombre al disco es uno de los tres clásicos indispensables en cualquier descarga en directo de la banda. El tono oscuro, la intro a cargo de Barry Clayton tomada de El Libro de las Revelaciones y la letra inspirada en el poema Tam a Shanter de Robert Burns, con el que se obsesionó Harris hasta el punto de tener pesadillas con él, dan forma a un tema al  que se acusó de satanista y que contiene uno de los mejores riffs de la historia de Iron Maiden (cuando entra la segunda guitarra siempre me recorre un escalofrío por la espalda) cobrando especial protagonismo (más si cabe) las cuatro cuerdas de del bajista londinense que está sencillamente brillante en su cometido.




Run to the Hills habla en tono de denuncia sobre la conquista de los indígenas americanos por parte de los británicos. Hablamos de uno de los clásicos de la banda que tras su inconfundible intro con la percusión (enorme Clive Burr en todo el álbum Nicko McBrain es un gran baterista y tomaría el relevo con una profesionalidad enorme, pero nunca llegó a ser tan bueno como él) y los riffs cortantes de Murray y Smith dejan paso a un Dickinson enorme con los agudos, los mismos a los que Blaze Bailey (posterior cantante de Iron Maiden de 1994 a 1999) no llegaba en su etapa en la banda por mucho esfuerzo que pusiera en los directos.




Gangland es por su velocidad, duración y batería un tema casi de género punk, para el que suscribe el más flojo del disco y puede que su única mácula, un buen corte que realmente no tiene nada que hacer rodeado de canciones impresionantes que la superan considerablemente. En la reedición del disco de 1998 se añadió un tema de la Cara B, Total Eclipse que, sin tener nada malo, al igual que Gangland desentona un poco con tanto clásico en el redondo. Por último The Number of the Beast se cierra con la que es para la mayoría de los fans de Iron Maiden la mejor canción de la banda, aunque personalmente no es mi favorita. Hablamos como no podía ser menos de Hallowed Be Thy Name.




El monólogo de un reo a punto de ser ejecutado en la horca a modo de oración es sin lugar a dudas uno de los mejores himnos de la historia del heavy metal, junto a otros clásicos como One de Metallica, Breaking the Law de Judas Priest, Paranoid de Black Sabbath o Holy Wars de Megadeth. Un medio tempo en el que Bruce Dickinson muestra todos sus registros como cantante, donde el bajo de Steve Harris guía a las melancólicas guitarras de Dave Murray y Adrian Smith mientras la batería de Clive Burr cobra una entidad casi eclesiástica para desembocar todo en una portentosa segunda mitad instrumentalmente perfecta rematado con unos agudos impresionantes del vocalista.




Así acaba el posiblemente mejor disco de heavy jamás compuesto, compartiendo este estantería con obras como Master of Puppets de Metallica, British Steel de Judas Priest o Paranoid de Black Sabbath. Tras The Number of the Beast la única banda de la NWOBHM que ha sobrevivido hasta la actualidad con su fama y reconocimiento intactos prosiguió su supremacía durante los años 80 con trabajos enormes como Piece of Mind o Powerslave, directos míticos como Live After Death, infravalorados álbumes de transición como Somewhere in Time, la que es mi obra favorita de los británicos titulada Seventh Son of a Seventh Son que es puro metal progresivo con temática conceptual o LPS que por mucho que quisieran volver a las raíces del conjunto (No Prayer For The Dying y Fear of The Dark) no ocultaban que Iron Maiden no pasaba por un buen momento.




Tras esto vendría la salida de Bruce Dickinson de la banda en 1993 (Adrian Smith lo hizo tres años antes) la llegada de Blaze Bailey (buen cantante, pero mala elección para el puesto por parte de Steve Harris que puso a un vocalista que no tenía nada que ver con el estilo Iron Maiden) la edición de discos como The X Factor o Virtual XI, lejos de la brillantez pero en cierta manera recuperables, y el regreso de de Dickinson y Smith en 1999 que dio pie a una nueva vida a la banda en la que editaron trabajos como el inmenso Brave New World (inspirado en el libro de Aldus Huxley) el magnífico Dance of the Death o los un poco acomodaticios y demasiado progresivos A Matter of Life and Death y The Final Frontier. Pero esa es otra historia.




Esta entrada 666 tenía que estar dedicada a la banda que me descubrió el género musical que marcó mi adolescencia y que sigo escuchando actualmente aunque todo esté inventado y los grupos grandes estén ya cerca de la jubilación. En 1999 pude verlos en mi primer concierto en Madrid y en 2008 me reencontré con ellos en la gira Somewhere Back in Time en la que sólo tocaron sus clásicos de los años 80 (aunque nos regalaron ese Fear of the Dark que es sin lugar a dudas el mejor tema que compusieron durante los 90). Los Maiden son especiales para mí, forman parte de mi vida y son como de la familia, con un poco de suerte (y economía desahogada) iré a verlos al Sonisphere de este 2013 si no se tuerce la cosa. Y recordad que el que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis.



viernes, 15 de junio de 2012

24 Hour Party People, flight of Icarus



Título Original 24 Hour Party People (2002)
Director Michael Winterbottom
Guión Frank Cottrel Boyce
Actores Steve Coogan, Shirley Henderson, Paddy Considine, Andy Serkis, Chris Coqhill, Lennie James, Danny Cunningham, Paul Popplewell, Sean Harris, Rob Brydon, Enzo Cilenti, Simon Pegg, Kieran O'Brien, Kate Magowan, Martin Hancock, Tim Horrocks, Keith Allen, Darren Tighe, Ralf Little



En el año 2002 el prolífico y ecléctico (no se le resiste ningún género) director británico Michael Winterbottom llamó la atención en varios festivales internacionales con 24 Hour Party People, su octavo largometraje detrás de las cámaras. Se estrenó en el festival de Cannes de aquel año y gustó allí donde fue proyectado. Su éxito fue notable y muchos la tildaron (y lo siguen haciendo) como la mejor obra salida de la mano del creador de The Killer Inside Me o Código 46 y a fe mía que posiblemente y casi con toda seguridad están en lo cierto.




En el año 1976 los Sex Pistols dieron un concierto en Manchester y a él sólo asistieron poco más de cuarenta personas. El acontecimiento a pesar de todo fue histórico ya que entre los espectadores se encontraban los que posteriormente serían miembros y fundadores de bandas estandarte del post punk como Joy Division, New Order o Happy Mondays. El presentador de televisión Tony Wilson (Steve Coogan) también esutvo allí y él será nuestro guía y narrador, hablándonos de cómo fue aquella época de cambio musical y social en Manchester y de la aventura en la que se embarcó y que le llevó a co crear junto a otros socios el mítico sello musical Factory Records.




24 Hour Party People es sin lugar a dudas una genialidad en fondo y forma. Una obra riquísima y poderosamente original que paradójicamente bebe de incontables fuentes referenciales cinematográficas y musicales pero formando un compacto y lúcido todo en el que el conjunto funciona a la máxima potencia de sus posibilidades. Michael Winterbottom consigue la pieza fílmica más completa de su carrera por medio de un caos controlado digno de un cineasta de los grandes en el que hay de todo y nada es deficiente o mínimamente mediocre.




El británico mezcla comedia, falso documental, crónica social, drama, biopic e incluso videoclip para parir una pequeña joya que retrata verazmente una época muy determinada.La que fue testigo de cómo el punk bajó de todo lo alto para dejar paso al rave en un Manchester que durante aquella época se convirtió en una de las capitales musicales del mundo. Todo con un montaje ágil, imágenes de archivo, actuaciones reales y otras interpretadas por los actores que dan vida a las bandas a las que se tributa en el film y poblando el metraje al máximo de sorna, ironía, buen humor y cariño para con los ídolos a los que retrata.




Pero que nadie se lleva a engaño, aunque Winterbottom siente una profunda admiración por todas y cada una de las personas a las que retrata (sobre todo a los músicos) no duda en hacer mofa y befa con ellos a lo largo de todo el film incluso mirándolos con ironía y hasta humor negro (impagable la sequedad y hasta mala baba con la que retrata el suicidio de Ian Curtis). De ahí que la cinta se aleje de otros biopics que solo rezuman baba hacia la persona/s que retrata/n. Winterbottom es de todo menos acomodaticio o un vendido y aquí da muestra palpable de tal hecho.




Uno de los puntos más fuertes de la cinta es su humor. El tono de comedia es omnipresente y ya desde ese prólogo con Tony Wilson y el ala delta en el que incluso utiliza un tono despectivo con los espectadores de la película incitando a estos a leer más si no conocen el mito griego de Ícaro pasando por las peleas entre los socios de Factory Records como las de Rob Gretton (enorme Paddy Considine, descacharrante su reacción cuando Tony le cuenta lo del precio de la mesa de la oficina de la discográfica) o el productor Martin Hannet (enormísimo, hasta literalmente, Andy Serkis) llegando a la intervención de mafiosos de medio pelo en la discoteca La Haçienda todo es una cascada continua humorísitcamente hablando.




Pero cierto es que toda esa coña, todo ese humor, toda esa mala baba está dirigida, catalizada y filtrada por un Steve Coogan carismático, canalla, vividor y siempre intentando mantener la calma en situaciones delicadas en las que hasta su integridad física corre peligro. El protagonista de The Trip ofrece momentos inolvidables, sobre todo en los que ejerce como presentador de su programa So it Goes, sirvan de ejemplo las entrevistas  al anciano o al enano del circo que lava los elefantes o el especialmente memorable e ínfimo pasaje en el que incidimos en su vida privada y a la que no volveremos porque en palabras del mismo Tony " esta película no es sobre mí, sino sobre la música".




Mencionar esa parte del film me permite hilar fino y hablar finalmente de lo que más me ha sorprendido y agradado de 24 Hour Party People, su metareferencialidad y autoconsciencia como obra cinematográfica. Desde que la película comienza el personaje de Tony Wilson sabe y exhorta que estamos en una película y debido a esto rompe la cuarta pared continuamente para hablar con el espectador de manera directa, como si de un documental o reality show se tratase. Pero rizando el rizo y llegando más allá Winterbottom se permite apuntes metatextuales sencillamente brillantes e inolvidables.




Dos ejemplos son la escena de sexo entre la novia de Tony (entrañable como siempre Shirley Henderson) y el músico Howard Devoto. Cuando el protagonista sale de los baños públicos en los que el furtivo coito se está llevando a cabo a espaldas del protagnista en la puerta tenemos al Howard Devoto real interpretando a un limpiador y asegurando que eso que acabamos de ver no ocurrió en la realidad. Pero yendo más allá incluso hay un momento del film que me puso en pie y aplaudí, Se trata del pasaje superlativo en el que Tony empieza a enumerar cuales de los actores que salen en la película a modo de cameo son músicos o personalidades auténticas de aquella época que se está retratando en el largometraje. 




En ese mismo momento al mencionarlos y ponerles cara Tony suelta esta perla de frase cuando vemos la imagen del cantante de los Durutti Collum "Y Vinnie Railly, aunque esta escena no llegó al montaje final, seguro que sale en el dvd". Es decir, la cinta ha llegado a unas cotas de metareferencialidad que se permite hablarnos de una escena eliminada que no se vio en el montaje final de 24 Hour Party People y que saldrá en la edición para el mercado doméstico, cuando lo que estamos viendo es nada más y nada menos que el montaje final de 24 Hour Party People. Sencillamente para quitarse el sombrero y rendir pleitesia al tandem Winterbottom/Cottrel Boyce y al ingenio de ambos.




24 Hour Party People ha supuesto una gratísima sorpresa de la que llevaba años oyendo hablar bien pero con la que no me animaba. La mejor obra de un director valiente que se adapta a cualquier estilo, que hace el cine que quiere y que no se vende por nada y por nadie. Desde la escena con Tony Wilson surcando los aires pensando en que va a morir hasta ese final con aparición del altísimo, marihuana mediante, la octava cinta de Michael Winterbottom se revela como una obra ejemplar que realiza una amalgama de texturas y géneros sobresaliente sin olvidar dos puntos clave. Entretener al espectador y homenajear al medio musical y a una ciudad en la que el mundo puso sus ojos durante una época inolvidable. Welcome to Madchester!



lunes, 21 de mayo de 2012

Judas Priest, concierto en Sevilla, 18 de Mayo de 2012



Grupo Judas Priest
Teloneros Blind Guardian, U.D.O
Localización Auditorio Rocío Jurado, Sevilla
Día 18 de Mayo de 2012

Hacía dos años más o menos que no iba a un concierto y lo cierto es que echaba de menos sentir la hermandad con los aficionados, los watios atronando los oídos, las imágenes, olores y sonidos caracteristicos de este tipo de celebraciones y el ritual que para un servidor supone ver en directo a los músicos que han formado parte de mi vida interpretando canciones que me han acompañado desde la infancia o adolescencia.




Ciertamente la ocasión lo merecía y mi regreso al mundo de los conciertos ha sido a lo grande, asistiendo al penúltimo concierto que la veteranísima banda Judas Priest daba en España en la que se supone que será su gira de despedida (de ahí el nombre de "Epitaph"). Como teloneros se encontraban la no menos veterana banda alemana U.D.O y tras ellos sus compatriotas los enormes Blind Guardian. La unión de estas tres bandas dio pie a una de las veladas musicales más inolvidables a las que he podido asistir en toda mi vida.




A las 19:48 se abrieron las puertas del auditorio Rocío Jurado localizado en las antiguas inmediaciones (hoy tristemente decadentes) de la  Exposición Universal sevillana de 1992. Al entrar en el recinto y ver el escenario una añorada sensación parecida a un cosquilleo que me recorrió la espina dorsal se apoderó de mí como pocas veces lo había hecho (posiblemente sólo cuando vi a Iron Maiden y Metallica por primera vez en 1999 y 2003 respectivamente), por fin tras un par de años volvía a formar parte de uno de los espectáculos que más emoción me producen, ser testimonio la interpretación de música en directo.




Sobre las 20:00 sin apenas calor y tras haber saludado a algunos conocidos de esos con los que no mantienes contacto habitualmente pero que te alegran el día cuando los encuentras en este tipo de concentraciones, Udo Dirkschneider y sus muchachos empezaron con su descarga. He de admitir que antes de que los alemanes empezaran con su actuación un servidor tenía pocas ganas de ver a esta clásica banda del heavy de los 70 y sobre todo 80 por la que nunca he sentido especial predilección.




A los 5 minutos tuve que tragarme mis palabras cuando los germanos ofrecieron una interpretación llena de profesionalidad, carisma y simpatía en la que se pudieron ver las tablas de unos músicos que lo dan todo en el escenario. Tirando de clásicos de la anterior banda de Dirkschnider (Accept) como Metal Heart o Balls to the Wall o alternando temas  antiguos y modernos de U.D.O como Leatherhead o Man and Machine  estos entrañables músicos se ganaron la confianza de fans y descreidos como el que suscribe.




Sobre las 21:00 con toda la austeridad del mundo y con un Hanshi Kursch de pelo corto Blind Guardian, los abanderados del power metal europeo desde mediados de los 80, salieron a ofrecer hora y media de buena música. Abriendo con Sacred Worlds del que aún sigue siendo su último disco, At the Edge of Time, los germanos ofreciendo una cuidadosamente elegida selección de cortes clásicos como Imaginations From the Other Side, Welcome to Dying o unas especialmente emocionantes Nightfall y The Bard's Song (In the Forest) consiguieron poner en pie a todas las almas que allí estábamos reunidas.




Sorprendentemente y contra todo pronóstico el normalmente insípido y estático frontman de la banda (lo de su voz y manera de cantar es otra cosa y rara vez falla) estuvo realmente animado, jugueteando con el público y moviéndose por todo el escenario, llegando a incluso animar al respetable a corear temas como Valhalla o Mirror, Mirror. De nuevo una banda que lleva muchos kilómetros a sus espaldas y que no decepcionaron un ápice a pesar de lo seco de su puesta en escena. Contando los días para volver a verlos.




22:00, un enorme cartel con la palabra Epitaph ("¡los cojones Epitafio!" dijo un devoto fanático a mi lado mientras hacía una foto de la enorme bandera) tapa el escenario, bajan las luces, la noche acaricia el auditorio y entre gente que no paraba de saltar, reír o llorar porque iban a cumplir un sueño por primera vez o porque iban a ver al grupo de su vida por última empieza a sonar la intro Battel Hym del impagable álbum Painkiller y seguidamente Rapid Fire (gran tema, pero no la mejor elección para abrir un concierto tan importante) y ahí los tenemos, Judas Priest en el escenario haciendo lo que mejor saben.




Los miedos desaparecen, en ese momento no piensas que se encuentran en la sesentena, ni que Rob Halford, que ha sido la más potente voz del heavy metal de todos los tiempos, no sea el de antes, sólo intentas asimilar que tienes delante tuyo a leyendas vivientes que llevan dando lo mejor de sí mismos durante 40 años, que han pasado por crisis, deserciones, peleas, reconciliaciones, excesos y más importante aún, que han sido parte de la banda sonora de los mejores y los peores momentos de tu vida, que siempre han estado ahí sin exigirte nada y que por fin los tienes delante tuyo y puedes confirmar al mundo entero que existen.




Por suerte hicieron un repaso de todas sus etapas. Desde su primer y ya lejano trabajo de 1974, Rocka Rolla, con Never Satisfied hasta su más reciente obra, el conceptual Nostradamus con Prophecy. Por el camino pudimos escuchar himnos atemporales como Metal Gods, Breaking the Law, Living After Midnight, ese clásico moderno de la banda en forma de declaración de principios llamado Judas Rising que casi me hace llorar de la emoción, unas Victim of Changes y Diamonds and Rust virtuosas que pueden considerarse el momento álgido del día, la inclusión de esas Hellion y Electric Eye que debían haber abierto el show pero que al menos no fueron olvidadas o una Painkiller que sonó como una apisonadora con un Rob Halford que lo dio absolutamente todo en los imposibles agudos de esta muestra de speed metal que serviría como piedra filosofal para cientos de bandas amantes de las tonos altos, los solos cortantes y los riffs imposibles a partir de los 90.




Hubo muchos momentos para el recuerdo y alguna ausencia. Lo mejor es que no se olvidaran ni de su etapa más denostada y comercial con Turbo Lover, que antes de empezar el concierto sonara por los altavoces War Pigs de Black Sabbath y que hicieran versiones de Joan Baez con Diamonds and Rust y Fleetwood Mac con The Green Manalishi (With the Two Pronged Crown) o tras el show que se dejara escuchar de nuevo por los bafles We're the Champions de Queen para homenajear a bandas que los inspiraron, que fueran cercanos con el público, que a pesar de la ausencia de K.K Downing, Ricihie Faulkner hiciera un trabajo de primera con la guitarra, que Scott Travis se dejara la vida con el doble bombo y que a Glenn Tipton se le notara en la cara que está profundamente orgulloso de su criatura que en breve dormirá el sueño de los justos.




Pero sobre todo es de recibo rendir pleitesía a ese ser humano de impagable entereza y talento llamado Robert John Arthur Halford. El hombre que podía utilizar un registro grave como agudo, que llegaba a tonos impresionantes en Sinner, Painkiller o A Touch of Evil (mi gran ausente del set list) que abandonó la banda en 1993 para volver diez años después por la puerta grande, que tuvo el valor de confesar su homosexualidad en un mundo rudo, varonil y a veces obcecado (quién lo diría) como el del heavy metal que lo recibió con la normalidad que merecía la noticia, que coqueteó en solitario con otros géneros como el thrash metal (Fight) y que sufrió que se rieran de su persona en aquella cosa horrible llamada Rock Star protagonizada por Mark Wahlberg y Jennifer Aniston.




Este señor que en pocos años podrá recibir gratis las medicinas en la farmacia, este abuelo del metal el Viernes pasado dio una lección de profesionalidad sin límites. Hacía tiempo que en directo se le veía mal, no llegaba a esos altísimos agudos que siempre le caracterizaron y no se movía a penas en el escenario, pero mis ojos y los de las otras miles de personas que me acompañaron ese día vieron a un hombre que lo dio todo, que cantó como hacía años que no se le escuchaba (desde la gira de su album en solitario Resurrection, aquel tour fue el que le menguo considerablemente su portentosa voz) y que nos regaló junto a sus cuatro compañeros una noche para marcarla a fuego y acero fundido en el calendario.




El día 18 de Mayo de 2012 será recordado por mí y unos cuantos más como una fecha especial. Una jornada de sueños cumplidos, de despedidas, de rememorar años pasados, de comunión entre música y sentimiento. Judas Priest parece ser, que ahora sí, nos dicen adiós, dejando tras de sí una discografía llena de éxitos y fracasos y entre los primeros una manita de obras maestras por las que nunca pasará el tiempo y actuaciones en directo para la estantería de la memoria. Esa noche sevillana de buena música, amistad, convivencia y nostalgia resonará por muchas años en mi cabeza, de esta manera podré decir cuando pase el tiempo aquello tan tópico pero verdadero de "Sí, yo estuve allí aquel día". Larga vida a Judas Priest y al heavy metal.


Battle Hym
Rapid Fire
Metal Gods
Heading Out to the Highway
Judas Rising
Starbreaker
Victim Of Changes
Never Satisfied
Diamonds and Rust
Dawn of Creation
Prophecy
Night Crawler
Turbo Lover
Beyond the Realms of Death
The Sentinel
Blood Red Skies
The Green Manilishi (With the Two Pronged Crown)
Breaking the Law
Painkiller
The Hellion
Electric Eye
Hell Bent for Leather
You've Got Another Thing Comin'
Living After Midnight

domingo, 19 de diciembre de 2010

Anvil!, el Sueño de Una Banda de Rock, metal is forever



Título Original: Anvil, the Story of Anvil (2008)
Director: Sacha Gervasi
Guión: Sacha Gervasi






En 1984 algunas de las mejores bandas de rock y metal a nivel mundial de aquella década (la mejor para el género, pero también la que dio pie a convertirlo en un circo) como Bon Jovi, Scorpions o Whitesnake hicieron una gira conjunta por todo el globo para posteriormente, la mayoría de ellos, alcanzar el cielo y vender millones de discos. Pero en el tour también tocaba una prometedora y puntera banda de thrash metal canadiense llamada Anvil que no corrió tan buena suerte. Tras más de 30 años de carrera, haber influenciado con su estilo a conjuntos por aquel entonces desconocidos como Slayer, Anthrax o Metallica y trece discos editados con mucha dificultad, el grupo surgido en Toronto cayó en el olvido y el ostracismo.




Durante aquella gira de 1984 un joven británico llamado Sacha Gervasi vio en directo a Anvil y se convirtió en fan de la banda. Con el tiempo se labró una carrera como productor y guionista cinematográfico (escribió La Terminal para Steven Spielberg). Pero su debut en la dirección, en forma de documental, llegó cuando en el año 2005 se enteró de las condiciones deplorables que los dos componentes fundadores de Anvil, Steve "Lips" Kuldow y Robb Reiner, casi completamente alejados de los escenarios y viviendo en su Toronto natal como trabajadores normales y corrientes. Gervasi se dirigió con su equipo de rodaje a Canadá para pasar unas jornadas con ellos y dar testimonio audiovisual de su día a día.




El resultado fue Anvil, the Story of Anvil, un inmenso y emocionante documental que más que de rock o heavy metal habla de dos amigos de la infancia que quieren cumplir sus sueños sin desistir a pesar de los golpes que la vida les asesta. En la obra de Gervasi tenemos rock, metal, riffs y solos de guitarra, pero el realizador inglés sabe que toda la parafernalia musical es una excusa para hablarnos de dos personas que se unieron con 14 años para cumplir un sueño que rozaron con los dedos en su momento, para poco después escapársele de las manos a ambos.




Anvil, el Sueño de Una Banda de Rock tiene su más claro referente en esa obra maestra en formato de falso documental titulada This is... Spinal Tap que narraba la desastrosa gira de una, ya decadente, banda de heavy metal británica británica por Estados Unidos. Pero el caso que nos ocupa de falsedad tiene poco. Durante los casi 90 minutos de metraje asistimos a como Lips y Reiner tratan de sacar adelante sus carreras musicales sirviéndose únicamente de sus sueldos de trabajadores. En una ciudad de Toronto que los olvidó (el mismo Lips admite que sus compañeros de trabajo no conocen la existencia de su grupo de musical) se ganan la vida como buenamente pueden, hasta que la rutina salta por los aires cuando por un golpe de suerte consiguen negociar una gira por Europa con una manager, fan de la banda, que ni siquiera habla inglés.




El punto de vista de Sacha Gervasi es el de un fan incondicional del grupo. Por eso en un acto que le ennoblece no escatima a la hora de poner en pantalla lo bueno que le sucede a su protagonistas, pero sobre todo lo malo, lo ridículo o lo decepcionante. En ese sentido, aunque en otro aspecto, me ha recordado su visión a la de el realizador Mabrouk el Mechri en esa impagable obra llamada JCVD, en la que se desconstruye (en uno de sus momentos más bajos) a un mito de las artes marciales y el cine de acción como el belga Jean Claude Van Damme, pero en ese caso desde la ficción con toques de biopic verídico.




No es extraño pensar el films como por ejemplo The Wrestler de Darren Aronofsky cuando uno ve a estos dos cincuentones e inseparables amigos en lucha contra la adversidad de saber que su época dorada pasó hace décadas o encontrarse en un continente situado a miles de kilómetros de sus hogares, en el que pierden trenes que no los llevan a los locales donde deben realizar sus interpretaciones, a no cobrar por algunas de sus actuaciones o a descargar en directo en pubs en los que no hay más de 50 personas asistiendo a su intervención musical. Experiencia que para otros músicos sería lamentable y que ellos admiten sin tapujos no cambiarla por nada del mundo.




Porque ahí es donde está la verdadera magia y el mensaje original de Anvil, the Story of Anvil. Lips y Reiner son buenos músicos, excelentes padres y maridos, hombres trabajadores, pero sobre todo unos niños grandes que no han crecido, dos soñadores de la vieja escuela que comparten una amistad inquebrantable, que siguen haciendo música por amor al arte, sin importarles una mierda el dinero y siempre con la esperanza de volver a la cresta de ola porque sus aptitudes como músicos aún se lo pueden permitir.





Ese carácter incluso infantil se deja ver en secuencias memorables como en la que Lips reconoce a músicos de bandas que admira que de manera paradójica tocaron en gira con él años atrás y que no lo recuerdan (cuando el canadiense sabe exactamente el momento, lugar y situación en que los vio por primera vez) Tómese como ejemplo el magistral pasaje en el que se acerca, como si de un quinceañero ilusionado se tratase, a Tommy Aldridge, batería de Whitesnake o su cara de ilusión cuando recibe la llamada del productor discográfico Chris Tsangarides con buenas noticias para la banda o por otro lado las bravatas entre los dos músicos amigos que no pasan de zarandeos por motivos insulsos y las posteriores disculpas de uno con el otro.




Anvil, el Sueño de una Banda de Rock es en gran parte una delcaración de principios con respecto, no a un estilo musical o estético, sino a una clase de profesionales que incluso dentro del heavy metal son especies en extinción. Aquellos que no piensan en enriquecerse monetariamente y sí en tocar su música delante de miles de personas y hacerlas vibrar y disfrutar durante dos horas en las que se evaden de sus soporíferas vidas. Pero es sobre todo una oda a la amistad, a los soñadores, a los entrañables cabezones que no dan nunca el brazo a torcer hasta que no consiguen sacar adelante aquello por lo que luchan y que también son a día de hoy una rara avis en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.




Aquellos que leen mi blog sabrán que no me gusta hablar de personas que ya no están con nosotros, incluso cuando fallece alguna celebridad y le dedico una entrada, no escribo nada, pongo una foto y un vídeo que represente lo que significó y que yo no puedo expresar con palabras. Pero cuando el otro día acabé de ver Anvil, el Sueño de una Banda de Rock con un nudo enorme en la garganta, me acordé de esos amigos y paisanos míos que intentaron sacar adelante una excelente banda de rock, que lucharon por conseguir fechas, grabar canciones y editar una maqueta que por desgracia nunca llegó. Pero sobre todo me vino a la cabeza uno de los componentes de aquel conjunto. Ese gran guitarrista y mejor persona de Vilches que amaba más que a su vida esto de la música y que por un golpe trágico del destino, una maldita enfermedad, un 31 Enero, con poco más de 20 años, se lo llevó de nuestro lado. Esta entrada va en su recuerdo. El de Mario Egido López.



jueves, 24 de junio de 2010

Tenacious D, you can't kill the metal, the metal will live on


Título Original: Tenacious D, The Pick of Destiny (2006)
Director: Liam Lynch
Guión: Jack Black, Kyle Gass, Liam Lynch
Actores: Jack Black, Kyle Gass, Jason Reed, Tim Robbins, Ben Stiller, Colin Hanks, David Krumholtz, Meat Loaf, Ronnie James Dio


Trailer



Los actores Jack Black y Kyle Gass se conocieron cuando formaban parte del grupo de teatro Actor's Gang creado por el interprete, guionista y director Tim Robbins. En aquellas filas se dieron cuenta de que a parte del mundo del arte dramático los unía también la pasión por el rock y el heavy metal. En 1994 ambos formaron la banda Tenacious D, que protagonizaría en 1999 una serie de televisión para la HBO. Mas tarde, en 2001, editarían su primer disco, con título homónimo.




En 2006 Black y Gass decidieron llevar a la pantalla grande los hechos de como se conocieron y llegaron a fundar su grupo musical, ellos escribieron el guión junto al músico y director Liam Lynch, que a su vez realizó el film detrás de las cámaras. Tenacious D, The Pick of Destiny es una revisión bufa, exagerada, surrealista y cómica sobre como ambos personajes se hicieron amigos y montaron una banda de rock con la que principalmente rendían tributo a todos los músicos cuyos temas y discos veneraban desde su más tierna infancia.




La gran virtud de Tenacious D como film es su sinceridad. La cinta se muestra en todo momento como una entrañable a la par que escatológica oda a los músicos que durante la década de los 70 forjaron géneros como el hard rock o el heavy metal. Black y Gass son verdaderos amantes de este tipo de música, adoran a gente como Dio, Meat Loaf, Queen o Kiss y durante el film podemos ver referencias y apariciones de muchos de estos músicos en forma de cameo. Incluso tenemos a Dav Grohl (Nirvana, Foo Fighters) haciendo de un peculiar Satán parecido al Darkness al que dio vida de manera memorable Tim Curry en Legend de Ridley Scott.




Como film Tenacious D no tiene una cohesión aceptable, es más un cúmulo de gags y números musicales que una historia con inicio, nudo y desenlace. Lo que sí es cierto es que a pesar de que el humor no es de una calidad desbordante, dentro de esas secuencias aisladas hay verdadero oro. Como el inicio del film con el tema Kickapoo, el sueño de JB en el que canta Master Exploder, Satán interpretando Beelzeboss o la aparición de un Ben Stiller para el recuerdo. Otro punto fuerte es el cúmulo de cachondas referencias a musicales como Tommy, Yellow Submarine o a películas sobre rock como Casi Famosos y otras más directas, que aún habiendo sido metidas con calzador, quedan cojonudas, como la de La Naranja Mecánica.




Tenacious D es divertida, fumada, irreverente, misógina, infantil pero deliciosa. No es un buen film, su humor es en ocasiones demasiado localista, los amigos de Black y Gass y ellos mismos seguro que se ríen con la película más que nadie. Pero es un homenaje a pecho descubierto al rock y el metal clásico. Su banda sonora es cojonuda y no sólo por los temas de otras bandas que suenan durante la película, es que los mismos Tenacious D hacen una música cojonuda que merece ser recuperada en la excelente banda sonora del film. Y recordad amigos no one can destroy the metal.