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lunes, 27 de noviembre de 2017

Punisher: Temporada 1, welcome back, Frank



“¡Los hombres como nosotros necesitamos esto, Frank!. No servimos para otra cosa. Un par de capullos que aspirábamos a todo lo bueno de la vida. Pero no somos buenas personas. ¡Nunca lo hemos sido!”




Desde que fuera creado por Gerry Conway, John Romita Sr y Ross Andru y debutara por primera vez en el año 1974 dentro de la colección The Amazing Spider-Man, concretamente en el número 129, varias han sido las traslaciones audiovisuales protagonizadas por Frank Castle, alias Punisher. Dentro del mundo del largometraje tres han sido las películas que han intentado extrapolar los cómics de El Castigador al celuloide. La primera data de 1989, se tituló Punisher (El Vengador en España, para confusión de muchos) la dirigió el habitualmente montador Mark L. Goldblatt, la protagonizó el actor sueco Dolph Lundgren (Rocky IV, The Expendables) y el resultado se alejaba brutalmente de las viñetas para acercarse al modus operandi de las producciones de la Cannon Films. En 2004, en pleno auge del cine basado en personajes de cómic llegó The Punisher, ideada por el guionista y director Jonathan Hensleigh (Armageddon) y con Thomas Jane de dando vida a Frank Castle, pariendo un inconsistente producto que quería imbuirse de la etapa Marvel Knights de Garth Ennis y Steve Dillon resultando ser un trabajo muy deficiente con un John Travolta penoso en su labor de villano. Cuatro años después, en 2008, llegó el último intento en pantalla grande con la realizadora alemana Lexi Alexander detrás de las cámaras, un muy convincente Ray Stevenson como protagonista y un tono crudísimo y bestial que recordaba a la mítica etapa del guionista de Predicador con el personaje en el sello MAX. Aunque Punisher War Zone puede considerarse el film más fiel a la esencia de Frank Castle sus deficiencias y fracaso en taquilla terminaron por sepultar el tercer intento de sacar adelante una franquicia protagonizada por el ex marine reconvertido en vigilante tras el asesinato de su familia.




Si no contamos sus apariciones en las series animadas de Marvel o el muy recuperable cortometraje Dirty Laundry, en el que Thomas Jane volvía a interpretar al personaje, la última y más memorable personalización de Punisher había tenido lugar en la segunda temporada de la serie Daredevil, la primera serie nacida de la dupla Marvel Studios/Netflix y en la que Jon Bernthal (Baby Driver, El Lobo de Wall Street) se enfundaba el traje de Frank Castle. El Punisher de la serie protagonizada por Charlie Cox era el mejor acercamiento en imagen real jamás realizado sobre el antihéroe creado por Conway, Romita Sr y Andru, marcando el contrapunto moral del alter ego Matt Murdock, protagonizando algunas de las mejores escenas de acción de la segunda tanda de episodios del programa del Hombre Sin Miedo y compartiendo con el Wilson Fisk de Vincent D’Onofrio pasajes de altísimo voltaje una vez Punisher entraba en prisión. Este acercamiento es el que el showrunner británico Steve Lightfoot ha tomado para construir la primera temporada de la serie en solitario de Punisher, que una vez vista en su integridad puede ser considerada una de las mejores producciones de la colaboración entre Marvel y la célebre plataforma de streaming.




Punisher llega después de ese balón de oxígeno que supuso The Defenders tras lo decepcionantes que en varios aspectos supusieron Luke Cage y Iron Fist, cada una de ellas por motivos diferentes, pero igual de preocupantes. La reunión de los cinco superhéroes Marvel de Netflix en una temporada de ocho agradecidos episodios supuso la culminación de lo que podríamos llamar la “Fase 1” de este universo televisivo que comenzó con la primera temporada de Daredevil y acabó con la adaptación, muy libre, de los personajes unificados por primera vez en 1971 por Roy Thomas. Pero esta Punisher recurre a un tono completamente diferente al del resto de estas producciones, alejándose incluso del tono urbano y oscuro de la serie del Diablo de la Cocina del Infierno para ofrecer algo parecido, pero a la vez considerablemente distinto. La intención por parte del showrunner Steve Lightfoot (Hannibal, Narcos) es la de diseñar junto a su grupo de colaboradores una mixtura genérica en la que el personaje protagonista pueda asentarse con solidez para ser el núcleo central de un relato que se adscribe tanto al drama, al policíaco como al bélico, el cine de espionaje o el de conspiraciones gubernamentales saliendo airoso en todos ellos gracias a la profesionalidad de los implicados en el proyecto.




Punisher está inspirada, con todas las licencias esperables, en dos etapas más o menos recientes del personaje, una en la Tierra 616 y otra dentro del sello para lectores adultos MAX. El tono noir, policíaco y todo el entramado militar y conspiranoico viene de la breve, pero muy recuperable, etapa en la que el guionista Greg Rucka y el ilustrador Marco Checchetto aunaron fuerzas para dar vida a su particular versión de Frank Castle. Por otro lado todo el trasfondo dramático relacionado con los veteranos de guerra y los soldados que no encuentran su lugar en la sociedad una vez vuelven a sus hogares viéndose arrastrados por el horror que vivieron es deudor de la ya citada etapa de Garth Ennis en el sello MAX sobre todo de los últimos arcos argumentales, La Larga y Fría Oscuridad y Valley Forge, Valley Forge, que redefinieron para siempre la psicología del personaje. De este modo aunque la serie diseña su propia visión de Punisher a partir de lo ya planteado en la segunda temporada de Daredevil podemos decir que los ideólogos del proyecto han construido su criatura centrándose en el perfil psicológico más rico que se ha aportado hasta el momento de Frank Castle en los cómics, alejado del blanco y negro moral de los inicios de su andadura editorial.




La inesperada decisión por parte de Steve Lighfoot de construir gran parte de esta primera temporada de Punisher sobre un drama es la que permite el mejor retrato de personajes y desarrollo narrativo de todas las series Marvel/Netflix que hemos visto hasta el momento. Aunque el episodio piloto dé buenas muestras de cómo será la acción adscrita a la temporada será aquí donde los guionistas comiencen a dar forma a una galería de personajes muy bien trabajados desde la escritura. No sólo Frank Castle está excelentemente abordado desde el papel, también David Lieberman “Microchip” no es un simple ayudante que proporciona armas y equipamiento a Punisher, se trata de un rol notablemente tridimensional con un recorrido argumental muy destacable a lo largo de la tanda de episodios, sustentado este en una familia en la que todos y cada uno de sus miembros, sin ser un dechado de originalidad psicológica, también son profesionalmente expuestos en pantalla para apelar a la empatía del espectador. Hasta el personaje de la agente Dinah Madani, que protagoniza la subtrama policíaca, o el de Karen Page, al que ya conocemos de Daredevil o The Defenders, tienen un bagaje estimable a sus espaldas, sólo desentonando en ese sentido el maniqueo senador Stan Ori usado por los guionistas para retratar como cobardes a los políticos que abogan por un control más ferreo de las armas de fuego o en el otro lado de la balanza el veterano de guerra O’Connor que sirve para poner en evidencia a los militantes de la NRA y que también está pobremente construido.




Como es lógico el personaje que mejor parado sale de esta elección tonal y conceptual es el Frank Castle al que entrega todo lo que tiene en su interior un Jon Bernthal que se ha apoderado de tal manera de Punisher que al que esto firma actualmente se le hace inconcebible que otro actor le dé vida y eso que físicamente me parece muy alejado de lo que es su contrapartida de las viñetas. La versión Netflix de Frank apela a la ambigüedad con la que fue retratada en Daredevil, exponiéndolo de cara al público como una experta máquina de matar que realiza el trabajo sucio que las fuerzas de la ley no pueden o quieren ejecutar y en no pocas ocasiones con el consentimiento de las mismas, ese “mal menor” que se toma la venganza por su propia mano en la más pura tradición estadounidense. Pero Steve Lightoof y el resto de guionistas se ocupan de no dejar pasar la oportunidad de ahondar en la mente de su criatura para afirmar que Castle se trajo la guerra a casa (aquí es veterano de Iraq y Afganistan, no de Vietnam, por cuestiones lógicas de cronología) y que la locura que allí vivió lo ha convertido en un adicto a la adrenalina que en no pocas ocasiones bordea la psicopatía (curiosamente en dos secuencias concretas saca su lado más oscuro con sendos menores de edad, algo tan arriesgado como meritorio de cara al espectador) y que no encontrará la paz por mucho que acabe con todo el crimen organizado de New York en una cruzada con la que no consigue ninguna satisfacción en un plano emocional.




El único defecto que podemos achacar a esta Punisher es que esa inmersión en el drama necesita obligatoriamente un estudio de personajes y situaciones extenso para que todo esté estructurado adecuadamente y se adhiera con lógica al tono realista de la propuesta que ofrece Steve Lightfoot. Por eso la acción se ve dosificada en demasía y aunque la misma abunda notablemente a lo largo de toda la temporada (es raro el episodio en el que no tengamos, mínimo, una secuencia de esta naturaleza) en varias ocasiones echamos de menos más pasajes dinámicos que den un ritmo de thriller al compendio narrativo del proyecto. Pero hasta esta mancha en el casi intachable currículum de la serie juega a su favor, porque cuando la acción hace acto de presencia lo realiza con una fuerza devastadora que deja en poca cosa, en cuanto a brutalidad, cualquier situación de este cariz vista en las otras series de Marvel para Netflix. Sirvan como ejemplo los clímax finales que cierran los tres últimos episodios de la temporada que consiguen hacer explotar salvajemente toda la tragedia acumulada en el plano psicológico relacionado con la muerte de la familia Castle y que Frank toma como catalizador para desatar toda su furia contra sus enemigos que se ven enfrentándose a una apisonadora humana que arrasa con todo lo que se le pone por delante.




Trece episodios que, esta vez sí, no se antojan alargados o plomizos por haber sido acatados con pericia desde la escritura y la realización técnica, un reparto de innegable solvencia comandado por un Jon Bernthal que hiela la sangre en más de una ocasión por su determinación y descomunal fuerza física (menuda manera de gritar tiene el Shane de The Walking Dead) un retrato de personajes certero en el que se pone en entredicho hasta la misma idiosincrasia y justificación moral del protagonista (enorme el pasaje Karen Page hablando por la radio de Lewis Walcott y dejando entrever el montaje de la secuencia que lo que afirma es también aplicable a Castle), un villano poliédrico que, por suerte, no desaparece a mitad de temporada de mala manera para ser sustituido por otro, mientras asienta las bases de algo más grande de cara a la segunda temporada y un subtexto sobre la deshumanización de la guerra, el difícil camino de vuelta a casa de adolescentes que fueron a la otra punta del mundo para matar y morir por mentiras espetadas desde atriles por hombres vociferantes que siempre dejan que sean otros los que se manchen las manos de sangre por ellos y cómo esa incursión en el infierno crea monstruos que afrontan su desgracia convirtiendo su día a día en una jungla urbana en la que quitar una vida es algo tan natural como respirar.



jueves, 6 de julio de 2017

Máquina de Guerra, give peace a chance



Título Original War Machine (2017)
Director David Michôd
Guión David Michôd, basado en la novela de Michael Hastings 
Reparto Brad Pitt, Anthony Hayes, John Magaro, Anthony Michael Hall, Emory Cohen, Topher Grace, Daniel Betts, Aymen Hamdouchi, RJ Cyler, Alan Ruck, Nicholas Jones, Will Poulter, Lakeith Stanfield, Ben Kingsley, Meg Tilly, Tilda Swinton, Griffin Dunne, Josh Stewart, Kola Bokinni




Nuevo largometraje adscrito a la producción propia de Netflix y al igual que en otras ocasiones con los suficientes alicientes para llamar la atención a una gran parte del grueso del público generalista. Impulsada por Brad Pitt en labores de productor y protagonista asociándose con el guionista y director David Michôd (Animal Kingdom) y basándose en la novela The Operators del periodista, ya fallecido, Michael Hastings War Machine llegó a la plataforma de pago estadounidense el pasado mes de Mayo recibiendo unas críticas más bien tibias por parte de la prensa especializada. En Transgresión Continua no vamos a afirmar que nos encontramos ante una gran película, está muy lejos de serlo, pero sí vamos a intentar numerar las virtudes que lo convierten en un producto que merece la pena y algunas peculiaridades en su impronta que lo hacen diferenciarse del resto de sátiras bélicas que el cine norteamericano actual cada vez cultiva con menos frecuencia y sana incorrección política.




Glen McMahon (Brad Pitt) es un condecorado general del ejército de Estados Unidos que es designado en Afganistan en 2009 para acabar con la guerra que allí tiene lugar desde que después de los atentados del 11S el ex presidente George W. Bush mandara a las tropas para hacer frente a los terroristas de Al Qaeda. Una vez en Kabul el militar se encuentra con no pocos problemas que darán al traste con su plan de finiquitar el conflicto bélico. El rechazo por parte del pueblo afgano hacia los soldados americanos, la poca implicación de Hamid Karzai (Ben Kingsley) el presidente de la nación, un grupo de subordinados que no se encuentra en las mejores condiciones psicológicas para realizar adecuadamente su trabajo, tener a la opinión pública y a la prensa en su contra y su propia personalidad harán que los planes de McMahon desemboquen en una misión imposible por la que tendrás que pagar un alto precio tanto a nivel profesional como personal.




El libro The Operators escrito por el periodista Michael Hastings tuvo su origen, como podemos ver a lo largo del film, en una crónica llamada The Runaway General publicada en la revista Rolling Stone y en la que se ponía en duda la labor de Stanley McChrystal, ex comandante supremo de las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN destinado en Afganistán en 2009. Las palabras de Hastings afirmando el trato irrespetuoso que McChrystal daba a los civiles afganos, sus insultos de cara al presidente del gobierno de Barack Obama y su administración por su nula implicación en la labor de sus hombres y la suya propia o su inoperancia a la hora de detener a los insurgentes tuvieron tanta resonancia a nivel internacional que le costaron su puesto de trabajo, siendo relevado de su cargo poco después de salir a la luz dicha información. El guionista y director David Michôd leyó The Operators e inmediatamente se interesó por llevarla a la pantalla y en ese sentido Brad Pitt fue de vital importancia para sacar adelante dicha empresa.




Máquina de Guerra aspira a ser muchas cosas a la vez y en ese sentido sólo lo consigue a medias. Por un lado quiere explotar su naturaleza como sátira antibelicista cargando las tintas no sólo contra el conflicto bélico afgano y los motivos que lo iniciaron, sino también poniendo en duda la labor de los soldados estadounidenses en el país asiático y poner en entredicho las acciones que allí llevaron a cabo. También quiere ser una cinta que, en cierta manera, consiga respetar la imagen del ejército americano retratando a sus miembros, con el personaje de Glenn McMahon como principal cabeza visible, a modo de personas bienintencionadas, pero ineficaces en su oficio. Por último también hay un afán por dar cierto poso dramático a su protagonista por medio de la inclusión del personaje de su esposa Jeannie interpretada por la actriz Meg Tilly (Body Snatchers) con la intención de humanizar al rol de Brad Pitt.




En este sentido como drama los resultados no son del todo aptos porque a pesar del muy competente trabajo de Meg Tilly como Jeannie McMahon el tono del largometraje es humorístico, de modo que los intentos por parte de David Michôd están fuera de lugar si somos conscientes de que su obra se sustenta en la comicidad. En lo referido al respeto hacia el ejército americano tampoco el resultado es óptimo, ya que las veces que intenta hacer un retrato benévolo de los personajes el guión vira continuamente a la que es su mayor virtud, la mala baba y la poca complacencia con la que reflexiona sobre la presencia de Estados Unidos en Afganistan y las repercusiones negativas que dicha intervención tuvo en esta República Islámica. Justo ahí es donde War Machine destaca sobre el resto de sus coetáneas a la hora de calibrar el nivel de crítica con el que su guión dispare contra todo el mundo para que nadie se libre de recibir su correspondiente aguijón envenenado.




Desde el monólogo con el que se abre el film haciendo mofa con el "Dechado de autocontrol y respuesta proporcionada" que es Estados Unidos War Machine deja claro que no va a ser nada amable con su dialéctica cinematográfica. David Michôd reflexiona en su último largometraje sobre algo que ni las más recientes sátiras antibélicas ni el cine adscrito al género militar en general han querido o sabido abordar, la idea de que Norteamerica era el elemento invasor y el país invadido la víctima. Films como El Único Superviviente, el remake de Brothers o Leones Por Corderos nos hablan sobre el horror del campo de batalla, las secuelas de la guerra de Afganistan en los soldados yanquis o las mentiras del gobierno de George W. Bush a la hora de dar inicio al conflicto bélico. Pero la cinta que nos ocupa se deja de medias tintas y afirma que el país de las barras y estrellas, una vez más, se metió donde no debía destruyendo una nación en la que se adentró por intereses políticos y económicos haciendo uso de una fuerza desproporcionada y confirmando que los mismos insurgentes a los que tildan de terroristas no son más que civiles afganos defendiendo su propiedad y modo de vida.




Desde esta perspectiva, la de la sátira malintencionada y ácida, encuentra Máquina de Guerra su mejor baza regalando pasajes en los que vemos a Glenn McMahon explicar por medio de una pizarra, y como si de un profesor de primaria se tratase, que matar insurgentes sólo crea más insurgentes, sus conversaciones con el pusilánime presidente Hamid Karzai al que da vida un enorme Ben Kingsley que parece seguir la senda de sus personajes de Iron Man 3 o El Dictador, su enfrentamiento con la reportera alemana a la que da vida un breve pero genial Tilda Swinton y sobre todo su interacción con el grupo de subordinados que acata sus órdenes formado por un segundo al mando demasiado impulsivo en su labor, un traidor que filtra información a los periodistas para desacreditar a su oficial superior y un relaciones públicas que no sabe expresarse en público utilizando una amalgama verbal de tecnicismos que ni él mismo entiende. Con todo este material Michôd consigue ejecutar no pocos diálogos y gags cómicos para destacables que ofrecen la mejor cara de la obra.




Por último y en cuanto a la labor artística evidentemente la mayor parte del peso recae en el Glen McMahon al que da vida Brad Pitt y este transmite sensaciones encontradas. El protagonista de El Club de la Lucha convierte a su sosias de Stanley McChrystal en una caricatura, una mezcla entre su Aldo Ray de Malditos Bastardos y el General Patton de George C. Scott, que en todo momento se muestra, a pesar de la contención del actor, como un histrión, una composición interpretativa descontextualizada que para colmo llama más la atención al verse interactuar con el resto de personajes secundarios que no son tan exagerados y se acercan más a la realidad. Pero lo más curioso es que cuando llevamos menos de la mitad del metraje y el protagonista comienza a mimetizarse con el entorno en el que se mueve sus muecas, lenguaje corporal forzado y tono de voz postizo dejan de molestarnos y se convierten en la materialización más efectiva del espíritu ácido y nada complaciente de la propuesta cinematográfica de David Michôd.




Quedando lejos de clásicos dentro del subgénero como M.A.S.H, Trampa 22, Dr Strangelove o lejos de salvajadas más recientes que se adentraban incluso en el antimilitarismo como Starship Troopers o Buffalo Soldiers, pero siendo más valiente que piezas actuales como Juego de Armas (War Dogs) a la hora de criticar no sólo la guerra, sino también los que la anhelan porque sin ella son personas sin talento alguno, War Machine no será recordada con el paso del tiempo como una pieza ejemplar dentro del tipo de cine al que se adscribe, pero el hecho de que no tenga miedo a dar una visión dura de temas tabú para la sociedad americana como poner en duda su papel como "Policía del Mundo" la convierte en una obra que merece ser vista para que detrás de su supuesta ligereza y sorna podamos reflexionar sobre temas como el imperialismo, la política internacional, el terrorismo en todas sus formas y variantes y los hechos que han llevado a Estados Unidos a convertirse en una nación que cada vez se granjea más enemigos a lo largo y ancho del globo.



viernes, 28 de abril de 2017

Secuestradores de Cuerpos, el batallón de las sombras



Título Original Body Snatchers (1993)
Director Abel Ferrara
Guión Larry Cohen, Raymond Cistheri, Stuart Gordon, Dennis Paoli, Nicholas St. John, basado en la novela de Jack Finney
Reparto Gabrielle Anwar,  Terry Kinney,  Billy Wirth,  Christine Elise,  Meg Tilly, Forest Whitaker, Reilly Murphy,  R. Lee Ermey,  Kathleen Doyle,  G. Elvis Phillips, Tonea Stewart





En el año 1955 el novelista norteamericano Jack Finney escribió The Invasion of the Body Snatchers o La Invasión de los Ladrones de Cuerpos en su título traducido al español, una obra literaria que pronto se convirtió en un clásico de la ciencia ficción narrando la historia de unos extraterrestres que llegaban al planeta Tierra para sustituir a los seres humanos por medio de unas vainas vivientes que se alimentaban de la energía vital de sus víctimas para después gestar clones idénticos en forma de huéspedes, pero totalmente carentes de emociones y con la única misión de convertir el planeta azul en su nuevo emplazamiento eliminando a toda criatura terricola para crear un ejército de criaturas deshumanizadas que gobernaran el que siempre ha sido nuestro hogar. El éxito fue tan notable que sólo un año después de la publicación del libro llegó la primera adaptación cinematográfica del mismo.




The Invasion of the Body Snatchers fue rodada por Don Siegel, escrita por Daniel Mainwaring y protagonizada por Kevin McCarthy y Dana Wynter entre otros en 1956, y aunque era notable su naturaleza de producción adscrita a la Serie B como producto cinematográfico era muy superior a la mayoría de largometrajes realizados en sus mismas condiciones artísticas o económicas. A pesar de quedar marcada de por vida por su ambiguo mensaje (unos defienden que es una crítica furibunda al comunismo y otros que lo es hacia el inefable Senador Joseph McCarthy y infame "Caza de Brujas") el film del director de Harry el Sucio es uno de los clásicos incontestables de la ciencia ficción estadounidense, una pieza indispensable para entender la evolución del género a lo largo de la década de los 50 y la primera de varias traslaciones al celuloide de la famosa novela de Jack Finney.




En 1979 y con el respaldo de la mítica United Artists otra adaptación del libro de Jack Finney llegó a las pantallas de todo el mundo con La Invasión de los Ultracuerpos, una nueva versión dirigida por Philip Kaufman, escrita por W.D. Richter y protagonizada por un excelente reparto formado por Donald Sutherland,  Brooke Adams,  Leonard Nimoy, Jeff Goldblum o Veronica Cartwrigh. Con un tono mucho más crudo, una atmósfera tan o más lograda que la que imprimió Don Siegel en su largometraje de 1956 (la diferencia presupuestaría también influye en ese sentido como era de esperar) y un final de los que se quedan grabado en la retina para toda la eternidad esta segunda visión de The Invasion of the Body Snatchers sigue siendo a día de hoy, tannto para el que suscribe como para millones de fans, la mejor contrapartida cinematográfica de la novela del autor de Ahora y Siempre.




La tercera adaptación cinematográfica de la obra literaria de Jack Finney llegaría en 1993 y la misma fue un proyecto inusual desde su misma gestación. El productor Robert H. Solo, que también estuvo implicado en La Invasión de los Ultracuerpos, decidió reclutar a un ecléctico equipo para idear una nueva versión cinematográfica de la novela, aunque esta vez alejándose notablemente del argumento de la misma. Con una historia escrita por Larry Cohen (¡Estoy Vivo!, El Padrino de Harlem) y Raymond Cistheri (Melinda), adaptada posteriormente a guión original por Stuart Gordon y Dennis Paoli (autores de Re-Animator y From Beyond) y con un reparto en el que encontramos a actores como Gabrielle Anwar (Cosas que Hacer en Denver Cuando Estás Muerto), Terry Kinney (Sleepers), R. Lee Ermey (La Chaqueta Metálica) o Forest Whitaker (Rogue One: Una Historia de Star Wars) Secuestradores de Cuerpos (Body Snatchers) llegó a nuevas cotas de extrañeza como proyecto fílmico con la elección de su director.




En 1993 Abel Ferrara ya era conocido como un cronista de los bajos fondos de la ciudad de New York. Desde su debut, El Asesino del Taladro, el cineasta nacido en el Bronx se curtió como autor extremo, siempre entregado a las zonas suburbiales, el crimen y la ilegalidad gracias a trabajos tan destacables como El Cazador de Gatos, El Rey de New York o Teniente Corrupto. Por ello todavía hoy llama la atención que el productor Robert H. Solo en particular y Warner Bros en general eligieran a Ferrara para dirigir una pieza tan alejada de su impronta, estilo y "zona de confort autoral" como Body Snatchers. Contra todo pronóstico el autor de The Blackout: Oculto en la Memoria aceptó la propuesta, aunque trayéndose de casa a su habitual colaborador Nicholas St. John para que revisara el guión de la obra. La película tuvo su puesta de largo internacional en 1993 en el Festival de Cannes y pasó inmerecidamente desapercibida allá por donde fue estrenada, normalmente con más pena que gloria.




Steve Malone (Terry Kinney) es un inspector del departamento de medio ambiente especializado en inspeccionar bases militares. Cuando es destinado a una situada en Alabama con su familia formada por su mujer Carol (Meg Tilly), y sus hijos Marti (Gabriel Anwar) y Andy (Reilly Murphy) será advertido por parte del Mayor Collins (Forest Whitaker) acerca de unos extraños hechos en los que se están viendo implicados soldados del campamento y que parecen tener su origen en la persona del General Platt (R. Lee Ermey). Poco a poco el Doctor Malone y su hija Marti irán descubriendo una intrincada red conspirativa en la que unos alienígenas de origen desconocido están suplantando por medio de unas vainas a los militares de la zona para tomar su lugar y extender su infección a nivel global apoderándose de todas las bases de Estados Unidos controladas por el ejército de Estados Unidos.




El contexto en el que está localizada Body Snatchers y que se diferencia notablemente del de la novela original de Jack Finney, o de las anteriores adaptaciones cinematográficas de esta, es el que permite a sus autores añadir una lectura tan original como poco usual dentro de cualquier producción cinematográfica estadounidense. La excusa narrativa de situar la trama en una base del ejército de Estados Unidos permite a los cinco guionistas y al director incluir una ambiguo pero nada disimulado subtexto antimilitarista con el que los autores critican abiertamente el ambiente castrense ideando un interesante paralelismo entre la invasión extraterrestre y las ínfulas imperialistas del país de las barras y estrellas. La idea de establecer una dualidad entre la insensibilidad y carencia de emociones de los alienígenas y la deshumanización a la que se ven sometidos los soldados en su entrenamiento es todo un acierto desde el punto de vista de la escritura.




Desde una perspectiva técnica llama mucho la atención lo resolutivo que se muestra Abel Ferrara con un tipo de cine con tantas secuencias adentradas en el terror y la acción. Con respecto a esto úlitmo es posible que la segunda unidad tomara cartas en el asunto (sería extraño que la escena final con el ataque del helicóptero a la base militar la rodara el mismo director de New Rose Hotel) pero con todo el neoyorkino muestra una destacable adaptabilidad a una pieza cinematográfica tan ajena a su discurso como narrador. También se descubre como un competente storyteller a la hora de mantener una pátina de ferreo suspense de cara a la amenaza que suponen los invasores y de poner en el tablero el juego que ejecuta haciéndonos sospechar sobre si cualquiera de los personajes secundarios sigue siendo humano o ya ha sido suplantado por su "clon alienígena". Una muy digna labor para un artesano que hasta ese momento nunca había experimentado con este tipo de cine de género.




Con respecto al reparto encabezado por una desenvuelta Gabrielle Anwar que venía de triunfar con Esencia de su Mujer y su famoso tango bailado con Al Pacino cumple sobradamente su cometido. Aunque nos encontramos ante un producto de mayor vocación comercial que los films que suele rodar dentro de los círculos del cine independiente en el que siempre se ha desenvuelto Abel Ferrara muestra su habitual pericia para dirigir a unos actores que acometen con oficio sus roles, tanto los miembros de la familia Malone (el papel de Meg Tilly es perturbador y sus monólogo final lo sería más todavía si no realizara esos estúpidos gestos con la mano al recitarlo) como roles secundarios breves pero de capital importancia para la trama como los interpretados por dos magníficos actores como Forest Withaker y R. Lee Ermey. Especial mención también para la carismática, pero muy desaparecida en la actualidad, Christine Elise o un impertérrito Billy Wirth que por aquel entonces sólo era conocido por dar vida a uno de los secuaces vampíricos de Kiefer Sutherland en la memorable Jóvenes Ocultos (The Lost Boys).




Como previamente hemos apuntado Body Snatchers no obtuvo mucha repercusión en la época de su estreno, pero contiene los suficientes alicientes para ser recordada y recuperada como una más que aceptable muestra de terror y ciencia ficción. Su osadía a la hora de retratar de manera tan dura al ejército estadounidense, unos efectos especiales y de maquillaje muy competentes, un reparto resuelto, un guión sólido a pesar de haber sido manoseado por un quinteto de escritores y el oficio con el que la dirigió un Abel Ferrara que la acogió como una rara avis dentro de su filmografía son suficientes virtudes para considerar la tercera adaptación de la novela de Jack Finney una muestra de género que merece mucho más crédito del que posee, sobre todo si tenemos en cuenta que la cuarta traslación de The Invasion of the Body Snatchers, la británica Invasión con Nicole Kidman y Daniel Craig de protagonistas y muchos problemas de producción en su haber, palidece considerablemente si la comparamos con ella.

martes, 8 de septiembre de 2015

Un Día Perfecto



Título Original A Perfect Day (2015)
Director Fernando León de Aranoa
Guión Fernando León de Aranoa, basado en la novela de Paula Frías
Actores Tim Robbins, Benicio del Toro, Olga Kurylenko, Mélanie Thierry, Fedja Stukan, Eldar Residovic, Sergi López




Desde que debutara en 1996 con su ópera prima, Familia, Fernando León de Aranoa se ha convertido en uno de los directores insignia del nuevo cine de corte social que se realiza en España. Con un discurso deudor de Ken Loach y el añadido de una visión comercial y un humor cercano con el que acceder al más amplio número de espectadores posibles, films como la inolvidable Barrio o la soberbia Los Lunes al Sol mostraban a un cineasta comprometido, de historias tan mínimas como cercanas y sinceras. Tras el enorme éxito que supuso el ya mencionado film protagonizado por unos pletóricos Javier Bardem, Luis Tosar, José Ángel Egido o Nieve de Medina entre otros el cineasta volvió a recibir notable reconocimiento con Princesas, su personal visión del mundo de la prostitución en España para después alejarse un poco de la primera línea de fuego rodando y estrenando sin mucha repercusión Amador, film en el que abordaba el tema de la inmigración en nuestro país.




Cinco años de silencio después León de Aranoa debuta en el mercado internacional con su primera obra rodada íntegramente en inglés, esta Un Día Perfecto que adapta la novela Dejarse Llover de Paula Frías con un reparto de actores americanos y europeos encabezado por dos pesos pesados de Hollywood como son el guionista, productor, director y actor Tim Robbins y el intérprete portorriqueño Benicio del Toro, ambos ganadores del Oscar al Mejor Actor Secundario por Mistyc River de Clint Eastwood y Traffic de Steven Soderbergh respectivamente. A ambos les cubren la espaldas la ucraniana Olga Kurylenko (Oblivion, To the Wonder) la francesa Melanie Thierry (Babylon A.D, The Zero Theorem) los bosnios Fedja Stukan y Eldar Residovic o ya en un breve papel el español Sergi López (El Monje, El Laberinto del Fauno) que cierra el magnífico plantel de actores.




Cambiando su estilo y puesta en escena, pero siendo el mismo en el fondo, Fernando León de Aranoa se adhiere con esta concatenación de aventuras y desventuras de un grupo de cooperantes buscando una cuerda para sacar un cadáver del interior del pozo en plena zona de conflicto durante la guerra de los Balcanes a aquellas sátiras antibélicas norteamericanas como MASH de Robert Altman (con posterior y longevo salto al tubo catódico un año después) Trampa 22 de Mike Nichols o la más reciente (y nunca suficientemente reivincada por cabrona y ácida) Buffalo Soldiers de Gregor Jordan. Evidentemente A Perfect Day no tiene la fuerte carga de ironía de las dos primeras obras mencionadas, ni la de veneno letal de la tercera, pero contiene en su haber una hábil basculación entre comedia y drama para poner en entredicho todos los conflictos bélicos en general y el yugoslavo en particular sin adoctrinar o desagradar al espectador que se enfrente con la obra.




Fernando León es un narrador dotado e inteligente conocedor de los resortes del drama y eso se deja notar en su último trabajo. La guerra está siempre presente en Un Día Perfecto, aunque no se realice un sólo disparo o lance bomba alguna en cada porción de tierra, en cada mirada de desconfianza, en cada rostro agrietado por la hambruna y las condiciones de vida infrahumanas aquellos días de ruído y furia sobrevuelan todo el metraje de la cinta. Por suerte aquellos momentos de desarraigo y pobreza económica y moral son alternados con pasajes cómicos que tienen su origen en situaciones que se sustentan en más bien poca gracia, pero siempre abordadas con un delicioso humor negro, nunca ofensivo o escatológico, aderezado con una ironía que arranca en más de una ocasión la risa nerviosa en una platea que recibe muchos de los entuertos desfacidos por los protagonistas como surrealistas o del todo imposibles.




Si nos fijamos en los personajes y los roles que cada uno de ellos representan podremos ver de manera cristalina el sello del director del documental Caminantes, porque después de todo y si no tenemos en cuenta su contexto espaciotemporal Un Día Perfecto no deja de ser una versión de Los Lunes al Sol localizada en la Guerra de los Balcanes. De hecho el B al que da vida un entrañable y alocado Tim Robbins se aleja poco del Santa de Javier Bardem en aquella producción de 2002, el Mambrú de Benicio del Toro tiene más de un detalle en común con el melancólico Jose de Luis Tosar, aquel ingenuo Lino de José Ángel Egido es el reflejo de la comprometida y apasionada Sophie de Melanie Tierry, el impertiente Reina de Enrique Villén da el relevo a la Katya de Olga Kurylenko (el único personaje indebidamente desdibujado y estereotipado de la obra que nos ocupa, aunque la ucraniana se enfunda con convicción su criatura) incluso la labor de los autóctonos Fedja Stukan y Eldar Residovic son la réplica de la de Serge Riaboukine y Aida Folch, realizando con todo esto el madrileño casi un remake europeo de obra más celebrada.




Aunque al contar con un presupuesto más amplio y un reparto de actores curtidos en mil batallas el cineasta apela a una puesta en escena más elaborada en el apartado técnico en busca de una comercialidad visual y formal (y hasta musical, con esa tan criticada banda sonora que a un servidor ha encantado por estar repleta de temazos de Marilyn Manson, Lou Reed, Peter Seeger o Ramones) que busca la complicidad del mercado internacional, la mirada crítica, la visión desencantada con nuestra sociedad (esta vez la mayoría de los dardos van directos a las Naciones Unidas y sus intereses territoriales que normalmente tienen poco de altruistas, humanitarios o caritativos) y una reivindicanción de los humildes o perdedores natos a los que siempre retrata como luchadores que salen adelante más por cabezonería que por verdaderas aptitudes para batallar como guerreros en esta estupidez unas veces maravillosa y otras terrible llamada vida.




El madrileño se saca de la manga en el metraje algunas secuencias que se quedan grabadas en la retina como esa puerta lateral que descubre un secreto a voces mientras el personaje de Mambrú hace lo imposible porque el de Sophie no descubra tan dramática revelación, la llegada de los Cascos Azules para joderlo todo en el peor momento cuando estaba todo el trabajo hecho, las situaciones "vaca/mina" (Robbins y Tierry comparten pocos momentos en solitario en el film, pero la química se hace notar considerablemente entre los dos), la situación de la cuerda de la bandera del puesto de guardia, esa noche llena de confesiones a la luz de los faros del todoterreno, el arrebato de furia del protagonista de Benicio del Toro con los chavales por el tema del balón o esa lluvia en el epílogo que finalmente "hace justicia" y nos deja con una agradable sensación de melancólico buen rollo cuando la pantalla funde a negro por última vez.




Un producto tan competente, agradable dentro de lo terrible que relata con elegancia y un uso pletórico del fuera de campo, humilde o formalmente sencillo como Un Día Perfecto se ha estrenado en nuestro país en el momento ideal. Ahora que muchos de nosotros miramos para otro lado cuando refugiados sirios buscan amparo en otros países de Europa, entre ellos el nuestro, porque la muerte es lo único que les espera en su tierra natal una obra como la de Fernando León de Aranoa es casi de visionado obligado para personas de todas las edades y con ello veamos como en tan poco tiempo se puede repetir la historia si no se tiene memoria o cómo los países desarrollados no sólo no hacen nada por solucionar conflictos como estos sino que se aprovechan de ellos, y las desgracias de los que los sufren, para su propio beneficio territorial o económico.




Mientras tanto, aquí en nuestra querida España al menos, ya se ocupan los medios de comunicación partidistas comprados a golpe de talonario y expertos en la manipulación informativa de masas en vendernos que el enemigo es de piel oscura, viaja en patera y cruza el estrecho para "robarnos los que es nuestro" cuando todos sabemos que los que llevan años expoliándonos son de un estrato social y económico considerablemente más alto que el de estos pobres nómadas que no saben si llegaran con vida al día de mañana, "Tienes que elegir, ¿la bandera o el agua?" sentencia con acierto mayúsculo el personaje B interpretado por Tim Robbins en un pasaje de Un Día Perfecto y yo no puedo estar más de acuerdo con lo que con ello quieren afirmar, condensar y simbolizar Paula Frías y Fernando León de Aranoa como narradores de historias.


sábado, 11 de julio de 2015

Platoon, inocencia y juventud



Título Original Platoon (1986)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone
Actores Charlie Sheen, Tom Berenger, Willem Dafoe, Kevin Dillon, Forest Whitaker, Johnny Depp, John C. McGinley, Francesco Quinn, Richard Edson, Reggie Johnson, Keith David, David Neidorf, Mark Moses, Chris Pedersen, Tony Todd, Dale Dye





A finales de los setenta y principio de los ochenta Oliver Stone se había forjado una justificada fama de excelente guionista que ponía su trabajo al servicio de otros directores. Para Alan Parker trasladó a imágenes la novela autobiográfica El Expreso de Medianoche de Billy Hayes y con ello ganó el Óscar al mejor Guión Adaptado. A Brian de Palma le puso en bandeja el libreto del remake de Scarface de Howard Hawks que protagonizó un desatado Al Pacino en la piel del narco cubano Tony Montana y que en España se tituló El Precio del Poder. Tambien escribió junto a John Milius una versión tan polémica como imperecedera del personaje más famoso del escritor Robert E. Howard en Conan: El Bárbaro. Pero sería con su tercer film, tras la muy desconocida Seizure y la primeriza La Mano, protagonizada por el británico Michael Caine, cuando Stone comenzara a hacerse un importante nombre como cineasta.




En 1986 la hoy ya extinta Orion Pictures y Metro Goldwyn Mayer se unieron para proporcionar a Oliver Stone seis millones de dólares para que rodara un proyecto muy personal que por aquel entonces llevaba diez años gestando. Con Platoon el futuro director de Asesinos Natos o JFK: Caso Abierto quería narrar su experiencia como veterano de la guerra de Vietnam. En aquel conflicto bélico en el que se embarcó de manera voluntaria contra la voluntad de sus propios padres, los Stone eran una familia acomodada de New York, fue herido dos veces, ganando por ello la Cruz Púrpura, y vivió las experiencias más traumáticas de su vida dejando una huella indeleble en su personalidad incitándolas estas a rodar hasta tres films sobre el tema y cuya sombra sobrevolaría, de una manera u otra, prácticamente toda su filmografía.




El alter ego de Stone en pantalla es Chris Taylor, el personaje que interpreta un Charlie Sheen de 19 años de edad legando como voluntario a Vietnam con arduos deseos de patritotismo y el único fin de parar la supuesta invasión comunista iniciada por el norvietnamita Ho Chi Minh, presidente de  la República Democrática de Vietnam o Vietnam del Norte, para un año después abandonar el país asiático con ideas completamente opuestas, afirmando haber formado parte de una guerra injusta iniciada por motivos puramente económicos y estratégicos en la que unos Estados Unidos que habían perdido la inocencia sufrieron su primara gran derrota militar. Durante el año que Chris pasa en el frente descubre que en ocasiones el enemigo se encuentra en su propio pelotón, debido a la rivalidad entre los dos sargentos de la unidad, el idealista y compasivo Elías al que da vida Willem Dafoe y el brutal y expeditivo Barnes al que interpreta Tom Berenger.




Platoon es cine nacido de las entreñas, una obra de una visceralidad lírica y melancólica con la que Oliver Stone trata de realizar la primera película totalmente localizada en la guerra de Vietnam y relatada de primera mano por alguien que estuvo en el campo de batalla. La patriótica y falsaria Boinas Verdes de John Wayne y Ray Kellogg, la redentora El Cazador de Michael Cimino o la descomunal Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola no podían considerarse testimonios estrictamente ortodoxos de lo que supuso aquella guerra, ya que eran obras que utilizaban aquel conflicto por distintos motivos como el patriotismo rancio y sectario, mostrar la deshumanización de toda una generación de norteamericanos o a modo de terreno y contexto histórico para extrapolar una novela del silo XIX, El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, a finales del siglo XX para relatarnos un viaje sin retorno a la locura.




Por ello con esta producción de 1986 por primera vez un verdadero veterano de Vietnam se ponía detrás de las cámaras para contar en primera persona qué supuso aquel infierno que se extendió durante más de una década. En una época en la que los héroes nacidos de la ola de conservadurismo neocon de la era Reagan mataban "amarillos" con una metralleta en cada mano en productos como Desaparecido en Combate o las distintas secuelas de Rambo siendo coreados en medio mundo Oliver Stone llegaba para poner en entredicho toda la maquinaría militar estadounidense movilizada al país asiático y el papel que el ejército de su nación tomó durante aquella guerra. Poniendo así la primera piedra de lo que posteriormente sería uno de los discursos cinematográficos mas críticos con el lado oscuro de un país como el norteamericano teniendo su culmen en la descomunal serie documental La Historia No Contada de Estados Unidos de la que hablaremos algún día.




No fueron pocos los pelotones que se encontraron con situaciones como el expuesto en la cinta de Oliver Stone creándose en él dos bandos enfrentados en su interior. Cuando la guerra de Vietnam llevaba varios años en activo la voluntad de gran parte de los soldados americanos comenzó a mermarse poco a poco dándose cuenta de que no podían vencer a un enemigo conocedor al milímetro de un terreno que para ellos era tan hostil como desconocido. Por ello muchos de los militares se entregaron al opio, la marihuana o el LSD y demás sustancias estupefacientes con las que anestesiar el miedo o la ira del día a día en el campo de batalla. Otros en cambio sólo pensaban en saciar una sed de sangre matando norvietnamitas, fueran o no miembros o colaboradores del vietcong, y dando pie con ello a terribles masacres de civiles como la que tuvo lugar en la aldea de My Lai el 16 de Marzo de 1968.




Esos soldados hastiados de la guerra, al volver a los cuarteles sustentaban su sentimiento de compañerismo o camaradería en el consumo de drogas y están representados por el sargento Elías de Willem Dafoe. Un hombre preocupado por los suyos, con aire de misticismo y espiritualidad reconfortante (aquí empieza a mostrar su cara la religión budista a la que se convirtió Stone y a laque volvería en varios de sus films posteriores) queriendo cumplir su misión, pero sin tomar vidas inocentes en el proceso y con él que se identifican soldados como Lerner (Johnny Depp), Rhah (Francesco Quinn) o King (Keith David). Por otro lado tenemos al Barnes de Tom Berenger, la máquina de matar deshumanizada, el sociópata de gatillo fácil que riega en alcohol sus desgracias creyendo en una guerra insostenible por su propio pie, el típico militar que obedece órdenes sin hacer preguntas, que en caso de volver a Estados Unidos no sobreviría mucho tiempo sin entragarse al homicidio o el suicidio y teniendo entre sus acólitos a O'Neill (John C.McGinley), Bunny (Kevin Dillon), Junior (Reggie Johnson) o Tex (David Neidorf).




Chris Taylor, el mismo Oliver Stone, se debate entre estos dos mundos. El joven recluta en ocasiones no sabe si ponerse bajo al amparo de Barnes, ese experto en el "arte de la guerra" que arrasará con todo lo que se ponga en su camino con tal de salir vivo de aquel infierno verde, o ser fiel a Elias, la otra cara de la moneda creyente en el perdón y la redención y capaz de comprender que ellos son la fuerza hostil inasora un país extranjero con todo lo que ello implica. Cuando finalmente el personaje de Charlie Sheen se inclina por el bando de Elías debe enfrentarse a una cruda realidad en la que Barnes aprovechará un momento de descuido para eliminar a traición a su compañero de rango ante la impotencia del protagonista. Si la incursión en Vietnam y la misma guerra hacen mella en Chris el asesinato de Elias acaba por cercenar su coherencia, llegando a convertirse, paradójicamente en una máquina de matar como Barnes.




Lo más destacable es que esta división entre dos bandos en Vietnam tenía su reflejo en lo que acontecía por aquel entonces en Estados Unidos a nivel social y político con los distintos gobiernos implicados en el conflicto, los de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon, no queriendo dar el brazo a torcer ante una guerra imposible de ganar enfrentándose a toda una nueva generación de jóvenes contrarios al conflicto de Vietnam viendo a hijos, padres y hermanos viajar a miles de kilómetros de su país para matar y morir por una causa injusta en una tierra que hacía años se veía castigada por el imperialismo a manos de chinos, japoneses o franceses. Este contexto histórico late bajo la superficie de Platoon y moldea todo su subtexto, pero en la superficie lo que podemos ver es una película bélica magníficamente escrita, interpretada y sobre todo dirigida.




Poco tiene que ver la puesta en escena del Oliver Stone de Platoon con la que podríamos ver en los años 90 en films como El Cielo y la Tierra o Nixon. En su tercera película el cineasta todavía gustaba de realizar tomas largas, planos aéreos, dejando respirar los encuadres y apelando un tono que tenía sus referentes en autores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah. Todavía quedaban algunos años para que las tomas cortas, la iluminación sobreexpuesta, el distinto uso de formatos, el recurso del blanco y negro en algunos pasajes y el montaje virtuoso se convirtieran en señas de identidad de la manera de narrar de Stone. También conseguiría por primera vez sacar lo mejor de un reparto de por aquel entonces jóvenes promesas comandadas por unos Willem Dafoe y Tom Berenger pletóricos y un Charlie Sheen que sabe transmitir por medio de su bisoñez en lides interpretativas la inocencia y poca experiencia de su protagonista.




Hay momentos de Platoon que son dificiles de olvidar. La llegada de Chris a la base militar viendo los cuerpos de soldados siendo recogidos en bolsas negras y la mirada inquisitiva que le dedican los veteranos, el intento de violación al que asiste el protagonista, la agresión al muchacho cojo por parte de Bunny, el disparo en la cabeza de la anciana vietnamita manos de Barnes, el intento de asesinato de Elias (ese cambio de expresión con primerísimo plano de los ojos a lo Sergio Leone) o su posterior la muerte con la famosa escena del cartel de la película en la que, siendo consecuente con su personaje, el alma de Willem Dafoe aparenta abandonar su cuerpo en pleno bombardeo; la pelea entre Barnes y Chris, la batalla final en la que el caos, la destrucción y la pólvora convierten la jungla en un infierno y ese llanto final del protagonista en el helicóptero con reflexión por su parte. Todos pasajes en los que podemos casi sentir, oler y palpar el calor, el sudor, la muerte acechando detrás de cada árbol en aquel país desangrándose poco a poco y con los que Stone nos hace testigos de lo que vivió en su propia piel acariciando cada fotograma con el Adagio para cuerda de Samuel Barber que, aunque pocos lo recuerdan, ya usó David Lynch seis años antes en su magistral El Hombre Elefante.




Platoon fue un gran éxito en distintos aspectos y con ello marcó historia. Por un lado puso de acuerdo a crítica y público llegando a obtener, entre otros premios, cuatro Óscars como Mejor Película, Mejor Director, Mejor Edición y Mejor Sonido. También fue una de las primeras películas que trataron de manera directa el hecho de que en Vietnam el ejército americano cometió terribles crímenes contra la humanidad pisoteando los derechos fundamentales de los vietnamitas y eliminando aldeas enteras de civiles con mujeres y niños incluidos. Tres años después Stone volvió al mismo terreno con la inmensa Nacido el 4 de Julio, adaptación de la autobiografía del veterano Ron Kovic, y ya en 1993 cerraría su personal trilogía con El Cielo y la Tierra, otra autobiografía a manos de la escritora Le Ly Hayslip, con la que quiso abordar aquel conflicto desde el "bando enemigo", regalando la más hermosa de las cintas que ha rodado en toda su carrera y que dentro de poco será reseñada en las paredes de este blog.




Considerada unánimente como la mejor película de la carrera de Oliver Stone (para un servidor hay varias en su filmografía posterior que la superan holgadamente, pero eso es otra historia) Platoon fue junto a las posteriores La Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick y la ya mencionada El Cielo y la Tierra del mismo Stone, una de las últimas grandes películas sobre Vietnam salida de Estados Unidos y abrió definitvamente las puertas de Hollywood a su director. Yo la descubrí por primera vez a mediados de los 90 y la revisioné de manera enfermiza incontables veces cuando la compré en VHS en la recóndita estantería de un hoy, tristemente, extinto videoclub convirtiéndose en una de las películas más importantes de mi adolescencia y despertando cada vez más en mí el interés por uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. Una obra que me ofreció otro punto de vista de aquella guerra vietnamita alejado de los panfletos filofascistas del cine de los action heroes ochenteros con los que me martilleaba mi padre, teniendo poco que ver con lo que sucedió realmente en los más de diez años que duró aquel sinsentido histórico, político y estratégico.