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jueves, 15 de diciembre de 2016

Snowden, juego de patriotas



Título Original Snowden (2016)
Director Oliver Stone
Guión Kieran Fitzgerald y Oliver Stone, basado en los libros de Anatoly Kucherena y Luke Harding
Reparto Joseph Gordon-Levitt, Shailene Woodley, Melissa Leo, Zachary Quinto, Tom Wilkinson, Rhys Ifans, Nicolas Cage, Logan Marshall-Green, Timothy Olyphant, Scott Eastwood, Joely Richardson, Jaymes Butler, Ben Schnetzer, Ben Chaplin, Edward Snowden





En junio del año 2013 los periódicos The Guardian y The Washington Post hicieron públicos documentos clasificados como alto secreto relacionados con la NSA (National Security Agency), una agencia de inteligencia perteneciente al gobierno de Estados Unidos cuya misión es controlar los flujos de información con el fin de proteger la seguridad nacional del país de las barras y estrellas. La persona que filtró dichos datos con los que salieron a la luz los programas de vigilancia secreta a nivel global con los que las altas instancias del la "democracia más grande del mundo" vigilaba todos los aparatos electrónicos de la población a nivel mundial fue Edward Snowden, consultor tecnológico y antiguo empleado de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) que puso en peligro su carrera profesional e integridad física para dar a conocer las malas artes llevadas a cabo por las altas esferas de su país más propias de un régimen dictatorial que de una nación que se dice democrática. 




Todos estos hechos fueron capturados por la cámara de la cineasta Laura Poitras en el soberbio, pero de ritmo algo irregular, documental Citizenfour, ganador del Óscar en su categoría en el año 2014, que narraba todo el proceso previamente descrito que se inicio cuando Edward Snowden tomó contacto por primera vez con la autora de My Country, My Country y The Oath y con los periodistas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill. Tras dichos acontecimientos Snowden dividió a la población de Estados Unidos siendo considerado un héroe para unos y un traidor para otros, de modo que a pocos extrañó que el director y guionista Oliver Stone se interesara por la figura de este brillante informático e informante. Con varios problemas para sacar adelante el proyecto, teniendo que recurrir en parte a capital francés, debido a la negativa de varias productoras a invertir dinero en un proyecto incómodo de cara a la opinión pública Snowden llegó el pasado mes de Octubre a las carteleras de todo el mundo, incluida la española por la que ha pasado bastante desapercibida.




Basada en los libros The Snowden Files de Luke Harding y Time of the Octopus de Anatoly Kucherena gracias al guión escrito a cuatro manos por Kieran Fitzgerald (Deuda de Honor) y el mismo Oliver Stone, así como poseedora de un reparto soberbio con algunos de los mejores actores internacionales del momento como Melissa Leo (Red State) Tom Wilkinson (Batman Begins) Zachary Quinto (Star Trek; Más Allá)  Shailene Woodley (Divergente) Rhys Ifans (The Amazing Spiderman) o Nicolas Cage (World Trade Center) y un Joseph Gordon Levitt (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) metido en la piel de Edward Snowden la última producción del director de Un Domingo Cualquiera o Asesinos Natos nos recupera a un Stone que, si bien no está a la altura de sus grandes obras, sí encarrila una carrera que en los últimos años andaba bastante perdida a la hora de ejecutar producciones de ficción que nos recordaran al gran narrador de historias que un día fue.




A pesar de adscribirse a la ortodoxia al thriller de espionaje al más puro estilo Jason Bourne (aunque prescindiendo evidentemente de la acción física) y al político con referencias a cineastas expertos en dicho subgénero como Alan J. Pakula o John Frankenheimer Snowden es tanto en intenciones ideológicas como en estructura un claro remake de Nacido el 4 de Julio, una de las mejores obras del mismo Oliver Stone. Ambos trabajos inspirados en personajes reales comienzan con un joven americano de pensamiento conservador creyente ciego en la infalibilidad de los gobernantes de su nación que tras tomar conciencia de su propia realidad descubriendo la inmundicia en la trastienda de Estados Unidos, y siempre con el apoyo de una mujer a la que ama aún pensando de manera totalmente opuesta a él, acaba conviertiéndose en otro tipo de patriota, el que es capaz de poner en entredicho a su gobierno para luchar por los derechos de sus conciudadanos.




Con este contexto bien construido Oliver Stone consigue inyectar todas sus inquietudes cinematográficas e ideológicas a la historia de un personaje como el de Edward Snowden, narrando su vida desde que se alistó en el ejército de los Estados Unidos hasta que destapó los ilegales programas de vigilancia de la NSA. El film toma como arranque el primer encuentro entre Snowden, la cineasta Laura Poitras y los periodistas Glenn Greenwald  y Ewen MacAskill, de este modo el director y su co guionista exponen por medio de flashbacks todo aquello que el documental Citizenfour obviaba, por motivos lógicos, los hechos protagonizados previamente por el célebre analista informático como su adiestramiento en la CIA a manos de sus superiores Corbin O'Brian y Hank Forrester, su relación con Lindsay Mills y cómo su vida profesional repercute negativamente en la personal cuando decide sacar a la luz la información sobre la vigilancia secreta a nivel global de su país, manteniendo a su compañera sentimental al margen de toda la trama conspiranóica para preservar su seguridad.




Con respecto a esto último debemos destacar de Snowden su única mácula, que por desgracia acompaña a casi todos los últimos proyectos de Stone. Al igual que en Wall Street: El Dinero Nunca Duerme, Salvajes y sobre todo World Trade Center en el más reciente proyecto del director norteamericano no funciona tan bien la subtrama amorosa o sentimental de los personajes como la central que basculaba el grueso del relato. De este modo todo el núcleo argumental sobre la CIA, las vigilancias de la NSA, el espionaje, las conspiraciones y la "sombra del imperio" que sobrevuela al protagonista es mucho más interesante que la narración secundaria entre Edward y Lindsay por mucho que esté adecuadamente abordada en el guión y los dos actores que la interpretan se ocupen de que la interacción en pantalla se muestre en todo momento creíble y cercana. Por suerte dicha subtrama funciona de manera eficiente y no perjudica al conjunto de la obra, ni transmite sensación de irregularidad al discurrir de acontecimientos expuestos en el relato, pero como comentamos es la pequeña mancha de la producción.




Oliver Stone vuelve a recuperar gran parte del punch de su puesta en escena demostrando lo bien capacitado que sigue estando para rodar ficción. Snowden muestra a un artesano eficiente, que controla tanto el apartado visual (brutal esa representación de los perfiles de redes sociales convirtiéndose en un enorme ojo orwelliano que todo lo ve) como el narrativo, apoyándose en un guión sobresaliente que facilita copiosa información sin despistar al espectador por medio tecnicismos y un montaje que aunque no se muestra en pantalla tan brillante como el de muchas de sus obras previas está ejecutado con la pericia esperada en una producción made in Stone. El director de Comandante o Looking For Fidel sabe medir los tiempos, dar un ritmo envidable a una historia que en todo momento se antoja adictiva e interesante y gracias a una sabia dirección de actores nos incita a identificarnos con un reparto en estado de gracia encabezado por un Joseph Gordon Levitt brillante al que le deberían llover los premios por meterse de manera escrupulosamente fidedigna en la piel de su personaje emulando con pericia su gestualidad, tono de voz y presencia física, haciéndole justicia en resumidas cuentas.




Vibrante pero no apasionada, inteligente aunque no discursiva, elogiosa con la figura a la que retrata pero sin caer en la hagiografía, Snowden nos recupera a un Oliver Stone que si bien no puede equipararse al de sus mejores trabajos sí sube mucho el nivel con respecto al de la mayoría de sus últimas obras de ficción, aquellas que estaban siendo eclipsadas por su mastodóntica labor en el mundo del documental (nunca me cansaré de recomendar La Historia No Contada de Estados Unidos, posiblemente, su obra cumbre como autor) y que pueden volver a encarrilar la carrera del que sigue siendo uno de mis cineastas favoritos, la voz de la conciencia de un país contradictorio que es capaz de convertir en el enemigo público número uno a un demócrata que no cree que su gobierno deba comportarse como la policía del mundo en pos de una falsa sensación de seguridad que lo convierte en la máquina imperialista y bélica que con la reciente llegada de Donald Trump a la presidencia seguramente no dejará de ser al menos durante los próximos cuatro años.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Looking For Fidel, when the levee breaks



Título Original Looking For Fidel (2006)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone





En el año 2002 el cineasta norteamericano Oliver Stone debutó en el mundo del documental con Comandante, una producción con la que ofreció un retrato íntimo y a pie de calle del recientemente fallecido Fidel Castro, uno de los políticos más importantes y controvertidos del siglo XX. En aquel magnífico proyecto el director de Platoon o El Cielo y la Tierra pasó tres días con el mandatario cubano para dar una visión cercana sobre su figura humana e histórica en las distancias cortas. Aunque en su momento se acusó a Stone de ser demasiado benevolente con Castro a la hora de abordarlo con su interrogatorio es cierto que el realizador consiguió sacar información harto interesante de boca del ex presidente de Cuba mostrando tanto las luces como las sombras de tan relevante icono, siempre desde una perspectiva referencial y considerablemente hagiográfica, pero no carente de momentos incómodos para ambos interlocutores.




Looking For Fidel, el segundo, y último, documental de Oliver Stone protagonizado por Fidel Castro, respondió a la inmediatez política y social relacionada con la isla de Cuba y unos trágicos hechos que allí tuvieron lugar en 2003. En el mes de Abril de ese año setenta y cinco cubanos,varios de ellos periodistas independientes acusados de ser agentes al servicio del gobierno norteamericano, fueron detenidos intentando huir de la isla secuestrando un ferry para emigrar a Estados Unidos. Tras juicios sumarísimos tres de ellos, a los que se acusó de instigadores, fueron ejecutados por el régimen castrista despertando con ello un revuelo internacional y una polvareda mediática mastodóntica que reabrió el debate sobre la falta de democracia en Cuba y los métodos expeditivos de Fidel Castro para luchar contra la disidencia de sus opositores.




A diferencia de Comandante, Looking For Fidel se convierte en terreno para que Oliver Stone se transforme en un francotirador de la pregunta, un periodista incisivo e inmisericorde que realiza las cuestiones más controvertidas posibles a Castro, no ya sólo con el tema sobre el secuestro del ferry y la posterior ejecución de algunos de los implicados en el hecho, sino sobre su imagen como estadista, gobernante e icono político. Todo aquello que algunos esperamos que saliera a colación en el anterior documental (los derechos humanos, la pena de muerte, la democracia, la pobreza o qué queda de aquella revolución que derrocó a Fulgencio Batista) son espetadas con severa frialdad por un Oliver Stone que no duda en poner contra las cuerdas a un Castro que, alternando reflexiones brillantes que muestran lo bien amueblada que tenía la cabeza con salidas de tono que bordean la vergüenza ajena por contradictorias o manipuladoras, aguanta muy bien el envite del autor de Giro al Infierno o World Trade Center.




Looking For Fidel adolece del montaje de Comandante, aquel que contenía toda la fiereza de la edición habitual en la ficción de Oliver Stone pero extrapolada a una narración naturalista y ceñida a la realidad, por ello no podemos disfrutar en esta ocasión de las ingentes cantidades de imágenes de archivo que hacían de aquel primer documental de 2002 una experiencia audiovisual identificable como un producto made in Stone en fondo y forma. Esas carencias en la puesta en escena de la pieza que nos ocupan son suplidas con una realización poderosa, visualmente compacta y un ritmo frenético que aprovecha hasta el paroxismo los escasísimos 60 minutos de metraje a los que quedaron reducidos las 30 horas que Stone pasó con Castro en esta ocasión y en los que el cineasta utiliza, como previamente hemos apuntado, un tono mucho más bronco que el que desplegó en Comandante respondiendo el por aquel entonces todavía presidente de Cuba sin (aparentemente) poner cortapisa alguna a su interrogador, aunque encarándose, educadamente, en no pocas ocasiones con él.




En esta ocasión Castro abandona su zona de confort para que un Oliver Stone que siente admiración por su persona (algo que ya vimos, una vez más, en Comandante) no se deje llevar por su simpatía hacia el entrevistado y lo aborde de manera hasta inquisitiva arrancándole declaraciones con respecto a la reacción de su gobierno al conflicto iniciado por el secuestro del ferry que despiertan cierto nerviosismo en el hermano de Raúl Castro tratando de obviar verdades irrefutables o echar balones fueras con algunas de las preguntas más duras de Stone. Lo más curioso es que algunos de los síntomas que afirman que Looking For Fidel es un documental que hace menos prisioneros a la hora de retratar a Castro son detalles tan sutiles como el nerviosismo de la traductora (que en ambos documentales cobra un vital protagonismo) ante las cuestiones del cineasta o que el mismo Fidel en ocasiones no espere ni la traducción al español para contestar a la intimidante y omnipresente cámara de su interlocutor, algo que en Comandante no tenía lugar gracias al tono más distendido que allí imperaba.




Hay momentos vibrantes en Looking For Fidel que dan lecciones de periodismo bien entendido y ejecutado por un apasionado de la política como Oliver Stone. Las necesarias opiniones de los opositores castristas, con las que podemos estar de acuerdo o no, pero deben estar ahí para dar una visión poliédrica que en Comandante no tenía lugar, los momentos en los que Stone y Castro en soledad comienzan un interesante enfrentamiento dialéctico en el que ambos sacan a relucir algunos de los pasajes más negros de sus correspondientes países (varios de ellos abordados por el mismo director en la ficción con obras como JFK: Caso Abierto, Nixon o Salvador) y sobre todo el cuestionario al que el guionista de Manhattan Sur o Conan: El Bárbaro somete a un grupo de disidentes que secuestraron un avión para emigrar a Florida poco después de los hechos que son el núcleo central del documental y tratando de defender su inocencia (aunque alguno de ellos asume culpa y acepta su castigo) delante del mismo Castro y sus colaboradores políticos pidiendo para ellos cadena perpetua por actos terroristas.




Looking For Fidel demuestra lo que puede considerarse un secreto a voces, que Fidel Castro era un personaje lleno de claroscuros, un revolucionario que fue consecuente consigo mismo y su lucha hasta el último día de su vida, pero que pagó un precio propio (el suyo mismo) y ajeno (el de su pueblo) para mantenerse firme contra un gigante como Estados Unidos. Por el camino queda un icono político e ideológico del siglo XX, un hombre que luchó por una sociedad justa en la que todo su país tuviera acceso a sanidad, vivienda, educación o trabajo, pero en el proceso cercenando libertades, marginando a minorías y no permitiendo que su propio pueblo pudiera elegir libremente a su presidente. La cámara de Oliver Stone, que aquí finalmente cae rendido una vez más a los pies del cubano, estuvo allí en dos ocasiones para captar un torrente de sabiduría, hipocresía, inteligencia y demagogia que para bien o para mal es historia de nuestro tiempo y una pieza indispensable para entender la política internacional de occidente de los últimos 70 años.



domingo, 11 de septiembre de 2016

World Trade Center



Título Original World Trade Center (2006)
Director Oliver Stone
Guión Andrea Berloff
Actores Nicolas Cage, Michael Peña, Maria Bello, Maggie Gyllenhaal, Jude Ciccolella, Stephen Dorff, Armando Riesco, Jay Hernandez, Michael Shannon, Donna Murphy, Nicholas Turturro, Jon Bernthal, Connor Paolo, Viola Davis, William Mapother





Para el que esto firma todavía es un misterio la implicación del cineasta norteamericano Oliver Stone en un proyecto como World Trade Center. Puede que supusiera un intento por volver a ganarse la confianza de sus conciudadanos después de realizar una serie de incómodos documentales con los que exaltaba la figura de mandatarios polítcos de latinoamérica como Fidel Castro o Hugo Chávez o también cabe la posibilidad de que lo hiciera para recuperar el favor de un público que había dado la espalda al mastodóntico biopic de Alejandro Magno que estuvo elaborando durante años. El caso es que en el año 2006 Stone se embarcó en el proyecto de llevar a imágenes las vivencias reales de John McLoughlin y Will Jimeno, dos policías de la Autoridad Portuaria que sobrevivieron a la caída de las Torres Gemelas durante el atentado que estas sufrieron  aquel fatídico 11 de Septiembre de 2001 y hoy, que se cumplen quince años de tal hecho que marcó uno de los momentos más trágicos de la historia reciente de América, voy a hablar de la dieciseisava película del director de Un Domingo Cualquiera.




Como previamente he apuntado World Trade Center tiene como núcleo central la incursión de los policías de la Autoridad Portuaria John McLoughlin (Nicolas Cage) y Will Jimeno (Michael Peña) en una de las Torres Gemelas antes de su derrumbamiento para ayudar a los civiles y su posterior rescate tras se sepultados por los restos del edificio. A esta historia central se suman varias subtramas que implican las esposas de los protagonistas Donna McLoughlin (Maria Bello) y Allison Jimeno (Maggie Gyllenhaal) y otros personajes para dar forma a un conjunto cinematográfico que a pesar de sus buenas intenciones y su naturaleza de película homenaje a todas las personas que ayudaron a sus compatriotas durante los atentados de New York se encuentra no sólo entre lo más mediocre de la filmografía de Oliver Stone por distintos motivos que pasaremos a enumerar, sino que también se la puede considerar su obra cinematográfica más impersonal, acomodaticia y ajena a su impronta como autor de un cine cuyo trasfondo tiene poco que ver con lo que podemos vislumbrar en una producción como la que nos ocupa.




La primera media hora de World Trade Center es con diferencia la mejor de toda la cinta, de hecho la misma fue proyectada de manera exclusiva en el Festival de Cannes de 2005 y agradó considerablemente a los que pudieron verla. Durante ese arranque Stone sabe medir los tiempos, controlar la tensión para que el in crescendo de amenaza latente que desembocará en los hechos que ya conocemos previamente exploten en pantalla y causen un más que considerable impacto en la platea y por el camino perfila mínimamente los personajes principales en los que se sustentará su relato. El problema reside en que cuando esos primeros treinta minutos pasan y las subtramas de las esposas de McLoughlin y Jimeno, a las que habría que sumar la del marine Dave Karnes de Michael Shannon a la que volveremos más tarde, se desata de manera descontrolada y sin miramientos la sensiblería barata de la obra que va desangrándola poco a poco cada vez que abandonamos el claustrofóbico confinamiento de los personajes de Nicolas Cage y Michael Peña.




Es comprensible que Stone y su guionista Andrea Berloff quieran poner su mirada en cómo afrontan los hechos las esposas de los protagonistas para acentuar el tono dramático del relato y con ello dar más profundidad a la tragedia en la que se vieron implicados John McLoughlin y Will Jimeno. El problema radica en que estas historias secundarias están abordadas de la manera más lacrimógena posible apelando continuamente, y en cada nueva secuencia de manera más acentuada, a asestar golpes bajos al espectador por medio de secuencias sustentadas en un sentimentalismo barato que busca de manera barriobajera y desesperada la lágrima fácil de la platea. Este tono burdo, simplista y descarado de exponer el drama que vertebra la película y al que no hubieran recurrido ni los más sensacionalistas Ron Howard o Nick Cassavetes choca frontalmente con la personalidad como narrador de Oliver Stone, que en ocasiones previas había conseguido llegar al corazón del espectador (ahí tenemos ejemplos como Nacido el 4 de Julio o El Cielo y la Tierra) sin tener que recurrir a maniobras tan tramposas y reprobables como las que utiliza en World Trade Center.





Hasta en la puesta en escena del largometraje el autor de JFK: Caso Abierto se entrega a una despersonalización y academicismo mal entendido que elude totalmente su potente look visual, agilidad para buscar todo tipo de encuadres y montaje virtuoso. Posiblemente la pesada carga de tener que realizar una obra inspirada en unos hechos reales tan trágicos como recientes haya sido suficiente lastre para que el Oliver Stone autor haya cedido su puesto al Oliver Stone artesano y con ello realizar una cura de ego en la que el proyecto en el que se implica como cineasta sea más importante que su propio discurso autoral o sus inclinaciones políticas que en esta ocasión brillan por su ausencia. Pero si nos aferramos a esta idea es fácil quedar descolocado con la inclusión de pasajes o personajes que en no pocas ocasiones nos hacen pensar si el director los abordó con una intención cómica en las antípodas del dramatismo impostado de su obra. El personaje de Will viendo aparecer la figura de Jesucristo con una botella de agua mineral o la inclusión del insulso u estúpido personaje de Michal Shannon que espeta unos diálogos que incitan a la carcajada por superfluos y estereotipados nos sacan totalmente de la narración e incitan a elucubrar sobre si Stone estaba realmente a gusto realizando un producto tan ajeno a su personalidad como cronista de la historia reciente de su país.




World Trade Center es un telefilm con perfil de superproducción, un proyecto cuyo único fin es ser utilizado en días como el actual para recordar los trágicos hechos que dan sentido a su propia existencia como pieza cinematográfica. Aunque esté rodado con oficio, su reparto haga un trabajo del todo meritorio (destacando unos magníficos Nicolas Cage y Michael Peña que deben levantar el largometraje actuando en la oscuridad y bajo escombros durante la mayor parte del metraje) y sirva como homenaje a aquellos neoyorkinos que ayudaron a sus conciudadanos apelando a la valentía y el sentimiento de comunidad esta producción de 2006 es una "americanada", en el peor sentido del término, que nadie diría ha sido rodada por Oliver Stone si los títulos de crédito no lo constataran de manera fehaciente. Como es lógico el espectador estadounidense se emocionará sobremanera con su tremendismo a un paso de la vergüenza ajena tan propio de la sensibilidad del país de las barras estrellas, pero desde el punto de vista del europeo podemos afirmar que nos encontramos con la peor película de un animal cinematográfico y político que no tiene nada que ver con este tipo de celuloide paupérrimo, condescendiente y dificilmente digerible para la persona mínimamente exigente.



martes, 6 de septiembre de 2016

Giro al Infierno, festín de cuervos



Título Original U Turn (1997)
Director Oliver Stone
Guión John Ridley, basado en su propia novela
Actores Sean Penn, Jennifer Lopez, Nick Nolte, Billy Bob Thornton, Jon Voight, Powers Boothe, Claire Danes, Joaquin Phoenix, Bo Hopkins







Después del impás que supuso la soberbia Nixon con la que volvía al terreno de la política, Oliver Stone continuó la hiperbolización que su discurso tomó con Asesinos Natos (Natural Born Killers), aunque en esta ocasión entregándose un poco menos a la locura y la amalgama psicotrónica de formatos que supuso aquella polémica producción de 1994, para adaptar la novela Stray Dogs del novelista John Ridley con la ayuda de este al guión. Giro al Infierno, como se conoció en España al film originalmente titulado U Turn, contó con unos equipos técnico y artístico soberbios llenos de nombres de primer orden para dar forma a una de las piezas más excesivas, viscerales, secas y exageradas de todo la filmografía de Stone, un viaje al lado más demente de la América profunda que sin encontrarse entre sus mejores trabajos si contiene los suficientes alicientes para ser considerado una meritoria pieza que hace las delicias de los fans de la mente detrás de Platoon o Hablando Con la Muerte y despierta el odio de sus detractores.




Bobby Cooper (Sean Penn) viaja en su Mustang del 64 por el desierto de Arizona con destino a Las Vegas para pagar una deuda de juego con una banda de mafiosos que le puede costar la vida. Durante el trayecto su vehículo se estropea y se ve en la obligación de para en Superior, un pequeño pueblo en medio del desierto. Allí dejará su coche en manos del poco fiable mecánico Darell (Billy Bob Thronton) se meterá en líos con el cowboy Toby N, Tucker (Joaquin Phoenix) y su poco avispada novia Jenny (Claire Daines) será seguido de cerca por el Sheriff Potter (Powers Boothe) y acabará metido en un negocio turbio cuando el empresario local Jake McKenna (Nick Nolte) prometa pagarle 50,000 dólares del seguro de vida de su atractiva e infiel esposa Grace (Jennifer López) cuando la asesine por él. Una serie de catastróficas desdichas, situaciones extremas. la falta de dinero y tiempo o la impertinente intervención de los dementes habitantes de Superior en su vida darán al traste, una y otra vez, con los planes de un Bobby que no da crédito a lo que le está sucediendo.




Giro el Infierno es una amalgama de neo noir y western, una pieza demente en la que Oliver Stone mantiene casi intactas todas las señas de identidad visuales y narrativas que inyectó en la ya mencionada cinta protagonizada por Woody Harrelson y Juliette Lewis hace veintidos años. Si el fin de utilizar esta puesta en escena tan efectista era allí la de hacer uso los resortes estilísticos de la ficción de los 90 para satirizar la violencia y el uso que los medios de comunicación hacen de ella en esta ocasión está justificada porque la misma acentúa la sensación de claustrofobia, amenaza constante, calor sofocante y demencia conceptual y formal que la historia atesora en su núcleo narrativo. De este modo los planos cenitales, los cambios del color al blanco y negro, el uso abusivo de lentes deformantes, grandes angulares, (contra)picados, primerísimos planos y un montaje vibrante marca de la casa Stone ayudan a que la odisea en al que se embarca Bobby Cooper se antoje tan epidérmica como granguiñolesca al espectador.




El uso espídico de los movimientos de cámara por parte de Stone, la fotografía asfixiante y arenosa de Robert Richardson, la edición lisérgica y violenta a cuatro manos de Hank Corwin y Thomas J. Nordberg y la esquizoide banda sonora de Ennio Morricone convierten U Turn en una pesadilla posmoderna viviente y palpable, una sobredosis de peyote entregada a la locura y la saturación que bascula a lo largo de su metraje entre lo genial y lo irritante, entregando pasajes de una fuerza brutal por su dureza descarnada y sin concesiones a la platea con otros que muestran los peores vicios, tics y orgiásticos efectismos estilísticos de su autor, los mismos que sus fans adoran con fe ciega y sus detractores aborrecen con odio apasionado. Un servidor, que considera a Stone uno de sus cineastas favoritos, no puede culpar a aquellos a los que los excesos del director de JFK: Caso Abierto o Salvajes se entrega en Giro al Infierno le produzcan un brutal rechazo, pero también comprendo que un proyecto como este cuya naturaleza se instala desde su mismo arranque en una insania sin destilar y carente de filtros no podría haber sido abordado de otra manera más contenida.




Los actores entran totalmente en el juego de Oliver Stone y se entregan, en su mayoría, a la sobreactuación y el histrionismo más caricaturesco. El Bobby Cooper de pasadísimo de rosca Sean Penn cae mal desde el inicio del metraje y aunque el espectador puede empatizar con su desgracia lo cierto es que no se apiada en demasía de él por lo antipático que se muestra de cara a la platea. Nick Nolte está soberbio, con una presencia brutal y una fisicidad muy marcada poco antes de caer en el pozo del alcohol y las drogas.Una  Jennifer López que transmite tanta sensualidad como villanía realizando aquí uno de los dos únicos papeles en los que me ha convencido como actriz (el otro es su magnífico trabajo en Out of Sight, la adaptación que Steven Soderbergh hizo de la novela homónima de Elmore Leonard) unos irreconocibles Billy Bob Thronton y Jon Voight, el siempre magnífico Powers Boothe y unos adecuadamente irritantes Joaquín Phoenix y Claire Danes completan el variopinto reparto que da forma a la peculiar fauna de Superior.




Giro al Infierno supuso la despedida del Oliver Stone más nihilista y misántropo, poco después de ella llegó su declive como narrador de ficción (aunque todavía era y es capaz de facturar piezas meritorias) y su mucho más interesante incursión en el mundo del documental con trabajos como Comandante, Al Sur de la Frontera o La Historia No Contada de Estados Unidos. Con motivo del estreno de Snowden, su última película como director que verá la luz el mes que viene y en la que narra la vida del polémico ex miembro de la CIA, voy a realizar críticas de algunas de las obras de su filmografía que todavía no he comentado en el blog. En esta ocasión lo he hecho de una de sus obras más barrocas y extremas, en la próxima lo haré de una totalmente opuesta, aquella que realizó con el único fin de intentar recuperar (de manera infructuosa) el favor del público dando forma a una de sus piezas más impersonales y tibias, tanto como para no parecer propia de su autoría incendiaria, incómoda y poco complaciente con la sociedad estadounidense. 


jueves, 16 de julio de 2015

El Cielo y la Tierra, hijos del viento



Título Original Heaven and Earth (1993)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone basado en la autobiografía de Le Ly Hayslip
Actores Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Joan Chen, Haing S. Ngor, Thuan K. Nguyen, Dustin Nguyen, Vinh Dang, Mai Le Ho, Dale Dye, Debbie Reynolds




En 1991 una vez más Oliver Stone saboreó las mieles del éxito con una de sus más importantes producciones. JFK. Caso Abierto supuso uno de los mejores films de su década, una prodigiosa mezcla entre ficción filmada y documental con uno de los mejores montajes de la historia del cine (ganador del Óscar) un reparto descomunal y un guión que diseccionaba hasta lo enfermizo el magnicidio del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Tras aquel nuevo espaldarazo de crítica y público Stone decidió centrarse en un proyecto, dentro de lo que cabe, más modesto y con ello cerrar su por aquel entonces ya celebrada trilogía sobre Vietnam que había comenzado en 1986 con Platoon y continuado en 1989 con Nacido el 4 de Julio. Pero en esta ocasión el cineasta nacido en New York hizo algo poco común en el cine bélico de su país, abordar el conflicto desde el lado opuesto al americano.




Con El Cielo y la Tierra Oliver Stone decidió adaptar los libros autobiográficos When Heaven and Earth Changed Places, Child of War y Woman of Peace de Le Ly Hayslip (escritos con la colaboración del editor Jay Wurts) una joven norvietnamita que fue testigo en primera persona de la guerra que dividió su nación y permitió la llegada del ejército de Estados Unidos para "mediar" en dicho conflicto. Con ello el cineasta de Salvador o Giro al Infierno saldaba una deuda con aquel país asiático en el que vivió un año como soldado estadounidense y con su madre Jacqueline Stone a la que dedicó la película y que falleció hace poco menos de dos meses. El resultado no fue el esperado, el público no respondió con entusiasmo y la crítica se mostró considerablemente polarizada a la hora de valorar una cinta que merece mucho más reconocimiento del que recibió, una rara avis que se revela como uno de los tesoros ocultos dentro de la filmografia del guionista de Manhattan Sur (Year oh the Dragon) u Ocho Millones de Maneras de Morir.




Los políticos que dan inicio al conflicto y las tácticas rastreras que en ocasiones ponen en funcionamento para llevarlos a cabo, los soldados en el frente luchando contra el enemigo viéndose deshumanizados por una violencia de carácter casi vírico que todo lo devora, la dura vuelta a casa en la que se encuentran con un país completamente distinto al que abandonaron y en el que la sociedad cambia con respecto a apoyar o no intervenciones militares en ocasiones tan injustas como cuestionables. El cine (anti)bélico en general y el de la contienda de Vietnam en particular han abordado todos estos puntos puntos de vista a la hora de hablar de la manera más amplia posible sobre los estragos de la guerra. El problema es que pocos han sido los americanos que se han interesado en el séptimo arte en narrar qué sucede "al otro lado", cómo recibe "el enemigo" la invasión extranjera y las pocas veces que lo han hecho ha sido para demonizarlos de manera maniquea y tendenciosa.




Pocos directores estadounidenses que en algún momento hayan coqueteado con el celuloide de corte bélico optaron en alguna ocasión a lo largo de sus carreras por hablar de manera directa, no tangencial, de los bombardeos indiscriminados con sus terribles daños materiales y personales, las matanzas de civiles, la opresión a ciudadanos que (en muchas ocasiones) sólo luchaban por una independencia justa ante un imperialismo desproporcionado que únicamente buscaba su sometimiento. Por suerte el cineasta de Hablando Con la Muerte o Wall Street decidió, una vez más, ir a contracorriente y dar voz dentro de su trilogía sobre Vietnam a los que protagonizaron la peor parte de aquella guerra inútil, personas a las que Stone llegó a admirar y de cuya entereza, compasión e historia se impregnó hasta el punto de tomar como suya la religión budista propia del norte del país asiático.




El décimo largometraje de Oliver Stone es una historia "bigger than life" que hunde sus raíces en el clasicismo propio de autores tan dispares, y a la vez semejantes, como David Lean, Victor Fleming o Akira Kurosawa con una epopeya en la que se nos narra los hechos reales en los que se vio implicada Le Ly Hayslip desde su infancia durante los años 50 conviviendo pacíficamente en la ciudad vietnamita de Ky La con sus padres y hermanos y la posterior llegada de las fuerzas invasoras de Francia primero y Estados Unidos después. Con el conflicto en el que América tomó partido llegó la total escisión del norte y el sur del país y con ello los actos hostiles por parte de las dos facciones. Mientras los vietnamitas del sur, apoyados por los estadounidenses, raptan y torturan a la joven para sacarle información sobre el vietcong miembros de este último, creyéndola una traidora, la violan brutalmente, siendo este el acto detonante de su huída de Ky La junto a su familia rumbo a Saigón.




Una vez instalados en "la perla del sureste asiático" y mientras sus hermanos están en el frente con el vietcong y su hermana ganando la vida como prostituta Le Ly y su madre se dedican a ejercer como criadas en casas de señores aposentados de la zona. Tras quedar embarazada por su amo, la joven recibe el rechazo de sus padres y decide ganarse la vida vendiendo productos del mercado negro a los soldados estadounidenses y a vender su cuerpo de manera ocasional con el único fin de conseguir dinero para mantener a su hijo. Allí en Saigón conocerá Steve Butler, un sargento de artillería en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos que se enamorará de ella y le regalará una nueva vida en Estados Unidos. Una vez instalada en el país de las barras y estrellas Lely descubrirá que se encuentra en una tierra diametralmente opuesta a la suya en la que convive con un marido que por culpa de las secuelas que la guerra dejó en su psique cada vez se muestra más inestable mentalmente entregándose al alcoholismo y otros hábitos autodestructivos.




Para llevar a imágenes las memorias de Le Ly Hayslip, Oliver Stone recurre a su por aquel entonces ya asentado look visual (aquel que se vislumbraba en Hablando con la Muerte y que eclosionó totalmente en Nacido el 4 de Julio, The Doors y JFK: Caso Abierto) con el único fin de convertir cada secuencia, cada plano, cada fotograma en poesía gracias a una puesta en escena repleta de una belleza desarmante en la que hasta los pasajes más terribles apelan a un lirismo doliente con el que el cineasta sabe extrapolar de manera fidedigna el relato escrito de la autora a la que ha decidido adaptar al medio cinematográfico. Stone se detiene en los maravillosos parajes de Vietnam, Tailandia y Bangkok con los que reconstruyó la ciudad Ky La y Saigón, con un uso cromático de una paleta de colores vivos en la que el verde (que no sólo nos remite a la jungla sino también a los uniformes militares de los estadounidenses) impera con el fin de acentuar o enfatizar el tono de poema desgarrado y contenido que el guionista y director está narrando.




El cineasta se preocupa en destacar en todo momento que en sus memorias Le Ly no alberga ningún sentimiento de odio o venganza por sus captores, torturadores o violadores, al contrario, la autora sólo transmite deseos de redención, compasión y perdón por todos aquellos que en el algún momento de su vida le hicieron sufrir. Esta ideología, propia del budismo, es la que le permite seguir adelante en todo momento sin desfallecer ante la destrucción de su país o su llegada a otro que la mira como un animal exótico y en el que sólo consigue encajar cuando se va convirtiendo gradualmente en un engranaje más de un salvaje sistema capitalista y de consumo que poco tiene que ver con su Vietnam natal. Un hecho trágico hará cambiar de parecer a Le Ly que finalmente decidirá volver a su tierra natal con sus hijos para que conozcan su procedencia y tradiciones consiguiendo la ya madura mujer encontrarse con sus ancestros, y por efecto dominó consigo misma, llegando a una realización personal que le permitirá encarrilar una vida que por aquel entonces andaba totalmente desbocada.




Para que la historia exhale verismo Stone elige a una actriz vietnamita totalmente desconocida como Hiep Thi Le para dar vida a la protagonista y ella le devuelve el favor entregándose en cuerpo y alma a un papel que aborda desde las entrañas, como si hubiera nacido para interpretarlo y resulta harto creíble desde que la conocemos como una adolescente ingenua y feliz hasta que le vemos transformarse en una madre y mujer abnegada. Entre los efectivos secundarios no profesionales destacan como los padres de la protagonista la china Joan Chen (Juez Dredd, Twin Peaks) o el camboyano Haing S. Ngor, que casi diez años antes ganara el Óscar por su inolvidable papel en Los Gritos del Silencio (The Killing Fields) de Roland Joffé y sobre todo un Tommy Lee Jones, alejado del hieratico y autocomplaciente de la actualidad, que devora cada encuadre con una fuerza sobrehumana y eclipsa con una profesionalidad intachable a todo aquel que comparte plano con él, aunque la ya mencionada actriz protagonista mantiene muy bien el tipo cuando intercambia diálogos con su personaje.




Pocos fallos podríamos achacarle a El Cielo y la Tierra, pero no mencionar los que comete no sería del todo justo. Por un lado rodar toda la película en inglés ya es un error de bulto, pero que los vietnamitas hablen dicho idioma en la intimidad y recurran (ocasionalmente) al vietnamita delante de los soldados americanos queda totalmente impostado en pantalla. También habría que afirmar que los efectismos en la dirección de Stone con el uso de distintos formatos, la utilización del blanco y negro en secuencias clave del relato o la iluminación sobreexpuesta (técnicas estas de las que abusaría hasta lo insano un año después en la ambigua y lacerante Asesinos Natos) en ocasiones resta en ocasiones el verismo que los momentos más líricos del metraje habían dejado grabados a fuego en la retina del espectador. También se achachó al film que su guión era algo caótico, opinión que un servidor no comparte, ya que es inevitable que tres manuscritos que unidos suman la friolera de casi 800 páginas deban extrapolarse a la pantalla de manera condensada. Stone lo hace con mucho oficio y en ningún momento lo expuesto en pantalla se antoja caótico o desorganizado.




Envuelta en todo momento por el inolvidable score del compositor nipón Kitaro, con una preciosista fotografía de Robert Richardson en la que se muestran en todo su esplendor las costumbres, tradiciones y paisajes del Vietnam, un montaje virtuoso marca de la casa a manos de David Brenner y la fallecida Sally Menke, un reparto brillante comandado por unos Hiep Thi Le y Tommy Lee Jones descomunales y un Oliver Stone que creía en lo que hacía y que decidió abrirse en canal más que en ningún otro proyecto previo o posterior de su filmografía Heaven and Earth es un canto en favor de la paz, una oración conciliadora en la que la inocencia prevalece sobre el egoismo y la muerte. Como cinta merece ser revalorizada adecuadamente y su importancia reconocida, ya que tras la senda abierta por ella otros films como su coetanea la imponente Stalingrado de Joseph Vilsmaier o la memorable Cartas Desde Iwo Jima de Clint Eastwood defendieron que las barricadas del bando opuesto también estaban habitadas por seres humanos con sus ideas, costumbres, tragedias y alegrías. Vidas al fin y al cabo.


sábado, 11 de julio de 2015

Platoon, inocencia y juventud



Título Original Platoon (1986)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone
Actores Charlie Sheen, Tom Berenger, Willem Dafoe, Kevin Dillon, Forest Whitaker, Johnny Depp, John C. McGinley, Francesco Quinn, Richard Edson, Reggie Johnson, Keith David, David Neidorf, Mark Moses, Chris Pedersen, Tony Todd, Dale Dye





A finales de los setenta y principio de los ochenta Oliver Stone se había forjado una justificada fama de excelente guionista que ponía su trabajo al servicio de otros directores. Para Alan Parker trasladó a imágenes la novela autobiográfica El Expreso de Medianoche de Billy Hayes y con ello ganó el Óscar al mejor Guión Adaptado. A Brian de Palma le puso en bandeja el libreto del remake de Scarface de Howard Hawks que protagonizó un desatado Al Pacino en la piel del narco cubano Tony Montana y que en España se tituló El Precio del Poder. Tambien escribió junto a John Milius una versión tan polémica como imperecedera del personaje más famoso del escritor Robert E. Howard en Conan: El Bárbaro. Pero sería con su tercer film, tras la muy desconocida Seizure y la primeriza La Mano, protagonizada por el británico Michael Caine, cuando Stone comenzara a hacerse un importante nombre como cineasta.




En 1986 la hoy ya extinta Orion Pictures y Metro Goldwyn Mayer se unieron para proporcionar a Oliver Stone seis millones de dólares para que rodara un proyecto muy personal que por aquel entonces llevaba diez años gestando. Con Platoon el futuro director de Asesinos Natos o JFK: Caso Abierto quería narrar su experiencia como veterano de la guerra de Vietnam. En aquel conflicto bélico en el que se embarcó de manera voluntaria contra la voluntad de sus propios padres, los Stone eran una familia acomodada de New York, fue herido dos veces, ganando por ello la Cruz Púrpura, y vivió las experiencias más traumáticas de su vida dejando una huella indeleble en su personalidad incitándolas estas a rodar hasta tres films sobre el tema y cuya sombra sobrevolaría, de una manera u otra, prácticamente toda su filmografía.




El alter ego de Stone en pantalla es Chris Taylor, el personaje que interpreta un Charlie Sheen de 19 años de edad legando como voluntario a Vietnam con arduos deseos de patritotismo y el único fin de parar la supuesta invasión comunista iniciada por el norvietnamita Ho Chi Minh, presidente de  la República Democrática de Vietnam o Vietnam del Norte, para un año después abandonar el país asiático con ideas completamente opuestas, afirmando haber formado parte de una guerra injusta iniciada por motivos puramente económicos y estratégicos en la que unos Estados Unidos que habían perdido la inocencia sufrieron su primara gran derrota militar. Durante el año que Chris pasa en el frente descubre que en ocasiones el enemigo se encuentra en su propio pelotón, debido a la rivalidad entre los dos sargentos de la unidad, el idealista y compasivo Elías al que da vida Willem Dafoe y el brutal y expeditivo Barnes al que interpreta Tom Berenger.




Platoon es cine nacido de las entreñas, una obra de una visceralidad lírica y melancólica con la que Oliver Stone trata de realizar la primera película totalmente localizada en la guerra de Vietnam y relatada de primera mano por alguien que estuvo en el campo de batalla. La patriótica y falsaria Boinas Verdes de John Wayne y Ray Kellogg, la redentora El Cazador de Michael Cimino o la descomunal Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola no podían considerarse testimonios estrictamente ortodoxos de lo que supuso aquella guerra, ya que eran obras que utilizaban aquel conflicto por distintos motivos como el patriotismo rancio y sectario, mostrar la deshumanización de toda una generación de norteamericanos o a modo de terreno y contexto histórico para extrapolar una novela del silo XIX, El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, a finales del siglo XX para relatarnos un viaje sin retorno a la locura.




Por ello con esta producción de 1986 por primera vez un verdadero veterano de Vietnam se ponía detrás de las cámaras para contar en primera persona qué supuso aquel infierno que se extendió durante más de una década. En una época en la que los héroes nacidos de la ola de conservadurismo neocon de la era Reagan mataban "amarillos" con una metralleta en cada mano en productos como Desaparecido en Combate o las distintas secuelas de Rambo siendo coreados en medio mundo Oliver Stone llegaba para poner en entredicho toda la maquinaría militar estadounidense movilizada al país asiático y el papel que el ejército de su nación tomó durante aquella guerra. Poniendo así la primera piedra de lo que posteriormente sería uno de los discursos cinematográficos mas críticos con el lado oscuro de un país como el norteamericano teniendo su culmen en la descomunal serie documental La Historia No Contada de Estados Unidos de la que hablaremos algún día.




No fueron pocos los pelotones que se encontraron con situaciones como el expuesto en la cinta de Oliver Stone creándose en él dos bandos enfrentados en su interior. Cuando la guerra de Vietnam llevaba varios años en activo la voluntad de gran parte de los soldados americanos comenzó a mermarse poco a poco dándose cuenta de que no podían vencer a un enemigo conocedor al milímetro de un terreno que para ellos era tan hostil como desconocido. Por ello muchos de los militares se entregaron al opio, la marihuana o el LSD y demás sustancias estupefacientes con las que anestesiar el miedo o la ira del día a día en el campo de batalla. Otros en cambio sólo pensaban en saciar una sed de sangre matando norvietnamitas, fueran o no miembros o colaboradores del vietcong, y dando pie con ello a terribles masacres de civiles como la que tuvo lugar en la aldea de My Lai el 16 de Marzo de 1968.




Esos soldados hastiados de la guerra, al volver a los cuarteles sustentaban su sentimiento de compañerismo o camaradería en el consumo de drogas y están representados por el sargento Elías de Willem Dafoe. Un hombre preocupado por los suyos, con aire de misticismo y espiritualidad reconfortante (aquí empieza a mostrar su cara la religión budista a la que se convirtió Stone y a laque volvería en varios de sus films posteriores) queriendo cumplir su misión, pero sin tomar vidas inocentes en el proceso y con él que se identifican soldados como Lerner (Johnny Depp), Rhah (Francesco Quinn) o King (Keith David). Por otro lado tenemos al Barnes de Tom Berenger, la máquina de matar deshumanizada, el sociópata de gatillo fácil que riega en alcohol sus desgracias creyendo en una guerra insostenible por su propio pie, el típico militar que obedece órdenes sin hacer preguntas, que en caso de volver a Estados Unidos no sobreviría mucho tiempo sin entragarse al homicidio o el suicidio y teniendo entre sus acólitos a O'Neill (John C.McGinley), Bunny (Kevin Dillon), Junior (Reggie Johnson) o Tex (David Neidorf).




Chris Taylor, el mismo Oliver Stone, se debate entre estos dos mundos. El joven recluta en ocasiones no sabe si ponerse bajo al amparo de Barnes, ese experto en el "arte de la guerra" que arrasará con todo lo que se ponga en su camino con tal de salir vivo de aquel infierno verde, o ser fiel a Elias, la otra cara de la moneda creyente en el perdón y la redención y capaz de comprender que ellos son la fuerza hostil inasora un país extranjero con todo lo que ello implica. Cuando finalmente el personaje de Charlie Sheen se inclina por el bando de Elías debe enfrentarse a una cruda realidad en la que Barnes aprovechará un momento de descuido para eliminar a traición a su compañero de rango ante la impotencia del protagonista. Si la incursión en Vietnam y la misma guerra hacen mella en Chris el asesinato de Elias acaba por cercenar su coherencia, llegando a convertirse, paradójicamente en una máquina de matar como Barnes.




Lo más destacable es que esta división entre dos bandos en Vietnam tenía su reflejo en lo que acontecía por aquel entonces en Estados Unidos a nivel social y político con los distintos gobiernos implicados en el conflicto, los de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon, no queriendo dar el brazo a torcer ante una guerra imposible de ganar enfrentándose a toda una nueva generación de jóvenes contrarios al conflicto de Vietnam viendo a hijos, padres y hermanos viajar a miles de kilómetros de su país para matar y morir por una causa injusta en una tierra que hacía años se veía castigada por el imperialismo a manos de chinos, japoneses o franceses. Este contexto histórico late bajo la superficie de Platoon y moldea todo su subtexto, pero en la superficie lo que podemos ver es una película bélica magníficamente escrita, interpretada y sobre todo dirigida.




Poco tiene que ver la puesta en escena del Oliver Stone de Platoon con la que podríamos ver en los años 90 en films como El Cielo y la Tierra o Nixon. En su tercera película el cineasta todavía gustaba de realizar tomas largas, planos aéreos, dejando respirar los encuadres y apelando un tono que tenía sus referentes en autores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah. Todavía quedaban algunos años para que las tomas cortas, la iluminación sobreexpuesta, el distinto uso de formatos, el recurso del blanco y negro en algunos pasajes y el montaje virtuoso se convirtieran en señas de identidad de la manera de narrar de Stone. También conseguiría por primera vez sacar lo mejor de un reparto de por aquel entonces jóvenes promesas comandadas por unos Willem Dafoe y Tom Berenger pletóricos y un Charlie Sheen que sabe transmitir por medio de su bisoñez en lides interpretativas la inocencia y poca experiencia de su protagonista.




Hay momentos de Platoon que son dificiles de olvidar. La llegada de Chris a la base militar viendo los cuerpos de soldados siendo recogidos en bolsas negras y la mirada inquisitiva que le dedican los veteranos, el intento de violación al que asiste el protagonista, la agresión al muchacho cojo por parte de Bunny, el disparo en la cabeza de la anciana vietnamita manos de Barnes, el intento de asesinato de Elias (ese cambio de expresión con primerísimo plano de los ojos a lo Sergio Leone) o su posterior la muerte con la famosa escena del cartel de la película en la que, siendo consecuente con su personaje, el alma de Willem Dafoe aparenta abandonar su cuerpo en pleno bombardeo; la pelea entre Barnes y Chris, la batalla final en la que el caos, la destrucción y la pólvora convierten la jungla en un infierno y ese llanto final del protagonista en el helicóptero con reflexión por su parte. Todos pasajes en los que podemos casi sentir, oler y palpar el calor, el sudor, la muerte acechando detrás de cada árbol en aquel país desangrándose poco a poco y con los que Stone nos hace testigos de lo que vivió en su propia piel acariciando cada fotograma con el Adagio para cuerda de Samuel Barber que, aunque pocos lo recuerdan, ya usó David Lynch seis años antes en su magistral El Hombre Elefante.




Platoon fue un gran éxito en distintos aspectos y con ello marcó historia. Por un lado puso de acuerdo a crítica y público llegando a obtener, entre otros premios, cuatro Óscars como Mejor Película, Mejor Director, Mejor Edición y Mejor Sonido. También fue una de las primeras películas que trataron de manera directa el hecho de que en Vietnam el ejército americano cometió terribles crímenes contra la humanidad pisoteando los derechos fundamentales de los vietnamitas y eliminando aldeas enteras de civiles con mujeres y niños incluidos. Tres años después Stone volvió al mismo terreno con la inmensa Nacido el 4 de Julio, adaptación de la autobiografía del veterano Ron Kovic, y ya en 1993 cerraría su personal trilogía con El Cielo y la Tierra, otra autobiografía a manos de la escritora Le Ly Hayslip, con la que quiso abordar aquel conflicto desde el "bando enemigo", regalando la más hermosa de las cintas que ha rodado en toda su carrera y que dentro de poco será reseñada en las paredes de este blog.




Considerada unánimente como la mejor película de la carrera de Oliver Stone (para un servidor hay varias en su filmografía posterior que la superan holgadamente, pero eso es otra historia) Platoon fue junto a las posteriores La Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick y la ya mencionada El Cielo y la Tierra del mismo Stone, una de las últimas grandes películas sobre Vietnam salida de Estados Unidos y abrió definitvamente las puertas de Hollywood a su director. Yo la descubrí por primera vez a mediados de los 90 y la revisioné de manera enfermiza incontables veces cuando la compré en VHS en la recóndita estantería de un hoy, tristemente, extinto videoclub convirtiéndose en una de las películas más importantes de mi adolescencia y despertando cada vez más en mí el interés por uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. Una obra que me ofreció otro punto de vista de aquella guerra vietnamita alejado de los panfletos filofascistas del cine de los action heroes ochenteros con los que me martilleaba mi padre, teniendo poco que ver con lo que sucedió realmente en los más de diez años que duró aquel sinsentido histórico, político y estratégico.