sábado, 15 de marzo de 2014

300: El Origen de Un Imperio



Título Original 300: Rise of An Empire (2014)
Director Noam Murro
Guión Zack Snyder y Kurt Johnstad basado en el supuesto cómic de Frank Miller
Actores Sullivan Stapleton, Eva Green, Rodrigo Santoro, Lena Headey, Jack O'Connell, Andrew Tiernan, David Wenham, Callan Mulvey, Andrew Pleavin, Yigal Naor, Ashraf Barhom, Vincent Walsh, Steven Cree, Trayan Milenov-Troy, Andrei Claude, Peter Ferdinando, Mark Killeen, Peter Mensah





Entre mayo y octubre del año 1998 Frank Miller editó por medio del sello Dark Horse la que a día de hoy sigue siendo su última gran obra como guionista e ilustrador. 300 fue una serie de cinco números en formato apaisado que narraba al estilo de su autor la célebre batalla de las Termópilas entre el ejército espartano comandado por el rey Leónidas y el persa encabezado por el rey Xerxes. Con la narración como autor del creador de Sin City al 100% de sus capacidades y el magnífico coloreado de su por aquel entonces todavía esposa Lynn Varley 300 se revelaba como una obra sobresaliente que con sus virtudes narrativas y estilísticas camuflaba en cierta manera ese mensaje de tufo derechoso que con los años se ha ido recrudeciendo dentro de su discurso como autor (y personaje público) hasta llegar al puro asco en la actualidad como pudimos ver en esa estupidez titulada Holy Terror o esta basura en forma de declaración social y política.




En el año 2006 al director norteamericano Zack Snyder, que venía de triunfar con su excelente remake de El Amanecer de los Muertos (titulada Zombie en España si nos referimos al film de 1978) de George A. Romero, dirigió una exitosa y testosterónica adaptación del cómic. Con una estética que hacía un uso de los efectos especiales para recrear (sobre todo) el entorno en el que se movían los personajes 300 era un desfile de sangre digital, cuerpos musculados y batallas campales en slow motion que tenía tanto de soflama fascistoide (aunque menos que el cómic, del que también suavizó su tono xenófobo hacia los persas y "su olor") como de ¿inintencionada? apología homosexual de las bondades del físico masculino. La cinta gustó a la crítica (en líneas generales) y a pesar de su polémica fue un éxito más que considerable en taquilla. De modo que la secuela no tardaría en llegar, pero el problema nació cuando Frank Miller no se ponía a trabajar en el cómic que serviría de base para la misma.




Esa secuela titulada Xerxes que narraría el origen del "dios-rey"de Persia nunca llegó a editarse oficialmente, pero la imparable maquinaria de Hollywood se puso manos a la obra para rodar la secuela de 300 independientemente de si Frank Miller decidía o no ponerse manos a la obra con el cómic. De modo que la Warner Bros y Legendary Pictures encomendaron a Zack Snyder la producción y co escritura (el otro guionista fue Kurt Johnstad, que también colaboró en la primera película) del proyecto cuya realización recaería esta vez en el poco conocido cineasta israelí Noam Murro (Gente Inteligente). Estrenada hace una semana en España 300: El Origen de Un Imperio da lo que se espera de ella, ni más ni menos, y en ese sentido dejará satisfecho, principalmente, a los que disfrutaron con la estética de la cinta del director de El Hombre de Acero y recibirá el rechazo de aquellos a los que se les atragantó la odisea digital de Leónidas y sus compañeros de armas.




La historia narrada en 300: Rise of the Empire tiene lugar antes, durante y después de la famosa batalla de las Termópilas, que ocupó el grueso de la primera película, narrando el origen del rey-dios Xerxes (Rodrigo Santoro) la influencia que en las decisiones bélicas y personales de este tuvo la sensual, peligrosa y manipuladora Artemisia (Eva Green) que era el brazo derecho del rey Darío (Igal Naor) asesinado este a su vez en presencia de su hijo, el mismo Xerxes, por el general griego Temístocles (Sullivan Stapleton) que encabezará una batalla contra el imperio persa después de que el rey Leónidas, marido de la reina Gorgo (Lena Headey) que clama venganza por su pérdida, y sus 300 espartanos caigan derrotados a manos del ejército de Xerxes. El enfrentamiento naval entre Temístocles y Artemisia marcará el porvenir de la democracia en Grecia.




300: El Origen de Un Imperio es, al igual que su predecesora, una orgía visual regada en violencia física, sangre digital, cuerpos apolíneos y belicismo desproporcionado. Una vez sabido eso es sólo cuestión de tomarlo o dejarlo, de entregarse a la hiperbolizada épica testosterónica que proponen Zack Snyder y su protegido Noam Murro o huir despavorido para no tener que meterse entre pecho y espalda otra entrega de peplum esteticista tan disfrutable como intrascendente. Esta vez se incorporan al reparto el australiano Sullivan Stapleton (Animal Kingdom) como el general Temísctocles y la francesa Eva Green (Casino Royale, Soñadores) como Artemisia siendo la elección del primero no precisamente un acierto y la de la segunda uno de los mayores logros del largometraje.




Hiperbolizando y mejorando (gracias a lo avances dentro del mundo de los efectos digitales más que por otra cosa) el acabado estilístico de la 300 de Zack Snyder pero quedándose como producción lejos de la personalidad viril y rotunda de aquella esta secuela trata de abarcar mucho más que su hermana mayor (el metraje ocupa tres etapas temporales distintas de manera simultaneada) sin por ello destacar demasiado narrativamente ya que al querer relatar tantas tramas en épocas diferentes el sentimiento de dispersión argumental en el guión y los momentos anticlimáticos, o directamente obviados, hacen mella en la solidez del conjunto de la historia. Pero como espectadores somos conscientes de que un producto como el que nos ocupa no ha sido ideado para dar clases de escritura cinematográfica sino para ofrecer fruición visual y esteticista al seguidor de la franquicia.




Las escenas de lucha son más crudas y estilizadas (la sangre digital es más espesa y no desaparece al tocar el suelo como la de la primera 300) se recrean más en la casquería y las cámaras lentas y se realiza un efecto de retroalimentación con la serie Spartacus ya que si el programa creado por Steven S. Deknight bebía de la cinta de Zack Snyder es ahora esta secuela de Noam Murro la que toma muchos apuntes del efectismo visual de la serie que en su primera temporada estuvo protagonizada por el malogrado Andy Whitfield. En su aspecto la película es realmente fiel a la esencia de la cinta primigenia pero si algo nos deja totalmente claro es que el "sello de autor" de Zack Snyder es tan visual e impersonal que cualquiera puede plagiarlo haciéndolo pasar por suyo e incluso mejorándolo en varios momentos como en la primera batalla (la mejor del largometraje) el falso plano secuencia de Temístocles a caballo en plena batalla naval o el salto con travelling del soldado griego sobre el barco persa.




El mayor fallo de 300: El Origen de Un Imperio es, no sólo vivir a la sombra de la película  de 2006, sino también carecer de un protagonista del carisma y presencia del Leónidas al que dio vida un Gerard Butler incomensurable. Sullivan Stapleton tiene el porte fisico y las dotes para realizar creíbles coreografías de lucha, pero no tiene nada de personalidad, sus discursos palidecen al lado de los que espetaba el protagonista de la ácida Gamer y sólo cuando pone ojos de psicópata ofrece una labor algo más potable en pantalla. Pero para equilibrar la balanza tenemos a la Artemisia de una imponente Eva Green que devora el encuadre como sus malas artes, manipulaciones palaciegas, crueldad sin mesura y curvas de vértigo. El momento en el que "negocia" con Temístocles en privado es el más destacado de la velada y ahí la podemos ver en todo su esplendor empequeñeciendo al actor australiano.




Entre los secundarios volvemos a tener a un Rodrigo Santoro en su salsa como Xerxes y con él nace otro de los fallos más destacados del largometraje, porque si el cómic en el que supuestamente se basa la película toma su nombre como título es curioso que su aparición en la cinta sea más bien breve y casi anecdótica ya que después del (memorable) flashback que nos narra su nacimiento como rey-dios poco más se le ve en pantalla y la excusa de que parte de su ausencia es debido a que estaba formando parte de la batalla de las Termópilas no se sostiene demasiado porque como recordamos de la primera 300 su presencia en dicho enfrentamiento también fue bastante tangencial. Lena Heady vuelve como la reina  Gorgo y nuestra Cercei Lannister curiosamente da mejores discursos que Sullivan Stapleton y se implica mas físicamente en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo (bueno, el que tiene, que es sólo uno) que Eva Green que es el único apartado del film en el que la actriz de Sombras Tenebrosas no está del todo a la altura. También se echa de menos a gente como Dominc West (The Wire) o Michael Fassbender (Shame, X-Men: Primera Generación) pero que murieran en la anterior entrega hacia difícil el regreso de ambos.




300: El Origen de Un Imperio es un placer culpable que da lo que se espera de ella, cine cafre de evasión, acción hipertrófica a ritmo de música machacona, algo de sexo llevado a cabo por cuerpos curtidos en gimnasios hasta lo extenuante e inexistente rigor histórico, aunque una vez más la épica rocambolesca funciona a la hora de cumplir su cometido de inflar de testosterona el conjunto del largometraje. Hay menos batallas en tierra y más navales y falta un protagonista masculino que lleve a buen puerto el barco, pero como obra es tan fiel a la pieza original que hasta mensajes pro bélicos y subtextos filogays tenemos en el guión y sus lapidarios diálogos, aunque esta vez se reduce el tufo xenófobo y se da incluso un origen comprensible a la maldad tanto de Xerxes como de Artemisia. De modo que si los fans de la versión de Zack Snyder se quedaron con ganas de más estas es su película, pero a aquellos que salieron del cine en 2006 hartos de cromas, filtros, pectorales y frases que luego fueron parodiadas hasta lo indecible en la red les digo que elijan cualquier otra propuesta cinematográfica de la cartelera, que haberlas haylas y algunas de mucha calidad.



lunes, 10 de marzo de 2014

La Gran Belleza



Título Original La Grande Bellezza (2013)
Director Paolo Sorrentino
Guión Umberto Contarello y Paolo Sorrentino
Actores Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio, Fanny Ardant





El pasado domingo el film La Gran Belleza del cineasta italiano Paolo Sorrentino culminó una exitosa carrera internacional llena de premios, nominaciones, alabanzas y halagos tanto por parte de la prensa especializada como del público ganando el Oscar a la mejor película de habla no inglesa frente a duras competidoras como la danesa La Caza de Thomas Vinterberg o la belga Alabama Monroe de Felix Van Groeningen. Con su última película el napolitano volvió a su país de origen tras su no demasiado exitosa experiencia en Estados Unidos con Un Lugar Donde Quedarse, pieza protagonizada por Sean Penn y Frances McDormand entre otros actores, y con ello ha encontrado el mayor y más sonoro triunfo de su carrera como director.




La Grande Bellezza narra la historia del escritor de un sólo éxito (la novela El Aparato Humano publicada 40 años atrás) reconvertido en  periodista Jep Gambardella (Toni Servillo) que el día en el que cumple 65 años decide replantearse su bohemio y superficial estilo de vida obligándose a no hacer nada que realmente no le apetezca llevar a cabo. El largometraje es de manera bastante evidente una revisión contemporánea de La Dolce Vita, el clásico del mítico cineasta Federico Fellini protagonizado por Marcello Mastroiani y lo es tanto en el fondo como en la estructura de su argumento. Por descontado que a pocos se le escapa que el director de Las Noches de Cabiria o Amarcord es una de las influencias más importantes de Sorrentino, junto a Diego Armando Maradona y Martin Scorsese como él mismo se ocupo de proclamar cuando subió al escenario del Dolby Theatre a recoger su estatuilla el pasado día 2 de marzo, y que previamente se podía ver en varios de sus proyectos detrás de las cámaras.




Desde el primer momento y con una capacidad de síntesis tan efectiva como de una sencillez desarmante Sorrentino nos resume con los dos pasajes iniciales del metraje cuál va a ser el camino que va a transitar con su última obra cinematográfica. En la secuencia que da inicio al largometraje asistimos a cómo un grupo de turistas orientales visitan La Fuente dell' Acqua Paola de la ciudad de Roma. Mientras un coro de mujeres entona un cántico lacónico y etéreo uno de los turistas sufre un repentino desmayo que por medio de una medida ambigüedad por parte del director y su co guionista habitual Umberto Contarello nunca llegamos a saber si es producido por un golpe de calor o por el célebre síndrome de Stendhal, aquel que nos hace perder el conocimiento cuando no podemos asimilar la enormidad de la belleza con la que nos enfrentamos en ese mismo instante y que en esta ocasión y contexto sería la de la misma ciudad italiana. Repentinamente esta lírica secuencia de apertura se ve abrúptamente interrumpida por la fiesta de cumpleaños del protagonista (la presentación de este es sencillamente brillante) en la que se codea toda la clase burguesa de la capital italiana entre música cutre (la de la ínclita Rafaella Carrá, ni mas ni menos) alcohol, jóvenes de cuerpos apolíneos y viejas glorias, hoy decadentes, de la vida nocturna de esa otra Roma que poco tiene que ver con la que hemos visto con el prólogo de la película.




Esta es la esclarecedora declaración de principios de Paolo Sorrentino con La Gran Belleza. El director de la muy recuperable Il Divo realiza un viaje físico y existencial por medio de su protagonista con el único fin de encontrar retazos de efímera belleza dentro de la mugre, del artificio, de las falsas apariencias y la superficialidad que anida por medio de sus habitantes en la ciudad romana. Al igual que todos sus amigos y allegados Jep es un artista en decadencia, un escritor que vive de las rentas y del trabajo de periodista que le proporciona su editora jefe Dadina (Giovanna Vignola) y que vive una existencia vacía regida por egos hinchados (tanto ajenos como propios) falsario arte moderno carente de compromiso (a celebrar los pasajes de la obra de teatro al aire libre o el de la demostración pictórica de la niña pequeña) o bacanales llenas de drogas, alcohol, libertinaje o cirugía plástica (uno de los mejores momentos del film es el de la sesión colectiva de inyecciones de botox, acertadísimo cómo cada uno de los pacientes que pasan por las manos del doctor tienen rostros cada vez más deformes por culpa de las continuas operaciones a las que se ven sometidos de manera voluntaria) que le incitan a verse arrastrado por una ola de intrascendencia vital disfrazada de falso intelectualismo.




Para Sorrentino Roma es por el día una belleza portadora de luz y lugares de ensueño que parecen detenidos en el espacio y el tiempo y por la noche una prostituta que se vende al mejor postor y que saca a escena los más bajos instintos de aquellos que en ella moran. En sus caminatas vespertinas el Jep interpretado con su habitual brillantez por un Toni Servillo de mirada cansada y taciturna pero también condescendiente (inmisericorde el análisis que hace de la hipocresía moral de una de sus amigas escritoras) y presuntuosa (enorme su explicación sobre el protocolo a seguir en un funeral para después realizar un atípico ejemplo práctico del mismo) trata de encontrar esa hermosura inherente en la ciudad que lo acogió, aquella oculta y que sólo se muestra tímidamente entre monumentos, conventos, jardines o fuentes, la misma que se ve eclipsada al llegar esa noche lasciva, apuntalada en el exceso y el culto al cuerpo, localizada en un crepúsculo en el que las criaturas que en ella deambulan con rostros muertos y miradas perdidas parecen haber encontrado una falsa felicidad potenciada por litros de alcohol, horas de quirófano y gramos de cocaína. Finalmente el director de Las Consecuencias del Amor confirma por medio de su decadente criatura que la gran belleza del título, esa que le devolvería a Jep la inspiración para volver a escribir, la misma que puede deleitar los sentidos sólo se puede encontrar en pequeñas dosis habitando más en momentos que en lugares. Una inesperada jirafa en medio de un coliseo, una anciano miembro de la nobleza rememorando sus gloriosas raíces con una cuna expuesta en un antiguo museo ya clausurado, el encuentro casual en la noche con una celebridad (delicioso y muy bien llevado el cameo de la francesa Fanny Ardant), una inmensa colección de fotografías que abarcan desde la infancia a la adultez de la vida de una sola persona o el recuerdo de esa primera experiencia sexual a la luz de un faro en la playa que a un servidor le hizo rememorar pasajes de su vida de índole parecida.




Pero hay un problema con La Gran Belleza, esos instantes de lirismo que sobresalen entre la mezquindad, lo mundano y lo trivial están expuestos en pantalla con demasiada predilección por lo visual. La habitual puesta en escena del italiano se asienta en un esteticismo bien entendido, siempre juguetón y en ocasiones caprichoso, pero nunca excesivo o innecesario, el mismo que parece ser el que por medio de imágenes de poética abstracción quiere convencer al espectador de que sólo con la mirada podrá encontrar esa belleza de la que nos habla el autor. Esta idea estilística en cierta manera contradice el discurso al que se aferra el relato viéndose en ocasiones el director devorado por esa superficialidad formal que tanto critica (sobre todo la relacionada con el arte mal entendido o carente de verdadera personalidad) y si bien su cámara nos ofrece momentos de pericia técnica arrebatadora (la fiesta del cumpleaños de Jep está rodada con una fuerza y sentido del ritmo intachables, casi se percibe el olor a ruindad, lascivia y podredumbre moral que exhalan los asistentes a tan patética coreografía circense) o abrumadora poética (Sor María arrastrándose por las escaleras llevando hasta las últimas consecuencias la vida de entrega al altísimo que eligió por voluntad propia, nada baladí sería analizar la mirada entre reverencial y condescendiente con la que Sorrentino retrata a la iglesia) en no pocos momentos el espectador percibe que el realizador se entrega a los brazos de esa vacuidad formal y moral que mira por encima del hombro aunque nunca con afán condenatorio o demonizador.




Sin parecerme la obra maestra que muchos proclaman, antojándoseme inferior a otros trabajos del mismo director como la ya mencionada Il Divio que retrataba con una mirada que se movía entre Martin Scorsese y Francis Ford Coppola la vida del inefable político italiano Gulio Andreotti (con un Toni Servillo tan o más brillante que aquí y siempre con su inseparable mirada de mapache depresivo) y estando a años luz del contenido naturalismo nórdico de la muy superior La Caza de Thomas Vinterberg, aquella producción que merecía el Oscar a la mejor película de habla no inglesa más que la cinta que nos ocupa, La Gran Belleza es una interesante propuesta que con sus muchos aciertos y pocos fallos no sólo realiza un retrato crepuscular de una hermosa ciudad corrompida por unos ciudadanos que casi se diría que no la merecen como hogar, sino que también sirve como una inyección de vitalidad en pleno corazón de ese cine italiano que llevaba en decadencia desde principios de la década pasada. Como pieza fílmica no es perfecta, aunque tampoco busca serlo, pero sí es la sólida primera piedra para que Italia reconstruya de nuevo ese celuloide que en su momento fue uno de los más grandes e interesantes del continente europeo.



domingo, 9 de marzo de 2014

La LEGO Película



Título Original The LEGO Movie (2014)
Director Chris Miller y Phil Lord
Guión Dan Hageman, Kevin Hageman, Chris Miller y Phil Lord




Seguramente cuando el danés Ole Kirk Christiansen creó en enero de 1934 la compañía Lego (que nació como una empresa que sólo producía material de madera para más tarde pasarse al plástico) no era consciente de que estaba dando inicio a una de las franquicias más grandes a nivel internacional dentro del mercado de los juguetes infantiles. Cuando el año pasado saltó la noticia de que iba a realizarse una película protagonizada por los muñecos de Lego que vivirían sus aventuras entre incontables piezas del famoso juguete que darían forma a las localizaciones de la historia pocos esperaban algo más que una enorme campaña de publicidad de dos horas en pantalla grande para hacer que la creación de Christiansen llegase a el mayor público posible. Pero el hecho de que pusieran al frente del proyecto a Phillip Lord y Chris Miller guionistas y cineastas autores de films como Lluvia de Albóndigas, Infiltrados en Clase o de series como la alabada Clone High ofrecía cierta esperanza con respecto a que La Lego Película pudiese llegar a ser una producción que mereciera la pena.




Por suerte The Lego Movie amalgama en su interior muchas películas. Por un lado es claramente un blockbaster comercial, una cinta llena de acción, diversión, humor y romance. Por otro también es cierto que es un escaparate en el que se nos expone toda la gama del catálogo de Lego para que los espectadores (sobre todo los infantiles) piquen con respecto a querer comprar ingentes cantidades de figuritas y piezas de construcción relacionadas con la franquicia. Pero sus autores lo hacen con un tono de sorna y autoparodia que se extiende a lo largo de todo el metraje, no sólo a los momentos en los que deben describiren pantalla los parabienes de las piezas que llenan sus almacenes. Porque por suerte Phillip Lord y Chris Miller (basándose en un argumento original de Dan y Kevin Hageman) quieren ir más allá de la simple película basada en figuras de acción como G.I. Joe o Transformers y narrar una historia más interesante y hasta con cierto mensaje, pero siempre desde una ligereza conceptual apropiada para ser disfrutada por todo tipo de público.




Multi y metareferencial, satírica, paródica desde ese arranque deudor del final de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo La LEGO Película tiene una primera media hora que hunde sus raíces en obras de ficción distópicas como THX 1138 de George Lucas (los policías de rostro robotizado) Matrix de Andy y Lana Wachovski (las máquinas tentaculares que recolectan a los Maestros Constructores) Están Vivos de John Carpenter (un obrero común en rebelión contra un secreto sistema dictatorial) . Pero después de esta presentación de personajes y cuando la acción ha dado sus primeros pasos la trama se introduce por medio de viajes interdimensionales en el género western (con especial incidencia en la Triología del Dólar de Sergio Leone con Clint Eastwood como protagonista, genial como satirizan las bandas sonoras de Ennio Morricone) al cine de catástrofes o invasiones alienígenas (el enorme cubo a modo de nave nodriza tapando el sol y el discurso final de Supercool parodiando Independence Day de Roland Emmrich) o hasta las vacuas y ruidosas cintas de acción de Michael Bay con continuas explosiones, persecuciones y helicópteros sobrevolando a los protagonistas en slow motion. Hasta el diseño del traje de Megamalo y su gigantesco edificio parecen retrotraernos a aquella olvidada producción animada de origen canadiense titulada Rock And Rule que tuvo cierta repercusión en los videoclubs de nuestro país a finales de los 80.




Otro de los puntos fuertes de The Lego Movie es el incontable listado de personajes de la cultura pop (interminables  derechos de Warner Bros mediante) que sirven de secundarios destacables para acompañar al entrañable Emmett en su aventura. Batman (que es una parodia del de las películas de Christopher Nolan, voz incluida) se revela como el descubrimiento de la velada con momentos brillantes tratando de ser el centro de atención, intentando convertir todos los vehículos en batvehículos, desafiando al protagonista (ambos luchan por el amor de la chica, Supercool) vanagloriándose de su oscuridad (“Siempre uso el color negro o un gris muy, muy oscuro”) y teniendo como culmen su intervención en el film el momento de la canción que le dedica a su chica en la que habla de su “orfandad” haciendo ese pasaje llorar de la risa al que suscribe. Pero no me olvido del pirata Barbagris, la dulce e inestable Unikitty, de Superman intentando huír del pelmazo de Green Lantern (¿malvada referencia al escaso éxito de las aventuras cinematográficas del alter ego de Hal Jordan y la gravedad de la última cinta de las aventuras del Hombre del Mañana?) Wonder Woman, Abraham Lincoln, William Shakesperare, Milhouse Van Houten, Miguel Ángel el escultor/pintor renacentista… ¡y Michelangelo la Tortuga Ninja!, el sabio Vitruvius que pensamos que es un simpáticos sosias de Gandalf hasta que este último hace aparición… ¡siendo confundido con Dumbledore de la saga Harry Potter que también tiene su breve aparición estelar!, Benny el adorable astronauta de los años 80, el Halcón Milenario con Han Solo, C3PO, Chewbacca y un Lando Calrissian de ambigua sexualidad, ese gran robaescenas que es el Poli Malo (grandiosos tanto los pasajes en los que lucha internamente contra su otra identidad, Poli Bueno, como la aparición de sus padres) y esa Supercool que hace que nuestro Emmet pierda la cabeza cada vez que mueve su melena de plástico o se pone a hablarle sin que él entienda nada por lo anonadado que se queda ante su bello diseño.




Pero todavía no hemos hablado de Emmet, nuestro ¿héroe?. Un obrero de la construcción tan común que ni sus amigos lo reconocen o hacen caso. Él es el “Especial”, el elegido de la profecía de Vitruvius, el Maestro Constructor que salvará el mundo del diabólico Megamalo (oculto bajo la personalidad del Megapresi que somete las mentes de sus aborregados súbditos por medio de programas basura como ¿Dónde Están mis Pantalones? o canciones como Todo es Maravilloso). Pero Emmet no parece tener nada destacable como persona, no sabe construir nada más allá de un estúpido sofá litera y no parece ni muy valiente, ni demasiado decidido, pero gracia a Vitruvius, Supercool y el resto de sus amigos encontrará la “fe” y ahí es cuando una vez más Lord y Miller parodian las cintas comerciales americanas actuales que tratan de transmitir mensajes bienpensantes, pero sin mirarlas por encima del hombro, sólo superándolas en fondo y forma gracias a su sentido del humor “blanco” pero nunca “blando”.  Aunque al final los cineastas y guionistas, rizando el rizo, nos tienen reservada una sorpresa en forma de giro argumental que para sí lo hubiera querido M. Night Shyamalan en sus mejores tiempos (aquellos del pleistoceno de su carrera como director). Con este twist los autores dan un sentido de la profundidad emocional al largometraje que pocos espectadores esperarían en un proyecto de esta naturaleza, hablándonos de las relaciones paternofiliales, de la comunicación entre padres e hijos y sobre todo de no coartar la imaginación, las ganas de experimentar, la creatividad, de intentar cosas nuevas (el paralelismo de la dictadura de Megamalo con… eso que al final se nos revela que está sucediendo realmente es un acierto de guión mayúsculo) transmitiendo un mensaje vitalista pero sin sentimentalismos, sin concesiones a la galería, sin bajada de pantalón alguna.




La LEGO Película es cine comercial altísismamente recomendable, la demostración de que hasta una película nacida de la simple idea de vender juguetes puede destilar talento, ingenio, humor inteligente, autoparodia, referencias interminables, una lista de apariciones de personajes conocidos que no se veía en el celuloide de animación desde aquella obra maestra de Robert Zemeckis llamada ¿Quién Engañó a Roger Rabbit?, gags inolvidables (la destrucción de la “nave invisible”, Emmet y Supercool mirándose fijamente a cámara lenta mientras vuelan por los aires con Vitruvius en segundo plano, el vídeo de los compañeros de trabajo del protagonista hablando de él) o diálogos del estilo “Abraham Lincoln, vuelve con tu sillón volador ahora mismo” o “Sí, sé que lo que digo parece el mensaje de un póster de gatos”  que llenan la pantalla de la simpatía, el cariño y el talento con el que los creadores han abordado el proyecto. Su única mácula (que realmente no es tal) es que como película está tan repleta de acción, de  tantos momentos de vértigo, de no dar un respiro al espectador con una dirección técnica apabullante que en ciertos momentos puede llegar a saturar. Pero como la cinta no aburre en ningún momento nunca llegamos a plantearnos, ni tan siquiera durante una milésima de segundo, bajarnos de esta montaña rusa cinematográfica a la que no le sobra ni le falta una sola de las miles de piezas que le dan forma.


sábado, 1 de marzo de 2014

La Montaña Sagrada, el alquimista, el ladrón, su mujer y otras cosas de meter



Título Original The Holy Mountain (1973)
Director Alejandro Jodorowsky
Guión Alejandro Jodorowsky
Actores Alejandro Jodorowsky, Horacio Salinas, Ramona Saunders, Juan Ferrara, Adriana Page, Burt Kleiner, Valerie Jodorowsky, Nicky Nichols, Richard Rutowsky, Luis Lomelí, Ana de Sade






Comentando algunas de sus películas he mencionado en este blog que el multifacético autor chileno Alejandro Jodorowsky (cine, teatro, cómics, libros) me cae en gracia. Varios de sus films, guiones para el mundo de las viñetas o libros me gustan y disfruto con sus aires de abuelo vitalista y pasado de rosca que destila en sus estrambóticas entrevistas. Ya de su faceta de psicomago paso más porque todo lo que plantea con ella me parece una patraña de campeonato. De su no muy extensa carrera como cineasta siempre ha destacado entre sus seguidores La Montaña Sagrada y un servidor con la intención de abarcar toda su obra como director decidió verla hace unos días. Lo que la película me transmitió en su primer visionado no puede alejarse mucho de los términos como indignación o vergüenza.




The Holy Mountain narra cómo un grupo de seres superiores procedentes de todos y cada uno de los planetas del sistema solar comandados por un alquimista (interpretado por el mismo guionista y director) emprenden un largo viaje a la Isla de Loto para subir la Montaña Sagrada que allí se encuentra y así conseguir la inmortalidad. En el largometraje se desarrollan todas las señas de identidad cinematográficas de Alejandro Jodorowsky al máximo exponente. Las influencias de Luis Buñuel y Federico Fellini, el uso del tarot como representación del presente y no como predicción del futuro, chamanismo, pureza siendo corrompida por la realidad, ambigüedad sexual, un viaje físico e interior a un estado mental del todo inalcanzable, fuerzas políticas y de la ley dictatoriales sometiendo al pueblo, así como una visión crítica de los fundamentalismos religiosos y el uso de iconos teológicos como productos de consumo.




El problema nace cuando el director de Santa Sangre decide exponer todo esto en pantalla de manera arbitraria, sin sentido, alejándose de cualquier tipo de lógica, en resumidas cuentas y hablando en plata: Como le sale de los cojones. Por mucho que (como bien reza Wikipedia) La Montaña Sagrada sea "el único largometraje de ficción cuyo argumento está basado en el eneagrama de la personalidad, ideado a partir del sufismo por Georges Gurdjieff, y desarrollado por el boliviano Óscar Ichazo y el chileno Claudio Naranjo" la sensación de que lo que Alejandro Jodorowsky se está marcando es una broma cósmica con la que reírse del espectador en plena cara nace cuando empieza la presentación de los seres superiores (pasaje que mencionaré más adelante porque es el que mata la película que en su primera media hora no pinta nada mal) y a partir de ahí hasta el infinito y más allá.




La concatenación de disparates se hace con el metraje desde su arranque. Pero como ya mencionado durante sus primeros 30 minutos hay cierto interés por las andanzas del personaje del Ladrón que es un émulo de Jesucristo. Durante esa parte de la historia la simbología propia de la impronta del chileno tiene cierta lógica (criticar todos los poderes fácticos de la sociedad) y su inteligente y esteticista puesta en escena regala pasajes de un extraño poder hipnótico (como el ritual que abre el film con las dos mujeres, la llegada del Ladrón a la torre donde habita el Alquimista o la peculiar recreación de la conquista de América) e imágenes incómodas, explícitas y en ocasiones hasta escatológicas, pero no muy alejadas de momentos que no hayamos visto en obras pretéritas del cineasta como El Topo (génesis y origen de la cinta que nos ocupa, pero muy superior y considerablemente más interesante que esta) o Fando y Lis.






Pero cuando el personaje del Ladrón ha sido adiestrado por el Alquimista y este último le enseña al primero la procedencia y el "oficio" de cada uno de los seres superiores la cinta se estanca brutalmente durante más de media hora y el poco ortodoxo desarrollo de la trama que venía realizando el director y guionista muere en vida. Un pasaje como este, que podía haber sido despachado en pocos minutos con el rol interpretado por Jodorowsky dando el nombre, el trabajo y el planeta de origen de cada uno de los actores secundarios, se convierte en un desfile de momentos estrambóticos, alargados y vacuamente surrealistas que si bien en ocasiones nos ofrecen interesantes disertaciones sobre materialismo, guerra (las armas diseñadas con la moda rockera o personalizadas para pertenecer a cada una de las religiones más importantes tiene su mérito por lo osado de su planteamiento y resolución estética) incomunicación o pedofilia situaciones como la de la máquina del amor que tras ser fecundada da a luz a otra máquina más pequeña que llora como un bebé incitan a la más sonrojante de las vergüenzas ajenas.




Todo aquel que lleve un tiempo leyéndome en este blog sabrá que no soy un espectador prejuicioso, ni una persona corta de miras y que en cambio sí puedo presumir de tener un gusto cinematográfico ecléctico siendo capaz de ver casi todo tipo de cine sea del pelaje que sea. Tampoco se me podría acusar de que con una película como La Montaña Sagrada "no me he enterado de nada" porque más o menos conozco el universo fílmico de Alejandro Jodorowsky. Es más, mientras escribo estas líneas estoy escuchando la magnífica banda sonora de la cinta para ponerme en situación. Incluso en un alarde de interés por quitarme el mal sabor de boca que me produjo hace unos días el primer visionado del largometraje hace poco lo revisioné con el audiocomentario del autor desgranándolo paso a paso para así comprender de primera mano y en la medida de lo posible cuales eran sus intenciones tanto artísticas como personales para llevarlo a cabo.




Es cierto que chileno explica casi plano por plano toda la película, que descifra la simbología interna del proyecto y que sabe dar respuesta a la mayoría de escenas surrealistas, herméticas, alegóricas o místicas que pueblan su tercera obra detrás de las cámaras ofreciendo así una lectura más coherente de las secuencias, pero sólo de manera aislada. Porque el problema principal es que el autor de El Incal no argumenta en ningún momento por qué mezcla todas esas influencias que tanto le apasionan en un sólo todo. No nos expone de manera clara qué tiene que tienen que ver los movimientos del ritual del té japonés que abren el film con el uso que da de los chacras en la escena en la que amputan el tumor del pasado del personaje del Ladrón o el porqué de la convivencia de momentos como en el que el excremento del ya mencionado personaje se convierte por medio de otra experiencia ritualística en oro con la presencia de los chamanes aztecas que pueblan la recta final del film que tiene lugar en la Isla de Loto.




Al espectador le queda la sensación de que Alejandro Jodorowsky pensó en todas las cosas que le gustan relacionadas con esoterismo, espritualidad, política, sexo o religión y las mezcló en una ininteligible (al menos en conjunto) macedonia de situaciones y acciones del todo inconexas que para colmo se van volviendo cada vez más plomizas y reiterativas. Cierto es que oyendo el audicomentario uno descubre muchas cosas sobre la gestación alocada de la película, como que los desconocidos actores eran fans de nuestro gurú particular que querían vivir una "experiencia espiritual" y que abordaron la recta final de la obra (rodada cronológicamente) puestos hasta el culo de hongos alucinógenos y dejándose llevar por lo que experimentaban gracias a los psicotrópicos o por otro lado la negativa de George Harrison (al igual que John Lennon devoto fan de la película El Topo) a interpretar el papel del Ladrón porque se le tenía que ver el ano en primer plano mientras la asistente del Alquimista se lo lavaba en una toma de pocos segundos.




Finalmente cuando el castigado y pobre espectador llega al clímax con el que culminan las larguísimas dos horas de metraje de la película Alejandro Jodorowsky le guarda una última bofetada en pleno rostro (que previamente en un momento dado se ría mirando directamente a la cámara no presagia nada bueno) que sirve de golpe de gracia para rematar nuestras esperanzas. Ese plano final con zoom, esa "ruptura de la cuarta pared" esa "metareferencia cinematográfica" es vendida por el co creador del Teatro Pánico como un cierre anticlimático y anticomercial totalmente buscado, apelando a que como cineasta no quiere terminar su película dándole al espectador lo que quiere como harían las típicas cintas comerciales americanas que tanto odia.




En cambio un servidor las dos veces que se ha metido entre pecho y espalda esa última declaración de principios tanto artísticos como existenciales no ha sentido otra cosa que no sea que el guionista de La Casta de los Metabarones me ha escupido en pleno rostro para después carcajaerse de mi persona y que al no tener ni puta idea de cómo acabar su obra ha decidido traicionarse a sí mismo, a lo que representa como autor y a todo lo que había planteado a lo largo del metraje para dar forma a una broma que sólo parece hacerle gracia a él. Y yo me he reído mucho con Jodorowsky en varias ocasiones, pero esta vez el chiste es malo de solemnidad. Que hasta los mismos actores se enfadaran con él por esa conclusión de la historia indica que un servidor no anda muy desencaminado a la hora de tildar ese pasaje en particular y la película en general de patraña brutal y sonrojante.




Según su creador The Holy Mountain fue creada como una experiencia sensorial, como una película que cambiara la mirada del espectador, que le hiciera vivir un viaje psicotrópico sin la necesidad de tomar sustancias estupefacientes y puede que con LSD mediante la obra se disfrute más, porque puedo afirmar que los dos gin tonics que llevaba un servidor en su cuerpo cuando la vio la primera vez no fueron suficientes para no caer en la desidia que transmite cuando su primer cuarto de metraje termina y empieza la hecatombe. En otro orden de cosas es curioso como un autor que incide tanto en esta obra sobre que hay que despojarse del ego para llegar a al realización personal sea, de manera paradójica, tan egocéntrico y tan amante del ombliguismo. Pero bueno, eso es algo que al que suscribe ni molesta, ni pilla de sorpresa, que ya sabemos de que pie cojea el padre de Brontis Jodorowsky.




Lo que no voy a negarle al amigo Alejandro es el mérito de convencer a Allen Klein (manager de los Beatles) para que pusiera dinero en este marcianada de proyecto, que sacara adelante la producción en México aún habiendo recibido amenazas de muerte (tanto él como su familia) hasta por parte del gobierno de aquel país y que haya engañado a sus seguidores más acérrimos para convencerlos de que la tilden como su obra cumbre como autor (Nicolas Winding Refn bebe los vientos por ella y Marilyn Manson ha homenajeado escenas de la misma en decenas de sus videoclips) y una cinta de culto del cine de los años 70. Mis pensamientos en cambio se mueven entre el enfado y la sorna porque este chileno pirado me la ha dado con queso con esta montaña que no está hecha de santidad precisamente, sino de ese excremento corporal del Ladrón que el Alquimista convierte en oro en uno de los ya mencionados momentos cumbre de la película.



lunes, 24 de febrero de 2014

Robocop: Prime Directives, the technology is our friend



Título Original Robocop: Prime Directives (2000)
Director Julian Grant
Guión Joseph O'Brien y Brad Abraham basado en personajes de Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Page Fletcher, Maurice Dean Wint, Maria del Mar, Anthony Lemke, Kevin Jubinville, David Fraser, Geraint Wyn Davies, Leslie Hope






Después del enorme fracaso que supuso Robocop 3 la Orion Pictures daba sus últimos coletazos. Para sacar algo de beneficio monetario en tiempos aciagos decidió vender los derechos del personaje a una productora canadiense llamada Skyvision Entertainment. Una vez en su poder esta puso en marcha en 1994 una serie de televisión en la que no se escatimaron medios (cuenta la leyenda que cada episodio tenía un presupuesto de un millón de dólares) pero el tono demasiado para todos los públicos alejado de la esencia del personaje dio pie a que el programa no durara más de una temporada siendo cancelado prematuramente a los 22 episodios. Un servidor la vio completa en su momento y sólo la recuerda lejánamente, pero si puedo remediarlo la revisionaré y comentaré antes de que acabe este mes que le estoy dedicando a Robocop.




En el año 1999 Jay Firestone (dueño de la productora Fireworks Entertainment) conservaba los derechos de Robocop que en su momento adquirió Skyvision Entertainment y decidió hacer "algo" con el personaje antes de que los mismos expiraran. Firestone contrató al director Julian Grant y a los guionistas Jospeh O'Brien y Brad Abraham para que dieran forma a una miniserie de cuatro episodios de 90 minutos de duración cada uno para relatar una nueva historia protagonizada por el policía más famoso de la Detroit del futuro. Robocop: Prime Directives se estrenó en el año 2001 con un moderado éxito de audiencia. El producto a pesar de sus escasísimos medios es un trabajo muy entretenido que consigue algo que ningún otro proyecto audiovisual relacionado con el personaje ha conseguido. Captar adecuadamente el tono de sátira política corrosiva y punzante que destilaba la cinta primigenia dirigida por Paul Verhoeven.




Robocop: Prime Directives está formada por cuatro episodios en continuidad titulados Dark Justice, Meltdown, Ressurrection y Crash and Burn. La historia tiene lugar 10 años después de que Robocop entre en servicio, Delta City es una realidad y es considerada la ciudad más segura del mundo gracias a los servicios del mencionado agente Álex Murphy. La OCP controla toda Delta City y entre los componentes de la organización se encuentra James Murphy, el ya maduro hijo del protagonista y candidato con futuro dentro de la compañía. La historia comienza cuando un antiguo compañero de Álex, el agente John Cable, empieza a investigar los trapos sucios de la OCP y descubre algunos secretos bien guardados por los que tendrá que unir sus fuerzas con su antiguo colega y pagar un caro precio por sus descubrimientos.




Vayamos al grano y sin muchos rodeos. Robocop: Prime Directives es un producto formalmente mediocre que no se aleja estilísticamente mucho de un episodio de la primera serie de Nikita protagonizada por la australiana Peta Wilson y realizado con el único fin de que los, por aquel entonces, dueños de los derechos del personaje pudieran exprimir los mismos hasta el último momento, de modo que no podemos esperar una obra muy destacable. En pantalla eso se deja notar ya que la miniserie en casi todo momento deja claro al espectador que los escasos 8 millones de dólares que se invirtieron para crearla no fueron suficientes para que los efectos digitales de baratillo, las cámaras lentas cutres y los rayos de electricidad ridículos den forma a las esforzadas pero en general humildes secuencias de acción que por otro lado son indudablemente entretenidas y con un tono a Serie B que no le queda nada mal al conjunto del proyecto.




Pero ante la escasez presupuestaria lo mejor es tener imaginación y ganas de ofrecer algo interesante, no sólo al espectador ocasional, sino también al fan del verdadero Robocop, el de la película de Paul Verhoeven. Como ya he comentado brévemente de manera previa Julian Grant, Jospeh O'Brien y Brad Abraham consiguen con Robocop: Prime Directives algo que no han logrado ni secuelas, ni remakes, ni series de televisión en imagen real o animadas que es nada más y nada menos que captar totalmente el tono sardónico, de humor negro, mala baba e incorrección política de la cinta de 1987. Pero no como la malentendieron Frank Miller, Walon Green o Fred Dekker sino en toda su extensión llegando a ejecutar momentos de puro genio que se convierten sin lugar a dudas en lo mejor de la miniserie y su más interesante virtud.




El telediario Media Net encabezado por dos asépticas presentadoras de sonrisa falsa ofrecen noticias como que un atentado en Texas reivindicado por un grupo extremista enfadado por la derrota del ejército mexicano más de 200 años atrás hace volar por los aires el monumento a El Álamo declarando sus miembros que: "Más vale tarde que nunca". En la publicidad podemos ver la promoción de un dvd que contiene "los grandes momentos de Robocop" deteniendo y eliminando a los delincuentes (hay un plano genial en el que Robo se ve incluso lanzando por los aires un carricoche de bebé) para poco después cuando el protagonista es tildado de "peligroso terrorista rebelde" por la OCP  promocionarse el mismo dvd pero como muestra de lo peligroso que puede ser el policía cyborg cambiando el tono friunfal del spot anterior por una brutalmente alarmista.




Científicos de la OCP desautorizando las voces que critican que Robocop incrementa la violencia a la hora de imponer la ley por medio de la brutalidad policial, una caja de ahorros llamada Chelsea Clinton, una plaza "cívica" con el nombre de Jerry Springer y como cumbre un programa de investigación en el que, tras convertirse Robocop en un renegado, sus reporteros deciden ir a visitar de manera furtiva la sala donde se realizaba hasta ese momento su mantenimiento preguntándose que hay dentro del disco duro de la memoria del personaje (¿peliculas de Barbra Streisand, la existencia de vida extraterrestre, pornografía?) o el momento en el que se menciona el culo del protagonista para seguidamente salir una aplicación interactiva en pantalla en la que si pinchamos nos permite a los espectadores saber más cosas sobre el culo de agente cibernético.




Esa es la tónica general a la hora de retratar lo manipulados que están los medios de comunicación en la miniserie, son tantos los chistes, tantas las bromas ocultas que mientras tenemos a una presentadora hablando de la OCP puede pensar por los ciudadanos y quitarles así esa engorrosa tarea por la parte baja y superior de la pantalla destilan mensajes como que sólo un mal americano que no mira por la seguridad de su familia no aceptaría el libre comercio de armas para defender sus derechos. Hasta tenemos unos anuncios publicitarios protagonizados por una especie de Michael Moore de baratillo criticando esos mismos medios y acusando a los televidentes de ser los conejillos de indias de una corporación que por medio de un programa informático llamado SAINT quiere controlar desde las oficinas centrales de la OCP toda la energia de Delta City. En resumidas cuentas, por fin alguien capta la esencia del verdadero Robocop, el que vive en un futuro privatizado, fascistoide, globalizado y por desgracia no muy diferente a los tiempos que estamos viviendo en la actualidad.




Lo demás es acción por un tubo, personajes pintorescos, simpáticos villanos de opereta, violencia más o menos cruda, dos pares de tetas furtivas, muchas armas eléctricas, científicos pirados, yuppies engreidos (con una tal actriz llamada Maria del Mar de origen madrileño de muy buen ver) cierta inciedencia en la piscología del protagonista y un nuevo Robocop para enfrentarse con el clásico en varios combates cuerpo a cuerpo y tiroteos que no están mal pero que finalmente se llegan a hacer cansinos por redundantes. Los actores se esfuerzan y aunque podemos ver rostros más o menos conocidos del cine canadiense como Page Fletcher (Carretera al Infierno) Maurice Dean Wint (Cube) Leslie Hope (Hablando con la Muerte, 24) o Geraint Wyn Davies, protagonista de aquella mediaocridad catódica titulada El Señor de las Tinieblas (Forever Knight en su nombre original) que llenó mi infancia de vampiros modernos a lo Anne Rice pero en cutre y que casi con toda seguridad inspiró a Joss Whedon y David Greenwalt para crear la serie Ángel, el reparto está formado por intérpretes que parecen salidos de cintas eróticas de medio pelo.




Si tenemos en cuenta su origen y los motivos por los que fue gestada este miniserie Robocop: Prime Directives es, no sólo un producto entretenido y bastante aceptable, también la obra en imagen real que, como ya he mencionado, es más fiel a la esencia del personaje que toma como protagonista y una grata sorpresa que hace pasar al espectador seis horas harto entretenidas entre acción, sátira, reminiscencias al género western (el terrible tema principal parece un corte compuesto por Alan Silvestri creyéndose Ennio Morricone bajo los efectos de la mescalina) no sólo un Robocop sino dos y muy buenas intenciones que eclipsan los pocos medios con los que el proyecto fue gestado y que fueron suficientes para crear la pieza audiovisual más simpática e irónica relacionada con Robocop desde la película que lo vio nacer como icono de la cultura pop.



sábado, 22 de febrero de 2014

Robocop (2014)



Título Original Robocop (2014)
Director Jose Padilha
Guión Joshua Zetumer basado en personajes de Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Joel Kinnaman, Gary Oldman, Michael Keaton, Abbie Cornish, Samuel L. Jackson, Jackie Earle Haley, Michael K. Williams, Jay Baruchel, Jennifer Ehle, Marianne Jean-Baptiste





Este mes de febrero que le estoy dedicando al personaje de Robocop tiene origen en el estreno de este remake que ha despertado un agradable revival sobre la creación de Ed Neumeier, Michael Miner y Paul Verhoeven con monográficos, nuevas colecciones de cómics, ediciones especiales de la película original en distintos formatos domésticos y una nueva fiebre que nos recupera al personaje de los 80 mitad hombre, mitad máquina, todo policía. No sé si por haber ido con las expectativas muy bajas o porque realmente es una película más que decente he salido bastante contento del cine con la versión que el carioca Jose Padilha ha dado de Robocop, aunque con varias reservas como es lógico.




El proyecto llevaba dando vueltas por la Metro Goldwyn Mayer desde hace años pero cuando aquella entró en bancarrota hace unos años aparcó la idea. Para dirgirla se habló durante bastante tiempo de Darren Aronofsky, talentoso cineasta pero también un catacaldos que ha estado implicado en la pre producción de films sobre Batman, Lobezno y Robocop sin llegar nunca a desarrollarlos. Finalmente esa responsabilidad cayó sobre el brasileño Jose Padilha autor de las dos soberbias entregas de Tropa de Élite. Poco después de elegir el reparto (cayéndose Hugh Laurie como villano y ocupando su lugar Michael Keaton) Fernando Meirelles (amigo de Padilha) comentó en una entrevista que su colega estaba pasando un calvario en la producción del remake de la obra de Paul Verhoeven, declaraciones que el realizador negó elegántemente poco después.




Una vez vista la película puedo proclamar lo que todo esperábamos. Sí, es un hecho, esta Robocop (2014) palidece brutalmente al ser comparada con la versión de 1987 y no es ni de lejos tan buena como aquella. Pero no es una pieza desdeñable, respeta el contexto (que no el tono) de aquella y en ningún momento la mira por encima del hombro o se cree superior a ella, como sí le sucedió al (también innecesario) remake de Desafío Total que, a diferencia de esta revisión que ha hecho Jose Padilha del cyborg policía, tenía poco o nada de interés como obra cinematográfica y mucho de egolatría por parte de sus autores. El resultado es una cinta comercial de ciencia ficción bien facturada en todos sus aspectos que trata de transmitir un mensaje político interesante y otro más humanista que no están mal expuestos si tenemos en cuenta la naturaleza impersonal del producto que por otro lado carece de verdadera personalidad o inventiva.




Como comento el trasfondo de crítica política sigue en este reboot. José Padilha y su guionista Joshua Zetumer mantienen la visión dura en la que corporaciones capitalistas sustentadas en un consumismo cuyas bases nacen de crear en la población falsas necesidades son las que rigen el devenir de los ciudadanos, ya no sólo de Detroit, también del país entero e incluso de otros localizados en el extranjero. Pero los autores prefieren centrarse esta vez en la política exterior de Estados Unidos haciendo un retrato de bastante incorrección política sobre cómo la proliferación de drones para las maniobras de pacificación en países desfavorecidos abocan a América a convertirse en una insaciable máquina imperialista cercana al fascismo, en resmuidas cuentas, a transformarse en lo que se conoce como la "policía del mundo".




Pero si por un lado esta Robocop del año 2014 mantiene el subtexto de la visión crítica de corte político or otro carece totalmente del tono satírico y lacerante de la versión de Paul Verhoeven. Lo mejor de la producción de 1987 es que detrás de su visión distópica sobre un futuro globalizado y fascistoide se escondía una mirada sardónica de un humor muy negro y una perspectiva desnaturalizada y paródica del cine de acción de los años 80 auspiciado por actores como Arnold Schwarzzenegger o Sylvester Stallone. Nada de este tono de comedia malintencionada puede verse en la obra que nos ocupa. Padilha y sus colaboradores quieren molestar pero no meter el dedo en la llaga, levantar la voz pero no gritar, herir pero no matar y en ese sentido sus intenciones quedan lejos de las de el guión de Ed Neumeier y Michael Miner que no hacía prisioneros e iba directamente a la yugular. Sólo en el pasaje del reclutamiento de los candidatos para dar forma al proyecto Robocop se puede ver algo de la incisiva mala baba del film original y con eso no tenemos suficiente.




Por otro lado sí hay en el Robocop del director de Ônibus174 una clara intencionalidad de ahondar en la mente de Alex Murphy y en el dilema de lo que su confinamiento en un cuerpo mecanizado supone para su vida y la de los que le rodean. En ese sentido la cinta muestra unas buenas intenciones del todo encomiables, el guión toma reminiscencias de Frankenstein o el mito del Golem (como ya hacía el film de los 80) para perfilar con elegancia la psique del protagonista que debe afrontar su nuevo estatus asumiendo que su humanidad ha desaparecido casi por completo aunque su mente siga siendo la misma que antes de sufrir el accidente. Sirva como ejemplo la impactante secuencia en la que el Doctor Denneth Norton "ilustra" a Murphy con respecto a lo que queda de su cuerpo humano que es un momento de competente dramatismo que apela a cierta profundidad emocional que le queda bien al producto. Sólo en lo relacionado con la mujer y el hijo del protagonista se adentra la trama en cierto sentimentalismo comercial, pero nunca llegando a la sensiblería barata.




Técnicamente el largometrahe es intachable tanto por la labor de José Padilha detrás de la cámara como por todo el diseño de producción que forma el conjunto de la película que como es lógico es todo lo holgado que se puede esperar de una producción rompetaquillas de esta índole. Cámaras al hombro, uso de falsas imágenes de archivo, entrevistas y reportajes a pie de calle, informativos sensacionalistas y tendenciosos, el brasileño utiliza todo tipo de recursos para dar forma a un producto rico en su estructura que trata por todos los medios de transmitir también algo de autoría. Pero ahí por desgracia no consigue triunfar ya que aunque en esta Robocop hay señas de identidad director de las dos Tropas de Élite como algunas resoluciones visuales o el retrato incómodo sobre las fuerzas de la ley y la corrupción de los partidos políticos el resultado se antoja bastante impersonal en casi todo momento.




Aunque sí hay que reconocerle a José Padilha el estilo con el que ha driblado con la innecesaria calificación PG-13 del largometraje que como sabemos nos impide ver en la cinta la brutal y explícita violencia de la versión de Paul Verhoeven. El carioca no escatima en explosiones, tiroteos y secuencias duras en las que como es lógico casi no vemos una gota de sangre, pero que están formalmente muy bien ejectuadas (el arranque con los ED-209 en Teherán, la prueba de adiestramiento de Murphy ante los jefazos de Omni Corp con Hocus Pocus de los Focus sonando de fondo o el asalto al almacén de Antoine Vallon) y poco se les puede reprochar en el plano técnico. De todas formas conociendo a los de Hollywood y cómo les gusta rascar dinero con los formatos domésticos no sería de extrañar que cuando el film salga en blu-ray y dvd editen una versión uncut con unas escenas de acción más propias de una califiación R, algo parecido a lo que hicieron con el ya mencionado remake de Desafío Total.




Lo del reparto antes del estreno sabíamos que iba a ser uno de los puntos fuertes del largometraje y como es lógico no decepciona en ningún momento. Joel Kinnaman (inolvidable Stephen Holder en la magnífica versión americana de The Killing) hace un excelente trabajo como Alex Murphy/Robocop, sabe transmitir la melancolía y furia del personaje sobre todo cuando ya ha sido convertido en una máquina y aunque nos nos hace olvidar al pletórico Peter Weller tampoco ensucia la labor de aquel porque su trabajo no es nada desdeñable. Muy bien también Gary Oldman como el íntegro Doctor Dennett Norton, Jack Earl Haley como Rick Mattox (el personaje más Verhoeven del film), una esforzada Abbie Cornish como Clara Murphy, Michael K. Williams como el nuevo Lewis o Michael Keaton como Raymond Sellars (una mezcla de los personajes de Miguel Ferrer y Ronny Cox de la versión de 1987) alégremente recuperado para el cine hollywoodiense aunque habiéndose hecho algo en la cara que lo ha convertido en una mezcla entre los actuales Billy Cristal y Lars Ulrich.




Robocop 2014 es una obra innecesaria como remake y aunque mantiene varias constantes de la película en la que se inspira, la idolatra por medio de continuas referencias (la fanfarria de Basil Poledouris sonando al inicio del film, los ED-209, el color del primer prototipo del traje, la aparición a modo de cameo del original) y la respeta, su existencia como revisión de una cinta de culto que no necesitaba ser modernizada, porque a día de hoy sigue siendo actual, se antoja un capricho puramente económico. Pero como muestra de ciencia ficción comercial es un producto competente, sobresale en cierta manera entre tanta pieza vacua que puebla la cartelera y hace pasar poco menos de dos horas muy entretenidas ofreciendo un trabajo agradable y resultón que podría haber salido mucho peor y que por la labor de los profesionales que se implicaron en su gestación no ha quedado nada mal. Ahora, lo de la secuela que se lo piensen bien, porque si la segunda parte de la cinta original fue un producto fallido la de este remake puede llegar a ser un desastre de proporciones cibernéticas.