Mostrando entradas con la etiqueta terrorismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta terrorismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de octubre de 2017

Fe de Etarras, días contados



Título Original Fe de Etarras (2017)
Director Borja Cobeaga
Guión Diego San José y Borja Cobeaga
Reparto Javier Cámara, Julián López, Miren Ibarguren, Gorka Otxoa, Ramón Barea, Luis Bermejo, Tina Sáinz, Bárbara Santa-Cruz, Josean Bengoetxea




Desde que se curtiera en las trincheras del mítico programa Vaya Semanita el guionista y director donostiarra Borja Cobeaga se ha convertido en uno de los nombres más representativos de la comedia española. Tras su ópera prima Pagafantas, y su segundo trabajo, No Controles, Cobeaga y su colaborador Diego San José conocieron la fama y el éxito de un día para otro por ser los guionistas detrás de los dos enormes pelotazos que supusieron Ocho Apellidos Vascos y su secuela, Ocho Apellidos Catalanes, la primera de ellas todavía hoy la película más taquillera de la historia del cine español. Con respecto a Cobeaga mientras ofrecía sus servicios como escritor para los films de Emilio Martínez Lázaro paralelamente se dedicaba a sacar adelante sus proyectos como cineasta, mucho más personales y menos comerciales. Su tercer film, la excelente Negociador, era una comedia melancólica, elegante y muy efectiva inspirada en las negociaciones que Jesús Eguigurén, presidente del PSE (Partido Socialista de Euskadi) durante doce años, mantuvo con la banda terrorista ETA entre 2005 y 2006 y poseía un trazo minimalista, unos actores magníficos encabezados por un enrome Ramón Barea y abordaba el tema con humor pero siempre incidiendo en el respeto y el buen gusto por parte de su máximo responsable suponiendo un antes y un después en su carrera detrás de las cámaras.




Aunque Fe de Etarras nació como idea en los tiempos en los que Borja Cobeaga y Diego San José colaboraban juntos en el ya mencionado programa de ETB 2, como proyecto cinematográfico se ha pasado dando vueltas sin rumbo fijo una década durante la que nunca encontró un valedor que decidiera financiar la idea de ambos guionistas. A mediados del mes de Mayo del presente año saltaba la noticia, la plataforma streaming Netflix se ocuparía de financiar y estrenar una Fe de Etarras que, en palabras de sus creadores, poco tenía que ver ya con aquel argumento nacido en el seno del célebre programa televisivo vasco. Después de una estúpida polémica relacionada con la publicidad para promocionar el film, y que se hubiera zanjado rápidamente si muchos de los “afectados” por ella hubieran visto el trailer para comprender el contexto del chiste, y tras haber pasado con bastante buen recibimiento por el último Festival de San Sebastián el pasado 12 de Octubre el largometraje se estrenó en Netflix. Nosotros ya hemos podido ver la obra y tanto la espera como el resultado han merecido considerablemente la pena.




Vaya por delante, para que quede claro desde un principio, que Fe de Etarras en ningún momento hace mofa con las victimas del terrorismo de ETA, todo lo contrario, a quien ridiculiza es al cuarteto de miembros de la banda que forman el comando que comparten piso franco en Madrid esperando la llamada de la cúpula que les dé la orden de cometer el atentado que les permita demostrar que la facción del grupo que quiera abandonar la lucha armada está equivocada. Todo esto localizado en el contexto del verano del 2010 en el que se celebró el mundial de Sudáfrica del 2010 que la selección española acabaría, contra todo pronóstico, ganando para regocijo de (casi) todo el país. De este modo Martín (Javier Cámara), Ainara (Mirem Ibargurén), Álex (Gorka Otxoa) y Fernando (Julián González) se encontrarán en la tesitura de pasar desapercibidos en lo que ellos consideran un “entorno hostil” (encontrarse rodeados de banderas de España y enaltecidos seguidores de “La Roja”) haciendo tiempo hasta que su superior Artexte (Ramó Barea) les dé el aviso para ponerse en acción mientras tratan de pasar el tiempo como buenamente pueden.




Fe de Etarras es la evolución lógica de Negociador, algo que se deja notar desde el mismo arranque del largometraje con la magnífica primera escena que marcará el tono de lo que posteriormente nos ofrecerá la obra a manos de Borja Cobeaga y Diego San José. Pero también es cierto que en cierta manera es más dada al humor absurdo y hasta algo vitriólico que aquella, heredando mucho el espíritu de la ya mencionada Vaya Semanita o la webserie reconvertida en producto catódico ¡Qué Vida Más Triste! (en la que también colaboró como guionista San José) y mezclándolo con otras influencias como los inevitables Luis García Berlanga y Rafael Azcona más satíricos, salvando las evidentes distancias, con todo lo relacionado con la “identidad nacional” tanto de españoles como vascos, pero sin caer en el costumbrismo de brocha gorda de Ocho Apellidos Vascos y su secuela. Este piso franco es casi la única localización en la que se mueve el cuarteto protagonista y es el exiguo terreno donde los guionistas deberán trabajar, pero gracias a un continuo encadenado de gags se harán fuertes a la hora de retratar la lucha clandestina, sobre todo en los últimos años de ETA, como un disparate llevado a cabo por cachorros de la kale borroka que no saben ni fabricar un artefacto explosivo.




En esa visión absurda de utilizar la violencia por ideas sectarias arraigadas en un antiespañolismo crónico que en no pocas ocasiones promulga lo que supuestamente están criticando como independentistas vascos y la infelicidad de las personas que estuvieron vinculados a ETA viéndose recluidos en pisos francos de los que no podían salir por miedo a ser descubiertos por las fuerzas de la ley del estado español es donde Diego San José y Borja Cobeaga crean el caldo de cultivo de Fe de Etarras y el resultado ofrece pasajes sencillamente descacharrantes. Martín como etarra cobarde y nacido en la Rioja, Ainara y Álex como amantes dentro del seno de una banda terrorista dando sus estertores de muerte y “Pernando” un albaceteño que quiere ser miembro por pleno derecho del grupo (con apodo incluido) porque defiende la causa y “odia España” son los personajes que protagonizan gags memorables como el del trivial, el primer encuentro con los personajes de Luis Bermejo (Magical Girl) y Tina Sáinz (Barcelona, Noche de Invierno) las obras relacionadas con el plato de ducha y el tabique del piso o la de la gigantesca bandera de España dan buena muestra del control del timing que los dos guionistas y el director tienen del material con el que están trabajando.




Con un cuarteto de protagonistas en estado de gracia, pero comandados por un Javier Cámara que devora el encuadre cada vez que la cámara repara en su presencia, un guión que sin explotar al 100% el potencial que tienen en su poder consigue estructurarse de manera adecuada y sacar momentos de comedia potente en no pocas ocasiones y una dirección muy profesional por parte de Borja Cobeaga Fe de Etarras es no sólo un proyecto muy competente que da muestras del buen gusto de los responsables de Netflix España a la hora de producir cine patrio, sino también una amalgama de vanguardia y clasicismo en la que se aunan por un lado las ganas de intentar mirar atrás sin ira con respecto a algo tan terrible como el terrorismo de ETA, que es parte de la historia reciente de nuestro país, ridiculizando a aquellos que la construyeron y perpetuaron y por otro el legado del cine de maestros como los anteriormente citados, Berlanga y Azcona, que nos demostraron que se podía utilizar un género como la comedia para hablar de temas que no tenían ninguna gracia y que eran indivisibles de la personalidad de este país repleto de claroscuros y tragicomedia que responde al rimbombante nombre de España.



viernes, 24 de mayo de 2013

La Jungla: Un Buen Día Para Morir, desde Rusia con sopor



Título Original A Good Day to Die Hard (2013)
Director John Moore
Guión Skip Woods basado en personajes de
Actores Bruce Willis, Jai Courtney, Sebastian Koch, Mary Elizabeth Winstead, Julia Snigir, Amaury Nolasco, Megalyn Echikunwoke, Cole Hauser, Anne Vyalitsyna, Yuliya Snigir, Melissa Tang, Pasha D. Lychnikoff, Radivoje Bukvic, Sergei Kolesnikov





En 1988 un John McTiernan en todo su apogeo como director de cine de acción y con la ayuda al guión de Jeb Stuart (El Fugitivo) y Steven E. de Souza (director de la mítica Street Fighter: La Última Batalla) adaptó la novela Nothing Lasts Forever de Roderick Thorpe a imágenes en una película llamada Die Hard en Estados Unidos y La Jungla de Cristal en España. El largometraje lanzó a la fama a Bruce Wilis como action heroe ofreciéndonos uno de sus personajes más recordados, el incansable y muy humano John McClane, además fue un éxito de taquilla que hasta se recibió más o menos bien por la crítica. A día de hoy es una obra de culto dentro del género thriller y una de las piezas cinematográficas estadounidenses que hay que ver sí o sí en festividades navideñas.




Dos años después llegó la secuela, Die Hard 2: Die Harder, rebautizada aquí La Jungla 2: Alerta Roja, ya que se prescindió del "cristal" porque la historia estaba localizada en un aeropuerto en el que John tenía que acabar con un grupo de mercenarios que querían liberar a un dictador sudamericano interpretado por el gran Franco Nero si la memoria no me falla, porque ciertamente la vi hace años y no la recuerdo todo lo bien que quisiera. La batuta de la dirección se la cedió John McTiernan al mediocre Renny Harlin y si bien la película era inferior a la primera parte se mostraba entretenida, tenía buenos momentos y McClane seguía ofreciendo salidas memorables.




Seis años tardó en llegar la tercera parte Die Hard With a Vengeance, esta vez La Jungla de Cristal: La Venganza nuestro país, el vidirio volvía al título porque la acción tenía lugar a lo largo y ancho de New York y claro, la misma está plagada de edificios y rascacielos, a nuestros avispados traductores no se les escapa una. Para un servidor hablamos de la mejor y definitiva entrega de la saga, John McTiernan volvía a ponerse detrás de la cámara ofreciendo no sólo su último gran thriller, también uno de los mejores films de acción de los 90 con John más John que nunca, Samuel L. Jackson dándole la réplica como nadie interpretando al electricista Zeus Carver, un memorabe villano llamado Simon a manos de un Jeremy Irons que poco tenía que envidiarle a su hermano en la ficción, el inolvidable Alan Rickman de la primera parte que se metió en la piel de Hans Gruber, y escenas de acción sencillamente brillantes que no daban un respiro ya que la película empezaba con una explosión e iba subiendo, Cecil B. Demile sonreía desde su tumba.




En 2007, cuando nadie lo demandaba y la saga se había cerrado magistralmente como una trilogía intachable se estrenó una cuarta parte. Live Free or Die Hard (La Jungla 4.0) a manos del negado Len Wiseman (Underworld, Total Recall) que era de todo (una cinta hueca, estruendosa, digitalizada hasta el extremo, nada realista, fantasma) menos una nueva entrega de las aventuras de John McClane. El resultado como comento fue un disparate lleno de ruido aparatoso y ridículo (lo del caza era de traca) protagonizado por Bruce Willis pero no por el protagonista de la verdadera Die Hard. A ello sumémosle la presencia de una insportable hija interpretada por la guapa Mary Elizabeth Winstead, un insufrible compañero de juerga al que dio vida Justin Long, un malo de parvulario a manos de Thimoty Olyphant y una calificación moral PG-13 que llenó el film de violencia Disney.




Pero claro, el éxito de taquilla dio pie a que no se descartara la posibilidad de una nueva entrega, que ya sería la quinta. Este 2013 ha sido el elegido para que vea la luz esta A Good Day to Die Hard, La Jungla: Un Buen Día Para Morir y ya el trailer presumía de ofrecer más de lo que ya dio la cuarta entrega pero esta vez al menos con una calificación R, como en las tres primeras cintas. Todo apuntaba mal en el proyecto. Ser la continuación de una tercera secuela de considerable mediocridad, estar dirigida por ese mercenario llamado John Moore (Tras la Línea Enemiga, los remakes de La Profecía o El Vuelo del Fénix), estar escrita por el infame Skip Woods, autor de los libretos de X-Men Orígenes: Lobezno o El Equipo A y tener, esta vez, a otro hijo de McClane como acompañante del protagonista. ¿El resultado?, el esperado indudablemente. Otra chorrada sin pies ni cabeza con mucho ruído y ninguna nuez.




El argumento no tiene ni pies ni cabeza. John McClane se va de vacaciones a Rusia y en la capital moscovita se encuentra con su hijo Jack que está infiltrado en un grupo de mafiosos rusos de caras enjutas, antiamericanismo exacerbado y clichés vergonzosos. La película desde el minutos cinco, más o menos, está formada por unas alargadas escenas de acción con tiros, persecuciones, explosiones y aparatosidad formal que se alternan con otras en las que John y su hijo Jack hacen chocar sus personalidades intentando el guión dar algo de entereza y carisma a la relación entre dos actores y personajes que tiene menos química que si la hubieran protagonizado Nacho Vidal y Rouco Varela.




Hay algo curioso en una película como A Good Day to Die Hard. La escenas de acción son mecánicas, interminables, sí, al menos al inicio del film no abusan de los efectos digitales y tienen un tono más artesanal y retro, pero son impersonales, estruendosas y sin talento o verdadera fuerza. Pero es que cuando los dos protagonistas se ponen a hablar y a tratar de dar hondura a su relación entre padre e hijo el espectador echa de menos las explosiones, la pólvora y las muertes por muy deficientemente que estén expuestas. Porque es curioso que una película que hace lo indecible con tal de llamar la atención del espectador por medio del más burdo de los artificios tenga tan poco que contar (la trama no avanza absolutamente nada en todo el metraje y lo haga de manera tan penosa y plana.




En pleno 2013 cuando parecía que los estadounidenses habían superado los estereotipos sobre Rusia, el comunismo y su odia haca los "cowboys" va esta quinta entrega de La Jungla de Cristal y los recupera todos retratando un Moscú en el que sólo viven mafiosos, millonarios corruptos y gente de la peor calaña que habla "raro"  es antipática y a la que un americano de bien (John o su primogénito) tiene que callar la boca a hostias o disparos. Lo cierto es que para eso mejor que el espectador se ponga  Danko: Calor Rojo, de Walter Hill, que era más graciosa, tenía más encanto y rebosaba desvergüenza a la hora de meterse con los hijos de la antigua U.R.R.S. 




Una vez más tenemos a Bruce Willis, pero no al gran John McClane, ese hombre que que fumaba y bebía, que tenía que eliminar a sus rivales a regañadientes, que sentía y padecía y que llegaba a tener miedo (enorme la escena con el cartel racista en pleno Harlem durante la tercera entrega). Aquí no, este tío al que da vida el protagonista de 12 Monos es un viejales descerebrado que no teme a las colisiones automovilísticas, a las balas, las armas blancas y que engancha su metralleta y se pone en medio de la línea de fuego sin pensárselo dos veces porque tanto él como nosotros sabemos que no va a morir de ninguna manera, en todo caso sangrará un poco por algún impacto y hará algún comentario supuestamente jocoso que no será ni la sombra de los memorables diálogos que salían de su boca durante los tres primeros films.




La Jungla: Un Buen Día Para Morir es una chorrada indigna de la saga a la que se adscribe y de la que sólo se salva esa señorita llamada Julia Snigir que no puede ser más agraciada físicamente. La obra que nos ocupa es la lógica extensión de la ya de por sí del todo olvidable cuarta entrega ya que comparte con aquella estar ejecutada con una impersonal y alarmante desgana, ser artificiosa hasta lo indecible (esos helicópteros digitales que por cierto pueden acribillar con misiles un edificio en pleno centro de Moscú sin que pase nada, se ve que es lo "habitual" en tierras  rusas según los creadores de la película) y tratar de seguir la terrible senda de querer convertir en un tío familiar a nuestro querido y admirado John MacClane. Aquel que iba descalzo por el Nakatomi Plaza, aquel que se lamentaba de su suerte en un aeropuerto o el mismo que mandaba recuerdos al hermano de Simon Gruber antes de darle el tiro de gracia, ese que en esta A Good Day to Die Hard no aparece en ningún momento en pantalla.


domingo, 28 de abril de 2013

Iron Man 3



Título Original Iron Man 3 (2013)
Director Shane Black
Guión Drew Pearce y Shane Black basado en los cómics de Stan Lee, Jack Kirby, Don Heck, Wilson Meza y Larry Lieber.
Actores Robert Downey Jr., Ben Kingsley, Gwyneth Paltrow, Don Cheadle, Guy Pearce, Rebecca Hall, James Badge Dale, Stephanie Szostak, Wang Xueqi, Miguel Ferrer





Cuando la editorial de cómics norteamericana Marvel quiso hacerse totalmente con el control creativo de los largometrajes que llevaban a imágenes las vivencias de sus personajes en viñetas crearon la productora Marvel Studios. La puesta de largo de la misma se llevó a cabo con Iron Man, la primera adaptación en imagen real del personaje creado por Stan Lee, Larry Lieber, Don Heck y el inolvidable Jack Kirby en 1963 y que narraba las aventuras de Tony Stark, un genio multimillonario y filántropo (émulo del magnate Howard Hughes) que defendía a los inocentes embutido en una armadura casi indestructible de su propia creación.




En 2008 el largometraje se estrenó y fue un rotundo éxito. La cinta dirigida por el actor, guionista y cineasta Jon Favreau desprendía simpatía, acción, humor, era, hasta cierto punto, fiel con el espíritu del personaje y ofrecía lo que se esperaba de ella, cine de entretenimiento bien hecho, rematado con oficio y para todos los publicos. Aunque el tótem que hacía que la película se mantuviera sólida en todo momento era un Robert Downey Jr que había nacido para ser Tony Stark. Guardando la esencia del rol clásico pero añadiéndole unas gotas de la chulería de su versión Ultimate (la creada por Mark Millar y Bryan Hitch) el actor de Chaplin se convirtió en lo mejor de la velada confirmando su rehabilitación personal y profesional marcada por años de excesos.




Dos años después llegó la secuela con prácticamente el mismo equipo técnico y artístico y en la taquilla volvió a funcionar pero ni la crítica ni el fandom fueron muy generosos con ella. Estando lejos de la primera parte era un entretenido fuego de artificio bien realizado pero que pecaba de cierta aparotosidad (síndrome de casi toda secuela hollywoodiense que se precie de serlo) y una innecesaria autocomplacencia que se veía reflejada en una trama irregular y un Tony Stark demasiado encantado de conocerse, ya que el guión del actor Justin Theroux (Mulholland Drive) parecía regodearse demasiado con las famosas salidas cómicas del protagonista que en esta ocasión no siempre tenían la frescura que sí destilaban en la primera entrega.




Su siguiente intervención cinematográfica llegó con el festival, la bacanal, el climax, la season finale que supuso esa pequeña joya del cine comercial actual llamada Los Vengadores, que aún siendo una cinta coral (pocos autores hay en Hollywood que entiendan mejor que Joss Whedon el concepto de trabajo en equipo) le tenía a él como piedra angular con sus dudas, su afán de superación y deliciosa altanería y si no fuera por las brutales intervenciones de Hulk la cinta del director de Serenity hubiera sido más suya que de ningún otro. Tras el éxito a nivel mundial Marvel Studios decidió poner en marcha su Fase 2 con la que llegarían films como las secuelas de Thor y el Capitán América, la primera película del Hombre Hormiga, el debut de los Guardianes de la Galaxia, en un tiempo lejano Los Vengadores 2 y como no, la tercera parte de Iron Man que nos ocupa y que da comienzo a la nueva aventura cinematográfica de los personajes en imagen real de la Casa de las Ideas.




Tras la batalla en New York que compartió con sus compañeros los Vengadores Tony Stark/Iron Man no parece el mismo, eso piensan al menos sus allegados como Pepper Potts o James Rhodes (anteriormente Maquina de Guerra, ahora Iron Patriot, guardaespaldas del presidente del gobierno de los Estados Unidos) ya que se ha obsesionado con su trabajo encerrándose en el sótano de su enorme mansión. Pero todos sus problemas se multiplicarán cuando hagan aparición Aldrich Killan y Maya Henesen, dos personas vinculadas con su pasado más o menos reciente y el Mandarín, un terrorista internacional de corte radical que está decidido a sembrar el caos a lo largo y ancho del país así como eliminar a Tony y todo su imperio empresarial hasta reducirlo a cenizas.




Shane Black (guionista de El Último Boy Scout, Arma Letal o El Último Gran Héroe y director de la muy recuperable Kiss Kiss Bang Bang) ocupa el puesto de un Jon Favreau que esta vez ejerce sólo de productor ejecutivo y secundario con su rol de Happy Hogan (enormes las coñas internas que se hacen con el "nuevo puesto" de su personaje si lo extrapolamos a su labor como director) y el cineasta ofrece todo su oficio para estar a la altura de la franquicia y sin lugar a dudas lo consigue incluyendo además algunos cambios conceptuales. Pero me veo en la obligación de ser coherente y declarar que no hablamos ni de la joya que proclaman algunos, ni de la herejía en imágenes que afirman otros. A continuación algún spoiler de la trama.




Iron Man 3 es una buena película de superhéroes realizada por un director que conoce los thrillers como la palma de su mano, no desentona para nada con el resto de la franquicia, tiene escenas de acción magníficas realizadas con aplomo a pesar de ser mastodónticas en su ejecución y para colmo revitaliza la saga con respecto a la segunda parte. Black es mejor cineasta que Favreau, controla mejor el ritmo, los utensilios que tiene a su disposición y se le da mejor el humor (a diferencia del creador de la cinta Swingers, Black sí interviene oficialmente en la escritura del guión de su entrega de Iron Man y se nota) porque es un hombre curtido como narrador en todo tipo de buddy movies hollywoodienses.




El largometraje sabe mantener un equilibrio entre escenas espectaculares de atentados, combates o batallas épicas con momentos de cierta introspección más contenida en la que Stark se replantea conceptos de su vida personal como la dependencia de sus armaduras, su relación con Pepper Potts (con bastante más protagonismo en esta entrega y con momento Rescate incluido) o su futuro como Iron Man, por que sí, es cierto eso que dicen, el protagonista de la cinta que nos ocupa es más Tony Stark que su alter ego superheróico, pero no se mete Black en terrenos fanganosos a la hora de psicoanalizar a su criatura, esto es un film de la Marvel Studios y la diversión y el desenfado imperan a lo largo de casi todo el metraje.




El grueso del argumento está en gran parte basado en la saga Extremis editada en los años 2005 y 2006 e ideada por el guionista inglés Warren Ellis y el dibujante también británico pero de origen bosnio Adi Granov (curiosamente diseñador de las armaduras del personaje en cine) pero tiene apuntes de muchas otras. El mayor acierto es que el guión se desvincula un poco de las cintas anteriores y se entrega a una historia atípica al menos en lo referente al protagonista, que ejerce más bien poco a lo largo del metraje como Iron Man, aunque eso no hace que el producto se resienta lo más mínimo ya que de esta manera Black enfatiza la ironía, el humor y los momentos en los que los personajes interactúan con bastante convencimiento, pero nunca olvidándose de la acción, que es espectacular en todo momento.




Hay grandes secuencias en Iron Man 3, el ataque a la casa de Stark y todo lo que ello conlleva, las apariciones televisivas del Mandarín (deudoras indudablemente del terrorismo islamista radical en general y de las que grababa Osama Bin Laden en particular) las intervenciones de los infectados con el virus Extremis (muy acertado el trabajo físico de James Badge Dale) que dan pie a escenas técnicamente muy trabajadas y hasta la interacción de Tony con el crío pequeño aún estando llena de clichés tiene sus momentos gracias a lo espabilado que es el infante y la ironía que destila el protagonista. Aunque también son de agradecer algunos de los giros del guión, unos más previsibles y otros menos, algunos del todo rocambolescos y unos pocos bastante coherentes, pero si no contamos el que ha montado el revuelo los demás no han dado mucho que hablar porque no desentonan con el conjunto.




Y así nos metemos en el tema que más ampollas está levantando con respecto al film, sobre todo si nos referimos al fandom y los seguidores del cómic. El giro brutal que se da con el Mandarín pude gustar o no, puede tener sentido o ser un disparate, pero detrás de su inesperada ejecución se esconde un mensaje muy interesante sobre cómo en Estados Unidos se busca al enemigo fuera cuando en última instancia lo tienen dentro de sus propias fronteras. Mensaje que está tan al día que me extraña que no se haya pospuesto el estreno del largometraje tras la trágica matanza de la maratón anual de la ciudad de Boston. A un servidor, fan de los cómics y del villano en concreto, le ha parecido una broma simpática (aunque sí, un tanto blasfema, para qué negarlo, pero sin llegar a extremismos)  para quitar fuerza a un personaje y dársela a otro y si se me apura hasta para parodiar Batman Begins de Christopher Nolan.




Con respecto al trabajo de Robert Downey Jr poca pega se le puede poner, el tipo conoce al personaje como a sí mismo (hay paralelismos entre ambos, qué duda cabe) y Black y su coguionista le regalan diálogos bastante más logrados y menos impostados que los de la segunda entrega (aunque no tan brillantes como los que le puso en bandeja de plata Joss Whedon en Los Vengadores, pero es que hablamos de un hombre que respira comedia por todos los poros de su piel cuando escribe) además se agradece esa intención de volver a las raíces de la saga cuando Tony tiene que valérselas de su talento como "mecánico" cuando no puede depender de su inseparable ejército de armaduras, humanizando así su lado más mundano y cercano para el espectador.




Entre los secundarios muy bien Gwyneth Paltrow y una guapísima Rebecca Hall, muy divertido Jon Favreau como Happy e interesantes las labores de Ben Kingsley (aunque claro está, mucho mejor antes del twist) y Guy Pierce, que al aparecer por primera vez en pantalla parece que va a ser un émulo del Edward Nigma de Jim Carrey en Batman Forever pero que acaba siendo algo mucho más interesante y acertado, aunque en ocasiones no deja de ser una versión hardcore del gran Artie Ziff, personaje salido de Los Simpson. Don Cheadle no tiene muchos momentos en pantalla por mucho Iron Patriot al que dé vida y me ha encantado el guiño a Robocop de Paul Verhoeven cuando ha aparecido Miguel Ferrer a su lado como vicepresidente y supuesto responsable del prototipo de la máquina. Por cierto, la secuencia que hay al final de los títulos de crédito es un guiño gracioso a los fans, no esperéis a Thanos masacrando civilizaciones enteras o adelantos de las tramas de Thor: Dark World o Captain America: Winter Soldier, no es nada de eso, aunque sí, hay estrella invitada.




Iron Man 3 es cine palomitero al 100%, divertido, rápido, ya que sus 130 minutos de metraje se pasan en un suspiro, aparatoso (más que la segunda parte, que ya es decir, pero el gran presupuesto y los efectos digitales están mucho mejor calibrados) y realizado por un Shane Black que sabe lo que hace al pie de la letra, aunque siempre teniendo en cuenta que los productores lo atan bastante en corto y no le dejan hacer todo lo que quisiera con el producto. La cinta supera a la secuela, se queda a poco de igualar a la primera pero tampoco es una maravilla, porque en mi opinión ese 7,9 que tiene a día de hoy en IMDB me parece un tanto exagerado y hasta un punto hilarante.




Con la tercera parte de Iron Man no comprendo a aquellos que hablan de una joya impagable dentro del celuloide sobre superhéroes, pero tampoco a esos puristas que se rasgan las vestiduras por las licencias que se toman con respecto al cómic. Pero sí me pongo del lado de aquellos espectadores más moderados que han salido del cine con una sonrisa de oreja a oreja al confirmar que nuestro Tony Stark, el de todos, sigue siendo el de siempre y que a pesar de ese final a lo fin de ciclo, que no se lo cree ni el espíritu de Jack Kirby, aún queda Iron Man para rato gracias a este agradable reinicio que el marine poco espabilado que murió  el primero en Predator le ha dado a la franquicia para encarrilarla en esa prometedora Fase 2.


viernes, 11 de enero de 2013

Zero Dark Thirty: La Noche Más Oscura



Título Original Zero Dark Thirty (2012)
Director Kathryn Bigelow
Guión Mark Boal inspirado en hechos reales
Actores Jessica Chastain, Joel Edgerton, Taylor Kinney, Kyle Chandler, Jennifer Ehle, Mark Strong, Chris Pratt, Mark Duplass, Harold Perrineau, Jason Clarke, Édgar Ramírez, Scott Adkins, Frank Grillo, Lee Asquith-Coe, Fredric Lehne, James Gandolfini, Reda Kateb





Tras el éxito internacional (taquilla, crítica, premios a lo largo de todo el globo incluyendo 6 Oscars) de la sobrevalorada En Tierra Hostil (The Hurt Locker) la directora norteamericana Kathryn Bigelow ha conseguido un nuevo status en el Hollywood actual. Tras las alabanzas del film protagonizado por un magnífico, pero antipático hasta lo indecible, Jeremy Renner, la ex mujer de James Cameron pasó de ser una realizadora irregular que ofrecía productos entretenidos (Acero Azul, K-19: The Widowmaker) y puntualmente alguna pieza de culto (Los Guardianes de la Noche, Días Extraños) a una cineasta reivindicada y con un nombre sólido dentro del panorama del celuloide comercial estadounidense.




Esta nueva posición le permite abordar proyectos más trascendentes en fondo y forma, así como recibir el respaldo de las productoras más importantes para realizar sus trabajos detrás de la cámara. Zero Dark Thirty es su última película y la misma aborda el proceso de búsqueda y captura del terrorista saudí Osama bin Laden, principal instigador del terrible atentado a las Torres Gemelas de New York el 11 de Septiembre de 2001. El resultado final tiene muchos aciertos en el plano cinematográfico, pero también algunos fallos que la hacen imperfecta.




Una joven agente de la CIA (Jessica Chastain) estuvo detrás de la búsqueda internacional del hombre más perseguido del mundo, Osama bin Laden, la cabeza pensante detrás del infame 11S. Su dedicación al caso fue total, con búsqueda infructuosa de pistas, sospechosos y compañeros que iban y venían sin implicarse demasiado en un seguimiento por tierra, mar y aire que parecía inútil, abarcando el mismo toda una década hasta que el 2 de Mayo de 2011 coordinó una operación de los SEAL de la CIA que supuestamente triunfó cuando eliminó al terrorista sirio en un asalto nocturno en la casa en la que estaba oculto en Pakistán.




Zero Dark Thirty es una notable recreación del proceso de búsqueda de Osama bin Laden, un largometraje de acabado acerado, rodado con mano firme y alejado de maniqueismos alarmantes o un patriotismos obvios y recalcitrantes. Kathryn Bigelow aborda el proyecto con un tono aséptico y distanciado y ahí se encuentran la mayoría de sus virtudes y alguno de sus fallos como producto cinematográfico. Por un lado al no haber una implicación moral notable, imperando un tono cuasidocumental, no podemos hablar de partidismos pueriles o mensajes tendenciosos, pero esa frialdad expositiva también permite justificar actos inhumanos llevados a cabo por la CIA.




Esto queda patente en la primera mitad del film cuando se nos expone en pantalla de manera naturalista, seca y áspera los métodos de tortura que los agentes de la CIA utilizan para sonsacar información a los sospechosos que tienen encerrados en cárceles clandestinas. Bigelow retrata estos actos de manera cruenta, sin edulcorar su ejecución y lo que vemos en pantalla se muestra terrible e inhumano, pero la directora no quiere hacer juicios de valor, al menos en guión no los hace. Ella como cineasta no glorifica estos métodos, pero tampoco los condena, los expone de manera realista, nos confirma que se llevaron a cabo y que funcionaron y ahí es cuando el espectador debe posicionarse ideológicamente. A mí me parecen del todo reprobables, pero esa ya es otra historia.




Bigelow mete su cámara en las oficinas de la CIA, en despachos políticos, en los pasillos de la Casa Blanca, no deja nada sin explicar, es más, en ocasiones sobreinforma al espectador, pero todo está llevado con profesionalidad y sin aspavientos. Como es lógico el núcleo central de la historia es el personaje de Maya, una Jessica Chastain de Oscar, que refleja en su psique maniática la sed de venganza de un país obsesionado con encontrar una cabeza de turco que expié sus propios demonios y sacie su imperiosa necesidad de aplicar la ley del Talión contra sus enemifos. Es interesante la evolución del personaje, cómo al inicio del film no puede asistir a las torturas de los sospechosos  para más tarde aceptarlas como "un mal menor" en pos de llegar a un fin determinado por el bien común de la su nación.




A pesar de lo interesante que es el personaje principal femenino, haciendo incluso que un grupo de secundarios magníficos como Jason Clarke, James Gandolfini, Mark Strong (estos dos últimos acompañados de sus terribles postizos capilares) bailen a su son saliendo airosa como mujer en un mundo de hombres, el cine de Bigelow sigue siendo, para bien o para mal, vigorosamente masculino, adrenalítico, aunque aquí esa adrenalina no se dispara hasta la magnífica media hora final, peroesto tampoco le impide dar su toque personal al personaje de Maya, que tiene interesantes matices a pesar de es contención sobre la que construye su personalidad y que pocas veces se ve resquebrajada.




Mucho se ha hablado del tramo final en el que se recrea el asalto y eliminación de Bin Laden, desde que es un prodigio de la técnica hasta que es la mejor escena cinematográfica del año. Lo cierto es que el clímax del largometraje funciona por no apelar a alardes y ni fuegos de artificio. Esa recta final está ejecutada con la misma austeridad seca del resto del metraje, además el tenebrismo con el que está realizado tiene un tono de cine de terror con un in crescendo de la tensión más que notable, aún siendo conscientes nosotros como espectadores de que conocemos el final de antemano. En la conclusión, cuando se lleva a cabo la misión no hay frases lapidarias o patrióticas por parte de los SEAL, cosa que se agradece y acerca al producto a un tono mucho más realista.




La Noche Más Oscura es un interesante trabajo y la confirmación de la madurez de Kathryn Bigelow como cineasta reputada y muy a tener en cuenta. No es la obra maestra que algunos promulgan, pero tampoco es la lgorifiación reaccionaria que otros proclaman, aunque sería de necios no reconocer su ambigüedad a la hora de abordar algunos temas relacionados con la política exterior de Estados Unidos y que su mensaje contiene una considerable apología de un individualismo de corte randiano en el que un sólo individuo con talento debe luchar para prevalecer ante una "masa" burocrática y "mediocre" que no cumple con los deberes que, previamente, les han sido asignados.




A mí me ha dejado algo frío, seguramente esa sea la intención de su directora, aunque le reconozco sus muchos méritos cinematográficos y narrativos. Al ser una pieza en cierta manera tendente a la ambivalencia se le puede agradecer a Kathryn Bigelow por un lado los momentos de buen celuloide que ofrece con pasajes sencillamente brutales y por otro reprocharle que evite hablar de aquellos actos llevados a cabo por la política exterior de Estados Unidos que fueron los que dieron lugar al fatídico día de Septiembre en el que el país más poderoso del mundo descubrió que no era invencible. Pero más allá de eso nos encontramos con un proyecto que se encuentra entre lo mejor rodado por su autora y una pieza que, con toda seguridad, ganará mucho valor con el paso de los años por el trasfondo histórico que aabrca a lo largo de su metraje.



lunes, 26 de septiembre de 2011

No Habrá Paz Para los Malvados




Título Original No Habrá Paz Para los Malvados (2011)
Director Enrique Urbizu
Guión Michel Gaztambire y Enrique Urbizu
Actores Jose Coronado, Rodolfo Sancho, Helena Miguel, Juanjo Artero, Pedro María Sánchez, Nadia Casado, Younes Bachir, Karim El Kerem, Abdel Ali El Aziz, Nasser Aleh, Juan Pablo Schuck, Eduard Farelo




Octava película el director bilbaino Enrique Urbizu (si no contamos su interesante Adivina Quién Soy, una de las Películas Para No Dormir, dentro de la serie de cintas homónimas). No Habrá Paz Para los Malvados supone su tercera incursión el cine negro o de corte policiaco tras la simpática pero sobrevalorada Todo Por la Pasta y la sólida La Caja 507. Cachito y La Vida Mancha no las he visto y a pesar de que hay gente que las mete también de alguna manera en el cine noir yo no puedo dar fe de ello hasta que no me enfrente con las mismas.




Ya antes de su estreno oficial en cines gran parte de la prensa especializada nacional se deshizo en elogios hacia la última cinta como realizador de Enriquie Urbizu. Apuntando con convicción que era, no sólo la mejor cinta patria de lo que llevábamos mos de 2011, sino también de lo más logrado que iba pasar por el festival internacional de San Sebastián y que sería raro que se fuera de allí sin algún premio. De esto último no puedo hablar ya que no he visto el grueso de las cintas del festival Donostiarra, aunque el palmarés ya salió el Domingo pasado y no se llevó nigún galardón, pero sí es cierto que fue recibida con entusiasmo.




Lo que sí sé, siempre desde mi punto de vista, es que no es la mejor película española de lo que llevamos de año (con esto y esto o hasta esto compitiendo con ella lo tenía difícil) pero sí un thriller meritorio, con altibajos pero que finalmente merece la pena como producto cinematográfico. Hay muchos aciertos en esta No Habrá Paz para los Malvados, pero también algunas fallos, carencias o equivocaciones de guión que hacen mella en su estructura y desarrollo. Todo esto como comento sin dar al traste con el conjunto del film pero sí debilitándolo considerablemente.




No Habrá Paz Para los Malvados está protagonizada por un agente de policia de la división de gente desaparecida llamado Santos Trinidad. Un tipo alcoholizado, de gatillo fácil que sigue el caso de una chica cuyo paradero es desconocido y que se ve involucrado en un triple asesinato en un prostíbulo, con un sicario y un importante narcotraficante como víctimas. A su vez una juez sigue la pista a Santos gracias a un testigo que lo vio huir del lugar del crimen. Finalmente las dos tramas se entrelazarán y llegarán mucho más lejos de los que sus protagonistas pensaron en un primer momento.




Hay dos películas diferenciadas en No Habrá Paz Para los Malvados. Una es una interesante y sólida muestra de cine policiaco muy influenciada por el western (no es gratuito que el plano que abre el film sea el de una maqúina tragaperras con temática del oeste o el nombre del protagonista) protagonizada por un agente de la vieja escuela con ramalazos de Harry el Sucio pero también con algún apunte del Germán Areta de la magnífica El Crack de José Luis Garci (las escenas que abren ambos productos tienen bastantes puntos en común) propenso a los métodos expeditivos que lleva sobre sus espaldas una trama interesante, narrada con un pulso que nos remite tanto a Don Siegel como a Sam Peckinpah, a este último sobre todo en la recta final.




La otra es también una de investigación policial, pero localizada en las oficinas y protagonizada por jueces, comisarios, confidentes y esta es la que, a pesar de ser interesante, renquea, ralentiza el desarrollo y sobre todo perjudica a la otra trama centrada en José Coronado que sufre de titubeos en el guión y la estructura del mismo. La parte del film en la que seguimos los pasos de la juez Chacón no funciona como debiera y a pesar de que trata un tema delicado (los atentados del 11 M) sin sensacionalismo y afán documentalista o acusativo no llega a tomar una forma consistente, a lo que tampoco ayuda el trabajo poco convincente de una Helena Miguel a la que el papel no le va mucho a pesar de que el guión le llena de ideas inteligentes para resaltar su inexperiencia como cuando pregunta por el olor o las ganancias económicas del puticlub.




Sólo cuando las dos tramas se cruzan a media hora del final, el guión se encarrila y destila la solidez que debería haber tenido desde el primer minuto de metraje cuando los relatos se alternavan el uno con el otro. Con respecto a lo de tocar el tema de los infames atentados de Madrid por parte de los extremistas radicales jihadistas se les agradece a Enrique Urbizu y a su habitual co guionista Michel Gaztambire que lo traten con un tono de ficción (aquí no son mochilas localizadas en trenes, sino extintores colocados en un centro comercial) para que aquellos terribles hechos sobrevuelen todo el film pero no sean el centro de atención que pudiera convertir el largometraje en una innecesaria cinta política.




No soy un admirador de José Coronado, siempre me ha parecido un actor que se esfuerza pero que normalmente no convence delante de la cámara por destilar cierto artificio en la dicción y el lenguaje corporal. Pero sería injusto no mencionar que lo he visto hacer buenos papeles en Goya en Burdeos de Carlos Saura, Todos Estamos Invitados de Manuel Gutiérrez Aragón, en la ya mencionada La Caja 507 también de Enrique Urbizu o en varios capítulos de la serie Periodistas, aquel producto catódico patrio de finales los 90 que situaba a los miembros de esa profesión al nivel de poco menos que superhéroes.




En No Habrá Paz Para los Malvados Coronado posiblemente hace el mejor papel de toda su carrera, siendo de alguna manera su rol una extensión o radicalización (que ya es decir) del que hiciera en La Caja 507. El madrileño desprende naturalidad y fuerza, transmite miedo y compasión y tiene carisma. Llena de verdad un personaje con pequeños detalles fumando de una manera muy determinada, riendo de manera peculiar o sirviéndose esos cubatas de ron cargados hasta el culo de alcohol. El destino del personaje lo conocemos desde el primer minuto, pero no por ello deja de ser su final una magnífica mezcla de heroismo y crepuscularidad.




No Habrá Paz Para los Malvados merece la pena ser vista como resuelto thriller, una muestra de que en España se puede hacer buen cine de género y que Enrique Urbizu sabe como crearlo a pesar de algunos lastres y fallos. Pero a pesar de ser interesante, estar sustentada en un protagonista que llena la pantalla por sí solo, tener como telón de fondo un tema que está a la orden del día y tener en nómina a un grupo de secundarios de lo más profesionales (Juanjo Artero, Rodolfo Sancho, Pedro María Sánchez o un poco aprovechado Eduard Farelo) no es ninguna maravilla, ni un film que debiera, en manera alguna, dejar una huelle indeleble en el cine español contemporáneo, como se han aventurado a afirmar algunos.