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viernes, 11 de enero de 2013

Zero Dark Thirty: La Noche Más Oscura



Título Original Zero Dark Thirty (2012)
Director Kathryn Bigelow
Guión Mark Boal inspirado en hechos reales
Actores Jessica Chastain, Joel Edgerton, Taylor Kinney, Kyle Chandler, Jennifer Ehle, Mark Strong, Chris Pratt, Mark Duplass, Harold Perrineau, Jason Clarke, Édgar Ramírez, Scott Adkins, Frank Grillo, Lee Asquith-Coe, Fredric Lehne, James Gandolfini, Reda Kateb





Tras el éxito internacional (taquilla, crítica, premios a lo largo de todo el globo incluyendo 6 Oscars) de la sobrevalorada En Tierra Hostil (The Hurt Locker) la directora norteamericana Kathryn Bigelow ha conseguido un nuevo status en el Hollywood actual. Tras las alabanzas del film protagonizado por un magnífico, pero antipático hasta lo indecible, Jeremy Renner, la ex mujer de James Cameron pasó de ser una realizadora irregular que ofrecía productos entretenidos (Acero Azul, K-19: The Widowmaker) y puntualmente alguna pieza de culto (Los Guardianes de la Noche, Días Extraños) a una cineasta reivindicada y con un nombre sólido dentro del panorama del celuloide comercial estadounidense.




Esta nueva posición le permite abordar proyectos más trascendentes en fondo y forma, así como recibir el respaldo de las productoras más importantes para realizar sus trabajos detrás de la cámara. Zero Dark Thirty es su última película y la misma aborda el proceso de búsqueda y captura del terrorista saudí Osama bin Laden, principal instigador del terrible atentado a las Torres Gemelas de New York el 11 de Septiembre de 2001. El resultado final tiene muchos aciertos en el plano cinematográfico, pero también algunos fallos que la hacen imperfecta.




Una joven agente de la CIA (Jessica Chastain) estuvo detrás de la búsqueda internacional del hombre más perseguido del mundo, Osama bin Laden, la cabeza pensante detrás del infame 11S. Su dedicación al caso fue total, con búsqueda infructuosa de pistas, sospechosos y compañeros que iban y venían sin implicarse demasiado en un seguimiento por tierra, mar y aire que parecía inútil, abarcando el mismo toda una década hasta que el 2 de Mayo de 2011 coordinó una operación de los SEAL de la CIA que supuestamente triunfó cuando eliminó al terrorista sirio en un asalto nocturno en la casa en la que estaba oculto en Pakistán.




Zero Dark Thirty es una notable recreación del proceso de búsqueda de Osama bin Laden, un largometraje de acabado acerado, rodado con mano firme y alejado de maniqueismos alarmantes o un patriotismos obvios y recalcitrantes. Kathryn Bigelow aborda el proyecto con un tono aséptico y distanciado y ahí se encuentran la mayoría de sus virtudes y alguno de sus fallos como producto cinematográfico. Por un lado al no haber una implicación moral notable, imperando un tono cuasidocumental, no podemos hablar de partidismos pueriles o mensajes tendenciosos, pero esa frialdad expositiva también permite justificar actos inhumanos llevados a cabo por la CIA.




Esto queda patente en la primera mitad del film cuando se nos expone en pantalla de manera naturalista, seca y áspera los métodos de tortura que los agentes de la CIA utilizan para sonsacar información a los sospechosos que tienen encerrados en cárceles clandestinas. Bigelow retrata estos actos de manera cruenta, sin edulcorar su ejecución y lo que vemos en pantalla se muestra terrible e inhumano, pero la directora no quiere hacer juicios de valor, al menos en guión no los hace. Ella como cineasta no glorifica estos métodos, pero tampoco los condena, los expone de manera realista, nos confirma que se llevaron a cabo y que funcionaron y ahí es cuando el espectador debe posicionarse ideológicamente. A mí me parecen del todo reprobables, pero esa ya es otra historia.




Bigelow mete su cámara en las oficinas de la CIA, en despachos políticos, en los pasillos de la Casa Blanca, no deja nada sin explicar, es más, en ocasiones sobreinforma al espectador, pero todo está llevado con profesionalidad y sin aspavientos. Como es lógico el núcleo central de la historia es el personaje de Maya, una Jessica Chastain de Oscar, que refleja en su psique maniática la sed de venganza de un país obsesionado con encontrar una cabeza de turco que expié sus propios demonios y sacie su imperiosa necesidad de aplicar la ley del Talión contra sus enemifos. Es interesante la evolución del personaje, cómo al inicio del film no puede asistir a las torturas de los sospechosos  para más tarde aceptarlas como "un mal menor" en pos de llegar a un fin determinado por el bien común de la su nación.




A pesar de lo interesante que es el personaje principal femenino, haciendo incluso que un grupo de secundarios magníficos como Jason Clarke, James Gandolfini, Mark Strong (estos dos últimos acompañados de sus terribles postizos capilares) bailen a su son saliendo airosa como mujer en un mundo de hombres, el cine de Bigelow sigue siendo, para bien o para mal, vigorosamente masculino, adrenalítico, aunque aquí esa adrenalina no se dispara hasta la magnífica media hora final, peroesto tampoco le impide dar su toque personal al personaje de Maya, que tiene interesantes matices a pesar de es contención sobre la que construye su personalidad y que pocas veces se ve resquebrajada.




Mucho se ha hablado del tramo final en el que se recrea el asalto y eliminación de Bin Laden, desde que es un prodigio de la técnica hasta que es la mejor escena cinematográfica del año. Lo cierto es que el clímax del largometraje funciona por no apelar a alardes y ni fuegos de artificio. Esa recta final está ejecutada con la misma austeridad seca del resto del metraje, además el tenebrismo con el que está realizado tiene un tono de cine de terror con un in crescendo de la tensión más que notable, aún siendo conscientes nosotros como espectadores de que conocemos el final de antemano. En la conclusión, cuando se lleva a cabo la misión no hay frases lapidarias o patrióticas por parte de los SEAL, cosa que se agradece y acerca al producto a un tono mucho más realista.




La Noche Más Oscura es un interesante trabajo y la confirmación de la madurez de Kathryn Bigelow como cineasta reputada y muy a tener en cuenta. No es la obra maestra que algunos promulgan, pero tampoco es la lgorifiación reaccionaria que otros proclaman, aunque sería de necios no reconocer su ambigüedad a la hora de abordar algunos temas relacionados con la política exterior de Estados Unidos y que su mensaje contiene una considerable apología de un individualismo de corte randiano en el que un sólo individuo con talento debe luchar para prevalecer ante una "masa" burocrática y "mediocre" que no cumple con los deberes que, previamente, les han sido asignados.




A mí me ha dejado algo frío, seguramente esa sea la intención de su directora, aunque le reconozco sus muchos méritos cinematográficos y narrativos. Al ser una pieza en cierta manera tendente a la ambivalencia se le puede agradecer a Kathryn Bigelow por un lado los momentos de buen celuloide que ofrece con pasajes sencillamente brutales y por otro reprocharle que evite hablar de aquellos actos llevados a cabo por la política exterior de Estados Unidos que fueron los que dieron lugar al fatídico día de Septiembre en el que el país más poderoso del mundo descubrió que no era invencible. Pero más allá de eso nos encontramos con un proyecto que se encuentra entre lo mejor rodado por su autora y una pieza que, con toda seguridad, ganará mucho valor con el paso de los años por el trasfondo histórico que aabrca a lo largo de su metraje.



domingo, 4 de noviembre de 2012

L'Ordre et la Morale, la vérité blesse, le mensonge tue



Título Original L'Ordre et la Morale (2011)
Director Mathieu Kassovitz
Guión Benoit Jaubert, Pierre Geller y Mathieu Kassovitz basado en el libro de Phillippe Legorjus y Jean-Michel Caradec'h
Actores Mathieu Kassovitz, Sylvie Testud, Philippe Torreton, Malik Zidi, Mathieu Lardier, Iabe Lapacas




El 1995 hizo mucho ruido El Odio (La Haine), la segunda incursión en la dirección cinematográfica del actor francés Mathieu Kassovitz. La cinta que mezclaba el tono del Spike Lee de films como Haz lo que Debas o Clockers con cierto aroma formal del neorrealismo italiano (blanco y negro, contexto proletario, revindicación social) era un film comprometido y combativo en el que se narraban 24 tensas horas en off marcadas por el trasfondo de la lucha urbana de los jóvenes de un barrio de les Muguets y la policía de la zona. Algún día hablaré de esa cinta protagonizada por Vincent Cassel, Saïd Tagmaoui y Hubert Koundé, porque es muy especial para mí desde que la viera por primera vez hace más de diez años.




Tras ella Kassovitz decidió pasar al largo un cortometraje de su propiedad rodado en 1992. El resultado fue Assassin(s) un no del todo conseguido, pero sí interesante, análisis sobre la violencia que tomaba como partida a un asesino a sueldo (Michel Serrault) que viendo cercana su jubilación decide buscar un sucesor (el mismo Mathieu Kassovitz) para que continúe con su legado de crímenes remunerados. Tres años después, en el 2000, adaptó a imágenes la novela Los Ríos de Color Púrpura de su compatriota el escritor Jean-Christophe Grangé. En ese trabajo Kassovitz perdió el compromiso social de sus dos anteriores films (y hasta del primero, la muy desconocida comedia romántica Métisse) para ofrecerse plenamente a otra de sus señas como director, su pasión por el thriller norteamericano.




Tras el éxito del film protagonizado por Jean Reno y Vincent Cassel, Kassovitz dio el salto a Hollywood. Allí fue contratado para rodar la rutinaria pero agradable cinta Gothika, producto de terror para pasar el rato totalmente ajeno al tipo de cine que venía haciendo en su Francia natal y que pasó sin pena ni gloria por las carteleras. Tras este trabajo llegó la hecatombe cuando el protagonista de Amelie decidió gestar en Estados Unidos un proyecto largamente acariciado, llevar a imágenes la novela Babylon Babes del escritor francés Maurice G. Dantec. El resultado fue Babylon A.D, un thriller futurista mediocre y ruidoso que (según palabras del mismo director) quedó reducido a eso por culpa de las presiones de la Twentieth Century Fox, que llegó a mutilar brutalmente este largometraje protagonizado por Vin Diesel. Si algún día sale a la luz el director's cut descubriremos si Kassovitz estaba en lo cierto o si su producto era tan endeble desde el principio.




Tras esta decepcionante incursión americana de la que salió bastante escaldado, Mathieu volvió a casa. Allí sacó adelante un proyecto sobre un suceso real que tuvo lugar en 1988 en Nueva Caledonia entre gendarmes franceses e independentistas kanakas. Kassovitz volvía al cine de lectura política y social de sus inicios alejándose de la comercialidad facilona de sus últimos films y el resultado es un excelente drama de naturaleza comprometida y conciliadora que se sitúa fácilmente entre los mejores trabajos rodados por el protagonista de Amén. Una obra rica en muchos aspectos que incita a un sano debate sobre distintos temas polémicos e incómodos para depende qué personas o personalidades.




En 1988 y con las elecciones presidenciales en Francia como telón de fondo un grupo de insurgentes que luchaban por la independencia kanaka en la isla de Ouvéa, Nueva Calediona, asalta un cuartel de la gendarmeria francesa asesinando a 4 policías y secuestrando a otros 30. El gobierno al enterarse del hecho manda a la zona a 300 militares comandados por el Capitán Phillipe Legorjus (Mathieu Kassovitz) experto en rescates y negociaciones que se encontrará con una situación insostenible y con Alphonse Dianou (Labe Lapacas) el líder de los independentistas que parece un reflejo del mismo Legorjus en el bando contrario al suyo.




Con L'Ordre et la Morale (que está basada en el libro autobiográfico de 1990, La Morale et l'Action, que Philippe Legorjus escribió al alimón con  Jean-Michel Caradec'h), Mathieu Kassovitz no sólo firma su mejor largometraje desde La Haine, también confirma con el mismo su madurez como cineasta, dejando atrás su estela de enfant terrible juvenil pero, paradójicamente, aumentando exponencialmente su inconformismo y compromiso social. Ideas que en bastantes ocasiones le han traído considerables quebraderos de cabeza en forna de polémica, pero que marcaron a fuego el discurso cinematográfico de sus primeras obras de ficción.




Por medio de una visión nada sesgada Kassovitz retrata el choque entre dos culturas que necesitan el diálogo como vía de solución para sus problemas territoriales y sociales. El director nos muestra cómo los independentistas kanakas no son unos salvajes asesinos que buscan en todo momento la autodeterminación por medio de la violencia, pero que sí luchan a brazo partido por hacer prevalecer unas costumbres, tradiciones y personalidad que, si bien no tienen porque ser compartidas, al menos sí respetadas. Pero por el camino no se olvida de humanizar y dar profundidad a los soldados franceses, sobre todo a los del Grupo de Intervención de la Gendarmeria Nacional (GIGN) al que pertenece el personaje protagonista.




Con respecto a este posicionamiento es donde encontramos la madurez de Kassovitz como cineasta. En otra época el protagonista de Birthday Girl hubiera ido a degüello contra todo el cuerpo de militares franceses, haciendo honor a su posicionamiento ideológico (que en su momento un servidor también compartia en gran parte) en el que decía posicionarse contra todo tipo de pensamiento uniformado. Por suerte los años le han sentado bien y hoy el hijo de Peter Kassovitz prefiere analizar la personalidad de los soldados y diferenciar los que luchan por que prevalezca una vía pacífica para solucionar problemas territoriales sin derramamientos de sangre y los que son máquinas de matar ávidas de acción que creen a pies juntillas lo que le dicen sus altos mandos o gobernantes. Militares a los que el autor del film trata de convencer de que son personas con ideas y opiniones propias que nunca deben olvidar o traicionar.




No es descabellado que el personaje de Phillippe Legorjus esté interpretado, con mucha convicción, por el mismo director/guionista/actor. Con ello quiere adentrarse en terrenos de identificación social y nacional (recordemos, son los soldados del ejército de su país) y meterse en la piel de uno de los responsables de los hechos que acaecieron en aquel fatídico 5 de Mayo de 1988. Su personaje (que guarda semejanzas con su rol del sacerdote Riccardo Fontana de la cinta Amén de Constantin Costa Gavras, que luchaba en solitario contra la cúpula del Vaticano ante el silencio de la misma durante el holocausto nazi) se debe enfrentar a sus altos mandos y a los gobernantes de Francia para que no se lleve a cabo una masacre del todo evitable por medio de las palabras.




En este sentido L'Ordre et la Morale tiene su faceta más interesante cuando vemos como entra el mundo de la política a destrozarlo todo. Que aquellos hechos tuvieran lugar durante las elecciones generales de 1988 fue clave para la resolución expeditiva a la toma de rehenes (qué genialmente expuesta la escena en la que los soldados ven en televisión el debate de François Miterrand y Jacques Chirac mientras estos dos se solapan las declaraciones el uno al otro hasta que sus discursos demagogos se confunden entre ellos y quedan reducidos a un molesto ruido) porque el gobierno saliente no quería ver ensuciada su política exterior ni ofrecer al panorama internacional un "síntoma de debilidad" y el posible entrante miraba hacia otro lado porque esa no era "su guerra".




Kassovitz no es un autor, ni siquiera podríamos decir que tiene una personalidad muy definida como cineasta, pero sí posee señas de identidad que lo revelan como un director, que sobre todo en el plano técnico, ofrece muestras de poderosa impronta. Sirvan como ejemplo dos pasajes de L'Ordre et la Morale que un servidor sitúa fácilmente entre el mejor material cinematográfico de lo que llevamos de 2012 (sensación extraña si tenemos cuenta que el film es de 2011 y que en España ni se ha estrenado y a saberse cuando lo hará o si llega a hacerlo) son dos planos secuencia que se muestran como un alarde de control de encuadres, coreografía y potencia fílmica.




El primero es en el que el personaje de Samy le narra al de Philippe los hechos en los que los independentistas kanakas asaltan la gendarmería y asesinan (más por culpa de la tensión y el caos que por llevar a cabo el acto con premeditación y alevosía) a cuatro policías, una plano de más de 5 minutos sin cortes sencillamente brutal y esclarecedor que lleva a niveles altísimos la puesta en escena del producto. El segundo es otro plano secuencia, el que nos narra el primer asalto durante el clímax del largometraje en el que seguimos a Legorjus (la cámara siempre permanece cerca de su rostro) cámara al hombro, con tiroteos, una jungla que parece tener vida y un enemigo al que no se puede ver. Este alarde técnico es tan brillante (me recordó al de Alfonso Cuarón de Hijos de los Hombres) que no me queda más remedio que pensar en algún corte del montaje oculto, porque lo que se ve en pantalla durante 7 minutos no tiene nombre.




Hay gran cine en la séptima cinta de Mathie Kassovitz y referencias que van desde la clasista jerarquía militar de Senderos De Gloria de Stanley Kubrick, los dilemas morales de ese cazador poniendo en duda su misión cuando conoce a su presa que llenaban el metraje de la inmensa Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola, los claroscuros nada autocomplacientes a la hora de retratar y perfilar personajes de uno u otro bando que nos remite a Munich (cinta en la que, curiosamente, actuaba Kassovitz)  de Steven Spielberg o el lirismo de La Delgada Línea Roja de Terrence Malick a la hora de mostrar en pantalla a los canacos con todo el respeto hacia ellos y sus tradiciones. También ayudan unos actores magníficos (enorme Iabe Lapacas como Alphonse, una pena que no se le dé más protagonismo) así como un guión, montaje y dirección remarcables que hacen que los 136 minutos de metraje que tiene el film no pesen en ningún momento.




Mathieu Kassovitz ha vuelto en plena forma, con una cinta valiente e incómoda en la que pone en duda la política exterior y las ínfulas imperialistas de su propio país en favor de que prevalezca la cultura y tradición de un pueblo oprimido desde hace más de 100 años. L'Ordre et La Morale es una mano tendida a la reconciliación, el diálogo y la democracia. Una obra que nos habla de buscar otras vías opuestas a la violencia y la fuerza para la convivencia pacífica entre naciones diametralmente opuestas que, de manera paradójica, pueden vivir armónicamente por medio de conceptos tan simples como la tolerancia, el respeto y el sentimiento de comunidad.



jueves, 16 de agosto de 2012

La Chaqueta Metálica, I look inside myself and see my heart is black



Título Original Full Metal Jacket (1987)
Director Stanley Kubrick
Guión Michael Herr, Stanley Kubrick y Gustav Hasford basado en la novela del último
Actores Matthew Modine, Vincent D'Onofrio, R. Lee Ermey, Adam Baldwin, Dorian Harewood, Arliss Howard, Kavyn Major Howard, Ed O'Ross, Gary Landon Mills, Sal López, John Stafford, Kieron Jecchinis, Nqc Le, Papillon Soo Soo





Siete años tuvieron que pasar para que el director norteamericano Stanley Kubrick se pusiera de nuevo detrás de las cámaras tras el éxito, más de público que de crítica, que supuso su adaptación muy sui generis de la novela El Resplandor de Stephen King. En 1987 estrenó otra traslación a imágenes de una obra literaria, esta vez del libro semiautobiográfico The Short-Timers del escritor americano Gustav Hasford que narraba su experiencia como militar en la guerra de Vietnam. A pesar de llegar a las carteleras un año después de la impresionante y premiada Platoon, de Oliver Stone, La Chaqueta Metálica fue un éxito en su momento y aunque no es, ni mucho menos, una de las mejores obras de su creador sí se puede considerar una pieza magistral dentro del cine bélico.




En el centro de entrenamiento para marines de Parris Island, durante el año 1967, el sargento de artillería Hartman entrena a un grupo de jóvenes soldados para ser enviados al frente a combatir en Vietnam. Los métodos de Hartman son inhumanos, llegando en ocasiones a la tortura física y psicológica, todo con el fin de endurecer al cuerpo de futuros marines para ser máquinas de matar en combate. Mientras soldados como el recluta Bufón (Joker), o el recluta Cowboy aguantan la dureza del sargento por medio de la ironía o la entereza, otros como el recluta Patoso (Gomer Pyle) no paran de cometer errores y son objetivo de la brutalidad del alto mando. Posteriormente seremos testigos de cómo Joker se embarca en una misión en plena contienda vietnamita en la que volverá a coincidir con su amigo Cowboy.




Full Metal Jacket es un tratado sobre la absurdez de la guerra y sobre cómo la misma arranca de una tacada la inocencia de aquellos que la ejercen (aunque claro está, no de los que la ponen en marcha). Pero la penúltima película de Stanley Kubrick es sobre todo un interesante análisis de la deshumanización, de cómo para convertir a hombres en máquinas de matar durante su instrucción se les despoja de dignidad, libertad y en ocasiones hasta sentimientos, llevando hasta el extremo su condición física y estado psicológico con, en bastantes ocasiones, resultados inesperados en los que los soldados se convierten en personas mentalmente perturbadas.




Esa instrucción que bordea en ocasiones el sadismo o lo vejatorio, el entrenamiento que reciben los marines americanos tiene fama de ser brutal, está magistralmente representada por el actor R. Lee Ermey. Cuenta le leyenda que este intérprete, en la vida real un veterano de guerra, al que posteriormente hemos podido ver en films como Pena de Muerte (Dead Man Walking), La Matanza de Texas 2004 o Seven era el instructor que debía enseñar al actor encargado de interpretar al mando militar cómo meterse en el papel, pero Kubrick vio que Ermey lo hacía tan bien que despidió al intérprete y este ocupó su lugar, ofreciendo el mejor papel de su carrera y un trabajo para los anales del séptimo arte.




El sargento de artillería Hartman es el militar hijo de puta más memorable de la historia del cine para el que suscribe. Un hombre cuyo férreo sistema de valores y convicción castrense llega a límites de expirimir a sus subordinados hasta lo inhumano. Un individuo que de diez palabras que espeta doce son un taco, orgulloso de que asesinos como Lee Harvey Oswald o Charles Witman fueran marines bien entrenados, capaz de golpear a un soldado por decir que no cree en la virgen María o de hacer que (de manera indirecta, pero consciente de sí misma) un batallón se ponga en contra del recluta torpe que está poniendo en entredicho el buen nombre de sus muchachos con numerosos fallos infantiles.




La víctima directa de esta estricta instrucción es el recluta Gomer Pyle, Patoso en la versión en castellano, un pobre y rechoncho muchacho sin idea de dónde se ha metido y que empieza con mal pie desde el primer momento. Él es la visión cristalina de la perdida de la cordura, de cómo para crear un soldado de voluntad inquebrantable que quite o pierda la vida sin miramientos en un conflicto bélico en ocasiones se cruza la línea de lo permisivo con resultados trágicos. Sí, al final el personaje de un inmenso Vincent D'Onofrio, el que sigue siendo el mejor papel de su carrera, se convierte en una máquina de matar (su mirada en la escena nocturna en los servicios es sencillamente aterradora, una de las más perturbadoras de la historia del cine) pero pagando un terrible precio propio y ajeno por ello.




En el lado opuesto tenemos al recluta Joker, al que da vida un magnífico Matthew Modine. Un joven que por medio de la ironía, la mala baba, la sorna y un carácter muy marcado consigue salir adelante y no desfallecer, física o psicológicamente, ante el entrenamiento brutal de Hartman. No es una idea arbitraria que un personaje dual (las palabras "Born to Kill" escritas en el casco, una chapa con el símbolo de la paz en el pecho) y hasta cierto punto descerebrado consiga sobreponerse a la durísima instrucción y posteriormente al conflicto vietnamita, ya que aquella guerra fue una locura en demasiados aspectos, dentro y fuera de las trincheras, un brutal sinsentido que costó la vida a miles de estadounidenses y vietnamitas.




Todos estos pasajes que he comentado forman parte de la primera parte del largometraje, ya que como he afirmado previamente La Chaqueta Metálica está dividida en dos mitades. La primera es la que narra la instrucción de los soldados en Parris Island y la segunda es la que nos sumerge en la misión en la que Joker y su compañero Rompetechos (Rafterman), corresponsales de guerra, se reunen con el batallón de Cowboy con la ofensiva del Tet de 1968 como telón de fondo. Allí veremos como el Luthdog Squad, Batallón de los Salidos en España, se ve asediado en una ciudad abandonada por un francotirador que los va eliminando uno a uno, hasta dar con él. Finalmente descubrimos que el autor de la matanza es una niña vietnamita de pocos años cayendo abatida por los soldados norteamericanos.




Esta segunda parte del film no sirve sólo para meternos directamente en la boca del lobo, ver como los norvietnamitas se saltaron la tregua de su propia festividad para atacar con nocturnidad y alevosia a los estadounidenses o para descubrir de primera mano cómo soldados e incluso civiles (inolvidable y terrible el militar que mientras elimina aldeanos aleatoriamente desde el Huey se jacta ante Joker y Rafterman de la cantidad de víctimas que ha matado, incluyendo mujeres y niños cuya única dificultad para ejecutarlos es "apuntar un poco mejor") de uno y otro bando caían como moscas por motivos, justificaciones y razones que ni ellos mismo comprendían; también es utilizado como paralelismo con la primera parte del largometraje, la de la instrucción militar.




Ambos pasajes muestran la deshumanización de los soldados, la estupidez de un conflicto que ofreció su primera derrota a Estados Unidos (que una sola tiradora vietnamita acabe con casi todo un pelotón estadounidense que se enfrenta a un enemigo sabiendo moverse en su terreno y al que casi nunca pueden ver no es una idea elegida por Kubrick a la ligera, es una brutal y terrible metáfora de lo que fue aquella guerra para norteamérica) y que hizo perder la inocencia a un país viendo por primera vez en televisión qué es realmente un conflicto bélico y cómo los hijos de América y Vietnam morían delante de los ojos de sus padres por una causa que no alcanzaban a comprender o entendían erroneamente.




Hablar del trabajo de Kubrick en La Chaqueta Metálica es como hacerlo del que insufló a cualquier otra de sus obras. Cada plano, movimiento de cámara, palabra del guión, gesto de los actores, efecto de sonido o canción de la magnífica banda sonora sabemos que fueron milimétricamente pensados, puede que durante años, y seguramente cada toma sufrió incontables repeticiones hasta que el maestro dio su visto bueno. Los trabajos detrás de la cámara del autor de La Naranja Mecánica son la de una intachable perfección, no hay lugar a la improvisación, cada imagen debe contar una historia y lo consigue por medio de una prodigiosa concepción del lenguaje cinematográfico y una unión portentosa entre realización técnica, inmaculada en todos los sentidos, y dirección de actores de matrícula de honor. Ya que el neoyorquino era de esos cineastas capaces de expirimir a sus repartos hasta lo enfermizo para que dieran lo mejor de sí mismos, y a fe mía que lo conseguía.




El Sargento Hartman empequeñeciendo a hombres que le sacan tres cabezas de altura, ver al recluta Patoso perder la cordura poco a poco, asistir a como Bufón traiciona la confianza de su pupilo implicándose en la paliza nocturna con las pastillas de jabón, la escena de noche en los lavabos con el primer clímax del film, los soldados declarando ante las cámaras su opinión sobre la guerra de Vietnam, el asedio por parte del francotirador o la mirada de esa niña que pide entre rezos y súplicas al enemigo que termine con su sufrimiento son momentos que están desde hace tiempo dentro del mejor cine jamás rodado sobre la guerra de Vietnam en particular y del celuloide (anti)bélico en general.




Oliver Stone, Michael Cimino o Francis Ford Coppola ya habían dado su visión de la guerra de Vietnam, pero hacía falta que un misántropo como Stanley Kubrick diera la suya, mostrándola como una más de las piezas de su filmografía, llena de nihilismo, angustia existencial, desencanto y quirúrgica precisión analítica. La Chaqueta Metálica me trae buenos recuerdos (fue la primera buena película que mi padre trajo de un videoclub para que yo la viera después de haberme asediado con los Van Damme, Norris y Seagal de turno) y también malos (el que fue en su momento mi mejor amigo presumía de que en el servicio militar él y unos compañeros le dieron una paliza con pastillas de jabón envueltas en toallas, como la que se ve en el film, a un soldado por ser homosexual) pero más allá de que forme parte de mi vida es una obra 100% reivindicable merecedora de ser recuperada regularmente.




Con Full Metal Jacket Stanley Kubrick quiso dar una visión más o menos distante y objetiva de la guerra de Vietnam, pero el brutal y cínico crítico con la sociedad occidental que mostró sus garras en obras maestras como Senderos de Gloria o Dr Strangelove de nuevo enseñó sus fauces y nos explicó que los enfrentamientos bélicos son un cáncer para los países que se implican en ellos. Por descontado que al final del viaje siempre que veo a Joker caminando con sus compañeros, mientras cantan la canción del Club de Mickey Mouse y nos cuenta que se alegra de que "está vivo y no tiene miedo" yo comparto su ilusión y se me escapa la sonrisa de complicidad con él. Seguidamente aparecen los títulos de crédito y los Rolling Stones suenan diciéndome que han mirado en su interior para ver que su corazón es negro. En ese mismo momento me recorre por la espina dorsal una sensación indescriptible, esa que indica de manera inequívoca que acabo de ver gran cine, el mejor.



miércoles, 30 de diciembre de 2009

Generation Kill, let the bodies hit the floor



"Esto no se acaba Ray, ni siquiera sabemos a lo que acabamos de dar inicio"
Sgt Brad"Iceman" Colbert





Ed Burns y David Simon son los creadores de The Wire, la mejor serie de esta década que se nos va de las manos en dos días. A ambos les llamó la atención la lectura del libro Generation Kill del periodista Evan Wright, corresponsal de la revista musical Rolling Stone durante los primeros días de la toma de Iraq. El escrito les interesó lo suficiente como para hablar con la cadena HBO y producir una miniserie de 7 episodios con los que adaptarlo a imágenes, recibiendo el total respaldo del autor.




HBO, salvo contadas ocasiones (True Blood) es siempre sinónimo de calidad, Generation Kill no es una excepción. Escrita con absoluta soltura por Burns y Simon, rodada por sólo dos directores, Susanna White y Simon Cellan Jones y protagonizada por un grupo de actores desconocidos, la miniserie que nos ocupa es posiblemente uno de los trabajos más logrados de la cadena por cable americana y una de las visiones más esclarecedoras que se han creado sobre la invasión estadounidense del país iraquí.




Generation Kill no es ni una recalcitrante glorificación de las fuerzas armadas americanas, ni una simplista visión pacifista o antibelicista de los militares yankis. Simon y Burns no son así, les apasiona lo complejo y los claroscuros, como pudimos ver en muchos de los personajes de The Wire. Por eso esta obra no es otra cosa que un duro golpe al gobierno y los altos mandos del ejército estadounidense, por mandar a un grupo de chavales totalmente desorientados, que no conocían bien el terreno y que tenían que acatar órdenes suicidas a una guerra que no tenía ningún sentido que no fuera el económico.




Durante 7 episodios vemos el día a día de un pelotón de marines (no esperéis muchas escenas bélicas porque hay más bien pocas) y con él podemos ver claramante un microcosmos reducido pero claro de la juventud americana de principios del SXXI. Dentro de este grupo de hombres, críos más bien, se dan cita, distintos tipos de personalidades. El aguerrido soldado que quiere derramar sangre lo antes posible, el alto mando novato preocupado por sus hombres, el típico cachondo de barracón, el apocado que no quiere llamar la atención. Pero el más realista de todos ellos, es sin lugar a dudas el del pobre chaval que está acojonado de miedo por estar alejado de su hogar y expuesto a una muerte casi segura.




Ed Burns y David Simon quieren que veamos que detrás de sus fusiles y sus humvees estos soldados son seres humanos que sienten y padecen, que por muy preparados que estén no son perfectos y que detrás de ellos hay unos putos viejos con los culos pegados a las sillas de sus oficinas que los mandan a una guerra innecesaria e inhumana, respaldada por una sarta de mentiras que más tarde costaría la vida de muchos militares y civiles.




Los autores se hacen fuertes al mostrar la camaradería entre soldados con un aire muy a lo Sam Peckinpah, cantando todos juntos cuando van en misiones de reconocimiento, intentando levantar la moral cuando la misma está por lo suelos, pero también sus rencillas y graves errores, cuando mataban, por error o no, a civiles o exponían a sus compañeros a peligros innecesarios porque estaban totalmente perdidos por culpa de unos altos mandos que ni siquiera sabían lo que querían en muchas ocasiones. Por eso Burns, Simon y Wright se guardan en la manga ese memorable final con toques a lo Senderos de Gloría que nos hace ver lo jodida que estaba y está la situación para todo el mundo en aquel país.




Al final y gracias al testimonio gráfico y escrito de Evan Wright sabemos que tras las ordenes de un presidente del gobierno lo suficientemente inepto como para ser usado de hombre de paja por su administración siempre queda lo mismo. Un grupo de niños que van a morir y a matar po una causa de mierda que sólo beneficia a los más acomodados. Pero lo peor no es eso, lo más jodido es que el aguerrido soldado que quiere derramar sangre lo antes posible, el alto mando novato preocupado por sus hombres, el típico cachondo de barracón, el apocado que no quiere llamar la atención y el pobre chaval que está acojonado, todos ellos, siguen allí, desde hace más de 5 años, sembrando inintencionadamente el caos en un país que está a día de hoy en unas condiciones más deplorables que en la época en laque Saddam Hussein lo regía con mano de hierro, eso lo dice todo o más bien poco.