Título OriginalJason Bourne(2016) Director Paul Greengrass GuiónChristopher Rouse y Paul Greengras basado en la novela de Robert Ludlum ActoresMatt Damon, Alicia Vikander, Julia Stiles, Tommy Lee Jones, Vincent Cassel, Ato Essandoh, Riz Ahmed, Scott Shepherd, Bill Camp, Vinzenz Kiefer, Stephen Kunken, Ben Stylianou, Kaya Yuzuki, Matthew O'Neill, Lizzie Phillips, Paris Stangl
Cuatro años después de aquel inferior pero nada desdeñable amago de reinicio de la franquicia con El Legado de Bourne, ideado por el habitual guionista y productor de la misma, Tony Gilroy. volvemos a encontrar en nuestras carteleras una nueva entrega de las desmemoriadas aventuras del letal ex agente de la CIA, Jason Bourne, esta vez con una producción de nombre homónimo en la que el cineasta irlandés Paul Greengrass y el actor norteamericano Matt Damon vuelven a verse las caras para relanzar las andanzas del personaje principal interpretado por el protagonista de Dogma o El Indomable Will Hunting. El resultado es una nueva entrega que no sólo no desentona para nada con la anterior trilogía iniciada por Doug Liman y extendida por el autor de Bloody Sunday, sino que acentúa todas las virtudes que aquella poseía tratando de convencer al espectador de que este retorno merece la pena cinematográficamente hablando.
El mayor reproche que podemos hacerle a un producto como Jason Bourne es la desvergüenza de Paul Greengrass y Matt Damon a la hora de recuperar un personaje y una historia que en palabras de los mismos habían quedado finiquitados tras la soberbia El Ultimatum De Bourne, de ahí que Tony Gilroy se embarcara en solitario en un spin off protagonizado por Jeremy Renner con el que mantener en pie la franquicia sin la presencia del mismo Jason Bourne. Más allá de esta insana decisión de volver al redil, por inquietudes más económicas que artísticas, poco más reprobable hay en esta producción del año 2016 que se revela posiblemente como la mejor película comercial de lo que llevamos de verano. Un thriller potente y facturado con una pericia fuera de toda duda que manteniendo las señas de identidad de la franquicia a la que pertenece trata de adaptarse a los tiempos que corren y que no son los mismos que los de aquel 2007 que recibió en las carteleras la tercera entrega de la saga.
Jason Bourne ve la luz tras una enorme crisis económica a nivel mundial, unos cambios sociales y políticos (sobre todo en Europa) más que notables y sobre todo lo hace después de que Edward Snowden sacara a la luz información de vital importancia relacionada con un programa de vigilancia secreto de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) con el que el gobierno de Estados Unidos estaba vulnerando los derechos a la privacidad de ciudadanos de todo el mundo con la excusa de la lucha contra el terrorismo y la seguridad nacional. Este caso ha sido abordado en el sobresaliente, aunque de ritmo algo mortecino, documental Citizenfour de la realizadora Laura Potrias, ganador del Óscar el pasado año, y será dramatizado a manos de Oliver Stone en Snowden, su versión de la historia del ex miembro de la CIA protagonizada por Joseph Gordon-Levitt, Shailene Woodley, Melissa Leo y Nicolas Cage entre otros y con la que esperemos el autor de Platoon o El Cielo y la Tierra recupere el favor de la crítica y el público que hace tiempo le es esquiva, al menos fuera del campo del documental.
Con este contexo espaciotemporal que Paul Greengras y su guionista Christopher Rouse no dejan pasar Jason Bourne asienta sus bases para volver a narrar otra de las frenéticas huídas del personaje creado por Robert Ludlum de sus captores, esa CIA que lo entrenó para convertirlo en una máquina de matar infalible. Con una excusa bastante peregrina para devolver al protagonista al campo de juego en la que su antigua compañera Nicky Parsons (Julia Stiles) hackea la base de datos de la Agencia Central de Inteligencia para encontrar información de vital importancia sobre el pasado del padre del personaje principal ya tenemos a Bourne de vuelta a la acción preparado para repartir hostilidades mientras escapa de los agentes más letales de una CIA cuyo liderazgo se debate entre el expeditivo y reaccionario Robert Dewy (Tommy Lee Jones), que depositará su confianza en el "activo" (Vincent Cassel) para dar caza a Jason, y la joven Heather Lee (Alicia Vikander) que tratará de cambiar, aparentemente, el statu quo de la agencia con sus propios métodos.
Con las piezas colocadas sobre el tablero y habiendo mostrado previamente una cara más contenida de su impronta en la excelente Capitán Philips en Jason Bourne vuelve el Paul Greengras más vibrante, el deudor de John Frankenheimer y Willam Friedkin, el artesano que supo adaptar su puesta en escena hiperrealista y enraizada en la estética documental a las grandes superproducciones americanas y que sigue siendo uno de los profesionales del medio que mejor rueda escenas de acción, ya sean tiroteos, persecuciones, peleas cuerpo a cuerpo o pasajes que hacen del in crescendo de la tensión al más puro estilo Hitchcock sus señas de identidad facilitando incluso al espectador información de la que los personajes carecen. Estos pasajes dinámicos que no dan respiro al espectador tienen la complicidad de un reparto a la altura en el plano físico comandado por un Matt Damon mejor que nunca en cuanto a sus condiciones atléticas se refiere o un Vincet Cassel robaescenas que le da la réplica con un pericia intachable (la habitual en él) y hereda el rol de villano a pie de calle que en otras entregas de la saga habían interpretado actores como Clive Owen, Karl Urban o Edgar Ramírez.
Parece ser que por fin Hollywood se atreve con películas en la que los servicios de inteligencia no son retratados como la panacea en cuanto espionaje internacional, por suerte ya no sólo tenemos que tragarnos productos como las adaptaciones de las novelas de Tom Clancy como Juego de Patriotas o Peligro Inminente o piezas más recientes como la sonrojante La Prueba (The Recruit). Desde la primigenia El Caso Bourne (The Bourne Identity) la saga protagonizada por Matt Damon heredaba del celuloide europeo no sólo influencias del polar francés o la contención del cine de policíaco nórdico, sino que también se dejaba imbuir por esa tradición británica de poner en entredicho las acciones del espionaje internacional pero aplicado al de Estados Unidos. Jason Bourne acentúa ese tono crítico y muestra uno de los retratos más duros que la meca del cine ha realizado sobre la CIA en los últimos años, exponiéndola de cara a la platea como una organización fascista que no duda en recortar las libertades o manipular información referida al terrorismo extremista en su propio beneficio y con ello ofrecer una visión nihilista y descreída en la que las nuevas generaciones dentro de la agencia van a seguir el antidemocrático perfil de sus predecesores.
Con un magnífico reparto que sigue la senda de contención que es seña de identidad de los distintos equipos artísticos que han dado forma a las varias entregas de la saga, un guión perfectamente construido y anclado en una realidad que nos es reconocible para después de solidificar su propuesta entregarse a una acción ejecutada con el poderío visual habitual de un Paul Greengrass al 100% de sus capacidades como narrador Jason Bourne se revela como la mejor superproducción hollywoodiense de lo que llevamos de verano. Un producto intachable y profesionalmente rematado que tratando de ir más allá de la simple acción intenta hacer (sin tampoco profundizar demasiado en el tema, pero con buenas ideas e intenciones) un retrato del estado en el que se encuentra el mundo en la actualidad gracias al terrorismo (el extremista y el institucionalizado) las difíciles tensiones políticas y unos gobiernos que llevando a cabo acciones propias de regímenes dictatoriales ofrecen la peor cara de una democracia cada vez más mancillada y debilitada en la que palabras como libertad o privacidad casi se ha convertido en una utopía.
Guión David Ayer basado en los cómics de John Ostrander
Actores Will Smith, Jared Leto, Margot Robbie, Jai Courtney, Joel Kinnaman, Viola Davis, Cara Delevingne, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Adam Beach, Jay Hernandez, Karen Fukuhara, Scott Eastwood, Jim Parrack, Ike Barinholtz, Ben Affleck, Corina Calderon, Alex Meraz, David Harbour
Después de la polvareda que se levantó con el polémico estreno de Batman v Superman: El Amanacer de la Justicia de Zack Snyder DC Cómics sigue poniendo piedras para construir su propio universo cinematográfico con el que competir con Marvel Studios. Esta vez los elegidos han sido los miembros del Escuadrón Suicida, aquel grupo de soldados insubordinados creado por Robert Kanigher y Ross Andru en 1959 para el número 25 de la colección The Brave and the Bold y que casi veinte años después el guionista John Ostrander se ocupó de reformular y revisar a partir del número 3 de la miniserie Legends, para así dar inicio a una nueva etapa al grupo por el que pasarían decenas de personajes de DC. Ya en 2011, en pleno reboot de los New 52 tras el evento Flashpoint, el Escuadrón Suicida estableció una alineación que es en gran parte la que esta adaptación cinematográfica ha tomado como base. Para llevar a cabo esta cinta en la que un grupo de villanos es utilizado por el gobierno de Estados Unidos para realizar misiones imposibles en Warner Bros y DC Cómics contrataron los servicios de David Ayer, guionista (Training Day) y director (Harsh Times, Sin Tregua) especializado en el género policíaco y films protagonizados por grupos de antihéroes (Sabotage, Corazones de Acero). El largometraje se estrena hoy tanto en España como en Estados Unidos, pero antes del mismo la crítica pudo verla en un pase de prensa y lanzó no pocos dardos contra la producción enfantizando cuan fallida se mostraba de cara al público. En Zona Negativa ya hemos podido ver la película de David Ayer y a continuación trataremos de ofrecer qué nos ha parecido esta tan esperada Escuadrón Suicida, recomendando a los lectores que no pasen por alto que lo que aquí van a leer, por ahora, es la opinión de uno sólo de los muchos redactores de la web, teniendo cada uno de ellos su propia opinión del film que intentaremos publicar y recopilar próximamente.
Esta versión cinematográfica de Escuadrón Suicida tiene un extenso reparto entre el que podemos encontrar a Will Smith (Deadshot) Margot Robbie (Harley Quinn), Jared Leto (el Joker) Adewale Akinnuoye-Agbaje (Killer Croc) Jai Courtney (Capitán boomerang) Jay Hernández (Diablo), Cara Delevingne (Encantadora), Karen Fukuhara (Katana), Adam Beach (Slipknot) Joel Kinnaman (Rick Flag) y Viola Davis (Amanda Waller). La trama es sencilla y se inspira en la conceptualidad del grupo desde su nacimiento en las viñetas cuando, después de la desaparición de Superman tras el film inmediatamente anterior dirigido por Zack Snyder, Amanda Waller organiza un equipo de villanos fuera de la ley para implicarse en misiones suicidas. Por lo tanto Suicide Squad es una sencilla, directa y muy competente cinta de acción que da lo que ofrece, un grupo de los villanos y antihéroes más famosos del universo DC Cómics luchando contra fuerzas sobrenaturales. La película de David Ayer toma como punto de inicio Los Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen), de Robert Aldrich y una historia cuyo desarrollo casi parece un remake de 1997: Rescate en New York, de John Carpenter, para que el director de los Dueños de la Calle lo convierta en blockbuster macarra y testosterónico que sin llegar a la incorrección política de Deadpool, de Tim Miller, sí consigue desvincularse un poco del tono más solemne que hasta ahora tenían las producciónes de Warner Bros que adaptaban al celuliode las aventuras de los personajes de la casa de Green Arrow o Wonder Woman.
David Ayer se toma su tiempo para presentar a los personajes y perfilar sus personalidades, para ello utiliza el pasaje en el que Amanda Waller propone a sus superiores la iniciación de la Fuerza Especial X enseñándole los expedientes de los miembros como excusa para incluir flashbacks en los que conoceremos sus orígenes y en los que veremos cameos de otros personajes de DC que no pertenecen al elenco principal del largometraje. En este proceso David Ayer, que se ha especializado en realizar films con policías que atravesaban con asiduidad la barrera de la legalidad, retrata a unos servicios de inteligencia americanos cuyos métodos expeditivos en poco se diferencian de los llevados a cabo por los protagonistas y que son comandados por una Amanda Waller que se revela como la verdadera villana del largometraje. En este proceso el guionista de Dark Blue sabe alternar drama ligero, humor (más acentuado que en ninguna otra película de DC) pilodras para saciar el apetito goloso del fandom (ese génesis de Harley Quinn con referencia a la famosa ilustración que Alex Ross le dedicó a ella y al Principe Payaso del Crimen) e inyectar los primeros apuntes de temática sobrenatural, relacionada con Encantadora, que se convertirán en el núcleo central que vertebrará la trama principal de la obra y en uno de los puntos flacos del proyecto. A partir de aquí David Ayer se marca una versión cinematográfica de Escuadrón Suicida que se revela como una divertida cinta de acción que se hace fuerte cuando se entrega al tono urbano y a pie de calle y se vuelve algo más endeble y redundante cuando afronta en su recta final la temática fantástica.
Evidentemente en un producto como Escuadrón Suicida los personajes son el principal atractivo y reclamo de cara al público, no sólo por si los actores han conseguido enfundarse bien los trajes de los mismos, sino también por si los ideólogos del largometraje han decidido ser fieles a las contrapartidas en viñetas que los inspiraron. A nadie se le escapa, porque es algo que ya vimos en los trailers, que Margot Robbie no sólo es lo mejor del reparto de la película, sino también una magnífica recreación de Harley Quinn, absorbiendo esa mezcla de sociopatía e inocencia que Paul Dini y Bruce W. Timm le ofrecieron cuando la crearon para la catódica, e inigualbale, Batman: The Animated Series. La protagonista de El Lobo de Wall Street respira sexualidad, ironía, es a la vez excitante e irritante, y tiene una química brutal con un excelente Joker de Jared Leto (una mezcla entre Marilyn Manson, la visión que dio del personaje Grant Morrison en su etapa de Batman y un proxeneta del Bronx) que por desgracia tiene muy poco tiempo en pantalla, aunque sus apariciones están adecuadamente repartidas a lo largo del metraje. Will Smith cumple como Deadshot, le ofrece carisma y fisicidad al personaje, pero toda la subtrama sentimentaloide con la hija para humanizarlo (seguramente por exigencias del mismo actor) sobra y lastra la imagen letal de su rol. Joel Kinnaman cumple como Rick Flag aunque le falta más presencia para parecer un verdadero líder, Jay Hernández se luce como Diablo, Karen Fukuhara está como de pasada dando cuerpo y poca voz a Katana, Cara Delenvingne parece ir puesta de metanfetamina dando vida a Encantadora, un irreconocible Adewale Akinnuoye-Agbaje se mete adecuadamente en la piel escamada de Killer Croc y Jai Courtney por fin da vida a un papel al que no quieres ver morir desde el minuto uno de metraje. Pero es Viola Davis la que se roba en no pocas ocasiones la velada su Amanda Waller, un personaje que la actriz de Criadas y Señoras (The Help) hace suyo.
La presencia de David Ayer era necesaria en el universo cinematográfico de DC, ya que el estilismo como realizador de Zack Snyder comenzaba a agotar a gran parte de los espectadores. El director de Sabotage es un artesano curtido en thrillers policíacos, que incluso ha jugueteado con el found footage en Sin Tregua (End of Watch) y en Escuadrón Suicida ofrece secuencias de acción más orgánicas, directas, no tan estilizadas y entregadas a el esteticismo, de hecho cuando el film se hace fuerte es cuand Ayer apela a este tipo de cine de género, con tiroteos, persecuciones, escenas de acción físicas, al celuloide de testosterona masculina deudor de John Carpenter. Porque, como hemos apuntado brevemente unos párrafos más arriba, cuando la película incide en su faceta sobrenatural, más superheróica o fantasiosa al cineasta parece como si no se le notara cómodo con el material, algo que se deja notar también en su guión, que en ese sentido desbarra en varias ocasiones en la recta final. Toda la trama centrada en Ecantadora/June Moone, su hermano y la brujería (con más de una referencia a Cazafantasmas, buscadas o no) parece que choca con el entramado más terrenal, aquel relacionado con una historia a lo Walter Hill sobre un grupo de dementes inadaptados capaces de meterse en la boca del lobo con tal de sacar algún tipo de beneficio personal o económico con ello. Con esto no afirmamos que la mezcla de géneros a la que apela la cinta no funcione, sino que la balanza se inclina con más peso hacia el que el guionista y director conoce más de primera mano en detrimento del que para él era ajeno y que aquí tantea por primera vez en su carrera, y ahí en cierta manera se notan varias flaquezas en la estructura de la obra.
Pasad de Rotten Tomatoes, Metacritic, y demás web de opinión, Escuadrón Suicida no es ni mucho menos el desastre que proclaman varios medios en la red, pero tampoco es una gran película o una pieza que vaya a redefinir el cine protagonizado por personajes de cómic. La cinta de David Ayer es cine de evasión, una obra divertida, ligera, macarra, sin más aspiraciones que entretener, un blockbuster orgulloso de serlo que muestra un tono diferente a lo que hasta ahora nos estaba ofreciendo la dupla Warner/DC, más divertido y pasado de rosca. Por el camino tenemos escenas bien ejecutadas, actores que en varios casos bordan sus papales, una banda sonora cojonuda con éxitos del rock de los 60 y 70 (Queen, Black Sabbath, The Animals) referencias al universo DC en viñetas, apuntes de por donde irán los tiros en la película sobre la Liga de la Justicia Americana que prepara Zack Snyder (sí, hay escena post créditos, pero sólo una) un guión que aunque con ritmo y bastante efectivo hubiera necesitado un par de revisiones y todo ello con la sana intención de hacer pasar al espectador dos horas de diversión sin pretensiones. En la opinión del que aquí suscribe la crítica americana tiene todo el derecho a no haber disfrutado la película, pero el escarnio que con ella llevan haciendo desde hace unos días es excesivo, porque una cinta sobre un grupo de criminales contratados por el gobierno de su país para hacer el trabajo sucio que ellos no se atreven a llevar a cabo es lo que Escuadrón Suicida ofrece el espectador. Si alguien esperaba algo más que eso evidentemente saldrá decepcionado, en cambio el que demande del producto lo que vio en los trailers pasará un muy buen rato con esta superproducción veraniega que no aspira a ser nada más que eso y a fe mía que lo consigue.
Título OriginalThe BFG(2016) DirectorSteven Spielberg GuiónMelissa Mathison, basado en el relato de Roald Dahl ActoresMark Rylance, Ruby Barnhill, Penelope Wilton, Jemaine Clement, Rebecca Hall, Bill Hader, Rafe Spall, Adam Godley, Matt Frewer, Ólafur Darri Ólafsson, Haig Sutherland, Michael Adamthwaite
Desde los inicios de su carrera el cineasta norteamericano Steven Spielberg ha demostrado una más que contrastada versatilidad como autor para elaborar todo tipo de celuloide. Su talento y conocimiento del lenguaje cinematográfico siempre le han permitido alternar obras para adultos como El Diablo Sobre Ruedas (Duel), Tiburón (Jaws) o 1941 con otras más dirigidas a todos los públicos como Encuentros en la Tercera Fase, E.T o la saga Indiana Jones. Esta costumbre no la ha perdido en la actualidad si tenemos en cuenta que tan pronto coquetea con el thriller de espionaje o político en Munich o El Puente de los Espías, por poner un par de ejemplos, como se entrega a los brazos de las aventuras de proporciones épicas con Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio, la adaptación que él y Peter Jackson hicieron de los cómics creados por Hergé. En cierta manera a esta último tipo de films pertenece Mi Amigo el Gigante, la última cinta del realizador de Parque Jurásico con la que traslada a la pantalla grande el cuento El Gran Gigante Bonachón (The BFG en su título original, tanto para el relato como para la película) escrito por Roald Dahl, famoso autor de libros infantiles como Charlie y la Fábrica de Chocolate, James y el Melocotón Gigante o Matilda. Con su habitual equipo detrás de las cámaras, la ayuda en producción y guión de su amiga Melissa Mathison (E.T, Kundun) que falleció antes de ver el film estrenado, unos soberbios efectos digitales, un excelente reparto y sus no pocas tablas como uno de los directores más reconocidos de la historia de Hollywood Steven Spielberg construye con su proyecto más reciente una película infantil (de hecho los niños pequeños serán los que más la disfruten) con mucho potencial y algunos pasajes memorables, pero una construcción irregular por culpa de un guión inadecuadamente expuesto y desarrollado.
Mi Amigo el Gigante narra la historia de Sophie (Ruby Barnhill) una niña solitaria y fantasiosa que vive en un orfanato en el centro de la ciudad de Londres. Una noche de insomnio descubre la presencia en el exterior del edificio en el que vive de un gigante (Mark Rylance) que al sentirse delatado la secuestra para llevarla a la Tierra de los Gigantes. Allí, y siempre de la mano de su enorme amigo, Sophie descubrirá el trabajo de este como recolector de sueños, su enemistad con otros gigantes cuya única afición es comer niños humanos y se verá implicada en una aventura en la que copara capital protagonismo la mismísima Reina de Inglaterra (Penelope Wilton). La trama inspirada en el relato de Roald Dahl deja clara la naturaleza de cuento de hadas típicamente Disney especialmente dirigida a los más pequeños de la casa, Spielberg es consciente de ello y vuelca toda su inventiva visual y talento como narrador para que su último trabajo detrás de las cámaras deje satisfecho principalmente a ese amplio sector del público. El director de Minority Report o Salvar al Soldado Ryan se deja imbuir por un humor blanco (con algunos apuntes de escatología que, no lo neguemos, suele encantar los niños) que rodeará todo el argumento y sustentará la entrañable historia en la que se ven implicados los dos protagonistas. El norteamericano aprovecha los amplios medios que tiene a sus disposición para crear un mundo fantástico deudor tanto del mismo Roald Dahl como de Michael Ende o Terry Gilliam, con ecos que van desde La Historia Interminable hasta Los Héroes del Tiempo (Time Bandits) tejiendo un microcosmos repleto de detallismo, magia y pericia estética que, eso sí, de vez en cuando se ve devorado por el exceso de CGI.
Desde la decoración de las aposentos del Gigante en la cueva con el barco pirata como cama, los diminutos libros humanos que debe leer con lupa, esos asquerosos “Pepinachos” con los que se alimenta hasta su “taller de trabajo” en el que envasa los sueños que más tarde “soplará a los humanos” pasando por los parajes de la Tierra de los Gigantes incluyendo ese lago invertido en el que encuentra el material que después usará el protagonista para dar forma a las ensoñaciones de los ciudadanos de Londres Steven Spielberg y su equipo consiguen hacer pasar por real un reino de fantasía lírico, rico en contenido, y poseedor de un encanto fuera de toda duda. Gracias a unos efectos digitales tan excesivos (la búsqueda de Sophie por parte de los gigantes) como efectivos (el motion capture traslada fielmente toda la gestualidad facial de Mark Rylance y eso se deja notar en pantalla) Mi Amigo el Gigante extrapola con pericia la palabra de Roald Dahl a la pantalla grande transmitiendo a la platea un universo tan evocador como epidérmico gracias a la profesionalidad de unos técnicos que convierten el frío pixel en verdadera fábula para toda la familia. Steven Spielberg consigue arrancar genuina poseía en no pocos pasajes del largometraje como ese bellísimo plano de la gigantesca mano entrando por la ventana del orfanato bañada por el azul de la noche, las descacharrantes “técnicas de camuflaje” del Gigante para no ser descubierto por los humanos cuando deambula por las calles de la capital inglesa o el modus operandi que utiliza para transmitir los sueños a las personas y que desemboca en la divertida escena del niño que en su propio mundo onírico cree ser el asesor del presidente de los Estados Unidos ante al asombro y diversión de una atónita Sophie.
Como era de esperar la unión de Disney con la productora Amblin del mismo Steven Spielberg iba a permitir al director de Always o Loca Evasión (The Sugarland Express) tener un reparto a la altura de las circunstancias y el de Mi Amigo el Gigante no es una excepción. Aunque el papel protagonista iba a estar interpretado por el tristemente desaparecido Robin Williams, la labor de Mark Rylance (que ganó este año el Oscar al mejor actor secundario por su papel en El Puente de los Espías, una vez más a bajo la batuta del cineasta norteamericano) es sencillamente brillante, implicándose al 100% con un personaje que aunque realizado totalmente de manera digital captura (nunca mejor dicho) toda su gestualidad, lenguaje corporal y simpatía. Le da la réplica la unas veces encantadora y otras repelente Ruby Banhill que consigue que empaticemos con su soledad (una vez más el autor de Inteligencia Artificial recurriendo a la desestructuración familiar y la ausencia de figuras paternas como señas de identidad de su discurso) y disfrutemos con las aventuras en las que se embarca desde que conoce a su amigo gigantón. Dentro de los secundarios tenemos a Bill Hader (Superbad) o al compositor Jemaine Clement, entre otros, dando vida a los gigantes antropófagos y ya en la corte de la reina a Penelope Wilton (Orgullo y Prejuicio) dando vida a la misma, a Rafe Spall (Black Mirror) como Mr Tibbs y a una siempre elegante Rebecca Hall (Iron Man 3) como Mary, todos entregados al tono de humor liviano y fantasía desprejuiciada del proyecto, pero siempre en un segundo plano con respecto a los dos protagonistas que son el núcleo central sobre el que vertebra todo el argumento de la obra.
Por desgracia no todo son aciertos en Mi Amigo el Gigante ya que su mayor punto débil, y tristemente no pasa desapercibido, reside en el guión con el que la fallecida Melissa Mathison adaptaba el cuento de Roald Dahl. La guionista de E.T. afronta cada uno de los actos que dan forma al conjunto del largometraje con mucho eficacia, explotando sobre todo la relación entre los dos personajes principales para que la interacción entre ambos se convierta en la mayor virtud del proyecto. pero rebasado el arranque los pasajes del film se alargan innecesariamente, entregándose a la reiteración, la redudancia y transmitiendo con ello cierta sensación de apatía al espectador, que si bien nunca llega a aburrirse, en más de una ocasión mirará furtivamente el reloj por el exceso de descompresión narrativa con el que está escrito el libreto. No hay más que ver la potencia con la que arrancan momentos como la llegada a la casa del protagonista, los “juegos” con los otros gigantes a plena luz del día, o la llegada al palacio real para todas estas situaciones extenderse inadecuadamente en el tiempo sin que haya una necesidad de peso para llevarlo a cabo. Por suerte la pericia de un perro viejo como Steven Spielberg y su séquito tienen las suficientes tablas para solapar adecuadamente la mayoría de estas taras en la escritura con un dinamismo que no da respiro al espectador, pero no siempre lo consiguen y al film como conjunto se le ven las costuras.
Mi Amigo el Gigante entra en el panteón de las obras menores de Spielberg, ya que aunque se muestra en todo momento como una pieza estimable y bien ejecutada la endeblez de su guión la hiere considerablemente, tanto como para bajarla de la excelencia en la que podía haberse aposentado fácilmente. Por suerte, y como ya hemos apuntado un par de veces en la entrada, la maestría de un mago como el cineasta norteameriacno consigue que el barco no se hunda y podamos deleitarnos con una imaginería visual que, agradará a la mayoría de los adultos y hará soñar a los más pequeños con otros mundos poblados de gigantes, niñas solitarias, pepinachos malolientes, vehículos utilizados como juguetes y sueños deslizándose por una trompeta al interior de la mente de niños durmientes. Agradecidamente el director de la Lista de Schindler o Warhorse no se amilana con ningún proyecto y si bien es cierto que hace años que no ofrece una de sus obras maestras (la última fue la brutal Munich de 2005) no deja de trabajar, experimentar con técnicas y estilos, alternando realismo inmediato con fantasía universal, y hasta en una pieza irregular como la que nos ocupa siempre consigue que el que suscribe en algún momento puntual reconozca al gran narrador de historias que se esconde tras su impronta, el mismo que con un Gigante leyendo un cuento con una lupa en una mecedora al calor de una chimenea mientras una niña se duerme en lo alto del mástil de un barco escuchándole me hace, aunque sea por unos minutos, volver a ser el niño que se enamoró con sus arqueólogos aventureros, sus dinosaurios, sus extraterrestres o su patético, entrañable e incomprendido Capitán Garfio. Gracias por todo Mr Spielberg, que tenga dulces sueños.
"Si Robert se entera... sabes que lo hará, debes protegerlo, prométemelo Ned, prométemelo
Tarde o temprano tenía que suceder lo que todos nos imaginábamos. El ritmo de producción anual de Juego de Tronos era tan rápido que tarde o temprano adelantaría a los libros de George R.R. Martin en los que la serie estaba inspirada y así ha sucedido en esta sexta temporada, algo que se deja notar, para bien o para mal, a lo largo de los diez episodios. A continuación adjuntaré spoilers muy importantes de la trama, de modo que cuidado. Tras la incertidumbre que supuso el asesinato a traición de Jon Snow por parte de sus hermanos de la Guardia de la Noche en el último episodio de la quinta temporada al inicio de la sexta la primera cuestión a responder era saber si el personaje de Kit Harington estaba realmente muerto o no y en el caso de estarlo si David Benioff y D.B. Weiss tenían intención de resucitarlo, algo que ni lectores de los libros sabían a ciencia cierta ya que el personaje parecía morir también en Danza de Dragones sin mucha posibilidad de haber sobrevivido. La respuesta en televisión nos la dio la HBO al final del segundo episodio cuando Melissandre, la Bruja Roja, devolvía de entre los muertos al joven bastardo y en ese mismo momento la temporada se ponía verdaderamente en marcha.
Desde un punto de vista más o menos objetivo y como lector de los libros o fan de la serie de televisión debo admitir que esta temporada me ha parecido la más irregular de la serie, no mala (ninguna me lo parece, siendo algunas mejores que otras) pero sí considerablemente descompensada precisamente porque a David Benioff y D.W. Beiss se les nota que se han quedado sin el sólido material literario de George R.R. Martin para ir tejiendo su versión televisiva de Canción de Hielo y Fuego. Para el que suscribe es indiscutible que esta sexta tanda de episodios a contenido algunas de las subtramas más gratuitas, innecesarias y endebles de toda la serie. Porque si bien el personaje de Deanerys comienza a tomar un rol activo todavía se antojan sus acciones y decisiones de un estatismo narrativo que poco tiene que ver con su contrapartida en las páginas de los libros, cuyas hazañas están exupuestas de manera mucho más dinámica y atractiva. Pero peor es el caso de Tyrion, ya sabemos que es el personaje que más gusta tanto en la saga literaria como en la catódica y que Peter Dinklage es un actor que llena la pantalla con sólo abrir la boca, pero es que todo la trama relacionada con él es de una insulsez e inanidad alarmante, por mucho que quieran darle peso como consejero de la Madre de Dragones su presencia no aporta nada de verdadero peso y su hazañas quedan reducidas a intercambiar diálogos con otros personajes como la misma Daenerys, Varys o Missandei y Grey Worm, compartiendo con estos últimos pasajes de humor que, aunque efectivos, están fuera de lugar.
Como previamente hemos comentado recurrir a estas subtramas que son excusas para mantener en la serie a personajes importantes pero que narrativamente no se sustentan como debieran para cohesionarse con las otras que pueblan el programa posiblemente se deba a que los showrunners de la serie ya no tienen donde reflejarse ahora que han dejado al autor de las novelas atrás, pero también sería de necios negar que las dos cabezas pensantes de la serie a estas alturas ya conocen el estilo del autor de El Sueño de Fevre y que evidentemente este los habrá seguido asesorando a lo largo de la temporada aunque en esta ocasión no haya escrito el guión de ninguno de los episodios, como venía siendo tradición en las anteriores. Esto que comento queda claro en cuanto a la serie de traiciones, asesinatos, crueldades, muertes, batallas e intrigas palaciegas que sobrevuelan los diez episodios, que son 100% George R.R. Martin, material con toda la personalidad de una serie como Juego de Tronos al máximo nivel y sin hacer prisioneros. Por otro lado los actores vuelven a estar a la altura, pero hay que tener cuenta que después de seis años interpretando sus roles es fácil que la labor del reparto sea notable. En esta temporada un servidor destaca a un Kit Harington algo más entregado (y expresivo) por la causa ya que esta entrega recae casi por completo en sus hombros desde su mismo arranque, también Maisie Williams por haber convertido su Arya Stark en un personaje completamente físico, a Sophie Turner por dar por fin el paso a la madurez que Samsa llevaba tiempo exigiendo, Iwan Rheon pletórico como el demente Ramsay Bolton, una Lena Heady que ha exprimido hasta el paroxismo la crueldad de una Cersei Lannister mejor que nunca y esa Lyanna Mormont personalizada por la maravillosa Bella Ramsay que nos ha enamorado a todos por su entereza y determinación concentradas en el cuerpo de una pequeña niña de doce años.
Evidentemente aunque esta sexta se antoje como una temporada no del todo brillante es no es óbice para admitir que volvemos a encontrarnos ante un producto televisivo de calidad a la altura de una cadena como HBO. David Benioff y D.B. Weiss siguen por el buen camino recurriendo a guionistas con talento, actores magníficos de nueva hornada (enorme Jonathan Pryce como el Gorrión Supremo, agradable la presencia de Max Von Sydow como Three-Eyed Raven y una pena que Ian McShane haya sido ta poco aprovechado siendo un intérprete de nivel) y unos directores que cada nuevo episodio elevan la calidad técnica y la puesta en escena del show. Hay varios momentos potentes en esta temporada (a continuación los destacaré, pero seguro que no es difícil adivinarlos) y los mismos hacen que merezca la pena hacer el recorrido de esta última colección de episodios que no han sido todo lo potentes que debieran. Ahora llega la verdadera prueba de fuego, saber si Benioff y Weiss van a conseguir mantener a flote el barco las dos temporadas que quedan (hace poco nos hemos enterado que la séptima se retrasará por la falta de nieve para poder comenzar el rodaje de la misma) sin que la calidad de la serie se resienta demasiado, algo que por desgracia en esta sexta ha llegado a suceder en cierta manera.
El personaje – Ramsey Bolton, siento especial predilección por esos villanos a los que “da gusta odiar” y el personaje de Iwan Rehon es un auténtico hijo de la gran puta que parece salido de Los Señores del Acero (Flesh+Blood) aquella sucia y lasciva cinta medieval rodada por Paul Verhoeven en 1985.
El momento de bronce – La muerte de Hodor, un personaje al que todos teníamos especial cariño y que abrazó un destino escrito desde su propia niñez para salvar a Brann y Meera, un momento en el que la tensión y la tristeza se dan de la mano para retorcer el corazón del fan de la serie.
El momento de plata – El fuego Valirio y su orgía de muerte instigada y planeada por Cersei Lannister y que se cobra la vida, entre otros, del Gorrión Supremo, Margaery y Loras Tyrell. Uno de los puntos álgidos de la temporada
El momento de oro – Evidentemente la Batalla de los Bastardos se ha convertido en el pasaje técnico cumbre de lo que llevamos de serie. Juego de Tronos es una producción que se caracteriza porque sus responsables en cada temporada tratan de superarse a sí mismos a la hora de rodar las escenas bélicas, pero lo de Michael Sapochnik (True Detective) en esta ocasión es un prodigio de control del tempo narrativo, ejecución coreográfica, utilización de los encuadres para incomodar hasta lo asfixiante al espectador y uso sabio de los efectos digitales. Un hito televisivo con todas las letras.
“Aquellos sucesos se pagaron con sangre, así que honrelos, no se si servirán de algo, pero deberían, porque merecemos un mundo mejor”
El 12 de Enero de 2014 HBO estrenó la que aquel año se convirtió en la serie revelación de la cadena por cable norteamericana. True Detective nacía de la pluma del guionista y novelista Nic Pizzolatto (The Killing) formando este tándem con el director Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) para ofrecer ambos a unos Matthew McConaughey y Woody Harrelson tanto los papeles protagonistas como labores en calidad de productores ejecutivos del proyecto. La primera temporada de este programa, que al igual que otros como American Horror Story de Ryan Murphy y Brad Falchuck recurría al formato antología (cada temporada sería independiente de la siguiente y tendría distintos personajes), estaba protagonizada por dos detectives llamados Rust Cohle y Marty Hart a los que en el año 2012 se les interrogaba por un caso de asesinato ritual y posterior captura del homicida que tuvo lugar en el año 1995 en el estado de Louisiana y en el que ambos estuvieron implicados. Aunque en sus primeros episodios el proyecto no hizo demasiado ruido tras la emisión del cuarto, el del famoso plano secuencia, el trabajo de Pizzolatto y Fukunaga fue ganando poco a poco el seguimiento de una enorme horda de fans que perdían la cabeza por resolver el intrincado caso en el que ambos personajes estaban embarcados.
Antes de acabar los ocho episodios que daban forma a la temporada True Detective ya era una serie de culto que con su mezcla de relato de literatura/cine negro con ribetes del David Lynch de Twin Peaks, un latente submundo de corte sobrenatural deudor del imaginario del escritor norteamericano Howard Philip Lovecraft y no pocos homenajes a obras dentro mundo del arte secuencial como las salidas del sello Vertigo o las ideadas por el británico Alan Moore (autor al que Pizzolatto no ha dudado en mencionar a la hora de hablar de referentes para True Detective), escritura sólida llena de simbología y cripticismo, dirección de acero que recayó en todos los capítulos en un sólo realizador y reparto sobresaliente en el que sobresalía un Matthew McConaughey nihilista y autodestructivo que confirmaba el nuevo y glorioso encarrilamiento de su carrera como intérprete consiguió enamorar a millones fans de todo el globo que encumbraron a la producción convirtiéndola en un éxito enorme para la cadena donde se hospedan series como Juego de Tronos, Girls o The Leftlovers.
Como era lógico tras el éxito de la primera temporada la producción de una segunda no se hizo esperar y HBO encargó a Nic Pizzolatto la labor de sacarla adelante en calidad de guionista y showrunner lo antes posible, esta vez sin la ayuda de Cary Joji Fukunaga que abandonaba labores de director para ejercer únicamente de productor ejecutivo, según las malas lenguas por problemas con su antaño compañero en la serie. Las noticias sobre la gestación de esta “True Detective II” fueron llegando con cuentagotas mientras las expectativas eran cada vez más altas debido a que la primera tanda de episodios había dejado el nivel de calidad por las nubes. Poco a poco se fue confirmando que Pizzolatto no sería el único escritor de la temporada y que la dirección, ahora sí, se repartiría entre varios realizadores, como suele ser habitual en la ficción televisiva norteamericana. Entre los meses de Octubre y Noviembre de 2014 se fueron confirmando los nombres del reparto que estaría formado por Colin Farrell (Daredevil, Alejandro Magno), Rachel McAdams (El Diario de Noa, To the Wonder) Vince Vaughn (Psicósis, El Mundo Perdido), Taylor Kitsch (Salvajes, X-Men Orígenes: Lobezno) y Kelly Reilly (Eden Lake, Sherlock Holmes) certificando que los dos personajes de la primera temporada pasarían a ser cinco en esta.
El pasado 21 de Junio del presente 2016 se cumplía un año del estreno por parte de HBO del primer episodio de la temporada, con guión del mismo Nic Pizzolatto en solitario y dirección del cineasta de origen taiwanés Justin Lin, conocido por ser artífice de la realización de varias entregas de la exitosa saga Fast & Furious y sustituto de J.J. Abrams en la franquicia Star Trek. El resultado no fue el esperado y la sensación de decepción por parte de los fans de la serie no sólo no se hizo esperar sino que se extendió a lo largo de prácticamente toda la emisión de la temporada por parte de la cadena de pago norteamericana. Gran parte de aquellos espectadores que esperaban una continuación ortodoxa del microcosmos filosófico y misántropo rodeado por una especie de submundo extraterrenal que tenía mucho de ensoñación se encontraron un producto que eludía dichas constantes para centrarse en otras menos simbólicas o alegóricas, más cercano a lo que sería nuestra realidad. Durante la emisión de los capítulos (y después de la misma) las redes sociales y webs de opinión ardieron hablando de la bajada de calidad e interés que había sufrido esta nueva entrega True Detective con respecto a la primera que le dio la fama al producto, después los humos se atenuaron pero quedó claro que esta nueva entrega de la serie de HBO había decepcionado a no pocos espectadores.
Sin intención de afirmar que esta segunda temporada es mejor o tan buena como la anterior (con respecto a eso pocos estaremos en desacuerdo) y con la perspectiva que nos da el paso del tiempo en esta entrada vamos a intentar ir a contracorriente de la mayoría argumentando por qué un trabajo como el que nos ocupa merece mucho la pena por la considerables virtudes que atesora y la valentía con la que ha sido abordado como el producto catódico de un autor que sabiendo que tenía la fórmula del éxito en la palma de su mano y que sólo teniendo que explotarla un poco más hubiera dejado satisfecho a prácticamente todo el mundo eligió el camino más complicado, dar un triple salto mortal sin red, ofreciendo algo que en apariencia puede parecernos diferente a aquellas ocho entregas que degustamos con fruición el pasado, pero que es muy parecido en su esencia a las aventuras y desventuras (más de estas últimas) de Rust Cohle, Marty Hurt y compañía en los lacónicos pantanos de la sureña Louisiana, para confirmar que la odisea crepuscular protagonizada por los agentes Ray Velcoro y Ani Bezzerides o el mafioso Frank Semyon entre otros es un proyecto de una calidad más que contrastada, unos hallazgos del todo encomiables y poseedor de algunos momentos remarcables que no merece, ni de lejos, el desdeñoso trato que recibió desde el mismo estreno de su primer capítulo.
La segunda temporada tiene lugar en Los Ángeles y sigue los pasos de cinco personajes. Por un lado está Ray Velcoro (Colin Farrell) detective del Departamento de Policía de la Ciudad de Vinci, un individuo tan eficiente como autodestructivo con graves problemas personales (un divorcio y la custodia por su único hijo) y vinculado por medio de la corrupción con la mafia local. Ani Bezzerides (Rachel McAdams) es una detective de la Oficina del Sheriff del Condado de Ventura con tendencia a los excesos y un pasado tumultuoso ligado a su padre Eliot Bezzerides (David Morse) el líder de una secta y a su hermana Athena (Leven Rambin) que se dedica a hacer performances eróticas para páginas de internet. Paul Woodrugh (Taylor Kitsch) es un veterano de la guerra de Afganistan que ejerce como policía de tráfico viviendo en el eterno dilema de no aceptar su homosexualidad y con la sombra de una multa por exceso de tráfico que supuetamente no puso a cambio de recibir los servicios sexuales de una actriz que ha ensuciado su nombre de cara a sus compañeros y colaboradores.
Por último tenemos al mafioso Frank Semyon (Vince Vaughn) implicado en no pocos casos de corrupción, entre ellos solicitar los servicios extraoficiales de Velcoro, y que siempre recibe el consejo de su esposa Jordan (Kelly Reilly) con la que lleva tiempo intentando concebir hijos sin éxito. Las vidas de estas cinco personas se cruzarán cuando Woodrugh encuentre, estando fuera de servicio, el cuerpo sin vida del gerente de la ciudad y socio de Semyon en el proyecto de un futuro tren de alta velocidad, Ben Caspere, y por ello el caso se le asigne, por problemas de jurisdicción, al ya mencionado policía de tráfico junto a Velcoro y Bezzerides que recibirán de sus respectivos superiores órdenes para investigarse los unos a los otros y en el caso del personaje de Colin Farrell la misión de hacer lo posible para que el caso no se solucione ya que ello sacaría a la luz los trapos sucios de la ciudad de Vinci y que apuntarían directamente al alcalde Austin Chessani (Ritchie Coster).
La segunda temporada de True Detective abandonaba los húmedos pantanos de Lousiana y se adentraba en el urbanismo crudo y ballardiano de Los Ángeles, dejaba de lado el ambiente rural del sur del país y abrazaba el de las ciudades con rascacielos e industrialmente desarrolladas, omitía ese tono de latente amenaza sobrenatural que parecía habitar el subsuelo ara entregarse a temas más mundanos y actuales, propios de los seres humanos. Aunque la trama seguía siendo un policíaco con protagonistas nihilistas, autodestructivos y cuyas vidas personales se asentaban en la mentira o la hipocresía, el tono mucho más cercano, las distintas subtramas abiertas desde el primer episodio, la visión crítica sobre temas como la corrupción policial o política y los estragos de la crisis económica acercaban esta segunda tanda de episodios más a otros productos catódicos como The Wire de David Simon y Ed Burns o The Shield de Shawn Ryan (no en la puesta en escena, que en la serie protagonizada por Vic Mackey era espídica y con cámara al hombro, pero sí por la conexión entre corrupción policial y política local) que a la primera temporada de la serie ideada por Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga, influencias de calidad a las que poco o nada se les puede reprochar (hablamos de dos de las mejores series americanas de la pasada década) pero que chocan frontalmente con lo que habíamos visto en las correrías de los agentes Rust Cohle y Marty Hart.
Casi un año después de la finalización de la emisión de la temporada y habiéndola revisado en bluray a lo largo de estos últimos días un servidor confirma que fueron las expectativas y el deseo por ver algo muy similar a lo que Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga mostraron en la primera temporada los motivos, y no otros, que dieron pie a que esta segunda temporada de True Detective se convirtiera en una decepción para gran parte de aquellos que se enamoraron de los primeros ocho episodios de la serie. Porque para ser francos poco más se le puede achacar a esta segunda tanda de capítulos, ya que como producto televisivo cumple casi al 100% con su cometido de mostrarse de cara a la audiencia como una muestra de ficción de calidad, perfectamente ejecutada en todos sus apartados y con no pocos aciertos formales y conceptuales. “True Detective II”, es como ya hemos mencionado, un policíaco que hunde sus raíces en el cine o la literatura negra y el western, un relato fatalista en el que el bien se sacrifica en aras de un mundo mejor mientras el mal sigue extendiendo indefinidamente sus tentáculos, es Sidney Lumet, Michael Mann, William Friedkin o Dennis Lehane.
El guión, su construcción y desarrollo, vuelve a ser brillante pero las presiones y prisas de la HBO (que mencionaremos más adelante) obligaron a Nic Pizzolatto, por primera vez en esta serie, a recurrir a co guionistas puntuales como Scott Lasser o Amanda Overton para que le ayudaran con la escritura de algunos de episodios, aunque prácticamente todo el trabajo recayó en el autor de la novela La Profundidad del Mar Amarillo. Cambios más significativos hubo en cuanto a la dirección de episodios ya que si en la primera temporada uno sólo, Cary Joji Fukunaga, se ocupó de rodarlos todos en esta segunda temporada, y como suele ser común en el mundo de la televisión americana, varios de ellos se repartieron la realización de los mismos recurriendo tanto a algunos cineastas asiduos a la pantalla grande como Justin Lin (Fast & Furious, Stark Trek: Más Allá) o John Crowley (Brooklyn, Intermission) como a artesanos consagrados en la pequeña como Jeremy Podeswa (Juego de Tronos, A Dos Metros Bajo Tierra) o Daniel Attias (The Killing, The Wire) entre otros.
La mayoría de estos cambios, unos más sustanciales que otros, no impiden en ningún momento que la segunda temporada de True Detective, al igual que la primera, se muestre como un producto televisivo cohesionado y con la calidad exigida como programa nacido en el seno de la HBO. Por un lado el guión de Nic Pizzolatto consigue desarrollar varias tramas para que las mismas converjan con eficacia, permitiendo la retroalimentación entre ellas, ofreciendo un entramado perfectamente hilado en el que tienen cabida corrupción policial y política, extorsión, trata de blancas, pederastia, asesinatos y los problemas personales de cada uno de los personajes principales. A Pizzolatto se le notan las dotes como novelista y un especial predilección para dar forma a diálogos potentes pero en ocasiones recargados (algo que ya le pasaba en la primera temporada a la hora de abordar al personaje de Rust Cohle, aunque en esa ocasión casaba perfectamente con la filosofía del mismo) permitiendo que la narración fluya poco a poco y vaya tomando forma sin mayores estridencias.
Por otro lado la labor de los directores no tiene mucho que envidiar a la del director de Beats of No Nation o Jane Eyre, ya que después de que Justin Lin asiente las bases visuales (que, por otro lado, son muy parecidas a las de, una vez más, la primera tanda de capítulos) en los dos primeros episodios el resto de realizadores sólo tienen que mantener el mismo tono. Las transiciones con panorámicas de Los Ángeles, el magnífico uso de las localizaciones, dejar respirar los encuadres en las escenas de acción y ofrecer espacio a los actores para que puedan lucirse hacen de la puesta en escena de esta segunda temporada un trabajo intachable. Mencionar también que si en el cuarto episodio de la primera temporada teníamos el soberbio plano secuencia con la redada a los moteros en el de esta tenemos la “Masacre de Vinci” en la que los personajes de Farrell, MacAdams y Kitsch protagonizan el frustrado asalto a un laboratorio de metanfetamina rodado con verdadera maestría por un perro viejo en estas lides como Jeremy Podeswa.
Otro de los puntos fuertes de True Detective y que esta segunda temporada también contiene es la excelente labor de su reparto de actores. Si en la primera temporada el trabajo de Matthew McConaughey fue superlativo y el de Woody Harrelson sobresaliente los actores que protagonizan la segunda no pierden la oportunidad de ofrecer, varios de ellos, los mejores trabajos de sus respectivas carreras. Colin Farrell se enfunda el desaliñado aspecto de Ray Velcoro, un policía corrupto de vuelta de todo, con una situación personal que lo consume poco a poco, y con apariencia de haber salido de una novela de Cormac McCarthy, ofreciendo una composición magnífica. Al irlandés no le va a la zaga la Ani Bezzerides de Rachel McAdams, acostumbrados a ver a la canadiense en cintas románticas o comedias como El Diario de Noa (The Notebook) o Morning Glory aquí de desmarca con un rol de mujer dura y muy entregada en el plano físico con algunos puntos en común con el Rust Cohle del ganador del Oscar por Dallas Buyers Club. Taylor Kistch como Paul Woodrugh aborda con acierto su taciturno personaje, el que posiblemente tenga una psicolgía más quebrada por sus propios demonios y cuya delgadez (en films como John Carter o Salvajes lo hemos visto mucho más corpulento) transmite al espectador una efectiva sensación de debilidad física que no desentona con la que también padece en el plano mental.
Pero si hay alguien que sorprende en el reparto es el normalmente penoso Vince Vaughn, uno de los actores que más basura ha rodado en Hollywood (pocas películas podrían salvarse dentro de su flmografía) se encuentra aquí a la altura como Frank Semyon, un elegante mafioso con un estricto código de honor, un Rey Lear que busca dejar los negocios sucios y formar una familia con su mujer y mayor consejera, Jordan, a la que ofrece su serena belleza la británica Kelly Reilly, un rol más secundario pero de capital importancia en la historia que vertebra la temporada y el final que da cierre a la misma. Todos estos actores dan lo mejor de sí mismos, no sólo por el bagaje que tienen a sus espaldas después de haber rodado decenas de películas, también por el considerable talento que tiene Nic Pizzolatto para ofrecerles en los guiones momentos con los que lucirse y su especial cuidado a la hora de relacionarse con ellos. Este quinteto de intérpretes apelan a una sabia contención y se hacen grandes gracias a la prosa del escritor de la novela Galveston. El monólogo de Vince Vaughan en el inicio del segundo episodio, todas las escenas que Colin Farrell comparte con su hijo, Rachel MacAdams y su incursión como falsa escort en la mansión, Taylor Kitsch y la escena en la estación de metro del penúltimo episodio o la última escena que comparte Kelly Reilly con el Norman Bates del remake de Psicosis de Gus Van Sant son muestras de que Pizzolatto es capaz de ofrecer muy buen material para que su reparto realice un trabajo notable.
¿Entonces qué falla en esta segunda temporada de True Detective?, ¿Por qué decepcionó a tanta gente en el momento de su emisión?, ¿Por qué palidece al lado de su hermana mayor protagonizada por Rust Cohle y Marty Hart?. Intentando dar respuesta a estas preguntas diremos que es indudable que el ritmo es bastante más lento que el de la primera temporada, aunque esta también se tomaba su tiempo para mantener un contacto inicial con el espectador, pero el juego del gato y el ratón al que se prestaba era más agradecido de cara a la audiencia. Por otro lado la narración más convencional también hizo mella en la recepción del producto, ya que como televidentes nos habíamos acostumbrado al caviar con esos primeros ocho episodios narrados con flashbacks hasta en tres líneas temporales, y Nic Pizzolatto aquí nos ofreció algo que, sin ser deficiente, sí era más procedimental, yendo a contracorriente de lo que ya había planteando y molestando a no pocos fans de la serie con su controvertida decisión.
Por mucho que los actores estén excelentes en sus papeles el recuerdo de los roles de Woody Harrelson y sobre todo el inmenso de Matthew McConaughey (muchos vieron en Rust Cohle el perfecto John Constatine que disfrutamos en la colección Hellblazer del sello Vertigo) estaban muy por encima y las comparaciones en ese sentido tampoco se hicieron esperar. Aunque un servidor considera el mayor fallo de esta temporada la ausencia de aquella pátina de atmósfera sobrenatural que sobrevolaba Louisiana, con un malsano hálito lovecraftiano que nunca se mostraba de manera explícita, pero que estaba siempre presente. Esta Los Ángeles de fría piedra y carreteras infinitas más cercana a la realidad de la segunda temporada, poco tiene que ver con ese retorcido misticismo sureño que tenía su hermana mayor y que se convirtió en una de sus señas de identidad más reconocibles, algo que seguramente el mismo Pizzolatto no comparta conmigo, ni con otros muchos seguidores de su obra, viendo como lo eliminó (casi) de raíz en esta nueva etapa.
Pero ahí reside la mayor virtud de esta segunda temporada de True Detective para el que esto suscribe, en el valor y la personalidad de Nic Pizzolatto que, como comentaba al inicio de la entrada, sabía que resortes debía utilizar para asegurarse un autocomplaciente éxito haciendo “más de lo mismo” y decidió tomar el camino contrario, más largo, espinoso y arriesgado. Mucho más efectiva vista en conjunto (como la novela que es gracias a la mano de su autor) y con no pocas virtudes en cualquiera de sus apartados la segunda temporada de True Detective merece ser revalorizada como el excelente producto de ficción que es. Poco importa a un servidor que hasta Michael Lombardo admita que no estuvo a la altura por culpa de la presión a la que sometió al showrunner y guionista o que el futuro de la tercera temporada siga pendiendo de un fino hilo, esta reciente revisión que he hecho a los ocho episodios me confirman que esta “True Detective II” hubiera sido recibida con mucho más énfasis si no hubiera estado vinculada al producto que le precedía y que posiblemente el paso del tiempo la pondrá en el lugar que merece, a sólo unos peldaños debajo de ese inimitable e irrepetible viaje a Caracosa en busca del Rey Amarillo.
Título OriginalBasic Instinct 2(2006) DirectorMichael Caton Jones GuiónLeora Barish y Henry Bean basado en personajes de Joe Eszterhas ActoresSharon Stone, David Morrissey, Charlotte Rampling, David Thewlis, Hugh Dancy, Anne Caillon, Iain Robertson
El enorme éxito que obtuvo Instinto Básico hizo que la idea de realizar una secuela siempre estuviera en el aire. Si buscar el equipo técnico y artístico del largometraje de Paul Verhoeven fue complicado dar con los de su secuela fue una tarea mucho más ardua. Después de bastantes años de baile de actores y directores un entusiasmado David Cronenberg hablaba a principios de la década pasada en entrevistas de un retorcido guión de Instinto Básico 2 que había leído y le hubiera interesado llevar a imágenes. Por lo visto el canadiense comenzó a realizar trámites con el productor Mario Kassar (propietario de los derechos de la franquicia) pero ante la negativa de este a que Cronenberg se trajera a su equipo técnico habitual para que colaborara en el film el proyecto no llegó a ninguna parte. Más tarde trataron de tantear a John McTiernan pero este no pareció mostrar mucho interés y por aquel entonces sus problemas con la ley ocupaban la mayor parte de su tiempo.
Entonces la misma Sharon Stone entró como productora en el largometraje y eso lo condenó definitivamente. Parece ser que la actriz antepuso sus aires de diva a las decisiones que podrían haber beneficiado a la secuela del film de 1992 y comenzó a rechazar sistematicamente actores que o no le agradaban o le podían hacer sombra de alguna manera, cuando ella era indudablemente la reina de la velada. Finalmente en el año 2005 comenzó el rodaje con el escocés Michael Caton Jones (Memphis Belle, Vida de Este Chico) en la dirección, un guión escrito a cuatro manos por Henry Bean (The Believer) y Leora Barish (Buscando a Susan Desesperádamente), el británico David Morrissey (The Walking Dead, Centurión) como partenaire de la protagonista y secundarios como Charlotte Rampling (ElPortero de Noche, Melancolía) o David Thewlis (Teorema Zero, Regresión) en el reparto. En 2006 la obra se estrenó oficialmente y el fracaso fue el esperado, la crítica despellejó el film y la taquilla le dio la espalda, no sin motivo.
La escritora Catherinne Tramell se encuentra en Londres y tras verse implicada en un nuevo y extraño caso de asesinato la policía de Scotland Yard, representada por el agente Roy Washburn, le asigna un psiquiatra criminalista, el doctor Michael Glass (que guarda un oscuro pasado relacionado con uno de sus clientes) para que se ocupe de evaluarla psicológicamente. Por medio de mentiras y sus dotes de seducción Catherinne se irá convirtiendo poco a poco en la obsesión del doctor Glass y este se verá implicado en una serie de asesinatos en serie que parecen ser cometidos por su paciente. Esta es la trama de Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo, un sota, caballo y rey visto hasta el hartazgo que no sólo está construido de la manera más procedimental posible, sino que también se antoja en todo momento como una revisión torpe e innecesaria de la película original rodada por el director de Eric: Oficial de la Reina en el año 1992 con muchísimo mejor resultado a todos los niveles.
Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo es, más que una secuela, un remake de la primera entrega. Como producto cinematográfico repite casi una por una todas las ideas y resoluciones formales de la película de Paul Verhoeven pero de manera mucho más rudimentaria, fallida y en ocasiones hasta inintencionadamente cómica. El personaje de Sharon Stone consigue seducir a un hombre (en la primera entrega un agente de policía con problemas personales, en esta un psiquiatra criminalista que también los tiene) que pierde los papeles por ella, por el camino este se vuelve loco por su influencia aún sabiendo que puede ser una asesina en serie y ella finalmente revela que ha usado a su amante para que lleve a cabo los planes que había, previamente, diseñado. El problema radica en que ni Michael Caton Jones tiene la personalidad de Paul Verhoeven a la dirección, ni Henry Bean y Leora Barish la malicia de Joe Eszterhas al guión.
El trabajo del director de Disparando a Perros es impersonal y desganado, su mirada no se aleja de la de cualquier mercenario de turno haciendo un especial hincapié por resaltar las modernas localizaciones londinenses en las que se desarrollan las escenas y utilizar un efectista estilo videoclipero en las escenas de acción (el arranque del film dentro del coche deportivo pone pronto las cartas sobre la mesa en cuanto a la paupérrima puesta en escena) y las de sexo que no tienen nada de la carnalidad milimétricamente diseñada por director de Desafío Total o Spetters. Conociendo el buen gusto de David Cronenberg el guión que finalmente se utilizó en Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo no debe ser el que él leyó, porque este cúmulo de sinsentidos narrativos, giros gratuitos, contradicciones en sesión continua y apuntes que incluso dañan a lo acontecido en la primera película es imposible que agradara en manera alguna al autor de Map of the Stars o Vinieron de Dentro de....
Pero no hay que negar lo evidente, si hay alguien que se salió con la suya a la hora de poner en marcha un proyecto como la secuela de Instinto Básico esa fue Sharon Stone. La actriz de Casino o Flores Rotas sació su ego y desde que puso sus manos en el proyecto en calidad de productora lo convirtió en una pasarela para que pudiera lucir sus todavía notables encantos de mujer. Evidentemente a los cuarenta y ocho años que tenía cuando rodó el film en 2006 no era ni la sombra de la mujer que con un cruce de piernas volvió loco a medio mundo en la cinta primigenia, pero todavía mantenía una sensualidad más que considerable que se crecía en pantalla sobre todo cuando compartía pantalla con un David Morrissey que no sabía ni donde estaba y que nos hacía echar mucho de menos a Michael Douglas. El problema es que la actriz se cree tanto su personaje de Catherine Tramell que en no pocas ocasiones lo convierte en una parodia de sí mismo protagonizando algunas escenas de vergüenza ajena como la del epílogo en el patio del sanatorio mental.
Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo es la mediocridad hecha celuloide. Lo que pudo ser una interesante, aunque innecesaria, secuela se convirtió en aquello que el film original eludía ser gracias a la labor de Paul Verhoeven y Joe Eszterhas, un thriller erótico que parece un telefilm de los que protagonizaba Andrew Stevens, junto a la actriz madura en decadencia de turno, en las sesiones nocturnas de la televisión americana de los 90. Con un guión ridículo en el que, eso sí, se vislumbran un par de ideas interesantes (lo que se plantea en la escena del intento de ahogo en el jacuzzi es interesante con respecto a la personalidad de la escritora) unos secundarios que son carne de cañón para que una Sharon Stone en plan tirana los devore impunemente (sólo una profesional como Charlotte Rampling consigue mantener el tipo y con más mérito si analizamos fríamente su estereotipado rol) y el trabajo detrás de las cámaras de un director al que se le notan en todo momento las ganas de "quitarse pronto el marrón de encima" no es de extrañar que el film no cubriera gastos, disgustara a todo el mundo y ganara hasta cuatro premios Razzie en 2006. Por suerte el rotundo fracaso mantendrá a la buena Catherine Tramell durmiendo el sueño de los justos por muchos años, con su famoso picahielos al pie de la cama, por supuesto.