Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de marzo de 2013

Jackie Brown, el color del dinero



Título Original Jackie Brown (1997)
Director Quentin Tarantino
Guión Quentin Tarantino, basado en la novela de Elmore Leonard
Actores Pam Grier, Samuel L. Jackson, Robert De Niro, Robert Forster, Bridget Fonda, Michael Keaton, Michael Bowen, Chris Tucker, Lisa Gay Hamilton, Tommy 'Tiny' Lister, Sid Haig, Aimee Graham






Tras el rotundo éxito de crítica y público de Pulp Fiction en 1994, Quentin Tarantino estaba saboreando las mieles del éxito. Era el cineasta de moda, el adalid de la posmodernidad cinematográfica, el resucitador de actores olvidados, el profeta de la violencia explícita y el diálogo ingenioso, pero aunque participó como guionista y actor en films como Abierto Hasta el Amanecer de su amigo Robert Rodríguez y hasta en la dirección de un episodio de la serie Urgencias (E.R) tardó tres años en ponerse de nuevo detrás de las cámaras para llevar a cabo su tercer largometraje como director. La elección fue una adaptación de la novela Rum Punch, escrita por el norteamericano Elmore Leonard y el resultado se llamó Jackie Brown, que se estrenó en 1997.




Jackie Brown (Pam Grier) es una azafata de mediana edad que pasa dinero por la aduana para un mafioso llamado Ordell Robbie (Samuel L. Jackson). Un día en uno de sus viajes es interceptada por dos agentes de policía (Michael Keaton y Michael Bowen) que encuentran en su bolsa de viaje una considerable cantidad de dinero y cocaina. Los inspectores le proponen negociar con ellos para coger al verdadero pez gordo, su jefe. La decisión por parte de Jackie con respecto a traicionar o no a su superior, la aparición de un viejo colaborador de Ordell, Louis (Robert De Niro) que está siendo manipulado por Melanie (Bridet Fonda) una de las novias que mantiene el ya mencionado mafioso, la intervención de Max Cherry (Robert Forster), un fiador que se enamora de Jackie y la aparición de 500.000 dólares servirán como fichas de juego en un tablero en el que todos juegan con todos y nadie dice la verdad.




Cuando se estrenó Jackie Brown fue recibida con disparidad de opiniones por distintos sectores del público. Unos se encontraban decepcionados por no encontrar en ella una continuación de Pulp Fiction, un thriller mafioso frenético, violento y directo a la mandíbula. Otros se enamoraron de la película justo por ser mucho más contenida que los dos anteriores trabajos de Tarantino, por centrarse más en los personajes y el desarrollo argumental de la trama. La tercera vía (a la que se adscribe un servidor) pensaba que aunque era  diferente de lo rodado previamente por el cineasta de Knoxville no dejaba de ser un producto 100% nacido de su impronta, una criatura de su propiedad aunque, como bien comentaré más adelante, tomando como base una novela ajena y en parte el estilo del autor que la escribió.




Con su tercera película Quentin Tarantino saldaba una deuda con uno de los subgéneros cinematográficos con los que se crió, el blaxploitation. Esta ola de films norteamericanos tuvo su apogeo en los años 70 y se trataba de un tipo de cine hecho por y para negros (aunque uno de sus directores más célebres, Jack Hill, curiosamente era caucásico) en el que los mismos reivindicaban sus derechos como raza a golpe de pólvora y puñetazo. Films como Shaft, Coffy, del ya mencionado Hill, Mama Negra, Mama Blanca de Eddie Romero o la primigenia Sweet Sweetback's Baadasssss Song de Melvin Van Peebles fueron el estandarte de este movimiento que tuvo sus coqueteos con otros géneros alejados del noir y la acción, no hay más que ver divertidos subproductos como Blacula, de William Crain y su secuela.




Desde el estreno de su última película, Django Unchained, está naciendo entre la prensa especializada una idea sobre Tarantino que un servidor no comparte. Se ha llegado a mencionar que el director de Reservoir Dogs en ocasiones se ríe de los referentes cinematográficos a los que rinde tributo y hace mofa de ellos. Desde el punto de vista del que suscribe esto es incierto, que Tarantino quiera hacer la mejor película dentro de cada uno de los géneros en los que se embarca (el blaxploitation, el terror, las artes marciales, el western) no significa, ni mucho menos, que esté mirando por encima del hombro a esas producciones, sino que su ego como autor le incita a crear la mejor muestra de ese tipo de cine, pero más por amor a esas constantes cinematográficos que tanto idolatra que por ser condescendiente con ellas.




Por eso, sí, podemos decir que Jackie Brown es no sólo el mejor homenaje que se ha realizado en la historia del cine al blaxploitation, también la mejor obra nacida dentro de eso género, pero con varios matices. Más que nada porque aunque la tercera cinta de Tarantino se refleja en aquel movimiento cinematográfico también toma como base una novela noir de corte clásico ideada por Elmore Leonard. De modo que lo que tenemos es un mix que une constantes argumentales y estilísticas del cine exploit ideado por negros y referencias a obras de esos Franciso Ford Coppola o Martin Scorsese que tendieron en los 70 un puente entre el clasicismo y el nuevo cine americano, pero siempre sin olvidarnos de la ya mencionada Rum Punch en la que se basa el film.




Pam Grier, estandarte del cine blaxploitation de los 70 con obras como Foxy Brown (título al que se homenajea explícitamente con el de la obra que nos ocupa) o Coffy, es la protagonista de Jackie Brown y el film está ideado alrededor de su peso como actriz e icono generacional. Desde los soberbios títulos de crédito Tarantino ya está metiendo referencias a ese tipo de cine, presentando a su "musa" al estilo de los largometrajes que protagonizó en aquella época y envuelta en la canción Across the 110th Street, tema perteneciente a la película homónima. En el reparto se dejan ver secundarios que forjaron sus carreras en esos trabajos de serie B como Sid Haig (compañero de Grier en muchos de sus éxitos y actual actor fetiche de Rob Zombie) y en la banda sonora suenan impresionantes temas soul propios de la época y que acompañaban a aquellos largometrajes.




Pero Tarantino no se deja llevar por el exceso rocambolesco y la crudeza urbana de aquel género y prefiere medir milimétricamente su guión, utilizar un reparto de primera fila y rodar con un pulso y una contención impropia en su carrera como cineasta hasta ese momento. Porque al igual que la novela de Elmore Leonard en la que se basa, Jackie Brown es una obra de personajes, los mismo definen, desarrollan y finiquitan la historia que se nos está narrando, son expuestos en pantalla con un realismo palpable propio del Tarantino de aquella época y en los diálogos, interacciones personales de los protagonistas y sus rencillas o traiciones está lo mejor del tercer largometraje del guionista de Amor a Quemarropa (True Romance), en el que no importa tanto el final como el trayecto recorrido por las criaturas que pueblan la película.




La elección del reparto es, como siempre en Tarantino, ejemplar. Pam Grier es retratada por el director con reverencialidad y mucho respeto, se nota que es una de sus ídolos de adolescendia, consigue sacar lo mejor de ella y mostrarla como una mujer madura elegante (mucho se juega con la estética del personaje a lo largo del film adecuándose al estado de ánimo y las intenciones del rol) y con la suficiente personalidad como para enfrentarse (y manipular) a todo tipo de hombres que tratan de hacerle la existencia imposible. Algo parecido sucede con Robert Forster, actor forjado en la serie B (sobre todo de terror) durante los 60 y 70 y que aquí llena de sincera humanidad al Max Cherry al que da vida y que se enamora perdidamente de Jackie, formando ambos una historia de amor con ecos de segundas oportunidades y vivencias desperdiciadas que son lo mejor de la velada.




Robert De Niro interpreta a Louis Gara, un ex convicto que ha pasado 4 años en prisión y que a sus 50 pasados debe intentar volver al mundo real y servir como funcional gangster en una California en la que se siento desubicado. Este fue uno de los últimos grandes papeles del protagonista de Casino antes de caer en decadencia y como siempre en sus trabajos de calidad el italoamericano engrandece el personaje escrito en papel por medio de detalles, gestos, miradas perdidas o actos que le da mucha más entidad a su criatura que la que tiene inicialmente en el guión y que se va acentuando y recrudeciendo a lo largo del metraje. Aunque sus mejores momentos en pantalla los tiene con Melanie, el rol de una inspiradísima y sexy Bridget Fonda, una fumada (enorme su mirada colocada con los ojos abiertos como platos cuando habla con Louis de timar Ordell Robbie) chica surfer que vive de los hombres y que le incita continuamente a engañar a su jefe, interpretado por Samuel L. Jackson.




Finalmente con el rol de Samuel L. Jackson hablamos del, con diferencia, mejor personaje de Jackie Brown. El Ordell Robbie al que da vida el actor de Fiebre Salvaje (Jungle Fever) podría ser visto como una evolución del Jules Winfield de Pulp Fiction, como si aquel matón de encargo hubiera subido escalafones dentro del submundo del hampa para convertirse en un chulo traficante de armas que sabe controlar a todos sus subordinados y que no duda en atajar de raíz los problemas (en forma de colaboradores o competencia) que les puedan causar otras personas. La naturalidad, la altanería, la elegancia y la amenazante cercanía con la que el actor de Django Unchained teje su personaje confirma lo que todos sabemos, que es uno de los mejores intérpretes de su generación (llega a comerse con patatas en un par de ocasiones al mismo De Niro) y que nadie recita con más convicción y profesionalidad los diálogos de Tarantino.




Entre los secundarios tenemos a un acertado Michael Keaton como Ray Nicolette, agente de la ATF (personaje que el mismo protagonista de Bitelchus repetiría en la muy rescatable Out of Shigt de Steven Soderbergh, cinta también basada en un libro de Elmore Leonard), que entraría poco después en una época de barbecho profesional de la que parece que saldrá con todas las letras haciendo de villano en el remake de Robocop que prepara el carioca Jose Padilha, y un convincente Michael Bowen como Mark Dargus, compañero de Nicollette, actor que repetiría posteriormente con Tarantino en Kill Bill, como el enfermero que abusaba del personaje de Una Thurman cuando estaba en coma. También aparecen en intervenciones breves un Chris Tucker menos abofeteable de lo normal (aunque su estridente voz sigue quemando tímpanos) el ya mencionado Sid Haig como el juez que firma la sentencia de Jackie Brown y Tommy "Tiny" Lister (El Caballero Oscuro) como Winston, el ayudante de Max Cherry.




Jackie Brown posiblemente contenga el guión más sólido de la carrera de su creador, en él se aúnan las dotes de narrador virtuoso del director, la sólida maestría como novelista de Leonard y en un momento dado ambos autores se fusionan cuando los hechos del intercambio del dinero se nos muestran desde tres puntos de vista distintos, ya que en dicho pasaje se ve el clásico estilo del control de las set pieces y el tempo narrativo deconstruido de Tarantino, pero paradójicamente el mismo viene de la novela original del autor de Touch o 3:10 to Yuma, de modo que este acierto argumental pertenece al 50% a cada uno de ellos. El director de Death Proof se toma su tiempo para contar su historia, ya que al igual que el David Simon de la serie The Wire no le importa demasiado el espectador medio a la hora de dar forma a su largometraje y gracias a ello perfila personajes inolvidables y momentos que se encuentran entre los de más hondura dentro de la filmografía de su autor.




Tarantino realiza un trabajo magistral en la dirección, se nota que en 1997 y tras el éxito de Pulp Fiction estaba mucho más seguro de su conocimiento del lenguaje cinematográfico. Dentro del apartado técnico en Jackie Brown pueden encontrarse situaciones que están entre lo mejor de su carrera. La conversación sobre armas de fuego de Ordell y Louis mientras ven el vídeo de Chicks Who Love Guns, cuando Nicolette y Dargus interceptan e interrogan a Jackie, todo el pasaje de Beaumont con plano secuencia en grúa incluido que homenajea tanto al Orson Welles de Sed de Mal (Touch of Evil) como al Sergio Leone de Hasta que Llegó su Hora (Once Upon a Time in the West), el uso del split screen depalmiano en la secuencia en la que Ordell vista a Jackie en su casa y sobre todo la última conversación de los personajes de De Niro y Jackson en la furgoneta, que es una escena para estudiar en las escuelas de cine por su contención, in crescendo de la tensión, trabajo actoral, montaje y colocación de cámara. El momento en el que Ordell cierra los ojos para pensar cual va a ser su próximo movimiento mientras Tarantino acerca la cámara a su rostro es uno de esos momentos de oro en celuloide que justifican que el cineasta esté encantado de conocerse.




Aunque en su momento dejó descolocado a más de un espectador y sobre todo a varios de los fans de Tarantino, Jackie Brown está ganando con el tiempo el lugar que merece en la filmografía de su autor. La de un film que es 100% tarantiniano, conteniendo en su interior todas las resoluciones formales y narrativas de su creador, pero que por primera vez adaptaba con mucho acierto material ajeno, e esta ocasión de corte literario. Supuso su primer homenaje al movimiento blaxploitation (el segundo fue Django Desencadenado) y uno de los trabajos más sólidos de una década de los 90 llena de films de género espídicos, duros y desatados a los que, como obra superior a ellos, podía mira por encima del hombro sin despeinarse un sólo pelo de su melena afro. 




La tercera cinta de Tarantino supuso un punto de inflexión en su carrera, ya que su discurso se hiperbolizaría y exageraría (o evolucionaría, según quien lo diga) con su siguiente trabajo, el sobresaliente díptico Kill Bill. A partir del film protagonizado por Uma Thurman otro director aparecería ante nosotros, más dado al esteticismo, a la violencia desatada y a los personajes, sí, carismáticos, inolvidables, pero menos cercanos y realistas (un Ordell Robbie podría exisitir en la realidad, una O-Ren Ishii más dificilmente). No me quejo del Tarantino de Inglorious Basterds o Dajngo Unchained, es más, lo adoro, pero me quedo con el de sus tres primeros films. Aquel que me descubrió el séptimo arte y que me incitó a comprarme Jackie Brown en VHS allá por 1998 y verla cientos de veces mientras el resto del mundo hacía lo propio con Titanic de James Cameron. No cambiaría aquella época y esas experiencias por nada del mundo, bueno, sólo por medio millón de dólares en una bolsa de supermercado.


domingo, 27 de enero de 2013

Django Desencadenado



Título Original Django Unchained (2012)
Director Quentin Tarantino
Guión Quentin Tarantino
Actores Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Don Johnson, Walton Goggins, James Remar, Dennis Christopher, Michael Parks, Bruce Dern, Franco Nero, Jonah Hill, Tom Savini, M.C. Gainey, RZA, Todd Allen, James Russo, Tom Wopat, Misty Upham, Gerald McRaney, Cooper Huckabee, Laura Cayouette





Posiblemente sin Quentin Tarantino yo no estaría aquí escribiendo esto. Allá por 1996 descubrí su obra gracias a Reservoir Dogs, el que sigue siendo para mí su mejor film. Puede que algunos no lo recordéis, pero en los 90 la gente de a pie no tenía internet ni programas de descarga, de modo que para buscar un largometraje teníamos que tirar de centros comerciales, tiendas o videoclubs para así dar con las películas que queríamos y que la televisión no emitía. Fue curioso cómo encontré en su momento el VHS de la ópera prima de Tarantino que me descubrió su obra, en la parte baja de la recóndita estantería de una tienda de videojuegos y películas, el tipo de establecimiento donde el mismo director forjó su pasión por el sépitmo arte.




Gracias a él me metí en el mundillo de los directores de cine y en un efecto dominó cinematográficó descubrí a autores como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Abel Ferrara, Oliver Stone o subgéneros como el exploit de todo tipo o la serie B. Le debo mucho al realizador de Deatn Proof y aunque ya no es "mi director favorito" le sigo teniendo en mucha estima, me parece un cineasta vital para entender la evolución del cine de autor desde los principios de los 90 hasta la actualidad y siempre espero el estreno de una de sus criaturas con mucha ilusión y expectativas altas, porque sabe tocarme la fibra sensible como pocos realizadores actuales.




Desde sus primeros años como cineasta Quentin Tarantino siempre había mostrado harto interés por realizar un western, género al que admiraba y rendía tributo en muchos de sus proyectos. En 2011 saltó la noticia de que el eternamente pospuesto largometraje sobre el lejano oeste titulado Django (en homenaje al film homónimo dirigido por Sergo Corbucci y protagonizado por Franco Nero) empezaba su rodaje. Tras cientos de nombres que supuestamente iban a protagonizar la cinta para posteriormente caerse de la misma, el de Knoxville encontró a su trío principal en los norteamericanos Jamie Foxx y Leonardo DiCaprio y el austriaco Christoph Waltz, así como presupuesto para llevar a la realidad el film en sus amigos los hermanos Weinstein, que le deben casi la vida. El resultado es un festín cinematográfico 200% Tarantino, pero el Tarantino post Jackie Brown, que no es el mismo de sus dos insuperables primeras producciones.




Durante el año 1858 el esclavo negro Django (Jamie Foxx) es liberado por el Doctor King Schultz (Christoph Waltz) un cazarecompensas alemán que busca objetivos a los que ejecutar por remuneraciones económicas. Ambos emprendarán un largo viaje por el sur de Estados Unidos en plena época del esclavismo para dar con Broomhilda (Kerry Washington) la mujer de Django que está ejerciendo como sierva en la casa de un negrero. Finalmente dan con el paradero de la mujer, que se encuentra en la localidad de Candy Land, regida por Calvin Candie (Leonardo DiCaprio) el sádico dueño de una enorme plantación.




Django Desencadenado es una extensión coherente del anterior trabajo de Quentin Tarantino, la magnífica Malditos Bastardos. Con aquella comparte en gran parte estructura, desarrollo, algunos personajes bastante similares y homenajear con su título a otra película previa dentro del cine de culto europeo. Pero lo es sobre todo por ser, como aquella, una revisión pulp de un género cinematográfico muy concreto. Si bien la cinta protagonizada por Brad Pitt era una visión irónica de los films más o menos exploits de corte bélico sobre el nazismo mayormente ideados en Europa como El Pasaje de J. Lee Thompson, su última obra es un homenaje por parte del norteamericano al western mestizo y bastardo.




La octava película de Quentin Tarantino es una oda al tipo de western que en su momento idearon y encumbraron Sergio Leone (la Trilogía del Dólar, Hasta que Llegó Su Hora) o Sergio Corbucci (El Gran Silencio, Django) en Europa o Sam Peckinpah  (Grupo Salvaje, Patt Garret y Billy the Kid) en Estados Unidos. El spaguetti western en el caso del primero o el western crepuscular en el del segundo, dando una visión alejada del clasicismo impoluto que previamente habían ofrecido cineastas estadounidenses como John Ford, Fred Zinnemann o Howard Hawks sobre este tipo de cine. Pero por el camino el director de Pulp Fiction incluye referencias a films sobre el oeste más modernos, pasando de Sin Perdón, Wild Bill o Forajidos de Leyenda a productos exploit como Rápida y Mortal o decididamente malos como Relampago Jack.




Porque Quentin Tarantino sigue siendo un director multireferencial, que bebe de cientos de fuentes cinematográficas para enriquecer su estilo, que finalmente se muestra como un homenaje a obras previas pero con una personalidad propia muy definida e inconfundible en fondo y forma. Porque Django Desncadenado no sólo tiene una deuda con el western, en su metraje hay apuntes que recuerdan a series folletinescas como Norte y Sur o Ráices e incluso a cintas que sin haber sido dirigidas por él tienen guiones o argumentos iniciales salidos de su mano, ya que el tiroteo final bebe indudablemente de Grupo Salvaje y la Scarface de los 80, pero también tiene planos de violencia estilizada calcados de Amor a Quemarropa (True Romance) de Tony Scott y Asesinos Natos (Natural Born Killers) de Oliver Stone, mal que le pese esta última.




Pero si hay un segundo referente directo para la última película de Tarantino ese es el cine blaxploitation americano de los años 70, aquel subgénero urbano hecho por y para negros que superó la barrera racial y llegó a una gran cantidad de público gracias a largometrajes como Shaft y Foxy Brown. Este es terreno conocido y transitado previamente por Tarantino, ya que en su momento demostró su devoción por este tipo de films en esa nunca suficientemente reivindicada joya llamada Jackie Brown, su tercer film y el que supondría el último del anterior estilo de su creador. Aquella pieza no sólo sería un rendido tributo al blaxploitation, también y de manera curiosa la mejor cinta jamás rodada dentro de ese estilo.




Aunque en Django Unchained ese aroma a blaxpolitation es más grandguiñolesco, exagerado e hiperbólico, como el mismo cine de Tarantino desde Kill Bill. El díptico protagonizado por La Novia supuso un punto de inflexión y ruptura tonal dentro de la obra del cineasta, escribiendo films (y personajes) menos realistas, más pulp y mucho más deudores de obras de serie B que sus tres primeros trabajos. El Tarantino post Jackie Brown hace un cine que, como bien dijo él mismo en su momento, verían los personajes de Reservoir Dogs o Pulp Fiction en un cine de sesión doble al más puro estilo grindhouse. Por eso un servidor sabe con toda seguridad que por muy buenas que sean las cintas nuevas del bueno de Quentin jamás llegarán al nivel de sus dos primeros films, eso es algo que hay que asimilar desde ya.




Django es una película totalmente hija de su creador. Un trabajo hecho con cariño y afecto por los referentes en los que se refleja, con un reparto de magníficos actores llevados con mano maestra y una galería de personajes inolvidables que dan lugar a momentos memorables y que se quedan grabados en la retina largo tiempo. Hay violencia, más que nunca en una película de Tarantino (que ya es decir) porque la de Kill Bill era casi caricaturesca por exagerada, pero la de Django duele, también es hiperbólica (balas de colt que revientan cabezas enteras) pero mucho más cruenta y real, por ello más cruda y drástica en su ejecución formal en pantalla, deudora tanto de la de Sam Peckinpah como de la del John Woo de su etapa china.




Tenemos breves apariciones de actores forjados en el western como Bruce Dern, James Remar o el indispensable Franco Nero; díalogos ágiles que tienen puntos álgidos en momentos como el monólogo de Calvan Candie con el craneo y la tensión que destila; un metraje extenso que en ningún momento se hace pesado porque da un ritmo adecuado a la historia (en ese sentido es mejor que Malditos Bastardos, aunque aquella me parezca superior como película), una banda sonora con una exquisita elección de temas musicales (con una omnipresencia lógica de Ennio Morricone y derivados) y unos personajes rematados por un grupo de actores maravillosos con un Christoph Waltz carismático y entrañable, un Jamie Foxx muy adecuado en su papel protagonista haciendo el mejor trabajo de su carrera, un sádico Leonardo DiCaprio clavando un villano que hubiera bordado el mismo Franco Nero en su juventud y un Samuel L. Jackson al que no se le puede hacer justicia con palabras dando vida a un radicalizado Tío Tom que odia a los negros y ama a los blancos.




Por últimoTarantino también aborda el proyecto con una brutal incorrección política a la hora de exponer el tema del racismo, retratando a los blancos esclavistas como hijos de perra explotadores y racistas (enorme el pasaje del Ku Klux Klan) y a los negros como una raza que se divide en dos facciones: la de los sometidos que tienen miedo a pasar a la acción y la de los valientes que se enfrentan a sus amos para conseguir su libertad, reivindicación blaxploitation 100% con algunos apuntes del cine de Spike Lee. El director no deja títere con cabeza y en ocasiones llega a sobrepasar la línea de la moralidad por medio de la venganza (tema central de prácticamente toda su filmografía) como con la escena final de la hermana de DiCaprio que a mí me hizo carcajearme de la risa en la sala de cine.




Django Desencadenado, que sólo falla en que su metraje se alarga un poco y que el guión estructuralmente es algo disperso, es la primera película indispensable de este 2013, una obra en la que Quentin Tarantino da lo que se le pide: Violencia, personajes inolvidables, momentos de alto voltaje, diálogos divertidos homenajes cinematográficos (esos zooms, esas cámaras lentas adecuadísimas, esos primerísimos planos a lo Sergio Leone) añadiéndole al conjunto una visión valiente y lacerante del tema de la esclavitud (que paradójicamente se muestra más interesante que la tibia y panfletaria de Lincoln de Steven Spielberg) y sobre todo buen cine, el mejor que se puede ver en la actualidad salido de Hollywood. Si es verdad que se va a retirar de la dirección esperemos que lo haga a lo grande, no llegando al nivel de sus dos primeros films, algo imposible como ya he comentado, pero sí ofreciéndonos un festín fílmico como el que nos ocupa, que merece completamente la pena.



domingo, 9 de septiembre de 2012

Sin City



Título Original Sin City (2005)
Director Frank Miller, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino
Guión Frank Miller y Robert Rodríguez
Actores Bruce Willis, Mickey Rourke, Clive Owen, Rosario Dawson, Elijah Wood, Jessica Alba, Benicio del Toro, Marley Shelton, Alexis Bledel, Micharl Clarke Duncan, Carla Gugino, Josh Harnett, Michael Madsen, Jaime King, Brittany Murphy, Nick Stahl, Rutger Hauer, Devon Aoki, Jude Ciccolella, Jason Douglas, Tommy Flanagan, Rick Gómez, Nicky Katt, Nick Offerman, Lisa Marie Newmyer, Powers Boothe, Arie Verveen, Jesse De Luna, Randal Reeder, Charissa Allen, Penny Drake, Frank Miller



Frank Miller es una personalidad capital dentro del mundo del cómic. Junto a autores como Alan Moore, Neil Gaiman, Warren Ellis, Garth Ennis o Grant Morrison en los 80 cambió la manera de entender el noveno arte con algunas obras imperecederas que darían una perspectiva diferente de este mundillo y sobre todo de los superhéroes. El norteamericano dejó su huella en las dos grandes editoriales como guionista e ilustrador. En Marvel dio sus primeros pasos con Spiderman, devolvió la vida a un personaje como Daredevil regalándole la que es posiblemente su mejor etapa, creando durante la misma a personajes inolvidables como Elektra y rematándola con la mejor saga jamás realizada sobre el hombre sin miedo, Born Again, con guión de su puño y letra y dibujos del inmenso David Mazzuccelli. También realizaría junto a Chris Claremont el mítico arco de Lobezno titulado Honor que servirá en breve como base para la secuela de la muy floja X-Men Orígenes: Lobezno.







Pero fue en DC donde marcó historia con obras imprescindibles dentro del medio. Empezó a llamar la atención con Ronin, una mezcla de la filosofia y honor de los samurais situada en un futuro distópico con estética cyberpunk. Pero no sería hasta que tomara contacto con Batman, el personaje más importante de la editorial (junto a Superman) que llegaran dos de las obras más importantes de su carrera. Batman: Año Uno y Batman: El Regreso del Caballero Oscuro narraban el nacimiento del guardián de Gotham y su posible fin en un futuro no muy lejano. Ambas historias son dos de los relatos más importantes jamás realizados sobre le hombre murciélago y marcaron tan profundamente al personaje y su microcosmos que aún hoy, después de casi 30 años de su edición, se puede ver su influencia en las colecciones actuales del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger.





Pero en los 90 Miller decidió desvincularse temporalmente de las majors y fichó por la por aquel entonces pujante editorial Dark Horse. Allí los editores le dieron una considerable libertad creativa con la que se permitió moldear la que es sin lugar a dudas la más personal de sus obras, Sin City, uno de los picos más altos dentro de su carrera y también casi con toda seguridad el principio del fin de su era dorada como autor de cómics. Siete tomos formados por El Duro Adiós, Mataría Por Ella, La Gran Matanza, Ese Cobarde Bastardo, Valores Familiares, Alcohol, Chicas y Balas e Ida y Vuelta al Infierno. Los cuatro primeros arcos, sin lugar a dudas los mejores, pueden considerarse la quinta esencia del estilo frankmilleriano en lo referido a entender el mundo del tebeo.




Basin City es una ciudad corrupta hasta el tuétano, en ella practicamente nadie está libre de la inmundicia moral, de ahí que fuera rebautizada como Sin City. Fuerzas de la ley, políticos, iglesia, todas las instituciones de la zona viven en la ilegalidad llevando a cabo todos los crímenes imaginables. Sólo unos pocos hombres duros y mujeres luchadoras, que viven por y para la calle son capaces de sobrevivir en un pozo de mugre de semejante calibre. Frank Miller está en su salsa, aquí puede dar rienda suelta a su estilo narrativo deudor de literatos de la novela negra como Raymond Chandler, James M. Cain o Mickey Spillane y a su ideología derechista con la que nos relata historias sobre venganza, violencia, machismo, sexo, incorrección social o política y amor.




Sin City supone la cumbre como narrador de Frank Miller. No sólo en unos guiones magníficos con esas voces en off convertidas en sensacionales textos de apoyo, esos personajes carismáticos como Marv, Dwight o Hartigan a los que cogemos simpatía a los pocos minutos de conocerlos a pesar de la amoralidad de algunos de ellos o esos villanos a los que odiamos con toda nuestra alma como Kevin, toda la familia Roark o Jackie Boy. También en el apartado de la ilustración el autor de All Star Batman y Robin consigue una perfecta convergencia entre juegos de luces y sombras y dotes de storyteller de altos vuelos. Cada viñeta de Sin City es una delicia formal y de experimentación, blancos y negros (con, en ocasiones, algunos apuntes de color) que se entrelazan con maestría desde las más imposibles perspectivas sirven para dar forma a historias inolvidables de una altísima calidad y con un acabado intachable.




Desde los años 90 la idea de llevar al cine las historias de Sin City rondó por varias productoras, pero la empresa no llegó a buen puerto. No sería hasta 2005 que el director tejano Robert Rodríguez decidiera dedicarse en cuerpo y alma a trasladar a imágenes la obra de Frank Miller. El realizador de Spy Kids quería ser todo lo fiel que pudiera a la obra en viñetas, por eso acometió la ardua tarea de convencer al propio autor del cómic para que se involucrara en el proyecto al 100%, pero no como productor o asesor, sino como co director del fim compartiendo este puesto con Rodríguez. El guionista y dibujante no parecía muy convencido con la idea, pero el de Texas, que es un hombre con fama de persusivo, le mostró el prólogo del film ya rodado, que no era nada más ni nada menos que la historia corta El Cliente Siempre Tiene la Razón incluida en el recopilatorio Alcohol, Chicas y Balas. Miller quedó tan completamente enamorodo de lo que vio no que no dudó en aceptar la propuesta que le ofrecía el cineasta.




El resultado fue Sin City una gran éxito de crítica y público que marcaría un antes y un después a la hora de llevar cómics a la pantalla grande. Un producto inusualmente independiente impulsado por el mismo Robert Rodríguez y su ex mujer (pero aún socia) Elizabeth Avellán por medio de la productora Troublemaker, que ambos comparten y con el que consguieron un acabado técnico de los que hacen época así como contratar a un reparto de intérpretes del todo irrepetible. Todo con la ayuda incondicional de un Frank Miller que lo dio todo como director y guionista y con una ayuda puntual de Quentin Tarantino que rodó una escena del film por el simbólico precio de un dólar, lo que supuestamente ganó Rodríguez por colaborar en la banda sonora de Kill Bill Vol 2.




Estamos en Sin City, una de las ciudades más corruptas de Estados Unidos. Allí seremos testigos de como el brutal Marv tratará de vengar el asesinato de su amante Goldie, acto que lo llevará a las más altas esferas de la localidad. También veremos como Dwight intentará evitar que Jackie Boy, el ex novio de su actual chica, Shellie, cometa un error que le lleve a empezar una guerra en el Barrio Viejo de la ciudad donde las prostitutas marcan la ley. Por último John Hartigan deberá resolver el último caso de su carrera justo en su día de retiro. Rescatar a una pequeña niña de once años de las manos de un demente agresor sexual hijo de un importante político de la zona.




La décima película de Robert Rodríguez es importante por varios motivos. Primero porque confirmó su talento autodidacta como director, montador, comopositor de música, director de fotografía, productor, guionista. Un hombre hecho a sí mismo rodando el cine que le da absolutamente la gana sin la necesidad de ser el perro faldero de las grandes productoras (aunque la Dimension de los hermanos Weinstein casi siempre colaboraba en sus trabajos, al menos cuando estaba comandada por los orondos Harvey y Bob) que le señalarían e impondrían de mala manera el camino a seguir para que el producto se prostituyera entregándolo a la más simple y burda de las comercialidades.




Por otro lado supuso el debut en la dirección cinematográfica (tras una poco agradable incursión como guionista en Robocop 2 y 3 de la que reniega considerablemente) de Frank Miller por la puerta grande y con un gran éxito, el mismo que mandaría al carajo con su siguiente proyecto (esta vez en solitario, confirmando que si Sin City fue enorme fue más por Rodriguez que por él, aunque no quiero quitarle méritos tampoco, que los tiene en la elaboración de la película, no se puede negar) que se basó en pisotear la obra y alma de su íntimo amigo Will Eisner con aquella cosa terrible llamada The Spirit, que mancillaba el buen nombre de uno de los mejors cómics de la historia y que no dejaba de ser una Sin City descafeinada llena de desaciertos. Pero esa es una historia de la que hablaré en otro momento.




Sin City también dejó huella en el sentido del avance mastodóntico que ofreció en la aplicación de efectos digitales por ordenador al celuloide. Por fin los CGI se utilizaban no para devorar una historia o complementarla, sino para crearla estéticamente. Rodríguez venía de experimentar formalmente con el uso de los ordenadores aplicados al cine en su trilogía de Spy Kids y ya conocía el terreno, por eso el uso de las pantallas verdes en Sin City es sencillamente brillante, dando con ellas forma, no a los decorados que deberían introducirnos en la ciudad retratada por Miller en los cómics, sino a las mismas viñetas de las historietas ideadas por el guionista y dibujante norteamericano. Desde mi punto de vista no veía una revolución a nivel de efectos especiales tan grande desde Terminator 2 y Parque Jurásico y no se volvería a ver hasta Avatar, por que sí, lo de 300 tuvo su mérito, pero el camino que Zack Skyder tomó con aquel proyecto ya lo había marcado con luces de neón Rodríguez en la película que nos ocupa.




Pero si Sin City marcó un hito de manera indudable es en la manera de adaptar cómics al cine. Precisamente por no ser una adaptación de la obra a la pantalla, sino una traslación literal de las viñetas al celuloide. Es decir, Rodríguez y Miller utilizaron los mismos tebeos como storyboards para llevarlos completamente a imágenes. Lo que vemos al experimentar el visionado de Sin City es precisamente eso, viñetas en movimiento, el trabajo de Miller extrapolado al cine palabra por palabra, personaje por personaje, ilustración a ilustración. Nunca la fusión de séptimo y noveno arte fue tan pura y simbiótica, tan enriquecedora al nivel adaptativo, aunque a algunos espectadores esta literalidad no llegó a convencerles del todo y renegaron del resultado del largometraje.




Frank Miller y Robert Rodriguez consiguen llevar a la pantalla todo el tono pulp y de novela negra saturada de esteroides de los cómics. Cada callejón, cada muelle del puerto, cada pub, iglesia o monumento toman forma corporea en imágenes gracias al acabado técnico del largometraje que se mueve entre lo demencialmente portentoso y lo deliciosamente pictórico. El proyecto adapta las historias El Duro Adiós, La Gran Matanza, Ese Cobarde Bastardo y a modo de prólogo y epílogo El Cliente Siempre Tiene la Razón, pero los guionistas y directores las entrelazan y en ocasiones hasta deconstruyen al más puro estilo Pulp Fiction para darles una solidez narrativa más depurada como conjunto. La elección es del todo acertada porque los aquí adaptados son los mejores arcos argumentales de la colección, sobre todo el protagonizado por John Hartigan, que es mi favorito.




La dirección de Rodríguez (él dominaba la técnica en el proyecto) y Miller (ocupándose principalmente de la escritura y el acabado tonal) ofrece momentos vibrantes en escenas de acción, tiroteos, persecuciones o secuencias sexuales. La voz en off no entorpece o satura el guión, lo enriquece y le da ritmo y el incontable número de personajes que desfila delante de la pantalla es brutalmente fiel a la obra en la que se basa. Huelga decir que el reparto está sencillamente brillante y cohesionado, incluso hay casos en los que pareciera que los actores hubieran nacido para interpretar sus papeles, por su presencia física, lenguaje corporal y por qué no decirlo, también gracias a el maquillaje y la utilización de la impactante dirección de fotografía.




Porque si el acabado técnico o la fidelidad a los cómics es una virtud en Sin City su enormísimo casting no lo es menos. Mickey Rourke se recuperó a la máxima potencia con su papel de Marv en este film, relanzando su carrera. Cierto es que el látex en su rostro ayuda para la caracterización, pero el protagonista de The Wrestler es el personaje de El Duro Adiós al 100%, su rotundidad física, su voz grave y su amenanzante brutalidad dan perfectamente el pego y hacen que su labor sea inolvidable. Clive Owen cumple sobradamente como el carismático y lacónico Dwight y Bruce Willis ofreció su último papel memorable dando vida al íntegro John Hartigan. Pero del reparto me quedo con las féminas sin dudarlo un segundo. La fuerza de Rosario Dawson, los preciosos ojos de Alexis Bledel, le carnalidad de Jamie King, la simpatía de la pobre Birttany Murphy, el mortal toque de Devon Aoki o esa Carla Gugino que me deja completamente extasiado cada vez que la veo en pantalla. Jessica Alba también está en su ambiente como Nancy, pero como actriz casi nunca me convence, esta por desgracia no es una excepción.




Entre los villanos, memorables el Jackie Boy de Benicio del Toro, el Manute del tristemente desaparecido Michael Clarke Duncan, el senador Roark de Powers Boothe (curisosamente muy parecido en el film a cierto ex alcalde marbellí) o Rutger Hauer como el cardenal. Pero me quedo con los dos dementes más remarcables del film y por efecto dominó de los cómics. El brutal caníbal Kevin de un acojonante y casi irreconocible Elijah Wood y el demente pederasta Junior de Nick Stahl, que en la recta final del largometraje y tras su "cambio de imagen" se muestra como el hallazgo técnico más destacable de la velada con ese amarillo lascivo y pervertido que se contrapone con el blanco y negro puro que impera en la pantalla.




Momentos memorables los hay a puñados. El prólogo con Josh  Harnett en el que los directores ponen las cartas sobre la mesa, la primera parte de la historia de Hartigan con la química entre el personaje de Willis y el Bob que borda Michael Madsen, la huída de Marv del motel, su encuentro con el sacerdote interpretado por Frank Miller, cuando culmina su vendetta, seguida esta de su destino final tras ser juzgado. Dwight metiendo la cabeza en el retrete a Jackie Boy, el encuentro entre este último y la Becky de Alexis Bledel que da pie a todo el embrollo, el pasaje en el pozo de brea de Dwight con los terroristas irlandeses y su venganza más tarde con el interpretado por Tommy Flanagan (Braveheart, Gladiator, Hijos de la Anarquía) la conclusión de Ese Cobarde Bastardo, con el regreso de Junior, cuando Nancy reconoce a Hartigan o el clímax en la granja lleno de momentos poderosos e inolvidables como cuando John le quita las dos armas a su enemigo o esa expeditiva resolución final en la que un viejo muere para que una chica joven pueda vivir. Un trato justo.




Adoro una película como Sin City, porque me encantan los cómics que escribió Miller para dar forma a este microcosmos lleno de suciedad, corrupción, poder, sangre, venganza, romance y muerte. Es la única cinta que he ido tres veces a verla al cine y que cada vez que la revisiono la disfruto más (la última ha sido esta mañana). Poco importa que ideológicamente esté practicamente en contra de casi todo lo que me plantea y glorifica Miller, esto es cine de primerísima calidad, genialmenre dirigido, escrito, montado, interpretado y musicado (enorme la banda sonora del mismo cineasta compuesta a seis manos con John Debney y Graeme Revell). Una obra de culto, un regalo para todo amante del cine y los cómics con mente abierta y la mejor obra de un director, Robert Rodríguez, que merece más mérito del que tiene porque siempre hace lo que que quiere, lo hace bien y somos muchos los que lo disfrutamos y se lo agradecemos.




Este 2012 ha empezado la pre producción de Sin City 2: A Dame to Kill For que como bien anuncia su título adaptará el segundo tomo de la colección titulado en España Mataría Por Ella. Miller y Rodríguez se han puesto manos a la obra con un proyecto que va a ser más complicado que el anterior por distintos motivios. El primero es que la historia puede ser algo polémica, porque es la más machista, e incluso adentrándose en cierta misoginia, de las que conforman Sin City. El segundo es que dos de los personajes con más relevancia en el relato son Shellie y Manute, ambos interpretados por dos actores que por desgracia han fallecido. Ardua tarea para los productores el suplantarlos por otros intérpretes, sobre todo al personaje que daba vida el enorme e inolvidable John Coffey de La Milla Verde.




Pero el tercero y más grave es sin lugar a dudas el mismo Frank Miller, por muy duro que suene el comentario. Ese hombre inclinado casi siempre hacia la ultraderecha, pero iconformista que no tenía piedad a la hora de atacar a conservadores y progresistas, políticos o clérigos, que se enfrentaba contra lo establecido, que llamaba a la rebelión, se ha convertido en un rancio carca filofascista, simple (ahí tenemos esa cosa terrible que responde al nombre de Holy Terror) y enfadado pelele al servicio de su país haciendo declaraciones vergonzosas mostrando un desconocimiento brutal de los tiempos en los que vive y mezclando conceptos sociales y políticos que parece desconocer totalmente. Una pena, porque con sus declaraciones personales y útlimas obras como autor (en cine y cómic) está sepultando su merecido buen nombre.




Pero ahora estamos hablando de Sin City, la película, una pieza de lujo, una obra para revisionar incontables veces, para dejarse imbuir por su olor a hemoglobina, perfume de mujer, tabaco, prostíbulo y alcohol. Hombres duros e íntegros, jóvenes luchadoras y hechas a sí mismas, villanos podridos hasta las entrañas, juegos de poder, venganzas, lluvias que preceden a la muerte, crimen, inocencia salvada de las manos de lo impío e historias de amor (porque este sentimiento es el que mueve todos los relatos de esta serie de cómics) arraigadas en una urbe podrida en la que el simple hecho de sobrevivir es un derecho que hay que ganarse día a día. Porque si te metes en un callejón de Sin City puedes encontrar cualquier cosa... cualquier cosa... hasta buen cine.