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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Agosto I

Tenet (Christopher Nolan, 2020) - Christopher Nolan lleva al paroxismo su idea de intelectualizar el blockbuster, consiguiendo que su rompedora narrativa transfigure en un apartado técnico impresionante. Lo peor, el personaje femenino, una sonrojante amalgama de estereotipos.



La Caza (Craig Zobel, 2020) - A pesar de su inverosímil propuesta y ciertos agujeros de guión, su intención de arremeter contra todo tipo de ideología, la explicitud de su violencia y el tour de force entre Betty Gilpin y Hilary Swank hacen de The Hunt una divertida sátira.


Súper Empollonas (Olivia Wilde, 2019) - La actriz Olivia Wilde destila talento como directora en su debut detrás de las cámaras insuflando hallazgos, buenas ideas, ritmo y ternura a una comedia juvenil inteligente y alocada. Kaitlyn Dever y Beanie Feldstein, descomunales.


Princesas (Fernando León de Aranoa, 2005) - Aunque mantiene un delicado equilibrio entre crudeza y ternura, el guión, la desnudez de la puesta en escena, y el reparto encabezado por una Micaela Nevárez magnífica o una Candela Peña fuera de órbita juegan a favor de la obra.



Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011) - Meritoria en su rareza y atípica complejidad, no conecto con su relato coral repleto de tiempos muertos y diálogos interminables. Afortunadamente el salto cualitativo  de Carlos Vermut con la posterior Magical Girl fue abismal.


Lost Soul: El Viaje Maldito de Richard Stanley a la Isla del Dr. Moreau (David Gregory, 2014) - Más que un documental sobre el fracaso de Richard Stanley al adaptar la novela de H.G. Wells, un retrato sobre la egolatría vírica de esa entidad viviente y diabólica llamada Hollywood


viernes, 28 de julio de 2017

Dunkerque



Título Original Dunkirk (2017)
Director Christopher Nolan
Guión Christopher Nolan
Reparto Fionn Whitehead,  Mark Rylance,  Kenneth Branagh,  Tom Hardy,  Cillian Murphy, Barry Keoghan,  Harry Styles,  Jack Lowden,  Aneurin Barnard,  James D'Arcy, Tom Glynn-Carney, Bradley Hall,  Damien Bonnard,  Jochum ten Haaf,  Michel Biel




Como ya he comentado en anteriores entradas sobre sus largometrajes fue el éxito de la trilogía sobre Batman, y más concretamente el de la magistral segunda entrega, El Caballero Oscuro, el que dio inicio al siempre candente enfrentamiento entre seguidores ciegos y detractores furibundos del cineasta británico Christopher Nolan. Mientras estas dos facciones continúan su guerra con cada nuevo estreno del director los espectadores no extremistas seguimos disfrutando, en mayor o menor medida, de su cine y él lo realiza como quiere y cuando quiere ajeno a pasiones pueriles hacia su carrera. Después del espaldarazo que supuso su último proyecto, la espacial Interestelar, y lo insatisfactorio de su último coqueteo con el género superheróico como uno de los responsables de El Hombre de Acero Nolan vuelve a las pantallas de todo el mundo con su nueva propuesta, una atípica cinta bélica que ya ha sido recibida con numerosos elogios por crítica y público, no sin motivo, pero sí de manera algo desproporcionada.




Christopher Nolan toma como núcleo central de su relato la famosa Operación Dinamo, también conocida como el Milagro de Dunkerque, la evacuación en Mayo de 1940, dentro del contexto de la Segunda Guerra Mundial, del destacamento aliado de dicha ciudad francesa formado por cientos de miles de soldados británicos, franceses y belgas. A la hora de abordar los hechos que en dicha operación tuvieron lugar utiliza tres líneas temporales distintas situadas en diversas localizaciones y protagonizada por personajes diferentes. Esta es la peculiar estructura de Dunkirk, por otro lado nada ajena al cineasta que ya hizo uso de este recurso en films como Memento u Origen (Inception), y más allá de la misma nada de la enrevesada y ambiciosa naturaleza de sus últimos proyectos hay en su más reciente producción detrás de las cámaras, prefiriendo ejecutar un ejercicio de estilo con el que parece querer volver a las raíces de su cine, pero en un contexto de mucha mayor envergadura que el utilizado en Following, su ópera prima.




En Dunkerque parece como si Christopher Nolan hubiera hecho caso de las acusaciones de pretencioso y megalómano que le acompañan desde hace años y hubiese decidido desnudar su impronta cinematográfica reduciéndola casi a su exoesqueleto como discurso, eludiendo todo tipo de parafernalia o grandilocuencia adscrita al artificio, más o menos trascendente, en su último proyecto para ofrecer lo que puede considerarse un ejercicio de poderosa inmersión cinematográfica o una experiencia sensorial que apela a los instintos más primarios del espectador con respecto a enfrentarse a una pieza tan atípica como la que nos ocupa, no ya dentro del cine bélico más ortodoxo, sino también en esa maquinaria hollywoodiense tan propensa a la inmediatez, el ritmo espídico, la resolutividad argumental y el maniqueismo impostado. El director de Batman Begins una vez más decide tomar el camino menos esperado, pero en esta ocasión abrazando una sencillez formal impropia de su autoría.




Evidentemente la estructuración temporal en tres líneas diferenciadas que convergen con maestría hasta convertirse en una sola en la recta final del metraje tiene poco de sencilla o modesta, pero, como ya apuntábamos, más allá de esta importante característica Dunkerque se sustenta en un enorme despliegue técnico que elude la épica gratuita, los discursos a favor o en contra de la guerra y que casi podría haber, como ha afirmado algún avispado comentarista por la red, prescindido de unos diálogos que más allá de cierta información para el espectador poco aportan a un ejercicio de pureza cinematográfica como el que nos propone el autor de El Prestigio: El Truco Final. Esa modestia en la que se sumerge, nunca mejor dicho, Nolan es la que le permite realizar un potente relato de supervivencia en las entrañas de esa bestia llamada guerra en la que el enemigo no tiene rostro y aflora lo mejor y lo peor que el ser humano contiene en su interior.




Más allá de las referencias claras a la mítica Das Boot de Wolfgang Petersen o la construcción de ciertas panorámicas que nos retrotraen al Andrei Tarkovski de La Infancia de Iván o Stalker Christopher Nolan ha tratado de eludir la influencia explícita de otras superproducciones bélicas, incluida la de aquella Salvar al Soldado Ryan con la que tanto se la emparenta, cuando ambas tienen poco que ver la una con la otra más allá de la enorme labor de sus directores. Dunkerque tiene lugar en escenarios mastodónticos pero a la hora de acercarse al espectador atraviesa continuamente el espacio vital de sus personajes para construir pasajes de una claustrofobia devastadora gracias a una ejecución técnica sobresaliente en la que el posicionamiento de cámara, los muy medidos efectos especiales (casi nada de efectosdigitales, los Spitfire y Stukas del film son reales o maquetas a escala) el diseño de producción o la buena labor de los actores dan forma a una pieza de ejemplar cinematografía.




En Dunkerque nunca vemos de manera directa el campo de batalla, pero las secuencias bélicas y de acción dejan de sucederse a lo largo de todo el metraje. Aquí el enemigo no es el ejército alemán (al que nunca llegamos a ver) sino la misma guerra como entidad aniquiladora que arroja desde la nada balas, metralla y torpedos contra los vehículos en los que se ven confinados los sufridos personajes protagonistas. La muerte viene por tierra, mar y aire, no hace concesiones y Nolan la muestra en pantalla con una visceralidad cortante, aséptica, y devoradora, con mucho más mérito si tenemos en cuenta que la calificación por edades del largomatreje es la restrictiva PG 13 que impide a su autores mostrar secuencias repletas de mutilaciones y hemoglobina como las de la ya mencionada cinta de Steven Spielberg o la más reciente Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge) de Mel Gibson, que no dejaba de ser otro despliegue de maestría técnica por parte del director de Braveheart, pero con una intencionalidad en las antípodas de la de Nolan en la obra que nos ocupa.



Aunque en el reparto del film podemos encontrar nombres importantes como los de Tom Hardy, Cillian Murphy (habituales de la casa Nolan) Kenneth Brannagh o Mark Rylance e incluso nuevas promesas como el resuelto Fionn Whitehead sería de necios negar que los papeles a los que estos dan vida los podría haber interpretado cualquier otro actor, ya que dichos roles tienen más peso en la trama como "potenciales víctimas" que como criaturas tridimensionales con las que la platea pueda empatizar. Por suerte los protagonistas de Dunkerque nos resultan lo suficientemente cercanos para que los pasajes en los que vemos peligrar su integridad física (se cuentan en decenas a lo largo del metraje) consigan transmitir la sensación de agobio, impotencia y tensión que la brutal puesta en escena de su director imprime desde sus descomunales cámaras IMAX, ayudadas por una enorme fotografía, una dirección artística a la altura y uno de los mejor usos de los efectos de sonido que un servidor ha escuchado en su vida.




No, ni Christopher Nolan es el nuevo Stanley Kubrick, ni Dunkerque es una obra maestra incontestable, pero sí es una experiencia cinematográfica que hay que vivir al menos una vez en la vida y a ser posible en pantalla grande. Aunque peca de gélida y entomológica a la hora de abordar su factor humano y cuando decide apelar a las emociones se pasa de frenada en su epílogo la última producción del director de Memento es lo suficientemente arriesgada y posee los necesarios hallazgos visuales y narrativos para ser considerada una de las mejores películas del 2017. Posiblemente se haya sobrevalorado su calidad como producción cinematográfica, un servidor está prácticamente seguro de ello, pero ojalá todos lo meses tuviéramos una Dunkirk para poder hablar de su sobredimensionalidad, mientras disfrutamos de las secuencias de cine poderoso y avasallador que atesora en su interior como la última obra de una de las voces más interesantes del celuloide internacional actual.



martes, 18 de noviembre de 2014

Interestelar



Título Original Interstellar (2014)
Director Christopher Nolan
Guión Jonathan Nolan, Christopher Nolan, Kip Thorne
Actores Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Bill Irwin, John Lithgow, Casey Affleck, David Gyasi, Michael Caine, Matt Damon, Wes Bentley, Mackenzie Foy, Timothée Chalamet, Topher Grace, David Oyelowo, Ellen Burstyn





Visionario o vendehumos, genio o fraude, excesivamente expositivo o pretendidamente críptico, no son pocos los apelativos que se han depositado en la persona del director británico Christopher Nolan desde que comenzara a finales de los 90 su carrera como uno de los más aclamados y polémicos realizadores del Hollywood contemporáneo. Aunque en honor a la verdad tendríamos que remitirnos al enorme éxito de esa cumbre del cine que adapta personajes de cómic al séptimo arte llamada El Caballero Oscuro, su soberbia segunda incursión en el universo del superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939, para hablar a las claras del nacimiento de esos dos apasionados (y ya agotadores) bandos formados por los que afirman que todo lo que el cineasta londinense haga es oro incluso antes de su estreno y otros que proclaman que ruede lo que ruede será un proyecto fallido y pretencioso a distintos niveles.




Un servidor no pertenece a ninguno de esos bandos, pero como ya he comentado en varias ocasiones Christopher Nolan me parece uno de los directores más talentosos del cine contemporáneo, un señor que apela a la inteligencia del espectador con rompecabezas estilísticos y argumentales que consiguen introducirnos en su juego y con ello interactuar con historias que requieren un mínimo de implicación por parte de la platea sin eludir su naturaleza comercial y rompetaquillas. Interestelar, su última obra cinematográfica, estrenada el pasado 7 de noviembre, sigue esa misma senda abierta en 1997 con Following, aquella ópera prima que pasó considerablemente desapercibida en su momento. Tras ver esta producción de 2014 me siento al salir de la sala con todas mis expectativas depositadas en la obra y su creador totalmente rebasadas y más teniendo en cuenta que la primera media hora daba síntomas de contener varios de los fallos de la impronta del director de Batman Begins, pero por suerte esta impresión es un simple espejismo que desaparecía a los pocos minutos de metraje.




Interestelar da sus primeros pasos en un terreno tan rico para triunfar abordándolo como fanganoso para hundirse en él, el de la distopía. Christopher Nolan sitúa su historia en un futuro no muy lejano en el que el planeta Tierra se encuentra al borde de su desaparición por culpa de un desastre ecológico no determinado. En esta primera media hora el cineasta birtánico asienta sus bases y durante el proceso de presentación se ven algunos apuntes de didactismo innecesario o discursivismo forzado que, buscando contextualizar la historia en un espacio temporal indeterminado pero reconocible para el espectador, acaba ofreciendo momentos que harán las delicias de los detractores más furibundos del director de El Prestigio: El Truco Final. En esos momentos la cinta no dista demasiado de ser la típica americanada de usar y tirar, mostrándose argumentalmente en las antípodas del discurso habitual del autor que se encuentra detrás de sus imágenes.




Por suerte cuando el personaje de Cooper asume su rol de piloto de la nave que buscará un nuevo destino para la humanidad todo se encauza, la trama toma consistencia, los personajes asumen solidez y la historia emocional comienza a dar sus primeros rasgos de calidez formal y conceptual. Porque Interestelar confirma aquello que pudimos vislumbrar en Origen o El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace, que Christopher Nolan cada vez apela más a los sentimientos, dejando un poco de lado su visión distante y en cierta manera demiúrgica (heredada de Stanley Kubrick y compartida por otro genio contemporáneo como David Fincher) con la que parecía recelar de todo lo que supusiera mostrar la epidermis psicológica de sus personajes y sus instintos más primarios como el amor, el afecto o los lazos fraternales, constantes abordadas de manera considerablemente gélida en la mayoría de sus trabajos.




Porque es curioso que para que Christopher Nolan haya firmado su cinta más intimista haya tenido que viajar al cosmos y rodearse con ello de ciencia, relatividad, tecnología espacial, la Nasa y teorías apocalípticas de distinta índole con respecto a nuestro lugar y destino como raza tras una posible desaparición de la Tierra inducida por nuestra propia temeridad. El cineasta inglés utiliza la posibilidad, y apuntando con ello temas éticos y morales tan cuestionables como enriquecedores, de que ese anclaje emocional que supone para los astronautas la vida que han forjado en su planeta de origen y el porvenir de los distintos miembros de sus núcleos familiares pueda influir en la correcta ejecución de las decisiones que deben tomar para que llegue a buen puerto la misión de vital importancia que les ha sido encomendada como grupo.




Mientras el Stanley Kubrick de aquella obra maestra atemporal llamada 2001: Odisea en el Espacio (cinta a la que Interestelar rinde tributo desde su misma concepción hasta algunos pasajes que hacen referencia directa a dicha producción de 1968) abordaba conceptos de una trascendencia extraterrena adentrándose en temáticas de lo existencial o lo teológico y el Alfonso Cuarón de la imponente Gravity otros más sencillos (aunque vitales) como la supervivencia o el terror, Christopher Nolan se queda en un camino intermedio apelando a sentimientos intrínsecos en el ser humano como el amor, la paternidad o la amistad, transmitiéndolos todos con una veracidad desarmante por medio de un guión poliédrico y estructurado con una solidez notable y en magnifico reparto encabezado por un Matthew McConaughey (una vez más y ya van...) superlativo del que hablaremos un poco más adelante.




Dejándose imbuir por obras clásicas adscritas a la ciencia ficción dentro de la literatura o el cine como El Centinela de Arthur C. Clarke (y por efecto dominó al ya mencionado Stanley Kubrick) la adaptación de Solaris del ruso Stanisław Lem que realizó su compatriota el cineasta Andréi Tarkovski  en 1972 (aunque hasta de la versión de 2002 de Steven Soderbergh podemos encontrar influencias)  Encuentros en la Tercera Fase de Steven Spielberg o el discurso de Carl Sagan grabado a fuego en Contact (o su traslación a imágenes a manos de Robert Zemeckis con, curiosamente, Matthew McConaughey como co protagonista) Christopher Nolan con la ayuda de su hermano Jonatahan y sobre todo la del físico teórico experto en agujeros de gusano Kip Thorne (co argumentista y productor ejecutivo del film) consigue dar la cohesión y precisión necesarias para realizar un libreto lleno de teorías científicas, unas más adheridas a la realidad que otras, pero todas interesantes, expuestas en un sano tono divulgativo e inteligentemente abordadas, así como eludiendo sabiamente esa supuesta respuesta teológica o sobrenatural, del todo innecesaria en este contexto, que podría tener la explicación al "fantasma" que atormenta al personaje de Murphy desde la estantería del dormitorio.




Porque aunque Interestelar sea el largometraje más humanista de Christopher Nolan su mirada aséptica de la realidad sigue presente en el grueso de la trama central de su última producción, al menos en un plano estilístico y formal. Lo más curioso es que la escritura del guión está tan trabajada que esas leyes de naturaleza científica en la que tienen cabida agujeros negros, la teoría de la relatividad de Newton o la de los viajes temporales en ocasiones sirven para que el estudio de personajes y su poso emocional evolucione adecuadamente. Es el caso de la utilización de la gravedad del primer planeta visitado, que al ser distinta de la de la Tierra permite a los autores del argumento hacer que lo que allí son horas aquí se conviertan en años, usando como catalizador dramático dicha ley para que los roles que htripulan la Endurance vean como esos millones de kilómetros de distancia que los separan de sus seres queridos influyan también en el plano temporal arrebatándoles irrecuperables décadas de existencia junto a sus familias.




Personajes estos que aún estando suficientemente bien perfilados en su mayoría quedan sepultados por la fuerza de la naturaleza en la que se ha convertido, interpretativamente hablando, el actor de Dallas Buyers Club o True Detective. Matthew McConaughey se arranca de las entrañas otro de esos papeles que confirman que su recuperación para el cine de calidad, ya sea dentro del independiente o de  los blockbbasters de raza, es un hecho irrefutable. Y poco importa que la labor en la dirección de actores de Nolan sea mejor que nunca o que gente como Michael Caine, Ellen Burstyn o John Lithgow tiren de veteranía, Wes Bentley recupere el crédito que perdió después de debutar en American Beauty, Anne Hathaway, Jessica Chastain y Casey Affleck aborden con profesionalidad sus necesarios pero algo desdibujados roles, o Matt Damon nos sorprenda con un personaje alejado de los que suele asumir, es el actor tejano el que llena de vida y descarnada verdad el film en pasajes como la despedida de su familia o el visionado en cascada de ese vídeo que captura en minutos más de 23 años de existencia.




En el plano técnico Christopher Nolan como director asume que ya no tiene nada nuevo que aportar en lo que a hacer viajar a la platea al espacio exterior se refiere y menos si tenemos en cuenta que Alfonso Cuarón lo abordó con unos resultados estilísticos superiores a los de Interestelar (aunque como obra cinematográfica completa la que nos ocupa supera considerablemente a Gravity) el año pasado. Por tanto guionista de El Hombre de Acero apela a su sentido clasicista de la narración cinematográfica sin dejarse llevar por innecesarias florituras visuales, pero ofreciendo momentos de un acabado formal hipnótico gracias al formato Imax como ese viaje al interior del Agujero de Gusano, la aparición de la gigantesca ola en el primera planeta extrarrestre, la visión que se da de Saturno, ese clímax final en la pentadimensión que estéticamente nos remite en ocasiones a la obra pictórica de M.C. Escher o la inclusión de inesperados apuntes de humor gracias a los robots que acompañan a la tripulación de la Endurance. Todos acariciados por la enorme partitura de un Hans Zimmer deudor del Philip Glass de la trilogía documental Koyaanisqatsi/Powaqqatsi/Naqoyqatsi de Godfrey Reggio




En resumidas cuentas Interestelar es una obra imponente y llena de hallazgos que habla de temas universales como el miedo al futuro, la identidad, el egoísmo o el sacrificio y poseedora de momentos memorables que la sitúan desde ya entre las mejores cintas del año 2014, dentro del selecto club de las cintas adscritas a la ciencia ficción, más o menos ortodoxa, y por descontado en el grueso de las mejores cintas de Christopher Nolan. Pero el que suscribe no la considera ni una obra maestra, ni mucho menos un clásico instantaneo, en todo caso podría tildarse de ser una dignísima heredera de los preceptos (más formales que textuales) de, la varias veces mencionada en esta entrada, 2001: Odisea en el Espacio, de Stanley Kubrick. Mi consejo es que el espectador se libere de prejuicios tanto en lo referente a la supuesta incosistencia científica del film (abordada con mucho acierto en este artículo que descubrí en la soberbia reseña de Samuel Secades para Zona Negativa sobre el film del que hablamos) a las reticencias que se puedan tener hacia su autor. Porque ver en pantalla grande una obra como la que ocupa en esta entrada merece mucho la pena y el viaje al que nos invita no dejará a nadie indiferente.



domingo, 14 de julio de 2013

El Hombre de Acero



Título Original Man of Steel (2013)
Director Zack Snyder
Guión David S. Goyer y Christopher Nolan basado en el personaje creado por Jerry Siegel y Joe Susther
Actores Henry Cavill, Amy Adams, Russell Crowe, Michael Shannon, Kevin Costner, Laurence Fishburne, Diane Lane, Ayelet Zurer, Christopher Meloni, Richard Schiff, Antje Traue, Jadin Gould, Tahmoh Penikett, Michael Kelly, Dylan Sprayberry, Harry Lennix





El paso por la pantalla grande del personaje estandarte (con el permiso de Batman) de la editorial DC ha tenido tantas luces como sombras. Si nos saltamos seriales, cortos animados y nos centramos solamente en los films en pantalla grande protagonizados por el personaje creado por Jerry Siegel y Joe Susther tendríamos que irnos a aquel 1978 en el que Richard Donner en la dirección, Mario Puzo (entre otros) al guión y Christopher Reeve, Margot Kidder o Gene Hackman como protagonistas dieron forma a la primera gran película de Superman. Dicha producción marcó un hito cinematográfico y aunque hoy se ve naif y hasta cierto punto demodé sigue siendo un clásico dentro del celuloide de superhéroes.




Sólo dos años después llegaría Superman 2, que en principio fue dirigida también por Richard Donner (al menos en su mayoría) pero este sería sustituido al frente del proyecto por Richard Lester que ocupó el lugar del director de La Profecía o Lady Halcón. La cinta era inferior a la primera, aunque contenía momentos interesantes y unos villanos memorables (hoy también un poco vintage) comandados por el General Zod interpretado por el británico Terence Stamp. Curiosamente lo que menos me atrae de esa cinta es el momento de venganza de Clark con el parroquiano del restaurante, acción egoísta y chulesca impropia del personaje.




En la tercera entrega, estrenada en 1983, la cosa ya se salía de madre. Se introdujo un personaje cómico interpretado por el entonces humorista de moda Richard Pryor, un empresario estúpido (con rubia tonta de acompañante) como villano y se desvirtúó completamente al personaje de Superman. Pero el momento más bajo de la saga vino con la cuarta parte. Los derechos del personaje cayeron en manos de la inefable productora Cannon Films (casa que perpetró muchas de las aventuras de baja estofa de nuestros amigos Chuck Norris o Dolph Lundgren entre otros) y el resultado fue un desastre con misiles, efectos especiales  Coleco y enemigos con pelo cardado y cuerpo de luchadores de wrestling (así como uñas mortales) llamado Superman 4: En Busca de la Paz, una cinta a revisionar con amigos, acompañados siempre de brebajes de la felicidad, por sus incontables dosis de caspa fílmica.




En los 90 series como Superboy o Lois y Clark saciaron (más o menos) el apetito goloso de los fans del personaje. Ya durante la década pasada se realizó una mediocre pero entrañable serie precuela llamada Smallville que narraba la adolescencia de Clark Kent y su némesis Lex Luthor en el pueblo natal de ambos (sí, el producto se tomaba sus licencias, muchas) y que con la tontería duró la friolera de diez temporadas. Pero en cine el Hombre de Acero volvió a dar la cara a manos de un Bryan Singer que se bajó del carro de la saga de los X-Men marvelita para dar su visión del superhéroe de los calzoncillos por fuera. El resultado fue la fallida Superman Returns, una obra con buenas intenciones (recuperar el tono del primer Superman de Donner en pleno siglo XXI) pero que falló en casi todos los apartados (sobre todo el casting), despertando en un servidor tanto la decepción como la vergüenza en numerosas ocasiones. Con todo el largometraje tiene sus fans que lo defienden a muerte y los mismos están en todo su derecho de hacerlo.




Este 2013 se cumplen 75 años de la creación del personaje y para celebrar tan señalada fecha (y según parece para que DC no pierda los derechos de personaje que reclaman los descendientes de Siegel y Susther) Warner Bros (dueña de la editorial casa de personajes como Batman, Green Lantern o Wonder Woman) ha estrenado un nuevo reinicio cinematográfico con el norteamericano Zack Snyder como director, el británico Christopher Nolan como productor y argumentista y el también estadounidense David S. Goyer como guionista. El resultado es El Hombre de Acero, una muy buena muestra de cine comercial que con sus más y sus menos hace justicia al personaje y ofrece dos horas y veinte minutos de celuloide disfrutable y potente, puede que demasiado esto último.




Cuando el planeta Krypton es condenado a la extinción Joer-El y su esposa Lara envían a su recién nacido hijo Kal a un planeta llamado Tierra para que pueda crecer libre con una familia que le acoja. Poco antes de la destrucción del planeta natal de Kal-El el General Zod intentará interceptar al recién nacido sin éxito, tras estos hechos él y sus secuaces serán exiliados en la Zona Fantasma. Años después Kal-El es un hombre de 33 años llamado Clark Kent que intenta llevar una existencia normal ocultando sus poderes. Pero la llegada a su vida de una periodista llamada Lois Lane y el regreso de Zod y sus hombres para eliminarlo y localizar un nuevo Krypton en la Tierra por medio del genocidio humano impulsarán a Clark/Kal a tomar la decisión más importante de su vida.




Se ha hablado mucho de Man of Steel desde su puesta de largo internacional, posiblemente demasiado. Unos para defender su magnificencia fílmica y otros para destacar su mediocridad cinematográfica. Un servidor salió el jueves satisfecho del cine, de haber visto una buena película de superhéroes, grandilocuente, entretenida e imperfecta, con momentos memorables y otros fallidos pero que en líneas generales me ha gustado considerablemente como adaptación de las aventuras de Superman, eso sí, con un par de licencias con respecto al cómic que son un poco blasfemas, aunque no desvirtúan en demasía el conjunto del producto.




La última película del estadounidense Zack Snyder se abre como una tecnificada y enorme space opera y durante el prólogo en Krypton ya se pueden ver pasajes del todo memorables (Jor-El viendo como destruyen Krypton o el bellísimo y crepuscular plano de su mujer, Lara, de espaldas mientras el planeta explota) con otros menos conseguidos (esos trucos de montaje necesarios para que ¿no nos demos demasiado cuenta? de que Russell Crowe ya no tiene cuerpo para peleas cuerpo a cuerpo). Esos primeros pasos nos sintetizan la naturaleza de un producto conseguido y muy bienintencionado pero irregular en algunos aspectos que no lo elevan a la excelencia que se esperaría de él.




El ritmo es el adecuado consiguiendo que los 143 minutos del metraje no pesen en ningún momento, el uso de los flashback es acertado ya que los mismos nos sirven como álbum fotográfico de la infancia del personaje que expone sus dilemas y motivaciones personales consiguiendo (en gran parte) llevar la filosofía del rol de las viñetas con fidelidad a la pantalla, aunque metiendo la pata el algunos momentos puntuales. Uno de los más destacables en este sentido es en el que Jonathan Kent le dice a su hijo Clark que a lo mejor debería haber dejado morir a los críos del autobús escolar, algo que jamás, pero jamás, saldría de la boca del íntegro hombre de pura cepa americana que siempre ha sido el padre adoptivo de Superman.




Estos recuerdos le sirven al director para marcar dos estilos visuales a la hora de abordar el film. El pasado en Smallville (varias referencias a la serie de tv hay a lo largo del metraje, como ese tanque de agua con el nombre del pueblo) está rodado con un lirismo malickiano (algo que ya se percibía en los trailers) en el que podemos ver algunas de las escenas más hermosas salidas de la mano del director de Watchmen. En cambio en el presente se alterna una epicidad grandiolocuente (posiblemente el primer vuelo del personaje sea el mejor momento del largometraje y uno de mis pasajes cinematográficos favoritos de lo que llevamos de año, muy bien la banda sonora de Hans Zimmer a lo largo de todo el film) y una crepuscularidad latente que se acentúa en los momentos más terrenales del personaje y en la invasión alienígena por parte del General Zod y sus huestes.




Del guión de David S. Goyer y Christopher Nolan se pueden decir tantas cosas malas como buenas. Por el lado malo las relaciones personales entre los personajes y la profundidad de las mismas son inadecuadas y escasas, si no contamos al protagonista poco llegamos a saber de manera concisa sobre las motivaciones de muchos de los roles del film que no han sido demasiado trabajados en el papel. Por el bueno el conocimiento de Goyer sobre el microcosmos de Superman, el ritmo que alterna introspección y acción y la mano de Nolan haciendo (como en sus Batman, pero de manera menos sutil) una metáfora por medio de Zod del terrorismo extremista que es adecuada y acertada pero en ocasiones demasiado obvia, recordemos a Perry White y compañía manchados de polvo entre los edificios realizándose con ello una referencia un poco tosca al fatídico 11S americano.




Dentro del casting tenemos a un Henry Cavill que da la talla como protagonista. La elección del británico es todo un acierto, ya que sabe alternar la fisicidad (puede que demasiada, muchas horas de gimnasio) que requiere Superman con el intimismo que solicita Clark Kent, aunque como en toda buena encarnación del último hijo de Krypton ambos roles se intercambian. Amy Adams es una buena Lois Lane (esta chica me pierde, tiene los ojos más bonitos del Hollywood actual) sabe interactuar en cámara con Cavill (aunque no haya demasiada química) y se hace con el personaje, pero el guión no la retrata al 100% como la pizpireta reportera que siempre ha sido en las viñetas, pero esto se debe a que el film comete el pecado de dejar de lado casi totalmente los toques de humor que deben estar en toda película del hombre de acero, pero sin llegar al ridículo de las Superman 3 y 4 o Superman Returns, que sin ser tan mala como aquellas tenía sus pasajes de bochorno incalculable.




Dentro de los secundarios nadie destaca pero todos cumplen. Diane Lane posiblemente sea la más acertada, un poco menos el apático Kevin Costner (aunque su última escena es emotiva) y lo de Russell Crowe tiene mérito, el hombre trata de no convertirse en el nuevo Nicolas Cage para no caer en la autoparodia, pero un servidor aún no sabe si lo está consiguiendo. Perry White muy bien encarnado por Laurence Fishburne (que ojo, siendo un negro que interpreta a un personaje blanco no hizo implosionar la cinta desde dentro, como parecían vaticinar algunos iluminados) y Michael Shannon dando una de cal y otra de arena como Zod. Cuando está contenido el espectador pueda incluso llegar a ver el interior de su mente, pero cuando se pone histriónico se acerca con demasiado peligro un vilano de opereta cualquiera.




Pero si hay algo que me ha agradado de Man of Steel, y jamás pensé que lo diría, es la labor de Zack Snyder detrás de las cámaras. No sé si Nolan, Goyer o los jefazos de Warner le han dicho algo al director de 300 pero ha tomado la sabia decisión de dosificar su estilo visual que en pequeñas dosis agrada y en demasiadas satura. Pocas cámaras lentas y muchas escenas bucólicas de conseguida poesía visual, nada de primerísimos planos saturados y sí una grandilocuencia contenida. Por suerte poco del desastre videojueguil de la penosa Sucker Punch se puede ver en la cinta que nos ocupa, pero claro, para llevar a cabo las escenas de acción físicas (peleas cuerpo a cuerpo) y las de combates aéreos (batallas espaciales) se ha tenido que hacer un uso recurrente de unos efectos digitales muy dignos que sólo chirrían un poco en el combate en las calles de Smallville. 




Eso sí, estoy de acuerdo con los que afirman que con la destrucción de Metropils se les ha ido la mano, esta decisión es la que hace que el clímax final aún siendo acertado peque en ocasiones de de aparatoso y michaelbayero . Por último en ese cierre encontramos el otro fallo imperdonable por parte de los creadores de la cinta con respecto a la esencia del personaje. La resolución que se le da a Zod es del todo indigna e impropia de Superman por muchos dilemas morales y psicológicos que supongan para el personaje y por mucho que sea una medida extrema requerida por una situación extrema. Si el comentario egoísta de Jonathan Kent era un desacierto lo que en este párrafo comento sobraba completamente en la película.




Noy hay más que leer este intento de crítica para afirmar que nos encontramos con una película imperfecta, con sus más y sus menos y que sin caer en la mediocridad también está lejos de la excelencia cinematográfica. Pero un servidor está del lado de esta El Hombre de Acero, porque me parece buen cine de ciencia ficción y superhéroes, una adaptación adecuada del personaje de Siegel y Sushter y porque confirma teorías que yo mismo esperaba que se cumplieran, como que Nolan puede hacer cine pijamero alejado de la realidad, que David S. Goyer lo mismo escribe Batman o Superman que Blade o Ghost Rider, que Kal-el no está pasado de moda y puede adecuarse a los tiempos modernos, que lo de Superman Returns sólo fue un mal sueño, que Zack Snyder contenido es mucho más digerible y que pagar por ver este agradable espectáculo cinematográfico mereció la pena.



martes, 24 de julio de 2012

El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace



Título Original The Dark Knight Rises (2012)
Director Christopher Nolan
Guión David S. Goyer, Jonathan Nolan y Christopher Nolan basado en el personaje creado por Bob Kane y Bill Finger
Actores Christian Bale, Tom Hardy, Anne Hathaway, Michael Caine, Gary Oldman, Joseph Gordon-Levitt, Marion Cotillard, Morgan Freeman, Juno Temple, Matthew Modine, Josh Pence, Nestor Carbonell, Brett Cullen, Tom Conti, Aidan Gilen, Liam Neeson


The Dark Knight Rises supone el cierre de la trilogía que el director británico Christopher Nolan ha dedicado al personaje de Batman, creado por el tándem Bob Kane/Bill Finger (aunque por desgracia a este último pocas veces se le reconoce su crédito en la gestación del personaje) hace más de 70 años, teniendo su primera aparición en el número 27 de la colección Detective Comics. Su trilogía tiene una profunda coherencia interna y sirve para convertir el icono de Batman en una leyenda, un símbolo. El problema es que el cierra de esta saga es una cinta que sufre de cierta irregularidad y algunos fallos internos que le restan entereza y solidez como conjunto cinematográfico, aunque por suerte la película no fracasa en ningún momento como conclusión de la franquicia. Crítica con algunos spoliers.




Han pasado ocho años desde que Harvey Dent muriera (siendo ya el criminal Dos Caras) y Batman asumiera como suyos todos los crímenes llevados a cabo por el atiguo fiscal del distrito. Gotham vive en paz, la policía dirigida por el comisario James Gordon mantiene a raya a los criminales y Bruce Wayne vive recluido en su masión sin conseguir levantar cabeza tras los hechos acontecidos durante la campaña de terror y caos realizada por el Joker. Pero la aparición de una felina ladrona de joyas, algunos problemas con sus negocios personales y sobre todo la llegada de Bane, un criminal cuya intención es purgar de corrupción la ciudad, obligarán a Batman a abandonar su retiro y volver a portar la capa y la capucha del caballero oscuro.




The Dark Knight Rises está inspirada en tres sagas de las más recordadas de los últimos 30 años del personaje. Por un lado tenemos al Bruce Wayne que colgó la capa años ha y que ya no ejerce de justiciero en Gotham, pero que regresará a la batalla cuando el crimen vuelva a imperar en su ciudad, ideas argumentales que salen de El Regreso del Caballero Oscuro la inmensa y capital obra de Frank Miller editada en 1986. Por otro lado tenemos la noventera La Caída del Murciélago, saga con el personaje de Bane como enemigo principal de Batman y que narraba un combate brutal entre ambos en el que el hombre murciélago salía muy mal parado.




Por último tenemos Tierra de Nadie una de las más extensas etapas del personaje que narraba como Gotham era invadida por el caos y la anarquía tras un enorme terremoto (aquí el guión se toma licencias con respecto a lo del movimientos sismico, que no forma parte de la trama). Aunque los hermanos Nolan han comentado que tomaron como punto de partida la novela Historia de Dos Ciudades de Charles Dickens y es cierto que hay similitudes entre película y libro, es indudable, es más, posiblemente esa amplitud de miras en la escritura es la que ha dado pie a que la última cinta del director de Memento no sea tan redonda como se esperaba. También en la trama por medio de referencias y algunos secundarios se homenajean sagas del personaje en viñetas como El Hijo del Demonio de Mike W. Barr y Jerry Bingham.




El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace es una excelente película que contiene muchísimos aciertos y momentos de gran cine que permanecerán en la retina del espectador (y en el fan del personaje más aún)  largo tiempo. Pero también es la cinta de la trilogía más irregular y la que contiene más fallos estructurales y argumentales que le restan cohesión al conjunto. Posiblemente Nolan esta vez sí ha pecado de ambicioso y por querer contar una historia bigger than life y llegar incluso más lejos que con su anterior film sobre Batman   (algo tan innecesario como imposible) ha perdido, en cierta manera, el control de su enorme máquina.




Hay muchos aciertos en The Dark Knight Rises que la convierten en un producto nada desdeñable y sí bastante reivindicable. Nolan sabe mantener el tono que insufló a las dos entregas de la trilogía y el matiz crepuscular y oscuro se acentúa (aunque esta vez no se encorseta tanto al realismo y deja que algunas escenas tomen un tono menos verista) lo que da uniformidad a las tres cintas en conjunto. Por otro lado consigue transmitir la sensación de apocalipsis en Gotham, cómo ese grupo de terroristas (comandados de Bane) amedrentan a los ciudadanos y se percibe el sentimiento de amenaza a través de la pantalla.





La dirección técnica de Christopher Nolan es en general sobresaliente. Tanto el arranque en el avión, como las persecuciones por tierra o aire, como esta vez sí, las escenas de lucha, tienen un acabado impecable. He de admitir que habiendo comentado en las entradas dedicadas a Batman Begins y El Caballero Oscuro que al realizador de The Prestige le faltaba depurar las escenas de acción físicas en El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace no sólo ha conseguido mejorarlas, sino también regalarnos dos de ellas sencillamente inolvidables. Las dos peleas de Batman y Bane están rodadas y editadas con una pericia mayúscula, es más, la primera de ellas me parece un pasaje ejemplar no sólo en la cinta que nos ocupa, también en el cine de acción en general.




Toda la pelea en la base central de Bane está rodeada de un halo de impotencia y brutalidad sencillamente apabullante. He de admitir que esta parte del film incluso llegó a ponerme mal cuerpo, parecía como si los golpes que el protagonista recibía los sintiera yo mismo. Ese Bane que hace que cada golpe simule una apisonadora parece que realmente va a matar a Batman, (los tres golpes seguidos a la cabeza me dolieron hasta a mí) y que derrote de esa manera al protagonista (qué simbólica la escena en la que tira la máscara del héroe) como ya he comentado deja con una sensación de angustia que se confirma desde mi punto de vista como todo un hallazgo.




Tom Hardy sabía que la alargada sombra de un inmenso Heath Ledger como el Joker le acompañaría durante toda su representación de Bane, por eso seguramente le ha querido dar otro tono a su villano y desde mi punto de vista ha sido todo un acierto. Me gusta mucho el Bane de The Dark Knight Rises, sabe transmitir esa mezcla entre amenaza física y psicológica que los buenos guionistas han sabido inyectar cuando han llevado de la mano al personaje en los tebeos. El protagonista de Bronson se ve en pantalla como una enorme mole de inquebrantable voluntad que consigue destrozar físicamente (de la misma manera que el Joker lo hacía en un plano psicológico) al protagonista. Finalmente su elección por parte de Christopher Nolan se revela como todo un acierto de casting.




Otro acierto en el reparto es la Catwoman de Anne Hathaway, actriz que en principio no parecía que fuera a dar la talla como el alter ego de Selina Kyle y que cumple sobradamente en su labor de dar vida al personaje creado por Kane y Finger. La Catwoman de Goyer y los Nolan es una ladrona de joyas con una ambigua moral (¿está del lado de Batman o es una villana más?), visión realmente fiel a los cómics, más que la que dieron Tim Burton y Michelle Pfeiffer en Batman Vuelve (aunque esta última era mucho más perversa y sensual, memorable a fin de cuentas) y la protagonista de Havoc o Princesa por Sorpresa está a la altura.




Entre los actores destaco a Christian Bale que consigue su mejor interpretación de Bruce Wayne de las tres cintas. Al inicio podemos compartir con él su desencanto, sus pocas ganas de vivir y el dramatismo que implica su regreso a las calles de Gotham para luchar contra el crimen. Pero el que se roba la velada en lo que al equipo artísitico de refiere es un Michael Caine sencillamente brillante como un Alfred para el recuerdo, que no puede soportar que Bruce Wayne vuelva a ejercer de Batman poniendo en peligro su vida, porque lo ve como a un hijo al que puede perder. Para un servidor las escenas que comparten ambos son de lo mejor del film.




Del resto del reparto todos cumplen pero algunos de ellos transmiten cierta sensación de apatía. Gary Oldman o Morgan Freeman ya conocen sus personajes y los interpretan con convicción pero no demasiada implicación, y el rol de Marion Cotillard cubre el cupo de personajes femeninos mal perfilados por Nolan, que en esta ocasión no ha recaido sobre Catwoman, sino en la guapa actriz francesa. El que mejor lo hace en este apartado es un Joseph Gordon-Levitt memorable como John Blake y con mucho peso en la trama, confirmando una vez más su talento como intérprete.




Al igual que en Batman Begins y El Caballero Oscuro en la que vimos los rostros del holandés Rutger Hauer (Blade Runner, Los Señores del Acero) y el norteamericano Eric Roberts (Los Mercenarios, Fiesta de Despedida) respectivamente, Nolan recupera a un secundario, cuya edad dorada en Hollywood ha pasado ya, para el cine de gran presupuesto estadounidense. El problema es que el papel que regala a Matthew Modine (La Chaqueta Metálica, Un Domingo Cualquiera) es sencillamente ridículo y está horriblemente perfilado. Ahora hilemos fino y destaquemos los fallos del film.




Me considero seguidor (que no fan, porque yo no soy fan de nada) del cine de Christopher Nolan, pero de la misma manera que me gusta destacar sus virtudes, esta vez ha cometido varios fallos y no quiero dejarlos pasar. La trama tiene agujeros, el inglés está tan pendiente de ofrecer escenas poderosamente rodadas (y a fe mía que lo consigue) que el guión en ocasiones adolece de una estructuración más arraigada. Catwoman está bien perfilada pero sus motivaciones son poco creíbles y parecen introducidas con prisa, el personaje de Marion Cotillard está pobremente expuesto y su relación con Bruce Wayne es poco creíble y torpe, el rol de Matthew Modine es un cliché de policía imbécil que cambia de parecer en el último momento que no escapa en ningún momento del estereoptipo. 




Las elipsis narrativas son bruscas, las motivaciones de algunos personajes para realizar depende qué actos parecen superficiales o poco trabajadas. Hay una alternancia de pasajes memorables con otros insulsos (Batman en la oscuridad esquivando balas como si fuera Leo Messi regateando) que parecen descuidados, ninguno de ellos hacen que la película falle o se convierta en algo desdeñable narrativamente, pero sí restan cohesión al conjunto que se ve con cierta tendencia a la hipertrofia argumental, con unos desniveles de escritura poco agradables.




Pero lo que más me ha dolido dentro de los fallos de Nolan es cierto trazo grueso en el mensaje social que quiere transmitir, cuando en El Caballero Oscuro nos habló de algo muy parecido, pero de manera mucho más inteligente y no tan obvia. Como ya he comentado me gusta el Bane de The Dark Knight Rises y su discurso se me antoja aterrador porque como motivaciones son un batiburrillo contradictorio de revolución mal entendida, es decir, terrorismo puro. El problema es que los Nolan y David S. Goyer lo convierten en algo demasiado simple ya que el villano no deja de decir por su propia boca cuales son sus intenciones finales. Hay algo inteligente en hacer caer los falsos ídolos de la América (o sociedad occidental) actual, pero se podría haber llevado de otra manera




En The Dark Knight el Joker no hablaba en ningún momento directamente de sus intenciones más allá de acabar con Batman, porque todo lo que hacía tenía como único fin destruir mentalmente al protagonista,  pero el personaje se mostraba como una representación clara del terrorismo extremista. En El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace el enemigo de Batman quiere liberar Gotham de la corrupción o en caso contrario destruirla, pero de una manera un tanto pobre, expositivamente hablando, haciéndonos ver que la sutilidad se la dejó el director en la segunda entrega de la saga.




Que nadie se engañe, The Dark Knight Rises me ha parecido una muy buena película con momentos magistrales, como su prólogo, la primera aparición de Batman con el Batpod, las ya mencionadas peleas con Bane, el asalto a la bolsa de Gotham, las correrías de Catwoman, la aparición del Bat, los momentos dramáticos, el cameo de dos de los villanos de las anteriores entregas, la apocalíptica escena en el campo de fútbol (excelentemente rodada y montada) y el clímax final que pone un cierre de altura al film y a la saga. Aunque he mencionado varios fallos que no me gustan, los mismos por suerte no empañan todo lo bueno y memorable que ha hecho Christopher Nolan por mi personaje favorito del mundo del cómic en este film en particular y en su trilogía en general.




Y luego llegan esos cinco minutos finales, que no por previsibles son menos memorables. De repente me encuentro en una sala de cine, completamente emocionado  y aguantándome las lágrimas (alguna saltó, no lo negaré) ante gestos tan sencillos como un comisario de policía limpiando con su mano algo que llevaba años roto, un joven que encuentra un legado lleno tanto de recuerdos como de historia y finalmente una enorme sonrisa de satisfacción aparece en mi cara cuando un padre ve por fin la felicidad en el rostro del hijo que nunca tuvo. Como amante del cine y del noveno arte y sobre todo como aficionado de Batman sólo puede darle las gracias a Christopher Nolan por haber hecho historia cinematográfica con un trozo importante de mi existencia. Larga vida al Caballero Oscuro de Gotham.