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viernes, 28 de julio de 2017

Dunkerque



Título Original Dunkirk (2017)
Director Christopher Nolan
Guión Christopher Nolan
Reparto Fionn Whitehead,  Mark Rylance,  Kenneth Branagh,  Tom Hardy,  Cillian Murphy, Barry Keoghan,  Harry Styles,  Jack Lowden,  Aneurin Barnard,  James D'Arcy, Tom Glynn-Carney, Bradley Hall,  Damien Bonnard,  Jochum ten Haaf,  Michel Biel




Como ya he comentado en anteriores entradas sobre sus largometrajes fue el éxito de la trilogía sobre Batman, y más concretamente el de la magistral segunda entrega, El Caballero Oscuro, el que dio inicio al siempre candente enfrentamiento entre seguidores ciegos y detractores furibundos del cineasta británico Christopher Nolan. Mientras estas dos facciones continúan su guerra con cada nuevo estreno del director los espectadores no extremistas seguimos disfrutando, en mayor o menor medida, de su cine y él lo realiza como quiere y cuando quiere ajeno a pasiones pueriles hacia su carrera. Después del espaldarazo que supuso su último proyecto, la espacial Interestelar, y lo insatisfactorio de su último coqueteo con el género superheróico como uno de los responsables de El Hombre de Acero Nolan vuelve a las pantallas de todo el mundo con su nueva propuesta, una atípica cinta bélica que ya ha sido recibida con numerosos elogios por crítica y público, no sin motivo, pero sí de manera algo desproporcionada.




Christopher Nolan toma como núcleo central de su relato la famosa Operación Dinamo, también conocida como el Milagro de Dunkerque, la evacuación en Mayo de 1940, dentro del contexto de la Segunda Guerra Mundial, del destacamento aliado de dicha ciudad francesa formado por cientos de miles de soldados británicos, franceses y belgas. A la hora de abordar los hechos que en dicha operación tuvieron lugar utiliza tres líneas temporales distintas situadas en diversas localizaciones y protagonizada por personajes diferentes. Esta es la peculiar estructura de Dunkirk, por otro lado nada ajena al cineasta que ya hizo uso de este recurso en films como Memento u Origen (Inception), y más allá de la misma nada de la enrevesada y ambiciosa naturaleza de sus últimos proyectos hay en su más reciente producción detrás de las cámaras, prefiriendo ejecutar un ejercicio de estilo con el que parece querer volver a las raíces de su cine, pero en un contexto de mucha mayor envergadura que el utilizado en Following, su ópera prima.




En Dunkerque parece como si Christopher Nolan hubiera hecho caso de las acusaciones de pretencioso y megalómano que le acompañan desde hace años y hubiese decidido desnudar su impronta cinematográfica reduciéndola casi a su exoesqueleto como discurso, eludiendo todo tipo de parafernalia o grandilocuencia adscrita al artificio, más o menos trascendente, en su último proyecto para ofrecer lo que puede considerarse un ejercicio de poderosa inmersión cinematográfica o una experiencia sensorial que apela a los instintos más primarios del espectador con respecto a enfrentarse a una pieza tan atípica como la que nos ocupa, no ya dentro del cine bélico más ortodoxo, sino también en esa maquinaria hollywoodiense tan propensa a la inmediatez, el ritmo espídico, la resolutividad argumental y el maniqueismo impostado. El director de Batman Begins una vez más decide tomar el camino menos esperado, pero en esta ocasión abrazando una sencillez formal impropia de su autoría.




Evidentemente la estructuración temporal en tres líneas diferenciadas que convergen con maestría hasta convertirse en una sola en la recta final del metraje tiene poco de sencilla o modesta, pero, como ya apuntábamos, más allá de esta importante característica Dunkerque se sustenta en un enorme despliegue técnico que elude la épica gratuita, los discursos a favor o en contra de la guerra y que casi podría haber, como ha afirmado algún avispado comentarista por la red, prescindido de unos diálogos que más allá de cierta información para el espectador poco aportan a un ejercicio de pureza cinematográfica como el que nos propone el autor de El Prestigio: El Truco Final. Esa modestia en la que se sumerge, nunca mejor dicho, Nolan es la que le permite realizar un potente relato de supervivencia en las entrañas de esa bestia llamada guerra en la que el enemigo no tiene rostro y aflora lo mejor y lo peor que el ser humano contiene en su interior.




Más allá de las referencias claras a la mítica Das Boot de Wolfgang Petersen o la construcción de ciertas panorámicas que nos retrotraen al Andrei Tarkovski de La Infancia de Iván o Stalker Christopher Nolan ha tratado de eludir la influencia explícita de otras superproducciones bélicas, incluida la de aquella Salvar al Soldado Ryan con la que tanto se la emparenta, cuando ambas tienen poco que ver la una con la otra más allá de la enorme labor de sus directores. Dunkerque tiene lugar en escenarios mastodónticos pero a la hora de acercarse al espectador atraviesa continuamente el espacio vital de sus personajes para construir pasajes de una claustrofobia devastadora gracias a una ejecución técnica sobresaliente en la que el posicionamiento de cámara, los muy medidos efectos especiales (casi nada de efectosdigitales, los Spitfire y Stukas del film son reales o maquetas a escala) el diseño de producción o la buena labor de los actores dan forma a una pieza de ejemplar cinematografía.




En Dunkerque nunca vemos de manera directa el campo de batalla, pero las secuencias bélicas y de acción dejan de sucederse a lo largo de todo el metraje. Aquí el enemigo no es el ejército alemán (al que nunca llegamos a ver) sino la misma guerra como entidad aniquiladora que arroja desde la nada balas, metralla y torpedos contra los vehículos en los que se ven confinados los sufridos personajes protagonistas. La muerte viene por tierra, mar y aire, no hace concesiones y Nolan la muestra en pantalla con una visceralidad cortante, aséptica, y devoradora, con mucho más mérito si tenemos en cuenta que la calificación por edades del largomatreje es la restrictiva PG 13 que impide a su autores mostrar secuencias repletas de mutilaciones y hemoglobina como las de la ya mencionada cinta de Steven Spielberg o la más reciente Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge) de Mel Gibson, que no dejaba de ser otro despliegue de maestría técnica por parte del director de Braveheart, pero con una intencionalidad en las antípodas de la de Nolan en la obra que nos ocupa.



Aunque en el reparto del film podemos encontrar nombres importantes como los de Tom Hardy, Cillian Murphy (habituales de la casa Nolan) Kenneth Brannagh o Mark Rylance e incluso nuevas promesas como el resuelto Fionn Whitehead sería de necios negar que los papeles a los que estos dan vida los podría haber interpretado cualquier otro actor, ya que dichos roles tienen más peso en la trama como "potenciales víctimas" que como criaturas tridimensionales con las que la platea pueda empatizar. Por suerte los protagonistas de Dunkerque nos resultan lo suficientemente cercanos para que los pasajes en los que vemos peligrar su integridad física (se cuentan en decenas a lo largo del metraje) consigan transmitir la sensación de agobio, impotencia y tensión que la brutal puesta en escena de su director imprime desde sus descomunales cámaras IMAX, ayudadas por una enorme fotografía, una dirección artística a la altura y uno de los mejor usos de los efectos de sonido que un servidor ha escuchado en su vida.




No, ni Christopher Nolan es el nuevo Stanley Kubrick, ni Dunkerque es una obra maestra incontestable, pero sí es una experiencia cinematográfica que hay que vivir al menos una vez en la vida y a ser posible en pantalla grande. Aunque peca de gélida y entomológica a la hora de abordar su factor humano y cuando decide apelar a las emociones se pasa de frenada en su epílogo la última producción del director de Memento es lo suficientemente arriesgada y posee los necesarios hallazgos visuales y narrativos para ser considerada una de las mejores películas del 2017. Posiblemente se haya sobrevalorado su calidad como producción cinematográfica, un servidor está prácticamente seguro de ello, pero ojalá todos lo meses tuviéramos una Dunkirk para poder hablar de su sobredimensionalidad, mientras disfrutamos de las secuencias de cine poderoso y avasallador que atesora en su interior como la última obra de una de las voces más interesantes del celuloide internacional actual.



domingo, 11 de agosto de 2013

Eric: Oficial de la Reina, al servicio de su majestad



Título Original Soldaat Van Oranje (1977)
Director Paul Verhoeven
Guión Kees Holierhoek, Gerard Soeteman y Paul Verhoeven basado en el libro de Erik Hazelhoff Roelfzema
Actores Rutger Hauer, Jeroen Krabbé, Susan Penhaligon, Edward Fox, Lex van Delden, Derek de Lint







Cuando en 1977 Paul Verhoeven estrenó Eric: Oficial de la Reina (Soldaat Vat Oranje) ya era un director tan reconocido como polémico en los Paises Bajos. Films como Delicias Holandesas (Wat Zien Ik?) Delicias Turcas (Turks Fruit) o Katty Tippel abordaban con crudeza, ironía y descarnado naturalismo (adentrándose en ocasiones la escatología) temas incómodos como la prostitución (tanto en la Holanda de la época como en la del siglo XIX), la liberación sexual, la enfermedad, el clasismo y la muerte. Pero el cuarto largometraje del director de Robocop supuso una obra más o menos diferente a las que ya había abordado previamente.




El film adapta las memorias del Eric Hazelhoff Roelfzema que pasó de estudiante universitario durante la segunda guerra mundial a miembro de la Resistencia y finalmente a trabajar como oficial para la reina Wihelmina. Verhoven escribió el guión con Gerard Soeteman, su colaborador habitual por aquel entonces, y Kees Holierhoek. El resultado fue el largometraje más caro del cine holandés de por aquel entonces, un éxito internacional (la cinta fue nominada al Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y tiene incluso un musical en los teatros) del que se hizo eco hasta el mismo Steven Spielberg y sobre todo una magnífica obra sobre amor, guerra, traición e historia que dio a conocer a su director fuera de Europa.




Durante la segunda guerra mundial cinco amigos universitarios holandeses de clase alta ven como su vidas cambian radicalmente cuando el ejército aleman invade su país. Dentro del grupo algunos deciden unirse a la Resistencia para hacer frente por medio del sabotaje y el espionaje al enemigo común, otros muestran indiferencia y algunos eligen unirse a las tropas de Hitler por motivos personales. Durante el periodo que dura el conflicto seguiremos las aventuras y desventuras de esta pandilla de jóvenes y de cómo afrontaron aquellos años convulsos de guerra, traición, amor y amistad.




Soldaat Vat Oranje  es, de alguna manera, la obra más tradicional de la etapa holandesa de Paul Verhoeven. Este largometraje da su visión de lo que son las epopeyas cinematográficas tipo David Lean pero pasándolas por su filtro personal, intransferible y muy europeizado. Por eso podríamos hablar de cierto academicismo (más en el fondo que en la forma del producto) por parte del director de Showgirls pero nunca de una descaracterización autoral, ya que aquí están todas las constantes de su cine (violencia, sexo, incorrección política, guerra) pero considerablemente más dosificadas y en cierta manera contenidas.




En última instancia Eric: Oficial de la Reina es una cinta de aventuras de tono clásico. Una película de guerra como las de antes llena de romances, infidelidades, traiciones, injusticias y venganzas, pero carente de exaltaciones patrióticas, apologías (anti)bélicas o maniqueísmos pueriles. Para Verhoeven la guerra es algo terrible, pero también una odisea digna de ser vivida (cuando los nazis invadieron Holanda el cineasta era un niño de seis años que se quedaba fascinado con los bombardeos y las batallas campales que él consideraba como experiencias cinematográficas realistas, posiblemente de ahí venga su visión descarnada y explícita de la violencia en su obra) que estrecha lazos de fraternidad, camaradería y amistad.




La cuarta película de Paul Verhoeven aborda distintos géneros como el bélico, el cine de (contra)espionaje, el folletín, el romance o la intriga. Aunque como ya hemos comentado el holandés se ocupa de dejar su sello a lo largo del metraje pero con un tono más comedido. Tenemos violencia, pero no es tan cruenta como en Starship Troopers o Desafío Total. Hay sexo, pero no es tan explícito como en Delicias Turcas donde los desnudos integrales, tanto masculinos como femeninos, abundaban. Hay escatología (ese mensaje en el papel higiénico escrito con heces) pero no es tan gruesa como en Spetters y por supuesto tenemos personajes descreídos y nihilistas pero no tan irónicos como los de Los Señores del Acero o Robocop. Tampoco falta incorrección política, pero es menos explícita que en esa revisión histórica (y extensión muy lógica de la obra que nos ocupa) que supuso su última obra, El Libro Negro.




Como ya he señalado hay un punto de unión claro entre Soldaat vat Oranje y Zwartboek. Ambas comparten periodo histórico (e incluso hechos concretos), género(s) y una visión nada complaciente del colaboracionismo con las fuerzas alemanas por parte de algunos holandeses. Pero si bien en la producción de 1977 Verhoeven aboga por la sutilidad para lanzar sus dardos en su último film hasta la fecha no sólo no hay medias tintas para dejar en evidencia a a aquellos de sus compatriotas que dieron la espalda a sus conciudadanos para unirse a la causa de Hitler, también pone cara a los que acusaron injustamente de colaboracionistas a los que realmente nunca llegaron a serlo. Posiblemente por esto que afirmo aquel film del año 2006 sea mucho más verhoeveniano que el que estamos comentando y una de las mejores obras cinematográficas de la pasada década.




Dentro del magnífico reparto los dos actores principales son la pareja de intérpretes más importantes de la primera época de Verhoeven como cineasta. Rutger Hauer da vida Eric y sabe insuflar elegancia, sensualidad y ambigüedad a su personaje. Hablamos de un hombre con más suerte que verdaderas dotes para la guerra o el espionaje, el típico héroe por accidente que finalmente se sale con la suya. Un soberbio Jeron Krabbé es el altivo y prepotente Guus, el compañero de universidad que tras fastidiar a Eric cuando es un recién llegado (excelente la escena de la novatada con la sopera, escena 100% de su director)  forja una amistad con él que se muestra como el mayor acierto de el largometraje. Esa interacción entre ambos, que en ocasiones bordea el homoerotismo, es uno de los mejores retratos que un servidor a visto en cine de la verdadera amistad.




El guión escrito a seis manos empieza renqueante con unas transiciones temporales poco agraciadas que hacen que el arranque de largometraje se antoje un poco atropellado y confuso. Pero cuando la narración se estabiliza tenemos algunas de las resoluciones argumentales más logradas de la etapa holandesa de Verhoeven y momentos sencillamente brillantes como la ya mencionada ceremonia de iniciación universitaria, esa escena en la cancha de tenis en las que los hijos de las clases altas toman con indiferencia que Inglaterra entre en guerra con Alemania en contraposición con la otra que tiene lugar en el mismo sitio tiempo después y en el que los mismos personajes tienen que huir al haber sido tomada Holanda por las nazis y sobre todo ese tango entre los personajes de Eric y Alex que se revela como uno de los momentos álgidos del holandés como cineasta gracias a que en ese par de minutos consigue transmitir sensaciones veraces (homosexualidad contenida, amistad, traición, mentira, desesperación, lealtad) tanto por medio de los actores, los diálogos y la planificación de tomas, como por sus dotes como narrador.




Porque sin un buen profesional detrás de las cámaras esto en el papel quedaría muy bien, pero llevarlo a imágenes podría ser un fracaso con todas las letras. De modo que Verhoeven, que por primera vez se veía con un presupuesto considerable para realizar una de sus películas, aprovecha el material que tiene a mano y nos muestra esa puesta en escena grandilocuente que a día de hoy es parte inseparable de su discurso autoral. El objetivo transmite el énfasis del director, los movimientos de cámara están justificados e inyectan de épica (memorable la banda sonora compuesta por Rogier Van Otterloo) y vivacidad los pasajes de combates por tierra mar y aire marcando el terreno que luego transitarían las escenas bélicas de obras como Starship Troopers o El Libro Negro. Porque si en el trasfondo el Verhoeven que nos ocupa está un poco más contenido en el armazón sigue siendo el mismo al 100%.




La película termina y vemos a Eric mirando esa foto y entonces sabemos que la cinta ha triunfado totalmente cuando nosotros como espectadores al ver esos rostros los recordamos con nostalgia y melancolía tras haber compartido con ellos poco más de 150 minutos (ojo, que nadie vea le versión mutilada de dos horas que se estrenó en su momento en España) tiempo suficiente para que Verhoeven nos haya introducido en sus vidas y nos haya permitido empatizar con ellos lo suficiente como para lamentar sus desdichas y celebrar sus alegrías. Después el holandés se alejó de las clases altas durante la primera mitad del siglo XX para retratar las bajas de finales de los 70 en la desinhibida y valiente Spetters. Ahí fue cuando empezó la verdadera polémica y el fin de su etapa holandesa que culminaría con El Cuarto Hombre, obra de este director indispensable del cine europeo que comentaré dentro de poco en esta misma casa.



viernes, 28 de diciembre de 2012

La Zona Gris, las cenizas de la derrota



Título Original The Grey Zone (2001)
Director Tim Blake Nelson
Guión Tim Blake Nelson
Actores David Arquette, Steve Buscemi, Harvey Keitel, Natasha Lyonne, Mira Sorvino, Michael Stuhlbarg, Daniel Benzali, David Chandler, Allan Corduner





Tim Blake Nelson es un actor norteamericano que siempre ha ejercido como secundario en los films en los que ha trabajado. Su peculiar (por no decir feo) rostro lo hemos podido contemplar en films como Oh Brother, Donnie Brasco, Minority Report o El Increíble Hulk. Paralela a su carrera como intérprete ha desarrollado una menos prolífica pero sí más prestigiosa faceta como director y guionista y aunque films como Laberinto Envenenado (O) o Leaves of Grass no son muy conocidos, en 2001 dio bastante que hablar con su tercera película detrás de las cámaras, La Zona Gris.




Inspirada en parte en Auschwitz: A Doctor's Eyewitness Account el libro autobiográfico que escribió Miklos Nyiszli, un médico judío que colaboró de manera forzosa con el Doctor Menguele en sus experimentos inhumanos si no quería que los nazis asesinaran a su mujer y su hija, The Grey Zone es un magnífico largometraje sobre el holocausto judío localizando su historia en el infame campo de exterminio Auschwitz pero narrando su historia desde un punto de vista bastante atípico dentro de este tipo de productos.




La historia sigue los pasos de los componente de lo que en Auschwitz se conocía como Sonderkommandos, grupos de judíos que colaboraban con los nazis para facilitar el exterminio de sus propios compatriotas recibiendo de este modo facilidades como ropa, alimentos y objetos de valor que se quedaban a cambio de sus servicios. De cualquier manera todo era fútil, ya que a los 4 meses los componentes de Sonderkommandos eran asesinados también por el ejército alemán que custodiaba el campo de concentración. Un día una niña sobrevive in extremis en una de las cámaras de gas y ponerla a salvo será la misión de estos judíos que colaboran forzosamente con el enemigo para exterminar a sus propios paisanos.




La Zona Gris funciona a distintos niveles y sirve como contrapunto a otros trabajos sobre el holocausto judío un poco más autocomplacientes. Nada hay del espíritu hollywoodisense de La Lista de Schindler de Steven Spielberg o del mensaje esperanzador de El Pianista de Roman Polanski (ojo, no tengo nada en contra de estos dos films, es más, me parecen ejemplares) un largometraje como el que nos ocupa. La mirada de Blake Nelson es hiperrealista, seca, con un tono a lo Tarkovski que lo acerca al documental y a una frialdad expositiva no exenta de emociones.




La recreación de Auschwitz es soberbia, aséptica y está expuesta en pantalla en carne viva, Blake Nelson aprovecha su escueto presupuesto y localizaciones limitadas con una profesionalidad digna de la de cualquier director de renombre que haya abordado este tipo de cine histórico. El reparto es destacable, llama la atención que todos los actores son judíos (interesante mensaje de autocrítica el que se desprende con esta elección artísitica) y el director sabe llevarlos por el buen camino con resultados encomiables.




Steve Buscemi, un por aquel entonces desconocido Michael Stuhlbarg, Mira Sorvino o Daniel Benzali   abordan con la convicción que se espera de ellos los roles que desempeñan, pero sobre todo destacan Harvey Keitel como nazi, ya que a pesar de hacerse la picha un lío con el acento el actor consigue una encarnación magistral, y sobre todo un inusualmente remarcable David Arquette, ese terrible actor que hace aquí uno de los pocos trabajos destacables (puede que el mejor de todos ellos) de su insustancial carrera.




El guión teje varias tramas que convergen en una sola, narrando el día a día del Sonderkommando, la vida de las presas mujeres en el campo de concentración y como influye la intervención del doctor Nyiszli en el devenir de todos los implicados en dichos acontecimientos. Blake Nelson no se amilana y sin usar una explicitud abrasiva (qué elegante su manera de mostrar la sesión de la cámara de gas) innecesaria tampoco priva al espectador de una crudeza cortante y palpable (esos cadáveres brutalmente desnudos por dentro y por fuera) necesaria para relatar la historia, pero siempre sin sensacionalismos o gratuidad.




La paliza en la ducha por el reloj (grande Arquette) las conversaciones del Doctor Nyiszli con el alto mando al que da vida Harvey Keitel, el monólogo final (tan surrealista como esclarecedoramente coherente) o esa despedida de dos amigos con una conversación mundana que los haga sentirse vivos poco antes de su fatal desenlace son muestras de gran cine que consiguen que La Zona Gris entre con honores en el panteón de los films que mejor y con más valor han retratado el holocausto judío. 





En el proceso Blake Nelson (que perdió a sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial por el simple hecho de ser judíos) realiza un meritorio ejercicio de crítica retrospectiva hacia sus antepasados para que nosotros como espectadores no olvidemos los errores (muy humanos algunos de ellos) que se cometieron en aquellos tiempos convulsos en los que ejercer algo tan primario como el sacrificio o el perdón era una misión inalcanzable.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ciudad de Vida y Muerte, los hombres detrás del sol



Título Original City of Life and Death - Nanjing! Nanjing! (2009)
Director Lu Chan
Guión Lu Chan
Actores Liu Ye, Gao Yuanyuan, Hideo Nakaizumi, Fan Wei, Ryu Kohata, Qin Lan, Jiang Yiyan, Zhao Yisui, Yao Di, John Paisley, Yuko Miyamoto, Liu Bin, Beverly Peckous, Aisling Dunne, Sam Voutas, Zhao Yisui





Ciudad de Vida y Muerte es una alabadísimo drama bélico de origen chino que consiguió un sonoro éxito de crítica y público en 2009. Aquí en España se llevó la concha de oro del festival internacional de San Sebastíán y el aplauso unánime de un público y una prensa especializada que se rindieron sin miramientos a sus pies. Muchos compararon a su director, Lu Chan, con el norteamericano Steven Spielberg y comentaron que el largometraje era una soberbia y acertada mezcla entre La Lista de Schlinder y Salvar al Soldado Ryan.




Durante el año1937 y tras el estallido de la Segunda Guerra Sinojaponesa el ejército imperial de Japón tomó Nakín, la capital de la República China de la época, reduciendo y capturando a gran parte de las fuerzas enemigas. Durante semanas los soldados nipones llevaron a cabo una brutal matanza en la ciudad en la que eliminaron indiscriminadamente tanto a militares chinos como a civiles (hombres, mujeres y niños) de la zona. Aquel hecho fue conocido como la Masacre de Nakín y en la historia seguiremos los pasos de algunos de los implicados en tan terrible suceso.




Ciudad de Vida y Muerte es una buena película de género rodada con aplomo, profesionalidad y una pericia fuera de toda duda. Se nota que hay buen dinero invertido en ella, su realismo está fuera de toda duda y su calidad cinematográfica en el plano técnico es apabullante... pero no me transmite prácticamente nada con la historia que me relata. Puede que  influya el no tener un personaje verdaderamente central o que los que forman parte del metraje no estén bien perfilados, pero no consigo llegar a empatizar con ellos, soy consciente de que lo que veo en pantalla es atroz, que todo aquello sucedió y que como film muestra lo más bajo del ser humano.




Aunque lo más grave es el afán sensacionalista y el tono bastante sesgado por parte del director y guionista, que en ocasiones se entrega a un matiz manipulador que en ocasiones bordea lo irritante. Que el cineasta localice la historia en la matanza de Nakin le sirve de justificación para mostrar en imágenes sólo las barbaridades llevadas a a cabo por el ejército imperial japonés, eludiendo casi por completo el tener que retratar a sus compatriotas militares. En ese sentido Lu Chan realiza un fresco sobre aquel acto de brutalidad por parte de los japoneses en el que no hay lugar para las elipsis narrativas y sí para la delectación innecesaria en el morbo y la crueldad de manera un tanto gratuita.




El director no escatima a la hora de mostrarnos ejecuciones, violaciones (en este sentido recurre al subrayado de manera manipuladora) asesinatos aleatorios de niños pequeños, tortura, traiciones, todo con una insana intención de obligar al espectador que se retuerza en su butaca y no tenga opción para dar su propia opinión sobre la historia, porque lo que vemos en pantalla es tan atroz que no hay lugar al debate o la duda. Como es lógico todo lo que vemos en Ciudad de Vida y Muerte es real, sucedió tal que así, pero no hay necesidad de exponerlo e pantalla de esa manera tan explícita.




Mis ojos sólo podían ver una secuencia tras otra repletas de una innecesaria pornografía cinematográfica que se recrea en el dolor y lo terrible, mostrando a prácticamente todo el ejército japonés como bárbaros sedientos de sangre, pero completamente terrenales. Lu Chan es listo, muchos pensarán que al retratar a los nipones como personas normales y corrientes los humaniza, pero el efecto es el contrario, la historia nos quiere vender que los monstruos pueden tener rostros mundanos y reconocibles. También se cubre las espaldas al retratar a un soldado del país del sol naciente (ojo, sólo uno entre miles) como voz de la conciencia de su nación al ser consciente de los crímenes brutales que sus compañeros de armas están llevando a cabo. Acto que parece más una excusa para que no se le lancen al cuello que una verdadera declaración de redención y perdón para con el enemigo.




Si cada escena, cada secuencia, cada plano, está elaborado con la única misión de mostrar el lado más ruín de uno solo de los bandos, si el retrato sobre las crueldades se centra en uno sólo de los contendientes, si la unidireccionalidad es un hecho, nos metemos de cabeza en los terrenos de la propaganda. La guerra saca lo más terrible del ser humano, Japón mostró lo peor de sí misma como nación durante la Segunda Guerra Mundial al unirse a la causa imperialista de Hitler y el nazismo. Por desgracia pagó aquella errónea decisión con sangre (Hiroshima y Nagasaki) y aprendió de sus errores, hoy es un país muy diferente en todos los aspectos, pero es bueno que el mundo sepa lo que llego a cometer para que no vuelva a repetirse, pero esta no es la manera. fílmica al menos, de llevarlo a imágenes.




Por eso puede que por muy bien rodada que esté en el apartado técnico (soberbio el plano con grúa que pasa por encima del soldado japonés mostrándonos los cientos de prisioneros de guerra chinos ejecutados que tiene delante),  lo resuelta que esté en lo artístico (muy bien la mayoría de los actores, bastante creíbles en sus roles) y por muchos aciertos que tenga (que intérpretes nipones se hayan implicado en un proyecto tan crítico con su país los dignifica como personas) Ciudad de Vida y Muerte no me ha parecido la gran película que la mayoría promulga.




Viendo el tercer largometraje de Lu Chan no podía parar de pensar en esa obra maestra llamada Masacre: Ven y Mira de Elem Klimov, otra cinta (rusa en esta ocasión) de género bélico situada en la Segunda Guerra Mundial que consigue hacer el retrato más duro, brutal, en ocasiones casi insoportable, del lado animal del ser humano sin mostrar prácticamente nada, dejando a la imaginación del espectador los momentos más terribles e impactando sólo con la mirada sumergida en la locura de su joven protagonista. Por desgracia tras descubrir esa película todo el cine de guerra que visiono parece palidecer ante ella y la cinta que nos ocupa no consigue hacerle ni sombra. Porque no se necesita talento para mostrar de frente un acto atroz, pero sí para sugerirlo.



sábado, 24 de marzo de 2012

Masacre: Ven y Mira, at the mountain of madness




Título Original Idi i Smotri (1985)
Director Elem Klimov
Guión Ales Adamovich y Elem Klimov
Actores Alexei Kravchenko, Olga Mironova, Liubomiras Laucevicius, Vladas Bagdonas, Victor Lorents




Masacre: Ven y Mira me la recomendó y posteriormente prestó un conocido cercano mío que estuvo hablando durante un tiempo sobre ella y afirmando rotundamente que era la película bélica más dura que él había visto en toda su vida. Tal afirmación, mil veces oída por un servidor en la boca de otras personas hablando de esta o aquella cinta sobre guerra, no habría despertado demasiada curiosidad en mi persona si ese amigo en concreto no hubiera ejercido como zapador en la guerra de Kosovo.




Masacre: Ven y Mira es una película de propaganda impulsada por la URSS en 1985 para conmemorar el cuarenta aniversario de la victoria aliada sobre el ejército alemán de Adolf Hitler durante la segunda guerra mundial. El hecho de ser una obra auspiciada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas o de mostrar un punto de vista ideologícamente sesgado no resta los valores intrínsecos que en su interior atesora, no pocos, precisamente. Algo también sucedía con otras obras clásicas del séptimo arte como El Acorazado Potemkin de Sergei M. Eisenstein, El Nacimiento de Una Nación de D.W.Griffith o El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl, de las que se podía, y a veces hasta debía, poner en duda su mensaje o subtexto, pero no sus hallazgos dentro del lenguaje cinematográfico.




Masacre: Ven y Mira narra la terrible odisea de Florya Gaishun, un adolescente que durante la ocupación alemana de Bielorrusia durante la Segunda Guerra Mundial entrará a formar parte de las filas del movimiento partisano soviético abandonando a su madre y sus dos hermanas pequeñas. Tras esto, Florya será testigo de las matanzas por parte del ejército alemán en varias de las aldeas de su ahora desolado país, verá morir a hombres, mujeres y niños y su mundo quedará completamente destruido tras la que es conocida como la mayor guerra de todos los tiempos.




Masacre: Ven y Mira es una película en la que el director Elem Klimov moldea un prodigio de realización y montaje, con uno de los usos más impresionates jamás vistos de la, por aquel entonces todavía joven, steadycam y la profunidad de campo, travellings magistrales y una ejecución impecable de la aproximación dvidida mediante cámaras con lentes diseñadas para esta resolución visual El cineasta utiliza un formato casi de documental, un naturalismo sucio y crudo deudor de Andrei Tarkovsky, tomando de este autor como referentes en la forma a Stalker y en el fondo a La Infancia de Iván, aunque tampoco deja de lado la influencia del cine primigenio del ya mencionado Sergei M. Eisenstein




Masacre: Ven y Mira no es una película que el espectador vea, sino que se enfrenta a ella. Porque Elem Klimov no nos habla de la locura de la guerra, nos habla de la locura en el sentido más amplio de la palabra. Porque como obra va más allá del género bélico, porque finalmente lo que nos narra va más lejos de aquel conflicto, del ejército ruso o alemán durante la segunda guerra mundial. Porque lo que hace es ofrecer un tratado sobre el lado más oscuro, pútrido y terrible que el hombre guarda en su interior, muchas veces saliando a la luz y mostrando su rostro para desgracia suya o de los que le rodean.




Masacre: Ven y Mira es sin lugar a dudas la película adscrita al género bélico más dura jamás rodada, al menos que un servidor haya visto. Hay momentos en su metraje en los que he podido ver el rostro de la demencia humana, el odio más desgarrador y casi la tez de la muerte reflejada en la cara de actores que más que interpretar se dejaban la vida en ello. Pero el mayor hallazgo es que Klimov casi no muestra escenas de impacto en pantalla. Vemos estallar bombas pero no cuerpos saltar por los aires o personas mutiladas; vemos balas surcar el cielo, pero rara vez impactando en objetivos; no vemos a ningún nazi ejecutando aldeanos con un disparo en la sien, pero por medio del fuera de campo y la acción en off pasamos un auténtico calvario con el visionado de la obra.




Masacre: Ven y Mira no habla, como tantas otras películas de este género lo hacen, de la pérdida de la inocencia, sino de como la misma es violada, mutilada, desgarrada, quemada viva, desollada brutalmente para no dejar nada de ella. Por medio de imágenes que quedan grabadas en la retina a fuego como el bombardeo más realista que mis ojos han visto en una pantalla, una mirada hacia atrás durante una huída en la que se descubre una pila de cadáveres, una iglesia convertida en una pira funeraria, una niña con la mirada perdida tras ser violada (acto que no vemos, pero paradójicamente por ello se hace más cruda su resolución) una foto fingiendo una ejecución, una anciana abandonada en su cama en medio de un campo de batalla arrasado por el fuego o un grupo de nazis arrepentidos frente a los partisanos.




Masacre: Ven y Mira hace el retrato más duro jamás visto del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, pero curiosamente no vemos a un sólo soldado del ejército alemán hasta los 90 minutos de metraje, lo que acentúa la poderosa ubicuidad del Tercer Reich. Cuando por fin los hombres de Adolf Hitler entran en escena la locura colectiva de estos individuos se hace con la obra cinematográfica y los actos de brutalidad que llevan a cabo (vuelvo a repetirlo, nunca reflejados de manera explícita o gráfica) llegan a ser tan inhumanos que hasta la cámara parece estar infectada de manera vírica por la demencia.




Masacre: Ven y Mira por ser una cinta creada bajo el control de una URSS que estaba dando su estertor de muerte no habla de los crímenes llevados a cabos por el ejército ruso, ni hace mención a matanzas llevadas a cabo por los sovíeticos como la de Katyn. Pero ciertamente, aunque reprobable, esto no resta entereza o hallazgos a la poderosa naturaleza del proyecto cinematográfico, ni este se muestra en momento alguno como una glorificación patriótica del comunismo o el ideario del regimen de Joseph Stalin, cosa que se agradece en el contexto en el que se desarrolla la historia que narra.




Masacre: Ven y Mira habla de lo irracional y lo inhumano, pero su mayor logro es que lo transmite principalmente por la mirada de un niño de 13 años que entró a formar parte del movimiento partisano con una sonrisa y a los pocos días sólo quedaba de él un trozo de carne envejecido y destrozado psicologicamente por todas las atrocidades que había visto en la que es su tierra de nacimiento. Los primeros planos del rostro de Florya no son gratuitos, en sus ojos podemos ver lo deshumanizado, la muerte, un viaje al infierno. Esos ojos son el testimonio de una guerra que se cobró la vida de millones de personas, destrozando también el porvenir de los que sobrevivieron.




Masacre: Ven y Mira ha cambiado por completo mi concepción del cine bélico. Sin ser mejor que ninguna de las cintas que voy a mencionar a continuación la crudeza de películas como Platoon de Oliver Stone o La Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick queda en una nadería a su lado. La brutalidad expuesta por Steven Spielberg en el magnífico inicio de Salvar al Soldado Ryan me parece algo anecdótico al enfrentarse a lo mostrado por Elem Klimov en su película. Incluso el viaje a la locura de Vietnam al que nos invita Francis Ford Coppola en esa obra maestra llamada Apocalipsis Now me parece que sólo rasca en la superficie de la misma cuando recuerdo a Florya casi arrancarse la piel del rostro con las uñas de las manos ante lo que ve en ese pantano que huele a dolor y muerte.




Masacre: Ven y Mira me hace perder casi toda la esperanza en mi raza y me vuelve más huraño, misántropo, nihilista, descreçido. El ser humano es un cáncer para este planeta, un lobo para sí mismo sin hacer otra cosa que dejar un rastro de pena, dolor, muerte y sufrimiento allá por donde pasa. Llego a pensar que nuestra extinción, que desaparezcamos de la faz del planeta Tierra, sería lo único que le permitiría sobrevivir y que la vida misma no perdería mucho si nos dejara definitivamente fuera de la ecuación del universo.




Masacre: Ven y Mira es una de las experiencias más intensas que he vivido delante de una pantalla, me ha producido un malestar psicológico que casi se ha somatizado en el plano físico. Pero no me arrepiento de haberme "enfrentado a ella" porque ha despertado en mí sensaciones que nunca había sentido viendo cine. No podría recomendar esta película a nadie, porque si hay una obra que podría amargarle la existencia a una persona sensible sería esta, indudablemente. Pero paradójicamente sí se la dejaría ver a esas personas que se llenan la boca a la hora de hablar de patriotismo, males menores, ataques preventivos o deber con las naciones cuando mandan a los hijos de otros hombres a matar y morir por causas económicas, territoriales o religiosas, para que vean lo que es realmente la guerra.




Masacre: Ven y Mira se cierra con un Florya de rostro desencajado matando simbólicamente a la historia, a la Segunda Guerra mundial, al espectador mismo y sobre todo a un Adolf Hitler al que finalmente vemos como un bebé de pocos meses, antes de que se formara como persona, cuando todavía había inocencia y pureza en su esencia y Elem Klimov nos hace preguntarnos ¿qué pasó con él?, ¿qué debió sucederle para convertirse en un monstruo.? Suena el Requiem de Mozart, la imperecedera partitura del compositor austriaco envuelve los últimos minutos de metraje, Florya por fin puede llorar, en ese mismo instante yo hago lo propio con él y le acompaño. Casi sin pensarlo en ese momento me acuerdo de mi amigo, el zapador de Kosovo. Mañana cuando le devuelva la película no sé si se le tiraré a la cara por el mal rato que me ha hecho pasar o si le daré las gracias por permitirme, después de mucho tiempo, volver a sentirme vivo viendo cine. Algo que echaba terriblemente de menos.