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jueves, 29 de noviembre de 2018

Overlord



Título Original Overlord (2018)
Director Julius Avery
Guión Billy Ray, Mark L. Smith
Reparto Wyatt Russell, John Magaro, Bokeem Woodbine, Iain De Caestecker, Jacob Anderson, Jovan Adepo, Marc Rissmann, Dominic Applewhite, Michael Epp





Cuando el año pasado la plataforma de streaming Netflix estrenó sin previo aviso, y en plena efervescencia de la final de la Superbowl, The Cloverfield Paradox, la tercera entrega de la saga ideada por J.J. Abrams, comenzaron a sucederse rumores sobre la que sería la cuarta. Mientras en enero se sostenía que Overlord iba a ser una relato sobrenatural localizado en la Segunda Guerra Mundial pasando a formar parte de esta antología cinematográfica cuatro meses después se desmentía esta teoría, confirmando la independencia de este largometraje con respecto a ella. Una vez establecida la naturaleza del producto toca hablar de su reciente estreno en pantallas españolas e internacionales. Con dirección del australiano Julius Avery (Son of a Gun) guión de Mark L. Smith (El Renacido) y Billy Ray (Capitán Philips) a partir de un argumento original de este último o un reparto formado por caras no muy conocidas como las de Wyatt Russell (Todos Queremos Algo), John Magaro (Máquina de Guerra), Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Iain De Castecker (Agentes de SHIELD) o Pilou Asbæk (Ghost in the Shell: El Espíritu de la Máquina) entre otros Overlord llega a nuestra cartelera convertida en una de las muestras de género(s) más estimulantes de la temporada.




Lo primero que llama la atención de un proyecto como Overlord, siendo conscientes de quién es la persona que lo impulsa como producción, es la vertiente brutal a la que se adscribe sin reserva alguna. Podemos confirmar el largometraje de Julius Avery como la pieza más salvaje salida de la factoría Bad Robot comandada por J.J. Abrams. Su trama es sencilla y sigue los pasos de un grupo de paracaidistas del ejército estadounidense llegando a un pueblo francés ocupado por los alemanes en la víspera del Día D durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez allí descubrirán los experimentos que los nazis están llevando a cabo en una fortaleza cercana con la misión de crear supersoldados de fuerza sobrehumana para formar parte del Tercer Reich. Esta amalgama argumental, un cruce bastante explícito entre la vertiente bélica de Salvar al Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y el “body horror” de Re-Animator (Stuart Gordon, 1985) sirve para que los guionistas Billy Ray y Mark L. Smith aunen fuerzas con el director y así moldear un producto potente y de ritmo endiablado capaz de mantener el interés de distinto tipo de espectadores a lo largo y ancho de sus disfrutables 109 minutos de metraje.




Desde ya podemos considerar el arranque de Overlord como uno de los más potentes vistos en lo que llevamos de este 2018 casi extinto. La secuencia en el avión es un puñetazo en la mesa por parte del director de Son of a Gun, demostrando prematuramente sus adecuadas aptitudes para amoldar su labor detrás de las cámaras a un presupuesto notablemente más holgado que los hasta ese momento manejados por él. Hablamos de un pasaje bélico ejecutado con una pericia impropia por parte de un realizador con tan poco bagaje a sus espaldas en el que despliega un uso tremebundo del apartado técnico enfatizando las imágenes impactantes y el uso milimétrico de unos efectos de sonido intachables. A partir de ahí Julius Avery confirma a Overlod como una cinta en la que no va a privarnos de secuencias repletas de una violencia explícita que irá en aumento y por suerte siempre al servicio de la historia narrada. Durante la primera mitad del metraje asistiremos a un relato bélico deudor del estilismo de producciones como la ya citada obra de Steven Spielberg o su gemela catódica, Hermanos de Sangre (Band of Brothers), llegando a construir pasajes de una tensión cortante y acerada como el acontecido en el ático.




Pero una vez los nazis entran en escena, encabezados por el excelente personaje al que da vida un retorcido Pilou Asbæk, Overlord abraza el terror y la truculencia para no soltarla hasta su clímax final. Aunque su trailer al ritmo de Hells Bells de AC/DC pudiera dar a entender otra cosa no nos encontramos con un producto puramente pulp. Es cierto que se alimenta de distintas variantes del subgénero “naziexplotation”, pero nada de la ironía, el humor negro o la mala baba de, por poner un ejemplo, sagas como Zombies Nazis (Dead Snow) encontramos en el film de Julius Avery, que, exceptuando un par de momentos propensos a la sorna, se toma completamente en serio a sí mismo, aunque siempre apelando a su naturaleza liviana sin caer en el ridículo solemne en el que se adentraba, por poner un ejemplo, la Sucker Punch de Zack Snyder. De manera que después de las consabidas dosis de secuencias bélicas rodadas con aplomo y eficiencia intachable pasado el ecuador del metraje es el bestialismo primario el encargado de inundar la pantalla con cuerpos anatómicamente deshumanizados, huesos rotos voluntariamente de la manera más explícita posible, descomposición física bordeante en el gore y una visita nocturna a un laboratorio con un par de planos de efectiva morbidez y sadismo.




Si hay un apartado en el que Overlord no destaca demasiado ese es sin lugar a dudas el artístico. Al igual que sucediera con la primera entrega de Cloverfield J.J. Abrams y sus colaboradores han decido rodearse de un reparto de caras jóvenes y no muy conocidas capaces de cumplir con oficio la misión de resultar creíbles en pantalla, sin sobresalir en ningún aspecto, pero cobrando notablemente menos que cualquier estrella de Hollywood cuyo caché hubiera disparado el presupuesto de manera notable y si tenemos en cuenta los resultados de taquilla obtenidos hasta ahora por la película, a los que volveremos para cerrar la entrada, el desastre se hubiera antojado mayúsculo. Comandados por un entregado y estulto Wyatt Russell, hijo de Goldie Hawn y Kurt Russell, y haciendo la mejor labor del cast el ya mencionado Pilou Asbæk como el Capitán Wafner, nos encontramos con una serie de secundarios cumplidores dando vida a roles alejados de una tridimensionalidad que los acerque a un verdadero realismo, pero lo suficientemente perfilados como para resultarnos cercanos y empáticos hasta el punto de llegar a preocuparnos por su integridad física y psicológica. De esta manera el reparto de Overlord no desentona con el conjunto de la obra, pero como ya hemos mencionado previamente son otros apartados los que la convierten en una pieza notable desde un punto de vista cinematográfico y siempre dentro de una perspectiva de género(s).




Overlord ha supuesto una grata sorpresa, una inteligente mezcolanza genérica ejecutada con profesionalidad y suficientes alicientes para haber dado forma a una futura franquicia con la que explotar esa vertiente “bélica de terror” con larga tradición en Series B de todo pelaje y espíritu de cómic escrito por Garth Ennis. Por desgracia la apuesta por parte de Paramount Pictures y la Bad Robot de J.J. Abrams se ha saldado con una exigua taquilla que, hasta el momento, convierte su carrera comercial en un notorio fracaso. Con una recaudación hasta el momento bastante alejada de los 38 millones de dólares que costó, aunque todavía debe pasar por algunos país más, podemos dar casi por perdida una nueva entrega de esta muy estimulante propuesta a manos de Julius Avery, Billy Ray y Mark L. Smith de la que ya hemos destacado las suficientes virtudes para considerarla una opción muy viable a la hora de pasar casi dos horas de diversión tan ligera e intrascendente como poderosa e inesperadamente eficaz en una sala de cine. Mientras productos mucho más inanes y de cinematografía dudosa como la película de Venom arrasan en las carteleras de todo el mundo una cinta como Overlord no encuentra su hueco entre el público y cercena una posible saga que, seguramente, nos hubiera deparado más de un momento memorable



jueves, 21 de diciembre de 2017

Yoga Hosers, millennial clerks



Título Original Yoga Hosers (2016)
Director Kevin Smith
Guión Kevin Smith
Reparto Harley Quinn Smith, Lily-Rose Melody Depp, Tyler Posey, Genesis Rodriguez, Johnny Depp, Natasha Lyonne, Haley Joel Osment, Justin Long, Austin Butler, Jason Mewes, Michael Parks, Tony Hale, Harley Morenstein, Ralph Garman, Adam Brody, Ashley Greene, Jack Depp, Jennifer Schwalbach Smith, Vanessa Paradis, Sasheer Zamata, Kevin Conroy, Kevin Smith, Stan Lee






Desde que en el año 2011 estrenara la brutal Red State la carrera cinematográfica de Kevin Smith se convirtió en una incógnita con la que nunca sabemos qué nos deparará su próximo trabajo detrás de las cámaras. En 2014 la retorcidísima Tusk volvió a sorprender a propios y extraños con su atípica mezcla de terror, drama y comedia negrísima mostrando a un Smith que parecía cada vez más alejado del cine de sus orígenes protagonizado por adolescentes amantes de los cómics, el sexo y el humor escatológico. Sólo dos años después llegaría su treceavo largometraje como cineasta, otro giro de tuerca, esta vez nacido a modo de spin off del ya citado film interpretado por Justin Long y Michael Parks, en el que coparían todo el protagonismo dos personajes episódicos que aparecieron en aquella producción a modo de cameo y a los que dieron vida dos actrices casi debutantes que tienen en el proyecto que nos ocupa sus primeros papeles importantes dentro del séptimo arte.




Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp son las hijas de Kevin Smith y Johnny Depp respectivamente y en Tusk hicieron una breve aparición interpretando a dos dependientas de una tienda tipo "7-Eleven" que estaban más peocupadas por escribir en sus teléfonos móviles que por atender a los insatisfechos clientes del emplazamiento en el que trabajaban. Tomando como protagonistas a estas dos actrices adolescentes, incluyendo a casi todo el reparto de la citada Tusk y construyendo una trama que sólo puede haber sido ideada bajo los efectos de una ingente cantidad de opiáceos Yoga Hosers se estrenó en pantallas de todo el globo en 2016 y desde ese mismo momento la podemos considerar una de las más endebles películas salidas de la filmografía del director de Jersey Girl o Mallrats. Un producto que falla a prácticamente todos los niveles en gran parte por culpa de su indefinición cinematográfica, algo en lo que nos detendremos más adelante.




Colleen McKenzie (Harley Quinn Smith) y Colleen Collette (Lily-Rose Melody Depp) son dos  amigas y compañeras de trabajo, residentes en Canadá, adictas a textear con sus teléfonos móviles,  tocar en una banda de rock y a las clases de yoga que imparte el gurú Yogi Bayer (Justin Ling). Una noche mientras trabajan en la tienda de comestibles "Eh-2-Zed." reciben la visita de Hunter (Austin Butler), uno de los chicos más populares del instituto e interés amoroso de Colleen McKenzie, y Gordon (Tyler Posey), amigo del ya citado muchacho. A la llegada de ambos se desata el caos en el local cuando unas salchichas vivientes nazis llamadas "bratzis" aparecen de repente e intentan matar a los cuatro adolescentes. Las dos Colleen deberán vencer a tan esperpénticos enemigos y para ello colaborarán con los más variopintos aliados, entre ellos el peculiar detective Guy Lapointe (Johnny Depp) que acompañará a las chicas en su cruzada.




Es difícil saber qué pasaba por la cabeza de Kevin Smith cuando decidió rodar un producto como Yoga Hosers. No sólo por lo alucinógeno de gran parte de su planteamiento, sino también porque como obra cinematográfica no sabemos a qué tipo de espectador está dirigido. Por un lado aunque temáticamente vuelve a las raíces de su filmografía, dando el protagonismo de la cinta a dos dependientas de una tienda de comestibles, la calificación por edades de la cinta (la famosa PG-13, que admite espectadores menores de edad en las proyecciones) impide que el guionista y director despliegue esos diálogos repletos de referencias sexuales y lenguaje malsonante propio de su impronta. De hecho hay momentos en los que los personajes maldicen utilizando la terminología propia de este tipo de films para (casi) todos los públicos y el resultado queda tan ridículo como insatisfactorio.




Como afirmamos estas carencias por culpa de la calificación moral del largometraje dejará insatisfechos a los fans de Kevin Smith habituados a su sorna e incorrección política. Pero si nuestra intención es abordar Yoga Hosers como una película de terror, género al que supuestamente también se adscribe, su éxito no es mucho mayor, porque prácticamente no hay una sola escena de sobresalto a lo largo del metraje, y si las hay con el que esto suscribe no han funcionado en ningún momento. Pero el fracaso máximo con respecto a buscar un target claro y determinado para que este pueda disfrutar de la propuesta cinematográfica lo tenemos con el de "película para niños", porque aquí Yoga Hosers es un rotundo desastre. A lo mejor es un servidor el que se equivoca y los críos de hoy en día se lo pasan de vicio viendo a unas salchichas nazis intentando matar a seres humanos en plena pubertad, pero ruego se me permita dudarlo.




Planteado todo esto la pregunta del millón es: ¿A qué tipo de público está dirigida Yoga Hosers?. Mi respuesta a dicha cuestión es que sus creadores son los que más disfrutaron de la película mientras la estaban ideando y eso es algo que se deja notar en pantalla durante no pocas ocasiones. Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp no son dos grandes actrices y a la hora de hablar de su trabajo aquí tampoco podemos hacerlo de una química mutua que atraviese la pantalla, pero sí es cierto que hay complicidad entre ambas y que lo transmiten a lo largo del metraje, dejando entrever las imágenes que son amigas más allá de la ficción y que se entienden totalmente la una a la otra. En cuanto al equipo de secundarios, empezando por Johnny Depp de nuevo en la piel del insulso Guy Lapointe, pasando por un tatuado Adam Brody y llegando a los cameos de Kevin Conroy o Stan Lee también podemos vislumbrar que el rodaje fue una fiesta para todos los implicados.




El problema reside en que la mayor parte del público generalista no está invitado a la fiesta que Kevin Smith ha montado con sus amigos, de modo que sólo él, su equipo de rodaje y los fans más extremistas de su cine se divertirán con el film. Si al humor de dudoso gusto y escasa efectividad sumamos una trama tan esperpéntica que no se sostiene por ningún lado, la cuestionable táctica de llevar hasta el extremo del disparate el uso de la parafernalia nazi a modo de chiste recurrente a lo largo del metraje hasta eclosionar en ese clímax final que vuelve a poner en mente de un servidor la idea de que Kevin Smith no se encontraba sobrio a la hora de escribir el guión de la obra y una serie de personajes incidentales que deambulan a lo largo del metraje sin orden ni concierto, y a los que se recurre casi exclusivamente para mostrar sus perfiles a modo de homenaje a videoconsola de 8 Bits, podemos afirmar que nos encontramos ante un fracaso cinematográfico prácticamente total.




A pesar de ser un desastre sin paliativos y una penosa segunda entrega de esa "True North Trilogy" que su autor lleva ideando desde hace unos cuantos años, Yoga Hosers tiene dos virtudes que me hacen mirarla con no demasiado desdén y hasta cierto cariño. La primera es que después de todo lo comentado en esta entrada debo admitir que los 88 minutos que dura el largometraje no sólo se pasan en un suspiro, sino que no aburren en ningún momento, en gran parte gracias a las dos actrices principales y su vacuo pasotismo propio del siglo XXI. La segunda es que el que esto firma la ve como la confirmación de que Kevin Smith está decidido a hundir su carrera cinematográfica por medio de productos de dudosa naturaleza y gusto, pero que demuestran que hace lo que le apetece sin estar pendiente de fans, productores o resultados de taquilla y eso le honra como artista y ser humano. Sólo el tiempo nos dirá hacia donde se dirige este Kevin Smith cineasta en modo kamikaze.




lunes, 31 de marzo de 2014

Capitán América (1990), tu vuo’ fa’ ll’americano



Título Original Captain America (1990)
Director Albert Pyun
Guión Stephen Tolkin y Laurence Block basado en el personaje de Joe Simon y Jack Kirby
Actores Matt Salinger, Ronny Cox, Scott Paulin, Ned Beatty, Darren McGavin, Michael Nouri, Kim Gillingham, Melinda Dillon, Bill Mumy, Francesca Neri, Norbert Weisser, Garette Ratliff Henson, Thomas Beatty, Jason Brooks




El descomunal éxito de la adaptación que Tim Burton dirigió en 1989 con Batman, el personaje creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger, de protagonista trajo tras de sí tantas cosas buenas como malas, algunas terriblemente malas. Dentro de estas últimas destaca algo que en principio no debía ser una idea negativa como era llevar a imágenes las aventuras de muchos de nuestros personajes de DC y Marvel que llevábamos años siguiendo desde las viñetas. Pero esa fiebre también dio pie a que todo hijo de vecino con una productora de tres al cuarto creyera que tenía los medios y aptitudes necesarias para realizar cine de superhéroes. Así fue como nació el primer largometraje para la pantalla grande protagonizado por el Capitán América allá por el lejano 1990. 




Que en la producción del proyecto estuviera implicado el israelí Menahem Golan, padre de la inefable Cannon Films que financiara muchos de los films de action heroes de la era Reagan como Silvester Stallone, Jean Claude Van Damme, Chuck Norris o Dolph Lundgren, no presagiaba nada bueno, pero que decidieran poner a los mandos de la realización a Albert Pyun (hijo espiritual de Ed Wood y padre putativo de Uwe Boll) al que le debemos obras como Kickboxer 2 y 4 o Cyborg (su posiblemente mejor film, que no es decir mucho) reducía todavía más las esperanzas de ver una buena película sobre el Centinela de la Libertad. Su reducido presupuesto y reparto de baratillo en el que destacaban un par de veteranas estrellas en decadencia terminaron por poner los clavos en el ataúd de lo que supuso la primera experiencia de Steve Rogers con el mundo del séptimo arte incluso antes de su estreno.




El Capitán América de 1990 es un detritus fílmico tan terriblemente pobre y ridículo en todos los aspectos que ni abordada desde la sorna o la oda a la cutrez por la pura diversión puede ser disfrutada. En su momento supuso una co producción yugoslavo-americana ¿¿?? rodada en Italia, lo que llevó a situar la mayor parte de la trama del largometraje en aquellas tierras… porque sí, no porque la historia lo exigiera. Los decorados son de una austeridad alarmante, los secundarios parecen sacados de una película softcore (señal inequívoca de esto que comentamos es la presencia como “villana” de una Francesca Neri que ese mismo año visitió nuestro país para rodar Las Edades de Lulú, la adaptación que el fallecido Bigas Luna realizó de la novela homónima de Almudena Grandes) del entrañable director del género Joe D’Amato y el actor que da vida a Steve Rogers, Matt Salinger, parece un galán de soap opera yanqui entrado en años, demasiados. 





Pero lo peor de la velada (junto a los diálogos que mencionaremos más tarde) es el apartado técnico del producto que incluso para su época era lo más bajo de lo más bajo. Si la dirección de Albert Pyun es chafardera, cutre, carcajeante (esos primeros planos subliminales del escudo con los que nos ametrallan durante todas las escenas de acción) lo del montaje ya es de traca.  Posiblemente estemos con esta Capitán América de 1990 ante la peor edición de la historia del cine, con una concatenación de imágenes sincopadas que llegan a producir dolor de cabeza a un espectador que queda totalmente convencido de que el LSD circuló por la sala de montaje de la película para descubrir finalmente que tal abuso de cortes y más cortes no sirve para camuflar que el escudo está hecho de un material plástico que haría parecer vibranium al de cualquier cosplay de un salón del cómic estandar, que los especialistas de escenas de riesgo fueron contratados en una agencia apunto de meterse en un expediente de regulación de empleo inminente o que el director y su equipo técnico no pudieron disimular que tenían un presupuesto que no podría pagar ni el catering de una producción de las llamadas grandes de aquellos primeros años 90.




Lo de la fidelidad a los cómics es curioso y digno de ser analizado. Porque si por un lado el origen del personaje se ciñe bastante a lo acontecido en las viñetas, con respecto a lo de su personalidad sólo caben dos opciones: 1 Los guionistas se fijaron en los primeros años del personaje cuando todavía era bastante “expeditivo” o 2 No habían leído una historieta del Primer Vengador en su vida y así lo reflejaron en pantalla. Este Capitán América de 1990 fuma, roba coches (¡hasta en dos ocasiones, a personas de confianza y para huír de ellos!) mata (y no en el fragor de la batalla, no, en plena pelea y sin miramientos) y parece adaptarse más bien pronto al futuro tras ser rescatado del hielo. Memorable es también lo del Cráneo Rojo que tras una génesis mal expuesta, una presentación como villano más bien pobre, con pelea cutre con el protagonista, pasa a ponerse una máscara que le hace parecer a Al Pacino en Dick Tracy (o el Sean Penn en Gangster Squad que viene a ser lo mismo) para no volver a aparecer en todo el metraje con su característica calavera. 




Finalmente nota aparte para el patriotismo recalcitrante (alejado del más atenuado y naíf de la versión de Marvel Studios) reflejado no sólo en el protagonista, también en ese presidente al que da vida Ronny Cox (Robocop) y que se mueve entre el hippismo politico y la violencia física que lo muestra como el precedente más claro de superpresidentes fílmicos como el de Harrison Ford en Air Force One de Wolfgang Petersen o el de Bill Pullman en Independece Day de Roland Emmrich. Esta poco recordada (y con motivo) producción, que en España se estrenó directamente en el nostálgico mercado del VHS, se puede resumir en sus inintencionadamente cómicos diálogos. Perlas tales como: “Perdona, es que te quiero mucho”, “Mata unos cuantos por mí, Steve”, “¡Vamos a ver si tu corazón es más fuerte que mi odio!” o la más destacada “Puede que no sea Superman pero para el mundo será el símbolo viviente de lo representa América” hablan por sí solas y nos confirman el motivo por el que este engendro, tan de Serie Z que hace que la B parezca A, esté encerrado bajo llave en el cajón del olvido.



miércoles, 16 de enero de 2013

This is England, British History X



Título original This is England (2006)
Director Shane Meadows
Guión Shane Meadows
Actores Thomas Turgoose, Stephen Graham, Jo Hartley, Andrew Shim, Vicky McClure, Joseph Gilgun, Rosamund Hanson, Andrew Ellis, Perry Benson, George Newton, Frank Harper, Jack O'Connell, Kriss Dosanjh, Kieran Hardcastle, Chanel Cresswell, Danielle Watson, Sophie Ellerby





This is England de Shane Meadows no es otra película sobre skinheads, es una pieza capital dentro de este subgénero que no has ofrecido trabajos tan sobresalientes como American History X de Tony Kaye o tan endebles, aunque bienintencionados, como Romper Stomper de Geoffrey Wright, cinta australiana de la que sólo se salvaba un memorable Rusell Crowe. Esta producción británica de 2006 muestra algunos conceptos relacionados con el movimiento skin que poco conocidos por el gran público y que serían interesantes de abordar para saber a ciencia cierta cuales fueron las raíces de dicha tribu urbana.




El movimiento skin nació sin matiz político alguno, fue una tribu urbana heredera de los mods que surgió como respuesta al hippismo de los 60 y muy influenciado por el estilo musical ska y los conjuntos y solistas jamaicanos. No fue hasta años después que el ideario neo nazi y la extrema derecha intoxicaran a los skinheads convirtiéndolos en los racistas y antisemitas de corte fascista que hoy día son, pero en su momento su germen no tenía nada que ver con esta ideología execrable y reaccionaria. Shane Meadows sufrió este cambio, ya que el militó a principios de los 80 en una banda skin antes de que la politizacion radicalizada se hiciera con los mandos del movimiento.




Shaun es un niño de 12 años que vive a duras penas con su madre (viuda de un soldado fallecido en la guerra de las Malvinas) en pueblo costero en la Inglaterra de 1983. Tras un mal día en el que se mete en una pelea con un matón, Shaun, conoce a un grupo de chavales skinheads que lo acogen como a uno más en la banda. El crío encuentra un grupo de colegas y entre ellos a un amigo cercano en Woody, el lider de los muchachos, así como una manera de vestir y un estilo de vida que le gustan y en los que consigue hacerse un hueco e incluso conocer a su primer amor, Smell, Pero todo se tuerce cuando Combo, un antiguo componente fundador de la banda, sale de la cárcel y vuelve al grupo trayendo consigo pensamientos nacionalistas y de corte xenófobo. Este hecho provocará un cisma en la banda que hará que se divida entre skins racistas y skins antiracistas, y por ello Shaun se verá obligado a tomar partido y unirse a una de las dos partes.




This is England es la mejor película sobre el movimiento skinhead que un servidor ha visto desde la ya mencionada American History X. Shane Meadows crea un producto sobresaliente en todos sus apartados, bordando una pieza alejada de maniqueísmos, sensiblería o partidismos, para dar forma a una obra muy importante dentro del cine británico reciente. Pero lo más interesantes es que a pesar de que el director toma como núcleo central cómo la extrema derecha pervirtió el espíritu del movimiento skin, su mensaje es más profundo y de un calado político y social aún más trascendente si cabe, al hablarnos de la Inglaterra de principios de los 80, cuando la primera ministro del partido conservador, la inefable Margaret Tatcher, estaba en el apogeo de su poder.




Al inicio del largometraje Meadows nos muestra el día a día del grupo de skins antiracista (de hecho un componente jamaicano forma parte de sus filas, convirtiéndose dicho rol en vital para el devenir de la historia cuando aparece Combo) en el que todos los componentes se llevan bien aun compartiendo las típicas rencillas de toda cuadrilla de amigos. A veces se ve un excesivo buenrollismo en la banda, pero el director realiza una mirada tan realista, en ocasiones bordeando el documental con esa fotografía sucia, apagada y granulada, que el espectador no la ve falsaria o impostada en ningún momento. Algún despistado percibió esta parte el film como una apología del movimiento skin actual, pero esta afirmación sólo denota ignorancia y no haber vista completa la película o entenderla mal.




Hasta aquí el film es estructurado con un tono de comedia muy acertado, pero con la llegada de Combo la trama toma un matiz dramático nada forzado en el que se encuentra lo mejor del largometraje. Si bien Shaun había sido el núcleo central de la primera parte del metraje (de hecho la obra gira totalmente alrededor suyo) en la segunda se le deja un poco de lado para desarrollar el personaje del skin nazi que viene a dar forma a una crisis en el grupo de amigos. Pero lo más interesante es que Meadows no se entrega al subrayado tosco y la brocha gorda, Combo es un tipo que sabe ganarse a sus acólitos, lanzando la puñalada trapera mientras sonríe a su víctima y su ideología racista no aparece de manera repentina, sino que se va introduciendo en el conjunto gradualmente y con una medida ambigüedad.




Esta sobresaliente inteligencia a la hora de abordar el perfil de los personajes por parte del guionista y director se hace fuerte cuando intentamos diseccionar las personalidades principales de Shaun y Combo. El primero es un crío necesitado de cariño y siempre en busca de la figura paterna que ha perdido, inicialmente la encuentra en Woody, el líder de los skins no xenófobos, pero más tarde la descubre potenciada, hiperbolizada y radicalizada en Combo, individuo que apela a la empatía más cruel (la guerra de las Malvinas en la que murió el padre del niño) para ganarse su confianza y así introducirlo en sus filas como uno más de sus seguidores anclados en el dogmatismo y la fe ciega.




Pero si hay un personaje interesante y poderoso en This is England es el del mismo Combo. Porque a pesar de ser el rol una muestra palpable y cristalina de cómo el radicalismo, la intolerancia y la supremacía más extremista se hizo con el movimiento skin, detrás de ese odio, ese nacionalismo peligroso y arcaico, de ese racismo grabado a fuego en su mente se encuentra (como casi siempre en los componentes de los movimientos neo nazis) un niño asustado, lleno de temores y envidias y con un complejo de inferioridad de naturaleza peligrosa. Combo es el hijo de una clase obrera machacada y pisoteada por el tatcherismo. el reflejo de una sociedad alienada y sin rumbo que encuentra una vía de escape a su angustia existencial en la fuerza, la violencia y el dolor ajeno y ahí reside el poderoso subtexto de una obra como la de Shane Meadows.




Del reparto semidesconocido, pero magnífico en general, destacan como es lógico dos actores, los principales. El primero es Thomas Turgoose que da vida a Shaun (que no deja de ser un álter ego del mismo director del largometraje) su naturalidad, espontaneidad, el hecho de que parezca que en ningún momento está actuando son las armas que hacen que This is England en ocasiones transmita un realismo casi documental. Su simpatía y sorna dan un tono cómico al film que se contrapone a el dramatismo que impera en la segunda mitad de la obra y que se hace con el relato cuando Combo empieza a utilizar sus artimañas psicológicas para mermar a los muchachos.




Pero si hay algún actor que merece todos los premios del mundo y el reconocimiento internacional ese es Stephen Graham como Combo, curiosamente hijo de un hombre negro en la realidad. El Al Capone de la sobresaliente Boardwalk Empire realiza el mejor trabajo de su carrera al dar vida a este poliédrico personaje que puede transmitir tanto miedo como compasión de una secuencia a otra. Su presencia, su cerradísimo acento o su manea de intimidar físicamente, son añadidos que el protagonista de Snatch: Cerdos y Diamantes hace suyos para ofrecer un trabajo al que con palabras no se puede hacer toda la justicia que merece. Su clímax con la escena compartida con Milky transmite tantas sensaciones opuestas que es imposible quedarse impasible como espectador al presenciarla.




This is England es cine vital y necesario, ese tipo de película que debería verse, casi obligatoriamente, en institutos de todo el mundo para que nuestros hijos y hermanos sepan en qué sociedad nos estamos moviendo actualmente. La sensibilidad de Meadows (que no deja en ningún momento de hablarnos de su propia vida) un realismo deudor del mejor Ken Loach, una banda sonora que encoge el corazón, la ausencia de escenas brutales que caracterizan a este tipo de films, la contraposición de los dos pasajes a cámara lenta de los dos grupos de skins (transmitiendo el primero simpatía e inocencia y el segundo miedo y desconfianza) o secuencias como la de la paliza o la final de la bandera (putas banderas de mierda) hundiéndose en la orilla, que remite tanto a la perdida de la inocencia y el paso a la madurez de Shaun como a la guerra de las Malvinas, así como un mensaje nada sensacionalista o tendencioso hacen de la obra que nos ocupa una pieza clave dentro del cine europeo contemporáneo que nadie debería perderse.


viernes, 28 de diciembre de 2012

La Zona Gris, las cenizas de la derrota



Título Original The Grey Zone (2001)
Director Tim Blake Nelson
Guión Tim Blake Nelson
Actores David Arquette, Steve Buscemi, Harvey Keitel, Natasha Lyonne, Mira Sorvino, Michael Stuhlbarg, Daniel Benzali, David Chandler, Allan Corduner





Tim Blake Nelson es un actor norteamericano que siempre ha ejercido como secundario en los films en los que ha trabajado. Su peculiar (por no decir feo) rostro lo hemos podido contemplar en films como Oh Brother, Donnie Brasco, Minority Report o El Increíble Hulk. Paralela a su carrera como intérprete ha desarrollado una menos prolífica pero sí más prestigiosa faceta como director y guionista y aunque films como Laberinto Envenenado (O) o Leaves of Grass no son muy conocidos, en 2001 dio bastante que hablar con su tercera película detrás de las cámaras, La Zona Gris.




Inspirada en parte en Auschwitz: A Doctor's Eyewitness Account el libro autobiográfico que escribió Miklos Nyiszli, un médico judío que colaboró de manera forzosa con el Doctor Menguele en sus experimentos inhumanos si no quería que los nazis asesinaran a su mujer y su hija, The Grey Zone es un magnífico largometraje sobre el holocausto judío localizando su historia en el infame campo de exterminio Auschwitz pero narrando su historia desde un punto de vista bastante atípico dentro de este tipo de productos.




La historia sigue los pasos de los componente de lo que en Auschwitz se conocía como Sonderkommandos, grupos de judíos que colaboraban con los nazis para facilitar el exterminio de sus propios compatriotas recibiendo de este modo facilidades como ropa, alimentos y objetos de valor que se quedaban a cambio de sus servicios. De cualquier manera todo era fútil, ya que a los 4 meses los componentes de Sonderkommandos eran asesinados también por el ejército alemán que custodiaba el campo de concentración. Un día una niña sobrevive in extremis en una de las cámaras de gas y ponerla a salvo será la misión de estos judíos que colaboran forzosamente con el enemigo para exterminar a sus propios paisanos.




La Zona Gris funciona a distintos niveles y sirve como contrapunto a otros trabajos sobre el holocausto judío un poco más autocomplacientes. Nada hay del espíritu hollywoodisense de La Lista de Schindler de Steven Spielberg o del mensaje esperanzador de El Pianista de Roman Polanski (ojo, no tengo nada en contra de estos dos films, es más, me parecen ejemplares) un largometraje como el que nos ocupa. La mirada de Blake Nelson es hiperrealista, seca, con un tono a lo Tarkovski que lo acerca al documental y a una frialdad expositiva no exenta de emociones.




La recreación de Auschwitz es soberbia, aséptica y está expuesta en pantalla en carne viva, Blake Nelson aprovecha su escueto presupuesto y localizaciones limitadas con una profesionalidad digna de la de cualquier director de renombre que haya abordado este tipo de cine histórico. El reparto es destacable, llama la atención que todos los actores son judíos (interesante mensaje de autocrítica el que se desprende con esta elección artísitica) y el director sabe llevarlos por el buen camino con resultados encomiables.




Steve Buscemi, un por aquel entonces desconocido Michael Stuhlbarg, Mira Sorvino o Daniel Benzali   abordan con la convicción que se espera de ellos los roles que desempeñan, pero sobre todo destacan Harvey Keitel como nazi, ya que a pesar de hacerse la picha un lío con el acento el actor consigue una encarnación magistral, y sobre todo un inusualmente remarcable David Arquette, ese terrible actor que hace aquí uno de los pocos trabajos destacables (puede que el mejor de todos ellos) de su insustancial carrera.




El guión teje varias tramas que convergen en una sola, narrando el día a día del Sonderkommando, la vida de las presas mujeres en el campo de concentración y como influye la intervención del doctor Nyiszli en el devenir de todos los implicados en dichos acontecimientos. Blake Nelson no se amilana y sin usar una explicitud abrasiva (qué elegante su manera de mostrar la sesión de la cámara de gas) innecesaria tampoco priva al espectador de una crudeza cortante y palpable (esos cadáveres brutalmente desnudos por dentro y por fuera) necesaria para relatar la historia, pero siempre sin sensacionalismos o gratuidad.




La paliza en la ducha por el reloj (grande Arquette) las conversaciones del Doctor Nyiszli con el alto mando al que da vida Harvey Keitel, el monólogo final (tan surrealista como esclarecedoramente coherente) o esa despedida de dos amigos con una conversación mundana que los haga sentirse vivos poco antes de su fatal desenlace son muestras de gran cine que consiguen que La Zona Gris entre con honores en el panteón de los films que mejor y con más valor han retratado el holocausto judío. 





En el proceso Blake Nelson (que perdió a sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial por el simple hecho de ser judíos) realiza un meritorio ejercicio de crítica retrospectiva hacia sus antepasados para que nosotros como espectadores no olvidemos los errores (muy humanos algunos de ellos) que se cometieron en aquellos tiempos convulsos en los que ejercer algo tan primario como el sacrificio o el perdón era una misión inalcanzable.



lunes, 16 de enero de 2012

Adiós, Muchachos, mon ami, mon frère




Título Original Au Revoir les Enfants (1987)
Director Louis Malle
Guión Louis Malle
Actores Gaspard Manesse, Raphaël Fetjo, Francine Racette, Stanislas Carré de Malberg, Phillipe Morier-Genoud, François Berléand, François Négret, Peter Fitz, Pascal Rivet, Bendit Henriet, Xavier Legrand, Irène Jacob




Tras su etapa americana formada por proyectos como La Pequeña, Atlantic City, Mi Cena con André, Crakers y La Bahía del Odio, el afamado realizador frances Louis Malle (autor de films del país vecino como Ascensor Para el Cadalso, El Soplo al Corazón o Lacombe Lucien) volvía en 1987 a casa. Allí sacó adelante la que sería su película más famosa y reverenciada, un largometraje de corte autobiográfico sobre una etapa determinada de su infancia durante los convulsos años 40. Hablo como no podía ser menos de Au Revoir les Enfants.




Durante el invierno de 1944 y con la ocupación nazi de Francia como telón de fondo, conoceremos la vida dentro de un internado católico carmelita por medio de Julien, un niño de trece años que pasa el curso escolar en dicho emplazamiento. La llegada de Jean, un extraño nuevo niño y el secreto que se esconde detrás de él dará pie a una relación de amistad entre los dos chicos en la que la lectura, la música y la complicidad los convertirá en inseparables almas gemelas.




Pulida joya de elegante naturalismo y poderoso poso dramático, siempre contenida pero veraz y con inquebrantable corazón, realista retrato de la adolescencia, con Adiós, Muchachos Louis Malle se sirve de sus recuerdos de infancia para dirigir una de las más bellas y sutiles piezas sobre la amistad, la perdida de la inocencia y los estragos de la guerra jamás rodadas. El director de Herida utiliza esta obra como homenaje en honor personas de vital importancia para él en aquella época pero también como expiación de diablos interiores que le acompañaron desde aquella difícil etapa de se vida.




Malle no idealiza la infancia ni a los jóvenes que la experimentan. Los internos se pelean, son crueles los unos con los otros, fuman, practican el onanismo y llevan a cabo entre las sombras un mercado negro a espaldas de los sufridos y comprensivos sacerdotes (visión más amable de la iglesia la que aquí hace Malle, nada que ver con aquel cura al que daba vida un Michael Londsdale al que se le iba la mano con los niños en Un Soplo en el Corazón) que sólo tratan de educar y proteger a los alumnos.




La llegada del Jean como nuevo alumno trastoca en cierta medida la vida de los internos. La mayoría de ellos abusan de él, en principio incluso el mismo Julien, pero poco a poco ambos descubrirán que tienen cosas en común (su pasión por la lectura o la música) y eso los acabará uniendo. La relación entre ambos da pie a escenas de sutil belleza y profundo calado como la sencilla a la par que esclarecedora de los dos chicos tocando juntos el piano entre risas durante un aviso de bombardeo. Una de las secuencias más bellas que que un servidor ha visto en su vida a la hora de retratar en pantalla ese impagable sentimiento llamado amistad.




Por el camino Malle reflexiona sobre el colaboracionismo de sus compatriotas con el ejército alemán (que para colmo los desacreditaban en público, como se ve en la escena del restaurante) durante la ocupación de su país, la vacuidad de muchas de las costumbres ancladas en una sociedad burguesa que parecía vivir entre la indiferencia y el desconocimiento durante aquella época y sobre como unos pocos clérigos se levantaron en contra del holocausto y el adocenamiento imperante en las clases altas y la institución eclesisastica durante la segunda guerra mundial.




Pieza clave en la carrera de Louis Malle, largometraje de dirección medida y guión impecable (con qué sutilidad y elegancia se percibe poco a poco la evolución psicológica del "delator", casi sin darnos cuenta) con un dúo de actores adolescentes dirigidos con mano maestra y pasajes de una fría y contenida belleza que emocionan sin llegar nunca a la sensiblería. Como muestra ese último primer plano de Julien con la voz en off del mismo Louis Malle de fondo con el que finalmente nos retuerce el corazón al vislumbrar esa lágrima furtiva que no necesita recorrer la mejilla del niño para demostrarnos que en aquella mañana de Enero le habían arrebatado no sólo parte importante de su vida, sino también la inocencia.