jueves, 29 de mayo de 2014

Bates Motel: Temporadas 1 y 2, mentiras que me contaron mis padres.



"Norman, pase lo que pase esto se hará público y saldrá en los periódicos, todo el mundo lo sabrá, ¿quién va a reservar en el motel de las violaciones y asesinatos?"

Norma Bates




El 16 de junio de 1960 el director Alfred Hitchcock estrenaría en Estados Unidos una de sus películas más importantes y la que revitalizaría por medio de un punto de inflexión su carrera cinematográfica. Hablamos como no puede ser menos de Psicosis (Psycho) la adaptación a imágenes que el realizador británico realizó con la ayuda del guionista Joseph Stephano de la novela homónima del escritor Robert Bloch que sólo un año antes había sido puesta en circulación en el mundo literario. Aquella mítica producción protagonizada por Anthony Perkins, Janet Leigh o Vera Miles se convirtió rápidamente en un clásico del género y en portadora de algunas de las imágenes más icónicas de la historia del cine de terror y suspense. Una casa en una colina, un siniestro motel, una ducha, un cuchillo de cocina, un sótano, una silla con una figura femenina en ella y una bombilla bamboleante dieron forma a una obra maestra que suscitó tres innecesarias secuelas (la cuarta, Psicosis IV: El Comienzo, dirigida por Mick Garris y escrita por el mismo Joseph Stephano fue una precuela para la tv americana) impulsadas por el mismo Anthony Perkins (que incluso se ocupó de dirigir la tercera entrega) durante los años 80 y un remake a manos de Gus Van Sant en 1997 que copiaba plano por plano la cinta primigenia para el desconcierto de muchos y la satisfacción de muy pocos. Curiosamente en 1987 se estrenó en Estados Unidos una serie de corta vida llamada Bates Motel en la que un paciente compañero de Norman Bates en la institución mental que ambos regentaban se hacía cargo del motel familiar. Pero no sería esa la última vez que un serial catódico narrara las desventuras de Norman Bates y su legado familiar y eso mismo nos trae al presente.




Año 2013, el 18 de marzo la cadena de televisión por cable americana A&E Networks estrena Bates Motel, una serie desarrollada por Anthony Cipriano (El Fin de la Inocencia) Carlton Cuse (Perdidos) y Kerry Ehrin (Friday Night Lights) que tomando como inspiración la novela de Robert Bloch y la película de Alfred Hitchcock se presenta como una precuela de las mismas narrando, entre otros hechos, la adolescencia de Norman Bates y su peculiar relación con su madre Norma. Sin la publicidad o la repercusión de otros productos de la televisión americana como Breaking Bad, Juego de Tronos, The Walking Dead o Hijos de la Anarquía la primera temporada Bates Motel se hizo con un considerable grupo de seguidores y un recibimiento moderado por parte de la prensa especializada. Si bien no hablamos de uno de los programas más destacados del panorama televisivo americano (recordemos que el nivel es altisimo) si lo hacemos de un trabajo interesante, bien ejecutado en el plano artístico y técnico y bastante considerado con los seguidores de el desdoblado Norman Bates y la alargada sombra de su difunta madre.




No era fácil para el espectador entrar en la primera temporada de Bates Motel ya que el episodio piloto (y la serie al completo) está localizado temporalmente en la actualidad para desconcierto del fan del film del director de Vértigo. Pero aquello que en principio podía ser una fallo garrafal se convierte en uno de los mayores alicientes del programa. A nadie se le escapa que ver a un personaje que nació en imagen y sonido en 1960 utilizar durante su supuesta adolescencia teléfonos móviles y iphones descoloca al seguidor de Psicosis y Norman Bates. Pero este recurso narrativo se antoja un acierto mayúsculo cuando descubrimos que aunque la narración tiene lugar en pleno siglo XXI cuando entramos en la famosa casa familiar de los Bates es como si el tiempo se detuviera. Esa enorme mansión de siniestra arquitectura parece fuera de lugar, su interior muestra un hogar oscuro que no parece haber abandonado esos finales de los 50 y principios de los 60 en los que tenía lugar la película original y que contiene en su interior secretos narrados entre susurros, miseria moral, morbidez y la siempre amenazante sombra del incesto que a lo largo del serial descubriremos que es de corte generacional. Porque como era de esperar el epicentro de Bates Motel es la tóxica relación de Norman con su madre Norma (no es un detalle valadí que hasta los nombres sean casi idénticos) el primero interpretado por el antaño insoportable Freddie Highmore (Charlie y a Fábrica de Chocolate, Descubriendo Nunca Jamás) reconvertido hoy en un competente actor adulto de mirada perturbadora y la segunda con el cuerpo de una soberbia Vera Farmiga (Infiltrados, Expediente Warren) que se ocupa de componer el mejor y más destacado personaje del programa. Norma Bates es una mujer manipuladora, sobreprotectora e inimisericorde con su hijo pequeño. Casi nunca impone órdenes de manera directa, pero por medio de la sutilidad y el más deleznable de los chantajes psicológicos siempre consigue que Norman obedezca ciegamente todas sus peticiones por muy retorcidas que sean.




Pero como es lógico el programa no puede vivir sólo de los roles de Norman y Norma de modo que tenemos una gama de secundarios bastante considerable que protagonizan distinto tipo de subtramas e interactúan con los protagonistas de una u otra manera. El primero es Dylan Masset (Max Thieriot) el hijo primogénito de Norma y hermano mayor de Norman que mantiene una relación con su madre completamente opuesta a la que le une estrechamente con el menor de sus descendientes y que se adentrará en el submundo del hampa de la localidad por medio del tráfico de drogas. Por otro lado están la adorable Emma (Olivia Cooke) el amor no correspondido de Norman, una chica con fibrosis quística (siempre porta su bombona de oxígeno) que estrechará lazos con los Bates, Bradley Martin (Nicola Peltz) la muchacha que será objeto de los deseos amorosos del personaje principal, la señorita Watson (Keegan Connor Tracy) la profesora de Norman que parece tener con él una relación que va más allá de la típica entre profesor/alumno. Pero si hay que destacar un secundario interesante en Bates Motel y que se revela como el más sólido y consistente de la serie después de los dos principales ese es el del Sheriff Alex Romero al que da vida el actor norteamericano de origen español Nestor Carbonell al que muchos recordamos como el inolvidable Richard Alpert de Perdidos. Este representante de la ley honrado en apariencia pero metido en todo tipo de negocios turbios mantiene una extraña atracción por Norma Bates cuya naturaleza nunca queda demasiado clara, pero la misma le permitirá a ella que el sheriff haga oídos sordos ante muchas de las acciones ilegales llevadas a cabo en el motel que da nombre al programa y la casa que lo corona en esa colina a las afueras de White Pine Bay. Curiosamente Alex Romero es el personaje que condensa en una sola personalidad la esencia de la ya mencionada ciudad de White Pine Bay en la que tiene lugar el desarrollo de la serie. Una localidad de una violencia latente que en ocasiones eclosiona, con unos ciudadanos que callan más de un secreto inhumano y sádico y que podría revelarse como el caldo de cultivo del mal que anida en el hogar de la familia Bates.




El éxito de la primera temporada de Bates Motel dio pie a que la renovación para una segunda temporada no se hiciera esperar. El 3 de marzo de 2014 A&E Networks puso en marcha la continuación de las andanzas de los Bates. Desde el primer episodio ya se podía ver que la moderada puesta en escena de la serie estaba mucho más elaborada (el episodio de arranque dirigido por un Tucker Gates ya plenamente implicado en la producción de la serie es de los más logrados del año) poniendo más cuidado en el diseño de producción y añadiendo por medio del personaje de Caleb (Kenny Johnson) una revelación importante del pasado de Norma. El problema de la segunda temporada es que a pesar de que se vuelve algo más consistente la subtrama de narcotráfico de Dylan, se afianza la presencia de el sheriff Romero en la historia y los ecos a la película original no dejan de sucederse gracias a esos animales disecados que crea el personaje y los picados de cámara utilizados en la mayoría de los episodios la semilla de la discordia plantada en la acertada season finale de la primera temporada en la que veíamos los primeros síntomas de la enfermedad de Norman (enorme la primera “conversación” que tiene con su progenitora) y cómo su interacción con su madre de volvía más retorcida es prácticamente anulada en esta segunda. Durante esta etapa del programa Norma deja repentinamente de ser esa mujer manipuladora y maquiavélica para transformarse en la víctima pasando Norman a ser el verdugo indirecto de la relación. El de ella sigue siendo un rol interesante, posiblemente el que más de la serie, pero ese giro tan radical en su personalidad se antoja forzado y un paso atrás en cuanto al desarrollo de su personalidad aunque esto permita a que Freddie Highmore incida más con su composición en la psicología de su criatura. Puede que la culpable de este innecesario cambio haya sido la misma Vera Farmiga que durante esta temporada ejerce también como productora. La experiencia nos ha demostrado que cuando un actor principal se implica en la creación de los productos que protagoniza el resultado puede ser bueno (Michael Chiklis en The Shield o Bryan Cranston en Breaking Bad) o malo (Michael C. Hall en Dexter). Esperemos que la protagonista de La Prueba del Crimen recapacite sobre el hecho de que Norma Bates es mucho más interesante si es abordada desde su lado oscuro.




Antes de terminar la segunda temporada la cadena A&E Networks confirmó la renovación de Bates Motel para una tercera tanda de episodios. La noticia evidentemente es magnífica para los seguidores del programa, pero esa descaracterización del personaje de Norma Bates para humanizarla y librarla de las necesarias aristas que la estaban convirtiendo en uno de los roles más interesantes de la televisión actual siembra la duda sobre el corrector porvenir del producto que debidamente desarrollado puede dar mucho juego con respecto a la historia que narra pero que llevado por el mal camino puede acabar transformándose en el mediocre producto que por suerte hasta ahora nunca ha sido ni ha llegado a ser. A pesar de todo con un éxito moderado, un humilde club de fans que crece poco a poco y una más que decente labor delante y detrás de las cámaras la serie de Anthony Cipriano, Carlton Cuse y Kerry Ehrin no es sólo un serial adictivo, digno y con algunos logros bastante notables, también se confirma como el producto audiovisual más digno inspirado o derivado de la ya citada obra maestra de Alfred Hitchocock, y la fuente original literaria de Robert Bloch, que marcó un punto de inflexión en la historia del séptimo arte en general y en el género de terror y suspense en particular.



jueves, 22 de mayo de 2014

Godzilla (2014)



Título Original Godzilla (2014)
Director Gareth Edwards
Guión Max Borenstein y David Callaham
Actores Aaron Taylor-Johnson, Ken Watanabe, Elizabeth Olsen, David Strathairn, Bryan Cranston, Sally Hawkins, Juliette Binoche, CJ Adams, Richard T. Jones, Al Sapienza, Patrick Sabongui




Godzilla, el dinosaurio atómico, el rey de los monstruos nacido en el seno de los nipones estudios Tōhō vuelve por todo lo alto con una superproducción mastodóntica en la que sus creadores han puesto al frente al realizador británico Gareth Edwards, autor de la meritoria e interesante Monsters, atípica cinta sobre gigantescas criaturas alienígenas invasoras en la tierra que es sin lugar a dudas la que llamó la atención de Warner Bros y Legendary Pictures para darle los mandos de un proyecto de proporciones tan enormes. El público andaba reticente con respecto a Godzilla, ya que la última incursión a nivel internacional por parte de Hollywood con el personaje había sido la versión de Roland Emmerich de 1998 que disgustó a muchos y agradó a más bien pocos. Por suerte Gareth Edwards y su equipo han estado a la altura regalando a la platea una magnífica obra que aborda varios aspectos y vertientes, triunfa en prácticamente todos ellos, pero que como muchas de las producciones rompetaquillas de la meca del cine contiene algunos fallos típicos de estos largometrajes que por otro lado no ensombrecen sus muchos logros, que no son pocos precisamente.




Este reboot de 2014 quiere dejar satisfecho a todo tipo de espectador y lo consigue prácticamente con todos ellos. Por un lado es una monster movie clásica, con enormes criaturas luchando y destruyendo ciudades enteras con sus desproporcionados enfrentamientos. Por otro es un kaiju de manual, un rendido tributo a este género incluyendo la lógica presencia de Godzilla, la aparición de otras criaturas para batirse en duelo con el monstruo protagonista a modo de referencia a las múltiples secuelas que surgieron tras el éxito del primer film protagonizado por el dinosaurio atómico, la presencia de científicos que han jugado a ser dioses o un mensaje final en el que la humanidad recibe a Godzilla como a un salvador reivindicando así su peso como icono de la cultura pop del siglo XX en pleno siglo XXI. Pero lo más es interesante es que Gareth Edwards y sus guionistas quieren respetar la esencia del origen y génesis del personaje. Godzilla nació como una metáfora del terror de Japón a la radiación producida por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, de modo que en esta versión de 2014 no sólo se respeta en gran parte esa teoría con incluso una referencia directa a aquellos hechos (el momento reloj entre el Doctor Ichiro Serizawa y el almirante William Stenz) sino que incide en convertir a Godzilla (y sus monstruos rivales) en proyecciones dentro de la ficción de hechos históricos trágicos de nuestra historia reciente, alegorías de nuestros miedos como sociedad como los atentados del 11 de septiembre de 2001 (esos cazas chocando con los rascacielos) los Tsunamis que arrasaron Thailandia en 2004 o Japón en 2011 (cómo la ciudad se ve sepultada por las olas cuando los monstruos llegan a la costa) ya dentro del mismo país nipón el accidente nuclear de Fukushima (todo lo relacionado con el arranque del film con los personajes de Bryan Cranston y Juliette Binoche) e incluso nuestro 11M de 2004 (el tren siendo destruido mientras Ford Brody trata de salvar su vida y la del niño que se encuentra bajo su cuidado) o la inutilidad de las fuerzas militares que se confirman como ineficaces en un plano ofensivo y sólo útiles a la hora de rescatar a las víctimas de los envites entres los monstruos eludiendo así el patriotismo típico de los films americanos en los que su ejército acaba siempre salvando al resto de la humanidad del ataque invasor sea de la índole que sea. Todas referencias intencionales o no, pero de manera extraña fácilmente extrapolables a nuestra realidad como también sucedía en otra memorable monster movie como era aquella The Host de Bong-Joon-ho que la semana pasada estrenó en España su última cinta, Snowpiercer.




Pero si hay un aspecto en el que destaca Godzilla y en ese sentido parece haber consenso entre publico y prensa especializada es en que visualmente es una maravilla que en más de una ocasión bordea la brillantez formal y conceptual. Gareth Edwards confirma con su último film que aquellos apuntes de genialiad estética que se vislumbraban en Monsters no fueron casualidad. Godzilla es una de las películas comerciales mejor rodadas en el plano técnico del 2014, la puesta en escena del realizador británico es intachable, poderosa, con un control del tempo narrativo de una tensa calma cuando la historia lo demanda, ya que la primera criatura tarda en hacer acto de presencia y Godzilla es mostrado poco a poco hasta su aparición estelar (aunque por suerte desde el potente arranque Garteh Edwards inyecta un ritmo endiablado a su historia) y brutalmente espídica cuando la acción impera en la pantalla haciendo un uso magistral de los medios que tiene a su alcance que van desde unos efectos digitales prodigiosos (en lineas generales) a un diseño de producción holgado en todos los sentidos. Pasajes como el del salto halo en su totalidad, pero especialmente los planos subjetivos desde el punto de vista del personaje de Aaron Taylor-Johnson, la escena de cortejo entre dos de las criaturas (referencia directa al clímax final de la ya mencionada Monsters) el primer rugido de Godzilla que supone su principal aparición completa en pantalla, el arranque a modo de prólogo que insufla acción a la historia desde su punto de partida para luego apelar a un ritmo más calmado con tensión creciente a lo Alfred Hitchcock (imposible no pensar en Los Pájaros) hasta que el primer monstruo empieza su campaña de caos y destrucción o la pelea final con Godzilla en todo su apogeo haciendo lo que mejor sabe. Resumiéndose todo en una producción intachable que nos confirma que la elección de Gareth Edwards ha sido un acierto mayúsculo a la hora de resucitar a la criatura de los estudios Tōhō y llevada a lo más alto por Ishiro Honda con aquella ya lejana producción de 1954.




Pero si hay algo que reprochar a Godzilla es el simplismo de sus estereotipados personajes y que aunque en el guión de David Callaham (con historia original de Max Borenstein) trata de evitarlo no impide que caigan en los clichés propios del género de catástrofes como la presencia del científico loco que luego no lo está tanto (en esta caso hay dos, uno occidental y otro oriental) el militar sacrificado con familia esperándolo en casa (la misma que también correrá peligro por culpa de los ataques de Godzilla y sus enemigos naturales) o el alto mando militar duro e inmisericorde pero justo y honrado. Tampoco ayuda que del magnífico reparto el único que parece esforzarse por ofrecer una labor notable sea Bryan Cranston, que aunque distraiga al espectador con es terrible postizo capilar mal colocado que le han plantado en la cabeza no deja de ofrecer lecciones de interpretación. Los demás no pasan de cumplidores y es una pena, porque gente como Juliette Binoche, David Starthairn, Sally Hawkins o Ken Watanabe son intérpretes de sobrado talento y por desgracia no llevan sus roles más allá del papel escrito aunque cumplan lo mínimamente exigido. Curiosamente el más flojo del equipo artístico es Aaron Taylor-Johnson, que aún estando a la altura en lo que a fisicidad se refiere a la hora de dar alas al dramatismo que requiere su trabajo, el del protagonista principal nada más y nada menos, no está a la altura transmitiendo poca versatilidad y cierta apatía. Mejor que él está Elizabeth Olsen que se entrega más y sabe transmitir las (simples) inquietudes sentimentales de su personaje, aunque poco puede hacer con los pocos minutos de metraje que tiene en pantalla con una presencia tan tangencial en la historia que Gareth Edwards y sus guionistas nos están relatando.




Por suerte Godzilla se confirma como un triunfo prácticamente total que aunque es consciente de su poca relevancia cinematográfica como producto de consumo rápido quiere ir más allá con ciertos apuntes politicos que nos hablan de nuestra situación actual como sociedad por medio de referencias al pasado. Por el camino se confirma el talento de Gareth Edwards para ejecutar un potente ejemplo de kaiju en particular y monster movie en general y el cariño por parte de sus creadores hacia este género de origen japonés (la inclusión de cierta estética oriantal a la puesta en escena, tomar a Tokio como epicentro de la acción del largometraje y el añadido del rol de Ken Watanabe son todos aciertos tan meritorios como elegantes) que influyó en la impronta de tantos autores cinematográficos y espectadores que quedaban fascinados con esos monstruos de plástico destruyendo edificios a escala hechos de cartón piedra en films que los hacían soñar con otros mundos, tan aterradores como fascinantes. El éxito de esta Godzilla de 2014 está confirmado con un número en taquilla a nivel mundial y la confirmación de que se ha dado luz verde a la secuela. Sólo el tiempo nos dirá cuándo volveremos a ver al Rey Monstruo demostrándonos que el hombre no controla naturaleza sino que es la naturaleza que que nos tiene sometidos a nosotros.



martes, 13 de mayo de 2014

The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro



Título Original The Amazing Spider-man 2: Rise of Electro (2014)
Director Marc Webb
Guión Alex Kurtzman, Roberto Orci, James Vanderbilt, Jeff Pinkner
Actores Andrew Garfield, Emma Stone, Jamie Foxx, Dane DeHaan, Felicity Jones, Paul Giamatti, Sally Field, Embeth Davidtz, Colm Feore, Campbell Scott, Denis Leary, Marton Csokas, Sarah Gadon, Chris Zylka, Martin Sheen, Chris Cooper, Mark Doherty, Stan Lee






A día de hoy la productora Sony Pictures posee los derechos cinematográficos de Spider-man, el personaje de Marvel Comics creado en por Stan Lee y Steve Ditko en el año 1962. Gracias a esto pudo explotar durante la pasada década una trilogía basada en las aventuras del alter ego superheróico de Peter Parker a manos de Sam Raimi (Evil Dead, Arrástrame al Infierno) que nos ofreció tres films, dos de ellos para el recuerdo (sobre todo el segundo) y un tercero fallido que dio al traste con una cuarta parte. Los jefazos de Sony decidieron pues que en 2012 estrenarían un reinicio de las andanzas del Hombre Araña con unos equipos técnico y artístico distintos a los de la anterior saga principalmente para no perder los derechos del personaje.




El director encargado de llevar a imágenes (una vez más) el génesis de Spider-man fue desconcertantemente Marc Webb, el director de la celebrada comedia indie (500) Días Juntos y los actores que se ocuparon de protagonizar el largometraje fueron Andrew Garfield (La Red Social, El Imaginario del Dr Parnassus) y Emma Stone (Gangster Squad, y Bienvenidos a Zombieland) entre otros secundarios como Martin Sheen, Sally Field o Rhys Ifans que dieron vida a los tíos Ben y May Parker y al villano de la velada, el Dr Curt Connors, alias el Lagarto de manera respectiva. El resultado de The Amazing Spider-man fue recibido con una considerable desigualdad. Unos veían por primera vez al auténtico Spider-man en pantalla y otros rechazaron tajántemente la atropellada, caótica e insípida visión que Marc Webb dio del trepamuros. Por desgracia un servidor se encontraba en este segundo bando.




Al haber sido una de esas (no pocas) personas que se habían quedado considerablemente decepcionados con esta nueva versión del personaje de cómics estandarte de la Casa de las Ideas mis reticencias e ideas prejuiciosas hacia esta segunda entrega no fueron pocas o intrascendentes. Por eso no di crédito el pasado miércoles cuando salí de los multicines de mi localidad, no ya bastante satisfecho con la película que acababa de ver, sino convencido de que había asistido a una de las mejores cintas con nuestro amistoso vecino de New York como protagonista y la más lograda desde aquella Spider-man 2 de 2004 a manos de Sam Raimi que a día de hoy no ha perdido nada de su encanto y buen hacer delante y detrás de las cámaras, aunque eso sea otra historia.




En The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro parece como si Marc Webb y su equipo de guionistas se hubieran parado a analizar concienzudamente todo lo que fallaba en la anterior entrega para convertir esos errores en aciertos que hicieran que esta segunda entrega se transformara en una película mucho más compacta, conseguida en todos los aspectos y satisfactoria tanto para el espectador experto en los cómics del personaje como para el néofito en esas lides. Lo ofrecido es una cinta de superhéroes cargada hasta arriba de acción, humor, romance, villanos bien perfilados, épica alternada con crepuscularidad así como momentos descacharrantes por su sorna y otros dramáticos muy conseguidos. Pero sobre todo tenemos por fin a la caracterización de Spider-man más fiel a los cómics que hemos podido ver en imagen real, aunque no así la mejor película sobre el personaje que para el que suscribe sigue siendo la ya mencionada Spider-man 2 con Tobey Maguire, Kristen Dunst, Alfred Molina y James Franco como protagonistas.




Uno de los aciertos de The Amazing Spider-man era que la acción estaba competentemente realizada. En esta segunda entrega Marc Webb le ha cogido el tono a las coreografías de lucha, persecución y malabarismos y nos regala algunos de los momentos técnicos más logrados jamás vistos en una producción cinematográfica de Spider-man. Porque si en cualquiera de las cinco películas sobre el personaje era un verdadero placer ver al superhéroe de los leotardos rojos y azules balancearse por los rascacielos de la ciudad que nunca duerme nunca lo ha hecho de una manera tan realista, prodigiosamente rematada y ejecutada como en The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro. Peleas, carreras automovilísticas a toda velocidad y batallas aéreas cuerpo a cuerpo de todo tipo dan como resultado pasajes brutales como el que abre el largometraje, el que tiene a Electro como epicentro en pleno Time Square, el del clímax final o el que cierra a modo de epílogo el film.




Pero lo mejor es que por fin esas escenas están protagonizadas por un Spider-man completamente deudor de los cómics. En las viñetas cuando nuestro amigo Peter Parker se enfunda el uniforme arácnido y se enfrenta a criminales de toda ralea no para de hacer comentarios irónicos u ofensivos contra sus rivales para desmoralizar a los mismos en pleno combate. Esto fue prácticamente obviado por Sam Raimi en su trilogía y Marc Webb trató de recuperarlo en su primera incursión en las correrías del personaje, pero no consiguiéndolo del todo a pesar de lo encomiable de sus intenciones. Ha tenido que ser esta The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro la que nos confirme (como bien dice mi compañero Jordi T. Pardo en su excelente crítica sobre el film en la web Zona Negativa) que sí podemos ver en imagen real a un Spider-man que no para de hacer chistes entre golpe y golpe asestados a cacos o los habituales miembros de su galería de supervillanos.




Pero es que hasta la cansina, demasiado naif y bastante pacata relación sentimental de Peter Parker y Gwen Stacy merora en esta entrega gracias a que el guión dedica más tiempo a que la interacción mutua ente los dos roles sea más realista y a que los actores ya sí, definitivamente, se encuentran en su salsa con sus papeles. Andrew Garfield está brillante con y sin máscara, en su versión pijamera está irónico, ágil, verborréico y carismático y en la civil ha dejado el monopatín y la sudadera con gorra que no pegaban ni con cola con el personaje y ha incidido en su faceta de genio de la física y chico algo retraído, pero nunca estúpido. Ella confirma su dulzura, aire pizpireto y sentido de la individualidad, aunque al final del film se vuelve irritantemente temeraría. Más tarde descubrimos que todo tiene sentido cuando asistimos a cómo Webb y sus escritores quieren coronar la película recreando aquel mítico clímax del The Amazing Spider-man número 121 a manos de Gerry Conway y Gil Kane que marcaría un importante punto de inflexión en el mundo del cómic.




De los villanos poco malo se puede decir más allá de que cumplen la tradición de que (casi) todos los diseños de las traslaciones a imagen real de los enemigos de Spider-man escupen en los tradicionales vistos en las viñetas (ayer mismos salió a la luz uno del Rinho mucho más fiel a los cómics y que estúpidamente fue descartado para la película) porque por suerte nada de la insipidez y poco aprovechada inventiva del Lagarto de la primera entrega puede verse en esta segunda parte. Casi todo el peso recae en el Electro que borda Jamie Foxx (aunque cuando interpreta a Max Dillon antes de conseguir sus poderes recuerda demasiado al Edward Nigma previo a conversion en el Acertijo de Jim Carrey en Batman Forever de Joel Schumacher) y que tiene la estética de la versión Ultimate del personaje pero también tiene vital importancia el Harry Osborn/Duende Verde de un muy convincente Dan DeHaan que sabe transmitir la inestabilidad mental que demanda su interesante rol. A ellos habría que sumar al inicio y cierre del film la aparición espisódica (muchos actores aparecen a modo de cameo en la película como Martin Sheen, Chris Cooper, Denis Leary, Sarah Gadon o el indispensable Stan Lee) pero tan memorable como simbólica de Paul Giamatti en metalizada piel de Rinho que no queda mal en pantalla aunque no tenga casi nada que ver con el de los tebeos.




The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro merece mucho la pena. Aunque al igual que su predecesora ha recibido opiniones muy polarizadas tanto por parte del público como de la prensa espcializada un servidor se posiciona esta vez a favor de los que han disfrutado casi al 100% con la película de Marc Webb. Porque por suerte a cada fallo de la obra como saltarse una generación del Duende Verde ( pero por suerte también blasfemias como sagas Pecados del Pasado) que nos encontramos por el camino nos ofrecen el doble de aciertos, entre ellos guiños al Doctor Octopus, el Buitre, la mención a ciertos "seis villanos" que en un futuro darán mucho que hablar la presencia de Felicia Hardy (la futura Gata Negra), y sobre todo la confirmacion de esa ineludible máxima que confirma que ese gran poder que conlleva una gran responsabilidad siempre será para Spider-man, y sobre todo Peter Parker, tanto un don como una maldición. Esa es la esencia del personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko y por muchas años que pasen nunca debe ignorarse si queremos que siga siendo un icono ineludible de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI.



miércoles, 30 de abril de 2014

El Gran Hotel Budapest



Título Original The Grand Budapest Hotel (2014)
Director Wes Anderson
Guión Hugo Guinness y Wes Anderson
Actores Ralph Fiennes, Tony Revolori, Saoirse Ronan, Edward Norton, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Jude Law, F. Murray Abraham, Adrien Brody, Tilda Swinton, Harvey Keitel, Mathieu Amalric, Jason Schwartzman, Tom Wilkinson, Larry Pine, Bill Murray, Owen Wilson, Léa Seydoux, Giselda Volodi, Bob Balaban, Florian Lukas, Karl Markovics, Volker Michalowski, Fisher Stevens, Wallace Wolodarsky, Waris Ahluwalia





Wes Anderson es uno de los autores cinematográficos más peculiares del panorama internacional. Autor de un universo propio y una manera muy peculiar de rodar films el norteamericano debutó en 1996 con la poco conocida Ladrón que Roba a Ladrón (Bottle Rocket) que previamente nació como un cortometraje. Pero no empezaría a recibir alabanzas hasta que estrenara en 1998 su segunda cinta, Academia Rushmore, donde empezaría a recurrir a algunos de sus actores fectiche (Jason Schwartzman, Bill Murray, los hermanos Owen y Luke Wilson) y a depurar su impronta. El éxito a nivel global le llegó en 2001 con Los Tenembauns: Una Familia de Genios, atípica comedia de soberbio reparto y tono lacónico que marcaría la senda a seguir por el resto de la filmografía y le reportaría varios premios internacionales entre ellos la nominación al Oscar al mejor guión original.




Tras ella llegaron las memorables Life Aquatic o Viaje a Darjeeling que afianzarían su peculiar visión del mundo y la vida con repartos cada vez más corales y repletos de estrellas de relumbrón (Willem Dafoe, Adrien Brody, Cate Blanchett, Anjelica Huston, Jeff Goldblum) . En 2009 decidió experimentar con el mundo del cine animado dirigiendo Fantástico Sr Fox, que para muchos sigue siendo, paradójicamente, su mejor obra. Ya en 2012 estrenaría Moonrise Kingdom otro de sus mayores éxitos internacionales que cautivaría a un gran número de espectadores gracias a su tierna historia de amor adolescente.Ahora en 2014 nos llega esta El Gran Hotel Budapest que vio la luz internacionalmente en el pasado festival de Berlín con un más que considerable éxito que le reportó el Gran Premio del Jurado. Hablamos de una de las mejores películas del año y posiblemente la más completa de toda la carrera de su creador.




El encuentro entre un escritor que se haya hospedado en el crepuscular Gran Hotel Budapest y el anciano dueño del mismo sirve de excusa para que Wes Anderson nos narre una deliciosa historia coral sobre los años de gloria y éxito del hotel más importante de la primera mitad del siglo XX, pero como es lógico a su peculiar y personal manera y con su sello cada vez más inconfundible. Gracias a un guión ágil lleno de gags y diálogos ingeniosos, su siempre impecable y medida puesta en escena y un reparto de lo más extensos e importantes que ha dado el cine reciente The Grand Budapest Hotel se revela como una obra redonda lleno de sentido del humor, ironía, corazón y homenajes al séptimo arte y la literatura.




La última película de Wes Anderson detrás de las cámaras es una versión (o visión) cómica y ácida de un típico relato literario a lo Agatha Christie, con su robo, su crimen, sus sospechosos mayordomos, sus villanos, sus nobles de buen corazón y su investigación. Pero el cineasta al cargo del proyecto también se ocupa de homenajear al celuloide que lo ha formado como autor rindiendo tributo desde al cine mudo de Charles Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd pasando por los films protagonizados por el actor francés, de origen español, Louis de Funes y sobre todo a los dirigidos y protagonizados por el director e intérprete, también ciudadano del país vecino, Jacques Tati como Mi Tío, Playtime o Las Vacaciones del Señor Hulot.




El Gran Hotel Budapest es una obra 100% hija Wes Anderson. Tenemos el humor atípico moviéndose entre lo naif y iconoclasta, la alargada sombra de la figura paterna (esta vez la de un conserje que toma en su tutela a un botones novato) la visión idealizada de una realidad pasada por el personalísimo filtro de su creador (esa Europa que nos retrata el director es "su Europa" y enamora a la platea si entramos en el juego que nos ofrece) los elegantes travellings y los estáticos planos asimétricos con su correspondiente punto de fuga que harían las delicias del Stanley Kubrick más minimalista en el plano visual. Y es que el caso del realizador tejano es para analizarlo, ya que contrariamente a lo que sucede con otros cineastas cada obra que sale de su mano es más personal, cada vez que se ciñe más a los cánones hollywoodiense más suyas son sus obras y eso es algo al alcance de muy pocos autores.




Pero el director de Hotel Chevalier es un tipo inteligente y ha conseguido que sus enormes y corales repartos sean una más de sus señas de identidad y nada puede fallar con un cast en el que tienes nombres como Ralph Fiennes (no voy a decir que su Gustave es el mejor papel de su carrera, pero está cerca de serlo, qué ingenio, qué golpes de humor, qué carisma, qué sorna) Edward Norton (enorme como el comprensivo Inspector Henckles) o Harvey Keitel (todo el pasaje de la fuga de la cárcel es una obra de arte del humor) o esos villanos a los que dan vida unos pletóricos Adrien Brody y sobre todo Willem Dafoe y que dan consistencia a un reparto en estado de gracia que recupera a viejas glorias como F. Murray Abraham o Jeff Glodblum, confirma el talento de jóvenes casi noveles como Tony Revolori o Saoirse Ronan y nos regala roles breves para enmarcar a manos de Bill Murray o Tilda Swinton.




El Gran Hotel Budapest huele a nostalgia, a tiempos mejores incluso cuando los mismos no eran propicios para ser felices, a suit presidencial con sábanas y toallas limpia ys recién lavadas y a cariño por sus criaturas y los lugares por los que moraron. El norteamericano Wes Anderson sigue confirmándose como uno de los autores más personales e interesantes del panorama internacional actual con una impronta y una mirada elegante, exquisita y refinada cuando la situación lo demanda y juguetona, socarrona e infantilizada cuando la situación lo exige. Al director nadido en Houston le queda mucho celuloide que ofrecer y si su evolución como narrador de historias sigue depurándose no me extrañaría que pueda incluso llegar a codearse con los grandes clásicos del séptimo arte.


viernes, 25 de abril de 2014

Noé



Título Original Noah (2014)
Director Darren Aronofsky
Guión Ari Handel y Darren Aronofsky
Actores Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth, Marton Csokas, Nick Nolte, Mark Margolis, Leo McHugh Carroll, Kevin Durand, Madison Davenport, Dakota Goyo, Gavin Casalegno, Nolan Gross, Skylar Burke




Desde que se diera a conocer allá por 1998 con su tan interesante como desconcertante ópera prima Pi: Fe en el Caos el cineasta neoyorkino Darren Aronofsky se ha atrevido a abordar todo tipo de films. Retratando un análisis durísimo y nihilista de las adicciones con la soberbia adaptación que realizó en el año 2000 de la novela homónima de Hubert Selby Jr Requiem Por Un Sueño pasando por la ambiciosa historia de amor intemporal de la infravalorada La Fuente de la Vida y llegando a sus dos grandes éxitos de crítica y público El Luchador y Cisne Negro, dos miradas tan opuestas como paradójicamente gemelas hacia la obsesión (uno de los temas centrales en su filmografía) con la autorrealización personal siendo esta brutalmente influida por el plano personal de las criaturas que las protagonizan, el cineasta de origen judío se ha forjado una merecida fama de narrador poderoso y soberbio director de actores, pero también de autor megalómano, excesivo y en ocasiones hasta efectista.




Con la adaptación (muy libre y nada autocomplaciente) que realiza de las sagradas escrituras en Noé vuelve el Darren Aronofsky más ambicioso, alejándose con este proyecto de las historias mínimas que nos narró con el Randy “The Ram” Wilson al que daba vida Mickey Rourke en El Luchador o la Nina a la que puso voz y cuerpo Natalie Portman en Cisne Negro y acercándose más a los terrenos de la ya mencionada The Fountain que protagonizaran Hugh Jackman y Rachel Weisz en el año 2006. El resultado de su último proyecto es una digna cinta que amalgama distinto tipo de vertientes y géneros con el único fin de conseguir alcanzar al mayor número de espectadores posible dando forma así a la más comercial e impersonal obra de su autor, pero no por ello a un largometraje desdeñable en manera alguna, aunque sí con sus altibajos.




Aunque da una visión muy sui generis del suceso del Antiguo Testamento en el que Noé, junto a su familia, recibe por mandato divino la misión de crear un enorme arca con el que transportar dos miembros (macho y hembra) de cada especie dentro de la fauna animal con la intención de sobrevivir a un diluvio universal con el que el altísimo tiene la intención de purgar la maldad humana de la Tierra esta Noé de Darren Aronofsky no deja de ser una epopeya bíblica en su estructura y gran parte de su contenido, aunque dejándose influenciar por corrientes del celuloide actual de corte fantástico, aventurero y hasta de acción. El productor de The Fighter y su habitual colaborador Ari Handel utilizan en beneficio propio todas las parábolas, metáforas y alegorías narrativas de esta parte del Génesis para introducir apuntes sobrenaturales y de fantasía. El problema es que la aparición al inicio del metraje de estas criaturas desconcierta y choca frontalmente con un espectador que hasta que no las considera parte necesaria del argumento las puede ver hasta ridiculas. Algo que sucede con los Vigilantes, esos monstruos de piedra que parecen salidos del imaginario tolkieniano que hasta que no se convierten en piezas clave en el devenir de Noé y su familia parecen fuera de lugar en el contexto del film.




Noé es una mezcolanza cinematográfica con la que el director y guionista quiere satisfacer a todo el mundo. Por un lado, como ya hemos comentado, es un relato teológico de reminiscencias clásicas, pero también es una mirada crítica hacia los fundamentalismos religiosos, poniendo su autor en entredicho dónde están los límites de la fe. También ofrece un retrato misántropo sobre el ser humano como principal instigador de la destrucción del planeta (Darren Aronofsky ve a Noé como el primer ecologista de la historia)y de especies animales inocentes, pero también disecciona una mirada redentora del hombre en el que los lazos familiares pueden romper dogmas y radicalismos de profunda toxicidad, sean de la índole que sean. Por último como obra no elude su naturaleza de blockbuster comercial aunando géneros que van desde el drama hasta el cine de catástrofes, la acción o la épica desatada, pero también trata de mostrarse como un producto hijo de su autor y si bien en ella vemos reminiscencias a obras previas de su creador como La Fuente de la Vida bien es cierto que la mirada y la impronta propios del cineasta que se esconden detrás del proyecto se encuentran bastante solapadas.




Posiblemente las dos señas de identidad más claras del Darren Aronofsky autor que podemos encontrar en Noé son su poderosísima ejecución en el plano visual y su célebre dirección de actores con la que exprime hasta lo indecible el talento de su reparto. Hay pasajes de un acabado técnico en Noé sencillamente brillantes con reminiscencias pictóricas que nos recuerda al tenebrismo de Michelangelo Merisi da Caravaggio (la vista de Noé al campamento donde los humanos cometen actos de crueldad inenarrables) y muestras de una fuerza destructiva mastodóntica intachable, como todo lo acontecido cuando el diluvio da sus primeras muestras de naturaleza desatada. Pero por otro lado también hay excesos como los que narran por medio de un montaje sobreexplotado el paso de las especies animales por el planeta.




A esto debemos sumar unos actores abiertos en canal para que transmitan el verismo que sus roles demandan. Russell Crowe ofrece su mejor papel en años con la ambigüedad de este Noé lleno de claroscuros, virtudes y defectos, fuerza y debilidad que en un magnífico giro de guión pasa de héroe en la primera mitad a villano en la segunda permitiendo al neozelandes dar a la cámara lo mejor de sí mismo. Le da la réplica una soberbia y madura Jennifer Connelly que no es la primera vez que hace de partenaire del protagonista de Gladiator (ambos dieron vida al matrimonio formado por John y Alicia Nash en la aceptable pero blanda Una Mente Maravillosa de Ron Howard) y con ellos rivaliza una Emma Watson entregada a la causa que tiene junto al protagonista la escena mas remarcable del film durante el clímax final. Logan Lerman y Douglas Booth hacen lo que pueden con sus esquemáticos personajes y Anthony Hopkins y Ray Winston insuflan veteranía y tablas con sus trabajos enriqueciendo dos roles (Matusalén y Tubal-Cain respectivamente) que no son gran cosa sobre el papel, pero que ellos sacan adelante con intachable profesionalidad.




Noé es una apuesta arriesgada y como tal ha sido recibida por una crítica y taquilla muy polarizadas. Una pieza que Darren Aronofsky no hubiera podido abordar sin antes haber saboreado las mieles de éxito con The Wrestler y Black Swan (hacerla justo después del injusto mal recibimiento que sufrió The Fountain habría sepultado su carrera con toda seguridad) y que no se puede considerar uno de sus mejores trabajos, posiblemente sea el menos logrado desde su ópera prima matemática y conspiranóica. Pero es una pieza interesante, una elección acertada para pasar poco más de dos interesantes horas delante de una pantalla en la cartelera actual. Y aunque no cabe duda de que es un producto de vocación comercial, también es cierto que ha dado bastante que hablar (lo de su censura en algunos países árabes ha tenido mucho eco en varios medios de comunicación) porque contiene en su interior una clásica historia sobre la fina línea que separa el bien del mal y acertadas reflexiones sobre ese recorrido, unas veces tortuoso y otras lleno de luz, al que llamamos vida.


viernes, 4 de abril de 2014

Nymphomaniac, mea vulva, maxima vulva



Título Original Nymphomaniac (2013)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Jamie Bell, Jean-Marc Barr, Willem Daofe, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Mia Goth, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech, Saskia Reeves, 







Después de la polvareda que levantó aquella conferencia del festival de Cannes de 2011 en la que supuestamente tenía que presentar su película Melancolía, pero en la que decidió proclamar su simpatía por Hitler y su antipatía hacia el judaismo, Lars Von Trier prefirió no volver a declarar ante los medios para promocionar sus nuevos trabajos detrás de las cámaras ni realizar proyecciones exclusivas para la prensa de los mismos. De modo que en la actualidad el autor de Rompiendo las Olas no habla para los periodistas a la hora de justificar cuales son las motivaciones que le llevan a realizar sus últimos proyectos. Pero lo que en principio podría parecer una decisión perjudicial para el danés ha resultado ser una campaña de marketing perfecta para presentar internacionalmente Nymphomaniac.




Desde hacía años Lars Von Trier llevaba acariciando, más bien manoseando en el que caso que nos ocupa, la idea de realizar una película pornográfica en la que se implicaran actores de primera fila. El autor de Bailar en la Oscuridad es un profundo conocedor del cine para adultos e incluso su productora Zentropa durante un tiempo financió una serie de films de este género, pero con una pátina de intelectualidad que parece ser que cuajó inadecuadamente, no llegando a buen puerto. Ya en la mencionada rueda de prensa de 2011 confesó que tenía pensado cómo sería la película, que contaría con Kristen Dunst como protagonista, algo que no llegó a suceder, que abundaría el sexo explícito y sería considerablemente desagradable para distinto tipo de espectadores.




Después de ver los dos volúmenes (estos no son tales aunque pueda parecerlo, ya que dicho montaje comercial partido en dos mitades ha sido realizado contra la voluntad de su creador, que gestó el film como una sola cinta de cinco horas y media de duración) que forman Nymphomaniac un servidor llega incluso a pensar que su eternamente pospuesto proyecto pornográfico fue utilizado como excusa para promocionar este interesante trabajo que realmente tiene poco o nada que ver, más allá de la inclusión de cierto sexo explícito, con el género que forjaron Rocco Siffredi, John Holmes, Traci Lords o Silvia Saint. La polémica previa, el supuesto escándalo de poner a actores de Hollywood a practicar sexo real delante de la cámara (¿alguien pensaba realmente que gente como Willem Dafoe, Uma Thurman o Stellan Skarsgård con matrimonios afianzados desde hace años y numerosos hijos se dedicarían a copular entre ellos porque se lo pidiera el director?) y unas oportunas y poco creíbles declaraciones de la protagonista del film, Charlotte Gainsbourg, proclamando las indecentes peticiones que el director le hizo durante el "complicado rodaje" hicieron el resto.




En la siguiente entrada voy a hablar de los dos volúmenes de Nymphomaniac como si fueran uno, porque como he comentado previamente no hablamos de una película y su secuela, sino de un largometraje partido en dos por los jefazos de Zentropa, socios del mismo Lars Von Trier que también es una cabeza pensante demtro de dicha productora. De esta manera cuando el primer volumen termina abrúptamente el segundo comienza justo donde termina aquel, no hay secuencias de introducción argumental, ni presentación de personajes, porque sencillamente pasamos de un plano a otro. Incluso habiendo cierto cambio de tono entre una parte y otra esto no es debido a que, una vez más, estemos ante dos obras diferentes, sino a un momento determinado del metraje en el que el personaje principal experimenta algo que la hace cambiar y dar una tonalidad distinta a la historia que se nos está narrando. Pero vayamos por partes, no adelantemos acontecimientos y sobre todo empecemos por el principio, no sin algún spoiler que trataremos que no sea muy explícito.




Nymphomaniac comienza con el encuentro fortuito durante una noche nevada entre una mujer llamada Joe (Charlotte Gainsbourg) yaciendo herida en un oscuro callejón y Seligman (Stellan Skarsgård) el hombre maduro que decide rescatarla y llevarla a su casa, Una vez allí ella le contará la historia de su vida como ninfómana y mujer que ha experimentado con todas las variantes posibles del sexo con distintos hombres, y en ocasiones miembros del género femenino, a lo largo de las etapas de su intensa existencia. Mientras Joe relata los pasajes de su vida por medio de ocho capítulos, Seligman irá realizando comparativas de dichos hechos con temas como la pesca, las matemáticas o la religión, primero para interés de la mujer y después para su desconcierto o indiferencia. Cuando Joe termina su narración parece que los dos personajes han realizado un recorrido que los ha cambiado como personas o puede que no sea del todo así.




Visión nada moralista y mucho más trascendente de lo que pareciera en un principio de la libertad y autoafirmación sexual, Nymphomaniac se revela como un interesante tapiz sobre la vida de una mujer que desde niña tenía muy claro cómo, cuándo, dónde y con quién iba a disfrutar de los placeres de la carne. Con un tono reflexivo y alejado completamente de cualquier provocación vana o superficial para dar que hablar por que sí, Von Trier ofrece una mirada calidoscópica y hasta alegórica del sexo. Realizando inteligentes comparativas entre actos como la seducción, el cortejo o las distintas variantes de la cópula o el onanismo con la pesca con mosca, la sucesión de Fibonacci, la escisión de la iglesia católica en occidental y oriental o la polifonía de Bach, el director de Anticristo deja bastante clara su intención de abordar el tema desde un punto de vista existencial e intelectual, en ocasiones puede que demasiado, pero siempre de manera interesante.




Pero lo más interesante es que cuando el danés ha puesto las cartas sobre la mesa y ha realizado una declaración de principios con la que nos va a ofrecer un tratado sobre el lado más lúcido del libertinaje para evitar convertir las cuatro horas de metraje en un engorro intelectualoide lleno de gravedad o desidia existencial el director de Bailar en la Oscuridad o El Elemento del Crimen decide abordar su relato, al menos durante gran parte de la primera mitad, con un humor acertadísimo, unas veces fino e inteligente y otras más negro o grueso, pero siempre con mucho tino, bastante más que en la sobrevalorada El Jefe de Todo Esto, y afirmando que un tema como el expuesto en la obra puede tener su lado cómico incluso en los pasajes más amargos y duros.




Ahí se encuentra pues uno de los mayores aciertos de esta Nymphomaniac, el que nos muestra a las claras que en ocasiones el mismo Von Trier sabe reírse de sí mismo y quitar hierro a lo que nos está narrando. Apuntes estilísiticos como dibujos, operaciones matemáticas o planos en pantalla a los que se suman numerosas imágenes de archivo de todo tipo para ilustrar conceptos y teorías o pasajes como el de Selligman imaginando su peculiar visión sexualizada de la enseñanza, la "pelea de penes de ébano" a la que asiste la pobre Joe, impagable la cara de Charlotte Gaingsbourg en ese momento, entre los dos hermanos negros o el enorme momento de Uma Thurman que se revela como el más descacharrante de la velada nos confirman que el creador del largometraje quiere dar todas las perspectivas y tonos posibles a su historia.




Por desgracia ese ingrediente de comicidad se va perdiendo gradualmente en la segunda mitad de la obra cuando los hechos empiezan a ponerse más dramáticos, pero este cambio de tonalidad es consecuente y lógico con la narración. En un momento dado Joe se insensibiliza con el sexo, llegando a no sentir nada durante la cópula y por ello decide experimentar con otro tipo de parafiilias como el sadomasoquismo, los tríos interraciales o la homosexialidad para recuperar el placer que antaño le producía el acto sexual. En esta parte del metraje Von Trier expone los momentos más duros del trayecto vital de Joe, cuando descubre que haber sido víctima, siempre voluntaria, de actos de violencia consentida para llegar al orgasmo le pasan factura a su cuerpo marcado por "heridas de guerra" que le servirán como punto de unión y señas de identidad empáticas con el personaje de P.




Como previamente hemos comentado el director y guionista no da una visión negativa de la adicción al sexo. Joe elige ese modo de vida por voluntad propia y lo exprime al máximo. Pero como cualquier trayecto este tiene sus luces y sombras, sus momentos buenos y malos y la protagonista proclama no sentirse avergonzada por ser como es, su monólogo en la reunión de adictos al sexo esclarecedor en ese sentido, aunque en ocasiones sea consciente de que con ello no consigue una autorealización personal que siempre busca y no consigue encontrar. Porque finalmente Nymphomaniac, al igual que otros films como Shame de Steve McQueen, nos habla de la soledad del hombre/mujer contemporáneo, de la vacuidad en la que estamos aposentados como sociedad, la misma, aunque desde otra perspectiva, en la que vive Seligman, la que le permite no juzgar a Joe y empatizar con muchas vertientes de su ideología o moral.




Con respecto a la "pornografía" de Nymphomiac la misma no es nada escandalosa ni mórbida, sólo se muestra algo más cruda en los pasajes de la etapa sadomasoquista, y su explicitud no va más allá de varias felaciones con penes prostéticos, alguna erección y, si mal no recuerdo, una sola escena muy breve de penetración, ninguna eyaculación gráfica (más allá de la gota de esperma que la cae de la boca a Stacy Martin después de la felación en el tren y que ya se veía brevemente en el trailer) y una especie de catalogo de penes reales, a cual más horrendo, incitando a la sana carcajada. Por descontado que la mayoría de las secuencias sexuales no tienen nada de eróticas, pocas podrían excitar a un espectador medio, y no andaba desencaminado el crítico Luis Mártínez cuando dijo que esta de Lars Von Trier sería la peor película pornográfica de la historia porque la intención del danés es dar una visión cotidiana del sexo, desde un punto de vista entre aséptico y algo gélido, sin eludir los placeres físicos y psicológicos que el mismo proporciona, pero tampoco centrándose formalmente en él porque no es esa su intención principal.




Pero una vez más el director de Europa o Manderlay fue sumamente inteligente y vendió por medio del supuesto sexo gráfico su producto. Sirvan como ejemplo aquellos pósters promocionales con todos los actores del reparto experimentando un orgasmo cuando paradójicamente no es que ni la mitad de ellos salgan en el film practicando sexo, es que muchos de ellos (Willem Dafoe, Uma Thurman, Chstian Slater, Connie Nielsen, Udo Kier) no se quitan la ropa o se aventuran, ni por asomo, en realizar actos que tengan que ver minimamente con carnalidad alguna, sea de la índole que sea. Curiosamente son dos actores fetiche del director como Jean-Marc Barr y Jens Albinus, en breves papeles, los que tienen pasajes más comprometidos en ese sentido, pero en ambas ocasiones con prótesis ocupando el lugar de sus miembros o con dobles de cuerpo.




Por otro lado aquella noticia de que las escenas más subidas de tono de Nymphomaniac iban a estar interpretadas por actores duchos en el cine para adultos a los que se les insertarían digitalmente los rostros de los intérpretes principales ha quedado en pura agua de borrajas, porque si esas secuencias existen (sólo hay una en la que Shia LaBeouf ha sufrido tal retoque por medio de CGI,  muy realistas por cierto) deberán estar en la hora y media que se quedó en el suelo de la sala de montaje y que sólo ha sido vista junto al resto del largometraje en el pasado festival de Berlín, porque en este corte de cuatro horas en dos volúmenes brillan totalmente por su ausencia. En resumidas cuentas, si Von Trier posee talento como director en su faceta de vendedor no tiene precio.




Una vez más los actores dan lo mejor de sí mismos para el director y aunque varios de ellos tienen pocos minutos en pantalla (Connie Nielsen o Willem Dafoe están como de pasada, lo de Udo Kier es un cameo y de camarero como en Melancolía) la mayoría tienen momentos bastante notables. Sería inevitable destacar a Charlotte Gainsbourg y Stacy Martin como Joe en su madurez y adolescencia respectivamente, entregadísimas ambas. La primera sumando el peso como narradora y centro de la historia y la segunda enfrentándose a las escenas más atrevidas de la película. Pero si alguien me ha sorprendido gratamente habiéndome parecido casi siempre un mindundi es Shia LaBeouf que demuestra tener talento para abordar papeles complicados y bastante descarnados. También destacan Christian Slater, sobre todo en la recta final de su intervención, una inmensa Uma Thurman, Stellan Skasgård y Jamie Bell, ya que ver a Billy Elliot hacer un papel como el de K es un apunte brillante por parte de Von Trier. Por último convendrá en un futuro seguir la pista de la joven Mia Goth, de una atípica belleza y sensualidad muy contenida que tiene pasajes destacables como P.




Lars Von Trier en su línea en la dirección, abordando su historia con menos dramatismo que sus dos anteriores films, se nota que se le va pasando la depresión, pero sin eludir esa intensidad desgarrada que es su seña de indentidad más clara. Hay pasajes de una belleza desarmante en el film (acompañados de una soberbia y ecléctica banda sonora en la caben desde Rammstein hasta Bach, pasando por Mozart o Steppenwolf)  como todo el apartado en blanco y negro en el hospital, Joe subiendo a la colina para mirar de frente a ese árbol retorcido que sirve de alegoría de su propia situación en ese momento (incluso un servidor creyó ver que el mismo tenía una forma parecida a el látigo Dido que le regala K adjuntado abajo en el cartel del Volumen 2 del film) los paseos vespertinos con su padre cuando era niña o el momento de la lubricación en el lecho de muerte cuya sencilla belleza extraterrenal podría resumir el largometraje en su totalidad. 




Por otro lado tenemos los momentos propios de arrogancia del director o metareferencias a obras previas salidas de su mano. De estas últimas funciona magníficamente la muy directa al maravilloso arranque de Anticristo y que me hizo pensar durante un momento que iba a unir las historias de ambas películas en una sola, más sabiendo que tanto en aquella como en Nymphomaniac aparecen en el reparto Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg). En lo referente a los momentos megalómanos sobran totalmente los innecesarios apuntes demagogos con los que Von trier quiere justificar su antisionismo (que no antisemitismo, según él personaje de Selligman que habla por el cineasta) sin venir a cuento ni pedirlo nadie, porque no es necesario, es parte del pasado y hay que pasar página de una vez, darle más cancha a aquellas declaraciones es una futilidad por su parte.




A Lars Von Trier le ha salido bien la jugada en todos los sentidos con Nymphomaniac. Primero en lo referente a lo promoción, con la que armó él previamente, la que monta Shia LaBeouf cuando va a promocionar la película  o la que nos intenta colar la hija de Jane Birkin cuando la entrevistan para hablar sobre el largometraje dandos sus frutos, ya que la obra no ha ido mal en la taquilla, al menos la europea. Por otro lado el danés ha realizado un excelente trabajo, sin llegar a ser una obra maestra, pero pudiendo codearse con varios de sus films más logrados. Un servidor ha quedado lo suficientemente satisfecho con la experiencia como para interesarse por ver el montaje íntegro de la cinta y así corroborar, o no, si añade algo de interés a la trama o hace que su mensaje y declaración de principios autoral cambie en manera alguna.




Con Nymphomaniac Lars Von Trier ha cerrado su "trilogía de la depresión" por todo lo alto con un proyecto interesante, rico, con un trasfondo poliédrico, unos personajes creíbles y cercanos, aunque en ocasiones algo fríos, dando una visión lúcida y polémica sobre temas tabú (habría que analizar con detenimiento la reflexión de Joe sobre la pedofilia, daría para un considerable debate) y se ha marcado un ambiguo final que para el que suscribe no es ninguna broma como se ha llegado a comentar, sino un medido cierre que puede ser abordado desde dos puntos de vista. El de, por un lado, una declaración feminista rotundísima que eludiría la fama de misógino de su director o por otro la confirmación de que la manipulación del acto de narrar historias puede hacernos creer algo que no es real. Que una "película pornográfica" nos haga reflexionar, aunque sea durante sólo un minuto, sobre estos temas es todo un logro que sólo el autor de la eternamente pospuesta La Bajona No Perdona podría conseguir.