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miércoles, 4 de marzo de 2015

Green Zone, mentiras de guerra



Título Original Green Zone (2009)
Director Paul Greengrass
Guión Brian Helgeland basado en el libro de Rajiv Chandrasekaran
Actores Matt Damon, Greg Kinnear, Brendan Gleeson, Amy Ryan, Jason Isaacs, Khalid Abdalla, Yigal Naor, Said Faraj, Antoni Corone, Raad Rawi





El cine del director irlandés Paul Greengrass siempre es sinónimo de calidad y compromiso, incluso el grueso de su obra que ya forma parte de la encorsetada maquinaria de Hollywood. Después del éxito internacional de su tercer (y hasta ahora mejor) film Bloody Sunday su carrera ha sido meteórica, implicándose de lleno en la saga de Jason Bourne, rodando la segunda (El Mito de Bourne) y tercera parte (El Ultimatum de Bourne) y sacando adelante proyectos valientes de un considerable trasfondo político como la soberbia United 93 y la meritoria y recuperable Capitán Philips. Pero la obra que nos ocupa es aquella Green Zone de 2009 con la que Greengrass, recibiendo la inestimable ayuda del guionista Brian Helgeland, adaptó a imágenes (de manera bastante libre) la novela Vida Imperial en la Ciudad Esmeralda: Dentro de la Zona Verde de Irak del periodista norteamericano de origen hindú, Rajiv Chandrasekaran.




El largometraje relata los hechos acaecidos en Irak un mes después de la invasión del ejército de Estados Unidos al país. Seguiremos los pasos del equipo MET (Mobile Exploitation Team) del Capitán Roy Miller (Matt Damon basando su personaje en el oficial del ejército americano Richard "Monty" Gonzales) que se revelará contra sus superiores cuando poco a poco y sumando una misión fallida tras otra descubra que la supuesta presencia de armas de destrucción masiva en el país asiático era una excusa para que el gobierno de la admnistración Bush tomara Irak por intereses mucho más egoístas que instaurar la democracia en aquella zona. Miller y unos pocos ayudantes se enfrentarán a Clark Poundstone (Greg Kinnear) el representante del Pentágono que se ocupa de proporcionar a Inteligencia Militar información falsa con respecto a la presencia del inexistente arsenal químico en poder del régimen de Saddam Hussein.




Green Zone podría ser la contrapartida de la reciente El Francotirador (American Sniper) con la que Clint Eastwood y Jason Hall adaptaban la autobiografía del SEAL Chris Kyle. Mientras la notable cinta protagonizada por Bradley Cooper obviaba los motivos por los que se inició la invasión a Irak centrándose en idealizar la carrera militar del protagonista de la obra, el largometraje de Paul Greengrass, sin eludir su naturaleza de cine bélico, apunta directamente a los motivos políticos que dieron origen a aquel conflicto iniciado hace más de una década y que sigue coleando en la actualidad. El cineasta irlandés pone las cartas sobre la mesa y se deja de medias tintas, sabe lo que quiere transmitir y cómo hacerlo con la ayuda de su guionista y su actor principal




El autor de Resurrection vuelve a hacer uso de ese tono documental que ha ido forjando con el paso de los años y que hoy día es una de las señas de identidad de su impronta como narrador. La cámara de Green Zone está a pie de calle, se arrastra por la arena de Diwaniya y recorre sus estrechas calles repletas de pólvora, metralla y muerte, Greengrass sabe hacer uso de la inmediatez cinematográfica, la cámara al hombro y un naturalismo dinámico  y cortante, pero en esta ocasión se excede con el uso abusivo del grano y el ruido que en varias ocasiones más que transmitir verismo o cercanía llega a confundir y saturar a un espectador por culpa de una fotografía que en momentos puntuales peca de confusa y forzada.




Esta vibrante puesta en escena, indivisible a la visión cinematográfica de su realizador, como en otros de sus trabajos sirve para sustentar un mensaje crítico, esta vez contra la intervención en Irak auspiciada por la administración del anterior presidente de Estados Unidos, George W. Bush El cineasta utiliza a modo de MacGuffin las falsas pruebas presentadas a Naciones Unidas por el ministerio de defensa de Estados Unidos con las que confirmaban la presencia de armas de destrucción masiva en el país asiático, que en un acto reduccionista un tanto autocomplaciente en el guión se limita a una sola persona (cuando sabemos que aquello no se limitó a un sólo individuo) perteneciente al Pentágono (el Clark Poundstone de un convincente Greg Kinnear) y esta excusa narrativa es la que bascula todo el entramado de la película y su discurrir.




Una de las máculas, que todo hay que decirlo son pocas y de escasa importancia, es cierto subrayado con el mencionado tema del arsenal químico que en ocasiones es expuesto con una obviedad casi ingenua en pantalla, como si Greengrass y el guionista Brian Helgeland (Mystic River o L.A Confidential) creyeran estar revelando material de alto secreto cuando a pocas personas a lo largo del globo se les escapaba ya en aquel 2009 en el que el film vio la luz que los motivos por los que se invadió Irak fueron méramente económicos y estratégicos. A eso habría que sumárle cierta gelidez formal impropia de alguien como el director de Extraña Petición (The Theory of Flight) que con films como United 93, Capitán Philips y Bloody Sunday conseguía agarrar por las solapas a un espectador que quedaba tocado después del visionado de dichos trabajos.




Por suerte el número de aciertos de Green Zone solapa sus escasas carencias. El guión del autor de El Fuego de la Venganza (Man on Fire) o Deuda de Sangre (Blood Work) apunta ideas de considerable interés como abogar por dar voz individual a unos soldados que no deben dejarse llevar siempre por las órdenes de sus superiores cuando crean que las mismas son cuestionables o moralmente reprobables y reflejar mínimamente al bando contrario mostrando las motivaciones y reflexiones, equivocadas o no, de los iraquíes ya sean civiles (como el caso del Freddy al que da vida el habitual de los últimos films de Greengrass, Khalid Abdalla) o colaboradores del régimen de Sadam Hussein (el general Mohammed Al Rawi al que ofrece convicción física Igal Nagor) alejándose así de productos (Black Hawk Derribado o la ya mencionada El Francotirador) que retrataban a los enemigos del ejército americano como seres inhumanos que sobre el papel eran poco más que zombies u objetivos a los que eliminar.




La penúltima cinta de Paul Greengrass forma un interesante díptico junto a United 93, dos obras que narran hechos surgidos de los inefables atentados del 11 de septiembre de 2001 y que históricamente en varios aspectos cambiaron el panorama político y social internacional en general y el estadounidense en particular. Por desgracia como obra, a pesar de sus buenas intenciones, llegó un poco tarde para hablar de un tema como el de la guerra de Irak, puede que para intentar evitar el escaso éxito y fría acogida que recibieron trabajos más cercanos a la fecha de inicio de dicho conflicto (En el Valle de Elah, Redacted, Generation Kill) siendo críticos con el mismo. Con todo Green Zone es una notable muestra de cine bélico perfectamente ejecutado y con un trasfondo lo suficientemente comprometido como para tener algo interesante que decir y plantear a la platea.



martes, 24 de febrero de 2015

El Francotirador, en el punto de mira



Título Original American Sniper (2014)
Director Clint Eastwood
Guión Jason Hall basado en la autobiografía de Chris Kyle
Actores Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, Kyle Gallner, Keir O'Donnell, Eric Close, Sam Jaeger, Owain Yeoman, Brian Hallisay, Marnette Patterson, Cory Hardrict, Joel Lambert, Eric Ladin, Madeleine McGraw





Chris Kyle, apodado el “Demonio de Ramadi” por los iraquíes y “La Leyenda” por sus compañeros soldados, fue el francotirador más letal de la historia de Estados Unidos acreditándole el Pentagono 160 muertes oficiales durante la invasión de Irak y la posterior guerra que tuvo lugar en el país del suroeste asiático. En el año 2012 y con la ayuda de los periodistas Scott McEwen y Jim DeFelicey, Kyle escribió y editó American Sniper, su autobiografía que se convirtió en un enorme best seller. El libro narraba toda si vida desde su infancia en Texas, su época de cowboy de rodeo, cómo decidió alistarse en los Navy SEALS y su paso por aquel conflicto bélico que comenzó oficialmente en 2003. Steven Spielberg mostró su intención por llevar la historia de Chris Kyle a la pantalla cuando David O Rusell (primer interesado en llevar a imágenes el libro) abandonó el proyecto, pero el repentino asesinato del militar en 2013 hizo perder interés por el proyecto al creador de Salvar al Soldado Ryan o Minority Report. Sería el veterano actor, productor y director Clint Eastwood el encargado de sacar adelante el proyecto con la ayuda del guionista Jason Hall y el intérprete Bradley Cooper, estos últimos implicados también en la producción del largometraje. El resultado ha sido un éxito sonadísimo en Estados Unidos que se ha convertido en el film más taquillero de la carrera del autor de Sin Perdón o Un Mundo Perfecto. Pero también la polémica ha acompañado a dicho triunfo debido a la controversia que la película ha despertado debido al retrato que se hace del personaje de Kyle en la obra, su carga patriótica que ha agradado a la rama más conservadora del país y disgustado a la progresista (entre ellos Michael Moore y Seth Rogen, que finalmente matizaron sus palabras en cierta manera) y el hecho de haber levantado pasiones en el sur del país donde los texanos han encontrado una producción por la que sienten pasión queriendo incluso emular los actos del protagonista, algo que, en propias palabras de los autores de American Sniper, a ellos se les escapa de las manos y no pueden controlar. Porque sí, el último trabajo de Clint Eastwood es una magnífica película bélica con protagonista tan interesante como cuestionable y un vehículo para enarbolar bien alto la bandera de las barras estrellas, pero estas afirmaciones hay que abordarlas con ciertas reservas tanto por un lado como por el otro.




Tras la tibieza con la que fue recibida Jersey Boys, su penúltimo trabajo basado en el musical homónimo que narraba la carrera del mítico grupo coral The Four Seasons, Clint Eastwood vuelve a algunos de los temas propios de su impronta autoral, aquellos que le han ayudado a sustentar una de las más prolíficas y prestigiosas carreras detrás de las cámaras del Hollywood actual con productos como Mystic River, Million Dollar Baby, Bird o Medianoche en el Jardín del Bien Mal. Con American Sniper el protagonista de Por Un Puñado de Dólares encarrila en cierta manera una carrera que llevaba dando bandazos unos años entre films que poco tienen que ver con su personalidad (Más Allá de la Vida) vehículos para el lucimiento de estrellas comerciales (El Intercambio) o valientes e infravalorados retratos de personajes tan reprobables como humanos (J.Edgar). El biopic en imágenes de Chris Kyle traslada el estilo clasicista y de solidez intachable de Eastwood a un contexto bélico y militar para ofrecer uno de sus mejores trabajos recientes, no al nivel de sus mejores obras, pero si lo suficientemente por encima de algunas de las más tibias a las que ha dado forma en los últimos años y que no estaban a su altura como cronista de lo oscuro y desarraigado que habita en el interior de Estados Unidos.




Sería de necios negar que el director de El Jinete Pálido hace un retrato elogioso de un personaje tan controvertido como el que nos ocupa y que su guionista y él mismo eluden pasajes escabrosos del libro que inspira al film para dar la mejor imagen posible de su protagonista. Por ello Clint Eastwood elude cualquier lectura política en su obra abordándola desde la mayor distancia posible, no condenando los actos de su criatura porque desde su punto de vista los ve necesarios, pero tampoco recreándose en ellos o glorificando una violencia que es expuesta con toda su desagradable crudeza en pantalla apelando a la sana intención de no estilizar o banalizar la misma. Al menos en pantalla Chris Kyle no disfruta con su trabajo, no se jacta en ningún momento de su especial don para quitar vidas por medio de un fúsil de mira telescópica, por ello mientras que sus compañeros le apodan “La Leyenda” y sus enemigos “El Demonio de Ramadi” él no parece disfrutar en ningún momento con dichos apelativos. En circunstancias como esta con El Francotirador entramos en los ya conocidos terrenos de Banderas de Nuestros Padres o Space Cowboys, el de la desmitifiación y la relectura histórica en la que supuestos héroes no se consideran como tales por mucho que sus allegados o la sociedad se empeñe en catalogarlos de esta manera, porque los actos que les han llevado a convertirse en ídolos nacionales no han sido agradables y los han hecho, desde su punto de vista, por un bien mayor.




De dar vida a este personaje que tenia una visión de su realidad en blanco y negro (como su padre le enseñó en el esclarecedor prólogo del largometraje) se ocupa el mejor Bradley Cooper de la historia. El protagonista de El Lado Bueno de las Cosas (Silver Linings Playbooks) o Cruce de Caminos (The Place Beyond the Pines) llevaba años ofreciendo papeles que hacían vislumbrar a un actor entregado y que se toma su trabajo muy en serio. Pero ha tenido que llegar un verdadero director de actores (de hecho es uno de ellos) para sacar todo lo que tenía dentro la estrella de la trilogía Resacón. Por suerte Cooper no tiene la mente puesta en los premios de interpretación (¿alguien ha dicho Leonardo DiCaprio?) y decide retratar a su personaje desde una contención demoledora merecedora de todos los elogios. El Chris Kyle (la caraterización y el gimnasio consiguen que el parecido con la persona real se más que notable) del Richie DiMaso de American Hustle es un tipo sencillo (podríamos decir que incluso simplista), cercano, puramente norteamericano y texano, con todo lo bueno y malo ello pueda conllevar, un hombre de guerra que sólo creía en “Dios, la patria y la familia” y que afirmaba realizar su trabajo con el único fin de salvar la vida de sus compañeros (“Luchar por el que tienes al lado” como declaraba uno de los soldados de la ya mencionada Banderas de Nuestros Padres) y que al volver de cada una de las misiones que le son encomendadas se ve más desvinculado de su esposa y e hijos.




Aunque esta deshumanización del guerrero nos pueda recordar a la soberbia (y muy superior) Munich de Steven Spielberg o la mítica El Cazador de Michael Cimino lo cierto es que los pasajes familiares del largometraje son los menos logrados del conjunto cinematográfico. Por muy esforzada que esté una magnífica Sienna Miller que sabe darle con aplomo la réplica a un Bradley Cooper ( esas dos últimas llamadas telefónica, la primera en plena batalla y la otra desde el bar están cargadas de verdad) en modo jefe de ceremonias, todo lo relacionado con los problemas maritales de la pareja protagonista son los más rudimentarios y adheridos a los clichés, aunque también es cierto que en esos momentos se ponen sobre la mesa las pocas situaciones en las que la obra cuestiona la finalidad de una guerra sin sentido. En esta parte del film Eastwood, Hall y Cooper quieren mostrar el lado amable de Chris Kyle, llegando en ocasiones a cierto sentimentalismo familiar que, curiosamente, nos remite al discurso de Steven Spielberg ( cineasta que como hemos mencionado unos párrafos más arriba estuvo vinculado al proyecto) pero gracias al buen hacer de los actores y el ritmo adecuado del guión no es un lastre demasiado pesado para que el conjunto del largometraje presuma de una cohesión que en casi todo momento se muestra sólida y bien anclada tonal y narrativamente.




Pero donde se crece un producto como American Sniper es en las secuencias de acción en las que se trasladan a la pantalla los cuatro viajes en los que Chris Kyle prestó sus servicios en Irak. Llama la atención que un director con 84 años de edad tenga todavía unas dotes tan destacadas para rodar secuencias bélicas de una ejecución indiscutible. Sin florituras visuales, sin movimientos de cámara imposibles. sólo entregándose a lo estilizado con esa última bala que da en su escurridizo y letal adversario, y siempre sutentándose en esa visión clásica del cine que posee, independientemente del género que aborde, Eastwood maneja con seguridad una enorme máquina como esta sin temblarle el pulso y ofreciendo a la platea secuencias de una tensión epidérmica (las dos con niños como objetivos), un continuo in crescendo narrativo (esa cena llena de tensión) o momentos de calma desgarrados por arrebatos de violencia directa (difícil no pensar en Akira Kurosawa o Takeshi Kitano) que hacen palidecer las supuestas dotes cinematográficas a de la mayoría de realizadores jóvenes que presumen de hacer thrillers de calidad en el Hollywood actual. La obra que nos ocupa muestra a Eastwood como un director en una excelente forma al que posiblemente le queden un puñado de buenas películas de acción con las que recordarnos que si está donde está en el panorama cinematográfico internacional es por méritos propios.




Podríamos pedirle a El Francotirador que como obra se implicara más en el plano moral con respecto a los hechos, pruebas y excusas que se utilizaron para dar inicio a una invasión y guerra como la de Irak (conflicto bélico que por cierto en su momento contó con la oposición del mismo Clint Eastwood) o que sus autores dieran un retrato más cercano a la realidad y menos hagiográfico de un hombre que tenía muchos más claroscuros que los que vemos en pantalla y que por último se ahorraran el desfile de banderas final que entronca con la visión mucho más contenida (que algunos equívocamente han confundido con simplismo) que había ofrecido hasta ese momento el largometraje. Pero sus intenciones son otras, las de mostrar los estragos de la guerra (eso sí, desde el punto de vista yanqui, como siempre, pero claro, esta película se llama American Sniper, esperar otra cosa sería una futilidad), la vida de un hombre hijo de su país y su tiempo y sobre todo cómo la vida puede deparar un revés tan inesperado como irónico a un hombre que con su arma fue capaz de eliminar a más de una centena de objetivos para defender a sus hermanos de armas y finalmente caer abatido por uno de los suyos (el marine Eddie Routh al que le diagnosticaron esquizofrenia al volver de Irak) un día en el que había decidido pasar el día en un campo de tiro de su Texas natal la que le vio nacer, crecer, “convertirse” y morir.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Invasor



Título Original Invasor (2012)
Director Daniel Calparsoro
Guión Javier Gullón y Jorge Arenillas basado en la novela de Fernando Marías
Actores Alberto Ammann, Inma Cuesta, Antonio de la Torre, Karra Elejalde, Luis Zahera, Bernabé Fernández





Tras un exitoso paso por la televisión, medio en el que vivió una nueva vida fílmica tras rodar tres exitosas tv movies basadas en hechos reales (El Castigo, La Ira e Inocentes, sólo he visto las dos primeras que eran buena la primera y aceptable la segunda) Daniel Calparsoro, uno de los autores estandarte de lo que a principios de los 90 se llamó el "nuevo cine vasco" junto a otros directores como Juanma Bajo Ulloa, Enrique Urbizu o Julio Medem, ha visto su nombre revalorizado como cineasta, lo suficiente como para que una productora se moleste en hacerle de nuevo responsable de un largometraje importante dentro de nuestro cine.




La película no ha recibido buenas críticas y a pesar de haber sido seleccionada para representar a España en la próxima gala de los Oscars no ha recibido muchos elogios por parte de la prensa especializada. Invasor es una magnífico thriller que aúna con pericia distintos géneros (retratando unos con más acierto que otros) que contiene un interesante mensaje de denuncia y que funciona a todos los niveles como producto cinematográfico comercial y de calidad. Era justo lo que un servdiro esperaba por mucho que no se haya hablado demasiado bien de ella.




Pablo (Alberto Ammann) y Diego (Antonio de la Torre) son dos médicos del ejército español destinado en Iraq en misión humanitaria durante la invasión norteamericana del país. Un día en una incursión en la localidad de Diwaniya son asaltados por un grupo de insurgentes y Pablo pierde el conocimiento. Días después despierta en hospital de vuelta en España y al poco tiempo vuelve a su casa con su mujer (Inma Cuesta) y su hija. Allí intentará unir mentalmente las piezas de lo que sucedió durante el periodo de tiempo que su memoria ha olvidado y descubrirá un hecho trágico que le pondrá en peligro a él y a los suyos.




Con Invasor Daniel Calparsoro vuelve en cierta manera a los terrenos de la revalorizable Guerreros pero ofreciendo un producto que se adentra en el thriller de intriga militar al estilo En el Valle de Elah o Algunos Hombres Buenos, es más, la cinta que nos ocupa tiene un parecido más que considerable con Route Irish, esa interesante pieza de Ken Loach que comenté no hace mucho. El film es interesante en fondo y forma, tiene un reparto magnífico que a mí me tiene ganado desde el principio por contar en sus filas con algunos de mis actores españoles (o de habla hispana en el caso del argentino Alberto Ammann) favoritos como Inma Cuesta el ya mencionado protagonista de Celda 211 y sobre todo a Antonio de la Torre, Karra Elejalde y Luis Zahera así como un sólido guión basado en la novela de Fernando Marías que siempre suele ser el punto flaco de los trabajos del realizador vasco.





La cinta plantea una interesante reflexión sobre la guerra, los estragos físicos y psicológicos que deja en los que participan en ella, el honor y la integridad en contraposición a un estado que quiere hacer lo posible por callar bocas que puedan ensuciar su imagen y con ello por fin alguien decide realizar un ejercicio de autocrítica con nuestro gobierno. Porque es bastante común encontrar films que a la hora de abordar la guerra de Iraq consiguen dejar en evidencia los tejemanejes que la administración Bush del gobierno americano llevó a cabo por aquel entonces. Pero esta es la primera vez en la que se señala a nuestros propios políticos, aquellos que en 2003 apoyaron un guerra injusta y llevada a cabo por puro interés económico, dejando a un país, que ya de por sí vivía bajo una dictadura inhumana, en unas condiciones todavía peores.




En ese mensaje de denuncia que nos cuenta algo que ya sabíamos, que fuimos el perro faldero de Estados Unidos y Gran Bretaña porque el gobierno de la época no quiso escuchar a un pueblo que tomó las calles para decir que estaba en contra de aquella invasión impulsada por medio de información falsa y que costó la vida a incontables personas de uno y otro bando a los que se sumaron un enorme número de civiles que no tenían nada que ver con aquel conflicto bélico, reside lo mejor de Invasor, en su valentía a la hora de hablar a las claras de hechos vergonzosos pero con equidad e inteligencia (Calparsoro es licenciado en ciencias políticas y tanto aquí como en Guerreros lo dejó bien claro).




Pero también hay momentos de gran cine que poco o nada tiene que envidiar al norteamericano en las secuencias de acción, adscritas con todas las de la ley al género bélico. Porque Invasor nos confirma lo que ya vimos de manera cristalina en Guerreros, el acabado rotundamente soberbio en el plano técnico de la realización de Calparsoro encuentra su mejor baza en el celuloide de guerra. Las escenas de Iraq que podemos ver en la última película del director de Salto al Vació están realizadas de una manera intachable, mostrando una violencia física y psicológica cruenta e hiperrealista en pantalla, siempre con la complicidad de unos actores (desde los principales a unos secundarios dando vida a los iraquíes que se dejan la piel para ser creíbles) en estado de gracia.




Con respecto al reparto los intérpretes le dan casi todo el trabajo hecho al director y consiguen algo de mucho mérito, sacar adelante con muchísima profesionalidad el tono dramático del largometraje, que sin fallar en su cometido sí palidece un poco con respecto al tono bélico o el de denuncia. Alberto Ammann está magnífico como protagonista y sabe exponer en pantalla las emociones contenidas de Pablo, las secuelas mentales que aquellos hechos dejaron en él y su integridad como persona. Le da la réplica una muy creíble Inma Cuesta magnífica como su mujer y sobre todo un Antonio de la Torre tan brillante como siempre, mostrando el lado complaciente del binomio protagónico que finalmente tomará conciencia de la realidad y su entorno hostil.




Pero el mejor para un servidor es Karra Elejalde, el protagonista de Los Sin Nombre o La Madre Muerta consigue lo imposible, que un personaje deleznable, que representa el lado más pútrido de un gobierno capaz de lo más rastrero con tal de no ensuciar su ya de por sí maltrecho nombre, consiga caernos hasta bien por su carisma, naturalidad y sorna (los comentarios con su acompañante en ocasiones son descacharrantes). También hace un buen trabajo Bernabé Ferrnández como el soldado que necesita sentir la guerra y la violencia como algo propio, porque no vale para nada más que para eso, aunque su destino sea convertirse en un asesino a sangre fría. Por el lado malo el gran Luis Zahera reducido a un matón con tres palabras de guión sin espacio para lucirse y con pocos minutos de metraje, una pena, porque es un actor que por su físico y dotes interpretativas podría haber bordado un papel de peso en el filme.




A Calparsoro casi siempre le han fallado los guiones, por eso es bueno que alguien le acompañe en la escritura de los mismos. Esta vez el trabajo ha corrido a cargo de Javier Gullón y Jorge Arenillas que adaptan la novela (que un servidor desconoce) de Fernando Marías. El resultado es consistente y está planteado de manera inteligente, alternando los sucesos de la actualidad con los recuerdos que Pablo va uniendo a modo de puzzle cuando van volviendo a su memoria poco a poco. Aunque en ese sentido más lograda hubiera estado la construcción del libreto si esas imágenes mentales hubieran sido expuestas de manera no cronológica (al estilo de los films que Alejandor González Iñárritu compartía con el guionista Guillermo Arriaga), modo en el que muchas veces la mente humana percibe los recuerdos, así el montaje del film hubiera sido más interesante, pero también habría exigido más implicación a la platea y puede que algunos espectadores no estuvieran por la labor.




Invasor me ha parecido uno de los films patrios más interesantes del año, un producto de una solidez encomiable y unas reflexiones interesantes hasta cierto punto necesarias. En la recta final se entrega un poco a lo sentimental y el tremendismo (la resolución de lo del personaje de Antonio de la Torre es un poco demasiado y chirría en cierta manera) pero tras eso ha dejado momentos de celuloide a reivindicar, como esa transfusión sanguínea llena de lecturas en la que el moribundo oriente devuelve con su propia sangre la vida a occidente. Espero lo mejor para la última película de Daniel Calparsoro, pero mete tanto el dedo en la llaga (en la americana y la española) que no creo que llegue ni a la ceremonia de lo Oscars. Eso después de todo no es una mala señal en los tiempos que corren.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Route Irish, dog soldiers



Título Original Route Irish (2010)
Director Ken Loach
Guión Paul Laverty
Actores Mark Womack, Andrea Lowe, John Bishop, Trevor Williams, Talib Rasool, Stephen Lord, Craig Lundberg, Najwa Nimri, Gary Cargill







Undécima colaboración entre el guionista escocés Paul Laverty y el cineasta inglés Ken Loach. Estos dos autores han encontrado el uno en el otro un contrapunto perfecto para exponer en pantalla sus idearios comprometidos de corte socialista y siempre poniendo sus miradas en temas importantes como el desempleo (Mi Nombre es Joe), los derechos de los trabajadores (Pan y Rosas) el conflicto de Irlanda del Norte (El Viento que Agita la Cebada) los choques culturales (Sólo Un Beso) o la vertiente más desarraigada de la adolescencia (Dulces Dieciseis). Con Route Irish tocan otro tema espinoso como el de la guerra de Iraq, conflicto bélico que ha dado en ocasiones muy buen cine (Redacted, En el Valle de Elah) tan interesante como, por desgracia, poco (re)conocido.





Un soldado inglés destinado en Iraq durante la ocupación norteamericana y británica del país cae abatido por el fuego enemigo en lo que se llama la Ruta Irlandesa, la carretera que comunica el aeropuerto de Bagdad con la zona internacional de la ciudad. Su amigo íntimo, que fue el que le incitó a alistarse a filas, no está seguro de la veracidad del ínforme oficial sobre la muerte de su compañero. Con la ayuda de la ex novia del susodicho realizará por su propia cuenta una concienzuda investigación para intentar desentrañar el misterio que se esconde detrás del asesinato. Sus averiguaciones le llevarán demasiado lejos y por el camino despertará demonios internos de cuando estaba en el frente, mermándolo psicológicamente hasta niveles en los que su propia integridad física y la de los que le rodean correrá peligro.




Rout Irish es una de las mejores películas del tandem Laverty/Loach y dentro de su humildad formal y conceptual toca un tema delicado con cierta ambición bastante interesante. El producto que nos ocupa es un thriller dramático con una estructura muy parecida al de films sobre investigaciones militares con un crimen de por medio como Algunos Hombres Buenos, La Hija del General, Joint Security Area o la ya mencionada segunda cinta del canadiense Paul Haggis como director. El núcleo central del largometraje es la búsqueda de esa verdad que explicará el origen de la muerte del personaje de Frankie y que destapará un entramado más grande y complejo de lo que parecíera en un principio.




Pero los autores de Buscando a Eric quieren ir más allá y mientras vemos como el personaje de Fergus (descarnado Mark Womack) saca adelante su búsqueda para dar con el culpable de la muerte de su amigo diseccionan su propia personalidad y los estragos que la guerra ha dejado en su psique. Entramos entonces en los terrenos del Michael Cimino de El Cazador (The Deer Hunter) cuando vemos a ese verterano que no duerme por las noches, que desfoga su violencia con un saco de boxeo y que cuando encuentra al supuesto asesino de su colega llega a torturarlo de manera inhumana (Loach mira hacia atrás al mostrar en este pasaje ecos de Agenda Oculta, magnífica cinta de 1990 en la que habló de los derechos humanos, el IRA y el terrorismo de estado) no sin darse cuenta de que su deshumanización es un hecho y que no hay vuelta atrás para sí mismo.




Es interesante ver por fin el conflictó iraquí desde el punto de vista de los hijos de Gran Bretaña que fueron enviados a aquella tierra por un Tony Blair que coló a las Naciones Unidas esa historia tan bonita que el gobierno norteamericano de George W. Bush se inventó sobre las armas de destrucción masiva que supuestamente poseía el dictador Saddam Hussein (sí, esas mismas que no usó para defenderse de la invasión del ejército norteamericano porque no las tenía) y gracias a ello ver los estragos que aquella guerra dejó en los soldados británicos que allí estuvieron (la escena del amigo de Ferguson gritando en sueños como si siguiera en el frente es tremendamente esclarcedora) y como volver a sus vidas en ocasiones se antoja imposible porque ya no son las mismas personas.




En Route Irish funciona tanto el drama como el tono de thriller (hasta la escena bélica le funciona a Loach) y cuando ambos géneros se cruzan es cuando el film encuentra sus mejores momentos. La puesta en escena del director de Lloviendo Piedras es la habitual, austera, realista, seca y con un uso considerable de tomas generales y una alergía a los primeros planos marca de la casa. También es reconocible su talento para sacar oro tanto de intérpretes reconocidos como de actores no profesionales y aquí tenemos una vez la muestra de dicho talento por su parte, con un casting de creíble al 100% y convincente en todo momento con algún que otro componente del mismo que destaca sobre los demás, como el ya mencionado Mark Womack o la actriz Andrea Lowe que da vida y corazón al personaje de Rachel, la novia del soldado asesinado.




Posiblemente Route Irish sea la mejor película de Paul Laverty y Ken Loach desde la superlativa El Viento que Agita a Cebada. Un trabajo desesperanzador, lleno de angustia existencial, pero reivindicativo, necesario, comprometido y nada maniqueo (recordemos que en ocasiones a este dúo le ha perdido el didactismo) que señala con dedo acusador a aquellas personas de posición privilegiada que sacan beneficio (siempre económico, por supuesto) de conflictos internacionales en los que mueren miles de inocentes por motivos que no se sostienen por sí solos y que siempre acaban repercutiendo en el plano monetario, ese que por desgracia mueve este mundo en el que, a duras penas, nos ha tocado vivir.