viernes, 12 de marzo de 2010

El Resplandor, la versión del escritor


Título Original: Stephen King's, The Shining (1997)
Director: Mick Garris
Guión: Stephen King basado en su novela homónima
Actores: Steven Weber, Rebecca de Mornay, Courtland Mead, Melvin Van Peebles, Pat Hingle, Elliott Gould






En 1980 Stanley Kubrick adaptó la célebre novela El Resplandor, obra del escritor Stephen King. El film es desde mi punto de vista el más flojo de la carrera del realizador, pero claro, hablamos de uno de los mejores directores de la historia del cine, de modo que sin mucha dificultad se puede tildar a la cinta que comento como un clásico contemporaneo dentro del género de terror que batió records de taquilla, pero que fue recibido con división de opiniones por los críticos.




El film poseía muchas virtudes, como todas las producciones de Kubrick, pero su mayor fallo era la poca fidelidad hacia el libro que adaptaba. El director de Espartaco y su co guionista Diane Johnson se pasaron por el forro, no sólo muchos pasajes del escrito sino también dos de los conceptos clave del relato, la caldera defectuosa del sótano del hotel Overlook y el alcoholismo del personaje principal, Jack Torrance.




Stephen King es un alcohólico rehabilitado y en muchos de sus relatos ha intentado expiar sus demonios internos y los problemas que le causó durante muchos años dicha enfermedad y hablamos de unos niveles de dependencia hacia la bebida en los que si el escritor de Carrie no encontraba en su hogar algún tipo de licor, no dudaba en ingerir desde el After Shave hasta el colutorio dental. El Resplandor nos narra como Jack Torrance, su mujer Wendy y Danny el hijo de ambos, poseedor de poderes precognitivos, se mudan a un hotel, lleno de espectros de huéspedes fallecidos allí, para vigilarlo durante el invierno.




Pero la tercera novela de King es en verdad una nada velada metáfora sobre el alcoholismo, la lucha interna de un padre por vencer una enfermedad que le va a quitar la vida y destrozar la de su familia. De ahí el profundo disgusto del de Portland con la adaptación de Kubrick, que como todos sabemos era capaz de hacer la peor tropelía contra quién fuera necesario (guionistas, productores, actores) con tal de hacer la película que el tenía en mente. Por eso en 1997 King trabajó junto a su amigo Mick Garris para hacer una miniserie televisiva adaptando fielmente su propia novela.




King y Garris ya habían trabajado dos veces con anterioridad y lo harían otras cuantas, años después, como se pudo ver en la horripilante adaptación que ambos hicieron de Desesperación, otra novela del escritor de Maine o en Riding the Bullet. La primera vez que se vieron las caras fue cuando ambos realizaron aquella salvajada, sangrienta, felina e incestuosa llamada Sonámbulos, esta vez con guión original de King. La segunda fue cuando ambos se embarcaron en la mastodóntica adaptación televisiva en cuatro episodios de la extensa, ambiciosa y algo plomiza novela Apocalipsis (The Stand) una de las más conocidas del escritor, con resultados meritorios pero no del todo satisfactorios, que comentaré dentro de poco en este santo blog.




Garris y King tenían a su favor un metraje holgado para plasmar hasta el más mínimo detalle de la novela, unos medios bastante aceptables para ser un producto dirigido a la televisión americana y un equipo competente tanto en el apartado artístico (aunque con algún fallo de casting que comentaré más tarde) como en el técnico. Pero tenían en su contra las limitaciones que daba en aquella época el medio televisivo y sobre todo, la alargadísima y constante sombra de la cinta original de Kubrick.




Comparar las dos versiones de El Resplandor es una estupidez, porque son épocas distintas, autores diferentes y medios que por aquel entonces tenían poco que ver el uno con el otro (las geniales y muy cinematográficas series de la HBO quedaban lejos aún). La cinta de Kubrick es abismalmente superior cinematográficamente hablando, pero la versión de Garris y King deja mucho más satisfecho al seguidor de la obra literaria, porque sin ser enfermizamente fiel al escrito, sí lo plasma con mucha más entereza y consistencia como adaptación del mismo.




Hablemos del reparto y con ello destaquemos el inmenso y esforzadísimo trabajo de un Steven Weber en el papel de su, por desgracia, errática y desconocida carrera. El protagonista de Mujer Blanca Soltera Busca... sabe que la genialmente sobreactuada interpretación de un Jack Nicholson más pasado de rosca que nunca planea sobre su cabeza, por eso no se refleja para nada en él. Weber compone un Jack Torrance que se adentra gradualmente en la locura, no como el de Nicholson que parecía que estaba como una puta cabra desde el primer plano del film de Kubrick. Mostrando de manera física y psicológica una lucha interna perfectamente palpable por el espectador y demostrando que junto a David Strathairn es uno de los actores que mejor hace de borracho en el Hollywood actual.




Rebecca De Mornay hace un trabajo correcto, aporta buen material dentro del dramatismo de la miniserie y estaba en una época de madurez física maravillosa durante el rodaje, poco antes de meterse el bisturí hasta en el gaznate y destrozarse de pies a cabeza y no es mejor actriz que la sufrida Shelley Duvall, pero es mucho más guapa y se agradece. Entre los secundarios podemos encontrar con breves pero correctos papeles a Pat Hingle, Elliott Gould y al gran Melvin Van Peebles.




Pero uno de los fallos más grandes del film es el niño elegido para dar vida a Danny Torrance, Courtland Mead. El pobre crío hace lo que puede, se esfuerza, pero a parte de ser malo como un cáncer de pancreas, haciendo un trabajo para correrlo a gorrazos, es que tanto su voz horriblemente nasal como su presencia física son del todo insportables, es más, creo que Garris lo escogió sólo porque sabía poner los ojos en blanco durante las escenas de los trances, porque si no, no me explico que hace este engendro de medio metro delante de una cámara. Por suerte para la humanidad este mozo parece ser que dejó la interpetación y ahora ejerce de cani hiphopero en sus horas libres, dios lo bendiga si realmente el de la foto es él.




Garris cumple, se le nota el oficio y sabe donde poner la cámara y como moverla (no como en Desesperación que nos regaló un desfile de gruas, travellings y contrapicados insoportables) crea atmósfera y cumple tanto como en Apocalipsis, aunque el trabajo en aquella era bastante más complicado por las continuas escenas en exteriores. King adapta bien su libro, pero siempre que escribe guiones para cine o televisión hace una labor mediocre e inusualmente politicamente correcta, cuando en la literatura muestra totalmente lo contrario. Mete sentimentalismo de baratillo, algunos diálogos olvidables (casi todos los del jodío crío) y otros bastante logrados, que se los lleva el personaje de Weber.




Me considero seguidor de la obra de King como escritor, El Resplandor me parece un excelente libro pero que fue muy sobrevalorado en su momento, aunque es una obra con hallazgos, buenos momentos y una interesante composición de personajes. Dejando la película de Kubrick a un lado, la versión de Mick Garris y Stephen King me parece un buen trabajo, una miniserie entretenida que engancha al espectador, puede que tenga escenas que no funcionen o que se alarguen y se subrayen algunos conceptos (como la manía de Garris de mostar muchas tomas a lo poltergeist cuando los personajes salen fuera de plano) pero en general cumple su cometido de entretener y adaptar como es debido la obra de King. En su momento la vi cientos de veces y al revisionarla entre ayer y hoy por enésima vez, casi 10 años después, la nostalgia ha sido inevitable, buenos tiempos los del VHS.


martes, 9 de marzo de 2010

El Sargento de Hierro, el método Highway


Título Original: Hearthbreak Ridge (1986)
Director: Clint Eatwood
Guión: James Carabatsos
Actores: Clint Eastwood, Marsha Mason, Everett McGill, Bo Svenson, Mario Van Peebles, Moses Gunn, Tom Villard





Entre obras maestras como El Jinete Pálido o Bird, en los 80 Eastwood de vez en cuando también nos regalaba algún producto alimenticio. Eran siempre entretenidos y agradables de visionar pero a veces ridículos, como esa Firefox que no había por donde cogerla. El Sargento de Hierro es indudablemente una obra menor dentro de la filmografía del director de Cazador Blanco, Corazón Negro, pero se muestra como una sólida cinta dentro del cine bélico de aquella década, que era de muy alto nivel.




Hearthbreak Ridge es una chulesca, bien realizada y muy viril cinta de adiestramiento militar que recueda a autores como Don Siegel o Samuel Fuller. Es más, el inolvidable sargento Thomas Highway al que da vida de manera soberbia Eastwood y que sería el mejor de la historia del cine si no existiera el sargento de artillería Hartman que bordó como nunca R. Lee. Ermey en La Chaqueta Metálica, parece el protagonista de una cinta dirigida por John Ford o Howard Hawks totalmente desúbicado en la actualidad (tema recurrente en la filmografía como director del autor de Mystic River y que encontró su culmen en la inmensa Gran Torino) mostrándose como un alumno de la vieja escuela que se pasa por el forro las órdenes de sus superiores y que se ve rodeado por un pelotón de niñatos malcriados que nunca llegarán a ser verdaderos marines.




Eastwood rueda con oficio, aunque el efectivo guión de James Carabatsos hace la mitad del trabajo, una cinta de ambiente castrense, ligera, que no se mete en terrenos fanganosos como el antibelicista o el del patriotismo recalcitrante. El director de Banderas de Nuestros Padres sólo nos regala una cinta entre cómica y derrotista sobre un hombre que entiende que el adiestramiento militar contemporaneo es una mariconada y que debe utilizar una recurrente mano dura para poner a sus soldados en vereda, lo que le granjea mala fama entre estos y la aversión de los altos mandos.




A pesar de la clara influencia de autores clásicos como los que he mencionado antes, El Sargento de Hierro realmente es una muestra de cine de la época Reagan pero con inteligencia. Como es lógico la cinta no es tan relevanta como otras obras bélicas de la década de los 80, como la ya mencionada cinta de Stanley Kubrick o Platoon de Oliver Stone, pero el tiempo la ha tratado bien. Su mezcla de comedia (grande Mario Van Peebles) y drama está bien ensamblada en la trama, su dirección es muy correcta y el guión bastante consistente. Una obra menor sí, pero del todo acertada, además, la escena del combate con el sueco es una de las secuencias más genialmente masculinas y bacilonas de la carrera de Clint Eatwood y de mi infancia como espectador.


Casanova, el decadentismo existencial del libertinaje


Título Original: Il Casanova di Federico Fellini (1976)
Director: Federico Fellini
Guión: Bernardo Zapponi basado en las memorias de Giacomo Casanova
Actores: Donald Sutherland, Tina Aumont, Cicely Brown, Carme Scarpita





En 1976 cuando ya era reconocido como uno de los directores más grandes de la historia del cine, Federico Fellini dio su particular visión sobre las memorias del mítico Giacomo Casanova, conocido historicamente como el mejor amante de todos los tiempos. Para llevar acabo tal trabajo contó con la producción del célebre Alberto Grimaldi y la inestimable participación como protagonista del canadiense Donald Sutherland.




Fellini utiliza su puesta en escena teatral y excesiva, casi onírica, con toques que remiten incluso al expresionismo alemán, para narrarnos las vivencias de Casanova. Un hombre cuyo afán por ser reconocido gracias a otros talentos que no fueran sus artes amatorias se veía sepultado por la lascivia y su predisposición hacia la turgencia de la carne femenina. Un intelectual frustrado que sólo encontró la paz interior cuando perdió la líbido en el ocaso de su vida, añorando su Venecia natal.




Fellini es bestialmente inmisericorde con su criatura. Las aventuras de alcoba de Giacomo son ridículas, plumbeas, las escenas de sexo son pretendidamente falsarias y de una comicidad sonrojante, mostrándolas como una especie de coreografías estúpidas que tienen mucho de circenses. El director de 8 1/2 da una visión crítica del libertinaje, mostrándolo degradante para el ser humano y con ello, al igual que en La Dolce Vita, hace un retrato cruel sobre la decadencia de la burguesía europea, que se acentúa y recrudece a medida que avanza el metraje.




Otra curiosidad es ver como influiría en el plano más plástico esta obra en producciones de gente tan dispar como el Terry Gilliam de Los Héroes del Tiempo, el Milos Forman de esa obra maestra de incalculable valor llamada Amadeus o los Jean Pierre Jeunet y Marc Caró de Delicatessen o La Ciudad de los Niños Perdidos. Incluso el mismo Fellini practica una cierta intertextualidad con su obra previa mostrando pinceladas que recuerdan a Satyricon (la dirección artística barroca y sobrecargada) o Amarcord, con la utilización de planos con enormes senos y rotundos culos.




Federico Fellini hacía el cine que le daba la gana y ese era uno de los motivos por los que marcó historia. Su Casanova es atípico, moralista y hasta cierto punto sexualmente conservador, su holgado metraje no desespera ni aburre y esa ensoñación final con su simbolismo y ténebre acabado redime a Giacomo, le devuelve a su juventud, a un nuevo comienzo y tal vez, sólo tal vez, a tomar una senda distinta a la que le llevó a ese camino del exceso que lo consumió en vida, en cuerpo y alma.


lunes, 8 de marzo de 2010

Crash, la teoría del big bang


Título Original: Crash (2004)
Director: Paul Haggis
Guión: Robert Moresco & Paul Haggis
Actores: Sandra Bullock, Don Cheadle, Matt Dillon, Jennifer Esposito, William Fichtner, Brendan Fraser, Terrence Howard, Ludacris, Thandie Newton, Ryan Phillippe





Es curioso el caso de mi relación con la ópera prima de Paul Haggis como director. Cuando la vi me pareció una obra brutalmente sobrevalorada que no explotaba todas sus posibilidades como relato de historias cruzadas. Siempre defendía que aquel año en el que ganó el Oscar cualquiera de las otras nominadas, Munich, Brokeback Mountain, Buenas Noches y Buena Suerte y Truman Capote, eran muy superiores a ella. Sigo pensando practicamante igual (anque ahora no la veo peor que la cinta de Bennet Miller sobre el escritor de A Sangre Fría) pero en su segundo visionado, después de 5 años, me ha parecido considerablemente mejor que cuando la degusté la primera vez.




Crash no está al nivel de cintas sobre historias entrelazadas como Magnolia de Paul Thomas Anderson o Vidas Cruzadas de Robert Altman, pero hoy la veo como una cinta bien construida, mejor escrita y mucho más sincera de lo que yo creía. La dirección de Paul Haggis es muy profesional no sólo para un debutante en los largometrajes, también es especialmente segura de sí misma para un señor que sólo había hecho series de tres al cuarto y más si tenemos en cuenta que fue uno de los creadores de Walker Texas Ranger, que no es moco de pavo. Más tarde en la inmensa En el Valle de Elah confirmaría que es un director que puede codearse con los grandes, pero de esa obra ya hablaré en otro momento.




La ópera prima de este canadiense cienciólogo es un tratado sobre la ciudad de Los Ángeles, pero se podría haber narrado en cualquier otra gran urbe ajena a Estados Unidos. Según el guionista de Million Dollar Baby el hombre es bueno por naturaleza, pero está lleno de prejuicios, intolerancia y sobre todo miedo. Es el medio en el que se mueve, la incomunicación, lo que lo covierte en un ser egoista, huraño y malencarado. Crash toca con acierto pero no demasiada profundidad la diferencia de clases, la pobreza, el racismo, el tráfico de influencias, ciertamente no crea un tratado sobre como afrontar tales males, pero los analiza y disecciona con acierto.




Me llama la atención la implicación de los actores, la complicidad entre guión y dirección, esas dos inmensas escenas como son la del rescate en el accidente y la del personaje de Michael Peña con su hija en la puerta de su casa y sobre todo el hecho de que lo que antes ma parecía maniqueo me resulte ahora humilde, sincero, juicioso. Crash no marcará época, me sigue pareciendo inferior a las películas de Steven Spielberg, Ang Lee o George Clooney que he mencionado antes y me sigue resultando una gilipollez supina que Haggis robara el título a una película que ya estaba hecha. Pero me desdigo de la mayoría de improperios que le dediqué en su momento, a día de hoy miro de otra manera la cinta que nos ocupa, una interesante obra que ganará con los años y que merece ser revisitada para evaluarla como un interesante análisis del hombre occidental con sus defectos y virtudes, sus luces y sus sombras.


Vixen, revolution is my name


Título Original: Vixen (1968)
Director: Russ Meyer
Guión: Robert Rudelson
Actores: Erica Gavin, Garth Pillsbury, Harrison Page, Jon Evans, Vincene Wallace, Robert Aiken, Michael Donovan O'Donnell, Peter Carpenter





Russ Meyer, cineasta amante de los pechos de gran tamaño (pero siempre naturales) y autor de grandes éxitos dentro del cine para adultos, llegó a lo más alto en 1969 con uno de sus grandes triunfos, Vixen. Meyer fue creador de cintas pioneras, desprejuiciadas, picantes y decididamente divertidas, como Faster Pussycat, Kil, Kill o Beyond the Valley of Dolls, obras que fueron primigenias en el género erótico americano post revolución sexual.




Vixen se ve hoy día como una película de contenido sexual entrañablemente naïf, incluso al tocar temas como el incesto, la intolerancia racial o la iniciación en el lesbianismo. Curiosamente es bastante light, pero contra todo pronóstico la más excitante cinta érotica de las últimas que he visto recientemente dentro de este género (todas forman parte de una colección de dvds que compré el año pasado con el periódico masón El País) y me ha resultado muy grata.




Vixen, una carnalmente irresistible Erica Gavin, vive en Canadá, su marido pasa mucho tiempo fuera por su trabajo y ella poseedora de una insaciable avidez sexual tiene escarceos sexuales con distintos hombres. La cinta de Meyer es un símbolo de la liberación sexual de la mujer, un film que a pesar de estar repleto de personajes mal dibujados muestra a la fémina protagonista como una mujer de fuerte carácter, capaz de utilizar sus encantos en beneficio propio, controlando a los hombres a su antojo.




Las escenas sexuales son disparatadas y entrañables, el humor tosco y la dirección de Meyer cutremente adecuada para la época. Pero lo más genial es que en su recta final y de manera totalmente inesperada la cinta mete por la cara en la trama un batiburrillo sobre secuestros, comunismo, antibelicismo y xenofobia que hace que el espectador no pueda parar de reír al ver un disparatado diálogo tras otro a pesar de que al desparecer el tono erótico del film el argumento pierde interés.




Un delicioso film de culto, cine pionero en su estilo, simpático, descarado y tan inocente hoy como politicamente incorrecto en su época de estreno. Por suerte Russ Meyer era menos pretencioso que otros autores del género érotico como los europeos Tinto Brass o Jean Rollin. Sus trabajos eran rápidos, agradables a la vista y no aspiraban a nada que no fuera hacer que el espectador pasara un buen rato entre historias con chicas voluptuosas y hombres ceporros que bebían los vientos por ellas.



domingo, 7 de marzo de 2010

Yo, el Halcón, el hombre del brazo de oro


Título Original: Over the Top (1987)
Director: Menahem Golan
Guión: Stirling Siliphant y Sylvester Stallone
Actores: Sylvester Stallone, Robert Loggia, Susan Blakely, Rick Zumwalt, David Mendenhall, Chris McCarthy




Corrían los años 80 y mis primos y un servidor recibíamos con regocijo cada nuevo estreno protagonizado por el actor, director, productor y guionista Sylvester Stallone alquilado po mi padre o mi tío en los videoclubs. Pero sería una humilde cinta alejada de sus dos sagas principales, Rocky y Rambo, la que nos enamorara y marcará profundamente por lo atípico de su planteamiento. Junto a Cobra: El Brazo Fuerte de la Ley, Yo, El Halcón (Over the Top, en su título original) supondría la única colaboración del italoamericano con la Cannon Films de Yoram Globus y Menahem Golan, este último encargándose en esta ocasión de la dirección.




Una vez más el director de John Rambo daba vida al típico hombre duro de gran corazón y poco cerebro, un bruto de manual que dice con golpes lo que no sabe expresar por medio de palabras. Pero la novedad y lo inusual del argumento es que aquí no hay una venganza por una esposa muerta, un policía de metodos expeditivos o un veterano de la guerra pasado de rosca, por no haber no hay ni un sólo disparo. Aquí el protagonista es un camionero de mala muerte que tiene la feliz idea de  recuperar el cariño de su hijo perdido convirtiéndose en el campeón un torneo mundial de pulso en Las Vegas, con dos cojones y un palito.




Stallone es el de siempre. Aquí luce brazo musculado, gorra, aceite corporal y aire bonachón. Su hijo, una especie de Joselito con ínfulas de militar recalcitrante finalmente se gana al espectador porque no resulta ser tan repulsivo como pareciera en los primeros minutos de metraje. La relación entre ambos es superflua y llena de almíbar, pero en los 80 éramos inocentes y cándidos. Todos queríamos un padre como Lincoln Hawk que nos dejara conducir su camión y nos enseñara a echar pulsos. Robert Loggia está por ahí también, pero no abunda su presencia porque con dos gestos faciales se come al resto del reparto por los pies y esta película es de tíos fuertes sudorosos, no de buenos actores, faltaría más.




Aún puedo ver la imagen de mis dos primos y un servidor poniéndonos la gorra hacia atrás, apretando nuestros brazos con saña y enfadándonos si perdíamos acusándonos de tramposos. Mi primo pequeño quiso llevar más allá su devoción por el personaje del film que nos ocupa y con poco más de seis años arrancó la furgoneta de mi tío y casi se mata con ella, pero esa es otra historia. Over the Top es un delicioso entretenimiento con música ochentera, sentimentalismo de andar por casa y testosterona para todos los públicos. Es una mala película cutremente escrita y dirigida con efectismo, pero sólo por los recuerdos que me despierta y sus nulas pretensiones merece un lugar de honor en mi filmoteca.


sábado, 6 de marzo de 2010

Calígula, el crepúsculo de los dioses

Título Original Calígula (1979)
Director Tinto Brass 
Guión Gore Vidal 
Reparto Peter O'Toole, Malcolm McDowell, Helen Mirren, John Gielgud, John Steiner, Paolo Bonacelli, Teresa Ann Savoy




Calígula es una de las películas más controvertidas de la historia del cine. Un proyecto cuya intención era marcar época cinematográficamente hablando por aunar sensualidad, violencia y rigor histórico mediante la unión de autores como el director de cine erótico Tinto Brass detrás de las cámaras, el célebre escritor americano Gore Vidal en el guión y un plantel de actores británicos de verdadero renombre en el reparto. Todo ello se vio empañado por la masacre fílmica que Bob Gucionne, dueño de la revista Penthouse y productor de la película, hizo con el proyecto por su propia cuenta y sin das explicaciones a nadie.

 


Cuando Tinto Brass terminó de rodar su film con los actores principales no dio crédito a lo que vio en el montaje final. Bob Guccione, tuvo la feliz idea de que una película como Calígula necesitaba más sexo todavía y explícito, por supuesto, de modo que cuando Brass y su equipo acababan un día de rodaje, el editor de Penthouse reconvertido en productor y su codirector, Giancarlo Lui, se dedicaban, de la manera más amateur y cutre posible, a grabar escenas de pornografía pura y dura con actores del cine para adultos que se alternarían con el metraje creado por el realizador de Salón Kitty.

 


Si el espectador obvia los planos de penes erectos, penes en estado de reposo, penes eyaculando, penes cercenados, vaginas abiertas, vaginas succionadas, vaginas velludas, vaginas penetradas, que ni siquiera coinciden con los actores del reparto artístico del film, es decir, que son secuencias fácilmente identificables, podrá disfrutar de un interesante y crudo peplum sobre los últimos 4 años de vida de Cayo Julio César Augusto Germánico, una trama bien construida con diálogos sobresalientes y un reparto en el que no sólo brillan los actores de más renombre (qué grandes y dignos Peter O'Toole y John Gielgud), ya que secundarios poco reconocidos como John Steiner dando vida a Longino o Guido Mannari en el papel de Macro hacen un trabajo muy acertado.


 

A pesar de las modificaciones, la sólida base argumental creada por Vidal se deja notar en el film. Intrigas palaciegas, conspiraciones, incesto, traición, muerte, sadismo, locura. El rigor histórico es bastante digno, la dirección artística intencionadamente teatral de Danielo Donatti, que remite indudablemente a la que construyó para Federico Fellini en Satyricon, resulta soberbia; pero si hay un lastre tecnicamente hablando, sin contar las ya mencionadas escenas fornicadoras, ese es la dirección de Brass.

 

El trabajo del autor de Los Burdeles de Paprika en su apartado técnico es el de siempre. Aburrido, estático, con una utilización inerte de la cámara, siempre con planos frontales y un abuso del zoom digno del fallecido y entrañable Valerio Lazarov. Este particular director italiano parece que nunca ha tenido la más mínima idea de lo que es un picado, un travelling o un plano cenital. Algunos dirán que su dirección es así por la naturaleza teatral del film, pero es que Brass siempre rueda así de mal, está tan pendiente de encuadrar en primer plano la anatomía de sus voluptuosas actrices que se olvida de dar vida a lo que está filmando.

 


Ahora voy a comentar uno de los motivos que hacen que valga la pena ver esta Calígula que nos ocupa, la labor de Malcolm McDowell. El protagonista de La Naranja Mecánica hace un trabajo mastodóntico, entre el amaneramiento y la más visceral de las crueldades, como puede verse en la escena del regalo de boda en la cocina. Sin pudor alguno el actor británico se introduce con fiereza en un papel que mezcla un lascivia demente con un infantilismo que goza con la visión de violencia y  pervesión. También destacar una muy carnal y poco aprovechada Helen Mirren, así como una atractiva en su fisicidad, pero facialmente estulta, Teressa Ann Savoy, cuyas dotes para la interpretación dejan mucho que desear.


 

Lo que pudo ser y no fue por culpa de unas intrigas y traiciones en la producción del film dignas de las que pueblan la trama del metraje. Caligula pasó de ser un peplum que iba a marcar época durante su gestación a una película softocore con ínfulas históricas y reparto de campanillas denostada por los aficionados al cine mal llamado conveniconal. A un servidor le resulta una cinta interesante que no se hace pesada a pesar de sus 155 minutos de duración, pero a la que le sobra todo el sexo explícito, que aun siendo defendido por algunos como la mejor muestra de lo excesivo que fue el reinado de Calígula, a mí el primer plano de una pene eyaculando en el climax de una felación me remite al cine pronográfico, no a Roma y su decadencia como imperio.