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viernes, 31 de mayo de 2019

Hellboy (2019)



Título Original Hellboy (2019)
Director Neil Marshall
Guión Andrew Cosby, basado en el cómic de Mike Mignola
Reparto David Harbour, Ian McShane, Milla Jovovich, Sasha Lane, Daniel Dae Kim, Thomas Haden Church, Penelope Mitchell, Sophie Okonedo, Brian Gleeson, Kristina Klebe, Alistair Petrie, Ashley Edner, Douglas Tait, Bern Collaco, Mario de la Rosa, Atanas Srebrev, Michael Heath, Ava Brennan, Mark Basnight, Eddy Shore, Tihomir Vinchev, Anthony Delaney, Vanessa Eichholz




Corría el año 2014 cuando Mike Mignola ofreció a Guillermo del Toro un guión que él y Andrew Cosby (Eureka, Haunted) habían escrito con la idea de utilizarlo para la esperada tercera entrega cinematográfica de Hellboy que cerraría la visión del autor mexicano sobre el célebre personaje de Dark Horse Comics. Pero el cineasta rechazó dicha propuesta afirmando que él ya tenía otro libreto designado para dicho proyecto. De esta manera las, ya célebres, desavenencias entre los antiguos colaboradores se confirmaron y llevaron el desarrollo del potencial film a un definitivo callejón sin salida. Ante la inviabilidad de esa Hellboy 3 que parecía no llegar nunca la maquinaria hollywoodiense se puso en funcionamiento para resucitar las aventuras sobrenaturales del miembro más célebre de Agencia de Investigación y Defensa Paranormal empezando de cero. Millennium Media, Lawrence Gordon Productions, Dark Horse Entertainment, Nu Boyana, Campbell Grobman Films y la distribuidora Lionsgate aunaron fuerzas para idear un reboot con el que dar inicio a una nueva franquicia cinematográfica centrada en el icónico “Anung-Un-Rama”. El guión planteado por Cosby y Mignola sirvió de epicentro para un blockbuster contando con dirección del británico Neil Marshall (Dog Soldiers, Centurión) y un reparto formado por interpretes como Milla Jovovich, Ian McShane, Daniel Dae Kim o Shasha Lane. Todos capitaneados por David Harbour, el sheriff Jim Hooper, de Stranger Things, ocupándose de tomar el relevo de Ron Perlman para meterse en la roja piel del protagonista. Lo curioso e inesperado es que esta versión de Hellboy iba a revelar su naturaleza problemática antes incluso de empezar su producción.




Posteriormente a la sustitución de Ed Skrein (Deadpool) por Daniel Dae Kim (Perdidos) para evitar un posible caso de whitewashing a la hora de dar vida al personaje de Ben Daimio la producción de Hellboy se llevó a cabo sin demasiadas noticias relevantes y sólo mostrando algunas imágenes del aspecto de David Harbour como el protagonista, despertando tantas alabanzas como respuestas airadas, o lo que es lo mismo, nada nuevo en el día a día de las redes sociales. Pero cuando los rumores sobre la posibilidad de que los productores hubieran detestado la película en los pases de prueba y el aparentemente interminable retraso a la hora de mostrar algún trailer nos incitaron a pensar lo peor. Cuando el primero fue subido a la red destilaba un humor bastante chusco que despertó cierta indignación, pero fue el segundo el que llamó más la atención dentro del fandom por las ingentes cantidades de violencia explícita que contenía. Así se confirmaba la calificación R en Estados Unidos que daba vía libre a sus responsables para salpicar con hemoglobina y vísceras la pantalla. Fue un poco más tarde, entre los días 9 y 12 de abril, cuando el último trabajo de Neil Marshall vio la luz en norteamérica y con ello se confirmó la profetizada desgracia.




Después de los primeros pases de prensa la crítica despedazó Hellboy de manera inmisericorde. Las reseñas negativas, algunas de una visceralidad inesperada, se cebaron con la película tildándola de incoherente, deshilvanada, gratuitamente violenta y disparatada. Tras el estreno el público tampoco pareció ponerse a favor de la obra consiguiendo esta una paupérrima taquilla confirmándola como un prematuro fracaso y la crónica de una muerte anunciada. Tan tristes números dieron pie la rumorología y el aireo de trapos sucios con los que los implicados en la producción del largometraje parecían querer culpabilizarse unos a otros del fracaso del mismo. Uno de los más sonados tiene que ver con Neil Marshall viendo como a mitad de rodaje los productores despedían a Sam McCurdy, su habitual director de fotografía, en favor de Lorenzo Senatore. Esta decisión molestó notablemente al autor de The Descent y caldeó el ambiente en el set de rodaje. Dicha atmósfera, poco propensa a la armonía, también pareció extenderse a la relación entre Marshall y David Harbour, que, según los rumores, podrían haber llegado a intercambiar más que palabras durante la gestación del proyecto.




Ante tan desolador panorama los productores de la película comenzaron a preocuparse por su inminente carrera comercial internacional y las decisiones suicidas se sucedieron en sesión continua. Algunos países de latinoamérica fueron utilizados como cobayas para un experimento disparatado como fue estrenar una copia censurada de la película eliminando los pasajes más extremos con la intención de atraer a público de todas las edades para visionar una cinta dirigida, en su origen, al espectador adulto. Tan controvertida iniciativa se extendió hasta España, de manera más chapucera si cabe. Después de proyectar la película para críticos con la versión uncut varios de ellos se hicieron eco, una semana antes de su estreno, de que Vertice 360, distribuidora de Hellboy en nuestro país, estrenaría en salas la ya mencionada versión amputada. En este tema incidiremos un poco más tarde a la hora de hablar de las dos versiones existentes del largometraje y de la errónea, ineficaz y vergonzosa decisión tomada para descontento de los fans que esperaban disfrutar Hellboy en su corte original sin tener que esperar al montaje unrated que ya nos han prometido para el formato doméstico y las plataformas de streaming.




Dejando de lado polémicas varias y ya centrándonos en la obra cinematográfica como tal podemos confirmar la Hellboy de 2019 como una pieza que si bien está muy lejos de ser el desastre aventurado por la prensa especializada y gran parte del público sí se revela como un film irregular y no todo lo cohesionado que debiera. Esta nueva versión del personaje de Mike Mignola se encuentra en las antípodas de Hellboy 2: El Ejército Dorado, ya que si en aquella secuela Guillermo del Toro dejó de lado los cómics para idear una historia original en esta ocasión el mismo Mignola y el guionista Andrew Cosby han querido abarcar tantos arcos argumentales icónicos de las viñetas (desde Semilla de Destrucción hasta La Tormenta y la Furia, pasando por La Oscuridad Llama o Cacería Salvaje) que la escritura se resiente por culpa de esa inclinación por saturar de información el relato sin que este posea el tiempo necesario para desarrollarse adecuadamente. De este modo nos encontramos con una historia repleta de situaciones interesantes ensambladas de manera arbitraria y fortuita con la carencia añadida de no contextualizar espaciotemporalmente de manera eficiente el microcosmos ficcional, debido el uso algo torpe de los flashbacks y las relaciones interpersonales de los personajes.




Contra todo pronóstico y de manera harto inusual si tenemos en cuenta que con ella hablamos de una superproducción de Hollywood, aunque mucho más modesta que otras muestras prototípicas del género, Hellboy es un largometraje que no desentona en absoluto dentro de la filmografía de Neil Marshall. Más allá de que estuviera estrechamente implicado en la fallida, pero reivindicable, serie Constantine que adaptaba el célebre cómic Hellblazer del sello Vertigo el británico se ha especializado desde sus inicios en un tipo de cine con aroma a Serie B y exploit venido a más como hemos podido ver en las ya citadas Dog Soldiers, The Descent o Centurión y en Doomsday: El Día del Juicio. Porque Hellboy es una cafrada gamberra, sanguinaria, políticamente incorrecta, con destellos de furia impagables y secuencias de un acabado técnico encomiable. Los poco más de 50 millones de presupuesto son aprovechados al máximo por el realizador amparando su impronta en unos CGI mayoritariamente dignos, una fotografía oscura y sucia o un ritmo potente que sólo se resiente por la ineficaz construcción narrativa previamente mencionada. Aunque en los últimos años ha sido en el mundo de las series donde más se ha movido participando en Perdidos en el Espacio, Black Sails, Hannibal, Westworld o algunos de los mejores episodios de las primeras temporadas de Juego de Tronos Marshall sigue siendo un narrador con cierta pericia en el mundo del largometraje y en su último trabajo detrás de las cámaras lo confirma.




En lo concerniente a la censura el disparate se hace patente desde los primeros compases de la versión que ha llegado a los cines españoles. Ese minuto de desmembramientos y decapitaciones repartido por el metraje que ha sido amputado no convierte a Hellboy en una cinta apta para todos los públicos, porque sigue siendo una producción cargada de sangre, vísceras y cabezas volando por los aires. Más allá de que la calificación por edades en España es una pura formalidad orientativa para los padres la intentona por parte de Lionsgate y Vértice 360 de convertir Hellboy en una obra accesible para todo el mundo apelando a paliar, minimamente, su batacazo internacional en taquilla ha desembocado en un doble fracaso. Por un lado el corte llegado a las multisalas, aprobado por Marshall y sus colaboradores, sigue sin ser una película apta para todas las edades y por otro la ausencia de esos pasajes más virulentos ha enfadado al espectador natural de la obra que, lógicamente, ha decidido no acercarse a las salas a ver un producto incompleto cuyo montaje se resiente en esos pasajes. Otro tema interesante sería abordar que el gore de la versión sin censura, tan disperso como inusualmente bruto y divertido, jamás se ha visto en las viñetas del cómic de Hellboy, que han llegado a mostrar en numerosas ocasiones dosis de violencia, pero nunca de ese calibre y grafismo.




Aunque cuenta con un cumplidor y competente Hellboy a manos de David Harbour, que si bien no hace que olvidemos a Ron Perlman sí le toma el relevo con dignidad siendo la cabeza visible de un reparto más bien desabrido, y como adaptación del cómic de Mike Mignola asume un tono y una estética más fieles a las viñetas que las dos incursiones en imagen real previas de Guillermo del Toro mientras no hace prisioneros a la hora de sumergirse en un desfile de locura, estética barbárica y artúrica con pasajes deudores tanto de Posesión Infernal (The Evil Dead, Sam Raimi, 1980) como de El Señor de los Anillos la película de Neil Marshall queda lejos de ser un adecuado reinicio para la contrapartida cinematográfica del personaje de Dark Horse Comics. Un servidor defiende que es un producto divertido y fruicioso, pero poco más que eso. La taquilla internacional le ha dado la espalda amasando, hasta el momento, unos ínfimos 40 millones de dólares con los que no se llegan a cubrir ni el presupuesto invertido en el largometraje. Estos penosos resultados abocan al fracaso la potencial franquicia dejando en agua de borrajas las escenas post créditos y sirven como toque de atención para que productoras y distribuidoras no se reían en la cara de los espectadores con maniobras chapuceras y asuman los fracasos con más dignidad que la mostrada en todo lo relacionado con esta nueva y malograda Hellboy.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Mandy, walk with me in hell



Título Original Mandy (2018)
Director Panos Cosmatos
Guión Aaron Stewart-Ahn y Panos Cosmatos
Reparto Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Bill Duke, Richard Brake, Hayley Saywell, Line Pillet, Ned Dennehy, Clément Baronnet




En 2010 se estrenó en los círculos del cine independiente internacional una producción canadiense sorprendiendo a propios y extraños. Beyond the Black Rainbow, debut cinematográfico del cineasta Panos Cosmatos, supuso una rara avis con la que el hijo de George P. Cosmatos (Rambo II, Cobra: El Brazo Fuerte de la Ley, Tombstone) homenajeaba al David Cronenberg primigenio, aquel de cortos y mediometrajes como Transfer, From the Drain, Stereo o Crimes of the Future con historias localizadas en entornos asépticos y protagonizadas por personajes de psicología torturada y retorcida analizados por el director con el distanciamiento y la precisión de un entomólogo. Dicha ópera prima abrazaba una premisa argumental similar a la de estas (farragosas y en ocasiones muy aburridas) piezas, pero desde un punto de vista estilístico Cosmatos apostaba por una lisergia visual capaz de convertir Beyond the Black Rainbow en un viaje psicotrópico a la psique humana con hallazgos formales merecedores de ser destacados, pero un desarrollo argumental bastante plomizo y redundante. Ocho años han tenido que pasar para que Panos Cosmatos estrene su segundo largometraje detrás de las cámaras llegando hoy mismo a nuestras carteleras.




Mandy tuvo su puesta de largo internacional en el pasado Festival de Cannes y contra todo pronóstico allí gustó de manera generalizada tanto a la crítica como al público, algo no muy común en la croisette cuando hablamos de propuestas cinematográficas de género como esta, moviéndose entre el terror y el drama, pero con una estética, heredada de Beyond the Black Rainbow, muy peculiar por parte de Panos Cosmatos. La trama está localizada en el año 1983 y se centra en Red Miller (Nicolas Cage) y Mandy Bloom (Andrea Riseborough) un matrimonio, guarda forestal él y artista ella, viviendo felices y aislados del mundo en las inmediaciones de Shadow Mountains. Todo se tuerce un día cuando una secta de reminiscencias hippiescas llamada Hijos del Nuevo Amanecer capitaneada por Jeremiah Sand (Linus Roacher) se cruza por la carretera con Mandy y el líder del culto se encapricha con ella hasta el punto de secuestrarla. Desde ese mismo momento Red se embarca en una orgía de muerte y sangre contra los captores de su pareja llevándole a una bajada a los infiernos donde la muerte, el sadismo, el asesinato y la imposibilidad de distinguir fantasía de realidad se apoderan de la pantalla.




Un proyecto como Mandy se desdobla claramente en dos mitades muy diferenciadas, revelándose ambas casi como dos películas dentro de una misma. La primera mitad es una historia romántica protagonizada por dos outsiders viviendo una plácida existencia lejos de la civilización expuesta en pantalla con tono calmado y contemplativo, pero abordado por Panos Cosmatos con una puesta en escena alucinatoria y mística no alejada del Alejandro Jodorowsky de Santa Sangre o el Nicolas Winding Refn de Sólo Dios Perdona. Tras esa tensa calma anida una violencia a flor de piel apunto de explotar (la anécdota de su infancia que Mandy cuenta a Red mientras ambos están abrazados) tomando forma con la llegada de Jeremiah y sus acólitos. La segunda hora de metraje es una clásica historia de venganza con el protagonista dando caza a los secuestradores de su novia, con un Red cada vez más desatado y embarcado en una espiral de violencia en cruento aumento sirviendo de excusa para que Panos Cosmatos recrudezca su puesta en escena hasta el punto de convertir la recta final del film en un viaje psicotrónico a ritmo de riffs de guitarra eléctrica, siniestros sintetizadores y luces de neón capaz de embriagar o repeler a distinto tipo de espectadores.




Pudiera parecer que una vez Mandy se introduce en su tercer acto Panos Cosmatos se entrega a los prostituibles brazos del exceso por el exceso y a la anarquía formal sin medida. Nada más alejado de la realidad, el italocanadiense posee un control férreo de todo lo acontecido e pantalla, mostrando unos conocimientos brillantes de técnica y planificación de tomas dando ejemplos de una elaborada realización hasta en los pasajes supuestamente más caóticos. El aroma a cine Grindhouse, literatura pulp y acabado pictórico con un uso alucinatorio de una imperante paleta de colores rojizos capaces de convertir el encuadre en un sempiterno viaje de ácido con destino indeterminado se acentúa gradualmente en el proceso, con Cosmatos jugueteando con una estilización extrema y mutante, incluyendo hasta pasajes animados deudores de piezas de culto del género como Heavy Metal (1981). Mientras tanto ahonda en reflexiones metafísicas algo farragosas como si fueran espetadas por un filósofo adicto al peyote e inyecta a todo el conjunto una pátina de tristeza y melancolía focalizada en el personaje de Mandy capaz de insuflar verdadero corazón a una propuesta simplista desde el punto de vista argumental, con una historia mil veces vista, que no destacaría en ningún aspecto si no fuera por la visceral puesta en escena de su principal responsable.




Pero si hay un apartado en el que Panos Cosmatos ha demostrado ser una persona harto inteligente es en el de elegir al reparto principal de su segundo largometraje. Nicolas Cage, ese hombre, actor reputado capaz de colaborar con maestros como David Lynch, Joel y Ethan Coen, Martin Scorsese, Oliver Stone o su tío, Francis Ford Coppola, deviene desde hace años en meme andante, objeto de befa y mofa en la red desde que se lanzó a una ruta suicida de películas lamentables y postizos capilares no menos horrendos. El director de Beyond the Black Rainbow es consciente de tal hecho y por ello le ha entregado un papel que desdobla sus dos vertientes interpretativas. Durante la primera mitad nuestro protagonista apela a la contención, la mesura con un rol muy parecido al que dio vida en la recuperable Joe e interactuando con mucho acierto a la hora de compartir plano con su parteneire femenina. Pero ya en la segunda parte del film, mientras el relato comienza a transitar la senda de la demencia, el histrionismo propio de los últimos años de su carrera se materializa en pantalla con una memorable sobreactuación inasequible al desaliento en la que el protagonista de Leaving Las Vegas despliega todo su abanico de tics, muecas, excesos para goce del respetable, esta vez con toda la justificación del mundo gracias al material puesto en sus manos por un co guionista y director amante de la ambibalencia dramática de su actor protagonista.




Completan el peculiar “triángulo amoroso” (forma geométrica imperante a lo largo de todo el metraje, con presencia hasta en el cartel de la película) los británicos Andrea Riseborough y Linus Roache. Ella, abordada por el objetivo de Panos Cosmatos con una estética poco favorecedora ajena a cualquier canon establecido de belleza se revela hipnótica y etérea en pantalla, haciendo comprensible para el espectador el amor depositado en ella por Red a pesar de mostrarse como una taciturna y pálida mujer menuda y de aspecto poco reseñable. Como previamente hemos apuntado, y delata el título de la película, ella es el alma del largometraje y la trágica historia que la rodea parece ofrecer apuntes autobiográficos posiblemente relacionados con el mismo Panos Cosmatos. Él en cambio da vida a una especie de emulo o sosias de Charles Manson con ínfulas mesiánicas. Un rol nada sencillo con propensión a caer en el ridículo en no pocos pasajes si hubiese sido abordado por el intérprete inadecuado. Algo no acontecido en este caso gracias al talento del actor de Vikingos acometiendo una criatura capaz de bascular sin mayor dificultad entre la amenaza física y psicológica y el patetismo sin adentrarse nunca en la parodia o la sátira malintencionada.




Mandy es una historia de amor, terror y venganza a ritmo de rock duro y música electrónica, con estética de videoclip de death metal y reparto en continuo estado de trance. El descomunal trabajo detrás de las cámaras de Panos Cosmatos se ve potenciado hacia la estratosfera gracias a la soberbia dirección de fotografía de Benjamin Loeb y la memorable banda sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson engendrando una rara avis tanto en el cine de autor como en el de género. Alabada de manera casi unánime por crítica y público y ganadora del premio a mejor director en el pasado festival de Sitges para su máximo responsable la segunda cinta del cineasta italocanadiense es la confirmación de un enorme y particular talento capaz de dejar en paños menores al de su progenitor. Quedamos a la espera del próximo proyecto de Panos Cosmatos del que por ahora nada sabemos con la esperanza de no ser un paso en falso dentro de una prometedora filmografía, o peor todavía, una superproducción de ese Hollywood capaz de fagocitar el prometedor futuro de realizadores independientes convertidos por el peligroso arte del “golpe de talonario” en un engranaje más de su mastodóntica maquinaria.


viernes, 26 de enero de 2018

Ash vs. Evil Dead: Temporada 2, back in the village



"Le dimos una oportunidad a la paz, ahora es tiempo para la guerra"




El pasado año 2015 el sueño de muchos fans de la saga Evil Dead (ideada por el director y guionista Sam Raimi, el actor Bruce Campbell y el productor Robert Tapert en 1981 dando lugar a una trilogía cinematográfica y un remake entre otras variantes) se cumplió cuando sus artífices llegaron a un acuerdo con la cadena de pago estadounidense Starz (Spartacus, American Gods) para realizar una serie con la que dieron continuación a las aventuras sobrenaturales de Ashley “Ash” Williams. La primera temporada de Ash vs. Evil Dead en la que nuestro protagonista estaba acompañado en su cruzada por sus aliados Pablo (Ray Santiago) y Kelly (Dana DeLorenzo) y se veía las caras con poseídos, demonios o personajes secundarios como los de Rubby (Lucy Lawless) o la agente Fisher (Jill Marie Jones) supuso toda una descerebrada sorpresa que satisfizo hasta a los seguidores de la rama más dura de las correrías del mítico personaje de la motosierra y la escopeta recortada. Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Speziali, que ejercen de showrunners del producto, no sólo supieron estar a la altura con respecto a esa primera tanda de diez episodios, sino que superaron todas las expectativas ofreciendo una de las series de televisión más bestiales, hiperbólicas, incorrectas, enfermizas y graciosas del panorama catódico actual. Los directivos de Starz estaban tan satisfechos con Ash vs. Evil Dead que unos días antes del estreno de esta temporada inicial confirmaron la renovación para una segunda que llegó el 27 de septiembre de 2016.




Con el estreno de esta segunda temporada y teniendo en cuenta que la primera había gustado mucho y conseguido las metas aurimpuestas como secuela de una saga mítica en general y producto catódico en particular la mayor pregunta por parte de los seguidores era si los hermanos Raimi y Tom Speziali iban a seguir con ese desenfrenado ritmo en el que todo vale para mostrar sangre, vísceras y salvajismo en pantalla o si por el contrario iban a levantar el pie del acelerador y contenerse un poco más después del desfile de gore e hilaridad que supuso la temporada inicial. Los artífices del producto nos aclaran dichas dudas en las primeras entregas de esta nueva tanda de episodios con dos situaciones que marcarán el tono a seguir por parte de la historia. Por un lado la secuencia en la morgue con Ash introduciendo su cabeza por el recto de un cadáver abierto en canal mientras este vacía su esfínter y el protagonista evita por todos los medios que el pene del cuerpo inerte se introduzca en su boca y por otro la posesión demoníaca que sufre el Oldsmobile Delta 88 Royale (el coche de Ash a lo largo de toda la saga de Evil Dead y el de Sam Raimi en la realidad, teniendo cameos en prácticamente todas sus películas como director) que lo incita a descuartizar, desmembrar y quemar vivos a todo tipo de adolescentes que se cruzan en su camino nos confirman que esta nueva sesión de Ash vs. Evil Dead es mucho más demente y excesiva que su predecesora de 2015, que no es decir poco.




En esta ocasión Ash, Pablo y Kelly abandonan su retiro tropical en Jacksonville debido a que Rubby, que había jurado custodiar el Necronomicón para que los demonios no escaparan de él e invadieran le Tierra, parece haber roto su promesa. Estos hechos harán que los tres protagonistas viajen a Elk Grove (Michingan) ciudad natal de Ash donde el personaje de Bruce Campbell se reencontrará con su padre, Brock (Lee Majors), amores de adolescencia como Linda (Michelle Hurd) y amigos de infancia como Chet (Ted Raimi) o el sheriff Thomas Emery (Stephen Lovatt) siendo mal recibido por unos lugareños que desde hace décadas se ríen a sus espaldas apodándolo “Ashy Slashy” por haber descuartizado a su hermana y sus amigos en la primera entrega de la saga cinematográfica de 1981. Este contexto es en el que los guionistas de Ash vs. Evil Dead diseñarán el campo de batalla en el que se desarrollará la segunda temporada de la serie es, incluso más que en la primera, un endeble hilo repleto de arbitrariedades para que los personajes principales se encuentren abocados a un continuo enfrentamiento a todo tipo monstruosidades dándoles muerte de la manera más exagerada, violenta y gratuita posible, algo que acontece al menos durante la primera mitad del recorrido, después la cosa cambia como mencionaremos más tarde. Pero esto que no deja de ser un fallo a nivel de narración nos lleva al mismo punto que la temporada anterior, la serie no necesita más que esa mínima excusa para ponerse en funcionamiento y el espectador no demanda más, porque estamos hablando de un producto de entretenimiento buscando hacer pasar a los televidentes cinco horas de desenfreno y locura.




Teniendo esto claro sólo nos queda disfrutar con la galería de bestialidades de distinto pelaje destilada en esta segunda temporada de Ash vs. Evil Dead que si bien no incide en desarrollo de personajes alguno o un devenir argumental que nos lleve a algún sitio en concreto cuando todo el entramado que sustenta los diez episodios comienza a dar vueltas sobre sí mismo, sí es cierto que coquetea con otro tipo de diversificación en cuanto a su contenido. Por ejemplo, en cuanto a la fauna de criaturas sobrenaturales ya no encontramos sólo a los clásicos humanos poseídos por el influjo del Necronómicon, también conocemos a los letales “vástagos” de Ruby (que ya hicieron acto de presencia en los últimos compases de la primera temporada ofreciendo pasajes deliciosos junto a Ash) o el demonio Baal ejerciendo como villano de la temporada e interpretado por el actor neozelandés Joel Tobeck, que en su incursión en el programa parece una versión joven del gran Brad Dourif. Situar la trama en Elk Grow en principio podría parecer una elección que redujera las posibilidades narrativas de esta segunda temporada debido a las contadas localizaciones en las que tiene lugar la acción la misma, pero cuando hemos pasado el ecuador los guionistas toman una sabia decisión convirtiendo esta segunda parte de Ash vs. Evil Dead tanto en homenaje como una burla hacia el revival ochentero que estamos viviendo desde hace unos años dentro de la ficción audiovisual de principios del siglo XXI.




Una situación fortuita con graves consecuencias obliga a los protagonistas a viajar en el tiempo a la misma Elk Grove, pero de 1981, para impedir la primera lectura del Necronomicon, o lo que es lo mismo, detener los hechos que sucedieron en Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) ya que por decisión de los autores esos son los que se aceptan como canónicos y no los de Posesión Infernal (The Evil Dead) idea no del todo descabellada si tenemos en cuenta que la secuela de 1987 realmente era un remake de su predecesora. De esta manera por medio de un claro homenaje a la saga Regreso al Futuro la segunda temporada de Ash vs. Evil Dead torna en una parodia de la ya citada reivindicación de los años 80 siendo abordada con una sorna y mala baba que se deja notar en el fondo y la forma del producto. No sólo hay mucha ironía a la hora de ambientar dicha década, sino que también los Raimi y Tom Speziali deciden rendir tributo a la franquicia origen de su fama perdiéndole el respeto, haciendo mofa con ella e incluso llegando a reescribirla sin miramiento alguno demostrando que el único motivo por el que ellos también se han subido al exitoso carro de la nostalgia es para seguir con su orgía de hemoglobina, pólvora, salvajismo y humor de muy dudoso gusto para regocijo de espectadores de todo tipo y fans desprejuiciados.




En cuanto a otro de los puntos fuertes de la serie, un plantel de actores y personajes a los que a estas alturas ya hemos tomado cariño, debemos volver a mencionar a un Bruce Campbell superlativo que devora cada encuadre en el que la cámara repara en su presencia eclipsando a cualquier secundario que comparta plano con él, ejecutando una labor que llega a cotas de carisma sobrehumano en el capítulo Delusion y toda la trama en el psiquiátrico con la marioneta asesina `portada en su mano derecha sustituyendo a su conocida motosierra. Ray Santiago toma un protagonismo capital en esta nueva temporada después de lo acontecido en la anterior convirtiéndose en el MacGuffin que vertebra toda la trama central mientras los personajes de Dana DeLorenzo y Lucy Lawless deciden formar una especie de pareja digna del subgénero buddy movie deparando muy buenos momentos. En cuanto a las nuevas incorporaciones encontramos al mítico Lee Majors (El Hombre de los Seis Millones de Dólares) como el engreído padre de Ash, Ted Raimi en el papel de Chet, Michelle Hurd como Linda, el amor de adolescencia del protagonista, y al miserable sheriff Thomas Emery de Stephen Lovatt que a su vez es marido de Linda. Sin olvidar al ya mencionado Baal de Joel Tobeck que cumple como villano pero no destaca en demasía.




Ash vs. Evil Dead sigue su línea ascendente como show televisivo y secuela de la saga Evil Dead gracias a su insana demencia y afán por la hosquedad o lo insalubre. Por suerte después de ver que en esta temporada los guionistas han decidido ofrecer historias cada vez más bestiales y autoparódicas la fe en el producto no sólo se acrecienta sin miedo a que caiga en la reiteración a la que un subgénero tan hermético como al que pertenece pueda abocarla como serie de ficción, sino que ya tenemos las  pruebas audiovisuales que nos confirman cada nueva tanda de episodios creciendo exponencialmente en lo referente a ambición, sátira, escatología y puesta en escena. Porque lo que apuntan los primeros trailers de la tercera temporada que la cadena Starz estrenará el próximo 25 de febrero es que esto va a ser un no parar por parte de Sam Raimi, Ivan Raimi, Tom Speziali y si hasta ahora han dado forma al producto más descerebrado de la historia de la pequeña pantalla no queremos ni pensar en qué nos espera en el futuro si Ash y sus compinches siguen su escalada de crímenes sobrenaturales llevados a límites nunca sospechados en el microcosmos al que dio forma aquella modesta cinta de 1981 ideada por un grupo de veinteañeros novatos en lides cinematográficas sin saber que estaban diseñando un mito ficcional al que todavía le queda mucha “no vida”.


lunes, 8 de enero de 2018

Ash vs. Evil Dead: Temporada 1, terroríficamente vivos



“La vida es dura y peligrosa, y algunas veces tienes que cortarle la cabeza a alguien para sobrevivir.”




En el año 1981 se estrenó una película independiente de terror que acabaría dejando una profunda huella dentro del género. The Evil Dead o Posesión Infernal, como se la conoce en España, estaba escrita y dirigida por un cineasta de poco más de veinte años de edad llamado Sam Raimi que aunando fuerzas con su amigo Bruce Campbell, protagonista y co productor del film, realizó una pieza de una modestia desarmante que paliaba sus carencias presupuestarias por medio de una imaginación arrolladora. Esta historia sobre libros lovecraftianos que despiertan de la tumba a los muertos y a entidades poseyendo a los amigos del protagonista, el sufrido Ash Williams, no sólo se convirtió en uno de los estandartes del cine gore de los 80, también en una producción maldita (mítica su inclusión en la inefable lista británica “Video Nasties” que prohibía su distribución en el Reino Unido) que desembocaría en una trilogía, completada con Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y El Ejército de los Tinieblas (Army of Darkness), llegando a ser venerada por millones de fans que vieron cómo las correrías del carismático dependiente de grandes almacenes reconvertido en héroe de acción, con una motosierra por mano, se extendián hasta otros medios como el teatro, los cómics o los videojuegos culminando todo en un brutal remake, impulsado por los creadores de la saga original, dirigido por el cineasta chileno Fede Álvarez y cuya escena post créditos dejaba la puerta abierta al regreso de Ash, que no aparecía como personaje en esta revisión del film original de 1981.




Ese cameo de Bruce Campbell en el remake de Posesión Infernal estrenado en 2013 alentó y dio nueva vida a años de rumores sobre una nueva entrega de la saga original protagonizada por Ash en la que el mismo Sam Raimi estaría implicado a pesar de sus compromisos con blockbusters hollywoodienses como su trilogía de Spiderman o la tardía, e innecesaria, Oz: Un Mundo de Fantasía que daba continuación al clásico de Victor Fleming. Para deseo de muchos y y alegría de no pocos esta continuación de las andanzas sobrenaturales de Ash llegó por fin en 2015, pero no en la pantalla grande, sino en la pequeña. Como es sabido por el fandom Sam Raimi no sólo es director, guionista y actor ocasional, también es productor de exitosas series de televisión como Hércules: Sus Viajes Legendarios, Xena: La Princesa Guerrera o más recientemente la excesiva Spartacus. Esta última producción, que ofrecía una peculiar visión del mítico esclavo tracio con ingentes cantidades de violencia y sexo explícitos, se emitió en la cadena de televisión por cable Starz, la que finalmente acogería en su seno Ash vs.Evil Dead, serie catódica a modo de continuación de la saga nacida en 1981, al menos durante una temporada.




Como es lógico e inevitable la primera preocupación que vendría a la mente de todo fan de The Evil Dead es si la brutalidad de la que hizo gala la saga original, al menos en sus dos primeras entregas o el remake, iba a ser atenuada en el medio televisivo por mucho que el producto naciera bajo el amparo de una cadena de pago que es mucho más permisiva con la violencia, sabiendo que esta marcó a fuego los primeros pasos de la vida ficcional de Ashley J. Williams. La respuesta nos la ofrece pronto el episodio piloto que, como era de esperar, está co escrito y dirigido por el mismo Sam Raimi. Estos primeros compases de Ash vs. Evil Dead no sólo confirman que el bestialismo propio de la Posesión Infernal primigenia va a hacer acto de presencia de manera hiperbolizada a lo largo de estos diez capítulos, sino que la locura, el exceso, el frenético look visual y la incorrección política que forjó la personalidad de Ash van explotar salvajemente salpicando de vísceras, hemoglobina y chistes de mal gusto a una serie de televisión que no sólo rinde tributo al microcosmos de Evil Dead y lo extiende notablemente, sino que también consigue amalgamar las distintas tonalidades de las cuatro producciones cinematográficas localizadas en este peculiar universo.




La primera temporada de Ash vs. Evil Dead es bestial como el film de 1981 o su remake de 2013, autoparódica como Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y añade apuntes de épica y homenajes al todo tipo de cine clásico y de culto como hacía El Ejército de las Tinieblas. Sam Raimi se ocupa de ello asentando la puesta en escena del producto en el primer episodio, emulando la cámara cartoonesca y desquiciada que fue marca de la casa en la saga original, su violencia granguiñolesca y exagerada, cierta predilección por la ironía y el saberse un producto realizado por señores metidos en la cincuentena sin sentido del ridículo alguno a la hora de ejecutar una pieza sencillamente brutal para la televisión americana. Es cierto que en los tiempos de HBO, Showtime o la misma Starz ya estamos curados de espanto a la hora de ver sangre y muerte en el tubo catódico, pero hay secuencias en Ash vs. Evil Dead tan al límite de lo permisivo que un servidor en ocasiones no puede dar crédito, no ya al hecho de que Raimi y sus colaboradores hayan sido capaces de rodarlas, sino a que los productores vinculados a la cadena de pago hayan dado elvisto bueno a algunas de las muestras de violencia explícita más salvajes que se han visto en la historia de la televisión. De esta manera la serie no sólo mantiene intacta la esencia del producto en el que se basa, sino que lo lleva hasta unos límites dificilmente revasables hace sólo unos años.




En un alarde de sinceridad afirmaremos una verdad ineludible y es que tanto el punto de partida de la serie como su guión no son nada más que un cúmulo de sinsentidos narrativos para que Ash y sus colaboradores, de los que hablaremos a continuación, se enfrenten en una alocada sesión continua a todo tipo de poseídos y criaturas infernales desde el minuto uno del primer episodio. Pero de la misma manera que debemos admitir que la simplicidad de la escritura de la serie es un hecho irrefutable que un producto como Ash vs. Evil Dead, no dejando de ser un desfile de hemoglobina y mutiliaciones de todo pelaje, no necesita más para su adecuado discurrir a lo largo de los episodios, de hecho a nadie se le escapará que los guiones no eran el punto más fuerte de la franquicia original ideada por el director de la reivindicable Darkman. De esta manera la excusa de que Ash ha leído pasajes del Necronomicon bajo los efectos de la marihuana para impresionar a una chica sirve a Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Spezialy, los tres showrunners del proyecto, para explotar al máximo su propia creación llevándola a nuevos límites de demencia, humor negro, excesos y un descreimiento con todo lo relacionado con la integridad de la figura del héroe que queda hecha añicos con el delicioso e inesperado cierre de temporada en el décimo capítulo.




Como era de esperar el centro de esta nueva serie es el personaje de Ash al que da vida un Bruce Campbell que ha recuperado a su antiguo personaje para así volver a la palestra con la mejor de sus creaciones. Más gordo, con dentadura postiza, y tan torpe y descuidado como siempre Ash no ha cambiado mucho en treinta años y si a ello sumamos sus involuntarios comentarios racistas, sus poco sutiles técnicas de seducción y sus especiales dotes para identificar a poseídos, descacharrante el episodio con Mimi Rogers de actriz invitada, compactadas gracias al incalculable carisma de Bruce Campbell el resultado es mucho mejor de lo que esperábamos. Para continuar con el reparto podemos confirmar que a pesar de que el título de la serie es Ash vs. Evil Dead nuestro antihéroe viene escoltado por dos personajes, compañeros de trabajo en los grandes almacenes en los que sigue empleado, que no le van a la zaga en cuanto a protagonizar secuencias divertidas y enfermizas. Por un lado tenemos a Pablo (Ray Santiago) el entrañable fiel escudero de Ash que está perdidamente enamorado de la individualista y temperamental Kelly (Dana Delorenzo) que también se unirá a Ash en su cruzada contra las criaturas del mal amenazando desencadenar el infierno en la Tierra. A ellos se suman el misterioso personaje de Rubby (Lucy Lawless) y el de la agente Fisher (Jill Marie Jones) de la policía de Michigan, con los que nuestros protagonistas se encontrarán en no pocas ocasiones a lo largo de la temporada.




Frenética, indecorosa, pasada de rosca, imperfecta, viscosa, viciosa, divertida o memorable son algunos de los calificativos que se le pueden dar a la primera temporada de Ash vs. Evil Dead que nos ofreció Starz en 2015. Tras ella llegaron otras dos temporadas de las que este redactor poco o nada sabe ya que mi intención es verlas en el estado más virginal posible, en sentido metafórico, para ver si las excelente vibraciones que me ha transmitido esta primera tanda de diez episodios que al durar no más de media hora cada uno he consumido prácticamente del tirón. En una época en la que la nostalgia invade medios como el cine o la televisión es de agradecer que se erija una pieza como la que nos ocupa utilizando dicha excusa e ingeniándoselas para poner en las televisiones y plataformas de streaming de todo el mundo imágenes en las que todo tipo de armas blancas y de fuego componen un desfile de caos, muerte y mutilación demostrándonos que otro tipo de televisión abordada desde la irresponsabilidad, la temeridad, el mal gusto y la sana intención de provocar es posible. En breve la reseñas de las temporadas dos y tres acompañarán a la de esta primera que se ha convertido en una de las piezas de ficción que más me han hecho disfrutar como consumidor en los últimos años y eso con el nivel de la actual televisión americana no es decir poco precisamente.



martes, 22 de agosto de 2017

Alien Covenant, xenomorfea como puedas



Título Original Alien Covenant (2017)
Director Ridley Scott
Guión John Logan, Dante Harper, Jack Paglen, Michael Green, basado en personajes de Dan O'Bannon y Ronald Shushett
Reparto Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Demián Bichir, Danny McBride, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Benjamin Rigby, Alexander England, Uli Latukefu, Tess Haubrich, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco





En el año 2011 saltaba la noticia en todos los medios relacionados con el mundo del séptimo arte. El veterano cineasta Ridley Scott decidía volver al universo que él ayudó a crear en 1979 con una precuela de aquella mítica Alien: El Octavo Pasajero con la que contaría el origen de los letales xenomorfos que protagonizaron dicho clásico de la ciencia ficción. Prometheus llegó a las carteleras de todo el mundo en 2012 y agradó a más bien poca gente por culpa de sus considerables fallos y su escasa inventiva conceptual y argumental. Para colmo esta nueva incursión de Scott en el ya extenso microcosmos de Alien fue el inicio de la gradual y lenta muerte de una probable quinta entrega de la franquicia que comenzó a desarrollar el cineasta sudafricano Neil Blomkamp (Distrito 9, Elysium, Chappie) y que el mismo autor de 1492: La Conquista del Paraíso dio por muerta y enterrada durante la promoción del largometraje que nos ocupa. El disgusto se antojó doble de cara a los fans de la creación ideada por Dan O'Bannon y Ronald Sushett con el estreno de Prometheus.




Cuando la mediocre acogida de Prometheus parecía confirmar que la potencial saga escondida detrás de su historia se veía prematuramente cercenada Ridley Scott se mantuvo en sus trece e hizo todo lo posible para sacar adelante una secuela tan o más innecesaria que su predecesora incluso antes de comenzar su génesis como producto cinematográfico. Evidentemente el director de El Reino de los Cielos o Black Rain, que es perro viejo, trató de arreglar las carencias que tenía el anterior film de la saga y para empezar con buen pie de cara a los fans y al marketing cambió el título de su film que pasó de Prometheus 2 a Alien Covenant, sin que la pieza dejara de ser una secuela de la cinta de 2012. Por otro lado Scott y sus productores prescindieron de Damon Lindelof y John Spaihts y el lugar de estos en la escritura lo ocuparon Michael Green y Jack Paglen, ideólogos de la historia, y John Logan y Dante Harper, responsables de adaptar esta a un guión cinematográfico.




Alien Covenant agradó algo más que Prometheus, tanto a crítica como público, por el simple hecho de que supo dar lo que se le pidió a aquella sin que supiera proporcionarlo, ni más ni menos. Un servidor no pudo verla en cine y lo ha hecho ahora en formato doméstico y el desastre es mucho mayor del esperado y eso que iba totalmente concienciado con respecto a ver una película mediocre, pero que lo llegara a ser tanto me ha cogido por sorpresa. La última producción de Ridley Scott es tan o más fallida que la entrega inmediatamente anterior de la franquicia y si elude algunos de los defectos de aquella (no todos, a ello volveremos más tarde) en el proceso cae en otros todavía más graves. A continuación pasaré a comentar y enumerar los motivos por los que Alien Covenant me parece una pieza muy olvidable e inconsistente y también lo que supone que el director de The Martian o American Gangster siga ensuciando el buen nombre de una saga que realmente no le pertenece en exclusividad por mucho que él siga pensando lo contrario.




La trama de Alien Covenant es prácticamente la misma de Prometheus, pero con algunas variantes. Los miembros de una tripulación espacial que viajan en la nave colonial que da título al largometraje, acompañados por un androide llamado Walter (Michael Fassbender) que vela por ellos, ven interrumpido su criosueño tras un accidente en el que mueren la mayoría de ellos. Los supervivientes comandados por el capitán Christopher Oram (Billy Crudup) y Daniels (Katherine Waterston), viuda de Jacob Branson (James Franco), anterior capitán de la embarcación fallecido en la colisión, llegan a un planeta desde que el que han  recibido una señal de radio de origen humano. Una vez allí deberán enfrentarse con los célebres xenomorfos de la saga y se encontrarán con David (Michael Fassbender) el androide de la Prometheus que siente una especial admiración por estos alienígenas a los que ayudará a sobrevivir por todos los medios.




La escasa imaginación del argumento que copia descaradamente, no sólo el ya citado de Prometheus, sino el de cualquier otra entrega de la franquicia, muestra rápidamente y de manera cristalina lo poco que Ridley Scott y sus colaboradores han trabajado el guión del proyecto. El cineasta británico lleva más de cuarenta años en el oficio, y debería saber que satisfacer a aquellos que criticaron en Prometheus la ausencia de los xenomorfos clásicos y un contexto espaciotemporal más deudor de la primera Alien dándoles lo que piden, pero olvidando por el camino dar solidez a la escritura, aboca todo el conjunto de la obra al fracaso. Porque sí, aquí tenemos la versión original de los monstruos de la saga y los mismos, aunque siendo recién nacidos, empiezan a matar y descuartizar a los tripulantes de la nave de turno desde bien pronto, y dentro de la Covenant tenemos persecuciones por pasillos laberínticos, gore a raudales y acción, pero todo está ejecutado en pantalla de la manera más rudimentaria e impersonal posible.




De poco nos sirve que Ridley Scott vuelva a demostrar que está en forma a la hora de ponerse detrás de la cámara, cuando vemos que Alien Covenant confirma una vez más esa ya antigua y asentada teoría que reza que el director de Los Duelistas queda reducido a un artesano con un potente look visual, y sólo a eso, cuando no tiene un libreto en el que sustentar su puesta en escena. Los personajes del largometraje no son ni un esbozo, son estereotipos manidos y repetidos hasta el hartazgo vistos mil veces, con mejor resultado, en anteriores entregas de la franquicia en particular y en el cine espacial o de terror en general. Mientras el mismo Scott con unas pocas pinceladas definía la personalidad de la tripulación de la Nostromo en el film primigenio o James Cameron hacía lo propio en Aliens con una secuencia tan sencilla y efectiva como la de Bishop (Lance Henricksen) jugando con el cuchillo y la mano de Hudson (Bill Paxton), en la cinta que nos ocupa ni diez páginas de diálogos consiguen dar profundidad a unos roles del todo inanes y nada empáticos.




Componentes de tripulación que por otro lado hacen que los más bien estúpidos miembros de la Prometheus parezcan superdotados en comparación. Es lógico y esperable que los personajes cometan errores para que la trama avance, los xenomorfos puedan entrar en escena y con ellos la acción y el terror que se hagan con la trama. Pero lo que no es tan evidente es que estos expertos en navegación espacial, terraformación o biología sean ten inexplicablemente ineptos a la hora de ejecutar adecuadamente sus labores profesionales o incapaces de tener el mínimo instinto de supervivencia metiéndose en no pocas ocasiones, casi literalmente, en la boca del lobo. El culmen de esta serie de despropósitos relacionados con los componentes de la Covenant llega con la escena en la que el Capitán Oram hace caso a David, el androdide que en la escena anterior ha demostrado admiración y cariño por los aliens, para mirar en uno de los huevos que incuban los famosos facehuggers que se adhieren a la cara de sus víctimas humanas para introducirles la cría de xenomorfo que crecerá y saldrá por la fuerza de su cuerpo.




La trama es paupérrima y los personajes planos, de modo que sólo nos queda disfrutar con las secuencias de violencia y vísceras con las que Ridley Scott riega la película y el excelente diseño de producción de la obra, que sólo se resiente cuando se dejan notar unos CGI que no han sido elaborados todo lo que debieran, algo que se percibe también con los aliens y sus movimientos supuestamente salvajes y viscerales que imponían mucho más en la tetralogía original cuando el uso de los efectos especiales era mucho menor (de hecho los generados por ordenador sólo se utilizaron en Alien³ y Alien Resurreción y en contadas secuencias) y los anomatrónicos copaban la mayor parte del metraje. Sangre, demembramientos, explosiones, escenas de lucha cuerpo a cuerpo tan innecesarias como inverosímiles (de hecho todo lo referido al doble papel de un entregado Michael Fassbender está muy mal llevado, tomemos como ejamplo las lecturas cómicas que se pueden sacar de las clases de flauta a cuatro manos) dan forma a un producto que en ocasiones más que una superproducción parece una inflada Serie B por su naturaleza involuntariamente exploit y pulp.




Alien Covenant fracasa como precuela del film original de 1979 por su carácter rudimentario y escasamente original, pero tampoco funciona como secuela de Prometheus porque hasta los peculiares planteamientos filosóficos y metafísicos de aquella se ven vampirizados aquí por el fuego de artificio, el desenfreno sin medida y personajes cuya integridad física nos importa más bien poco. Tanto esta obra como su predecesora de 2012 nos confirman que si Alien: El Octavo Pasajero es una obra maestra, no fue únicamente por Ridley Scott, sino porque este encontró en unos enormes profesionales como Dan O'Bannon, Ronald Sushett, Walter Hill, Jerry Goldsmith, H.R. Giger o Jean Giraud "Moebius" a los colaboradores perfectos para que, apelando al trabajo en equipo, y no a un soliloquio egocéntrico que haga salir a la luz sus no pocos defectos como narrador de historias, pudieran dar forma entre todos a la primera piedra de una saga que nunca debió dejar de ser una ecléctica y atractiva tetralogía para convertirse en el juguete de un cineasta caprichoso que hace años antepuso la hiperactividad profesional a las inquietudes artísticas.


martes, 11 de abril de 2017

From Beyond: Re-Sonator, ladrones de mentes



Título Original From Beyond (1986)
Director Stuart Gordon
Guión Dennis Paoli, Brian Yuzna, Stuart Gordon
Actores Jeffrey Combs, Barbara Crampton, Ken Foree, Ted Sorel, Carolyn Purdy-Gordon, Bunny Summers, Bruce McGuire, Del Russel, Dale Wyatt, Karen Christenfeld





En el año 1985 el director Stuart Gordon, el productor Brian Yuzna y el guionista Dennis Paoli aunaron sus fuerzas para dar forma a Re-Animator, una adaptación bastante apócrifa de Herbert West Reanimador, serie de relatos cortos nacidos de la pluma del escritor norteamericano originario de Providence, H.P. Lovecraft. El proyecto, auspiciado por la productora Empire Pictures, fue todo un éxito a pesar de su escueto presupuesto y humildes pretensiones, convirtiéndose en una de las películas adscritas al subgénero gore más exitosas de la década de los 80 y con el paso del tiempo llegando a ser considerada una obra de culto dentro del cine del cine de terror, dando lugar a un par de secuelas (La Novia de Re-Animator y Beyond Re-Animator) que ayudaron a transformar la saga de este atípico "mad doctor" en una de las más queridas por el fandom aficionado a este estilo de celuloide.




Tras el éxito de Re-Animator, no exento de cierta controversia por su naturaleza extremadamente violenta y vitriólica, el mismo equipo técnico y varios de los actores principales del largometraje (Jeffrey Combs, que dio vida al inefable Doctor West y Barbara Crampton, que interpretó a la atractiva universitaria Megan Halsey) volvieron a colaborar con Empire Pictures para adaptar otro texto de H.P. Lovecraft, posiblemente con la intención de conseguir una repercusión parecida a la del film de 1985. El resultado fue una traslación a imágenes del relato From Beyond, también del autor de La Sobra Sobre Insmouth o En las Montañas de la Locura. Una vez más con diferencias con respecto a la palabra escrita y una carrera crítica y comercial mucho más discreta que la de su predecesora espiritual, pero con los suficientes hallazgos visuales y narrativos como para que hoy dediquemos esta entrada a reivindicar su valía como producto cinematográfico arriesgado y brutal.




From Beyond, que se conoció en España como Re-Sonator para aprovechar el tirón de Re-Animator, narra la investigación científica llevada a cabo por el Doctor Pretorius (Ted Sorel) y su colaborador, el Doctor Tillinghast (Jeffrey Combs) centrada en utilizar, por medio de una máquina llamada "The Resonator", la estimulación de la glandula pineal humana para abrir la mente a nuevas dimensiones paralelas. El experimento trae a nuestra realidad unas monstruosidades que asesinan a Pretorius, de modo que Tillinghast es acusado del crimen y posteriormente trasladado a un hospital psiquiátrico. Una vez allí la psiquiatra Katherine McMichaels (Barbara Crampton) creerá en la inocencia de su paciente y se unirá a este último, y al agente de policía Buford 'Bubba' Brownleea (Ken Foree), para formar un equipo con el que volver a la casa donde los dos doctores realizaron su trabajo con el único fin de saber qué pasó alli y de dónde provienen las criaturas que ambos trajeron a nuestra dimensión por medio de sus investigaciones.




Aunque la repercusión de From Beyond quedó lejos de la obtenida por Re-Animator , algo que no impidió que ganará en el Festival de Sitges de 1986 los premios a mejores efectos especiales y banda sonora original, como obra cinematográfica debe ser destacada y recuperada por distintos motivos tanto estéticos como conceptuales. El primero y más importante es por ser un delirio de látex, efectos animatrónicos y maquillaje sólo comparable al llevado a cabo por el mismo Brian Yuzna, productor del film, en Society, su viscoso y lúbrico debut como director de largometrajes. Pero el trabajo de Stuart Gordon va mucho más allá, ya que la creación de las monstruosidades pobladoras de la cinta que nos ocupa posiblemente sean las más retorcidas, excesivas y deliciosamente desagradables que dio el cine de género durante la década de los 80, llegando a superar al alienígena multiforme y adaptativo que Rob Botin creó para el remake de La Cosa, rodado en 1982 por un John Carpenter al 100% de sus capacidades como narrador.




Las aberraciones inhumanas comandadas por el Doctor Petrorius e ideadas por unos enormes equipos de maquillaje y efectos especiales formado por técnicos tanto americanos como italianos (el film se rodó en el país europeo, como sucedió con otras producciones de Empire Pictures de los 80), y entre los que comenzaban a despuntar unos jóvenes Robert Kurzman y Greg Nicotero, parecen una hiperbolización grandguiñolesca y excesiva hasta lo prohibitivo de la "Nueva Carne" cronenbergiana. Ya sólo por la presencia de esos monstruos deformes hasta lo delirante, inconcebibles en el actual cine del siglo XXI tan conservador y aséptico, y el uso casi cómico de colores pastel. el rosa y el azul, para exponerlos en pantalla deberián copar un puesto de  honor dentro del cine gore y recibir el reconocimiento que merecen por la osadía formal y moral de aquellos que los concibieron sin pararse a pensar en sensibilidades, censuras o limitaciones presupuestarias a manos de los productores que se atrevieron a financiar su locura.




Pero no sólo de una interminable orgía gore vive From Beyond. Tras su apariencia de delirio pulp y exploit anida la esencia gótica y mórbida de H.P. Lovecraft, aunque Gordon, Paoli y Yuzna convierten en explicitud y lascivia todo lo que en la palabra escrita del novelista de Providence era contención perversa y represión sexual. Uno de los mayores logros del director de Dagon: La Secta del Mar o Fortaleza Infernal es conseguir transmitir no sólo la atmósfera desasosegante relacionada con las bestias interdimensionales que aparecen en la nuestra gracias a la máquina "The Resonator", sino también las mutaciones físicas graduales que el Doctor Tillinghast experimenta en su físico tras convertirse en uno de los conejillos de indias del ya mencionado aparato, consiguiendo extrapolar a la platea esa sensación de dolor agudo y punzante sufrido por el protagonista y que se extiende de forma vírica al resto de personajes habitantes de la historia.




Aunque Jeffrey Combs y Barbara Crampton ya aparecían como actores principales en Re-Animator, los roles que ejercieron en From Beyond poco tienen que ver con los que allí interpretaron. El Doctor Herbert West del film de 1985 es el polo opuesto del Thillinghast del film que nos ocupa, el primero fue abordado por el actor de Faust: La Vanganza Está en la Sangre desde la contención y la total ausencia de humor, lo que paradójicamente volvía mucho más cómica su labor. En cambio el segundo exige una entrega mucho más física, exagerada y sobreactuada y en ese sentido Combs, como pudimos ver en obras como Agárrame a Esos Fantasmas (The Frighteners), también es un maestro. Bárbara Crampton deja de lado el perfil de universitaria cándida pero sexy para dar vida a la segura y obsesiva Doctora McMichaels, que revelará también su lado más lascivo en una ya mítica escena tomando el rol de dominatrix embutida en látex ayudando a confirmar su fama de scream queen durante la segunda mitad de los años 80.




A la presencia de Jeffrey Combs y Barbara Crampton debemos sumar la de dos personajes clave en la trama de From Beyond, aunque ambos se encuentren entre los secundarios del proyecto. Por un lado tenemos a un sádico y pervertido Ted Sorel que por desgracia no tiene los suficientes minutos como ser humano en pantalla para que el guión pueda desarrollar adecuadamente su personalidad cargada de brutalidad y parafilias sexuales enfermizas, pero tras su "transformación" ofrece momentos para la estantería del recuerdo. Por otro lado contamos con la presencia de Ken Foree, un icono de la serie B que ha intervenido en clásicos como Zombi (Dawn of the Dead), The Lords of Salem o La Matanza de Texas III y cuya fisicidad rotunda da solidez a su papel de rudo policía superado por los hechos sobrenaturales a los que se enfrenta junto a sus compañeros de fatigas.




From Beyond triunfa gracias a su mixtura de géneros, ecos que van desde las producciones de Roger Corman hasta las de la Hammer Films, naturaleza lacerante, afán por revolver el estómago del espectador e intención de seguir extendiendo en celuloide la palabra de Howard Philip Lovecraft, aunque sea contradiciendo algunas de las señas de identidad del autor, algo que en un futuro volvería a hacer, pero en el mundo del arte secuencial, el guionista británico Alan Moore con obras como Neonomicon o Providence. Como bien hemos dicho el segundo largometraje en labores de dirección de Stuart Gordon no consiguió la fama que sí se labró, por méritos propios, el primero, pero poco a poco "Re-Sonator" va consiguiendo el título de obra de culto que lleva mereciendo desde hace años como ejemplo impecable de cine extremo, radical y hasta casi ofensivo.