domingo, 5 de mayo de 2013

Los Creyentes, Martin, ¿qué será lo que quiere el negro?





Título Original The Believers (1987)
Director John Schlesinger
Guión Mark Frost basado en la novela de Nicholas Conde
Actores Martin Sheen, Helen Shaver, Robert Loggia, Richard Masur, Harley Cross, Jimmy Smits





John Schlesinger es un director birtánico que tras sus primeros cuatro trabajos en Reino Unido debutó con gran éxito en la meca de Hollywood con aquella ya lejana Cowboy de Medianoche estrenada en 1969 y basada en la novela de James Leo Herlihy sobre Joe Buck (John Voight) un joven tejano que acaba vendiendo su cuerpo a mujeres maduras en las calles de New York y trabando amistad con Rico "Ratso" Rizzo (Dustin Hoffman) un timador de poca monta. El film ganó los Oscar a mejor película, director y guión adaptado, siendo la primera cinta calificada con la antigua X que ganaba el premio de la academia al mejor largometraje del año.




Tras ella llegaron un par de trabajos destacados más para su carrera como Marathon Man (de nuevo con Dustin Hoffman acompañado este por el gran Laurence Oliver) o Sunday, Bloody Sunday y después la decadencia. Schlesinger se convirtió en un artesano al servicio de la industria hollywoodiense que se entregó totalmente al cine comercial ofreciendo su profesionalidad para sacar adelante proyectos que nunca destacaron al mismo nivel que sus mayores éxitos. A finales de los 80 dirigió esta Los Creyentes que nos ocupa, un rutinario thriller de suspense y terror lleno de tópicos y estereotipos que no ofrece nada más que 110 minutos de pasable entretenimiento y alguna idea o concepto aceptable que nos da muestras de que el film podía haber sido más interesante de lo que es, no mucho por desgracia.




Cal Jamison (Martin Sheen) es un psiquiatra de la policía que se muda con su hijo Chris (Harley Cross) a New York tras la muerte por accidente de su esposa. Esperando encontrar algo de tranquilidad en su nuevo hogar unos asesinatos de carácter ritualístico que parecen haber sido llevados por santeros de la zona introduciran a Cal y a sus allegados en un submundo regido por el vudú, las maldiciones y lo sobrenatural. Con la ayuda de su amigo Marty (Richard Masur) su vecina Jessica (Helen Shaver), el agente Tom López (Jimmy Smits) y el teniente McTaggert (Robert Loggia) nuestro protagonista intentará descifrar qué hay detrás de estos crímenes y qué tiene que ver su hijo Chris con los mismos.




Los Creyentes es un desfile de clichés interminable que recurre a situaciones, personajes y resoluciones mil veces vistas. Estereotipos pueriles en los que todos los latinos o negros (normalmente de clase baja) son brujos que se dedican a realizar conjuros de todo tipo (tanto de magia blanca como negra) que se dejan llevar por las supersticiones y lo sobrenatural. Pero claro, es que la cinta de Schlesinger se entrega a esa ola de largometrajes que abogan por la existencia de lo "oculto" y en desacreditar a aquellos personajes que "no creen" como le sucede al rol de Martin Sheen durante la primera mitad del metraje. Pero aunque parezca mentira, y de manera bastante curiosa, este entorno irreal es uno de los pocos aciertos del film.




Porque John Schlesinger a parte de ofrecer al producto su profesionalidad con una dirección adecuada que dosifica la intriga y el in crescendo de tensión (pero viéndose la misma perjudicada por un montaje un tanto deslabazado y algún que otro plano bastante ridículo) sabe captar la atmósfera amenazante de toda la trama con el vudú y la brujería, enfatizándola en la recta final cuando se desvela el secreto principal aunque el clímax se antoja mimético al de cientos de films de la época y por ello muy previsible. También ayuda a ese ambiente de amenaza oscura y pérfidamente tribal la magnética y en ocasiones acojonante presencia del actor Malick Bowens que sólo con su mirada consigue inquietar al espectador, teniendo su personaje algunos de los momentos más logrados de la velada, como su trance durante la fiesta de alta sociedad.




De todas formas los dos logros más interesantes de una cinta como The Believers son por un lado el trabajo de un magnífico Martin Sheen que se entrega a un papel plano y esquemático al que le saca todo el partido posible para que resulte creíble y lo mejor del producto. Y el otro es que el guión, basado en la novela de Nicholas Conde, está escrito por Mark Frost, cocreador junto al célebre David Lynch de la mítica serie Twin Peaks y el mismo demuestra su predilección por rituales sobrenaturales a manos de hermandades secretas (como también se pudo ver en su libro La Lista de los 7) de modo que de esta manera se confirmaría que conceptos argumentales de aquel serial como las Logias blanca y negra o las entidades que las poblaban tendrían mucho que ver con sus dotes como escritor y de esta manera reconocerle el mérito que hace años que va mereciendo a la hora de evaluar su peso en aquel mítico programa de tv que era tan suyo como del director de Cabeza Borradora.




Esta producción de 1987 es la típica cinta que se puede ver si no se tiene nada más interesante a mano un domingo por la tarde. Formalmente correcta pero llena de clichés de la época, algunos efectismos gratuitos, contados momentos inquietantes, unas gotas de sensiblería paternofilial y cierta atmósfera convincente así como un Martin Sheen que con su profesionalidad saca al producto de la mediocridad, no hay más que ver su mirada en el último plano que cierra esa atípico happy end. Es mejor que la mayoría de las cintas de terror de la actualidad por su naturaleza más artesanal, pero hasta en su época otros films de la misma temática como La Serpiente y el Arco Iris de Wes Craven eran muy superiores a ella en prácticamente todos los aspectos.


sábado, 4 de mayo de 2013

La Caza, hijos de los hombres



Título Original Jagten (2012)
Director Thomas Vinterberg
Guión Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg
Actores Mads Mikkelsen, Alexandra Rapaport, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Anne Louise Hassing, Lars Ranthe, Lasse Fogelstrøm, Susse Wold, Ole Dupont, Sebastian Bull Sarning





Thomas Vinterberg, cineasta danés que dio forma al tan interesante, como caprichoso, tratado Dogma 95 con su compatriota y amigo Lars Von Trier. Director de la primigenia Celebración (Festen), autor que se entregaría a la denuncia más chabacana y demagógica con Dear Wendy o se ganara mi perdón al dirigir el videoclip de The Day That Never Comes para la banda norteamericana Metallica, Señor que estrenó en el festival de Cannes de 2012 la que es hasta ahora su última obra, La Caza, Jagten en su título original, sin lugar a dudas la mejor que se ha estrenado en España durante este 2013 y son tantos sus aciertos y hallazgos formales que confirmar su excelencia como producto cinematográfico no le hace justicia del todo.




Lukas, (Mads Mikkelsen) profesor danés que tras un complicado divorcio encuentra un nuevo trabajo como cuidador en una guardería. Cuando su vida empieza a encauzarse, sintiéndose feliz en un trabajo en el que es querido por los niños, empezando una nueva relación sentimental con Nadja (Alexandra Rapaport) y recuperando el contacto con su hijo adolescente Marcus (Lasse Fogelstrøm) una serie de circunstancias fortuitas en apariencia inofensivas desembocan en el inocente comentario de Klara (Annika Wedderkopp) alumna del jardín de infancia e hija del mejor amigo de Lukas, Theo (Thomas Bo Larsen). A partir de ese momento la vida de un hombre honrado, y sobre todo inocente, se convertirá en un infierno para él y sus personas más cercanas. A continuación incluiremos en la entrada varios spoilers.




Ideas, tantas que podían haber salido terriblemente mal en Jagten. Tantos lugares comunes, caminos mil veces transitados, tópicos, clichés, estereotipos, maniqueísmos. Era tan fácil caer en la sensiblería, lo tendencioso, los golpes bajos, el sensacionalismo. Thomas Vinterberg no sólo sabe esquivar absolutamente todas estas minas antipersona, también consigue algo muy complicado y que para un servidor supone un logro al alcance de unos pocos cineastas a lo largo de la historia del séptimo arte. Emocionar, desde la sutilidad, desde la elegancia, sin forzar situaciones o actos por parte de sus personajes, que busquen de manera tramposa y pueril tocar la fibra del espectador para transmitirle sensaciones vívidas y palpables.




Búsqueda, no la hay en La Caza de grandes momentos emocionales. No vemos a personajes romper a llorar a gritos o abrazarse a familiares o amigos para desahogar el mar de dudas, rencores y miedos por el que atraviesan todos ellos, porque como obra cinematográfica no lo necesita, no lo quiere, de hecho lo rechaza de plano. Pero mostrando siempre los sentimientos de sus criaturas a flor de piel, Vinterberg consigue crear una obra que atraviesa la epidermis del que se enfrenta a ella, porque su última pieza expone un enorme abanico de preguntas, planteamientos, ideas interesantes y dilemas morales de variedad casi inabarcable y profundo calado.




Contención, la que destila por completo el largometraje. La que exhalan todos y cada uno de sus fotogramas, la que dosifica y muestra con cuentagotas un Mads Mikkelsen apabullante como Lukas, el protagonista del film. Enorme la cantidad de matices que transmite su rostro cuando la directora de la guardería le comunica el trágico hecho en el que supuestamente se ha visto involucrado. Intentar hacer justicia con palabras a la labor del protagonista de Un Asunto Real en la obra que nos ocupa es un ejercicio de futilidad, hay que verlo para creerlo. Cómo un actor que normalmente ha puesto cara al mal demuestra una humanidad desbordante, confirmándonos aquella sabia teoría de que menos es más y que no se necesitan excesos o sobreinterpretaciones para retratar con certeza la realidad.




Miedo, el que siente un hombre inocente que es acusado del más terrible de los delitos. El que experimenta una pequeña y dulce niña al darse cuenta a duras penas (por amor de dios, tiene menos de un lustro de vida) de que una simple palabra dicha por despecho en el peor momento y lugar ha desatado un infierno. El de un hijo que ve como destrozan la vida de su padre cuando no ha cometido delito alguno y en un terrible efecto domino él también sale perjudicado. El de un cabeza de familia que acusa a su mejor amigo, al que conoce desde la adolescencia, de cometer el más inenarrable de los actos con su hija pequeña. El de unos amigos del protagonista que se dividen entre los que dudan de su inocencia y los que le dan su apoyo sin pensarlo un segundo porque lo saben incapaz de cometer semejante abominación.




Prejuicios, los de un sociedad quebrada, temerosa, sobreprotectora, acomodada, que condena antes de sacar conclusiones, que señala antes de que el acusado pueda defenderse, que da por sentada y extiende como la pólvora una historia que no se sostiene por sí sola. Pero llegamos en parte a comprender a estas gentes, porque compartimos el miedo y el recelo, porque nosotros formamos parte de esta turba enfadada. Porque hablamos de lo inadmisible, lo impío, la corrupción de lo más sagrado y no aceptamos medias tintas. Preferimos prevenir antes que curar sin importarnos las cabezas que rueden por culpa de nuestros actos o si la culpabilidad de nuestro "criminal" no está demostrada.




Impotencia, la que invade al espectador. La que nos hace retorcernos en la butaca, la que nos incita a atravesar la pantalla e intentar coger por la solapa a esa caterva de prejuiciosos (nosotros mismos, todos nosotros, fuera hipocresías) que no son capaces de pararse un sólo instante para abordar fríamente los hechos, de analizar con objetividad un juicio cuya sentencia ha sido dictada antes de tiempo porque buscamos una cabeza de turco, un chivo expiatorio en el que volcar todas nuestras frustraciones diarias, tanto las personales como las profesionales, aquellas que nos asfixian y no nos permiten llevar una existencia próspera en tiempos como los que nos han tocado vivir.




Honor, el de un hombre íntegro, entero, como cualquier otro. El de un profesor, padre, amante y ex marido que no siente la necesidad de defenderse por algo que no ha hecho, que no quiere tener que justificarse por un acto que ni se le pasaría por la cabeza llevar a cabo. Porque no hay mejor modo de demostrar tu propia inocencia que seguir con tu vida, ir a comprar a tu supermercado de siempre, asistir a una concurrida misa de Nochebuena en la que está todo el pueblo en un templo en el que te puedes permitir mirar directamente a los ojos de tu mejor amigo, el padre de la niña núcleo de toda la desgracia, porque no has hecho nada ilegal, porque están destruyendo tu vida y la de los tuyos por una acusación flagrante, falsa, injusta.




Cine, en mayúsculas, en toda su pureza, sin aspavientos, trucos o maniobras burdas. Una puesta en escena áspera, que aún guarda algún coletazo del naturalismo del Dogma 95. Una fotografía adecuada que transmite el frío nórdico y la melancolía de esos días de Navidad que poco tienen de festivos o celebración. Unos actores que se adecúan a sus roles con veracidad, comandados por un protagonista superlativo que guía con su portentosa creación un guión lleno de aciertos (que no todos los amigos le den la espalda al protagonista y lleguen a bromear con él sobre el delito que saben que no ha cometido, un hijo que no duda de su palabra, que su novia lo haga y él por indignación la expulse de su casa) y dos o tres clímax apoteósicos que están entre lo mejor del cine de este 2013, como la ya mencionada escena del centro comercial, en la que Vinterberg podía haberla fastidiado por culpa del exceso con la paliza, pero que luego encumbra con su regreso al local para llevarse "su compra"; la de la iglesia con ese Theo que por fin ve la verdad en los ojos de su amigo o ese tentempié a altas horas de la madrugada que exhala perdón, redención, arrepentimiento y amistad recuperada.




Jagten, la película. La pieza de arte que se lo ha puesto muy difícil a los siguientes estrenos que vengan a este país en lo que queda de año para superarla. Porque es un ejercicio de cinematografía ejemplar, una obra maestra en la que nada falla, nada sobra, todo está justificado, medido y calibrado. Y ese final con la dulce Erika, (el epílogo está bien, es muy simbólico pero no es necesaria su explicitud, en esa última reunión varias furtivas miradas acusadoras nos confirman que para algunos ya nada volverá  a ser igual y que "la caza" nunca terminará para Lukas) en el que el miedo colisiona con la pureza con la resultante victoria de esta última. Una broma, la sonrisa de una niña, un abrazo y unas pequeñas manos que rodean el cuello de un hombre, que nunca volverá a ser el mismo, que estará "roto" hasta el último día de su vida y ese adiós de una inocente criatura justifican que yo tenga el salón y el dormitorio llenos de películas en distintos formatos, de libros sobres géneros y directores, revistas de todo tipo sobre el séptimo arte; que me tenga que tragar sesiones vespertinas en multisalas en las que normalmente estoy solo y me pase horas delante de la pantalla del ordenador hablando de este medio. El cine, un invento que fue creado para regalarnos trozos de vida en imágenes y sonidos como La Caza, de Thomas Vinterberg.



jueves, 2 de mayo de 2013

The Lords of Salem, thy kingdom come, thy will be done



Título Original The Lords of Salem (2012)
Director Rob Zombie
Guión Rob Zombie
Actores Christopher Knight, Sheri Moon Zombie, Dee Wallace, Clint Howard, Udo Kier, Barbara Crampton, Maria Conchita Alonso, Lisa Marie, Sid Haig, Bruce Davison, Michael Berryman, Meg Foster, Billy Drago, Patricia Queen, Ken Foree, Judy Geeson, Bonita Friedericy, Daniel Roebuck, Richard Lynch, Torsten Voges





Tras ser uno de los estandartes del metal industrial con sus compañeros de White Zombie y más tarde en solitario con su propio nombre artístico, Rob Zombie decidió probar suerte en el mundo del séptimo arte, idea nada descabellada si tenemos en cuenta que tanto su música como los videoclips con los que ilustraba muchos de sus temas tenían una fuerte carga cinematográfica, tanto referencial como estilística. No voy a alargarme mucho más, todo lo que yo haya podido decir de la carrera como cineasta de Rob Zombie está en esta entrada que le dediqué hace tiempo a sus tres primeros films y en la crítica que le hice a Halloween II, el cuarto, del que cabe destacar que aún habiéndome decepcionado considerablemente la primera vez que lo vi (como constato en esos mismos párrafos), ganó muchos puntos con la revisión que le hice cuando me compré el dvd de la película por puro completismo.




Hace unos días el director confesaba que aunque se sentía orgulloso del remake que hizo de la obra maestra de John Carpenter, y la secuela que le siguió, el proceso de rodarlas fue del todo humillante. Conociendo un servidor algunas de las andanzas de los hermanos Harvey y Bob Weinstein, esos productores, señores millonarios, influyentes y con muy mal carácter a los que no se les puede echar cara (que se lo digan al pobre Martin Scorsese de de la muy recuperable Gangs of New York) si no te llamas Quentin Tarantino, no me extraña demasiado que el director de La Casa de los 1000 Cadáveres confesara tal sentimiento hacia el proceso de creación de los dos films que realizó sobre la figura de Michael Myers.




Por ello tras esa experiencia con las majors decidió buscar financiación para dar forma a algo diferente, un proyecto más personal e independiente en el que tuviera una considerable libertad para construirlo. Zombie fue contratado por los productores de Insidious, Sinister y la saga Paranormal Activity para iniciar la gestación de su nueva obra, que escribiría, dirigiría y esta vez incluso podría producir para tener el máximo control sobre el montaje final y el proceso creativo del proyecto. El resultado es The Lords of Salem un arriesgadísimo largometraje que se mueve entre lo acertado, lo fallido, lo brutalmente disfrutable y lo indudablemente desconcertante a partes iguales, siendo un producto 100% hijo de su padre con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.




Heidi (Sheri Moon Zombie) conduce uno de los programas de música rock más exitosos de la ciudad de Salem (Massachusetts). Un día recibe una caja de madera con unos extraños símbolos que dentro contiene un vinilo de un misterioso grupo llamado The Lords. Cuando Heidi y sus colaboradores ponen el disco en el show ella reacciona de manera extraña al igual que todas las mujeres de a localidad que tienen sintonizada la emisora en ese mismo instante. Todo parece tener que ver con el juicio de las ínfames brujas de Salem que se llevó a cabo en 1692 y una maldición que lanzaron contra todas las mujeres del lugar antes de morir calcinadas en la hoguera. Heidi cobrará vital importancia en este macabro ritual que dará inicio a una nueva era a nivel mundial.




The Lords of Salem no es una película fácil ni para todo tipo de público, como obra es el resultado de darle completa libertad a un director que tiene una voz propia dentro del género de terror pero cuya impronta va evolucionando poco a poco, incluso en productos de encargo como los que hemos comentado previamente. La última película de Rob Zombie es sin lugar a dudas la más suya de todas las que ha realizado y como largometraje sirve para vislumbrar sólo el inicio de hacia donde puede encaminarse su discurso autoral si posee carta blanca para abordar sus criaturas, que como es lógico no siempre va a tener, al menos en un mundo como el del Hollywood actual con su naturaleza prefabricada en cadena de montaje.




Si el británico Ken Rusell (Los Demonios, Gothic, Tommy) hubiera dirigido La Semilla del Diablo, Rosemary's Baby en su más sutil título original, (por mucho que el mismo Rob Zombie hable más de El Resplandor de Stanley Kubrick, los ecos a la obra maestra de Roman Polanski son más evidentes) a mediados de la década de los años 70 el resultado hubiera sido algo muy parecido a esta The Lords of Salem. Una revisión bastarda del largometraje protagonizado por una inmensa Mia Farrow en 1968 en el que (como bien sucedía en gran parte del grueso de los ya lejanos grandes films del italiano Dario Argento) la puesta en escena devora casi por completo al argumento que sustenta el relato, que no es nuevo, ni inventa nada, pero de todas formas está ahí y al menos a un servidor no le ha parecido ni difícil de seguir ni ausente en el conjunto del producto, aunque sí es cierto que en la recta final se desdibuja por esa bacanal visual en la que se adentra el realizador.




Primero voy a hablar de lo que no me ha gustado de The Lords of Salem y después destacaré lo que sí, que por suerte es bastante más que lo que me ha causado rechazo. Puede que sea sensación sólo de un servidor y no haya mucha gente que comparta mi opinión, pero estoy harto de ver a Sheri Moon Zombie en todo lo que hace este hombre. Pase que sean matrimonio y que el amor en un sentimiento precioso o que la veamos luciendo su envidiable palmito en todos y cada uno de los videoclips que realiza y que hasta diera vida con convencimiento a esa tan sexy como demencial Baby Firefly en La Casa de los 1000 Cadáveres y Los Renegados del Diablo. Pero ya debería este señor haberse dado cuenta en Halloween: El Origen (y sobre todo su secuela) que dando vida a la madre de Michael Myers a su señora le vino grande el papel (que ojo, tampoco es que lo hubiera escrito Ingmar Bergman) de modo que hacerla la protagonista total de su última cinta es un fallo considerable, porque no tiene las aptitudes necesarias para que su trabajo sea debidamente creíble, por mucho que la mujer se esfuerce, que lo hace.




Tener libertad creativa no es sinónimo de tener que fastidiarla en algunos momentos importantes por estupideces estilísticas mal elegidas o entendidas. La mayor metida de pata para un servidor es cómo un brutal coitus interruptus destroza la escena que podía haber sido la cumbre del film y un clímax de proporciones catredalicias. El personaje de Heidi cierra un ciclo en su trayecto y en un momento dado entra por una puerta que hasta ese momento era un misterio en la historia. La realización en ese pasaje es sencillamente apoteósica (maravillosos grandes angulares), la dirección artística apabulla (imposible no pensar en el perturbador videoclip Long Hard Road Out of Hell de Marilyn Manson) y de fondo sonando el Requiem de Mozart que tiene un sentido desarmante con lo que va a sucederle a la protagonista en ese momento. Uno podría pensar que nada podría estropear un momento de cine diabólicamente puro como este, pero sí, sucede. Y yo me pregunto: ¿No había nadie de confianza que le dijera al director que esa "representación física" del "maligno" transmitía risa y pena en vez de miedo y grandilocuencia?. Parece que no y es una lástima.




Por último debo destacar los sentimientos enfrentados que me transmite esa recta final en la que Zombie se entrega a una orgía visual desatada en la que enfatiza el ya de por si notable tono blasfemo que hasta ese momento destilaba el proyecto. Por un lado la pieza es de un poderoso hipnotismo (ese telón subiendo dejando escapar una luz cegadora, como si asistiéramos a una visión demoníaca del final de Encuentros en la Tercera Fase de Steven Spielberg) volviendo a remitirnos al Ken Russell más herético (el de la infumable pero visualmente descarada La Guarida del Gusano Blanco, por poner un ejemplo) y a escenas sencillamente estúpidas como la de Heidi montada en una cabra de juguete o sentada en un sofá iluminado como si fiera un prostíbulo se contraponen otras como la de ese alumbramiento que tan pronto nos trae a la mente el Aquelarre de las Pinturas Negras de Francisco de Goya como la mítica portada del disco Sabbath Bloody Sabbath de la banda británica comandada por Ozzy Osbourne y Tonny Iommi.





Pero en líneas generales me he enamorado de muchos de los aspectos de esta The Lords of Salem. Para empezar veo que Rob Zombie no es un narrador acomodaticio, que quiere evolucionar y buscar una voz propia, aunque siga bebiendo de muchos referentes cinematográficos (Argento, Carpenter, Craven) , y que poco a poco dará con ella y puede que tras hacerlo nos entregue sus mejores trabajos o los más infumables, el tiempo lo dirá. Sabe crear atmósferas perversas, lascivas, envenenadas, consigue sacar partido de espacios pequeños como un pasillo, el estudio de un programa radiofónico o un apartamento poco iluminado (un par de interesantes sustos tienen lugar en el de la protagonista). Pero lo hace incluso mejor cuando debe driblar con localizaciones de proporciones considerables como ese teatro que parece mostrarse como la boca del mismísimo infierno sin necesidad de entregarse a lo grotesco o lo explícito, hasta la escena del clímax final.





Aunque si hay algo que me ha gustado (y no es que sea un servidor partidario de dicha "religión" ya que en ocasiones me produce tantos momentos cómicos como la cristiana) es la descarada apología al satanismo que hay a lo largo de todo el metraje. Zombie se entrega a una brutal (a veces hasta burda) oda al maligno a su legado y a cómo este satiriza la palabra de Cristo. Momentos como el flashback con las brujas (deudor del Mario Bava de La Máscara del Demonio) el del sacerdote en la iglesia, la música del disco de vinilo que suena a cántico pagano arcaico o momentos como en el que Heidi entra por primera vez en el apartamento Nº 5 con esa cruz de neón de color rojo que la hipnotiza destilan una pasión por la parafernalia demoníaca que el cineasta no se preocupa en disimular. Pero no hablamos de un satanismo cobarde como el de El Exorcista de William Friedkin o The Devil Rides Out de Terence Fisher (ojo, dos de mis films de terror favoritos de todos los tiempos, no tengo nada en contra de ellos) que tiraban la "piedra diabólica" y escondían la "mano cristiana", sino de una obra que apela por el triunfo del mal como concepto y entidad corporea disfrutando con dicha idea.




Al final esa ascensión con impía figura religiosa marca un nuevo punto en el futuro de la humanidad con su reciente descendencia. Porque si en La Semilla del Diablo Polanski nos hablaba de que la maternidad es un sentimiento tan poderoso que aceptaría la maldad con tal de cuidar de su vástago, The Lords of Salem nos cuenta que el mal es una entidad tan inmensa que puede pervertir el instinto maternal sea de la naturaleza que sea. Unos recibirán esa escena entre carcajadass o vergüenza ajena y otros (un servidor entre ellos) lo hace con una sonrisa cómplice y una sensación de haber disfrutado con este viaje psicotrópico y desquiciado al lado más enfermizo del mal en un estado mórbido, pero paradójicamente puro. Esa pureza que se contrapone con la muy distinta de ese último plano a modo de flashback que cierra por completo la obra.






The Lords of Salem es Rob Zombie en su máxima esencia, su película más personal, libre y sí, puede que por ello irregular y no del todo satisfactoria. Es el precio a pagar porque te permitan ser tú mismo dentro del mundo del cine actual, que cabe la posibilidad de que pases del ridículo a la excelencia en un sólo plano. Comprendo la disparidad de opiniones sobre lo que la película transmite como obra cinematográfica y que hayan espectadores que la detesten o se enamoren de ella. Un servidor ha salido satisfecho del visionado, aún siendo consciente de que pudo haber sido considerablemente más grande sin ciertos fallos que la hieren de alguna manera, pero me ha transmitido más sensaciones buenas que malas. Ahora sólo nos queda esperar el próximo proyecto del cineasta, esa eternamente pospuesta Tyrannosaurus Rex que tiene pinta de ser más cafre y desenfadada que la obra que nos ocupa y que si no está protagonizada por Danny Trejo perderá muchos puntos antes incluso de empezar su rodaje.




lunes, 29 de abril de 2013

Drácula 3D, soy moderno, soy eterno y lo estoy pasando bien



Título Original Dracula 3D (2012)
Director Dario Argento
Guión Enrique Cerezo, Stefano Piani, Antonio Tentori y Dario Argento basado en la novela de Bram Stoker
Actores Rutger Hauer, Thomas Kretschmann, Asia Argento, Marta Gastini, Unax Ugalde, Félix Gómez, Miriam Giovanelli, Maria Cristina Heller, Giuseppe Lo Console






Creo que a estas alturas a ningún fan de Dario Argento se le escapa que el cineasta italiano está en franca decadencia. En la década pasad nos regaló productos como El Jugador (Il Cartaio), La Madre del Mal (La Terza Madre) o Giallo, que se movían entre lo mediocre y lo penoso. Pero es que antes de su última película destacable Insomnio (Non Ho Sonno) también había ultrajado en los 90 estupideces como El Fantasma de la Ópera o La sindrome di Stendhal. En resumidas cuentas el alumno aventajado del gran Mario Bava, uno de los estandartes del cine de terror europeo de los 70 y 80 y uno de los principales impulsores del subgénero giallo está practicamente acabado en la actualidad. Pero su última producción merece una nota aparte por aberrante.




No hay una motivo oficial que confirme el motivo por el que el director de El Pájaro de las Plumas de Cristal o Suspiria se embarcó en este proyecto. Un servidor ha leído por ahí que no le gustó la versión de Francis Ford Coppola porque era infiel con respecto al libro, pero es que cuando el espectador ve su Drácula 3D no puede creerse esa teoría, porque lo que en el director de El Padrino era infidelidad en la obra que nos ocupa es directamente blasfemia, por no decir que aquella era una obra maestra y esta no sé como definirla. También se habla de que Enrique Cerezo (importante productor de cine español y actual presidente del equipo de fútbol Atlético de Madrid) fue el impulsor de la producción, de ahí que, por primera vez, haya metido mano también en la escritura del guión junto a Argento y sus colaboradores Stefano Piani y Antonio Tentori.




Realmente desconozco si a Argento le habían sometido a una operación de miopía poco antes de empezar a rodar y aún estaba con los ojos vendados durante la producción del film o si Enrique Cerezo lo coaccionó para realizar la película debido a que posee escondidas bajo llave algunas fotos del romano en situaciones sexuales comprometidas. Lo único que sé a ciencia cierta es que nos encontramos no sólo con una de las peores adaptaciones que se han hecho de la novela de Bram Stoker, una de las cintas más terribles sobre vampirismo jamás vistas y sin lugar a dudas el engendro más horrendo salido de la mano del director de Rojo Oscuro. Drácula 3D es un insulto a los no muertos, al autor de la novela en la que se inspira, a la descendencia de este, al cine y a la vida en general.




Jonathan Harker (Unax Ugalde) es un bibliotecarío ¿? inglés que es contratado para ir a trabajar para el Conde Drácula (Thomas Kretschmann) en la zona de Borgo Pass localizada en Transilvania donde su misión será ordenar la inmensa colección de libros del noble ¿¿??. Allí descubrirá que su nuevo jefe es un vampiro, un ser inmortal de ultratumba que lo tomará como prisionero en su castillo y que se obsesionará con la esposa de su invitado, Mina Harker (Marta Gastini), que en breve llegará a Passo Borgo para unirse con Jonathan en el castillo del Conde ¿¿¿???. Drácula irá eliminando uno a uno a sus enemigos pero la llegada del profesor Abraham Van Helsing (Rutger Hauer) conocedor de la existencia de los vampiros echará por tierra sus planes.




Una mierda, Drácula 3D no merece otro apelativo que ese, una enorme hez fecal. No me valen las típicas excusas del sabor a serie B, a teatro y ese homenaje a la Hammer Films del que habla Argento para justificar este aborto con incisivos. La productora inglesa realizaba productos modestos pero de una artesanía intachable (sobre todo en su época dorada) con actores carismáticos y arrebatos de violencia impropia para la época, eran romances góticos en technicolor rompedores y salvajes. En cambio la última obra de Dario Argento es una obra totalmente aberrante, un insulto a la inteligencia de un espectador que no da crédito a lo que está viendo en la pantalla porque no dejan de ser secuencias a cual más vergonzosa y peor rematada.




Por mucho que sea una coproducción entre Italia y España rodara en 35 mm y en formato estroboscópico para que el 3D quede mejor en pantalla nos encontramos con una cinta que parece haber sido realizada en una villa de mala muerte con un castillo que por fuera parece el Alcázar de Toledo y por dentro una tasca con un par de habitaciones, un salón y dos tramos de escaleras contados. La iluminación quema las retinas porque tiene saturados los rojos y verdes de día y por la noche las ecasísimas localizaciones y los decorados de cartón piedra carecen totalmente de veracidad e impiden profundidad de campo alguna o el manejo adecuado de la cámara para realizar tomas interesantes o con cierta resolución formal.




Porque jamás se ha visto a un Dario Argento tan apático, impersonal y ridículo en la dirección cinematográfica como en Drácula 3D. El director de El Gato de las 9 Colas ha sido un autor que siempre ha preferido anteponer forma al fondo y por ello su puesta en escena ha estado normalmente a la altura, incluso en al actualidad cuando su manera de hacer cine ha quedado bastante anticuada. Pero lo de esta obra es innombrable, planos taciturnos, estáticos, carencia casi total de movimientos de cámara, un tono desganado, pueril y un abuso de unos efectos digitales de vergüenza ajena que hacen que el largometraje se emparente más que a otras adaptaciones de la novela de Stoker (las de Terence Fisher, John Badhman, el ya mencionado Coppola) a las intros de los videojuegos en formato de aventura gráfica protagonizados por el famoso conde (Drácula: El Último Santuario, Drácula: La Senda del Dragón) durante la década pasada y a los que un servidor admite ser adicto. Ni siquiera su talento para las escenas de asesinatos se vislumbra en el film, ya que las muertes se mueven entre lo mimético y lo sonrojante.




Porque a mí personalmente lo que más me duele al enfrentarme a un detritus fílmico como el que nos ocupa (aparte de haber sido durante mucho tiempo seguidor de la obra de Dario Argento) es que soy un profundo admirador de la mitología oculta detrás del Drácula de Stoker (la vida de Vlad Tepes también me interesa mucho, pero en el plano histórico). He leído libros y cómics, he visto documentales o muchas versiones cinematográficas y esto no tiene nombre lo mires por donde lo mires. Lo peor de todo es que parece que sus creadores se la tomaron totalmente en serio, pero es ver la ambientación, la fotografía, y sobre todo las interpretaciones de los actores que incitan tanto al llanto como a la carcajada y el espectador no puede creérselo.




Porque el casting se nota que no tenía ni idea de qué cojones hacía ahí y está completamente perdido, sobreactuado y penoso. Habría que someter a incontables torturas a Unax Ugalde (papel que en principio debía interpretar Miguel Ángel Silvestre, pero el amigo debió verle las orejas al lobo y huyó como alma que lleva el diablo y con razón) como Jonathan Harker (y eso que el actor vasco ha demostrado su talento en más de una ocasión) una Asia Argento sencillamente terrible que tiene dos modalides al dar vida a Lucy ¿Killsinger? (cuando debería ser Westenra, problemas con los derechos supongo) yonqui lívida y vampiro con cara desencajada que entrecierra un sólo ojo. Luego tenemos a un Rutger Hauer que aparece como protagonista en los créditos pero que tiene quince minutos contados en pantalla en los que se mueve como un saco de patatas recitando los diálogos con un aburrimiento que lo va devorando poco a poco.




Pero tenemos a dos actores que vamos a salvar de la quema, pero no precisamente porque hagan una buena labor interpretativa (y eso que no son malos en su trabajo) sino por su ímpetu y dedicación, la primera por su deshinibida entrega y el segundo por intentar hasta lo innombrable creerse un papel que ya desde el papel no había por donde cogerlo. Mi adorada Miriam Giovanelli, actriz española de origen italiano, interpreta una (de las tres que debería haber, pero la crisis aprieta hasta en Transilvania y la posada que el conde tiene por castillo no iba a ser menos) novia de Drácula que se pasa casi todo el metraje desnuda y provocando al ¿pobre? Jonathan Harker. La actriz de Gli Sfiorati desde el minuto cinco más o menos nos deleita con su apetecible anatomía convirtiendo la cinta en ocasiones en un remake de El Liguero Mágico de el impagable Andrés Pajares.




En segundo lugar tenemos al alemán Thomas Kretschmann (El Pianista, Stalingrado, El Hundimiento) actor que ha hecho tantas veces de nazi que cuando lo vemos sin uniforme de las SS no extrañamos. Este buen hombre que hizo previamente un ridículo mayúsculo a las órdenes de Argento dando vida a un psicópata de baratillo en La sindrome di Stendhal ha venido a por más intentando interpretar a Vlad el Empalador en clave vampírica. El amigo pone todo su esfuerzo y profunda voz para dar algo de seriedad al rol, el suyo es el trabajo más aceptable (que no creible) de la cinta pero de su boca salen tantas estupideces, su lenguaje corporal es tan horrendo y esos movimientos a velocidad supersónica tan crepúsculeros son tan ridículos que no podemos huir de la carcajada continua cada vez que está en pantalla.




Porque eso es lo único bueno que tiene Drácula 3D, el espectador se ríe mucho viéndola. Hay momentos de puro delirio como Drácula decapitando cabezas de plástico o utilizando la fuerza jedi para mandar a Tania, el personaje de Miriam Giovanelli (desnudo, of course), al otro lado de la habitación, un Van Helsing achacoso estampando un candil en la cabeza de Mina mientras esta arde entre llamas digitales (el efecto más trabajado del film y eso que es bastante malo), unas pelucas que dan más miedo que cualquiera de los vampiros que salen a lo largo del metraje, Renfield en modo pagafantas retorciéndose en el suelo en posición fetal porque han matado a su señora o un sacerdote que parece un sosías del ínclito Torbe que hace de Sancho Panza (sin venir a cuanto) del célebre profesor alemán que quiere matar al protagonista.




Pero ya el despiporre de la velada, los momentos que más incitan al descojone son los de las múltiples transformaciones del conde, que como cuenta la leyenda puede tomar la forma de todo tipo de animales e insectos. Para enfatizar la omnipresencia del protagonista a lo largo de todo el metraje Argento por medio del uso de sus terribles efectos digitales en 3D hace que Drácula siempre esté presente en forma de lobos, moscas (genial el momento en el que un enjambre de estas toman la forma del personaje y las últimas que le quedan en la cara se le introducen en el rostro de manera cutre) ratas o escarabajos. Pero la cumbre de esta vertiente, de la película y posiblemente del cine trash del siglo XXI llega cuando nuestro querido protagonista se convierte en una enorme e indescriptible mantis religiosa de color verde fosforescente. Verlo para creerlo.




Drácula 3D es el último clavo en el ataúd (nunca mejor dicho) de un director que, como ya he mencionado en varias ocasiones en esta casa, me ha regalado grandes momentos de ocio gracias a muchas de sus obras cinematográficas pretéritas. Pero hoy es un señor mayor, anticuado, anclado en una época en la que el cine era muy diferente y que con esta obra ha tocado fondo. Su versión de la novela de Bram Stoker se pasa por el forro prácticamente todo lo planteado por el escritor irlandés ya que es una película insultante, terrible que no merece ni existir. aunque el horrendo trailer y que el mismo Argento hay dado pocas entrevistas para promocionar el proyecto ya apuntaban a que el desastre era un hecho. Pero luego uno lee en Wikipedia que en Italia fue declarada "película de interés cultural nacional" y ya pierde la fe en el cine, en la decencia y en el sentido común. Pero bueno, podría ser peor, porque el final de la película apesta a secuela a kilómetros y eso ya no habría cuerpo, vivo o no muerto, que lo aguantara.



domingo, 28 de abril de 2013

Iron Man 3



Título Original Iron Man 3 (2013)
Director Shane Black
Guión Drew Pearce y Shane Black basado en los cómics de Stan Lee, Jack Kirby, Don Heck, Wilson Meza y Larry Lieber.
Actores Robert Downey Jr., Ben Kingsley, Gwyneth Paltrow, Don Cheadle, Guy Pearce, Rebecca Hall, James Badge Dale, Stephanie Szostak, Wang Xueqi, Miguel Ferrer





Cuando la editorial de cómics norteamericana Marvel quiso hacerse totalmente con el control creativo de los largometrajes que llevaban a imágenes las vivencias de sus personajes en viñetas crearon la productora Marvel Studios. La puesta de largo de la misma se llevó a cabo con Iron Man, la primera adaptación en imagen real del personaje creado por Stan Lee, Larry Lieber, Don Heck y el inolvidable Jack Kirby en 1963 y que narraba las aventuras de Tony Stark, un genio multimillonario y filántropo (émulo del magnate Howard Hughes) que defendía a los inocentes embutido en una armadura casi indestructible de su propia creación.




En 2008 el largometraje se estrenó y fue un rotundo éxito. La cinta dirigida por el actor, guionista y cineasta Jon Favreau desprendía simpatía, acción, humor, era, hasta cierto punto, fiel con el espíritu del personaje y ofrecía lo que se esperaba de ella, cine de entretenimiento bien hecho, rematado con oficio y para todos los publicos. Aunque el tótem que hacía que la película se mantuviera sólida en todo momento era un Robert Downey Jr que había nacido para ser Tony Stark. Guardando la esencia del rol clásico pero añadiéndole unas gotas de la chulería de su versión Ultimate (la creada por Mark Millar y Bryan Hitch) el actor de Chaplin se convirtió en lo mejor de la velada confirmando su rehabilitación personal y profesional marcada por años de excesos.




Dos años después llegó la secuela con prácticamente el mismo equipo técnico y artístico y en la taquilla volvió a funcionar pero ni la crítica ni el fandom fueron muy generosos con ella. Estando lejos de la primera parte era un entretenido fuego de artificio bien realizado pero que pecaba de cierta aparotosidad (síndrome de casi toda secuela hollywoodiense que se precie de serlo) y una innecesaria autocomplacencia que se veía reflejada en una trama irregular y un Tony Stark demasiado encantado de conocerse, ya que el guión del actor Justin Theroux (Mulholland Drive) parecía regodearse demasiado con las famosas salidas cómicas del protagonista que en esta ocasión no siempre tenían la frescura que sí destilaban en la primera entrega.




Su siguiente intervención cinematográfica llegó con el festival, la bacanal, el climax, la season finale que supuso esa pequeña joya del cine comercial actual llamada Los Vengadores, que aún siendo una cinta coral (pocos autores hay en Hollywood que entiendan mejor que Joss Whedon el concepto de trabajo en equipo) le tenía a él como piedra angular con sus dudas, su afán de superación y deliciosa altanería y si no fuera por las brutales intervenciones de Hulk la cinta del director de Serenity hubiera sido más suya que de ningún otro. Tras el éxito a nivel mundial Marvel Studios decidió poner en marcha su Fase 2 con la que llegarían films como las secuelas de Thor y el Capitán América, la primera película del Hombre Hormiga, el debut de los Guardianes de la Galaxia, en un tiempo lejano Los Vengadores 2 y como no, la tercera parte de Iron Man que nos ocupa y que da comienzo a la nueva aventura cinematográfica de los personajes en imagen real de la Casa de las Ideas.




Tras la batalla en New York que compartió con sus compañeros los Vengadores Tony Stark/Iron Man no parece el mismo, eso piensan al menos sus allegados como Pepper Potts o James Rhodes (anteriormente Maquina de Guerra, ahora Iron Patriot, guardaespaldas del presidente del gobierno de los Estados Unidos) ya que se ha obsesionado con su trabajo encerrándose en el sótano de su enorme mansión. Pero todos sus problemas se multiplicarán cuando hagan aparición Aldrich Killan y Maya Henesen, dos personas vinculadas con su pasado más o menos reciente y el Mandarín, un terrorista internacional de corte radical que está decidido a sembrar el caos a lo largo y ancho del país así como eliminar a Tony y todo su imperio empresarial hasta reducirlo a cenizas.




Shane Black (guionista de El Último Boy Scout, Arma Letal o El Último Gran Héroe y director de la muy recuperable Kiss Kiss Bang Bang) ocupa el puesto de un Jon Favreau que esta vez ejerce sólo de productor ejecutivo y secundario con su rol de Happy Hogan (enormes las coñas internas que se hacen con el "nuevo puesto" de su personaje si lo extrapolamos a su labor como director) y el cineasta ofrece todo su oficio para estar a la altura de la franquicia y sin lugar a dudas lo consigue incluyendo además algunos cambios conceptuales. Pero me veo en la obligación de ser coherente y declarar que no hablamos ni de la joya que proclaman algunos, ni de la herejía en imágenes que afirman otros. A continuación algún spoiler de la trama.




Iron Man 3 es una buena película de superhéroes realizada por un director que conoce los thrillers como la palma de su mano, no desentona para nada con el resto de la franquicia, tiene escenas de acción magníficas realizadas con aplomo a pesar de ser mastodónticas en su ejecución y para colmo revitaliza la saga con respecto a la segunda parte. Black es mejor cineasta que Favreau, controla mejor el ritmo, los utensilios que tiene a su disposición y se le da mejor el humor (a diferencia del creador de la cinta Swingers, Black sí interviene oficialmente en la escritura del guión de su entrega de Iron Man y se nota) porque es un hombre curtido como narrador en todo tipo de buddy movies hollywoodienses.




El largometraje sabe mantener un equilibrio entre escenas espectaculares de atentados, combates o batallas épicas con momentos de cierta introspección más contenida en la que Stark se replantea conceptos de su vida personal como la dependencia de sus armaduras, su relación con Pepper Potts (con bastante más protagonismo en esta entrega y con momento Rescate incluido) o su futuro como Iron Man, por que sí, es cierto eso que dicen, el protagonista de la cinta que nos ocupa es más Tony Stark que su alter ego superheróico, pero no se mete Black en terrenos fanganosos a la hora de psicoanalizar a su criatura, esto es un film de la Marvel Studios y la diversión y el desenfado imperan a lo largo de casi todo el metraje.




El grueso del argumento está en gran parte basado en la saga Extremis editada en los años 2005 y 2006 e ideada por el guionista inglés Warren Ellis y el dibujante también británico pero de origen bosnio Adi Granov (curiosamente diseñador de las armaduras del personaje en cine) pero tiene apuntes de muchas otras. El mayor acierto es que el guión se desvincula un poco de las cintas anteriores y se entrega a una historia atípica al menos en lo referente al protagonista, que ejerce más bien poco a lo largo del metraje como Iron Man, aunque eso no hace que el producto se resienta lo más mínimo ya que de esta manera Black enfatiza la ironía, el humor y los momentos en los que los personajes interactúan con bastante convencimiento, pero nunca olvidándose de la acción, que es espectacular en todo momento.




Hay grandes secuencias en Iron Man 3, el ataque a la casa de Stark y todo lo que ello conlleva, las apariciones televisivas del Mandarín (deudoras indudablemente del terrorismo islamista radical en general y de las que grababa Osama Bin Laden en particular) las intervenciones de los infectados con el virus Extremis (muy acertado el trabajo físico de James Badge Dale) que dan pie a escenas técnicamente muy trabajadas y hasta la interacción de Tony con el crío pequeño aún estando llena de clichés tiene sus momentos gracias a lo espabilado que es el infante y la ironía que destila el protagonista. Aunque también son de agradecer algunos de los giros del guión, unos más previsibles y otros menos, algunos del todo rocambolescos y unos pocos bastante coherentes, pero si no contamos el que ha montado el revuelo los demás no han dado mucho que hablar porque no desentonan con el conjunto.




Y así nos metemos en el tema que más ampollas está levantando con respecto al film, sobre todo si nos referimos al fandom y los seguidores del cómic. El giro brutal que se da con el Mandarín pude gustar o no, puede tener sentido o ser un disparate, pero detrás de su inesperada ejecución se esconde un mensaje muy interesante sobre cómo en Estados Unidos se busca al enemigo fuera cuando en última instancia lo tienen dentro de sus propias fronteras. Mensaje que está tan al día que me extraña que no se haya pospuesto el estreno del largometraje tras la trágica matanza de la maratón anual de la ciudad de Boston. A un servidor, fan de los cómics y del villano en concreto, le ha parecido una broma simpática (aunque sí, un tanto blasfema, para qué negarlo, pero sin llegar a extremismos)  para quitar fuerza a un personaje y dársela a otro y si se me apura hasta para parodiar Batman Begins de Christopher Nolan.




Con respecto al trabajo de Robert Downey Jr poca pega se le puede poner, el tipo conoce al personaje como a sí mismo (hay paralelismos entre ambos, qué duda cabe) y Black y su coguionista le regalan diálogos bastante más logrados y menos impostados que los de la segunda entrega (aunque no tan brillantes como los que le puso en bandeja de plata Joss Whedon en Los Vengadores, pero es que hablamos de un hombre que respira comedia por todos los poros de su piel cuando escribe) además se agradece esa intención de volver a las raíces de la saga cuando Tony tiene que valérselas de su talento como "mecánico" cuando no puede depender de su inseparable ejército de armaduras, humanizando así su lado más mundano y cercano para el espectador.




Entre los secundarios muy bien Gwyneth Paltrow y una guapísima Rebecca Hall, muy divertido Jon Favreau como Happy e interesantes las labores de Ben Kingsley (aunque claro está, mucho mejor antes del twist) y Guy Pierce, que al aparecer por primera vez en pantalla parece que va a ser un émulo del Edward Nigma de Jim Carrey en Batman Forever pero que acaba siendo algo mucho más interesante y acertado, aunque en ocasiones no deja de ser una versión hardcore del gran Artie Ziff, personaje salido de Los Simpson. Don Cheadle no tiene muchos momentos en pantalla por mucho Iron Patriot al que dé vida y me ha encantado el guiño a Robocop de Paul Verhoeven cuando ha aparecido Miguel Ferrer a su lado como vicepresidente y supuesto responsable del prototipo de la máquina. Por cierto, la secuencia que hay al final de los títulos de crédito es un guiño gracioso a los fans, no esperéis a Thanos masacrando civilizaciones enteras o adelantos de las tramas de Thor: Dark World o Captain America: Winter Soldier, no es nada de eso, aunque sí, hay estrella invitada.




Iron Man 3 es cine palomitero al 100%, divertido, rápido, ya que sus 130 minutos de metraje se pasan en un suspiro, aparatoso (más que la segunda parte, que ya es decir, pero el gran presupuesto y los efectos digitales están mucho mejor calibrados) y realizado por un Shane Black que sabe lo que hace al pie de la letra, aunque siempre teniendo en cuenta que los productores lo atan bastante en corto y no le dejan hacer todo lo que quisiera con el producto. La cinta supera a la secuela, se queda a poco de igualar a la primera pero tampoco es una maravilla, porque en mi opinión ese 7,9 que tiene a día de hoy en IMDB me parece un tanto exagerado y hasta un punto hilarante.




Con la tercera parte de Iron Man no comprendo a aquellos que hablan de una joya impagable dentro del celuloide sobre superhéroes, pero tampoco a esos puristas que se rasgan las vestiduras por las licencias que se toman con respecto al cómic. Pero sí me pongo del lado de aquellos espectadores más moderados que han salido del cine con una sonrisa de oreja a oreja al confirmar que nuestro Tony Stark, el de todos, sigue siendo el de siempre y que a pesar de ese final a lo fin de ciclo, que no se lo cree ni el espíritu de Jack Kirby, aún queda Iron Man para rato gracias a este agradable reinicio que el marine poco espabilado que murió  el primero en Predator le ha dado a la franquicia para encarrilarla en esa prometedora Fase 2.