sábado, 12 de mayo de 2012

Los Señores del Acero, inglorious bastards



Título Original Flesh + Blood (1985)
Director Paul Verhoeven
Guión Gerard Soeteman y Paul Verhoeven
Actores Rutger Hauer, Jennifer Jason Leigh, Tom Burlinson, Jack Thompson, Fernando Hillbeck, Susan Tyrrell, Ronald Lacey, Bruno Kirby, Brion James, Simón Andreu, John Dennis Johnston




Tras la polémica que suscitaron muchos de sus films como Delicias Turcas, Spetters o El Cuarto Hombre Paul Verhoeven decidió abandonar su Holanda natal e intentar hacerse un hueco en el mundo de las producciones hollywoodienses. Su primera toma de contacto con el cine norteamericano fue una pieza clave en su filmografía, más por lo que trajo tras de sí y la revalorización que ganó con el paso de los años como obra cinematográfica que por el escaso éxito y tortuosa producción que padeció en su momento. Hablamos como no puede ser menos de Los Señores del Acero (Flesh + Blood)




Durante el año 1501 al oseste de Europa un grupo de mercenarios comandados por Martin (Rutger Hauer) trabajan al servicio de un señor feudal llamado Arnolfini. Tras el último asedio que realizan en su nombre el grupo de asesinos a sueldo es traicionado por su jefe, Martin y sus hombres son obligados a huir pero no sin antes jurar venganza. Poco tiempo después los mercenarios capturan a Agnes (Jennifer Jason Leigh) noble doncella prometida de Steven, hijo de Arnolfini y la utilizan como cebo para atraerle y así cumplir sus intenciones de revancha o eso creen al menos.




La gestación de Los Señores del Acero fue un martirio tanto para Paul Verhoeven como para todo el equipo artísitico y técnico. A pesar de que la mayor parte del capital era americano al tratarse de una co producción entre varios paises (Estados Unidos, Holanda, España...) todos los productores querían meter mano en el rodaje que tuvo lugar en distintas zonas de nuestro país (Cáceres, Belmonte y Ávila) y que fue un verdadero caos. El diseño de producción, la poca implicación de muchos de los participantes en la película y las rencillas entre Verhoeven y Hauer, que tras varias colaboraciones juntos empezaron a discrepar demasiado en el plano profesional, convirtieron la experiencia de Flesh + Blood, en palabras del propio director, en una pesadilla.




La séptima cinta de Paul Verhoeven es una magnífica recreación de esa época medieval que el cine comercial nunca a ha tenido valor de retratar. La que lo ilustra como una etapa sucia, descarnada, pútrida en la que la amoralidad, el pillaje, la muerte y la violencia estaban a la orden del día. Donde el oscurantismo, el folclore y el miedo se daban la mano para tener sometido a un pueblo crédulo, endeble y supersticioso. Donde la deshumanización tocaba con su huesuda mano tanto al señor como al siervo, al joven y al anciano, al clérigo y al mercenario. Por eso en su momento fue una obra mal recibida y tildada de grotesca, explícita y demencial.




Brutal, crepuscular, nihilista y nada autocomplaciente Los Señores del Acero a pesar de su rocambolesca concepción es un producto 100% Verhoeven/Soeteman. Nacida en su momento como un argumento para la serie holandesa Floris, en la que director y guionista (sumando también a Rutger Hauer como protagonista) trabajaron durante su juventud Flesh + Blood contiene muchas de las constantes de estos dos autores como creadores cinematográficos que son reconocibles tanto en la superficie como el interior del producto.




Todos los personajes de Los Señores del Acero son despreciables. Soeteman y Verhoeven no hacen distinción de género o clase. Desde los mercenarios que disfrutan saqueando, matando y violando hasta los señores feudales que permiten todos estos actos para sacar beneficio de ellos. Pero hay dos roles que destacan por encima de los demás y son como es lógico los de los protagonistas, el Martin al que da vida un muy físico Rutger Hauer y la Agnes que borda la por aquel entonces muy joven y de aspecto virginial (maravillosos pechos los suyos) Jennifer Jason Leigh.




Por aquel entonces el actor holandés venía de interpretar dos importantes papeles en Hollywood, el inolvidable replicante Roy Batty de Blade Runner  de Ridley Scott y el capitán Etienne Navarre de aquel delicioso film de espada y brujería dirigido por Richard Donner llamado Lady Halcón. Por eso exigió a Verhoeven que Martin fuera el héroe de Los Señores del Acero y que el rol transmitiera valores de honor y gallardía que los americanos aceptaran de buena gana permitiéndole esto recibir más papeles de este tipo. El director de Robocop se negó (no hay más que ver el personaje en pantalla) y de ahí vino el enfrentamiento entre actor y realizador.




Martin es un mercenario que, como es lógico, se mueve sólo por motivaciones económicas. El personaje al que da vida el protagonista de Drácula 3D de Darío Argento (¿habéis visto ya el trailer? ¿no?, suerte que tenéis) tiene un código propio, pero en ningún momento se puede decir que sea ético o moral, ni siquiera podemos asegurar que tenga un sistema de valores. Pero también existe cierta ambigüedad (marca de la casa Verhoeven/Soeteman) que le incita a llevar a cabo actos de bondad aunque estén rodeados de perversidad (su "benévola" intervención en la violación de Agnes es clave para la evolución de la escena y el desarrollo posterior del personaje al que da vida Jennifer Jason Leigh).




Una vez más y al igual que en muchas otras de las cintas de Verhoeven (Spetters, Instinto Básico, Showgirls...) una escena de violación pierde la gratuidad que suele acompañar a este tipo de pasajes y se convierte en la secuencia clave para entender al mejor personaje del film. El momento en el que los mercenarios violan a Agnes sirve como eclosión de su verdadera personalidad. Para muchos a partir de este momento la joven doncella se convierte en una muchacha manipuladora que utiliza sus armas de mujer para controlar a los hombres. Pero si vamos más allá y analizamos concienzudamente este instante en concreto del film a lo que apelan Soeteman y Verhoeven es a reivindicar la fortaleza, adaptabilidad y resitencia que reside en la esencia de la mujer y en su feminidad.




Brutalmente esclarecedora es la parte en la que Martin viola a Agnes y ella le espeta que no va a gritar, que está incluso disfrutando y que le gusta lo que le hace. En ese momento agresor y víctima intercambian roles (para mofa del resto de mercenarios) la joven, que era inexperta en el mundo del sexo, domina la situación y somete a Martin dejándolo confundido y sometido a su merced. Por medio de su voluntad e instinto de supervivencia Agnes se gana la confianza de los mercenarios y la complicidad sentimental de Martin. Ella es la dueña de la velada y no es difícil que vengan (por mediación de ella) a nuestra mente otros personajes femeninos previos y posteriores de la filmografía de Verhoeven que llevaban la voz cantante en un mundo inerentemente masculino en el que debían de luchar para subsistir, como los de Desafío Total, El Libro Negro o Spetters.




Una vez analizados los personajes principales que son de todo menos unidimensionales (los secundarios sería otro cantar, pero los actores que les dan vida lo hacen de manera decente y en ocasiones hasta remarcable) debemos hablar del contexto histórico. Ese siglo XVI en el que la religión chocaba frontalmente con ese progreso representado por Steven, un joven que reivindica la ciencia y la física como futuro de una sociedad aturdida por la teología desproporcionada. Verheoven habla de cómo el conservadurismo eclesiástico era uno de los principales problemas de la sociedad desde tiempos inmemoriales. No hay más que ver como los mercenarios son controlados como si fueran marionetas por el cardenal (instigador de la ya mencionada violación de Agnes) que proclama que la estatuta de San Martín que llevan durante su trayecto les manda señales del cielo.




Todo este contexto le sirve a Verhoeven para crear un incómodo fresco (hay pasajes que recuerdan a la obra pictórica de Brughel el Viejo) en el que los corsés, cotas de malla y espadas se ven sepultados por las pústulas de la peste, las lenguas cercenadas, las mandragoras nacidas por el esperma de un ejecutado por ahorcamiento y la mugre. Una obra cuya influencia se puede ver en otras piezas cinematográficas como la adaptación que Tom Tykwer hizo de la novela El Perfume de Patrick Süskind o en otros medios como el mundo del manga, ya que la magnífica Berserk de Kentaro Miura le debe practicamente la vida a la película que nos ocupa.




El tiempo ha puesto a Los Señores del Acero en el lugar que merece, en el de una cinta de culto que no tuvo miedo a la hora de mostrar la inmundicia de una época terrible de la historia de la humanidad que el cine clásico o el contemporáneo nos han vendido llena de glamour, intrigas palaciegas, guerra de sexos y clases, cuando realmente olía a mierda, a cadáver en descomposición, a muerte y donde sobrevivía sólo el más fuerte. Sin hacer concesiones a la galería, sin mirar por la comercialidad y sí por una (in)sana intención de mostrar (como en otras ocasiones a los largo de los trabajos en los que colaboraron juntos) toda la ruindad y crueldad que el ser humano tiene en su interior, Verhoeven y Soeteman parieron esta pieza de afilada y cortante orfebrería que contiene en su corazón de acero, óxido, excremento, vómito... carne y sangre.



Cinco Metros Cuadrados, casa de arena y niebla



Título Original Cinco Metros Cuadrados (2011)
Director Max Lemcke
Guión Pablo Remón y Daniel Remón
Actores Fernando Tejero, Malena Alterio, Emilio Gutiérrez Caba, Manolo Morón, Jorge Bosch, Secun de la Rosa



Tercer largometraje del director madrileño Max Lemcke (Casual Day) que pasó sin hacer mucho ruido por la taquilla española tras un indiscutible éxito en el festival de Cine de Málaga del año pasado, ganando los premios a mejor película, actor, actor secundario, guión y el de la crítica. También se recuerda de ella una polémica (vía Twitter) que no llego a más, en la que el actor protagonista Fernando Tejero se quejaba de como la academia de cine español la ninguneó totalmente en las nominaciones de su última gala. La cosa no pasó a mayores, aunque el cordobés tenía motivos para quejarse.




Virginia (Malena Alterio) y Álex (Fernando Tejero) ponen todos sus ahorros en un piso situado en un bloque aún en construcción a las afueras de la ciudad donde viven y se enfangan en una hipoteca de 40 años. Cuando se cumple la época de entrega del hogar familiar las obras están todavía casi sin empezar. Álex se unirá a otros compradores implicados en el mismo caso, como Toño (Jorge Bosch), y crearán una plataforma para luchar por conseguir el piso que habían pagado previamente. Su batalla llegará hasta al dueño de la urbanización (Emilio Gutiérrez Caba) el especulador que ha engañado a todos los propietarios.




Excelente drama con tintes de denuncia social perfectamente hilada sobre la insostenible situación económica de la España de la segunda década del siglo XXI. Retrato intachable sobre la especulación inmobiliaria, los tratos de favor entre políticos y promotores y como la crisis global (especialmente voraz en nuestro país) impide a parejas encontrar un hogar decente en el que comenzar una vida en común y crear una familia, porque su situación laboral o monetaria no se lo permite.




Con un aroma a Ken Loach en la concepción y fondo por su subtexto social y político así como por su puesta en escena escueta y de tono urbano, realmente Cinco Metros Cuadrados le debe y mucho a ese clásico del cine español llamado El Pisito escrito por el inmenso Rafael Azcona y dirigido por el italiano Marco Ferreri, aunque Lemcke (de manera totalmente acertada) deja de lado el humor y la ironía para entregarse a un tono lacónico y desesperanzado que al espectador le resulta tan cercano que le produce un verdadero malestar.




Porque el mayor acierto de Cinco Metros Cuadrados es que todo lo que vemos en pantalla, todos los chanchullos y tejemanejes, las inmobiliarias timando a los propietarios, las concejalías untadas con sustanciosas sumas, las largas insostenibles de los responsables en lo referente a las construcciones, la mano de obra barata en las mismas o las caras desencajadas de pobres personas que pierden todo sus ahorros en contratos que acaban siendo papel mojado nos son tan reconocibles que la película triunfa al 100%  en ese sentido sobre todo, el de empatizar con el espectador.




A esa credibilidad ayuda un reparto magnífico y muy bien elegido. Fernando Tejero está soberbio en el drama y eso que empieza renqueando (problemas para eliminar su marcadísimo acento cordobés) pero luego se hace con el papel al 100% al igual que Malena Alterio a la que se le notan las tablas y la química con su partenaire  masculino, con el que lleva años trabajando. Manolo Morón recupera algo del punch, que había perdido desde hace tiempo, con su papel secundario, Jorg Bosch borda a su propietario maniático y reivinidicativo (genial la presentación de su personaje en el edificio, que recuerda a la de El Verdugo de Berlanga y Azcona de nuevo). Pero la palma se la lleva Emilio Gutiérrez Caba, dando vida a un especulador tan desalmado como humano, una especie de villano que no ensucia las manos en ningún momento pero que puede arruinar la vida de decenas de familias con sólo una firma para salir por la noche a pasear a su perro sin remordimiento alguno de conciencia.




Estoy seguro de que Cinco Metros Cuadrados será utilizada en un futuro como ejemplo perfecto de obra cinematográfica que capta de manera radiográfica una época y una situación muy concretas de España. Una etapa muy oscura de la que parece que nunca vamos a salir o al menos no a corto plazo. Max Lemcke ha sabido realizar una crónica acertadísima y hasta necesaria sobre como se las gastan las inmobiliarias en la actualidad, como los ciudadanos de a pie somos los más perjudicados (y menos culpables) de las malas artes e inconscientes negociaciones de aquellos que siempre han estado en lo más alto, que nunca han carecido de nada y que son los responsables de gran parte de la destastrosa situación económica a nivel mundial en la que estamos sumidos.



lunes, 7 de mayo de 2012

Chronicle, de dioses y hombres



Título Original Chronicle (2012)
Director Josh Trank
Guión Max Landis y Josh Trank
Actores Dane DeHaan, Alex Russell, Michael B. Jordan, Michael Kelly, Ashley Hinshaw, Anna Wood, Joe Vaz, Luke Tyler, Matthew Dylan Roberts


Cuando vi el trailer de Chronicle, el debut en la dirección de Josh Trank, hace unos meses no me llamó la atención lo más mínimo. Aquellas imágenes promocionales me dieron la impresión de publicitar la típica película para adolescentes sobre unos adolecentes que consiguen poderes sobrenaturales y acaban convirtiéndose en una especie de semidioses. Todo utilizando la excusa del tono superheróico para contarnos lo de siempre y de una manera distante y pueril dentro de los cánones hollywoodienses más encorsetados.




Por suerte, nada más alejado de la realidad. Chronicle es una de las reflexiones más inteligentes y e interesantes que se ha visto en muchos años sobre los seres superpoderosos y los actos que pueden llevar a cabo, con mucho más mérito si tenemos en cuenta que el proyecto se encuentra dentro del cine comercial americano, a pesar de ser una producción bastante modesta en casi todos los aspectos. Pero también, y contra todo pronóstico, puede considerarse uno de los largometrajes más destacados de lo que llevamos de 2012.




Andrew, Matt y Steve, son tres amigos de Portland que una noche de borrachera al salir de una fiesta deciden entrar en un agujero en la tierra que hay en una zona cercana a los bosques de la localidad en la que viven. Allí encuentran una especie de meteorito de origen extraterrestre que les confiere poderes sobrenaturales al mantener contacto con él. Días después los tres chicos pueden mover objetos por medio de la mente y resistir golpes sin inmutarse. Poco a poco irán depurando y aumentando sus capacidades sobrehumanas de manera peligrosa para ellos y las personas que les rodean.




Chronicle es una interesantísima mixtura de géneros y conceptos que contra todo pronóstico elude con pericia y acerada profesionalidad todos los clichés del celuloide de adolescentes o subvierte los pocos a los que hace concesiones. No sólo para ofrecer una memorable pieza cinematográfica, sino también una nada condescendiente metáfora sobre cómo el abuso y la acumulación desmedida de poder corrompen la esencia del ser humanos mismo y lo incita a llevarlo a un camino de autodestrucción de proporciones desorbitadas.




En lo formal y conceptual la ópera prima de Josh Trank se adhiere al tan de moda y por desgracia sobreexplotado found footage. Pero sus autores tienen el ingenio de invertir o modificar las constantes estilísitcas de este subgénero. Por ejemplo, cuando el personaje de Andrew domina sus poderes deja de llevar su cámara de vídeo con las manos y la controla telekinétikamente. Esto no sólo traiciona, con ingenio y sin trampas, la naturaleza de metraje encontrado, también como idea inteligentísima permite a los personajes (al ser conscientes de la presencia de la cámara, que forma parte de la trama) en más de una ocasión romper la cuarta pared y dirigirse directamente al espectador.




Si en la forma Chronicle es una muestra más de found footage en su fondo es una versión naturalista del cine de superhéroes. En este sentido tampoco escasean las ideas acertadas, como los homenajes al mundo del cómic, el meteorito o roca extraterrestre parece sacada de la Fortaleza de la Soledad de Superman, el hecho de que no veamos en pantalla como los personajes descubren sus poderes, cuando los ponen en práctica en el film ya los están controlando y depurando, o cómo el entorno influye sobre los protagonistas, sus decisiones y su manera de emplear sus nuevas dotes sobrenaturales.




Porque posiblemente el mayor acierto de Chronicle sea que consigue hacer creíble la presencia de personas con superpoderes en un mundo totalmente real y reconocible para el espectador y como las cuestiones personales o sentimentales pueden influenciar en el (mal)uso de esos dones. Esclarecedor es que los malos tratos en el entorno familiar y el bullying sean detonantes de que uno de los personajes desate el caos que finalmente se ve en ese crepúscular clímax deudor hasta la médula de la clásica versión cinematográfica que Katsuhiro Otomo hizo de su propio manga, Akira, pero añadiéndole a ese cierre algún apunte de la lucha mental entre Darryl Revok y Cameron Vale de la magnífica Scanners del canadiense David Cronenberg.




Los personajes están escritos sobre estereotipos reconocibles del cine adolescente, pero Josh Trank y su co guionista Max Landis, hijo del director John Landis, consiguen hacerlos creíbles, con cierta profundidad y sobre todo, saben retratarlos como los niños que realmente son y que por esa irresponsabilidad, normalmente intrínseca en la naturaleza inmadura de los adolescentes, el uso que hacen de sus recién adquiridos poderes es inadecuado, desproporcionado y hasta peligroso. El trío de actores formado por Dane DeHaan, Alex Russell y Michael B. Jordan lo hace bastante bien y realizan una labor muy meritoria.




Chronicle es una cinta a redescubrir, un producto de considerable calidad que destaca sobre el resto de cintas del cine norteamiercano de corte comercial. A pesar de su modestia como conjunto, sus humildes pero efectivos efectos digitales, siempre al servicio de la historia, escritura de acero, dirección magnífica con momentos de puro genio y reparto más que competente, la ópera prima de Josh Trank tiene grabada a fuego en su piel la condición de cinta de culto. El tiempo la pondrá en su sitio y Hollywood ya se ocupará de pervertir con secuelas la pureza de su esencia y echar a perder el talento de sus creadores encomendándoles productos comerciales de medio pelo.



domingo, 6 de mayo de 2012

Acero Puro, metal heart


Título Original Real Steel (2011)
Director Shawn Levy
Guión Leslie Bohem. John Gatins, Dan Gilroy y Jeremy Leven basado en la historia corta de Richard Matheson
Actores Hugh Jackman, Dakota Goyo, Evanegeline Lilly, Anthony Mackie, Kevin Durand, Hope Davis, James Rebhorn, Marco Ruggeri, Karl Yune, Olga Fonda, John Gatins





Basada en un relato corto de Richard Matheson (Soy Leyenda, El Hombre Menguante)  editado en 1957, Acero Puro es una entretenida y rutinaria cinta que mezcla con acierto el cine familiar, el de ciencia ficción y el de boxeo para parir un producto que sin aspirar a otra cosa que no sea entretener al espectador consigue dejar con una sonrisa en la cara a gran parte del respetable por el simple hecho ser un proyecto sin pretensiones y con buenas (y políticamente correctas) intenciones.




En el año 2020 los combates de boxeo entre humanos han desaparecido. Las peleas tienen lugar entre enormes robots controlados por personas. Charlie Kenton es un profesional dentro de este tipo de lucha y controla un robot con el que quiere ganar dinero para saldar varias deudas económicas. Un día se entera de la muerte de su ex novia y tras ello y un proceso legal deberá quedarse (contra su voluntad) con la custodia del hijo que tuvo con ella, Max, un chico de 10 años aficionado al igual que su padre a los enfrentamientos entre robots boxeadores.




No sé como de fiel será el film a el relato corto de Richard Matheson (no lo he leído) pero el largometraje no deja de ser una versión futurista de Yo, el Halcón (Over the Top) sustituyendo los pulsos por combates de boxeo robóticos y a Sylvester Stallone por Hugh Jackman. Añadamos al conjunto un poco del dramatismo de la inolvidable y tramposa Campéon de Franco Zefirelli, algo de la simpatía mecánica de la saga Cortocircuito y como no, apuntes de la cinta quintaesencial del cine pugilístico, Rocky, con (una vez más) Sylvester Stallone como protagonista (además de guionista) y John G. Alvidsen como director.




El resultado de la amalgama es una cinta de cine para todos los públicos 100% hollywoodiense, que no engaña a nadie y que no da (mucho) más de lo que promete, entretenimiento puro y duro. Padre irresponsable y canalla pero con corazón (muy en el fondo) que encontrará en hijo impertinente (pero noble y honrado) no reconocido no sólo una nueva vida sino también ese reflejo de sí mismo que lo convertirá en mejor persona permitiéndole ver su existencia desde una nueva perspectiva más amplia y comprometida.




Todo localizado en un contexto de ciencia ficción, falsamente distópica, y un submundo, artificiosamente sucio, de combates de boxeo entre máquinas bastante bien llevados a la pantalla gracias a unos efectos digitales más que dignos. La cinta se deja ver con interés pero no destaca en ningún aspecto, sobre todo por  tocar uno a uno todos los clichés sobre este tipo de largometrajes, dando forma a así a una historia previsible que hemos visto mil veces y que sabemos como va a acabar desde el primer minuto de metraje.





Todos los actores están muy decentes, desde Hugh Jackman que está en su salsa con este tipo de papel de tipo duro (hasta que algún director con personalidad no le entregue un papel algo más complicado y en el que tenga que entregarse más, el actor australiano nunca podrá mostrar el potencial que tiene y que pudimos vilsumbrar en The Fountain de Darren Aronofsky), hasta Evangeline Lilly como la actual novia del protagonista pasando por Dakota Goyo, el niño que al igual que todos los que puebla en este tipo de films se mueve entre lo entrañable y repelente.




Cinta para pasar el rato, con sus toques de drama, humor y mucha acción para ver una tarde en familia. Real Steel es un buen ejemplo de cine de evasión realizado con oficio (el justo y necesario) y que a pesar de adolecer de una considerable falta de personalidad (como casi todo el cine comercial americano actual) consigue llegar al espectador con una historia sencilla, directa y que incluso en su clímax puede llegar a emocionar, aunque en el trayecto casi se adentre en la sensiblería. Se lo perdonaremos por las dos horas de entretenimiento sin cortapisas que ofrece al espectador.


sábado, 5 de mayo de 2012

Hacia Rutas Salvajes, unborn to be wild


Título Original Into the Wild (2007)
Director Sean Penn
Guión Sean Penn basado en el libro de Jon Krakauer
Actores Emile Hirsch, Marcia Gay Harden, William Hurt, Jena Malone, Brian Dierker, Vince Vaungh, Kristen Stewart, Catherine Keener, Hal Holbrook, Thure Lindhart, Signe Egholm Olsen, Zack Galifianakis, Haley Ramm



El talentoso, comprometido y polémico actor norteamericano Sen Penn tiene también una alabada pero no muy conocida faceta como director. Debutó en 1991 con Extraño Vínculo de Sangre (The Indian Runner) cinta protagonizada por Viggo Mortensen y David Morse sobre dos hermanos (un sheriff y un veterano de la guerra de Vietnam) que se reencuentran después de muchos años. En 1995 realizó Cruzando la Oscuridad (The Crossing Guard) drama sobre asesinatos y venganzas protagonizado por su íntimo amigo Jack Nicholson y la ex mujer de este, Anjelica Huston. 




En 2001 llegó su consagración, El Juramento (The Pledge), versión americana de la novela La Promesa  del escritor Friederich Dürremant (que ya adaptara a imágenes el director checo Ladislao Vajda en 1958 en El Cebo) con un enorme Jack Nicholson como protagonista. Por fin en 2007 llegaría su cuarto film detrás de las cámaras, Into the Wild, obra que adapta a la pantalla grande la novela homonima de Jon Krakauer, basado en los hechos reales que le sucedieron al joven estudiante Christopher McCandless entre 1990 y 1992.




Christopher es un estudiante estadounidense recién licenciado en la universidad, talentoso e inteligente, que un día decide huir de su hogar y entorno familiar y adentrarse en la aventura viviendo en los bosques de Alaska con un viejo autobús como único refugio. A lo largo del trayecto hacia aquel lugar y con otro nombre (Alexander Supertramp) entrará en contacto con la naturaleza, conocerá a distinto tipo de personas y vivirá con lo mínimo alejándose de una urbe automatizada y una sociedad del bienestar de las que reniega. En aquellos parajes experimentará sensaciones nuevas, tomará conciencia de una realidad que no le es ajena e intentará encontrarse a sí mismo.




Confirmado, no conecto completamente con el Sean Penn director, al menos en el mundo del largometraje (su cortometraje para el film colectivo 11-9-01 me sigue pareciendo una pequeña pero impagable obra maestra). Con Hacia Rutas Salvajes me ha pasado en gran parte algo parecido (en algunos aspectos) como con El Juramento. De aquella cinta me gustó prácticamente todo, el gran papel de Jack Nicholson, el reparto de secundarios (Aaron Eckhart, Robin Wright, Benicio del Toro, memorable Mickey Rourke en su breve intervención) el guión que adaptaba la novela y hasta la labor del cineasta con la dirección de actores. Pero en el plano técnico no me convencia su puesta en escena artificiosa y demasiado rebuscada cuando la historia pedía un naturalismo o un tono clásico más marcado.




Con Into the Wild me pasa algo parecido. A pesar de que hay momentos de belleza magistrales con panorámicas de una magnificencia irreprochable (la dirección de fortografía de Eric Gautier es sobresaliente) y que Penn sabe captar tanto lo maravilloso como lo aterrador que hay en la naturaleza, su uso de la cámara me parece en ocasiones muy equivocado. El protagonista de Mystic River parece querer darle demasiada importancia al acabado visual de su obra y no duda en incluir en el metraje, travellings innecesarios, planos con un inadecuado tono a lo Spìke Lee (el personaje en una esquina del encuadre y a su fondo un gran ciudad o paisaje) y hasta abruptas rutpturas de la cuarta pared con el protagonista mirando directamente al espectador cuando la historia no lo demanda en absoluto.




Tampoco ayuda el supuestamente genial montaje (nominado incluso al Oscar) que a mí al menos me ha parecido totalmente caótico por su mal uso de los flashbacks. No veo la necesidad de narrar una historia así de manera deconstruida porque es indudable que la confusión es un hecho, ni siquiera los carteles explicativos que localizan espaciotemporalmente los capítulos ayudan en manera alguna porque cuando vemos uno nuevo se nos ha olvidado la fecha del anterior. También huelga decir que este tipo de edición del largometraje ayuda poco a la hora de mostrar de manera coherente la ideología (y su evolución) de Christopher en pantalla, que se ve expuesta de manera desordenada y poco consistente.




Pero mi mayor problema con Hacia Rutas Salvajes es ajeno a la misma película y es que no comprendo la actitud de McCandless. Lo que muchos verán (y de hecho ven) como un acto de rebeldía, de alejarse de una sociedad absorvente y que únicamente se sustenta en las aperiencias y el materialismo a mí me parece un acto de cobardía profundamente egoista, una manera de no afrontar los problemas huyendo de ellos y dejando desamparada a una familia que se derrumbaba incluso antes de su marcha y que por ello no debió darle de lado y sí ayudarla a no resquebrajarse, al menos mirando un poco por su hermana, víctima inocente de todo lo ocurrido.




Que el protagonista decida dejarlo todo, cobijarse en la naturaleza y abandonar el entorno urbano puede dar pie (y de hecho el film lo da) a una interesante dicotomía ideológica. ¿El hecho de que Christopher abandone su hogar para abrazar parajes naturales es un acto conservador (rechazo al progreso, vuelta a las raíces y a lo arcáico) o progresista (oponerse a un sistema y una globalización de proporciones mundiales que realiza una continua oda al consumismo y el capital)?. Ahí se encuentra el punto fuerte de la historia que narra Sean Penn, pero nada tiene verdadera consistencia cuando el personaje de un esforzadísimo Emile Hirsch (este tipo de papel es un caramelo para cualquier actor y él lo aprovecha) nunca deja de parecerme un niñato que sólo mira por sí mismo haciendo, con su sistema de valores, una apología escandalosa del yo.




La cinta analiza con interés temas como la desestructuración de la familia americana media (grandes Marcia Gay Harden y un William Hurt que tiene al final del metraje uno de los llantos más sinceros que he visto en muchos años) y utiliza con gracia personajes tipo como hippies desencantados, extranjeros libertinos y simpáticos, chica menor de edad con ínfulas de cantante, para finalmente regalarnos al mejor personaje del film y también al protagonista del pasaje más remarcable de cuantos puluan a lo largo del metraje, el anciano al que da vida un inmenso Hal Holbrook de mirada sabia, inocente y cariñosa. Una pena que su relación con Christopher no esté bien desarrollada, la misma pudo dar mucho más de sí en el guión y estar mejor perfilada.




Al igual que me pasó con la adaptación que el cineasta alemán Volker Schlöndorff hizo de la premiada novela de su compatriota Günter Grass, El Tambor de Hojalata, lo que me quieren transmitir como un acto de rebeldía que trasciende lo mundano para adentrarse en lo psicológico e ideológico a mí me parece (al menos en pantalla, no he leído ninguna de las novelas, ni la de Grass ni la de Krakauer ) un innecesario acto de inconsciencia que tiene poco de meritorio o admirable y sí mucho de estupidez egocentrista. Lo cierto es que no diré que Hacia Rutas Salvajes es una película desdeñable, pero sí fallida a distintos niveles.




Desde mi punto de vista el espectador que quiera ver una verdadera comunión entre ser humano y naturaleza y las maravillas y desgracias que ello conlleva que vea el inmenso documental Grizzly Man de Werner Herzog. En cambio aquellos que quieran experimentar un auténtico viaje a la América profunda, un trayecto introspectivo en busca de uno mismo y también una una oda al perdón, los lazos de sangre y a la vida misma deberá mirar hacia otro lado y ahí encontrará la respuesta que Into the Wild no da. Tendrá que poner su mirada en el año 1999, en David Lynch, en otro hecho real y en un entrañable anciano que recorrió cientos de kilómetros con un pequeño y lento cortacesped para encontrarse con su hermano enfermo y sus propios años de juventud perdidos.