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lunes, 9 de octubre de 2017

Madre!



Título Original Mother! (2017)
Director Darren Aronofsky
Guión Darren Aronofsky
Reparto Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun





Desde que irrumpiera en el festival de Sundance de 1998 con su críptica y claustrofóbica ópera prima, Pi: Fe en el Caos, Darren Aronofsky ha ido forjando poco a poco una de las filmografías más eclécticas, personales y arriesgadas del siglo XXI. Después del impacto generacional que causó Requiem Por Un Sueño y la controversia que trajo consigo La Fuente de la Vida llegaron sus dos mayores éxitos, El Luchador y Cisne Negro, largometrajes protagonizados por Mickey Rourke y Natalie Portman respectivamente que fueron recibidos con honores por crítica y público consiguiendo no pocos premios internacionales, llegando hasta la pugna de los Oscars de sus correspondientes años y ganando el de mejor actriz en el caso de la intérprete de Knight of Cups. Pero cuando parecía que había encontrado la fórmula del éxito, para contentar a unos y a otros el neoyorquino se desmarcó una vez más dando muestras de su carácter indómito con la inusual Noé. Su ambiciosa, peculiar y arriesgada visión de las sagradas escrituras que desconcertó a no pocos espectadores cometiendo el error de esperar del cineasta una película religiosa al uso. Pero con su último trabajo Aronofsky ha dejado en anecdótica cualquier polémica que haya podido tener previamente con alguno de sus films, porque desde que tuviera su puesta de largo en el pasado Festival de Venecia Mother! ha levantado ampollas entre espectadores y prensa especializada, sufriendo el rechazo de gran parte de los primeros y una enconada polarización de la de los segundos. Una vez vista la película el hecho que levantara tal revuelo no debería haber cogido a nadie por sorpresa y mucho menos a sus artífices.




A primera vista el punto de partida de Madre! puede parecer sencillo si tenemos en cuenta que narra la historia de un matrimonio, poeta que ha perdido la inspiración él y esposa abnegada ella, que se mudan a un caserón en medio del bosque para comenzar una vida en común y viendo trastocada su existencia a partir de la llegada de una pareja madura que se instala con ellos a petición del marido y sin consultarlo a su mujer. Vaya por delante que abordar el último largometraje de Darren Aronofsky de manera superficial, sólo como una historia realista, es una temeridad de la que el espectador casi con toda seguridad saldrá escaldado, porque desde esa perspectiva la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris y Michelle Pfeiffer no sólo no tiene pies ni cabeza, sino que puede incitar al sonrojo o la carcajada, sobre todo en su recta final. En cambio, y sin incidir mucho en spoilers, si tomamos las dos partes en las que se divide la obra como una relectura del Antiguo y Nuevo Testamento y comprendemos a “quién” o “qué” representa cada uno de los personajes podremos hacernos una idea, más o menos clara, de lo que quiere contarnos el director estadounidense con su más reciente propuesta.




Pero que nadie piense que Darren Aronofsky es un iluso o un ingenuo que no sabía que su última película iba a levantar una considerable polvareda. Ya cuando escribió el guión era consciente de que estaba tocando temas tabú, sobre todo para sus compatriotas norteamericanos, como la megalomanía, el egoismo, la religión o la fe y desde una perspectiva profundamente crítica y visceral, de modo que el recibimiento que Mother! iba a tener estaba fríamente calculado tanto por él como por sus productores y si lo niegan mienten o viven en otro mundo. Esta lectura y no otra es la que ha despertado la ira entra gran parte del público generalista que no sólo se ha encontrado con un producto difícil de descifrar hundiendo sus raíces en el Roman Polanski de Repulsión o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby), el Luis Buñuel de El Ángel Exterminador o el Andrzej Zulawski de La Posesión, sino también con una pieza que al ser desencriptada ofrece un mensaje profundamente misántropo y anticlerical que no deja títere con cabeza por medio de una simbología descarnada y sin concesiones llegando a su culmen en el la recta final en la que el exceso y la locura se apoderan de la cámara del director.




Madre! es una genuina y única experiencia sensorial, una producción en la que la comunión, nunca mejor dicho, entre apartado artístico y técnico alcanza unos niveles de mimetismo sobrecogedores. Al igual que sucedía en el The Wrestler y Black Swan Darren Aronofsky hace un uso recurrente la cámara al hombro para asediar a su protagonista, invadiendo su espacio vital y aumentando de esta manera la atmósfera claustrofóbica y enfermiza del relato por medio de primerísimos planos de Jennifer Lawrence que suponen todo un reto para la protagonista de la saga Los Juegos del Hambre. De esta manera ella es el alma de un relato localizado en una casa que parece tener vida propia y que sólo el personaje principal parece percibir (la protagonista es la única capaz de “sentir el corazón” del inmueble) convirtiendo el hogar del matrimonio en una entidad que siente y padece, como si de una hiperbolización arquitectónica de la Nueva Carne cronenbergiana se tratara, y a la que Aronofsky se ocupa de llenar de putrefacta vida por medio de unos elaborados y calculados efectos digitales o un uso orgánico y minimalista del sonido que a más de un espectador puede llegar a sacar de sus casillas.




Si hay algo que caracteriza a Darren Aronofsky y de lo que ha hecho gala en todos y cada uno de sus films es ser un enorme director de actores. El cineasta estadounidense siempre suele llevar hasta el límite a su intérpretes obligándolos a ir un paso más allá de sus capacidades para estar a la altura de su discurso autoral propenso a sumergirse en el tremendismo y la tragedia, casi siempre con buenos resultados. Jennifer Lawrence se une a ese grupo de actrices como Ellen Burstyn, Jennifer Connelly, Rachel Weisz o Natalie Portman a las que el realizador exprimió física y psicológicamente hasta lo indecente para que abordaran sus personajes desde las mismas entrañas y gracias a ello ejecuta el que hasta ahora es su mejor y más complejo trabajo de interpretación. Ella es el alma de la película y lleva sobre los hombros casi todo el peso del relato llegando a entregarse ciegamente a su comandante en jefe sobre todo en esa orgía de muerte, sangre, vísceras, líquido anmiótico y pólvora que supone el clímax final de la obra. Algo parecido sucede con Javier Bardem que sabe condensar con su excelente labor todo el egoísmo, el "sadismo bienintencionado" y la condescendencia que requiere su rol. Nota aparte para unos excelentes Ed Harris y Michelle Pfeiffer que tiran de tablas y veteranía para dar voz y cuerpo a, posiblemente, los dos personajes más importantes de la historia que con su presencia marcan el principio del fin de la misma.




Aunque ha sido el mayor fracaso de taquilla de toda la carrera de su director y ha despertado las iras más que ninguna otra de sus obras Madre! no sólo es una de las propuestas más potentes, incómodas, anticomerciales y suicidas del 2017, también es una de las obras más profundamente misántropas, desesperanzadas y nihilistas del cine reciente. Al igual que Terrence Malick, David Lynch, Terry Gilliam, Lars Von Trier o Nicolas Winding Refn, Darren Aronofsky hace el cine que quiere, como quiere y cuando quiere y por suerte en Hollywood todavía quedan productores que, amando verdaderamente el séptimo arte, son capaces de jugárselo todo a una carta financiando sus personalísimas y brillantes locuras. Después de la disparidad de opiniones de sus dos últimas obras no sabemos hacia dónde se encaminará el futuro del director de The Fountain, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que no será un proyecto complaciente o impersonal. Se adentre en mayor o menor medida en la comercialidad, se incline con más o menos intensidad por la sencillez o la complejidad podemos poner la mano en el fuego con respecto a que su próximo paso será una propuesta tan personal como inusual y para llevarla a cabo será capaz de luchar contra viento y marea hasta que consiga sacarla adelante y con ella volver a desafiarnos como espectadores.






sábado, 9 de marzo de 2013

La Vida de Pi, crouching tiger, hidden god



Título Original Life of Pi (2012)
Director Ang Lee
Guión David Magee basado en la novela de Yann Martel
Actores Suraj Sharma, Irrfan Khan, Rafe Spall, Tabu, Adril Hussain, Shravanthi Sainath, Ayush Tandon, Vibish Sivakumar, Gérard Depardieu






En parte es comprensible que en tiempos de crisis (económica, moral y existencial) las personas creyentes se aferren a su fe en Dios para intentar salir adelante aunque ello no les reporte soluciones, pero puede que sí consuelo. La última película del taiwanés Ang Lee supuestamente habla de la existencia de un ser divino, que es el tema central de la exitosa novela de Yann Martel en la que está inspirado el largometraje. El film ha despertado entre el público desatadas pasiones y rechazos enfervorecidos. Unos la ven como una obra maestra que incluso renueva una cierta manera de rodar cine, otros sólo encuentran una postal impostada con muchos colorines que quiere vendernos una historia religiosa condescendiente y paternalista. Un servidor la vio hace unos días y ha llegado a al conclusión de que no es ni lo uno, ni lo otro.





Un escritor canadiense que no encuentra la inspiración para acometer su nuevo libro consigue contactar con Pi, un hindú que supuestamente le contará una maravillosa historia que le hará creer en Dios. Pi invita al novelista a su propia casa y allí le narra su vida desde su nacimiento, siendo criado en la India dentro de una familia que poseía un importante zoo de la zona. Un día su padre decide salir del país con sus parientes y viajar a Canadá con todos sus animales en busca de un futuro mejor. En el trayecto una enorme tormenta arrasa el barco y Pi se extravía quedándose abandonado en medio del Océano Pacífico en un bote salvavidas que tendrá que compartir con un tigre de bengala llamado Richard Parker y que era propiedad de su progenitor.




Como ya he comentado en más de una ocasión (y no es cuestión de reincidir en el tema) soy ateo, una persona no creyente que no tiene relación alguna con un supuesto Dios, el mismo del que nos quiere hablar (a su peculiar  manera) la cinta de Ang Lee que nos ocupa, pero eso no supone un lastre para un servidor a la hora de enfrentarme a una cinta como La Vida de Pi. Aunque curiosamente esa idea sobre la existencia del altísimo es para mí algo que no funciona o está mal expuesto en el largometraje (otros cineastas lo han hecho con más acierto), pero sobre ello ya hablaré más adelante, más o menos al final de la crítica que es cuando será interesante abordar el tema. Lógicamente tendré que añadir en ese momento algún spoiler porque si no no hay manera de ser reflexivo sobre dicho concepto como lo expone la película.




La Vida de Pi es una muestra de muy buen cine, una película que teniéndolo todo en su contra para poseer hondura y verdadera vida las contiene en su interior. Puede que no precisamente por la historia que está narrando, sino por la mano del director que le está dando forma como largometraje. Ang Lee es un todoterreno, uno de mis directores favoritos del panorama cinematográfico y autor de films inolvidables como Brokeback Mountain, La Tormenta de Hielo, Sentido y Sensibilidad o su infravalorada visión de Hulk, el mítico personaje ideado por Stan Lee y Jack Kirby para la Marvel. El taiwanés es un autor total, de una impronta ecléctica y valiente que le ha permitido experimentar con distintos géneros como el western, el wuxia, la comedia, el drama o el cine erótico.




La película número doce de Ang Lee trata de ser muchas cosas a la vez, unas las consigue, con otras se queda a medias y en algunas no llega ni a atisbarlas. Principalmente y siempre en el plano estilístico quiere mostrarse como un deleite visual de primer nivel, una obra que aprovecha como pocas el formato 3D en el que ha sido ideada. En ocasiones lo consigue, es indudable, pero que el 90% del largometraje (sobre todo cuando Pi ya está abandonado a su suerte en medio del océano) esté rodado con efectos digitales quita bastante verismo al conjunto. Hablamos indudablemente de unos CGI brillantes (merecido Oscar el que ganaron sus diseñadores), al servicio de la historia y mostrando pasajes de una belleza pictórica muy meritoria. Pero todo (desde los animales hasta el agua o las fenómenos naturales) nos hace pensar continuamente que estamos delante de un enorme croma de color verde en el que realmente no está pasando nada, por muy bien que el director de El Banquete de Boda lleve toda la maquinaria con una pericia realmente estimable que ya quisieran otros directores más duchos en estas lides técnicas como Michael Bay o Zack Snyder.




Ange Lee nos expone Life of Pi como una fábula con reminiscencias teológicas a cualquier tipo de religión (recordemos, el personaje de Pi en su infancia buscó a dios en varias de ellas) pero con un especial hincapié en la cristiana. Es inevitable pensar en Noé cuando la familia del protagonista introduce a todos los animales de su zoo en el barco rumbo a Canadá o en Jonás y su odisea con la ballena cuando Pi se encuentra con Richard Parker efrentándose a huracanes y tormentas y sí, también con la aparición de un cachalote. Todo ese tono de alegoría religiosa sobrevuela el grueso del metraje aunque alejándose de didactismos, verdades absolutas o matiz adoctrinador alguno, de modo que no se puede acusar al film de maniqueo o sentencioso, porque no lo es ni busca serlo.




Lo interesante de La Vida de Pi es como se las arregla como narración cinematográfica para crear un tratado sobre la supervivencia y el choque entre hombre civilizado y naturaleza pura por medio de la relación del protagonista con el tigre, cómo el primero debe adaptarse al instinto animal de Richard Parker para marcar su territorio, someterlo y con ello llegar a una convivencia mutua beneficiosa para ambos. Al final del trayecto cuando llegan a tierra el felino huye sin mirar atrás y el protagonista lo ve como una señal de rechazo, por ello rompe a llorar. Sólo cuando el narrador (el Pi adulto interpretado con mucha convicción por un sincero Irrfan Khan ) da ese giro argumental, nada tramposo y sí muy inteligente y enriquecedor para la trama o el contexto del film, podemos ver la entidad y el calado de la historia que ha narrado, un acertado apunte de guión (supongo que estará en la novela original, no lo sé porque no la he leído) que hace que el espectador se replantee totalmente la película y que la vea con otros ojos (casi se antoja indispensable un revisionado inmediato), llegando, por ejemplo, a justificarse que los animales hayan sido recreados por medio de efectos digitales.




El problema surge cuando esa conclusión a la que llega el largometraje trata de convencernos de su calado teológico y ahí es donde el producto falla. Es demasiado arbitrario, poco consistente, nada convincente y hasta casi contraproducente para las personas que profesan la fe cristiana esa sentencia final, porque se retrata a la misma como un añadido de mala manera al mensaje del proyecto, dejando el mismo a la libre interpretación del espectador, aunque esto también es un acierto por no tratar el film de ser tendencioso y que así pueda agradar a todo tipo de público, sea de la ideología religiosa que sea o incluso si no profesa ninguna. Pero ciertamente mostrarnos que la creencia en dios es algo que no se puede explicar de manera concreta porque es transmitida por medio de parábolas que nos incitan a sentirnos felices en un misticismo bastante improbable aplicado a la realidad lo único que consigue es que esa manera de pensar se ponga en tela de juicio, eso sí, incitando a un sano debate tras el visionado de la cinta.




Para ver Life of Pi hay que hacerlo sin prejuicios, el último film de Ang Lee ofrecerá al espectador buenos momentos de cine metódico y elegante, así como algún fallo que nos confirmará que no nos encontramos ante una obra del todo redonda y mucho menos ante una pieza clave del cine contemporáneo (como se ha llegado a decir), pero tampoco ante una lisérgico viaje con sobredosis de estilismo y espíritu new age (como también se ha afirmado). Hablamos de una pieza salida de la mano de un director que sabe lo que hace y que vive para hacer verdadero cine, aunque en esta ocasión no llegue a mostrar la plenitud de sus dotes como narrador cinematográfico. Porque el director taiwanés no sólo sabe transmitir sensaciones veraces por medio de un producto de naturaleza tan artificial como el efecto digital por ordenador (y un magnífico actor joven, Ayush Tandon, que se deja la piel llevando casi todo el peso del largometraje) también parece creer lo que está contando y lo transmite conscientemente al espectador. 




La pregunta ahora sería: ¿Se merecía Lee el Oscar al mejor director de la pasada gala de los Oscar? posiblemente sí. ¿Es justo que se lo llevase el mismo año en el que directores como Kathryn Bigelow, Ben Affleck o Quentin Tarantino, que lo hicieron considerablemente mejor que él, ni siquiera estuvieron nominados? pues la respuesta es un rotundo no. Pero no puedo evitar alegrarme porque se premie a un director tan poco acomodaticio, arriesgado y sincero como el de Destino Woodstock, un señor al que profeso un inmenso respeto y que aunque me decepcionó, contra todo pronóstico, con una de sus obras más celebradas (Tigre y Dragón,) siempre me ha ofrecido momentos de gran cine por el que le estoy eternamente agradecido. La Vida de Pi no es uno de esos casos, pero no me ha decepcionado y sí me ha dejado muy satisfecho, ya que al terminar no me sentí en la necesidad de creer en dios, pero sí en Ang Lee.



sábado, 5 de mayo de 2012

Hacia Rutas Salvajes, unborn to be wild


Título Original Into the Wild (2007)
Director Sean Penn
Guión Sean Penn basado en el libro de Jon Krakauer
Actores Emile Hirsch, Marcia Gay Harden, William Hurt, Jena Malone, Brian Dierker, Vince Vaungh, Kristen Stewart, Catherine Keener, Hal Holbrook, Thure Lindhart, Signe Egholm Olsen, Zack Galifianakis, Haley Ramm



El talentoso, comprometido y polémico actor norteamericano Sen Penn tiene también una alabada pero no muy conocida faceta como director. Debutó en 1991 con Extraño Vínculo de Sangre (The Indian Runner) cinta protagonizada por Viggo Mortensen y David Morse sobre dos hermanos (un sheriff y un veterano de la guerra de Vietnam) que se reencuentran después de muchos años. En 1995 realizó Cruzando la Oscuridad (The Crossing Guard) drama sobre asesinatos y venganzas protagonizado por su íntimo amigo Jack Nicholson y la ex mujer de este, Anjelica Huston. 




En 2001 llegó su consagración, El Juramento (The Pledge), versión americana de la novela La Promesa  del escritor Friederich Dürremant (que ya adaptara a imágenes el director checo Ladislao Vajda en 1958 en El Cebo) con un enorme Jack Nicholson como protagonista. Por fin en 2007 llegaría su cuarto film detrás de las cámaras, Into the Wild, obra que adapta a la pantalla grande la novela homonima de Jon Krakauer, basado en los hechos reales que le sucedieron al joven estudiante Christopher McCandless entre 1990 y 1992.




Christopher es un estudiante estadounidense recién licenciado en la universidad, talentoso e inteligente, que un día decide huir de su hogar y entorno familiar y adentrarse en la aventura viviendo en los bosques de Alaska con un viejo autobús como único refugio. A lo largo del trayecto hacia aquel lugar y con otro nombre (Alexander Supertramp) entrará en contacto con la naturaleza, conocerá a distinto tipo de personas y vivirá con lo mínimo alejándose de una urbe automatizada y una sociedad del bienestar de las que reniega. En aquellos parajes experimentará sensaciones nuevas, tomará conciencia de una realidad que no le es ajena e intentará encontrarse a sí mismo.




Confirmado, no conecto completamente con el Sean Penn director, al menos en el mundo del largometraje (su cortometraje para el film colectivo 11-9-01 me sigue pareciendo una pequeña pero impagable obra maestra). Con Hacia Rutas Salvajes me ha pasado en gran parte algo parecido (en algunos aspectos) como con El Juramento. De aquella cinta me gustó prácticamente todo, el gran papel de Jack Nicholson, el reparto de secundarios (Aaron Eckhart, Robin Wright, Benicio del Toro, memorable Mickey Rourke en su breve intervención) el guión que adaptaba la novela y hasta la labor del cineasta con la dirección de actores. Pero en el plano técnico no me convencia su puesta en escena artificiosa y demasiado rebuscada cuando la historia pedía un naturalismo o un tono clásico más marcado.




Con Into the Wild me pasa algo parecido. A pesar de que hay momentos de belleza magistrales con panorámicas de una magnificencia irreprochable (la dirección de fortografía de Eric Gautier es sobresaliente) y que Penn sabe captar tanto lo maravilloso como lo aterrador que hay en la naturaleza, su uso de la cámara me parece en ocasiones muy equivocado. El protagonista de Mystic River parece querer darle demasiada importancia al acabado visual de su obra y no duda en incluir en el metraje, travellings innecesarios, planos con un inadecuado tono a lo Spìke Lee (el personaje en una esquina del encuadre y a su fondo un gran ciudad o paisaje) y hasta abruptas rutpturas de la cuarta pared con el protagonista mirando directamente al espectador cuando la historia no lo demanda en absoluto.




Tampoco ayuda el supuestamente genial montaje (nominado incluso al Oscar) que a mí al menos me ha parecido totalmente caótico por su mal uso de los flashbacks. No veo la necesidad de narrar una historia así de manera deconstruida porque es indudable que la confusión es un hecho, ni siquiera los carteles explicativos que localizan espaciotemporalmente los capítulos ayudan en manera alguna porque cuando vemos uno nuevo se nos ha olvidado la fecha del anterior. También huelga decir que este tipo de edición del largometraje ayuda poco a la hora de mostrar de manera coherente la ideología (y su evolución) de Christopher en pantalla, que se ve expuesta de manera desordenada y poco consistente.




Pero mi mayor problema con Hacia Rutas Salvajes es ajeno a la misma película y es que no comprendo la actitud de McCandless. Lo que muchos verán (y de hecho ven) como un acto de rebeldía, de alejarse de una sociedad absorvente y que únicamente se sustenta en las aperiencias y el materialismo a mí me parece un acto de cobardía profundamente egoista, una manera de no afrontar los problemas huyendo de ellos y dejando desamparada a una familia que se derrumbaba incluso antes de su marcha y que por ello no debió darle de lado y sí ayudarla a no resquebrajarse, al menos mirando un poco por su hermana, víctima inocente de todo lo ocurrido.




Que el protagonista decida dejarlo todo, cobijarse en la naturaleza y abandonar el entorno urbano puede dar pie (y de hecho el film lo da) a una interesante dicotomía ideológica. ¿El hecho de que Christopher abandone su hogar para abrazar parajes naturales es un acto conservador (rechazo al progreso, vuelta a las raíces y a lo arcáico) o progresista (oponerse a un sistema y una globalización de proporciones mundiales que realiza una continua oda al consumismo y el capital)?. Ahí se encuentra el punto fuerte de la historia que narra Sean Penn, pero nada tiene verdadera consistencia cuando el personaje de un esforzadísimo Emile Hirsch (este tipo de papel es un caramelo para cualquier actor y él lo aprovecha) nunca deja de parecerme un niñato que sólo mira por sí mismo haciendo, con su sistema de valores, una apología escandalosa del yo.




La cinta analiza con interés temas como la desestructuración de la familia americana media (grandes Marcia Gay Harden y un William Hurt que tiene al final del metraje uno de los llantos más sinceros que he visto en muchos años) y utiliza con gracia personajes tipo como hippies desencantados, extranjeros libertinos y simpáticos, chica menor de edad con ínfulas de cantante, para finalmente regalarnos al mejor personaje del film y también al protagonista del pasaje más remarcable de cuantos puluan a lo largo del metraje, el anciano al que da vida un inmenso Hal Holbrook de mirada sabia, inocente y cariñosa. Una pena que su relación con Christopher no esté bien desarrollada, la misma pudo dar mucho más de sí en el guión y estar mejor perfilada.




Al igual que me pasó con la adaptación que el cineasta alemán Volker Schlöndorff hizo de la premiada novela de su compatriota Günter Grass, El Tambor de Hojalata, lo que me quieren transmitir como un acto de rebeldía que trasciende lo mundano para adentrarse en lo psicológico e ideológico a mí me parece (al menos en pantalla, no he leído ninguna de las novelas, ni la de Grass ni la de Krakauer ) un innecesario acto de inconsciencia que tiene poco de meritorio o admirable y sí mucho de estupidez egocentrista. Lo cierto es que no diré que Hacia Rutas Salvajes es una película desdeñable, pero sí fallida a distintos niveles.




Desde mi punto de vista el espectador que quiera ver una verdadera comunión entre ser humano y naturaleza y las maravillas y desgracias que ello conlleva que vea el inmenso documental Grizzly Man de Werner Herzog. En cambio aquellos que quieran experimentar un auténtico viaje a la América profunda, un trayecto introspectivo en busca de uno mismo y también una una oda al perdón, los lazos de sangre y a la vida misma deberá mirar hacia otro lado y ahí encontrará la respuesta que Into the Wild no da. Tendrá que poner su mirada en el año 1999, en David Lynch, en otro hecho real y en un entrañable anciano que recorrió cientos de kilómetros con un pequeño y lento cortacesped para encontrarse con su hermano enfermo y sus propios años de juventud perdidos.