miércoles, 12 de agosto de 2009

Cobardes, ignorar el elefante en medio del salón


Director:
José Corbacho y Juan Cruz (2008)
Guión: José Corbacho y Juan Cruz
Actores: Lluís Homar, Elvira Mínguez, Paz Padilla, Antonio de la Torre, Javier Bódalo, Eduardo Espinilla, Eduardo Garé, Ariadna Gaya, Maria Molins






En el año 2005 a más de uno cogió por sorpresa la cinta Tapas, ópera prima del tandem José Corbacho y Juan Cruz. Una deliciosa tragicomedia urbana llena de personajes terriblemente realistas y cercanos que desbordaba talento y ternura, mostrando un grupo de personas que luchaban contra la soledad. La película ganó varios premios en el festival de Málaga, dos Goyas, dirección novel y actriz secundaria (Elvira Mínguez), así como una considerable repercusión en la taquilla.




En su segunda obra, Corbacho y Cruz tocan el espinoso y complejo tema del acoso escolar. Una de las lacras de nuestra sociedad, que quieran admitirlo o no, no es una novedad, siempre ha estado ahí desde los albores de la enseñanza, lo que no existían eran los teléfonos móviles que a día de hoy dejan constancia de los abusos físicos y psicológicos entre alumnos.




El dúo de directores confirman la profesionalidad que dejaron ver en su primera cinta. Cobardes retrata el Buillyng desde un punto de vista inteligente, equidistante, realista, nada adoctrinador o maniqueo, no aportan supuestas soluciones, ni apuntan directamente a un sólo culpable, ya que los cobardes a los que hace alusión el título no son sólo el crío que no se rebela al recibir los golpes o los niñatos que se los inflingen, son en parte los padres e incluso los profesores que hacen oídos sordos ante tales hechos, del todo reprobables.




Pero lo que más me ha sorprendido es lo bien llevada que está la inclusión de la subtrama política en el film. Corbacho y Cruz no definen el partido político al que pertenece el personaje de Lluis Homar (cosa que les honra) y no lo retratan como un estereotipo falsario o un hombre arisco. En cambio la historia del italiano está metida con calzador y aporta poco a la trama, a pesar de que el personaje tiene algunas de las mejores frases de la película.



Desde el acertado reparto infantil, al casting de actores adultos (sorprendiendo una más que correcta Paz Padilla) pasando por el astuto guión y ese ambiguo y soberbio final que es como un puñetazo directo a la cara de un espectador que se queda destrozado ante ese último plano que dice muchas cosas con un sólo gesto facial. Un cierre que nos muestra que poco o nada se ha solucionado, puede incluso que todo vaya a peor a partir de ese momento y que es cierto aquello que dicen sobre la violencia.




Un acierto en toda regla, una mirada sabia, sincera y necesaria sobre un problema que nos concierne a todos y que a veces puede llegar a tener un desenlace trágico (el caso Jokin Ceberio). Corbacho y Cruz siguen por el buen camino, es cierto que Cobardes pierde la frescura de Tapas, pero gana tanto en compromiso como en valentía y si la triste pero liberadora escena de esa terraza con Frank Sinatra llevándonos a la luna, era la más memorable de aquella reivindicable ópera prima, la secuencia de la alarma y la de una madre, a la que no le vemos el rostro, que descubre como es realmente su hijo por medio de una grabación en un teléfono móvil, se rebelan como los dos momentos álgidos de esta cinta hecha para despertar de su letargo a conciencias que viven en una aislada y falsa comodidad hogareña.



domingo, 9 de agosto de 2009

The Hurt Locker, desconexión total



Título Original: The Hurt Locker (2008)
Director: Kathryn Bigelow
Guión: Mark Boal
Actores: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Guy Pearce, Ralph Fiennes, David Morse, Christian Camargo





Llega a ser alarmante la cantidad de cintas que en Estados Unidos han sido alabadas y tildadas de genialidades y que luego no cumplen las expectativas que se tienen ellas (El Curioso Caso de Benjamin Button de David Fincher), que decepcionan (El Intercambio de Clint Eastwod) o que directamente son malas, como el caso que nos ocupa, The Hurt Locker, dirigida por la realizadora Kathryn Bigelow.



La amiga Bigelow es conocida por ser una artesana que no pasa de resuelta, aunque a veces nos ha regalado proyectos interesantes como K-19, the Widowmaker, Días Extraños, Le Llaman Bodhi o Acero Azul. Con The Hurt Locker se llevó hace cosa de un año varios premios internacionales y puso a la crítica a sus pies por el supuesto retrato real y humanista que se hace en ella de la actual segunda guerra del golfo que dura ya 6 años y que se ha cobrado innecesariamente la vida de más de un millón de pesonas, entre americanos e iraquíes.




La cinta sigue el día a día de un grupo de desctivadores de bombas del ejército americano en el país asiático. Se gradece que Hollywood se interese por hacer un tipo de cine sobre un conflicto bélico tan reciente sin moralina, ni partidismo alguno y por extraño que parezca, sin patriotismo de baratillo típicamente estadounidense, pero el precio a pagar es caro. The Hurt Locker carece totalmente de guión y consistencia narrativa, la implicación del espectador con los personajes es nula, nunca llegamos a sentir nada hacia los soldados que no sea indiferencia, por culpa de una total ausencia de empatía con ellos, sobre todo con el insoportable protagonista, interpretado con chula e insípida altanería por Jeremmy Renner. A los pocos minutos nos importa realmente una mierda si los militares consiguen desactivar las bombas o si vuelan por los aires todos ellos al intentar desmantelar uno de los numerosos explosivos que pueblan el film.




Kathryn Bigelow rueda de manera impersonal y con innecesario nervio, creyendo que el uso y abuso de la cámara al hombro da realismo a la cinta, cuando el resultado es el contrario, ya que lo que acentúa tal técnica visual es un artificio que llega a ser cargante. Es una pena que todos los directores de cine bélico de esta década tengan la poca originalidad de querer copiar al Steven Spielberg de Salvar al Soldado Ryan, película que revolucionó a nivel de realización el género, pero que ha tráido tras de sí una larga lista de imitadores de poca calidad.




The Hurt Locker
son dos interminables y anodinas horas con un reiterativo uso del subrayado, una dirección mimética, un guión inexistente y unos actores carentes de cualquier atisbo de carisma o sentimientos creíbles. Una cinta que queda empequeñecida al ser comparada con otras obras que han hablado del mismo conflicto bélico (de manera directa o indirecta), como Redacted de Brian de Palma o En el Valle de Elah de Paul Haggis y que hubiera sido más contundente y útil si hubiera sido gestada como un documental, que como el decididamente fallido ejercicio cinematográfica que es.



sábado, 8 de agosto de 2009

Up


Título Original: Up (2009)
Director: Pete Docter & Bob Peterson
Guión: Bob Peterson





Por enésima vez lo han vuelto a conseguir, han realizado cine clásico instantaneo, conmovedor, profundo, entrañable, con unos personajes inolvidables y una factura técnica en la que los efectos digitales están indudablemente al servicio de la historia y no al revés, un deleite pare pequeños y mayores que satisfará incluso más a estos últimos.



Los tan comentados 10 primeros minutos de Up son un ejercicio de sintaxis narrativa de altísima calidad, es increíble como Docter y Peterson son capaces en tan poco metraje de crear una historia de amor tan maravillosa, como triste, llegando a emocionar al espectador con un punto de partida tan sólido y magistral que por desgracia no mantiene el altísimo nivel durante todo el film.



La cinta es mágica e inolvidable, pero he de admitir que en el momento en el que la aventura de Carl Fredricksen empieza a tomar forma, la trama se me antoja como un caos narrativo, eso sí, lleno de amor, humor, drama, buenos sentimientos, que en verdad no cuenta una historia con verdadera solidez argumental, ese sería el único fallo de guión que no encumbra a la cinta como la mejor obra de la factoría Pixar que podría haber sido.



La aventura de los dos personajes principales en las islas Paraíso contiene algunos tópicos que producen en mi persona una ligera sensación de Déjà vu, pero los secundarios son tan carismátcos que poco importa si lo que vemos en pantalla no es algo único, nunca antes visto. El pequeño Russell, el impagable perro Dug (con lo de los gags de ¡Ardilla!, tuve que quitarme varias veces las gafas de 3D por culpa de las lágrimas que me caían por la risa) o el malvado Charles Muntz, llenan todos y cada uno de los encuadres de prodigiosas escenas repletas de fascinante vida.



Carl Fredricksen y su odisea realizada por amor, no sólo es una nueva joya de la Pixar y uno de sus mejores productos, también es un canto lleno de necesarios y universales valores en favor, no de la tercera edad o del respeto a nuestros mayores, como sí lo es, en parte, la otra gran cinta sobre la madurez de este año, la portentosa Gran Torino de Clint Eastwood, sino de la inmortalidad y la eterna juventud del alma humana, que es capaz de atravesar oceanos inmensos junto a un crío que no es ni más ni menos que el reflejo de su popria niñez en pos de encontrar la felicidad, no la propia, sino la de la persona con la que compartió los mejores y los peores momentos de su existencia, una pequeña exploradora, mellada, pelirroja y habladora que le cambió la vida para siempre.



jueves, 6 de agosto de 2009

A Dos Metros Bajo Tierra, un tratado sobre la vida, por medio de la muerte


Genial. Mi padre ha muerto, mi madre es una puta, mi hermano quiere matarme y mi hermana fuma crack
Nathaniel Fisher Jr




En el año 2000, tras ser galardonado con un Oscar por su guión de la genial ópera prima del inglés Sam Mendes, American Beauty, Alan Ball recibió una oferta por parte de la cadena HBO para hacer una serie sobre una familia metida en el negocio de las pompas fúnebres. Gracias a esta alineación de casualidades y talentos, nació la obra más emocionante, realista y cercana de la historia de la ficción filmada, A Dos Metros Bajo Tierra.





A Dos Metros Bajo Tierra, por varios motivos, es para mí (y otros muchos) algo más que una serie de televisión, es un producto que trasciende el entretenimiento para convertirse en puro arte, desde su episodio piloto deja de ser un serial catódico para convertirse en literatura, un libro sobre la vida con sus virtudes y miserias, en el que la muerte es nuestra anfitriona y el medio gracias al cual llegamos a conocer el camino para encontrar el sentido de nuestra existencia.



Para Alan Ball y su equipo de guionistas y directores, la muerte es la catalizadora de A Dos Metros Bajo Tierra. Una muerte inaugura la serie (la de Nathaniel Sr), una muerte da inicio a cada episodio y por medio de la misma conocéremos a los Fisher, monstrando con ellos lo que parece ser el reflejo de la decadencia de un nucleo familiar totalmente desestructurado compuesto por un hijo irresponsable que no quiere heredar el trabajo de su padre, el hermano de éste, un homosexual reprimido, la hija pequeña, una aleinada adolescente que sólo encuentra una vía de escape a su aburrida vida por medio del consumo de estupefacientes y comandándolos a todos, la matriarca, una inestable ama de casa, absorbida por su anodina existencia.



El ojo poco avispado proclamará a los cuatro vientos y de manera equívoca que A Dos Metros Bajo Tierra es la enésima crítica a la familia americana, con sus bajezas y doble moral, nada más alejado de la realidad. Por mucho que pese a los ultraconservadores que la critican, la serie de Alan Ball es una maravillosa y lírica oda a la unión familiar y las sólidas bases en las que se sustenta, pero dicho análisis está realizado desde la incómoda posición del ojo crítico, alejándose los creadores de la serie de la autocomplaciencia y el simplismo sentimentaloide, mostrándonos tanto lo maravilloso, como aterrador, que hay dentro de cada casa.



Homosexualidad, incesto, ninfomanía, racismo, religiosidad, adulterio, traumas familiares, inestabilidad psicológica, drogadicción, existencialismo, todos estos temas nunca habian sido tratados con tanta delicadeza, elegancia, seriedad y profundidad en televisión antes de la existencia de esta serie, gracias a guiones elaboradísimos, directores de una profesionalidad intachable y un reparto de actores de una credibilidad fuera de lo común cuyos personajes eran tan reales que podías casi tocarlos.




Six Feet Under tiene el más soberbio y trabajado desarrollo de caracteres de la historia de la televisión, todos ellos poseen una personalidad poliédrica que los hace tan palpables, humanos y cercanos que a veces incluso nos vemos reflejados en ellos, desde el atormentado David (Michael C. Hall), a la nihilista Claire (Lauren Ambrose), el impulsivo Keith (Matthew St Patrick), pasando por el carísmatico Federico (Freddie Rodriguez), el omnipresente y fallecido Nathaniel Sr (Richard Jenkins) o la inigualable Brenda Chenowitt (Rachel Griffiths), uno de los personajes más complejos e interesantes de la ficción televisiva, una mujer manipuladora, casquivana y materialista, poseedora de una abrumadora inteligencia, que mantiene una enfermiza relación con su inestable hermano Billy (Jeremy Sisto) y su insensible madre Margaret (Joanna Casiddy), amén de ser el amor de la vida de Nate Fisher.




Pero si hay que destacar a un personaje sobre todos los demás del reparto ese es el protagonista. Nathaniel Fisher Jr no es el mejor y más humano de los roles que ha dado jamás la televisión, ni el más carismático, es mucho más que eso. Nate es la alegoría, la representación, la metáfora de una vida exprimida hasta el límite, de como aprovechar todos y cada uno de los días de la existencia, sin mirar atrás, moviéndose por los impulsos que dicta el corazón, su presencia en la serie y su recorrido vital en la misma están desde ya en los anales de la mejor ficción jamás realizada. Nunca una creación ficticia ha llegado a tales cotas filosóficas y de calado emocional, por ello Peter Krause, el limitado actor que lo compone, eso sí, desde la más profunda de las verdades, debería todos los días al despertarse besar una foto de Alan Ball, por el regalo tan grandísimo que le hizo, concediéndole el honor de dar vida a este fenomenal ser humano que parece que realmente existió entre nosotros.




Mucho se ha hablado del final de A Dos Metros Bajo Tierra, esos 10 minutos que dan por finalizado el episodio Everyone's Waiting y la serie. Un servidor sigue opinando tres años después de verlo lo mismo que cuando lo degustó por primera vez, es el mejor cierre que se ha dado jamás a una serie de televisión, sin duda alguna, las cotas de emoción a las que llega Alan Ball en esa conjunción de música e imágenes no tiene parangón, pasando completamente de esos manipuladores montajes de escenas de todas las temporadas con los que finalizan cientos de series mediocres, el creador de True Blood realiza un arriesgado triple salto mortal sin red y sale victorioso, encogiéndonos el corazón con una elaboradísima y honda despedida que arranca un buen puñado de lágrimas al seguidor habitual del programa.



Al igual que con cintas como Sin Miedo a la Vida de Peter Weir o Braveheart de Mel Gibson, guardo una especial relación con esta obra maestra indiscutible del tubo catódico que está más allá del bien y del mal, porque sé de primera mano que su mensaje, su filosofía de como ser feliz y vivir una vida plena, de no sucumbir a la tristeza, a los prejuicios e incluso a la perdida, funciona. Poco después de acabarla de ver murió un familiar muy cercano a mí y rememorar las vivencias de los Fisher, de como afrontaron sus penurias y arrancaron haces de luz dentro de la oscuridad me ayudaron a encarar uno de los momentos más duros de mi vida, pero esa, es otra historia y este no es el momento, ni el lugar.



miércoles, 29 de julio de 2009

El Final de la Violencia, el principio del hastío



Título Original: The End of Violence (1997)
Director: Wim Wenders
Guión: Wim Wenders & Nicholas Klein
Actores: Bill Pullman, Andie MacDowell, Gabriel Byrne, Daniel Benzali, Loren Dean, Traci Lind, Pruitt Taylor Vince, Nicole Parker, Peter Horton, Udo Kier





Dios santo, si es que hasta el puto trailer es aburrido. Wim Wenders llegó a ser durante los años 80 el estandarte del nuevo cine europeo. Su celuloide intimista, dramático, lleno de nostalgia y profundidad marcó a milllones de espectadores con obras como El Amigo Americano, su mejor película desde mi punto de vista o la magnífica y alabadísima (puede que demasiado) Paris, Texas, cinta con la que demostró que un germano podía conocer mejor el país estadounidense, que los mismos norteamericanos.




Muchos son los que defienden que Wenders está acabado, que ha perdido todo su lirismo como autor y que su obra ha quedado reducida a una decepción tras otra desde que se desorientara a principios de los 90. A pesar de ser yo un defensor de la fallida pero reivindicable Million Dollar Hotel, cinta que contiene algunas de las escenas más hermosas (ese insuperable inicio) de la carrera del alemán y de que no pierdo la confianza en este hombre, del que tengo muchas ganas de ver Tierra de Abundancia y Llamando a las Puertas del Cielo, ésta última la más alabada de sus últimas cintas y su reunión con el dramaturgo Sam Shepard después de más de 20 años desde su primer trabajo juntos, es posible que tengan razón, porque el Wenders de los últimos años no es ni la sombra del que antaño nos deleitaba con gran cine.




El Final de la Violencia es un farragoso ejercicio de pedante metalenguaje, una historia plana de cine dentro del cine con pretenciosos diálogos llenos de una falsa intelectualidad y unos personajes acartonados que mantienen unas plúmbeas relaciones personales los unos con los otros. Todo es un artificioso cúmulo de situaciones nada creíbles de una simplicidad alarmante envuelta en un look esteticista que realmente no tiene nada interesante que contar.





La dirección del autor de Cielo Sobre Berlín queda reducida a una falsaria sucesión de hermosas panorámicas que son lo único salvable del film. El cine contemplativo y lleno de cadencia que Wenders nos regaló en años pretéritos brilla por su ausencia en El Final de la Violencia, la influencia del expresionismo abstracto del pintor estadounidense Edward Hooper, que se dejaba ver con sutiles pinceladas en la ya mencionada Paris, Texas, se muestra aquí de manera maniquea e impostada, Wenders ya no homenajea al autor de Nighthawks, directamente lo plagia con algunos planos de una puerilidad sonrojante.




Para colmo la película es aburrida hasta el llanto, el espectador no se adentra jamás en una historia que realmente no le importa lo más mínimo por su gelidez formal, su falta de sentimiento, su tono de thriller realizado con desgana, mal escrito e interpretado con apatía. Bill Pulman repite el mismo papel que en Carretera Perdida de David Lynch, haciendo de Robert de Niro, Andie MacDowell no aporta nada a la trama y se pasa todo el metraje con cara de multiorgásmica y Gabriel Byrne que tiene el personaje clave del film, parece que estaba allí de paso, ni siquiera el desfile de interesantes secundarios aporta algo de solidez al argumento.




El Final de la violencia se resume en una palabra, hastío, el de Wenders es un film que no tiene nada que contar, que no sirve ni como reflexión sobre la violencia, ni como retrato del mundo del cine, es el pálido reflejo de la obra de un señor que nos puso el alma en un puño con una conversación dentro de una cabina de peep show entre una mujer en la más triste de las soledades que hablaba sin decir nada y un hombre que lo había perdido todo y que buscaba, no sólo a su esposa perdida, sino también a sí mismo en las entrañas de América, pero esa por desgracia es otra historia, de otra época y si me apuran diría que de otro director.



La Tierra de los Muertos Vivientes, darwinismo en estado de descomposición



Título Original: Land of the Dead (2005)
Director: George A. Romero
Guión: George A. Romero
Actores: Simon Baker, John Leguizamo, Dennis Hopper, Asia Argento, Robert Joy, Eugene Clark, Shawn Roberts, Tony Nappo, Joanne Boland, Tom Savini





Después de una alarmante sequía creativa en los 90, el género zombie está conociendo una nueva edad de oro en la década que nos ocupa con obras como 28 Días Después de Danny Boyle y su secuela 28 Semanas Después a manos de Juan Carlos Fresnadillo, Planet Terror de Robert Rodriguez, [REC] de Jaume Balagueró y Paco Plaza, Amanecer de los Muertos de Zack Snyder, Homecoming de Joe Dante o incluso con parodias geniales como Shaun of the Dead de Edgar Wright




Pero claro, faltaba que el padre del género, George A. Romero, director de la pionera e inolvidable La Noche de los Muertos Vivientes, diera su visión actual del universo que él mismo creó en el año 1968 con su ópera prima. En 2005 la Universal puso en su manos un holgado presupuesto y una considerable libertad creativa para que diera forma a un film contemporaneo sobre muertos vivientes, su título Land of the Dead.




La Tierra de los Muertos Vivientes es un festín, un homenaje de Romero a todos los fans de su trilogía, formada por la ya mecionada La Noche de los Muertos Vivientes, Zombie (Dawn of the Dead) y El Día de los Muertos, un desfile de sangre, vísceras y pólvora, con actores de buen ver, escenas gore memorables y mucha mala baba, pero también es algo más que eso.




Sí, Land of the Dead es una cinta de zombies, pero con matices que la enriquecen a nivel intelectual (pero sin chuparnos las pollas, que este hombre no es Dreyer precisamente). Primeramente los muertos que protagonizan la cinta, evolucionan como especie, poco a poco comienzan a utilizar la lógica llegando incluso a pensar y actuar con raciocinio (el personaje de Big Daddy es la muestra certera de ello) y para colmo no son los enemigos reales dentro de la trama, sus cazadores tienen más pinta de ser una de esas milicias de extrema derecha que vigilan, con rifle en mano, la frontera entre Estados Unidos y México, que de víctimas de los ataques por parte de los no muertos a los que disfrutan matando, encarcelando y humillando, mostrándose más inhumanos que los propios bichos.




Destacar también que sólo las clases adineradas viven aisladas, rodeadas de altas medidas de seguridad para no ser blanco de ataque alguno, la lectura social del film es un hecho y que los mismos muertos vivientes vistan de obreros y porten como armas las herramientas que utlizaban en su trabajo da un matiz, seguramente no buscado, de corte socialista (la clase obrera rebelándose contra el capitalismo) que queda tan poco sutil como acertado.



Romero cumple con creces en la dirección, mezcla su toque clásico con una visión más vanguardista que recuerda mucho al John Carpenter de Vampiros y Fantasmas de Marte. El realizador de Creepshow tiene en sus manos los medios suficientes para convertirlo todo en una hecatombe zombie a lo bestia, pero sabiamente, dosifica la acción y no llena la trama de persecuciones frenéticas con montaje epiléptico, ni confusas batallas campales. Los personajes son meros estereotipos que sólo sirven para impulsar el desarrllo del film, pero se agradece la presencia de la morbosa Asia Argento, de tipos como John Leguizamo, Simon Baker, el gran Robert Joy o el impagable Dennis Hooper como el solvente (monetariamente hablando) y rastrero señor Kaufman.




La Tierra de los Muertos Vivientes (que me ha gustado más al revisionarla, que la primera vez que la degusté) no marcará época en el cine de terror y no es la mejor cinta cinematográficamante hablando de su director (ese privilegio lo posee esa pequeña joya cronenbergiana titulada Atracción Diabólica), pero nos muestra a un entrañable abuelete de 70 años en plena forma y con muchas ganas de seguir haciendo películas como esas Diary of the Dead y Survival of the Dead en las que sigue dale que te pego con estos entrañables seres en descomposición que reflejan el lado más horrible y paradójicamente humano, de nuestra sociedad.


martes, 28 de julio de 2009

Firefly, la filosofía y el honor del derrotado

"Cuando no puedes correr... te arrastras y cuando ni eso ya puedes... encuentras a alguien que te cargue"
Malcolm Reynolds




En el año 2002 Joss Whedon, creador de Buffy, la Cazavampiros y su spin off, Ángel, estrenaba en la televisión americana, una modesta serie futurista, mal emitidada (el primer episodio estrenado fue el noveno, con dos cojones) y peor recibida por los entendidos del medio, la cadena FOX (alabada sea la misma) la canceló a los pocos capítulos sin acabar siquiera la temporada entera, pero los seguidores del producto ya eran legión, para desgracia del canal y suerte del sentido común y la calidad televisiva había nacido Firefly, un tardío, pero descomunal éxito catódico de masas.





Firefly transcurre en al año 2517, la sociedad imperante, proviene de la Tierra y está formada por la unión de dos grandes potencias, la americana y la china (por eso todos los personajes hablan inglés y chapurrean el idioma oriental), la superpoblación en el planeta verde obligó a muchos ciudadanos a emigrar a otro sistema solar. Tras una guerra entre la Alianza, actual gobierno a nivel universal, más una autarquia a gran escala, que una democracia, y los independientes (con victoria por parte de los primeros) muchos soldados del bando perdedor tuvieron que buscarse la vida como pudieron, ese es el caso de Malcolm Reynolds.




La serie
es en pocas palabras un western futurista, que narra las aventuras de la tripulación de la Serenity, una anticuada y renqueante nave espacial (una Firefly) utilizada para el contrabando de material ilegal alrededor de la galaxia. Si Joss Whedon es un genio perfilando personajes inolvidables y definidos, el nivel de calidad de los roles que aparecen en Firefly no tiene nombre, todos y cada uno de ellos (unos más, otros menos) destilan carisma y poseen personalidades del todo creíbles.




El protagonista de la serie y capitán de la Serenity es Malcolm Reynolds (Nathan Fillion) ex sargento del bando independiente durante la guerra contra la Alianza (apunte de guión que lo emparenta directamente con Ethan Edwards, el personaje de John Wayne en Centauros del Desierto, el clásico del western dirigido por John Ford) un perdedor de gran corazón y personalidad arrolladora, uno de los personajes más célebres de la historia de la televisión, sus golpes de humor, su sorna y su integridad moral son intachables y el hecho de que pusiera a su nave el nombre del valle donde se llevó acabo la batalla en la que perdió la guerra contra los aliados es toda una declaración de principios.




No menos inolvidables son los demás componentes de la tripulación de la Firefly: Zoe (Gina Torres), antigua compañera de Reynolds en las barricadas, su relación con el capitán sigue siendo marcial (aún se dirige a él hablándole de usted) pero la confianza entre ambos es mutua; Wash (Alan Tudyk) marido de Zoe y conductor de la nave, un niño grande metido en el cuerpo de un experto piloto, para el que sucribe, el mejor personaje junto al de Fillion; Jayne (Adam Baldwin, el mítico Animal Mother de la soberbia La Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick) mercenario tosco pero en el fondo de buen corazón, que sólo trabaja para Malcolm por dinero, él tiene los mejores golpes de humor de la serie; Kaylee (Jewel Statie) la encantadora y entrañable mecánica de la nave, con la cual tiene una especie de relación fetichista, habla con ella y se ofende cuando se dirigen hacia la misma en tono despectivo; el Pastor Book (Ron Glass), clérigo del grupo, hombre de Dios que comparte una relación de respeto y recelo con Reynolds (poco amigo de la religión); los hermanos Simon (Sean Maher) y River (Summer Glau), médico él, chica perturbada con muchos secretos ella, ambos dos, catalizadores de la trama central, así como protagonistas de la relación más compleja de la serie y por último, Inara (Morena Baccarin), prostituta de lujo enamorada en secreto del capitán (sentimiento compartido por él con el mismo o más acentuado anonimato), destacar que en el universo de Firefly las señoritas de compañía son poco más que diplomáticas instaladas en la alta sociedad, interesante y encomiable visión la que tiene Joss Whedon sobre el oficio más antiguo del mundo.




14 episodios, un piloto con duración ciematográfica y otros 13, ninguno de ellos es un desperdicio, todos destilan calidad técnica (efectos digitales dignísimos para un limitado producto catódico), artística (uno de los repartos más cohesionados que haya pasado por la ficción televisiva) y algunos de ellos como Serenity, Out of Gas y sobre todo The Message son productos de un nivel mítico dentro de la historia de la ficción de la pequeña pantalla. Tras la cancelación de la serie los fans por medio de internet asediaron a la FOX con cientos de miles de e-mails criticando la estúpida decisión que habían tomado, aunque ¿qué se puede esperar de una cadena que emite como primer episodio de un poducto el capítulo número 9 o que cancela una maravilla como Futurama en su cuarta temporada?. La presión fue notable y tuvo resultados, la Universal compró los derechos del serial y dio a Joss Whedon un presupuesto ajustado para acabar la serie cuya trama había quedado suspendida en el aire, el resultado Serenity, secuela cinematográfica que fue un rotundo éxito de taquilla y también recibió el respaldo de la crítica, destacar que poco antes del estreno de la cinta Whedon lanzó una breve y emotiva introducción al film junto a algunas escenas no acabadas de la película, dando las gracias a Los Casacas Marrones, los fans de Firefly.




Si el espectador profano se acerca a Serenity puede ver una cinta de sci fi, bien acabada con algunos momentos brillantes y escenas de batallas que no tienen nada que envidiar a las de George Lucas, pero si el que la visiona es un fan de Firefly, la experiencia es inolvidable. Serenity es Firefly a la máxima potencia, más grande, más dura, con más efectos especiales (y ojo, no hablamos ni mucho menos, de una superproducción) se le da más relevancia a los temibles Reavers, la ironía hacia la política que poseía la serie se recrudece, el protagonismo de River se confirma y se desvelan muchos de sus secretos. No todo es perfecto en Serenity, hay una polémica decisión hacia le final del fim por parte del director que no gustó practicamente a nadie, pero su calidad, su entereza y lo que significa para el fan de la serie, la hacen rebelarse como una ópera prima cinematográfica espectacular por parte de Whedon y un broche de oro para una gran serie que mereció mejor suerte. Como nota curiosa mencionar que existen tres cómics que sirven de puente (aunque eso no es del todo cierto) entre Firefly y Serenity que guardan íntegra la esencia de los personajes y su universo.




Firefly es una serie de culto, una cima dentro de la ciencia ficción televisiva, el mejor trabajo de la carrera de Joss Whedon, siempre con la incodicional ayuda de su compañero Tim Minear artífice de algunos de los mejores momentos de la serie y de un reparto irrepetible, un producto que aunaba calidad, carisma, humor, acción, drama y amor. Posiblemente si la serie hubiera tenido un gran éxito de audiencia no sería el mito catódico que hoy es, nunca lo sabremos, lo único cierto es que el universo de Firefly es una oda a la libertad personal, a vivir la vida al máximo y un canto en favor de los perdedores, aquellos héroes que por desgracia no son los que escriben los libros de historia.