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martes, 22 de febrero de 2022

El Pacificador (Peacemaker), it's only rock 'n' roll (but I like it)


"¡Comed paz, hijos de puta!"



The Suicide Squad, la secuela/reboot del famoso grupo de DC escrita y dirigida por James Gunn (Guardianes de la Galaxia Vol. 1 y 2), supuso toda una agradable sorpresa el pasado 2021. Antes de que pudiéramos verla y disfrutarla en pantalla grande como una de las mejores y más divertidas cintas del DCEU nos enterábamos de que Warner Bros y DC Entertainment encargaban al director de Slither (2006) poner en marcha una serie protagonizada por Peacemaker, el personaje creado por Joe Gill y Pat Boyette para Charlton Comics, que más tarde pasaría a ser propiedad de DC, interpretado en pantalla grande por el famoso actor y luchador profesional estadounidense John Cena convirtiéndose en uno de los personajes más recordados del largometraje. Recuperando a varios de los secundarios que pudimos ver en el film de 2021, a los que se sumerían otros nuevos, y narrando hechos posteriores al mismo, desde el pasado día 13 de enero ya podemos disfrutar en HBO Max de los tres primeros episodios de esta nueva ficción.



Después de un cold opening en el que se nos presenta la actual situación del personaje principal y unos divertidísimos títulos de crédito que marcan perfectamente el tono de la serie, convirtiéndose en la comidilla del fandom durante estos días con todo merecimiento, lo que podemos encontrar es un proyecto con una calidad de producción, y es algo que sucede también con las series de Marvel Studios para Disney Plus, que en poco debe envidiar a los estrenos en pantalla grande del DCEU. Hablamos de una ficción 100% James Gunn en la que asisistimos una versión algo blanqueada de Peacemaker en comparación a lo que nos era revelado al final de The Suicide Squad, pero siempre jugando son su instinto asesino o prejuicios sexuales y raciales. Ahí es donde el producto encuentra algunas de sus mayores virtudes, en su choque entre lo políticamente correcto e incorrecto haciendo sorna con las dos vertientes de pensamiento y con la línea que los separa difuminándose continuamente.



El primer episodio, A Whole New Whirled, es el más compacto en cuanto a guion y presenta de manera harto eficiente a los personajes secundarios que se codearán con el alter ego "superheróico" de Christopher Smith. En esos poco menos de 45 minutos que dura el capítulo se condensa el humor cafre y en ocasiones zafio, muy hermanado con el de la reividicable M.O.D.O.K de Marvel Television y Hulu, con unas secuencias de acción rodadas con rotundidad y fiereza por parte de un James Gunn alejándose del tono algo más ligero de sus incursiones en el MCU, heredando el de su ya citada The Suicide Squad o el de piezas previas de su filmografía como Super o sus incursiones primigenias en la Troma Entertainment de Lloyd Kaufman. Todo un desfille de salvajadas y chifladuras que, como en todo trabajo salido de la mano de su autor, siempre contiene en su interior un poso dramático o trágico que vascula el relato.



En el segundo episodio, Best Friends, For Never, el guion de James Gunn tropieza a la hora de intentar alargar algunos gags cómicos que no funcionan o no tienen el timing adecuado, cayendo en ocasiones en cierto ridículo, pero afortunadamente el desarrollo de la trama, la presenteción de personajes como el Vigilante y la acción subsanan cualquier fallo. El tercer capítulo, Better Goff Dead, encarrila la máquina y ofrece momentos desopilantes una vez el rol reimaginado en las viñetas por Marv Wolfman y George Pérez se establece como recurrente en el casting. Pero si hay un motivo de peso que me hace tener esperanza en esta serie y lo que tenga que ofrecernos en el futuro es un John Cena pletórico, carismático y exprimiendo al máximo una vis cómica, hasta hoy desaprovechada o poco explotada, que a lo largo de esta Peacemaker seguro nos deperará momentos memorables, ya que solo en una película y tres episodios nos ha regalado más de uno para el recuerdo. A la espera de ello quedamos hasta la próxima semana.



The Choad Less Traveled, alucinógenamente traducido en España como Cipote Se Hace al Andar, suponemos que por un fan de Antonio Machado en HBO Max España, marca la cuarta entrega de esta Peacemaker que mantiene a James Gunn al guion, pero ya cuenta en la dirección con el realizador Jody Hill (Observe & Report) no solo consolidando todas sus virtudes mostradas en los tres primeros episodios, sino acrecentándolas notablemente y reduciendo al máximo las carencias. La trama central se ve beneficiada gracias todo lo relacionado con el Auggie Smith de un brillante Robert Patrick, al que hacía años no veíamos tan resuelto delante de la cámara, dando vida a un nazi bastardo de manual. Toda la parte del capítulo desarrollada en la cárcel y sobre todo la de la "infiltración" depara momentos memorables con pasajes de violencia rodados de manera brutal.



En este sentido James Gunn ya marcó en los tres primeros episodios el tono de una propuesta que no se corta un pelo a la hora de mostrar situaciones salvajes desde un plano físico en consonancia a lo visto en The Suicide Squad. Por ello Jody Hill toma el relevo de su predecesor con la máxima fidelidad y ejecuta alguna que otra secuencia memorable como la de la pelea en el parking en la que John Cena y Nhut Le dan lo mejor de sí mismos para goce del espectador. Pero además de ello no solo la construcción de los gags humorísticos es más sólida, salvo alguna excepción, es que el drama comienza a abrirse paso y todo apunta a que impactará directamente en el personaje principal exgiendo a Cena adentrarse en terrenos interpretativos que hasta ahora mismo le eran ajenos. Las primeras muestras de ello, que pueden verse en los úlitmos minutos de este episodio, dejan vislumbrar algo que podría llegar a ser memorable.



Con The Choad Less Traveled llegamos al prematuro ecuador de Peacemaker y por ahora las impresiones de un servidor no pueden ser mejores ante lo que en ningún momento deja de ser un divertimento alocado y desprejuiciado en el que se pueden apuntar ideas tan locas como usar el racismo de un supremacista blanco para que ayude a eliminar aliemígenas por el simple hecho de que "odia a los extranjeros" o adentrarse en terrenos más trágicos al ir recuperando hechos del pasado del protagonista. Con Christopher Smith comenzando a tocar fondo desde un punto de vista psicológico y una revelación importante como la que podemos ver en el último plano del capítulo nos quedamos a la espera de que la semana que viene la serie de James Gunn no solo siga manteniendo el tipo, sino que se supere a sí misma una vez más como lleva haciendo desde que irrumpió con su ya prometedor episodio piloto.



Con malas vibraciones da sus primeros compases este Monkey Dory, que supone el quinto episodio de la temporada, cuando vemos a James Gunn alargar hasta la extenuación el gag del protagonista enumerando celebridades, idea que más condensada hubiera quedado impecable, pero que tan extendida en el tiempo no solo pierde su gracia, sino que se antoja agotadora recordando a los peores tiempos de Padre de Familia y la manía de Seth MacFarlane de repetir hasta el vómito bromas que él y sus colaboradores creían merecedoras de más metraje. Por suerte este pasaje es breve y solo una mácula dentro de otro episodio memorable que recupera todo el punch con el asalto al "nido de mariposas" en el que la directora Rosemeray Rodriguez (The Walking Dead, Jessica Jones) despliega todo el abanico de violencia explícita ya indisociable tanto al personaje principal como a la serie con momentos brillantes y homenajes explícitos a La Invasión de los Ultracuerpos y sus variantes.



Después de la adrenalínica dosis de acción el episodio levanta el pie del acelerador para recurrir a una de las mejores virtudes de James Gunn como guionista, estrechar lazos entre unos personajes que son un dechado de defectos, carencias afectivas y problemas mentales. La dinámica entre los distintos roles se afianza, comienzan a limarse asperezas entre unos y otros y el culmen de este devenir de acontecimienos desemboca en la memorable secuencia de la creación del grupo de WhatsApp que, como hemos podido ver estos días en redes sociales, ha tenido lugar también en el mundo real con los actores de la serie implicados. Desgraciadamente y conociendo la carrera previa de James Gunn esta concesión a los sentimientos es muy probable que sea la antesala de una escabechina en los próximos episodios con la integridad física de varios de los secundarios en peligro. Solo el tiempo nos dirá si acierto con mis elucubraciones.



Aunque no es el mejor episodio de la temporada, ese honor ahora mismo lo detenta el The Choad Less Traveled de la pasada semana, sí mantiene el alto nivel de una ficción que está gustando a propios extraños gracias a su descaro, naturaleza iconoclasta y carisma en sesión continua. Peacemaker se mantiene como un proyecto que encapsula todas las virtudes de James Gunn como escritor o cineasta y casi ninguna de sus carencias, que aun habiéndolas no empañan un ápice el buen trabajo del autor y sus colaboradores delante y detrás de las cámaras. Con un cliffhunger muy potente, dejando el povenir de la serie pendiente de un hilo, todo apunta a que el sexto capítulo del próximo jueves será clave para encarrilar la recta final de una temporada que hasta el momento no ha hecho otra cosa que darnos una satisfacción tras otra. Ojalá sigamos así hasta el cierre de la tanda de episodios, esperando que estos no sean los últimos.



El de este sexto episodio titulado Murn After Running, en referencia a la divertida película Burn After Reading de los hermanos Coen, es un caso curioso. Después de la escalada de calidad y desarrollo de personajes, sobre todo en la cuarta y quinta entrega, ahora nos encontramos con lo que aparenta ser un capítulo visagra o de transición en el que James Gunn, recuperando su puesto de director, y sus colaboradores comienzan los preparativos de la traca final que tendrá lugar a partir de la semana que viene. De esta manera encontramos aquí todas las carcaterísticas audiovisuales y narrativas que han carecterizado a Peacemaker como serie desde su mismo arranque, pero centrándose más en una acción que para en seco esa profundidad dramática que el futuro director de Guardianes de la Galaxia Vol. 3 había construido con suma eficiencia en The Choad Less Traveller y Monkey Dory. De manera que durante sus primeros treinta minutos nos encontramos con un episodio menos trascedente que sus predecesores.




Pero todo cambia en el último acto, cuando Gunn y su equipo ponen definitivamente las piezas sobre la mesa para dejar la maquinaria lista de cara a la batalla final, con esa memorable secuencia paralela protagonizada por la Detective Sophie Song de Annie Chang y el Auggie Smith de Robert Patrick, volviendo a un plano mucho más intimista en el que Christopher Smith, y no Peacemaker, interpreta al piano Home Sweet Home de Motley Crue con un John Cena que el mismo Gunn ha confirmado como ejecutor real del tema. Aquí es donde la serie revela sus verdaderas intenciones, no sólo dar una profundidad dramática a un personaje en apariencia plano gracias a la excelente labor de escritura propuesta por sus autores, sino también por la entrega de un actor protagonista que como aventurábamos previamente se está revelando como un intérprete brillante después de haber explotado su vis cómica en los primeros capítulos encontrándose ahora muy cómodo en un dramatismo nunca tremendista o lacrimógeno, pero sí emotivo y cercano.



Solo dos episodios quedan para que ponga fin Peacemaker. El séptimo lo podremos ver la próxima semana en HBO Max con el título Stop Dragon My Heart Around, un juego de palabras con el tema Stop Draggin’ My Heart Around de Stevie Nicks, y mucho se tiene que torcer la cosa para que la serie ideada por James Gunn y protagonizada por John Cena no se convierta en una de las mejores basadas en personajes de cómics que vayamos a ver este 2022. Este es el camino que deben seguir DC Entertainment y Warner Bros a la hora de llevar a sus iconos de las viñetas al medio audiovisual, apelar a la convivencia entre productos de distintos tonos y géneros sin problema a que visiones más oscuras alternen recorrido con otras luminosas o como en el caso que nos ocupa una amalgama entre comedia cafre repleta de humor negro con personajes que se adentran sin problema en terrenos más humanos con los que los espectadores podamos indentificarnos.




Como ya vaticinaba un servidor el pasado Murn After Reading daría paso a la traca final de Peacemaker que comienza con el séptimo y penúltimo episodio Stop Dragon My Heart Around. Porque James Gunn al guion y Brad Anderson (Session 9, El Maquinista) a la dirección iban a poner toda la carne en el asador de cara a la season finale y esta semana nos hemos encontrado con la primera parte de la misma centrándose en uno de los villanos de la temporada. Porque como era inevitable nuestro protagonista y su equipo de colaboradores tarde o temprano iban a verse las caras con Auggie Smith, ya con el traje de White Dragon enfundado, y su grupo de supremacistas blancos de mierda. La batalla consiguiente da como resultado la salida del personaje de Robert Patrick de la producción y la puesta apunto para el enfrentamiento con las mariposas.



Este séptimo capítulo vuelve a hacer uso de la mezcolanza de tonalidades propia de lo que hasta ahora habíamos visto de la serie creada por James Gunn. Por un lado el humor negro que no se corta un pelo en cuanto a explicitud y cafradas y por otro un trasfondo emocional que se extiende por todos los personajes, pero que hace especial hincapié en el magnífico Christopher Smith de un John Cena encontrándose muy cómodo con un personaje brutalmente incómodo al que él ha sabido darle corazón. A eso sumamos una puesta en escena que luce mejor que nunca en las secuencias de acción y aunque Brad Anderson es un director con bastante talento que en más de una ocasión ha mostrado cierta personalidad detrás de las cámaras aquí se amolda al look visual impreso por el autor de PG Porn y el resultado es impecable.



Penúltimo episodio y la maquinaria sigue funcionando a pleno rendimiento. Vamos a por la conclusión y Peacemaker se reafirma en cada capítulo como una ficción brillante que no solo mantiene la esencia de lo planteado por James Gunn en The Suicide Squad, sino que en un inesperado efecto retroactivo enriquece aquella visión que se nos ofreció del grupo de DC Comics en general y de El Pacificador en particular. La semana que viene It’s Cow or Never, esta vez le ha tocado al Rey del Rock, pondrá final a esta esperemos que primera tanda de episodios centrados en el personaje creado por Joe Gill y Pat Boyette en 1966 dentro de la editorial Charlton Comics. Al igual que afirmé la pasada semana una gran catástrofe tendría que acontecer en esta última entrega para que Peacemaker no se despida siendo una de las mejores producciones audiovisuales superheróicas del presente año.




Finalmente se han cumplido los vaticinios y Peacemaker se despide a lo grande con It’s Cow or Never, traducido genialmente como Esto se Avaca en España, el último episodio de la temporada centrada en el personaje de DC Comics encarnado en imagen real por al actor y luchador profesional John Cena. Si en la anterior entrega Christopher Smith eliminaba a Auggie Smith, su propio padre enfundado en el traje del villano y supremacista blanco White Dragon, ahora le tocaba al equipo formado por john Economos, Vigilante/Adrian Chase, Emilia Harcourt, Leota Adebayo y el mismo Peacemaker acabar con los planes de las mariposas, los extraterrestres venidos del espacio exterior que habían usurpado los cuerpos de todas las fuerzas de la ley local para custodiar "la vaca" que les proporcionaba alimento para mantenerse con vida en nuestro planeta.



Un último capítulo que sirve como muestra quintaesencial de todas las características de la serie de HBO Max producida por DC Entertainment y Warner Bros. Humor negro, violencia explícita, personajes descerebrados pero con buen fondo, rock de los años 80 y referencias al cine de invasiones alienígenas más pulp por obra y gracia de un James Gunn que recupera aquí su doble labor como guionista y director para poner punto y seguido a una serie que se ha ganado el corazón de gran parte del fandom y el público generalista. Detrás de la batalla campal en el granero, ese clímax final con la vaca que nos remite al de Starship Troopers, el comentadísimo cameo o un cierre para todos los personajes subyace un poso de amargura sobre todo en lo concerniente a un personaje principal que John Cena acometió con inusitada profesionalidad desde el primer episodio.



Sé que es algo que he mencionado todas las semanas que hemos ido comentado los episodios de la serie de HBO Max, pero no quiero perder la oportunidad de reafirmarme en que este es el camino que debe seguir el DC Extended Universe si quiere convertirse en un microcosmos en el que pueda caber una polifonía de voces a la hora de llevar la gran o pequeña pantallas las andanzas en viñetas de sus personajes célebres y no tan célebres. Ahora lo importante es que los productores no cometan la equivocación de dejar escapar a James Gunn como showrunner del proyecto, porque él y John Cena son el alma de Peacemaker y ninguno de ellos debería desvincularse de esa ya confirmada segunda temporada que esperaremos con muchas ganas. Un servidor ha disfrutado la serie de El Pacificador más que el 90% de las series de Disney Plus y Marvel Studios y ahora solo me queda esperar que la nueva tanda de episodios tarde poco en llegar y nos depare nuevas sorpresas.




viernes, 19 de julio de 2013

The Master, I'm pulling your strings



Título Original The Master (2012)
Director Paul Thomas Anderson
Guión Paul Thomas Anderson
Actores Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Kevin J. O'Connor, Rami Malek, Jesse Plemons, Fiona Dourif, David Warshofsky, Lena Endre, Ambyr Childers





Junto a cineastas como Christopher Nolan, Darren Aronofsky o David Fincher el norteamericano Paul Thomas Anderson es una de las voces más personales e interesantes del Hollywood actual. Si bien con su ópera prima Hard Eight pasó bastante desapercibido ya con su segunda cinta, Boogie Nights, biopic no reconocido sobre el mítico actor del cine pornográfico John Holmes cuyo germen es un falso documental llamado The Dirk Diggler Story rodado por el director en 1988, que no dejaba de ser un homenaje al celuloide para adultos en particular y al séptimo arte en general, dio mucho que hablar. Dos años después, en 1999, estrenó la que para un servidor es su obra maestra, Magnolia, poderoso relato coral de mirada poliédrica sobre el azar en el que parecían darse la mano los mejores Martin Scorsese y Robert Altman.




Tras este éxito (sobre todo de crítica) se desmarcó realizando una entrañable comedia romántica titulada Punch-Drunk Love, protagonizada por el mejor Adam Sandler de la historia (¿el único?) y una adorable Emily Watson. Ya en 2007 estrenó There Will Be Blood psicodrama sobre Daniel Plainview, un ambicioso magnate del petroleo interpretado por un Daniel Day Lewis que deovaraba la cámara y al espectador. Con todo el largometraje no cumplió todas mis expectativas porque a un arranque digno de los mejores Stanley Kubrick o Terrence Malick y un nudo consistente así como lleno de interés se contraponía un desenlace renqueante en el que el guión y el montaje hacían aguas por culpa de unas bruscas elipsis narrativas y los actos un tanto ridículos por parte de los personajes.




Poco después de la puesta de largo internacional de la cinta terriblemente rebautizada en España como Pozos de Ambición (Angela Channing sonríe desde su tumba) en Hollywood empezó a hacerse eco la noticia de que el próximo proyecto de Thomas Anderson iba a ser un biopic sobre L. Ron. Hubbard, fundador de la iglesia de la cienciología. Evidentemente el cineasta no iba a usar el nombre real del artífice de la religión que profesan John Travolta, Tom Cruise o Forest Whitaker ni de sus familiares, evitando así acabar con sus huesos en los tribunales, pero queda bastante claro en The Master que nos habla de los enemigos de Xenu. Pero lo curioso es que el tema principal del film no es ni esta secta ni sus acólitos ya que los mismos son medios para llegar a otro fin bastante más profundo e interesante por parte del director.




Freddie Quell (Joaquin Phoenix) es un veterano de la Segunda Guerra Mundial inestable y obsesivo que se gana la vida como fotógrafo en unos grandes almacenes y destilando su propio alcohol. Un día conoce a Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) persuasivo líder de una nueva religión llamada la Causa que empieza a tener un considerable eco en los Estados Unidos de la década de los 50. Con el tiempo Freddie se convertirá en la mano derecha de Lancaster y una pieza importante dentro de la secta, pero su turbia relación con el creador de la misma y la influencia que en este ejerce su esposa Peggy (Amy Adams) volverán a Freddie  más inestable psicológicamente llegando a convertirlo en una persona peligrosa y demente.




La sexta película de Paul Thomas Anderson es extraña y esa sensación es la que transmite al espectador. Es una obra imperfecta pero con momentos remarcables en su interior. El apartado técnico es notable y el reparto no puede llegar a cotas de talento más altas que las que expone en pantalla, pero al igual que en gran parte de There Will Be Blood la inconsistencia del guión juega en contra del cineasta y su criatura fílmica. En ocasiones el director no parece saber a ciencia cierta de qué nos quiere hablar o si lo sabe se anda con demasiados rodeos e interjecciones argumentales que sólo sirven para dispersar el conjunto del largometraje.




Pero aunque la estructura del libreto acentúa la inconsistencia como obra cinematográfica de The Master la profundidad del mismo se revela como uno de los mayores aciertos del proyecto. Ya que todo aquel que se acerque a la cinta que nos ocupa en busca de un retrato analítico e intenso de la cienciología o las sectas en particular se llevará una considerable decepción. Thomas Anderson usa esta amalgama de religiones (hay tanto de cienciologa como de otras, mismamente la de los Testigos de Jehová) al fundador de la misma y a sus seguidores como un acertado MacGuffin para realizar un retrato nihilista, duro e inmisericorde sobre la psicología humana.




Porque ahí es donde más fuerte se hace The Master, en el análisis de sus personajes, en cómo el director y guionista taladra en la mente del norteamericano de la posguerra y sobre todo triunfa a la hora de hacer un retrato sobre la dependencia, la manipulación y la inestabilidad mental de sus criaturas. El título del largometraje es todo un acierto porque el mismo no tiene género. ¿Es Lancaster el maestro al que se refiere el título, lo es Freddie con el que el líder de la Causa tiene una relación de toxicidad tanto intelectual como existencial en la que la simbiosis es un hecho o nos habla de Peggy, esa mujer manipuladora y en la sombra (enorme la escena de la masturbación) que dice qué debe hacer a su marido en todo momento?. 




Este es el tema que interesa a Thomas Anderson, la debilidad humana y sus miserias aunque si el director de Boogie Nights consigue llevar a buen puerto tal empresa es porque tiene un reparto en general y un protagonista en particular que le ofrecen en bandeja de plata el 80% la película con sus descomunales trabajos. Porque Philip Seymour Hoffman tiene el carisma, la presencia, la voz y la fuerza para encarnar a ese líder lavacerebros, manipulador, megalómano que mira por encima del hombro al prójimo y Amy Adams oculta detrás de su delicada figura una víbora malsana que mueve los hilos de su marioneta entre bambalinas sin que nadie lo sepa, dejando verse con este rol y el del resto de mujeres de la velada (busconas, manipuladoras, promiscuas) cierto tufo misógino en la obra que queda camuflado (intencionadamente o no) cuando vemos que independientemente del género todas las criaturas que pueblan The Master carecen de bondad.




Pero lo de Joaquin Phoenix ya es harina de otro costal. Decir a estas alturas que es posiblemente el mejor actor vivo del cine contemporáneo es innecesario, ahí tenemos cosas como I'm Still Here para confirmarlo, pero que se supera con cada creación es sencillamente incontestable. Freddie Quell es uno de los personajes más perturbadores que he visto en el cine reciente, el hermano del malogrado River Phoenix (al que hace años que superó como actor y eso que aquel tampoco andaba falto de talento) se ciñe la piel de una criatura bífida, reptante que huele a lascivia, a demencia y que transmite miedo porque nunca sabemos cuál va a ser su próxima locura. 




El actor de Gladiator se entrega tanto en su cometido que llega a dar y recibir golpes reales (enorme su ataque en la celda) dentro de su actuación (el método Stanislavski le queda pequeño a este señor) a dañarse físicamente, pero nunca a excederse o introducirse en la sobreactuación. Aunque entre tanto pensamiento enfermizo, hasta de violador en potencia, yace acurrucado en un rincón oscuro un pobre niño inocente, destrozado por una vida terrible y su paso por la guerra, un crío que no para de reírse (cuando el espectador es consciente de que cada una de esas carcajadas equivale a una lágrima que no puede derramar) y de vivir con lo puesto recordando un amor de adolescencia que nunca podrá recuperar. 




Este infante asustado que es Freddie sólo da la cara cuando se enfrenta a Lancaster, porque sin duda las sesiones que ambos comparten son lo mejor de The Master, un desfile de clases de interpretación de altos vuelos en las que la química explota en pantalla entre dos actores prodigiosos teniendo su culmen con esa canción y esa lágrima que por fin puede recorrer un rostro arrugado y lleno de surcos que son como el mapa de una vida miserable. Sólo por el tour de force interpretativo entre Seymour Hoffman y Phoenix y por el descarnado trabajo de este último tanto en el plano físico como el psicológico la última cinta de Paul Thomas Anderson merece no ser ignorada.




Menos consistente como largometraje que como dirección de actores o análisis de personajes The Master no consigue llegar a la excelencia a la que nos tiene acostumbrados su director, ni siquiera su poderosa inventiva con la cámara se deja ver más allá de un par de planos secuencia (el de la pelea con el cliente en el centro comercial es brillante) y como con There Will Be Blood (puede que un poco más) no me quedo del todo satisfecho con el film. Pero su visionado se antoja casi obligatorio sólo por ver a dos fuerzas de la naturaleza enfrentadas delante del entomólogo objetivo del director de Magnolia, el mismo que nos ofrece con la obra que nos ocupa uno de los retratos más acertados, incómodos e incisivos sobre la amoralidad humana.


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cisne Negro, spread your wings



Título Original: Black Swan (2010)
Director: Darren Aronofsky
Guión: Andrés Heinz, Jon McLaughlin & Mark Heyman
Actores: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin, Sebastian Stan


Trailer


Definitivamente con Black Swan, su quinto trabajo detrás de las cámaras, el realizador americano de origen judío Darren Aronofsky se confirma como uno de los talentos cinematográficos más grandes que ha dado el cine contemporáneo. La cinta, protagonizada por Natalie Portman, narra la historia de una obsesiva bailarina preparándose para el que será su salto al ballet de élite interpretando el papel principal de El Lago de los Cisnes del ruso Piotr Ílich Chaikovski.




En pocas palabras y para situar al espectador con sólo unos apuntes referenciales cinematográficos, Black Swan vendría a ser un film producido por el Joseph L. Mankiewicz de Eva al Desnudo, con un guión del Roman Polanski de Repulsión, dirigido por el estilizado David Cronenberg de sus dos últimas obras, Una Historia de Violencia y Promesas del Este. Pero todo solidificado con la impronta de Aronofsky, un autor que no sólo evoluciona como director, sino que también muta con cada proyecto.




Black Swan es un pesadillesco viaje introspectivo a la mente de una joven y virtuosa bailarina obsesionada con la perfección. Dicha excusa narrativa le sirve el director de Requiem Por Un Sueño para ir más allá y así realizar, en un notorio pero sutil subtexto, un análisis al escalpelo de la represión sexual de su criatura y sus obsesiones psicológicas, que se llegan a somatizar incluso físicamente en heridas inflingidas a sí misma que bordean un complejo pero acertado (en su planteamiento) sadomasoquismo autoimpuesto, que una vez más recuerda a algunas obras del director de Scanners.




El sello de Aronofsky está a flor de piel durante todo el largometraje. Podemos percibir sin mucha dificultad su tendencia a retratar seres que se obsesionan de manera enfermiza con llevar a cabo un objetivo que les corroe por dentro y con el que tratan de llegar a un engañoso estado de bienestar. Los personajes de este autor casi siempre tienen buenas intenciones, pero a la hora de llevarlas a cabo hacen palidecer toda humanidad a su causa. Descubriendo los mismos en el último momento que sólo cayendo en lo más bajo, tocando fondo, llegarán a conseguir su propósito. Ya que asimilan de manera trágica que en la autodestrucción física y psicológica está la liberación final del cuerpo y el alma.




Black Swan al igual que The Wrestler (que revisioné hace poco descubriendo nuevos matices y apuntes señoriales que han hecho que la disfrutara mucho más que la primera vez que la degusté) muestra una clara madurez y evolución en el estilo de Aronofsky. El autor de The Fountain no abusa de resortes forzados en el apartado técnico de su realización si la historia no lo exige y los que incluye están justificados ya que los mismos están sustentados en el punto de vista del personaje de Nina que tiene una visión totalmente distorsionada de la realidad que la rodea.




Si bien la cinta interpretada por un magistral Mickey Rourke mostraba el largo e inevitable estertor de muerte de un profesional de la lucha libre en decadencia, que se obcecaba con seguir en ese mundo aunque ello le costara la vida, Black Swan nos habla practicamente de lo mismo, pero desde el otro lado del espectro. Narrando el momento álgido de la carrera como bailarina de su protagonista. Dicha responsabilidad hará que Nina se cuestione no sólo todo su endeble sistema de valores, sino también su sexualidad, la relación emocional con su madre y sobre todo su cordura.




Otro de los apuntes en los que acierta Aronfosky es en esquivar algunos caminos transitados dentro del subgénero del psicodrama. Evitando mostrar con los protagonistas los típicos clichés de madre obsesionada con que su hija se labre la carrera que ella no tuvo, amiga competidora que hará la vida imposible a la actriz principal o profesor déspota con ella que la abordará con un tipo de acoso físico y psicológico. Todos esos personajes maniqueos están ahí, pero poco a poco el realizador los obliga a mutar (todos los roles lo hacen durante el film, sobre todo la protagonista, que lo hace en más de un sentido) mostrándose de una manera distinta a la que parecía en un principio. Sólo Beth, la bailarina retirada a la que da vida Winona Ryder caería en el tipo de estereotipo que esa clase de personaje tiene autoimpuesto.




Sería injusto no mencionar que el film es realmente Natalie Portman. La joven actriz israelí realiza la mejor composición interpretativa de su carrera entregándose plenamente a su director (autor que exige y explota de manera bestial a su actores en todas sus producciones). La protagonista de Closer borda magistralmente un rol entre la fragilidad y lo animal, entre lo virginal y lo lascivo, lo etereo y lo desgarrado y consigue transmitir ese malestar físico y mental en el que se sumerge. No sé si será por efecto dominó, pero el resto del reparto, sin estar a su altura, le dan perfectamente la réplica. Como una dual Mila Kunis, Vincent Cassel señorial como nunca, Barbara Hersey de sufrida madre y Winona Ryder, con un breve pero importante papel en la trama que ya he mencionado anterioremente.




Black Swan es un excelente drama con toques de terror psicológico. Una convergencia magistral entre la dirección de un verdadero autor que se adapta al tipo de historia que debe narrar sin perder su personalidad, unos actores abiertos en canal y una historia oscura, trágica, puede que algo exagerada, ya que se le va la mano a Aronofsky en ocasiones con el onirismo y las transformaciones físicas del personaje (aunque qué se puede esperar de un tipo que hizo que una nevera viviente se comiera a la pobre Ellen Burstyn). Pero las virtudes autorales y los hallazgos formales hacen de Black Swan otro paso gigantesco de su creador dentro del anodino cine actual que él y unos pocos más están sacando del hastío y la necedad.