Mostrando entradas con la etiqueta Wes Craven. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wes Craven. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de agosto de 2021

Pesadilla en Elm Street, a candy-colored clown they call the sandman



“Una noche, mientras yo estaba en mi habitación, escuché unos ruidos y vi a través de la ventana a un hombre de aspecto tenebroso que estaba en la calle. El hombre me miró directamente a los ojos, sonriéndome. Me escondí en mi cama, pero al rato volví a asomarme por la ventana y descubrí que el hombre seguía en el mismo lugar. Cuando le conté a mi hermano mayor, él bajó las escaleras y salió de la casa para ver si todavía estaba allí, pero no había nadie en la calle. La idea de un adulto que era aterrador y disfrutaba asustando a un niño fue en realidad el origen de Freddy”.

Wes Craven

El cineasta norteamericano Wes Craven (1939-2015), que hoy hubiera cumplido 82 años de edad, tenía un especial olfato para descubrir las preferencias de los fans del cine de terror de distintas épocas o generaciones. Lo supo ver en los 70 cuando unos descreídos Estados Unidos perdieron la inocencia con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, la guerra de Vietnam o los asesinatos de la familia Manson y de ahí nacieron productos como La Última Casa a la Izquierda (1972) o Las Colinas Tienen Ojos (1977) que mostraban un terror cercano, mundano y realista. Hizo lo propio en los 90 cuando se asoció con el guionista Kevin Williamson para crear la franquicia Scream (1996-2022), aquella parodia de los slasher que jugaba de manera consciente y metareferencial con todas las señas de identidad cinematográficas de dicho subgénero. Pero sería en los años 80 cuando el director de Shocker (1989) o Un Vampiro Suelto en Brooklin (1995) revolucionara el celuloide de terror para adolescentes inspirándose en unos artículos de New York Times sobre personas que morían en medio de pesadillas nocturnas y tomando la figura de un extraño individuo con sombrero que lo acosó durante su infancia. 



En esta entrada vamos a hablar de la franquicia Pesadilla en Elm street, aquella saga de películas que nació cuando Wes Craven escribió y dirigió en 1984 la primera aventura onírica de Freddy Krueger. Un asesino de niños que tras ser quemado vivo por los padres de la ciudad de Springwood vuelve como una entidad que buscará y eliminará a los hijos de sus verdugos en el único sitio donde no están a salvo, sus propios sueños. Con siete entregas, un crossover con el Jason Voorhes de Viernes 13, una serie de televisión llamada Las Pesadillas de Freddy, que tomaba una estructura idéntica a la de Historias de la Cripta, un remake y un interminable mechandising de camisetas, figuras, revistas, videojuegos, máquinas de pinball o cómics el asesino en serie de la cara quemada, el sombrero roído y las garras con cuchillas se convirtió en, posiblemente, el monstruo cinematográfico más famoso de la década de los 80. En esta entrada vamos a comentar toda la saga en solitario del personaje, el largometraje que narró su enfrentamiento con Jason y el remake de 2010. Una serie de films que supusieron algunos de los primeros trabajos de cineastas como Jack Sholder, Chuck Russell, Renny Harlin y Stephen Hopkins  que aún siendo inferiores al film primigenio de Wes Craven se muestran hoy día como productos muy competentes adscritos a un tipo de cintas de terror que, desgraciadamente, ya casi no se hacen en Estados Unidos


Pesadilla en Elm Street



Título Original A Nightmare On Elm Street (1984)
Dirección Wes Craven
Guión Wes Craven
Reparto Heather Langenkamp, Robert Englund, Johnny Depp, John Saxon, Lin Shaye, Joe Unger, Charles Fleischer, Jsu Garcia, Amanda Wyss, Ronee Blakley, Mimi Craven

Con menos de dos millones de dólares, el respaldo del productor Robert Shaye, de New Line Cinema, y  Smart Egg Pictures Wes Craven pudo estrenar en 1984 A Nightmare on Elm Street, su quinto largometraje detrás de las cámaras convirtiéndose en un éxito descomunal a pesar de ser una producción independiente. En ella narraba la primera incursión de Freddy Krueger (Robert Englund) en el mundo cinematográfico persiguiendo a Nancy (Heather Lagenkamp) y sus amigos, todos ellos hijos de los padres que le quemaron vivo al descubrir su identidad como asesino de niños. Rodada con escasos medios, pero mucha imaginación, Wes Craven supo ofrecer un producto original conceptual y formalmente, llevando el subgénero slasher a otro nivel permitiendo a su protagonista asesinar a sus víctimas en el mundo de los sueños, para así hacerlos morir en la realidad. Con una puesta en escena sucia y naturalista, magníficos efectos especiales artesanales, un uso inteligente del sonido y la banda sonora de Charles Bernstein, víctimas con las que empatizar mínimamente y un villano sencillamente pletórico a manos de Robert Englund, Pesadilla en Elm Street se convirtió en un potente, irreverente e imperfecto clásico del género del que sólo falla el insulso final que impusieron el director, siendo mucho más elegante y sugerente uno de los eliminados en el que Freddy no hace acto de presencia, pero la famosa nana cantada por las niñas jugando con la comba dejan entrever que el villano sigue vivo.  Pasajes como los de Tina (Amanda Wyss) siendo arrastrada por el techo o el geiser de sangre en el que se transforma la cama de Glen (Johnny Depp) tras ser asesinado por Freddy son hitos del cine de terror que convirtieron esta primera entrega en toda una pieza de culto.


Pesadilla en Elm Street 2: La Venganza de Freddy



Título Original A Nightmare on Elm Street 2: Freddy's Revenge  (1985)
Dirección Jack Sholder
Guión David Chaskin
Reparto Robert Englund, Mark Patton, Kim Myers, Robert Rusler, Clu Gulager, Hope Lange, Marshall Bell

Pesadilla en Elm Street fue un éxito y una por aquel entonces modesta New Line Cinema, a la que todavía quedaban lejos los años de recaudaciones mastodónticas y barrer en los Oscars con las sagas de El Señor de los Anillos y El Hobbit, quería seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro. Sólo un año después la secuela vio la luz y de ella se desvinculó totalmente Wes Craven, no muy contento con el enfoque que querían darle. Para escribirla se contrató a David Chaskin y para dirigirla a Jack Sholder, que por aquel entonces estaba en nómina de New Line habiendo rodado para ellos el slasher Alone in the Dark (1982). Pesadilla en Elm Street 2: La Venganza de Freddy es una rara avis en la saga y más que una continuación de la primera cinta parece un spin off de la misma. En ella se narra cómo Freddy trata de viajar el mundo real por medio de Jesse, un chico al que tratará de poseer. El film mantiene una atmósfera muy conseguida, Freddy sigue siendo una amenaza entre las sombras a la que casi no vemos el rostro (el maquillaje del personaje de Robert Englund creado por David Miller fue mejorado y perfeccionado por Kevin Yagher, que ya se ocuparía de realizarlo en casi todo el resto de entregas de la franquicia) y los momentos de tensión se alternan con los oníricos mientras los efectos de maquillaje regalan a la platea pasajes inolvidables como el de Freddy saliendo de las entrañas del protagonista Aunque si esta primera secuela es recordada es por haberse convertido en una cinta con muchas connotaciones LGTBI, no sólo por pasajes como el del bar de ambiente, el del entrenador Schnaider en el cuarto de baño o el baile del actor protagonista en su dormitorio, sino porque es bastante viable entender ese miedo Jesse a ser poseído por Freddy como una no aceptación de su más que probable homosexualidad. Aunque es una de las secuelas menos apreciadas por los fans tiene los suficientes alicientes, sobre todo estilísticos, para ser recordada con afecto.


Pesadilla en Elm Street 3: Los Guerreros del Sueño



Título Original A Nightmare On Elm Street 3: Dream Warriors (1987)
Dirección Chuck Russell
Guión Wes Craven, Bruce Wagner, Frank Darabont, Chuck Russell
Reparto Heather Langenkamp, Patricia Arquette, Craig Wasson, Robert Englund, Ken Sagoes, Rodney Eastman, Ira Heiden, Jennifer Rubin, Laurence Fishburne, John Saxon, Priscilla Pointer, Nan Martin, Brooke Bundy, Bradley Gregg, Penelope Sudrow

Aunque la segunda entrega de la saga dobló la recaudación de la primera en New Line Cinema se hizo saber que el enfoque dado no era el que los fans del film primigenio esperaban. De modo que el productor Robert Shaye se puso en contacto con Wes Craven para que el padre de la criatura encarrilará la saga, haciéndolo sólo como guionista y con la ayuda de Bruce Wagner (Maps of the Stars) dando forma a un libreto que más tarde Frank Darabont (Cadena Perpetua, The Walking Dead) y el que sería el director del film, Chuck Russell, reescribirían. Pesadilla en Elm Street 3: Los Guerreros del Sueño volvía a las raíces de la franquicia, no sólo por recuperar a los personajes de Nancy (Heather Lagenkamp) o Thompson (John Saxon) también porque los sueños eran de nuevo el terreno en el que se movería Freddy para acosar a un grupo de adolescentes con problemas de insomnio en una institución mental y entre los que se encontraba una jovencísima Patrica Arquette. Dentro de las secuelas de Pesadilla en Elm Street esta tercera parte es la mejor de todas ellas por distintos motivos. Por un lado la mano de Craven se nota en el guion, mostrándose este bastante sólido y fiel a la idiosincrasia del universo que él mismo creó tres años antes, dando incluso los primeros datos sobre la génesis del personaje, nacido tras ser su madre violada por criminales enfermos mentales. Por otro, el ingenio de los escritores con respecto a los asesinatos de los personajes secundarios comienza a agudizarse y gracias a ello tenemos momentos como el del títere humano que Freddy controla por medio de los tendones de pies y manos de su víctima, el de la sobredosis de heroína o el del televisor con la mítica frase "Welcome to Prime time, bitch!" asentando también las primeras bases del humor negro del personaje de Robert Englund que irá acentuándose a lo largo de las siguientes entregas. Finalmente es de recibo mencionar el buen hacer como director de un Chuck Russell que entiende al 100% cómo debe extrapolarse el mundo onírico que vertebra la franquicia a la pantalla grande ofreciendo una puesta en escena potente y con una atmósfera vívida y asfixiante. Como mencionamos esta tercera parte es la mejor de las secuelas y aunque a día de hoy tiene algunos momentos bastante ridículos relacionados con los poderes que los jóvenes usan en sus sueños para enfrentarse a Freddy, mantiene magníficamente el tipo como cinta de terror exploit, políticamente incorrecta y brutalmente divertida.


Pesadilla en Elm Street 4: El Amo del Sueño



Título Original A Nightmate On Elm Street: The Dream Master (1988)
Dirección Renny Harlin
Guión Brian Helgeland, William Kotzwinkle, Jim Wheat, Ken Wheat
Reparto Robert Englund, Rodney Eastman, Danny Hassel, Andras Jones, Tuesday Knight, Toy Newkirtk, Lisa Wilcox

La tercera entrega de Pesadilla en Elm Street recaudó tanto como las dos primeras cintas de la saga juntas, de modo que en New Line Cinema, viendo los excelentes resultados, decidieron seguir la misma tónica que en el film de Chuk Russell. En esta ocasión el guion fue considerablemente más manoseado que en anteriores secuelas y lo que en un momento escribió el Brian Helgeland (Mystic River, L.A. Confidential) fue retocado por el novelista William Kotzwinkle y unos hermanos Jim y Ken Wheat cuya autoría sobre el libreto no fue acreditada. Para la dirección de la película se recurrió a un desconocido director finlandés llamado Renny Harlin que años después se convertiría en un solicitado artesano del Hollywood comercial de los 90. Pesadilla en Elm Street 4: El Amo de los Sueños retomaba a los personajes que sobrevivieron de la anterior cinta, Kristen (ahora interpretada por la actriz Thusday Knight, ante la negativa de Patricia Arquette para volver a retomar el papel) Joey, y Kincaid para ser utilizados como conexión con el siguiente grupo de jóvenes que se enfrentarán a Freddy. Esta cuarta parte sigue siendo un potente producto, con un muy logrado y mórbido diseño de producción y unos efectos de maquillaje sencillamente brutales. El humor se acentúa, el salvajismo a la hora de que Freddy elimine a sus víctimas también y un puñado de pasajes como la “pizza de almas”, la cronenbergiana “chica insecto” o la orgía física en la que se convierte el cuerpo de Freddy en el clímax final hacen que esta tercera secuela sea recordada con mucha admiración por los fans de la creación de Wes Craven.


Pesadilla en Elm Street 5: El Niño de los Sueños


Título Original A Nightmare On Elm Street 5: The Dream Child (1989)
Dirección Stephen Hopkins
Guión Leslie Bohem, Graig Spector, John Skipp
Reparto Robert Englund, Lisa Wilcox, Erika Anderson, Kelly Jo Minter, Danny Hassel, Nick Mele, Whitby Hertford

Aunque Pesadilla en Elm Street 4: El Amo de los Sueños funcionó a pleno rendimiento ya se notaba en ella cierto desgaste de la fórmula de Freddy asesinando a sus víctimas en sueños y siendo eliminado, sólo cuando conseguían traerlo al mundo real, para después quemarlo, enterrarlo, bendecirlo y demás variantes. Este síntoma de agotamiento narrativo se hizo patente en el guion de Pesadilla en Elm Street 5: El Niño de los Sueños, escrito de manera caótica por Leslie Bohem, Graig Spector y John Skipp y recurriendo a una excusa más peregrina que nunca (siempre que obviemos la meada flamígera canina de la anterior entrega) para devolver a la vida a Freddy. Esto se lleva a cabo haciendo que su madre, Amanda Krueger, rememore el alumbramiento del “hijo de cien maníacos” para de esta manera volver a nacer. Este libreto insostenible, con buenos planteamientos con respecto a Freddy utilizando los sueños del hijo no nato de Alice, es salvado in extremis por un Stephen Hopkins casi debutante que convierte el largometraje en un delirante cuento gótico, una pieza lisérgica que se mueve entre lo ridículo (el Baby Freddy, todo lo relacionado con Jacob) y lo sublime (la recreación de la violación de la madre de Freddy, con la genial presencia entre los agresores del mismo Robert Englund) con referencias a David Cronenberg o Ken Russell, homenajes al mundo del tebeo (presagiando el tipo de personajes que el sello Image Comics crearía en sus inicios sólo tres años después) o al artista holandés M. C. Escher con esa réplica en imágenes de su obra Relatividad vista en el clímax final de la película. Como secuela comenzaba a perder coherencia con respecto a las anteriores y fue machacada por la crítica (dicho sea de paso, la prensa especializada nunca fue muy amiga de las aventuras de Freddy) pero un servidor le guarda especial aprecio gracias a su estética sobrecargada, sus interpretaciones pasadas de rosca y un Stephen Hopkins que demostró un talento visual epatante, convirtiéndose en una de sus señas de identidad como reivindicable realizador al servicio de Hollywood.



Pesadilla Final: La Muerte de Freddy


Título Original Freddy's Dead: The Final Nightmare (1990)
Dirección Rachel Talalay
Guión Rachel Talalay, Michael De Luca
Reparto Robert Englund, Lisa Zane, Yaphet Kotto, Shon Greenblatt, Leslie Deane, Ricky Dean Logan, Breckin Meyer, Roseanne Barr, Tom Arnold, Johnny Depp

Tras seis años explotando la fórmula que ya mostraba, como previamente hemos comentado, claros signos de debilidad New Line Cinema decidió dar carpetazo a la saga con Pesadilla Final: La Muerte de Freddy estrenada en cines el año 1991. En esta ocasión Robert Shaye no buscó un cineasta ajeno a su máquina de hacer dinero, sino que delegó responsabilidades en Rachel Talalay, productora en todas las entregas de la franquicia, exceptuando la inmediatamente anterior. Con guion de la misma directora y del productor y puntual guionista Michael De Luca (En la Boca del Miedo) o la imposición por parte de la productora de incluir una recta final rodada en el arcaico 3D de las gafas de cartón con cristales bicolor esta última entrega de la saga oficial de Pesadilla en Elm Street supuso el punto más bajo de toda la colección de largometrajes. Ver hoy día un producto como Freddy’s Dead: The Final Nightmare es experimentar una sesión continua de vergüenza ajena. Parece como si Rachel Talalay no hubiera aprendido nada de cómo rodar cine o controlar un ritmo narrativo consistente habiendo sido productora de gran parte del resto de las cintas protagonizadas por Freddy Krueger. Aunque intenta incidir más en el pasado de Freddy y de seguir al pie de las letra las reglas establecidas por las anteriores secuelas el resultado es un engendro fílmico con muertes paupérrimamente ideadas y ejecutadas, efectos especiales y de maquillaje vergonzosos y el Robert Englund más insoportable e insulso jamás visto a la hora de dar vida a su contrapartida cinematográfica. Sin transmitir un ápice de terror y entregándose a a un sentido del humor vergonzoso esta sexta película cae lo más bajo posible y no vuelve a levantar cabeza debido a errores garrafales que posiblemente conjuren los momentos más sonrojantes del cine de terror de los 90. Verlo para creerlo. La cinta de Rachel Talalay supuso uno de los films que menos recaudó de la saga, pero por suerte New Line Cinema tomó nota y dejó a Freddy dormir el sueño de los justos, aunque no por mucho tiempo.


La Nueva Pesadilla de Wes Craven




Título Original Wes Craven's New Nightmare (1994)
Dirección Wes Craven
Guión Wes Craven
Reparto Heather Langenkamp, Robert Englund, Miko Hughes, John Saxon, Matt Winston, Rob LaBelle, David Newsome, Wes Craven

Después del engendro que supuso Pesadilla Final: La Muerte de Freddy y justo cuando se cumplían diez años del estreno de la Pesadilla en Elm Street original, New Line Cinema y Wes Craven llegaron a un acuerdo para traer por última vez a Freddy a la vida y despedirlo a lo grande a manos de su creador. Pero el autor de Bendición Mortal (1981) comentó al productor Robert Shaye que sólo resucitaría a Krueger si podía contar algo diferente. De manera harto inteligente Craven decidió embarcarse en el subgénero “cine dentro del cine” para reflexionar por medio de la metareferencialidad sobre el impacto que causó el estreno del film primigenio y su éxito a nivel mundial en la vida de todos aquellos que estuvieron implicados en su gestación. Por eso La Nueva Pesadilla de Wes Craven toma como protagonistas a Heather Lagenkamp, Robert Englund, John Saxon y hasta a Wes Craven interpretándose a sí mismos iniciando el rodaje de una nueva película de Freddy Kruger para intentar que este permanezca dentro de la misma y no invada el mundo real donde está acosando a Heather y a su hijo. Este inteligente planteamiento de guion que podía haber dado pie a que el cineasta americano rodara su “Craven 8 ½” da como resultado un vergonzoso producto que destruye un atractivo punto de partida al ofrecer una entrega más sin ninguna de las virtudes de de la primera Pesadilla en Elm Street y sí muchos de los defectos que arrastraban las secuelas de la misma. Con una Heather Lagenkamp nada creíble y un insoportable Miko Hughes (el mítico y aterrador Gage Creed de la adaptación cinematográfica de Cementerio de Animales, la novela de Stephen King) este último clavo en el ataúd del asesino en serie más famoso de Sringwood sólo está un peldaño por encima de La Pesadilla Final: La Muerte de Freddy.. Una despedida indigna para el personaje y uno de los puntos más bajos de la carrera de Wes Craven, que, eso sí, sólo dos años remontaría sustancialmente con la primera entrega de Scream, siempre que hablemos de recaudación y no de calidad.


Freddy Contra Jason



Título Original Freddy vs. Jason (2003)
Dirección Ronny Yu
Guión Damian Shannon, Mark Swift
Reparto Robert Englund, Ken Kirzinger, Jason Ritter, Monica Keena, Kelly Rowland, Odessa Munroe, Chris Marquette, Lochlyn Munro, Katharine Isabelle, Brendan Fletcher, Zack Ward, Kyle Labine

En el plano final de Viernes 13 Parte 9: Jason Se Va al Infierno vemos la máscara del asesino de Crystal Lake ser arrastrada a las profundidades del averno por la garra de Freddy, de modo que la semilla de lo que una década después iba a ser Freddy vs. Jason ya estaba plantada y el fandom nunca dejó de esperar este enfrentamiento de colosos del cine de terror. En el año 2003, con Ronny Yu en la dirección (que venía de revitalizar por medio del humor negro y la socarronería la saga El Muñeco Diábolico (Child’s Play) con La Novia de Chucky) guion escrito a cuatro manos por Damian Shannon y Mark Swift o un reparto de adolescentes atractivos encabezados por Robert Englund y Ken Kirzinger el film se estrenó en carteleras de todo el mundo y fue un más que considerable éxito. Freddy vs. Jason es una mediocridad, una concesión a los sueños húmedos de los fans de unos personajes viéndose las caras en un film cuya única misión es emular todas las constantes de las secuelas de las dos franquicias, eludiendo el tono más oscuro y serio de los dos films que les dieron inicio. Salpicando de esta manera la pantalla de desnudos, sangre, vísceras con dos iconos del cine de los ochenta intercambiando golpes con una estúpida excusa argumental. Todo para que saciemos nuestro apetito de consumidores de cine trash asistiendo a una entretenida nadería que ofrece algunos momentos bien ejecutados, como ese Freddy saliendo del lago con un enorme salto en slow motion antes de atacar a Jason, y otros que causan una vergüenza ajena difícilmente controlable, como el momento pinball, una aberración cuya estupidez no está justificada ni en un producto tan descerebrado como este. Una obra que, aunque devolvió el tono bronco y crudo del cine de terror de los 80 tras unos 90 reblandecidos por, curiosamente, el Wes Craven de Scream, sólo merece la pena ser visionada por amantes de los dos personajes y de los placeres (muy) culpables.


Pesadilla en Elm Street (2010)



Título Original A Nightmare On Elm Street (2010)
Dirección Samuel Bayer
Guión Eric Heisserer, Wesley Strick
Reparto Jackie Earle Haley, Kyle Gallner, Rooney Mara, Katie Cassidy, Thomas Dekker, Kellan Lutz, Clancy Brown, Connie Britton, Lia D. Mortensen

Amanecer de los Muertos (1978), La Última Casa a la Izquierda (1972), Las Colinas Tienen Ojos (1977), La Niebla (1980). Todos estos clásicos del terror de los 70 y 80 tuvieron su secuela durante la década de los 2000, de modo que Pesadilla en Elm Street no iba a ser menos. Esta vez New Line Cinema se asoció con la productora Platinum Dunes (propiedad del cineasta Michael Bay, que ya había revisado films como La Matanza de Texas (1974) o Terror en Amitiyville (1979)), para sacar adelante un reinicio de la saga. El director elegido fue Samuel Bayer, inexperto en el mundo del cine pero respetado profesional en el del videoclip habiendo rodado material para grupos como Iron Maiden, Metallica, Nirvana o Marilyn Manson, y los guionistas que revisarían el libreto de Wes Craven para la primera entrega de 1984 fueron Eric Heisserer y Wesley Strick. En la difícil tarea de ocupar el lugar de Robert Englund para dar vida a Freddy se eligió a Jackie Earle Haley, que por aquel entonces había llamado la atención con sus trabajos en Little Children (2006) de Todd Field o dando vida a Rosrschach en la adaptación que Zack Snyder realizó de Watchmen (2009). A él le siguieron el típico grupo de adolescentes, entre los que destaca una Rooney Mara que siempre ha renegado de su participación en el film, alternado con los veteranos Clancey Brown o Connie Britton. Aunque este remake no fue bien recibido se muestra como una revisión interesante del clásico de Craven, contiene un potente look visual, el guion trata de jugar con nuevas ideas (el concepto de los microsueños da mucho juego) y por fin se decide confirmar aquello que todos sabíamos, aunque no queríamos admitir, y que el director de La Cosa del Pantano (1982) no pudo incluir de manera explícita en el film original, el perfil pederasta de Freddy. Jackie Earl Haley hereda con convicción el rol de Robert Englund, aunque evidentemente no lo supera, la cinta se ve con agrado, contiene algunos momentos sangrientos bien ejecutados y respeta el material de partida en el que se basa sin copiarlo descaradamente. Aunque no es una obra muy destacable este remake de las aventuras de Freddy es un nada desdeñable largometraje de entretenimiento tan macabro como ligero y merece la pena más que las dos entregas finales de la saga original.


Valoración General

Pesadilla en Elm Street es la película más reconocible y celebrada de Wes Craven y a día de hoy tanto la historia que relataba como el personaje que alumbró son iconos ineludibles del cine de terror. La saga a la que dio forma estuvo compuesta por una serie de largometrajes que en su mayoría superan con creces en cuanto a calidad y originalidad al 90% de producciones adscritas al mismo género que podemos ver actualmente en pantalla grande, televisión o plataformas digitales. Aunque han pasado más de diez años desde el remake del film original la intención de continuar o reiniciar nuevamente la vida onírico criminal de Freddy Kureger sigue dentro de los planes de Hollywood y con el rumor muy insistente de que podría ser Kevin Bacon el próximo actor que porte el disfraz del "hijo de cien maníacos". Por ahora nos quedamos con el clásico de Wes Craven y el resto de secuelas configurando una franquicia que, con sus altos y bajos, se revela indispensable para los amantes del cine de género.


jueves, 14 de mayo de 2020

La Cosa del Pantano (1982), la novia del monstruo


Título Original Swamp Thing (1982)
Director Wes Craven
Guión Wes Craven, basado en el cómic de Len Wein y Bernie Wrightson
Reparto Louis Jourdan, Adrienne Barbeau, Ray Wise, David Hess, Nicholas Worth, Don Knight, Al Ruban, Dick Durock, Ben Bates, Nannette Brown, Reggie Batts





Corrían los primeros años de la década de los 80 y el director Wes Craven (Cleveland, Ohio, 1939) se había convertido en la nueva promesa del cine de terror estadounidense gracias a sus dos primeras cintas, convertidas al poco tiempo de sus correspondientes estrenos en piezas de culto dentro del género. La Última Casa a la Izquierda (1972) y Las Colinas Tienen Ojos (1977) se alejaban de las horror movies góticas o sobrenaturales tan explotadas en los años 50 y 60 ofreciendo dos visiones áridas, cruentas y con estética cuasi documental de un terror rural y realista capaz de mirar directamente al espectador apelando a sus miedos más primarios y atávicos, como también lo hizo Tobe Hooper con la totémica La Matanza de Texas (1974). Ya en 1982 y después de la escasa repercusión de su tercer film, Bendición Mortal (1981), Wes Craven decidió, no sólo cambiar de género, sino adentrarse en el mundo de las prematuras adaptaciones cinematográficas de iconos del mundo del cómic cuyo mejor y más brillante exponente, Superman (1978), había llegado cuatro años antes con dirección de Richard Donner y Christopher Reeve, Margot Kidder, Gene Hackman, Glenn Ford o Marlon Brando en su reparto para marcar un antes y un después dentro del subgénero extrapolando al celuloide las aventuras del superhéroe creado por Jerry Siegel y Joel Shuster que hace poco cumplió la friolera de 82 años.





Aunque hemos mencionado el clásico protagonizado por Christopher Reeve para poner en contexto cuál era la vara de medir a finales de los 70 y principios de los 80 en cuanto a películas inspiradas en el mundo de las viñetas La Cosa del Pantano se encontraba, como proyecto cinematográfico, en las antípidas de aquella superproducción impulsada por Warner Bros. La película de Wes Craven era como todo su cine de por aquel entonces, una obra independiente realizada con muy pocos recursos, dos millones y medio de presupuesto, y distribuida en esta ocasión por Embassy Pictures. Dentro del reparto encontramos a Adrienne Barbeau, ya por aquel entonces un icono de primera categoría dentro del género fantástico y de terror gracias a sus colaboraciones con John Carpenter en 1997: Rescate en Nueva York y La Niebla, Ray Wise, a ocho años de convertirse en el padre de Laura Palmer en la inolvidable Twin Peaks, y otros secundarios como Louis Jourdan, Nicholas Worth, David Hess o Dick Durock dando vida a la Cosa del Pantano. De la dirección y el guión se encargó el mismo Wes Craven.




La trama sigue los pasos de la agente del gobierno Alice Cable (Adrienne Barbeau) llegando a la sabana de Georgia justo cuando el doctor Alec Holland (Ray Wise) y su hermana Linda (Nannette Brown) consiguen un notable avance en su proyecto supersecreto de bio-ingeniría centrado en crear una hibridación entre animal y planta con capacidades para sobrevivir en situaciones adversas. Desgraciadamente el grupo paramilitar del Doctor Anton Arcane (Louis Jordan), comandando por el despiadado Ferret (David Hess), irrumpe en el laboratorio de los Holland para robar la fórmula asesinando a Linda, haciendo caer a Alec sobre los productos químicos que él mismo había diseñado y volando por los aires el laboratorio y todo lo que en él se encontraba. Alice consigue huir de sus captores y poco después descubre que el supuestamente fallecido Alec Holland se ha convertido en una criatura sobrehumana, la Cosa del Pantano, cuya única intención desde ese mismo momento será buscar venganza contra Arcane y sus sádicos colaboradores.




No vamos a negar desde aquí lo evidente e irrefutable. La Cosa del Pantano es una película contrastadamente humilde en la que podemos encontrar mejores intenciones que resultados. Wes Craven es considerablemente fiel al origen que Len Wein y Bernie Wrightson dieron a Allec Holland en las viñetas y en el proceso consigue capturar en gran manera no sólo el contexto espaciotemporal en el que se movían los personajes del cómic y su microcosmos ficcional, sino la melancolía inherente al personaje principal en pasajes como en el que vuelve a su laboratorio una vez ha sido destruido por los hombres del Doctor Anton Arcane. A diferencia de otros profesionales que, con medios mucho más holgados a su disposición, han llevado cómics a la pantalla grande Craven trata de acercarse en gran medida a un material que él considera lo suficientemente bueno como para no mirarlo por encima del hombro creyéndose por encima del mismo. Desgraciadamente su voluntariosidad se ve menoscabada por la escasez presupuestaria, insuficiente para conseguir una adaptación a la altura de las circunstancias que hiciera verdadero honor al personaje y sus aventuras en papel.





Esto que mencionamos se deja notar principalmente en un apartado técnico y unas secuencias de acción en las que se evidencian esos pirrios dos millones de dólares de los que dispuso el creador de Pesadilla en Elm Street. Tiroteos, explosiones y persecuciones en vehículos de tierra o mar desfilan ante nosotros con la humildad que ofrece una película de corte independiente, por mucho que adapte las aventuras de un superhéroe de las viñetas a la gran pantalla. Wes Craven mantiene la compostura en este aspecto durante la mayor parte del metraje, con más mérito si cabe no teniendo experiencia previa en este tipo de producciones más entregadas al escapismo y el ritmo relativamente frenético. Pero por desgracia el clímax final desemboca en desastre, no sólo porque al querer el director abarcar una escala mayor en lo referido a la acción se notan todas las carencias del proyecto, sino también porque el disfraz del Doctor Anton Arcane una vez prueba la fórmula de los Holland parece salido de una de las más célebres películas de Ed Wood o alguna otra producción de serie B de los años 50 y 60 cuyo resultado en pantalla bordea el ridículo en no pocos momentos del cierre de la obra.




Como previamente hemos apuntado la primera adaptación cinematográfica de La Cosa del Pantano contó con más respeto y cariño por el personaje o las aventuras que protagonizó en papel durante sus primeros años que con verdaderas posibilidades para sacar adelante un producto que le hiciera verdadera justicia. A pesar de contar con un buen reparto y el mejor Alec Holland en imagen real hasta la fecha, interpretado por el gran Ray Wise (Twin Peaks), podemos considerar la cinta de Wes Craven una simpática mediocridad que a día de hoy se ve con simpatía y poco más. De hecho el mayor logro del film fue extracinematográfico ya que su estreno resucitó el interés por los cómics del personaje que tras ser relanzados por DC se adentraron unos pocos años después en su mejor etapa, la escrita por el Mago de Northampton. Pero cuidado, nuestro amigo Swampy todavía no había dicho su última palabra en la pantalla grande y siete años después volvió a asaltar las carteleras de medio mundo, pero con una perspectiva diametralmente diferente a la ofrecida por el añorado director de La Serpiente y el Arcoiris.


lunes, 23 de junio de 2014

Las Colinas Tienen Ojos (2006)



Título Original The Hills Have Eyes (2006)
Director Alexandre Aja
Guión Grégory Levasseur y Alexandre Aja basado en la película de Wes Craven
Actores Aaron Stanford, Ted Levine, Kathleen Quinlan, Vinessa Shaw, Emilie de Ravin, Dan Byrd, Robert Joy, Billy Drago





Aunque en 1972 ya había marcado época dentro del cine de terror con aquella versión bastarda y cruda de El Manantial de la Doncella de Ingmar Bergman titulada La Última Casa de la Izquierda que se convirtió en una de las obras estandarte de lo que se conoció como el subgénero rape and revenge, cinco años después Wes Craven volvió a rodar una pieza clave dentro del tipo de ese cine que lleva décadas cultivando como irregular cineasta. En 1977 Las Colinas Tienen Ojos se adherió a aquel celuloide que convertía nuestros abstractos miedos en palpables y concretas pesadillas andantes. Films como el del director de Pesadilla en Elm Street o La Matanza de Texas de Tobe Hooper vinieron a decir al espectador que ningún espíritu o muerto viviente era más aterrador que el hecho de que el vecino que vive al lado de nuestra casa pudiera ser un demente asesino homicida o un salvaje antropófago.




La trama era de una sencillez alarmante y narraba cómo un familia típica americana se extraviaba en el desierto y era asaltada por un grupo de caníbales que los asediaba hasta lo inhumano. Con sus fallos (que siempre los tuvo) a día de hoy sigue considerándose de manera totalmente justificada una de las obras más acertadas de Wes Craven gracias a una atmósfera cruda muy conseguida y un salvajismo formal impropio para la época. Ocho años después y dejando de lado la realización de las secuelas sobre las andanzas oníricas de Freddy Krueger que él ayudó a iniciar rodó Las Colinas Tienen Ojos 2, una infame, tardía, ridícula y estúpida secuela de la que sólo se salvaban la labor de su actor protagonista y momentos de involuntaria comedia, como aquel en el que asistimos al flashback del perro que recuerda a los agresores que le atacaron en la anterior entrega o ver cómo la imponente presencia física de Michael Berryman en el film de 1977 se perdía en favor de convertir a su Plutón en un bufón travestido haciendo motocross en esta segunda parte.




Ya durante la pasada década y viendo que tras el éxito de la saga Scream sus últimas obras como director no llamaban suficientemente la atención de la taquilla (aunque aquella interesante Vuelo Nocturno de 2005 puede considerarse su último trabajo meritorio detrás de las cámaras) decidió entregarse a su labor como productor impulsando remakes de sus films más emblemáticos, aunque curiosamente él no tuvo nada que ver con el recuperable de Pesadilla en Elm Street rodado por Samuel Bayer y protagonizado por Jackie Earle Haley en 2010. El primero de sus éxitos de la década de los 70 que eligió para revisitar fue aquella Las Colinas Tienen Ojos que nos ocupa, pero para ponerlo en circulación Craven, así como Peter Locke y Marianne Maddalena (productor del film original el primero y de toda la filmografía del director desde Shocker la segunda) viajaron a Europa para buscar a los autores que dieran forma al proyecto. Finalmente en Francia encontraron a sus dos valedores.




En 2006 Alexandre Aja y Grégory Levasseur ya tenían un nombre más o menos importante en su Francia natal. El primero ejerce de director y guionista en sus proyectos y el segundo hace las veces de director artístico, realizador de la segunda unidad y también guionista. Ambos debutaron con Furia, una fallida adaptación del relato corto Graffiti del argentino Julio Cortázar, un largometraje distópico con buenas intenciones pero que pecaba de despersonalizado y rudimentario. Tras él en 2003 llegó el primer éxito internacional del binomio de jóvenes autores, Alta Tensión, mezcla entre slasher brutalizado y giallo italiano con un pulso narrativo y una puesta en escena magistrales, así como unos actores memorables como Cecile de France y Philip Nahon, hallazgos todos ellos por desgracia considerablemente ensombrecidos por un desenlace tramposo y estúpido que según cuenta la leyenda impuso a los autores el productor de la cinta, el famoso Luc Besson.




Ellos fueron los elegidos por Wes Craven y sus colaboradores para llevar a imágenes una nueva versión de Las Colinas Tienen Ojos y si tenemos en cuenta que los dos incluso escribieron el guión (en gran parte adaptado del que tenía el film de 1977 pero añadiéndole detalles nuevos que más tarde pasaremos a comentar) la rodaron con una libertad artísitica bastante notable para suponer su debut en la Hollywood y con un presupuesto más o menos amplio como el que Twentieth Century Fox puso en sus manos. Esta Hills Have Eyes de 2006 no sólo es un magnífico remake, también es una película muy superior a la obra original en múltiples aspectos y sobre todo una de las mejores y más sólidas cintas de terror de la pasada década, confirmando a sus creadores como dos talentos muy a tener en cuenta y a Wes Craven como un señor que en la actualidad tiene más olfato como productor que como cineasta de sus propios films.




El argumento es prácticamente el mismo que el de la versión de 1977: Una familia media americana que viaja en caravana se pierde en el desierto de Nuevo México y allí es asaltada y asediada por una familia de caníbales deformes que tratarán de eliminarlos. Hasta aquí todo es igual que en la película de Wes Craven, pero Aja y Levasseur toman un detalle nimio de aquella para desarrollarlo y crear un tercer acto completamente nuevo y con ello añadir un interesantísimo subtexto al grueso de la narración que hace que esta Las Colinas Tienen Ojos del año 2006 tengo algo interesante que decir más allá de la sangre, tripas, torturas, pólvora o cuerpos deformes. Los autores de Piraña 3D incluyen sabiamente y ya desde el arranque la importancia que tiene en la historia la presencia de esas pruebas nucleares que el ejército de Estados Unidos llevó acabo años atrás en el desierto.




En su arranque el largometraje se abre con un grupo de técnicos nucleares calculando los niveles de radiación de la zona del desierto de Nuevo México que son brutalmente asaltados y asesinados con un enorme hacha por el personaje de Plutón al que da vida ex jugador de fútbol americano Michael Bay Smith. Seguidamente los soberbios títulos de crédito alternan imágenes de naturaleza naif y vintage de la cultura estadounidense con explosiones atómicas reales y los efectos que estas producen en todo tipo de población, principalmente niños recién nacidos. Todo al ritmo del tema de los años 50 More and More interpretado por el cantante Webb Pierce dejando claro Alexandre Aja desde los primeros pasos que el humor negro, el salvajismo y los juegos perversos con el american way of life van a estar presentes durante toda la velada.




Que el ejército de Estados Unidos eliminara por medio de las pruebas nucleares a los habitantes que se resistían a abandonar sus hogares y el hecho de que los que sobrevivieran sufrieran malformaciones que los harían odiar a todo ciudadano de la gran ciudad que se acerca al desierto de Nuevo México le sirve al binomio Aja/Levasseur para realizar una sutil crítica al intervencionismo militar americano y su afán imperialista como nación. Pero también consiguen con ello realizar una lectura subtextual sobre cómo la familia de clase media/alta del país de las barras y estrellas (representada por los Carter, personas de bien, religiosas y amantes de la famosa segunda enmienda de la constitución les permite portar armas de fuego) pisotea a las de clase baja (la formada por los mutantes que han sufrido los ataques atómicos en sus propios cuerpos malformados) para que esta última decida finalmente vengarse por todas las desgracias a las que su nación les ha sometido.




Para que esta alegoría narrativa tenga sentido no hay más que mirar al personaje de Doug Boukowski interpretado por un Aaron Stanford pletórico. Con un desarrollo de personalidad (y hasta con un gran parecido físico) que emula al del David Sumner al que diera vida Dustin Hoffman de Perros de Paja de Sam Peckinpah (uno de los autores que más influyen en este largometraje) mostrándose al principio como un supuesto enclenque y votante demócrata del que su suegro se ríe por no saber usar una pistola para luego revelarse como una bestia salvaje cuando los mutantes hacen acto de presencia y empiezan a atacar a los Carter. Por culpa de la barbarie a la que asiste y porque a base de sufrimiento físico y psicológico sale a relucir su instinto de supervivencia Doug se convierte en el antihéroe de la película.




Alexandre Aja y Grégory Levasseur lo dejan claro en la escena en la que el protagonista llega a la casa de los mutantes, ya que no es un detalle baladí que Big Brain parezca cantando el himno americano para después acusar a Doug de que "los suyos" arrasaron el desierto "con sus bombas" y los convirtieran en monstruos. Por no mencionar que el protagonista culmine su escena de victoria clavando en el cuello de Plutón la banderita de Estados Unidos que este había robado previamente de la camioneta familiar. En ese momento los franceses depositan en Doug el rol de antihéroe y en un acto de perversión de roles, que recuerda al Rob Zombie de Los Renegados del Diablo del año anterior, crean una metáfora en la que esa clase media/alta americana seguirá pisoteando a las desfavorecidas y extendiendo su imperio siempre que pueda sacar beneficio económico con él, realizando un paralelismo bastante claro con la no muy lejana por aquel entonces guerra de Iraq.




Por otro lado si abordamos el tema de los personajes no es difícil darse cuenta que los autores de Alta Tensión dan la suficiente profundidad a sus criaturas para que nos preocupemos por lo que pueda sucederles a manos de Plutón, Papá Jupiter y el resto de la familia antropófaga. Los Carter son roles realistas, ninguno de sus miembros es el típico imbécil de encefalograma plano cuya muerte deseamos que se produzca lo antes posible. El personaje que peor puede caer es el de Big Bob de un memorable Ted Levine por su antipatía hacia su yerno al que mira continuamente por encima del hombro, pero su posición de cabeza de familia tiene todo el sentido del mundo cuando descubrimos posteriormente que será Doug el que lo ocupe cuando se desate la hecatombe. Personajes como el del Bobby de Dan Byrd, la Brenda a la que da vida Emile de Ravin o la Ethel a la que presta voz y presencia Kathleen Quinlan nos son cercanos, no son simple carne de cañón gracias a cómo los perfila el guión y ahí entra en escena el salvajismo propio de Alexandre Aja como cineasta. Cuando más tememos por los protagonistas empieza la carnicería. indiscriminada.




Si algo ha caracterizado a la obra de los autores de Furia es su visión brutal y sin cortapisas de la violencia, aquella deudora del cine de terror de los 70 y que también practican en la actualidad coetáneos suyos como el ya mencionado Rob Zombie, el americano Eli Roth (Cabin Fever, Hostel 1 y 2, Green Inferno) o el británico Neil Marshall (Dog Soldiers, The Descent, Doomsday). Esta descarnada impronta es el sello más personal de los franceses y si a lo largo de todo el film la marcan con fuego en el celuloide es en el pasaje del asalto a la caravana donde mejor y con más fuerza lo dejan ver a la platea. Si ya en la versión de 1977 Wes Craven supo realizar un magnífico ejercicio de tensión con dicho ataque, lo que Aja consigue en este remake de 2006 es superarlo en todos los aspectos, realizando una mezcla de violencia física (la violación, la defunción de dos de los miembros de la familia) y sobre todo psicológica (cuando Lizzard apunta con a pistola al bebé o succiona la leche materna del pecho del personaje de Lynn) en la que su pulso como narrador consigue mantener con firmeza una escena de caos controlado que recuerda a la pletórica recta final de La Matanza de Texas de Tobe Hooper.




Que Alexandre Aja supere la labor de Wes Craven en esta versión de 2006 es la tónica general a lo largo de toda la cinta y no es algo común que un remake supere a la obra original ya que casos en los que las nuevas visiones de clásicos como Posesión Infernal, La Matanza de Texas o Amanecer de los Muertos han dado como resultado piezas meritorias rara vez han superado a la pieza primigenia en la que se basan. Pero este es una de esas raras avis en las que dos jóvenes con talento saben aprovechar el material que tienen en las manos enriqueciéndolo argumental y artísticamente para ofrecer algo distinto. El hijo del cineasta Alexandre Arcady ofrece un trabajo de una solidez brutal, con una puesta en escena árida y atmosférica que hace que sintamos en la piel el calor del desierto y latente la amenaza de la familia mutante, por no mencionar la enorme labor en el plano técnico de todas y cada una de las escenas de acción, destacando por méritos propios la pelea entre Plutón y Doug en la casa familiar que es un prodigio de posicionamiento de cámara, naturalismo y montaje. tofo envuelto en la  magistral partitura del grupo Tomandandy.




Tras el éxito de Las Colinas Tienen Ojos los caminos de Alexandre Aja (siempre acompañado de su amigo Grégory Levasseur) y Wes Craven se separaron. El primero siguió probando suerte en Estados Unidos con nuevos remakes rodados por él como la tibia pero aún así interesante Reflejos o la desopilante Piraña 3D o produciéndolos y escribiéndolos para otros cineastas como el soberbio de Maniac que le ofreció a su amigo Franck Khalfoun. Por otro lado también se espera el estreno internacional de su último film detrás de las cámaras, Horns, adaptación de la novela hominima de Joe Hill protagonizada por Daniel Radcliffe y que fue recibida con tibieza en Estados Unidos El segundo siguió en labores de producción con Las Colinas Tienen Ojos 2 (estúpidamente rebautizada en España como El Retorno de los Malditos) inferior a la que nos ocupa, con diferentes equipos técnico y artístico y resultados inferiores (aunque seguía siendo una cafrada muy entretenida) y que por suerte no era un remake de la secuela de la cinta original que el mismo Craven ultrajó en 1984. Dos años después acertó de lleno al contratar al griego Dennis Illiadis para que realizara una nueva La Última Casa a la Izquierda con un resultado bastante meritorio. Su regreso a la dirección con la cuarta entrega de la manida saga Scream ya lo comentaremos en un futuro no muy lejano, en cambio del momento más bajo de su carrera como director con ya dimos constancia hace un tiempo.




Pero por suerte el buen olfato de Wes Craven, Peter Locke y Marianne Maddalena a la hora de elegir a Alexandre Aja y Grégory Levasseur para sacar adelante el remake de Las Colinas Tienen Ojos permitió a los espectadores que disfrutáramos de una de las mejores películas de género de la pasada década, el mejor producto en el que se ha implicado Wes Craven como productor a lo largo de su carrera y la cumbre como autores de los guionistas de Parking 2 detras de las cámaras. Una pelicula de terror brutal, que araña la epidermis ensangrentada del espectador, un western a lo Sam Peckinpah filtrado por las miradas de Tobe Hooper o el mismo Wes Craven y con un trasfondo social y político rabioso y actual con el que estos dos gabachos locos tuvieron el valor de debutar en Hollywood mordiendo la mano que les daba de comer dejando en evidencia a aquel país, que nos venden como la tierra de las oportunidades aunque en ocasiones llegue a asfixiar hasta la muerte a sus propios hijos.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Almas Condenadas, crisis de identidad



Título Original My Soul To Take (2010)
Director Wes Craven
Guión Wes Craven
Actores Max Thieriot, Denzel Whitaker, Frank Grillo, Zena Grey, Danai Jekesai Gurira




Wes Craven nunca ha sido uno de los grandes, pero siempre ha tenido don de la oportunidad. En los 70 supo ser el pionero a la hora de dar forma a ese terror epidérmico, terrenal y muy realista que se cultivó en aquella década del post hippismo y con la huella imborrable de la guerra del Vietnam todavía muy presente. Cintas como La Última Casa a la Izquierda o Las Colinas Tienen Ojos pusieron en escena a un director con cierto estilo a la hora de abordar el cine de horror alejado de lo sobrenatural.




Ya en los 80 tuvo un gran éxito con Pesadilla en Elm Street. Originalísimo producto de Serie B que revolucionó el género y que dio pie a innumerables secuelas que no le llegaban ni a la suela de los zapatos. Las mismas se mostraban entretenidas pero mediocres, aunque ya en sus últimas entregas eran hasta cómicas por no tomarse en serio a sí mismas. La única que llamaba verdaderamente la atención era La Nueva Pesadilla, aquella rareza de cine dentro del cine, esta vez con Craven otra vez detrás de las cámaras y que coqueteaba de manera torpe pero muy simpática con el metalenguaje y los juegos de espejos.




En los 90 de nuevo llegó a lo más alto con la saga Scream, ideada junto al sobrevaloradísimo (pero inteligente, no se puede negar) guionista Kevin Williamson. Craven era domesticado y se dejaba someter por los cánones hollywoodienses con una trilogía que encontraba sus mayores logros en ser una parodia del género al que se adscribia, ya que nada más tenía que ofrecer. Actores televisivos de buen ver, giros de guión interminables, maniqueismo en fondo y forma y una violencia de algodón de azúcar daban forma a una serie de films que fueron tan divertidos en su momento como insufribles en la actualidad.




Justo cuando a España llegaba la cuarta parte de Scream (que veré en breve aunque con más bien pocas ganas) se estrenaba también, casi a la vez y de tapadillo el proyecto inmediatamente anterior de Wes Craven, un slasher escrito y dirigido por él mismo que se llamaba My Soul To Take, Almas Condenadas en nuestro país. Ya tras su paso por la cartelera americana los comentarios sobre la película eran muy poco elogiosos, más bien horribles, llegándose a rumorear que el realizador no quiso ni proyectar un pase para la prensa en el que pudieran ver y evaluar el film, debido a la ínfima calidad del mismo. Mi opinión es que todo lo malo que se pueda decir de Almas Condenadas nunca hará justicia a lo jodidamente pésima que es, tanto que cuesta creerlo.




Almas Condenadas es, con mucha diferencia, la peor película que jamás haya realizado el veterano director Wes Craven y hablamos de un señor que a pesar de habernos entregado en ocasiones muy buen cine de género también nos ha metido entre pecho y espalda algún truño bastante considerable que es mejor no recordar por el bien de nuestra salud. Pero esta que nos ocupa es tan horrible que parece haber sido rodada con el director de La Cosa del Pantano leyendo un manual sobre todo lo que no se debe hacer ni permitir a la hora de hacer una película de terror contemporánea.




En un pequeño pueblo un padre de familia supuestamente esquizofrénico comete unos asesinatos para más tarde ser reducido (después 50 disparos y una decena de apuñalamientos, ni Rasputín oigan) por la policía y ser dado por muerto tras el accidente de la ambulancia en la que iba sedado y atado, aunque nunca se llega a encontrar el cadáver del homicida en cuestión. Esa misma noche nacen 7 niños que el asesino jura ejecutar en un futuro próximo. 16 años después los 7 críos celebran su cumpleaños y hablan entre bromas sobre "El Destripador" el asesino loco del pueblo que volverá del más allá para llevarse sus almas. Las muertes en la localidad no tardan en sucederse.




Por suerte Craven tarda poco en poner las cartas sobre la mesa. En los 5 minutos que dura el prólogo de la película se dan la mano todos los más manidos y penosos clichés que se pueden encontrar en cualquier cinta de terror adolescente. Sustos de baratillo con el sonido disparado, personaje con múltiples personalidades que se pelean las unas con las otras (con el actor alternando distintas voces y alguna sonando distorsionada, para dar "más miedo"), psiquiatra muy implicado con su paciente que pide a unas siempre ineficaces e insensibles fuerzas de la ley que traten a los locos como lo que son, enfermos mentales, algo de sangre y una niña que se queda traumatizada por lo que ve. A esa altura tenemos toda la información, lo tomamos o lo dejamos. Huelga decir que yo me aburría soberanamente y seguí hasta el final del metraje.




Es una pena pensar que este proyecto ha sido impulsado por el mismo Wes Craven, ya que él lo escribe y dirige. Da verdadera vergüenza ajena que un señor que lleva haciendo largometrajes casi 40 años no sólo se ampare en todos los clichés más burdos, pueriles y cutres de este tipo de cine, es que para colmo los expone en pantalla de la peor manera posible. Tras una puesta en escena horrible se esconde una mezcla del todo equívoca entre las ya mencionadas sagas de Pesadilla en Elm Street y Scream pero aderezada con unas subtramas que parecen sacadas de un mal capítulo de Pequeñas Mentirosas o Gossip Girl.




Personajes planos, estereotipados, insulsos, que llevan a cabo actos que no tienen explicación alguna interpretados por el grupo de actores más horribles y poco profesionales que un servidor ha podido ver en mucho tiempo. Unos diálogos infantiles que cuando van de trascendentes incitan a la risa y cuando se muestran modernos parecen impostados y dignos de una cutre teleserie. Escenas totalmente carentes de tensión, inexistencia total de atmósfera y de empatía con unos personajes a los que nos importa poco que ensarten como a una sardina o que los destripen vivos, porque nos resultan estúpidos, irritantes o clichés andantes (el matón, el tímido sensible, el oriental gracioso, el pobre negro que encima esta vez es ciego, la beata, la popular, la que no tiene personalidad). Pero es que esta vez ni del lado del asesino nos podemos poner, porque hasta él causa rechazo, tristeza y sonrojo.




Wes Craven está pésimo, no acierta en ninguna escena. Dirige fatalmente a sus ya de por sí intragables actores. Ha perdido toda la imaginación, la fiereza, esa que parecía que había recuperado en parte en la reivindicable y sorpredente Vuelo Nocturno (Red Eye), y la inventiva. Ni siquera se luce con las escenas de asesinatos, se ve incapaz de crear suspense o terror, se abraza a escenas manidas (armarios de cuartos de baño con espejos, víctimas que intentan huir de sus verdugos escondiéndose en roperos) y se permite dar como buenas, escenas que ni el peor director salido de la más terrible escuela de cine mandaría a positivar porque le arderían los ojos al verlas.




Lo mejor que puedo decir de Almas Condenadas es que a pesar de durar 107 minutos paradójicamente se pasa en un suspiro y desaparece rápido de la mente. Wes Craven está en horas bajas, muy bajas, lo mejor que podía hacer es seguir con su encomiable labor como productor y dejar lo de la dirección a dignos herederos suyos como Alexandre Aja, Rob Zombie o Dennis Iliadis. Pero el entrañable abuelo parece que no da el brazo a torcer, ya que según tengo entendido el año que viene tendremos una quinta entrega de las aventuras del infame Ghostface. Yo mientras rezaré a Cthulhu por el alma (condenada) de ese director que me ofreció en su momento memorable cine de terror y que a día de hoy no sé donde está, porque en My Soul To Take seguro que no.



martes, 10 de agosto de 2010

Pesadilla en Elm Street, el Origen, el germen del hijo de cien maniacos



Título Original: A Nightmare on Elm Street (2010)
Director: Samuel Bayer
Guión: Eric Heisserer y Wesley Strick, basado en los personajes de Wes Craven
Actores: Jackie Earle Haley, Kyle Gallner, Rooney Mara, Katie Cassidy , Thomas Dekker, Kellan Lutz, Clancy Brown, Connie Britton, Lia D. Mortensen





Enésimo remake de una cinta de culto dentro del género de terror, de nuevo con Michael Bay de productor que en esta faceta siempre suele darnos una de cal (La Matanza de Texas 2004) y otra de arena (Viernes 13). Esta vez le ha tocado a la cinta de culto de los 80 escrita y dirigida por Wes Craven y protagonizada por Robert Englund, excelente y original producto que conoció una infinidad de secuelas en las que el humor macabro iba sustituyendo gradualmente al terror llegando en las últimas entregas a la autoparodia pura y dura.




Yo no sé que esperaba la gente de este remake, ya que cumple con nota su misión, actualizar el primer film de la saga y dar un origen sólido a la génesis del personaje. Algo parecido lo que hiciera Rob Zombie en su excelente Halloween, el Origen. Pesadilla en Elm Street versión 2010 esta dirigida por Samuel Bayer, realizador surgido del mundo del videoclip, y esto por mucho que algunos se empeñen no es un handycap, donde dirigió obras (algunas excelentes, de las mejores del medio) para gente como Iron Maiden, Metallica o Marilyn Manson.




Bayer respeta escrupulosamente la esencia del film homónimo de Wes Craven y si bien es cierto que algunas escenas (eso sí, muy contadas) las calca, es lo suficientemente inteligente como para a parte de insuflar un muy logrado look visual, no dejarse llevar por el efectismo, los sustos de baratillo y dar su propia visión del nacimiento del personaje, aunque eso es más achacable al guión de Heisserer y Strick. Lo más gracioso es que mucha gente echa en cara que esta nueva versión no muestra el sentido del humor tan negro que destilaba el Freddy original. Todo fan de la saga sabe y recuerda que el tono de comicidad macabra del amigo Krueger vino con las secuelas. En la primera parte había poco lugar a la payasada, que sí imperaría en las siguientes entregas, y este es un remake del primer film, de modo que en ese sentido no hay fallo alguno.




El mayor acierto y paradojicamente el fallo más destacable del remake que nos ocupa es la confirmación de lo que todos sabíamos pero nadie aseguraba, que Freddy Krueger era un pedófilo. Es una acierto porque tal hecho da un mínimo poso de seriedad y hondura al producto y a la personalidad del protagonista (además, todo lo relacionado con los abusos está llevado son sutileza y elegancia) y es también un fallo garrafal porque la confirmación del tal delito justifica de manera reaccionaria el linchamiento por parte de los padres hacia el protagonista. En ese sentido la estructura me recuerda a Escalofrío, el debut del actor Bill Paxton en la dirección, que por culpa de su final perdía todo el inquietante retrato que hasta ese momento realizaba del sur de Estados Unidos y su fanatismo religioso.




Jack Earle Haley, ese hombre (pobre tipo, siempre hace de pedófilo o persona que se relaciona con ellos). ¿Es el Rorschach del Watchmen de Zack Snyder mejor Freddy Krueger que Robert Englund? no, por supuesto que no. Pero sí es, no sólo un dignísimo heredero del protagonista de Trampa Mortal como el asesino de las cuchillas, sino también unas 500 veces mejor actor que él y no digo esto por el papel que hace aquí, que de todas formas está muy bien realizado, gracias al buen uso que hace de la modulación de la voz, el lenguaje corporal y ese incesante e irritante movimiento que hace con los dedos del clásico guante de metal.




Sin ser un film destacable, Pesadilla en Elm Street es un producto de consumo bienintencionado que da al espectador lo que busca, macabro entreteniento para pasar hora y media entretenida. Si alguien busca algo más no lo encontrará, pero el hecho de que tenga mucho más nivel que cualquiera de las secuelas de la saga original, que Bayer mejore el final de la cinta primigenia (la escena con la muñeca hinchable produce verdaderas carcajadas y a día de hoy su visión ensucia un film casi impoluto) y que intenten dar algo de seriedad al proyecto hacen que valga la pena su visionado. ¿Es necesaria su existencia como producto cinematográfico? no, pero como nos lo tenemos que comer igualmente (en el sentido de que existe, no en el de que haya que verla por cojones), al menos está bien cocinado, sin llegar a ser un bocatto di cardinale, ni mucho menos.