sábado, 3 de septiembre de 2016

Star Trek: Más Allá



Título Original Star Trek: Beyond (2016)
Director Justin Lin
Guión Simon Pegg, Doug Jung, Roberto Orci, John D. Payne, Patrick McKay, basado en los personajes de Gene Roddenberry
Actores Chris Pine, Zachary Quinto, Zoe Saldana, Karl Urban, Simon Pegg, Anton Yelchin, John Cho, Idris Elba, Sofia Boutella, Joseph Gatt, Deep Roy, Lydia Wilson, Joe Taslim, Adam DiMarco, Ashley Edner, Christian Sloan, Jodi Haynes




En una época en la que las cabezas pensantes de Hollywood están decididas a luchar contra su falta de originalidad por medio de la reinvención o revisión de sagas cinematográficas clásicas la mítica creación de Gene Roddenberry no iba a ser la excepción. En el año 2009 la contrapartida en pantalla grande la mítica serie televisiva Star Trek veía rejuvenecer a la tripulación clásica de la Enterprise a manos del cineasta J.J. Abrams, por aquel entonces famoso productor de televisión (Lost, Alias, Felicity, Fringe) y con sólo un largometraje a sus espaldas, la meritoria Misión Imposible 3. Star Trek recuperaba al capitán Kirk (Chris Pine) al señor Spock (Zachary Quinto) y hacía gala de un extenso reparto de jóvenes actores como Karl Urban (El Señor de los Anillos, Dredd) Zoe Saldana (Guardianes de la Galaxia, Avatar), Simon Pegg (Shaun of the Dead, Hot Fuzz), John Cho (Desafío Total, Solaris), Eric Bana (Munich, Hulk) o el fallecido Anton Yelchin (Fright Night, Terminator: Salvation) y aunque a un servidor le pareció un proyecto fallido consiguió revitalizar el universo trekkie en pantalla grande para una nueva generación de espectadores. Tres años después y con los fans clásicos divididos entre los que agradecían el lavado de cara de la franquicia y los que tildaban de traidor al director de Super 8 por haber “starwarizado” la misma llegó Star Trek: En la Oscuridad, una revisión encubierta de una de las cintas más famosas del universo trekkie, Star Trek: La Ira de Khan, con Benedict Cumberbatch interpretando al ya mencionado villano y ocupando el lugar de Ricardo Montalbán. La taquilla respondió, pero el film, más que su predecesor incluso, dividió a la rama dura de los fans de la creación de Gene Roddenberry tildándola alguno de ellos como la peor película de Star Trek jamás realizada, algo que el que aquí suscribe no comparte, ya que la segunda incursión de J.J. Abrams en la nave Enterprise me pareció muy superior a la primera.




Aunque en su momento dio pie a cierta incertidumbre con respecto al devenir de esta nueva era cinematográfica de Star Trek el hecho de que J.J. Abrams partiera a otra galaxia muy lejana a rodar la magnífica Star Wars VI: El Despertar de la Fuerza el cineasta y su productora Bad Robot no se desvincularon del desarrollo de la tercera entrega que dio continuidad a las dos cintas con las que el productor de Cloverfield insufló nueva vida al microcosmos trekkie. Delegando responsabilidades de dirección en el competente Justin Lin (Fast & Furious) requiriendo los servicios para idear el guión del actor Simon Pegg y Doug Jung (con la intervención no acreditada en el mismo del habitual Robert Orci, Patrick McKayJohn D. Payne), contando con el mismo reparto al que se han añadido rostros nuevos como el de Sofia Boutella en el papel de Jaylah o Idris Elba en el del villano Krall y con el 50 aniversario de la saga como telón de fondo llega a las pantallas de todo el mundo Star Trek: Más Allá, la tercera entrega de la nueva era de la tripulación original de la USS Enterprise y el último largometraje adscrito al microcosmos de la obra ficcional relacionada con la creación de Gene Roddenberry que diera sus primeros pasos en el medio televisivo para marcar época. El resultado para el que suscribe es la mejor entrega de la etapa J.J. Abrams de Star Trek, una cinta de aventuras ejemplar en todos sus apartados que consigue ir más allá (nunca mejor dicho) que sus predecesoras por apelar a una humildad formal para quitarse el sombrero y un uso del homenaje y la metareferencialidad que para sí quisieran otras producciones del Hollywood actual.




Ya el arranque de Star Trek: Más Allá consigue por un lado superar al de Star Trek: En la Oscuridad (que ya de por sí era muy destacable) sin la necesidad de la espectacularidad y el derroche de efectos técnicos de aquel y por otro enamorar al espectador con la broma sobre los Teenaxi que es deudora de un humor genuinamente trekkie. En ese momento la platea ya va notando que algo ha cambiado en esta entrega de Star Trek con respecto a las dos anteriores, como si el hecho de que J.J. Abrams (que por otro lado es un muy competente artesano) abandonara la silla del director dentro de la saga permitiera a esta evolucionar. La nueva secuela apela a un tono más clásico cuando se centra en unos personajes que cada vez son más importantes dentro de las tramas y cuyas relaciones interpersonales van ganando en agilidad y fidelidad a la esencia de las contrapartidas originales de los roles, pero también sabe entregarse al espectáculo grandilocuente (aunque nunca aparatoso) cuando las secuencias de acción hacen acto de presencia y copan el protagonismo del relato. En este sentido Star Trek: Más Allá consigue algo que a las dos entregas anteriores le costó horrores lograr (sólo a medias y únicamente en el largometraje que tenía al protagonista de la futura Doctor Strange como villano) y que aquí ya es un hecho, solidificar un perfecto equilibrio entra claisicismo y modernidad, conseguir que la nueva senda abierta por Abrams en la que prima el fuego de artificio, el ritmo frenético y la aventura espacial sensacionalista siga patente y en el trayecto se amalgame con una recuperada visión más contemplativa, filosófica y humana de las series y películas protagonizadas por William Shatner y Leonard Nimoy durante los primeros años de vuelo de la Enterprise.




Es posible que este equilibrio se deba a la inclusión de Simon Pegg (que recordemos interpreta desde la cinta de 2009 el papel de Scotty) y Doug Jung en el guión que dan nueva vida al estilo de narración de la franquicia. En apalabras del protagonista de la trilogía del Cornetto la intención con Star Trek: Más Allá es realizar un back to basics, una vuelta a las raíces con la que convertir el film en un episodio de la serie clásica en el que la tripulación de la Enterprise deba enfrentarse a un enemigo letal en un planeta desconocido. Esta empresa se consigue totalmente cuando desciframos a lo largo del metraje ese sabor añejo interactuando con una puesta en escena típica del Hollywood de las grande superproducciones del siglo XXI. Pero el libreto va más allá y consigue por medio de la sutilidad y una total justificación argumental utilizar el simbolismo y la iconicidad para dar forma a los no pocos aciertos del largometraje. El hecho de a la media hora de metraje destruir la Enterprise no sólo es un golpe de efecto brillante en cuanto al impacto que supone ver tan mítico transporte espacial ser derribado de manera brutal, también sirve como excusa narrativa para calibrar el nivel de amenaza del villano al que se enfrentarán el Capitán Kirk y su equipo y sobre todo para que el relato pueda acentuar una de las ideas más antiguas y arraigadas del universo Star Trek, que es la idea que defiende a la la tripulación al completo, y no la Enterprise o los altos mandos de la misma, como el núcleo central sobre el que bascula la creación de Gene Roddenberry. Por otro lado la cinta contiene el que posiblemente sea el mejor homenaje al miembro difunto de un reparto (y un mito de la cultura popular) que se haya visto en el séptimo arte en mucho tiempo con la muerte de Leonard Nimoy que es utilizada en la trama para dar nueva forma y desarrollar al Spock al que da vida un Zachary Quinto cada vez más mimetizado con su rol.




Si la llegada de los nuevos guionistas ha supuesto un nuevo/viejo soplo de aire fresco con el cambio de director ha sucedido lo mismo. Aunque con el paso del tiempo J.J. Abrams se ha ido ganando mi respeto como cineasta la llegada de Justin Lin se presenta como todo un acierto de cara a mejorar esta nueva etapa de la franquicia en celuloide. No voy a afirmar aquí que el taiwanes es un gran director, pero sí es cierto que tiene la suficiente versatilidad para rodar tanto entregas de la saga Fast & Furious (la que le ha dado fama y dinero) como algunos de los mejores episodios de la infravalorada segunda temporada de True Detective. El autor de Shopping for Fangs (su poco conocida ópera prima) o Finishing the Game: The Search for a New Bruce Lee da a Star Trek: Beyond lo que necesitaba, un profesional que estuviera más pendiente de ofrecer un trabajo competente dentro de la saga que de inyectar en la misma sus señas de identidad estilísticas. Para empezar, y es algo que yo agradezco encarecidamente, Lin elimina de un tajo los lens flare típicos de Abrams que en las dos anteriores entregas eran un omnipresente recurso visual del todo agotador, por otro lado sólo recurre a la cámara al hombro en algunas escenas de acción, utilzando mayormente la steadicam o el plano fijo a la hora de que los personajes interactúen entre ellos a la hora de intercambiar los diálogos. Siguiendo la tónica del guión el realizador aboga por la alternancia de un clasicismo fluido en las ya mencionadas secuencias calmadas y se entrega al dinamismo frenético, pero siempre bien entendido, cuando las potentes escenas de acción se hacen con la historia y se ven aumentadas exponencialmente gracias a unos efectos digitales sencillamente brillantes.




Star Trek: Más Allá es la perfecta unión de la vertiente clásica (el trasfondo filosófico, esa arcaica nave siendo conducida de manera prodigiosa por la tripulación de la Enterprise, el Diario de Bitácora del Capitán Kirk) con la reformulación que realizó Abrams (acción frenética, batallas espaciales, luchas cuerpo a cuerpo coreografiadas con mucha profesionalidad) para dar la bienvenida a la nueva década y que Justin Lin ha continuado y elevado a la máxima potencia. Con un reparto en el que los actores protagonistas cada vez se hacen más con sus roles destacando la genial, y hasta ahora nada explotada, química entre Spock y Bones gracias a unos soberbios Karl Urban y Zachary Quinto, un Chris Pine cada vez más creible como Kirk, la tristeza que supone saber que no volveremos a ver a Anton Yelchin dar vida a Chejov (y eso que era un personaje que en las dos entregas anteriores pecaba de insoportable) unos nuevos personajes entre los que tenemos la tan letal como entrañable (y poco explotada) Jaylah de Sofia Boutella o el villano Krall que está tan bien perfilado con respecto a sus motivaciones como en lo referido a la potente amenaza física que supone para los protagonistas (a lo que ayuda la rotunda presencia de un Idris Elba cuya fuerza atraviesa los kilos de látex que poco a poco van desapareciendo de su rostro) y un acabado técnico al que no le sobra o falta nada el último vuelo de la USS Enterprise es convierte junto al Jason Bourne de Paul Greengrass y Cazafantasmas de Paul Feig, en uno de los blockbusters más talentosos y completos de este verano que en breve se nos irá de las manos a velocidad de curvatura.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Stranger Things, the monster squad



¿"Y si todo este tiempo que he buscado a Will he estado detrás de algo más?"




Después de éxitos como la versión americana de House of Cards, Orange is the New Black, Narcos o las series adscritas al universo Marvel como Daredevil o Jessica Jones la plataforma de streaming Netflix ha vuelto a dar de lleno en la diana con otra de sus producciones propias, pero esta vez la repercusión ha sido mayor que nunca por distintos factores. Stranger Things se ha convertido el la serie del 2016, un fenómeno a nivel mundial que ha despertado el interés y las alabanzas de público y crítica por su combinación de talento, accesibilidad, nostalgia y pericia narrativa. Un proyecto que aprovechando la excusa del enorme tirón del revival que desde hace unos años estamos viviendo con respecto al cine comercial e infantil realizado en Estados Unidos durante los años 80 ha ofrecido a millones de usuarios un relato en ocho entregas que ha conseguido enamorar a una ya enorme horda de fans que han quedado prendados con la aventura en la que se embarcan un puñado de entrañables e interesantes personajes 




Algo extraño sucede  el 6 de Noviembre de 1983 en la ciudad de Hawkins, Indiana. Después de jugar su habitual partida de Dragones y Mazmorras con sus amigos Mike Wheeler (Flinn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo) y Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) Will Byers (Noah Schnapp) desparece misteriosamente en las inmediaciones de su casa. Mientras su madre Joyce (Winona Ryder) y su hermano mayor Jonathan (Charlie Heaton) unen fuerzas con el sheriff de la localidad Jim Hopper (David Harbour) para dar con su paradero el resto de la pandilla de Will se encontrará con una extraña niña perdida a la que apodarán Eleven (Millie Bobby Brown) por un número que lleva tatuado en su brazo y que finalmente se revelará no sólo como la víctima inocente de una serie de experimentos secretos llevados a cabo por una organización secreta comandada por el Doctor Martin Brenner  (Matthew Modine) sino también como el único medio para que el desaparecido Will pueda volver a su hogar junto a sus familiares y allegados.




La primera temporada de Stranger Things consta de ocho episodios y la misma ha sido ideada por los semidesconocidos hermanos Matt y Ross Duffer, a los que sólo recordamos por su debut en la dirección cinematográfica Hidden (subtitulada Terror en Kingsville en España) un film de género protagonizado por Alexander Skarsgård y Andrea Riseborough o por escribir algunos episodios de Wayward Pines, la serie sobre desapariciones en un pueblo rural ideada por Chad Hodge y apadrinada por M. Night Shyamalan que facilmente ha podido ser el germen de la producción televisiva que nos ocupa. Este nuevo trabajo ideado en el seno de Netflix es un homenaje tanto a aquellos films de culto para todos los públicos de los ochenta como Los Goonies, Una Pandilla Alucinante (The Monster Squad), o Exploradores como a algunas obras literarias (con sus respectivas adaptaciones a imagen real) nacidas de la pluma del escritor Stephen King como It (Eso) en todo lo relacionado con la infancia y el grupo de amigos que se enfrentan a seres sobrenaturales u Ojos de Fuego (Firestarter) si nos centramos en el personaje de Eleven, sus poderes y la corporación secreta que sigue sus pasos.




Lo mejor de un producto como Stranger Things es que a pesar de que casi todo el mundo a incidido en su utilización de la nostalgia por medio de la multireferencialidad hacia el celuloide rompetaquillas americano de los 80 con homenajes a obras de Steven Spielberg, Joe Dante, John Carpenter o Fred Dekker con él nos encontramos con un proyecto magníficamente ejecutado en fondo y forma. Por mucho que la trama se desarrolle en un contexto temporal muy concreto y que el relato narrado este repleto de deudas con obras de ficción pretéritas los hermanos Duffer y sus colaboradores (entre ellos Shawn Levy, director de la trilogía Noche en el Museo) se han ocupado de asentar las bases de una historia de una solidez intachable, escrita con un total control del tempo narrativo, realizada con una puesta en escena y una mesura sin estridencias a la altura de las circunstancias y sobre todo interpretada por un reparto tocado por el don del carisma y la ternura casi en su totalidad. En resumidas cuentas, aunque esos años 80 son importantes en la localización del discurrir del argumento la aventura que nos cuenta Stranger Things es tan efectiva que podría funcionar en los 60, 70, 90 o la actualidad.




Pero sería de necios eludir que si hay un apartado de Stranger Things que se ha ganado los parabienes de prácticamente todo aquel que la ha degustado ese ha sido su reparto. Los cuatro críos protagonistas son un acierto de casting mayúsculo y aunque alguno de ellos se muestre durante el primer ecuador de la serie de manera algo estereotipada (hablo de Lucas y su recelo hacia la nueva chica del grupo, aunque esté justificado) devoran la pantalla con su credibilidad y simpatía, Aunque Flinn Wolfhard ofrezca madera de líder con mucho convencimiento y el ya mencionado rol de Caleb McLaughlin transmita vivacidad y valentía son la Eleven de Millie Bobby Brown y el Duncan de Gaten Matarazzo los que dejan verdadera huella en el espectador. Ella por abordar con una profesionalidad impropia de una niña de su edad un papel nada fácil y lleno de matices siempre desde la contención y él porque con su sonrisa desdentada, voz ceceante e inocencia rodeada de una pátina de picardía se revela como el mejor actor y personaje catódico de lo que llevamos de 2016. Al pobre Noah Schnapp no le han dejado mucho terreno para lucirse, pero todo apunta a que en la segunda temporada su Will Byers dará mucho que hablar.




Dentro del plantel de actores adultos y adolescentes tenemos a una Winona Ryder que de tanto esforzarse en su rol de madre sufridora se pasa de frenada y llega a introducirse en una algo irritante sobreactuación, la encantadora Natalia Dyer dando vida a Nancy Wheeler (todo un descubrimiento esta chica) al lacónico Jonathan Byers de Charlie Heaton (una mezcla entre Dane DeeHan y un joven Edward Furlong) y dos personajes que se muestran durante los primeros episodios como clichés andantes para luego evolucionar adecuadamente eludiendo lugares comunes como el Steve al que da voz y cuerpo Joe Keery que pasa de ser el típico novio celoso y matón de colegio a algo más interesante y el sheriff Jim Hopper de David Harbour que en principio parece el típico agente de la ley local paleto e incompetente para exponerse de cara al espectador poco a poco como el personaje más interesante de la serie junto al sutil, embaucador, aterrador y gélido Dr. Martin Brenner que nos devuelve al mejor Matthew Modine en años y al que podemos considerar, sin lugar a ninguna duda, como el verdadero monstruo de la serie.




Mi único problema con Stranger Things han sido las altísimas expectativas que tenía depositadas en ella por culpa del rápido y machacón culto que se ha creado a su alrededor en un tiempo récord. No sé si por culpa del hype o de que la misma serie se encuentre todavía en el ojo del huracán mediático y afirmando tajantemente que disfrutado considerablemente de ella no encuentro en sus ocho episodios esa genialidad u obra maestra catódica que muchos han promulgado de manera tan apresudarada. Dicho esto no cabe duda que el proyecto de los hermanos Duffer tiene el crédito que merece por atesorar la suficiente calidad y calidez como para ser disfrutada con fruición por todo tipo de espectadores y recibir con los brazos abiertos el próximo año esa segunda temporada que la misma Netflix confirmó ayer con nueve nuevos episodios con los que volveremos a viajar a la pequeña localidad de de Hawkins, Indiana, para asistir a las "cosas extrañas" que allí tienen lugar en esta y otras dimensiones.


miércoles, 31 de agosto de 2016

La Mosca II, el testamento del Dr Brundle



Título Original The Fly II (1989)
Director Chris Walas
Guión Frank Darabont, Mick Garris, Jim Wheat, Ken Wheat, basado en personajes de George Langelaan y David Cronenberg
Actores Eric Stoltz, Daphne Zuniga, Lee Richardson, John Getz, Frank Turner, Anne Marie Lee, Gary Chalk, Saffron Henderson, Harley Cross





Mientras un ya desvinculado del proyecto David Cronenberg disfrutaba de las miles del éxito con el estreno de Inseparables (Dead Ringers) su reinterpretación del caso real de los hermanos gemelos Cyril y Stewart Marcus protagonizado por un desdoblado Jeremy Irons consiguiendo el que a día de hoy sigue siendo el cénit de su carrera como cineasta la productora Brooks Films (propiedad del productor Mel Brooks) y 20th Century Fox volvieron a asociarse para dar forma a una secuela de La Mosca, que permitiera a sus inversores conseguir otro éxito como el que se habían permitido con el film protagonizado por Jeff Goldblum y Geena Davis, aunque esta vez tomando como protagonista al hijo que los personajes de estos dos actores tuvieron en el largometraje de 1986, como recordamos, un remake de la versión de 1958 dirigida por Kurt Neumann y que también conoció dos continuaciones. El Regreso de la Mosca y La Maldición de la Mosca dirigidas por Edward Benrds y Don Sharp respectivamente.




Aunque el punto de vista es muy parecido esta La Mosca II no es un remake ortodoxo de El Regreso de la Mosca, la secuela del film de 1958 dirigido por Edward Bernds y protagonizado por Vincent Price (que a su vez ejercía un rol secundario en el film de Kurt Neumann) entre otros. Esta producción de 1989 también toma como protagonista al hijo de Seth Brundle, Martin (Eric Stoltz) pero el mismo como personaje es abordado de una manera muy diferente. El vástago del científico que creó las maquinas de teletransportación y la periodista Verónica Quaife es un inusual caso genético que al haber heredado el ADN mutado de su padre crece a una velocidad desproporcionada y posee una inteligencia superdotada. Desde su mismo nacimiento Martin se encuentra confinado en las instalaciones de la compañía Bartok Industries, propiedad de Anton Bartok (Lee Richardson) para que sus captores puedan vigilar el proceso de transformación que, al igual que sucedió con su progenitor, le convertirá en una mosca humana.




Para abordar esta segunda entrega se colocó en la silla del director Chis Walas, el autor de los efectos de maquillaje del largometraje de David Cronenberg con el que ganó un Oscar en dicha categoría, del guión se ocuparon unos por aquel entonces todavía desconocidos Frank Darabont (Cadena Perpetua, La Milla Verde), Mick Garris (Masters of Horror, Apocalipsis) y los hermanos Jim y Kean Wheat que por aquel entonces sólo eran conocidos por haber participado (de manera no acreditada) en el guión de Pesadilla en Elm Street 4: El Amo del Sueño y haber escrito el de la tv movie Ewoks: La Batalla de Endor y Howard Shore cedió la batuta al no menos talentoso compositor Christopher Young (Hellraiser II, Sinister). Todas estas decisiones dan muestra de que los productores se tomaron totalmente en serio la realización de esta secuela y aunque como es lógico quedó a años luz de su predecesora todavía hoy guarda el tipo como una muy competente cinta de terror y ciencia ficción.




Si La Mosca tomaba como núcleo central un argumento clásico de Serie B para trascender el mismo gracias a un brillante tratamiento de personajes y un guión que incidía en ideas existencialistas y metafísicas La Mosca II abraza totalmente esa naturaleza de explotación para convertirse en una pieza de género tan efectiva como ausente de pretensiones. Mientras David Cronenberg y Charles Edward Pogue ejercían de entomólogos Chris Walas, Mick Garris, Frank Darobont y los hermanos Wheat toman el rol de pirotécnicos que utilizarán todos los clichés del tipo de celuloide al que se adscriben en su propio beneficio pero decorándolos adecuadamente con los últimos avances de la época en efectos especiales para ejecutar una pieza que ofrezca al espectador las sensaciones fuertes que busca en un producto cinematográfico de esta naturaleza, tan intrascendente como bien realizado en sus planos técnico y artístico.




Por suerte el guión a ocho manos no sólo se entrega irremisiblemente al espectáculo de artificio también hay cierto interés por crear unos personajes creíbles y que consigan empatizar mínimamente con el espectador. Eric Stoltz hace un muy buen trabajo como Martin Brundle, su mezcla entre inteligencia e inocencia es cercana y toda la subtrama con el perro (que contiene una meritoria aunque simplista crítica al uso de animales en experimentos científicos) permiten que la platea se implique con su trágica historia, algo que se acentuará todavía más cuando encuentre el amor en Beth Logan (una encantadora Daphne Zuniga) con la que compartirá una convencional pero aceptable historia de amor. Aunque si hay un personaje destacable en La Mosca II ese es el sutil pero amoral villano interpretado por el veterano Lee Richardson, ese Anton Bartok que ejerce como tóxica figura paterna en Martin y que se revela, junto a su peligrosa corporación acechando entre las sombras, como el rol más puramente cronenbergiano del largometraje.




Pese a todo Chris Walas y sus colaboradores saben que no van a poder llegar a las cotas de genialidad de la versión de David Cronenberg, de modo que tratan de hacerse fuertes en los resortes relacionados con el terror, el suspense y la ciencia ficción, El también director de Psicosis Mortal (The Vagrant) ejerce como competente artesano, sabe encuadrar con oficio (precioso el plano general de Martin y Beth bailando mientras la luz que entra en el laboratorio ilumina los Telepods) mantener el ritmo de la narración, ejecutar potentes escenas de acción (ese plano secuencia que sigue los pasos del guardia de seguridad hasta que es eliminado de manera sanguinolenta por el protagonista) y aprovechar al máximo los soberbios efectos de maquillaje que su equipo crea para el proyecto y que se revelan como los más deliciosamente abominables y desagradables realizados por una cinta hollywoodiense desde los que Roy Arbogast, Rob Bottin y Stan Winston diseñaron para el remake de La Cosa dirigido por John Carpenter en 1982.




Aunque en su arranque le cuesta dar sus primeros pasos (todo el inicio con Martin siendo un niño es rutinario y carente de verdadero interés) La Mosca II es una digna secuela del remake dirigido por David Cronenberg. Evidentemente está a años luz del largometraje ideado por el director de Un Método Peligroso o Cosmopolis, pero gracias a su sencillez genérica, carencia de pretensiones y la profesionalidad con la que todos los implicados en su creación abordaron su labor se puede disfrutar considerablemente como un producto entretenido, con algunos momentos muy bien ejecutados, un reparto bastante competente y alguna interesante reflexión, no muy trascendente, planteada en el tan previsible como efectivo guión que sustenta el proyecto. Una demostración más de que hasta fuera del cine infantil los años ochenta ofrecieron no pocos proyectos de cariz indudablemente comercial que a día de hoy, casi treinta años después de su estreno, siguen mostrando ideas y resoluciones formales más interesantes que el 90% de los productos actuales nacidos en el seno de la meca del cine.



martes, 30 de agosto de 2016

La Mosca (1986), el experimento del Dr Brundle



Título Original The Fly (1986)
Director David Cronenberg
Guión Charles Edward Pogue y David Cronenberg, basado en la historia corta de George Langelaan
Actores Jeff Goldblum, Geena Davis, John Getz, Joy Boushel, Leslie Carlson, George Chuvalo, Michael Copeman, David Cronenberg, Carol Lazare, Shawn Hewitt







En el año 1983 el cineasta canadiense David Cronenberg rodó dos largometrajes diametralmente opuestos. El primero fue Videodrome, un suicidio artístico y conceptual protagonizado por James Woods y la cantante Debbie Harry con el que radicalizaba su discurso y en el que ponía sobre la palestra por primer vez de manera explícita y nominal su concepto de la "Nueva Carne" o lo que es lo mismo, un paso más en la escala evolutiva en el que el ser humano se fusionaba con la tecnología dando forma a una nueva entidad corpórea. El segundo La Zona Muerta, una adaptación de la excelente novela homónima de Stephen King producida por el prolífico Dino de Laurentiis y con un reparto formado por Christopher Walken, Martin Sheen, Brooke Adams, Tom Skerrit y Herbert Lom entre otros. Sería esta cinta que extrapolaba a imágenes las aventuras de John Smith, el hombre que podía predecir el porvenir de sus allegados con sólo tocarlos, el puente que llevaría al director de Rabia o Scanners a Hollywood.




El cineasta Mel Brooks en su labor de productor fue quien hizo llegar a David Cronenberg el guión de La Mosca, un proyecto que revisaría para el celuloide la cinta de culto homónima dirigida en 1958 por Kurt Neumman inspirada en un relato corto de George Langelaan incluido en una antología literaria adscrita a la ciencia ficción titulada Relatos del Antimundo. El libreto escrito por Charles Edward Pogue (Dragonheart, Psicosis III) sorprendió gratamente al director de Ontario cuando al leerlo descubrió que en él podía encontrar no pocas de sus inquietudes cinematográficas como la mutación física y psicológica del ser humano, la enfermedad como elemento nuclear del relato, el uso de las altas tecnologías como elemento deshumanizador y la presencia de misteriosas corporaciones que conspiran en la sombra. Después de reescribir el guión él mismo y con la ayuda de la 20th Century Fox que amparó el producto el debut del director de Crash en Hollywood vio la luz con Jeff Goldblum y Geena Davis como protagonistas y el éxito no se hizo esperar.




Durante una convención el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum) conoce a la periodista Verónica Quaife (Geena Davis) y la invita a su casa para mostrarle un experimento que según él cambiará la historia de la humanidad tal y como la conocemos. Una vez allí Brundle muestra a su invitada dos cabinas con las que puede teletransportar materia artificial pero no orgánica. Con el paso del tiempo la pareja irá estrechando lazos y ambos aunarán fuerzas para conseguir por fin transportar de uno a otro de los Telepod (que así se llaman dichos artilugios) tejido con vida. Una vez conseguido el reto el mismo Brundle, durante una noche de despecho y borrachera, probará consigo mismo la máquina de su creación sin saber que en el mismo momento en el que va a realizar el proceso de teletransportación una mosca entra junto a él en el Telepod dando pie a que ambos ADN se fusionen y den forma a una criatura deforme que poco a poco irá devorando la humanidad del científico convirtiéndolo en un insecto viviente.




La Mosca ofreció no pocas satisfacciones a David Cronenberg. Por un lado fue la consolidación de su madurez como autor (la misma que llegaría a su máximo exponente dos años después con Inseparables, la que a día de hoy sigue siendo su mejor obra) por otro suponía su entrada con alfombra roja en la meca del cine ayudado por un guión ajeno que se adscribía tanto a su discurso cinematográfico como para permitirle no dejar de ser él mismo sin tener que convertirse en uno más de esos cineastas independientes de sobrado talento que deben vender su alma para trabajar en Hollywood y por último se trató de un proyecto que le permitió equilibrar de manera totalmente armónica la vertiente más física y gore de su cine pretérito con esa nueva vertiente de calado psicológico que tuvo su germen en la magnífica, y en cierta manera autobiográfica, Cromosoma 3 (The Brood), permitíendole ahondar a partir de entonces más en la mente de las criaturas que poblaban sus peculiares producciones como director.




Pero The Fly no sólo fue un producto destacado por el paso evolutivo que supuso para su creador o por haber encontrado en un proyecto que él no había ideado muchas de sus constantes narrativas sino también porque con él pudo acercarse más que nunca a un apunte autobiográfico de su propia vida como la muerte de su padre por culpa de una larga enfermedad degenerativa en el año 1973, hecho que influyo en su personalidad cinematográfica y que sobrevuela toda su obra, pero que en esta cinta de 1986 se revela de manera más explícita. Posiblemente esta situación sea la que incitara a Cronenberg y su co guionista a perfilar con más profundidad a sus dos personajes principales convirtiendo el largometraje casi en una obra teatral (aparte de la presencia de los protagonistas sólo el rol de John Getz tiene algo más de peso, reduciendo el film a un reparto mínimo) que aunque presume de unos efectos especiales y de maquillaje brillantes por suerte se centra principalmente en el desarrollo de los caracteres.




Seth Brundle no es una muestra del mad doctor prototípico del celuloide de terror y ciencia ficción, es un hombre carismático, elegante, con un más que considerable atractivo físico y no del todo asocial. Esto gracias no sólo al guión de Charles Edward Pogue y David Cronenberg, sino también a la excelente labor de un Jeff Goldblum sencillamente pletórico. Estas son las características de su personalidad que atraen a Verónica (una magnífica Geena Davis en su por aquel entonces primer papel totalmente dramático) que se revela como el, posiblemente, primer papel femenino de la filmografía de Cronenberg que aporta un considerable peso a la trama y no se reduce a ser un vehículo narrativo para potenciar al rol masculino (aunque algo de ello hay) o el personaje negativo que reactive el debate sobre la supuesta misoginia del director de Una Historia de Violencia o Promesas del Este. De este modo la interacción entre la pareja es total y va asentando las bases de la historia de amor y tragedia que compartirá a lo largo del metraje.




Pero aunque en La Mosca se incida en la relación emocional de sus protagonistas la historia que verdaderamente interesa a David Cronenberg es la del científico que quiere cambiar el curso de la historia. y qu se deja devorar por la ambición El director de El Almuerzo Desnudo utiliza los últimos días de vida de Seth Brundle como una extensión conceptual de los cambios físicos y psicológicos que sufría el Max Renn de Videodrome y el John Smith de La Zona Muerta respectivamente creando un paralelismo bastante claro con los estragos que el cáncer produce en un cuerpo vivo, Todo el contexto de la creación de un teletransportador de materia es la excusa argumental para que el canadiense pueda incidir en su idea de la "Nueva Carne" y la descomposición (en todas sus vertientes) moral y corpórea de nuestra sociedad en general y del ser humano como individuo en particular. Es su visión como entomólogo del hombre de finales del siglo XX y principios del XXI a la máxima potencia aunque esta vez su rol demiúrgico no es tan distante y hay algo más de implicación en la tragedia que sobrevuela el trayecto vital de sus personajes.




En un planó técnico el trabajo de David Cronenberg es sencillamente brillante, como suele ser habitual en su impronta. Una puesta en escena medida y ejecutada con prodigiosa simetría, ninguna floritura innecesaria con la cámara más allá de los trucajes visuales para dar forma a los "nuevos hábitos como insecto" de Brundle y un uso magistral de los brillantes efectos de maquillaje de un Chris Walas pletórico con el látex y la animatrónica (merecido Óscar en este apartado aquel año 1986) no sólo con la transformación física que experimente el protagonista sino también con algunas creaciones aterradoras como la masa informe y retorcida en la que se convierte el simio que el científico utiliza para sus experimentos (ecos inevitables al remake de La Cosa que realizó John Carpenter sólo cuatro años antes) la gigantesca larva de la escena del alumbramiento o los efectos en objetos y personas (el brazo del camionero que echa el pulso con el personaje de Jeff Goldblum) que produce la fuerza sobrehumana que contrae dicho personaje durante los primeros compases de su transformación. Todo ello enfatizado con inolvidable score de un Howard Shore a esas alturas mimetizado al 100% con el estilo cinematográfico de David Cronenberg.




Aunque La Mosca supuso un enorme éxito de crítica y público y ganó no pocos galardones internacionales en distintos festivales David Cronenberg no se dejó encandilar por los cantos de sirena de Hollywood y para su siguiente proyecto (la ya mencionada Inseparables) volvió a su Canadá natal para seguir dando forma, con un control artístico total, a la que sigue siendo una de las carreras cinematográficas más personales y originales del cine contemporáneo. Mientras el cineasta de Ontario volvía a su independecia autoral Brooks films y 20th Century Fox volvieron a aunar fuerzas tres años después para rodar La Mosca 2, una secuela del film que nos ocupa dirigido por el mismo Chris Walas, creador de los efectos de maquillaje del remake que nos ocupa, con Eric Stoltz, Daphne Zuniga, Lee Richardson y John Getz entre otros como protagonistas y cuyos resultados analizaremos dentro de poco en una nueva entrada del blog para reivindicarla como una más que aceptable secuela que, aún estando lejos de su predecesora, contiene algunos apuntes interesantes que la hacen merecedora de cierto crédito.



lunes, 29 de agosto de 2016

Cazafantasmas (2016)



Título original Ghostbusters (2016)
Director Paul Feig
Guión Katie Dippold y Paul Feig, basado en personajes de Dan Aykroyd y Harold Ramis
Actores Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Leslie Jones, Kate McKinnon, Cecily Strong, Chris Hemsworth, Andy Garcia, Michael Kenneth Williams, Neil Casey, Matt Walsh, Nate Corddry, Mark Burzenski, Pat Kiernan, Nick Austin




En el año 1984 el director canadiense Ivan Reitman y los actores y guionistas norteamericanos Dan Aykroyd y Harold Ramis decidieron ir un poco más allá con respecto a las previas colaboraciones cinematográficas que habían compartido e idearon una comedia con apuntes de terror llamada Cazafantasmas que narraba las aventuras de un grupo de científicos que se dedicaban a recorrer la ciudad de New York para atrapar todas las entidades sobrenaturales que decidían aterrorizar a los habitantes de la Gran Manzana. Al carro se subieron también Bill Murray, Ernie Hudson, Sigourney Weaver, Rick Moranis o Annie Potts entre otros y el éxito, como todos sabemos, fue descomunal. Ghostbusters se convirtió de la noche a la mañana en un taquillazo brutal que dejó una huella indeleble en la mente de no pocos espectadores y aunque cinco años después su secuela, Cazafantasmas 2, no tuvo el mismo recibimiento el que aquí suscribe ya la defendió hace un tiempo como una más que digna continuación del film primigenio en este artículo con el que repasamos la saga y sus derivados. La idea de una nueva secuela o un reinicio de la franquicia llevaba décadas tanteándose en las oficinas de Sony Pictures Entertainment, pero la negativa del actor de Lost in Translation a participar en el reparto o la defunción del gran Harold Ramis dieron al traste con una continuación de los films originales. De modo que el remake era la única solución por parte de Hollywood para resucitar a los cazadores de fantasmas más famosos del cine moderno. El problema es que el lógico y comprensible recelo hacia revisar películas de culto que no merecen una nueva versión pasó a algo más grave cuando los productores del nuevo proyecto decidieron que este pasaría a estar protagonizado por cuatro mujeres en logar de los hombres que dieron vida a los personajes principales en los films de los años 80.




Es posible que en los meses posteriores a la elección del reparto femenino de la nueva Cazafantasmas un servidor haya asistido a algunos de los comportamientos y comentarios más vergonzosos y sonrojonates de toda mi vida como cinéfilo y para más escarnio viniendo la mayoría de ellos de miembros de mi mismo sexo. Expresiones como “feminazis”, “destructores de infancias” o “corrección política” se encontrarían entre las más moderadas leídas por la red relacionadas con el tema de este remake, eso siempre que eludamos las aberrantes opiniones en las que se hacía mofa con el aspecto físico de las actrices (como todos recordamos los protagonistas de los dos films originales eran unos Adonis dentro de Hollywood) enfatizando que una cinta de Ghostbusters jamás podría estar interpretada por mujeres, sin dar motivos de peso para defender tan peregrina idea. De manera tan demencial como vírica el odio hacia todo lo relacionado con la cinta de Paul Feig llegó a unos cotas alarmantes de vergüenza ajena cuando veíamos a su primer trailer convertirse en el vídeo con más votos negativos de la historia de Youtube, a la actriz Leslie Jones tener que abandonar la red social Twitter tras recibir una enorme ola de insultos sexistas, IMDB llenarse de notas negativas antes de estrenarse el film, al fandom más cerril y radical volverse más loco todavía cuando la crítica americana reseñaba la película como un muy competente ejercicio de cine veraniego y ya alcanzando el mayor nivel de despropósito cuando Dan Aykroyd defendió que este reboot era mejor que los largometrajes originales para seguidamente los seguidores más extremistas echárseles al cuello, es decir, gente que llega a defender de manera tan dogmática un producto que cree de su propiedad como para llegar a insultar al creador del mismo.




Dejando de lado el tema polémica que nos confirma de manera tajante que nos queda mucho camino que recorrer para erradicar términos como la intolerancia, el machismo o la inmadurez vamos a hablar, ya en un plano estrictamente cinematográfico, de lo que supone como película esta nueva Cazafantasmas. No se puede decir que Sony no haya tratado de poner todo de su parte para que este reinicio de la saga esté arropado por profesionales cuyo talento sea dificilmente rebatible. Para dirigirla la elección de Paul Feig es sencillamente brillante, ya que nos encontramos con uno de los mejores directores de comedia actuales teniendo en su haber films divertidísimos como Espías (Spy), Cuerpos Especiales (The Heat) la muy alabada La Boda de Mi Mejor Amiga (Bride Maids) e incluso alguna serie de culto como Freaks & Geeks, ideada esta junto a su amigo, el también guionista y cineasta, Judd Apatow. El reparto está formado por la habitual de Feig y actual reina de la comedia americana estadounidense Melissa McCarthy, Kate McKinnon y las asiduas del programa Saturday Night Live, Leslie Jones y Kristen Wiig, esto último también utilizado como arma arrojadiza por no pocos exégetas que afirmaban lo injusto que era dar un papel a humoristas que podían haber ejercido intérpretes de verdad, los mismos que suponemos desconocerán que Dan Aykroyd y Bill Murray también salieron de la cantera de aquel mítico y longevo show antes de aparecer en la primera Cazafantasmas. Finalmente y poniendo la peculiar nota masculina tenemos al mismísimo Dios del Trueno, Chris Hemsworth, dando vida a Kevin, el guapo pero poco avispado recepcionista de las cuatro científicas expertas en dar caza a lo sobrenatural y al que se sumarán una serie de numerosos cameos que es conveniente no mencionar aquí.




Cazafantasmas, pese a quien le pese, es un magnífico blockbuster veraniego, una superproducción que apela por el escapismo ligero y la diversión en sesión continua, una muestra clara de qué puede llegar a hacer Hollywood cuando pone al frente de un proyecto de esta envergadura a unos autores que sienten verdadero cariño y respeto por el material de partida sobre el que construirán su producto. Este remake del presente 2016 es escrupulosamente fiel al largometraje de 1984 dirigido por Ivan Reitman y escrito por Dan Aykroyd y Harold Ramis, de hecho en ocasiones lo es tanto que peca de autocomplacencia (la estructura de las trama en ambos films en sencillamente indéntica) y eso le impide tomar forma como proyecto independiente y volar libre, pero sabiendo la presión a la que se han visto sometidos los creadores del largometraje y las ingentes cantidades de bilis que sobre ellos se han regurgitado era de esperar que no arriesgaran en este sentido y a fe mía que no lo hacen. El tono de comedia amalgamada con pasajes de terror está siempre presente en pantalla y en ese apartado hay que destacar un soberbio diseño de los fantasmas que en poco tiene que envidiar a lo de los films originales y unos efectos digitales sencillamente brutales que hasta cuando se muestran más hiperbolizados (ese clímax final desatado y apocalíptico) siempre están supeditados a la historia que Paul Feig y su co guionista Katie Dippold están narrando. En todo momento se nota que en Sony se han tomado muy en serio el relanzamiento de la franquicia ectoplásmica porque por un lado tanto como producto cinematográfico para toda la familia y por otro como revisión de la obra original este remake funciona a la máxima potencia.




Aunque el arranque es muy potente y en él ya podemos vislumbrar cuán respetuosos van a ser los autores con las entregas previas de la saga al largometraje le cuesta dar sus primeros pasos. La película tiene que realizar muchas acciones al mismo tiempo como mostrar las señas de identidad estilísticas de su puesta en escena, calibrar el tono de comedia al que se va a entregar el resto de metraje y presentar a los personajes que con unas leves pinceladas tienen que dar las primeras muestras de sus distintas personalidades. En este proceso los guionistas inyectan una cantidad brutal de gags y chistes por minuto de modo que los descacharrantes y de una brillantez intachable se alternan con los tibios o menos inspirados, pero por suerte este es el tipo de films que pone una sempiterna sonrisa en la cara de un espectador que en no pocas ocasiones se verá interrumpida por la carcajada o el llanto por culpa de la risa (debo admitir que hay al menos tres golpes en el film que me hicieron saltar las lágrimas). Los escritores se hacen fuertes en apartados como el de dar, dentro de lo que cabe, una explicación científica coherente a las actividades paranormales que las protagonistas llevan a cabo y sobre todo o el de aprovechar la era internet y la imediatez de las redes sociales para haber podido meter dentro del film referencias a las muchas descalificaciones personales que las actrices y la producción han recibido (todo apunta a que cuando salió el primer y machacado trailer el film todavía se estaba rodando, porque es imposible que tantas referencias a la realidad sean fruto de la casualidad) transmitiendo el proyecto una sensación de revanchismo bien entendido que regala algunos de los mejores gags del guión. Sirvan como ejemplo cuando las protagonistas leen los comentarios que los usuarios les dejan en los vídeos que cuelgan en Youtube, las menciones a que sus uniformes parecen de basureros o declaraciones machistas por parte de algunos personajes que parecen haber sido sacados de los comentarios que se han vertido sobre el film en la red.




Como era de esperar el reparto está a la altura de la situación y las cuatro actrices son unas muy dignas herederas del casting de actores masculinos que dieron vida a los Cazafantasmas en 1984 y 1989. Que nadie busque en los personajes de este reinicio émulos de los de los film originales, los aquí presentados son otros con personalidades diferentes que en algunos apuntes toman señas de identidad de los interpretados por Murray, Aykroyd, Ramis y Hudson, pero sin que se conviertan en sus contrapartidas femeninas. Aunque Melissa McCarthy es uno de los personajes con más notoriedad y el nombre más conocido del reparto su labor no destaca por encima del resto de sus compañeras. Una vez más su director fetiche le regala una gran cantidad de gags y diálogos con los que explotar su más que contrastadoa vis cómica, pero más entrañable y disparatada se muestrae Kristen Wiig, una actriz especialmente dotada para el humor físico y poseedora de una comunicación no verbal y una gestualidad sencillamente brillantes. Leslie Jones también se gana el sueldo a conciencia con pasajes divertidísimos como su vida como trabajadora en el metro antes de ingresar en las Cazafantasmas, su peculiar manera de “exorcizar”o sus reacciones cuando se enfrenta a sus primeros fantasmas. Pero un servidor se queda enamorado de esa mezcla entre chulería, locura y pasotismo amalgamados en el cuerpo de una brillante Katie McKinnon, que se revela como el mayor acierto de casting del film ofreciendo una cara de los Cazafantasmas entre alocada, sensual y lúcida que ofrece momentos brillantes y que tiene su culmen cuando en plena batalla campal decide probar sus “nuevos juguetitos”, una pasaje de acción magnífico. Por último no olvidarme de Chris Hemsworth como el atontado Kevin, ya que el australiano muestra aquí unas dotes envidiables para el humor y reirse de sí mismo con un personaje puede que demasiado estúpido, pero que sirve como reflejo masculino del clásico rol de secretaria guapa pero tonta con el que Hollywood lleva décadas creando estereotipos pueriles y sexistas.




Pero lo que más ha sorprendido al que suscribe de una película como Cazafantasmas ha sido la labor de Paul Feig detrás de las cámaras. Este remake es sin lugar a dudas el proyecto más grande el que se implica el director de episodios de The Office o Arrested Development y como maestro de ceremonias muestra un control total de un presupuesto tan abultado como el que Sony pone a su disposción. El cineasta sabe conjugar la comedia con el terror, hacer un uso brillante de los magníficos fantasmas que los CGI crean con gran maestría estilísitca, mantiene el nivel que siempre ha poseido como director de actores, pero sobre todo llama la atención lo resuelto que se muestra con las escenas de acción, algo que ya se dejó notar en Espías pero que en la cinta que nos ocupa se ve multiplicado exponencialmente hasta el límite de ofrecer algunos de los pasajes técnicos mejor rodados de todo lo que llevamos de verano. Esa recta final con terremotos, espectros dominando el skyline newyorkino, el desfile de globos gigantes rematados con ese entrañable cameo final o la aparición del descomunal “final boss” (toda una declaración de principios la forma que toma el mismo para enfrentarse a las protagonistas) son muestra fidedigna de que Feig y su equipo técnico lo han dado todo para ofrecer una muestra quintaesencial de lo que debería ser normalmente el cine palomitero made in Hollywood, convirtiendo a Ghostbusters en una montaña rusa con subidas y bajadas que saciarán el apetito de todo tipo de espectadores que no se dejen llevar por los prejuicios.




Cazafantasmas es puro cine de evasión, un producto para toda la familia que cumple casi todas las expectativas que se pudieran depositar en él respetando a los largometrajes a los que da reinicio y atrayendo a nuevas generaciones de fans para que descubran el universo creado hace casi veinticinco años por unos humoristas con talento que han delegado responsabilidades en otras que no lo son menos. Por desgracia la inquina que atrajo el proyecto desde su misma gestación ha pasado factura en el rendimiento en la taquilla y por ahora Sony no ve rentable la película como para pensar en unas secuelas que permitirían a la nueva versión de la franquicia tomar su propia personalidad, dar forma a su propia idiosincrasia y permitir a unos personajes desternillantes desarrollarse y ganar enteros en pantalla. La última película de Paul Feig merece mucho la pena, por la labor de este detrás de las cámaras y al guión, por la excelente entrega de cuatro actrices en estado de gracia que explotan al máximo su sobrado talento para el humor y por pasajes como el del concierto, los intentos del personaje de Kristen Wiig por ligar con el de Chris Hemsworth, por las salidas de este (el momento comparación de fotografías es hilarante) por los cameos de la mayor parte del casting de la cinta original y por ser un proyecto ejecutado con pericia, mimo y la sana intención de hacer reír. Recomiendo ir a verla con la mente abierta y sin condicionamientos de ningún tipo (y el que aquí habla es un fan a muerte de la saga original y sus variantes) porque hablamos de cine comercial de calidad, porque poco importa el género de las protagonistas si hacen bien su trabajo, porque es de estúpidos tomarse en serio algo tan liviano como un blockbuster y porque si el hecho de que hagan un remake “con mujeres” de tu película favorita “arruina tu infancia” eso es síntoma inequívoco de que la misma dejó mucho que desear.


sábado, 27 de agosto de 2016

Ocurrió Cerca de su Casa, asesinato en 8mm




Título Original C'est Arrivé Près de Chez Vous (1992)
Director Rémy Belvaux, André Bonzel, Benoît Poelvoorde
Guión Rémy Belvaux, André Bonzel, Benoît Poelvoorde, Vincent Tavier
Actores Benoît Poelvoorde, Rémy Belvaux, Jacqueline Poelvoorde Pappaert, Nelly Pappaert, Hector Pappaert, Jenny Drye, Malou Madou





Es curioso que cuando se mencionan cuales son los trabajos cinematográficos más destacados en el subgénero found footage o falso documental todo el mundo nombra producciones como la infame Holocausto Caníbal, de Ruggero Deodato, El Proyecto de la Bruja de Blair, de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick o sagas como la española [·REC], ideada por los cineastas Jaume Balagueró y Paco Plaza y la americana Paranormal Activity. Pero pocos se acuerdan de que en 1992 dio mucho que hablar una cinta belga titulada C'est Arrivé Près de Chez Vous (Ocurrió Cerca de su Casa en España) escrita, dirigida, producida, montada y protagonizada por tres jóvenes cineastas llamados Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde. Este film tuvo un gran éxito en el festival de Sitges de aquel año ganando los premios a mejor actor, para Benoit Poelvoorde, y mejor película teniendo como rivales en esa edición a pesos pesados como Braindead, de Peter Jackson, Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino (aunque esta se llevó los premios a mejor director y guión, como era de esperar) El Ejército de las Tinieblas, de Sam Raimi o El Almuerzo Desnudo, de David Cronenberg.




Ocurrió Cerca de su Casa narra cómo un equipo de filmación de jóvenes cineastas sigue las andanzas de Ben, un asesino en serie de cuya vida están rodando un peculiar documental. En el proceso el tan carismático como demente criminal irá explicando pormenorizadamente por un lado su vida diaría con su familia, amigos y allegados, haciendo hincapié en su pasión por la poesía, la música o el cine y por otro su modus operandi como homicida, argumentando las diferencias existentes entre matar ricos o pobres, niños o ancianos, belgas o inmigrantes, todo esto mientras va estrechando lazos con unos realizadores que se dedican a capturar sus "hazañas" cámara en mano y que poco a poco se irán implicando cada vez más en las fechorñias del protagonista llegando a convertirse primero en cómplices y después en asesinos tan o más descerebrados que él. Esta es la trama central del único film como directores de Rémy Belvaux, André Bonzel, Benoît Poelvoorde y la misma sirve al trío de autores para asestar un fuerte puñetazo en el estómago del espectador.




C'est Arrivé Près de Chez Vous es un largometraje que no hace concesión alguna a la platea, sin glorificar ni criticar los brutales actos de su protagonista los expone de manera seca, cruenta y directa. Hay quien afirma que el film del trío Belvaux/Bonzel/Poelvoorde exhala realismo por sus cuatro costados para exponer cómo poco a poco ciudadanos normales y corrientes pueden llegar a dejarse influenciar por un sociópata desalmado y con ello convertirse en personas como él. Un servidor no opina lo mismo, ya que aunque estéticamente el largometraje se deja influenciar por la veracidad estética del Free Cinema británico, el neorrealismo italiano o la Nouvelle Vague francesa, desde su mismo arranque hay un matiz de surrealismo, de exageración granguiñolesca que no nos permite tomarnos completamente en serio la obra, algo que por otro lado no suaviza las escenas bestiales que captura su vívida cámara. El largometraje no habla de un criminal que incita a otras personas a emular sus actos, ya que los cineastas que capturan para la posteridad las vivencias de Ben desde el mismo inicio del film ya son cómplices de los asesinatos que este perpetra, de modo que pasado por el prisma de ese punto de vista Ocurrió Cerca de su Casa disertaría sobre una juventud demente y enferma, pero esa no es su misión principal.




Esta visión un tanto deformada de la realidad es precisamente la que permite a los guionistas, directores y actores inyectar un humor negro sencillamente brutal y no hablamos sólo del que nace cada vez que el personaje de Ben abre la boca como al lamentar el estado laboral en el que se encontraba el guardia de una obra de raza negra al que acaba de asesinar (pero al que no quiere tocar por si le contagia el SIDA), cómo se jacta de haber eliminado a unos marroquíes pero habíendolos "enterrado mirando hacia la meca" como si de un acto respetuoso se tratase o tomar como un hábito sano empezar el mes matando a un cartero, sino también del que estructura globalmente la obra. La muerte de los dos sonidistas (¿referencia a los baterías "muertos en extrañas circunstancias" de This is Spinal Tap, otra joya del falso documental?) con las exageradas y miméticas declaraciones de Remy delante de la cámara, los protagonistas topándose con otro equipo de rodaje que acompaña a otro asesino, la  inexistente policía que nunca hace acto de presencia a pesar de que Ben mata a plena luz del día y con testigos o la reacción de los amigos del personaje principal con lo que acontece durante su cumpleaños son pasajes que confirman el tono de humor entre surrealista y políticamente incorrecto de la producción.




Aunque, como previamente hemos mencionado, este tono exagerado no es óbice para que los cineastas expongas algunas escenas de violencia explícita muy crudas, no ya sólo en el plano físico, sino también en el psicológico. El mismo film se abre con Ben estrangulando a una mujer en un tren y el desarrollo de la trama irá alternando las escenas de esta naturaleza con las más hogareñas. Podremos ver al protagonista disparar a todo tipo de viandantes, deshacerse de sus cadáveres o dar palizas de muerte a desaprensivos para que poco a poco estas situaciones vayan ganando en visceralidad, y paradójicamente, ironía. La secuencia que más recuerdó como espectador y que fue una de las que se me quedó grabadas a fuego cuando vi el film  por primera vez veinte años atrás (hace poco la revisé en bluray para realizar esta crítica) es la de la anciana a la que Ben da un "susto de muerte". Ver a la señora agonizar mientras él explica a la cámara que al ver los medicamentos para el corazón en la mesa del saló ya sabía cómo debía actuar resulta tan aterrador como descacharrante y apuntes como el personaje de Poelvoorde quitándose de encima la mano de la mujer cada vez que intenta tocarlo para pedirle ayuda transmiten una incomodidad totalmente real que atraviesa la pantalla.




No le van a la zaga tampoco secuencias como la de los dos asaltos a inmuebles, uno en un barrio adinerado y otro en uno obrero, que no se diga que nuestro protagonista es un clasista en lo que al asesinato y la tortura se refiere. De la incursión a la casa de familia rica destaca el asesinato del padre en el lavabo (ese micro captando el cuello rompiéndose) con referencia divertidísima a la película El Viejo Fusil y a Philip Noiret incluida, el ataque que sufre la madre en el suelo al ser golpeada en la cara por Ben y sobre todo la asfixia del niño con la almohada en la que el personaje principal recibe la ayuda de un Remy ya totalmente implicado con las fechorías de su "protagonista". En el otro ataque hogareño encontramos a una pareja realizando el acto sexual, seguidamente tanto Ben como todo el equipo de rodaje violan a la muchacha ante la impotente mirada de su novio (aunque no parce muy afectado, todo hay que decirlo) y al día siguiente encontramos el cuerpo de la chica con los intestinos fuera y a los protagonistas tirados por el suelo de la cocina como si hubieran pasado una noche de borrachera normal y corriente.




Lo más interesante de todas estas escenas que estamos mencionando es que se desarrollan de cara al espectador con el personaje de Ben explicándolas con sorna y un sentido del humor explícitamente mórbido que despierta la simpatía del que visiona y ahí radica una de las mayores virtudes de Ocurrió Cerca de su Casa, esa perversión vírica que transmite el objetivo de la cámara de los tres realizadores y guionistas para apelar a la complicidad de un patio de butacas que en más de una ocasión "se divertirá" con los abominables actos de este grupo de criminales. Con la implicación del equipo de rodaje en las barbaridades de Ben no sólo se retrata una generación de individuos amorales, como apunté unos párrafos más arriba, también se realiza una interesante alegoría sobre el poder vampirizador del cine, la liberación primaria a la que una cámara puede incitar cuando estamos compartiendo el día a día con un individuo que convierte el asesinato en un hábito tan rutinario como cualquier otra actividad lúdica que pudiera llevar a cabo en su quehacer diario.




Benoît Poelvoorde, él tiene la culpa de todo. El actor belga es el principal responsable de que un asesino como el que interpreta en Ocurrió Cerca de su Casa caiga bien al espectador. El Ben al que él da vida y del que conoceremos a toda su familia (la real del actor, lo que acantúa la potencial empatía que podamos sentir por él) es un dechado de carisma, socarronería, y mala baba, un tipo que puede transmitir en la misma secuencia, y con una facilidad pasmosa, terror, simpatía, elegancia y patetismo. Dentro del largometaje sus monólogos directamente a cámara son los mejores momentos del mismo como al inicio del largometraje cuando comenta cuánto lastre necesita un cadáver para ser sumergido en agua dependiendo de su edad o tamaño, cuando explica lo poco que le gusta asesinar niños mientras está matando a uno, las secuencias en las que está borracho y se encara con el equipo de rodaje o esos arrebatos artísticos en los que lo vemos recitar poesía, tocar el piano o dar lecciones sobre autores pictóricos antes o después de verlo cometer homicidios sin el más mínimo remordimiento.




C'est Arrivé Près de Chez Vous es pura sesión golfa, hija de La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick y madre de Asesinos Natos de Oliver Stone la cinta de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde es el equivalente cinematográfico al típico chiste de mal gusto que sólo contamos entre amigos de confianza y con bebidas espirituosas, u otras sustancias, de por medio. Su único fallo es que su fórmula se vuelve algo redundante a lo largo del metraje y su final se antoja precipitado y caótico, por lo demás nos encontramos con una reivindicable cinta de culto que supuso la única incursión como directores de sus responsables. Después André Bonzel ha ejercido de director de fotografía para otros realizadores, Rémy Belvaux se dedicó a la publicidad y tuvo sus quince minutos de renovada fama al lanzarle una tarta en plena cara a Bill Gates en 1999 para nueve años después suicidarse lanzándose a la vía de un tren. Benoît Poelvoorde por el contrario se ha convertido en una de las caras más reconocibles de la comedia romántica belga y francesa, quién lo diría habiéndose dado a conocer al mundo como el perfecto asesino de personas de la tercera edad.