Mostrando entradas con la etiqueta rape and revenge. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rape and revenge. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de abril de 2021

Una Joven Prometedora, girls just want to have fun

 


Título Original Promising Young Woman (2020)
Director Emerald Fennell
Guión Emerald Fennell
Reparto Carey Mulligan, Bo Burnham, Alison Brie, Connie Britton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Clancy Brown, Angela Zhou, Christopher Mintz-Plasse, Alfred Molina, Molly Shannon, Sam Richardson, Steve Monroe, Casey Adams




Llegó, por fin, a las carteleras españolas Una Joven Prometedora o Promising Young Woman en su idioma original. La ópera prima detrás de las cámaras de la actriz inglesa Emerald Fennell a la que reconocemos, principalmente, por dar vida a Camilla Parker Bowles en The Crown, la serie de Netflix centrada en Isabel II y la familia real británica. Desde que tuviera su puesta de largo el 20 de enero de 2020 en el Festival de Sundance la polémica y un debate bastante enconado han acompañado al film allí dónde ha sido estrenado, consiguiendo también alabanzas de una prensa especializada que, en líneas generales, se ha rendido ante el debut como realizadora de la intérprete de Call the Midwife aspirando a cinco Oscars en la ceremonia que se celebrará esta misma noche.




Aunque conviene saber poco o nada de Una Joven Prometedora para disfrutar al máximo de su propuesta sí podemos afirmar que supone una elocuente reformulación de los códigos adscritos al subgénero rape and revenge que vivió su época de mayor esplendor durante las décadas de los 70 y 80. Obras como La Última Casa a la Izquierda (Wes Craven, 1972), Lady Snowblood (Shurayuki-hime, Toshiya Fujita, 1973), Thriller - En Grym Film (Bo Arne Vibenius, 1973),  La Violencia del Sexo (I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978),  Trampa Para Un Violador (La Casa Sperduta Nel Parco, Ruggero Deodato, 1980) o Ángel de Venganza (Ms .45, Abel Ferrara, 1981) entre muchas otras hicieron proliferar este tipo de producciones en distintos continentes ofreciendo variopintas perspectivas de su planteamiento primigenio.




Por medio de una puesta en escena sabiamente manierista, canciones pop insertadas maliciosamente en el metraje y unos colores pastel que parecieran parodiar las típicas comedias románticas estadounidenses Emerald Fennell va mostrando poco a poco sus cartas mediante el personaje de Cassie y su tan particular como personal cruzada. Pero como ya hemos mencionado el film se adscribe de manera nada ortodoxa al rape and revenge acometiendo sus señas de identidad en off, fuera de cámara y eludiendo en casi todo momento mostrar innecesaria violencia física en pantalla, siendo la psicológica la que se apodera de los momentos álgidos del metraje. Ahí es donde Promising Young Woman despliega su artillería sin hacer prisioneros, pero sobre todo componiendo un retrato tan elocuente como nada benévolo de nosotros, los hombres.




Es imposible ser hombre y no ver Una Joven Prometedora sumido en una continua sensación de incomodidad o desasosiego y aquel capaz de negarlo miente impunemente. Porque un servidor y cualquier espectador masculino que se enfrente en la película va a reconocer como propios o ajenos muchos de los comportamientos deleznables que llevan a cabo los roles de Adam Brody, Christopher Mintz-Plasse, Chris Lowell, Max Greenfield o Alfred Molina. Todos ellos configuran un mosaico en el que la cultura de la violación, la cosificación de las mujeres o la deshumanización de las relaciones sentimentales y sexuales golpean a un espectador viendo reflejados en todos ellos el conjunto de una sociedad profundamente patriarcal en la que practicar el coito con una mujer inconsciente por la ingesta masiva de alcohol no estaba mal visto y sí completamente normalizado hasta hace poco tiempo.




Pero Emerald Fennell quiere ir más allá y después de construir minuciosamente una zona de confort entre tanta perversidad explícita e implícita la pisotea para negarnos una vía de escape capaz de darnos la necesaria bocanada de oxígeno dentro de un relato que no por eludir la violencia gráfica en pantalla se hace menos duro de visionar y asimilar. Como hombre no quería admitir ese quiebro desalentador, viéndose venir de lejos, porque tenía la esperanza de que la guionista y directora dejara un haz de luz esperanzador al que aferrarnos, para que lo unido por Paris Hilton no lo separara la fatalidad. Pero su negativa a hacer esa concesión a la platea es bien recibida, porque como espectador el cine que más disfruto es el que me incomoda, el que me remueve la conciencia y me incita a cuestionar conceptos, teorías o valores que daba por sentados. 




Para su primera incursión como directora en el terreno del largometraje Fennell muestra no poca soltura a la hora de utilizar la cámara como un arma capaz de pervertir una estética casi de postal, con leves apuntes estilísticos propios de la publicidad o el videoclip, inoculándole potente veneno en forma de cáustico humor negro remitente a autores como Todd Solondz o un lirismo melancólico que podría hacer suyo el mejor Gregg Araki. En cuanto a su labor con el guión este se muestra tan sólido estructuralmente como orgánico en lo referido al devenir de acontecimientos en el que se ve inmersa la protagonista, sumando al conjunto todos esos apuntes ya mencionados retratándonos como sociedad sin huir del cine de género y asimilando hasta cierta reformulación conceptual del subgénero slasher.




Que Emerald Fennell se dedique profesionalmente a la interpretación la convierte en una impecable directora de actores y esto queda patente en pantalla. Pero no es menos cierto que se rodea de un reparto en el que hasta los miembros del apartado artístico con roles más pequeños se muestran creíbles, completamente implicados y cómplices con la visión de la realizadora. De entre ellos es justo mencionar a una brillante Alison Brie representando a esas mujeres también instigadoras y cómplices de la invisibilidad a la que muchas víctimas de agresiones sexuales se ven avocadas y sobre todo un Bo Burnham pletórico, el único miembro del casting capaz de ponerse a la altura de su protagonista, con la que destila una enorme química en todos los pasajes de la película que comparten juntos.




Pero sí, es cierto aquello que todos proclaman. Es la británica Carey Mulligan como Cassie quien devora el encuadre cada vez que la cámara repara en su presencia. Ya hemos dedicado parabienes a Emerald Fennell como guionista y directora, pero es ineludible que su propuesta quedaría reducida al mínimo exponente si la actriz de Shame o Drive no ejecutara aquí el mejor papel de su nada desdeñable carrera. Mulligan es Promising Young  Woman y sin una profesional tan versátil como ella o carente de su capacidad para llenar de matices un personaje basculante entre una determinación casi sobrehumana y la psicopatía pura esta ópera prima no alcanzaría las cotas de excelencia a las que llega sin apenas esfuerzo. Ojalá la veamos esta noche ganar el Oscar a mejor actriz, pero la Frances McDormand de la necesaria Nomadland va a ser un tótem difícil de derribar.




Podemos debatir sanamente sobre aspectos cinematográficos, como ese último acto moviéndose con cierta temeridad entre la tragedia forzada y la ingenuidad casi idealizada, e incluso de su tono o cómo está abordado el relato desde la escritura. Pero lo que nadie puede negar o eludir es que Promising Young Woman refleja una realidad dolorosamente cercana, actual, inmediata que apela a toda una sociedad, pero sobre todo a los hombres y nuestra relación con las mujeres. Lo hace desde la visión de una directora que ha sabido meter el dedo en una herida que tardará mucho tiempo en cicatrizar, porque hasta hace poco ni sabíamos o queríamos aceptar que lo era. Que una propuesta tan militantemente feminista como esta aspire a cinco Oscars es todo un logro. Que gane alguno más importante que el de mejor guión original o actriz principal una locura que no tendremos la suerte de ver materializada para disgusto de mucha masculinidad frágil, tóxica e hipócrita.




miércoles, 20 de junio de 2018

Irreversible, la insoportable levedad del ser



Irreversible no sólo sintetiza a la perfección la relación de admiración y rechazo que siento por la obra de Gaspar Noé, también supuso la descarnada consagración de uno de los cineastas más necesarios, talentosos e incómodos de la historia reciente del séptimo arte. Un autor que, como he mencionado en otras ocasiones al hablar de su filmografía en este blog, suele profundizar en caminos que otros artistas ni se plantean en transitar, arriesgando en cada nuevo proyecto, tratando de no repetirse y siempre con una predilección por el suicidio cinematográfico harto atractiva para un servidor. Desde que Transgresión Continua dio sus primeros pasos, allá por 2009, siempre quise hablar de la segunda producción de Gaspar Noé por el impacto que causó en mí cuando la visioné por primera vez hace más de quince años. Pero no fue hasta su revisión hace unos días y la decisión de plantear la reseña del mismo modo que está narrada la película, hacia atrás, que encontré el aliciente para escribirla y saldar una deuda conmigo mismo y una de las obras que marcaron mi vida como cinéfilo que daba sus primeros pasos dentro del cine europeo contemporáneo.




Cuando la proyección de Irreversible termina, sobre todo tras su primer visionado, deja en el espectador una profunda sensación de pesimismo, con el ideólogo detrás de sus imágenes pisoteando todo sentimiento empático que pudiéramos haber experimentado por el relato narrado o los personajes que lo poblaban. En el proceso Gaspar Noé ha ido dejando pistas a modo de premoniciones de todo lo que terrible que va acontecer en el film (Álex hablando de ese sueño en un "túnel que se parte en dos", Marcus notando el brazo adormilado mientras se despereza) confirmándonos que el conocimiento de nuestro destino no nos permite cambiarlo. Misantropía, nihilismo, machismo, xenofobia y homofobia se han visto amalgamadas en una pieza cuestionable moralmente en muchos aspectos por el discurso que anida bajo sus fotogramas (aunque Noé no deja títeres con cabeza, lanza dardos envenenados contra burguesía y clase obrera ) pero impagable desde un punto de vista estético, visual y narrativo, construyendo así una rara avis en la cinematografía francófona,. Celuloide que agrede, hiere e impacta, pero también emociona, estremece y deja huella.




En este punto del relato Gaspar Noé toma la decisión de destrozar emocionalmente al espectador. Después de los desmanes de Marcus en la fiesta que son el catalizador de la marcha de Álex sola a casa siendo así agredida durante el trayecto el guionista y director nos hace testigos de las escenas previas a estos hechos por medio de un naturalismo cálido, acogedor, en el que los tres protagonistas bromean, hablan sobre su vida sexual, se muestran cercanos, veraces. Por desgracia una profunda tristeza recorre todo ese metraje al no poder eludir nuestro rol demiúrgico, obligándonos a saber que toda esa luz y candidez desembocará en dolor, traición, y terror. Gaspar Noé cierra Irreversible con los personajes de Monicca Bellucci y Vincent Cassel retozando desnudos cariñosamente en la cama, confirmándonos que Álex descubría esa misma mañana que estaba embarazada y culminando con un bellísimo plano cenital, acariciado por la 7ª Sinfonía de Beethoven, en un parque que se contrapone diametralmente al aterrador que abría la cinta, y cerraba la historia, hora y media antes. "El Tiempo lo Destruye Todo" reza el último fotograma de Irreversible y Gaspar Noé lo lleva hasta sus máximas consecuencias.




Para entonces llegamos a la famosa escena de la violación, que es precedida por todo un ritualismo con el que Noé nos deja entrever en numerosas ocasiones que cualquier pequeña acción o decisión podía haber evitado que Álex entrara en ese túnel del metro donde encontró  su agresor. Casi diez minutos de cámara estática (el director deja su objetivo a ras de suelo para eludir cualquier intencionalidad estilística o erótica a la hora de poner en escena la secuencia más complicada del largometraje) ausencia de banda sonora, y sólo dos actores, Monica Bellucci y Jo Prestia, entregándose para recrear a una de las escenas de agresión sexual más duras y menos sensacionalistas de la historia del cine. De manera curiosa es en este pasaje donde el máximo responsable de Irreversible demuestra ser un verdadero creador y un genio a la hora de extrapolar sus ideas visuales y narrativas a la pantalla, ya que a pesar de la violencia física a la que asistimos el golpe más duro nos es asestado antes de que la misma tome forma, justo cuando descubrimos que el violador no es la persona a la que mató Pierre en el Rectum, sino uno de los testigos de la escabechina en dicho pub, confirmándonos toda la cruzada en pos de la venganza emprendida por los dos protagonistas como un acto inútil culminado en fracaso.




A partir de esta secuencia el devenir de situaciones irá sucediéndose y de esta manera descubriremos cuáles son los hechos detonantes de este acto de venganza por parte de los protagonistas masculinos, quedándonos claro que es Pierre la voz de la razón, y verdadero enamorado de Álex, y Marcus el animal salvaje moviéndose por instintos primarios. La cámara que arrancó frenética empezará a estabilizarse gradualmente, a abandonar esa locura en la que, si nos atenemos a la narración cinematográfica clásica, habría ido sumergiéndose la película si estuviera estructurada de modo convencional. En un momento dado, cuando el ritmo del proyecto comienza a ralentizarse, llegamos al episodio en el que los personajes de Vincent Cassel y Albert Dupontel encuentran a Alex después de su agresión. En ese mismo instante, con una Monica Bellucci de rostro destrozado siendo introducida en la ambulancia, Gaspar Noé añade un efecto de sonido que simula un latido haciendo vibrar el encuadre. Hemos llegado al corazón de Irreversible, todo ese proceso hasta el ecuador del film ha supuesto el recorrido por una anatomía viviente, carnal, trémula, encontrando su epicentro en un acto aberrante que se antoja inminente y para el que nunca estaremos preparados como espectadores.




Lo que espera al espectador justo después del prólogo del film, el ya citado protagonizado por Philippe Hanon, es una inmersión casi literal en el infierno con la llegada de Marcus y Pierre al Rectum. En dicho antro regentado por homosexuales, cuya sordidez hace que el retratado por William Friedkin en A la Caza (Cruising) parezca un parque infantil, el objetivo de Gaspar Noé comienza a tomar vida y a "convulsionarse" como si de una entidad humana se tratase. Con viscerales movimientos, en muchas ocasiones impidiéndonos distinguir qué vemos en pantalla, y un uso del sonido con una frecuencia de 28 Khz que acentúa la malsana puesta en escena el argentino ejecuta el clímax de su obra antes de habernos aclimatado a su impronta visual y narrativa. La locura y la insania toman forma por medio de una cámara demente cuya lisergia desatada se mimetiza con los tonos rojizos que imperarán a lo largo de la paleta cromática del film creando paralelismos con el color de la sangre que será derramada en el desarrollo de su metraje. Esta secuencia culmina con el ya mencionado pasaje en el que Pierre mata a golpe de extintor al supuesto violador de Álex, no sin que este rompa antes el brazo a Marcus ante la algarabía del resto de clientes del Rectum y con uno uso magistral de unos dosificados efectos digitales.




Porque no es sencillo hacerse partícipe de lo propuesto por Gaspar Noé en Irreversible y dicha afirmación viene no sólo por la dureza del relato que vertebra el proyecto, sino también por su radical puesta en escena. El autor de Carne vuela por los aires no pocos convencionalismos narrativos al tomar la decisión de contar su historia en orden invertido y aunque la idea no es nueva (sólo dos años antes el Christopher Nolan de la magistral, y muy superior, Memento había ejecutado algo similar) su destrucción del principio de causa y efecto con respecto al espectador y la incomodidad extrema que transmite hacernos testigos de los resultados antes de asistir a los hechos que los producen siendo perpetrados a lo largo de los trece falsos planos secuencia en los que se divide el largometraje se antoja veraz y cortante de cara a la platea. Es aquí, y no en las dos consabidas escenas de violencia ya citadas, donde se encuentran los puntos más fuertes de la segunda obra cinematográfica de Gaspar Noé, los que hacen de Irreversible una pieza merecedora de ser experimentada.




Desde sus primeros compases Irreversible deja claras cuáles van a ser las dos señas de identidad,  presentes también en una obra tan precoz como Solo Contra Todos, de la persona que se encuentra detrás de las cámaras. Por un lado el ego, que se deja notar con esos títulos de crédito finales manipulados en pos del impacto, convirtiéndose en un recurso que el director seguiría explotando en sus films posteriores, y en la inclusión del personaje de su ya citada ópera prima, el "Carnicero" interpretado por el gran Philippe Nahon, conectando las dos piezas cinematográficas por puro capricho de su ideólogo. Por otro tenemos el uso del lenguaje cinematográfico como arma arrojadiza, posiblemente el sello más carcterístico del discurso autoral del realizador de Enter the Void, esclareciéndonos esos primeros planos que la imagen y el sonido son para él elementos capaces de perturbar, aturdir y desquiciar a los espectadores más acomodaticios, esos que el mismo Noé se encarga de "echar de la proyección" una vez deciden no entrar en su complicado juego.




En lo referido al argumento no vamos a engañar a nadie. Irreversible es una simple y llana historia de venganza, la de dos hombres, Marcus (Vincent Cassel) y Pierre (Albert Dupontel), buscando en una noche frenética por los suburbios de un París aterrador al perpetrador de la violación de Alex (Monicca Belucci) novia del primero y ex pareja del segundo. El presunto violador es un peligroso proxeneta apodado "Tenia" y para dar con él y hacerle pagar por su crimen los dos protagonistas acabarán en un sórdido local homosexual llamado "El Rectum" donde se desatará el mayor de los caos. Todo este planteamiento argumental, a pesar de algunas variantes, se aleja poco de cualquier muestra del subgénero rape and revenge, aunque en esta ocasión no sea la víctima quien busque vendetta contra su agresor, y no llamaría la atención (más allá de su acabado técnico, al que volveremos más tarde) de cara al espectador sino fuera porque Gaspar Noé lo narra de manera inversa, o lo que es lo mismo, iniciando su film con el final y terminándolo con lo que vendría a ser su arranque.




Mi misión en esta entrada se reducirá a la sencilla, pero ardua, misión de reivindicar una obra como Irreversible, aún siendo consciente de la presencia de decisiones, planteamientos y reflexiones cuanto menos reprobables entre sus ineludibles hallazgos cinematográficos y su osadía como propuesta por parte de su máximo responsable, añadiendo, eso sí, múltiples e importantes spoilers. Porque más allá de la brutal y expeditiva violencia de la que hace gala su trama existe un ejercicio suicida, anticomercial y muy personal de contar una historia mil veces vista de una manera temeraria, compleja y en ocasiones desquiciada con la (in)sana intención de buscar la implicación de un espectador no sólo impactado por las imágenes viscerales que el director y guionista irá poniendo en su camino, sino también viéndose descifrando la peculiar estructuración narrativa de la que hace gala una producción tan atípica y demencial como la ejecutada por Gaspar Noé en el año 2002.




Curiosamente más allá de analizar las virtudes o defectos cinematográficos de la cinta de Gaspar Noé los periodistas, sobre todo, centraron sus críticas en las dos escenas más célebres del metraje, algo en cierta manera lógico, pero una decisión equivocada que reducía el film a esos dos pasajes en concreto cuando el mismo contiene no pocos puntos de interés que aquí sí pasaremos a mencionar y analizar de la manera más humilde posible. Las dos secuencias que más dieron que hablar fueron en la que Albert Dupontel reduce a un irreconocible amasijo de carne el cráneo de un hombre propinándole numerosos golpes con un extintor y sobre todo la violación en tiempo real que sufre el personaje de Monica Bellucci a manos del secundario interpretado por el luchador de kick boxer, reconvertido en actor, Jo Prestia. Como apuntamos era inevitable que estos dos momentos concretos de Irreversible hicieran correr ríos de tinta, real y digital, algo que el mismo Gaspar Noé sabía y buscó premeditadamente, pero hay mucho cine en la obra que nos ocupa más allá de esos instantes.




Aunque ya con su primer largometraje, Solo Contra Todos, dio que hablar y levantó más de una ampolla no sería hasta la puesta de largo internacional, en el Festival de Cannes de 2002, de su segundo film, Irreversible, que el realizador argentino afincado en Francia Gaspar Noé, se convirtiera en uno de los enfant terrible del panorama cinematográfico internacional. Tras la proyección de la película en la croisette, y como ya recordé en la reciente reseña de Love, la polémica se desbordó como pocas veces en dicho certamen y las acusaciones de sádico, enfermo, criminal y pornógrafo hacia su director no se hicieron esperar. Para gran parte del público y la prensa especializada no sólo resultaba aberrante que una obra de estas características formara parte de la sección oficial de Cannes, también se destacó el terrible hecho que suponía la presencia de tres estrellas del cine francés como Monica Bellucci, Vincet Cassel y Albert Dupontel como protagonistas de la misma.




Título Original Irreversible (2002)
Director Gaspar Nóe
Guión Gaspar Noé
Reparto Monica Bellucci, Vincent Cassel, Albert Dupontel, Philippe Nahon, Jo Prestia, Stéphane Drouot, Mourad Khima, Jean-Louis Costes




sábado, 22 de octubre de 2016

Elle



Título Original Elle (2016)
Director Paul Verhoeven
Guión David Birke, basado en la novela de Philippe Djian
Reparto Isabelle Huppert, Laurent Lafitte, Anne Consigny, Charles Berling, Virginie Efira, Lucas Prisor, Christian Berkel, Alice Isaaz, Jonas Bloquet, Vimala Pons







Como es uno de mis directores favoritos y creo que es la primera vez que se reseña un estreno suyo como tal en Zona Negativa voy a hacer una pequeña introducción a la vida y milagros de Paul Verhoeven ya que La carrera del cineasta holandés es una de las más peculiares de Europa. Sus comienzos fueron en la televisión de su país con series de aventuras como Floris (en la que coincidió por primera vez con el que se convertiría en su actor fetiche, Rutger Hauer) para más tarde debutar en pantalla grande con Delicias Holandesas (1971), una comedia que se movía entre lo histriónico y lo naif para narrar el día a día de una casa de alterne localizada en el famoso Barrio Rojo de Amsterdan. Pero sería con su siguiente film, Delicias Turcas (1973), con el que comenzaría a labrarse fama de provocador, grosero y chabacano. Aquella revisión nihilista y sexualmente liberada de Love Story que narraba la relación de amor y desenfreno entre unos muy carnales Rutger Hauer y Monique Van De Ven puso a Verhoeven en el punto de mira de la opinión pública, algo que no desaparecería con su siguiente trabajo Katty Tippel (1975), con el mismo dúo de actores y abordando el director una vez más el tema de la prostitución pero localizando la trama a finales del siglo XIX. Eric: Oficial de la Reina (1977) llegó para atenuar la controversia que le perseguía ya que con esta epopeya bélica sobre la amistad, el honor y la traición llegó incluso a los Globos de Oro de aquel año con un gran éxito y una repercusión que por primera vez ponía en el panorama internacional su figura como profesional. Pero sus dos siguientes films Spetters (1980), rebautizada en España terriblemente como ¡Vivir a Tope!), y El Cuarto Hombre (1983) que abordaban con una dureza y explicitud más que notable la juventud holandesa de la época y la obsesión de un escritor homosexual (Jeroen Krabbé, otro de sus actores más recurrentes) con una atractiva “viuda negra” respectivamente terminaron por bombardear la carrera cinematográfica del holandés que se vio en la condición de tener que exiliarse de su país para seguir haciendo cine.




Por aquel entonces nuestro protagonista decidió probar suerte rodando fuera de su país y se embarcó en el proyecto de Los Señores del Acero (Flesh + Blood) (1985) una cinta medieval sucia y bastarda que no escatimaba secuencias truculentas y explícitas para narrar la historia de un grupo de mercenarios que buscaban venganza contra el señor feudal que les había contratado y que a última hora los traicionó. Protagonizada por un Rutger Hauer muy crecido en su ego que ya había rodado en Hollywood productos como Blade Runner y una jovencísima Jennifer Jason Leigh el film supuso una de las peores experiencias del holandés como director debido a la gran cantidad de productores (el film era una producción entre Holanda, España y Estados Unidos) que le presionaron durante el proceso de realización, pero también se reveló como una de las películas que con más fidelidad ha llevado la edad media al séptimo arte, con toda su miseria, podredumbre y visceralidad. De manera todavía indescifrable algún productor de la ya extinta Orion Pictures vio Los Señores del Acero y pensó que este holandés loco sería la elección perfecta para llevar a imágenes un guión escrito por unos desconocidos Ed Neumeier y Michael Miner llamado Robocop. Verhoeven leyó menos de la mitad del guión y lo tiró a la basura, pero su mujer Martine lo recuperó y después de leerlo en su integridad le dijo a su esposo que mirara más allá del género de acción al que se adscribía la historia y vería un trasfondo mucho más interesante de lo que parecía. Finalmente Verheoven terminó el libreto, aceptó el trabajo y el resto es historia.




Robocop (1987), que contenía debajo de su “mitad hombre, mitad máquina… todo policía” una sátira abrasadora sobre la sociedad americana con sus ataques preventivos, capitalismo voraz y consumismo desenfrenado, fue un enorme éxito y a parte de dar pie a una descomunal franquicia en la que cabían secuelas, series de tv, remakes, figuras coleccionables o cómics convirtió a Paul Verhoeven en uno de los directores punteros de Hollywood. La visión distópica de un futuro no muy lejano, la violencia explícita hasta límites obscenos y su control de los resortes narrativos de la ciencia ficción fueron los motivos que incitaron a Arnold Schwarzenegger a pedir a los productores Mario Kassar y Andrew G. Vajna que eligieran a Verhoeven para que dirigiera la adaptación de un relato corto de Philip K. Dick que estaban gestando y que se convirtió en Desafio Total (1990), otro éxito que conseguía trascender de las cintas habituales protagonizadas por el ex gobernador de California para convertirse en una muestra de espionaje intergaláctico brutal y terriblemente divertida. Verhoeven seguía en la cresta de la ola y Kassar y Vajna confiaron en él para llevar a imágenes el que durante mucho tiempo fue el guión más caro de la historia de Hollywood, el de Instinto Básico (1992), escrito por Joe Eszterhas. Una vez más la polémica y el éxito se aunaron para encumbrar al director. Michael Douglas dando vida a un policía autodestructivo, Sharon Stone convirtiéndose en el sueño húmedo de hombres y mujeres de todo el mundo a golpe de cruce de piernas y el mismo Verhoeven resucitaron el thriller erótico y dieron forma a una de las superproducciones más icónicas y taquilleras de los 90.




Después del estreno de Instinto Básico el equipo de productores, guionista y director decidieron volver a trabajar juntos en un salto mortal sin red, crear una película NC-17 (la antigua X que prohibe en las salas americanas el acceso a menores de edad) que no tuviera miedo de su calificación por edades, llegando incluso a celebrarla por medio de desnudos y sexo sin tapujos, el sueño dorado de Verhoeven. Como muchos sabrán estamos hablando de Showgirls (1995), esa versión hardcore de Eva al Desnudo protagonizada por una imposible Elizabeth Berkley (que por otro lado dio todo y más para su papel) acompañada por Gina Gherson y Kyle McLachlan que hacía un retrato grueso, zafio y muy ácido de el mundo de las bailarinas eróticas de Las Vegas. El film fue un fracaso en taquilla y la crítica la hizo pedazos, pero cuando se editó con un descomunal éxito en el antiguo formato VHS comenzó un culto hacia ella que llega hasta nuestros días. Para algunos la peor película de los 90, para otros una obra con mucho más trasfondo del que parece (cuando no es lo uno ni lo otro) lo único que sabemos con certeza es que Showgirls supuso el principio del fin de le etapa americana de un Verhoeven que haciendo un alarde de gran sentido del humor fue a recoger su Razzie al peor director, uno de los siete que ganó el film en su año de estreno. Tras ella la suerte abandonó al holandés, ya que su soberbia adaptación satírica y crítica de la novela Starship Troopers (1997) de Robert A. Heinlein que abrazaba el antimilitarismo y el antimperialismo más lacerante fue recibida como una obra que incomprendida tildada de fascista y glorificadora de la guerra. Tres años después el escaso éxito de su fallida visión de la historia del hombre invisible con El Hombre Sin Sombra (The Hollow Man) (2000) puso el último clavo en el ataud de la carrera estadounidense de verhoeven. El holandés errante volvía a casa.




Después de su salida por la puerta de atrás de Hollywood Verhoeven tardó seis años en ponerse de nuevo detrás de las cámaras. Lo hizo en su país natal y como era de esperar en él con un producto incómodo, 100% hijo de su impronta y abordando un tema complicado como fue el del colaboracionismo de algunos de sus paisanos holandeses con los nazis durante la segunda guerra mundial. El Libro Negro (2006) aunaba todas las virtudes y señas de identidad de su etapa holandesa pero inyectando el sentido del espectáculo y el ritmo propio de su periplo estadounidense convirtiendo esta historia de una matahari holandesa interpretada por una superlativa Carice Van Houten (la famosa Melissandre de Juego de Tronos) en una de sus mejores obras, una genialidad que le mostraba en plena forma y con ganas de volver a hacer cine provocador e inteligentemente malicioso. Tras el fracaso que supuso ese extraño proyecto televisivo llamado Steekspel (2012), una tv movie a modo de mediometraje impulsada por él y realizada en cualquiera de sus apartados por toda aquella persona que quiso implicarse en el proyecto dando forma a un enorme caos, acabamos este paseo por la trayectoria de Paul Verhoeven para llegar a la actualidad y a su último film. Elle supone el primer largometraje en francés del holandés y está protagonizado por Isabelle Huppert entre otros actores originarios del país vecino. Desde su estreno en el pasado festival de Cannes ha sido alabada por la crítica y hace unas semanas llegó a la carteleras españolas con un considerable éxito de taquilla si tenemos en cuenta el reducido número de salas en la que se ha estrenado. Considerada la mejor película de Verhoeven en años un servidor no puede adscribirse al 100% a esta vertiente de pensamiento, pero es ineludible que hablamos de una magnífica cinta con la que el director nacido en Amsterdan vuelve en pleno uso de sus facultades cinematográficas y con sus inquietudes autorales de siempre, aunque con matices.




Basada en la novela “Oh…” del escritor francés de origen armenio Philippe Djian Elle es extrapolada al cine por parte de Paul Verhoeven como un proyecto con el que juega a placer con la perversión de géneros. Por un lado es como si el film pareciera una especie de versión enfermiza de los típicos largometrajes sobre burgueses franceses que la misma Isabelle Huppert protagonizaba para cineastas como el fallecido Claude Chabrol, algo parecido a lo que el austriaco Michael Haneke hizo también con ella en la memorable La Pianista, pero sin que Verhoeven se entregue a la superioridad intelectual con respecto al espectador propia del director de Funny Games. Por otro Elle podría abordarse como una deconstrucción minuciosa de los preceptos narrativos que cimentaron el subgénero rape and revenge si tenemos en cuenta la manera tan peculiar con la que el cineasta holandés y su guionista David Birke (inexplicáblemente habitual de las tv movies americanas y de estrenos directos para los videoclubs) abordan un tema como el de los abusos sexuales y la reacción ante los mismos del personaje principal. Elle sigue los pasos de Michéle (Isabelle Huppert) una empresaria del mundo de los videojuegos que es asaltada y violada en su propia casa por un desconocido encapuchado. Contrariamente a lo que pudiera parecer la mujer no se enfrenta a las secuelas de dicha situación con miedo o resignación, sino que trata de seguir adelante con su vida de una manera normal y sin permitir que el acto violento del que ha sido víctima trascienda demasiado, sobre todo si tenemos en cuenta que cuando era niña fue cómplice de los asesinatos de su padre, un homicida múltiple que a sus más de 70 años de edad sigue cumpliendo condena en la cárcel, pero sí manteniendo en su mente una sola idea, encontrar al violador, que parece ser una persona cercana a su entorno familiar o profesional.




Esta visión mórbida que ofrece Elle permite a Verhoeven incidir en muchos de los temas más recurrentes de su filmografía. La fragilidad del cuerpo humano, la entrega del individuo a sus pulsiones sexuales, la falsa pátina de moralidad en la que se escuda la sociedad occidental, el fanatismo religioso o el nihilismo cortante y seco se dan la mano en esta producción para que el sello de su autor esté en todo momento presente, sobre todo si tenemos en cuenta ese tono de sutil comedia negra que sobrevuela todo el metraje y con el que el holandés desafía al espectador con respecto a hacerle reír con situaciones que en la realidad tendrían poca gracia. Contrariamente a lo que pudiera parecer y sin un proceso gradual en su discurso como si lo experimentara el canadiense David Cronenberg cuando tomó sus preceptos sobre la Nueva Carne y los llevó a un plano psicológico poco a poco en su filmografía con su último film Verhoeven ofrece una vertiente más intelectual, contenida y elegante de sus ideario. El holandés quiere afrontar sus constantes autorales con menos explicitud y grafismo, apelando a la psicología de su personaje protagonista y las reminiscencias freudianas que su manera de afrontar la sexualidad transmiten a la platea con respecto a la represión de la misma o su vertiente sadomasoquista y en ese sentido el proyecto se hace grande, Elle es un perfecto retrato de lo poliédrica que puede ser la mente humana y los recovecos ocultos que la cimentan. El problema es que parece que el director de El Cuarto Hombre parece demasiado atado en corto, evidentemente conociendo el país de producción y su implicación en el proyecto podemos afirmar que esta decisión ha sido tomada de manera voluntaria, pero el que suscribe echa de menos en el largometraje el trazo más grueso y provocador de su creador, el tono más visceral del que Elle carece en favor de una visión más intimista que en ocasiones parace estar a punto de explotar en una enorme escena catárquica al más puro estilo Verhoeven que nunca llega.




Dicha inclinación por la contención en detrimento de su tendencia habitual, desde sus inicios una de sus señas de identidad más características, por la explicitud y la escena impactante no evita que Paul Verhoeven inyecte en Elle su habitual veneno como narrador de historias. Verhoeven utiliza la escena de la agresión sexual de Michéle como un efecto big bang que afectará al pasado y futuro del personaje protagonista y por efecto dominó al de sus familiares y allegados. El director de Eric: Oficial de la Reina utiliza esté catalizador narrativo no sólo para retratar al personaje de Isabelle Huppert y su compleja psicología sino también para ofrecer un fresco desalentador de los burgueses con los que esta se codea en su vida privada y laboral. Verhoeven puebla su fin de adúlteros, pervertidos sexuales, fanáticos religiosos, seres reprimidos, hombres sin personalidad devorados por su vida marital (en distintas vertientes) y añade pinceladas interesantes a este microcosmos con esa empresa que diseño de videojuegos al más puro estilo hentai (imposible no pensar en el anime erótico y de terror Urotsukidôji) ese rol de voyeur que toma el gato cuando asiste impávido y distante a la agresión de su dueña (el felino como representación de la frialdad de Michéle como mujer) o esos múltiples encuentros sexuales en los que se ve implicado el ya mencionado personaje de Isabelle Huppert. Con este caldo de cultivo Verhoeven no deja títere con cabeza y se despacha a gusto con un grupo de personajes tan deleznables, retorcidos o estúpidos poniéndonos en la tesitura de empatizar sólo con su protagonista, que no es precisamente una persona digna de elogio o devoción y cuyo psicoanálisis daría facilmente para una tesis completa dedicada a su persona.




Por suerte Paul Verhoeven cuenta en Elle con la total complicidad de una actriz brillante como la francesa Isabelle Huppert que se deja llevar por el instinto del holandés para abordar uno de los mejores personajes de su carrera. Como previamente hemos mencionado su rol de Michéle podría parecer una más de esas gélidas burguesas parisinas a las que lleva años dando vida, pero es la mirada inquietante, maliciosa y malsana del director de Starship Troopers la que da una nueva y malitencionada visión a dicho rol arquetípico. La protagonista de Gabrielle o Borrachera de Poder sigue el juego a su director y por medio de una contención intachable y una mirada tan distante como abrasadora cuando su sexualidad toma el control de su cuerpo interpreta a una más de esas mujeres verhoevenianas independientes, sexualmente liberadas, hechas a sí mismas, con algo de femme fatales cuyo poder sobre los hombres convierte a estos en meras comparsas, títeres que bailan al son que ellas marcan. Michéle es una mujer rodeada de virilidad tanto en su trabajo como en su casa y mantiene un ferreo control de todo lo relacionado con su vida de manera tan minuciosa que en ocasiones el espectador la percibe como un ser deshumanizado. Gracias al guión de David Birke y la impronta de Verhoeven la actriz se entrega a la ambigüedad, esa misma que no da un origen exacto a su personalidad inquietante y retorcida sin dejarnos claro si aquellos hechos criminales en los que padre la involucró son los que la convirtieron en un ser casi perverso incapaz de empatizar emocionalmente con nadie si no es por medio de la amenaza y la agresión física o si desde su mismo nacimiento llevaba consigo esa pátina masoquista y sádica.




Más cerca de las obsesiones sexuales de El Cuarto Hombre que del artificio de género de Instinto Básico y con uno ojo puesto en Luis Buñuel y el otro en Alfred Hitchocock Paul Verhoeven ejecuta una magnífica pieza cinematográfica con Elle, un producto 100% de su cosecha y efectivo en todos sus apartados. Pero un servidor no ve en ella la maravilla que la prensa especializada y gran parte del público afirma que es, me falta la carnalidad propia de su discurso autoral (el sexo en Elle es aséptico, casi pudoroso, hasta cuando la violencia converge con él, algo impensable en Verhoeven) o su toque de loco desenfrenado que no teme pasarse de la raya porque es capaz de miccionar encima de la misma. Hasta su obra inmediatamente anterior en pantalla grande, la soberbia y ya citada El Libro Negro, recurría a esa obscenidad formal (la sexualidad epidérmica, la violencia de las escenas bélicas, ese baño de mierda en el clímax final) que siempre ha sido su seña de identidad y que no debería perder en favor de cierto aire acomodaticio del que su última pieza hace gala en ocasiones. Aunque lo cierto es que poco más se le puede reprochar a un proyecto tan interesante y atrevido como Elle, repleto de mala baba y humor surrealista (lo del nieto negro, el personaje de la madre en el hospital, todo lo relacionado con la nuera) un film que con mucha osadía Francia ha seleccionada para representar a su cinematografía en la próxima gala de los Oscars. Que suceda es casi imposible, pero sería interesante ver a Paul Verhoeven recoger el premio americano más importante relacionado con el séptimo arte sabiendo que en su etapa americano no hizo otra cosa que volar por los aires la estructura de las producciones de Hollywood inyectándole su insidia europea para reírse de sus constantes narrativas, genéricas y por extensión de la misma sociedad estadounidense a la que nunca se tomó muy en serio. Verhoeven ha vuelto y esperemos que el buen recibimiento de un producto como Elle sirva para que no tarde en volver a ponerse detrás de una cámara para mostrarnos una vez más las inexcrutables debilidades de la carne humana.


sábado, 9 de julio de 2016

I Spit On Your Grave 3: Vengeance is Mine, Jennifer's body



Título Original I Spit On Your Grave 3: Vengeance is Mine (2015)
Director R.D. Braunstein
Guión Daniel Gilboy 
Actores Sarah Butler, Gabriel Hogan, Doug McKeon, Karen Strassman, Jennifer Landon, Corey Craig, Bobby Reed, Lony'e Perrine, Alissa Juvan, Joshua Kovalscik, Christopher Hoffman, Heath McGough







En el año 2010 el cineasta norteamericano Meir Zarchi decidió producir un remake de su largometraje más famoso, I Spit On Your Grave (como recordamos, estúpidamente rebautizado en España como La Violencia del Sexo) en el que la actriz Camille Keaton interpretaba a una escritora que alquilaba una casa a las afueras de un pueblo sureño para buscar la tranquilidad e inspiración que le permitieran abordar la creación de su próximo libro. Lo que allí se encontraba era a un grupo de rednecks descerebrados que la violaban y vejaban durante horas, dándola más tarde por muerta. La chica sobrevivía y construía minuciosamente un plan con el que vengarse de sus agresores que irían cayendo uno a uno ante sus artimañas primero y armas después. Junto a La Última Casa a la Izquierda de Wes Craven la producción de Zarchi se convirtió en uno de los estandartes más reconocibles del subgénero rape and revenge gracias a una factura naturalista y seca, una visceralidad cortante y el enorme trabajo de su protagonista.




Como comentamos hace seis años Zarchi impulsó un remake que dirigió el autor de telefilms de medio pelo Steven R. Monroe, escribió Stuart Morse inspirándose en el film primigenio y protagonizó una magnífica Sarah Butler. Esta revisión fue todo un acierto, evidentemente no llegaba a las cotas de realismo cuasi documental de su predecesora pero era lo suficientemente retorcida, psicológicamente violenta y compacta como producto cinematográfico como para considerarla un trabajo meritorio. Aunque fuera de Estados Unidos no tuvo mucha repercusión su recaudación no debío ser mala si tenemos en cuenta que sólo tres años después llegó la secuela. I Spit On Your Grave 2, rodada de nuevo por Steven R. Monroe y escrita por Neil Elman y Thomas Fenton  cambiaba de protagonista (Sarah Butler cedía su puesto a una soberbia Jemma Dallender) y localización, pero seguía la misma construcción y llegaba a ser incluso más extrema que la primera entrega, una secuela que en ocasiones superaba los aciertos de 2010 regalando algunos pasajes de violencia explícita que harían retorcerse en su asiento al varón más aguerrido.




Menos ha tardado en esta ocasión en llegar la tercera entrega que vio la luz en Estados Unidos el pasado año 2015 sin hacer mucho ruido y como sus predecesoras, de tapadillo y sólo en el mercado doméstico en la mayoría de países. Nos referimos a esta I spit On Your Grave 3: Vengeance is Mine que nos ocupa y que hasta ahora es la última entrega de la saga. La segunda secuela ya no tiene a Steven R. Monroe detrás de las cámaras, sino a otro cineasta curtido en las tv movies y el terror como R.D. Braunstein, al igual que un nuevo guionista, David Gilboy, pero sí recupera a la Sarah Butler de la primera entrega de este reinicio que vuelve a encarnar soberbiamente el papel de Jennifer Hill. Una vez más nos encontramos una secuela con varios puntos de interés y el primero de ellos, también el más importante, es que se aleja considerablemente de la estructura clásica del rape and revenge, no demasiado, pero sí lo suficiente para mostrarse como una considerable vuelta de tuerca para no ofrecer más de lo mismo e incluyendo algunas reflexiones sociológicas y psicológicas bastante interesantes.





I Spit On Yur Grave 3:Vengeance is Mine sigue los pasos de una Jennifer Hills (ahora con el nombre de Ángela para no ser vínculada con los hechos en los que se vio involucrada en el primer film) reinsertada en la sociedad, trabajando en una oficina, participando en un grupo de ayuda a víctimas de violaciones y asistiendo a la consulta de una psiquiatra a la que cuenta sus problemas personales. Pero aunque por fuera la joven parece una ciudadana más en su interior fantasea con eliminar a todo tipo de hombre que tenga la intención de abusar de ella u otras mujeres, tomando una perspectiva sobre el sexo masculino sustentada en el rechazo y el odio, algo comprensible tras la traumática experiencia que vivió unos años atrás. Todo cambiará para Jennifer cuando en esas sesiones grupales conozca a la dicharachera, carismática y peligrosa Marla (una magnífica Jennifer Landon, hija de Michael) junto a la que iniciará una cruzada contra acosadores, pervertidos y violadores a los que decidirán ajusticiar personalmente.




Este giro en cuanto a la estructura de lo que llevábamos viendo en la franquicia, y que es la construcción narrativa quintaesencial del subgénero rape and revenge, no sólo inyecta nueva vida a la saga sino que también acerca considerablemente el film a las cintas sobre justicieros callejeros de los años 80 o a una especie de remake o derivación contemporánea de aquella Ángel de Venganza, de Abel Ferrara, protagonizada por una perturbadora Zoë Lund, que aunaba esas dos vertientes cinematográficas. Pero no sólo eso, también por primera vez esta secuela quiere ir un poco más allá de la típica historia de violación y venganza, no sólo tratando de incidir en la psicología de su personaje protagonista, sino también jugando al despiste con un espectador al que el giro final pillará desprevenido si no se mantiene ojo avizor durante todo el metraje y que hace ganar enteros al producto en su clímax cuando creíamos que este iba a perder el control en el momento más importante de la historia que vertebra el film.




Llama la atención que, aunque sea desde un punto de vista algo reaccionario, I Spit On Your Grave 3: Vegeance is Mine plantee ideas interesantes sobre los traumas que causan los casos de violación sobre sus víctimas, cómo la burocracia y la ineficacia de las fuerzas de la ley a veces dan pie a una permisividad a la que los agresores se aferran para ser absueltos y como no pocos de esos grupos de apoyo para superar la terrible experiencia por la que las mujeres (o sus familiares) han pasado no sirven de ayuda para superar miedos o traumas sino para reafirmarlos. El film afirma que ante los agresores sexuales sólo hay una verdadera salida, el ojo por ojo, tomar la justicia por la propia mano y arrancar el mal de raíz. Esa idea, que permanece en la mente de Jennifer durante los primeros pasos del film, eclosiona cuando el personaje de Marla hace de catalizador para que los mismos salgan a la luz de manera gradual pero sin detenimiento.




Pero más interesante todavía es cuando el guión del largometraje incide en la teoría demostrada de que "la violencia egendra más violencia" cuando a lo largo del desarrollo de la trama vemos que Jennifer ya no sólo quiere agredir o eliminar a posibles depredadores sexuales sino que su psicología torturada le hace ver a todo miembro del sexo masculino como un potencial violador (¿tratando los responsables de la saga de quitarse la fama de androfóbica que tiene la misma?) que trata de dañarla en un plano físico o psicolígico. Esta visión va tomando forma a lo largo del metraje y explota en la escena final de la cinta poco después de la revelación que cambia la estructura de toda la obra convirtiendo lo que creíamos una trama desarrollándose de manera paralela a otro en un flashback que nos hace replantearnos todo lo que hemos visto previamente, todo ello sin trampas, con una brutal coherencia y dejando sorprendido al espectador por la astucia y el ingenio del guionista Daniel Gilboy y el cuidado en la puesta en escena por parte de R.D. Braunstein, ambos realizando un trabajo meritorio como escritor el primero y realizador el segundo.




Aunque como es lógico no podemos eludir lo evidente, por mucho que el film trate de exponer, de manera más o menos gruesa, algunos temas interesantes en el plano social o psicolígico. I Spit On Your Grave 3: Vengeance is Mine es cine exploit, la segunda secuela del remake de un film consumido en sesiones grindhouse y videoclubs, de modo que la violencia explícita y el gore deben estar presente. Esta tercera entrega está cargada de hemoglobína y sadismo pero sólo dos secuencias destacan sobre el resto y ambas se unen sin mucha controversia a las más brutales de las dos entregas anteriores. Si en la primera parte teníamos a una escopeta y en la segunda un tornillo de banco en esta entrega una felación con final inesperado y una tubería serán los núcleos protagonistas de esas secuencias, ya famosas, dentro de la franquicia en las que la mutilación genital masculina totalmente gráfica regala los pasajes más memorables de la producción.




A Meir Zarchi y su equipo les ha salido bien la jugada, el cambio de aires a la saga le ha sentado magníficamente bien a esta I Spit On Your Grave 3; Vegeance is Mine. Por un lado mantiene la tradición de crudeza, visceralidad y reivindicación de la mujer como ángel vengador contra una sociedad brutalmente deshumanizada, aunque llevando el mensaje hacia terrenos extremistas y peligrosos y por otro trata de enriquecerla con cierta pátina de reflexión que sin entregarse a lo farragoso o discursivo si incita al replanteamianto de algunas ideas preconcebidas en nuestra inmediata actualidad. Por ahora no sé sabe nada de una nueva entrega de esta saga, pero sí hay ya bastante información sobre una secuela del film original titulada I Spit On Your Grave: Deja Vu que reuniría al mismo Meir Zarchi con la actriz Camille Keaton, producción que no sabemos qué resultado ofrecerá, han pasado muchos años desde la película de 1978, pero seguro que nos hará seguir reflexionando sobre que ser mujer no debe ser nada fácil.

viernes, 15 de noviembre de 2013

I Spit On Your Grave 2, vengeance is mine



Título Original I Spit On Your Grave 2 (2013)
Director Steven R. Monroe
Guión Neil Elman y Thomas Fenton basado en personajes creados por Meir Zarchi
Actores Jemma Dallender, Joe Absolom, Yavor Baharov, Aleksandar Aleksiev, Mary Stockley, Michael Dixon, Valentine Pelka, Peter Silverleaf, George Zlatarev




En 1978 el director Meir Zarchi dirigió I Spit On Your Grave (La Violencia del Sexo en España) una de las cintas más polémicas y famosas adscritas al subgénero rape and revenge. En el film una joven escritora (Camille Keaton) que decide retirarse a un pueblo sureño con el fin de buscar inspiración para su próxima novela es asaltada por un grupo de lugareños que la violan y vejan durante todo un día. Más tarde descubrimos que la muchacha sobrevive al brutal abuso y tras curar sus heridas decide cobrarse fría venganza contra sus agresores. El largometraje es a día de hoy una obra de culto con bastantes hallazgos, una actriz que realiza un trabajo remarcable y una interesante labor por parte de su director que consigue una atmósfera malsana y desgarrada.




En el año 2010 y aprovechando el tirón de remakes de films icónicos de los 70 y 80 con algunos resultados memorables (Las Colinas Tienen Ojos, La Última Casa a la Izquierda, La Matanza de Texas 2004, Amanecer de los Muertos, Halloween: El Origen) y otros no tanto (The Fog, Viernes 13, ) el realizador televisivo Steven R. Monroe se puso al frente de un remake de I Spit On Your Grave respaldado en la producción por el mismo Meir Zarchi. El resultado fue una interesante revisión de la producción 1978 con una violencia física más explícita, algo de más pudor en el sexo enfermizo y algunas variantes que transformaban el mensaje androfóbico de la pieza original en una dura crítica a la América profunda.




Esta nueva versión del film de 1978 fue más o menos bien recibida por la crítica y consiguió cierto éxito de público aunque en algunos países se estrenó directamente en el mercado doméstico (en España no ha visto la luz ni en pantalla grande ni en formato casero y a saber si lo hace alguna vez) de modo que la idea de la secuela apareció rápidamente en la mente de Zarchi y sus colaboradores. Dejando a Steven R. Monroe en la dirección y cambiando los autores del guión y el reparto nos llega a finales de 2013 esta I Spit On Your Grave 2 que sin ser tan acertada como su antecesora contiene prácticamente los mismos aciertos que aquella pero recrudeciendo más si cabe la brutalidad llegando en ocasiones a cotas de salvajismo impropias del cine americano actual.




Katie es una joven que se ha mudado a la ciudad de New York para labrarse una carrera como modelo. Una conocida le recomendará buscar a un buen fotógrafo que le haga un book con el que promocionarse en el mundo de la alta costura. Debido a su precaria situación económica Katie responderá a un anuncio en el que se realizan sesiones fotográficas gratuitas para modelos principiantes. Cuando esté allí se sentirá intmidada por Iván y sus hermanos, que son los fotógrafos, cuando le pidan que enseñe un poco más de su cuerpo utilizando menos ropa. Katie vuelverá a casa, pero poco después recibirá la visita furtiva de Georgy, uno de los hermanos de Iván, un chico de apariencia supuestamente tímida y apocada, pero sólo en el exterior.




El mayor pleno de I Spit On Your Grave 2 es que sigue la senda abierta por la anterior entrega sin ofrecerse a una molesta hipérbole conceptual o a experimentos que la saquen del buen camino abierto por aquella. Pero Steven R. Monroe y sus guionistas son lo suficientemente inteligentes para cambiar algunos apuntes de la temática que están volviendo a abordar para que la historia no se vuelva repetitiva y demasiado mimética. Del caluroso pueblo sureño pasamos a un New York moderno y urbanita, la escritora pasa a ser una aspirante a modelo y los agresores dejan de ser rednecks venidos a menos para convertirse en un grupo de hermanos búlgaros con muy malas intenciones. Se le podría echar en cara a los autores volver al manido recurso de estigmatizar a los europeos del Este como criminales sedientos de sangre, pero si tenemos en cuenta que en la anterior entrega los que fueron retratados como tales fueron los mismos estadounidenses poco se le puede reprochar al director o los guionistas en cuanto a maniqueísmo de corte racial.




También se cubren las espaldas los autores al incluir a un personaje femenino entre los agresores, evitando así una vez más un mensaje de odio exclusivo hacia los hombres. El añadido de esta mujer no sólo sirve para afirmar que poco entiende el sadismo y la crueldad de géneros sexuales también se consigue con ello incluir una acertada mirada sobre las secuelas psicológicas que producen los abusos físicos y un interesante retrato del submundo de la trata de blancas y la prostitución a la que las mafias de cualquier parte del mundo (Europa, Estados Unidos, Asia) abocan a pobres muchachas que buscando un futuro mejor caen en manos de proxenetas que las utilizan como moneda de cambio.




Si bien la la obra no comete el error de exagerar o multiplicar las constantes de la primera entrega sí es cierto que en lo que a brutalidad física se refiere la supera considerablemente. Para empezar los abusos, agresiones y múltiples violaciones de toda índole a las que se ve sometida la protagonista son de las más duras que un servidor ha visto en bastante tiempo y eso que a veces están narradas sin demasiada explicitud. A ello ayuda que a diferencia de la Sarah Butler de la primera entrega la debutante Jemma Dalander sí acepta ser mostrada en toda su desnudez acentuándose así su indefensión y vulnerablidad física (uno de los mayores hallazgos de la cinta original de 1978 era precisamente lo duros que se mostraban los pasajes en los que la protagonista andaba desnuda por los bosques tras el brutal ataque al que era sometida). Cuando creemos que la chica por fin ha terminado su calvario un nuevo giro de guión (el de el cambio de la localización espacial es magnífico y nada forzado) la vuelve a meter en la boca del lobo pareciendo que su tortura nunca tendrá fin. Aunque como sabemos los duchos en este subgénero cuánto peor lo pase el personaje principal más inhumana será su venganza.


 


A que esto funcione debidamente ayuda inestimablemente el enorme y entrgadísimo trabajo que realiza la actriz protagonista, la ya mencionada Jemma Dallender. Que una actriz novata se entregue tanto en el plano físico como el psicológico en uno de sus primeros trabajos tiene un mérito del todo remarcable. Sus gritos, llantos de impotencia y rostro desencajado llegan a cotas de realismo en carne viva durante su cautiverio. Más tarde cuando se convierte en verdugo de sus agresores su trabajo de composición es más común aunque no carente de interés. Llama mucho la atención que al inicio de su vendetta parezca que no va a ser muy cruel con Iván y su familia, pero más tarde descubriremos que su plan minucioso para cobrarse su deuda llega a cotas de malsana morbidez (las torturas del cuerpo lleno de infecciones o la de las descargas eléctricas tienen su miga) llegando a su culmen con la ya célebre secuencia de la tortura testicular que hará que más de un hombre se retuerza en su asiento al verla expuesta en pantalla con unos niveles de explicitud casi insoportables.




Según dicen los que conocen su obra Steven R. Monroe es un negado para realización que fusila telefilmes de medio pelo de usar y tirar. Viendo un servidor su destacable trabajo en las dos entregas de esta saga nadie lo diría. Al igual que en la primera I Spit On Your Grave (siempre hablando del remake, por supuesto) esta secuela presume de un pulso descarnado y compacto para crear tensión, terror y una atmósfera claustrofóbica y lasciva (el pasaje de Katie sufriendo su primera agresión mientras uno de los personajes agoniza tras ser apuñalado delante de esta y su agresor está rodado con una cortante solidez que hiela la sangre). La fotografía de colores apagados, la explicitud gráfica de las escenas más cruentas y la cámara al hombro de tono cuasi documental que se podían vislumbrar en la primera parte siguen aquí y ofrecen un hermético ejercicio de filmación que roza el notable.




Al igual que que su predecesora, pero sin ser tan plena como aquella, I Spit On Your Grave 2 es una obra muy estimable. Por la labor de su director, el enorme trabajo de una actriz entregada a la causa del proyecto que se ve secundada por un grupo de intérpretes que encarnan a seres desagradables y abominables a los que da gusto odiar y la solidez de un guión bien hilado en el que sólo sobra la subtrama del cura y el policía que nada aporta al argumento y sólo ralentiza en cierta manera la historia central. Parece ser que Meir Zarchi y Stevern R. Monroe quieren hacer una tercera y última entrega para cerrar una trilogía, si el resultado es como el de estas dos entregas que actualizan aquella recuperable producción de 1978 aquí tendrán un espectador asegurado, por que el viaje es tortuoso y oscuro, pero merece mucho la pena.