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miércoles, 30 de noviembre de 2016

El Proyecto de la Bruja de Blair, bosques, mentiras y cintas de vídeo



Aunque pueda parecerlo el “found footage”, no nació ayer. No tenemos que irnos muy lejos en el tiempo para encontrar muestras de este subgénero que en su momento cobraron considerable importancia. Productos tan dispares como la paupérrima y antropófaga Holocausto Caníbal (1980), la magistral comedia rockera This is Spinal Tap (1984) o la negrísima y brutal Ocurrió Cerca de Su Casa (1992) son prueba de que dicho tipo de films llevan décadas copando nuestras carteleras y haciéndolo desde países tan dispares como Italia, Estados Unidos o Bélgica. Cuando en el año 1999 El Proyecto de la Bruja de Blair se convirtió en un fenómeno cinematográfico el found footage estaba adormercido. Nunca desapareció, pero durante la segunda mitad de los 90 había sido relegado a subproductos de Serie B, en el mejor de los casos. Pero los directores norteamericanos Eduardo Sánchez y Daniel Myrick llegaron no sólo para volver a poner de moda las cámaras al hombro y los falsos vídeos caseros como medios narrativos, sino que también nos mostraron por primera vez que internet acabaría convirtiéndose en el medio de comunicación más importante de principios del Siglo XXI. En la siguiente entrada vamos a hablar de los tres largometrajes centrados en la ya célebre bruja del bosque de Black Hills situado en la localidad de Burkittsville, abordaremos brevemente la biografía de sus creadores y trataremos de calibrar el alcance de este fenómeno fílmico que ha vuelto a nuestras pantallas con una tercera entrega regresando a los orígenes de una saga que quedó completamente devaluada tras su secuela del año 2000. De modo que coged las mochilas, la brújula, víveres para varios días y no olvidéis traer vuestro mejor equipo de supervivencia, vamos a adentrarnos en el terreno de la inefable Elly Kedward.




De Blair a Burkittsville, el origen de Elly Keward

Aunque no todo el mundo lo sabe Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, los creadores de El Proyecto de la Bruja de Blair, idearon todo un pequeño microcosmos alrededor de su película para convertirla en un relato que pudiera pasar por real y algo de esto sucedió meses antes de su estreno en el año 1999. Localizando su historia en Burkittsville, un pueblo ubicado en el condado de Frederick, en el estado de Maryland con poco más de 151 habitantes, y situando la acción en la ficticia villa de Blair, los guionistas y directores crearon la figura de Elly Keward, una anciana curandera que durante el año 1785 intentó llevar a su casa a una serie de niños de la zona para sacarles sangre y por ello fue acusada de brujería, desterrada de Blair y dada por muerta tras ser abandonada en el bosque de Black Hills durante un crudo invierno. Sólo un año después los hechos extraños relacionados con Keward comenzaron a sucederse en Blair cuando todos los niños que la acusaron de hechicería desaparecieron misteriosamente y los habitantes de la villa abandonaron la misma por miedo a la ya célebre bruja.




Ya en el año 1809 comenzó a forjarse la leyenda gracias a la publicación del libro El Culto de la Bruja de Blair, que relataba la maldición que cayó sobre Blair tras la muerte de Elly Keward. En 1824 se fundó el pueblo de Burkittsville sobre el antiguo asentamiento en el que se encontraba Blair, pero los hechos inexplicables relacionados con la bruja no dejaron de sucederse. Ya que sólo un año después Eileen Treacle, una niña de diez años que, según comentaban once testigos de lo acontecido, fue secuestrada por una anciana pálida que salía de un arroyo de la localidad y la agarraba de la mano arrastrándola por la corriente. Ya en 1886 un niño de ocho años llamado Robin Weaver fue dado por desaparecido y mientras él lograba volver a Burkittsville sano y salvo el equipo de salvamento que se dirigió en su busqueda fue encontrado días después con todos sus miembros muertos, maniatados y destripados en La Roca del Ataúd, cerca del arroyo donde fue raptada Eileen Treacle. Ya en el siglo XX y tras años de silencio con respecto a la bruja entre 1940 y 1941 siete niños del pueblo desaparecieron misteriosamente para ser encontrados poco después en la casa de Rustin Parr, un ermitaño que tras admitir haber cometido los asesinatos de los pequeños, por mandato de una voz de mujer que le incitó a cometer dichos crímenes, fue condenado a morir en la horca.




Todo este contexto histórico, magníficamente expuesto en el falso documental La Maldición de la Bruja de Blair, dirigido por los mismos Sanchéz y Myrick, se estrenó antes de que El Proyecto de la Bruja de Blair viera la luz como producto cinematográfico. Por tanto toda esta falsa historia adherida al folclore de dicha localidad situada en el estado de Maryland es la que incitaba a los estudiantes de cine Heather Donahue, Joshua Leonard, y Michael C. Williams a realizar en 1994 el documental sobre Elly Keward y su leyenda que los llevaba a desaparecer misteriosamente en los bosques de la localidad para ser sus cintas encontradas un año después justo en la casa de Rustin Parr, localización en la que asesinó a los “Siete de Bukkertsville”. Todo un entramado que como previamente hemos apuntado no pocos espectadores tomaron como cierto y cuyo morbo por el mismo los animó a ir en masa a las salas cinematográficas. Por desgracia el rico microcosmos creado por los directores y guionistas se vio truncado con el estreno de la paupérrima El Libro de las Sombras: BW2, dando al traste con lo que pudo convertirse una exitosa franquicia cinematográfica. Por suerte o por desgracia la sombra de Elly Keward ha vuelto con esa Blair Witch estrenada hace poco en nuestras carteleras e impulsada por los creadores del personaje y su leyenda negra. Dos jóvenes cineastas que pasaron del anonimato al éxito mundial, para al poco tiempo ser devorados impunemente por la maquinaria hollywoodiense.


Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, los autores de la invocación

Eduardo Sánchez (La Habana, 1968) y Daniel Myrick (Florida, 1963) eran unos cineastas novatos cuando decidieron sacar adelante El Proyecto de la Bruja de Blair, ya que un puñado de cortos por parte del primero y una simple colaboración televisiva por parte del segundo suponían la única experiencia en el mundo del cine y la ficción de ambos. En 1997 comenzaron la gestación de un falso documental de ínfimo presupuesto con el que narrarían la excursión y posterior desaparición de tres estudiantes de cine en el bosque de Black Hills localizado en Burkittsville (Maryland) para intentar desentrañar los secretos detrás de la famosa Bruja de Blair, una supuesta leyenda local sobre la que recaé una oscura maldición. El film, protagonizado por actores no profesionales, rodado casi enteramente por los mismos en sólo ocho días y con una escasez de medios notable se convirtió en un éxito sin precedentes en la historia del séptimo arte, no sólo por recaudar casi 250 millones de dólares a nivel mundial con un presupuesto de poco más de 22.000, sino también por marcar tendencia en lo que a realizar una potente y original publicidad en un internet que por aquel entonces daba sus primeros pasos, depositando en una web relacionada con la película, activa todavía hoy día, ingente cantidad de información sobre la historia de la Bruja de Blair, los muchachos que desparecieron buscándola y abordando toda la temática relacionada con la obra como si se basara en un hecho real.




De la noche a la mañana Eduardo Sánchez y Daniel Myrick pasaron de ser unos desconocidos estudiantes de cine a convertirse en las nuevas promesas del cine de terror americano, unos emprendedores que hicieron historia en el mundo del séptimo arte e internet transformando un producto totalmente amateur como su debut al alimón detrás de las cámaras en un éxito con pocos precedentes en el mundo del cine contemporáneo. El problema es que El Proyecto de la Bruja de Blair supuso el prematuro principio del fin de la carrera de sus directores dentro de la primera línea de Hollywood. Sólo un año después llegó El Libro de las Sombras: Blair Witch 2, una secuela en la que Sánchez y Miryck sólo colaboraban como productores que abandonaba (casi) totalmente el formato found footage para convertirse en un slasher prototípico de los años 90 a rebufo de productos como Scream o Sé lo Que Hicisteis el Último Verano con la leyenda de la famosa bruja como único vínculo con la cinta primigenia. Su fracaso de crítica y poca repercusión en taquilla fueron suficiente motivo para que la saga desapareciera del mapa durante unos larguísimos dieciseis años. En ese periodo de tiempo Sánchez y Myrick han seguido trabajando en cine y televisión, pero casi siempre por separado y sin que su labor tuviera mucha repercusión. Ha sido en el presente 2016 cuando han vuelto a colaborar como dupla para producir una nueva entrega de El Proyecto de la Bruja de Blair que se encarga de dirigir otra nueva promesa del cine de terror como es Adam Wingard y de la que hablaremos en esta entrada una vez hayamos rememorado las dos primeras entregas de la franquicia.




El Proyecto de la Bruja de Blair (1999), in the shadow of the valley of death



Dirección Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Guión Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Música Antonio Cora
Fotografía Neal Fredericks
Reparto Heather Donahue, Michael C. Williams, Joshua Leonard, Patricia DeCou, Sandra Sánchez
Duración 81
Productora Artisan Entertainment / Haxan Films
Nacionalidad Estados Unidos

Fue el sleeper del año aquel 1999, El Proyecto de la Bruja de Blair estaba en boca de todos y llegó para dividir radicalmente al público entre los que la consideraban la película más aterradora de la historia del cine y los que afirmaban que nos encontrábamos ante un timo de los que hacen época con el que sus creadores se reían en plena cara del espectador. Vendida en sus inicios como una serie de grabaciones reales gracias a una campaña viral en internet que marcó época, la historia de los tres estudiantes de cine Heather Donahue, Michael C. Williams, Joshua Leonard (el trío de actores conservaba en el film sus verdaderos nombres para ceñirse más a su “falsa realidad) y su viaje al bosque de Black Hills en el condado de Burkittsville (Maryland) para realizar un documental sobre la inefable Bruja de Blair se convirtió en una de las películas más icónicas del celuloide adscrito al género del terror de lo que fueron las postrimerías del siglo XX. Vista hoy día casi veinte años después de su estreno el largometraje de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick mantiene intactos tanto sus aciertos como sus fallos, siendo los primeros bastantes más que los segundos, gracias a cómo suplieron estos la sencillez de su propuesta y la escasez presupuestaria por medio de una sabia puesta en escena reducida al mínimo exponente, pero que funcionaba al 100% gracias al ingenio y la osadía de todos los que implicados en aquella atípica propuesta cinematográfica que resucitaría un subgénero que tras su regreso hoy día sigue siendo rentable por medio de distinto tipo de sagas.




El Proyecto de la Bruja de Blair cumple con casi todas las características que debe tener una pieza de found footage como el metraje exiguo, 81 minutos, para no quemar la propuesta rápidamente de cara a la platea, buscar una excusa narrativa más o menos viable para que los personajes nunca dejen de grabar a pesar de encontrarse en situación extremas (la obsesión de Heather con sacar adelante el proyecto del documental a toda costa, aún a riesgo de costarle la vida a ella y a sus dos colaboradores) y una continuidad cronológica de las grabaciones que de la impresión de inmediatez y tiempo real aunque pasen varios días a lo largo del desarrollo del largometraje. Con los tres actores ejerciendo de cámaras y sonidistas, recibieron clases de realización antes de manipular el equipo de grabación durante el rodaje, y haciendo un especial hincapié en la sutilidad, el sugerir y nunca mostrar, los efectos de sonido y la atmósfera que proporcionaban las localizaciones elegidas para el rodaje Sánchez y Myrick consiguieron una pieza rotundamente efectiva, que conseguía mantener en tensión a la platea gracias a sus resoluciones narrativas bien elegidas y ejecutadas, aterrorizando de manera elocuente y veraz a un muy bajo coste monetario por medio del talento depositado por ambos en la producción.




Como previamente hemos mencionado El Proyecto de la Bruja de Blair se convirtió en un éxito sin precedentes recaudando 250 millones de lo dólares a nivel mundial cuando su presupuesto superó a duras penas los 22.000 y aunque sigue lastrando algunos fallos (el personaje de Heather Donahue torna en insoportable durante la recta final de la cinta, empañando en parte el buen hacer del trío actoral) que ya en su momento hicieron restar puntos al conjunto de la obra sigue siendo una película muy a tener en cuenta. Por suerte el film de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick ha superado la prueba del tiempo revelándose como la punta de lanza de un nuevo resurgir del género found footage, al que se subieron sagas como las de Paranormal Activity, o [•REC] y films como La Visita, de M. Night Shyamalan, Chronicle, de Josh Trank, Cloverfield, de Matt Reeves o Home Movie, de Christopher Denham. Adscritas todas ellas a géneros como la comedia negra, el cine superheróico, el de catástrofes o posesiones demoniacas respectivamente. Por desgracia, y como vamos a comentar a continuación, los creadores de la potencial franquicia perdieron pronto el control de la misma por dejarla en manos del primer grupo de mercenarios que los productores les impusieron para seguir explotando la gallina de los huevos de oro.


El Libro de las Sombras: Blair Witch 2 (2000), disposable teens



Dirección  Joe Berlinger
Guión Dick Beebe y Joe Berlinger, basado en personajes de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Música Carter Burwell
Fotografía Nancy Schreiber
Reparto Kim Director, Jeffrey Donovan, Erica Leerhsen, Tristine Skyler
Duración 90 min
Productora Artisan Entertainment/ Haxan Films
Nacionalidad Estados Unidos

Poco más de un año tardó en llegar la secuela de El Proyecto de la Bruja de Blair a las pantallas de todo el mundo. Con el éxito de la cinta original todavía muy reciente la pequeña productora que la impulsó, Haxan Films, vio por primera vez el cielo abierto de par en par y no quiso dejar pasar la oportunidad de seguir dando forma a lo que esperaban fuera una nueva franquicia cinematográfica dentro del género de terror que reventara las taquillas atrayendo al mayor número de espectadores posibles. Los mismos que se sorprendieron ante el ingenio y la efectividad del largometraje de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick. El problema surgió cuando la productora Artisan Entertainment, que distribuyó el film primigenio, metió presión para rodar lo antes posible una segunda parte y para colmo sacó de la ecuación a los dos guionistas y directores de la película de 1999, quedando esta vez relegados a la producción ejecutiva de esta nueva incursión en los terrenos de la localidad de Burkittsville en general y el bosque de Black Hills en particular. Para sacar adelante el proyecto se contrataron los servicios del documentalista Joe Berlinger para que lo dirigiera y del guionista de films de bajo presupuesto Dick Beebe para que lo escribiera. El resultado fue El Libro de las Sombras: Blair Witch 2, un desastre mayúsculo nada inesperado por culpa de las prisas y lo mal planteada y ejecutada que había estado toda la génesis del producto.




El Libro de las Sombras: BW2 tuvo una sola buena idea, tratar de no ser una copia de su predecesora, y ni esa llegó a cristalizar adecuadamente por culpa de la ineptitud de sus creadores. El largometraje de Joe Berlinger abandona el formato found footage y abraza una narrativa cinematográfica asentada en la ficción, pero adentrándose en un juego metaficcional desde el mismo planteamiento de la trama, que está centrada en un variopinto grupo de fans de la película El Proyecto de la Bruja de Blair que deciden viajar al bosque de Black Hills para visitar las localizaciones donde se rodó dicho film. Esta secuela de la producción de 1999 ideada por Eduardo Sánchez y Daniel Myrick es un pésimo y genérico slasher que utiliza la mitología asentada sobre el personaje de la Bruja de Blair para dar forma a una muestra pobrísima de cine de terror que no asusta por su ineficaz puesta en escena, guión caótico y horriblemente estructurado, el uso de los flashbacks es nefasto, así como por un reparto de actores imberbes que por mucho que se entreguen a la exageración y la hipérbole en ningún momento consiguen ser creíbles o despertar un mínimo de empatía hacia un espectador asistiendo a lo acontecido en pantalla con sensaciones que van desde la indiferencia hasta la incredulidad ante la consecución de secuencias vergonzosas y sonrojantes (las apariciones de los “7 de Burkittsville” sólo transmiten risa a la platea) rematadas con un clímax ineficaz, chapucero y tan insatisfactorio como el resto del metraje.




Como era de esperar la taquilla no respondió bien, la crítica masacró la cinta y las nominaciones a los Razzie, ganando el de Peor Remake o Secuela, no se hicieron esperar. Ante este desalentador panorama la franquicia quedó muerta y enterrada, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick desaparecieron del mapa de Hollywood y comenzaron a sobrevivir de mala manera en productos de Serie B o comercializados directamente en los videoclubs y los fans de la obra primigenia se quedaron sin su potencial franquicia llena de posibilidades. A pesar de la mayúscula debacle la idea de resucitar a la Bruja de Blair nunca desapareció de internet con continuos rumores sobre una nueva continuación o un reinicio del relato original escrito y dirigido por los mismos Sánchez y Myrick. Finalmente ha sido en pleno 2016 cuando una nueva entrega de la historia negra de Burkittsville y la inefable Elly Keward ha llegado a las pantallas, con sus creadores detrás de su gestación pero sin intervenir directamente en el guión y la dirección. Ya que de estos se han encargado Simon Barrett y Adam Wingard respectivamente, dos nuevas promesas del cine de género en el que los hacedores de El Proyecto de Bruja de Blair han confiado para resucitar su criatura con unos resultados que pasaremos a comentar a continuación.

Blair Witch (2016), born again



Dirección Adam Wingard
Guión Simon Barrett
Música Adam Wingard
Fotografía Robby Baumgartner
Reparto James Allen McCune, Callie Hernandez, Corbin Reid, Brandon Scott, Wes Robinson, Valorie Curry
Duración 89
Productora Lionsgate / Vertigo Entertainment / Room 101 / Snoot Entertainment
Nacionalidad Estados Unidos

En la pasada San Diego Comic Con la productora Lionsgate presentaba una de sus últimas producciones. Un proyecto gestado bajo el más estricto de los secretos del que sólo habíamos visto un primer teaser trailer y que se llamaba The Woods. El film iba a ser una nueva colaboración del cineasta norteamericano Adam Wingard y el guionista Simon Barrett, autores de You’re Next y The Guest, pero al final todo se desveló y descubrimos que el proyecto se llamaba Blair Witch y era nada más y nada menos que una nueva secuela de El Proyecto de la Bruja de Blair. Ideada en lides de producción por Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, creadores de trabajo original de 1999, y obviando totalmente lo acontecido en la insalubre El Libro de las Sombras: BW2, esta nueva entrega volvía a las raíces de la saga recurriendo nuevamente al formato found footage y narrando una historia que parecía tener muchas similitudes con aquella protagonizada por Heather Donahue, Michael C. Williams y Joshua Leonard. Después de la proyección en la SDCC la red ardía con comentarios que afirmaban que Blair Witch era una de las películas del año y una de las piezas de género más aterradoras de los últimos tiempos. Su paso por el festival de Sitges por el contrario no fue tan benévolo, ya que tanto la prensa especializada como el público acusaron al film de poco original y arriesgado, incitando a que el hype sobre el proyecto de cara al fandom y el espectador ocasional descendiera notablemente.




Por desgracia con Blair Witch nosotros nos posicionamos con aquellos que han recibido negativamente la última incursión en los bosques de Black Hills. Lo hacemos porque Eduardo Sánchez y Daniel Myrick han desperdiciado una oportunidad de oro para, después de diecisiete años, reverdecer laureles y encarrilar una saga que desde sus inicios poseía en su interior un más que considerable potencial, entregando una pieza cinematográfica brutalmente desvergonzada en cuanto a su planteamiento y conceptualidad, no por ser una producción de mala calidad, sino por haber sido gestada, ejecutada y vendida como una secuela o reinicio de la franquicia a la que pertenece cuando realmente es un descarado y pedestre remake de la El Proyecto de la Bruja de Blair original que llegara a carteleras de todo el mundo en el año 1999. Nuestros peores vaticinios se han hecho realidad con esta producción de 2016 que se une a otra serie de decepciones de la temporada dentro del género de terror como La Bruja, de Robert Eggers o 31, de Rob Zombie, y que no consigue su fin último, insuflar vida en una franquicia muerta desde hace casi veinte años.




Los momentos de vergüenza ajena en Blair Witch tienen lugar poco después del arranque del largometraje, no por lo mal que estén escritos o rodados (aunque de eso también hay algo, como comentaremos después) sino porque el conocedor de El Proyecto de la Bruja de Blair se dará cuenta escena a escena que Simon Barrett y Adam Wingard van fusilando uno a uno todos los hechos acaecidos en la trama de aquella. No lo decimos solo por la estructura narrativa que es demencialmente mimética a la de su predecesora (recordemos que El Libro de las Sombras: BW2 no existe, ni se hace mención a ella en esta película) sino a todos y cada uno de los hechos que van sucediendo en pantalla. Presentación de los personajes en la intimidad, muestrario del material audiovisual que van a utilizar, llegada al bosque de Black Hills, discusiones entre los componentes del grupo, extrañas y amenazantes visitas nocturnas al asentamiento que han creado, voces de niños entre la oscuridad, salidas a horas intempestivas de las tiendas de campaña para correr frenéticamente, cámara en mano, por el bosque, desaparición de roles secundarios y clímax final en la casa de Rustin Parr. Todo esto planteado con la única novedad de la presencia de un protagonista en el film que es el hermano menor de Heather Donahue lanzado en su búsqueda y el adelanto que supone en la puesta en escena del film el uso de unas cámaras de alta tecnología que permiten más movilidad a los personajes principales.




Si eludimos la enorme losa que supone la autocomplacencia con la que está abordado el proyecto lo que nos queda es una slasher rodado en formato found footage con una puesta en escena caótica, deslabazada, impersonal y ruidosa que sólo ofrece una cara más sensacionalista, aparatosa, fálsamente cruda y primaria, en el peor sentido de la palabra, de El Proyecto de la Bruja de Blair. Con un guión reducido al mínimo exponente y diálogos de guardería, un reparto de personajes planos, insufribles, con los que es imposible empatizar por culpa de lo pésimamente perfilados que están, mezclándose confusamente unos con otros (las cámaras localizadas en las cabezas de los protagonistas deberían ofrecer claridad a la narración, pero el resultado es el contrario) unas muy pocas escenas de tensión aisladas amalgamadas con un puñado de secuencias a las que asistimos con la más notable de las indiferencias y una recta final interminable de la que podemos rescatar un par de fogonazos mínimos de eficacia visual y de ritmo Blair Witch fracasa estrepitosamente a la hora de llevar la mitología ficticia detrás de Elly Keward y sus malas artes de hechicería a una nueva generación de espectadores que puedan interesarte en un plano cinematográfico por ella y su microcosmos ideadoy desperdiciado, una vez más, por unos Eduardo Sánchez y Daniel Myrick que por bisoñez o factores externos no han sabido explotar adecuadamente. A los pobres resultados de taquilla del film nos remitimos a la hora de tener que volver a hablar de fracaso, porque parece ser que la maldición de la Bruja de Blair se extiende más allá de Burkittsville, llegando hasta las carteleras de todo el mundo.

Valoración General

El Proyecto de la Bruja de Blair es una muestra clara de lo que pudo ser y no fue. Tras dicho film y su enorme y desproporcionado éxito si nos atenemos a su naturaleza independiente y humilde, sus creadores, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, no supieron, o pudieron, controlar los mandos de su máquina y mientras otras sagas con planteamientos menos atractivos como Scream, Saw u otras que nacieron a a su rebufo como Paranormal Activity o [•REC] cosechaban un éxito tras otro en forma de secuelas la de la infame Elly Keward, la Bruja de Blair, ha gastado todos sus cartuchos para intentar encontrar su hueco en el cine de género comercial americano del siglo XXI. El Libro de las Sombras BW2 en 2000 y Blair Witch en 2016 han acabado por dilapidar la buena fama de una obra de culto que se puede considerar la única pieza memorable y poseedora de ciertos niveles remarcables de calidad relacionada con una franquicia muerta en vida. Por desgracia si tenemos en cuenta la recaudación, sólo 45 millones de dólares a nivel mundial, poco prometedora que ha obtenido su última incursión en pantalla grande probablemente la saga vuelva a dormir durante largo tiempo el sueño de los justos o en el mejor de los casos se verá relegada a las estanterías de los videoclubs y a las plataformas de cine online que pueblan ese internet que la vio nacer para revolucionar en sus inicios el medio cinematográfico siendo testigo mudo de su caída en desgracia y derrota antes de asimilar su prematuro y frenético éxito.


sábado, 30 de abril de 2016

Especial Saga Cloverfield



A lo largo de 2007 un J.J Abrams que se había bajado del carro de la recordada serie Lost, por aquel entonces con su fama por las nubes como programa catódico, en calidad de co productor y co creador comenzó a gestar un proyecto cinematográfico que permaneció bajo el más estricto de los secretos y del que se supo más bien poco hasta el mismo momento de su estreno el 18 de Enero de 2008 en Estados Unidos. Cloverfield, que en España recibió el estúpido título de Monstruoso (el mismo que ha dado pie a que la secuela/spin off que comentaremos más tarde casi no sea reconocida por el público de nuestro país como tal) supuso una nueva entrega de formato found footage (metraje encontrado) en el que un grupo de amigos grababan un vídeo casero de una fiesta en New York que se vería interrumpida por el ataque de un enorme monstruo de origen desconocido a la ciudad. Gracias a una inteligente y potente campaña de marketing centrada en internet con vídeos virales, teaser trailers misteriosos y pósters que incitaban a la especulación continua sobre la naturaleza desconocida del proyecto (se habló de una nueva entrega de Godzilla e incluso de una adaptación a imagen real de los mitos de Cthulhu nacidos de la pluma de H.P. Lovecraft e influncias de ambas había el resultado, para qué negarlo) el film fue todo un éxito a nivel internacional, aumentó el caché del creador de Alias o Felicity en el séptimo arte y dio a conocer a nombres que años después cobrarían considerable importancia en el resurgir del cine comercial de calidad americano como Drew Goddard o Matt Reeves en los que pararemos más tarde.

Ocho años después y de nuevo con un secretismo que poco tenía que envidiar al de su predecesora llegó a Estados Unidos y el resto de la cartelera internacional 10 Cloverfield Lane (Calle Cloverfield 10 en España) una secuela poco ortodoxa (sucede de manera paralela al film original) que narra el confinamiento de tres personajes encerrados en el búnker antinuclear creado por uno de ellos. Dirigida por el debutante Dan Trachtenberg, con un guión ideado a seis manos por Damien Chazelle (la mente detrás de esa obra maestra de reciente factura titulada Whiplash) el habitual asistente de montaje Josh Campbell o el productor Matthew Stuecken y protagonizado por Mary Elizabeth Winstead, John Goodman y John Gallagher Jr esta nueva producción del director de Star Trek: En la Oscuridad o Misión Imposible 3 ha supuesto todo un inesperado éxito, un sleeper de manual que a no pocos a pillado desprevenidos haciendo una muy digna taquilla y recibiendo los parabienes de una prensa especializada que la ha destacado como uno de los mejores thrillers del 2016. A continuación reseñaremos los dos largometrajes, hablaremos de las virtudes y defectos que cada uno de ellos posee, en qué se parecen o qué las diferencia y todo con la intención de discernir si esta segunda entrega tiene el suficiente potencial para dar inicio a una nueva y exitosa saga cinematográfica.


Cloverfield, do not fall in New York


El 18 de Enero de 2008 todo se destapó. El secreto proyecto auspiciado por J.J. Abrams que se había gestado de manera furtiva vio la luz y la taquilla internacional pudo finalmente descubrir de qué se trataba aquella misteriosa cinta. Por mucho que haya quien lo crea el formato found footage (metraje encontrado) o como siempre se ha conocido, falso documental, no nació con El Proyecto de la Bruja de Blair de Eduardo Sánchez y Daniel Miryck en 1999. Obras como la polémica Holocausto Caníbal de Ruggero Deodato en los setenta, la despoliante This is Spinal Tap de Rob Reiner en los ochenta o la brutal Ocurrió Cerca de Su Casa de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde en los 90 dan buena muestra de que este tipo de ficción que emula la realidad por medio de “grabaciones caseras” se lleva utilizando en el séptimo arte desde hace varios decenios. Esta producción se adhiere a ese subgénero ya que la base narrativa de su relato es la grabación de la fiesta de despedida del personaje protagonista que al día siguiente pondrá rumbo a Japón para iniciar una nueva vida personal y profesional. Pero uno de los mayores éxitos de Cloverfield es su mixtura de géneros ya que lo que inicia como si fuera un capítulo de Felicity (serie creada por el mismo J.J. Abrams y en la que colaboraron varios de los profesionales que trabajan en el film que estamos comentando en esta entrada) en el que un grupo de amigos disfrutan de una velada en la que las relaciones sentimentales y los problemas personales de los personajes se convierten en el tema central de la trama durante los primeros quince minutos de metraje a partir de esta ruptura de tono el producto se transforma en una mezcla entre muestra de cine de catástrofes y una peculiar visión de las monster movies típicamente niponas.





Una vez los personajes han sido presentados, sus personalidades levemente definidas con un par de pinceladas que no van más allá de estereotipos reconocibles, que por suerte tampoco convierten sus roles en las típicas víctimas estúpidas por las que no sentimos empatía alguna, la obra se convierte en un artefacto espídico y frenético que se sustenta principalmente en la labor del equipo técnico comandado por un Matt Reeves pletórico en la puesta en escena. A partir de ese giro Cloverfield se convierte en una montaña rusa que no da respiro al espectador revelándose como pieza escrupulósamente fiel a las constantes del formato en el que se sustenta como relato (no más de 90 minutos de duración, licencias narrativas para que uno de los personajes no deje nunca de grabar con su cámara en ningún momento, desarrollo casi totalmente en tiempo real) ofreciendo una visión hasta ese momento poco común del cine protagonizado por monstruos gigantescos que arrasan grandes ciudades. Para que el proyecto salga adelante y consiga condensar en sus exiguos 84 minutos de duración todo el tonelaje que una producción catastrófica puede condensar el film se sustenta, sobre todo, en la pericia como storyteller de un Drew Goddard (que por aquel entonces venía de colaborar con Joss Whedon en Buffy Cazavampiros y Ángel o con el mismo J.J. Abrams en Lost) que ya iba dando muestra de un talento, que se confirmaría en el futuro, poniendo en bandeja de plata a Matt Reeves una serie de escenas de destrucción y peligro tensado como un cable de acero que el director de Mi Desconocido Amigo (The Pallbearer) aprovecha para dar muestras de un ferreo dominio del caos controlado que en todo momento acentúa el tono apocalíptico y aterrador de una obra como Cloverfield.

Cloverfield también es una hija de su tiempo y aunque como obra supuso un soplo de aire fresco dentro del género de cine catastrófico se adscribe al mismo por medio de la metáfora que supuso la situación mundial en general y estadounidense en particular tras los atentados del 11S. El mismo Matt Reeves lo menciona en los audiocomentarios del blu-ray del film, los ecos de la infame destrucción de las Torres Gemelas a manos de Al-Qaeda son notorios a lo largo de la película no sólo por el trasfondo de utilizar algo tan viejo como hacer uso de la figura de una “criatura extraterrestre” como una “amenaza exterior” (en este caso el terrorismo radical islamista, en los años 50 y 60 el comunismo de la U.R.S.S) sino también por emular casi de manera fidedigna algunas de las imágenes que aquella fecha dejó grabada a fuego en el inconsciente colectivo a nivel global como todas esas personas caminando aturdidas con el cuerpo cubierto de polvo blanco o ese enorme edificio que se vuelca sobre otro tras ser derruido. Sirva como ejemplo claro de lo que mencionamos la célebre escena en la que la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad (la misma que copa el protagonismo del cartel oficial de la película) es arrojada en medio de la calle en la que los personajes principales se encuentran tras el inicio del ataque alienígena, un pasaje que no sólo nos remite a otros clásicos de la ciencia ficción como El Planeta de los Simios de Franklin J. Schaffner o 1997: Rescate en New York de John Carpenter sino que también condensa en su claro subtexto los miedos atávicos de América relacionados con la destrucción de su statu quo, de cómo “el enemigo” viene a destruir el “modo de vida americano” aniquilando uno de sus símbolos monumentales más conocidos y representativos a nivel mundial.




Pero no eludamos lo evidente, Cloverfield es cine de evasión, una pieza vibrante y directa sobre el ataque de una criatura de origen extraterrestre que viene a arrasar New York. Abrams, Goddard y Reeves saben condensar con profesionalidad en una sola pieza una inteligente mixtura de géneros que enriquecen el conjunto del producto y que lo convierten en una experiencia sensorial para todo tipo de espectadores que buscen emociones fuertes no sólo bebiendo del séptimo arte sino también de obras literarias como La Guerra de los Mundos de H.G. Welles. El in crescendo de tensión desde el arranque del metraje, el esconder a la criatura entre las sombras para ir gradualmente mostrándola a la platea, el grupo de actores mediocres pero entregados físicamente por la causa y pasajes aterradores como el de la ya mencionada cabeza de la Estatua de la Libertad, el del puente de Brooklin viníendose abajo, el de la caída al vacío del helicóptero militar o el del parque que cierra el film son aciertos que hacen de Cloverfield un excelente producto comercial que entre otras cosas dio a conocer a dos autores que se harían un nombre en Hollywood en años posteriores. Drew Goddard debutó en la dirección, ayudado por su amigo Joss Whedon, con la ya de culto Cabaña en el Bosque, se ocupó de escribir los guiones de The Martian y Guerra Mundial Z que adaptaban dos exitosos best sellers o los primeros episodios de la Daredevil de Netflix y Matt Reeves ejecutó un memorable remake de Déjame Entrar, la brillante cinta sobre vampirismo del sueco Thomas Alfredson, y demostró que era un artesano muy a tener en cuenta con El Amanecer del Planeta de los Simios la colosal secuela de la precuela del film clásico de 1968. En cuanto a Cloverfield su paso por la taquilla mundial fue un éxito y la crítica la recibió bastante bien, pero un J.J Abrams embarcado ya en proyectos como Super 8 o la saga Star Trek no parecía tener intención de continuar inmediatamente la saga, algo que cambió ocho años después en el actual 2016, como veremos a continuación.


Calle Cloverfield 10, gimme shelter


Mientras el estreno de la polémica visión que Zack Snyder, David S. Goyer y Chris Terrio han dado del titánico combate entre el Hombre Murciélago y el Último Hijo de Krypton en Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia acaparaba todos los focos mediáticos un pequeño y secreto proyecto impulsado por el polifacético J.J. Abrams llegaba sin hacer mucho ruído, casi sin molestar, a la cartelera internacional. Se trataba de 10 Cloverfield Lane, Calle Cloverfield 10 en España, una especie de secuela, spin off o historia paralela de aquella exitosa cinta que aunaba el formato found footage con el cine de catástrofes o las monster movies llamado Cloverfield, y como hemos mencionado previamente, terriblemente rebautizada como Monstruoso en España. Mientras los superhéroes de DC intercambiaban hostilidades y polarizaban la opinión de crítica y público la producción del director de Super 8 se ganaba un pequeño pero sólido grupo de seguidores maravillados con la propuesta a los que se sumaron unos críticos que disfrutaron considerablemente con el debut en la dirección del cineasta Dan Trachtenberg cuyo guión está ideado entre otros por Damien Chazelle, escritor y director de la brillante Whiplash. A continuación vamos a hablar de qué funciona y qué no en esta atípica continuación, comentaremos sus distintos apartados y trataremos de afirmar que es una obra meritoria y hasta cierto punto arriesgada pero que no es tan impresionante como se ha afirmado de manera general y reiterada por mucho que pocas carencias podamos echarle en cara como conjunto cinematográfico.


Calle Cloverfield 10 ha visto la luz sin saberse casi nada de su gestación o argumento y ahí reside gran parte de su encanto. Como proyecto corre varios riesgos y el primero y más destacable es que se aleja totalmente del tono y el formato de su predecesora. Dan Trachtenberg, sus guionistas y J.J. Abrams como productor en la sombra abandonan el found footage para narrar una historia del fin del mundo en un tono más intimista no con la personalidad y rotundidad de productos como Melancolía de Lars Von Trier o El Tiempo del Lobo de Michael Haneke, pero sí un poco más cerca de la sensibilidad minimalista de la indie Take Shelter de Jeff Nichols. 10 Cloverfield Lane también es un survivor reducido al mínimo exponente, ya que no más de tres personajes pueblan el film, y en este sentido también es sencillo que al verla rememoremos aquella La Huella (Sleuth) de Joseph L Mankiewicz en la que Lawrence Oliver y Michael Caine daban un recital de interpretación en una exigua localización (la vistosa y siniestra mansión del primero) o incluso al remake dirigido por Kenneth Branagh y que tenía como protagonistas a Jude Law y al ya mencionado actor de Hannah y Sus Hermanas o El Caballero Oscuro. De modo que el largometraje que nos ocupa narra la historia mínima de cómo tras un accidente de tráfico Michelle (Mary Elizabeth Winstead) es secuestrada por Howard (John Goodman) un extraño individuo que se ha recluido en un búnker de su propia creación con Emmeth (John Gallagher Jr) un joven conocido suyo a la espera de que el equipamiento que la localización les permita pasar los años que Howard piensa que serán suficientes para salir al exterior sin sufrir daño físico por la supuesta radiación que ahora recorre Estados Unidos.




Calle Cloverfield 10 no tiene absolutamente nada que ver con Cloverfield en lo que a tono se refiere. Si el film escrito por Drew Goddard y dirigido por Matt Reeves era una historia mastodóntica narrada por medio de un pequeño objetivo (el de una videocámara casera) esta poco ortodoxa continuación es una historia mínima relatada por medio de la enorme visión que proporciona el séptimo arte más ortodoxo y ficcional. Sólo tres actores pueblan el metraje y sobre ellos y su labor recae todo el peso de un entramado que tiene en los miembros de su equipo artístico sus principales valedores. El trabajo de los tres protagonistas es lo mejor del largometraje que nos ocupa, tres roles perfectamente perfilados que en ningún momento abandonan el terreno del naturalismo y en el caso de dos de ellos el da la ambigüedad y el desconcierto. Mary Elizabeth Winstead se introduce perfectamente en su papel de chica en apuros que gradualemente y gracias a su astucia se acaba conviertiendo en una superviviente nata, mantiene una excelente química con ella un magnífico John Gallagher Jr que no sabemos si realmente ha conectado con la chica o si guarda algún interés más oscuro con respecto a ella. Por otro lado John Goodman eclipsa a sus dos compañeros de reparto con un contenido recital de dramatismo adherido a un personaje que el actor de El Gran Lebowski o Red State hace suyo por medio de una tensa calma que nos impide discernir durante los primeros pasos de la obra si nos encontramos ante una amenaza o un aliado para el personaje protagonista al que da vida la actriz de Death Proof o Scott Pilgrim Contra el Mundo.

El guión escrito a seis manos está bien estructurado sabe medir los tiempos o aumentar la sensación de creciente suspense que el encierro al que están sometidos los personajes produce a los mismos y por efecto dominó a la platea. Una vez expuesta la sólida narración del relato el director Dan Trahctenberg tira de minuciosiodad, academicismo bien entendido y un control del timing bastante notable para que en todo momento la sensación de amenaza sea palpable para el espectador. El debutante realizador sabe dónde colocar la cámara para aprovechar la escueta localización en la que narra su historia sacando todo el partido posible a la misma para que la elaboración de la atmósfera de opresión y confinamiento se convierta en una verdad ineludible en el proyecto. El problema es que aunque poco o nada se le puede reprochar a un producto como Calle Cloverfield 10 en ninguno de sus apartados acusa el relato de una casi total falta de imaginación e inventiva, no hay lugar para la duda o el quiebro argumental que nos permita percibir que el film haya jugado con nosotros más allá de hacernos dudar sobre la personalidad de sus personajes, esa sensación de déjà vu conceptual es uno de los lastres más notables de la obra. A esto habría que sumar la ausencia de un mayor nivel de empatía con el espectador que le permita implicarse más con los hechos que captan la cámara y que en pocos momentos consiguen transmitir verdadero desasosiego que le mantenga aferrado a butaca ansioso por discernir que sucederá en la próxima escena. Esto no quiere decir que los protagonistas no nos importen o que sus actos nos transmitan indiferencia pero con un poco más de fuerza podríamos entrar con más de visceralidad en el juego que propone el largometraje.




Cloverfield Lane 10 no se trata de la genialidad que muchos se han aventurado a afirmar que es, pero se antoja como un producto valiente, siempre dentro de los encorsetados estándares de Hollywood, e incluso ese clímax que tanto han criticado hasta los que han disfrutado con él al que suscribe le parece no sólo la necesaria conexión con la Cloverfield original sino el momento culminante perfecto para que el minimalismo y la contención de los que había hecho gala el proyecto exploten por los aires con coherencia y espectacularidad en su recta final. La labor de Dan Trachtenberg en la dirección, Damien Chazelle, Josh Campbell, Matthew Stuecken en el guión y J.J. Abrams en la de productor es lo suficientemente efectiva como para dejarnos con ganas de más y a la espera de una nueva entrega que vuelva a rizar el rizo y ofrecernos algo diferente a estas dos cintas que hemos comentando en la entrada. Cloverfield se ha convertido en una potencial saga, posiblemente ninguna de sus dos partes haya conseguido explotar al 100% todas las posibilidades que ofrece la franquicia, pero la misma va por el buen camino. El hecho de que esta secuela haya despertado el interés del público casi una década después del estreno del primer film es un buen síntoma para que sus creadores se planteen seriamente seguir con este interesante microcosmos que han creado y que pueden explotar adecuadamente si no se entregan a los brazos del éxito fugaz y deciden dedicar el tiempo que sea necesario para sacar adelante próximos capítulos con las que dar una visión lo más poliédrica posible de esta peculiar, y ya de culto, invasión extraterrestre al país de las barras y estrellas que seguiremos de cerca en un futuro no muy lejano.