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viernes, 12 de octubre de 2018

Life, el séptimo pasajero



Título Original Life (2017)
Director Daniel Espinosa
Guión Rhett Reese y Paul Wernick
Reparto Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Ariyon Bakare, Olga Dykhovichnaya.




Desde hace unos años el cine localizado en el espacio exterior y protagonizado por astronautas está conociendo un interesante resurgir dentro de Hollywood gracias a nuevas propuestas de distinto y variopinto pelaje. Moon, Gravity, Interestelar, Marte o la próxima First Man dan muestra de la buena salud de dicho subgénero. Una obra como Life podría pasar a engrosar la lista formada por los largometrajes ya mencionados, pero a diferencia de ellos se entrega a una narrativa más cercana la ciencia ficción terrorífica, como le pasaba a su coetanea The Cloverfield Paradox, controvertida tercera entrega de la franquicia ideada por J.J. Abrams, tomando como referente antes Alien: El Octavo Pasajero (1979) que 2001: Una Odisea del Espacio (1968). La producción que nos ocupa supone una extraña amalgama colaborativa entre profesionales delante y detrás de las cámaras. Para su dirección se contrataron los servicios del director sueco de origen chileno Daniel Espinosa (El Invitado), con respecto al guión sus responsables son Rhett Reese y Paul Wernick (Deadpool 1 y 2, Bienvenidos a Zombieland) y el reparto está formado por Jake Gyllenhaal (Brokeback Mountain), Rebecca Ferguson (Misión Iposible: Fall Out) y Ryan Reynolds (Buried), Hiroyuki Sanada (Lobezno Inmortal), Olga Dykhovichnaya (Weekend) o Ariyon Bakare (Rogue One: Una Historia de Star Wars). Recibida de manera tibia por la crítica y con algo más de entusiasmo por el público Life hubiera pasado al olvido a día de hoy si no fuera por la leyenda urbana creada a su alrededor y a la que volveremos un poco más tarde.




Life obedece a un intento por amalgamar dos de los productos previamente mencionados en una sola película. Por un lado la obra maestra de Ridley Scott con la presencia de una letal forma de vida extraterrestre con la misión de ir eliminando a todos los tripulantes de la estacióm espacial en la que tiene lugar la acción y por otro el celebrado film de Alfonso Cuarón asemejándose a él por medio de unas muy competentes secuencias técnicas. De hecho Life se refleja tanto en Gravity que Daniel Espinosa no duda en abrir su obra con un enorme y elaborado plano secuencia, muy inferior al ejecutado por el cineasta mexicano en su film, pero bastante destacable en varios aspectos. Ese arranque marcará el devenir de la puesta en escena por parte del sueco, demostrando una profesional encomiable a la hora de abordar un proyecto de unas dimensiones considerables si lo comparamos con sus trabajos anteriores y que él acomete por medio de un look visual y un control del tempo narrativo del todo competente consiguiendo transmitir la sensación de aislamiento experimentada por el grupo de personajes y la continua amenaza que supone la presencia de Calvin, la criatura alienígena que asedia y da caza a la tripulación de la Estación Espacial Internacional.




Del guión se ocupan Rhett Reese y Paul Wernick, los héroes detrás las dos entregas de Deadpool y Bienvenidos Zombieland (de la secuela de esta también se ocuparán próximamente) demostrando aquí saber adaptarse a historias más propensas a la seriedad y el dramatismo. La escritura de Life no inventa nada, transita lugares comunes reconocibles para cualquier fan del género y no depara casi ninguna sorpresa a la platea. Pero está planteada con decencia y un fluir argumental muy digno, sabiendo dosificar los pasajes de más tensión con los imperados por la calma y el devenir de acontecimientos responsables de impulsar la trama de cara su adecuado desarrollo. Si quisiéramos destacar un problema grave de escritura ese sería uno casi convertido en un mal endémico en este tipo de producciones propensas a dejar un tanto de lado el realismo y abrazar la sci-fi ligera, y es el más bien pobre perfil de los personajes principales. No podemos hablar de roles insulsos sólamente localizados en la trama para ejercer de carne de cañón de la criatura agresora, porque hay una intencionalidad de dar personalidad definida a cada uno de los astronautas, pero la mayoría de ellos quedan en simples esbozos cuyo único logro es humanizarlos para apelar a la empatía del espectador.




En lo referido al reparto tenemos a un grupo de actores haciendo con impoluta profesionalidad su trabajo teniendo que exprimir a fondo unos personajes que, como ya hemos apuntado, no se revelan precisamente como un dechado de tridimensionalidad psicológica. El sexteto de intérpretes se aferra a las ínfimas pinceladas añadidas por el guión para diseñar la personalidad de sus criaturas y todos consiguen protagonizar alguna escena memorable con altas dosis de dramatismo debido a la situación extrema en la que se ven implicados. Con todo son los dos protagonistas, Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson, los que más provecho sacan a la hora de perfilar sus caracteres gracias a la relación sentimental mantenida por ambos, permitiéndoles esta interactuar en pasajes más íntimos transformándolos en individuos cercanos y reconocibles desde una perspectiva emocional. Con esto no afirmamos, ni mucho menos, que el resto del cast no haya hecho los deberes, ya que la osadía de Ryan Reynolds, la gelidez de Olga Dykhovichnaya, la austeridad de Hiroyuki Sanada y la determinación Ariyon Bakare confirman el buen hacer del equipo artístico de Life, entregado en todo momento a la causa aún sabiéndose parte de un producto tan ligero como intrascendente.





Life se deja ver con agrado, llega incluso a llamar la atención con alguno de sus pasajes, pero su nula originalidad y escasa pretensión la convierten en un producto tan fácil de digerir como olvidable. Curiosamente ya antes de su estreno comenzaron las especulaciones afirmando que todo había sido una atípica maniobra de marketing por parte de Sony para realizar un largometraje que sirviera de origen al futuro proyecto de adaptar el personaje de Venom a la pantalla grande con Tom Hardy de protagonista. Todo comenzó cuando en uno de los trailers de Life incluyeron una breve escena de Spider-Man 3, cinta que supuso el debut audiovisual del personaje. Los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, por aquel entonces encargados de escribir el guión de Venom (algo que no llegó a suceder), haciendo honor a su fama de cachondos mentales se tomaron a coña el asunto y no confirmaron ni desmintieron nada. Una vez vista Venom podemos confirmar que realmente no hay un vínculo con la producción que nos ocupa, pero a un servidor le gustó tanto la idea como para depositar mi fe ciega en ella. Por desgracia el tema de si Life es, o no, una precuela de Venom queda en segundo lugar una vez hemos podido degustar la última adaptación cinematográfica de un personaje nacido en el seno de la Casa de las Ideas.



martes, 20 de febrero de 2018

The Cloverfield Paradox, perdidos en el espacio



Título Original The Cloverfield Paradox (2018)
Director Julius Onah
Guión Oren Uziel
Reparto Gugu Mbatha-Raw, David Oyelowo, Daniel Brühl, Elizabeth Debicki, Zhang Ziyi, Chris O'Dowd, John Ortiz, Aksel Hennie, Roger Davies, Donal Logue






El pasado 4 de febrero, en plena celebración de la final de la Superbowl, saltaba la noticia. Netflix había adquirido los derechos de la tercera entrega de la saga Cloverfield y no sólo estrenaba el trailer durante la retransmisión del partido, también subía sin previo aviso el largometraje a su plataforma para que todos sus usuarios pudieran verla sin conocer prácticamente nada de su argumento que, como dicta la tradición dentro de esta franquicia ideada en su origen por J.J. Abrams, había sido guardado bajo el más estricto de los secretismos. A la mañana siguiente las malas críticas por parte de espectadores y prensa especializada no se hicieron esperar y The Cloverfield Paradox fue masacrada, siendo tildada de caótica, oportunista y endeble desde un punto de vista cinematográfico. Un servidor va a intentar ir un poco a contracorriente ya que, posiblemente por las pocas expectativas despositadas en ella, se ha encontrado con una cinta espacial genérica que no merece la mala fama que tiene.




En el año 2028 la Tierra se encuentra sumergida en una enorme crisis energética y por este motivo varias naciones del planeta deciden diseñar una estación espacial llamada Cloverfield en la que se reunirá una tripulación internacional cuya misión será, por medio de un acelerador de partículas apodado "Shepard", tratar de proporcionar un flujo infinito de energía para poder ser consumida indefinidamente en nuestro planeta. Después de dos años de misión espacial y con sólo tres intentos más para realizar pruebas con el Shepard los problemas personales de los astronautas comenzarán a aflorar entre unos y otros por culpa de la presión. Tras el último intento fallido de utilizar el acelerador de partículas los tripulantes de la Cloverfield ven que la Tierra ha desaparecido de su órbita y que unos extraños hechos inexplicables comienzan a sucederse dentro de la estación espacial.




The Cloverfield Paradox, que en su origen se la conoció durante largo tiempo como God Particle, sigue estando impulsada por aquellos que idearon la primera entrega de la saga, o lo que es lo mismo, J.J. Abrams (Star Wars VII: El Despertar de la Fuerza), Drew Goddard (La Cabaña en el Bosque) y Matt Reeves (La Guerra del Planeta de los Simios), pero con el trío sólo ejerciendo labores de producción ejecutiva. Del guión se ocupa Oren Uziel (Infiltrados en la Universidad), de la dirección Julius Onah (The Girl is in Trouble) y el reparto cuenta con algunas caras conocidas como Daniel Brühl (Capitán América: Civil War), David Oyelowo (Selma), Zhang Ziyi (Tigre y Dragón), Gugu Mbatha-Raw (La Bella y la Bestia), John Ortiz (El Lado Bueno de las Cosas), Aksel Hennie (Hércules) y Chris O'Dowd (La Boda de mi Mejor Amiga) que conforman la tripulación de la estación espacial Cloverfield.




La última entrega de la franquicia Cloverfield es, desde un punto de vista técnico, una cinta espacial que puede adscribirse sin mucho problema a las producciones de este tipo que diseña Hollywood y eso que su presupuesto de 45 millones de dólares es bastante humilde en comparación con el que contaron largometrajes del mismo género como Gravity, Interestelar, Alien Covenant o The Martian que, como mínimo, doblaban ampliamente al de la cinta que nos ocupa. El presupuesto luce bien en pantalla, de modo que al diseño de producción, la dirección artística o los competentes efectos digitales que dan forma tanto a la estación Cloverfield como a la infinidad espacial que la rodea pocos defectos les podemos achacar, ya que los mismos cumplen sobradamente su cometido a la hora de ejercer de casi única localización para el devenir de acontecimientos que tienen lugar a lo largo del metraje y la interacción que llevan a cabo los personajes en él.




Desde el punto de vista de el guión Oren Uziel teje una historia tan eficiente como procedimental sobre astronautas que se enfrentan a una presencia inhumana dentro de la estación espacial en la que se encuentran confinados, recorriendo caminos mil veces transitados y lugares comunes dentro de este tipo de celuloide, pero con aceptable oficio. Ecos que van desde Horizonte Final (Event Horizon) a Alien: El Octavo Pasajero toman forma a modo de añadido genérico dentro de un desarrollo de múltiples situaciones que desfilan por pantalla a un ritmo lo suficientemente adecuado como para que el metraje de 102 minutos pase en un suspiro y antes de que el espectador, que en ningún momento ha llegado a aburrirse, se de cuenta de ello la obra finalice dejando en la platea la sensación de haber asistido a un producto tan cumplidor como intrascendente debido a su sana y nada ambiciosa propuesta argumental que a nadie debe coger por sorpresa.




En cuanto a la dirección el cineasta de origen nigeriano Julius Onah toma el rol de empleado al servicio de una cinta controlada casi en su totalidad por J.J. Abrams y sus colaboradores. Con este exiguo terreno para ejercer su oficio realiza una labor encomiable colocando adecuadamente la cámara cuando la situación lo exige, dando ritmo a las secuencias que llevan a imagen real el guión de Oren Uziel y eludiendo en todo momento incluir cualquier tipo de rasgo personal como narrador para que una producción como esta, que demanda un estilo tan efectivo como impersonal, le permita destacar en manera alguna si sus intenciones se alejan de la agenda establecida por los productores. De esta manera el agradecido look visual, el acomodo en el encuadre de los efectivos efectos especiales y sus dotes para aprovechar las pocas localizaciones que tiene a su disposición hablan evidentemente bien de su trabajo detrás de las cámaras.




Dentro del reparto internacional todos los actores cumplen su cometido a la hora de dar vida a sus correspondientes roles. Evidentemente algunos de ellos tienen más peso que otros, en ese sentido podemos considerar a la Ava Hamilton de Gugu Mbatha-Raw la protagonista oficial de la película, pero hasta los que interpretan a personajes de menos peso demuestran de manera elocuente su profesionalidad. Por otro lado algo que es de muy agradecer a The Cloverfield Paradox es que, sin que ninguno de ellos se revele como un dechado de tridimensionalidad, los miembros que dan forma a la tripulación de la estación espacial demuestran que pueden errar y ser egoístas con algunas de sus acciones, pero no se adentran en los terrenos de la estupidez máxima como sí lo hacían las de Prometheus y Alien: Covenant que competían en dura pugna por copar el podio de personajes más imbéciles de la historia del cine de ciencia ficción.




La pregunta es que si todos los apartados que hemos mencionado funcionan de manera eficiente, aunque no destacable, ¿qué es lo que falla en The Cloverfield Paradox para que no se convierta en una pieza memorable y llegue incluso a ser considerada, de manera un tanto injusta, un producto paupérrimo en no pocos aspectos?. Para llegar a la posible respuesta debemos volver al guión ya que seguramente sea el penoso perfil de personajes del que hace gala el film su mayor flaqueza. La última entrega de la saga Cloverfield comete el grave error de, después de un prometedor arranque con respecto al retrato de las criaturas que pulularán por su metraje, ser tan simplista en este sentido como para que la primera palabra que salga por boca de cada uno de los protagonistas deje claro a que clase de "estereotipo" dará vida. El colmo de la desfachatez en este sentido viene con el Volkov de Aksel Hennie que en cuanto comienza a hablar mirando a cámara ofrece claras muestras de que va a producir problemas al resto de sus compañeros.




Por desgracia la escritura de The Colverfield Paradox no sólo se regodea a la hora de ofrecer papeles maniqueos a varios de los protagonistas, también presenta de manera tan acelerada a la mayoría de estos personajes y sus interacciones mutuas que algunos de ellos que supuestamente mantienen relaciones sentimentales, como el de Daniel Bruhl con el de Zhang Ziyi, están tan poco desarrollados que no llegamos a empatizar en ningún momento con sus desgracias o la situación extrema a la que se enfrentan como grupo de personas con vínculos afectivos. De hecho el guión está tan deficientemente abordado desde esta perspectiva que tenemos a secundarios, como el Monk de John Ortiz, que casi no tiene diálogos, antojándose un personaje que si no fuera por las acciones que lleva a cabo parecería totalmente arbitrario e innecesario en la historia. Cuando nos damos cuenta de que sólo el papel de Gugu Mbatha-Raw tiene algo de poso dramático gracias a la subtrama que se construye alrededor de su vida privada descubrimos que aquí es donde la tercera entrega de la franquicia hace aguas.




Más allá de esas deficiencias con respecto a la inadecuada manera en que han sido abordados los personajes desde el punto de vista de la escritura el que esto firma no entienda la inquina y la desproporcionada respuesta negativa hacia The Cloverfield Paradox. No voy tampoco a cantar excesivas alabanzas hacia una producción que peca de rutinaria, escasamente original y con nula personalidad, pero que cumple su misión de entretener, ofrece poco más de hora y media de acción, terror, algunos golpes de humor bastante bizarros y a última hora una conexión bastante gratuita, pero exigible, con el resto de la saga. Para finalizar esta reseña no sólo afirmo que nos encontramos con una cinta agradable de ver y bastante divertida, sino que en comparación con la excesivamente alabada Calle Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane) me parece bastante más lograda e interesante. Ahora sólo queda esperar a esa Overlord que devolverá la franquicia a los cines y que se desarrollara  en la segunda guerra mundial.


miércoles, 30 de octubre de 2013

Gravity



Título Original Gravity (2013)
Director Alfonso Cuarón
Guión Jonás Cuarón y Alfonso Cuarón
Actores Sandra Bullock, George Clooney





Gravity es el fenómeno cinematográfico del año, esa película "que hay que ver" en pantalla grande y aprovechando el formato 3D en el que fue gestada, pero no es mucho más para el que suscribe. Ya desde su puesta de largo internacional en el pesado festival de Venecia la recepción por parte del público y la prensa especializada fue prácticamente unánime tildando al último trabajo del excelente director mexicano Alfonso Cuarón de "obra maestra", "clásico instantáneo" o "la mejor película sobre el espacio exterior jamás rodada" entusiasmo que un servidor comprende, pero no comparte, al menos al 100%. Porque hablamos de una muy buena película con momentos considerablemente poderosos, pero que está lejos de ser una pieza clave dentro del cine contemporáneo, aunque puede que sí un proyecto destacable dentro del género al que se adscribe.




El argumento de Gravity es bien sencillo: Dos astronautas, el veterano Matt Kowalsky (George Clooney) y la novata doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), que están arreglando el telescopio Hubble en una misión rutinaria se pierden en el espacio cuando los restos de un satélite espía ruso impactan en la nave que tripulaban. Esta trama ínfima es la mínima base escrita en la que se sustenta la última película del director de La Princesita y ciertamente no necesita mucho más para narrarnos la aventura que quiere contarnos y que tiene su mayor aliciente y virtud en su ejecución visual o el acabado técnico del proyecto, que es donde más poderoso se hace el mismo




Gravity es un prodigio de técnica cinematográfica y la demostración de que Cuarón es un fuera de serie en puesta en escena y realización. Con un uso magistral de los efectos digitales, los movimientos de cámara y los formatos 3D e IMAX el mexicano ofrece al espectador toda una experiencia visual con la que nos mete, no ya dentro de una nave espacial, sino en la misma escafandra de su protagonista, haciéndonos en ocasiones los protagonistas de las desgracias de una sufrida y sufridora Sandra Bullock, creando una sensación epidérmica y realista por medio del artificio, un acierto parecido al que consiguió el año pasado el taiwanés Ange Lee con su interesante La Vida de Pi. Algo con mucho mérito y que se revela como el gran hallazgo de la obra fílmica que nos ocupa.




La última obra del director de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban es un viaje que aturde los sentidos de un espectador que dificilmente no se hará partícipe del trayecto al que el autor de Y Tu Mamá También le invita. Para ello ha contado con su considerable y suficientemente probado talento como narrador técnico y un equipo de primera fila que le ha ayudado a llevar a buen puerto la difícil empresa de crear una historia cuya principal misión es mostrarse como la experiencia cinematográfica espacial definitiva en cuanto a realismo se refiere de cara al espectador que decide enfrentarse a ella. En ese sentido Cuarón consigue un considerable triunfo, porque si bien no nos encontramos con la mejor película de astronautas de la historia del cine, puede que sí hablemos de la que más verazmente los ha retratado, a ellos y a su entorno.




Dentro del plano técnico un largometraje como Gravity tiene en su mayor acierto también la más notable de sus debilidades. El uso desproporcionado de sus muy logrados efectos digitales. Sí bien los CGI del último largometraje de Cuarón tienen un acabado exquisito, detallista hasta el extremo (todas y cada una de esas piezas que forman la basura espacial están realizadas con una delectación enfermiza que no deja escapar un sólo detalle estético) que ayudan a que el realismo de la propuesta llegue a la platea con solidez y una fuerza intachable sobre todo en el plano visual, el abuso de los mismos paradójicamente también delata la naturaleza artificial de todo lo que acontece en pantalla.




Por poner un ejemplo, por muy elaborado que esté el famoso plano secuencia de apertura del film (un prodigio de técnica y un muy buen trabajo actoral) cuando somos conscientes de que hay más trabajo en post producción que en la cámara de Cuarón y que todo queda reducido a dos actores dando vueltas en una caja verde el mérito (que ojo, no es escaso) de este pasaje (extensible a practicamente la totalidad del film) se reduce al 50% para el que suscribe dado a que la pureza del medio se evapora casi con un chasquear de dedos. Volviendo con esto una vez más al manido pero necesario debate sobre la sustitución del cine como concepto por un acabado estilístico dentro del séptimo arte más propio de la soberbia intro de un buen videojuego que lo alejaría irremediablemente de sus artesanales raíces.




Pero si en su acabado técnico poco le podemos achacar al cineasta que lo da todo y casi al 100%, en el argumental se acumulan todos los fallos que hacen que Gravity como historia no sea, de manera paradójica, nada del otro mundo. Es comprensible que Alfonso Cuarón y su hijo Jonás (co guionista del largometraje) escribieran un guión sencillo para que el acabado visual de su obra lleve las riendas del espectáculo, reducir la trama al mínimo, desnudarla y liberarla de (en este caso concreto) innecesarias elucubraciones metafísicas sobre el ser humano y la inmensidad del universo para reducirlo todo a un film de supervivencia puro y duro con el que conseguir que el espectador sienta esa angustia y mala suerte que experimenta su protagonista principal.




Pero eso no es óbice para la inclusión de clichés del género superados años ha y que un servidor no esperaba que Cuarón añadiera en su obra, como esos "rusos" que dan pie a la desgracia de los dos personajes principales con sus "satélites espías" o concesiones al sentimentalismo puramente hollywoodiense con todo lo del trauma con la hija de Sandra Bullock que tiene más de bajada de pantalones dramática con respecto a tocar la fibra sensible de la academia de cara a los Oscars que de verdadero apunte para el desarrollo de la personalidad del rol de Ryan Stone. Usar el recuerdo de la niña como catalizador para que la protagonista luche hasta lo sobrehumano para sobrevivir me parece un apunte innecesario y barriobajero (esas lágrimas acercándose a la cámara son demasiado) al igual que la conversación en la que empieza a comentar que le digan a su hija que está muy orgullosa de ella, algo del todo prescindible en fondo y forma.




También es muy poco creíble esa serie de catastróficas desdichas que experimenta la protagonista de manera ininterrumpida y de manera cada vez más forzada y caótica. Estas desgracias puestas en fila india y tan fortuitas como poco realistas hacen que Gravity en ocasiones se asemeje a una de las entregas de la divertida saga de terror Destino Final en la que la muerte trata de atrapar a una serie de personajes que por unas circunstancias u otras (normalmente premoniciones que les han hecho ver previamente el peligro de muerte al que se van a enfrentar) han conseguido escapar de sus garras. El personaje de Sandra Bullock en ocasiones parece estar en una de esas películas por la insistencia de la mala suerte en acabar con ella. Pero no hagamos sangre con los fallos científicos que el film tiene, ya que los Cuarón en ningún momento han querido sentar cátedra con respecto al realismo de los viajes espaciales, algo que se por otro lado se les agradece.




Sandra Bullock es una señora que nunca me ha hecho mucha gracia (ni en el plano sexual me dice mucho y sólo la he visto realmente apetecible en la divertida Demolition Man y en la reaccionaria Tiempo de Matar) y desde hace años me cae más bien mal, siendo en ocasiones la pobre mujer excusa más que suficiente para que un servidor no vea una cinta protagonizada por ella. Pero es cierto que en Gravity hace un muy buen trabajo, posiblemente el mejor de  carrera (que tampoco es decir mucho, hablamos de la actriz que protagonizó Speed 2 o Mientras Dormías) sabe transmitir su inseguridad, miedo e impotencia, pero con toda seguridad las intépretes que iban a enfundarse previamente el mismo rol y que lo rechazaron (Marion Cotillard, Scarlett Johansson, Carey Mulligan, Rachel Weisz) lo hubieran hecho igual o mejor que ella.




Y luego está George Clooney y nada más importa. Su aparición como Matt Kowalski es posiblemente uno de los mayores aciertos de Gravity. La inclusión de este magnífico actor, soberbio director, ciudadano comprometido y apuesto galán llena la pantalla de carisma, simpatía, profesionalidad, tablas y su voz se convierte en un bálsamo cuando el personaje de Bullock se entrega a la desesperanza y la derrota. Él es todo lo humano y cercano que hay en la última cinta del mexicano y momentos como su diálogo sobre el sol y el Ganges tienen más hondura y emoción que todo lo relacionado con la sensiblería de lo referido a la hija de la protagonista y la escena de su "regreso" destila tan buen rollo, tanta virtud para la interpretación que sólo por él el visionado de Gravity ya merecería la pena en el caso de ser una obra mediocre, que por supuesto no lo es.




Sí, Gravity merece ser vista en pantalla grande en 3D (por fin el formato usado con coherencia) y en IMAX. Es una experiencia que hay que vivir como espectador porque Alfonso Cuarón ha creado una historia que estilísticamente merece todos los elogios del mundo aunque un servidor se quede con Children of Men como, por ahora, mejor cinta del cineasta mexicano. Pero no es una obra maestra, no me parece que cambie el lenguaje cinematográfico en ningún sentido como han dicho muchos críticos tanto de aquí como de fuera que la han recibido con un excesivo entusiasmo que emparenta a su creador con un nuevo Orson Welles y no van por ahí los tiros. En cambio sí podemos hablar de una de esas meritorias películas sobre el espacio exterior, más o menos realistas, como Apolo XIII de Ron Howard, Elegidos Para la Gloria de Philip Kauffman, esas que orbitan alrededor de aquella intocable odisea de 1968 a ritmo de Strauss salida de la mente de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick que esa sí, es historia en mayúsculas del séptimo arte.